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                                                          Identificación temprana, desidentificación tardía, identidad trabajada

 

 

 

 

 

 

 
 
(Otros años, por estas fechas, he solido publicar en este Diario Digital Transexual que siempre me ha acogido, un relato de Navidad.   Deseo a quienes tengan la amabilidad de leerme que pasen estas fiestas con la mayor felicidad posible.)
 
Me atrevo a pedirles que tomen estas páginas como una felicitación de Navidad menos sosa de lo que parece. Porque en ellas, expongo algunas ideas cruciales que a más de una persona le pueden alegrar la vida; como por ejemplo, las razones que existen para decir que no hay lo que se llamaba “transexualidad primaria” o “secundaria”, relativas a la edad en que se toma conciencia de que se es transexual; o que muchas personas que son muy femeninas o masculinas, precisamente por serlo no necesitan operarse; o que para otras personas, en cambio, puede ser más apremiante verse libres de sus genitales que el cambio social.
 
Y que todo ello son matices de la misma realidad, efectos de la misma causa. Por todo eso, sé que hay personas transexuales que todavía pueden alegrarse de encontrar las razones que justifican lo que siempre han sentido, y por tanto, se lo ofrezco como felicitación de Navidad. Y también se lo ofrezco a los profesionales que trabajan con nosotros, nosotras y nosotres, a quienes les interesa saber lo que pensamos las personas transexuales, y entre nosotras, ésta) 
 
En 2011, la evidencia práctica, la observación una y otra vez realizada por la amistad y la convivencia con  mis compañeras transexuales (femeninas, sobre todo; de mis compañeros me atrevo a hablar menos; que ellos digan si algo de esto se parece a lo que sienten) me permite completar un antiguo ensayo que publiqué en la red hace un montón de años con el título de “Identificación, Desidentificación, Identidad”; le añado los adjetivos que hoy pongo en el título.
 
Me parece que todo ello compone explicaciones útiles y prácticas para que las personas transexuales podamos entendernos mejor y para que nos entiendan los profesionales a quienes podemos pedir consejo.
 
En el ensayo anterior, hablaba de unos procesos transexuales que, en unas personas me parecían de identificación con el génerosexo cruzado y en otras de desidentificación con el génerosexo asignado, y de las diferentes maneras que solían tener unas y otras de desenvolverse; en las primeras, no-compulsivamente, es decir, tranquilamente, racionalmente, en las segundas, compulsivamente, es decir, con emociones, culpas y arrebatos. Pero no sabía entender por qué en algunas personas se daba una identificación y en otras más bien una desidentificación.
 
Con todo ello, se podían hacer predicciones de lo que probablemente ocurrirá, lo que es el mayor propósito y la mejor comprobación de la actividad científica.
 
Hoy puedo precisar todos estos conceptos con mayor exactitud, lo que me parece que permite interpretar las actitudes pasadas y predecir las futuras más detalladamente. Este ensayo se puede entender por tanto como una actualización del anterior.
 
IDENTIDAD BÁSICA
 
Sobre una realidad biológica/biográfica, la identidad de sexogénero es una interpretación conceptual: lo que pienso de mí.
 
No es que seamos transexuales porque tenemos una identidad cruzada (en relación con el sexo de asignación); es que nuestra realidad biológica/biográfica cruzada es entendida por nuestra mente en sentido transexual.
 
Para comprender este hecho, es preciso partir de la naturaleza difusa de la realidad biológica/biográfica. No es nunca binaria, no se puede aplicar las fórmulas binarias (o de conjuntos cerrados, caracterizados por un sí/no) a la realidad sexogenérica, que forma conjuntos abiertos o difusos, caracterizados por un “más/menos” (“fuzzy sets”, Lofti A. Zadeh, 1963)
 
Esta realidad no-binaria, difusa, parte de la unisexualidad inicial (un hipotálamo, dos mamas germinales, un tubérculo genital, para todos los seres humanos) que desarrollan diferenciadamente sus formas, en más o menos, durante la edad prenatal y la adolescencia.
 
A los procesos biológicos se suman los biográficos, dependientes de experiencias personales, estructuras sociales, diferencias culturales, todo lo cual es no-binario.
 
La realidad sexogenérica humana es por tanto siempre difusa, puesto que se define por un más o menos en su acercamiento/alejamiento de dos grandes atractores estadísticos de la realidad sexual humana (“atractor” es un concepto de la Matemática de Conjuntos Difusos), el Femenino y el Masculino, que sitúa a cada persona en posiciones “más” cercanas a cada uno de ellos o “más” alejadas e incluso en posiciones alejadas de uno y otro que se pueden llamar Intersexuales, que pueden constituirse a la vez en otros atractores; es decir, en términos de más o menos.
 
Esto se debe a que la sexualidad, a su vez, se forma mediante una compleja serie de planos (genético, cromosómico, hormonal, gonadal, de los conductos internos, de los conjuntos externos, hipotalámico, de los caracteres secundarios, psicológico, social – Gilbert-Dreyfus) que en la mayoría de las personas son más o menos coherentes, pero en una importante minoría aparecen más o menos singulares en uno o varios de esos planos. Si todas las personas somos más o menos intersexuales, hay personas muy intersexuales.
 
Como consecuencia de todo ello, ante la conciencia 1) de la existencia de los atractores estadísticos y 2), de una cultura de sexogénero muy binarista, como la nuestra, al llegar aproximadamente a los tres años, nos entendemos dentro de uno u otro de los dos sexogéneros reconocidos, formándose así nuestra identidad, que suele ser femenina o masculina, sin lugar para otras identidades intermedias, puesto que no hay modelos de ellas en nuestra cultura como los hay en otras: en las indias de América, por ejemplo, desde siempre.
 
IDENTIFICACIÓN TEMPRANA
 
 
Por tanto, una persona objetivamente muy (tiene sentido decir “muy” en un contexto de “más o menos”) intersexual (en términos biológico/biográficos) puede identificarse en su primera edad o 1) en términos cruzados o 2) lineales con respecto a la apariencia de su cuerpo.
 
 
La primera edad es muy decisiva por cuanto la identidad que formemos en ella acompaña a la construcción de una gran parte de nuestra personalidad. Por eso, algunos autores creen incluso que es irreversible, y yo me inclino a secundar esta opinión con importantes matizaciones.
 
Una persona objetivamente muy intersexual (lo que es, por definición, el caso de partida de todas las personas transexuales, por un plano u otro), puede entenderse a sí misma en términos lineales o cruzados, como mujer o varón; es decir en términos que correspondan o se opongan más o menos a su aspecto predominante.
 
La razón de este entendimiento podría ser biológica, pero es probablemente biográfica. Puede haber una base, que es aprovechada o no. En ella hay una “tierra fértil” (Harry Benjamin), una condición biológica que le predispone a una identidad cruzada o intermedia, pero las razones biográficas pueden hacer que esta predisposición tome cuerpo o no.
 
Si la persona objetivamente intersexual se entiende tempranamente con una identidad cruzada, ésta modelará toda su vida. En algunas personas, esta identidad sigue y se desarrolla continuamente, afrontando y venciendo todos los problemas externos. Hacen falta circunstancias muy favorables para que esta continuidad sea posible. En estos casos, se observa en estas personas una intensa feminidad o masculinidad, dado que su identidad impregna toda su vida, compatible con una posible decisión de no operarse de genitales, dado que su identidad, por su formación en tan temprana edad, no está unida a los genitales.
 
Más probablemente, a la fase de afirmación en la niñez, seguirá (predicción) una fase larga de negación desde la preadolescencia, al tomar consciencia de las dificultades que puede encontrar, fase que se agotará más o menos pronto y dará lugar a una reafirmación (predicción) Todo esto ocurrirá probablemente de modo no-compulsivo sino reflexivo (predicción)
 
Si la persona objetivamente intersexual se entiende a sí misma con una identidad lineal con relación a la apariencia de su cuerpo, la evidencia de su inexactitud le llevará gradualmente a una desidentificación, probablemente en las turbulencias de la pubertad (predicción) No habrá fase larga de negación (que dure decenios), sino oscilaciones cortas (semanas o meses), que se desarrollarán compulsivamente, puesto que se trata de contradecir una identidad temprana sólida (predicción)
 
Tanto las personas identificadas tempranamente, como las desidentificadas tardíamente, caminan por tanto hacia una identidad restaurada o conseguida, que en todos los casos es trabajada, el efecto de una reflexión sobre sí.
 
En estos momentos, están por observar las consecuencias de la nueva actitud de los padres hacia los hijos variantes de género, al facilitarles desde su primera edad la elección del género con el que más se identifiquen. ¿Supondrá esto que llegue a no ser inevitable la fase larga de negación, tan dolorosa? ¿Permitirá que no sea tampoco necesaria una desidentificación, si la identidad temprana se ha establecido más matizada y correctamente?
 
 
FASE LARGA DE NEGACIÓN
 
 
La identificación temprana, por la edad en que se produce, alrededor de los tres años, insiste más en los aspectos de género que en los de sexo.
 
La criatura variante de género afirma que es o quiere ser una niña o un niño, con absoluta seguridad y serenidad. Elige juguetes con arreglo al género que no es el de su asignación y prefiere la ropa correspondiente, que se pone en cuanto tiene la oportunidad.
 
En la medida en que todos los niños pueden sentir curiosidad por las diferencias genitales, puede también experimentarla con extrañeza. Según la criatura variante de género va siendo consciente de su realidad fenotípica, puede creer que con el tiempo, cambiará de manera natural.
 
En todo caso, en ella, las diferencias de género y corporales no están sexualizadas, como es natural, lo que será muy efectivo en su siguiente desarrollo.
A medida que crece, va comprendiendo las prohibiciones que nuestra cultura binaria impone a la ambigüedad o al cambio de génerosexo.
 
La preadolescencia (hacia los 7/8 años) suele ser una edad de asimilación e interiorización de las normas sociales, y eso puede provocar una crisis interior que le hace intentar renunciar a su identidad, como “cosa de niños”, y adoptar otra conforme con las normas sociales.
 
Este proceso lo he llamado “fase larga de negación” porque puede prolongarse durante dos decenios o mucho más.
 
En ellos, la persona variante de género intenta acomodar su conducta al máximo al estereotipo binario conforme con su asignación. Precisamente por eso, suele ser una conducta estereotipada, poco flexible.
 
Consciente siempre de que en realidad desea otra cosa, puede entregarse a los deportes más estereotipados, lo que modela su cuerpo en el sentido contrario al que desea. Hay algunas trans femeninas que, durante este fase, han llegado a practicar culturismo o deportes fuertes: “Tengo que ser un hombre, tengo que ser un hombre”. El resultado ha sido la apariencia de una masculinidad indiscutible.
 
Puede modelar también su conducta para acercarse a un estereotipo en el que encontrar seguridad. Es frecuente que se casen heterosexualmente, diciéndose con total sinceridad interna que “Esto que me pasa son tonterías o niñerías y en cuanto me case, se me pasará”.
 
Pueden sentir tan profundamente este deseo, que incluso no se lo digan a la novia, con la total seguridad de su buena fe y el deseo de no verse ante un rechazo.
 
En las ocasiones en que han decidido o han podido hablar, la misma novia ha pensado a menudo que “Conmigo esto se le pasará”, con lo que han afrontado incluso con ternura el futuro en común.
Por supuesto, pueden nacer hijos de esta convivencia.
 
Pero la superación de todas estas metas, permite ver que la dicotomía entre identidad personal e identidad social sigue presente. En la medida en que ya no va habiendo metas sociales que absorban la atención, la identidad personal va volviendo al primer plano, y acaba la fase larga de negación. Se plantea entonces una reafirmación, y es preciso administrarla con todo lo que se ha construido.
 
La identidad temprana resurge, a menudo entre las nieblas de la represión. A veces es preciso reconstruirla largamente. Pueden confundirse recuerdos y sueños.
 
El momento en que renace la identidad puede ser tardío: cuarenta, cincuenta, sesenta… años, y plantearse en oposición radical a todo lo que ha sido la vida antes construida. Se deshacen como un terrón de azúcar todas las construcciones estereotipadas de la fase larga de negación. En el medio familiar, laboral y social, puede hallarse comprensión pero a menudo grandes dramas.
 
Quiero hacer observar que esta perspectiva está más fundamentada, como es natural, que la primitiva que distinguía entre “transexualidad primaria” y “transexualidad secundaria” simplemente por la edad en que afloraba a la luz.
Había incluso un juicio de valor en esta distinción. La “transexualidad primaria” parecía más fiable que la “secundaria”.
 
Lo que ahora sabemos es que una transexualidad decidida muy tardíamente, puede ocultar una transexualidad temprana, irreversible, y una fase larguísima de negación.
 
Lo mismo se puede decir de la transexualidad que puede prescindir de la cirugía de genitales, llamada a menudo “transgenerismo” y considerada una forma menor de la transexualidad, a mi entender equivocadamente. Los matices de la identidad temprana, apartada en principio de lo genital, afirman su profunda autenticidad, y explican por qué personas muy femeninas o muy masculinas no necesitan operarse de genitales. Como me decía una amiga a quien le pregunté “para mí no es importante”. Se puede entender: “Para mi identidad no es lo primero”.
 
 
DESIDENTIFICACIÓN TARDÍA
 
 
Llamo tardía a la que se produce a partir de la pubertad, edad tardía dentro del subjetivamente larguísimo proceso que compone el desarrollo.
 
En la pubertad, en sus tormentas y turbulencias, la identificación lineal de las personas objetivamente muy intersexuales, puede entrar en crisis.
 
El desajuste con las personas del mismo género asignado puede haber empezado antes, y precisamente por razones de género. Se ha aceptado con buena voluntad la asignación, pero ha sido evidente que no corresponde a la realidad.
La identidad es un concepto, sometido a la prueba error/verdad, y empieza a pensarse que esa identidad es “más/menos” un error, aunque a la vez está cargada de afectividad.
 
La pubertad carga sobre esa identidad la tremenda fuerza de la genitalidad.
 
Esta intersexualidad puede expresarse por tanto en algunos hechos de género o un activo rechazo de los genitales, pero es compatible con un género lineal con la asignación en otros aspectos, lo que puede producir angustiosas dudas para entenderse como persona.
 
Al entrar en conflicto con la identidad temprana, que en estos casos es lineal, suele ser compulsiva. Los conflictos o batallas producen un forcejeo entre ambas realides enfrentadas, que a la vez estorba la reflexión tranquila y produce reacciones compulsivas.
 
En estas historias, la conflictividad/compulsividad genera también momentos de impulso y momentos de fatiga, dando lugar a oscilaciones cortas (semanas o meses), pero muy intensas, que se han llamado “purgaciones”, compuestas por una fase corta de negación, racional y superyoica (Freud), en la que se destruyen los lazos creados con la nueva identidad (ropas, fotos), y una fase corta de afirmación, en la que esta vuelve a aparecer con toda su fuerza y su alegría vital.
 
En la pubertad, para mayor confusión de las personas variantes de género, la fuerza de la afirmación se sexualiza a menudo. Es como si la mente fuera por un lado y los genitales y sus funciones por otro. Entonces, se da la nueva contradicción de unos genitales y unas funciones que se rechazan, y un placer sexual que también se querría ver desaparecer, por un lado, pero que tiene la fuerza del placer, al mismo tiempo. Triste placer para quienes lo aborrecen y a la vez lo pretenden.
 
Mientras el proceso de identificación temprana se desdobla en aceptación consecutiva o fase larga de negación, llegando en ésta, más o menos pronto, a una reafirmación de la identidad básica, en el proceso de desidentificación se da una afirmación persistente que encuentra muchos enfrentamientos y contradicciones (incluso fases largas de negación, al superar la pubertad), pero sigue afirmándose en los mismos términos (y dificultades) a lo largo de la vida.
 
La compulsividad nacida de estas contradicciones se suma al rechazo de los genitales por razones de autoimagen sexual y es frecuente que estas personas deseen muy intensamente la operación y sientan un gran bienestar al conseguirla.
 
En ese momento, pueden encontrar el sol, después de tantas tormentas. Pueden ser ellas mismas o ellos mismos o elles mismes.
 
 
LA IMAGEN DEL PROPIO SEXO
 
 
Hay una forma de transexualidad común a la que viene de una identificación temprana y a la de una desidentificación tardía.
 
Puede superponerse a ambas. Empezaría como un condicionamiento biológico muy fuerte y culminaría a partir de la pubertad, por las razones que expondré.
 
Me parece notable la  hipótesis, leída hace tiempo, no anotada, y cuyo autor lamento no haber verificado, que postula la existencia de una “imagen corporal del propio sexo”. Ahora la desarrollaré.
 
El cerebro desarrollaría una serie de funciones relacionadas con el carácter penetrativo o receptivo del propio cuerpo, que se unificarían en una especie de imagen del propio sexo.
 
El plano de esta imagen podría ser coherente con los planos de la genitalidad presente en el cuerpo, o ser una singularidad respecto a ellos, que lo cualificaría como intersexualidad.
 
Esta realidad se activaría en la pubertad, cuando emergen las fuerzas y deseos de la genitalidad. En edades anteriores, permanecería latente.
 
La experiencia de un número significativo de personas transexuales confirma esta hipótesis. En ellas, se da una extrañeza radical, un distanciamiento, un desagrado y rechazo intenso por sus propios genitales y por sus funciones.
 
Es como si un cerebro preparado para las funciones penetrativas o receptivas no pudiera reconocer (en términos de programación) unos órganos formados en cambio para funciones receptivas o penetrativas.
 
Las reacciones afectivas dimanantes de esta situación serían, lógicamente, las de 1) extrañeza, 2) distanciamiento, 3) desagrado y 4) rechazo que he señalado antes, basándome en experiencias personales.
 
Estas reacciones serían entendidas como muy personales. El rechazo viene por razones endógenas, internas, no por motivos exógenos, externos, sociales, de mejor adaptación a las realidades de género (culturales y sociales)
 
La operación de genitales sería un anhelo de adecuación personal, una fiesta “a la que se va como a una boda”. En otros tiempos, a lo largo de los siglos, se ha ido a ella mediante técnicas de mutilación, afrontando incluso el riesgo de muerte.
 
En estas historias,
 
=se desea la operación aunque suponga la pérdida del placer
=se desea tan personalmente, tiene tanto que ver con la propia persona y no con otras, que aunque, supuestamente, hubiera que pasar el resto de la vida en una isla desierta, se desearía, porque se desea para sí; aunque fuera además el único cambio que se pudiera realizar, aunque fuera preciso seguir viviendo en el género de asignación (lo que explica muchas situaciones que no se suelen entender desde fuera)
=se desea incluso si es el único factor de singularidad intersexual que se dé en esa persona, si en cuestiones de género es muy coherente con el resto de planos de la sexualidad de origen y solo en ese disintiera.
 
También aquí hay lugar para una predicción: esa operación conllevará un bienestar profundo, fundamental, aunque siga habiendo problemas en otros aspectos de género.
 
Se puede decir que son una forma de transexualidad que no tiene que ver con el género (social y cultural), ni con las expectativas del placer. Son una forma de afirmar la unidad del Yo, dándole preferencia al cerebro frente a la genitalidad. Como debe ser.

Kim Pérez 19-12-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                      Dos años y medio de Conjuntos Difusos (I)

 

 

 

 

 

 

Hace dos años y medio, desde junio de 2009, que empezamos una tarea, que sigue ahora, por los conjuntos difusos de género, por el no-binarismo de génerosexo, de la que voy a contar aquí, en el Diario Digital Transexual, por dónde va.

Aquí. Carla, independientemente de su opinión, ha acogido con naturalidad en todo momento mis opiniones, muchas veces expresadas obsesivamente (porque soy obsesiva, mientras una cuestión me agobia y no encuentro la solución)

Solo una vez me hizo la observación de que las alternara con otros temas, lo que yo procuraba también de antemano, y me pareció cosa de sentido común, y he procurado también hacer.

¿Pero por qué he hablado tanto del no-binarismo? Primero, porque está resolviendo una desazón que he tenido y me ha inquietado siempre, desde mis trece años, y por tanto porque es una cuestión de interés personal.

Segundo, porque me consta con la más fuerte de la constancias que el no-binarismo (o, en términos positivos, la visión de los conjuntos difusos de génerosexo) ha resuelto desazones parecidas, provocadas por el binarismo, sobre todo en personas trans, pero también en personas heteras.

(Aunque tengo que decir que la oposición más fuerte al no-binarismo viene de otras personas trans; aunque tengo también que repetir –o quizá no lo he repetido suficientemente-, que es por causa de malentendidos)

Para poder seguir amenamente, explicaré ahora de nuevo lo que es el no-binarismo, o los conjuntos difusos (como lo llamamos en la terraza del Botánico, hace ahora esos dos años y medio, en junio del 2009)

 Es el convencimiento de que hay hombres y mujeres, como dice el binarismo; pero que esos hombres y mujeres son variados en masculinidad y feminidad; e incluyen hombres y mujeres transexuales; y también hay personas que no son (biológicamente) hombres ni mujeres, sino intersexuales, en grados variados, de más o menos; o personas que se sienten así, también en grados variados.

Es decir, que la humanidad es como sabemos que es, y como vemos cuando la miramos: variada. Lo que quiero preguntar, antes de seguir, a quien me lee, es qué tiene esto de difícil de aceptar para las personas transexuales.

El binarismo en cambio, no es lo que creen. No consiste en su punto de vista, que es el de que somos hombres y mujeres; sino el punto de vista de los tradicionalistas, que dicen que hay solo hombres y mujeres biológicos y que las demás variaciones son patologías, pecados o delitos.

Entiendo por qué muchas personas transexuales se aferran al binarismo: quieren insistir en que son hombres y mujeres; pero tienen que saber que los binaristas puros no quieren ver eso.

En junio de 2009 presenté los puntos de vista no-binaristas a la Asamblea de Mujeres de Granada, feministas, con intención de llevarlos a las Jornadas Estatales, que se celebrarían en diciembre. Inmediatamente, conté con Amets Suess, que tenía la misma intención, y las amigas de la Asamblea, que tienen ya una conciencia programática de que hay que incorporar el no-binarismo al feminismo, nos apoyaron en aquella misma reunión.

Amets y yo comenzamos unas reuniones de amigos, semanales, en el Bar Botánico de Granada, aprovechando el verano para mantenerlas encantadoramente en la terraza, junto a la frescura del jardín. Un día, esperando apoyado en uno de los pilares de piedra de la verja, estaba Pablo Vergara.

Una de las primeras decisiones que tomamos, para evitar la simple negación que hay en la palabra no-binarismo fue llamarnos positivamente Conjuntos Difusos, entendiéndose que de género.

La difusividad del género, es decir, la infinita variación de las formas personales de género, era una idea que, por mi propia realidad personal, venía dando vueltas en mi cabeza desde por lo menos 2000, cuando las Jornadas Estatales de Córdoba, usando conceptos como realidad “borrosa”, “más o menos mujer”, etcétera.

Más o menos por ese 2009, me di cuenta de que la Teoría de Conjuntos Difusos, formulada por el matemático Lofti A. Zadeh (también se escribe Lotfi) en 1963, que se aplica para hechos sociales, flujos variables, etc, se adaptaba bien a la realidad del génerosexo. Hoy sabemos que cuando una realidad material encuentra una formulación matemática, estamos en un buen camino científico para hablar de ella.

Lofti A. Zadeh fue nombrado, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada, entre otras. El Paraninfo, donde se celebraría el nombramiento, supongo, está a menos de cien metros del Bar Botánico.

Pues bien, la primera formulación que hicimos de los Conjuntos Difusos de génerosexo, consistió en verlos como una multitud de partículas individuales que tienden a agruparse en una diversidad de conjuntos abiertos, que pueden ser el de los Hombres y el de las Mujeres (abiertos), el de los Intersexuales que se consideren intersexuales, el de los Ambiguos que se consideren Ambiguos, etcétera. Había que decir Etcétera, porque cualquier enumeración debía quedar abierta.

Este enunciado hacía que las personas, desde el punto de vista de génerosexo, nos pareciéramos algo al cielo estrellado, donde la multitud de las estrellas forman también conjuntos abiertos, que son las galaxias.

Recientemente, he matizado esta visión con un elemento que procede también de la Teoría de Conjuntos Difusos de Zadeh: la existencia de los atractores, que son centros abstractos, puramente estadísticos, que atraen a los diversos elementos del conjunto difuso (o abierto)

En el génerosexo humano, es verdad que hay dos grandes atractores que son el Masculino y el Femenino. Son atractores estadísticos, que atraen a la mayoría de las personas, que se sienten más o menos atraídas identitariamente por uno u otro. A la mayoría de las personas les gusta sentirse hombres o mujeres, incluso a la mayoría de las personas transexuales e intersexuales. De la existencia de ambos depende  además en gran parte el erotismo y la procreación. Aunque, desde el punto de vista difuso, hay que saber también la existencia de una minoría que puede no sentirse atraída por uno ni otro, que prefiere vivir individualmente, libres o sueltos por completo de identidades compartidas, o que se sienten atraídas por otros atractores más pequeños que pueden ser el de los Ambiguos, el de los Intersexuales que prefieren serlo… Puntos suspensivos.

Kim Pérez 05-12-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                        Hombres y Mujeres

 

 

 

 

 

 

Transcribo aquí y adapto una parte de la novela transexual que estoy escribiendo, que se titula “Hombres y Mujeres”. Me he llevado muchas sorpresas yo misma mientras la escribía, e iba poniendo particular atención a muchas cosas antes desapercibidas.

Mirando por la ventana, hoy que pasa mucha gente, me asombra de pronto una cosa que siempre nos ha parecido normal. Todos los que pasan, son hombres o mujeres.

Nada más que de dos formas, y nada menos que de dos formas. Las personas no somos de modelo único. Todos van una de dos, o vestidos de hombre o con ropa de mujer; están acostumbrados a nacer ya separados, para seguir una vida de hombre o de mujer.

¡Qué asombroso! Aunque van por la calle revueltos, van en realidad dos por dos, es como si pertenecieran a dos campos o a las dos hojas de cristal inmensas, separadas, de una ventana gigantesca, que llega de la tierra al cielo, a la que más o menos se pegan unos y otras, la de los hombres y la de las mujeres.

Me acuerdo de cuando era niña, y alguna cosa trivial me sorprendía mucho. La miraba de lado, torciendo la cabeza sobre mi hombro. O incluso, ponía la cabeza boca arriba y la miraba al revés, entre mis piernas.

Conseguía así perspectivas nuevas que me confirmaban que lo que estaba viendo, era raro.

Esta visión es tan rara, que dura sólo un par de segundos. Mientras dura, y yo veo que todos están cerca de una de las hojas o de la otra,  yo estoy fuera de ambas, porque las estoy viendo, o mejor dicho, soy como una extraterrestre mirando cómo funciona la Tierra.

Y funciona así: hay hombres y mujeres.

(Nota: Ahora mi protagonista empieza a relatar su historia; le da mucha importancia en sus sentimientos a los genitales; pero no lo absolutizo: ya sé que hay muchas personas que son mujeres u hombres y en sus sentimientos es mucho más importante el papel de género en sociedad que los genitales. Por tanto, la protagonista habla de sí misma)

Este pensamiento me lleva a otro. Estoy muy contenta de estar sexuada. Estoy muy contenta de ser mujer.

Siento esto: desde que me operé, he adquirido la costumbre de dormir muchas noches con la mano puesta sobre mi ingle, sintiendo que ahora es una curva, suave, blanda, abierta.

Me cosquillea todo el cuerpo, y me duermo tranquila y en paz.

Cuando ya mi marido ha empezado a hacerme el amor, siento también un gran placer en ofrecerme a él. Mi cuerpo existe y él lo toma, lo hace suyo, y el sentimiento es vertiginoso.

Soy mujer sin duda, con una inmensa profundidad, y solo por lo que digo, porque mi cuerpo es mío ahora, tal cual es; pienso en él, y lo imagino inmensamente abierto, un cuerpo tranquilo, acogedor.

Pero la presencia de un hombre en él me estremece de un repentino placer, en el que su firmeza contrasta inesperadamente con mi blandura y me la hace sentir de otra manera, deseándole, gozando de que ahora él esté en mí, porque el estar me hace suya.

No me gustan los hombres, pero me gusta imaginarme a este hombre y ser suya, que mande en mí y que me proteja.

Pienso que soy mujer solo porque mis sentimientos son de esta manera y son los que hacen que una persona sea mujer.

Antes de operarme, pude pensar que mis sentimientos eran ambiguos, y recuerdo que a veces seguían modelos masculinos (pero nunca sexuados), aunque importantes; pero desde que ahora tengo la evidencia que se me ofrece en el cuenco de mi mano, con solo palpar mi cuerpo y sentir como es, todo es más sencillo.

Soy una mujer y  me complace ser mujer y hasta tengo orgullo de ser mujer; quisiera ser mujer siempre; renacer una vez y otra siendo mujer.

Lo soy por la conciencia de cómo es mi cuerpo y por mi relación con los hombres o con este hombre en particular que veo y que fantaseo a todas horas; el orden de mis sentimientos es, primero por mi cuerpo, y luego por el hombre.

La copia de la novela es hasta aquí.

Ángela Gutiérrez me ofrece una explicación de cómo son posibles estos sentimientos y sensaciones en una persona operada.

Se han despertado mediante la experiencia de la sexualidad. ¿Pero cómo es posible que un cuerpo en el que se ha practicado una orquidectomía (palabra que es bella por su connotación de orquídea), una emasculación, siga siendo sexuado?

Lo primero, porque gracias a todo eso, por primera vez siente el placer de la correspondencia entre cuerpo y alma; un cuerpo de mujer, corresponde a un alma de mujer; ha terminado el drama de “anima mulieris in corpore virile inclusa”... o “abscondita”.

Y en segundo lugar, por la explicación que da Ángela: toda la sexualidad, todo el sentimiento sexuado, toda la excitación, depende de los andrógenos, tanto en hombres como en mujeres, en cantidades diferentes. En ambos, proceden de las cápsulas suprarrenales; y en los varones, de las gónadas.

En la preparación del cuerpo transexual, durante la hormonación, se usan antiandrógenos, cuyo efecto es suprimir la sexualidad; las personas que tienen que tomarlos, pasan por tanto por una fase de insensibilidad sexual, de falta total de reacción, se quedan en blanco, ante cualquier estímulo sexual.

Pero después de la operación, como ya no hay flujo gonadal, se puede suprimir el antiandrógeno; y entonces queda, como en las mujeres, solo el flujo de las cápsulas suprarrenales.

Entonces, en un cuerpo y un alma ya equiparados, en lo posible, en feminidad, resurge con toda intensidad una sexualidad de naturaleza femenina.

Antes contenida o frustrada por la conciencia de un cuerpo discrepante, encuentra ahora con naturalidad la forma de expresarse. 

Kim Pérez 07-11-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                             Despatologización

 

 

 

 

 

En estos días, el mundo transexual se une (más o menos) en demanda de la despatologización de la transexualidad, puesto que la vemos como una expresión de la variabilidad natural humana.

Pero enseguida surge la cuestión lógica: ¿si la transexualidad no es un problema de salud, cuáles son los argumentos que fundan nuestra demanda de atención médica, tan apremiante que incluso justifica su inclusión en la Seguridad Social?

Para contestar a esta pregunta, voy a contar una historia. Obsérvese que, a partir de este momento, no va a figurar en este relato la palabra transexual.

Conocí de lejos, cuando éramos jóvenes, a una muchachilla, en la universidad. Era menuda, y tenía una nariz muy grande. Parecía siempre encogida y tenía una expresión de estar acomplejada y ser muy desgraciada.

Desde luego, estaba excluida del vaivén juvenil de los ligues. No volví a saber nada de ella, pero me he inventado su historia, en los años sesenta.  

Le deseo que haya sido así, poco más o menos.

El hecho no era insólito. Es el tema del soneto de Quevedo: “Érase un hombre a una nariz pegado/ Érase una nariz superlativa...”

Las consecuencias de una situación que puede entristecer y agobiar a una persona, eran la burla de las otras.  

Hay situaciones que despiertan simpatía y comprensión. Una nariz grande, no.

O quizá, excepcionalmente, Edmond Rostand, autor de “Cyrano de Bergerac”, que vio la posibilidad de que la nariz grandísima fuera unida a un alma bellísima y a un verdadero genio poético.

¿Pero y si no existe esa justificación, si la nariz muy grande va unida a un alma normal, sin ningún talento en especial?

¿No existiría entonces el respeto y la comprensión?

Pues bien, supongamos que mi compañerilla, llegado el momento, se decide a ir a un médico, antes de que su situación le amargue definitivamente la vida.

Supongamos que llega al Doctor A. Éste le pregunta por las razones de la consulta.

-Doctor, le dice la muchachilla, soy muy desgraciada. Durante todo el tiempo del colegio, mis compañeras habían empezado por burlarse de mí, llamándome “la Narizotas” o haciendo chistes sobre mí.  

“Yo me encogí, no tenía carácter para enfrentarme con ellas, decirles “¿Y qué?”, y ser la primera en los recreos y en la clase, hacer que me respetaran y hasta que me admiraran. Entonces yo no podía. Me sentía sola, única en el mundo.

“Por más que mirara a mi alrededor, no veía a nadie como yo.

“Perdí todo valor, y de hecho me quedé sola. Al cine del colegio, los domingos, yo iba sola por el camino, llegaba sola, y estaba sola. A mi alrededor, mis compañeras llegaban siempre juntas, se sentaban juntas, charlaban, reían, y mientras veían la película se sentían unidas, en compañía, y salían radiantes y hablando sin parar. Yo no tenía con quien hablar. Me volvía a casa, callada; al llegar, mi madre me preguntaba, mirándome preocupada: “¿Qué tal la película?” “Muy bien”, respondía yo, y allí quedaba todo.

“Luego empezamos la universidad, y en ella los coqueteos con los chicos. Yo no; para mí es imposible. Me quedo en mi sitio, enfrascada en un libro, entre clase y clase, mientras ellos charlan y ríen.

“Los chicos, ya a nuestra edad, son menos crueles, pero me ignoran del todo. De todos modos, hay de todo. Para los motes son únicos. Cada mote del que me entero es un pincho en mi corazón.

“¿Y quién  va a querer que lo vean conmigo?

“Pero lo peor soy yo misma. Me ve usted tan fea, pero yo estudio Historia del Arte y soy feliz cuando la estudio.

 

“Veo cuadros maravillosos, esculturas perfectas. Sé muy bien que jamás podría ser un modelo medio digno para alguna.

“Amo la belleza, la proporción, el encanto. Aunque en la práctica siga lejos, quisiera acercarme por lo menos un poco”.

-Muy bien, dice el Doctor A cuando se calla. ¿Entonces, qué desea, señorita?

-Operarme la nariz, le dice resuelta.

Y añade:

“Es tan personal, que fíjese usted que si tuviera que irme a vivir toda la vida en una isla desierta, antes de irme querría operarme”.

-Vamos a verla, dice el Doctor A. Póngase en la camilla.

La muchachilla se tumba, nerviosísima, expectante y esperanzada. Siente que éste puede ser el primer momento de su nueva vida.

El Doctor A le reconoce los conductos nasales con una linterna.

-Magnífico, dice al cabo de un momento. La nariz es sanísima. Incluso beneficiosa para usted. Como los conductos son muy amplios, usted puede respirar perfectamente y será difícil que en los resfriados se le atasque la nariz, ¿verdad?

-Sí, responde la muchachilla con un hilo de voz. Digo no, no se me atasca. Digo sí, tiene usted razón, sí que no.

Aquí me voy a permitir un poco de imaginación. Supongamos.

-Pues mire usted, señorita. Su nariz es un órgano sano, o mejor, sanísimo. Yo no puedo operar un órgano sano. Lo siento mucho, señorita.

Y se retira para que ella se ponga en pie, la desolación en el alma.

-¿Cuánto es?

-No, nada, dice el Doctor A. Ha sido solo un reconocimiento.  

La mira alejarse, con la cabeza gacha, con su gran nariz hacia abajo, conduciendo las lágrimas. Siente compasión por ella. Pero sus prejuicios le impiden ayudarla.

Son prejuicios. Ha atendido solo a la realidad física de un órgano sano. Pero no ha atendido a una realidad social perfectamente feroz. La muchachilla ha perdido su niñez. Ahora está a punto de perder su juventud. Su nariz es un obstáculo terrible para ser amada, valorada, respetada. La medicina podría hacer mucho para devolverle por lo menos una mirada feliz al espejo.

Pero el Doctor A no hará lo que puede y sabe.

Durante un año, la muchachilla se viene abajo. Se encierra todavía más, pero ya no tiene fuerzas para estudiar.

Se limita a soñar. Su cara es como la de cualquier muchacha. Puede salir a la calle y hasta los albañiles de una obra le echan piropos y le dicen hasta groserías, pero cariñosas.

Sabe por primera vez lo que es que un muchacho la mire, aunque sea un momento, con expresión natural, sin temer una burla.

No pide mucho, nada más que poder integrarse en la vida normal. Eso lo hubiera podido hacer la medicina, pero el Doctor A se ha negado, en nombre de que la medicina no puede atender a las personas sanas ni interferir en ellas.

Al cabo de un año, oye hablar del Doctor B, de que es un hombre humano y sensible.

Hace de tripas corazón y va a verlo.

Le explica lo mismo que al Doctor A, añadiéndole la terrible angustia de este año.

El Doctor B, ni siquiera la reconoce.

-Puedo operarla, señorita.

Su corazón galopa como un caballo.

-El órgano estará sano, en efecto, añade el médico, pero le produce un terrible dolor psíquico, y daños personales objetivos. Es posible una intervención médica, y por tanto, la medicina tiene la obligación de intervenir.

“Podemos eliminar ese dolor psíquico, curar esos daños objetivos. La medicina tiene que mirar la salud del ser humano en su unidad, en su conjunto, no la de órgano por órgano.

“Estos casos son significativos. No existe ninguna patología, podría haber personas que, en sus mismas circunstancias supieran salir adelante, y hasta orgullosas de sí mismas. La variabilidad humana es asombrosa.

“Si usted me dijera que se las arregla perfectamente, que tiene novio, por ejemplo, y que quiere operarse sólo por ver lo que puede ser otra cosa, por curiosidad, yo la operaría, pero le advertiría de los riesgos; una operación no es cualquier cosa, no es cosa de juego; en la operación más sencilla, hay algo de riesgo.

“Pero en usted, un cuerpo sano es compatible con una situación anímica y social insoportable. Sufre mucho, por esa situación. No es cuestión de enseñarle a aceptar su nariz, cuando hay un sufrimiento de muchos años que no se sabe si se podrá vencer.

“La medicina puede hacer algo y tiene que hacerlo, puesto que es fácil, y ya. No se puede hablar de que ni siquiera la situación social sea patológica sin forzar el lenguaje, sin usar la palabra “patología” como metáfora de todo lo que haga daño, incluso si un animal se come a otro.

“Nada de esto es una enfermedad, pero la medicina es necesaria, porque puede hacer algo. No cuando ella lo diga, sino cuando la persona que llegue a ella lo pida. No tenemos palabras para decir esto, pero ya nos las inventaremos.

“No hay nada tan fácil como inventar una palabra. Sin embargo, atender a las personas que lo necesitan es difícil. Yo prefiero centrarme en eso.

“A usted no le gusta su nariz, le hace sufrir intensamente, y eso hace que le parezca fea, muy fea. No es que lo sea objetivamente, hay pueblos chatos y pueblos narigados, pero para usted es un hecho que usted no se adapta a ella y que la combinación carácter-cuerpo-sociedad, en su caso la hace sufrir mucho y por motivos muy fuertes, que no es fácil superar. Nada fácil.

“Independientemente de que su nariz, fisiológicamente, sea sana y funcione y de que otras personas no hagan ni caso si se encuentran en cirunstancias parecidas.

“Yo no miro las reacciones de otras personas. La miro a usted, y constato que ha sufrido mucho y sigue sufriendo. Y me parece que usted tiene razones para sufrir: tiene sentido estético y sensibilidad; las burlas y la soledad la afectan mucho.  

“Todo tenido en cuenta, se puede esperar que su vida mejore considerablemente con una operación. Por eso estoy dispuesto a operarla”.

Los ojos de la muchachilla se llenan de lágrimas de alegría.

-¿Y cuánto me costará?

Pongo este relato en los años sesenta.

- Es tanto.

La muchacha se queda aterrada.

-Mi familia no lo tiene.

- En otros países, el Estado corre ya con los gastos, en estos casos necesarios; la Seguridad Social se ocupa ya de todo. En España, todavía no, y tengo que cobrar la operación yo. Tengo que pagar a un anestesista, una enfermera, el alquiler de un quirófano, los medicamentos necesarios...

La muchachilla siente de nuevo la amenaza del hielo. Pero ella luchará. Sacará el dinero de debajo de las piedras si es necesario. Trabajará cuanto pueda y como pueda. Hará tómbolas. Tener una vida normal, merece todos los sacrificios y toda la imaginación.

-Muy bien, doctor, dice animosamente. Para dentro de un año o los que sean, resérveme el quirófano.

El Doctor B se pone en pie y le da la mano, sonriéndole con simpatía. Ella se va, animosa.

-Ojalá la Seguridad Social asuma pronto estos gastos, piensa el médico. 

Kim Pérez 24-10-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                                            Esquema de ética transexual

 

 

 

 

 

La mayoría de las personas necesitamos ser respetables, valoradas, queridas. Necesitamos también desplegar nuestras posibilidades y adelantar en la dirección general de nuestros sueños, y más si nos parecen razonables y posibles. Esto requiere que proyectemos unos fines y unos medios para nuestras vidas, en resumen, una ética. Pienso ahora sobre la dirección ética de la transexualidad.

Momento Cero. Una persona comprende que es transexual. Por entonces, es un hecho éticamente neutro.

Momento Uno. La persona transexual debe actuar en la vida y por tanto, elegir una dirección ética. En principio, suele tener que elegir entre la represión o la expresión.

La represión a palo seco es neurotizadora (Freud) Para ser eficaz, se requiere una gran intensidad de vida religiosa o filosófica, y una libre discusión con interlocutores de confianza, que permita racionalizar o sublimar los impulsos de expresión. En otro caso, la represión será difícil y precaria (a mí, 18 años de represión mal organizada me dejaron al borde mismo del envilecimiento, la locura y la muerte, de donde retrocedí con horror)

Si se intenta la expresión, en sus primeras fases, a) puede estar bien socializada, y moderada por la misma vida social, cuando hay una aceptación familiar, escolar y laboral, o b) puede hacerse en condiciones solitarias o clandestinas y por tanto,  resultar  impulsiva acríticamente y traumática. También una expresión mal organizada ha llevado con frecuencia, en decenios anteriores, a la vergüenza, la soledad, el alcohol o las drogas y  la muerte.

Momento Dos. La expresión puede llevar a una mayor fortaleza personal si se guía, no por la fuerza de los impulsos, ni tampoco por las simples reglas de la socialización, sino por la reflexión ética. Puesto que la religión socializada suele ser represiva, la dirección de la  transexualidad puede conseguirse por una religión interiorizada y crítica o por  una filosofía.

Los principios que guíen esta reflexión pueden ser la subordinación de la expresión (sin represión) a un gran combate general, ético o social. Se trata de relativizar la propia condición de transexual dentro de la condición humana general, para no absolutizarla desmesuradamente hasta el punto de que llene toda la vida (un solo tema de conversación, etc)

En este combate, la experiencia transexual introduce necesariamente el valor de la libertad, como todas las experiencias minoritarias, y el de la subjetividad, frente a cualquier intento de objetivación economicista o social.

Momento Tres. Una vez normalizada la experiencia transexual, puede asimismo intentarse su valoración crítica de conjunto. El concepto del binarismo de género subraya el carácter binarista del concepto dependiente de trans-sexualidad, o paso cerrado de un polo binario al otro. El contraconcepto del no-binarismo de género introduce la noción de los conjuntos difusos de género como realidades abiertas y permite entender la transexualidad como transición con formas diversas pero estables, tal como se intuye milenariamente en conceptos como el de las muxes, de la cultura indígena de Zapotecas.

Kim Pérez 10-10-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                            Transexual mirando documental de antropología

 

 

 

 

 

Al despertarme de la siesta, veo un documental de Discovery Civilization sobre un poblado del Amazonas. Ha sido como si una ventana estuviera abierta, o una puerta ancha de ésas que se quedan abiertas los días de calor, y poco a poco hubiera entrado en él.

Son hermosas gentes desnudas, de color dorado. Los hombres, muy bien formados, las mujeres, menos (lo digo objetivamente y sin connotaciones de preferencia por los hombres, que no hay en mí. Los hombres y mujeres de Tailandia y Malasia me parecen más equilibrados en un atractivo común, un parecido  básico en el que predomina una delicada forma femenina)

 Los niños, de redondeadas caras, ojos y labios, y cabellos largos y negros, miran ingenuamente desde sus hamacas. Lo primero de lo que me doy cuenta es de que no es una forma de vida nada chocante; me hubiera adaptado perfectamente a vivir entre ellos.

Tienen grandes cabañas abiertas, muy bien hechas, casi un chambao muy refinado, como se dice aquí en la playa, con unos cuantos palos verticales y transversales, con cubiertas de ramas ya secas y oscurecidas, y sin tabiques algunos.

Los hombres vuelven de la caza, y están contentos porque han matado una gran ave. Una mujer la pone a cocer, quizá, sobre una paellera que me parece de metal ennegrecido, sobre el fuego. La comen en grandes cuencos semiesféricos que deben ser mitades de alguna calabaza vaciada.

Son todos tranquilos, apacibles, bien educados. Guardan las formas de la convivencia. Hablan con voces sosegadas y moderadamente. No dan gritos.

Analizo el grado de civilización en que se encuentran, y hallo que están en uno de los más primitivos. Viven de la caza y la pesca, tienen arcos y flechas, no sé si la yuca o mandioca o lo que sea, de que se alimentan también, es silvestre o cultivada, no usan ropa, entretejen algunas fibras naturales, conocen el fuego... Técnicamente, viven en el paleolítico superior o en el primerísimo neolítico, salvo alguna adquisición o donación de las poblaciones modernas circundantes (la paellera, si es de hierro)

Bien entendido que no es que vivan “como” en el paleolítico, es que viven en él; en estos últimos diez mil años extraordinarios, la mayor parte de los pueblos se han transformado tanto, que hemos llegado a la Luna, pero las  técnicas han corrido tanto,  que no han cubierto todavía todo el planeta, y quedan amplias comarcas en la Amazonia, el Congo y Nueva Guinea, precisamente las de la selvas en las que nuestra vida natural es óptima, donde no ha sido preciso cambiar, y por eso se vive todavía como hace cincuenta o setenta o cien mil años, tantos como hemos vivido los humanos sin dejar casi ni rastro.

Estamos a la vez en la Era Informática y en el Paleolítico; en otros lugares perdidos, sigue vigente el Neolítico. Esta es la realidad de nuestro planeta. Los que lleguen de otros, unos cuantos miles de años más avanzados, se quedarán pasmados.

Me entero de que en este pueblo tienen costumbres poliándricas. La mujer a la que estamos siguiendo tiene tres esposos, y el más reciente lo es por un arreglo establecido por el primer esposo. Esto es lo más raro, pero lo llevan con tanta naturalidad, que también  me hubiera acostumbrado enseguida a verlo. Ahora vuelven dos de ellos de cazar. Uno se acuesta enseguida, a descansar en una de sus hamacas, en el chambao común.  

Otro de ellos va a llevar un poco de comida, en un cuenco, a su anciano padre, que está en su hamaca oscilante en otro chambao. Está dormido cuando llega su hijo y le despierta educadamente.  “¿Te duele algo, estás bien?” “Solo la tos”  “¿No te duele la cabeza?” “No, la tos”. “Te he traído comida” “¿La has matado tú?” “No, Suru” (su compañero) “¿Dónde estaba?”, “En tal sitio”, y luego “Es que los pájaros tales conocen el ruido de las flechas desde lejos y se van”, etcétera. Una conversación que, de haber yo seguido siendo cazador,  hubiera mantenido con mi padre, aunque hablando de los tiros  de escopeta.

Viven suficientemente bien. Los hombres tienen cuerpos muy bien formados, de atletas dorados, con una ranura todo a lo largo de la espalda separando sus musculaturas llenas con naturalidad. Tengo curiosidad por ver sus genitales, que están a la vista, pero medio envueltos en alguna fibra vegetal.

 Estas mujeres tienen senos muy grandes y muy colgantes,como bolsas, que oscilan al aire y casi flotan según se mueven; parecen algo postizo, comparado con la esbeltez de los hombres; a veces están llenos por su parte inferior, y tienen grandes y gruesos pezones negros.  

Todos están afeados por una caña o madera blanca, de unos veinte centímetros por cuatro, que llevan clavada bajo el labio inferior. Les hace un perfil muy feo, ese labio prominente, y les dificulta hablar. Supongo que no pretenderán estar más guapos con ella, será por algún motivo mágico.

En cuanto a los niños, son preciosos y están hasta gorditos; están suficientemente alimentados primero con la leche materna y luego con los recursos naturales que se encuentran en la selva. Ellos, por fortuna, no tienen que ponerse el palo blanco.

Parece que en estas familias se sabe quiénes son los hijos de cada padre, no se dice cómo, pero no parece un dato muy importante. Todos cuidan de todos. Luego, en otro momento, nos enteramos de que el tío de algunos de estos niños, los cuida como un padre, como si fueran pocos los que tienen.

Son un pueblo como de unas treinta o cuarenta personas. Si acaso, de tener yo que vivir en él, le temería al aburrimiento. Todo parece rutinario y poco pasional. Las agresiones, dice la voz que lo cuenta, son raras. La vida sexual parece que está satisfactoriamente regulada.

Saben perfectamente conseguir todo lo que saben que necesitan: consiguen caza y pescado suficiente para tenerlos muy bien comidos, saben rayar y lavar la mandioca o la yuca o lo que sea, hacen flechas y las mujeres las decoran,  tejen con fibras de hojas los cernedores y les ponen un marco cuadrado, se adornan con unos preciosos tocados de una especie de algodón que pegan a la frente con cera de abejas... Es una vida muy completa, en la que no faltan las ocupaciones, pero sin prisa, y nadie obliga a nadie a  hacerlas. La labor más dura es cazar o pescar y entre nosotros son deportes!

Los hombres y las mujeres se ocupan por igual de los niños, aunque los hombres se van a cazar o a pescar y las mujeres se quedan cuidando a los más pequeños, con ayuda de las niñas mayores, o preparando la yuca o mandioca o como se llame. Pero si yo viviera allí, tampoco vería una diferencia esencial con lo que estoy acostumbrada a ver, especialmente cuando yo vivía aquí en el campo, en un cortijo. Es una vida de cortijo.

Es asombroso que, con los diez mil años que nos separan culturalmente, nuestra vida siga siendo parecida en lo fundamental, y sobre todo no hayamos conseguido superar los problemas   más importantes que les siguen agobiando: el miedo a la enfermedad, la vejez, la muerte.

Hemos resuelto algunas enfermedades, pero seguimos empavoreciéndonos por otras. Vivimos más tiempo, pero no libres de miedos. Y seguimos envejeciendo como el padre de aquel hombre y desconociéndolo todo sobre el misterio de la muerte. Si ellos llegaran a nuestras civilizaciones y, una vez repuestos del pasmo, nos preguntaran por todo ello, tendríamos que decirles: “Pues estamos como vosotros”. Y una repentina humildad nos acercaría a ellos.

Porque, a lo largo de nuestro desarrollo técnico, hemos sumado además muchas agonías. El invento de la agricultura, trajo consigo el trabajo agotador, la propiedad privada, la desigualdad, la esclavitud, las guerras. El de la industria, los horarios a golpes de bocina, el proletariado cubierto de polvo, el ruido continuo. El contemporáneo, con el agobio casi solitario de las hipotecas... Estábamos mejor como estábamos en la selva de cantos de aves, y del rumor de los riachuelos en los que podíamos bañarnos cada mañana... Salvo en un punto, que luego diré.

En una vida tan racional y ordenada, aunque aburrida como tenían, es asombroso el tiempo y los tabúes y prohibiciones que tenían que dedicarles a auténticas paparruchas.

En un momento, una de las niñitas tiene fiebre. Está como dormida en su hamaquita, pero es un sueño malo. Poco después, un bebé se afecta también.  

Es penoso lo indefensos que están ante la enfermedad. Lo desconocen todo (supongo que sabrán de algunas hierbas verdaderamente medicinales, pero en este pueblo no distinguen entre ellas y determinadas fantasías)

Lavan a los niños, los cuerpecillos enteros, con la esperanza de que el agua se lleve la enfermedad.  

Después, como el brote de fiebre ha afectado también a un poblado vecino, no sé si cuando el brote de fiebre se acaba solo, para asegurarse, o por miedo a que toque a los adultos, organizan una compleja ceremonia, en la que los hombres se hacen una especie de faldas con fibras sueltas de ramas o de cortezas, y las mujeres se ponen unos preciosas tocas hechas con una gran corteza blanca enrollada; los hombres bailan, y al terminar, se quitan y tiran los faldones hacia adelante, sobre las brozas... con la esperanza de echar así fuera del pueblo la enfermedad.

Las mujeres de los dos poblados tienen preparadas grandes cantidades de bebida de mandioca fermentada, sólo durante unos cuatro días, con muy poco alcohol.

Se ponen en fila, llevando los cuencos de  bebida, y bailan, volviendo la cara, porque no deben mirar a los hombres de otros poblados. Los hombres se acercan, a su vez, y beben mucho de los cuencos.

Para apartarse enseguida, y vomitar a chorros, todo lo ingerido. Vomitan para... echar fuera de sí la enfermedad.

En fin, una ingenuidad, promovida por la angustia y la ignorancia.

Estas inocencias acompañan también a los rituales del parto. Hay que construir un chambao nuevo, muy bien, para la futura parturienta. Después del parto, debe permanecer en ella durante una luna, por seguridad. ¿Por qué? Pues porque uno lo ha fantaseado.

Y después, tiene que hacerse el encuentro entre la madre y el padre (designado no sé cómo)

El padre tiene que salir de su cabaña sin pisar el suelo. Para eso, paso a paso, le van poniendo delante una piedra de rayar mandioca y luego un cernedor. Llega así lentamente a un tronco horizontal, pisando primero una y poniéndose con los dos pies, luego el otro, luego otra vez los dos, y se sienta.

Luego llega la madre, sola, de igual manera, paso a paso, Los dos utensilios simbolizan la alimentación, por la preparación de la mandioca.

Cuando se sienta, a un par de metros del padre, le lleva el niño un hermano suyo o cuñado, su tío, que es como un padrino que lo cuidará en adelante.

Esta desde luego es una liturgia hermosa, una expresión de la grandeza de la llegada de un nuevo ser, pero el cámara le pregunta a un hombre viejo por qué se hace así, y él le responde que “si no, traería mala suerte; se ha hecho así desde tiempos muy antiguos”; y la manera de responder a este temor es de una ingenuidad patética.

¡Qué ignorantes son esos pueblos primitivos! Esto es lo único que hemos conseguido de verdad a través de unos cuantos miles de años: que tenemos una ciencia, una Astronomía, una Medicina, una Física, unas Matemáticas... Pero estamos igual en cuanto a los problemas fundamentales: seguimos teniendo mucho miedo, seguimos enfermando, envejeciendo, muriendo.

Pero por lo menos entendemos mejor lo que nos pasa, y hemos resuelto muchas enfermedades en particular que en estos otros  pueblos los siguen matando. Para eso han servido las angustias y las opresiones del Neolítico, de la Antigüedad, del Medievo, el Renacimiento, la Revolución Francesa, la Revolución Industrial... Todo lo que nuestros antepasados han pasado y esta gente de la Amazonia no ha tenido todavía tiempo de ver...

Darían un salto de sorpresa si supieran todo lo que existe a pocos cientos de kilómetros de donde viven, en un simple pueblo con luz eléctrica más abajo en el río. Pero tienen miedo y no quieren llegar tan lejos. Sabrán que los de allí les traen sobre todo enfermedades mortales. En ese pueblo tan limitado, lo único que les permitirá sacar los pies de él e irse a otros parajes grandiosos, más grandiosos que la luz eléctrica, serán los sueños. Habrá personas grandes soñadoras y otras que no se acordarán de nada al despertarse.

Como es muy pequeño, y todos deben buscarse la vida, no habrá chamanes profesionales, sostenidos por los demás, ni parece de hecho que los haya. Sin embargo, aunque sólo sea bajo las fiebres, algunos tendrán visiones o delirios, más allá de los sueños.

Se habrá hablado de eso. Aun en nuestro tiempo, se ha estudiado poco. No existe una “Visiología”, pese a que toda la Teología está fundada en ellas.

No sacan de la ignorancia total sobre lo racional, pero parecen abrir otras realidades. Para personas tan atadas por su ignorancia a una vida siempre expuesta y precaria, ¿son una esperanza?

Comprendo que pensar en este pueblo se vuelve para mí un punto de partida ineludible para adelantar algo en toda nuestra filosofía.

¿Qué habría sido de mí, si me hubiera criado entre ellos, tal como soy?

Hubiera sentido mi ansiosa curiosidad. Quizá me hubiera fijado en la Luna, en las noches tranquilas, tal como plantea el documental, y acaso hubiera visto la curva de la línea de sombra en los cuartos y hubiera deducido correctamente que es una esfera.

Se lo hubiera dicho a alguien, y seguramente le hubiera interesado por un momento y luego se le hubiera olvidado, como me pasa en nuestra civilización.

Me daría cuenta de la fugacidad de mis pensamientos. Acaso hubiera tratado de fijarlos. Habría intentado dibujar las fases de  la  Luna y después una bola en una gran hoja verde, y constatando que no sabía darle la sensación de relieve, hubiera trazado al final una fruta con sus propias hojas; o habría formado cuatro figuras de barro con las fases de la luna, terminando en la bola final, y poniéndolas en una hoja verde doblada como un estuche y sujeta con espinas, pero habría tenido el mismo efímero éxito que la vez anterior: curiosidad, y enseguida olvido.

En cuanto a mi sexualidad, de estar hecha como estoy, al no existir la ropa, los hombres y las mujeres me parecerían irremediablente hombres y mujeres, y yo, obligadamente, un hombre. Sentiría mis matices, mis discordancias,  mis ambigüedades, pero la evidencia de los cuerpos me dejaría sin escape.

Habría cazado, como cacé en mi adolescencia. Pero la pubertad me habría dejado un rastro de sorpresas y desagrado por el funcionamiento de mi cuerpo, y un desajuste con las intimidades y las sutilezas de las vidas de los hombres, que me parecerían, como me parecieron en mi vida real, extraños.

Sin llegar a sentirme parecido a las mujeres, también una extrañas, tan centradas en los niños,  tan pasivas y cotorras, tantas risas a tiempo y destiempo.

Pero hubiera sentido añoranza por su vida tranquila en el poblado, limitada a sus límites, entre el humo que tranquilamente saldría de los hogares.

Mucho mejor para mí que las peligrosas salidas de  los varones en sus expediciones de caza, en sus descansos sentados en la selva, donde hablarían de cosas ásperas y desagradables para mí.  

Como habría remoloneado tanto, y demostrado tanta desgana después de mis primeras cacerias, quizá me hubieran dejado que me limitara a pescar, algo mucho más tranquilo, que me permitía a la vez adentrarme un poco entre los árboles cercanos y ensimismarme entre ellos, pero a la vez casi equivalente a quedarme en el poblado. Los peces llegaban al remanso donde yo estaba, entre las aguas claras; no tenía yo que ir en busca de ellos.

No desearía en realidad tener sexo con las mujeres que veía en el poblado. Pero hubiera mirado pensativamente a las jóvenes, también algo ambiguas como yo, todavía esbeltas, con pechos pequeños que absorberían mis miradas, tan firmes, todavía distintas de las madres con sus grandes y flotantes bolsas, tan desagradables.

Me hubiera dado cuenta de que mi atención se quedaba hipnotizada por ellas; hubiera deseado besarlas, sí; dormir a su lado, muy junto a alguna de ellas, pero sólo acariciarnos con los labios; no estoy seguro de que hubiera deseado algo tan feo y tan jadeante como el sexo con ellas.  

Desde luego, en comparación, el sexo de los muchachos me parecería áspero, feo y desagradable; no querría verlo ni sentirlo; como tampoco el mío.

No desearía desde luego tenerlas como las tenían los muchachos al casarse, ni ver su entrega, presentida en los rumores de los chambaos abiertos del poblado. Desearía fundirme con ellas, ser ellas, sentir lo que ellas sintieran. En las noches de luna, a lo mejor hubiera soñado más de una vez, que lo era realmente y que en mi cuerpo no había el triste sexo de la realidad.

Despertándome luego deshecho en esperma, una vergüenza porque era la contrario de lo que deseaba.

Lo mismo que, como una burla, el deseo de ser como ellas me llevaría a fantasear que me admiraban los muchachos y que me deseaban..

Una vez, después de la lluvia que caía al llegar la tarde, al levantarme por la mañana, vería un charco tranquilo y limpio, y en él, al acercarme, mi rostro por primera vez, el gran secreto para los humanos primitivos, que pueden ver a todos los otros, pero no se ven a sí mismos ¡Y aquel rostro no sería tan distinto de los de ellas, en su juvenilidad! Aquello sería decisivo, como la expresión definitiva de mi deseo, la consumación de la Fusión con la Imagen de la Mujer en el Espejo, como la llamamos ahora. Un cosquilleo por todo mi cuerpo, que habría llegado a lo más hondo de mis entrañas, lo hubiera acompañado.

Me parece que habría caído en una especie de trampa o engaño. O que me faltaba algo en mis sentimientos para no caer en ella.

Desde entonces, habría hecho lo único que estaría a mi alcance. Como la única diferencia de arreglo que les permite su cultura, en su desnudez, es el corte del cabello, cuidadosamente corto y redondeado para los varones, largo e incluso con una coleta para las mujeres, yo me hubiera dejado crecer el cabello, negándome a cortármelo, pese a las indicaciones cada vez más nerviosas de unos y otras.  

En la Amazonía, sin embargo, aun sin saberlo, las gentes participan de una actitud cultural básica propia de ellas y distinta de las de otros continentes. Debe de ser muy antigua y proceder de los primeros antepasados que se extendieron por aquellas tierras. Es la comprensión de que no hay sólo hombres y mujeres, sino también personas que nos encontramos en medio, realidad que todos respetan.

De una manera u otra, con un rito  o sin él, me hubieran dejado que llevara el cabello largo, como las mujeres. Es cierto que sólo con eso, mi desnudez resultaba ambigua, y de hecho todos me hubieran tratado como a una mujer.

Eso me habría llevado también al permiso de quedarme entre ellas, con gran satisfacción por mi parte. Suprimiría la pesca, eso sí.  Me habría llevado a ocuparme de  preparar la mandioca y guisarla. Me resignaría y me esmeraría.

Habría salvaguardado una parte de mi relación con las muchachas que amaba. Aunque visiblemente mi condición no les interesaría, no dejarían de guardar para mí cierta curiosidad y un afecto especial, protector, muy distinto de los recelos que reservaban para entre ellas mismas.

Seguirían yéndose mis miradas hacia sus pechos llenos; las muchachas no dejarían de notarlo, y se reirían para sus adentros como flores y en el fondo les complacería.

Pero en las ceremonias ocasionales, me correspondería ponerme la toca blanca de las mujeres, y bailaría en su fila, aunque con poco convencimiento, y no sin asombro de los forasteros del otro poblado.

Tendría muchos momentos, en la tranquilidad de mi vida, para pensar en lo que quisiera.

Hubiera pensado en la Luna. La habría mirado, en sus noches resplandecientes, como el gran misterio que me esperaba después de mi muerte.

Sutil, como el chirrido de los insectos que la acompañasen, subiendo y bajando. Escandaloso, como las aves nocturnas.

También habría oído a un anciano que se supiera los nombres de los padres del pueblo,  cien palabras, exactamente repetidas, con un sonsonete que ayudaba para memorizarlos, mientras su mano llevase el ritmo golpeando sobre la tierra.

Yo me los habría aprendido, como una manera también  de entrar en la noche del tiempo,  de vencer al olvido, y  de pronto  habría sorprendido a todos, repitiéndolos.

Desde entonces, yo sería la encargada de llevar esa memoria hasta la siguiente geneación. Yo no tendría hijos, pero les pasaría a todos su memoria común.

Y tendría ansia por tener visiones, y no sólo sueños. No las conseguiría. Lo más cerca que estaría de ellas serían mis asombrosos pensamientos, pero en medio de la lucidez más total.

Todo esto es lo que el documental no ha representado. Nuestra vida es nítidamente sencilla y clara en lo material, pero tan compleja y poderosa espiritualmente como cualquier vida humana.

¿Cuáles son los pensamientos y los sentimientos que la recorren? Yo no entiendo los de los hombres. Un poco más, me figuro los de las mujeres. Pero entiendo los míos y sé que me dejan entre ansias que casi no puedo concretar.

La vida de los humanos es el ansia.

Kim Pérez 03-10-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                                             Habitación 2046

 

 

 

 

 

Veo una película china, “2046”. En uno de esos hoteles exiguos de Hong Kong, en el que los estrechísimos habitáculos se dividen por tabiques temblones, que forman un terremoto cuando los vecinos se unen sexualmente, o un caballero pone la evocación de la  ópera italiana a todo volumen, para que no se oigan las discusiones de sus hijas.

Enormes rótulos de neón enmarcan las vidas reflexivas.”2046” es el número de una de esas habitaciones, cuyo inquilino la ama, al recordar su vida en ella.

También está la banda sonora de “Siboney” para acentuar la nostalgia de esta historia.

Largas escenas en las que se ven con total nitidez los automatismos de la tensión sexual humana, los mecanismos del cortejo. Son perfectamente lógicos, previsibles, limitados y aburridos. El guionista sabe muy bien el cómo. Yo sé el porqué.

La apariencia puede ser hasta novelesca. El protagonista, un hombre que se llama Dabao, siente en su habitación el intenso atractivo de una vecina muy joven (creo que se llama Ping)

No se puede contener, va hacia su puerta, madera vieja pintada de amarillo, y llama.

Ella abre. Él es un treintón sonriente, de ojos naturalmente apretados y entornados, y  bigote grande, un poco chulesco. Sonríe continuamente y dice algunas amabilidades superficiales. El halo del deseo transpira en su piel sudorosa y su sonrisa adelanta su cuerpo.

Ella es como una almendra verde, la piel nítida, los labios entreabiertos, en una medio sonrisa expectante, los ojos analíticos, vestida con cuidado provocador. Se puede oler el aroma artificial del cosmético.

Dice que no a los saludos del varón e incluso le empuja fuera del cuarto.

En ese momento, en mi juventud, todo hubiera acabado para mí, con un fuerte sentimiento de vergüenza. Yo hubiera esperado que inmediatamente se hubiera entablado un contacto basado en la mutua afinidad. Una simpatía espontánea y sin complicaciones. Cualquier negativa, me hubiera desesperado.

Naturalmente, en esta historia, el deseo sigue envuelto en negativas y sonrisas desafiantes. Yo no hubiera sabido seguir. Mi escaso deseo no me hubiera hecho insistir. Dabao, entre sonrisas, insiste.

Parece una comedia risueña, pero es profundamente seria, hasta patética. Por eso, otras veces, el deseo frustrado se convierte enseguida en agresividad, porque no hay sonrisas en él, ni ternura, ni blandura. Con el estilo de Dabao, se teme a cada instante que el deseo se convierta en violencia, pero no sucede así, quizá porque el hombre es de manera natural sonriente.

 No sé si es otro día, en el que todo recomienza, o en el mismo momento, a continuación. El deseo de él no cesa. Ella lo pone a prueba sinceramente, entre sonrisas, con los automatismos de la negativa y el rechazo.

El propósito animal, inconsciente, de ambos, de la conducta sexual, de toda conducta sexual en todas las especies, es la procreación de un hijo. La unión afectiva, la camaradería del placer, son añadidos humanos que pueden faltar o no. En nosotros parece que lo primordial es el placer por el placer. Pero la naturaleza no ha organizado tan complejo aparato de órganos y funciones sólo para que nos divirtamos, más bien para que con el pretexto de la diversión (el placer) vayamos hacia donde ella quiere que vayamos.

Él desea verter en ella su esperma y ella desea acogerlo para ser fecundada y abrigar a la futura criatura. Pero antes necesita verificar la fuerza sexual del pretendiente, su constancia, su capacidad de presencia junto a ella para proteger al niño en formación. Esto lo sabe muy bien la naturaleza y produce toda la fuerza de los instintos. En Europa lo hemos olvidado, envueltos en nuestras especulaciones culturales. En ese hotel de Hong Kong, la fuerza del deseo y del placer en ambos les hace seguir el ritual, automáticamente, aunque luego se difumine y extinga como una aventura más en la gran ciudad.

Ping, poco a poco, va abriéndole la puerta y su cuerpo a Dabao. Su actitud es sinuosa, como la de una serpiente, pasiva, como si fuera preparándose para las sinuosidades del movimiento de la unión, cuando llegue.

Sigue siendo mostrándose negativa y fugitiva. Pero esto viene previsto por la sexualidad femenina. Negación y fuga son sólo aparentes. En realidad, están ya fijos uno en otro, mantienen una atención absorta, fascinada, la de la atracción. Las negaciones y fugas son sólo amagos; ella no se va, ni se aleja ásperamente, sino que da largas, espera incitantemente, sin dejar de sonreír con sensualidad.

En un momento, se escapa riendo, y como un juego, se esconde tras la puerta, de donde él la saca, abrazándola y besándola. Es un juego feo, porque se sabe a dónde va. Yo  no sería capaz  de hacerlo, porque la significación de la presencia del hombre no me motiva suficientemente. Yo no pretendo extraer de él un espermatozoide para dar sentido biológico a mi existencia. No lo deseo. Todo esto me aburre.

Sin embargo, es verdad que me resulta más fácil ponerme en el lugar de ella y entender sus motivos. Ponerme en el lugar de él significaría sólo entender la necesidad de descargar mi cuerpo dentro de ella. No la siento y especialmente lo de que sea dentro. ¿Apropiarme de ella como si fuera una mariposa limpia como una flor, a la que hago mía clavándole un punzón? Esto es ridículo.

En mí hay por lo menos la capacidad anatómica de recibir el puñal de Dabao. La he conseguido quirúrgicamente, pero la deseaba so capa de que no quería en mí la otra forma. Las pocas veces que me he sometido a la sexualidad en mi vida, he sido siempre pasiva. Incluso por falta de deseo. Es más fácil dejarle al hombre que trabaje en la unión que emprender yo misma ese trabajo. Cuando me he dejado llevar por la fantasía (fue el verano pasado, durante un mes y medio entero, consecutivo, día y noche), desde el centro de mi cuerpo han surgido solos los movimientos circulares de la unión, el vórtice que se despierta y siente dentro de sí el vértice que lo provoca. Pero llegar a tanto como que su preparación se muestre en la conducta de la coquetería, desde el arreglo minucioso hasta el caminar lánguido por las calles de la noche de Hong Kong, en compañía de mi hombre, no.  

Aunque si yo fuera consciente de mi juventud y mi belleza, si la imagen que el espejo me devolviera fuera sorprendente y perfecta, seguramente sí. Yo tendría entonces el sentimiento de que el arreglo valdría la pena, y la sinuosidad de mis  movimientos nacería de mí misma y por mí misma. Es cierto que no me fijaría mucho en el hombre que caminara a mi lado. Hasta que me pareciera una realidad más grande que yo. Eso podría suceder o no.

En la salida nocturna, Ping sigue lejana. Andan juntos, pero en paralelo. Su cara suave, sus labios sensuales, no se vuelven hacia él, no le sonríen.  

Dabao se emborracha en los bares. Vuelven en taxi. La cabeza de él cae dormida sobre el hombro de ella, y su mano se sitúa sobre su muslo, a la altura ya de su rodilla. Ella, lúcida, mira por la ventanilla, pensativamente. Está ensimismada, la comunicación con él está rota. Es fácil saber lo que piensa: siente lástima por ella misma, se siente fracasada. Suavemente, para que Dabao no se despierte, levanta su mano con la suya enguantada de negro con un bordado plateado, y la aparta. El viaje continúa. Ella ha dejado su mano triste sobre su rodilla. Entonces Dabao vuelve a a acercar su mano y la pone sobre la suya. Mano sobre mano.

La película seguía, pero yo no tuve más gana de seguir viéndola. Me  levanté para hacer no sé qué en la cocina, y me quedé sin saber cómo acababa.

Kim Pérez 26-09-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                    Naturaleza e identidad en la Transexualidad

 

 

 

 

 

La naturaleza es nuestra componente biológica o animal. Generalmente se define como XX o XY, pero no siempre; también hay X0 y otras muchas variantes.

En la edad prenatal, una asexualidad universal, visible en las dos tetillas y el tubérculo genital en todos los fetos, recibe más adelante un flujo de andrógenos de intensidad variable según la presencia del segundo cromosoma X o del cromosoma Y (o más exactamente, del gen SRY dentro de él)  Si hay cromosoma X, la androgenación es menor y el feto se feminiza y si hay cromosoma Y, la androgenación es mayor y el feto se masculiniza.

Pero esta androgenación variable en cuanto a los grandes chorros, también puede variar en detalle. Cada uno de los grandes chorros puede ser mayor o menor. Además, parece que no sucede en un sólo momento, sino en varios; por ejemplo, los genitales se configuran en un momento distinto que el del cerebro. Puede ser que los genitales se configuren definidamente como masculinos o femeninos y que el cerebro se configure menos definidamente o definido en sentido cruzado respecto a los genitales.

Cuando ocurre esto, nacerá una niña con temperamento masculino o un niño con temperamento femenino.

Hasta aquí la biología. Los humanos, además, tenemos la capacidad de formar conceptos o abstracciones, mediante el hallazgo de los elementos comunes entre varias realidades.

El concepto que nos formamos sobre lo que somos es nuestra identidad.

Una de las dimensiones básicas de nuestra identidad es la sexualgenérica (biológica + social)

La mayor parte de las personas, desde una edad muy infantil, no tienen ninguna dificultad en formarla. Voy a distinguir entre ellas dos clases, las que forman su identidad autónomamente y las que la forman heterónomamente.

Las primeras, se observan a sí mismas sobre todo en temperamento (preferencias, afinidades...), observan a los demás y en a quiénes se parecen o quiénes no se parecen. Establecen así su identidad de género, porque está basada en lo social, lo cultural y lo conductual.

Hablo de identidad de género y no de sexo, porque es muy digno de mención que, en nuestra sociedad vestida (otra cosa sería si siguiéramos en la desnudez primitiva), la observación de los  genitales suele ser más tardía. Los niños de tres años, por ejemplo, no suelen tener conciencia de ellos.

Por eso, esa mayor parte de las personas que forman una identidad de género firme, incluye a  algunas personas transexuales que se identifican plenamente con un género, sin tener en cuenta si corresponde o no a su genitalidad. Al crecer, y descubrirla, les choca, y suelen formar la esperanza de que cambie sola con el desarrollo. En todo caso, en su conciencia, la identidad prevalece sobre la genitalidad.

La segunda parte de las personas, las que forman su identidad heterónomamente, siguen la opinión social. “Tú eres un niño” o “tú eres una niña” son los pilares de su identidad y los siguen fielmente.

Además, al crecer, pueden ir descubriendo algunos elementos temperamentales (“me gusta lo que les gusta a los hombres, o lo que les gusta a las mujeres”) que ratifican esa identidad. El descubrimiento de la diferencia genital ratifica su identificación.

Sin embargo, algunas de las personas que han formado una identidad heterónoma, pueden también descubrir con el tiempo que no se ajusta del todo a su naturaleza.

Supongamos que han formado una identidad masculina y que sin embargo, al crecer, descubren que sus preferencias y afinidades son sólo en parte o no son del todo como las de la mayoría de los  hombres.

Esto puede ser bastante frecuente, pero generalmente se asimila sin darle gran importancia; “a mí no me gusta el fútbol; ¿y qué?”, por ejemplo; sin embargo, parece que hay un umbral crítico en el que estas diferencias se vuelven entonces importantísimas y hasta angustiosas.

Estas diferencias pueden no ocurrir en todo el espacio de las preferencias y las afinidades, sino en sólo una parte de ellas, pero que se consideran suficientemente significativas y personalmente valiosas.

Entonces, se plantea un desajuste entre la naturaleza y la identidad. Ésta resulta o inadecuada o simplificadora. Recordemos que nuestra cultura es muy binarista, es decir, que no reconoce validez nada más que al par conceptual de “hombres” o “mujeres”. Por eso, simplifica, y no asume con el suficiente respeto, ni puede conceptuar las situaciones más complejas.

Obsérvese también que no hay una diferencia esencial entre las personas que siempre han tenido una identidad cruzada y las que la forman más adelante. Lo que se diferencia es sólo la manera de llegar a ella, autónomamente o heterónomamente, por propia observación o por  asignación social que luego se revela simplista o inadecuada.

La inadecuación es siempre por la limitación de nuestros conceptos que limita nuestras identidades. Una cultura binarista como la nuestra nos ofrece sólo dos identidades posibles, una u otra, y si no una, entonces la otra. Tendríamos que formar, asimilar y memorizar otros conceptos que correspondieran a nuestra complejidad. Nuestro equilibrio mental y emocional está en juego, porque tenemos que encontrar nuestra verdad, la “adecuación del entendimiento a la realidad”, en términos aristotélicos.

El término trans-sexual, si lo escribiéramos  así,  implicaría el tránsito de uno de los dos sexos binarios al otro, lo que me parecería inadecuado; la realidad es más compleja y necesita conceptos, nombres que la expresen y que estén cargados de emociones y connotaciones equivalentes a los de “hombre” y “mujer”. Transexual será válido si entendemos que ya expresa esa complejidad y que, suficientemente arraigado en nuestra cultura, como ya lo está, inspira también emociones y connotaciones tal como es, complejo y sutil.

Kim Pérez 19-09-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                            No pero Si

 

 

 

 

 

La muerte de mi madre me ha hecho mirar de cerca el fin de la vida y me ha abierto definitivamente una meditación  sobre  mi valoración de la transexualidad, que hace tiempo necesitaba; puedo hablar mejor de mi ambigüedad, o para situarla en toda su intensidad, del hecho trans, palabra voluntariamente ambigua.

El dolor hace entrar en una situación cruda que despeja falsas ilusiones y pone con los pies en la realidad. Gracias a él, se puede seguir viviendo con mucha mayor solidez.

Me aferro con naturalidad a mi cuerpo, tal como es ahora; me aferro de hecho a la falda que llevo, porque es la prueba que hace pensar a muchos que no soy exactamente el hombre que les sigo pareciendo; me aferro a mi nuevo nombre, tan corto, tan sonoro y tan ambiguo; pero hay parajes extensos de mi vida que no corresponden a lo que deberían corresponder según  lo que es la transexualidad propiamente dicha, la voluntad plena de ser reconocida o reconocido como una persona del sexo aparentemente distinto.

La visión de la transexualidad propiamente dicha sigue siendo la de “anima mulieris in corpore virile inclusa” o “anima virilis in corpore mulieris inclusa” La hemos generalizado a todas las manifestaciones de disforia de género y las personas que podríamos definirnos como ambiguas o trans, que no nos hallamos en ella, callamos, por el temor a no ser legitimadas dentro de nuestra pequeñísima comunidad, la de las personas que guardamos formas de ser parecidas, pero no iguales.

Perdonadme, las otras muchas personas que os sentís plenamente identificadas con esa definición, que desde vuestra más temprana edad habéis sabido que sois niñas o niños pese a todas las evidencias, que en el primer caso habéis llorado con emoción muy honda, muy verdadera, cuando os perforaron las orejas para llevar pendientes u os pusisteis un vestido, y a quienes envidio, por la nitidez y pureza de vuestros sentimientos. No hablo de vosotras y vosotros porque no sé, por cumplir con el principio que me hace no hablar de lo que no entiendo desde dentro. Poco, en este estudio, está dirigido a vosotras y vosotros, porque considero que debo hablar de lo que tiene que ver con las personas que son como yo. A ellas me dirijo, con la sensación de que, en el fondo, se ha hablado pocas veces de nosotras, hemos sido pocas veces miradas, entendidas y respetadas en nuestra sutileza y singularidad.

Una vez que hemos seguido los pasos demasiado simples con que hoy se entiende el proceso de la ambigüedad, o trans, homogeneizándolo como trans-sexual (hormonación y operación), todas, todos y todes nos parecemos por fuera. Nuestras historias pueden tener algunos troncos comunes, pero son muy distintas. Es distinta la historia de un niño que se siente niña y la historia de un niño que se siente ambiguo y diferente de los otros niños; en estas pocas palabras se contienen muchas experiencias, sentimientos, juegos, perspectivas, que son distintas, pero que se diluyen en la edad adulta, cuando asumimos una identidad social.  

He recordado hoy, escribiendo a una amiga, mi identificación, con unos diez años, con el niño protagonista de la película "Capitanes Intrépidos", de Spencer Tracy. Era muy parecido a mí (cabellos moreno, en suaves ondas, grandes ojos negros, cara casi femenina, muy guapo) y su historia era la de su indefensión (había caído al mar desde un transatlántico) y protección paternal por un tripulante portugués de un pesquero (Spencer Tracy), que le cantaba "Ay mi pescadito, no llores ya más/ ay mi pescadito deja de llorar", y le enseñaba a ser el grumete del pesquero... Me llegaba hondo, me hizo llorar de emoción profunda, y me doy cuenta de que era por verlo como yo me veía, un niño y a la vez muy femenino, muy ansioso de protección paterna, muy delicado y queriendo encontrarme protegido en oficios subordinados pero tiernos como el de grumete.

La distinción entre la identidad femenina y la identidad masculina con naturaleza femenina, que de hecho nos callamos cuando ya podemos hablar de ella, por miedo a ser diferentes dentro de los diferentes, a que no nos acepten nuestros semejantes, me hacía aceptar callando generalizaciones con las que se me describía, lo que me hacía temer mentir con mi silencio. Esto, de hecho, lo he tenido que hacer continuamente. Cuando me operé, yo quería simplemente librarme de unos genitales que me parecían extraños y feos, insoportables. El cirujano interpretó que yo quería con la misma intensidad que mi área genital fuera remodelada en forma femenina. No le disuadí, por temor a que no me entendiera y no quisiera operarme.

Este silencio sobre mi naturaleza ha hecho que llevara mucho tiempo inquieta por ella, con sentimientos de duda y de culpa latentes; el resultado ha sido que, según pasaba el tiempo, y se acumulaba esa cáscara de dudas, me ha ido costando más y más hablar de corazón sobre transexualidad, escribir de hechos que no fueran legales o sociales,  ni aconsejar con toda el alma a personas que, por mi mismo silencio, yo no estaba acostumbrada a pensar que pasaran por lo mismo que yo, que fueran verdaderamente mis semejantes.

Hace unos días, había  pensado incluso en escribir una teoría general de la transexualidad, con ánimo de esclarecer mis pensamientos; pero esta fresca mañana de agosto, en los instantes en que me despertaba con la cabeza igualmente fresca, he pensado que no me quedaré tranquila mientras no mire cara a cara  todas las posibilidades, incluso las del No.

¿Qué habría sido de mí si yo hubiera dicho que No a la transexualidad, como lo había hecho durante los dieciocho años anteriores, cuando decidí desistir de toda esperanza transexual y poner toda mi atención en otros dolores, no ya míos, sino humanos en general?

Sé que habría podido decir que no en los últimos momentos, cuando ya se acercaba la operación,  hace casi veinte años; la veía cerca, cuando la luna brillaba en la fría noche de noviembre mientras viajábamos por la carretera solitaria, y yo callaba; y luego, en la litera del tren que me llevaba al quirófano, yo pensaba que era la última ocasión de decir que No y bajarme y volverme en Madrid.  

No encontré esa última noche razones para decir que No y seguí adelante.

Mi proceso había empezado desde temprano, desde los ocho años, cuando comprendí que no estaba en mi sitio en el colegio de los varones, luego a los nueve, cuando una fimosis me afeó radicalmente mis ingenuos genitales, finalmente hacia los trece, cuando en mi pubertad comprendí que no quería ser contado entre los hombres; luego siguieron años y años de vaivén, que me llenaban de dudas; y luego llegó la voluntad, a secas, de decir que no a mis sentimientos, tan obsesivos. Tenía que ocuparme de otras personas, no de mí.

Pero gradualmente se me hundió aquella voluntad de atender a lo humano (pero fuera de lo mío) que me sostuvo bien o mal durante dieciocho años. Es verdad que el terrible silencio me había seguido acompañando, que no pude hablar con nadie con tranquilidad de mis sentimientos, que éstos pedían por lo menos expresión, y que sólo la encontré escribiendo para mí misma, obsesivamente, temblando de excitación, doce horas al día, hasta que vi que estaba al borde de la locura y hasta de la muerte.

No fui capaz, desde luego, de conceder tanta fuerza al No, que me hubiera sostenido. La habría conseguido quizá si hubiera podido irme a África de misionero, y hubiera visto que mi vida tenía que ver con la vida o muerte de otras personas, pero tenía tal cantidad de dudas también sobre eso, que me fue imposible.

Quizá, teniendo alguien con quien hablar de mí, en serio, hubiera encontrado paz para potenciar una vida célibe y muy entregada; quizá, con el tiempo, la hubiera motivado, más allá de mis sentimientos, por una fidelidad a lo recibido, a un organismo sano que debería seguir existiendo entero, al reconocimiento social de esa realidad por encima de una negación de principio.  

Esa actitud de aceptación general de lo biológicamente sano y equilibrado  en cuanto biológicamente sano y equilibrado sería muy dolorosa para una persona disfórica, pero la habría vivido como una dimensión secundaria de mi vida, en la que las prioridades habrían sido otras, justificadamente.  

¡Quizá en algún momento hubiera podido superar mi miedo identitario más fuerte, el de tener un hijo como varón, y hasta hubiera podido casarme y tener hijos! Hace algunos años, me sorprendí pensando que si hubiera vivido en una casa rodeada por un hermoso jardín, por arbustos entre la tierra fresca, por árboles donde pudieran subirse los niños, hubiera soportado estar casado (aunque con poco deseo) y tener hijos, como si la naturaleza que nos envolviera me hubiera impregnado de su fuerza impersonal incluso a mí!

Habría pensado entonces que nuestra naturaleza, tal como la hemos recibido, infinitamente sutil y compleja, merece recibir una consideración, abrir sus posibilidades, en vez de ser colapsada mediante hormonaciones y cirugías decididas precipitadamente y en condiciones de turbulencia de los sentimientos.

La fuerza de este argumento radicaría en que concedería todo su valor a la estabilidad de nuestro organismo, y a la confianza en la sabiduría de sus equilibrios predeterminados, por encima de  sentimientos que son variables por naturaleza.

Estoy hablando de negación y de sacrificio, pero no en seco, como yo me vi obligada a intentarlos, sino buscando compensaciones, incluso las de la casa con sus plantas y sus árboles. Aun así, seguiría habiendo un choque emocional violento con esos sentimientos de disforia, resurgido a cada programa de televisión, a cada momento de debilidad o de fracaso en mis otras perspectivas.  

Sin embargo, muchas personas disfóricas, imposibilitadas por sus circunstancias, o simplemente temerosas de la  enormidad del proceso transexual, han elegido y elegirán esta opción, por lo  que no estoy hablando de nada especulativo, sino real en muchas vidas. Y tan moralmente esforzado, que no se puede deslegitimar por principio.

Por cierto, tengo que insistir en que esta negativa no debería  significar simplemente represión. La espantosa experiencia de mis decenios de silencio y aislamiento me lo hace decir. El sentimiento que la represión pura y dura me suscitaría, sería muy parecido al de un encierro moral, la cárcel interior en que he estado sin paliativos, buscando sin encontrarlas nunca algunas puertas abiertas. Claustrofobia, en una palabra.

Freud tenía razón: la simple represión, el corte en seco, es una fuente de salidas neuróticas. Hace falta canalizar de alguna manera esos sentimientos.

Por eso, el No que yo hubiera podido dar tendría que ir acompañado de una serie de condiciones: plena conciencia de mi disforia, plena libertad de conversación, plena comprensión, pleno apoyo, plena dedicación a causas que la relativizaran.

Sin embargo, esta opción radical quedaría desmotivada y deslegitimada por la misma naturaleza cuando existiere la evidencia de una ambigüedad o intersexualidad natural, que explicara la disforia de sexo o de género. Yo he encontrado en mí repetidas pruebas de esa ambigüedad o poca definición sexual, de extrañeza ante los  hombres y más ante las mujeres, aunque más afinidad en mi manera de ser con ellas que con ellos.

En los propios términos de la opción por el respeto a la naturaleza se podría argumentar que esta naturaleza personal es ambigua y que debe ser respetada en su complejidad y equilibrio, que incluye la ambigüedad.

Se habrá visto que prefiero para mí el nombre de persona disfórica (más de sexo que de género), que es el de un sentimiento, o el de trans, que es felizmente ambiguo, y expresión de la misma ambigüedad, más apropiados para mí que el de trans-sexual, que es el que corresponde a otras personas.  

Adelanto que todo lo que sigue se entenderá solo como superación del binarismo de sexo y de género (supone que hay solo hombres y mujeres), que  por no reconocer nuestra existencia, nos ha hecho tanto daño a las personas que no somos binarias; todo lo que expongo desde aquí es la proclamación de que la realidad es no-binaria, porque aunque la mayoría esté formada por hombres y mujeres (incluso transexuales), también existimos las personas que somos más o menos ambiguas.

Partiendo de la voluntad de preservar al máximo tanto la integridad del organismo tal como es, como el equilibrio anímico de la persona disfórica, se deduce que de la disforia de género debe haber a la vez conciencia precisa de sus dimensiones y una adecuación de las consecuencias.

La precisión de la conciencia se refiere a un autoanálisis detallado, con la ayuda de un profesional o no, para llegar a ver con nitidez lo que se siente y configura la propia personalidad, y lo que no se siente y no es personal.

En esta cuestión, se experimentan con frecuencia prejuicios colectivos acerca de lo que sentimos, tanto por parte de la comunidad que no entiende profundamente  lo que es la disforia como de las propias personas disfóricas que se dejan llevar de opiniones ajenas. La más generalizada, ya casi con valor de aforismo, es la que hemos visto que define a  todas las personas disfóricas con el concepto de “anima mulieris in corpore virile inclusa”  o “anima virilis in corpore mulieris  inclusa”,  a veces muy adecuado pero para nosotras no, porque habla solo de “vires” y “mulieres”.

Además de esa distinción entre varones, mujeres y personas ambiguas, también se puede ver la complejidad de la realidad de las personas disfóricas mirando este esquema tan sencillo. Las personas disfóricas se dividen en dos grandes clases:

=Las que centran su disforia en el género (y por tanto no se centran en la operación de genitales); y

=las que centran su disforia en los genitales (y por tanto no se centran en las cuestiones de género)

La palabra “centrarse” está elegida porque es muy descriptiva. No expresa que el resto no interese, sino que se puede relativizar.

En cuanto al concepto de adecuación de las consecuencias, me refiero a un método que consista en ajustarse personal y socialmente a la realidad de la disforia y de sus fundamentos, en buscar el equilibrio personal mediante la adecuación de causas y consecuencias, no mediante la aceptación maximalista de modelos de sexo y género estereotipados. Un método que valore la prudencia, en una cuestión tan difícil y matizada en la práctica.

Parece que se puede demostrar que cierto grado de expresión sea natural y necesario, si no los compromete. En la medida en que la disforia de sexogénero pueda deberse a una variación natural de la androgenización cerebral durante el embarazo, equivaldrá a una intersexualidad en el nivel cerebral, y será natural que sea expresada como tal intersexualidad.

Presentar este concepto a la reflexión es desde luego irrenunciable, puesto que ahora mismo, nuestra situación cultural es la contraria: un permisivismo que lleva a la maximización; sufijo  “ismo”  que indica el culto a la permisión y al impulso por encima de toda reflexión, tiende a favorecer cualquier deseo y anular toda prudencia.

Pongo por caso el tema de los menores variantes de género. La experiencia de los estudios de seguimiento realizados en los últimos decenios muestra que un deseo decidido de cambiar de sexo en los primeros años de vida tiene grandes posibilidades de evolucionar hacia actitudes homosexuales e incluso heterosexuales en los siguientes.  

Para dar tiempo al menor a evolucionar, se ha diseñado la siguiente estrategia: se le permite vivir conforme al sexo deseado, incluso se le ayuda a acudir al colegio con las ropas y arreglo correspondientes; llegado el momento, se le administra un tratamiento de detención de la pubertad, que deberá extenderse durante años, hasta la mayor edad legal, momento en el que puede decidir sobre sí; y se observa que entonces, ¿en qué proporción?, puede decidir renunciar al cambio de sexo (datos obtenidos del Dr. Domenico di Ceglie, en el Coloquio Transiti, de Bolonia, en 2000)   

Esta estrategia es racional; sin embargo, entendida permisivamente, puede quebrarse si el menor, hacia los trece años, expresa toda su impaciencia por evolucionar corporalmente al par que las personas de su edad, y su angustia por un tratamiento neutralizador que lo impide. Esta angustia, en los adolescentes, puede tener expresiones dramáticas y también dramatizaciones. He observado una tendencia a saltarse esas precauciones y a concederles hormonaciones o cirugías irreversibles durante su menor edad sin tener en cuenta que sus decisiones más adelante podrían ser mucho más matizadas.

Ha de plantearse el respeto riguroso a la racionalidad de esa estrategia, sabiendo que su significado es la espera y la apertura de todas las posibilidades; no se define en ella ninguna salida predeterminada; correctamente, a estas personas menores se las identifica como “variantes de género” y no como transexuales; la libertad del diálogo con los padres, hermanos, amigos o profesionales debe ser fundamental;  y podrían planteársele las modulaciones que podría tener su identidad en una cultura distinta de la nuestra, binarista.

Porque esta alusión a las modulaciones supone los conceptos que hemos podido establecer sobre la realidad del binarismo de género que nos atormenta. Sería posible hasta decir que la disforia es una consecuencia directa del binarismo de género.  

En esta palabra, también el sufijo “ismo” expresa la tendencia a absolutizar y maximizar las diferencias de género; se estereotipa lo masculino y lo femenino, no dejando margen para las ambigüedades que forman parte indiscutible de la realidad de cada persona y parte central de la realidad de algunas personas.

Es cierto que la masculinidad y la feminidad pueden ser idealizadas y merecen serlo como expresión de sentimientos hermosos y útiles para la procreación; masculinidad o feminidad subjetivas, irrenunciables; pero además, esa idealización aparece también, espontáneamente, en los otros, como forma del deseo sexual; masculinidad o feminidad valoradas objetivamente.

Pero si hay alguna ambigüedad natural, consecuencia de niveles de andrógenos diferenciados de la media, podría ser considerada como una forma natural del equilibrio que constituye ciertos organismos, y por tanto respetada en sí.

Otras consideraciones la mostrarían como una forma de variaciones adaptativas, que ahora sabemos que son biológicamente importantes.

Puesto que las personas ambiguas a quienes me refiero somos o hemos sido biológicamente fértiles, no se debería renunciar maximalistamente a esta fertilidad, que objetiva y subjetivamente puede ser deseada algún día.  Nosotras somos quienes solamente podemos evaluar la oportunidad de una intervención médica, endocrina o quirúrgica, sólo nosotras podemos pesar adecuadamente nuestros sentimientos y nuestras razones.

Podemos valorar que es el único procedimiento médico conocido que supera la disforia; ha superado la mía, me ha devuelto el equilibrio y el bienestar; pero no deja de ser una interferencia química, con los metales y las anestesias de una intervención quirúrgica. Podría desearse algo más suave. No renuncian a la fertilidad ni al matrimonio las personas ambiguas reconocidas en culturas como la de Zacatecas (muxes), Samoa o el Ecuador. Para ellas les es suficiente el pleno reconocimiento social, el respeto familiar, un vestido de flores y un arreglo femenino. Todo esto afirma socialmente lo que quieren afirmar. Pueden amar a varones o a mujeres o supongo que a ambos o a otras personas ambiguas como ellas. No es extraña, por ejemplo entre los “hombres-mamá” de Ecuador,  una actitud excepcional en la nuestra como la de Thomas Beatie, transexual masculinizante que, sin embargo, ha decidido tres veces preñarse y parir.

Frente al carácter abierto y distendido ante las formas de ambigüedad social de esas culturas, el binarismo de la nuestra sólo entiende de formas rígidas, extremas en su dualismo; la elección de un nombre se vuelve algo ante lo que hay que ponerse en guardia, y “mi” nombre se convierte en “nuestro” nombre; si el Estado consiente en la  hormonación y operación, hay que emprenderlas bajo un régimen de permisos burocráticos y verificable médicamente sólo por el grado de sometimiento a los estereotipos (Thomas Beatie hace lo que le da la gana, y los Estados suelen mirar eso represivamente)

La actitud  maximalista de nuestra cultura en esta cuestión no se puede mantener, porque obedece a un binarismo ideológico de sexo y de género que ignora la complejidad de la realidad.

Sería posible educar a las personas menores de las que estamos hablando en la valoración de su ambigüedad tal como es, y en el entendimiento de que no les sería necesario llevarla tan lejos como a una intervención trans-sexual.

Me doy cuenta de que estoy dando, para nosotros, personas ambiguas, un no al intento de paso binarista de un sexo al otro, y sólo de un sexo a otro, a la vez que  proclamo un sí al reconocimiento de la ambigüedad, que se corresponde mejor con el prefijo “trans” que con el  intenso significado de la palabra “trans-sexual”, que debe reservarse para otras realidades.  

No hay que temer que esta defensa de la ambigüedad unida al recelo frente al binarismo se constituya en represora. El binarismo es el represor, al plantear modelos de vida que requieren el alistamiento en dos únicas formas sexuales. La defensa de la ambigüedad es el paso necesario y  suficiente para asegurar una actitud social abierta,  que evite la caída en un cierre represor.  La defensa de la ambigüedad requiere la misma o más energía constante que cualquier otra defensa de derechos minoritarios amenazados por pulsiones mayoritarias que tienden a negarlos.

No me parece verdadero, para mí (y quizá para personas como yo), entenderme en términos de trans-sexualidad, comprendida como tránsito pleno de una forma sexual a otra, porque me parece que para mí y para personas como yo resulta una solución extrema e irreal. Es expresión del binarismo, que no quiere concebir que haya ambigüedades, o masculinidades y feminidades no estereotipadas.

Esta voluntad de maximización de las consecuencias de la disforia de sexogénero no es solo social; también viene dada por dos automatismos mentales  que la acompañan, pero que son distinguibles de ella.

El primero son los sentimientos de fobia que pueden generarse por los traumas que hayan podido acompañar a las biografías disfóricas. Esos traumas pueden haber nacido de una sensación de desajuste profundo, en condiciones en las que no se puede siquiera hablar de ella (binarismo) ni menos  encontrar una forma de expresión; soledad terrible en la que nos hemos visto muchas personas disfóricas; o pueden proceder de la misma interacción social, en forma de rechazos, burlas o agresiones.

El trauma del rechazo, en particular, puede crear sentimientos de rechazo en la persona disfórica hacia la masculinidad o la feminidad y hacia sus símbolos, incluídas las ropas que sentencian una pertenencia o los propios genitales en su función de símbolo.

Una vez constituida una fobia y no limitada, tiende a  tomar formas extremas.  

El segundo hecho que lleva a la maximización de las consecuencias es el contrario de la fobia, la parafilia que puede acompañar a la disforia pero distinguiéndose de ella. Ray Blanchard, apoyado por Anne Lawrence, le han dado el nombre de autoginefilia, llegando a ver en ella, erróneamente, la causa central de una gran cantidad de transexualidades (de disforias, habría que decir)

En personas heterosexuales XY, la consecuencia de una disforia de sexogénero, puede ser, primero, el rechazo fóbico de la masculinidad al que me he referido, con lo que se produce un vacío extremo de identidad que llama, en segundo lugar, a lo que se ha tipificado como Fusión con la Imagen de la Mujer en el Espejo; esa Mujer es la Arquetípica (joven y atractiva)

Esta parafilia, por su propia naturaleza de fantasía sexual, es maximizadora en el sentido de que tiende a una plenitud orgasmática. Intenta personificar al máximo esa Imagen de Mujer, practicando un bucle imaginario en el que la persona disfórica es a la vez el sujeto y el objeto del deseo. El Espejo se convierte a la vez en el espacio en que se materializa esa imagen arrastrando con toda su potencia a la persona disfórica a hacer cuanto le sea posible para verla en su plenitud.

De aquí nacen acciones interminables para la materialización de esa mujer atractiva, puesto que las parafilias son de por sí interminables al errar en el objeto sexual. Se puede dar lugar a series infinitas de operaciones de cirugía plástica, tendentes a transformar la materia de partida en la perfección del deseo. Se procede como mínimo a maquillajes y arreglos que transparentan con su estilo sexy el significado al que corresponden. Esto es lo que hace que las personas transexuales hayan sido calificadas muchas veces como “más mujeres que las mujeres”, o acusadas por el movimiento feminista de “extremar los roles tradicionales de género”.

Para colmo de inadecuaciones, como estas actitudes proceden del deseo sexual, cuando la hormonación que pretende modelar esa feminidad, al modo de Pigmalión, ha conseguido el máximo de los efectos, decae la pulsión sexual y todo ese obsesivo proceso pierde todo interés, dejando a la persona que se haya comprometido en él en puertas de sentirse defraudada, deprimida y culpable.

Sin embargo, como llevo diciendo, se debe distinguir ese proceso de la disforia, que subsiste íntegra después del fracaso del intento de Fusión con la Imagen de la Mujer en el Espejo.  

En efecto, son completamente distintas la conciencia de desajuste, que puede ser objetiva, y el intento de solución parafílica, subjetivo, que interfiere con él. Pero el necesario equilibrio personal se puede ver comprometido si no se sabe hacer esta distinción.

Estas causas internas de maximización, pulsionales, una fobia y una parafilia, son por tanto permanentes y acompañan y acompañarán siempre a la disforia de sexogénero, como dos hermanas descontroladas que tienden a perturbarla. Pero hay también causas externas que han favorecido la maximización en este tiempo en que se ha legalizado toda o casi toda expresión sexual sin mayor consideración de sus estructuras.

La generación de la cultura permisiva sesentayochista, que se está extendiendo  hasta principios de este siglo XXI (unos treinta o cuarenta años), ha contribuido, en las propias personas disfóricas, a la generalización del proceso trans-sexual, llevado hasta sus últimas consecuencias.  

Las razones de este hecho de maximización han estado basadas en la sustitución de la perspectiva de Freud, más prudente, y atenta a la vez a la no-represión y al “principio de realidad”, por la de Reich y Marcuse, es decir, por un supuesto ideológico, político radical, más que psicológico: la revolución sexual, o sexpol,  ha propugnado la liberación de toda pulsión sexual en la forma en que se presenta a la conciencia, incluso de las más crueles o abyectas, sin análisis ni reconsideración, entendida como un medio de transgresión de toda norma, esencia de la revolución permanente. Se ha creado así un imaginario brutal, que ha potenciado la ética dialéctica de Marx, la del enfrentamiento sistemático, presente no sólo en los grupúsculos radicales.

Al optar por la adecuación de la expresión disfórica y no por su maximización, se plantea precisamente un grave conflicto con el binarismo.

Éste prefiere siempre la maximización de las expresiones de sexogénero. Paradójicamente, prefiere la trans-sexualidad radical a la ambigüedad, al menos en las personas disfóricas XY. No estoy hablando especulativamente, sino basándome en la experiencia práctica. Las personas disfóricas XY que optan por formas ambiguas de expresión suelen ser atacadas por quienes valoran la expresión masculina y consideradas como un peligro para sus valores. Acoso escolar, insultos y desprecios suelen ser las experiencias ante cualquier ambigüedad manifiesta. Hace falta ser muy fuerte para soportarlo (o muy enérgico y agresivo para neutralizarlo, como he tenido la ocasión de ver en alguna persona) En cambio, los ataques suelen disminuir (sin cesar del todo) cuando se abandona la ambigüedad y se manifiesta una diferencia radical mediante una expresión femenina (que suele requerir el uso de falda) Entonces, la condescendencia suele sustituir a la agresión.

Esto haría conveniente la valoración del hecho travesti como recurso de transacción. Hablo de travesti en el sentido de quien usa un código de género definido, cuando trata de expresar una ambigüedad. No es una mentira, sin embargo. En primer lugar, la identidad ambigua de la persona que se traviste suele ser evidente para los demás, de manera que su travestimiento no significa de hecho masculinidad o feminidad, sino una confirmación de su ambigüedad. En segundo lugar, cuando esta ambigüedad fuere tan definida (la misma ambigüedad puede ser definida) que no fuere perceptible como tal, sería un recurso defensivo legitimado para defender el equilibrio personal frente a las agresiones.

Y en todo caso, el travestimiento se distingue de la trans-sexualidad en que puede guardar los equilibrios orgánicos y permite un espacio para asentar sólidamente los anímicos.

Llamo travestimiento, en la plenitud del concepto, a la acción que no considera necesariamente la hormonación ni la cirugía de genitales y que por tanto no afecta a la fertilidad. Puede integrar, sin embargo, acciones menores, tales como depilación, hormonación para atenuar o evitar la calvicie androgénica, cirugía plástica o incluso mamoplastia (en  personas XY) o  mastectomía (en personas XX), que, en general, son intervenciones que siguen el principio de adecuación y por tanto son transaccionales.  

Cuando no existía hormonación ni cirugía, en ciertas culturas se adecuaban  las consecuencias de la disforia adoptando públicamente una personalidad ambigua, que hacía  evidente lo que quería expresar. Es lo que se hacía en sociedades no-binaristas como las que he mencionado de Samoa, Zacatecas (muxes) y Ecuador, y con su recuerdo quiero dejar estas líneas.

Kim Pérez 05-09-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                               Operación o no operación

 

 

 

 

 

He pasado unas semanas absorbida en uno de los hechos más dolorosos de mi vida, y todavía estoy bajo los efectos, bastante encerrada en mí. He entrado en una época nueva en la que también veo que se transforma mi activismo transexual.

Ahora es completamente personal. Me desentiendo del todo de las líneas políticas que hasta ahora he respetado, porque, siendo necesarias, siguen ya solas su camino; en cambio, hacen falta voces personales que hablen por sí mismas, y que consideren que las otras personas transexuales no son ya las compañeras de militancia sino las hermanas cuya suerte es parecida a la tuya.

Estoy tan encerrada en mí, que no tengo muchas ganas de hablar. En realidad, preferiría ahora vivir mi vida, preocuparme sólo de la tarde clara del sol poniente, de la brisa fresca, de mi existencia todavía palpitante en estas horas...

Soy vuestra hermana, pero ahora mismo no soy una hermana cariñosa. Me parece que sería legítimo que os dijera: “Ahora, apañaos como podáis y dejadme que viva mi vida, palpando tan sólo la intriga y el enigma de cada minuto”. No sé por qué escribo. Porque vuestras vidas y la mía son parecidas a la hora de salir a la calle.

Porque es una enormidad sentir la pulsión de cambiar de sexo. Y sin embargo, la sentimos. ¿Podría yo haberla dominado? Sí, a riesgo de quedarme toda la vida como un papel en blanco. No sentimientos, no fluir de la vida, no querer lo que llegaba, no sentir a nadie a mi lado...

Sigo sin entenderme bien, apenas si he podido adelantar unos metros en autocomprensión. Me insisten en que en realidad soy bastante femenina, más de lo que yo creo, bastante maternal... Todo el mundo, de hecho, me ha llamado “tita”, o me dice que soy como su madre, y últimamente como su abuela...

Puede ser, pero esta manera de ser puede no ser exclusiva de las mujeres. Yo desde luego, no me veo que sea tanto como una mujer. No veo en mí los reflejos que tienen las mujeres en los anuncios de la televisión, tan estudiados psicológicamente para conmoverlas y para que se gasten un pastizal. No me conmueven, no soy como ellas. No deseo por ejemplo la compañía estable de un hombre, su protección. Me asfixiaría.  

Me encantan los barcos, la inmensidad del mar, la libertad...

Soy más bien un muchachillo sin sexo. Sin genitales. Eso es parte de mi libertad.

No tener a nadie enfrente de mí, cortándome el horizonte.

La bruma tan hermosa que se forma por las tardes sobre los horizontes.

Si acaso, a mi lado, besándonos y acariciándonos. Alguien como yo; también un muchacho sin sexo o una muchacha sin sexo.

Por eso yo he necesitado operarme y me he operado. Pero obsérvese que la necesidad de la operación no supone la máxima feminidad en quien se opera, porque en mi caso es casi la mínima. Es otra cosa, que he tratado de explicar. Podemos entenderlo, algunas personas transexuales. Los psicólogos, que viven de nuestras explicaciones pero luego no nos hacen caso, no lo entienden, desde luego. Por eso, tuve suerte de operarme en un tiempo en que sólo había cirujanos privados y podías hacer en el fondo lo que querías, puesto que “quien paga, manda”.

La necesidad real de la operación, en la transexualidad, no tiene que ver con el grado de feminidad (o masculinidad) de la persona candidata.

Estoy por decir, incluso, que muchas (no todas, supongo)  de las personas transexuales más profundamente femeninas (y estoy por decir que también de las más profundamente masculinas) no necesitan la operación.

Son de las que desde los tres años saben que son mujeres u hombres, respectivamente. Con tanta seguridad, que casi da miedo, casi parece una cuestión de reencarnación.

Jamás han sentido otra cosa. Jamás han deseado que les trajeran los Reyes algo distinto de una muñeca o un camión.  

No han podido soportar que, en la Primera Comunión, les presentasen en sociedad con las galas correspondientes al sexo que aparentemente les correspondía. Han llorado o han pataleado a la hora de ir a la tienda y descubrir el traje que les esperaba. No era justo. No era real.

Quizá, al enterarse de lo que es el sexo, han rezado fervorosamente, y con total pureza, por despertarse y que no estuviera allí lo que había.

Se han enamorado muchas veces, de sus compañeros o de sus compañeras, al revés de lo que se esperaba, hasta las entretelas. Un amigo trans las imaginaba  como Jane, y él era Tarzán, que las rescataba.

Yo desde luego no he vivido nada de eso.

Pero me he quedado muy asombrada cuando alguna de esas personas, ya adultas, y libres, me ha dicho “Yo no necesito operarme”.

Sí hormonarse, sí dejar que los senos pujen, o quitárselos en el otro caso, pero dejar de lado los genitales, despreocuparse de ellos, no hacerles caso.

La que me decía eso, añadía como explicación: “Es que no significan nada para mí”.

Yo interpreto que, si han sido trans desde siempre, lo han sido incluso desde el tiempo temprano en que los niños no saben lo que son los genitales, y por consiguiente, en los fenómenos de impronta que hay en el desarrollo afectivo de las personas, no se fijó en efecto un rechazo hacia ellos. En cambio, sí se imprimió con toda claridad el rechazo social del sexo asignado, puesto que lo social es lo primero que se ve, y “¡yo no soy así! ¡yo soy como tú!”.

No tiene que ver nada de lo que digo con el orden normal de los hombres y de las mujeres. Personas que quieren que se desvanezcan sus genitales, pero no se consideran mujeres; personas que quieren con todas sus fuerzas ser mujeres u hombres, pero que no les importa mucho en realidad que sus genitales sean de forma masculina o femenina, respectivamente.

No se entiende cuando se tiene una visión muy simple de la sexualidad y la transexualidad.

Entonces, se supone que todo es tan sencillo y claro como los arquetipos. Hombres y mujeres. ¿No puedes ser hombre? Pues serás mujer. ¿O no eres mujer? Pues serás hombre. Todos te ayudaremos a que seas mujer u hombre, puesto que sólo existen hombres y mujeres. Querrás operarte. Te operarás. “Anima mulieris in corpore virile inclusa”, sólo eso, así de sencillo. Tienes que ser más femenina. Tienes que ser más masculino.

Muchos estamos en una niebla. “No soy yo así” “Yo soy yo” “Yo me entiendo si soy como yo soy, y no me entiendo si soy lo que tú quieres que sea”...

Kim Pérez 14-08-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                     Reflexiones sobre la razón Transexual

 

 

 

 

 

Mi idea del derecho y la moral es en el fondo muy severa, aunque atenuada por el sentimiento de necesidad de la piedad humana.

Diré que soy racionaturalista; la severidad viene de la convicción en que la lógica o razón es inflexible; estoy convencida de que la razón organiza la naturaleza entera y por tanto está por encima de la voluntad humana (que puede ser libremente irrazonable, pero lo paga)

Lo que acabo de decir es fuerte, sin duda. En cuanto a la primera parte, la fuerza de la razón, la ciencia moderna lleva siglos descubriendo que para entender la naturaleza hay que saber matemáticas, que a su vez son sólo una parte de la lógica o razón; en cuanto a la segunda parte, que la razón esté por encima de la voluntad humana, no os invito a comprobarlo haciendo cosas irracionales, porque el coste que tendríais que pagar sería alto.

El motivo de esto está claro: si la naturaleza es lógica, razonable, para moverse por ella, por el mundo, por la realidad, hay que moverse razonablemente.

La razón gobierna el mundo, nos guste o no. Es una realidad inmaterial que organiza la realidad material. Algo que el hombre puede comprender y tiene que respetar (libremente, a nuestra manera) Algo que no es Dios, pero que es el lenguaje que Dios habla, eterno, inmutable, que debe ser obedecido para sobrevivir, que es entendido por todos, la lógica.

La función de la razón es tan irrebatible, que produce unos cuantos efectos:

Primero, para intentar rebatir la función de la razón, habría que razonar... Sólo se podría intentar demostrar sus fallos razonando...

Segundo, cuando la razón está en contra de la voluntad, aunque ésta se resista, tiene que acabar por reconocer que la razón es la razón.

Tercero, la razón es el único lenguaje común a todos los hombres.

En resumen: Está tan por encima de la voluntad humana, que se puede decir que es soberana; que estando dentro del hombre, todos los cuales podemos entenderla y descubrirla (aunque no nos guste), está por encima del hombre.

Es decir: no es el hombre quien está por encima de todo; nos guste o no, tenemos que agachar la cabeza ante la razón.

Éste es el campo tan sencillo como la hierba en el que vive mi entendimiento. Éstos son los principios que sigo en mi vida, que son los que todos sabemos que son la verdad, aunque no queramos reconocerlo.

Ahora, viene su aplicación. ¿Es razonable que yo sea transexual?

Soy una persona XY (me hice hace muchos años el cariotipo que lo demuestra) Mi género es masculino, aunque no mucho. Diré que soy masculino ambiguo. No soy femenino.

Mi masculinidad baja un par de escalones al tocar la sexualidad. Me atraen algo las mujeres, pero no he llegado nunca a un deseo concreto y definido, intenso, mucho menos obsesivo.

Me faltan partes de la sexualidad masculina, tales como los deseos de posesión o de penetración. Entiendo la sexualidad como sudor y cansancio.

Pero, si sólo fuera por eso, hubiera podido ser un hombre algo asexual, como hay muchos.

Pero tengo que bajar tres o cuatro escalones más, al llegar a la genitalidad masculina. No me preocupaba nada cuando no la entendía, cuando me parecía un órgano secundario que servía solo para hacer pis. Una fimosis me presentó su forma fea. El desarrollo me lo mostró feísimo, extraño a mí, ajeno, vergonzoso, ridículo. Empecé a desear que se hubiera mantenido en su forma inocente o que desapareciera, y permitiera así que mi cuerpo recuperase una forma lisa, limpia, inofensiva.

En ese momento, en la adolescencia, empecé a necesitar librarme de mi sexo. No entendía ni soportaba a los hombres, centrados en él.

Con lo que he dicho al principio de este Comentario, empieza a inquietar una pregunta: ¿si venero la razón, hay lógica o razón en todo este proceso?

La hay, pese a la apariencia. Porque me he callado un dato fundamental: la causa de mi aversión por la genitalidad masculina.  

Podría estar en un trauma, los diversos golpes sufridos ante los varones, casi cero en amistad y afectividad masculinas, pero tampoco fueron tan terribles. Más probable es que esté en una variante biológica, un desajuste prenatal entre la androgenización del cerebro y la del resto del cuerpo.

Si hay ese desajuste endocrino, es lógico y racional que haya reacciones conductuales que tiendan a la mejor adaptación a las circunstancias personales. Mi deseo de una operación de genitales es una necesidad lógica, adaptativa; su objetivo es plenamente lógico: sacrificar una parte para equilibrar el conjunto. Grandes lógicos como los estrategas o los ajedrecistas conocen muy bien la legitimidad de esta acción.

Este proceso debería conducir lógicamente a la formación de una personalidad verdaderamente ambigua y agenital, reconocida por toda la sociedad como forma de expresión de una realidad personal.

Pero encuentro el gravísimo inconveniente de que nuestra cultura social, colectiva, no reconoce estas realidades personales. Es todavía sumamente binarista, para ella no hay nada más que hombres y mujeres, empezando por los textos legales que obligan a adjudicar uno de dos sexos a todos los nacidos, sin considerar las formas variadas de los genitales reales.

Esto es irracional. Esto es lo absurdo (otro nombre para lo irracional) Es un problema de irracionalidad del que la culpa es de la sociedad como conjunto, no del individuo.

Movido por esa cultura que era también la mía, yo deduje que si no podía ser hombre, tenía que ser mujer. Irme de un extremo a otro, cuando mi realidad me decía que yo estaba entre medias. Me esforcé, pero no llegué a verme mujer, como cualquier otra mujer. Soy distinta; yo soy yo.  

Esta era mi irracionalidad, seguir la irracionalidad ambiente.  

Ahora, en la práctica, ya que estoy en una sociedad binaria, prefiero vivir socialmente como mujer mejor que como hombre, porque me supone menos tensiones.

Preferiría quizá vivir como persona-masculina- indefinida, pero nuestra cultura dice que si eres hombre, no eres indefinido. Si llevas pantalón, ya se sabe cómo son tus genitales, precisamente lo que más me desequilibra.

Prefiero entonces, en el día a día, llevar falda, lo que me acerca a las mujeres, sin pretender ser igual que ellas. No me preocupo del arreglo, les digo a todos lo que soy y vivo ambiguamente.

Todo esto es racional, le corresponde la racionalidad de la adaptación, usando como herramientas los materiales del binarismo, mientras combato por hacer comprender que la realidad está polarizada por dos grandes atractores sexuales, pero presenta a la vez realidades personales no-binarias.

Kim Pérez 01-08-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

                                                                                                      Liberación

 

 

 

 

 

Mi certeza es que la actual liberación del proceso transexual ha permitido que muchas personas puedan entrar en tromba por él; pero hay algunas que se han quedado atascadas y padeciendo, o están entre quienes no corresponden a los estereotipos que les gustan a las Unidades, o en el medio rural, tan represivo, o quienes se afligen, cautivas de sus propios estereotipos, por mil dudas y vacilaciones que no saben resolver, o quienes no tienen suficiente comunicación con los medios trans, para hablar de todas estas cosas, o quienes encuentran dificultades laborales o familiares insalvables, o quienes...

Mi certeza también, por mi propia experiencia, es que todas esas dificultades proceden de la misma  raíz:  de que el binarismo de nuestra cultura está en la mente de todos, de todos nuestros conciudadanos, y dentro incluso de nuestras mentes, las de las personas transexuales.

Como yo he sido binarista, como todo el mundo, y he sufrido las consecuencias del binarismo, sólo puedo deciros: transexuales que estáis ansiando vuestra liberación o ya la habéis conseguido, liberaos lo primero del binarismo que os duele en vuestras entretelas, que os hace sentir imperfectas cuando no lo sois, liberaos de lo que un sistema de dominación mediante el sexo ha conseguido meter en vuestras mentes!

También en los tiempos de la esclavitud habría esclavos que pensarían que la esclavitud era natural, y que mala suerte para ellos.

El binarismo cultural nos dice que sólo hay hombres y mujeres (compañeras transexuales: ¿os suena haberlo dicho?), que los hombres tienen que ser masculinos y las mujeres femeninas, que a los hombres les gustan las mujeres y a las mujeres los hombres, y que los demás "no valemos", o estamos locas, o somos viciosos, etc. Nos lo hemos aprendido desde pequeños y no lo negamos.

Éste es el Código de Género que gravita sobre nuestras cabezas, amenazándonos y golpeándonos en cada risa en la calle contra nosotras ("eso es un tío"), tan demoledoras de nuestra autoconciencia y de nuestra autoestima, y que tenemos que deshacer por la simple operación mental de saber que es falso, y empezar a hablar a unas, y otros, y unes, de nuestro descubrimiento...

La obediencia generalizada al Código de Género (también tiene premios: "soy todo un hombre"; "eres toda una mujer") explica todos los problemas que decía antes.

Si no cumplimos los estereotipos, es que alguien obedece al Código y decide que no somos bastante masculinos o femeninas según las plantillas del Código. Y eso, por nuestro bien, en una sociedad de obedecedores sumisos del Código. Si el medio rural nos aflige, es porque su arcaísmo lo hace más binarista de lo normal. Quienes tienen dudas, como yo las tuve hasta la litera del tren que me llevaba a operarme, es porque yo soy profundamente no-binaria, y esa verdad mía chocaba con el esquema superbinario en que estaba metida sin saberlo: Hombre o mujer. Y quienes tienen dificultades de comunicación, o laborales, o familiares, no las tendrían si todo el mundo estuviera acostumbrado a que la realidad es no-binaria, y no la menospreciara ni la machacara.  

Nos consideran por lo menos extra-ordinarias o extra-vagantes a las personas transexuales. Se sienten tensos (nos sentimos tensas) en nuestra compañía. Ansiamos ser "uno más" o "una más". En realidad, no hay nada extra-ordinario ni extra-vagante en situarse en medio del contexto del sexogénero, y buscar las formas de expresión que se nos adecúen, hallando a la vez a muchos, muchas y muches que las comparten (movimiento Outgender de Tokio, 6% de la población) O, por razones muy profundas, en decidirse a operarse, pero sin preocuparse de ser femenina ni masculino, o en luchar por suprimir el esquema F/M de los documentos de identidad, y no esforzarse en guardarlo, es verdad, más allá de ser un simple trofeo de tanta lucha...

Mirad los videos de Andrej Pejic para ver mejor de qué estoy hablando, y el futuro irrenunciable de nuestra liberación del Código de Género; Andrej, es decir, Andrés.

Kim Pérez 06-07-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                   Interioridad de una transexual

 

 

 

 

 

Anoche, la del 9 de junio de dos mil once, hallé el juguete maravilloso que estoy buscando desde los ocho años; tengo setenta, la cuenta es fácil, hace sesenta y dos.

Recuerdo aquí sólo que de pronto pretendí que fuera un juguete en el que pudiera poner todo mi corazón; no tener que dispersarlo entre otros. Que toda mi atención se pudiera dirigir a ese pequeño objeto.

El motivo de ese sentimiento era muy preciso: había recibido un juguete nuevo, una mulica con su tartana (un carro con toldo), todo de lata, y aunque no me gustaba mucho, me despertó esa reflexión. Era un juguete más (entre otros pocos, no es que tuviera muchos), pero me requería concentrarme en él, hallar formas de jugar y, sobre todo, poner en él una parte de mis sentimientos.

De pronto, me hallé deseando un juguete que fuera solo, un juguete, uno, que centrase mis sentimientos, unidos en su origen, ávidos de poder ponerse en un solo objeto de amor, de no tener que dispersarse en mil distracciones.

Enseguida me di cuenta (pero esto ya fue una reflexión) que ese objeto tenía que valer por todos. Cómo iba a poner todo mi corazón en un solo objeto, si enseguida aparecían ante mí otros, igual de bellos e interesantes, llamando mi atención? 

No, aquel juguete maravilloso tenía que contener en él a todos los demás; todos tenían que comprenderse dentro de él.

Ese deseo fue tan poderoso, que me acuerdo perfectamente de todos los detalles espaciales. Veo la tartana y la mulica de lata, el toldo verdoso, las ruedas quizá rojas, la mulica de color claro con sus rasgos impresos sobre la lata, con sus patas en postura de trotar. No es que me gustara mucho, pero me impresionó; no había muchos juguetes como aquel.

Me veo a mí. Era tan pequeño, que me había sentado en el suelo para jugar. Tenía pantalones cortos, recuerdo el frío de las losetas. Estaba precisamente en el suelo entre el comedor y el despachillo de mi padre. Mi mano derecha hacía correr la tartanilla por el suelo.

Mis deseos, mis experimentos de niñez, quedaron absorbidos por ese proyecto; enseguida me di cuenta de que era imposible, pero aun siendo imposible, me dediqué quizá durante una semana o dos a hacer como que lo buscaba, como si fuera posible.

¡Centrar el corazón! ¡Poner el corazón en algo que merezca toda la atención! ¡O en alguien, que valga por todos los demás!

Éste es el sueño del amor monogámico absoluto, de la experiencia de amor que llega a querer a una sola persona, a pensar sólo en ella, a no poder quitar el pensamiento de ella, con placer absoluto, con maravilla absoluta!

Éste es el quid del monoteísmo, lo que hace que ciertas personas busquen un solo dios, un solo amor, alquien que merezca poner toda la atención en él y solo en él, y que valga por todo lo demás, y por eso los esfuerzos del ateísmo serán inútiles, mientras el corazón humano sea como es.

Esto me ha hecho pensar más de una vez que aquel deseo fue una experiencia mística o premística, pero no lo es. Es algo más sencillo, más de tejas abajo, aunque puede llevar, andando el tiempo, a eso. Así lo sentí, era el deseo de algo relacionado simplemente con mi mente, que me permitiera jugar mucho más felizmente, puesto que yo era en aquel momento sólo un niño.

Es mi mente, lo que he descubierto ahora, sesenta y dos años después, era mi mente el juguete maravilloso.

Era yo misma. Ahora, después de tanta reflexión, de tantas experiencias de placer durante muchos años y de tantísimos más sufrimientos, sé que lo que buscaba era esa realidad, que es una, puesto que yo soy una, y que contiene en sí a todas las demás, a todo lo que ve, al universo entero.

Contiene en sí a todo lo que no es ella misma, la mente, la consciencia, empezando por mi propio cuerpo, que no soy yo, sino que es mío, puesto al lado de mí, pero diferente de mí.

También desde pequeño recuerdo haber mirado con asombro mis manos, moviéndolas delante de mis ojos, y diciéndome: “Éstas son mis manos”.

Me gustaban. Eran finas, bien configuradas y largas.

La intensidad de este sentimiento es lo que pudo hacerme transexual, cuando me fui dando cuenta de que los genitales que había en mi cuerpo no me gustaban, que eran feos, deformes, ridículos, indignos de mí.

Reflexivamente, se comprueba que mi cuerpo no soy yo, cuando se piensa que no tengo ni idea de lo que hace. Tengo por ejemplo un bazo, un páncreas, un hígado, que funcionan regular y continuamente, pero ni sé lo que hacen, ni lo he diseñado yo. Yo estoy aquí, son míos en el sentido de que están unidos a mí, pero no sé nada de ellos, he nacido unida a ellos, incluso sometida a ellos, pero distinta de ellos.

Esta separación entre cuerpo y mente es lo que puede hacer transexual a una persona, pero va mucho más allá de ello.

Naturalmente, lo que me rodea no es sólo mi cuerpo, sino todo lo demás. Las personas que me hablan o me besan o me aborrecen. Las tardes de té. Las calles desiertas junto al mar en las que espero que aparezca la persona amada, que le dé sentido a estos eucaliptos,  a estas playas, a este horizonte que serán finalmente suyos, la felicidad indescriptible en mi vida joven, bella y fresca.

También me rodea, llegado el momento, la noche estrellada, el negro infinito, las galaxias.

Todo eso es lo que está fuera de mi mente. Pero a la vez, está en ella. Todo es mío. Todo está en mí, guardado en mí.

Todo, incluso Dios, un concepto de fuera, algo que no soy yo, que está fuera de mí, pero dentro de mí, como todo lo que no sea yo. A no ser que yo sea Dios.

Puede ser que lo sea, porque a fin de cuentas, este yo que lo ve todo es tan pequeño, es un punto tan infinitesimal, está tan desnudo de adjetivos...

Si yo no soy mi cuerpo, no soy nada que se pueda calificar. No soy hombre ni mujer, para empezar, no soy guapo ni feo, listo ni tonto, ni blanco ni negro ni morado ni verde, no soy de mi familia, de mi tierra, no hablo español ni latín ni francés, no soy ni de ahora, ni de antes, ni de luego.

No soy de un espacio ni de un tiempo, ni de una materia. Sólo soy yo, mirando.

Lo que miro es todo, o puede ser todo, según me voy enterando. Por eso digo que a lo mejor yo soy Dios.

Una diferencia que noté hace tiempo, es que yo me veo desde dentro, mientras que todo lo demás lo veo desde fuera. Yo sé que soy yo, mientras que todo lo demás es no-yo. Por eso no lo entiendo bien, tengo que hacer averiguaciones, es una limitación que me demuestra que no soy Dios.

Lo mismo que me veo por dentro y a lo demás por fuera, si de pronto me hallare viendo por dentro lo que ve un pingüino, o sintiendo por dentro el calor del sol y la alegría del agua que bebe un gran árbol, de enormes ramas, o un aprendiz de árbol, un arbolillo, entonces habría dado un paso para decir que yo fuera Dios, pero todavía no.

O amándote a la vez, y sintiéndote por fuera y por dentro, hombre joven que me fascinas, tan bello que pareces una mujer, sintiendo la tremenda alegría de ser joven junto a ti, de ser bello o bella como tú, de conocer las calles ajardinadas, las penumbras de la tarde que te conmueven, de verlas junto a ti, abrazado a ti.

Entonces me acercaría a decir que soy Dios. Todavía no.

Todavía acabo de recibir ese juguete. Todavía no sé usarlo. Todavía lo uso con torpeza, me equivoco, se me desmanda o se queda paralizado, bloqueado.

Todavía no sé en realidad si éste es el juguete que añoro. Me lo figuro, en realidad casi estoy convencida. Pero tengo que comprobarlo.

Todo mi corazón. Que valga por todo. Y más.  

Kim Pérez 13-06-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                                                     Vida de pingüinos

 

 

 

 

 

La noche del 4 al 5 de junio de 2011 he sido pingüino emperador por medio de un documental francés que ha impregnado de tonos azules mi memoria, crepusculares o nocturnos, el frío de la Antártida, ese planeta contiguo al nuestro.

Los Pingüinos Emperadores son grandes, no sé cuánto, por falta de referencias, quizá como nosotros, de amplias pecheras blancas, extensas, de sobra, y grandes espaldas negras. Los brazos, demasiado pegados al cuerpo, moviéndose torpemente; entre nosotros, parecerían tullidos.

Como si fueran figuras humanas, están de pie, erguidos y derechos. O mejor, parecen dioses egipcios, de aquéllos de cuerpo humano y cabeza de animal, porque sobre sus cuerpos de apariencia tan humana se yergue una estilizada y picuda cabeza de ave, negra como las espaldas, adornada solo por una lista roja  que llega hasta el pico, embelleciéndolo, y unas manchas ocres; elegantísimos.

Grandes ojos de mirada insondable, inexpresivos. Plumaje espeso y fino, que parece pelaje.

En un momento dado, todos los Pingüinos Emperador que viven en distintos parajes de las costas de la Antártida, se ponen en marcha. Andan muy torpemente, en pequeños pasos, y forman una fila india muy larga. Vistos desde lejos, se comprende que son los verdaderos habitantes, los indígenas de ese planeta. Cualquier astronauta llegado a Ganímedes, los tomaría por humanos. No lo son. Son otra cosa.

Las largas filas de esos seres avanzan durante días. Todo es largo y simple para ellos. Van por vaguadas de nieve helada. Las cortaduras, farallones, montañas, que dejan a un lado, no son de rocas, sino de hielo. Pero es un desierto igual que los nuestros, sólo que de otra materia.

Avanzan por el entrellano, tranquilos, como los indios por Arizona. Todo es distinto, pero igual. También en Titán los grandes lagos y las lluvias son de metano.

A veces, cuando el terreno lo permite, se tiran al suelo y avanzan resbalando. Entonces parecen pájaros, patos, las cabezas erguidas. Resbalan como odres gruesos, propulsádose con las patas, puestas muy atrás, y equilibrándose con los brazos, es decir, las aletas. Con ellas se agarran al suelo.

Mejor dicho, se han convertido en trineos, durante un rato, lo que les da rapidez y les ahorra esfuerzos. Cuando el suelo, la arena, la nieve, ya no lo permite, se ponen otra vez en pie y siguen, bamboleándose algo, pero no mucho.

A veces, hay alguno que se pone al lado, mirando a la fila, y agita las alas, abriéndolas. Da enteramente la sensación de que es un guardia metiéndoles prisa a los caminantes. No sé si lo será. Él también se reintegrará a la fila.

Decenas de filas de caminantes están moviéndose en esos momentos por la Antártida, como si fueran en romería. Unos vienen de más lejos, otros de más cerca. Con asombro, dice la voz del documental que todos convergen en un mismo lugar, un llano al que se entra por unos parajes de verdad rocosos, rocas negras entre la nieve, rodeado después de grandes desfiladeros de hielo, con panoramas rosados de bloques altísimos flotando en el mar cercano, pero invisible, de picos y peñas de hielo, siempre perdurables, siempre cambiantes.

Y llegan casi el mismo día, o en horas cercanas. Saben el momento en que tienen que ponerse en marcha, sea cual sea la distancia, para reunirse todos a la vez.

Ese paraje es donde todos han nacido. Los Pingüinos Emperador nacen siempre en el mismo lugar, en ese llano, entre esas cortaduras de hielo y esas cuantas rocas de piedra. Toda la especie tiene un lugar único de nacimiento y toda ella se reúne allí una vez al año.

Todos los que vienen en esas largas caminatas son machos.

En su cerebro está predeterminado lo que tienen que hacer. Se han separado de las hembras nueve meses antes. Han ido juntos, a distintos lugares, para repartirse las costas y el pescado, su único alimento. En un momento dado, según la distancia, han sabido que tienen que volver. Y han vuelto a la patria común, única.

(Cualquier humano que la vea, fuera de esos tiempos, pensará que es una cala desierta de la Antártida, como otra cualquiera. Y sin embargo, para los Pingüinos Emperadores, es el centro del mundo)

Allí se reúne la multitud masculina, apaciblemente, esperando. Y entonces, del mar, vuelven las hembras, también llamadas por la misma señal, pero de otra manera.

La especie entera se reúne en los entrellanos de esa cala. Todos cuantos han nacido en ella, vuelven a ella.

Las hembras son, para los ojos humanos, idénticas a los machos. No hay diformismo sexual alguno. Sin embargo, unos y otras han acudido para formar parejas, y unos y otras se buscan y se encuentran. Los guiará el aroma, la única diferencia perceptible.

Para los que saben lo que es el el sexo humano, yo no, se pueden imaginar la fiesta de aromas que les embriagará durante unos días, mientras se reconocen y se eligen, y la fiebre de sentimientos que les embargará.

Porque no van a estar juntos unos momentos, sino durante muchos meses, el tiempo necesario para traer una nueva generación a su planeta y cuidarla en sus primeros y desvalidos pasos.

Hay peleas, competencias sexuales. Pero no son entre los machos por las hembras, sino en las hembras por los machos. En esta especie, los andrógenos no producen acometividad. Los machos se dejan desear.

Pronto, todos están juntos, cada uno con cada una. Entre los Pingüinos Emperador todo es lento y dulce. Se ponen frente a frente, inclinan sus cabezas en posturas elegantes, las juntan, están así mucho tiempo, como conociéndose, como aspirando los aromas distintos, como aprendiendo que hay otra forma de ser.

Quizá permanezcan en esa lenta caricia durante horas.

Debe haber entre ellos quienes no aman el aroma ajeno, pero de ellos no habla el documental. Atraídos por los aromas semejantes al propio, percibiendo sus sutiles diferencias, irán de uno a otro, siendo rechazados, hasta que encuentren al afín, al que los aceptará, y también inclinarán su cabeza ante él, las juntarán y permanecerán así durante horas.

La unión, como sucede entre las aves, es suave. No hay penetración. Se ponen en contacto dos órganos que son como dos bocas, e intercambian un fluido. La hembra se pone debajo y el macho sobre ella, pero la hembra vuelve la cabeza para mirarlo, lo que le permite su grácil cuello.

Me da la impresión de que el funcionamiento de esa especie es intensamente binario. Todo está cuidadosamente previsto y separado entre machos y hembras, porque en las circunstancias de extremo frío de ese planeta, la procreación debe cumplirse con extrema precisión. Las conductas masculina y femenina están perfectamente previstas. No es sólo que los machos se hayan ido y hayan vuelto, es que todos los movimientos deben ser exactos y cuidadosos a partir de ese momento, y en el cerebro de cada cual aparecen en forma de impulsos, de instintos no aprendidos, sino que nacen del fondo de los milenios de la experiencia colectiva.

A partir de ese momento, las cosas suceden así. Las hembras, las madres, ponen un gran huevo, fecundado. Sale caliente de su cuerpo, pero la temperatura de alrededor es de decenas de grados bajo cero. La congelación del nuevo ser, al aire libre, aun con su capa de cal protectora, puede ser casi instantánea. Hay segundos para actuar.

Porque hay que pasar el huevo de la madre al padre. Éste, quizá novel, tiene que saber rápidamente lo que tiene que hacer, sin que nadie le enseñe. Del fondo de sus sentimientos nacen los impulsos necesarios, arrolladores, indiscutibles.

Lo toma entre sus patas, de dos grandes dedos, cubiertas de fuertes escamas que serán más fuertes que el cuero para soportar tanto frío, con grandes uñas. Lo balancea un poco, inclina su cabeza picuda, inquisitiva, para verlo de cerca, lo ajusta entre sus pies, tantea los movimientos.

De pronto, con una especie de pequeño salto, une los pies, y el huevo queda sobre ellos. Enseguida, deja caer el vientre y su blanda cobertura de suave plumaje blanco lo cubre del todo. Empieza la incubación. El calor del padre hace que perdure la vida en el pequeño espacio de cal, que continúen líquidos sus fluidos, que el pequeño ser pueda crecer.

Entregada la responsabilidad del huevo a los padres, las madres pueden volver al mar.

No pude verlo todo seguido, hubo partes enteras que me perdí, por lo que cuanto sigue, queda un tanto desordenado.

Vi a las Pingüinas, supongo, tirarse al mar, y como todos los seres anfibios, transformarse.

Las imágenes tomadas desde la profundidad, las mostraban, desde abajo, felices, nadando bajo la superficie a toda velocidad, dejando estelas blancas de espuma, como los aviones a reacción.

Se sumergen y pueden estar no sé cuánto tiempo hasta que vuelven a tener la necesidad de respirar. Buscan los pececillos y se alimentan, gozan, “estómago lleno, bendice al Señor”. Aquél no sólo es su medio, sino como comprendía el documental, “es su paraíso”.

El paraíso en la Tierra, es decir, el paraíso en el mar. La plenitud de la existencia. Entre masas de hielo sumergidas, bloques insondables, bellísimos a la luz de las cámaras y, a veces, con juegos y haces inimaginables de la luz del sol, indicando, si el mar sigue cubierto de hielo, por dónde están las salidas. Un agua azul, gélida, transparente, tranquila, acristalada, y las medusas, algunos peces, una foca que se movía con gracia y languidez de bailarina en ella.

Mientras, en la superficie del llano, los padres aguantan, cuidando los huevos. Durante tres meses no comerán, precisamente los meses de la noche, del viento que sopla sin parar y les obliga a juntarse para tratar de protegerse un poco, sin cubierta a decenas de grados bajo cero, bajo un viento continuo que arrastra líneas horizontales de nieve que ondula y se clava como espadas.

Inclinan las cabezas y cierran los ojos, soportando el temporal durante horas, y días y meses, sin comer, al viento libre y helador, sobreviviendo, guardando la temperatura de 40º del huevo que, protegido sobre sus pies y bajo su vientre, no se entera. ¿Qué fuerza tiene la vida? ¿Y el instinto?

Sobre ellos, en el cielo congelado, en la noche antártica de meses, en el azul inmutable, está el único reloj que saben ver y contar, como lo cuentan otroa animales del mar, las ballenas, y exponen sus cuentas con sus cantos.

La Luna deja ver sus fases, lentamente, conforme a la lentitud de los míseros que la miran. Muy poco a poco, imperceptiblemente, está en una fase y se pone en otra. Pasa del creciente, donde está mucho tiempo, entre el frío, las soledades, los vendavales de la Tierra, hasta que está llena, llenándolo todo con la luz y la esperanza de la lunallena, aunque sigan los temporales y los nublados; enseguida empieza a menguar, hasta que de pronto desaparece. Y en medio de la angustia, de pronto se ve un hilo de luz, y reaparece. Y así pasan tres lunas.

Muertos de hambre, los congregados en el llano natal, comen hasta la nieve que amontona el viento, con tal de llenar un poco el estómago y, de camino, beber.

Hasta que también de pronto, la luz del amanecer empieza a blanquear el horizonte. Y poco a poco, aumenta, hasta que se ve el primer destello del sol, que en seguida desaparece.

Y en ese momento, empiezan a resquebrajarse las cáscaras de los huevos, y nacen los polluelos, cubiertos de plumón, pequeños e inocentes e ignorantes, necesitados de toda protección.

Y entonces, supongo, porque esa parte no la vi, que vuelven las madres del mar, y comienzan a alimentarlos con pescado, y los abrigan bajo sus plumas, mientras que los debilitados y tambaleantes padres, tres meses sin comer, vuelven a él, al paraíso, y comienzan a alimentarse y a recuperar fuerzas, y luego regresarán y se turnarán con las madres, alimentando a los polluelos y manteniéndolos calientes mientras el otro o la otra baja al mar a alimentarse a su vez y a gozar.

He visto el Binario de la vida en su plenitud. Machos y hembras que deben ser fisiológicamente perfectos para poder fecundar y concebir. Comportamientos masculino y femenino intensamente detallados, milimetrados, obedecidos con total exactitud para que, en esas condiciones extremas, la nueva generación pueda sobrevivir y crecer.

Pero el Binario vale sólo en términos de la especie. Los individuos no tienen que ser binarios. Aunque no se ve el documental, por lo que existe en otras especies, he supuesto que también debe de haber Pingüinos Emperador homosexuales, que se acaricien uno a otro y hasta, por no tener que cuidar ningún huevo, se vayan juntos al mar y disfruten de su placer y de sus buenos alimentos todo el año – como las hembras.

La especie determina las reglas generales y casi todos las siguen. Pero no hay nada exacto en la vida, todo puede ser imprevisible, y cada ser se las arregla como puede cuando surge lo imprevisto.

La especie marca las directrices generales, señala lo que debe hacerse, pero cada cual hace luego lo que puede. En aquel mundo tan gregario, ¿qué hacía un Pingüino Emperador solitario, que se había ido en dirección al mar, y al que la cámara enfocaba desde muy lejos, muy desde arriba, desde lo alto de un lejano risco de hielo, y lo veía, muy pequeño, muy solo en medio de la extensión helada?

¿Habría ido a contemplar el inmenso paisaje de bloques casi geométricos, a oler el mar cercano con sus narices palpitantes, a sentir el misterio y el infinito de la existencia? ¿Sería yo?

Casi indiferente a aromas, a caricias y a incubaciones. Una persona, es decir, un pingüino de otro mundo, que no siente en el fondo de su ser los empujones del instinto que sienten los otros pingüinos o personas. No binario.

El impulso de los machos para cuidar el huevo es tan fuerte, que cuando, por alguna circunstancia éste se rompe y se pierde, el padre queda descompuesto y busca otro con ansia, agachando su cabeza con angustia en busca de otro, hasta que llega incluso a incubar una piedra redondeada que calme su deseo.

Esto resulta patético y triste en un pingüino, pero un humano habría aprovechado la ocasión para inventarse un juego y hasta crear un deporte: Suspensión de Piedra sobre los Pies, con rivalidades y campeonatos hasta mundiales.

Los polluelos nacen y crecen muy deprisa. Sus ojos redondos e inocentes inquieren al mundo. El color de su plumaje, grisáceo, va cambiando, acercándose al inmaculado blanco y al liso negro de los adultos.

Cuando ya les quedan sólo manchas grises aquí y allá, son adolescentes. Entonces, en grupos, en pandillas, se acercan al mar. Y se tiran a él con torpeza. Nadan como patos, en la superficie, un buen trecho, antes de comprender que pueden sumergirse y transformarse en bólidos vivos, y ver las nuevas maravillas.

Se alejan de la orilla. Y se van.  Van, durante cuatro años, a “nadie sabe dónde”. Desaparecen. Pueden recorrer gran parte de un océano, acudir a regiones lejanísimas, a islas del Pacífico, a mares coralinos plenos de peces, pues para ellos todo es tan simple y grande como el planeta.

Al cabo de los cuatro años, reaparecen, salen un día del mar, ya convertidos en adultos, los hombres se van para un lado, las mujeres para otro, alguno cambiará su camino, y recomienza el ciclo.

¿Qué sentido tiene esa existencia? La vida, la evolución, que los ha llevado de un estado a otro durante millones de años, lo sabrá, si nosotros les dejamos. Y siempre estará el infinito de la Luna y del Mar, aquel que a lo mejor miraba aquel Pingüino solitario, esperándonos. 

Kim Pérez 30-05-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                     Penas y alegrías

 

 

 

 

 

Hace veinte años que inicié mi transición transexual, muy poquito a poco al principio y muy fuerte después. Ahora, de cuando en cuando paso revista a mi situación, y me encuentro que estoy serena, tranquila y equilibrada.

Tanto, que muchos días no tengo que pensar para nada en la transexualidad. Me dedico a otros temas, la mística, las genealogías,  cosas que me interesan más (¡qué barbaridad acabo de decir, pero hoy por hoy es así!)

Incluso, quisiera no pensar más en la transexualidad, dedicarme enteramente a mi vida personal, y ya está. Si me dedico todavía a hacer teoría de la transexualidad, o transexología, o intertransexología, es porque todavía quedan algunas aristillas que me pican.

Pero tengo un gran bienestar y, por primera vez en mi vida, he alcanzado el equilibrio personal.

En esto, me doy cuenta de que debo ser como la mayoría de las personas transexuales, que en cuanto culminan su transición, desaparecen de foros, redes, etc y se dedican a vivir con tranquilidad sus existencias personales.

No cabe duda de que éste es un argumento muy fuerte a favor de la necesidad de la transición transexual. Pasar de la angustia y el desequilibrio constante al bienestar, es una razón fuerte de que hemos hecho bien en transitar cuando hemos transitado.

Cuando ya se lleva veinte años en la nueva forma de vida, como yo (bueno, desde que empecé muy empezando), llegas a creerte que siempre has sido así, que siempre has sido una persona equilibrada, etcétera

Nada de eso. A veces te viene bien memorizar lo que has pasado, lo que han pasado otras personas y lo que pueden estar pasando otras, para recuperar el sentido de la realidad, para valorar lo que tienes, si ya tienes algo, y para darte cuenta de lo que un Código de Género penal e inhumano te ha quitado.

Una conversación, ayer, me hizo recordar, paso por paso, lo que he sufrido. Voy a hacer una breve relación.

=Sufrí al principio, en la adolescencia, de desorientación. No sabía darle un nombre a lo que pasaba. Busqué en la Enciclopedia Espasa (la única fuente de datos de que entonces disponíamos) y sólo encontré “homosexual”, “eunuco”, etcétera, viendo que no correspondía a lo que yo sentía.

No es raro. La palabra “transexual” no se conocía. Estábamos en 1954, y en América apenas comenzaba a usarse.

=No era simple desorientación. Sabía lo que significaban socialmente mis sentimientos. Mucho silencio. Mucha vergüenza. Mucha culpa. No podía confesarme, era demasiado vergonzoso. En una Misa del Gallo, tuve que ver cómo mi familia entera comulgaba y yo me quedaba en nuestro banco.

Mucha desesperación, al darme cuenta de que era imposible. Con catorce años, intenté un astuto pacto con el diablo. No le vendería mi alma, pero si me ayudaba a cambiar de sexo... No puedo decir el resto; todavía me avergüenzo, con razón, de lo que le ofrecí.

=¡Cuántos sueños y cuántos sufrimientos, en la hermosura de las noches del verano, ante una sexualidad que no entendía, distinta, pero de la que me daba cuenta de que no sabía cómo hacerla realidad, ni siquiera si era algo más que puro vicio y obsesión!

=La sensación de aquella suciedad oculta debió de ser la que paso por paso, me llevó con diecinueve años, a que se definiera una “neurosis obsesiva intensa” (hoy llamada “trastorno obsesivo compulsivo”), caracterizada por una necesidad continua de lavarme y un miedo irracional a los contagios. Se considera que es una de las afecciones mentales más dolorosas. Me llevó durante tres meses a un sanatorio psiquiátrico, a un tratamiento de treinta comas insulínicos y a que mis padres se gastaran un dineral que no tenían. La compensación fue que en el sanatorio me divertí mucho, con mis nuevos y queridos amigos de la alta sociedad de Madrid, que estaban desintoxicándose. Gracias, Código de Género.

=Cuando volví (la neurosis intacta), mi ansiedad principal era encontrar “puertas abiertas” para mi transexualidad, que no encontré nunca. Tampoco encontraba con quién hablar, tan siquiera. Era silencio perpetuo, sobre el tema más importante para mí.

=Estudiaba a tirones. Por encontrar puertas abiertas, hacía todo lo que podía y lo que no podía. Me dieron una beca en Poitiers, y me fui allí; nada; luego me fui a París con unos amigos nicaragüenses, y llegué al Carrusel! El templo de los travestís (así se decía), el más elegante cabaret transexual del mundo, lleno del glamour de Coccinelle y otras estrellas! Estuve una noche, conocí a Esperanza, una sevillana, y me echó atrás descubrir que había gorilas para vigilar... a los clientes. Me sentí tan avergonzada, despertó ese solo detalle hasta tal punto mis sentimientos de culpa y de vergüenza, que no pude volver, y estuve tres o cuatro semanas dominada por un sentimiento de rechazo a todo lo que había visto... que era mi esperanza.

=Lo intenté otras veces, y nunca, nada. Hice viajes de una semana o así a Barcelona, a Madrid, me coloqué en Barcelona en el taller de un modisto ilustre, sin tener ni idea de coser, una costurera amable me enseñó a hacer el nudo del hilo con una sola mano, duré dos días y me despedí, porque no era capaz de hacer frente valientemente, radicalmente, a mi situación. Hubiera podido seguir! Tenía muchas dudas, mis deseos aparecían periódicamente, un par de semanas como mucho, y luego me sumía en una frialdad gris que me duraba quizá meses. Los deseos eran turbulentos, apasionados, intensísimos, pero la frialdad los desmentía. Fui a Amsterdam, y hablé con un médico que se ofreció a operarme (con veintitantos años) pero no me decidí, temiendo que pudiera todavía casarme, etcétera. Por cierto, entré en el COK, la gran asociación gay de Holanda, en su inmenso y penumbroso bar, y nada más entrar me di cuenta de que no era lo mío...

=En una de esas escapatorias, decidí aceptar un ofrecimiento de irme a Argelia; mi situación en Granada, en 1967, era de tal encierro, de tan absoluta falta de perspectiva para lo único que me interesaba, que me pareció que Argelia sería mejor. Y lo fue. Por primera vez pude vivir semipúblicamente como transexual, aunque a ratos, en el interior (o casi) de mi casa. Gracias, Monsieur Dominique, gracias, Lola, gracias, Rachid.

=Pero, profesionalmente, no tenía porvenir. Con veintiocho años, decidí volver a España y terminar la carrera, que tenía empantanada. Lo hice, con gran alegría, y me coloqué en la Universidad. Dos años después, me fui de vacaciones a Londres, y tiré por la ventana mi puesto al descubrir que allí podría vivir como transexual!

Pero me faltaba un impacto terrible. Era posible, pero andaba avergonzada, lo confieso, por señoritismo. Una semana antes daba clases en la Universidad y una semana después lavaba platos. Para colmo, en un paseo por Carnaby Street, descubrí un delantal, en una tienda, con un letrero que decía “Sex made me come and go” (“El sexo me hace ir y venir”) Mi interpretación fue que mi identidad era cuestión de sexualidad descontrolada. Mi vergüenza fue tal, que decidí renunciar a mis sentimientos. Como si no los tuviera.

Dieciocho años duró el intento. Al principio fue muy bien. Me centré, y pese a un terrible incidente autoculpabilizador que sería muy largo contar (pero relacionado con la transexualidad y que me costó tener durante dos años una duda clavada –literalmente, era la sensación- en el plexo solar, y que las yemas de los dedos se me llenaran con veintisiete verruguillas), poco a poco fui cayendo en tolerar las fantasías, la única forma de expresión que me quedaba, y con ellas, en volver a un estado de obsesión, de frenesí que se convertía en palpitaciones en la frente que me daba miedo de que me llevaran a un ataque, y de casi locura.

Eso fue lo que me decidió a dar el paso hacia la transición, aunque el mundo se hundiera, hacia la realidad, y aunque sentía un dolor lacerante por todo lo que había perdido, la empecé decidida y poco a poco todo fue haciéndose mejor.

Había perdido mi adolescencia, mi juventud y casi mi madurez. Me quedaban unos años de ésta. Los aproveché. Con cincuenta años viví mi adolescencia. Estuve en pubs y discotecas con mis amigos y amigas trans que me maravillaban con sola su compañía.

Empezó la alegría que todavía hoy me dura, en forma de serenidad.

Por eso, acordándome de todo lo que he pasado, pienso que no puedo dedicarme a disfrutar de mi tranquilidad.

Han mejorado las cosas. Con dos amiguillas trans, fui con sus padres a comer a un restaurante elegante. Algo impensable diez años antes. ¿Yo, una trans visible (ellas no lo son) en público con dos familias?

Las dos han culminado sus transiciones en plena juventud. Les falta sólo adaptarse a los límites de su realidad trans en relación con los hombres, pero poco a poco van aprendiendo.

Pero queda mucha gente en el armario, tan encerrada terriblemente como yo lo estaba. Una de ellas, de quien ya he hablado, ha sufrido un infarto de tanto padecer. Ve pasar lentamente los años. ¡Ojalá lo consiga antes de cuando yo lo conseguí!

Otra tiene mi edad y lo ha conseguido sólo en algunas ocasiones. ¡Te mando un saludo lleno de cariño y comprensión! ¡Escríbeme, hay maneras de enfrentarse a nuestros años!

Otras están siendo zarandeadas por las Unidades, que se aprovechan de nuestra situación de extrema indefensión para actuar como si fueran nuestras dueñas, imponiéndonos sus criterios, bajo la implícita suposición de “¿quién va a protestar por una transexual?” Pues nosotros estamos protestando y lo vamos a conseguir.

Otras tienen las dudas que yo tenía, y les puedo decir lo que yo he vivido, y si siguen las dudas, decirles que no hay que ser tan drástica como yo aprendí del dichoso Código de Género que había que ser, que hoy día se pueden tomar decisiones menos radicales, más intermedias, que siempre habrá mucha gente que te comprenderá y que te apoyará y a quien le gustarás, etcétera

Todavía no es tan serena y tranquila y equilibrada la vida de las, los y les trans como puede serlo. Mientras no llegue ese momento, mi vida puede ser serena y equilibrada, pero no tranquila. 

Kim Pérez 30-05-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                                     Balance sin balanza

 

 

 

 

 

Hace tres semanas empecé a hacer algo insólito en mí, mi campaña electoral. Empecé pidiendo en Madrid el voto para  Carla Antonelli (Carla Delgado), lo que iba en el sentido del empoderamiento transexual, la visibilidad transexual con respeto, pensando que esto en democracia es lo más importante por ahora para nosotros o nosotras o nosotres. Más importante hasta que la persona, Carla u otra,  más importante que el partido con el que fuera  el candidato/candidata/candidate transexual, más que el PSOE, IU o, a ver, ¿sí?, sí, el PP, si posible fuere, o cualquier otro. 

Decía que "quisiera votar en Madrid", porque Carla es la única candidata a diputada autonómica, pero es tan importante el empoderamiento, la visibilidad con respeto, que pese a lo que voy a decir luego, si estuviese empadronada en Madrid, seguiría yendo a votar por Carla. 

¡Si una transexual fuera con el PP! Como no era el caso, éste fue el sentido del comentario del domingo pasado, decir que "No votaré al PP", ni en Madrid, ni en toda España, explicando los profundos motivos históricos que mueven la resistente, grave, peligrosa homotransfobia estructural del PP. 

Para este domingo tenía pensado un artículo sobre "Balance", que me temía que fuera un poco soso. Lo que no podía figurarme, es que en esta semana iba a producirse un acontecimiento de tal peso que iba a hacer palidecer a la campaña electoral entera. 

Me fijé además, porque Granada era la ciudad con más capacidad de convocatoria de Andalucía en los primeros días. La enorme población estudiantil de la ciudad (y de parados juveniles) lo explica. 

Me fascinó porque vi que una serie de convencimientos que todos manifestábamos en nuestras conversaciones particulares, pasaran de pronto a la calle, todos los dijéramos, se convirtieran de pronto en el centro de las conversaciones públicas. 

Se añadía que todos habíamos compartido la desesperación  de que la población española fuera tan inerte, que no reaccionara, y de pronto la vimos plantarse en medio de la mitad, hablar tan decidida como tranquila, por primera vez por sí misma desde la Transición, sin intermediarios, sin políticos profesionales ofrecidos a sí mismos para darnos voz.  

Los motivos generales eran de conocimiento público: una ley electoral injusta, que incluye unas listas cerradas que son el origen de una política cerrada, en la que las cúpulas de los partidos mandan despóticamente sobre el pueblo; unos bancos a los que se rescata con nuestro dinero, mientras que se deja caer empresas, empresillas e hipotecas, con millones de parados y desahuciados; una casta política, una nueva clase con superpensiones vitalicias, unida en lo esencial, como lo ha demostrado al votar unánimemente por sus privilegios, y que hace el paripé de dividirse en izquierdas y derechas... Se han ganado, todos, sin excepción, por ese hecho, el "No nos representan" 

El movimiento de los Indignados está más unido por el No que por los posibles síes. Pero es natural, no lo vamos a hacer todo a la vez (me meto en el nosotros sólo por haber ido dos veces a la reunión de  Granada y por haber aportado los mensajes en las redes que he podido) 

Este momento es el de que decimos que No, y estamos juntos. Y lo estamos diciendo pacíficamente y muy tranquilos, tanto, que esa paz (y la masa) ha desactivado nada menos que la represión decretada por la Junta Electoral. Gandhi ha vuelto. No ha habido asalto a la Puerta del Sol, porque se ha visto que sería imposible física y moralmente atacar a una multitud pacífica (y compacta), sin hacer estragos (¡y ha habido quien exigía que se interviniera!) 

La consecuencia será que el lunes, aparentemente, volverá la vida política normal. Pero sólo aparentemente. Estas cuestiones están ya metidas hasta el tuétano en la vida política española. En una semana. Los politicos profesionales intentarán que se olviden, pero un movimiento sostenido por la miseria, el paro y la indignación se lo impedirá.  

El debate público español ya ha cambiado. Ya es el del siglo XXI. Ha empezado el siglo XXI en España. El viejo sistema partitocrático del último cuarto del siglo XX ya está acabado. Va a resquebrajarse cada vez más y acabará deshaciéndose. Los ratones sustituirán a los dinosaurios. Y por cierto, también los pajarillos. 

Entre los ratones y los pajarillos del siglo XXI está el movimiento transexual, el no-binarista, como prefiero llamarle. Representándonos, allí está Carla Delgado, con nombre de arte, de sufrimiento y de vida, Carla Antonelli. 

Por lo que he dicho, si yo estuviera empadronada en Madrid, la votaría. Sabiendo que ella ha demostrado ya, hace cinco años, que "sí nos representa". 

Pero como vivo en Granada, no voy a votar a nadie, porque "no nos representan". Lo siento, Izquierda Unida, porque ya os dije que os votaría por muchos motivos de agradecimiento. Eso lo pensé hace una semana, cuando sólo veía la continuidad del sistema político. Pero hoy por hoy, siento decirlo, es verdad que "no nos representáis". Sin embargo, es verdad también que estáis dispuestos a meteros, como unos más, dentro de los Indignados. Si lo hacéis de verdad, cambiando vuestras prácticas profesionales, reconoceré que ya "sí nos representáis". Por tanto, entonces podré demostraros mi agradecimiento. 

En resumen, éste en conjunto es un balance sin balanza. Porque está volcado del lado de los Indignados.

Kim Pérez 25-05-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                               NO votaré al Partido Popular

 

 

 

 

 

A la hora de decidir nuestro voto, un dato de la realidad es que el Partido Popular nos aborrece y nos desprecia. No es un descubrimiento raro: sin duda hay personas que votan a ese partido que nos quieren; pero a la hora de juntarse, el conjunto, el Partido Popular, mirará de reojo a las personas transexuales (y no digamos a las homosexuales)

O nos tratará con condescendencia: “Mírame, a mí no me importa que me vean contigo”.

Que no nos importe recordarlo cuando, por alguna razón, estemos personal o familiarmente cercanos a él. No por eso nos mirará de otra manera.

No será suficiente ni cuando nuestro corazón esté unido a ellos. Su corazón no está unido a nosotros.

La prueba inmediata es observar  las  televisiones que le son próximas.

No pueden hablar de homosexuales o transexuales sin sonreírse de mala manera.

La broma displicente salta a la más mínima. No es la broma. Es la burla.

A lo mejor la aguantamos, o la ponemos entre paréntesis, porque no estamos suficientemente seguras de nuestra posición moral. Porque nos sentimos culpables y, en el fondo, les damos la razón. “Somos unas desgraciadas, unas viciosas, unas pecadoras”.

Dios mío, liberémonos de esa serpiente colmilluda que nos fascina y amenaza con devorarnos con toda claridad, explícitamente.

Una vez, en un debate, oí decir con toda convicción la vieja frase: “¿Pero de qué se enorgullecen?” (Por el Orgullo Gay)

No tenía a mano el móvil, pero si lo tuviera, hubiera respondido: “De haber sobrevivido”. Y si me hubiera atrevido, hubiera añadido: “A vuestro aborrecimiento”.

No lo reconocerán en público, como intolerancia dirigida contra todos y cada uno de nosotros; dirán que están contra “el lobby gay”, como si fueran los “gays malos” (juntándonos en la palabra gay), como si teóricamente los distinguieran de los “gays buenos”, asustados, en el armario a ser posible.

Observo en este momento que, inconscientemente, la palabra en castellano tiene connotaciones de “lobo”, como si no tuviéramos el derecho de empoderarnos, como cualquier otro grupo social. O mejor dicho, el “lobby de las eléctricas” es algo prestigioso, hasta simpático, pero el “lobby gay” es lo malo, lo que debe ser contenido, reprimido y quizá prohibido. Otra vez.

Está claro que el Partido Popular no puede quitarse esa losa que arrastra.

No viene sólo de él, de ese partido fundado en 1989, hace veintidós años; viene de una fecha mucho más antigua, mucho más, remotísima, aproximadamente desde 313, arrastra unos mil seiscientos años de tradición de poder.

Convoco ahora, como testigo, a un convicto, un ejecutado, Jesús Nazareno, un judío, que se dirigiría a sus enemigos los fariseos, más o menos con estas palabras: “Sepulcros blanqueados, virtuosos oficiales, que coláis al bichejillo y os tragáis la Biblia en pasta! Una puta o un maricón, como vosotros los llamáis, pasarán delante de vosotros y los últimos serán los primeros, porque se han hartado de llorar!”

Pero la fuerza clarividente, sobrecogedora, humana de esas palabras, en nuestra España no ha sido apenas escuchada. En la España nuestra, ese sistema complejo en el que se mezcla la buena fe, el conformismo y el poder por las buenas, lleva ese tiempo, unos mil seiscientos años instalado, y no le gustan los buenos sentimientos cuando son libres. Y ese complejo de poder está atrapado por sus propias palabras. Los autores de la Biblia escribieron hace tres mil años contra los prostitutos sagrados y “los hombres que se visten de mujer”, y si la Biblia es la palabra de Dios, se deduce que Dios está en contra de las variaciones sexuales... que ha creado.

El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace unos años,  dice que en realidad Dios ama también a los homosexuales, que comprende que tengan esos sentimientos, pero que no ama sus acciones. Por tanto, armario perpetuo, desde la niñez hasta la muerte.

O la vista gorda, y los ojos cerrados. La Iglesia Católica admite a los homosexuales en algunas Cofradías de Semana Santa, por ejemplo, pero siempre que no se diga. ¿Se va a soportar que exista, por poner un caso, una “Hermandad Homosexual de Jesús de la Buena Muerte”? ¿Desfilaría sin ser apedreada, por los suyos, como Jesús por la Calle de la Amargura?

Para decirlo todo, debo decir que la actitud de una parte de la Iglesia Católica hacia los/las/les transexuales es más matizada, y que nada menos que el antiguo Cardenal Arzobispo de Sevilla, monseñor Amigo, fue un amigo para nuestro colectivo. Tengo que agradecer mucho la actitud cristiana de  quienes me han tratado bien y me han acogido en nuestra Parroquia, pese a ir con falda, y aún la ternura de quienes me han dado la comunión, “que nuestras hermanas acaban de recibir”.

Pero todo esto está condicionado por la lectura literal de la Biblia en lo que tiene de incomprensión de los homosexuales y parecidos, y por esta razón, en profundidad, el Partido Popular, no puede tratarnos como ciudadanos en pie de igualdad. Y, de hecho, quiere desmontar nuestras organizaciones.

Que no haya Orgullo Gay. Que no haya lobby gay. Que no haya tal respeto a los sentimientos personales como sugiere la palabra matrimonio. Que no se pueda escandalizar besándose en una cafetería. Que sean discretos ¿Y qué puede querer decir la discreción para las transexuales, que solemos ser la indiscreción personificada, desde que ponemos el pie en la calle?

También nos obligarían a ser discretas, si pudieran.

Por cierto: reconozco que han hecho la Unidad de Madrid (aunque con un estilo arcaico y autoritario) Pero conozco que con el Partido Popular estará siempre en precario, según donde sople el viento.

Por eso es inconcebible, y os lo digo considerándoos hermanos en lo fundamental, como gays salidos del armario, como afines a los/las/les transexuales que hemos sufrido tanto en el armario, que haya gays que apoyen al Partido Popular. Os obligarán a ser los administradores de la demolición de nuestras instituciones. Primero os obligarán a decir que el Orgullo Gay es un escándalo, que nos desacredita. Después, os harán decir que la idea de compromiso formal, de matrimonio, para nosotros, es demasiado, y os callaréis ante el recurso. En perspectiva, una gris sumisión ante el Código de Género antiguo, que siempre nos ha aplastado. “¡Es que es lo natural! ¡Cuándo se ha visto! ¡Hasta dónde vamos a llegar!”

Si decís eso, que sepáis que una parte es verdad. ¿Cuándo se ha visto esto? Nunca, en más de mil seiscientos años de miseria, vergüenza y hasta muerte. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Hasta donde pueda llegar el ser humano, eterno insatisfecho, consciente de sus miserias, ansioso de perfección.

Lo que no es verdad es que lo natural sea la represión. Lo natural es la variabilidad humana, la libertad creadora constante de la naturaleza. Mirémosla. Admirémosla.

Y separémonos del Partido Popular, decididamente. 

Kim Pérez 16-05-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                    QUISIERA VOTAR EN MADRID

 

 

 

 

 

Si yo viviera en Madrid, votaría a Carla Antonelli, porque es transexual.

No porque sea del PSOE. Yo voy por otro lado. Porque es transexual.

A lo mejor votaría a Carla en la Comunidad de Madrid, porque es donde va, en la lista de Tomás Gómez y al PSM, y a otro partido en el Ayuntamiento.

Yo voy a votar en Granada y votaré a IU, aunque mis ideas vayan por otro lado (soy liberal/libertaria), por mi agradecimiento al apoyo constante que presta a la causa transexual.

Se está definiendo una causa transexual autónoma, que usa los partidos (y no deja que los partidos la usen), según los partidos la apoyen.

La causa transexual es todavía la de los parias de la tierra.

Soy una paria de la tierra cuando todavía no puedo salir a la calle con falda, sin que me miren algunos con desprecio o me insulten. Yo, de milagro, conseguí trabajar y jubilarme. Otras personas son parias de la tierra porque no consiguen trabajar sin tragarse su identidad con lágrimas. O si ponen por delante de todo su identidad, no trabajan, y no tendrán jubilación.

Sencillamente, los índices de trabajo por cuenta ajena, para las trans, están cerca del 0%. La mayoría vive una supercrisis económica permanente. Si el índice de paro general es del 20%, el nuestro es del 98%. La crisis general pasará en unos años y la nuestra en unos decenios. Ya sabéis: al autoempleo (cooperativas, mejor) o al funcionariado ¿No es suficiente para ver definida una causa transexual propia y específica?

No podemos conseguir atención específica sin que los psicólogos o los médicos se arroguen el poder de decidir quiénes somos transexuales o no. No lo hablan con nosotros amigablemente, no reconocen el hecho de que somos nosotros quienes lo sabemos y que estamos en nuestros cabales.

¡Y que no insistan en que tienen que cerciorarse de que estamos sanos o sanados, pues a todas las consultas llegan enfermos psiquiátricos y se les atiende primero psiquiátricamente y después en lo que les siga doliendo!

No parten de nuestra mayor verdad: que no estamos mal, sino que son ellos,  la sociedad que nos rodea, la que está mal, por ser binarista.

Y encima, no nos aconsejan, no opinan. Mandan. Deciden. Y si no tienes medios, o son precarios, entonces su decisión se traduce en una sentencia sobre tu felicidad: No reúne los requisitos”. O : “Se ha autoexcluido”.

Y entonces, tú te puedes encontrar, transexual, sin medios para operarte si es lo que necesitas, y con una sanidad pública que te niega el derecho a llamarte transexual en su ámbito, a cambiar tus papeles, a negarte apoyo psicológico como transexual en tu miseria, porque para ella no eres transexual.

¿No eres un paria de la tierra?

Por eso, las personas transexuales somos una causa autónoma, con cuestiones propias que nos son vitales y que tenemos que resolver.

Estamos tan acostumbrados, acostumbradas y acostumbrades a ser los parias de la tierra, que todo esto nos parece normal. Son buenos, los psicólogos y los médicos cuando, al tratarnos imperativamente, nos dejan pasar. ¿Pero y cuando no nos dejan pasar?

También eran buenos los propietarios de esclavos cuando eran amables o los dejaban comer bien y dormir  lo suficiente. Pero un esclavo que tuviera las ideas claras, les diría a esos hombres bien intencionados: “Muchas gracias, pero libéreme”.

Y cuando las tuviera  más claras todavía, diría a los otros esclavos: “¡Vamos a liberarnos!”.

Yo sé que yo no hubiera pasado la criba, si hubiera tenido que venir a una de estas unidades que he contribuido a crear, pero creyendo también que esta deriva autoritaria era un mal menor.

Por mi estatura, mi vozarrón, mis zapatos del 46 estoy lejos de una “apariencia de mujer” que no sea la de una baloncestista. Desde luego, tampoco cumplo “los roles” binaristas que se suponía en otro tiempo que eran los de una mujer. Y yo dudaba continuamente si era hombre o mujer.

Pero si yo hubiera sido excluída (o “autoexcluido”) , si no hubiera podido tener cirugías ni papeles ¿cómo habría sido mi vida? ¿Verdad que estaría llena de angustia, de fantasías, de tristeza?

¿Verdad que le debería a estos profesionales autoritaritarios la miseria moral en que viviría y que me hubiera muerto ya quizá de pena al ver que otras personas disfrutaban de una identidad que para mí estaría todavía negada?

Gracias a haber podido disponer de mí, a no haber tenido que esperar, propiamente, un “diagnóstico” ajeno, gracias a haber sido autónoma, he podido gozar estos años de bienestar y tranquilidad.

Eso es lo que quiero que puedan conocer todos, todas y todes, sin permiso. Esto es lo que se añade a las necesidades laborales acuciantes y a las burlas por la calle.

Por todo esto, por las burlas, por los problemas laborales, por quienes quieren ponernos bajo tutela, si Carla sale diputada, será poder transexual. Será poder nuestro, de alguien que conoce todo lo que sabemos.

Poder autónomo, poder de clase sexual, de los parias de la tierra, al que todos, todas y todes podrán dirigirse cuando tengan algún asunto que requiera poder político.

Estoy por asegurar por mi cuenta, que los foros de este Diario Digital Transexual, se convertirán en algo así como “Habla con la diputada”.

No será siquiera sólo poder socialista,  sino algo más: poder socialista pero poder trans. Ella es socialista hasta el fondo de su alma, pero quiérase que no, ejercerá un poder transexual. Sin duda. Grande. Respetado. Una diputada autónoma transexual. Y por eso hay que apoyarla.

No sé cuál es su posición frente a las actuales discusiones transexuales. Ni siquiera le he preguntado. Ni si son distintas de las mías. La apoyo precisamente porque son discusiones internas transexuales. Y la candidatura de Carla es una cuestión externa; es un poco más de poder transexual en la vida política española.

Y después de que ella haya sido elegida, tendremos ocasión de debatir con ella lo que  sea conveniente.

Pero además, Carla es una persona de Chueca, una estrella del ambiente que nos es tan cercano, tan íntimo, tan querido.

No hacen falta explicaciones entre nosotros, gays, lesbis, bisex, intersex y trans.

Sabemos de lo que estamos hablando. Y por eso, la solidaridad mutua y fuerte que existe entre nosotros, tiene que entenderse también así: Carla es una candidata GLTBI.

Puede parecer que me estoy poniendo a hablar en estilo mitinero. No quiero. Hablo de realidades: las del poder político. También voy a decir cosas desagradables, antipropaganda.

A lo peor, Carla nos decepciona. No puede hacer lo que quiera. Es una pequeña rueda en el engranaje enorme, desmesurado, de un partido cada vez más burocratizado.

No será por ella. A ella la tengo identificada por una frase que me dijo, en privado, hace unos cuantos años: “Yo tengo que poder mirar a las trans cara a cara”. Y lo hizo, y fue independiente frente al PSOE, y su partido lo tomó como un desafío, y le hizo perder todo, hasta que hoy, se ha dado cuenta de su error y del favor que Carla le hizo, y la ha recuperado para una imagen nueva.

Porque hoy, el PSOE es un viejo galápago con muchas cáscaras, y Carla no lo puede todo. A lo peor, dentro de cuatro años, tiene que decirnos: “Hice lo que pude”.

Pero es mejor que haya alguien que intente lo que pueda, que no que no haya nadie.

Y por tanto, es mejor que esté ahí Carla como diputada transexual y GLBTI.

Le haré ya un encargo, por cierto, que no le gustará a casi nadie: una compañera lesbiana chilena me dijo que el poner la visibilidad lésbica por delante fue la causa de poner el orden de las siglas como LGBT. Entonces, si no es por orden cronológico de aparición de los movimientos, si es por la visibilidad de los grupos que más lo necesiten o los más desfavorecidos, por qué  no apoyamos el orden TIBLG?

Por supuesto, tampoco es que una diputada de la Asamblea de Madrid tenga que ceñirse a los temas transexuales.

Si se ciñera, sería  no poder. Como si hubiera una norma que dijera: “Tú, habla de lo tuyo y calla de lo demás”. No la hay. Y por tanto, ella, como diputada, tendrá que tratar de todo.

Y tendrá que tratar, por ejemplo, de asuntos como los trenes de cercanías, que no tengan a primera vista nada que ver con la transexualidad, o tendrá que considerar prioridades presupuestarias, o lo que sea.

Pero en todos ellos, habrá un matiz transexual. que no se le escapará. Porque al tratar de los trenes de cercanías, pongo por caso, se acordará de una trans sola en un vagón, asustada ante una banda de gamberros, y apoyará entonces que se extremen las medidas de vigilancia defensiva.

O en cuestiones de discriminación positiva, nunca se olvidará de la T de trans. Ni de las otras siglas de nuestro movimiento, para lo que lo requiera. ¿Escuelas? ¿Trabajo?

El siguiente paso del movimiento transexual, para ella o ya para otra persona, tendrá ya que ser el del puesto de diputado en el Congreso. Y el siguiente, a lo mejor, si alguien lo quiere, el de un Ministerio... ¿Por qué no? ¿Por qué no la igualdad de todas las personas? ¿Por qué no, si nos sigue haciendo falta para ganar el respeto multiforme de nuestra sociedad?

Por eso nos hace tanta falta, prioritaria, que Carla sea diputada en la Asamblea de Madrid. Y como las, los y les trans somos siempre pocos, necesitamos el apoyo y la voz de nuestros aliados naturales, el inmenso movimiento gay, lesbi y bisex de Madrid, y el de las feministas.

Dejadme terminar con apariencia mitinera pero de corazón para mi compañera de lucha: Gays, lesbis, bisex, intersex, trans, feministas de Madrid, votad a Carla Antonelli porque es transexual.

Kim Pérez 09-05-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                       Para entendernos

 

 

 

 

 

No, no tengo más remedio de hablar de estas cosas que nos han traído de cabeza estos días y nos seguirán trayendo. Las personas transexuales tenemos mucho que hablar.

Ha habido algunos amagos de discusiones y sin embargo, estoy convencida de que todo se debe a equívocos y malentendidos sobre lo que defendemos, y que cuando lo hablemos con tranquilidad, llegaremos a un acuerdo de por lo menos el ochenta por ciento, digo yo.

¿Por qué hay estos equívocos? Sencillamente, porque no hemos hablado, o no hemos hablado cara a cara (hablando se entiende la gente, viéndose los ojos, la expresión, oyendo los tonos de voz), porque estamos lejos, yo en Granada, lejos de casi todo el mundo (casi, pero no del todo, gracias a Dios), y porque es fácil, cuando no se habla, suponer lo que quiere decir la otra persona, y una vez hecha la suposición, se sigue hablando como si lo hubiera dicho ¡y no lo ha dicho!

Bueno, pues voy a procurar decir muy claro lo que decimos y lo que no decimos, y cuando termine este comentario, decidme de verdad si estamos de acuerdo o no.

Por ejemplo, se supone que estamos en contra de la división de géneros, como si pensáramos que toda la gente debe de ser de un género uniforme.

O como yo digo: de un puré o gazpacho de género. Pues no; nada de eso; lo contrario; porque precisamente, estamos en contra de que haya ninguna forma de género obligatoria, ni gazpacho ni arco iris obligatorio, que cada cual sea  como es, en cambio. Libertad de género, sabiendo que la mayoría tiráis para uno de dos, pero otras nos quedamos aparte.

Porque hay personas que son y les gusta ser viriles, personas que son y le gustan ser femeninas, personas que nos gusta ser ni fu ni fa, o más fu y menos fa, o más fa y menos fu...

Sabemos que en la realidad del mundo hay de todo, y que cada cual es como es. Pues eso, que no haya obligaciones para los seres humanos de ser una cosa ni otra.

O dicho con otras palabras más serias: que no haya un Código de Género penal y obligatorio, que nos obligue a cada persona a ser de una manera obligatoria en cuestiones de género.

No que no haya género; que no haya Código de Género, que haya libertad, libertad de género.

Y todo esto une con que hay hombres. Hay personas cuyo principal órgano sexual, el cerebro, es masculino, y que son y desean ser hombres.

Estas personas, sea como sea su cuerpo, son hombres, porque la parte de su cuerpo que manda, el cerebro, les dice “soy hombre”. Punto.

Estén operados o no, en nuestros casos. Ésta es la gran conquista, la gran comprensión de la sexología contemporánea: el sexo está en el cerebro.

Lo mismo en el caso de las mujeres. No se es mujer por tener un cuerpo determinado, sino un cerebro determinado.

O mejor, más exactamente: no sólo una biología, sino una biografía. Y todo eso está en el cerebro, que es hardware más software más lo que hacemos, más nuestros recuerdos y nuestros deseos.

Los seres vivos conscientes somos una biología más una biografía. Lo que hayamos vivido, lo que hayamos sufrido o de lo que nos hayamos escapado, nuestra manera de maravillárnoslas, las personas que nos hayan rodeado, insultado, querido, aconsejado, faltado a nuestro lado. Todo ello forma nuestra biografía, lo que de hecho nos hace estar a gusto o a disgusto, conformarnos o no conformarnos, y todo ello es tan importante a efectos del resultado final como nuestra biología, que al fin y al cabo, no es más que predisposición.

Por tanto hay hombres y mujeres, que somos transexuales o no. Y punto, hasta aquí. Pero no punto y final, sino punto y seguido.

Porque también estamos otras personas. Y por eso, no se trata de un binario, sino de un no-binario. La vida es no-binaria.

Somos personas por ejemplo que hemos tenido disforia de género como cualquier otra persona transexual. Hemos necesitado hacer la enormidad de la transición social o la enormidad un poco menor de más o menos operaciones.

Y estamos contentas de lo que hacemos o hemos hecho. Sentimos bienestar ante la transición, nos hemos equilibrado, ahora nuestra biología y nuestra biografía están más de acuerdo.

Sólo que al reidentificarnos, hemos encontrado con sorpresa que no podíamos ser A, pero tampoco podemos ser B. O somos una mezcla especial AB. Un perfume de marca. Nosotras. Nosotros. Nosotres.

Existimos. Estamos aquí. Por tanto tenemos derecho a existir. Somos verdaderas, somos como somos. Así.

En el mundo anglosajón, donde nos llevan unos cuantos años de adelanto, quizá un decenio, lo saben bien, y cuentan con ello. Hay identidades trans femeninas, identidades trans masculinas, e identidades trans trans.

O realidades sociales, y teniendo en cuenta la complejidad del mundo en que vivimos, su estado de transición en las cuestiones de género, los problemas laborales que puede haber, el paro, las situaciones familiares, hay realidades sociales trans femeninas, trans masculinas, y trans trans. 

Teniendo en cuenta además que lo que llamo aquí trans trans, tiene en realidad muchas formas, muchos matices, muchos nombres.

Sabemos que hay (que estamos) personas fueragénero, o más agresivamente, personas follagénero, personas muy masculinas pero que no les importa que se vean sus genitales, como Leslie Feinberg, personas que se definen de género masculino o ambiguo, pero de sexo femenino (operado)...

¡Hay de todo! ¡No os preocupe una aparente confusión! ¡Sabemos cómo somos, sabemos cuál es nuestro ser, por dentro! ¡La vida es así!

Salgamos a la calle, en una gran ciudad, ¿y qué vemos? Eso. Donde hay de hecho libertad, hay libertad de género. Cada cual es como es.

Hay trans que desde pequeñas se sintieron niñas, que siempre fueron niñas, luego mujeres, o se sintieron mujeres, doliéndose ante la conciencia de un cuerpo que seguía su propio camino. No hay nada que decir: son mujeres, sólo saben ser mujeres. Tienen que ser mujeres. Lo consiguen y están muy orgullosas de serlo. Son mujeres, enteras, de la cabeza a los pies, cien por cien mujeres en su alma y su sentimiento.

A los hombres trans les pasa lo mismo. Desde pequeños han sabido que eran hombres. Les han indignado los intentos de sus madres para tratarlos como niñas. Les han sorprendido, más exactamente. Y luego, se han encontrado con que todo el mundo parecía quitarles la razón, y han tenido que luchar lo inenarrable, hasta conseguirlo. Lo han conseguido. Son hombres. Nosotros sabemos que son hombres y todo el mundo empieza a saberlo.

Pues bien, por alguna razón, estamos también quienes no somos exactamente ni hombres ni mujeres. Somos conscientes de la existencia en la biología, en la sociedad, de dos grandes atractores, el masculino y el femenino, atractores de identidad. Como todos, nos sentimos atraídos por ellos. Lo que nos pasa, es que en algunas cosas nos sentimos atraídos por uno y otras por otro. O en ciertos aspectos por uno, y en otros ciertos, por otro. O por ninguno.  A lo mejor, nos sentimos ángeles, y quisiéramos besar a uno y a otro, o ser besados por ambos, o más por uno que por otro. ¿Tiene algo de malo querer ser un ángel? Me parece que no.

Nuestra realidad es infinitamente matizada, libre, personal, justo en la medida en que todas las personas transexuales, todas, de hecho nos declaramos independientes del Código de Género penal y binarista (aunque no nos demos cuenta)

Existimos las personas transexuales.  En la medida en que nos encontramos con una disforia (o desobediencia) de género, cuya fuerza se mide sólo porque tenemos que hacer algo grande, pese a quien pese, las identidades pueden ser distintas. Hay identidades femeninas (transexuales), nítidamente femeninas, toda la vida femeninas, hágase lo que se haga de transformación social o corporal; hay identidades masculinas (transexuales), nítidamente masculinas, definidamente masculinas, hagan lo que hagan social o corporalmente; hay identidades ambiguas, o indefinidas, o intersex, (pero transexuales, como las otras) que hemos necesitado gran cambio social o corporal, romper los lazos de alguna manera tan fuerte social o corporal, que está claro que somos transexuales.

En esa transición está claro que necesitamos atención, como todos y todas. Necesitamos consejo, compañía, comprensión, hormonación, más o menos cirugías. No es que necesitemos menos, no es que nos conformemos con menos. No es que queramos ser mitad y mitad. Es que queremos ser otra cosa, y nuestra cultura es binarista y no nos puede entender. 

A la hora de ser, somos transexuales. A la hora de la identidad, somos mujeres, hombres o nuestra identidad es justamente no ser ni hombres ni mujeres. Como hemos visto, en los países de cultura anglosajona esto está visto ya, comprendido, asimilado. Pero creemos que deben respetarse nuestras identidades femeninas o masculinas, cuyo sufrimiento está en que sean negadas. No es que todas las personas transexuales tengan identidad transexual, pero hay que respetar que algunas personas transexuales tengan identidad transexual.

Y más es necesario respetar a todas las personas transexuales que por estar materialmente presas de los barrotes del feroz binarismo, no pueden expresar su identidad femenina, masculina o transexual...

Ésta es la vida. Hay de todo. Tiene que haber de todo. Lo sabemos. A veces, doloroso (durante años, decenios, toda una vida; sabemos de eso) Otras, bonito, la variación, tan humana. Cada cual tiene derecho a decir dónde está, por raro que nos parezca a otros. Por inexplicable. Esto es lo libre, la libertad de género, lo humano, lo que todos deseamos.

La mayor parte se van con gusto y emoción hacia uno de los grandes atractores. Nosotros nos vamos o nos quedamos lejos de ellos, en la práctica. Somos personas, como todos. Somos transexuales.

Por todo esto, por lo que hemos aprendido, tenemos que decir que la vida humana es tan compleja, que nadie la entiende, salvo cada cual, y muchas veces, ni eso, pero más que el vecino.

Por eso, tiene sentido admitir consejos, opiniones, ése será el sentido de las futuras unidades de género, hablarnos, aconsejarnos, pero sabiendo que sólo nosotros nos entendemos de verdad, que la decisión va a ser nuestra.

¡Va a ser nuestra si decidimos el no, si damos un portazo y nos vamos, nos equivoquemos o no! ¿Por qué no puede ser nuestra cuando decidamos el sí, que seguimos adelante?

El test de la vida real puede ser una experiencia muy valiosa siempre que sea libre. Lo primero, es que sea de la vida real, de cada cual, infinitamente variada hoy día, no de una vida que le sea irreal.

Lo segundo, es que cada cual pueda opinar acerca de las distintas opciones, sobre todo, el cómo y cuándo. Cada cual es quien entiende de verdad su contexto laboral, familiar, sus temores, sus realidades. Es bueno que oiga las opiniones ajenas, y que éstas sean profesionales, incluso de profesionales de la imagen; pero sólo que oir, para ampliar sus puntos de vista; pero la decisión tiene que ser de cada cual.

Mejor explicada, también a sus consejeros profesionales, para que éstos amplíen también sus puntos de vista; pero ni siquiera obligatoriamente explicada, porque hay quien no sabe o no quiere explicarse.

Porque en las unidades, lo que se nos ayuda es en el desarrollo de un derecho. No se trata de darnos permiso. Lo tenemos por nosotros, o nosotras, o nosotres mismos. Se trata sólo de ayudarnos a hacerlo en mejores condiciones.

Que quede claro: cada cual tiene derecho a vivir el género como quiera. Pues bien, que ejercite ese derecho lo mejor que la sociedad, que es un sistema de ayudas mutuas, pueda ayudarle.

Y si nos equivocamos, es cosa nuestra. Porque es mejor equivocarse con libertad de elegir, que vivir sometido a las decisiones de otro. ¿Y es que la unidad no se puede equivocar? ¿Es que es la Santísima Trinidad?

Y cuando la unidad se equivoca, cuando le dice a alguien que no, ¿qué le queda?

¿Qué se hace cuando se es transexual y se ha recibido la negativa a la ayuda pública – como antes?  ¿Queda la autohormonación, sin tener en cuenta si se están haciendo barbaridades con el propio cuerpo, sin tener ni idea en realidad? ¡A lo mejor no se tiene suerte, pero a lo mejor, sí! ¿Queda la horrorosa automutilación, que de cuando en cuando sale en los papeles, y de la que todos los meses conmemoro a una víctima, mi amiga, que se quedó como con una cueva?

Y queda además por mencionar un aspecto terrible, de clase. Todas estas obligatoriedades, todos estos protocolos, toda esta vida real, obligan sólo a los usuarios de la Seguridad Social, es decir, a los pobres, a los que no tienen pasta para pagarse el tratamiento o la operación.

Esto es rigurosamente así. Todo lo que sea obligatorio nos divide en pobres y ricos, y les da más derechos a los ricos que a los pobres. Vamos, lo de siempre.

Los que hemos tenido algo de pasta hemos recurrido o podido recurrir a la medicina privada, y quien paga, manda. Aquí o en Tailandia. Esto debe ser tomado en atentísima consideración. ¿Quiere decir que la Seguridad Social está obligando en España a quienes no tienen medios a obedecer a un sistema del que se libran quienes los tienen?  

¿Está siguiendo nuestra Seguridad Social también el cínico principio de que “quien paga, manda”, esta vez referido no a un particular sino a lo que impone una unidad pública?

Está claro, clamorosamente claro, que lo que perjudica a los pobres en relación con los ricos, aunque los ricos también tengan que pagar de su bolsillo, no es igualitario, no es socialista.

¿No, verdad? ¿Pues por qué se hace o se sigue haciendo?

Creo que es lo principal que tenía que decir, y ahora me diréis si estáis de acuerdo con nosotros, o nosotras, o nosotres.

Estoy deseando que hablemos.

Kim Pérez 02-05-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                               Práctica del No-binarismo de Sexogénero

 

 

 

 

 

Establecida la teoría y la formulación matemática de los conjuntos difusos de sexogénero, debe afrontarse la práctica de esta realidad y esta concepción.

Recuerdo, ahora, que se establece sobre

=1. Un fundamento unisexual para toda la humanidad (dos tetillas más un tubérculo genital) luego más o menos desarrollado en una dirección.

=2. La identidad (conciencia + valoración + imitación) como posición personal en el No-binario.

El primer aspecto, objetivo, extiende el No-binario  a toda la humanidad, a la vez que registra la existencia de dos atractores estadísticos que agrupan difusamente en su entorno a casi todos los humanos.

El segundo, subjetivo, muestra las numerosísimas identidades subjetivas, una por individuo, que se agrupan por afinidades o “conjuntos difusos de identidad”.

Veamos el fundamento objetivo del No-binario. La unisexualidad inicial del desarrollo humano es muy observable hasta la séptima semana, en la que la acción de los andrógenos comienza a definir al ser en gestación.

Los andrógenos actúan difusamente, formando un solo conjunto de mayor o menor androgenización de los diversos individuos, pero acercándolos más o menos a los dos atractores estadísticos, con lo que hay:

=1. Personas más androgenizadas o machos, más cercanas al atractor masculino.

=2. Personas menos androgenizadas o hembras, más cercanas al atractor femenino.

=3. Personas intersexuales, más alejadas de uno y otro.

La androgenización general puede ir desde un valor 0 a un valor N (máximo empírico), formando un continuo cuantitativo, por lo que cada una de estas clases está objetivamente formada por multitud de personas, cada una con de las cuales ha sido formada con un particular grado de androgenización.

Pero hay señales de que se produce también una androgenización cerebral diferenciada, que forma un continuo que no tiene que coincidir con el anterior, y que causa la sexualidad o conducta sexual básica así como una parte del género, o conducta sexual mediada por la biografía y la cultura.

= = =

La teoría y la práctica forman una misma realidad, con dos momentos distintos. La teoría nace de la práctica y la práctica nace de la teoría, pero son distinguibles un momento de abstracción (que puede faltar) y un momento de interrelación con el medio humano y no humano, guiado por las visiones generales de que se disponga y por razonamientos de alcance inmediato.

Para muchas culturas, para muchísimas personas, la práctica (las interrelaciones) domina la existencia y apenas si pueden contar con un distanciamiento teórico para verla con suficiente perspectiva.

Este estudio intenta, precisamente, aportar esa perspectiva, de manera que sea posible liberarse de la inmediatez y la presión de los hechos, y entrar en una forma de vida en la que práctica y teoría puedan dialogar; algo que, hoy por hoy, es apremiante para las personas intertransexuales.

= = =  

La primera consecuencia práctica de una visión teórica como ésta es un distanciamiento cognitivo, observador, de todos los seres conscientes de su realidad sexual.

Hasta llegar a ella, la mayoría considera que “pertenecen” a un sexo; es decir, que obedecen de manera natural y gustosa, pero irremediable, a las normas que un Código de Género no escrito en gran parte impone para él.

Cuando comprende este punto de vista, el ser consciente descubre que “tiene” un sexogénero que además es complejo y único, como fundado en una fórmula biológica y biográfica personal, que genera una identidad formada por conceptuaciones y valoraciones.

Esta identidad da lugar también a sentimientos de afinidad y desafinidad en relación con los dos grandes atractores estadísticos, en los que se fundan los géneros (identitarios) humanos.

Llegando a este punto, se advierte claramente que la Teoría de Conjuntos Difusos de Sexogénero refuta la visión tradicional de “pertenencia” a un sexo corporal y la sustituye primero, por la de una conciencia personal de las propias realidades biológicas y biográficas y segundo, por una afinidad con otras personas más o menos cercanas o lejanas a los grandes atractores estadísticos, que existen sólo abstractamente.

El segundo efecto práctico que esta visión teórica produce es el de “alivio” (según algunas comunicantes) o distensión de las tensiones identitarias, producidas en el fondo por la noción de “pertenencia”, que incluye la obediencia a las normas de un Código de Género impersonal.

La conciencia de que no hay normas suprapersonales, sino el reconocimiento y desarrollo de la manera de ser personal, permite ese alivio. Las afinidades, o géneros, no son impuestas, sino de adscripción personal voluntaria, consciente de lo dado, lo ganado y lo deseado en el curso vital.

Esa adscripción voluntaria únicamente es impedida por el Código de Género Binario, en la medida en que su inspiración en el sentido común, que resulta limitada,  no abarcadora,  prevé la imposición desde el nacimiento, de la pertenencia incluso de las personas intersexuales (reales) a los sólo dos sexos legales.

Una vez culminada la siguiente reforma legal, que será la supresión de la mención de sexo del estado civil, dado que ya no significa ninguna diferenciación jurídica, se abrirá el paso a que cada persona decida por sí misma, según va llegando a la plena consciencia, cuál será su situación en relación con los dos grandes atractores estadísticos.

La mayor parte de las personas se declararán con gusto integrables en el área de influencia del uno o del otro.

Habrá otra vez hombres muy viriles y mujeres muy femeninas (las primeras discusiones de género han llevado a desagrado basado en la opción por "un solo género"), porque habrá expresión personal de las realidades personales; la fuerza, la dureza, seguirán teniendo su sitio como la ternura o el deseo de conquista; esta forma de hermosura volverá a resplandecer, una vez liberada de cualquier imposición coactiva.

Por cierto, esta expresión personal será muchas veces lineal en relación con el cuerpo fenotípico (aparente), pero por derivar de las formas de consciencia, otras veces será intersexual o transexual.

Aún dentro del área de influencia de los dos atractores estadísticos, es decir, siendo seres conscientes que acepten funcionar como hombres o mujeres, habrá a la vez hombres menos viriles y mujeres menos femeninas, y la reflexión o la sensibilidad seguirán teniendo la misma importancia que ahora; habrá hombres femeninos (pero hombres) y mujeres masculinas (pero mujeres) como hoy y serán respetados y respetadas.

Pero además cabe suponer que cierto número de seres conscientes se declararán más o menos alejados de los grandes atractores estadísticos.

Lo que define a los seres conscientes humanos es la consciencia, indudablemente no la pertenencia a un sexo.

Por consciencia se debe decidir o bien la afinidad de cada cual con los seres conscientes atraídos por uno de los dos atractores, o bien, la afinidad con los no atraídos por ninguno de ellos.

Las personas que nos situamos más que menos dentro de ese minoritario, podemos asumir una multitud de identidades, incluso individuales.

Esto es una constatación de hecho, empírica, no deducida sino observada, y por tanto abierta a las variaciones de la realidad; intentaré una relación.  

=1. Puede haber seres conscientes cuya identidad de sexogénero se exprese en negativo. No desean, no pretenden unirse corporalmente. Su ser consciente prevalece de hecho sobre cualquier determinación de sexogénero. Su amor, su deseo, será más de consciencia que corporal, análogamente al  de los ángeles buenos o malos. Muchos de los místicos se encuentran en esta situación.

Puede verse en la negación moderna de la existencia de estas personas, fuertemente intelectualizadas, los límites de una forma cultural determinada, la contemporánea, y la dictadura del silencio: no existe lo que no se entiende y no se entiende lo que se calla.

Por eso, si esta identidad negativa resulta ahora dolorosa, será más bien por la carencia cultural de referentes que permitan que cada cual se entienda a sí mismo.

=2. Puede haber seres conscientes que asumen una identidad funcionalmente paradójica sobre una base estética. He contemplado los desnudos de una hermosa transexual italiana en la que los genitales masculinos se integran con naturalidad en la forma de un cuerpo femenino; esa imagen irracional pero perfecta, que no se puede explicar, pero se puede mostrar, podría generar una identidad paradójica: “No soy hombre ni mujer; soy un ser bello”.

=3. Otros seres conscientes asumen una identidad como ambiguas o duales, fundada en su propio carácter ambiguo. Se comprenden no como claramente definidos, sino como más o menos ambiguos. Gozan de su masculidad femenina o de su ruda, masculina, feminidad, que a veces les permite actitudes insólitas. Se afirman dentro de la zona de influencia de uno de los grandes atractores, pero muy matizada por la cercanía del otro. Un hombre ambiguo, una mujer ambigua. Juegan, en cierto modo, con los dos atractores a la vez.

=4. Hay seres conscientes que se entienden como plenamente intersexuales, sin dualidad alguna. Saben que los hechos conductuales que nacen de su manera de ser son, desde su origen, singulares, ni masculinos ni femeninos. Al mirar sus propios recuerdos, ven en ellos su actitud autorreferenciada, sensible a los propios impulsos más que a ningún modelo externo.

Y puede haber más posibilidades que se integrarían en esta lista según unas y otras personas fueran explicando sus propias experiencias.

El más y el menos de los conjuntos difusos podrá presidir la noción de la realidad como preside la misma realidad; no intentará disimularla mediante obediencias nerviosas al Código de Género, acatándolo formalmente, presumiendo de su obediencia, exasperándose ante cualquier ruptura de dicho código.

= = =

De todo lo anterior se puede deducir otra  consecuencia práctica de este planteamiento, que  es la evidencia para todos de que la sexuación entera está formada por un continuo de realidades  más o menos intermedias, hasta el punto de que se puede decir que todos somos más o menos intersexuales.

Los dos atractores estadísticos son entidades abstractas, no corporales; no pueden ser encarnaciones de una masculinidad o una feminidad metafísicas; no existe, en la realidad corporal, el Varón Perfecto (sin tetillas...) ni la Mujer Perfecta (sin tubérculo genital...)

También se puede ver que las realidades “más definidamente indefinidas”, más intermedias no son excepcionales ni patológicas, sino una expresión natural del mismo continuo de la androgenización.

Por consiguiente, no ha lugar a la bienintencionada reasignación involuntaria (en la infancia) de las personas intersexuales, con medios quirúrgicos, de manera que se ajuste mejor  a uno de los dos atractores estadísticos. Puede ser que, al llegar a la edad de la plena consciencia la persona que esté en ese caso, rechace la reasignación e incluso se sienta mutilada.

También es profundamente errónea cualquier intolerancia de los parámetros en que se mueven las personas más alejadas de los atractores estadísticos, en nombre de las más cercanas, cuando éstas pretenden constituirse en modelos universales, ignorando además los vestigios de unisexualidad que permanecen en su propio ser corporal: el hombre más viril tiene tetillas y la mujer más femenina tiene un órgano clitorideopeniano.

= = =

La dinámica de la liberación de género incluye necesariamente, profundamente, la del no-binarismo de género, la afirmación del No-binario. Una y otra proceden históricamente del movimiento feminista, y por tanto es conveniente reflexionar sobre el movimiento feminista, surgido de los seres conscientes identificados como mujeres, para saber a dónde vamos.

Del gran impulso expresado, en parte, por el movimiento feminista, y en otra parte, por el movimiento gaylesbitrans surgido a su ejemplo, ha derivado la toma de consciencia plena del No-binario por medio de las personas más afectadas por las convenciones binaristas, que somos las transexuales.

Nacido el feminismo de una forma de opresión de género, la de los seres conscientes identificados como mujeres, y como movimiento de liberación de la opresión de género, en la sociedad contemporánea ha conseguido primero una gran parte de sus objetivos liberadores, transformándola radicalmente, y a la vez ha ido despertando a otros sectores humanos a la conciencia de la opresión del Código de Género Binarista.

Primero, fue a los gays, lesbianas y bisex; más tarde, a las, los y les trans, que generamos nuestros propios movimientos de liberación; ahora la liberación se extiende a la población en general, que ya puede comprender hasta qué punto las rigideces del Código de Género Binarista ahogan a todos y son una amenaza sobre todos.

Ahora bien, la potencialidad del feminismo ha quedado siempre limitada por el binarismo de la época en que nació y por las tradiciones surgidas en esa época, que lo han reducido frecuentemente a una “defensa de las mujeres frente a los hombres”. Defensa corporativista, inmediatista, que no tiene en cuenta una perspectiva más general, porque en la época en que nació los conceptos que la requieren no se habían formado todavía.

Ésta es la situación coyuntural que, al perdurar, deja en el actual feminismo una sensación de estancamiento del que tiene que emanciparse, aunque, después de que naciera en él la teoría, el mismo movimiento empieza a abrazar la práctica con toda naturalidad del No-binario y sus consecuencias 

La reiteración de la que hay que librarse procede de la inercia de una reducción binarista del entendimiento del sistema de sexogénero. El binarismo de nuestra cultura, dado por válido sin crítica, ha deformado la Teoría del Patriarcado, que gracias al equipamiento conceptual no-binarista vemos que no es una creación de “los hombres”, sino de “los hombres binaristas”, y percibimos  como la creación artificial de un Binario cultural, que oprime no sólo a las personas identificadas como mujeres sino a las personas identificadas como  varones homosexuales y a cuantos no piensen binaristamente.

Tiene que decirse aquí, como ilustración de lo que significa la masculinidad binarista, que si las mujeres que han sufrido el Binario son más y han sufrido más sutilmente, incluso so capa de protección, los homosexuales han sufrido más violentamente, incluso la negación de su derecho a la existencia, la muerte o las palizas de muerte o la expulsión de las familias por el simple hecho de ser homosexuales.

En el futuro que ya está empezando, la concepción no-binarista del feminismo lo ve como un movimiento de liberación de todo el Código de Género Binarista, que lucha en particular contra el patriarcado, entendiéndolo como artificio binarista. En esta lucha, puede sumar como compañeros a todos los varones no-binaristas, sin presuponer un necesario enfrentamiento biologicista contra ellos.  

Este no-binarismo feminista explica que sea fácil y lógica la solidaridad con otros grupos no-binaristas (objetivamente) como pueden serlo los que integran actualmente el movimiento GLBT.

En el futuro, se puede esperar que un solo movimiento por el No-binario una a todos los grupos actuales, reconocidos entonces como sectoriales, y a otros grupos de afinidad nuevos, como los de las nuevas masculinidades.  

Kim Pérez 25-04-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                                Transetrés

 

 

 

 

 

Hay quien es transexual a partir de un estrés. O de un fracaso sentimental muy fuerte. Este sentimiento puede tener un recorrido muy largo. Y tiene unos orígenes que llaman la atención. Veamos.

Las exigencias del Código de Género sobre la afirmación de la masculinidad son mucho más fuertes que sobre la feminidad. Es natural, desde el momento en que el Código de Género privilegia la masculinidad. Los privilegios hay que ganárselos. A las mujeres se les deja conformarse con lo que quede.

Las exigencias codificadas sobre la masculinidad quedan claras con la palabra “mariconada”. Si os dáis cuenta, en el lenguaje de cada día, en las conversaciones de los bares junto a la cerveza, cualquier cosa puede ser una mariconada. Es una mariconada, por ejemplo, expresar los propios sentimientos. O tenerlos. El varón debe ser duro, insensible. Mejor brutal que tierno.

En esa línea, yendo más lejos, es una mariconada hablar. Un verdadero macho no habla. Se limita a mirar de soslayo, preparándose para el ataque (mirad las películas del Oeste)

Es una mariconada ducharse. O peinarse durante más de diez segundos. Afeitarse no, porque es con una cuchilla, que rapa con placer los pelos y rasca la piel mojada. Pero sí con maquinilla eléctrica.

Por supuesto, es una mariconada cantar. O tocar la trompeta una noche de verano. O estudiar. Un muchacho que se encierra en su cuarto a estudiar y no se mete en un bar, es un mariconazo. El mundo está lleno de maricones, en realidad, los sentimentales, los artistas, los científicos, los ingenieros ...

Porque quien hace mariconadas es un maricón (nada que ver con la hetero-homosexualidad)

Es sensual imaginarse diez minutos con un macho así, la verdad, aunque sea más difícil imaginarse la convivencia. Atrae, con una racionalidad animal más profunda que la otra racionalidad. Esto lo saben quienes se identifican con el atractor masculino, e intentan parecerse a él y disimular o tapar cualquier veleidad mariconil.

Por eso, una buena conversación entre hombres está llena de tacos, y cuando quieren acariciarse desvían el gesto hacia un puñetacillo amagado, y por supuesto se exigen ganar pasta y todo lo que reafirme que son felices en ese mundo de competencia y que merecen vivir entre hombres, y gritar en los estadios de fútbol entre colegas, y al día siguiente hartarse de comentar las jugadas.

Esto está bien, en la medida en que es biológicamente útil, en que incita también a desahogar los andrógenos volcándose en las pibas, y en la otra medida en que sea de verdad voluntario por parte del candidato.  No lo admite nuestra cultura actual, lo políticamente correcto, pero en los estadios y en las maras hay una cultura distinta, aunque ahora esté reducida al rango de subcultura... de masas.

No hablan los periódicos serios de ella, pero hablan los deportivos. La cultura mayor actual es femenina, y por tanto maricona. Pero los seres conscientes identificados como hombres, mientras leen sus diarios, están en lo suyo.

Un mundo de tíos... Perfecto. Aunque eso requiere  un esfuerzo continuo, y puede cansar.

Es un fenómeno de estrés, como el que se llama el estrés de los metales. Una plancha delgada, un hilo de hierro, son flexibles. Se pueden doblar. Pero dóblalos una y otra vez por el mismo doblez, y de pronto... se rompen.

Para los hombres que tienen que hacer un esfuerzo  para acomodar su masculinidad al ideal del Gran Atractor, puede ser que en principio no suponga doblar mucho el propio hierro; pero la repetición del movimiento, cansa; y de pronto, a lo mejor, el metal salta y se rompe.

Y se puede romper, no la propia masculinidad, sino el ideal de masculinidad del Gran Atractor. Si en la mente de quien ha experimentado la ruptura sólo hay el Gran Atractor y la Gran Atractora, sólo queda intentar pasar del uno a la otra.

En sus noches de desvelo, empieza a pensar en cómo podría ser su vida como mujer, y se responde que mucho más relajada. No tendría que esforzarse en quedar a la altura. Las mujeres que imagina no tienen que estar a ninguna altura. No es preciso el orgullo; no tienen orgullo. No es preciso competir por el coche más grande. Ellas aceptan cochecitos viejos e insignificantes. No es preciso nada más que arreglarse bien, maquillarse, y eso es fácil, aunque ellas digan lo de “para gustar, hay que sufrir”. Sólo gustar!

Para ese ser consciente, cansado hasta el borde de la ruptura, el sueño de parecerse a la Gran Atractora empieza a llenar su imaginación. El espejo se lo puede confirmar: se parece más o menos, puede serlo.

La renuncia a parecerse al Gran Atractor puede venir de otra causa: un fracaso como hombre. En una autobiografía memorable “Kathy Dee: Un itinerario transexual”,  la protagonista (educada para emular, no a un hermano, sino a una hermana lista y cumplidora), se lanza a la transexualidad en unas horas cuando, al volver a casa una noche, descubre a su mujer con otro hombre; su razonamiento implícito, bajo un torrente de sentimientos que le incita a huir esa misma noche de su casa, ciudad y país, es “si no puedo ser hombre, seré mujer”.  Y empieza a intentarlo inmediatamente, y con éxito.

Ese razonamiento es un sofisma. Todos cuantos de alguna manera nos lo hemos hecho, hemos estado fascinados por la presencia simultánea de los dos Grandea Atractores, como única opción. De uno teníamos que pasar al otro. Si no podíamos ajustarnos, adaptarnos, parecernos a uno, no nos quedaba más que parecernos al otro.

Encima, el espejo, o la máquina de fotos, parecía darnos esa impresión. Aparecía, en efecto, una Imagen de Mujer. En muchas ocasiones, los andrógenos, actuando al margen de la mente, hacían que nos atrajese, que nos excitase. Era un placer indescriptible. Si habíamos fracasado con otras mujeres, era la ocasión de desquitarse creando una mujer que no se podía ir de nuestro lado. Adelante, o lo uno o lo otro, no hay más opción.

Pero, sin darnos cuenta, estábamos dejando que la cultura, lo humano, nos invadiese como un sueño que teníamos que soñar despiertos. El Código de Género nos ponía bien claro que sólo existían los dos Grandes Atractores, dos pirámides lejanas, iluminadas en la noche. Sigue poniéndolo bien claro, porque de hecho, nos margina, aunque ahora sea menos que antes. Y nos impide ver la realidad, salir de la mátrix creada por los maquinismos de nuestras propias mentes.

Porque la realidad es otra, más suave, más blanda, más cariñosa. Existimos nosotros. Tal como somos. También. Hemos existido siempre. Algunos, más parecidos a los Grandes Atractores, más identificados con ellos de manera natural y espontánea. Otros, menos. Algunos tenemos el sexo de los ángeles y somos atractivos como ellos. Somos hermosos en nuestra ambigüedad.

 Tendríamos que ser capaces de vivir, simplemente, a nuestra manera. Y nuestra sociedad tendría que olvidarse de Códigos de Género impuestos y dejarnos vivir y expresarnos, respetando plenamente nuestras mariconadas (no sólo tolerándolas), viendo en ellas el germen de la cultura, de la ciencia, del arte, de la convivencia, más allá de la sencilla biología de los hombres muy machos que desean que las mujeres sean muy hembras... lo cual también está bien, pero dejando que existamos quienes no nos ajustamos a ese modelo.

Nuestra identidad (el concepto que nos hacemos de nosotros mismos y su consiguiente valoración) podría eludir las durezas cortantes de la Fantasía del Binario (¡Sólo hay y debe haber Hombres y Mujeres! ¡Hombres muy masculinos y Mujeres muy femeninas! ¡Abajo, muerte a quien no piense como yo!”) y entrar en el suave mundo real.

En él, existimos hombres, que son personas más o menos masculinas, mujeres, que son personas más o menos femeninas, más o menos lejanas de los Grandes Atractores, más o menos intersexuales, o simplemente ambiguas...

Es cuestión de identificaciones, se puede ser mujer siendo trans u hombre siendo trans o intersexual siendo trans o ambiguo siendo trans...

Para los seres conscientes intersexuales o ambiguos, las dificultades, el estrés dramático que nos ha producido intentar adaptarnos al Gran Atractor o a la Gran Atractora, han sido sólo un efecto de nuestra diferencia, respecto a ambos...

Puede ser que no hayamos podido amar, simplemente porque hemos intentado, sin conseguirlo claro está, amar como el Gran Atractor o la Gran  Atractora, cuando teníamos que amar a nuestra manera.

El amor ambiguo también es deseado, el amor amariconado, no creáis... Muchos seres conscientes identificados como  mujeres desean a su lado a personas más delicadas e incluso pueden no desear la jadeante penetración... Muchos seres conscientes identificados como hombres pueden desear a su lado a personas más fuertes o más peludas y confortables que las identificadas como mujeres...

Y los hijos pueden venir, dentro de esas actitudes fluidas, poco ortodoxas, en las que puede fluir sin embargo el esperma y encontrar un óvulo, independientemente de la vida de género de esa persona, que si es más o menos intersexual será también de varias formas...

Miremos la realidad, y encontraremos todo eso

Kim Pérez 11-04-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                Orientaciones

 

 

 

 

 

 

Voy a tratar el asunto de las orientaciones de las personas transexuales (o intertransexuales), refiriéndome sólo a la que mejor conozco, que es la mía... que es la falta de orientación definida, lo que parece asexualidad. Sé que mucha gente trans la comparte, y por tanto será útil hablar de ella.

De las otras, la ginefilia y la androfilia, sé por mis amigas que son muy definidas. La ginefilia es tan definida como para desear vivir con una mujer toda la vida, y para desear mantener una relación de tipo lésbico con ella. En cuanto a la androfilia, sé la pasión, el interés continuo que despierta.

En dos palabras, las trans podemos ser intensamente lesbianas o heteras. Puedo decir además, que una vez mantuve una relación con una mujer que intenté que fuera por mi parte lésbica; muy acariciante, muy larga, muy distendida; pero no cuajó. ¿Podía haber ido más lejos?

Por las mañanas, cuando nos separábamos, tenía un sentimiento de plenitud física, jubilosa. Me asombraba ver cómo la naturaleza funcionaba por su lado, al margen de mi mente. Sin embargo, todo iba bien porque respetábamos mis condiciones inflexibles: no consumación, no contacto genital.

Supongo que en otras condiciones, quizá me hubiera dejado llevar, y hubiera habido una relación genital, quizá muy pasiva, muy casual, pero me habría dolido inmediatamente en el sentido de haber perdido mi “virginidad trans”, que tanto estimaba y estimo, y quizá me hubiera provocado otras  angustias que luego detallaré.

En todo caso, aquella relación fue posible porque yo puse claro lo que yo podía aceptar, como mucho: que fuese como lésbica.

No me atrevo a hablar más, pues no tengo más experiencia.

Me hizo ver la existencia en mí de una respuesta sexual, de deseo corporal, una costumbre que pedía repetición, y no sé si hubiera podido ir más lejos.

Porque, en general, lo que me asombra más en mí misma, cotidianamente, es la falta de deseo.

En mi primera juventud, entre los 19 y los 23 años, intenté tener novia.

De hecho, una noche en Torremolinos, conocí a una joven francesa,  y estuvimos bailando, yendo de una terraza a algún local.

Cuando clareaba el día, de vuelta a la pensión que compartíamos, en el jardín, me besó largamente en la boca. Fue el primer beso de mi vida.

Me fui a mi cuarto, mirándome la boca en el espejo, y me acosté. Por la mañana, la busqué en la playa, y cuando la encontré, me asombró que ella se negase a que siguiéramos juntos.

Me volví inmediatamente a Granada, y estuve llorando, o echándome a llorar sin poder contenerme, durante dos semanas. A la vez, me daba cuenta de que no era exactamente amor por la muchacha francesa lo que sentía, sino amor por el amor.

Ese mismo verano, conocí a otro muchacho francés, Philippe, por correspondencia, en una revista homosexual a la que escribí, creo que con páginas perfumadas y enloquecedoras.

Philippe fue para mí algo completamente distinto, el amigo, el hermano mayor que siempre había deseado, aunque fuera de mi edad.

Vivía lo que yo no podía vivir, y sabía lo que yo no sabía. En una primera foto, estaba casi desnudo, en bañador, en el césped de su casa. Era hijo de un diplomático, había viajado por Uruguay, la República del Congo-Brazzaville, e iba a Ginebra ¡conduciendo él mismo! cada dos por tres.

Nuestra relación se estableció en términos especiales: él tenía continuas aventuras homosexuales, pero me las contaba a mí, y me enorgullecía, aunque no me interesaran, porque yo era su confidente.

Un buen día, me mandó otras dos fotos, después de practicar una temporada de culturismo; estaba deslumbrante, rubio y sonriente, también en bañador bajo el sol de la Costa Azul. Yo podía admirarle, pero pensaba que no podía desearle. Si intentaba figurármelo, el nublado llenaba mi imaginación.

Pero soñaba con su compañía, y de hecho me figuraba disfrutando junto al mar con él.

El final de aquella historia fue muy triste y complicado, y ahora no viene al caso.

En Granada, intenté tener novias, aunque era muy tímido y me era muy difícil. Ahora me doy cuenta de que esos intentos eran todos esfuerzos sentimentales, no deseos que fluyeran como un torrente de toda mi persona, como ahora veo que pasa; o más exactamente, si lo eran, y me hacían temblar,  la corriente duraba unas horas, no días, ni semanas, ni meses, como les pasa a quienes verdaderamente saben lo que es desear.

Recuerdo ahora, con asombro, que desde mis siete años, poco más o menos, había ido a casa de una chiquilla a la que todavía recuerdo con agrado.

Se llamaba Isolde, y era de una familia alemana; alta para su edad, más o menos como yo, castaña-rubia como los alemanes, con trenzas, tímida y seria, echada hacia adelante (quizás insegura por su estatura)...

Vivían en un carmen del Albaicín, una pequeña villa con un hermoso jardín, donde había sitio para un gallinero espacioso, donde se criaban gallinas, conejos y me parece que hasta patos, de hermoso plumaje de colores, que iban de un lado para otro bamboleándose.

Mi hermana y yo íbamos a esa casa llevados por nuestra “abuela” alemana, y en cuanto llegábamos, yo me iba a un mueble en cuya parte baja había cuentos y me absorbía en alguno de ellos.

Quiero decir que me mantenía a distancia de Isolde; y sin embargo, tantos años después, mi recuerdo de ella sigue siendo dulce.

Cuando crecimos, no nos volvimos a ver; cuando yo busqué, con angustia, alguna muchacha a la que querer, no me acordé de Isolde. Sin embargo, ahora pienso que, si me hubiera acordado, le hubiera pedido que saliéramos, y quizá ella hubiera aceptado.

Es la única muchacha de quien tengo un recuerdo enteramente positivo. ¿Hubiéramos sido novios, nos hubiéramos casado?

Quizás. ¿Hubiéramos tenido hijos? Como ahora puedo imaginar libremente, me imagino que hubiéramos vivido en una casa con un jardín soleado, con arbustos y flores, saliendo las paredes de la misma tierra, donde los niños pudieran jugar, y me imagino que sí. Hace años que sé que asocio los hijos con la naturaleza, y que sólo me los imagino naciendo en ella y disfrutando de los árboles y la tierra bajo sus pies. Puede ser que la casa hubiera sido el mismo carmen de los padres de Isolde, puestos a imaginar.

Hubiera aprendido a querer a Isolde, más sentimentalmente desde luego, y a enternecerme con nuestra existencia, que me haría conocer tantas cosas hermosas. Mi vida habría ido por otro lado, que casi no me puedo imaginar. Quizá ella hubiera curado mis llagas. Quizá habría sido, desde los veinticuatro o veinticinco años, profesor de instituto y luego de la universidad, como luego lo fui verdaderamente, pero sin vaivenes ni terribles zarandeos y angustias. Hubiéramos vivido apaciblemente... Yo hubiera vivido una vida dulcemente rutinaria, sin más poesía que la de la vida diaria... Casi me hubiera  perdonado un cuerpo que seguiría teniendo dificultades para aceptar...

Como eso no fue la realidad, seguí un guión que me prefijé y salí una tarde con una chiquilla bonica, de cara ancha y blanca y ojos algo achinados, de carácter y mirada divertida. Pero no sentí nada y no volví a salir.

La que más me agradó en aquellos tiempos fue una compañera de curso, rubia y guapa, sentimental como yo. Y yo le agradé. Pero hubo en un obstáculo insalvable para mí, que buscaba la perfección absoluta y es que la línea de su barbilla no me agradaba en su agradable cara...  También ahora me doy cuenta de que esas dificultades imprevistas y desmoralizadoras eran mi manera de ser diciéndome: “No, no”.

Con otra chiquilla que salí, la dificultad insalvable fue su pueblo, que me pareció que me iba a obsesionar por determinadas características... indirectas..., que me da vergüenza repetir por lo  mínimas que eran. Pero en efecto, eran mi manera de ser, que me dificultaba cualquier noviazgo, repitiéndome: “No, no...”

Para colmo, sentía y siento ese temor casi inconsciente, masculino, homosexual masculino, a la caverna que hay en la mujer, caverna sin fondo, oscura, inmensa... el desagrado profundo hacia su corporalidad, y hacia los olores que hablan de esa abismalidad... sobre todo, comparados con el olor vegetal, floral, a flor del castaño, fuerte e inquietante, del esperma...

Todo eso, junto, me imposibilitaba formar una pareja con una mujer. ¡Demasiadas dificultades, demasiados rechazos latentes, más o menos sutiles!

Con los hombres, todo era mucho más conflictivo, los rechazos eran mucho más evidentes, porque en general, la mayoría, pero no todos, me parecían feos, mal desarrollados, con facciones como demasiado agrandadas, normalmente dotados de un olor, no el seminal, no físico, que me resultaba repelente (o sería la incompatibilidad de unas feromonas percibidas inconscientemente)

Cuando pienso en términos sexuales en un varón, generalmente lo siento fragmentado, no sé cómo expresarlo, como dividido en zonas, no uno, no unificado. Y a menudo, como con una niebla oscura detrás de él, no el sol radiante.

Siempre he pensado que no podría vivir establemente con un hombre. De hecho, cuando veo en una película a una pareja hetera, suelo pensar “¿pero qué le ve?” (ella a él) Y “¡qué mala suerte, toda su vida con un hombre!”

Si pienso en términos estrictamente sexuales, siento que si yo formara una pareja con un hombre, sería como ver una barrera, metálica, oscura, siempre cerca, siempre delante de mí, siempre impidiéndome que me expandiera, siempre deseando evadirme y liberarme.

Y sin embargo, sé que puedo mantener relaciones sexuales con un hombre, porque, aunque muy pocas, las he tenido, y podría haber tenido muchas más.

Son muy pasivas, muy resignadas, me aprovecho de las ventajas de la pasividad, me dejo hacer, me dejan pocos recuerdos.

Aunque a veces, pueden ser exaltantes. El verano pasado tuve de pronto una fantasía sexual de pasividad, intensísima, que me duró dos meses sin parar, de día y de noche, aunque no parezca posible, y no me lo parecía.

Me representaba hombres muy duros, algunos que he visto en las películas, y otros que he conocido y admirado o mejor, me han atraído extrañamente por su rostro agresivo pero contenido, su elegancia masculina y la amenaza latente que transmitían.

Era un sentimiento tan primario, tan femenino, tan elemental, que no tuve duda de que evidenciaba que yo era una mujer; que de hecho, podía hablar de él, comprendiéndonos, con cualquier mujer, hallando una extraña complicidad, más allá de lo políticamente correcto, y así lo hice, por lo menos con una amiga, y así fue.

En esta fantasía/experiencia, era esencial el hecho de estar operada, de que mi cuerpo sea ahora parecido al de una mujer, y no le ofreciera resistencia, sino que fuera carnalmente dominado por un hombre grande y fuerte, ante el que me deshacía.

Yo, naturalmente, en la fantasía, que tuve el tiempo de convertir día a día en novela de más de cien páginas, no era alta y vieja como estoy, sino que era joven y pequeña. La pareja adecuada para aquel hombre enérgico y temible.

La fantasía llegó con los primeros calores del verano, se mantuvo mientras mañana, tarde y noche, se convertían en sudor sobre mi piel, uno de los fluidos de la vida, y desapareció por cansancio y por racionalización:

Me dije que en ella no había amor, sino deseo. ¡Deseo! Me sorprendo ahora cuando escribo esta palabra. Es verdad, no había amor, porque había hecho que el protagonista fuera un mafioso bruto, muy grande, muy gordo, que apenas hablaba, sin cara, porque no se la veía, inventado, puesto que mis escrúpulos me impedían poner al hombre que me imaginaba, que existió en realidad, un hombre de ojos apretados, como ante la luz del sol, de piel curtida y tostada, de labios fruncidos y oblicuos, del que sólo diré que se parecía a un actor de westerns llamado Charles Bronson (podéis buscarlo) o a David Niven, pero en su vertiente dura, y que reunía cualidades que yo podía valorar y admirar junto a su dureza temible, había sido cariñoso y protector conmigo, y desde luego, con sentido de la elegancia.

¡O sea, que sé lo que es el deseo, aunque esté tan tapado por capas y capas de represión inconsciente, que casi no lo veo, no sé que está ahí hasta que de pronto, rompe, y es el deseo de un hombre, pero de una clase de hombres, no de todos!

También cuando me travestía, delante del espejo, en la soledad, sentía ansia de que me viera precisamente un hombre (algún hombre, cualquier hombre)

Nunca una mujer. Esto puede ser porque necesito a esa clase de hombre en la que normalmente no pienso, porque inconscientemente quiero olvidarme una y otra vez, y también porque mi transexualidad está relacionada más superficialmente con algún deseo o falta sentimental con otros hombres.

¿Quizá porque me sentía frustrada, rechazada, despreciada por los conocidos de aquel momento –era una dura verdad: me rechazaban fuertemente por cursi, sentimental, inadaptado; no tenía un sitio junto a ellos- y porque ansiaba la compensación de que les deslumbrase y anhelasen mi belleza, de que me valorasen como sabía que valoraban a las mujeres que deseaban?

Esto significaba que buscaba yo ciertas calidades en los hombres que no encontraba. ¿No había llorado, poco antes, con aquella novela en que se contaba la vida de unos guardiamarinas ingleses, uniformados de blanco y disciplinados -¡almas limpias!-, navegando por la inmensidad luminosa de los Mares del Sur -¡aventura, hermosura del compañerismo!, no era aquello una expresión de lo que yo hubiera querido ser?

¡Homofilia, amor al semejante, idealizado, sólo amor del corazón!   

¡En realidad, el mismo sentimiento que hacia Philippe!

Que la amarga realidad de la vida en España, nada idealista, quebrada por siglo y medio de realismo cínico, imposibilitaba una y otra vez.

Tantos años después, sólo puedo partir, para entenderme, del hecho de que no echo nada de menos, estando operada.

Me acomodo perfectamente; incluso me agrada imaginarme como soy,  una especie de estatua, que podría ser singularmente hermosa, no una mujer.

Un modelo distinto de ser humano, que se puede definir precisamente como intersexual, en términos no-binarios.

Si hubiera tenido suerte, hubiera conocido el amor, incluso los hijos, aunque no el entusiasmo erótico. No la he tenido; pero puedo mirar con admiración toda esa realidad que otros conocen.

E incluso, compartir su belleza, ser bella yo también, simplemente por ser capaz de  desearla. 

Kim Pérez 04-04-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                        Derecho natural de la transexualidad y de la homosexualidad

 

 

 

 

 

 

Todos nos preguntamos si hay derecho a tal o cual hecho y todos esperamos una respuesta razonable. Ésta es la esencia del derecho, que sea  razonable, y éste es el fundamento del llamado derecho natural, que no es sino el derecho racional.

Este derecho se dice que “está inscrito en el corazón de todos los hombres”, pero no por ninguna causa sorprendente, sino porque será conforme a la razón, y los humanos buscamos la razón de manera natural desde que somos niños y preguntamos “¿por qué?”, sin parar.

Comprendemos muy bien que este derecho es el verdadero, el legítimo, y que a veces se tiene que enfrentar “desde el corazón del hombre” contra leyes erróneas, falsas u opresivas.

Pero, si lo sentimos así de claro, ¿cuál es ese derecho?

A la hora de concretar, nos encontramos con la sorpresa de que, a menudo, es difícil hacerlo a conformidad de todos. Es más fácil definir a lo que  “no hay derecho” que afirmar el derecho.

Esta dificultad ha hecho que muchos, en los tiempos modernos, hayan tirado por el camino de en medio, simplificando y diciendo: “el derecho es la ley que hacen los hombres, cualquier ley” (esto se llama “positivismo jurídico, “lo que está puesto”), con lo que pretenden quitar a las posibles víctimas de esa ley su derecho más sagrado, la protesta (la tragedia  “Antígona”, de Sófocles, está fundada en ese conflicto)

Pero hay una manera más sencilla de averiguarlo, pensando precisamente en los abusos que los humanos hemos considerado históricamente con mayor claridad que no hay derecho a ellos.

Esos abusos nos llevan desde hace milenios a afirmar este código:

“No matar.

No robar.

No mentir.”

Ésta es la pequeña lista principal, que se puede desarrollar después en infinidad de precisiones, distinciones y consecuencias.

Se puede detallar por ejemplo así:

“No dañar”

“No abusar”

“No burlarse”

“No calumniar”

Éste es el corazón del derecho racional que está en el corazón de todos los hombres.

¿Por qué? Porque, si los miramos con atención, encontramos que esos abusos, en estado puro, dañan gravemente la convivencia humana. Si hay abusos estando prohibidos, se puede figurar lo que sería la convivencia si estuvieran permitidos: “¡Matad, robad, mentid!”

(De hecho, en el escalofriante siglo XX que acaba de pasar, han estado recomendados, aunque sólo a los compañeros, por los nazis y por los comunistas... Y esos regímenes han existido)

 Después se podrá hacer distinciones entre matar y matar en legítima defensa, robar y robar por hambre, mentir y mentir por compasión, pero todos sabemos de lo que estamos hablando.

De lo que se trata es de defender la convivencia ordenada que es el primer bien humano, porque necesitamos esa convivencia para criarnos, para alimentarnos, para desarrollar nuestra inteligencia humana, etcétera.

La realidad práctica de esa convivencia que es preciso defender, su existencia instintiva antes de cualquier reflexión, es lo que hace que ese derecho racional sea natural, y que sus fines sean claros y nos convenzan a todos.

Convivencia quiere decir convivencia de todos, porque si se negara a algunos el derecho a convivir, podría temerse con fundamento que se negase ese derecho a otros; ¿o dónde se pondría el límite?

Y convivencia quiere decir respeto a todos, porque si se les negase a algunos ese respeto, ¿hasta dónde se llegaría?

Se estará viendo que voy hablando de las personas transexuales y de las homosexuales, a quienes, hasta hace poco, se nos ha negado todo respeto y todo derecho a convivir en igualdad con los otros, o todavía se nos niega en gran parte.

Por tanto, el respeto a las personas transexuales y homosexuales es de derecho natural o racional, aunque nunca se tenía, a lo que “no había derecho” a recibirlo de los demás; bien cierto es que se respetaba sobre todo a los que se temía, pero eso no es respeto, es precaución, un sentimiento sólo negativo que se podía convertir con facilidad en su contrario, cuando el poderoso caía: “Señorito que a caballo/ vas con tanta gallardía/ si el caballo se cayera/ otro gallo cantaría”.

El respeto de verdad es la consideración, el pensamiento afirmativo de que todos tenemos algo en común. Mi amiga Merche lo decía perfectamente: “Soy como tú; si me pegas, me duele; si me pinchas, sangro” (incluso el señorito de la copla sentiría el dolor; éste es el verdadero motivo del respeto que merece)

Esa consideración se convierte en el criterio del bien y del mal; la diferencia entre los que hacen el bien, que son los que respetan a los otros, y los que hacen el mal, que son los que les faltan al respeto. Un axioma del derecho natural dice: “No le hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. Es tan universal, tan de todas las culturas, que se le llama “la regla de oro”.

Sin embargo, también por siglos y milenios, muchos de los que decían esto, exceptuaban de todo respeto a homosexuales y transexuales.

La ley natural que han violado contra nosotros es la de “no matar”, pues nos han matado o nos matan todavía por ser como somos.

Pero además, los que se consideran virtuosos han olvidado, cuando se refiere a  nosotros, otra muchas prohibiciones del derecho natural; no han respetado el “no dañar”, ni el “no abusar”, ni el “no burlarse”.

Todo ha estado permitido: ¡mano libre contra los homosexuales y transexuales!

Si se les dice esto, ellos alegarían: "Es que sois un error de la naturaleza o sois unos viciosos o..."

Nosotros responderíamos sólo:

"¿Y...?"

Preguntando por la lógica y la razón que llevara de eso, si fuera verdad, a legitimar la pena de muerte contra nosotros, o los abusos, o los desprecios, o las burlas...

Y, como Antígona, hemos llegado a decir, primero en voz baja, luego cada vez más alta: “No hay derecho”. 

Kim Pérez 28-03-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                               Intertransexualidad

 

 

 

 

 

 

Hace dos semanas vengo usando la palabra “intertransexualidad”, pues cada vez me convenzo más de que el hecho intersexual y el transexual son la misma cosa, aunque sea práctico seguir usando las dos palabras por separado cuando nos refiramos a las dimensiones específicas de cada uno. Sin contar con que haya quien prefiera usarlas juntas; yo me considero muy “intertransexual”, por ejemplo.

La intertransexualidad sabemos que se refiere a una configuración orgánica alejada de las más cercanas a los dos sexos abstractos, que en realidad son conceptos matemáticos, atractores estadísticos femenino y masculino (ver los Comentarios anteriores sobre este tema)

La intersexualidad (sin aludir al hecho trans), se puede ver a simple vista o mediante la ayuda de instrumentos, y se puede diferenciar de la mayoritaria en el plano genético, o en el cromosómico, o en el gonadal, o en los conductos internos o externos, o en el fenotipo o apariencia corporal a simple vista...

No se trata de una patología, sino de una muestra de la variabilidad de las formaciones vivas; puede ser aceptada socialmente sin problemas por las culturas que integran con naturalidad el No-binario o en cambio, no ser aceptada por las culturas binaristas de género, que no entienden que haya nada legítimo fuera del esquema hombre-mujer (masculino-femenino, ginéfilo-andrófila); con la desolación correspondiente.

La transexualidad se entendió en principio como una actitud mental: “alma de mujer en un cuerpo de hombre encerrada”, pero también desde el principio hubo investigadores que buscaron las posibles razones corporales de esa alma de apariencia cruzada. Gilbert-Dreyfus, gran especialista francés, tuvo la intuición de incluirla entre las intersexualidades, aunque no supo explicar en qué consiste exactamente, desde el punto de vista orgánico.

La hipótesis es completamente razonable: puesto que se puede demostrar que en animales y humanos una parte de la conducta sexual deriva de factores relacionados con el cerebro, se puede deducir que la sexualidad cruzada pueda derivar de factores cerebrales cruzados.

Por tanto, si hablamos de cerebro, hablamos de cuerpo, y de una intersexualidad, aunque difícilmente identificable dado nuestro incompleto conocimiento de las funciones de las estructuras cerebrales.

El siguiente paso era tratar de identificar esos factores. Ya ha habido algunos avances, como el  conocido de Zhou, Hofman, Gooren y Swaab, el de Kruijver, el de Diamond y Hawk, pero insuficientes, dada la pequeñez de la población transexual y las dificultades de la investigación cerebral.

= = =

En esta situación de espera, una alternativa vino del campo de la política.

La Perspectiva de Género no es una teoría científica, sino una posición política, práctica, generada en un sector del feminismo, que mantiene que la conducta sexual humana es enteramente (subrayo el “enteramente”) una construcción cultural y no una consecuencia biológica, con lo que tratan de modificar al cien por cien las conductas sexuales (de género) de  mujeres y varones.

En esta posición, y después de algunos vaivenes, encontraron muy representativa la transexualidad, que entendieron como una demostración de que personas “enteramente” masculinas podían vivir vidas “enteramente” de mujeres.

Es decir, la biología (el sexo) podía ir por un lado, y la cultura (el género) por otro, por lo que éramos un ejemplo perfecto para las mujeres biológicas que afirmaban que “biology is not destiny” para emanciparse de una cultura que, en el otro extremo, mantenía un determinismo biologicista (más bien que biológico) asfixiante.

Esta posición del generismo radical fue aceptada también por la corriente principal del movimiento gay, que temía fundadamente que cualquier atribución biológica de la homosexualidad diera sustento a los funestos intentos de curación que de hecho han herido tanto a tantas personas.

Por tanto, durante muchos años, se ha desestimado políticamente más que científicamente la hipótesis de un origen biológico, intersexual, de la transexualidad. Y no ha sido sin motivo, aunque sí exageradamente.

= = =

Sin embargo, gradualmente, el No-binarismo de sexogénero, nacido también en el ámbito feminista, ha aportado la evidencia de una alternativa a la alternativa.

Como sabemos, éste afirma que la realidad sexogenérica es naturalmente variable e incluso fluida.

No hay un conjunto cerrado de “varones” y otro de “mujeres”, siendo todo lo demás patológico o antinatural, como se suponía desde los criterios binaristas.

La naturaleza genera una variabilidad que va de lo más masculino a lo menos masculino o de  lo más femenino a lo menos femenino –como todos sabemos en la práctica de sobra, pero no sabíamos que tuviera una razón teórica.

 En esta variabilidad, algunas personas se encuentran no más o menos cerca, sino en posiciones equidistantes de los dos atractores estadísticos. Todo ello es natural, y hasta conveniente para la especie. ¿Qué sería una humanidad formada sólo por varones hiperandrogénicos, acometedores, fuertes y relativamente brutos, y por mujeres muy hipoandrogénicas, tímidas y hogareñas, no habiendo nada en medio, cuando tenemos la convicción de que justamente en ese terreno intermedio florece la riqueza cultural, la ciencia y el arte?

No; la verdad es que son naturales expresiones de sexogénero muy diferentes, no se puede definir dos únicos modelos que deban ser acatados por todos, deben ser valorados como expresiones diversas de la naturaleza.

Las identidades son el reconocimiento y la aceptación de cada cual en su propio ser. En sentido propio, hay tantas identidades como seres humanos, aunque se observa también la presencia de unos atractores estadísticos masculino y femenino, a los que cada cual se acerca por razones de afinidad (por conciencia de su afinidad), aunque puede decidir también permanecer distante de ambos.

Al movimiento feminista, la teoría no-binaria de sexogénero le dice que las personas identificadas como mujeres pueden fundar su autonomía de género, sin que nadie les imponga un “papel de mujer”, definido por otra persona, en que la realidad es que sólo cada cual puede definir su identidad y sus afinidades, puesto que sólo cada cual conoce o puede conocer exhaustivamente sus motivaciones.

En cuanto a las personas identificadas como homosexuales, pueden justificar su rechazo a la imposición de una supuesta curación, en que sólo esa persona puede conocer y valorar exhaustivamente, matizadamente, su propia afectividad, que es, como todas, infinitamente matizada. Nadie tiene derecho a pretender conocer mejor una afectividad ajena, puesto que goza del fuero interno, de la subjetividad incomunicable. “Cuando canta para mí una mañana, una  cama, sólo yo oigo esa canción”.

= = =

Todo este planteamiento modifica profundamente el entendimiento de las actuales Unidades de Identidad de Género, tan vitales para las personas intertransexuales.

En primer lugar, todas las personas intertransexuales que llegan a ellas deben ser presupuestas como intertransexuales por el simple hecho de llegar, puesto que hay un principio de la comunicación humana por el que no es posible observar objetivamente la subjetividad ajena, y menos juzgarla, y puesto que cualquier identidad diferente de las mayoritarias puede ser considerada en principio natural.

 Los profesionales deben renunciar al concepto de “verdadero transexual” (o “no-verdadero transexual”) que las funda, y que les da supuestamente el derecho de decidir por ellos mismos cuál es la identidad de otra persona, y al hacerlo, decidir sobre su destino, su felicidad o infelicidad.

Lo que los profesionales pueden tener en cuenta es que la intertransexualidad asume tantos matices como personas y que la persona concreta que llega a su consulta puede necesitar una clarificación de sus sentimientos.

Todas las personas de nuestra cultura estamos más o menos impregnadas por nuestro binarismo cultural. Todas o casi todas diríamos que “si no soy hombre, seré mujer”, o si “no soy mujer, seré hombre”, viendo en nuestra imaginación uno de los dos atractores estadísticos. Uno de dos. Esto es el binarismo.

Así lo ven también los profesionales, no menos impregnados de binarismo que nosotres (lo diré así), sino generalmente, más: “Si no eres hombre, tendrás que ser mujer”, o “si no eres mujer, tendrás que ser hombre” (sólo una de sólo dos posibilidades)

 Algunas personas intertransexuales dirán: “De acuerdo. Eso es justamente lo que pretendo. Mi identidad es de hombre” (O de mujer) Inequívocamente. Su identidad, su entendimiento de sí y su valoración de sí, está plenamente del lado de uno de los dos atractores.

Esto sería posible de entender por una explicación biológica, cerebral, completable por una explicación biográfica, y perfectamente respetable y natural.

Y otras personas intertransexuales diríamos que no, que por ejemplo no ser hombre no quiere decir ser mujer, sino otra cosa, que no tiene todavía ni nombre, ambiguo a algo así, o mujer, pero a mi manera (¡algo perfectamente lógico, frecuente y natural, de lo que entienden muchas mujeres!)

Nos situaríamos en terrenos intermedios. Hemos dicho que las identidades son conceptos y valoraciones, y para que se formen es preciso disponer de esos conceptos y valoraciones conceptuales.

Si no se dispone de ello, una cultura binarista, falsa, genera conceptuaciones terribles: “¿pero qué soy yo?”; “¡no sé lo  que soy!”, sentimientos de culpa, de vergüenza, conflictos familiares, desastres laborales, oscilaciones de un extremo a otro, vacilaciones, arrepentimientos, contraarrepentimientos, dolor a chorros, y no producido por la condición intertransexual, que es natural, sino por el binarismo, que no la entiende.

Esto es lo que en el futuro harán los profesionales de las Unidades de Género: aclarar a las personas que las usen la realidad del no-binario de sexogénero, las diferencias de planteamiento con la ideología del binarismo que todavía estamos sufriendo.

La función esencial de los psicólogos será dialogar con les usuaries y aclarar sus conceptos si no los tuvieran claros.

Les podrán hacer distinguir entre disforia de género y disforia de genitales, como entidades distintas, muchas veces juntas pero otras muchas, alternativas, de manera que una puede excluir la otra, sin que signifiquen por sí solas mayor o menor feminidad o masculinidad (muchas veces, paradójicamente, es al contrario)

Les podrán explicar que sólo en la disforia de genitales está indicada la operación de genitales. Pero, a diferencia de lo que sucede ahora, les harán ver que su asistencia proseguirá aun cuando decidan no hacer la operación de genitales.

(Ahora mismo las Unidades están concebidas com criterios muy simples y ya arcaicos: un binarismo hombre-mujer (y nada más) y un itinerario con tres únicas estaciones: autorización psicológica, hormonación y cirugía)

Pero la asistencia sigue siendo necesaria como consulta psicológica, libremente solicitada (no como, ay, intromisión, como es ahora), como supervisión endocrinológica, como atención a cirugías plásticas que mejoren la inserción personal...

Esta asistencia, con vistas a un consentimiento informado, puede ser incluso prevista como temporalmente necesaria para las cirugías de genitales, pero dejando clara a la persona usuaria desde el primer momento que la decisión final, suficientemente informada, será suya, y sólo puede y debe ser suya, que deberá asumir incluso el derecho de equivocarse por sí misma. ¡La negación de cualquier tutela! ¡El dejarme que yo me conozca a mí mismo y decida por mí!

Con el consejo ilustrado ajeno, que agradeceré, pero por mí.

No sé cómo será, en el futuro, la experiencia colectiva y generalizada del No-binario de sexogénero. Al ser todas las experiencias de nuestras identidades fluidas y libres, no será traumático. Al no ser traumático desde nuestra niñez, al haber podido expresarnos siempre con naturalidad, quizá consideremos todo nuestro ser con su compleja naturalidad, viendo que se inserta con fluidez en el continuo No-binario.

Esto puede hacer incluso, no lo sé, que en muchas historias, la fluidez de las identidades y los reconocimientos culturales no haga necesaria la cirugía, o la vea sustituible por un proceso de células madres que haga posible incluso nuestra maternidad o paternidad cruzadas, o cualquiera de las maravillosas sorpresas que podemos esperar.

Kim Pérez 14-03-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                          Ética racional e intertransexualidad

 

 

 

 

 

 

Al acercarme a los setenta años estoy preocupada por la falta de perspectivas prácticas que den interés a mi vida. Incluso en su dimensión de persona transexual.

Sin embargo, ayer dos de marzo de dos mil once, sentí que algo podía hacer que llenase de sentido estos años: el trabajo por la ética.

La razón de este sentido es advertir que la ética es hoy el primero de nuestros problemas en España. Nos encontramos confusos y dispersos en nuestras opciones. Tenemos la sensación de que nos estemos perdiendo y hasta extinguiendo como nación, por una pirámide demográfica invertida en la que los niños son cada vez menos.

Y sin embargo, la cultura española ha sido históricamente muy sensible a la ética; hemos sido, como todos, un pueblo de pecadores pero muy conscientes de cómo debería ser una vida humana.

Una vida que resulta hermosa, agradable de ver, si es ética, y en el fondo penosa si es vivida en la confusión o no digamos si en la corrupción.

Ésta es la belleza que me motiva ver en nuestra vida y la que me da  un aliciente para trabajar por ella mientras tenga fuerza.

Y más cuando sé que hay un lenguaje común que todos podemos hablar con naturalidad: el de la racionalidad, el del razonamiento, el de lo razonable, que todos podemos reconocer, aunque cueste tiempo y trabajo ese reconocimiento.

La racionalidad no se encuentra con frecuencia inmediatamente; nos cuesta trabajo, solemos encontrar sólo cadenas fragmentarias de racionalidad que no sabemos llegar hasta su origen.

Como un niño en la edad de su plena racionalidad, cuando acumula los porqués, nos encontramos a menudo con un porqué último del que nadie sabe la respuesta.

Sin embargo, con lo que ya sabemos, es posible llegar bastante hondo, y definir una ética con porqués bastante profundos como para que sea posible fundar en su razón una convivencia.

Y, naturalmente, ver de una manera nueva la realidad de las personas transexuales, las que son como yo, y profundizar en los porqués de nuestra ética.

= = =

He considerado en las Matemáticas el ser de las formas que inspiran las formas materiales, pero tengo que ir más allá de las formas estáticas y considerar también el debe-ser o el hacer: la Ética.

La Ética tiene que centrarse en el conocimiento humano, porque es nuestra característica específica, nuestra vocación peculiar. Homo sapiens.

=El conocimiento humano parte de la memoria (análogo: la informática)

Nuestra memoria parte de 0, se incrementa, y vuelve siempre a 0 (muerte corporal)

=La memoria se procesa. Una parte del procesamiento, por la comunicación, llega a ser memoria extracorporal.

=Somos seres vivos los procesadores, intuyentes y deseantes. El deseo del conocimiento es curiosidad, interés, voluntad de saber. Sin límites, todo. Por tanto, el procesamiento tiende a infinito.

O, dicho de otra manera, un programa informático que lo recoja debe permanecer abierto.

=La tendencia al infinito parte de 0. El proceso de acumulación de conocimientos puede volver a 0 (destrucción planetaria) o llegar a infinito.

=Esta opción nos hace entrar en la Ética.

Para el conocimiento hay un bien y un mal.

El bien es todo lo que permita la acumulación del conocimiento.

El mal es todo lo que lo impida o lo destruya.

Este bien y este mal pueden darse en la vida personal o en la colectiva.

El trabajo constante, el aprendizaje, el estudio son formas del bien, porque construyen conocimiento.

La pereza, los vicios, la violencia, son formas del mal porque lo destruyen. En el siglo V, la caída del Imperio Romano produjo una inmensa pérdida de conocimientos colectivos.

El odio es particularmente destructivo, porque es la pasión de la destrucción.

La procreación, la sucesión de las generaciones, es buena porque permite proseguir en la acumulación del conocimiento.

Saber es poder sobre la naturaleza y buscar la salida del espaciotiempo y la materialidad que nos oprime; la salida del espaciotiempo siempre será retroactiva; la humanidad liberada salvará a toda la humanidad.

=El sufrimiento es el gran motor del ansia de liberación.

O nos mata, o espolea nuestro espíritu, por lo menos en sus clamores. Nos hace ansiar conocimientos liberadores.

=En relación con el conocimiento, el sufrimiento es por tanto bueno.

= = =

La reflexión sobre las Matemáticas y la Ética puede centrarse en la intertransexualidad de esta manera:

=Es una condición natural, procedente de las dimensiones cuantitativas del No-binario de sexogénero.

Con otras palabras, es un grado de una variabilidad natural que se expresa de forma no-binaria, y que abarca, en más o menos, desde un atractor femenino  (estadístico o “extraño”- argot matemático) a otro masculino (también estadístico o “extraño”)

Ambos son abstracciones, no son seres materiales. Los seres materiales estamos todos más o menos cerca o lejos de estos atractores estadísticos.

Cada persona, en su más o menos, presenta ventajas e inconvenientes.

Dado que este No-binario se forma en relación con la androgenación mayor o menor del niño durante la gestación, es preciso entender la función de la testosterona, que las personas intertransexuales masculinizantes conocen muy bien:

=Aumenta la fuerza muscular

=la acometividad

=la rapidez de reflejos

Todo lo cual es útil defensivamente.

Pero, por eso mismo

=Disminuye la reflexión

=la autoobservación

=la serenidad

Por otra parte, se ha observado empíricamente que mujeres cuya dotación de testosterona es 0, son

=Extremadamente maternales

=pero estériles

 Esto nos indica que la variabilidad del No-binario de sexogénero es muy conveniente para la especie, puesto que en ella se funda la variedad de funciones que cumplimos en una vida social muy compleja como la nuestra.

Por tanto, al valorar el hecho de la intertransexualidad, nombre que damos a las personas que nos encontramos en la zona más intermedia entre los atractores, no es adecuada a la realidad ninguna patologización ni ninguna culpabilización por la realidad intertransexual en sí.

Estadísticamente muy pocas, nos corresponden ventajas e inconvenientes propios, como a todas las demás posiciones.

Entre las primeras, que no han sido todavía estudiadas científicamente, figura probablemente una relación singular entre ambos atractores, que no se puede caracterizar a veces como “medio hombre y medio mujer”, sino o bien como “masculina y femenina”, a la vez, o bien “enteramente intertransexual”.

Las capacidades para el entendimiento comprehensivo de lo humano, más allá de las diferencias entre lo masculino y lo femenino, y para la mediación entre ambos atractores, son grandes.

A menudo, su ambigüedad resulta intuitivamente atractiva, e incluso fascinante, por lo inusual.

El mayor inconveniente es que a menudo no conseguimos formar parejas ni procrear.

Las razones personales para el sí o el no son enormemente matizadas, de manera que no se pueden generalizar; pero sí se puede decir que nuestra distancia corporal o cerebral de la fusión heterosexual requiere superar considerables dificultades en este sentido.

Estas dificultades pueden ser origen de gran sufrimiento, tanto en quienes consiguen procrear como en quienes no.

Pero ya he expuesto que el sufrimiento, en sí, no es malo, sino un estímulo o aliciente para buscar diversas salidas vitales.

Expresa nuestros límites; y debe ir acompañado por nuestra voluntad de superarlos, poniendo como límite matemático de esa tendencia sólo el infinito. 

Kim Pérez 07-03-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                Matemáticas e Intertransexualidad

 

 

 

 

 

 

Anoche, viernes, estaba redactando de nuevo este texto, cuando pensé que podía enviarlo al Diario Digital Transexual. Quienes no estén especializados en estas cuestiones, tendrán que leerlo despacio; pero confío en que se entienda por todos los que quieran leerlo.

En el siglo XXI, estudio Matemáticas (o Meta-matemáticas: reflexiono sobre lo que son las  Matemáticas)

Son una actividad lógica; lógica quiere decir que se puede hablar de ellas coherentemente, consistentemente.

La coherencia o consistencia constituye el centro de la actividad mental que se construye sobre la suposición de que la realidad sobre la que se aplica es igualmente coherente o consistente: si no lo fuera, no podríamos hablar coherentemente.

El postulado de la coherencia es también el del sentido; todo debe de tener sentido, puesto que podemos hablar de ello coherentemente.

Me pregunto sobre si las Matemáticas están fuera de mi mente (clásicas)

o dentro (constructivistas)

Veo, empíricamente, mirando la Naturaleza, que

=1. Las abejas trazan hexagonoides (para ahorrar cera)

=2.  Los astros son esferoides (por la gravedad)

=3.  Aquí y allá se observa una tendencia al número de oro o “divina proporción” (especialmente en formas vegetales)

Concluyo:

Las Matemáticas clásicas (cuyas relaciones son exactas) definen unos límites o atractores a los que tiende la materia, sin llegar a ellos (Veo el parecido de esta idea con Platón)

Como todo ello sucede desde antes de que hubiera humanos, las Matemáticas están fuera de la mente humana y organizan o gobiernan las formas de la materia.

Pero quedan unos márgenes o diferencias entre las formas materiales y las formas matemáticas exactas.

Si los seres materiales (como los humanos) fuéramos  matemáticos exactamente, todos seríamos

=iguales

=invariables

=eternos

Lo que no es el caso.

Este margen objetivo entre Matemáticas exactas y materia se descubre también en el estudio de la abstracción subjetiva o razonamiento.

Formamos nuestros conceptos

=hallando  lo que hay de común entre realidades distintas y

=dándole nombre.

Por tanto, lo que no hay de común, lo  único, lo que nos hace únicos, lo singular, lo no-matemático-exacto de cada realidad material, es

=inconceptuable

=pero accesible a la intuición, que empíricamente sabemos que ve su unicidad; la intuición es la clase de pensamiento o representación que se practica en el arte y el amor o el odio.

(El margen de inconceptuable y no matematizable exactamente es lo que funda las diferencias humanas y, entre ellas, la intertransexualidad o la homosexualidad)

Profundizo:

Newton elaboró la fórmula matemática-exacta de la ley de la gravedad.

De acuerdo con lo anterior, se podría haber predicho

=que la realidad material de la gravedad se acercará a esas relaciones matemáticas exactas, pero nunca llegará a ellas;

= y esto es lo que la experimentación empírica comprueba constantemente.

(Lo mismo se puede decir de Einstein: a partir de deducciones matemáticas exactas, sobre el papel, dedujo que en las grandes distancias rige una geometría no euclidiana, pero la investigación comprueba que no es ni puede ser de manera exacta)

Por tanto,

=los seres materiales tienden a la perfección matemática exacta de sus formas

=que no llegan a ella, porque dejarían de ser materiales, convirtiéndose en teoremas.

Ésta es la justificación de nuestra existencia individual, como seres distintos de la perfección racional, pero que tendemos a ella.

También esto ocurre en nuestras relaciones: esto explica la diferencia entre la justicia material y posible y la justicia  perfecta o exacta o imposible.

Esta distancia insalvable entre las Matemáticas (exactas) y la materia hace pensar que las Matemáticas (exactas) no son de este mundo material; que no sólo están fuera de la mente humana sino fuera de la materia.

La proximidad-distancia entre la realidad material y la  perfección lógicomatemática exacta hace preguntarse si

=¿la realidad material, no las formas matemáticas a las que tiende, es suficientemente lógica como para ser

=suficientemente coherente (o consistente), es decir,

=tener suficiente sentido lógico?

La respuesta dentro de la lógica cerrada es “no”; en ella, las afirmaciones son lógicas o no; pero dentro de la lógica difusa, la respuesta es “más o menos”.

=Existe en efecto una lógica cerrada, que forma sus conjuntos matemáticos sobre un “sí o no” (anotados como “igual-desigual”)

=Y una lógica difusa que forma sus conjuntos matemáticos sobre un “más o menos”  (descubierta por Lotfi Asker Zadeh, Doctor honoris causa por Granada, entre otras muchas distinciones)

=La lógica difusa se aplica con más o menos coherencia o consistencia (no absoluta) a los seres materiales y a sus relaciones materiales.

Examinemos como ejemplo un proceso material, el de la sexuación humana.

En él aparecen empíricamente, no necesariamente (podría ser de otra forma, como la división ternaria de las abejas),  dos atractores que parecen cualitativos, no cuantitativos, el de masculinidad (M) y feminidad (F)

Pero los seres humanos nos diferenciamos en la gestación por medio de un proceso cuantitativo, la androgenización, que puede ir de 0 hasta N (máximo empírico)

Este proceso numérico forma por tanto un continuo, en el que la feminidad se define por los valores cercanos a 0, la masculinidad por los valores cercanos a N y la intersexualidad (objetiva) o la transexualidad (subjetiva, identidad) por los valores cercanos al punto medio.

Se forman así conjuntos difusos de sexo de los que se puede hablar coherentemente y son por tanto lógicamente consistentes aunque en términos difusos, caracterizados porque los elementos de los conjuntos lo son por “más o menos”, no por “sí o no”.

Estos conjuntos difusos guardan relación por tanto con un continuo numérico, matemáticamente consistente en sí mismo. Pero,

=Las divisiones materiales M, I y F no se pueden establecer en puntos intermedios exactamente determinados de ese conjunto por un “sí o no”, sino en zonas difusas caracterizadas por un “más o menos”. Y

=Aunque cada realidad material determinada tenga una determinada forma numérica de andrógenos, ésta no se puede calcular exactamente para insertarla con absoluta precisión en el continuo. Por lo que

=Sigue existiendo una distancia entre la forma material y la forma matemática que la rige.

En general, al considerar las formas materiales que aparecen ante nosotros, constatamos:

=No les es aplicable una lógica cerrada, de “sí o no”.

=Les es aplicable una lógica difusa, de “más o menos”. Por lo que, consideradas espaciotemporalmente,

=La forma lógica difusa que mejor las describe es la historia.

La historia no es exacta, pero tiende a ser exacta sólo en la correspondencia menor o mayor de su narración con los hechos que quiere referir. 

Kim Pérez 28-02-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                    Libertad o intervención

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A veces hay que darle (en parte) la razón a los anarquistas (recuérdese "Ni patrón, ni Estado, ni Dios") Tenemos un Estado (entre otros) que ha llegado a ser tan sumamente intervencionista, que puede destrozar nuestras vidas so pretexto de que es por nuestro bien, o que ellos saben mejor que nosotros cuál es nuestro bien. Esto es válido sobre todo para las personas transexuales.

Dicho con mayor justicia, incluso en el libre Occidente, los Estados suelen ser intervencionistas,  y más cuanto más organizados, despreciando cualquier asomo de libertad o autonomía personal. Hemos visto situaciones desgarradoras en los Estados Unidos, por ejemplo, con intervenciones en que se arrogan saber mejor que cada ciudadano lo que le conviene.

No deja de verse en esta cuestión una herencia del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Paradójicamente, las víctimas de esa intervención suelen ser los más débiles, o los que sean personalmente fuertes pero socialmente vulnerables, quienes no tengan recursos personales o colectivos para moderar al Estado. Es difícil imaginar a cualquier persona que esté en buena o muy buena posición, personal o política, sufriendo tales abusos; siempre encontrará la manera de defenderse.

Entre los débiles, quizá los más débiles de los débiles (recuérdese la opinión de Dominique Lapierre), o los más vulnerables, seamos las personas transexuales, a quienes es fácil intentar humillar, valiéndose de cualquier otro pretexto, en esta época de corrección política, siempre “por nuestro bien”, o lo que es peor, “por el bien de los nuestros”.

Por supuesto, que quienes piensan así, no tienen en cuenta el orgullo y la gallardía con la que solemos reaccionar las personas transexuales cuando hemos asumido nuestra situación social. No trato de hacer victimismo, sino de exponer situaciones, para tener en cuenta cuáles pueden ser nuestras respuestas.

Miremos por ejemplo la actitud de las Unidades de Género.

Primero, están dirigidas a las personas transexuales que no tienen medios para pagar la Sanidad privada.

Por tanto, a las que añaden a su vulnerabilidad como transexuales, otra vulnerabilidad más, por sus modestos o pocos recursos.

Y entonces, usan el brutal recurso de que “quien paga, manda”.

Quienes hemos podido pagar, o tenido que pagar, en tiempos en que no existía la Seguridad Social para nuestras operaciones, o quienes ahora mismo se pueden pagar esa libertad, somos conscientes de hasta qué punto hemos mandado en el proceso de nuestra reasignación

Pero, en la medida en que el Estado pretende ser expresión de la racionalidad (Hegel) no podemos ver impasibles cómo la arbitrariedad y la irracionalidad vuelven a imponerse, aprovechándose de ese mando tan primitivo.

Lo vemos, en general, en la negación de la autonomía personal para decidir el proceso transexual; autonomía personal que la prudencia aconseja que sea informada, desde luego, pero sólo informada, dejando a la persona solicitante la decisión final.

Dicho más claro: que se modifique la Ley de Identidad de Género en el sentido de que deje de imponer a los psicólogos el papel, que no les corresponde, de jueces en la práctica de las personas transexuales, y dueños de nuestro destino, en la medida en que dictaminan sobre nuestra identidad.

¡Deciden cuál es nuestra identidad! ¡El Estado supone que saben mejor que nosotros mismos quiénes somos! Esta es la mayor muestra de intervencionismo estatal que se puede imaginar: el Estado decide sustituir nuestro fuero interno, dicho con todo el valor jurídico de la expresión.

Otra cosa será cuando el Estado, aceptando la evidencia racional, asuma que los psicólogos deben sólo informarnos durante un tiempo prudencial, sobre todo para evitar falsas expectativas e interpretaciones erróneas de lo que es el proceso transexual; dejando claro, siempre, que al final de ese tiempo prudencial, la decisión será nuestra y sólo nuestra, y convirtiendo por eso ipso facto a los psicólogos de las Unidades en nuestros amigos y consejeros, lo que no son actualmente.

Y dentro del actual intervencionismo de los psicólogos, arraigado y arropado por el Estado intervencionista, tengo que mencionar la llamada Experiencia de la Vida Real, que muchas veces habría que llamar Experiencia de la Vida Irreal, porque les da poder para sustituir nuestro criterio y sentido común en materia de tiempos, arreglo conforme a nuestra realidad y nuestros deseos, consideración de nuestras realidades familiares y laborales, sobre las que sólo nosotros sabemos en toda su complejidad y nadie más puede saber sin nuestro libre consentimiento.

La llamo Experiencia de la Vida Irreal, porque intenta imponernos una forma de vida con criterios ajenos. La Vida Real es la que llevamos en nuestra práctica diaria. Es verdad que a veces somos claramente demasiado prudentes, y se nos puede aconsejar en ese sentido, desde luego aconsejar, pero nunca imponer, y menos cuando clamamos, con razones que sólo las personas transexuales tenemos que saber, que esas imposiciones serán traumáticas (despidos, crisis familiares, etcétera)

¡Y si nos equivocamos, nos hemos equivocado, a nuestra costa! Las personas transexuales somos adultas, como para poder decidir libremente y contar con el error. Y es mejor equivocarse uno mismo que dejar que otro se equivoque por ti.

Y si no podemos consentir el intervencionismo del Estado en nuestra identidad, tampoco podemos consentirlo, desequilibrado y sin moderación alguna, en los Servicios Sociales.

Las personas transexuales sufrimos, por el hecho de serlo, otra vulnerabilidad más: tendemos a ser pobres.

Un colectivo que, según algunos estudios, padece un paro del 80%, es un colectivo que tiende a ser pobre. Si del 20% de quienes trabajan (me parece una estimación optimista) lo hacen como autónomos, en  pequeños negocios familiares, o como funcionarios del Estado (¡menuda suerte, para las pocas y pocos que lo consiguen!), quedará que quienes no tienen recursos para ser funcionarios o funcionarias del Estado o autónomos o autónomas, son el 99% de la población transexual. Es decir, que son pobres.

Y me da la impresión de que, para ciertos Servicios Sociales por lo menos, ser pobre es estar en situación de riesgo, y por lo tanto, puede justificar su intervención.

Una visita a una casa, un descubrimiento de que no se han pagado algunos recibos del alquiler, o de que no tiene un aseo, o no tiene un aseo moderno, o de que la separación del cuarto de los adultos y de los niños no es completa, o de que el agua corriente es precaria, o de que las escaleras son oscuras y sucias, de cualquiera de las circunstancias que acompañan a la pobreza, ¿puede justificar la separación de padres e hijos, aduciendo que éstos están en riesgo de exclusión?

En el siglo XIX, se definía proletario como “el que no contaba más que con su prole”. ¿En el siglo XXI se va a quitar al proletario la compañía de su prole, alegando que su pobreza la pone en riesgo de exclusión?

En la sociedad del bienestar, o del ex-bienestar en que estamos de momento, ¿el Estado va a ser tan ridículamente materialista que va a negar que el mayor bien de cualquier familia es su unión, poniendo por delante todos los signos de bienestar material?

Las personas transexuales pueden ser además sutilmente discriminadas, alegando que se les quitan los hijos no por transexuales, sino por pobres, lo que en la práctica de la mayoría  puede ser lo mismo.

¡Las personas transexuales tenemos que defender a nuestras familias! 

Kim Pérez 21-02-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                                                   Primera generación

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Una muchachilla transexual sale a la intemperie de la noche de Tenerife.

Es guapa y alta; a partir de entonces, pasa alegrías y calamidades. Tiene que luchar por sí misma, sobrevivir.

Se encuentra en lo más hondo de la vida social; por debajo de todo, por debajo de los más pobres, están las transexuales (Así lo vio Dominique Lapierre, en "La ciudad de la alegría")

Va a Madrid; sobrevive. A veces, ve el otro mundo, el de lo respetable. Aunque parezca una quimera, se aferra a él, en lo que puede. Es el mundo de los apartamentos de clase media, el de los combates políticos, el de la defensa de todos los que están abajo. A veces pasa por delante del Palacio de los Dos Leones.

En medio de esos combates, se encuentra con que tiene que realizar muy personalmente uno. Duda, porque lo puede perder todo, pero se decide porque tiene que poder mirar a las compañeras transexuales cara a cara. Hace el combate. Sale la Ley de Identidad de Género.

Casi cuatro años después, ella, una persona transexual, por decisión de Tomás Gómez, puede ser elegida diputada a la Asamblea de Madrid. De las calles de Tenerife a un lugar donde puede luchar día a día por los intereses generales y, desde luego, por los intereses de las personas transexuales, las que hasta hace nada éramos lo último de lo último, estuvieran dando la cara o en la más profunda de las cárceles interiores de la vergüenza, la culpa y el miedo.

“Equilicuá!”

No se trata únicamente de una historia personal, sino de una historia profundamente colectiva.

Somos la primera generación, desde hace sólo una veintena de años, que llega a la libertad y al respeto colectivo.

Hace sólo treinta años, éramos como mucho los mariquitas que tenían que ganarse un sitio humildísimo en la sociedad a costa de ser graciosos.

Quienes tenían el valor de afrontar esa perspectiva. Como la Paca del Puerto de Santa María, que paró una procesión poniéndose en medio y gritando “¡Muera Franco! ¡Muera Franco!”

O como Marieta y Bárbara, hermanas gemelas, que a fuerza de inocencia acabaron en la Cárcel de Huelva.

Otras no tuvimos tanta valentía. Y esto era lo normal, la valentía y el miedo, durante años y años, entrando en la profundidad de los  siglos, siglos y más siglos, milenios.

Esto es lo que han conocido, durante milenios, las personas transexuales y homosexuales. Esto es lo que hemos conocido incluso nosotras, que para describir el horror, sólo tenemos que recurrir a los recuerdos personales, ya casi olvidados, porque el ser humano tiende a olvidar todo lo malo y a recordar sólo lo bueno.

Somos tan la primera generación, que la divisoria pasa por nuestras propias vidas.

Hace poco más de un siglo que un talento como el de Óscar Wilde fue condenado a la humillación pública y a trabajos forzados por ser homosexual. Hace nada, ahora mismo, ahora, pese a lo que hemos conseguido en algunas naciones, hoy, año 2011, que el silencio es el dolor que empapa, sigue empapando, muchas vidas transexuales y homosexuales.

No tengo más que mirar a algunas amigas queridas para comprender ese dolor, que no es cosa del pasado, sino del presente que comienza con la luz fría y gris de esta mañana concreta.

¡Hablar! ¡Sólo hablar! ¡Sólo poder hablar! No es lo que hemos conseguido. Es lo que estamos consiguiendo, por primera vez en la historia de milenios, aquí y ahora.

Cuando alguien me opone el tópico contra el Orgullo Gay de “que no sé de qué se enorgullecen”, respondería: ¡De esto! ¡De vivir vidas normales! ¡De haber sobrevivido!

Para ser justa, tengo que recordar toda la dimensión colectiva de este milagro que estamos viviendo.

De aquella pequeña manifestación de mariquitas, de carolinas, protestando por la destrucción de un urinario (un lugar de encuentro), que tuvo lugar en Barcelona en 1933, desde el Paralelo, por Sant Pau, a las Ramblas y a Colón, y de la que ha guardado memoria universal Jean Genet, en "Journal du voleur" (se lo leí a Didier Eribon)

¡Quizá la primera del mundo, en la revolucionaria Barcelona que luego vería los desafíos de Ocaña y Nazario!

Del combate del bar Stonewall, en 1969, protagonizado por la transexual puertorriqueña Sylvia Rivera, a quien, como parte de tantos milagros, pude conocer en Bolonia en 2000. ¡Descansa en paz, compañera!

En nuestra Península, de la nueva manifestación de transexuales en Barcelona, aquella tan valiente de 1977, según creo recordar, cuando todo era todavía peligroso y comprometido, al principio de la Transición. ¡Siempre las transexuales en vanguardia!

De la fundación de Transexualia, en Madrid, en 1987, la primera de nuestras asociaciones, surgida de las necesidades de solidaridad real entre quienes no podían tener más medio de vida que la prostitución.

De las gestiones de Ben Amics, de Palma de Mallorca, las primeras que me constan en el ámbito parlamentario. ¡Seguramente me olvido de muchas vanguardias! ¡Perdonadme!

De la invitación a la sesión plenaria del Parlamento de Andalucía, el 11 de febrero de 1997, la primera  vez en que las personas transexuales entrábamos oficialmente en un Parlamento y éramos saludadas respetuosamente por todos los grupos parlamentarios. ¡Me acordé de lo que habrían dicho o llorado tantísimas generaciones de mariquitas, ante humilladas! Allí tuvo que estar Rosa Pazos Torres, y no estuvo. Que en paz descanse también. Estuvimos Merche Camacho, María Banderas, nuestra amiga Lola Izquierdo, psicóloga que estaba con nosotras, y yo. Y fue gracias a la iniciativa y las gestiones de otra amiga, la diputada Carmen Molina.

De la sesión del Congreso de los Diputados de 14 de abril del mismo año de 1997, propuesta por la diputada de IU Inés Sabanés, secundada por el diputado socialista Ángel Díaz Sol, trabajada por el activista gay Andrés de la Portilla, en la que por primera vez nuestros asuntos llegaban a las Cortes, y que logró la unanimidad de todos los grupos, aunque después quedó en nada por los manejos del PP.

De tantas y tantas batallas por derechos aparentemente individuales, en Hacienda, en la Dirección General de Prisiones (por los derechos de internas y también de funcionarias), en la Guardia Civil, en la Marina, en el Ejército, por los derechos de tutela de los hijos, por el trabajo, batallas que en realidad eran colectivas, por nuestros derechos y los de toda persona humana.

De la Ley de Identidad de Género de 2007, promovida por esta persona de cuya obra estoy hablando hoy, y apoyada por Andrea Muñiz, Gina Serra, y tantas otras personas como Joana López, José Mantero y Jaume d'Urgell, y muchas más que buscaron por ejemplo los protocolos de la Cruz Roja para atender a  las huelgas de hambre, o Lynn Conway y Stephen Whittle, que dieron cobertura a esta iniciativa en el extranjero; razón que fue secundada por Pedro Zerolo, con la aquiescencia de De la Vega y Zapatero.

Y así llegamos a 2011. Y a las elecciones de mayo, que si todo va bien, confirmarán en dónde estamos; dónde está el reconocimiento de nuestra dignidad humana

Kim Pérez 14-02-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                                   Lo que vemos

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Diario Digital Transexual/Kim Pérez-. Sabemos que hay personas completamente homosexuales. Únicamente tienen sentimientos homosexuales, es lo único que recuerdan. Otras son muy homosexuales, encuentran en eso su verdadera expresión, pero a veces han tenido o tienen un sentimiento hetero por otra persona. Otros más son con frecuencia homo, pero a menudo también hetero, los hasta ahora llamados bisexuales, pero como se verá, bisexuales somos todos en más o menos. Otros han tenido alguna vez un sentimiento homo, pero son casi siempre hetero. Otros más sólo recuerdan sentimientos heteros... Así recomienza el ciclo.

Esto que todos vemos que es la verdad, lo sabía Kinsey desde 1948, fecha de "El comportamiento sexual en el hombre", completado en 1953, "El comportamiento sexual en la mujer".

En resumen: no hay  “homosexuales” y “heterosexuales” como dos batallones cerrados, separados por un foso de incomunicación e incomprensión. Existe gente más o menos homosexual o heterosexual, de 0 a 10; lo mismo da decir de 0 a 10 heterosexual que de 10 a 0 homosexual. Las personas estamos en un lugar dentro de una escala, de una sola escala, que va de un extremo al otro.

Pero en cuanto hemos dicho que no hay homosexuales, a un lado, y heterosexuales, al otro, como dos bandos separados, sino gente más o menos homosexual y heterosexual, hemos dicho que la orientación sexual es una realidad no-binaria, no separada en dos; el “más o menos”, en matemáticas, es la característica de los conjuntos difusos, no el “sí o no”, que lo es de los conjuntos cerrados. Es decir: ¿Somos homosexuales o heterosexuales, sí o no? No; somos más o menos homosexuales o heterosexuales.

Ésta es la realidad; mirémosla; digamos lo que vemos, en nosotros mismos.

Lo mismo pasa con la masculinidad/feminidad, todavía más visiblemente, más claramente. No hay “personas masculinas” (un foso) y “personas femeninas”, sí o no. Existen personas más o menos masculinas, que son menos o más femeninas. Hay una sola escala, no dos, para situarse en la masculinidad/feminidad, y todos estamos en un lugar en ella, la mayoría no en los extremos. Por cierto, masculinidad/feminidad no tiene que ver siempre con varón/mujer. Como todos vemos, en la realidad hay hombres muy femeninos y mujeres muy masculinas (tampoco tiene que ver necesariamente con homosexualidad/heterosexualidad)

El más o menos masculino/femenino es independiente del sexo y la orientación. Tiene que ver con la conducta social, con los modales, con los sentimientos, con las aficiones... La masculinidad/feminidad o feminidad/masculinidad (es lo mismo) no es cuestión  de sí o no, sino de más o menos. Hay muchos hombres muy masculinos y muchas mujeres muy femeninas, y también hay los que son algo menos masculinos, las que son algo menos femeninas, los que son (ahora, con orgullo) mucho menos masculinos o mucho menos femeninas, los que son nada masculinos o nada femeninas...

De nuevo, es una cuestión no-binaria, que se traduce en conjuntos difusos (basados en un más o menos, no un sí o no), esta vez de género.

Esto es también la realidad, todos somos más o menos masculinos o femeninos, todos sabemos que es así, la realidad es no-binaria en cuestión de género, y forma conjuntos difusos fundados en ese más o menos, a partir de esa escala.

También pasa lo mismo en cuestión de sexo, que es la biológica, la anatómica. No hay dos bandos separados físicamente como si uno no tuviera nada que ver con el otro.

Recordemos que, en nuestro principio, todos hemos tenido unos cuerpos semejantes: todos hemos tenido tetillas y un mismo órgano clitorideopeniano. Luego, en el desarrollo prenatal o en el de la adolescencia, los cromosomas XX o XY (o sus variaciones) determinaron que el clítorispene se desarrollara menos o más y las tetillas más o menos.

Lo mismo pasó en algunas estructuras cerebrales, más o menos desarrolladas. Todo ello no es cuestión de sí o no, sino de más o menos. Todos somos más o menos hombres/mujeres. En esta dimensión física, también la mayor parte de la gente es más hombre o más mujer, pero habemos personas que nos hemos quedado en un desarrollo más o menos intermedio. En algunas, son los genitales los que aparecen menos desarrollados que en la  mayoría (intersexualidad) o en otras, es el cerebro el que permanece menos diferenciado, con lo que el sentimiento de identidad o la sexualidad, conducta propiamente sexual, puede ser menos diferenciada o incluso cruzada en relación con el resto del cuerpo (transexualidad)

Se trata también de más o menos, no de sí o no. Es por tanto una cuestión no-binaria, que forma conjuntos difusos de sexo.

Todo ello es natural, corresponde a la matriz no-binaria de la naturaleza y a los conjuntos difusos en los que entramos todas las personas reales que participamos de una escala sólo abstractamente, tendencialmente dual, pero que como tal escala, deja sitio para que existamos todas las personas, infinitamente variadas, que vivimos en la realidad.  

Kim Pérez 07-02-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                    Imaginación Transexual

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Pongo en marcha la imaginación, para recordar algunos de los sentimientos que me han llevado a ser transexual.

No son lógicos, algunos son disparatados, pero estas imaginaciones ayudan a saber de qué estamos hablando.

Éstas son mis imaginaciones; como siempre digo, otras personas tendrán las suyas; que las anoten, que hagan la lista, se sorprenderán, aunque le parezcan incluso ridículas a primera vista, como a mí me ha pasado; llenas de significado.

No sólo yo he supuesto que todos los varones deseaban secretamente ser mujeres. Una amiga, en su niñez, llegó  a confiarles esta suposición a otros niños que la miraron estupefactos.

Cuando yo veía a los muchachillos con los muchachillos, por la segregación social de los sexos, pensaba además que estaban a disgusto unos con otros, como provisionalmente y porque no había nada mejor, esperando sólo la ocasión de estar con las muchachillas (la experiencia me ha enseñado después hasta qué punto la afinidad de los semejantes es más deseada para ellos habitualmente que la cercanía de las distintas)

Alguna vez lei la noticia de que un varón había sufrido una castración accidental y mi reacción espontánea fue: “¡Qué suerte!”.Pero mucho más chocante es mi sentimiento de negación universal del órgano general masculino. Me resulta feo y vergonzoso en todos los hombres. Querría que no existiera, que nadie lo tuviera.

Como una auténtica fobia, su existencia me obsesiona. Ante una reunión de varones, no puedo olvidar que todos están cargados con su presencia, como afeándoles, como un secreto vergonzoso. De hecho, la ropa lo disimula.

Me obsesionaba en particular antes de la operación, porque era una vergüenza que recaía sobre mí; después pude alejarlo de mi imaginación y objetivarlo durante un tiempo, como propio de los varones, propio de otros, pero ahora se renueva esa aversión.

En las películas, en las reuniones, en los desfiles, en las misas, veo a todos los varones marcados por ese añadido ridículo y feo, que me llega a ser insoportable.

No puedo soportar tampoco su funcionalidad, la sexualidad masculina, que me parece cansina y patética, sudor, gimnasia, tanto esfuerzo para tan poco.

Sólo puedo comprender los cuerpos lisos, quizá acercándose, quizá intercambiando fluidos en la belleza del abrazo, del deseo y del amor. Es como si fuera un extraterrestre reencarnado y me costara trabajo entender la sexualidad terrestre. Pero en realidad no hay más que ver en la Tierra la sexualidad de peces, reptiles y aves, para comprender que otra sexualidad, no penetrativa, es posible.

En realidad, mi rechazo era en doble dirección: por una parte, también los hombres me desagradan y quisiera que no existieran; sus caras me parecen hinchadas y deformadas, a partir de las formas infantiles, apenas alteradas en las mujeres, lo mismo que las focas macho me parecen deformadas frente a las hembras.

La conducta androgenizada de los varones tiende a ser áspera, agresiva, terminante, temible. Preferiría que no existiera, desde luego. Ni esas voces, ni su olor a sudor. Me desesperaba, en mi niñez, ser contado entre ellos simplemente porque mis genitales, tan postizos, me ponían en aquel lado.

Rechazaba la masculinidad y por tanto rechazaba los genitales masculinos, lo uno antes de lo otro.

Mi ideal, mi proyecto imaginario, veo ahora que habría sido una humanidad sin dimorfismo sexual, con un aspecto homogéneo, más parecido al actual de las mujeres, de cuerpos lisos y gráciles. ¡Me estoy inventando otra humanidad a partir de mis sentimientos sexuales, pero es legítimo inventarse nada menos que eso, aunque sea imposible, y esta humanidad tenga que sucumbir tal como es!

Los cuerpos lisos podrían estar divididos en varones y mujeres, pero la unión no se haría por penetración, sino por intercambio igual de fluidos, quizá  por el beso, en la boca, o quizá por el beso de los vientres.

No habría incubación interna, como en el caso de los mamíferos, sino que se fecundaría un huevo, que se pondría muy pequeño, sin esfuerzo, y crecería fuera del cuerpo, como en algunos reptiles. O una vez puesto, se podría guardar dentro del cuerpo del padre o de la madre, que lo custodiaría hasta que pudiera abrirse.

No es necesario el dimorfismo sexual para provocar la atracción sexual; no existe en las líneas generales del cuerpo entre los caballos, tan bellos, tan esbeltos y tan fuertes los machos como las hembras; lo que los atrae es el aroma, el canto de las feromonas.

No existe tampoco entre los delfines, ni entre los perros, ni entre los gatos, aunque, siendo todos mamíferos, existe un dimorfismo de los genitales externos. Pero no es necesario para la reproducción en general, que toma una asombrosa variedad de formas.

Como seres conscientes, nuestra razón nos permite distanciar el pensamiento de la realidad, y aceptarla o no.

Mi pensamiento no me ha permitido aceptar el dimorfismo sexual de nuestra especie ni la sexualidad que le corresponde. Tengo sin duda el derecho de clamar que todo me parece feo y ridículo, como el macho de la mantis, si fuera racional, clamaría por la injusticia de su destino.

Acaso vengo de otro mundo y tengo nostalgia de él. Una amiga mía, en su niñez, viendo un torrente de lluvia en su calle, se dijo con asombro: “¿Pero qué hago yo aquí otra vez?”. Otra se asustó al verse en el espejo, no pudiendo reconocerse.

O sencillamente, mi manera de ser, poco androgénica, mi imaginación creadora, mi razón, añora un mundo de gracia, de delicadeza, de gentileza general, sin excepciones. Es verdad que esto lo siento muy profundamente. Y esto es lo que me hace transexual; quizá, en ese mundo imaginado, no lo hubiera sido. Porque cuestiono en el fondo no mi sexualidad, sino la de los otros. 

Kim Pérez 31-01-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                       HaMaH y otras realidades

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HaMaH significa transición “de hombre a mujer a hombre”. Lo mismo que quienes aciertan en su transición transexual, son héroes de la identidad que comprenden su error y procuran rectificarlo.

(Y errar es humano)

La identidad es un bien precioso, pero a veces fugitivo. En muchas ocasiones, en nuestras  historias, es más bien una no-identidad, lo que no queremos ser, más bien que una identidad, lo que somos. Pero es natural que la busquemos ardientemente, nada menos que queramos saber quién somos.

En esta búsqueda, donde “soy” y “no soy”, “quiero” y “no quiero”, “me angustia” y “me conformo” son a menudo tan fluctuantes como bien sabemos, el acierto y el error están a veces separados por un hilo.

Si consideramos que ha habido un error, podemos desesperarnos y llorar y gritar, porque lo merece, o unir a la valentía de la transición (cambio social, el más difícil, cambios quirúrgicos, etc) la valentía de la detransición, más difícil todavía (nuevo cambio social, deshacer en lo que sea posible los cambios quirúrgicos, etc)

Hay una pequeña proporción de personas, quizá un 5%, que después de transitar de sexogénero, no se encuentran a gusto en su nueva situación. Son una proporción pequeña comparada con el 95% de quienes la encuentran positiva, una fuente de bienestar, por lo que su existencia no anula la conveniencia de la transición. Pero existen, son reales, pasan grandes dificultades, y sobre todo, quienes mejor podemos comprenderles, somos las personas transexuales, porque sus dudas han sido nuestras dudas, sólo que su respuesta final ha sido “no” mientras la nuestra ha sido “sí”.

Por eso, merecen una gran atención en nuestros foros, que oigamos sus experiencias y que les ofrezcamos nuestras opiniones y consejos. Han pasado probablemente nuestros propios miedos y humillaciones sociales, han estado en nuestros mismos quirófanos, y podemos medir lo que sentirán ahora y su valentía al emprender un camino nuevo.

Voy a poner aquí, en orden, las principales fuentes de error. Luego, también en orden, los remedios.

Una manera fácil de equivocarse (y de volver a equivocarse) es si han emprendido el cambio muy pronto.

La adolescencia, pese a su impetuosidad, es una época en la que la persona no se conoce suficientemente a sí misma y puede cambiar mucho de un año para otro.

Los médicos no deben aceptar hormonar cruzadamente ni menos operar a adolescentes. Para salvaguardar su apariencia, se aconseja que las y los adolescentes variantes de género (es prematuro llamarlas transexuales) tengan un tratamiento de detención de la pubertad, que mantenga su cuerpo en un estado ambiguo, abierto a cualquier cambio, por lo menos hasta que lleguen a los dieciocho años, edad en la que legalmente pueden decidir; pero aun entonces, se les debe aconsejar que esperen, que cambien socialmente su género, si quieren, pero que no transformen quirúrgicamente su cuerpo y aguarden hasta comprobar con paciencia las dudas que pueden tener en el fondo.

Otra manera  de equivocarse es por amor. Por amor  a un hombre o una mujer, una persona transexual es capaz de sacrificar su identidad. “Si tengo que ser hombre (o mujer) para ti, lo seré”. El ardor del amor puede hacer fácil el sacrificio. Luego se dará cuenta de que no estaba fácilmente en su mano hacer ese don.

Las cuestiones de identidad, aunque sea insegura, son tenaces. Es preciso tenerlas muy en cuenta, aunque se quiera renunciar a ellas, saber que siempre estarán ahí y que sólo se puede conocer sus límites haciéndoles frente cara a cara, no olvidándose de ellas.

Otro posible error viene de no distinguir con claridad el género de la genitalidad.

Lo mismo que hay personas transexuales para quienes la genitalidad es la mayor causa de disforia, hasta el punto de que no miran en realidad al género, o sexo cultural, hay otras para quienes la vida social con arreglo al género que desean es lo primero, mientras que la genitalidad es indiferente o desean preservarla.

En las personas transexuales masculinas, este sentimiento es mayoritario. En las personas transexuales femeninas, operación o no operación no tiene que ver con mayor o menor feminidad. Incluso, puedo decir con fundamentos reales, que las personas que insisten en su vida social, son a menudo mucho más femeninas que quienes insisten  en la operación.

Incluso, algunas de estas segundas personas, podrían conformarse con perder definitivamente la funcionalidad de los genitales masculinos, vía hormonación intensa o vía orquidectomía o ablación sólo de las gónadas.

Leí hace tiempo en algún estudio, que la proporción entre quienes necesitan la operación de genitales y quienes no, es, aproximadamente, de uno a nueve. Pero en nuestra cultura actual, transexual e incluso médica, la necesidad de la operación está sobredimensionada. Transexuales y médicos solemos  verla como casi la única salida del proceso transexual, hasta el punto de que no operarse parece ser quedarse en una segunda división de la transexualidad. No lo siento en mí; yo no soy muy femenina y sin embargo he necesitado operarme (mejor operación que impotencia)

La prueba definitiva de que no se desea la operación es cuando preocupa insistentemente si después se conserva la sensibilidad o no; a las pocas personas que la necesitamos, es por otros motivos, y la sensibilidad no nos importa en absoluto; quienes se preocupan por ella, mejor que no se operen.

El error en la necesidad de la operación es un error mayor. Puedo decir que los genitales forman parte de la imagen fundamental del propio cuerpo o no. Si  forman parte de esa imagen, la operación es sentida como una pérdida o amputación, y las consecuencias, según la formación de cada cual, pueden llegar a la desesperación, al convencimiento de una castración, a una angustia terrible que se debe aprender, muy difícilmente, a soportar. Si los genitales no forman parte de la imagen fundamental del cuerpo, la operación es sentida con indiferencia por los genitales y bienestar general. Y la complejidad de los sentimientos transexuales es tal, que todo ello es compatible con el deseo intenso o el no deseo de una feminidad social.

Puede ser que algunos de los sentimientos que llevan a considerar que se ha errado tengan que ver con la operación, si no se deseaba, aunque se deseara mucho o muchísimo el cambio social.

En este caso, la vuelta a la identidad masculina no sería tal, sino un efecto del shock que haría desear, por pura angustia, la vuelta al principio, o la vuelta a lo casero; a medida que el shock se asimilase y se aplacase, volvería el deseo de la identidad social femenina, por lo que toda prudencia en este aspecto será poca, y toda renuncia a los vaivenes precipitados.

Otra consideración que hay que hacerse, si se piensa en un vaivén, es que el entendimiento binarista de la sexualidad no se adapta a nuestra complejidad.

Si se piensa, como piensa todavía nuestra sociedad, que sólo hay hombres y mujeres, masculino y femenino, no se nos deja el sitio que necesitamos.

Pero en el fondo, nosotros mismos, las personas transexuales, nos creemos esa simplificación, y nos empeñamos en ser -o mujeres -u hombres, lo que nos hace ir de un extremo a otro sin encontrarnos en ninguno.

¡Es que nuestra condición es no-binaria por definición!

¿No era nuestro cuerpo masculino? ¿No hemos querido que sea femenino? ¡Pues ésta es una condición intersexual, no-binaria!

Si nos empeñamos en ser hombres puros, o mujeres puras, probablemente encontraremos tarde o pronto que no nos adaptamos, que estamos incómodos.

Sin embargo, si aceptamos nuestra intersexualidad, nuestro no-binarismo, encontraremos nuestro sitio, porque es nuestra realidad.

Puede ser que algunas personas que se consideran HaMaH no estén en realidad a gusto ni como mujeres, puras, netas, ni como hombres, lo mismo. En realidad están buscando el sitio en que, interiormente, siempre han estado. Tienen que buscarlo. Tienen, socialmente, que crearlo, porque no está en la sociedad hoy por hoy. Lo pueden encontrar.

Probablemente, en este Comentario me dejo muchas variaciones por considerar. Si las veis, decídmelo, y seguiremos hablando de esta extraordinaria historia.  

Kim Pérez 24-01-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                              Fantasía con Eva Robin´s

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Escribiendo “La princesa de Constantinopla”  me estaba acordando de Eva Robin’s.

Este recuerdo me hace revisar mi propia transexualidad.

Eva es una transexual bellísima, con la belleza italiana; es menuda, muy femenina, largos cabellos rubios y no se ha operado.

Hace tiempo vi varios desnudos fotográficos de ella. Lo que puedo decir es que hace pensar en los más hermosos hermafroditas de la cultura clásica.

Y en la inverosímil naturalidad de todo su cuerpo, haciendo ver que hubiera una forma natural de ser humano, aparte de hombre y mujer.

Y también lógica. Una forma en la que toda su historia se puede ver conjunta de una manera armoniosa. Armonía: unidad de lo diverso.

Eva es una transexual poco alta, vulnerable, que despertará seguro en los hombres deseos de protegerla y una admiración como la que se puede sentir ante el sol naciente.

En otros tiempos, hubieran brotado espontáneamente ante ella en las bocas piropos tiernos y maravillados, a la vez que el deseo pasaría por encima de su genitalidad como un incidente poco representativo.

Y aquí viene la transformación de lo que yo sé de mi transexualidad:  si yo hubiera sido como Eva, hubiera estado tan maravillada a mi vez al ver lo que los hombres sintieran ante mí, su amabilidad, su gentileza, su admiración, su respeto asombrado, que eso hubiera sido suficiente para mí.

Quiero decir que tampoco hubiera tenido necesidad de operarme.

Sí de que mis genitales no fueran funcionales; lo que no puedo soportar es ni siquiera imaginarme haciendo la función masculina; esto debe de ser la parte más definidamente intersexual que hay en mí.

Pero si los hombres se detuvieran ante mí mirándome con pasmo, si ese detenimiento superase incluso la anatomía de los genitales inertes que hubiera en mí, yo no hubiera necesitado operarme.

En mi vida, eso pasó una sola vez, cuando yo tenía unos veinte años. Un hombre mayor, feo, flaco, que desde luego no me gustaba nada, me miró así, mientras me desnudaba, y entendí que era capaz de ver la feminidad o la gracia de aquel cuerpo largo, delgado, joven y como gris, no sé si por la tristeza. Pero desde entonces he recordado y agradecido aquella mirada.

Luego, he sido tan suficientemente inatractiva, a secas, que no he podido ni siquiera imaginarme lo que podía ser verme deseada y por tanto no he pensado en la serie de pensamientos que eso podría haber despertado en mí.

Viviendo en una soledad de solterona, mi pensamiento se centró en lo único concreto en que podía pensar, mi inadaptación a la sexualidad masculina, y en ese sentimiento, lo único que podía recordar era mi rechazo y un deseo irritado, violento, de cortar literalmente por lo sano, de quitar lo que no podía querer. Y así lo hice.

Hasta que he recordado a Eva, porque hubiera querido ser como ella y eso ha despertado en mí esa secuencia de imaginaciones y fantasías. Lo que me podría haber sido suficiente si hubiera podido vivirlas de alguna manera y con el debido significado.

(Porque, por otra parte, los hombres no me atraen mucho por sí mismos, y sin embargo, esa necesidad de ser valorada, querida, admirada, protegida, cuidada, mimada, se refiere siempre a un hombre; no me interesa, más bien me desagrada, recibir ese trato de una mujer.

No me entiendo; a no ser que, de alguna manera, lo que haya debajo de todos estos sentimientos no sea más que la necesidad acuciante, la sed abrasadora de una figura paterna)

No sé; así he sido puesta yo en la vida, con estos sentimientos que tienen que permanecer insatisfechos y ya, por los años que tengo, tendrán que ir más allá de la muerte.

Me presentaron a Eva Robin’s en Bolonia, cuando estuve en 2000 en el Coloquio Transiti. Fue en la calle, yo iba con un grupo, la saludamos, hablamos brevemente. No tuvo ocasión de poner siquiera su atención en mí. Yo me quedé con la añoranza de haber hablado más extensamente con ella. 

Kim Pérez 10-01-2011  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                        La Princesa de Constantinopla (Cuento de Navidad )

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El rey de Constantinopla salió a una guerra contra los búlgaros o los húngaros o qué sé yo qué jóvenes bárbaros del Norte y, como es natural, volvió con muchísimos prisioneros.

Por Kim Pérez para el Diario Digital Transexual-. Los pobres, que se distinguían por sus caras feroces y sus mostachos y melenas rubios y llenos de piojos, venían para trabajar como esclavos en los grandes cortijos de los dignatarios del Palacio, cargados de hierros para que no se escapasen.

Y los nobles, venían para ser rehenes, o para trocarlos por algo en los tratos de la política. Un montón de princesas y de príncipes que hicieron el viaje en carretas para no cansarlos demasiado, y porque al fin y al cabo, lo mismo que ahora estaban prisioneros, dentro de un año o un par de años podrían recibir otra vez a los enviados del Rey en sus palacios de madera.

Llegaron así a Constantinopla, y unos y otros fueron distribuidos en sus alojamientos; los pobres, a las grandes naves de sus cortijos, donde estarían peor que en los calientes establos de su tierra, donde guardaban sus caballos, y los ricos, a una parte del Palacio Real  que sólo se diferenciaba de las otras en que tenía rejas y un único pasillo de acceso con una sola puerta de hierro y cuatro guardias delante  y cuatro detrás.

Las princesas fueron llevadas, naturalmente, a una parte diferenciada, y la primera misión que tuvieron las Doncellas del Palacio fue bañarlas en las termas, porque también traían piojos, y ponerles vestidos limpios.

Entonces, la MetaGobernanta del Ala de Rehenes, tuvo que pedir audiencia muy urgente al Rey, para un asunto muy reservado, y compareció muy apurada.

A los pocos momentos, entró en la Cámara Regia empujando una pesada cortina de seda, y el Rey, con su barba gris, la recibió muy extrañado.

“¿Qué ocurre, MetaGobernanta?”

“Señor... Señor... No sé si lo sabré decir... Pero la princesa más hermosa... al bañarla... tiene un  cuerpo  como el de un varón... ¡No sé si será cosa de las búlgaras, o lo que sea!”

El Rey se sobresaltó.

“¡Vamos a verlo!”, decidió, y se puso en pie, liándose  los pies como de costumbre en la túnica bordada de oro.

Según recorrían los largos pasillos del Palacio, con todos los guardias cuadrándose y golpeando el suelo con sus armas a su paso, le iba dando instrucciones a la MetaGobernanta:

“Iremos a su alcoba y las Doncellas, la desnudarán y la vestirán despacio para que yo la pueda observar. Para que no se apure, dile que soy el Protomédico”.

Así se hizo; llegó a la alcoba, en la que entró como un caballo con las crines grises, se sentó en un asiento de tijera pero de finísima marquetería que unos pajes le trajeron, les ordenó que se retirasen y que entraran las Doncellas trayendo a la princesa.

Parecía un ballet, si se hubieran inventado ya; en el Palacio, todos los movimientos parecían de ballet. Se abrió la puerta de madera fina y marfil, y entraron cuatro Doncellas, y entre ellas, la  Princesa, cuya belleza resplandeció y dejó deslumbrados los ojos y el alma del Rey nada más entrar, una flor entre ellas.

Venía con los ojos bajos, avergonzada porque el Protomédico fuera a reconocerla, pero el Rey observó el rubio purísimo de sus cabellos, larguísimos y suaves, resplandecientes como el oro o como el sol, no era posible otra comparación, y la dulzura blanquísima de la piel de sus mejillas, plenamente afrutadas.

Las Doncellas le quitaron con tiento sus ropas, y en el lento movimiento,  el Rey vio primero el delgado cuello, luego los pequeños hombros, siempre de la misma clase de piel suave y blanca y enseguida un seno ambiguo, una dulce plenitud no muy formada, dos blandas cúpulas con poco realce, y cuando los vestidos cayeron del todo sobre sus pies, y emergió su vientre limpio y blando, el ombligo delicado, el relativo ensanchamiento de sus caderas, vio en su ingle un genital masculino, visiblemente impotente, que parecía completamente natural allí.

Esa naturalidad era lo que más le sorprendió. Era como si esperar que los cuerpos masculinos o femeninos fueran coherentes con cierta forma, fuera un prejuicio. En la realidad, podían tener otras formas.

¿O era, por el contrario, algo tan incongruente y postizo, que podría separarse del cuerpo, como cae una hoja, dejándolo en el pleno esplendor de su belleza femenina?

Trastornado, se levantó de su silla de tijera, sin esperar a ver cómo las Doncellas vestían a la Princesa, y tropezando sus piernas con su túnica dorada, escapó de la habitación.

En los días siguientes, mantuvo algunas conferencias con la MetaGobernanta, encontrando tiempo entre los informes sobre la Regia Hacienda y sobre las conquistas y las derrotas de los Reales Ejércitos.

El tema de las conferencias se podría resumir así: “¿Qué hacemos? No tenemos ni idea”. En la duda, se acordó de momento mantener aislada a la Princesa, puesto que la realidad la conocía ya todo el mundo en el Palacio, a partir de que las Doncellas la supieran.

Por otra parte, ni las otras Princesas ni los Príncipes de Bulgaria o de donde fuera, parecían extrañados, puesto que en sus salvajes costumbres, la existencia de personas como la Princesa Ambigua se daba por cosa conocida.

Ella, por su parte, aceptó de buena gana la tranquilidad del aislamiento, sólo roto por la pequeña corte de Doncellas que la cuidaban.

¡Hermosura del mirador enrejado de su cuarto, desde donde  se veía el cielo azul estrellado encima de la lejana masa de Santa Sofía!

¡Y todos los otros Palacios de cúpulas doradas que brillaban, bajando hacia el mar, por debajo de éste, que era el del Rey!

La Princesa Ambigua esperaba con una calma absoluta que se resolviese su destino, aunque de momento también lo viese gris y confuso.

Las personas ambiguas como ella no son muchas, por lo que nunca se sabe muy bien qué hacer con ellas. Cuando ella fue educada en el Palacio de madera de Bulgaria o donde fuera, hacía mucho tiempo que había vivido la última Princesa como ella, y nadie se acordaba de lo que habían hecho entonces.

La Princesa Ambigua se entretenía bordando, porque bordaba maravillosamente, unos largos paños con hilos de seda de colores.

Bordaba sus sueños, o sus fantasías, pero nadie las entendía.

Había en ellos estrellas, y flores, y caballos de largas patas, y peces, y pulpos, y barcos de velas blancas, de los que veía en el mar, en el llamado Bósforo cuando miraba por el mirador con una verja.

Las Doncellas se extasiaban con aquellos bordados, y con su permiso, los usaban para el ajuar de la habitación, como toallas o como manteles, que así estaba llena de belleza.

También, mirando a la calle, veía, en los patios exteriores del Palacio,  a los jóvenes Guardias, o los jóvenes Funcionarios, Protos y todo eso, y le sorprendía lo distintos que eran de ella.

Hablaban con grandes voces, fuertes y ruidosas, se reían con timbres ásperos, y a veces, se expandían jugando con una pelota de cuero a la que le daban grandes empujones con los brazos o las piernas o simulando peleas entre ellos, a empellones y gritos.

O también, lo único que le gustaba, llegaba un caballo al galope, de fina cabeza resoplante y redondas grupas sobre las patas temblorosas y el caballero descendía de él de un salto, con su túnica corta para que no le estorbase, y corría al Cuerpo de Guardia a entregar el mensaje que trajera.

Ante la violencia de la vida masculina, a ella le encantaba estar protegida e incluso guardada en aquel espacio seguro dentro de otro espacio seguro, sin tener que estar entre ellos.

Pero el Rey, entre sus Consejos y los múltiples asuntos, de cuando en cuando tenía que acordarse de la Princesa que tenía en su Palacio.

El tema surgía cuando se discutía de tratados con los bárbaros del Norte, política de rehenes, etcétera.

Siempre se le venía a la cabeza la Princesa Ambigua y nunca sabía qué hacer con ella. No podía ofrecerla en matrimonio a ningún Príncipe bárbaro, ni ningún Estratega de su reino, porque no podría darles hijos (aunque les gustase su extraña belleza)

Habían pensado en dársela a un Prohombre que era homosexual, pero al oir su descripción, dijo que no le interesaba,

Y así pasaron algunos meses. La Princesa Ambigua bordando en su cuarto y el Rey de Constantinopla sin saber qué hacer con ella.

Y algo que nadie sabía que estaba pasando. La fama de su extraordinaria belleza y de su condición singular llenando los espacios de toda Constantinopla.

Y todos los hombres soñando con ella, trastornados por lo que se decía, sin que ella lo supiera.

El orfebre en su taller, mientras ajustaba las piedras en el oro, veía en sus resplandores los de ella. El especiero en su tiendecilla. El sastre, que acababa una hermosa sobretúnica.

El joven soldado, tan bruto en apariencia, que no podía dejar de pensar en ella. El capitán grave. El marinero que, recién llegado a Constantinopla, se enteraba de aquel prodigio.

Los conductores de carros de competición y los jugadores de pelota, que expresaban su maravillamiento con bromas zafias e insultándose unos a otros.

Las señoras, mientras tanto, se mantenían escépticas, “No será para tanto”, y las cocineras en el mercado se quedaban pasmadas de los comentarios de los hombres o se burlaban de ellos.

Sólo las cuatro Doncellas que atendían a la Princesa sabían que era verdad, y aun poco, todo lo que se decía.

Pero, en aquel pasmo generalizado, a nadie se le ocurrió lo que a un cierto hombre.

Le escribió al Rey, y le dijo que, si ella le aceptaba, él se casaría con ella.

Recibió su carta el Rey, después de un Consejo en el que, como de costumbre, nadie supo qué hacer.

En vista de lo cual, ante tal propuesta, decidió llamar al hombre a su presencia.

Era un hombre como de cincuenta años, moreno, alto, delgado y nervudo.

Llegó andando con toda naturalidad por el Palacio, mirando a todos lados con algo de curiosidad, y sin apresurar el paso.

Cuando estuvo delante del Rey, le hizo una reverencia con la cabeza, que no era muy protocolaria, pero el Rey no estaba para protocolos.

Le preguntó directamente de qué vivía.

“Tengo un huerto en las afueras de Constantinopla, una casa y una barca en el puerto”.

Y cuál había sido su vida.

“Estuve casado, quise mucho a mi esposa y fui un buen marido, tuvimos un hijo que ahora tiene treinta años, y desde entonces he vivido solo, aunque ganándome la vida”.

El Rey le preguntó por qué deseaba casarse con la Princesa Ambigua:

“Porque he oído hablar de que es la misma belleza,  y a la vez sé que le será muy difícil casarse con otra persona que no sea yo”.

“Pero ella es una Princesa”, objetó el Rey.

“Y yo soy el Rey en mi casa, mi huerto y mi barca. Yo la trataré como Princesa con mi amor”.

El Rey le puso una trampa para probarlo.

“Pero desearás que ella viva según como siempre ha vivido. Querrás una casa más grande y que ella pueda tener sus Doncellas como acostumbra”.

“Mi casa es grande, aunque no sea un palacio. Y yo estoy acostumbrado a vivir solo y a hacer mi comida y lavar mi ropa. Yo protegeré la belleza de sus manos”.

“Si le presentas tu ofrecimiento de matrimonio, ella tendrá que aceptarlo.”

“No espero otra cosa. Os pido que me dejéis hablar con ella.”

“A la vez tengo que honrar al Rey de Bulgaria” (o de donde fuera) “No puedo darle su hijo o su hija a cualquiera, porque sería ofenderle”.

“Si me caso con ella, me llamarán Príncipe Consorte. Con ese título tendré lo suficiente”.

El Rey recapituló unos momentos en silencio.

“Todo lo que dices me parece razonable. Puedes ir a saludar a la Princesa”.

Un Megachambelán acompañó al hombre a lo largo de los pasillos, con encargo de dar cuenta de lo que pasara. Naturalmente, los Guardias no saludaron a su paso  ni golpearon con sus armas los mármoles.

Llegaron a las habitaciones de la Princesa, ya avisada por dos pajes, que habían llegado corriendo.

Ella sintió cierta expectación, al saber que venía a saludarla un pretendiente.

Al abrirse la puerta, y ver toda su belleza, como un deslumbramiento, el hombre se quedó trastornado,  pero se sobrepuso con voluntad y con un esfuerzo enérgico.

Le habló con gravedad, sin haber preparado las palabras.

“Señora, dijo, al veros ya os amo y ya os amaré toda mi vida.

“Lo mismo si ya siempre estoy junto a vos, que si decidís que me vaya a recordaros noche tras noche.

“He visto en este momento lo que muchos mueren sin ver nunca.

“Sólo tengo para ofreceros mi amor. No os pido que me améis.

“Soy un hombre sencillo y libre. Tengo lo suficiente para vivir. No tengo más de lo que necesito.

“Sólo pretendo ofreceros una casa que podréis llamar propia y mi compañía, como si yo fuera un pariente mayor encargado de vuestra custodia.

“Tengo un huerto hermoso, tengo una barca, y vivo por mí mismo”

La Princesa Ambigua le oía, sorprendida de lo que sentía ante aquel hombre.

Normalmente, ante los otros hombres, sentía cierta tensión masculina, como si la poca masculinidad que había en ella se avivase en su presencia.

Sin embargo, ante aquel hombre delgado y enjuto, se sentía segura, como si aquellos otros sentimientos no existieran siquiera.

Pensó que estar en su casa sería como estar en su propia casa...

Vivir, entera, todas las horas del día, su propia vida, sin las regulaciones del Palacio...

Bordar sus maravillosos bordados... las escenas del campo y del mar... los recuerdos de su niñez, porque se había criado en Bulgaria o donde fuera frente al mar...

Y manifestarle su agradecimiento compartiendo con él las labores de la casa...

Quizá poder hablarle. Y ser comprendida por él.

Podía hablar con él. Le pidió, educadamente, que volviera a verla. 

Kim Pérez 23-12-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                                     Singular

Colette, una escritora francesa de primeros del siglo XX, que vivió cuando la bohemia se mezclaba con las vanguardias, al mismo tiempo que Picasso o Cocteau.

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(Este texto es una fantasía acerca de una transexual de Granada que se me pareciera pero no fuera yo)

Saludo a mis amigos y me despido. Francine se viene conmigo, es ya de muy de noche, y ya las calles relucen con el agua y sin los autos. Tengo la sensación de que la ciudad es nuestra casa, las calles nuestros corredores, los bares nuestros cuartos. Esta verdad es más profunda y fuerte que la de las casas particulares.

Doblamos una esquina y llegamos al edificio donde tengo un cuarto alquilado durante este mes. Francine se queda sentada en un banco, una pierna doblada, el pie sobre el asiento, mirando a los brillos de la calle y pensando yo qué sé qué.

Me despido; ella se irá para el cuarto suyo.

Mientras subo las escaleras de madera vieja que llevan a mi cuarto voy saboreando la vida que llevamos, que es exactamente la que siempre deseé y admiré desde que era adolescente.

¡Una vida libre! ¡Una vida sin compromisos previos! ¡Sin convenciones establecidas, sin regulaciones obligadas!

Mis amigos son quienes la comparten porque la aman como yo la amo y la he amado.

Al llegar al rellano del tercero, tengo que darle otra vez al botón de la luz, porque se apaga a esa altura. Vida de artistas, de escritores, de pintores, de homosexuales, de transexuales como yo...

¿Vida de marginales? Pero yéndome a las márgenes, tengo la impresión de que he encontrado el centro, lo que hace sentir que se vive, lo que permite ser sincero con toda naturalidad...

Porque no reconoces ninguna autoridad sobre tí, fuera de tu lógica y tus intuiciones. Los que viven en sus casas ponen por encima el dinero, aunque no se den cuenta.

Al llegar al rellano del cuarto, me pregunto si somos las cigarras opuestas a las hormigas. Yo, por lo menos, tengo algo de hormiga, porque trabajo día a día y sé que ganarse la vida es duro, pero procuro poner el dinero a mi altura, no por encima de mí, un medio de vida, no el propósito de mi vida.

 “Trabajar para vivir, no vivir para trabajar”.

Llego a mi cuarto  y saco el llavín. La vuelta de llave puede entenderse como una firma que dice “en este rincón del mundo, por ahora, duermo yo”. Pero nada más. Mi estancia aquí es temporal, como todo. Depende de algunos hilos que la sujetan. En cuanto se rompa uno, terminará la temporada que estuve aquí.

Avanzo por el cuarto a oscuras, que ilumina sólo la mucha luz que entra por el ventanal. Más abajo, en perspectiva, los miles de puntos de luz amarilla y blanca del Área Metropolitana de Granada.

Me gusta. Es muy hermoso. Pero no quiero que este panorama sea mío. Puede ser que, cuando lo pierda, tenga que ir a otro cuarto lúgubre y oscuro. Pero entonces, esta corona de luces brillará en mi recuerdo, unida a todas las maravillas que la acompañan en estos momentos.

Tengo la impresión de que mi vida es un gran espectáculo inacabable, todas cuyas escenas me sorprenden y sobrecogen, sin haberlo pretendido.

También yo soy parte del espectáculo. Cuando hace años, tenía yo veintidós, me fui a París, me puse nada más llegar un gran chal de la Alpujarra, de lana, con bandas paralelas de colores, rojo, azul, blanco, treinta o cuarenta, casi de un metro de ancho, que tenía que doblarlo para ponérmelo sobre los hombros, y con el que conseguí que los parisinos me mirasen en vez de tener que mirar solo yo a mi alrededor, dejando a salvo mi orgullo.

Estoy sentada frente al ventanal, sin encender la luz. Me gusta mirar la ancha nube de luz, y preguntarme por los miles de vidas que hay bajo ella. Personas transexuales, como yo, a las que no conozco, pero que están ahí, las jóvenes sufriendo, las mayores, más asentadas. Personas homosexuales, con sus aventuras. Personas heteras, criando a sus hijos. También las comprendo, cómo no. Obedecen toda clase de convenciones, por amor de sus hijos.

“Me acuerdo de aquel jefe de ventas de una gran empresa, superconvencional, que cuando murió su hijita de cinco años, no pudo entender la vida, y se quedó en la calle, durmiendo en cuatro cartones. ¿Qué era para él lo más grande, las convenciones o su hija?”

Nosotros vivimos con esta libertad que yo amo. ¿Pero también pendientes de otras personas, o somos unos adolescentes egoístas y eternos?

Yo no tengo hijos; pero si los tuviera, haría lo que pudiera para darles cariño, alimento y libertad. No digo juguetes caros, ni ropita de marca, ni otros excesos. Una casita pobre, con unos árboles delante, es suficiente para que unos niños crezcan felices.

Mi cuarto actual, viviendo sola, puedo y deseo compartirlo con mis amigos. ¡Sentarme junto a alguno o alguna, como ahora estoy, disfrutando de este panorama!

¿Pero dejar entrar a cualquiera en el cubil lleno de lanita en que criase a mis hijos? ¿Dejar que los perturbara?

Una vez invité a quedarse en mi casa a una vieja completamente abandonada que estaba con nosotros en un bar y a la que no pude despachar pensando que se iba a la noche fría y solitaria.

 “¡Guarda para la vejez!”, me dijo a la mañana siguiente, mientras desayunábamos, antes de que me fuera a trabajar.

“¡Cuando seas vieja, nadie te querrá, y lo que no tengas, nadie te lo dará!”

Al cabo de una semana, al volver un día, me encontré con que ella misma, Annie, inglesa, discretamente se había ido. Habría encontrado algo.

Procuro tenerlo en cuenta.

Lo que me fascina, se llamaba bohemia a fines del siglo XIX.

¡Las buhardillas! ¡No se diferenciaban tanto de mi cuarto, excepto en que las estufas, si las tenían, eran de leña!

¡Las bufandas!¡La absenta, o el coñac, para calentarse!

¡La política o la antipolítica, la acracia, el sexo libre!

¿Puede ser la libertad del sexo lo que más se desee, el fondo de todas las bellezas ocultas y deseadas, las fantasías medio llevadas a la realidad, el secreto de nuestras vidas?

No para mí: lo que me atrae es la libertad de la creación frente a los convencionalismos rutinarios.

Yo, por lo menos, pretendo escribir siempre lo nuevo, como quien anda por parajes desconocidos y va descubriendo planetas nuevos.

Otros lo pretenden con la pintura, o con el cine.

Con talento o sin talento, con resultados o sin ellos.

Yo soy un joven artista. ¿Una? En el arte no hay un ni una, pero siempre tiene que haber libertad.

¿Pero cuántos bohemios sucumbirían alcoholizados por la absenta o en hospitales de caridad?

Hay que tener tiento, no se pueden llevar las ideas hasta sus últimas consecuencias, porque son sólo ideas, vapores cerebrales, hay que ponerlas a prueba en la vida material, y sacar consecuencias.

Ayer estuve en un bareto ácrata. Era humoso y cordial. En una mesa, dos personas jugaban al ajedrez. Se ensanchaba el corazón. Pero de pronto me di cuenta de que el humo era de porros, que todos se los liaban.

Creo que puede perjudicar al cerebro. Yo no quiero nunca perder la lucidez. Si fuera posible no dormir, yo no dormiría. Aunque sólo fuera para tener a la vista los delicados equilibrios que forman mi vida.

Mi vida es libre, de una manera natural, aunque yo no lo pretenda.

¿Cómo iba vestida esta tarde, con mis amigos, en el bar de todos los días, un bar aseado y convencional?

Pues con mi pelo rizado natural, castaño, formando una aureola, que cada vez se pone más grande.

Llevaba este chaquetón gris, de lana, y encima una bufanda larguísima rosa. Pantalones azules oscuros.

Con mi talla de baloncestista, daría una imagen nada convencional. Pero quiero subrayar que no he estudiado mi imagen. Esto es lo que sale de mí, lo que me apetece llevar.

Creo que me parezco a Colette, en la fotografía superior, una escritora francesa de primeros del siglo XX, que vivió cuando la bohemia se mezclaba con las vanguardias, al mismo tiempo que Picasso o Cocteau.

Pero no la imito, simplemente coincido con ella.

Mis amigos, de manera natural, también son libres. De hecho, somos amigos porque somos libres, pero tampoco nos hemos propuesto que fuera por eso, sino que nos hemos ido juntando de manera natural porque somos compatibles, y nos encontramos a gusto juntos.

No estoy sola. Estoy con ellos. Cada uno a nuestra manera, nadie convencional del todo, pero todos convencionales en algo, en la medida en que nos conviene.

Todos trabajamos o estudiamos con naturalidad. Todos vamos a procurar guardar para cuando seamos viejos, viejas o viejes. Todos tenemos a la vez vidas singulares. Varios son homosexuales o lesbianas, varios, varias o varies somos transexuales, de las muy diversas y matizadas formas que se puede ser transexual, una es feminista y hetera... Es más fácil ser singular cuando eres disidente sexual...

Jean Genet era escritor de genio, homosexual y delincuente, el último de la última vanguardia. ¿Seremos como él, nos hundiremos en las profundidades de la delincuencia, la cárcel, la contravención sistemática, el placer terrible, el desengaño?

No llegaremos a tanto. Los tiempos no son ya tan duros, tan convencionales. Hemos abierto brecha. Es posible trabajar y estar fuera de los armarios. Trabajamos para ganarnos la vida día por día y para guardar para la vejez. Y a la vez, la gente nos mira, presta el oído, intenta comprender o se estremece de odio. Somos singulares.  

Kim Pérez 13-12-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                   Una experiencia entre otras, genitales no

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Quizá lo más significativo para explicar mi transexualidad es que los genitales que había en mi cuerpo me parecieran postizos, algo que no guardaba continuidad con el resto del cuerpo, añadido, encontrado.

Porque quizá indicaba una falta de continuidad en algo que es hipotético, pero sobre lo que una vez leí y me parece muy interesante: una “imagen corporal” que correspondería en el cerebro a la estructura corporal.

Insisto, como siempre, en que hablo de mi transexualidad, y en que otras pueden ser muy distintas. Sé en particular que hay personas mucho más femeninas que yo y que no necesitan operarse. Y sin embargo son muy conscientes de su feminidad, definida, explícita, cosa que a mí no me ocurre. Yo soy más bien intersexual, o extrasexual, o masculina andrógina, o algo así.

Sin embargo es posible que todas o muchas transexualidades tengan un origen común, en la androgenización diferenciada del cerebro, en la edad prenatal, que luego se elabora consciente, social y culturalmente.

Aquí se acumulan hipótesis que un día podrán ser comprobadas o falsadas. Pero si es verdad, como me figuro, que la androgenización del cerebro, en la gestación, puede diferenciarse de la del resto del cuerpo, esto explicaría que en mi caso el cerebro no pueda reconocer unos genitales, en un sentido de la palabra reconocer muy parecido al informático.

La prueba de esta falta de masculinidad cerebral puede estar en que tuve que enterarme por un libro de que los hombres sienten un impulso de penetración. Yo nunca lo he sentido, y me cansa nada más imaginármelo.

Con toda facilidad, en cambio, puedo dejarme hacer, pasivamente, aun sin deseo.

Por tanto, mi cerebro no sería masculino en la dimensión determinada de la sexualidad, lo que le llevaría a no entender los genitales masculinos, ni la sexualidad masculina y hasta a repudiarlos precisamente como postizos.

Por defecto, un cerebro no masculinizado, no androgenizado, es un cerebro femenino, puesto que la feminidad es la condición básica de todos los seres, sobre la que se superpone la androgenización en más o en menos.

Sin embargo, esta feminidad básica de mi cerebro en sus estructuras que rigen la sexualidad y, supongo, la imagen corporal, si existe, es compatible con que la androgenización haya llegado a otras estructuras, en particular a la orientación, que en mí es básicamente ginéfila (sin llegar a la sexualidad), o a otras como el interés masculino algo impersonal por los vehículos, quizá como expresión de un sentido fálico de la vida.

No tengo apenas interés por la combatividad, tan masculina. Veo a los niños jugando a guerras, o pidiendo muñecos guerreros, musculosos y duros; o disfrutando de las películas llamadas de acción o sublimando esos combates en deportes jadeantes y sudorosos como el fútbol, y no me interesa nada, sino que me decepciona. No ya interés, sino contrainterés.

Las películas de acción me aburren y repelen en cuanto empieza la violencia. Sin embargo, tengo un sentido épico de la vida, que representa la lucha en un nivel superior, no violento, en especial la lucha ideológica, o la emulación nacional, todo lo cual me apasiona por su sentido final, no por los medios.

Es como si la androgenización prenatal del cerebro fuera extremadamente matizada, tocando ciertas áreas y no tocando otras, y todo en cuestión de más o menos.

Pero hay que observar que esa androgenización diferencial es un hecho natural, que no tiene nada de patológico; todas las androgenizaciones de todos los seres son diferenciadas.

En primer lugar, por el carácter de flujo sobre la criatura en gestación que tiene la androgenización; todos los flujos son diferentes, aunque sea mínimamente diferentes, cuantitativa y cualitativamente.

Esto hace que la androgenización sea diferente en cada uno de los hombres, mujeres o intersexuales, o más provocadoramente dicho, que todos somos  intersexuales en un poco o un mucho.

Esta graduación de la androgenización es fundamental para nuestra civilización. No en vano se puede observar que los hombres hiperandrogénicos son tan combativos como ideológicamente simplistas, que los mesoandrogénicos suelen ser trabajadores y buenos padres de familia, y que los hipoandrogénicos suelen ser científicos y artistas.

¿Es  molesta esta visión bioquímica del sexo? ¿Pero se puede negar que ésta sea la realidad, y que la bioquímica merezca la mayor atención?

Por otra parte, ¿se pueden llamar patológicas a estas variaciones naturales de la androgenización?

Supongamos que se piensa que deberían prevenirse algunas de estas variaciones y someter a las criaturas en gestación a una revisión endocrinológica y a una homogeneización medicamentosa.

¿No serían lienzos enteros de nuestra civilización los que sucumbirían o se verían amenazados, especialmente la contemplación científica, artística o mística, que parece asociada a ciertos niveles de hipoandrogenia, en la medida en que disminuye la dominancia de los impusos musculares androgénicos?

Por eso, no se puede hablar de que la transexualidad sea patológica, pues es un caso de la intersexualidad general humana, sino que los problemas que la acompañan son sólo desajustes con los muy restringidos conceptos sociales de género, que suelen ser por simplificación muy binaristas.

Lo que sí sé es que para mí, en cuanto estuve operada, sintiéndome más bien asexual que femenina, comenzó un estado de bienestar y distensión.

Es verdad también que cuando intento volver a imaginarme como masculino, esta fantasía funciona con más o menos esfuerzo mientras la refiero sólo al género, pero en cuanto la refiero a los genitales se transforma en obsesiva y fóbica.

Fobia que no es patológica, sino consecuencia de haberlos visto en mí con la sensación de que no deberían estar allí y de que sin embargo, era sólo un sueño, muy difícil, quitarlos, limpiarlos de mi cuerpo, hasta el punto de requerirse una operación quirúrgica y de que conseguirla era muy complicado.

Entonces, obligada a estar a ese lado, veía a los varones y me obsesionaban sus genitales, que me desagradaban por definición; este sentimiento de desagrado profundo se renueva cada vez que me pregunto si a fin de cuentas yo hubiera podido adaptarme como varón; preferiría que no los tuvieran, que la reproducción humana fuera de otra forma; por eso me considero a veces extrasexual; que fuera por un beso, por la boca, por ejemplo.

Sólo vuelvo a distenderme cuando pienso que ya no están en mí. Entonces puedo pensar relajadamente en otras cosas e incluso aceptar que esos órganos estén en otras personas sin agobiarme ni obsesionarme y hasta que me parezcan inofensivos.

En mi experiencia, le imposibilidad de reconocer mis genitales como míos fue lo que me hizo transexual. En otras personas, puede ser la hipoandrogenización cerebral de otras partes del cerebro la causa última de su transexualidad.

No me atrevo a hacer ninguna exposición detallada sobre esta posibilidad, porque no la conozco todavía. Con arreglo al método que estoy siguiendo en esta serie, invito a las personas que estén en este caso a escribir su propia narrativa, para sí mismas o para que otras la podamos leer y avanzar en nuestro mutuo y general entendimiento. 

Kim Pérez 08-12-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                             Cambio de sexo sin cambio de género

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Algunos grupos estamos planteando la despatologización transexual, en términos negativos, que traducido a los positivos, quiere decir nada menos que autonomía transexual.

La autonomía transexual empezamos a ejercerla  cada cual cuando sabemos lo que queremos y lo que no queremos, desde dentro, desde nuestro interior, independientemente de lo que nos digan desde fuera.

Hemos empezado a ejercerla cuando hemos decidido que queríamos cambiar de género o de sexo o de los dos, por razones, por sentimientos muy hondos, muy complejos, que sólo cada cual conoce.

Nuestra autonomía ha empezado a consistir, justamente, en saber lo que queremos, exactamente, definidamente; o en saber lo que es más importante o lo secundario para cada cual; o a lo que podemos renunciar y a lo que no queremos renunciar.

Conociéndose, sabiendo nuestra propia historia como sólo cada cual puede saberla, conociendo nuestras circunstancias, nuestros amores, nuestras obligaciones...

En este proceso de autonomía transexual, algunas personas nos planteamos en el pasado o el presente el cambio de sexo sin cambio de género.

Yo fui una de ellas, y por tanto puedo explicarlo en primera persona.

En 1992, había comprado por fin una casa, con una hipoteca a veinte años, para mí, y para mi madre, a la que tengo a mi cargo, y que entonces tenía 74 años.

Mi trabajo era como profesor de secundaria en una cooperativa de enseñanza. Tenía ya 51 años. Medía 1’87, mi voz era profunda, mis pies tenían una talla del 45.

Quería cambiar de sexo desde los 13 años, pero estaba convencida de que mis circunstancias ya me lo impedían.

Cuando me vi al borde de la locura o de la muerte (por un ictus cerebral), dada la tensión en que vivía, empecé a tomar mis decisiones.

Y las tomé. Durante meses, pensé que sólo podría cambiar de sexo sin cambiar de género. Hubiera sido suficiente para mí.

Mi transexualidad estaba muy centrada, tenía su centro, su dimensión más agobiante, en el rechazo a los genitales y todo lo que representaban para mí.

Creo que por entonces me conté a mi misma un cuento: si yo fuera condenada a vivir perpetuamente en una isla desierta, pediría antes de irme que me operasen.

Nadie me iba a ver el resto de mi vida; pero sería sólo por mí.

Sólo por poder decirme: “Ya está; ya estoy limpia; ya puedo estar día tras día en estas playas, entre las gaviotas, pero siendo como yo quiero”.

Se podrá comprender que, con estos sentimientos, en la vida real, una vez operada, sería feliz con sólo estarlo, con sólo saber cómo era ya mi cuerpo, aunque tuviera que seguir vistiendo con ropa de hombre y siendo tratada como hombre.

Para mí, lo primero era lo primero. Casi lo único.

En cuanto a salir de mi aislamiento, sólo aspiraba a poder hablar con otras transexuales, a contar con su amistad y su compañía, a que me acogieran entre ellas, y pude hacerlo realidad.

De hecho, opté por llevar ropa ambigua, chándales, y me operé (eran otros tiempos)

Tardé casi dos años, después de operada, en ponerme por primera vez una falda. Me daba igual. Yo era muy feliz. Yo sabía ya cómo era mi cuerpo.

Y vivía entre transexuales.

Es verdad que mi trabajo me permitía desarrollar plenamente aquel estilo ambiguo, porque era mío, como socia cooperativista. Como me dijo un compañero, “hay derechos que no nos gustan, pero que son derechos”.

Desde luego, si hubiera trabajado por cuenta ajena, me hubieran puesto en la calle en el primer momento ¿Y qué hubiera sido de mi hipoteca; y de mi madre?

A la vez, mis amigas transexuales, me fueron convenciendo de que mi 1’87 no era una barrera insalvable, y ya me decidí, y cambié de género del todo, y no se hundió el mundo.

Pero, con todo lo que he contado, sé que hay quienes son exactamente como yo, y no pueden cambiar de género.

La razón suele ser simplísima: su trabajo y su familia.

Trabajan por cuenta ajena y saben que serían despedidas ipso facto.¿Se buscan otro trabajo? ¿En crisis?

¿Hacen oposiciones? ¿Es fácil ganarlas?

¿Ponen una tienda? ¿Es un negocio seguro?

Y puede ser que tengan responsabilidades familiares. Personas que dependen de ellas. ¿Pueden olvidarlas?

En este caso, la autonomía transexual de estas personas puede expresarse de esta manera: “quiero cambiar de sexo sin cambiar de género”.

Pero con nuestra actual legislación, eso es casi imposible.

Frente a nuestra autonomía, la ley española prevé una heteronomía, una tutela.

Si la autonomía es decidir desde dentro, la heteronomía es decidir desde fuera, una persona que decide sobre la vida de otra, con sus propios criterios, o más bien con criterios aprobados por personas que no son transexuales.

En esta heteronomía, puede ser que que los protocolos no distingan bien entre sexo y género.

Y que los organismos decisores crean que no hay matices de género, o matices de sexo, o que cambio de sexo total tiene que ser igual a cambio de género total.

Puesto que no son transexuales, no pueden entender los infinitos matices que hacen diferentes las vidas de las personas transexuales.

Frente a esta variedad de la vida real de las personas transexuales, el llamado “test de la vida real” que los organismos decisores están aplicando representa una homogeneización, además convencional, de lo que puede ser la llamada vida real de las personas transexuales, que hace de ellas mujeres u hombres de las películas de los cincuentas, modelos únicos.

Frente a esa homogeneización impuesta, heteronómica, las personas transexuales podemos decir:

“¡Ésta es mi vida real! Las circunstancias a las que debo atender, mi apariencia, mi trabajo, la familia a la que amo! Aceptaré consejos, pero no imposiciones!”

La autonomía transexual tiene el valor histórico de relativizar el género y también el sexo. El sexo es mutable, si es necesario. El género no es algo  inmutable. No es tampoco algo que la sociedad deba imponer.

Es la expresión cultural del sexo. Por eso, el género es de hecho libre, y siempre lo ha sido, aunque las personas variantes de género hayamos sido profusamente insultadas.

La autonomía transexual permite justamente la expresión libre del género, hasta en el caso extremo, en que el cambio de sexo no va acompañado por un cambio de género.

Todas las formas de género, masculinas, femeninas o ambiguas son libres, son expresión de los más profundos derechos humanos, constitucionalmente reconocidos.

No se puede suponer que a un sexo determinado debe corresponderle un género determinado (una expresión sociocultural determinada del sexo)

Por tanto no se puede suponer que a un cambio de sexo total o parcial debe corresponderle un cambio de género total o parcial.

Ni tampoco que a un cambio de género total o parcial deba corresponder un cambio de sexo total o parcial.

Ni menos que todos esos cambios puedan ser muy matizados (hormonación sin operación, cirugía mamaria sin cirugía de genitales, vida como fueragénero, todas las sutilezas que practicamos las personas transexuales)

Y por eso, la heteronomía no tiene lugar en nuestras vidas. El consejo, la información, sí, pero finalmente proclamamos nuestra autonomía para organizarlas.  

Kim Pérez 29-11-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                Un camino Transexual (VII)

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Una mujer de unos cincuenta años, alegre y expansiva, le dijo una vez: “¡Yo no entiendo de mujeres!”

Está claro que quería decir que no sabía lo que las hace atractivas o no atractivas para cada hombre; es decir, que era hetera.

Sabía lo que haría a los hombres atractivos o no para  cada mujer, lo que lo haría atractivo para ella, tan diferente a fin de cuentas.

Él oyó esas palabras pensativo; le recordaron lo que siente a menudo. Tampoco él entiende de hombres. Le sorprende cuando muchas mujeres declaran guapo a alguno que a él incluso le desagrada.

En cambio, entiende de mujeres. Sabe las sutilezas de la atracción. No consiste en esto o en lo otro, sino en la atracción misma.

El otro día estuvo mirando con placer a una presentadora de televisión. Encontraba especialmente agradable su boca risueña, ancha, llena de dientes, de labios flexibles que subían o bajaban con gracia, por trozos, imprevisiblemente.

Le agradaban sus ojos suaves, también alegres y sin embargo, dormilones, como decía una canción.

No era delgada, juncal, apretada, sino ya ligeramente maternal, aunque joven, y sin embargo le agradaba la sensación de sus pesos y sus suavidades,  sueltas bajo el vestido ancho, y moviéndose también arriba y abajo dentro de su holgura.

En fin, después de hacer este análisis detallado, no le quedaba duda de que entendía de mujeres. No podría decir lo mismo, tan detalladamente, de un hombre. Es decir, para él, que estaba planteándose a la vez el hecho de su transexualidad, esto era una prueba de que su orientación funcionaba como la de un hetero.

Y por tanto, era algo deprimente.

Con saña, para rizar el rizo, podía observar también que podía detallar exactamente, por lo menos dentro de su imaginación, lo que diferenciaba a Marilyn Monroe de sus imitadoras.

Dicho brevemente, perfección y gracia a un lado; imperfección al otro.

La escena del vestido encima del chorro de aire se puede imitar, pero no igualar ni superar.

Le agradaría ver a esa presentadora o a Marilyn pasando por su casa, siendo su compañera de piso.

Le agradaría tomar sus manos entre las suyas, aunque advertiría enseguida con desagrado que eran demasiado pequeñas e inertes.

Le agradaría tener el derecho a besarlas, a percibir el aroma de sus cuerpos, a soñar con cielos y estrellas mientras las besara, pero nada más.

Le fastidiaría, le cansaría, le agobiaría tener que ir más lejos.

Hasta ahi llegaría su heteridad.

Y desde luego, a percibir como una intromisión la irrupción de cualquier hombre, áspero y pinchudo, en aquella dulzura.

Todo ello le revela que su heteridad es limitada, insuficiente, y desde luego,  física.

¿Puede imaginarse  una vida, no una vida sexual, unas aventuras, al lado de la presentadora?

Sí; sería agradable ver frecuentemente su sonrisa.

Verla a diario, mañana y tarde. Recordar momentos, en las calles, en los bares, vividos junto a ella.

Observarla, aprender de ella. Para eso tendría que salir de sí mismo, de su autismo, abrir su mente a otra realidad tan distinta.

Aunque a la vez, insiste, no tendrían vida sexual, le fastidiaría que ella estuviera centrada en su deseo de maternidad, demasiado primitivo, tosco, instintivo, y más aún que su cuerpo se transformara en el de una madre. ¡Qué horror, los pezones lactantes!

O sea, que eso no funcionaría. Llegado a un punto, tendría que decirle: “Ya no puedo más”.

Le maravilla que funcione para los hombres heteros.

O sea, tendría que volver de nuevo a su soledad.

Y allí se encontraría a un muchacho al que entendería por dentro, porque también estaría solo.

Y entonces empezaría otra aventura de hermandad, comprensión y compañía.

Y tirarían juntos piedras planas al mar plano para que rebotasen.

Una mañana tranquila, azul suave y luminosa.

Y ahí empezaría otra aventura.

El cariño y la comprensión les haría abrazarse al caer el día y llegar la noche.

Y los abrazos traerían con naturalidad el sexo.

Y luego se levantarían, riendo, y bajarían a la calle a desayunar en una cafetería, entre los naranjos y el sol de la mañana.

Y en esta aventura no tendría el primer lugar la atracción física, sino las almas necesitadas de compañía y de comprensión. 

Kim Pérez 22-11-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                             Feminismo en el No-binario

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¿Existe el Patriarcado? ¡Sí, existe el Patriarcado!

Quien lo dude, puede verlo hoy mismo en estado casi puro en la actual Arabia Saudí.

Ahí, como en la antigua Grecia, como en Roma, procede de las tradiciones mediterráneas del Neolítico, que en cada parte han seguido su propia evolución.

En Arabia Saudí se llega incluso a una forma estética muy simple: los hombres visten con túnicas blancas y las mujeres se cubren con velos negros.

El Patriarcado es un sistema de dominación de los maridos sobre sus esposas. 

La dominación es siempre binaria: dominador frente a dominado. No se admite a un tercero, porque puede alterar la paz dominical con sus imprevisibles alianzas.

Por tanto, el Patriarcado crea binarismo de sexogénero.

Cuyo significado fundamental es éste: hay dominadores y dominadas.

Que se identifican como varones y como mujeres. Unos y otras, estereotipados en función de la dominación (“hombres masculinos” y “mujeres femeninas”, nada intermedio)

Por procesos básicamente de cambio tecnoeconómico y, como consecuencia, cultural (V. Gordon Childe), las sociedades pueden experimentar procesos de cambio de largo alcance.

Las fuerzas económicas que sostienen el binarismo pueden ir debilitándose, lo que hace tambalearse las certezas culturales.

El feminismo nació y adquirió fuerza así, como movimiento de emancipación de las personas dominadas, las primeras, las más numerosas, la mitad de la población, las definidas como mujeres.

En España, el Patriarcado ha existido hasta hace pocos decenios: las mujeres casadas necesitaban la firma de su marido para viajar y desde ahí en adelante.

Si hoy las cosas son diferentes, es por obra del feminismo, que ha hecho ciudadanas iguales a la mitad de la población.

Pero la tarea no está acabada.

En una estructura binarista, de "dominadores frente a dominadas", la ruptura de la dominación empezó teniendo trazos binaristas, los de "dominadas frente a dominadores".

Conforme se ha ido deshaciendo la dominación, y la quimera binarista asociada con ella, han ido apareciendo otras realidades que estaban semiocultas, relegadas a lo “nefando”, “de lo que no se habla”:

Los hombres homosexuales, tan oprimidos o más que las mujeres, condenados a irrisión, cárcel o  muerte (todavía hoy en algunos países), en la medida en que su homosexualidad fuera conocida...

Las personas variantes de sexogénero, que no tenían lugar en un sistema binarista, que concebía sólo dos sexos, dos géneros, dos orientaciones, aunque para que todos cupiéramos en el “dos” hubiera que meternos a empujones...

A medida que la antigua cultura se va deshaciendo, aparece cada día con más claridad que vivimos en un No-binario, que ha existido siempre, aunque no era reconocido.

Ahora, en la medida en que la quimera ideológica binarista está en parte deshecha, pero en gran parte subsiste por la fuerza de la inercia cultural, la emancipación de las personas dominadas por el binarismo de sexogénero debe consistir en una tarea no-binaria que ponga delante de los ojos la realidad del No-binario.

¿Qué quiero decir? Muy claro: el feminismo, la primera fuerza emancipadora anti-binarista, debe convertirse en un feminismo no-binarista; dicho al revés, ya no es posible, es una contradicción en los términos, un feminismo binarista.

El descubrimiento del No-binario debe ir acompañado por la apertura a la participación en las tareas feministas de los varones y de las personas variantes de género, todos los que comprendan lo que es o debe ser una nueva sexualidad sin dominación.

El movimiento GLBT también tiene que cambiar ante la evidencia del No-binario.

Habrá también inercias, resistencias, estereotipos, pero no contraposición de intereses fundamentales, y se extenderá también la constatación de que  las identidades definidas hacia 1960, hace medio siglo, en un contexto extremadamente binarista, orientaciones binaristas, identidades binaristas, deben abrirse al No-binario, y a su multiplicidad de formas, unas definidas y otras definidamente indefinidas.

Ha hecho ya mucho conceptualmente por esto la Teoría Queer, pero en la práctica se ha quedado en una forma de elitismo.

Ahora, cuando el No-binario se extiende ya, bien visible, ante nuestras miradas, comprendemos que no se trata de inventar nada, puesto que todo ha estado ahí siempre, sino de aceptar la realidad de lo que se ve.

¿Qué es lo que hay, qué es lo que vemos?

¿Hombres más masculinos que menos, más heterosexuales que menos, felices de serlo?

Pues los hay, faltaría más. Sólo se desprenden de la quimera de dominar a otras personas, la quimera de dominación, la quimera binarista.

¿Pueden ser admirables, seguros, enérgicos? Sí; se les puede admirar, precisamente porque no avasallan.

¿Puede haber junto a ellos hombres sensibles, delicados, tiernos, artistas, bailarines, poetas, filósofos?

¿Por qué no, si los hay? 

¿Mujeres más femeninas que menos, más heterosexuales que menos, felices de serlo?

Pues las hay. Sólo se desprenden de la falacia  de que han nacido para ser dominadas.

¿Pueden ser tiernas, delicadas, maternales? Las que se sientan así, sí, como un acto de libertad.

¿Puede haber junto a ellas mujeres enérgicas, políticas, científicas, aventureras?

¿Por qué no, puesto que las hay?

¿Qué es lo que no veíamos y ahora vemos?

Que junto a ellos y entre ellos hay personas que somos más o menos hombres, más o menos mujeres, más o menos ambiguas...

El No-binario, con la transparencia de su aire, nos permite ver que hay unas personas que dicen: “Yo quiero estar en el lado de los varones”.

Y otras: “Yo quiero estar en el lado de las mujeres”.

Y otras: “Yo quiero estar entre los hombres y las mujeres”

(En todos los casos, prevaleciendo la voluntad, lo consciente, sobre las realidades anatómicas, puesto que la dignidad humana está en la consciencia) 

¡Es tarea del movimiento de emancipación, primero feminista, luego también GLTB, que frente a la dominación binarista todas puedan hacer lo que esté en su consciencia respecto a su identidad!

Y también, por lo mismo, hay unas personas que dicen:

“Yo amo a los hombres”

Y otras: “Yo amo a las mujeres”.

Y otras: “Yo amo a hombres y mujeres”.

Y otras: “Yo amo a quienes no son ni hombres ni mujeres”.

Y otras...

¡No nos inventamos nada! ¡Todo esto es la realidad!

¡Una realidad no dividida en dos, sino en muchas más partes! ¡Una realidad no-binaria!

Que ha existido siempre. Sólo que ahora empieza a ser respetada.

No es tan simple como el blanco y negro que sobrevive en parte de nuestra Tierra. Es tan variada y alegre como el arco iris.

Kim Pérez 15-11-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                             Camino Transexual (VI) 

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Como aquí estoy hablando en papel (virtual) a lo mejor no queda claro que mucho de lo que cuento sucedió en papel (cartas) o en la imaginación, y que estuvo lejos de la realidad material.

Pues si no ha quedado claro, ya lo está.

En cambio, ha presenciado la realidad material en la compañía de su amigo Jota, con quien vivió de nuevo sus triángulos habituales.

Él es gay, y tenía sus amores, como es natural. Pero para la persona de quien estamos hablando era suficiente con gozar de su confianza.

Y con saber que a veces era mayor que con sus amantes.

La amistad íntima es algo muy grande. Pueden imaginarse incluso que, alguna vez, se vayan a la India, y vivan en un bungalow con un gran porche (y mangostas para echar a las serpientes)

Jota con un amante, ella como una amiga con quien hablar y tomar el té.

Pero en la realidad, se forman de pronto extrañas barreras o sentimientos de lejanía que no comprende.

Quizá porque en esta amistad falta el sexo, que todo lo rompe y todo lo arregla de otra manera. Funda la intimidad en otro capítulo de la novela. Pero a ese capítulo no van a llegar nunca ¿Barrera? ¿No son intocables mutuamente? ¿Habrá más barrera?

Quererse. Desearse. Tocarse. Abrazarse. Fundirse. Salir de la experiencia convertidos en dos personas en una. Ésa es la secuencia del sexo.

De todos modos, la persona de la que estoy hablando siempre ha sentido muy poco cualquier deseo turbulento, obsesivo, tembloroso, hacia otra persona. No sabe lo que es la pasión sexual, sólo el acercarse difícilmente, lentamente, inseguramente, y para echar a correr enseguida.

Hasta que este verano, con las calores incendiarias, lo sintió imaginariamente, pero con tal intensidad que lo anotó como un episodio real de su vida, algo que puede contar y tiene que contar.

Durante dos meses vivió obsesivamente, placenteramente, sensiblemente, turbulentamente, etcétera, sintiendo el deseo en su mente y en su cuerpo.

El objeto de su deseo eran necesariamente hombres muy duros.

Puede ponerles cara. Eran como aquel actor de ojos achinados  y entornados, de nariz  fruncida, de labios gruesos y apretados, de una película de cuando todavía estaban de moda los hombres duros.

Tenía la cara atezada por el sol y llevaba un sombrero de campaña hecho un guiñapo y una cazadora o algo así sin duda sudada y maloliente.

Un hombre al que había que respetar, sin duda. Un hombre de los que existen como prodigios de seguridad y confianza en sí mismos.

Y encima, estos hombres suelen ser respetuosos con las mujeres. Sólo los cobardes las maltratan.

Le sorprendieron las fantasías relacionadas con estos hombres, su duración, su intensidad.

Deseaba en ellas haber sido una muchachilla a su lado, quizá tan polvorienta y mugrienta como alguno de ellos, pero con un sentimiento fundamental de respeto y admiración hacia él y sabiéndose fundamentalmente querida, protegida y segura en su compañía.

Gozando de la sensación de su poder en el vértigo de la unión sexual.

Como se goza de la imagen de los astros que nos envuelven en la noche.

Esto le enseñó varios enigmas acerca de sí misma. 

Kim Pérez 08-11-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                             Camino Transexual (V) 

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Lo que no puede explicarse fácilmente es cómo ese sentimiento de desagrado hacia los hombres ha podido ser compatible con la búsqueda continua del amor hacia un hombre.

La primera explicación la sabe. Siguiendo los esquemas binaristas que había en su mente, después de todo lo que le pasó, el deseo ardiente de ser mujer, o mejor dicho, de refugiarse en la vida de una mujer, fue acompañado del deseo de ser en todo como una mujer, y por tanto de amar a los hombres.

Le era más fácil plantearse el amor a un hombre que el amor a una mujer en el que tuviera que verse como hombre.

Pero esto no funcionaba; no le atraían los hombres; más bien le repelían, como he dicho.

“¡Lejos, lejos de mí!

“¿Cómo me parecéis? ¡Pues feos, antipáticos, malolientes, desagradables!

“¡Como los machos de las focas!”

Había matices distintos en sus sentimientos, desde luego.

Desde siempre, desde que había empezado a formar la Mujer en el Espejo, había deseado que un hombre la viera.

Precisamente un hombre. Un hombre cualquiera.

Sabía que, para existir, tenía que recibir la mirada de un hombre.

Sentir su admiración, su deseo, su protección.

Todo lo que le faltaba en su vida cotidiana en el colegio.

En la que encontraba menosprecio, indiferencia o rechazo y las sutiles agresiones de las miradas frías y despectivas, las palabrillas burlonas de vez en cuando, el no contar con él para nada...

¿No sería ese hombre idealizado que lo mirara idealizadamente como mujer el reverso posible e invisible de los muchachos con los que convivía?

¿Los aborrecía verdaderamente o aborrecía lo que le hacían?

En su búsqueda constante de la posibilidad de amor por un hombre hay varios hitos o momentos en los que creyó acercarse a él.

El primero fue Walter, cuando él tenía cinco años y Walter, seis.

Un niño mayor, por tanto. Tenía unos libros maravillosos, con desplegables que se ponían en pie al abrir la página. Era un muchachillo seguro. “Sabía más que yo. Tenía más cosas que yo. Podía enseñarme, guiarme en la vida. Ser mi hermano mayor”.

Fue también una visión idealizada. Estuvo sólo una tarde, o una hora, en compañía de Walter. Era el hijo de unos alemanes que vivían en el piso de arriba. Sus propios padres, o su madre, habían subido un momento, de visita, y los niños se fueron al despacho, con una lámpara de pantalla de luz suave, en el que Walter, sentado en el gran sillón de su padre, le mostró sus libros.

Luego, no se volvieron a ver nunca. El muchachillo sintió siempre el deseo de un hermano mayor. Primera forma de amor por los hombres.

Catorce años después, un mundo, un siglo, algo parecido fue lo que sintió por Philippe. Y mucho más estable, mucho más duradero.

La experiencia sentimental más hermosa de su vida. Pero puramente mental, porque fue una amistad por correspondencia, sostenida sólo por el papel de las cartas, que todavía guarda, como el mayor tesoro de su vida, donde se despliega todo su cariño, su admiración, su ternura, su añoranza. Su frustración más absoluta, pero predomina la fuerza de aquella imagen juvenil, y de las esperanzas que despertó.

Quizá para otra vida.

Él tenía diecinueve años, era alto, delgado, moreno, melancólico, y Philippe también diecinueve, rubio, al principio también delgado, quizá menos alto (intercambiaron fotos), pero seguro, alegre, viajero (su padre era diplomático y habían estado en Buenos Aires y el Congo Brazaville), sabía conducir y viajaba con naturalidad de Suiza a su casa cerca de Chantilly, junto a París...

Philippe era homosexual y le contaba sus continuos amoríos, pero se los contaba a él, seguro que con sus amantes no hablaba, y lo hacía con ternura y unas expresiones tan cariñosas que todavía le conmueven, “mon petit chéri”, “je t’embrasse”, “quand le blond rencontrera la brun?” ...

Él sentía que con esa “relación a tres”, Philippe, sus amantes y él, le era suficiente.  No sentía deseo, le resultaban incomprensibles las descripciones eróticas, pero sentía y compartía la ternura que Philippe le daba.

No acababa de comprender su transexualidad. Decía que le daba igual que le gustara vestirse de cualquier cosa. Le parece que entendía que era una especie de fetichismo.

Desde luego, le llamaba siempre en masculino en sus cartas y lo veía como un amigo. Por su parte, él tenía diecinueve años y sólo sabía que le gustaba ser amigo de Philippe y que podía transigir con esa percepción, aunque le apenara.

¿Sería posible que llegara a gustarle precisamente como mujer? No sabía que no.

Porque mantenía la esperanza de que la ternura mutua hiciera el milagro.

Llegaron por medio unas fotos sorprendentes de Philippe, que había hecho culturismo, y estaba rubio, musculado y radiante bajo el sol en una playa de Francia. En un par de años, de la apariencia tímida, había pasado a otra naturalísima. Muy guapo, labios fuertes, mirada oscura y afectuosa. Ahora sabe que no era él, pero aquellas imágenes le pusieron figura a la alegría y seguridad que transmitía.

Sabía cómo era su casa, un chalet con un jardín de césped y madreselva sobre un muro. Sabía cómo era la ventana de su cuarto, y el paisaje de verdor y otros tejados que desde ella se veía.

Ansiaba llegar a su casa y compartir todo aquello que le parecía lleno de ternura, por encima de la sensualidad.

Por fin se produjo el momento en que pudo viajar a Francia para pasar allí unos meses.

Le escribió a Philippe; y recibió la respuesta de que Philippe había muerto.

Conoció a otro Philippe, su primo, un hombre de treinta y un años, también homosexual. No entendió entonces lo que había pasado.

Estuvo en su casa, que era como se la figuraba, sentado junto a su primo en el gabinete, delante de una librería, en un sofá. Aquella noche, durmió con él. No sintió nada, hoy se asombra de no recordar nada.

Cuando volvió a España, estuvo buscando, durante años, a otro Philippe.

Creyó encontrarlo en un joven poeta, Pablo, pero no; no le gustaba la forma de su cabeza.

Después en un amigo cuya amistad mantuvo varios años. Era hetero, y con él y su novia, una muchacha excelente con la que también se encariñó, creyó que se repetía más o menos el esquema del trío que había soñado con Philippe. Pero no encontró la misma ternura en él.

Ahora, al recordar todo aquello, piensa que, si no era amor, se le parecía bastante. Se diferenciaba del amor, desde luego, en que no había deseo sexual agobiante, obsesivo, etc

Pero si hubiera podido ser, hubiera sido, y hubiera sentido alegría por entregárselo a Philippe, que lo necesitaría.

Poco después se fue a vivir durante más de un año a Argel, y mientras paseaba a solas por sus hermosas calles de cornisa, sobre el mar, o entraba en las plazas sombreadas por plátanos, que lo dejaban ver, pudiendo sentir a menudo su amor al mar, fantaseaba con que Philippe estaba con él y compartían aquella interesantísima aventura.

Por cierto, también por entonces se fijó en su mente otra imagen de un momento que vio en París.

Había pasado una mañana al lado del Café Flore, el ya histórico café al que iba Sartre, y decidió entrar.

Estaba casi vacío, y lleno, por las puertas abiertas de par en par, del sol mañanero que entraba por ellas.

Se sentó en una mesa, y vio a un muchacho que estaba apoyado en una barandilla de latón, hablando con alguien.

Su rostro era ovalado y suave; su cabello formaba un flequillo que caía  con blandura sobre su frente; ojos grandes, nariz pequeña, labios suaves y anchos.

Llevaba un jersey de cuello de cisne, que se ceñía a su torso delgado, y sus brazos se doblaban sobre el latón, dejando ver sus manos seguramente largas y delgadas.

Todo él debía de ser también alto y delgado, si bien estaba casi oculto por la parte de obra de la barandilla.

Alto y delgado, como él. El muchacho le fascinó porque podía ser la imagen idealizada de él mismo.

Tan bello como una muchacha. Podía ser pianista, o bailarín.

Se levantó y se fue, sin atreverse ni siquiera a pensar en hablar con él.

Más adelante tuvo muchos momentos de fantasía en que se encontraban, uno de ellos en un jardín, la espalda apoyada lánguidamente en un tronco, o un muro, los brazos tendidos, o abrazándose, o besándose, o compartiendo sus bellezas.

La fascinación de aquel muchacho era la del parecido, el igual. Le daba una imagen hermosa de sí mismo. Si hubieran estado juntos, hubiera sido por estar sorprendidos de su igualdad, y admirados de sus iguales hermosuras.

Tampoco eran imágenes específicamente sexuales; si aquella relación hubiera sido real, hubiera retrocedido en cambio ante el descubrimiento de que bajo la hermosura andrógina del muchacho hubiera unos genitales masculinos normales y completamente disonantes por tanto.

Lo hubiera sentido disfrazado, roto, hecho dos partes por ellos, porque al fin y el cabo, el muchacho era una imagen de sí mismo.

Podía amar en él la ambigüedad, no la masculinidad. Ojalá hubiera sido impotente, o no se hubiera desarrollado, o...

Por comparación, ahora nota que sus sentimientos hacia Philippe no eran los de la igualdad, sino los de la complementariedad.

No le importaba que Philippe fuera viril, era lo natural en él, pero con la virilidad suave, gentil, amable, de los homosexuales.

Lo que rechazaba era la virilidad prepotente, impositiva, seca, burlona, de los heterosexuales.

En dos palabras, le atraían los hombres homosexuales, no los heterosexuales, y este sentimiento profundo, conmovido, que puede llegar a las lágrimas, le ha durado toda la vida. 

Kim Pérez 01-11-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                    Camino Transexual (IV) 

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Lo que faltaba era la pubertad.

La llegada a una edad, alrededor de los trece años, en que de repente se produjo el desarrollo y el afeamiento de los genitales.

Pasaron de ser apenas un pliegue, de piel clara, que sólo servía para hacer pis, es decir, casi nada, a ser unos órganos que me parecían feos, ridículos y postizos, como me lo parecían entre los animales.

El primer paso hacia el desagrado se había dado hacía unos años, cuando tuve que sufrir una fimosis, y vi como  lo que había sido hasta entonces insignificante, se volvía feo, como agresivo.

Pero había podido pensar en otras cosas. Ahora ya no podía.

El desagrado hacia mis genitales se sumaba hacia otro desagrado general hacia los varones, que no sé si era de origen biológico; supongo que en la mayoría de los varones heteros no se dan esos dos desagrados simultáneos; y en los homosexuales no se da ninguno.

En mí había un desagrado hacia esas dos realidades; además, creía que era compartido por los varones; que ellos estaban juntos a la fuerza, que les desagradaba también su compañía, que soportaban sólo porque era obligatorio lo de “los niños con los niños y las niñas con las niñas”; y que, en realidad, incluso, aunque parezca increíble a quienes no piensan así, que todos hubieran preferido ser niñas. En el fondo, en el fondo, no comprendo todavía que los hombres (al parecer) no quieran ser mujeres.

Es decir: desvalorización absoluta de la masculinidad y supervaloración de la feminidad.

Para colmo, en mis compañeros de clase, que eran de seis meses a un año mayores que yo, también veía los efectos de la pubertad, aunque yo no sabía entonces que sus reacciones se debieran a eso.

Repentinamente, habían perdido su equilibrio. Se  habían vuelto inquietos y provocadores. Eso pasó el año en que me habían aceptado, con mis catorce años, en que ya no les parecía raro, o tímido, o llorón,  o mariquita, en que me habían considerado uno de ellos, una parte de su mundo, quizá porque ya llevábamos muchos años juntos o quizá porque eran ya mayores y podían comprender que hubiera gente de muchas clases.

Me chocaba no comprender que ahora sus cabezas estaban llenas de fantasías eróticas. Todos, unánimemente, se habían enamorado de una muchacha a la que llamaban la Guampita y que venía a misa a la iglesia del colegio.

Menos yo, porque la Guampita no me atraía, y porque me hubiera repelido la idea de ser uno más alrededor de ella.

Además en clase decían continuamente ordinarieces sexuales, y hacían juegos de palabras para que saliera de ellos algo sexual e ingenuo, ocasión con la que se reían a carcajadas y alborotaban. Ahora era yo quien no los aceptaba a ellos.

En silencio, en mi pupitre, pensaba que ellos eran lo mismo que decían o que hacían.

Yo vagamente deseaba que los hombres fueran como debíamos ser: autocontrolados, amables, reflexivos.

Enteramente así; las mentes ordenadas así, jerarquizadas así.

Como lo eran los guardiamarinas ingleses uniformados de blanco.

También mis compañeros, los internos, usaban un uniforme que llevaban los domingos, cuando salían a la calle. Era un traje azul marino, de chaqueta y pantalón largo y corbata del mismo color, sobre la camisa blanca.

En nuestro caso, el uniforme vestía a muchachillos españoles que ahora sé que estaban bien educados para respetar lo fundamental, que eran sencillos, espontáneos y malhablados, pero rectos y afectuosos.

Pero en aquellos momentos yo sabía menos de lo que luego aprendí y las formas me desbordaban.

Las zafiedades sexuales me parecían tan desagradables, que cuando los veía posando para la foto de fin de curso con sus uniformes pulcros y con rayas perfectas me parecía que con ellos ocultaban hipócritamente una realidad profunda que yo conocía por el día a día de las clases. Y me imaginaba que tenía que ponerme el uniforme, por ser interno como ellos (yo era externo) y que los que nos vieran pensara que era uno de ellos y yo no quería que me contasen entre ellos.

(Este sentimiento de “no querer ser contado entre ellos” después he descubierto que es común a muchas personas transexuales)

Ahora sé más de todo lo que entonces me perturbaba. He dicho lo que yo percibía entonces. Permítaseme que diga lo que ahora percibo de todo ello, en lo que está envuelta una concepción de la educación.

Los ingleses de clase alta eran educados hasta entonces bajo una  tríada de gentileza, consistente en “self control, good manners, fair play” (autocontrol, buenas maneras, juego limpio)

Esos principios formaban personas ejemplares, y un tono general de elevación humana, en el que, quien no llegara a ella, sabía por lo menos, con sólo mirar alrededor, cuál era el modelo.

Pero también es verdad que aquéllas normas estaban muy basadas en las formas, y aunque las formas pueden hacer el fondo, la parte oculta de aquella educación era que la hipocresía apareciera como el defecto más grave de aquella sociedad.

En la España católica, la educación partía del principio de que Dios lo ve todo, y hacía imposible tal hipocresía.

De ahí que los españoles fueran más sinceros consigo mismos (la práctica frecuente de la confesión en el confesionario estimulaba la introspección) y más descuidados de las formas. Ahora sé que mis compañeros eran buenos muchachos, alegres y afectuosos, y me hubiera enorgullecido, en cuanto a su moral, ser contado entre ellos, si entonces hubiera entendido que sus palabrotas no tenían la menor importancia. Y hubiera preferido ser educado en la espontaneidad de su sentido del bien y del mal antes que en la formalidad protestante. Si lo hubiera sabido.

Pero vuelvo al principio para recordar que estoy hablando de dos problemas, dos distintos, que se me presentaron al mismo tiempo: el rechazo a mis genitales y el rechazo a mis compañeros.

Ambos se juntaron terriblemente en un solo sentimiento: el rechazo a ser hombre. Repulsión. Fobia. Odio.

Pero el análisis –la “división”- que permiten los años, hace ver que se trata de dos sentimientos distintos.

El primero era respecto al propio cuerpo; no poder admitir los genitales de nacimiento, una vez que su desarrollo permitía saber lo que representaban.

El segundo era un problema social, de hipersensibilidad y falta de comunicación. Si hubiéramos sabido estar juntos en los años anteriores, hubiera comprendido antes todo lo que pude comprender después, y que acabo de decir.

Pero en relación con lo primero que he dicho, sobre los genitales, está claro que es algo muy fuerte, que merece la mayor atención. 

Kim Pérez 25-10-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                          " Camino Transexual (III) " 

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Era frecuente que sintiera fobia hacia muchos, no hacia todos los varones, pero sí hacia muchos. 

Hasta el punto de pensar más adelante que era algo instintivo, precisamente masculino, de varón contra varón.

Pero no, era por la manera de ser de ¿algunos? ¿muchos? ¿la mayoría? de ellos. Aspereza, prepotencia, indiferencia a quien no fuera como ellos.

Manera de ser que ahora entiende como mala educación. ¿Es posible educar mejor a todo el mundo? Sí.

Cuando ahora repasa  sus fracasos sentimentales con ellos, se da cuenta de que esa mala educación era precisamente lo que le agobiaba en los que le repelían.

(La palabra “repelían” es más exacta que “desagradaban”)

Sabía que había otros varones libres de esas taras, y quizás de los más fuertes, que eran a la vez sensibles y delicados de sentimientos, gracias a su buena educación.

Vio una vez, mucho más tarde, una película, “Los 400 golpes”, que le hizo soñar en un muchacho que fuera enérgico y dulce, un poco mayor que él, más experimentado, capaz de guiarle en la vida y también de protegerle con dulzura cuando fuere necesario de los ataques de los otros.

Capaz también de compartir aficiones, de hablar de los mismos libros que a él le fascinaban, de planear y hacer reales las aventuras que él sólo podía soñar.

De ir al mundo para vivirlas juntos.

Un verdadero hermano mayor.

¿Pero dónde estaba ese muchacho, aparte de la pantalla del cine? En su vida no apareció nunca.

Piensa ahora, a menudo, que si lo hubiera conocido de verdad, si estuviera en sus recuerdos, llenándolos de sentimientos y tranquilidad, si su hermano mayor le hubiera acompañado desde los siete, los ocho o los nueve años, si cuando pensar en su niñez y su adolescencia fuera pensar en él con alegría y con amor, su vida habría sido muy diferente.

Hubiera aprendido quizá a ser varón, porque habría sido ser como él. Todo habría sido parte de esa felicidad. Recuerdos en el campo, en los sembrados vallados y luminosos bajo el sol de la tarde... 

Recuerdos en el mar, bajo las galernas...

Muchas veces habría ansiado fundirse en un abrazo con él... Entre el agua espolvoreada por el viento sobre los dos ¿Homosexualidad? Quizá, a veces, en el ardor de la juventud en el que todo se superpone... Pero no, no era un sentimiento sexual, esas sorpresas indecibles y cosquilleantes que le atacan de pronto, inexplicablemente, al ver los blandos pechos de una mujer...

Amor se llama la palabra de lo que sentiría por él, pero amor de amistad, amor de las almas. Una palabra que no existe en castellano y que haría falta encontrar...

Ansia de compañía, necesidad, alegría... habría que meter  todo eso en una palabra.

Pero lo ha descubierto ahora, de mayor, viendo el hueco que se quedó en su vida.

Bueno; lo sintió también entonces, leyendo una novela, porque al fin y al cabo las únicas realidades que contaban en aquellos años eran las novelas.

En aquélla se narraban las aventuras de los guardiamarinas ingleses que tripulaban una goleta en una navegación por los Mares del Sur.

“¡Guardiamarinas! ¡Qué palabra tan hermosa! Eran ingleses, del siglo XIX, perfectamente educados, idealistas, nobles en sus sentimientos y sus actos.

“Estaban uniformados de blanco inmaculado. Algo que supera todo lo que puedo sentir yo. Sus ropas tan blancas como sus conciencias, su sentido del deber y su cumplimiento.

“Delante del mar azul. Bajo el sol claro.

“Pensando en que yo podría haber estado entre ellos pero no estaba, me eché a llorar amargamente leyendo esta novela. Era una forma de la vida humana, verdaderamente humana, que existía pero que me había sido negada.

“¡La elevación de la vida! ¡La dignidad humana! ¡La nobleza de la educación, porque aquellos guardiamarinas estaban aprendiendo a ser oficiales!

“La grisura de mi vida real era un amargo contraste con aquella imaginación.”

Olvidaba hablar  de algunos aspectos particularmente zafios del colegio de niños en el que el muchachillo estudiaba.

Quizá sea éste el momento, al lado del relato de la novela de los guardiamarinas, para que se pueda comprender con más fuerza lo que rechazaba.

En aquel colegio de niños, las letrinas y urinarios estaban dispuestos con total familiaridad y naturalidad entre las clases.

Había dos. Unas, en el patio, al lado mismo de  donde se jugaba, al aire libre, había una fila de urinarios y detrás de retretes de ponerse en cuclillas.

En las letrinas del patio, lo más asombroso eran las filas de niños amontonados, en el recreo, para hacer pis. Pero no eran lo peor.

Lo peor eran las letrinas de dentro, las que estaban en uno de los pasillos del claustro, con las puertas abiertas al corredor, dimanando un olor profundo y repugnante.

¡Y las cocinas estaban cerca, cuarteleras, hediendo de manera todavía más terrible y repulsiva aunque no parezca posible!

La familiaridad con el cuerpo masculino que representaban las letrinas, casi a la vista, se convertía en una señal que acompañaba a la rudeza de la vida masculina, que debía sobrevivir superando escenas feas y malos olores. Quizá para un hombre consciente de esa condición fueran sólo un círculo del purgatorio que había que ignorar y sobrepasar.

Para un muchachillo tierno eran casi un salón de los infiernos.

No le era fácil aprender a ser hombre.

Hasta aquí no sucedía nada de extraordinario (pero sucedería)

 Si repartimos a los varones en tres grandes sectores, según el nivel de los andrógenos que hayan configurado su cerebro durante la gestación y condicionen así su conducta, podemos percibir las categorías de los hiperandrogénicos, mesoandrogénicos e hipoandrogénicos.

Los hipoandrogénicos son hombres tranquilos, meditativos, poco deportivos, sensibles... Nada fuera de lo corriente. Si sólo fuera por eso, este muchachillo entraría con naturalidad en este tercio.

También, dentro de las diversas tipologías que proponen los psicólogos, entraría dentro del tipo sentimental, o del leptosomático (cuerpos largos), o del cerebrotónico.

Habría soñado mucho, habría hecho poco. Habría elegido finalmente vocaciones contemplativas: la investigación; la enseñanza; la literatura; la pintura.

Habría sentido siempre sus propios sentimientos con toda su atención puesta en ellos. Habría sido melancólico y nostálgico y se habría complacido en ello. Habría sido propenso a transformar su respeto por algunos varones nada menos que en homosexualidad. Sabría que su cuerpo largo y delgado, sus manos largas, sus dedos largos hacían de él una persona ambigua.

La habría afirmado dejándose el cabello largo, si lo hubiera mantenido. Un romántico. Un Chopin.

Pero quizá habría sabido siempre que estaba dentro de ese tercer tercio de los varones ambiguos y civilizados y no habría pretendido salir de él. 

Si finalmente salió, es que hubo algún elemento que no era visible con esos años y se hizo visible después.

Kim Pérez 18-10-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                " Camino Transexual (II) " 

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Los niños.

Alguien de quien hay que huir.

Niños en pandilla “debajo de los árboles”, el bulevar terroso de Madrid.

Peligrosos. Lejanos. Observadores. Amenazantes.

Un momento, una excepción.

Walter era el hijo de unos alemanes que vivían en el piso de arriba.

Era mayor; tenía por lo menos seis años. Un día tuvo que subir a su casa.

Walter estaba sentado a la mesa de despacho de su padre, alumbrada por la pantalla de un quinqué, y tenía delante de él un libro de cuentos que, al abrirse, ponía en pie desplegables de vivos colores. Algo maravilloso. Y Walter era el dueño de tales prodigios.

Bajó a su casa con un sentimiento confuso que más tarde entendió como el de que Walter fuera su hermano mayor.

Un hermano mayor sabe más que uno mismo y puede enseñarle las maravillas que domina. Un hermano mayor protege al menor de la hostilidad del mundo. Protege.

Aquel niño no encontró jamás, en la realidad, un hermano mayor, a la vez que lo deseó siempre, profundamente.

Lo soñó. ¿No se parecía, muchos años más tarde, a aquel muchacho de ojos profundos que miraba desde un gran sillón en el que estaba cómodamente sentado, junto a una hogareña lámpara de pie?

Aquel muchacho apareció en las fotos de una revista porque había sido un intersexual cuyo sexo masculino emergió de repente haciendo gimnasia o algún movimiento brusco parecido. Había también una foto de cuando creían que era una niña, sonriente e ingenua.

Ahora, lo que atraía de él era su belleza masculina, de mandíbulas cuadradas pero en un contexto suave, en el que la mirada honda expresaba a la vez una melancolía extraña y más sensibilidad que en cualquier otro muchacho.

La preparación de la Primera Comunión. Desagrado profundo, material, cósmico, por los compañeros. Uno, guapo, rubio, alto (para tener siete años), lo veía todo por el lado malo: los ojos le eran desagradables. La boca desagradable.

Otro menudo y muy moreno, gracioso, simpático, pero por alguna razón, incorporable al grupo del anterior.

Sólo el último día llegó un niño agradable. ¿Por qué? No lo sabe. Flequillo despeinado. Sencillo. ¿Amistoso?

Ninguno de los niños que le desagradaban le había hecho nada malo. Era mera repulsión, biológica, yo qué sé. Una sensación de incompatibilidad.

Ese mismo mes de octubre entró en un Colegio de niños, ya empezado el curso.

Tenía algunas esperanzas. Otro niño ingresó el mismo día que él y quedó convencido de que eso sería el fundamento de una amistad que duraría toda la vida, pero nada de eso. El otro niño hizo su vida por su lado desde el primer momento.

Entre clase y clase, solos, un rato en que el profesor no estaba, de conversación general. Las luces encendidas. Espacio entre los alumnos. Faltaban todavía muchos. Debían de ser las ocho de la mañana. Percibió la extraordinaria aspereza masculina, en niños de siete años. Conversaciones duras. Seguridad en sí mismos. Hostilidad. Desdén mutuo. Como hombres adultos.

Por tanto, él no era así. ¿Qué pretendía? Amistad, dulzura, ojos amables, afinidad, compartición de lecturas y de gustos y sentimientos.

No hubo nada de eso. Aislamiento profundo. El profesor de la clase era un hombre menudo y algo zafio que ajustaba perfectamente con aquellos alumnos. Descuidado, la sotana mal abrochada en el cuello, bullanguero.

¿Qué puede hacer un niño de siete años cuando se siente en un medio extraño?

Desesperarse. No querer ir a clase. Tener que ser conducido a rastras unos cuantos días, llorando.

El profesor de otra clase que estaba situada justo al lado de la suya era un hombre espiritual y alto. Era todavía joven, pero ya sacerdote. Se dio cuenta del desamparo de aquel niño.

Una mañana, en el sol que daba en la fachada del sur, se le acercó y le preguntó atentamente por qué estaba así.

El niño le explicó lo que pudo. Aquella conversación duró un cuarto de hora, pero para su alma triste, fue como el sol que brillaba alrededor.

Tuvo la impresión de que alguien lo había tomado bajo su protección. Y además, por fin alguien se había interesado por él, le había hecho existir a la vez que le mostraba su propia existencia, había hecho reales la sensibilidad, la delicadeza y los sentimientos que ansiaba.

Pero el animal unicelular y devorador que había abierto las fauces un momento bajo la luz del sol, como para dejarlo salir, volvió a cerrarlas, atrapándolo dentro
 

Kim Pérez 11-10-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                            " Camino Transexual (I) " 

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Un niño callado.

Tímido. Torpe para tratar a otros.

Más absorbido por sus lecturas que por la realidad. Leyendo a todas horas. En la mesa, durante las comidas, cuando tiene la suerte de comer solo.

Viviendo en las novelas de aventuras. Protegido de la realidad.

Fracasado y desdeñado al jugar con sus tíos-primos (de su misma edad). Porque es tímido, reflexivo, nada impulsivo, nada activo, nada alegre, nada seguro, nada arrollador.

Sabor áspero en la boca. Ni piensa en sus tías-primas; un paraje inaccesible, desconocido, inexistente. Consuelo: Isolde, en la dulce cotidianidad de su jardín: la tela metálica de sus gallinas, sus patos y sus conejos. Pero en cuanto llega a su casa, se sume en la lectura.

No hay nadie compartiendo su vida. Bueno, sí: en el cortijo, símbolo de la frustración, de la tierra quieta y gris con cercas fijas, la Mode y él haciendo cortijicos de barro, mulicos de bellota. Todo tierno, pero rudo y él no es rudo. Tampoco desea ir con el Nono a tirar piedras en el campo, ni montar en las yeguas y darse una corrida, ni... nada.

Sólo a veces sube solo a los cerros a mirar el horizonte... Las lomas lejanas, azules como joyas, entre las que quizá se vea, desde alguna parte, el llano del mar...

Pero en ese tiempo, tendría como once o doce años. Se puede ir más atrás.

Su padre empezó a enseñarle a leer desde los tres años, con una cartilla muy sosa y fea.

Pero recuerda su primer libro, la figura de un negrito redondito, de colores vivos, y una sola estrofa en cada página, que recuerda perfectamente:

“Está muy triste/ pobre Pepito/ porque no es blanco/ porque es negrito”.

Y luego, en una tina de madera con espuma:

“Se lava el cuerpo/ con afición/ con estropajo/ y con jabón”.

La conclusión:

“Mas no es blanco/ pobre Pepito/ que sigue siendo/ negro, negrito”.

Y una cantinela de entonces, que le enseñó su madre:

“Señor Don José

¡qué gordo está usted!”

“¿Cómo no voy a estar gordo

si vivo muy bien?

Me fumo mi puro,

me tomo mi té

y por eso me llaman

Señor Don José”.

Pero los recuerdos principales de su madre son otros.

Bella. Como una actriz de cine. Así de sencillo  la ha visto siempre.

En el piso. Una mañana de sol, en invierno o primavera. Su madre haciendo la cama de su dormitorio. Cantando:

“Cuando yo te digo adiós en la ventana,

pienso en mañana,

y así es mejor...”

O en la casa de los abuelos, con motivo de una fiesta, él tumbado sobre una cama y su madre inclinándose sobre él:

“¡Mi carita de luna!”

Antes de ser tímido, era contemplativo.

Al despertarse, medio entrando la luz de la mañana por la persiana, contemplaba una modesta colgadura que había en la pared, junto a su cama: era como un mantel blanco, bordado en azul, con aves como asirias, algunas con tres patas, y recuadros.

Él empezaba a pedir que vinieran a vestirlo. Llamaba como si fuera un rito, un día y otro:

“¡Levántame!

¡Vísteme!

¡Ábreme la ventana!”

Analizaba lo que decía, aunque parezca imposible que lo haga un niño de cuatro o cinco años. Le sonaba como

“Levanta-me.

Viste-me.

Ábre-me la ventana”.

Era como un juego de palabras. “Me” es lo que dicen las cabras. Entonces, decir “levanta Me”  era como decir a una cabra que se levantase. Estaba bien. Pero con “viste Me”, ya no servía el juego. Y menos con “abre Me la ventana”.

Leía tebeos y disfrutaba de las imágenes en las hojas apaisadas, antes de la contraportada en la que venía la lista de los títulos sugestivos, en tinta azul.

“El Guerrero del Antifaz”.

“Roberto Alcázar y Pedrín”.

El Guerrero era guapo y elegante, su casco de metal, su máscara negra, sus facciones finas y macizas. La musculatura, clave para los otros lectores, dibujada incluso bajo la ceñida cota de malla, más bien le disgustaba. Le interesaban los campos, la vegetación, el aire romántico del Guerrero.

Roberto Alcázar, moderno, prosaico, policial, seguro, protector de Pedrín, que peleaba a sus órdenes.

(No le interesaban las peleas, aunque fueran el verdadero tema del tebeo. Le interesaban los personajes y su ambiente, quizá porque se identificaba con ellos)   

Una vez, una sola vez, tomó para analizarlo un solo tebeo de su hermana.

Eran más pequeños que los tebeos para niños, y de las protagonistas se realzaban las grandes melenas rizadas.

Se le caía de las manos. Nunca volvió a querer leer otro. La verdad es que a su hermana tampoco le interesaban mucho, porque tampoco vio nunca otro tebeo de niñas en su casa.

Ahora, al pensar en aquello, piensa que si hubiera estado suficientemente aburrido, lo habría leído, como una vez, con más edad, llegó a absorberse en un muestrario de punto de cruz con casitas de tejados colorados, y ovejitas y arbolitos, todo en colores vivos... O la otra vez que tuvo que leer una novela rosa porque no había otra a su alcance...

Y se habría quedado asombrado al comprobar el carácter indeleble de aquellas impresiones en su imaginación.

Más segura era la dualidad de los juguetes. Su hermana tenía una muñeca Gisela, de dos palmos de estatura, absolutamente ininteresante...

A él le regalaban cochecitos (aburridos) o camioncitos (más interesantes) o una canoa que, en teoría, podía navegar por el baño con un mecanismo ¡a reacción! con aceite de la cocina que olía a quemado... y que nunca funcionó.

Pero maravillosa. Más maravilloso, el avioncito con hélice que vio una vez, en un escaparate, y que nunca le compraron. Le recordaba a los aviones de verdad en que volaba su padre.

O las maquetas de un barrio de verdad que hacían en un sótano, junto a su casa, que vio un día por las ventanitas a ras del suelo, que estaban abiertas ese día y que jamás volvieron a abrirse. 

Kim Pérez 04-10-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                  "Las personas transexuales crean a Dios" 

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Éste es el tercer y último comentario de esta serie. Puede parecer que está demasiado alejado de las preocupaciones diarias de la vida transexual.  

Pero puede ser también que en el silencio de la noche nos preguntemos algunas de las cuestiones a las que este comentario pretende dar respuesta.   

En este Universo, la vida es de una extraordinaria complejidad, pero el resultado es malo, está mal hecho, precisamente porque la vida está expuesta al dolor por mil resquicios.  

Dolores innumerables, terribles a veces, casi inacabables. Las Matemáticas que lo regulan son insensibles al dolor y por eso carece de sentido rezar a animales y humanos. Frente a tal dolor, únicamente cabe:  

O intentar evadirnos de este mundo, mediante la ascesis o el suicidio; pero esto no vale para los animales.

O curar o aliviar el dolor en la medida en que esto esté a nuestro alcance.

O aceptar el dolor para que su conciencia sirva de camino de salvación; pero esto tampoco vale para los animales.

O jugar masoquistamente con el dolor, mientras podamos.  

Por un simple mecanismo dialéctico, del No que grita con el dolor, surge  el Sí que se desea:  

De la muerte surge el deseo de Inmortalidad.

De la ignorancia, el deseo de Conocimiento.

Del desprecio, el Amor.

De la injusticia, lo Justo.

De las limitaciones, lo Absoluto.

De la imperfección, lo Perfecto.

De la maldad, lo Santo.

De la impureza, la Pureza.

Del infierno, el Paraíso.  

Esta distancia de lo que es a lo que deseamos es una tensión divina, porque es teúrgica. 

Así los hombres hemos creado a Dios y seguimos creándolo, la mayor creación de nuestra historia. 

Y cuando lo estamos creando, no somos ignorantes, ni burlones, ni egoístas, ni impuros...  

Sólo que cuando lo estamos creando sentimos que estamos tocando algo mayor que nosotros mismos.  

Sólo tenemos que sacarlo de fuera, donde lo hemos puesto, y ponerlo en nuestro interior, en donde ha estado siempre y está.  

 Dios no me ha creado, yo lo he creado y lo estoy creando.  

No puedo decir que sea una tarea imposible.  No podemos  limitarnos a nosotros mismos.  

¡Llegar a saberlo todo, a poderlo todo, a amarlo todo!  

No podemos afirmar que la Potencia, la Sabiduría, el Absoluto, la Perfección, la Pureza, la Santidad, estén fuera de nuestro alcance.  

Si no nos exterminamos, tenemos miles o millones de años por delante.  

¿Cómo será el año 3200? ¿Y el 3.250.457, si sobrevivimos, claro?  

Venimos inventando a Dios hace milenios. Tenemos que seguir creándolo. Éste es el sentido de la historia.  

La descreencia en el Dios que nos creaba lleva a descreer en el que estamos creando.  

Esto hace que los descreyentes, privados de horizontes, se vuelvan hedonistas y egoístas. Por eso hace falta que creamos en el sentido de nuestra propia obra, que nos eleva por encima de nosotros mismos.  

No sabemos lo que hay dentro de nosotros. No sabemos si los límites y cáscaras que descubrimos en nosotros se pueden romper de pronto.   

No sabemos si el Absoluto, lo Perfecto, lo Santo, lo Puro, están dentro de nosotros mismos, y sólo hace falta romper los velos que nos impiden verlo.  

No sabemos si, fuera del tiempo que pone un antes, un ahora y un después, estamos en un ahora eterno, y en él, lo que creamos nos crea.  

Dentro de este panorama general de dolor y limitación, las personas transexuales somos una expresión del dolor sexual.  

Nos duele la forma de nuestro cuerpo y nos duele nuestra identidad social.  

Sentimos la verdad de las limitaciones. Estamos limitadas al sufrir la ley de una forma que se nos ha impuesto.  

Tenemos que tener un sexo; no lo queremos; tenemos que tener el otro: a lo peor, tampoco lo queremos.  

O a lo mejor todo es sólo cuestión de que aprendamos a poner la conciencia donde está, por delante del cuerpo.  

De que relativicemos el cuerpo, en la conciencia de una conciencia pura y resplandeciente.  

De que yo soy yo y a la vez menos de lo que Yo, más grande que yo,  soy y puedo ser.  

Pero nos hemos liberado de creer que el cuerpo es más importante de lo que yo soy.  

Empezamos a crear a Dios en nosotras. 

Kim Pérez 27-09-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                      "Derecho natural transexual" 

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En el anterior comentario expuse el fundamento de la vida humana, incluso de la transexualidad, que es la conciencia de sí.

En éste voy a exponer cómo el Derecho Natural ampara la verdadera orientación o la verdadera identidad sexual de cada persona.

El Universo tiene una estructura matemática (Galileo, Newton, Einstein, Planck)

Luego la materia está organizada conforme a algo pensable (es natural, porque el pensamiento humano nace de la materia y reproduce sus estructuras)

Las Matemáticas están vacías, no contienen ninguna afirmación fuera de ellas. Son sólo un sistema de razones y relaciones. Son una sintaxis.

Lo que estructura el Universo es una sintaxis inmóvil y que parece no tener sentido (sentido como dirección) porque no se mueve.

Su forma es la del álgebra; algo más otro algo es igual a algo distinto. En esta fórmula, lo matemático son sólo las palabras “más” y “es igual”, debidamente ordenadas.

Pero esta estructura, propia del Universo, está por encima de la voluntad humana. Nos guste o no nos guste, tenemos que acatar la Lógica que es la Matemática.

Es una ley natural independiente en su origen de nosotros pero que está sobre nosotros. Incluso para contradecir la Lógica tendríamos que usar la Lógica.

¿Una ley natural gobierna nuestras vidas? ¿Es tan natural que de hecho todos la sabemos intuitivamente, sin necesidad de que nadie nos la explique?

Sí; esta ley natural nos lleva a lo que es bueno o es malo, porque podemos elegir entre hacer lo que sea lógico o no hacerlo.

Los humanos tenemos la experiencia de ser libres, porque tenemos que tomar decisiones. Nuestra libertad le da sentido o dirección a la ley natural porque la convierte en lo bueno o lo malo.

Primero. Es bueno lo lógico.

Segundo. Es malo lo absurdo.

Todos lo sentimos. Pero es difícil definir lo lógico y lo absurdo.

Requiere concreción:

Primero. Es bueno lo que ayuda a la vida humana.

Segundo. Es malo lo que daña la vida humana.

Ya tenemos con esto una multitud de hechos que se pueden definir como buenos o como malos.

Las necesidades y posibilidades básicas:

Viviendo libremente, como humanos, alimentarse, abrigarse, comunicarse, aprender y  desarrollarse, es lo bueno.

Lo que impide o dificulta algo de esto es lo malo.

Comprobación:

Para saber si ésta es una ley natural, “grabada en el corazón de todos los hombres”, piénsese si los padres y madres de cualquier lugar del mundo piensan así o no respecto a sus hijos.

En un nivel superior de abstracción, es bueno lo que supera la maldad que estorba la vida: liberarse de la opresión, curar un daño...

También todos los hombres, incluso los malvados, saben que la realidad es ésta.

Es precisa una abstracción mayor cuando la opresión no es evidente; pero la norma a aplicar es de derecho natural cuando deriva de los principios anteriores: aquí se sitúa la liberación de homosexuales y transexuales.

No dañamos a otros (principio que excluye el mal)

¿Nos dañamos a nosotros mismos, al no procrear u operarnos?

No, si se tiene en cuenta que la vida humana es un equilibrio dirigido por la conciencia, a la que corresponde la primacía. Nuestra orientación o nuestra identidad son hechos de conciencia a los que les corresponde la primacía en nuestro equilibrio.

De la conformidad con el derecho natural, anterior a nuestra voluntad, depende la legitimidad de las leyes que establecemos voluntariamente los hombres. Por tanto, nuestra Ley de Identidad de Género será imperfecta, pero es legítima.

¿Es legítima, conforme a la ley natural, la Ley del Matrimonio Homosexual?

Aplicándole el mismo criterio, resulta:

No daña a nadie.

Beneficia a quienes desean contraerlo.

Luego es legítima.

La búsqueda de la propia orientación o la propia identidad descubre que están llenas de matices. Sólo cada cual puede llegar a conocerlas con precisión, libres de los estereotipos que se plantean desde fuera.

El derecho natural manda respetar la verdad, que es la correspondencia entre lo que es, lo que pienso y lo que hago.

En otro caso, me encontraría en el error, que me hace daño a mí y a los demás.

Por tanto, es de derecho natural que yo deba buscar mi verdad personal en cuanto a mi orientación o mi identidad, y que una vez encontrada, ésta deba ser respetada por las demás personas. 

Kim Pérez 21-09-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                             "Filosofía Transexual" 

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Me pregunté la otra noche si yo había hecho algo que creyera verdaderamente importante, y me contesté que sí.  

Me refería a estas ideas, que he escrito de nuevo y que caben en una página, 

¿Tienen algo que ver con la transexualidad? Parece que no, pero sí, por lo menos con mi transexualidad y puede ser que con algunas otras.

Partí, desde los diez años, con el descubrimiento de que yo era yo. Ése nunca me ha abandonado: la sensación de que todo pasa por mi juicio, por mi aceptación o rechazo, por mi voluntad.

Esta filosofía es distinta de todo lo que ponga fuera de mí el fundamento de mi vida, sea la sociedad, sea un Dios externo; y éste es el fundamento de mi transexualidad.

Yo soy yo. 

Traducción:

Yo que pienso  soy yo que estoy aquí.  (Yo soy este cuerpo: miro mi mano)

(No es: yo sujeto del pensamiento soy yo, objeto del pensamiento; no es pensamiento sólo; es la realidad)

Yo: nombre propio que designa mi propia realidad. Inequívoco. No es un pronombre que valga para todos. Vale para mí. Debería sustituirlo siempre por Yo-Kim.

Unicidad de Yo-Kim: existo desde Junio 1940. No existo antes. Sólo Yo-Kim soy Yo-Kim. Cuando deje de existir, nadie podrá decir esta frase. Realidad única, en la inmensidad de las realidades. Valiosísima por ser única. El No-Yo-Kim seguirá existiendo por su lado, pero esta luz se habrá apagado.

(Sustituye en este párrafo mi nombre por el tuyo para saber lo que quiero decir)

En mi intimidad es suficiente con decir Yo soy yo o Yo estoy aquí, pues no hay más yo que yo.

Es una intuición, no un razonamiento. Como intuición, o se ve o no se ve, lo mismo que la música, la pintura, etcétera. Creo que todos lo vemos, pero al parecer, hay quien no lo ve. Mirad.

Interioridad de Yo: Como intuición, no se puede explicar del todo. Yo veo que Yo estoy aquí. Decir Yo es algo muy interior, como un espacio por dentro.

Lo que yo veo no se puede ver desde fuera de mí. Yo soy un vértice que no existe en la inteligencia artificial, en el razonamiento maquinal.

Ésta es mi mano, la izquierda, la derecha, éste es mi cuerpo, éstos son mis genitales. Me miro en el espejo: ésta es mi cara. Sorpresa: todo eso me gusta o no.

Kim Pérez 13-09-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                           "SS + IVA" 

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Un sector de feministas ha caído en lo más primitivo que suelen caer algunas mujeres biológicas: un nuevo puritanismo, una beatería, una gazmoñería, una sexofobia de la que están siendo víctimas numerosos mujeres biológicas y transexuales: las que realizan el trabajo sexual.

Las palabras que he empleado muestran cuál puede ser la opinión general, el juicio de nuestra cultura de fondo sobre esas posiciones: puritanas, beatas, gazmoñas. Las pongo aquí y las repito para situarme en el terreno de la realidad y esperar que haya quien  lo pueda ver y hasta quien se arrepienta de tanta exageración.

Es preciso decir, enseguida, que no son todas las feministas, no lo son, las que están involucradas en esta cursilería dañina.

En España, están libres de ella mujeres como Cristina Garaizábal, que hace tiempo que viene trabajando por los intereses de las prostitutas en la asociación Hetaira, incluyendo a las prostitutas transexuales.

No sé, de un sector y otro, cuáles serán las mayoritarias; pero sí puedo decir que las puritanas  son las que están en el poder en este momento, bajo el calificativo de “abolicionistas”. Y sus aliados son inquietantes: las patrullas de vecinos.

Hago una llamada al sentido común. ¿Se puede abolir la prostitución? O dicho de otra manera, ¿se puede abolir el sexo?

El sexo en el que se integran parejas felices e individuos más o menos ansiosos de sexo, que tienen que pagarlo porque si no, no lo tendrían, así de sencillo. Supongamos que, con la más antigua y la más represiva de las mentalidades, se decreta que esta segunda forma de sexo es ilegal. Habrá multas, ¿pero se impedirá? ¿O simplemente se lo hará clandestino, añadiéndole toneladas de marginalidad?

Los puritanos de América ya consiguieron un éxito histórico, ante un deseo un poco menos fuerte que el sexual: el del alcohol.

Promulgaron una Ley Seca, una ley abolicionista del alcohol, y supongo que creyeron haber triunfado. Pero lo que consiguieron fue la creación de garitos con mirilla y contraseña, el desarrollo de un negocio clandestino del alcohol, el alimento para los gangs y los gángsteres, que lo vieron llegar como un maná.

A los pocos años, fue la Ley Seca la abolida.

¿Hay dudas de que si en España se ponen leyes contra la prostitución, se impide su publicidad legal, se la expulsa hacia los polígonos más invisibles, se llega a multar a las prostitutas o a los usuarios, etcétera, se están alimentando esas mafias clandestinas, endureciendo a esos proxenetas, dificultando la vida personal de las propias prostitutas, su normalidad, su buena integración social, sus amistades, su capacidad de regular sus propias vidas racionalmente?

El pretexto que se aduce para ilegalizar la prostitución es que es un ataque contra la dignidad y la libertad de la mujer.

Respecto a lo primero, dejen que cada cual defina su dignidad, y sus razones, y ustedes no se pongan a definir dignidades ajenas, porque puede ser que sus razones no sean las mismas que las de cada prostituta.

Respecto a lo segundo, alegan la existencia de un proxenetismo y unas mafias de proxenetas. Pero es como si, para imponer una ley seca, se alegara el alcoholismo. Prostitución y proxenetismo son dos realidades distintas, lo mismo que alcohol y alcoholismo. El proxenetismo y el alcoholismo son dos peligros relacionados con la prostitución y el alcohol, pero es perfectamente posible y frecuente ser prostituta y no caer en manos de proxenetas, o beberse unas cañas y no caer en el alcoholismo.

El proxenetismo, la trata de mujeres, deben ser ilegales, penalizadas, castigadas. Eso es lo que ataca la libertad de las mujeres; y ya está castigado por nuestra ley.

Pero algo falta; algo hace que en nuestra sociedad la prostitución siga siendo una realidad precaria y marginal, primitiva.

Hoy por hoy es libre, pero el trabajo sexual sigue haciéndose en condiciones distintas a las de otros trabajos, que favorecen que el Estado se desentienda o sólo haga caso a las represoras.

¿Cuál es la solución? La legalización definitiva y valiente de la prostitución.

La fórmula de esta legalización es muy simple: SS + IVA.

Para explicarla también sencillamente: todos los derechos de la seguridad social, en un régimen comparable al de los autónomos, gracias a haber pagado los impuestos correspondientes.

Y vigilancia contra el proxenetismo. 

Kim Pérez 05-09-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                  "Politica transexual" 

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Esta semana empieza un nuevo curso que, en la práctica, es el verdadero año nuevo, mucho más que los que llamamos así, en mitad del invierno.

Se han acabado los dos meses de calor poderoso, que nos ha tenido a muchos encogidos, algunos con las vacaciones que se van encadenando unas con otras, y otros sin ellas. “El verano es para los ricos”, como decía un amigo transexual que trabajaba pegado a una pared en un andamio, blanqueándola en medio del sol.

Y los programas de televisión vuelven con sus presentadores estrella, mientras los simpáticos suplentes se despiden hasta otra.

En este momento conviene por tanto pensar sobre lo que tiene que ser la política transexual para el próximo curso.

Voy a exponer algunas ideas sobre la cuestión. Exponer quiere decir también arriesgar, de modo que, si alguien considera que me equivoco, espero debatirlo amistosamente.

La primera es observar que se va extendiendo la conciencia de la unidad de la experiencia transexual que, a la vez, tiene muchas variantes, que en el fondo son maneras de adaptarse a un medio complicado por parte de las personas transexuales.

Sabemos que la misma persona transexual puede pasar por épocas en las que se considera travestista de armario, otras veces transgenérica (travesti en América Latina), otras transgenital, y que puede recorrer estas formas desde una a otra o desde otra a una.

En el fondo, lo que trata con todas ellas es adaptarse a las condiciones sociales, o adaptar sus sentimientos a su realidad.

Entonces, carece de sentido que intentemos definirnos con rigidez, como si nuestras autodefiniciones fueran definitivas. ¿Cuántas hemos pasado de travesti a transgenital o viceversa?

Es cierto que cada forma de adaptación tiene sus cuestiones propias, cosméticas, hormonación o no hormonación, operación plástica o no, reasignación genital o no, salida del armario o no, y que ésta, y no otra, la salida del armario, es la más difícil y complicada, la más seria socialmente.

(Lo mismo que no salir del armario es la más horrorosa; tengo una extensa experiencia personal de ella)

Por tanto, el primer principio de la política transexual del curso 2010-2011 debe ser “todas y todos somos transexuales”. Frente a él, hacer distinciones sólo conduce a enfrentamientos internos. En alguna asociación de América Latina han aceptado hacer esa  distinción, definiéndose como TTT; me parece un error, que lleva a que personas que sufrimos los mismos problemas sociales tengamos que empezar por preguntarnos en qué T estamos. ¿En cuál? En la única, amplia y diversa.

Este planteamiento, por otra parte, favorece la solidaridad entre transexuales de todas las naciones sin hacer preguntas, como por la misma razón, hacer distinciones lleva primero a hacer preguntas, antes de entregar nuestra solidaridad plena a quienes, si tienen problemas, serán sobre todo problemas sociales, de marginación o de represión.

Y los marginadores y represores tampoco hacen distinciones, enseñándonos que no podemos hacerlas.

Otra cuestión política, en este curso de 2010-2011, en medio de la crisis económica y laboral, es lo que se pueda hacer para mejorar las condiciones de trabajo de las personas transexuales.

En primer lugar, conviene mirar con atención el problema. En algunas naciones, entre ellas España, va mejorando lentamente la integración en el sector público, donde se respeta y no se tiene en cuenta la condición transexual a la hora de ser funcionario del Estado (o afín: por ejemplo, concertado, lo que yo he vivido)

Tampoco hay problemas sustantivos a la hora de trabajar por cuenta propia. Si no encontráis nada mejor, poned una tienda de chuches. Pero los problemas siguen siendo grandísimos a la hora de trabajar por cuenta ajena. En este terreno, se puede intentar establecer una estadística muy vistosa:

En la actual situación de crisis:

En la población activa general: Empleados, 80 %; parados, 20 %.

En la población activa transexual (sobre todo femenina):  Empleadas, 1%; paradas, 99 %.

(La población transexual masculina puede estar mejor, en cotas próximas a la general)

Pero todo esto son sólo estimaciones.

En todo caso, poco remedio inmediato tiene la situación del empleo transexual femenino por cuenta ajena.

Pueden plantearse en cambio acciones políticas más generales, que contribuyan a resolver el problema por envolvimiento, rodeándolo, no haciéndole frente directamente.

En este sentido, las acciones más eficaces están en el terreno de la educación pública, y no sólo de los niños, sino de la población en general.

Podemos trabajar para conseguir que, tanto en los textos escolares, como en los documentales de televisión, aparezcan reflexiones sobre la discriminación laboral, y no sólo sobre la de las personas transexuales, sino por ejemplo de las personas obesas, pelirrojas y cualesquiera otras que podamos parecer distintas, sin que nuestro rendimiento laboral esté en juicio,

También podríamos dirigirnos a grandes sociedades, como las propietarias de las grandes superficies comerciales.

Estas sociedades tienen volumen y medios para desarrollar protocolos conscientes de contratación, incluso por el valor ejemplar que pueden tener para otros empleadores menores y por la autoestima que se puede crear en su propio personal.

Los consejos de administración de estas empresas serían por tanto los que podrían tomar las decisiones respectivas, y las gestiones para llegar a ellos quedarían a la creatividad del activismo transexual.

He señalado en este Comentario dos de las líneas de la política transexual que se podría emprender en este nuevo curso. Las sugerencias sobre ellas serán más que bienvenidas. 

Kim Pérez 30-08-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                  "Experiencia de la Vida Real" 

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Pasar a la vida como mujer es lo más difícil para una mujer transexual. Mucho más difícil que la cirugía.

Por eso, la “experiencia de la vida real” o EVR, como se la llama en las Unidades de “Trastornos” de Identidad de Género es la más difícil de las pruebas que hay que pasar, no la más sencilla, no la más elemental.

La más difícil. Mucho más que la cirugía, porque ésta al fin y al cabo es en la práctica un trámite privado que transcurre entre la usuaria (voy a hablar de las trans) y un reducido equipo, especializado y familiarizado con la cuestión, que te va a cuidar y ayudar.

La experiencia de la vida real es el gran salto social.

El salto desde un trampolín a la piscina, confiando en que tenga agua. Pasar de ser considerada como un varón, por todos, a esperar que te consideren mujer, y que te consideren todos.

No se puede minimizar la dificultad de ese tránsito. Hace falta ser trans y haberlo pasado para saberlo. Señores y señoras psicólogos de las U “T” IG, ustedes no pueden saberlo, sólo por no ser trans, por no haberlo pasado personalmente.

Los psicólogos no pueden ser jueces de los angustiosos esfuerzos de las trans para darlo, sin haber salido a la calle con nosotras, ni decidir que es una prueba “sine que non” para seguir adelante.

Mucho menos para obligar a que se dé al principio de todo, cuando muchas veces debería ser al final, cuando puede ser que la mujer trans no se haya depilado la cara, ni haya eliminado hábitos de gestos o modales masculinos, de cuando el objetivo era el contrario, que no se me note lo que soy.

Muchas personas trans somos tímidas, y tenemos que seguir un lento proceso interior de representación mental de lo que vamos a hacer, prepararnos, decidirnos, arrojarnos a la piscina, a la una, a las dos, a las dos y media, a las tres menos cuarto...

Y además vivimos en una época en la que existe la ropa unisex!

Muchas mujeres biológicas visten indistinguiblemente de los varones, pantalones, jerseys, camisetas, pelo rapado... ¿Por qué nosotras deberíamos vestir como las mujeres más conservadoras?

Los psicólogos han estudiado Psicología, pero no  asesoramiento de imagen. No están capacitados -¿lo está alguien?; pero desde luego, ellos no- para dictaminar sobre la estética del vestido; no pueden condicionar nuestra vida, tomar sus decisiones pretendidamente soberanas sobre nuestra vida, sobre la base de que a ellos les parezca suficientemente femenino o no nuestro estilo.

Una amiga había elegido, y le va muy bien, el estilo “pin up”, provocativo, seductor. Coletas casi de niña, labios muy pintados, pantaloncitos cortos que dejan ver sus espléndidos muslos...

Pues bien, el estilo paternalista inducido por los actuales protocolos llevó a una médica de una U “T” IG a permitirse regañarle sobre su forma de vestir.

¿Con qué paciente haría otro tanto?

Pero mi amiga, rápida de lengua, le respondió lo de “creía que usted era una médica, no una asesora de imagen”.

Lo que podría tener gracia, si nuestro destino en algo tan fundamental no estuviera comprometido por esas extralimitaciones profesionales.

Hay unas trans que tienen la inmensa suerte de parecer lo que son. Una amiguilla mía, muy joven, es modelo de pasarela y desfila, guapísima, entre una fila de chicas guapísimas, literalmente igual que ellas; el mismo tipo de cara, de maquillaje, de silueta, de manera de andar, de estatura...

Las demás tenemos que arreglarnos como podemos y darnos por contentas si, a veces, medio pasamos.

A mí, a veces, algunas personas (una gitana en la Alhambra, vendiendo romero, una chica en el Corte Inglés) se me han dirigido como si fuera una guiri, por lo grandota (1’87, talla de baloncestista femenina)

Eso son mis trofeos, mis memorias de guerra. La voz suele terminar de fastidiarlo. Pero en fin, estoy acostumbrada.

¿Puede ser lo primero, requisito ineludible, dar el salto social?

¿Puede medirse lo que significa arriesgar la subsistencia de la propia familia?

¿O la del puesto de trabajo?

¿Se puede minimizar todo eso, con un pretexto  como “quien algo quiere, algo le cuesta”, pero condicionando el llamado “diagnóstico” a que se sigan las instrucciones del psicólogo?

¿O ignorar que, “hecha la ley, hecha la trampa”, y que la propia usuaria trans, desesperada, puede vestirse convencionalmente de mujer para ir a la U “T” IG, incluso en casa de una amiga, y desvestirse en cuanto termina la sesión?

¡A dónde conduce un indebido autoritarismo psicológico, los protocolos en régimen de autorización actualmente vigentes!

¿Se puede forzar a una persona a que, sin que ella misma estudie “su” terreno y tome “sus” decisiones, se arriesgue, por no haber podido practicar suficientemente con su imagen, a pasar de ser una persona respetable a ser un pimpampúm de risas y comentarios por llevar una ropa inadecuada?

Yo siempre acabo hablando de mí, pero es que tuve a mi manera mi propia experiencia de la vida real;  tuve que estudiar por mí misma, literalmente, hasta donde podía llegar y hasta dónde no. Y pasé una época de pimpampúm. Me asombro, y no me río, porque me duele, al ver algunas fotos.

Tenía que salvar mi trabajo como profesora cincuentona, el respeto de mis alumnos.

Estuve durante quizá un año vistiendo de chándal, lo más unisex que se me ocurrió, completándolo con algo de maquillaje, un collarito, alguna cosilla. Creyendo que iba bien: no iba bien.

Pregunto: ¿Habría eso sido considerado suficiente por una U “T” IG, seis años antes de que, por mi acción, se fundara la primera U “T” IG?

Por mi estatura, por mi voz, me parecía imposible dar un paso más. ¡Me costaba un mundo! Sufría comentarios de la gente a mi paso, en voz alta, unos con burla, otros con compasión.

¡Aguantaba sólo por el ansia de cambiar!  Pero pude, poco a poco, muy poco a poco, encontrar un estilo discreto, el mío, que me iba bien y ante el que la gente parecía no reaccionar.

Era y es muy sutil; colores; líneas; estilos; todo experimentado muy poco a poco, mirando a quienes me miraban, ideando, cambiando. Un auténtico estilismo, muy femenino por cierto, muy paciente.

Fue un año después de haberme operado cuando me decidí a usar falda, en octubre de 1996, al volver a clase.

¿Podría eso sustituirse por un "ya", "a la orden" del psicólogo, lanzarse al agua de golpe, porque es la condición para seguir, para complacer sus requerimientos personales, sus gustos estéticos, y arriesgando incluso que parezcan un fracaso en la "prueba de la vida real" todos los estropicios y las angustias que una tenga que soportar, ya, por complacer al psicólogo?

Y, como fondo, en todas las preocupaciones de mi transición, había un dato a mi favor que no tiene que ver con mi condición de mujer transexual: que mi puesto de trabajo era mío, dato importantísimo para justificar mi seguridad.

¿Y si no lo hubiera sido? Simplemente, con una hipoteca y mi anciana madre a mi cargo, no hubiera podido.

Mi transexualidad hubiera sido exactamente la misma, pero si yo hubiera trabajado  por ejemplo en un colegio privado,  no hubiera podido ponerme falda, ni pasar de los chándales.

Y ahora, lo mismo. No se puede minusvalorar el miedo al paro, ni decretar que sea señal de que no se es “una verdadera transexual”.

Para este estado de cosas tan lamentable están contadas las horas, desde que el Gobierno ha decidido sumarse al movimiento de despatologización de la transexualidad, de autonomía transexual, se puede llamar.

Pero las guerras no acaban con la intención de firmar la paz, sino hasta que no se pega el último tiro.

Mientras, seguirá habiendo en España y en otros países personas amenazadas por este tiroteo.

Por eso escribo estas líneas, para los psicólogos de las U “T” IG que tengan conciencia. ¡Disparen ustedes alto, al aire, no al cuerpo, por favor! ¡La guerra ya está decidida!

Déjennos que las trans vivamos tranquilamente y sean nuestros consejeros, no nuestros jueces tan temidos.  

Kim Pérez 23-08-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                                       "Sexuación" 

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Este estudio de la sexuación humana es biologicista. Es verdad que existen otras dimensiones de la misma que son sociologistas o culturalistas o psicologistas, pero hay un orden en todo ello en que lo primero es la biología y los segundo lo social o cultural o mental, esto ya no sé decir en qué orden. Por encima de lo que querríamos que fuera, pero no es, la biología es bioquímica y la química ya sabemos el poder que tiene sobre nuestra vida: una simple pastilla nos mata o nos revive, nos hace delirar o nos estabiliza.

Los humanos, como lo mamíferos, empezamos nuestra existencia manifestando una anatomía muy uniforme, en la que aparecen estructuras comunes a todos como un órgano clitorideo y unas glándulas mamarias, sólo diferenciada por la existencia de grupos cromosómicos XX, XY u otros.

La presencia de uno o varios cromosomas Y determina un flujo de andrógenos que masculiniza al ser en formación, desarrollando el órgano clitorideo hasta convertirlo en pene, dejando las glándulas mamarias en su estado germinal y configurando el cerebro de una manera diferenciada que generará una conducta y una sexualidad igualmente diferenciadas..

Este flujo no tiene valores exactamente prefijados, sino que tiende a unos valores medios que pueden ser individualmente menores o mayores, hecho que puede ser denominado hipo- o hiperandrogenia XY.

También las personas XX experimentan flujos de andrógenos, procedentes de las cápsulas suprarrenales que, en una escala distinta a la de las personas XY, pueden ser también menores o mayores, en una hipo- o hiperandrogenia XX que, en sus valores más altos, puede alcanzar los niveles bajos de las personas XY.

Por tanto, los resultados del flujo de andrógenos en la gestación generan lo que en términos matemáticos se llama un conjunto difuso caracterizado porque sus elementos (cada uno de nosotros) se identifican por un “más o menos” de la propiedad que lo forma (en este caso, la androgenización) y no como un “sí o no”, con el que se forman otros conjuntos que son cerrados, no difusos.

No es el único conjunto difuso en que nos agrupamos los seres humanos; otro puede ser el de la estatura; o el de la fuerza física; o el de la inteligencia; o el de la belleza; o el de la generosidad; todos ellos caracterizados por ese “más o menos” de lo difuso, que estadísticamente da lugar a medias, medianas y modas. Precisaré también que “más o menos” no es “mejor o peor”, sino más o menos de una cualidad determinada, que puede ser “menos o más” de otra.

El conjunto difuso de la androgenización genera dos modas que son las personas con niveles más bajos y las personas con niveles más altos en andrógenos, llamadas en el lenguaje común “mujeres” y “varones”, que pueden interactuar en la reproducción sexuada.

¿Hay por tanto mujeres y hombres? Es evidente. ¿Puede haber mujeres y hombres que lo seamos desde dentro, independientemente de nuestra apariencia? Sabemos que sí. ¿Puede haber personas que no se identifiquen ni con los hombres ni con las mujeres? También, porque estas mismas personas lo dicen y sabrán por qué. Voy a explicar todo esto.

Recuérdese que, dentro de la gama de valores numéricos que constituye ese binario, existen en los dos casos hipo- e hiperandrogenias relativas, de modo que mujeres y varones no tienen valores de andrógenos homogéneos, sino caracterizados por el “más o menos” difuso.

Como la androgenización actúa sobre la configuración del órgano clitorideo, la distinción de las gónadas, el desarrollo de las mamas y la forma del cerebro, las diferencias del flujo de andrógenos pueden generar distintos grados de diferenciación sexual, todo ellos derivados del “más o menos” androgénico.

Todos corresponden por tanto a una intersexualidad difusa, un “más o menos” que los separa del binario mayoritario y también difuso. Esta intersexualidad puede manifestarse en particular en la intersexualidad fenotípica o perceptible a simple vista (a la que hasta ahora se ha reservado este nombre) y en otras que requieren estudios anatómicos más profundos. Muchas veces la intersexualidad se puede definir como desarrollos segmentados de ciertos órganos, masculinizados unos y no masculinizados otros.

Esta diferenciación sectorial puede darse también en el cerebro, cuya masculinización o no masculinización puede ser independiente de la del resto del cuerpo, puesto que ésta sobreviene en un flujo que tiene lugar hacia la cuarta semana de vida, mientras que la del cerebro se produce mediante un flujo especial hacia la octava, flujos que se dan todos dentro del más o menos de lo difuso.

La no-masculinización o la masculinización del cerebro, o sus rasgos intermedios, tienen máxima importancia puesto que de ella depende el concepto de nosotros mismos o identidad y nuestra conducta sexuada, muy en particular la sexualidad o conducta relacionada con la unión sexual misma.

Puede verse que las transexualidades, en sus distintas manifestaciones (transgenitalidad, transgenericidad, transvestismo) son hechos de identidad o autoentendimiento derivados de una diferenciación sectorial del cerebro, lo mismo que algunas homosexualidades, la feminizante XY o la masculinizante XX.

La importancia de los hechos sexuados cerebrales es que son los más específicamente humanos puesto que constituyen nuestra consciencia. Lo mismo que yo me veo existir como persona pero no tengo consciencia directa del funcionamiento de mis órganos por separado, se puede decir que tengo una consciencia de mi sexo cerebral diferenciada y más fuerte, intensa e íntima que la del funcionamiento de los órganos genitales, que pueden llegar a ser entendidos como ajenos. Así puedo decir legítimamente que soy mujer o soy hombre o soy ambiguo independientemente de lo que el resto –pero sólo el resto- de mi cuerpo afirme.

Lo mismo que no se puede apreciar que sea “malo o bueno” ser hombre o mujer, tampoco estas diferencias son “sanas o enfermas”, en cuanto que la persona que las experimenta puede vivir establemente e incluso reproducirse.

Se puede observar que las diferencias de “más o menos” en la sexuación corresponden todas a la variabilidad natural, presente incluso dentro del binario mayoritario, y que puede extenderse hasta fuera del binario. Muchas veces, se puede observar que estas diferencias son claramente útiles para la especie: mientras que la hiperandrogenia XY es útil a efectos de defensa física –agresividad, fortaleza-, los valores intermedios o la hipoandrogenia XY son más útiles para el desarrollo de la abstracción. Mientras la hipoandrogenia XX favorece el cuidado de los niños –maternalidad-, la hiperandrogenia XX desarrolla también la asertividad y la abstracción. 

Kim Pérez 16-08-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                "Lactancia de mujeres transexuales" 

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Dejadme poner primero un montón de defensas: esto sólo le interesa a unas pocas mujeres transexuales, mucho más en la teoría que en la práctica; es un hecho muy raro y muy poco frecuente; y podríamos olvidarnos de él, sin que tuviera repercusión alguna.  

Pero existe.  

Sé, además, que es un hecho que no tiene que ver ni siquiera sólo con las mujeres transexuales.  

Puede ser propio de biohombres que no manifiestan cuestiones de identidad algunas.  

No tiene que ver ni siquiera con el dilema operación-no operación.  

Tiene que ver, en cambio, con el hecho de que las personas humanas tenemos, al principio de nuestro desarrollo, una realidad ambivalente, presente en todas en la existencia de glándulas mamarias y pezones y en la de un sólo órgano clitorideo-peniano.  

Como consecuencia de esta realidad ambivalente, en cada una de las personas suele existir un desarrollo mayor de uno de los sexos al mismo tiempo que vestigios del otro, que pueden estar a su vez, más o menos desarrollados.  

Éste puede ser el caso de las glándulas mamarias en las personas XY.  

En general, en éstas, su desarrollo está inhibido por el juego hormonal que mandan estos cromosomas; pero algunas veces, la inhibición es menor, y permite cierto desarrollo, como sucede con cierta frecuencia en la llamada ginecomastia, que quiere decir simplemente mamas algo desarrolladas en un varón y que pueden dar lugar incluso a una secreción de algo de leche.  

Hasta aquí, todo esto entra dentro de lo corriente. Hay numerosos casos de ginecomastia, hay numerosas razones por las que se produce.  

Las mujeres transexuales aprovechamos esta ambivalencia inicial para desarrollar las mamas mediante una hormonación conforme con nuestra identidad, lo mismo que en los hombres transexuales se da cierto desarrollo del órgano clitorideo-peniano.  

Lo que es mucho menos frecuente es que las mujeres transexuales lleguemos al punto de desear alcanzar la capacidad de lactación.  

¿Para qué? Ni se nos ocurre. ¿Para quién? Muchas veces somos estériles. Nadie nos va a confiar un niñito para que lo amamantemos. Otras veces, es a nosotras a quienes no se nos pasa siquiera por la cabeza, por simple realismo. En fin; las mujeres transexuales tenemos suficientes problemas para bregar con la realidad como para bregar con los sueños.  

Sin embargo, es cierto que a veces nos casamos. Y a veces adoptamos. Pero el principio del realismo se impone: me gustaría mucho, pero para eso están los biberones.  

¡Y santas pascuas!  

Pero está la tenaz voluntad humana, y más aún la tenaz voluntad transexual.  

Es verdad que son pocas las que llegan a atreverse, pero algunas lo hacen.  

Poned por ejemplo los términos lactation y transsexual en un buscador, y encontraréis algunas, no muchas, pero algunas que lo están intentando y hasta lo han conseguido.  

Las circunstancias, siempre distintas, son las que lo permiten o no, como las personas transexuales lo experimentamos tantas y doloridas o sorprendidas veces.  

Una de ellas, que parece milagrosa, pero a veces, y sólo a veces, puede ser real, es la historia de una pareja de mujer transexual y mujer biológica, que decidieron amamantar conjuntamente a sus hijos, encontrando en ello una profunda experiencia de unidad entre ellas y con ellos.  

La técnica para conseguirlo al parecer es sencilla, pero requiere esa tenacidad que decía antes.  

Es preciso que las mamas no se encuentren muy alteradas por implantes, lo que hoy por hoy, no se puede solucionar.  

 En caso de que sea así, se recurre a dos vías simultáneas: la primera, una muy sencilla, ya comprobada en mujeres biológicas, que consiste en una estimulación perseverante con un sacaleche artificial, muchas veces al día, durante meses.  

La segunda, al mismo tiempo que la anterior, un tratamiento medicamentoso, de cuya fundamentación no tengo ni idea.  

Está claro que para la inmensa mayoría de nosotras esto no va a ser nunca realidad.  

Pero para algunas puede serlo y es bueno que lo sepan. 

Kim Pérez 19-07-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                           "Reasignación de sexo en Iran" 

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Hace poco tiempo, me enteré de que los y las transexuales están siendo atendidos en Irán, se han hecho cientos de operaciones de cambio de sexo, el país donde más se hacen, por el estilo  de Thailandia, y las personas que se someten a ellas reciben una identidad legal en conformidad con su nuevo sexo.

Esto se debe nada menos que a una fatwa o dictamen del Imán Jomeini, que en paz descanse, que encontró que la transexualidad no está mencionada en el Corán y por tanto decidió tener una actitud comprensiva y benévola.

Sin embargo, la homosexualidad está mencionada sin comprensión alguna en el Corán, y en consecuencia en la República Islámica se viene matando a cientos de homosexuales desde su implantación, un verdadero genocidio.

Según el grupo OutRage!, que sigue a activistas iranios por los derechos humanos, más de 4000 gays y lesbianas han sido ejecutados desde la implantación de la República Islámica en 1979. La cifra puede no ser exacta, pero es la única que he encontrado hasta ahora.

En 2006-2007, Tanaz Eshaghian, una mujer, dirigió un documental, “Transexual en Irán”, que nos permite ver con nuestros ojos y oir con nuestros oídos cómo se realiza el cambio de sexo en aquella nación.

Si se ponen estas palabras en un buscador, la primera cita que aparece lo presenta, en español, tal como fue emitido por Televisión Española.

Tenemos varios  protagonistas.

Un joven transexual masculino, de gestos viriles, decididos y libres, absurdamente obligado a vestir un chador que disfraza su apariencia externa contra su voluntad y que va a hablar con el Doctor sabiendo que es quien puede sacarlo de esa miseria.

Sólo sabemos de su decisión, de su desenvoltura; de que ama a las mujeres. Es el primero en aparecer, pero de quien menos se habla.

Anahita es una transexual muy joven, de veinte años, un poco gruesa, con pechos ya desarrollados; vive con su madre y su hermano menor, adolescente, que dice que todavía no se acostumbra; ha tenido que dejar la Universidad, en la que estudiaba Ingeniería, por su feminidad; sobrelleva con evidente buen humor una barba muy cerrada que debe tapar con maquillaje (prohibido en la República Islámica aunque se ve que hay bastante manga ancha)

Anahita siempre ha ayudado a su madre  en la casa;  y tiene un novio, que encuentro guapísimo, que entra en la casa y se sienta a su lado para el documental y da valientemente la cara, con quien no ha mantenido relaciones supongo que para evitar problemas legales .

Anahita por lo desenfadada y lo graciosa, incluso por su corpulencia y su tosquedad, sus ojos brillantes y su sonrisa encantadora, medio pícara, pendiente de su novio, me recuerda a algunas transexuales andaluzas con quienes comparto una buena amistad.

Anahita va al funcionario que debe atenderla, le explica su voluntad de operarse, acepta dócilmente y muy contenta todas las limitaciones, como ella dice, que va a tener a partir de ahora para vivir como mujer (como no llevar los brazos descubiertos, como le encantaba) y recibe el certificado que atestigua que va a operarse y que le permite vivir como mujer.

Se opera y se ve cómo sigue viviendo con su madre, ayudándola en las labores caseras. Ésta dice que pensó que, como varón, un día la dejaría, pero ahora ve que va a seguir con ella.Y que ve que ahora pueden hablar como madre e hija. Ah, y Anahita va a trabajar como ingeniera...

Pero el novio ahora está más distante. Anahita está más cariñosa con él que nunca, pero él dice que no quiere casarse por ahora.

Una historia femenina, con problemas, pero normal, gracias a la actitud de su madre.

Vida se ha operado hace diez meses (en el momento de grabar el documental) Es alta, de facciones angulosas, nariz bien visible. Es muy dispuesta, como decimos en Andalucía, y resuelta. Parece que no tenía especial voluntad de operarse, ni que tuviera conciencia de transexualidad, pero debía de ser una persona más bien femenina a la que la Policía Moral molestaba y detenía muchas veces.

Por eso decidió operarse y está contenta. Ayuda a otras transexuales a encontrar el camino de la clínica e intenta hablar con sus familias para que no las repudien y librarlas de la calle. En la clínica es muy conocida, por lo que me figuro que llevará alguna comisión que, a la vista de las dificultades que encuentran sus compañeras para salir adelante económicamente, no se le puede reprochar (la clínica recibe una subvención sólo del cincuenta por ciento) Como intenta ser muy cumplidora de todas las normas, se ve obligada a expresar muy formal una opinión contraria a los gays, e incluso afirmar que no tiene ningún amigo gay.

Esto es muy triste, porque no era necesario. Si hubiera dicho a la directora que no quería hablar de eso, hubiera sido respetada. Quizá sea también una consecuencia del deseo de algunas transexuales, también aquí, en los primeros tiempos de su transición, de dejar bien clara nuestra diferencia con los homosexuales. Aquí puede tener gracia, pero en Irán no la tiene.

En fin, ojalá Vida (parece que eligió su nombre en español) se acuerde más de quienes tienen menos suerte que ella y siga haciendo bien su trabajo de apoyo a las transexuales.

Otra historia radicalmente distinta es la de Negar. Es una persona bellísima, con una voz delicada, procedente con su estilizada belleza femenina del medio rural, donde estudiaba en un instituto.

Es tan femenina, que sus compañeros de clase la acosaban sexualmente, por lo que lo dejó. Está más a gusto vestida de mujer, aunque en su casa no podía vestirse.

Sin embargo, Negar no quiere operarse pero son las circunstancias las que la fuerzan. No poder trabajar ni como hombre ni como mujer. Lo intentó como hombre, se cortó el pelo muy corto, pero aun así era tan femenina, que los hombres no dejaban de acosarla a la vez en los dos sentidos: hostigándola y deseándola.

Intentó ser menos femenina, y no pudo.

La entrevistan en la misma cama del hospital, vestida con un pijama verde. Dice y repite que va contra su voluntad. La acompaña una amiga de una belleza también perfecta, con una voz naturalmente muy femenina, que se llama Farhad, aunque éste parece ser su nombre de hombre.

Son amigas desde la niñez, del pueblo, y se parecen tanto, que cada una parece la doble de la otra. Pero, bien visto, Farhad es hasta más bella; en ocasiones, con sus ojos enormes, sus labios bien maquillados, su cara perfectamente lampiña, parece una estrella de cine.

En la clínica, Farhad declara que ella quiere operarse por las mismas razones que Negar, pero que tampoco lo desea. Negar es más retraída y Farhad es más combativa; discute apasionadamente con una periodista su derecho a no tener que operarse si no quiere.

Cuando llaman a Negar para ir al quirófano, las dos amigas se abrazan amargamente. La acompañante comenta que va como para cumplir una sentencia.

Se la ve después de la operación. A esta parte, le dedico con mucho interés mi atención "técnica"; sale con buen color, el largo pelo desplegado, y expresión cansada pero no demasiado dolorida.

Al lado de su cama hay un gotero, en su habitación particular, y supongo que le estarán poniendo calmantes. Algún gesto de dolor aislado, no muy marcado. Una doctora viene a verla, y ella le dice que los dolores son de parto. Pero me parece que exagera, aunque hay que tener en cuenta que su dolor es sobre todo moral.

El documental vuelve a presentarlas meses después.

Farhad ha decidido no operarse porque no quiere quedarse sin sensibilidad  (lo que supone afrontar todos los riesgos legales)

En la entrevista sentada en un auto es cuando la veo bella como una estrella de cine. Vive vestida de mujer. Su familia la ha repudiado y está muy triste.

Negar viene de la calle con un chador, que se quita dejando ver un vestido de noche fucsia (la ropa de mujer de color es también teóricamente ilegal)

Está algo más llena, su rostro se ha vulgarizado. Dice que ahora vive mejor, en una casa con unas mujeres operadas como ella que se ayudan entre sí, dice al principio; también viven de la prostitución.

Sus padres la han repudiado oficialmente, por lo que nunca podrá volver a su casa. Ella dice que, si dejaran atrás esa decisión, ella no podría perdonarles.

Cuenta que la manera legal de prostituirse, siendo ya mujer, es firmar contratos de matrimonio temporal, permitidos por la ley  islámica, incluso uno por hora, hasta veinte al día.

Si un hombre se le acerca diciéndole "Te quiero", su pregunta es “¿Tienes dinero?”.

Afirma que con lo que está viviendo, “ya no le queda ni una pizca de amor”.

Y de pronto se echa a llorar amargamente, tapándose los ojos con las manos.

El cirujano, el Dr. Barhand Mir-Jalali, es un hombre jovial, de fuerte pelo canoso,  y comprensivo con las personas transexuales. Dice incluso lo de que somos más femeninas que las mujeres nacidas así, pero lo justifica dic