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                                                       LA CORRESPONSAL TERMINA SU CRÓNICA   

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A la mañana siguiente, me perdí la mesa sobre despatologización, tan crucial, en que estuvieron Alira Araneta y Sandra Fernández. Alira me ha explicado parte de lo que se dijo, y lo pongo porque yo lo habría puesto. Coincido con Sandra en la idea de que lo trans no está en los márgenes del feminismo, sino dentro de él, incluso en su propio corazón. Ella, sin ser trans, puede reconocerse también en la despatologización, al ser “un cuerpo medicado y apropiado por la ciencia médica”. No fue la única que me perdí de nuestros colectivos más afines. También dejé de ir a otras de Ana Murcia, sobre resistencia transfeminista, a la de las Medeak y las Mass Medeak, a una de las de Raquel Platero, sobre las chicazos, etcétera, y a las de prostitución, en las que habló mi amiga Cristina Garaizábal (no sé si hubo más)  por coincidir con otras en las que estuve o por estar muy concentradada en las que participábamos directamente.  

Esa mañana estuve en la de Laura Bugalho, Elizabeth Vázquez y Astrid Suess sobre la transfobia.

Tres testimonios de personas experimentadas en el día a día, Laura y Elizabeth por su trabajo directo y multiforme con inmigrantes o trabajadoras del sexo trans, Astrid por el indispensable esfuerzo de reunir y comunicar los datos  de la transfobia en el Observatorio en el que coopera con Carla La Gata.  

Como para confirmar e ilustrar con la fuerza horrible de la realidad lo que se estaba diciendo, el blog “Género fluido” trajo el viernes 11 la noticia de que ha empezado el juicio de dos mujeres a las que se acusa de haber presuntamente sometido a coacciones, dar un trato humillante y degradante durante muchos meses y finalmente golpeado a Roberto, un trans masculino, de resultas de lo cual murió en un colchón en el suelo de su propia casa, desnudo y sucio, en 2007.  

Deliberadamente omito toda clase de adjetivaciones y valoraciones, porque esas circunstancias son suficientemente espantosas en sí como para no poder olvidarlas.  

Elizabeth Vázquez explicó detalladamente en su tiempo las técnicas jurídicas que utiliza el Proyecto Transgénero consiguiendo un uso alternativo del Derecho, que aproveche los resquicios de la legislación. Según la oíamos, fue formándose en nuestra mente la idea de que algunas podrían utilizarse en España, especialmente en materia de conseguir el cambio legal de nombre sin pasar por las horcas caudinas de los protocolos psicológicos. Explicaré otro día como están las cosas y cómo podrían estar aquí en este terreno.  

Lo que quiero subrayar de aquella mesa, es que me pareció la reunión del movimiento transfeminista. Estábamos prácticamente todas las asociaciones y grupos que habíamos participado en otras, éramos la mayoría en el aula, junto con personas amigas, y aplaudíamos con un sentimiento de comunidad. En el debate se presentaron  compañeras y compañeros que, siendo de nuestros grupos, se dedican también profesionalmente a la Psicología, y en los que vimos la posibilidad de acabar desde dentro con el poder injusto y disparatado que las leyes han concedido en estos momentos a los psicólogos sobre nuestras personas, permitiéndoles usurpar nuestras decisiones.  

Nos fuimos radiantes a la calle, al terminar. Nos quedamos cerca, en una cafetería, hablando de distintos aspectos de lo que habíamos vivido, y quienes pudieron y tuvieron fuerzas (yo no las tenía, a esa altura) se fueron a la fiesta final de las Jornadas, donde hubo sus más y sus menos por un tema tan transfeminista como la presencia o no de varones amigos.  

En estos días que han pasado desde entonces, he podido empezar a valorar lo que han sido las Jornadas. A primera vista, se podría decir que cada cual las ha vivido a su manera. Ha habido unos ciento cincuenta actos, he leído, muchísimos simultáneos, por tanto, y cada cual ha tenido que escoger su repertorio. De esta manera, puede parecer que ha habido muchas Jornadas distintas, según los intereses de cada una (o uno, porque los ha habido) de las jornadistas.  

Sin embargo, mirando más allá de los árboles que teníamos delante, es evidente que estas jornadas han sido las del no-binarismo feminista, las del transfeminismo, las de los conjuntos difusos.  

Nuestros temas han entrado en tromba, con la fuerza de la vida, para renovar y dar nueva vida al feminismo. En los últimos años, languidecía en la repetición. Como dice una bloguera, qué pereza daba plantearse asistir a una reunión en la que se iba a oir lo mismo, para convencer a convencidas y qué arrolladora alegría descubrir que se planteaba toda una temática nueva, antes oída, pero pocas veces vista en la práctica. Estas jormadas han tenido la virtud de agitar todas las mentes, de plantear mil cuestiones, mil objeciones, y por tanto de renovar las ideas y las experiencias de todas las participantes, personas, no lo olvidemos, abiertas a .lo nuevo y lo justo.  

El no.binarismo ha sido el tema estrella de estas Jornadas y las ha hecho históricas por ello. No hay más que leer los blogs maravillados y casi incrédulos por esto. Es un hecho histórico, porque supone un nuevo ciclo para el feminismo, la entrada en su tercera o en su cuarta ola, plantearse cuestiones inauditas, que traen incluso un vocabulario propio, que hay que comprender, replantearse prácticas y puntos de vista que se habían instalado y que ahora hace falta revisar.  

El principal de ellos, el más innovador, es la comprensión de que el feminismo, aun siendo potencialmente no-binarista desde siempre, aun entendiéndose como el mayor y más potente movimiento de liberación de género, superador justamente de la dictadura binarista, había permanecido hasta ahora atascado en el mismo binarismo que combatía, sin poder ver, como de hecho no podíamos ver casi  nadie, más allá de la dictadura de la concepción de los dos géneros cerrados. Una ideología impuesta durante milenios a toda la población, explica esta ceguera.  

Entender la opresión patriarcal (que es real) como una lucha de “hombres” contra “mujeres”, y por tanto, la respuesta, como una defensa de las “mujeres” contra los “hombres”, ambos términos entendidos como cerrados y homogéneos contra toda evidencia, ha sido la consecuencia.  

Basta con entender los géneros como conjuntos difusos, de mujeres difusas, hombres difusos, intersexuales difusos, transexuales difusos, etcétera difusas, todos, todas (y todes) más o menos mujeres, hombres, intersexuales, transexuales, etcéteras,  y ver que eso es la realidad por encima de toda ideología, para que sea preciso renovar toda la práctica y la teoría del feminismo.  

Eso es lo que hemos aportado los, las y les transfeministas, no-binaristas, difusistas, etcétera y ése es ya un paso irreversible. Una vez que se ha comprendido algo que es verdad, ya no se puede olvidar. 

Kim Pérez 14-12-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                             DE NUESTRA CORRESPONSAL EN JORNADAS FEMINISTAS ESTATALES DE GRANADA  

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Por segunda vez desde que colaboro en este Diario Digital  Transexual de Carla Antonelli, según creo, me he retrasado al enviar este Comentario Semanal.  

La otra vez debió de ser por un accidente de auto que sufrí; esta vez ha sido casi intencionado, porque quería hablar de las Jornadas Feministas Estatales que todavía hoy, lunes 7, se están celebrando en Granada.  

Desde junio de este año, nuestro grupo Conjuntos Difusos, formado por cuatro personas trans y por feministas integrantes de la Asamblea de Mujeres de Granada, se estaba preparando para participar en las Jornadas, llevando el tema del no-binarismo de género que interesaba a todo el mundo.  

Poco a poco, fue evidente que iban a participar otros grupos transfeministas radicales y despatologizantes como la Acera del Frente, con la ya histórica activista Juana Ramos y con Alira Araneta, la Guerrilla Travolaka , con Miquel Missé y Miriam Solá, las Medeak de Donosti y las MassMedeak de Bilbao,  Laura Bugalho, también histórica activista gallega, muy centrada en la inmigración, y por nuestra parte nos esforzamos en que estuvieran presentes Belissa Andía, del Secretariado Transexual de la ILGA mundial y Elizabeth Vázquez, del Proyecto Trvnsg3nero de Ecuador.  

Nosotros, la gente de Conjuntos Difusos, decíamos medio de broma, medio en serio que el no-binarismo se iba a convertir en el tema estrella de las jornadas. Lo deseábamos, pero no estábamos nada seguras de que las cosas fueran así.  Pero ya estaba claro que una treintena de activistas trans feministas, incluyendo a muchos trans masculinos y a personas que usan el prefijo trans de una manera completamente innovadora, íbamos a estar presentes.  

De hecho, el treinta por ciento de las ponencias y mesas redondas de las Jornadas iban a ser nuestras, casi una de cada tres. Sólo esto, representa un cambio mayor.  

Para entenderlo, hay que tener en cuenta la posición del feminismo en este momento, en que está experimentando un cambio de ciclo histórico, porque muchos de sus planteamientos clásicos han llegado ya a su conclusión lógica y la mayor innovación es teoría queer, que tiene ya casi veinte años, pero que ha lanzado también la cuestión del no-binarismo.  

Todo ello se plantea en el feminismo de 2009 en esta gran cuestión: “¿Cuál es el sujeto político del feminismo?”, es decir, quién hace el feminismo, la mujer, las mujeres, en su variedad, otros sujetos afines, en liberación gracias al proceso de liberación de género iniciado por las mujeres hace doscientos años, muchos de los cuales puede ser que no nos definamos como mujeres ni como hombres, quizá como trans en un sentido muy abierto, como intersex, como andróginos, etcétera,  y sin embargo somos personas realísimas?  

Nos dábamos cuenta, nos decían, de que nuestras posiciones no-binaristas tocaban de frente la cuestión. No sabíamos hasta qué punto el movimiento feminista español era consciente de todo ello.  

Anteayer, sábado 5, empezamos a darnos cuenta de todo en la ceremonia de inauguración. Yo estuve, por primera vez, en la inmensa sala central del Palacio de Congresos, comparable, para que os hagáis idea, a la del Parlamento chino, pero mucho más bonita, en la que había tres mil feministas.  

No dejamos de registrar alusiones bien marcadas a trans e intersex en las alocuciones iniciales. Pero todo culminó cuando Lola Van Guardia leyó un divertido sketch en el que una madre feminista dialogaba con su hija transfeminista o algo así. Es preciso decir que transfeminismo ha llegado a ser resignificado no ya como el feminismo de las trans, aunque parte de él, sino como una especie de feminismo transexual, que recorre con desparpajo los géneros.  

Era la mejor manera de presentar la cuestión de una manera dialogante, con humor, casi o preinteregeneracional ¡y de reconocer que éste iba a ser el tema estrella de las Jornadas! ¡Asombroso!  

La visibilidad física empezaba desde nuestra instalación en el mismo hall de la Facultad de Ciencias, llamada Espacio Difuso, realizado por nuestras compañeras Encarna y Loli, y también por Virtudes Martínez Vázquez, también compañera, que es un recorrido en el que se entra por una de las dos puertas de “Hombres” y “Mujeres” y se sale, después de varias experiencias de elección, por vestirse con prendas de hombre o de mujer (abotonadas a los lados establecidos), por ver videos y examinar una especie de “Principito” variante de género, pasando por una puerta múltiple sobre la que los letreros dicen “Yo” “Ich” “Moi” “Eu” “I”, etcétera.  

Lo gracioso es que, al ver las dos puertas de entrada, “Hombres” y “Mujeres”, algunas se acercaban al principio creyendo que eran los servicios, aunque también alguna dijo “Pues ya que estoy aquí, hago el recorrido”.  

Esa misma tarde, el ambiente empezó a animarse. Juana Ramos participó en una mesa redonda en la que expuso sus puntos de vista completamente coherentes con todo lo dicho y de paso aludió a las muestras de nuestro transfeminismo en las Jornadas de Córdoba de 2000. Luego, en el debate, Laura Bugalho hizo una llamada apasionada al “ya”, no al “mañana”, y las Medeak leyeron su manifiesto que terminaba diciendo que el feminismo de mañana será el transfeminismo o no será. ¡Nada menos!  

Por primera vez, en los oídos de muchas asistentes, sonaban conceptos como “biohombre”, que, aunque se pueden discutir, tienen una fuerza de cambio arrolladora.  

Ayer domingo, por la mañana, tuvimos otra mesa redonda a la que, primero, temimos que íbamos a estar cuatro gatos, pero enseguida, el aula se fue llenando y llenando hasta que se quedó gente fuera. Empezó Elizabeth Vázquez, contando lo que hacen en Ecuador y muy particularmente la enorme diversidad de las formas trans allí presentes, tradicionales o modernas, como la androginia de la Costa , en la que puede haber un mamá, o formas como las machas, los hembros, las femeninas, etcétera, etcétera, una variedad que afortunadamente al medio minuto te hace dar vueltas la cabeza porque es la variedad humana, ajena del todo a las clasificaciones de las tradiciones culturales europeas y norteamericanas, tan excesivamente racionales. El discurso de Elizabeth causó un profundo impacto a quienes comprendían, al oírlo, que no hay dos géneros, sino una multiplicidad, y eso basado  en la práctica y la realidad.  

Luego, Astrid Suess, nuestro compañero,  contó la historia y la formación del concepto de los Conjuntos Difusos, aportando imágenes que permitieran su comprensión y que sabíamos que eran muy efectivas. A partir de esa presentación de los conceptos no-binaristas, luego yo aludí a la subjetivación, es decir, cómo el proceso trans, y también el de los obesos, las feas, etcétera, conduce a tomar distancias respecto a tu cuerpo y tus circunstancias y a ser, finalmente, yo, persona, como solemos decir los y las trans. Entonces, para ejemplificarlo, cedí la palabra a nuestros compañeros Pablo Vergara, luego a Astrid Suess de nuevo, luego a María Angeles Cantero y luego a dos participantes del público, que era lo que pretendíamos. El conjunto de la intervención resultó muy impactante y fuimos muchas las personas a quienes se nos saltaron las lágrimas en unos momentos u otros.  

Y al terminar nos fuimos a la Escuela de Arquitectura Técnica, en la que Pablo y Astrid llevaban un espacio de debate en representación de Conjuntos Difusos, en el que los participantes trabajamos sobre una definición del binarismo, luego, en pequeños grupos, sobre lo que entenderíamos sobre el no-binarismo y finalmente lo pusimos en común y elaboramos un documento en power point sobre nuestras conclusiones. Como para confirmar nuestras apreciaciones generalizadas, las participantes jóvenes mostraron ideas muy nuevas que obligaban a reflexionar a las mayores, y finalmente, a aceptarlas. Hubo una participante que se definió como lesbiana, y precisamente por eso, y sólo por eso, como transgénero. Las ideas corrían y dislocaban planteamientos incluso nuestros.  

Por la tarde, Juana Ramos y Astrid Suess llevaban un segundo espacio de debate sobre translesbianismo, deseo y toda esa maravillosa selva. Se contaron experiencias personales, las dificultades tradicionales de la ubicación como trans entre lesbianas o en relaciones no etiquetables, y la necesidad de que las etiquetas no ahoguen nunca la vivencia del deseo. Una participante expuso otras dificultades relacionadas con la expresión jurídica de las nuevas relaciones, y Elizabeth Vázquez le respondió contando su experiencia con el uso alternativo del derecho que el Proyecto Trvnsg3nero practica en Ecuador.  

En cuanto terminamos, nos fuimos a toda prisa a la tercera gran mesa redonda en la que participamos, en una gran aula en la que cabían trescientas personas quizás, y en la que fueron entrando hasta sentarse en los pasillos, en todo espacio libre, incluso en la tribuna, y quedándose mucha gente en la puerta sin poder entrar. Astrid nos fue presentando y fuimos hablando, primero Belissa Andía, alta funcionaria internacional que contó sin embargo su historia personal, en la que figura, en su adolescencia, un ataque por una cincuentena de chicos a puntapiés y otros golpes, que podría no haber contado si no fuera porque unos adultos vinieron en su rescate, y después las historias de la prostitución trans, el trabajo del sexo. Yo quise hacer una exposición teórica que mostrara claramente lo que es el binarismo, su carácter falso e ideológico, su vinculación a la dualidad dominantes-dominados, que no admite terceros que se escapen, y a la solución real representada por el no-binarismo, o, en términos no negativos, los conjuntos difusos, expresión matemática basada no en el sí o no, sino en el más o menos, que hace de todos, no “hombres y mujeres y punto”, sino mujeres difusas, hombres difusos, intersex difusos, trans difusos, etcétera. Luego Miriam Solà, del colectivo Les Tisoras, tecnificó su exposición transfeminista, como era necesario y conveniente ante un auditorio en gran parte académico, dividiéndola en dos partes, una filosófica y otra política, y finalmente, Miquel Missé explicó, transformando su experiencia personal en dimensión teórica y política, las fuertes razones de su militancia despatologizadora, porqué no tiene inconveniente en considerarse “un hombre con pechos”, coincidiendo sorprendentemente con algunos de los andróginos de la Costa ecuatoriana, y por qué se considera un hijo del feminismo. La emoción de las participantes llegó en ese momento al máximo, comprendiendo vitalmente el significado de lo que exponíamos.  

Ahora me tengo que ir deprisa, porque queda la mesa redonda sobre transfobia de hoy, en la que van a hablar de nuevo Laura Bugalho, Elizabeth Vázquez y Astrid Suess.  

Kim Pérez 07-12-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                             BEATRIZ ESPEJO

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Beatriz Espejo es una mujer. Es una transexual. Es una prostituta. Es joven. Es guapa. Ha escrito últimamente un libro, “Manifiesto Puta”, cuyo nombre sacude a quien intenta decirlo.  

Tiene la enorme autoridad de quien escribe desde la base de la sociedad, el lugar de quienes descargan y cargan en los mercados, de quienes sirven los cafés de las cuatro de la madrugada, de quienes atienden en las urgencias nocturnas, de quienes ponen en marcha la ciudad o la hacen reposar.  

Cuando Beatriz da una opinión, dan ganas de callarse y de pensarla muy bien, porque seguro que está muy fundada en la teoría y en la práctica.  

No es que tenga asegurado que no se equivoque, como es natural, es que todo lo que dice tiene mucho peso, y si se quiere desmontar, habrá que pensar mucho.  

Por ejemplo, cuando habla de la prostitución como valor. Como un contrato libre, entre iguales (salvando las ocasiones en que no lo sea), que garantiza la libertad de la mujer que quiera vivir de ella.  

Muy distinta de muchos enlaces convencionales en los que se cambia seguridad por regulaciones y limitaciones. O estabilidad por sinceridad. ¿Qué corazones son los que siguen cantando a la luz blanca de las siete de la mañana?  

Todo esto hace temblar o rechina a los tímidos bienpensantes que no han pisado la calle noche tras noche ni tienen el placer de vivir a su intemperie.  

Se equivoca Beatriz cuando postula la promiscuidad, en general, como mejor que la monogamia, pero no se equivoca cuando dice que, para algunas personas, puede ser más hermosa, y que deben ser respetadas.  

No es que quien sueña con una casita con los postigos colorados, llena de niños desayunando al sol, y con un amable compañero cuidando también de ellos, no tenga derecho a ese sueño. No se trata de que la mantequilla y la mermelada tengan algo de malo, sino de que no se impongan a quien prefiera otra forma de vida.  

¿Seguimos pensando en reglas universales, iguales para todos, en un mundo que ya ha visto cómo se hace eso, vestirse al estilo Mao y desfilar rítmicamente?  

Porque esto es lo que vienen imponiendo vía ordenanzas municipales, como Beatriz denuncia, las abolicionistas de la prostitución,  defensoras de una nueva decencia, “la dignidad de las (otras) mujeres”, que se inmiscuyen en sus vidas y arbitran castigos y penalizaciones a diestro y siniestro.

Defiende Beatriz que no tienen ni idea de lo que es la prostitución, que no la han visto de cerca en sus vidas, de lo que sin duda se sienten muy contentas, y que organizan el mundo desde sus despachos subvencionados.  

Y que tenga cuidado quien intente polemizar con ella con un estilo lleno de abstracciones que quedan muy bien en los ambientes académicos, porque se llevará de hecho, en el estilo en que escribe, mucho más fuertes de lo que yo sé decir, una rociada de imprecaciones que dejan la vaga sensación de que todo se ha puesto en su sitio.  

Que piense lo que dice, porque Beatriz habla con el fundamento de la experiencia y de la práctica.  

Es verdad que hay ocasiones de explotación, como las hay en todas las actividades, pero Beatriz sabe, porque las ve, sus proporciones. Y lo que no ha lugar es a un mundo en que todo siga igual, porque seguirá, pero clandestinizado, una ley seca que genere sobornos, chantajes, batidas, fugas, el reino no deseado de represión policial sobre un mar, el del sexo y la pasión, al que se intenta poner puertas.  

Éste es uno de los temas de “Manifiesto Puta” (Editorial Bellaterra) Luego seguiré con otros. 

Kim Pérez 30-11-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

 

                                                                         UNA AMIGA MÍA

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UNA AMIGA MÍA 

Esta semana tengo que hablar de una de nosotras, primero, por ella misma, y segundo, porque su historia puede ser la de muchas, o parecida a la de muchas. Es verdad que este espacio no es mío, y que tendría que pedirle permiso, pero lo hago porque no es sólo su historia, sino nuestra historia. 

Un niño transparente que nace muy cerca del mar. Me imagino lo que eso es, porque yo no nací junto al mar, pero sí estuve yendo a la playa los primeros años míos. El mar es algo santo que embellece todo lo que toca. El niño gozaría de las excursiones de ida y vuelta a la playa, hasta andando, y de mil pequeñas cosas, como todos los niños: de las flores, de las cañas, de las aventuras. 

Le gustaría su pueblo y supondría que iba a a pasar su vida en él. Poco se imaginaría la tormenta, la tempestad, la tromba, que iba a caer sobre su vida y nada más que sobre la suya. 

Porque no hacía ni quería hacer nada de particular ; era un niño tranquilo y me imagino que querría tener una vida tranquila. Conforme crecía, se daba cuenta de que estaba más a gusto con las niñas que con los niños, lo que no tiene que tener  nada de particular. 

Y hasta los modales. ¿Qué tenían de particular sus modales de niño tranquilo y delicado? Eran modales de buena educación. ¿Por qué, en el colegio, empezaban a mirarlos como si los estuvieran descubriendo, y en cambio parecía normales los modales bruscos y alborotadores de los niños a los que les gustaba jugar al fútbol? 

Cuando un niño crece, se convierte en un muchachillo, delgado y esbelto, lleno de pasión. También la pasión, de manera natural, como si no tuviera nada de particular, se vuelve hacia otros muchachos. No se ha hecho nada para que sea así. Brota en el alma como las flores en los tallos. No habría nada que ocultar. 

Sólo que, pronto, se dio cuenta de que había que ser muy prudente respecto a estos sentimientos, porque si para él mismo no tenían nada de particular, y eran naturales como el agua, parecía que todos los demás se escandalizaban cuando otra persona los tenía, y hacían aspavientos, y se burlaban, y ponían motes. 

Y el huracán, el vendaval, los nublos negros, el aguacero, la inundación, se desencadenaron sobre el muchacho, y sólo sobre su persona, sobre nadie más. De pronto no tenía sitio en el pueblo, ni nadie queria tener nada que ver con él. “¿Pero qué he hecho? Yo era yo y sigo siendo yo”. 

Tuvo que salir corriendo y a la ventura, irse lo más lejos que pudo, al anonimato. ¿A quiénes se encontró? A otras personas hundidas. A los despreciados. ¿Qué hizo? Lo que pudo. 

Emergió de aquel temporal una mujer alta y delicada, bellísima. Pero no era fácil para ella sobrevivir. Si hubiese sido una mujer de las que podían salir de sus casas a las calles del pueblo, se la hubieran rifado. Siendo como era, bastante era con salir adelante. 

Tenía veinte años, estaba empezando a vivir, y esto era lo que le había tocado. Estuvo a punto de hundirse en las profundidades de la vida. Sobrevivió. Sacó la cabeza. 

Poco a poco fue enterándose de cómo funciona la vida y fue adaptándose. Se fue muy lejos, como a dos mil kilómetros. Vivió y brilló. Su belleza ya no podía ser negada. 

Conforme la vida cambiaba para ella, cambiaba para todos. Todas las personas que estábamos como ella, o sobrecogidas de miedo en nuestros rincones, o viviendo contra viento y marea, empezamos a notar que el viento era más suave. 

Ella encontró incluso su sitio en un partido político. El que había representado para ella, desde su adolescencia, la justicia, el progreso y la libertad. Fue bien acogida, cordialmente. 

Su futuro empezaba a dibujarse en la política, por solidaridad, para evitar que más gente siguiera pasando lo que ella había pasado. Llegó a lo más alto, verdaderamente conocía en el partido a todo el mundo. 

Hasta que se le presentó un dilema del que apenas se habla, pero del que voy a hablar, porque muestra, para quienes nos desprecien, la verdadera manera de ser de las transexuales. Ya había visto, años antes, otra historia similar, cuando unas amigas trans decidieron hacerse cargo de una compañera que se moría de sida. Su estado era tan terminal, que en el hospital querían mandarla ya a su casa. Pero ella, que seguía en los malos tiempos que a tantas les tocaron, no tenía casa donde ir. Entonces, sus amigas, decidieron hacer un turno para estar siempre una a su lado, y que no se encontraran al volver que el hospital la había despachado. Ah! Y fueron ellas quienes la acompañaron en la agonía, porque la familia de ella, aunque la avisaron, no quiso saber nada. 

Por eso, dejadme ahora que cuente otra historia de esta otra amiga, y sobre todo, déjame tú que la cuente. Considera que no es una historia tuya, sino una historia nuestra, de las que demuestran que las transexuales, a quienes muchos arrinconan y desprecian, somos simplemente humanas y a veces sabemos hacer lo que tienen que hacer los seres humanos. ¡Ésta es la verdad que demuestra hasta qué punto se equivocan quienes creen que debemos ser marginadas, como se equivocan con tantos otros marginales, que hubieran necesitado una mirada de respeto! 

Pues bien, voy a contar esta historia nuestra. El partido en el que ella había visto una tradición de progreso, justicia y libertad, había prometido una ley para los y las transexuales, pero los mil asuntos de la gobernación se ponían uno y otro delante, y ella se dio  cuenta de que se arriesgaba el olvido de la promesa. 

Y las personas transexuales, nosotras, necesitábamos un reconocimiento y un respeto, lo primero de todo. Que nadie volviera a creer que era normal lo que ella tuvo que aguantar en público o yo en el armario o tú en tus circunstancias. 

Estuvo pensando lo que podía hacer y tuvo claro que sólo una cosa. Emplazar públicamente al inmenso cuerpo del partido a que cumpliera sus promesas. 

Pero también se daba cuenta de que, de hacer así las cosas, se jugaba su futuro en el partido. 

Pensó: “¿Podría yo soportar la mirada de una trans en la calle si ahora no hago nada?” 

Y decidió jugarse su futuro, y ganó su apuesta sobre la Ley, pero perdió su futuro, por lo menos, de momento, mientras alguien no comprenda que hizo al partido fiable para las y los transexuales y para todos los que nos quieren y respetan. 

Sencillamente, quiero preguntarme cuántos políticos profesionales serían capaces de hacer algo parecido, y por poder sostenerles la mirada a quienes confiasen en ellos. 

La vida siguió, sin embargo, bien, incomparablemente mejor que la de antes. Sin embargo, esta historia creo que ha sido olvidada por todos.  No creo que ni siquiera haya contado para lo que hoy me mueve a escribir esta historia. 

De pronto, su pueblo, del que tuvo que salir huyendo, se ha acordado de ella, y le ha concedido uno de sus premios anuales. 

La trans que escapó como pudo vuelve entre los suyos, que le entregan un reconocimiento público. Han cambiado los tiempos; ahora no es como antes. ¿Han estado diciendo, cada vez que la han visto en televisión, “ésta es de Güímar?” ¿Han sentido, profundamente, la injusticia que se hizo con ella? ¿Han querido, de verdad, repararla? 

¿O más sencillo, han percibido su belleza como uno de esos regalos que reparte la vida aquí o allí, y que lo ennoblece todo? 

¿Han sentido ante ella el aroma del glamour, y les honra sentirlo en una hija del pueblo? 

Bien está. Anoche, viernes, estuvo en el Ayuntamiento y oyó un discurso encomiástico, sentada entre los más respetados.  Esta mañana, al despertarse, habrá sentido que se ha hecho verdad lo inimaginable. Ha vuelto a Güímar. 

El Ayuntamiento le ha dedicado unas palabras amables y respetuosas, en nombre de los que tenían que habérselas dicho al principio de su vida. Está bien. Es de agradecer. Todas las demás tenemos nuestros pueblos. Es una esperanza. 

Kim Pérez 23-11-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                                                    TORRENTE DE VIDA 

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TORRENTE DE VIDA 

Cada edad tiene su gracia y te va metiendo en tromba en ella, con todo el poder de la vida. Ves llegar nuevas perspectivas, alejarse otras, quizá quisieras aferrarte a las antiguas, pero las fuerzas naturales te arrastran y no se les puede resistir; sólo puedes mirar e intentar comprender. 

Puedo hablar ya de cosas a la que la mayoría de las personas que entran en esta página todavía no han llegado. Y tanto, que puedo hablar en pasado de mucho de lo que para ellas es todavía futuro. 

Por ejemplo, de que el decenio de los cincuentas (de mis cincuenta años) fue una verdadera segunda juventud para mí. Por primera vez en mi vida fui a un montón de discotecas, de bares de ambiente, de terrazas de verano, bailé todo lo que pude, dejé a muchos boquiabiertos con mi edad (no la representaba), tuve amigos del alma, fui a fiestas en sus casas, comí con ellos, estuve en Chueca, gocé del ambiente, me despedí con un pico sintiendo sus caras pinchudas o sus suaves barbas, en fin! 

Todo fue porque por primera vez en mi vida pude vivir como trans y salir de una represión que me había tenido amargada durante los veinte, y los treinta y los cuarenta! Es verdad que la libertad se puede comparar con una paloma que sale de una jaula estrecha al cielo azul. Aquello era lo que sentí y por eso los cincuenta fueron tan hermosos para mí, los más hermosos de mi vida. 

Llegaron los sesenta, llegué a los sesenta y cinco, me retiré y poco a poco llegó el tío Paco con la rebaja. Todavía no ha llegado muy lejos, pero es verdad que, en particular, mis piernas están débiles. Ya no podría bailar, como antes, durante horas, ni caminar durante cinco kilómetros con placer, y deseando seguir. 

Esto me entristece, y hago lo que puedo por ejercitarlas. Sin embargo, soy realista. Esto irá poco a poco a peor, no a mejor. Quiera que no, el torrente de la vida me está haciendo entrar en otra edad, la vejez, y aunque miro con asombro de novata a las paredes, como un preso que acaba de entrar en su celda, aquí estoy. Aquí tengo que estar. 

Lo primero es quizá pensar en las personas a las que conozco a las que voy viendo entrar en la misma cárcel. Por la calle veo a algunas, todavía juncales, hasta guapas. Un mozo del colegio me sigue pareciendo atractivo, sonriente, amable, ágil. No conviene exagerar: esto sólo está empezando. ¿Pero a dónde vamos? 

¡El torrente! Aparta de mí alegrías que eran naturales. Amigos con los que tomaba el té, una entre ellos, compartiendo juventud, esperanza y risas. Tareas en las que me comprometía a fondo, y que ahora me cansan, aunque sigo comprometiéndome en otras, más descansadas. Aunque me esfuerce en reir, en salir, en distraerme, el ruido del torrente, constante, ruido de fondo, todavía quizá confuso y lejano, repite unas sílabas imaginarias: muer-te, muer-te, muer-te. 

Estoy entrando, por tanto, en los confines de la muerte. Esto es es este patio gris y frío, húmedo. No sé cuántos años tardaré en recorrerlo, quizá sea muy grande y tarde muchos, quizá sea pequeño y en un pispás se me haya terminado. Pero ya estoy en él. Prefiero mirarlo cara a cara, sin consuelos superficiales. Una vieja es una vieja.  

Hay una tarea que tengo que hacer, y la edad la va poniendo delante de mí como inevitable. Perderle el miedo a la muerte. Más exactamente, poder morirme como quien pasa en la vida de un momento a otro, con los ojos del alma bien abiertos, sabiendo lo que me voy a encontrar. 

Esta cuestión la he tenido en la imaginación desde siempre, desde que era niño. Por tanto, sería muy tonto llegar a la muerte sin acercarme a responderla. Es la gran cuestión que domina mi vida, más que la transexualidad. Sólo conozco una manera de llegar a ver la respuesta desde ahora, cuando precisamente tengo que encontrarla, ahora o nunca. 

Los yoguis, los sufíes, los extáticos, llegan a esas puertas, y quizá las abren. Si la muerte es el límite de la vida, ellos lo pasan, y más allá de esta vida, saben que lo han pasado en que a su paso van dejando un montón de hechos sorprendentes que las leyes normales de la vida no explican. 

Pero a ellos no les interesa la feria de esos hechos. Les interesa sólo abrir la puerta. 

Yo creo que la transexualidad es la primera consecuencia de esta mentalidad y lo que me ha preparado para llegar donde estoy. Para llegar a esto, es importante no preocuparse por los juegos corrientes de la vida, centrarse sólo en que se tiene tiempo para salir de ella. 

La persona transexual ha aprendido a diferenciarse de su cuerpo, en lo sexual. Mi cuerpo va por un lado, yo por otro. A mí siempre me ha asombrado tener este cuerpo, haber nacido donde he nacido, que mi familia sea mi familia. 

Quizá por eso soy transexual; porque me he podido imaginar de otra manera. Llegado el momento, no me extraña nada esto de que mi conciencia mande en mi cuerpo, que es lo que he hecho, e incluso la idea de que mi cuerpo es una forma de mi conciencia y no al revés. 

¡Matrix! Si es así, tengo que explorarlo. Mi cuerpo entero, mi vejez, mi muerte, que son cosas del cuerpo, están en juego. Si llego a verlo, la puerta se habrá abierto y habré encontrado la respuesta. 

Quizá lo tengan más difícil las personas que se identifican completamente (en realidad, casi completamente) con su cuerpo, con el sitio donde han nacido, con su posición en la sociedad, etcétera. Es como si lo que son dos planos de la realidad, yo y mis circunstancias, los tuvieran tan adheridos, que no pueden distinguir uno de otro.  Entonces, irán a la vejez, irán a la muerte como inevitablemente, porque sus cuerpos irán y ellas pensarán que ellas son sus cuerpos. 

Las personas transexuales en cambio tenemos más fácil comprender lo que estoy diciendo porque sabemos muy bien que una cosa soy yo y otras mis circunstancias. 

Puede ser que lo sepamos desde la oscuridad del colegio, cuando sabíamos que una cosa era yo y otra el niño oscuro y triste que veía pasar las horas y casi no comprendía lo que todo eso significaba. 

Estamos preparadas por lo menos para comprender el principio: yo soy una cosa, todo lo demás es otra. A partir de aquí, si somos capaces de mantenernos en esta convicción, quizá la puerta empiece a abrirse y el tumulto del torrente diga: vi-da, vi-da... 

Kim Pérez 16-11-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                      GREASE. UNA REFLEXIÓN SOBRE LOS SEXOS Y EL AMOR  

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GREASE. UNA REFLEXIÓN SOBRE LOS SEXOS Y EL AMOR 

La otra tarde hacía otra cosa en el ordenador cuando en la televisión empezaron a reponer Grease, una de las películas de John Travolta y Olivia Newton-John, del director Randal Kleiser. 

Gracias a eso, le eché un vistazo distraídamente de vez en cuando, porque en otros tiempos, me la habría saltado de inmediato, sin poder soportarla. 

Grease es una de las fundadoras de la cultura pop, y cuando se estrenó, sentí que era radicalmente incompatible conmigo, y que yo estaba vencida por aquel futuro que se veía venir. 

Sentí que divulgaba paradigmas de estupidez y grosería, y era de verdad. Sin embargo, ahora, al verla de reojo mientras hacía otra cosa, me pareció una película genial. 

Tan de reojo la miraba, que ni siquiera me concentré en ella, porque estaba más concentrada en lo que hacía, y ni siquiera la vi entera. Nada más que el principio, y algunas escenas sueltas de entre medias. 

Sin embargo, fue suficiente. La película, no lo que representaba, me pareció inteligentísima. El director se distanciaba de lo que contaba tanto como para mostrar los grotescos defectos de sus personajes sin piedad, con ese realismo americano de las formas  de ser humanas tan penetrante. Pero al mismo tiempo mostraba claramente lo que podía ser el camino de su redención. A través del amor. 

La pandilla de muchachos del instituto era sencillamente repugnante. Los excesos de la testosterona juvenil mezclados con la falta de control de sí, producen estos efectos lamentables. Alborotadores sin sentido, moviéndose como marionetas, gritones sin gracia, chillones, indisciplinados por dentro y por fuera, los cerebros envenenados por el sexo, y la frustración sexual y la grosería a flor de piel. 

Travolta, en el papel del líder de aquella minicomunidad descerebrada, jactancioso, moviéndose ritualmente con un bamboleo rítmico, excesivo, amanerado, que le impedía andar con naturalidad, llevando como único instrumento indispensable un peine con el que terminaba con frecuencia las frases llevándoselo con un movimiento amplio a la cabeza y atusándose rápidamente los cabellos engominados, por si lo necesitasen. 

Sus facciones, dicho sea de paso, o su expresión, oscilando en fracciones de segundos entre la estupidez y la ternura, su cara como transformándose de la fealdad de unos ojos pequeños y una boca fea al encanto de la hermosura interior que transparentaba. 

¡Lo genial, por parte del director, era ver todo esto! 

Desde luego, si aquellos muchachos eran todos los hombres, o la mayor parte de los hombres, o los hombres más representativos,  o los que más se veían, y se había nacido para estar entre ellos, como era mi caso, daban ganas  de salir corriendo de su lado y de no parar hasta estar a mil kilómetros. Que fue lo que hice. 

Las chicas en cambio, sobre todo en la escena de su llegada al instituto, bien lavadas y bien arregladas con vestidos y rebecas pulcros y claros, emocionaban por la ilusión que mostraban sus caras. 

Confiaban en los chicos que esperaban encontrar y que habían edificado en sus imaginaciones, sin relación con la realidad. La verdad es que resultaba patética su ingenuidad, alimentada por los últimos restos del romanticismo (hoy estarían más desanimadas de antemano) 

Pero también es verdad que la cara de los chicos se transformaba en cuanto las veían. En ese momento se elevaba un cristal entre ellos y ellas. Ellos parecían más contenidos y expectantes, muy atentos a sus inocentes compañeras. 

¡Inocencia! Yo tuve esa inocencia, esa limpieza del corazón que esperaba que todo pudiera ser bello y noble. Por eso, viendo la película, me reconocía mucho más en el grupo de las chicas, aunque fueran ingenuamente patéticas, que en el de los chicos tan enterados de las miserias y vergüenzas de la vida. 

Hubiera hablado, como ellas, de amor, y hubiera esperado que llegase a mi vida. Me habría juntado con ellas en clase, como de hecho me junté con mis compañeras de la hermosa  Facultad de Filosofía y Letras de Granada (la que estaba en el elegante Palacio de las Columnas), independientemente de que fuera transexual. O, pensándolo bien, porque era transexual, pero no directamente por eso: directamente porque me parecían amables y educadas y graciosas como las de aquella película, lo mismo, debo decirlo, que mis compañeros, con los que me encariñé, porque eran sensibles y amistosos y hasta lloré de emoción al terminar el verano, pensando que íbamos a volver a vernos (había entre ellos dos excelentes poetas, un teatrero, y otros con vocaciones también literarias), mientras que los muchachos de la película, es decir, la extravagante pandilla de Travolta, me parecían oscuros, tontos y siniestros. 

Entre las muchachas (de la película), había únicamente una que sabía cómo era la realidad más frecuente, experta en amoríos, no en amores, y era consiguientemente cínica, o escéptica, o dura. Aunque se sentía en su expresión burlona, pero algo triste, la nostalgia de algo mejor. 

La primera vez que los muchachos llegaron en su viejo auto delante de la residencia de las chicas, ella se escapó por la ventana para irse con ellos, diciendo que quería pasarlo bien; ellos la conocían ya, y uno la acogió con la amable expresión de que “no le gustaban los platos ya probados”, o algo así. 

En fin, un estilo de relación como el de la mayoría de los muchachos y las muchachas de hoy, cuando, liquidado el romanticismo, un grupo de niños y niñas ¡de catorce años! me contó una vez su desengaño mutuo. 

Pero en aquella película, por lo menos, todo se transformaba cuando Travolta y Olivia recordaban el maravilloso verano anterior junto al mar y a partir de esta emoción reanudaban su amor. 

Él maduraba y se hermoseaba junto a ella, sin saber cómo ni por qué. 

Pero eso ya no lo vi. 

Las personas transexuales también podemos soñar con el amor. Y a veces lo encontramos. 

Kim Pérez 09-11-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                     ¿TRANSEXUALES O INTERSEXUALES?    

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Lynn Conway ha escrito un magnífico artículo, verdaderamente magnífico, “Género, información básica”, en el que compendia lo más esencial y práctico de lo que se sabe hoy sobre intersexualidad y sobre transexualidad, y que se puede encontrar en castellano en el sitio de la OII, Organización Intersexual Internacional.  

Estando de acuerdo con ella en lo principal, voy a desarrollar y matizar el apartado final de este artículo, la parte dedicada a la transexualidad.  

La idea central de Conway es la siguiente. Parte del terrible error en que cayó John Money, que creía que la identidad de género se fundaba en el condicionamiento social, y que fue corregido en la teoría por Milton Diamond y en la práctica por la historia del niño al que se pretendió transformar en niña después de un fallo médico y que nunca se adaptó.  

Con estos datos y los relativos a las investigaciones sobre la BSTc del cerebro, Conway llega a la conclusión de que la identidad de género está biológicamente determinada por estructuras cerebrales que, a su vez, pueden estar más o menos definidas (Más o menos: entramos en un conjunto difuso)  

Con otras palabras, que añado yo: si el cerebro de una persona XX está masculinizado y el de una persona XY está feminizado, esto corresponde exactamente a lo que se llama intersexualidad en otras partes del cuerpo, y por tanto se trata de una intersexualidad.  

Pero estamos hablando del cerebro, y por tanto del órgano de la consciencia. La persona intersexual cerebral se percibe a sí misma con arreglo a la forma de ese cerebro, y también con arreglo a lo que ese cerebro ha recibido de su ambiente, que es lo que llamamos su cultura.  

Puede ser que la forma interior del cerebro sea muy definidamente femenina, y entonces, esa persona se entenderá como mujer; o masculina, y como hombre; o ambigua, y se sentirá una persona ambigua, independientemente de la forma del resto del cuerpo.  

Ése es el fundamento de la transexualidad, que es por tanto en el fondo una intersexualidad.  

Pero hay otro matiz, que afecta a las personas que nos sentimos ambiguas. Como nuestra cultura es binarista y acepta sólo la existencia de hombres y de mujeres, no deja un sitio para nosotras, lo que hace que si no nos entendemos como hombres, creamos que tenemos que entendernos como mujeres, y si no podemos comprendernos como mujeres, creamos que tenemos que comprendernos como hombres.  

Y entonces, esto no funciona. Pero no es culpa nuestra, sino de las representaciones de nuestra cultura, que está limitada por el binarismo. Si en ella hubiera sitio, respetado y reconocido, para nuestras ambigüedades, muchas  habríamos escogido vivir conforme a ellas por respetar mejor nuestra naturaleza.  

Por otra parte, es verdad que muchas personas ambiguas, o la mayoría, se adaptan bien a su sexo asignado, y funcionan razonablemente en conformidad con él. Aquí es donde entran las variantes biográficas, los sucesos de tu vida, los amores o los golpes, que pueden hacer que te integres en el sexo asignado o que, por el contrario, no ajustes en él. Por tanto, por esas razones biográficas, puede haber personas ambiguas que no sean transexuales y otras que lo sean.  

Vemos por consiguiente que no sólo hay un condicionamiento biologico, sino a continuación de él, otro biográfico. Los dos. Superpuestos, por lo menos en algunas de nuestras historias.  

Esto es todo lo que puedo decir en relación con las actuales teorías sobre la homosexualidad y algunas teorías feministas, que rechazan rotundamente cualquier condicionamiento biologicista y ponen en primerísimo lugar la contracultura, la voluntad, la libertad de opción, etcétera.  

Por lo menos, puedo dar fe de que en muchos casos de transexualidad, esto no funciona porque no explica suficientemente nuestras historias. En cambio, puedo atestiguar la tranquilidad y la paz que se sienten al leer estas hipótesis de intersexualidad cerebral, al aplicarlas a lo que sabemos de nuestra historia, y al decirnos: “Esto es lo mío; esto es lo que lo explica todo” (o casi todo)  

Quizá en el caso de los y las homosexuales y de las feministas a las que me refiero esto no sea así, pero las y los transexuales debemos buscar explicaciones propias y que nos sirvan, independientemente de las que sean válidas para otras situaciones.  

Puede ser útil ordenar todo lo que se ha dicho, para situarse mejor:  

=Todas o casi todas (hay que pensar en excepciones) las personas transexuales somos personas intersexuales en cuanto a la concordancia cerebro/ resto del cuerpo.  

=Algunas personas transexuales son tan definidas cerebralmente, que su identidad de género es de mujer o de hombre.  

=Algunas personas transexuales son indefinidas cerebralmente, por lo que su identidad de género es ambigua.  

=Algunas personas indefinidas cerebralmente, se adaptan por razones biográficas a una identidad de género como hombre o como mujer (transexual o sin cambios)  

En todo esto, no hay patología ninguna. La intersexualidad no es patológica, sino que entra dentro de los ensayos y variaciones continuas de la naturaleza, que tienden hacia una adaptación mejor. Las abejas, por ejemplo, son una especie en la que la mayoría puede considerarse intersexual.  

La intersexualidad y la transexualidad, por tanto, deben considerarse procesos dinámicos de desajuste con lo dado que pueden conducir a un ajuste o adaptación mejor. 

Kim Pérez 02-11-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 

                                UNA VISIÓN PERSONAL SOBRE LA DESPATOLOGIZACIÓN  

 

UNA VISIÓN PERSONAL SOBRE LA DESPATOLOGIZACIÓN  

Queda como principio, entonces, que la transexualidad no es una enfermedad mental. Y estoy de acuerdo con esto yo, que he sufrido una verdadera enfermedad mental, que en su tiempo se llamaba neurosis obsesiva intensa y ahora, trastorno obsesivo compulsivo (fijaos en la palabra trastorno)  

Para entendernos, es la manía de lavarse las manos continuamente, que después deriva hacia otros temas, tales como ducharse por cualquier cosa, o agobiarse por contagiar algo a alguien, etcétera  

Sé muy bien el sufrimiento que este verdadero trastorno causa. Lo empecé a sentir con unos quince años, calculo, y sólo en la madurez empecé a comprenderlo y controlarlo. Ahora es sólo un residuo que ya, prácticamente, no me molesta.  

Pues lo que digo, conforme con todos los que han lanzado este tema de la despatologización, en España la Guerrilla Travolaka y la Acera del Frente. La transexualidad no es un trastorno. La neurosis obsesiva es un trastorno. En todos los sentidos de la palabra. Deseas con toda el alma que se te quite y no paras hasta que lo consigues.  

La transexualidad no deseas que se te quite. Expresa tu manera de ser. Los sufrimientos que produce no son por sentirla, sino por las dificultades externas que puedes encontrar para expresar lo que deseas.  

En cuanto consigues expresar la transexualidad, por lo común, te serenas y sientes bienestar.  

Cuando tienes que expresar, contra tu voluntad, una neurosis obsesiva, sufres.  

(Puede ser que creas que la transexualidad te hace sufrir; pero examina bien si las causas de ese sufrimiento son internas o externas; si de pronto, todos los obstáculos, todos, desaparecieran, ¿sufrirías?; pues si crees que sufrirías, escríbeme, por favor)  

La consecuencia de que la transexualidad esté patologizada, es que nos pone bajo la autoridad de psiquiatras y psicólogos, porque se supone que ellos saben como tratarnos y curarnos, aunque sea accediendo a nuestro deseo de hormonación y curación.  

Pero eso supone, si no estamos trastornados, poner unas de las decisiones más importantes de nuestra vida en manos ajenas. Alguien va a decidir si nos autoriza a cumplir nuestros sueños o no nos deja cumplirlos. Alguien va a decidir por nosotros, va a sustituir nuestra voluntad, y, no lo olvidemos, como transexuales somos personas sanas.  

Yo lo soy como transexual, y también estoy sana ya (ya) como antigua paciente de un verdadero trastorno obsesivo. Y no sólo eso, sino que creo que darle vía libre a mi transexualidad fue tan sano, que me ayudó a curar mi verdadero trastorno obsesivo.  

Y por otra parte, los psiquiatras y psicólogos no son Dios. Se pueden equivocar. En el fondo, lo que saben de las personas transexuales, es lo que las personas transexuales les hemos explicado. Me he dado muchas veces cuenta, hablando con ellos, de que tenía que explicarles mis sentimientos, que ellos, al no ser transexuales, no podían entender directamente, en sus matices, en su fuerza, en su intensidad. Un psiquiatra o un psicólogo, ante una persona transexual, tiene que oírla, y reconocer que, como es natural, sabe menos de ella que ella misma.  

Los psiquiatras y los psicólogos no son Dios, ni siquiera cuando está justificada su autoridad, el saber hacer que da autoridad.  

Pero en el caso de la transexualidad, no está justificada su autoridad, porque la transexualidad no es una enfermedad.  

En el actual estado de cosas, esto significa un montón de cosas prácticas. Primera de todas, que el protocolo actual de las UTIG está desfasado. Funcionan con un protocolo de diagnóstico (de una fantasmagórica patología) y de autorización (al paciente “paciente”) para vivir su vida.  

Por eso, yo llevo años proponiendo que este protocolo se sustituya por otro de reconocimiento de que el usuario, no el paciente, sabe mejor que nadie lo que quiere y por qué lo quiere. Puede ser que necesite aclaraciones, alguien a su lado que le explique lo que pueda ver confuso, pero él es la autoridad sobre sí mismo o sí misma.  

Esto, en términos médicos actuales, se llama autonomía y consentimiento informado (pero informado de verdad, no el trámite y la firma que parece que hoy se dan muchas veces)  

Muchos usuarios, considerados pacientes, han tenido que sufrir hasta ahora las consecuencias de un régimen de autorización, y por eso los llamo pacientes “pacientes”.  

Ah! Y que no se nos olvide! Tenemos que pedir a las direcciones de las UTIG, Unidades de Trastornos de Identidad de Género, que quiten las Tes de sus nombres, sencillamente porque no corresponden a la realidad. No existen tales trastornos.  

Puede preguntarse con razón, en la práctica, si la despatologización psiquiátrica de la transexualidad puede afectar a las necesidades médicas de las personas transexuales.  

Es decir, si se puede decir: “¿No tenéis ningún trastorno? Pues no hay Seguridad Social. Idos a una clínica de cirugía estética”.  

Esto sería confundir las cosas. Precisamente porque somos personas mentalmente sanas, las personas transexuales sabemos que sentimos un “malestar clínicamente significativo” que justifica la atención médica, si es a esa conclusión a la que hemos llegado.  

Ese malestar es fuerte porque afecta a nuestra presentación ante los demás, a nuestra vida social desde el principio de esta sociabilidad, la identidad de género. Es comparable (aunque sea más profundo) al que siente una persona que haya nacido con una nariz demasiado grande de verdad. Es un órgano perfectamente sano, pero cualquiera sabe que, si se puede operar, será hacerle un favor a quien lo tenga.  

Por ese motivo, que yo sepa, la rinoplastia está incluida en las prestaciones de la Seguridad Social de Andalucía.  

Otras veces, esta cuestión se planteará como una batalla técnica. Pero hay que darla, cuando sea necesario. Lo que no se puede es partir de un error, el de que la transexualidad sea un trastorno mental. Porque a un error siguen otros errores, y el principal es el del régimen de autorización. Quien sepa cuáles pueden ser las consecuencias de este régimen, sabrá por qué estamos dando la batalla de la despatologización. 

Kim Pérez 26-10-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)    Compartir en Facebook

 

                                                             Despatologización

 

A las doce del día, con el sol de otoño, estábamos en la Fuente de las Batallas, en el centro de Granada, desplegando la pancarta transparente que decía “La transexualidad NO es una enfermedad”, entre la gente de la Asamblea de Mujeres, que ha cooperado a fondo, la de Nos y la de Conjuntos Difusos que naturalmente nos la hemos tomado como propia.  

Pusimos las sillas azules, la mesita plegable, los actores se pusieron las batas blancas que se habían preparado y empezamos el teatrito que había preparado el grupo Toma Kandela.  

El argumento trataba de las preguntas de un psicólogo basadas en un test de masculinidad/feminidad superconvencional, que después daban lugar a un diagnóstico de disforia de género, con el júbilo y los saltos de alegría correspondientes por parte de la persona trans, lo que daba pie a la incisiva cuestión dirigida al público de si habían visto alguna vez alguien tan alegre al saber que tenía una enfermedad.  

Antes de la representación, tuve la ocasión de hablar con una psicóloga amiga, que siempre ha tratado muy amigable y eficazmente a las personas trans que han llegado a ella, y le comenté que en el 99, hace ya diez años, cuando conseguimos las primeras conquistas del movimiento trans en España (el informe del Defensor del Pueblo Andaluz, la Proposición del Parlamento Andaluz, la creación de la primera Unidad de España, la Proposición del Congreso de los Diputados), teníamos tan poco como punto de partida, que si nos hubieran dicho que para dar un paso adelante teníamos que bailar delante de la Consejería, hubiéramos bailado.  

En el 2006, las y los trans levantamos la voz in extremis, viendo que el siguiente paso, la Ley de Identidad de Género, estaba en el limbo y corría el peligro de quedarse en él para siempre, y con un gran esfuerzo se sacó adelante, y se consiguió, aunque hubo que dejar que el Gobierno la redactara a su manera, para lo bueno y para lo menos bueno.  

En 2009, estamos en otro tiempo histórico. Lo que no teníamos, ahora lo tenemos. Hemos podido evaluarlo en la práctica. Y, viendo realidades, y pensando sobre ellas, nos hemos dado cuenta de las siguientes realidades:  

Primera. La transexualidad está inscrita dentro del repertorio internacional de enfermedades psiquiátricas llamado DSM.  

Segunda. Este hecho tiene como consecuencia lógica que los psiquiatras (una pregunta de paso de la que no sé la respuesta: ¿y los psicólogos?) reciban el derecho de decidir si padecemos esa famosa enfermedad psiquiátrica, la disforia de género.  

Tercera. En los EEUU se decidió hace muchos años el protocolo básico que los psiquiatras (o los psicólogos) debían seguir, enfocado a autorizar la hormonación primero y la cirugía después, sin imaginarse siquiera que pudiera haber otras alternativas.  

Estas otras alternativas son las que el no-binarismo ha descubierto y justificado. Algunas de ellas pueden no necesitar ni la hormonación ni la operación. Otras pueden requerir hormonación y no operación. Otras más, hormonación y operación. Y siempre, por sentido común, es sólo la persona trans quien puede decir: “Hasta aquí quiero llegar”.  

El análisis que acabo de exponer, se deshace en cuanto afirmamos que no tenemos ninguna enfermedad psiquiátrica. Las enfermedades psiquiátricas son, o trastornos del conocimiento (alucinaciones, etcétera) o trastornos de la afectividad (depresiones, obsesiones, etcétera)  Nosotras, las personas trans, no tenemos, en cuanto trans, trastornos del conocimiento: sabemos, por ejemplo, muy claramente, que somos hombres y que no queremos ser hombres, no sufrimos alucinaciones que nos digan que “ya”, antes de todo proceso, tenemos cuerpo de mujer.  

Por eso precisamente somos trans: porque sabemos que nuestro cuerpo es de hombre y queremos que sea de mujer, por ejemplo, y sabenos que vamos a tener que hacer un proceso. Por tanto, no hay trastorno del conocimiento: vemos la realidad tal como es y sabemos lo que tenemos que hacer para cambiarla (en más o en menos)  

¿Hay, entonces, un trastorno de la afectividad? Vayamos por partes. La transexualidad puede tener causas biológicas o biográficas.  

Si son biológicas (intersexualidad cerebral), pare usted de contar. Lo biológico no es lo psiquiátrico. Si yo soy intersexual porque mi cuerpo externo no corresponde a los modelos de hombre o de mujer, esto  no es una cuestión psiquiátrica. Sin embargo, me puede producir dolor, y ese dolor debe ser atendido, por un médico o un cirujano, pero no por un psiquiatra, que es de lo que venimos hablando. Si yo soy transexual porque mi cuerpo interno (el cerebro) no corresponde a las pautas de los cerebros de los hombres, siendo yo hombre por el resto de mi cuerpo, esto no es una cuestión psiquiátrica. Sin embargo, me puede producir dolor, y este dolor debe ser atendido por un médico o un cirujano, pero no por un psiquiatra.  

¡Vamos, lo natural es que tal circunstancia me produzca dolor!  

Obsérvese la estricta correspondencia entre lo que digo antes de las personas intersexuales y de las transexuales. Pues si las primeras no necesitan un psiquiatra que las diagnostique como intersexuales, nosotras tampoco.  

 Bien es verdad que me parece que la intersexualidad cerebral, por sí sola, no causa la transexualidad.  

Con o sin intersexualidad cerebral de fondo, que si la hay, puede predisponer, pero no decidir, la transexualidad viene directamente de factores biográficos.  

Pongamos unos de ellos, los que parecen más psiquiátricos, los traumas. Trauma significa golpe, y los golpes, de por sí, son completamente naturales. La vida nos golpea continuamente, a todos los humanos, a los animales, a las plantas. ¿Es normal que duela? Claro que es normal; lo que no sería normal es que los golpes no dolieran.  

Y ese dolor, nos obliga a reaccionar, eso es lo normal. El motor de la evolución son los traumas, de los que sale o la adaptación o la desadaptación, y luego una nueva adaptación mejor, etcétera. “Lo que no mata, engorda”, dice el dicho.  

Los traumas (recuerdo: golpes) pueden tener efectos pasajeros o permanentes. Los efectos pasajeros pueden venir de golpes duros pero cortos. Los efectos permanentes pueden venir de golpes repetidos, diarios, insistentes. Puede haber también golpes cortos de efectos permanentes o golpes largos de efectos pasajeros. Todo esto es lo natural, lo normal.  

No se requiere un psiquiatra para nada de esto. Un psiquiatra estudia trastornos, no golpes. Puede haber un golpe cuyo efecto sea un dolor largo, retorcido, complejo, confuso. Eso no es un trastorno, sigue siendo un golpe. Puede ser que quien lo sufre, en su dolor, puede desear la ayuda de un psicólogo –no de un psiquiatra- para ayudarle a poner orden en sus ideas, no para curarle de nada.  

He estado  hablando de los traumas, y quiero recordar que no son la única causa biográfica de la transexualidad. ¡Cuántas más puede haber, no traumáticas, cuántas puede haber que sean debidas a otros sentimientos, alegres, divertidos, al placer de vivir y al gusto por jugar con el género, cuando se intuye que es una creación cultural y por tanto variable!  

Pero no hablo de ellas porque no las conozco bien. Hablo de traumas porque conozco bien la historia de mis traumas, y ahora, que después de vivir el largo proceso cultural que nos ha traído hasta hoy, sé lo que son los traumas, comprendo muy bien que nunca he necesitado la ayuda de un psiquiatra.  

Hubiera necesitado, eso sí, un psicólogo que me hubiera ayudado a poner mis pensamientos en orden. O quizá un amigo. Como nunca  encontré a quienes pudieran ayudarme, acabé por tener que ponerlos en orden yo misma. Ha sido muy largo, muy difícil y muy confuso, pero lo he conseguido. Yo misma he ordenado mis pensamientos y mis sentimientos. No tengo ningún trastorno psiquiátrico.  

Pero es verdad: también, con la misma claridad de juicio, sabía que mi trauma, mi dolor, era permanente, y requería una hormonación por lo menos y quizá una intervención quirúrgica. O sea, los dolores por los traumas de género pueden ser tan clínicamente significativos, que requieran ayuda médica. Sin ser problemas psiquiátricos, justamente porque lo necesario es esa ayuda. Despatologización no es desmedicalización.  

Será mejor que sigamos hablando del tema. 

Kim Pérez 19-10-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)    Compartir en Facebook

 

                                                               DE VUELTA

 

DE VUELTA  

Estoy de vuelta de escribir el borrador del Manual de Transexología como quien vuelve de un viaje.  

Durante muchos meses no me he ocupado de las cosas del día a día de la transexualidad ni siquiera de mis propias preocupaciones trans, aunque estos meses han sido decisivos también para mí, personalmente.  

Me han servido, lo primero, para poner en orden mis ideas y cambiar, así, la  perspectiva con que veo la transexualidad. Me he dado cuenta de que antes, me despertaba cada mañana (o me ponía a escribir estos comentarios)  como si empezara de nuevo a pensar en todo, cuestionándome todo y volviendo una y otra vez al principio.  

Esta manera de hacer las cosas sería espontánea, pero tenía el inconveniente de que no me permitía valorar debidamente algunos de esos hechos que alguna vez has pensado que son importantes pero que has olvidado.  

El resultado era sentirme insegura en mis propias posiciones, sin darme cuenta de que a veces eran improvisaciones, juegos mentales de una mañana que por la noche se desvanecían, y especialmente sentirme confundida y seguir arrastrada por la eterna vacilación entre lo masculino y lo femenino que pueda haber en mí.  

Pues por eso le estaré siempre agradecida a la querida amiga que me animó a escribir el Manual, y que espero que me dé permiso para poner su nombre en la dedicatoria, porque escribirlo me ha supuesto ver con tranquilidad los principios de las cosas, lo que sigue a continuación, las consecuencias a las que se llega, es decir, verlo todo con profundidad y con coherencia, y tener la impresión de mucha más seguridad en lo que digo; lo que antes podía descubrir intuitivamente, ahora también lo puedo razonar; lo que antes podía ser un error debido a la misma improvisación de la opinión, ahora lo puedo corregir.  

En resumen, cuando al principio decía que esperaba que el Manual fuera útil para las personas transexuales, para sus allegadas y para los profesionales, no me podía esperar que también hubiera debido decir; “y útil para mí”. ¡Las ventajas del pensamiento ordenado!  

Ahora sólo tengo que repasar el Manual para verlo todo en perspectiva. Lo que haya olvidado en el día a día,  podré recordarlo y no empezar siempre desde el principio sin estar ya en el principio. Tengo que usarlo yo misma, porque una de las ventajas del pensamiento en orden, lógico, sistemático, es que es suprapersonal.  

Lo voy a hacer, si Dios quiere, porque tengo que pasarlo, lo primero, desde el estado de borrador en que está a una versión en la que se haya borrado lo que pueda sobrar y añadido lo que haya que añadir. Y en realidad, ese estado de borrador tiene que ser permanente, pues siempre habrá nuevas concepciones y nuevos hechos que transformen la visión anterior y ayuden a formar una más clara. 

Esto es la ciencia, y ésta es su fiabilidad: revisión perpetua. Éste es el orgullo y ésta la humildad de quien se pone a hacer ciencia, como yo sólo la bosquejo en este manual. Karl Popper lo llama falsabilidad. No quiere decir que todo conocimiento es relativo, sino que todo conocimiento es imperfecto, revisable, y que es bueno que se sepa.  

En estos meses, la elaboración del Manual ha coincidido además con dos acontecimientos que han repercutido en él con mucha fuerza. Uno de ellos, la preparación dc las Jornadas Feministas Estatales, que serán del 6 al 8 de diciembre en Granada, un acontecimiento que no ocurre todos los años ni mucho menos, que reunirá a tres mil feministas y en el que habrá unos sesenta actos diarios.  

Una de las organizadoras me avisó de que se iba a producir y a principios del verano me acerqué para proponerles que uno de los temas que se tratasen fuera el no-binarismo de sexo y de género, es decir, la realidad de que hay hombres, mujeres e intersexuales, o personas masculinas, femeninas y ambiguas.  

Lo acogieron muy bien, muy interesadas, y sobre la marcha creamos un grupo, formado por integrantres de la Asamblea de Mujeres de Granada y por otras personas, variantes de género que permanecen con seguridad en su variación, o transexuales, y la circunstancia de que en la primera reunión, unas obras en la calle de la Asamblea que nos atronaron, nos llevó a reunirnos en el bar Botánico, junto al encantador jardín así llamado.  

En una de las primeras reuniones, llegamos a formar el concepto de conjuntos difusos de sexo y de género, tomado de las Matemáticas, y que resulta utilísimo para las ciencias sociales, y entre ellas, para la Transexología.  En él aparece que las mismas mujeres son un conjunto difuso, que los hombres son otro conjunto difuso, no cerrado, y que por tanto, las personas que somos variantes de sexo y de género, o entramos con naturalidad en esos conjuntos difusos (mujeres u hombres trans) o formamos otros intersexuales con pleno derecho. Este concepto puede transformar fuertemente el feminismo tal como lo conocemos y desde luego la transexualidad tal como la entendemos y la ponemos en práctica.  

El segundo acontecimiento que pasó durante estos meses fue la Campaña por la Despatologización de la Transexualidad, de dimensiones mundiales, llevada aquí por Guerrilla Travolaka y la Acera del Frente.  

Nadie se alarme. Supone que la transexualidad deje de ser considerada un trastorno psiquiátrico, como lo está ahora mismo al estar incluida en el DSM, o relación de enfermedades mentales. Desde luego, podemos empezar por preguntarnos “¿somos los transexuales enfermos mentales?”, y sabemos que la respuesta será que no.  

Pero, como es natural, podemos inquietarnos temiendo que la despatologización psiquiátrica signifique el fin de la atención médica. “Si no estáis enfermos, entonces fuera de la Seguridad Social”. No es así: despatologización psiquiátrica no quiere decir desmedicalización física. La existencia de un “malestar clínicamente significativo”, expresión usada hasta ahora, es real, pero no es psiquiátrica. Es al contrario signo de normalidad. Si yo, como parece, tengo un cerebro más bien femenino, lo normal es que esté a disgusto con el resto de mi cuerpo, masculino. Si además mi biografía está llena de golpes por este hecho, lo natural y normal será que arda en deseos de ajustar mi cuerpo a mi cerebro. No hay nada de psiquiátrico ni en la intersexualidad –cerebro femenino, resto del cuerpo masculino- ni en los golpes en sí, puesto que todas las personas recibimos golpes todos los días.  

Por tanto, si hay malestar clínicamente significativo, deberá haber una solución clínica, pero no una solución psiquiátrica. Y esto tiene una ventaja indudable: deslegitima la necesidad de un diagnóstico psicológico o psiquiátrico de disforia de género.  

Primero, no es lógico que los psicólogos realicen un diagnóstico supuestamente psiquiátrico (¡DSM!) Segundo, el malestar no necesita diagnóstico; existe; y quien lo puede atestiguar es sólo el paciente que lo siente.  

Éste es el fundamento de la petición actual de que el régimen de autorización en los tratamientos sea sustituido por un régimen de autonomía. Los psicólogos no deben tener el insólito poder judicial de decidir sobre las vidas de personas mayores de edad y equilibradas, sino informarlas sobre las consecuencias de sus decisiones, de manera que se llegue a unn verdadero consentimiento informado en el que la última palabra la tendrá el usuario, única persona que puede medir, desde dentro, su malestar. Y en las actuales UTIG (Unidades de Trastornos de la Identidad de Género) debe desaparecer, en primer lugar, la T de Trastorno.  

Y todo esto, sin contar con que el no-binarismo puede proveer a muchas personas transexuales de recursos conceptuales para afirmarse como tales, sin necesidad de hormonación ni de operación. Pero somos cada una de nosotras quienes podemos decir si la hormonación o la operación nos son necesarias o no.  

Y Linsia, quiero desearte que descanses en paz, hermana, compañera, porque sea la que fuere la causa inmediata de tu muerte, has muerto fundamentalmente por ser transexual. 

Kim Pérez 12-10-2009  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)    Compartir en Facebook

 

                                                                 Lucecita de alarma

 

Hablaba con una muchacha a la que acababa de conocer. Trabaja en un bar, de noche, bar de gente joven.  

“Yo no he visto nunca en el bar a dos muchachos besándose”.  

¿O dijo chicas?  

La oí distraída, sin fijarme mucho.  

De pronto, se encendió la alarma. Empecé a hacer cuentas. ¿Cuánto tiempo hace de que salíamos, los amigos de “Nos” de Granada, y yo,  y hacíamos o hacían besadas, para que la gente fuera acostumbrándose?  

(Eran unas besadas preciosas. Me acuerdo de un amigo, muy guapo, besando a otro al pie de la fuente del monumento a Colón y a Isabel la Católica, en el mismitico centro de Granada, de noche, a la cinematográfica luz de los focos.  

Me acuerdo de Pedro y Jorge besándose en un pub lleno a rabiar, como en el metro, su beso como volando por encima de la gente)  

¡Fue en 1993! ¡Hace dieciséis años!  

¿Y no ha cambiado desde entonces nada en los bares? ¿Todavía dos chicos gays y dos chicas lesbianas no se atreven a besarse en un pub que no sea de ambiente?  

¿De qué ha servido todo lo que entonces hicimos y otros muchos hicieron?  

Ha servido. Lo sé. En el plano oficial y público, el que está a la vista de todos. Hemos conseguido leyes decisivas, los gays y lesbianas la ley del matrimonio, las y los trans la ley de identidad. La mayoría de la gente, de buena o mala gana, sabe que hay una tercera ley no escrita, la de la corrección política, sabe que tiene que decir que tiene amigos gays, que tiene que aceptar que los gays se casen y las trans cambiemos de papeles, que si alguno o alguna somos funcionarios del Estado hay que admitir que seamos militares, o guardias civiles, o profesoras, o funcionarias de prisiones, o de hacienda (pagadas por el Estado) o…  

Pero siempre que pague el Estado. ¿Encuentran ahora –no ahora mismo, con el paro, sino en estos tiempos- las trans trabajo por cuenta ajena, contratadas por un particular, o la cifra sigue siendo parecida a cero?  

La lucecita de alarma, colorada y parpadeante, sigue encendida.  

Me llama mi amiga Lola y me cuenta que vio el pasado sábado “El Callejero”, de la 6, y en él vio un reportaje sobre una trans colombiana, nacionalizada española (seguirá el próximo sábado) que tiene que hacer la calle para vivir, porque no puede hacer otra cosa.  

Lola se hartó de llorar, porque vio también las barbaridades que le decían muchos hombres, incluidos algunos hipócritas clientes de la noche, que cuando pasaban junto a ella, en sus autos, la cubrían de insultos.  

Lola se acordaba de lo mucho que ha pasado ella y le dolía en el alma que siga pasando lo mismo. Que no haya más salida laboral que la calle y que los señoritos que no saben nada de nada te sigan machacando!  

(La primera asociación trans, Transexualia, de Madrid, se fundó en 1989, hace veinte años, no ha dejado de trabajar, ¿y tanto queda todavía?)  

Yo dejé en la práctica el noventa por ciento de mi activismo en 2006, cuando me jubilé, convencida de que esto andaba ya solo. De lo poco que hice fue mirar a América Latina, y publicar las terribles noticias que llegaban de allí, pero convencida de que esto era ya otra cosa.   

¿Estoy segura? Hemos convencido a los gobernantes –y a los de izquierda, los otros, ni pun-, ¿pero hemos convencido a la sociedad de que necesitamos respeto, ni más ni menos que todos los demás?  

El trabajo no ha terminado, ni mucho menos. Cada una de nosotras, especialmente, sabe los desaires que ha tenido que pasar, o las risas malignas, o los insultos, por las buenas. Si cada cual repasa su memoria, sabrá lo que queda por hacer. Y a lo mejor, lo que cada cual puede hacer.  

Kim Pérez 09-02-2009 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                Mis amadas novelas

 

Me meto en “City of Night”, la novela de John Rechy, como quien se mete en un bar de los que me gustan, el pequeñito donde tantas veces he ido con mi amigo, donde la gente se enrolla canutos con naturalidad.  

Lo necesito porque sé que en el fondo las novelas son el centro de mi vida, en las que vivo y me enseñan a vivir; y a sentir, lo más importante de mi vida. Eran lo único que leía en mi juventud; y ahora tengo que obligarme a leerlas, porque ahora me dan miedo, me ponen delante mi vida y mis sentimientos con una minuciosidad pasmosa; siento lo que siento cuando me estoy lavando los dientes.  

“City of Night” es una novela de 1963, que cuenta cómo era el ambiente de América, seis años por tanto antes de Stonewall. Yo debí de leerla, en la traducción francesa, en 1966, cuando tenía veinticinco años. Sé que ahora voy a leerla más a fondo y con más tranquilidad.  

La compré porque en ella se hablaba también de “transvestites”, de Miss Destiny, por ejemplo. Me vuelve a interesar porque lo que se cuenta es su vida entre las vidas gays, no ninguna teoría sobre lo que es ser “transvestite”. Son sentimientos y experiencias de lo que se habla, nada más.  

El Narrador es el protagonista. Comienza contando su niñez, Texas, El Paso, una familia medio mexicana, la pobreza, una madre que ama profundamente a sus hijos y les pone ropa y ropa encima de las mantas para que no pasen frío de noche, un padre que fue niño prodigio de la música con ocho años y que dirigió una orquesta sinfónica en su juventud, pero que luego fue fracasando y fracasando y trabajando de cualquier cosa y llenándose de ira y de odio contra todos.  

Han tenido que dejar una casa y ahora viven en otra cuyo empapelado se cae a pedazos. Uno de sus hermanos pegaba la frente al cristal de la ventana, siendo muy pequeño, y miraba durante horas. Su abuela, que vivía entonces con ellos, le preguntó por qué pasaba así tanto tiempo, y el niñito le contestó: “Porque me gusta ver la vida”.  

Lo mismo me pasa a mí, leyendo esta novela. También es lo que siente el narrador. Su padre muere, él siente el fracaso de un amor siempre ansioso, en medio de tanto aborrecimiento (cuántos gays y trans sentimos algo parecido), y llegado el momento, decide irse de El Paso, dejando atrás a su madre, para vivir la vida.  

Llega a Nueva York con veinte dólares (serían más que ahora) y se instala en un hostal institucional para hombres solos. Un marinero, muy oso, recién desembarcado, se declara gay, le dice que le pagó cincuenta dólares a un muchacho, pero que ahora está pelado.  

Él no hace aspavientos y el marinero acaba aconsejándole que vaya a Times Square, que era la zona de ligue en aquel Nueva York.  

Su primer cliente es un caballero, ligeramente distinguido, que le ofrece diez dólares y lo lleva a su piso confortable y solitario. Le aconseja que lo deje todo, que se vuelva a su tierra, que se case y tenga un montón de chiquillos y le pide que se deje hacer algo más o menos repugnante. Luego le sugiere que vuelvan a verse.  

En el segundo encuentro le propone que se vaya a vivir con él.  El relato entra en un clima de desesperación pero a la vez de fascinación por todo lo que va viendo.  

Va conociendo a personas muy frustradas y solitarias. Luego, sé, porque ya lo he leído una vez, que hablará de los compañeros a quienes va conociendo, y a las “tapettes” trans –es la palabra francesa, ignoro la inglesa- que viven con ellos, perfectamente sumisas y feminizadas, a la manera de entonces. Ya lo volveré a contar, cuando llegue a donde habla de ellas (estaba a punto de llegar Stonewall, lo recuerdo)  

Me pregunto si es posible conservar la fascinación sin caer en la desesperación.  

La mayor parte de las vidas humanas son patéticas, pero todas fascinantes. Hay la media solución que decía el caballero del piso solitario, volverse al pueblo, casarse y tener muchos hijos, pero para algunas y algunos de nosotros sencillamente no es posible o no es aconsejable.  

Se me viene a la cabeza la lamparita roja que hay o había en las iglesias incluso de noche, cuando están vacías. Yo creo que los sacerdotes deberían limitarse a edificar esas iglesias y a encender esas lamparitas.  

El resto, deberíamos ponerlo nosotros, cuando entramos, preferiblemente cuando la iglesia está a solas. Nos sentamos en un banco reluciente y pensamos.  

Tenemos la sensación de que la luz señala una presencia. Mientras esté encendida, hay esperanza.  

Podemos pensar en los sueños locos que hemos tenido en nuestras vidas y que algunos se han cumplido, generalmente a medias, pero que son muchos más los que han fracasado.  

Pero podemos pensar también que el ser humano está hecho precisamente para soñar, con el Máximo, el Absoluto, y que si estamos hechos para eso, es porque podemos conseguirlo, y algún día, de alguna manera, entraremos en el Paraíso.  

Entonces podremos darle a nuestro padre el abrazo que no pudimos darle en vida.

Kim Pérez 02-02-2009 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                          Fin de la primera parte

 

Ya está. Ya he encontrado la solución de la fórmula que me ha estado persiguiendo durante decenios. En mi caso es hipoandrogenia – disforia – transgenitalidad.   

Como ya he hablado tanto de estos conceptos, no os voy a cargar ahora, repitiéndolos una vez más. Sólo, si acaso, diré que hipoandrogenia es lo que le pasa objetivamente a un feto XY cuando recibe menos andrógenos durante su gestación, que disforia es el sentimiento subjetivo de desajuste con los varones, desde su niñez, y que transgenitalidad es que esa disforia se concentre en el rechazo a los genitales masculinos.  

Si por casualidad ha entrado hoy a este espacio alguien que no me haya leído nunca, y que le interese esta cuestión, que me escriba por favor a transiya arroba yahoo punto es, y le contestaré de mil amores.  

O sea, que ya puedo y debo dejar de darle vueltas a lo mismo.  

He escrito tanto de lo mío, con miedo de parecer más egocéntrica de lo que soy, pensando que lo que me pasa es bastante común y les pasa lo mismo a otras personas trans; que por tanto, mi análisis podía ser útil por lo menos a una parte, no sé si mayoritaria o minoritaria, de las trans.  

Yo he estado buscando con ansiedad la fórmula de mi naturaleza toda mi vida. Ahora me doy cuenta de que la he encontrado y puedo relajarme. Ya sé lo que soy. Pierde su sentido seguir dándole vueltas, en público, en compañía de vosotras, a lo mismo. Si alguien quisiera saber mis razones, puede buscarlas en la Hemeroteca de los Comentarios, en este Diario Digital Transexual, o en un blog que tengo en outgender punto blogspot punto com. Alguna vez convendría volver a hablar de esto, pero en general, ya está, y puedo hablar de otra cosa.  

En realidad, la fórmula ya la había encontrado hace tiempo, pero necesitaba un zarandeo que me dijera: “¡Ya la has encontrado! ¡A ver si hablas de otra cosa!”    

El zarandeo se ha producido de pronto y voy a usar este comentario como mensaje a quien me lo ha dado.  

De pronto  he encontrado en la red unos mensajes de 2007 en los que una antigua amiga –que espero que lo siga siendo- decía en resumen: “¡Ya estoy harta de que repita lo mismo! ¡No sabe hablar más que de sus inseguridades!”  

Esto es lo que me ha dado un latigazo y me ha hecho pensar que, llegado cierto momento, no hacía más que repetirme y que ya era hora de asumir mis conclusiones y de pasar página para no cansar al personal.  

Es verdad lo que dicen esos mensajes. He hablado de mis inseguridades, una y otra vez, buscando en público la solución de esto que era un enigma, pero me parece, como he dicho, que era necesario y útil para otras personas, hasta cierto momento, llegado el cual, como manifiesta el escrito de mi amiga, de hace dos años, ya estaba bien de repeticiones.  

¡Ah, de paso le diré que la “andanada” a que se refiere, de otra amiga, la considero munición gruesa en una batalla política que tuvimos que mantener, bastante larga y a fondo, y que confío en que no afecte a nuestra relación personal!  

Y a la amiga a la que vengo respondiendo, si lee este comentario, que me escriba por favor, y le diré que ha hecho mal no diciéndomelo personalmente, pero bien en cuanto me ha dado una necesaria y saludable sacudida.  

De modo que doy por terminada la primera parte de estos comentarios, entendiendo por tal la afanosa búsqueda de una identidad, para mí y para las personas que sean como yo. Ya la he encontrado, punto, y me alegro muchísimo que algunas personas se hayan identificado con lo que he visto, lo que significa que todo ha sido útil.  

Seguiré hablando –pero ya no como búsqueda personal, puesto que ya he encontrado la solución- de lo que creo: que en la base de algunas de las formas de transexualidad, hay una intersexualidad (la hipoandrogenia) porque esto sirve para que algunas personas trans nos entendamos mejor a nosotras mismas.  

¡Y espero también seguir hablando de otras cosas! 

Kim Pérez 26-01-2009 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                              Jazminillo

 

 

Qué frrrío hace! Me bajo hacia donde ponen el mercado, a las orillas del río y, según bajo, hace cada vez más frío.  

Los hombretones que tiran de los caballos de los carretones no echan humo por las bocas porque las tienen tapadas, los que más tienen, con siete vueltas de bufanda, y los que menos, metiéndose la barbilla contra el pecho y subiéndose la camisa para que les tape la boca.  

Y mejor que se las tape, porque así no se meten conmigo, como tienen por costumbre, para reírse, cuando paso.  

Yo también me he vuelto las solapillas de la chaquetilla de algodón gris para que tape algo el frío y me meto las manos hasta el fondo de los bolsillos de los calzones, para que se calienten algo con el contacto con las piernas.  

Me pongo en una esquina de la Plaza del Postigo, que por un lado baja por la Calle Corredera, en el sitio que me gusta. Me apoyo en la pared, doblo la pierna y pongo el pie izquierdo en ella. Hace tanto frío, que tiritar me cansa.  

Pasa la Pascuala, la portera del 17, que es una mujer buena, gorda, con sus faldones negros y sus toquillones liados, también tapándole la boca.  

“¿Qué haces, Jazminillo, aquí tan temprano? ¡Te vas a quedar arrecío!”  

“Pues ya ve, Señora Pascuala, esperando a lo que salga”.  

Se ha parado delante de mí y me da una perra chica, cinco céntimos. Mucho es para lo poco que tiene. Para mí, lo primero del día. Se parecen al solecico, que empieza a salir por enfrente, al otro lado del río, y que es como una perra gorda colorada y alegra la mirada, aunque salga entre nieblas.

El día va a estar claro, el cielo se pone azul muy finito, y ya parece que hace menos frío, sólo con ser de día.  

Todo está alegre. Miro con alegría a la gente que baja, sube, se para, a los hombres que me  insultan no les hago ni caso, ya estoy acostumbrado y miro más bien cómo el sol les alegra también la cabeza, la cara, los hombros, cómo les ha descongelado la boca y por eso ya pueden meterse conmigo.  

Sube de la Parroquia del Señor Flagelado una señora con abrigo de piel vuelta en el cuello y mitones también de piel para meter las manos. Lleva el velo sujeto con un alfiler de perlas y la acompaña una criadita joven y abrigada sólo con una toquilla que me mira con avidez, como si nunca me hubiese visto, mientras la señora saca del mitón una perra gorda, diez céntimos, y me la da.  

Ya tengo para desayunar. He oído a mis espaldas al Señor Antón, abriendo los portones de la taberna, y me meto.  

Todavía no hay nadie. El Señor Antón limpia con una bayeta el zinc del mostrador.  

“¿Ya estás aquí?”, me dice secamente. Los hombres no pueden demostrar sus sentimientos. Me pone el vaso de vino blanco que tomo todos los días.  

“Mira, si quieres pan, ahí lo tienes”. Me señala un cuscurro que sobró de ayer, duro como la piedra, pero lo parto como puedo y lo voy migando en el vino.  

“Deme usted una cucharilla, señor Antón”. Me la da.  

Miro en una pared el taco del calendario, porque no me acuerdo de a cuánto estamos. 18 de enero de 1909. “¿Es el día de hoy, señor Antón?”, le pregunto. Ni me responde, limpiando los vasos que va a usar.  

Me veo en el espejito rayado y nublado que tiene en el rincón.  

Veo mi cara que me sorprende como siempre, porque me parece maravillosamente joven y suave,  como la de una muchacha, almendrada, el mejor regalo que me ha dado el Señor; el pelo lo tengo negro, mal cortado y mal peinado, pero me da gracia, con los mechones tiesos; mis ojos muy grandes y negros, nada tristes, brillantes, dispuestos a gozar de la vida en lo que pueda.  

Me llaman Jazminillo porque un señor me lo decía, hace ya muchos años, decía que tenía el cutis como masa de jazmín, de suave y de blanco, y así se quedó.  

Yo he nacido así, sin partes, y por eso no me he desarrollado, ni como hombre, ni como mujer. Pero estoy a gusto con lo que soy, como soy. Ni siquiera lamento ser pobre y pasar a veces hambre, porque sé que así veo la vida. Los señores están en sus casas, fumando. Yo estoy en la calle.  

Mientras me miro, me pasa lo mismo que siempre, cada vez que me veo. Me gustaría que alguien me mirase igual y me quisiese.  

Que me  mirase como yo me miro. Que le gustase como yo me gusto. Que se quedase maravillado con mis mejillas de jazmín. Me da un impulso, que digo que es como de ponerme presumida. Me imagino más bien a un hombre queriéndome así, a lo mejor un muchacho de mi misma edad, pero no sé si me voy a enterar alguna vez de lo que debe ser eso, porque a mí no me gustan los hombres, ni tampoco quisiera dormir con una mujer. Es parte del lote que me ha tocado. Nada de nada.  

En la taberna ya ha ido entrando público, hombres, nada más, claro está. La mayor parte piden también un vaso de vino peleón para matar el gusanillo y hablan con voz bronca. Sus figuras, sus barrigas, sus gorras, se destacan entre los rayos del sol de la mañana que ya va entrando con fuerza y se mete entre sus piernas como un gato. Soy feliz mirándolos así.  

Dentro de la taberna, no se atreven a meterse conmigo, porque saben que el Señor Antón los pondría de patitas en la calle, pero me miran.  

Los más ricos, en vez del chato de vino piden una copa de aguardiente y los más finos, de anís, y entonces la  taberna se queda perfumada. Hay los que piden café, y el Señor Antón se lo va echando de una jarra donde lo tiene hecho en una manga.  

Por la puerta veo que la plaza se va llenando también. Hay gente que pone puestos de patatas asadas o de castañas,  y están calentitos con los fogones que ponen. Los clientes se acercan por lo mismo, al olor, al humo y al calor. Los adoquines relucen con el sol que les da desde abajo. Los barrenderos barren los restos de ayer con sus escobones.  

Entonces, entra a la taberna la Florencia, liada en su mantón de Manila, y encima una toquilla. Se recoge con gracia todo, con sus manos tan finas.  

Es tan guapa, que nadie se atreve a meterse con ella, aunque saben que es un muchacho que se viste de mujer. Vendrá de donde venga, ella aprovecha su condición para ser la única que entra en la taberna.  

Es temprano, pero ya tiene echados polvos de arroz en la cara, tan fina como la mía, y se ha puesto colorete, y tiene los labios perfectamente pintados. El pelo lo tiene liso y recogido en un moño, y encima un pañolón de flores, como su apodo.  

Se pide un café con leche y un anís. Me mira y me saluda como una reina, “Buenos días, Jazminillo”.  

“Buenos días, Florencia”.  

Ella sí se enamora, vaya si se enamora. A veces le he visto lagrimones y unas pocas veces, muy pocas, la he visto borracha, de pura rabia y desesperación, cayéndosele la cabeza sobre el mostrador de la taberna.  

Pero no es lo propio de ella. Siempre se recompone. Una vez le oí algo de un muchacho, cuando tenían los dos diecisiete años, y creo que sigue buscándolo.  

El sol va subiendo, el día se anima, se oyen ya voces altas, risas y pregones al aire. Ella es muy hermosa como es y yo, como soy. La verdad es que no echo de menos peinarme, ni pintarme, ni ponerme mantones de Manila.  

Me gusta ser así, ah, y me gustan las coplas, porque repito en mi pensamiento las que he oído y se me han quedado en el alma.  

Kim Pérez 19-01-2009 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                       Sin que haya disforia

 

Aquí estoy de nuevo con mis compañeras y compañeros trans, viviendo la vida que me llena el corazón.  

Un buen año 2009 o deseo, lo que  no significa un año lleno de salud, dinero y amor, sino que nos dé más fuerza para enfrentarnos a todas las dificultades que quieran venir.  

Ayer recibí un interesante comentario de una persona sobre la entrada de mi blog “Reivindicación del travesti”. Habla de que le encanta, le gusta, disfruta de cosas como la estética de la mujer, verse en el espejo, salir como mujer a la calle, etc  

Se califica como transvestista o  crossdresser, lo que me parece que significa que su identidad masculina sigue firme, y que después de estas salidas regresa a ella con naturalidad.  

Lo que me llama la atención es que todas las expresiones que usa son positivas: encantarle, gustarle, disfrutar. No hay ninguna disforia –disgusto, desajuste, desadaptación- en su experiencia. Hace las cosas así porque goza de ellas y como dice, es un gozo no sexual. Me parece a mí que el placer sexual en esto suele estar ligado a la disforia, por razones complejas que explicaré otra semana, si Dios quiere y su sentimiento travestista es tan poco disfórico que ni siquiera va  acompañado de ninguna reacción sexual (parafilia, pero ya  digo que lo explicaré)  

Esto hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de estudiar la transexualidad. No es la disforia la única causa; también puede serlo una euforia, la alegría o placer del cambio de género.  

¿Entonces, de dónde viene este gusto por el travestismo, que resulta tan natural?  

A mi entender, viene de dos fuentes también sencillas:  

La primera, es el interés por la estética de la mujer, que puede estar presente tanto en varones heterosexuales como homosexuales, pues en sí, puede no ser un interés erótico, sino el placer cognoscitivo de sumergirse en ese océano de significados.  

Y aquí viene la segunda, que es la curiosidad humana, el deseo de saber lo desconocido, de experimentarlo todo. Hay algo que nos llama la atención a todos lo humanos, que es saber cómo sienten y viven las personas del otro sexo.  

Pues si encima la estética de esas  personas nos gusta, es natural que salgamos a la calle para ver cómo se puede sentir quien está dentro de ella. Si además hay miradas que refuerzan nuestro ego, mejor. Si como varones somos del montón, pero como mujeres, maquilladas y arregladas, resultamos bellas, es muy divertido.  

Se puede comprender todo esto, y saber que en realidad, es un acto artístico, una actividad performativa o representación, como dicen los anglosajones, una exploración de la compleja y divina  realidad de las cosas.  

Es artística porque en ella hay dos planos, como la hay en el arte, el artista y su obra; en este caso, los dos planos son la identidad masculina de quien se traviste, y su obra, quizá perfecta, el travestimiento. Es lo que se hace, por cierto, en el teatro Kabuki o en el No, en el hermoso y profundamente artístico Japón.  

Esto nos lleva a que no tiene sentido la clandestinidad que imponemos al travestismo.  Los transvestistas deberían poder salir orgullosos a la calle, ser reconocidos como transvestistas, como artistas.  

Deberían poder exponer el transvestimiento como una forma de expresión, análoga a la de la moda o el teatro. Deberían poder ser aplaudidos por sus múltiples y creativos viajes de ida y vuelta a la feminidad.  

Lo más parecido que hemos creado a lo que digo son las drag queens, cuya estética es cada vez más libre y desenvuelta (ya no se usan, creo, los pechos postizos; su pecho es liso, masculino, y sin embargo todo lo que hacen es una exacerbación de la estética femenina en personas que, al acabar su performance, vuelven tranquilamente a su identidad masculina.  

Lo único que hace falta es ampliar esta estética y pasar a expresar las múltiples modalidades de la vida de las mujeres.  

Puede pensarse también que, con el tiempo, algunas personas transvestistas se estabilicen socialmente en una vida como mujeres. La performatividad puede extenderse, llegar a ser full time con facilidad. En este caso, la identidad masculina interna básica seguirá, aunque reservada, a la vez que la identidad socia, puede extenderse a todos los momentos del día. También esto debería poder vivirse públicamente y hasta ser aplaudido: "soy varón y me gusta vivir como mujer".  

En todo esto no hay disforia, sino expresión, gozo de vivir. Es una forma de explorar la realidad, de vivir a la propia manera, de llegar hasta donde se quiere y no hasta donde no se quiere, de vivir humanamente, civilizadamente, descubriendo a cada momento posibilidades.  

No hay que seguir el modelo binarista que, llevado al extremo, nos exigiría que, si cambiamos de género, cambiáramos también de sexo. Es concebible una persona transvestista, inluso full time, que sea a la vez un buen padre y un buen esposo, o que siga una relación homosexual plena.  

Debemos llegar a verlo con total claridad. 

Kim Pérez 12-01-2009 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                        Navidad del 2008 (Relato)

 

 

Cuando hace demasiado frío, me acuesto debajo de las cuatro mantas de mi cama, aunque sólo sean las nueve, y miro por el gran ventanal de cristales desnudos, sin visillos, ni cortinas, ni persianas, que deja que las luces de la noche entren en mi habitación. Son tantas, que incluso me parece que podría escribir o leer un periódico sin encender la mía ni hacer gasto, pero la verdad es que nunca lo he intentado. 

Enfrente, tengo la luz de un ático que se apaga a las tres de la madrugada y se enciende otra vez a las siete. Esto me hace sentir en "La ventana indiscreta", la película verdaderamente de culto de Alfred (¿o Albert?) Hitchcock en la que entro como en mi casa.  

Mi habitación es lo que más quiero de lo que tengo en estos años; está en un quinto piso, sin ascensor, de una casa muy antigua, del siglo XIX, pero la cristalera es tan grande, que me gusta imaginarme que es un loft. Pago sólo doscientos euros al mes, pero va a ser mientras pueda. El precio tan bajo es porque no tengo agua ni aseo (el agua la tengo que tomar, en baldes, de un grifo en el pasillo, y el váter es común y está también en el pasillo)  

Pero temo que dentro de poco, no voy a poder pagarlo. Estamos en 2008 y soy de las primeras que se han quedado en paro. Tengo cuarenta y cinco años y tú verás. He trabajado en los últimos años fregando escaleras en una ETT importantísima y explotadorísima. Creía que lo tenía seguro, pero resulta que la ETT pertenecía a una financiera holandesa o kuwaití, filial de un banco americano y, de pronto, todo se ha volatilizado. Me he quedado colgada de la brocha.  

Miro las paredes en sombra de mi, digamos, "loft". Entre la luz de la cristalera, entreveo los recuerdos que cuelgan en ellas, que me parecía que me iban a acompañar precisamente ahí toda mi vida.  

Suena un jazz. Hubieran podido estar delante de mí, en las de un loft verdadero, si yo hubiera podido conservar mi puesto de asesor de un banco de inversiones, antes de mi transición, hace diez años, pero no fue posible.  Luego, vinieron las escaleras, como yo decía, pasé del parquet a las escaleras en dos meses, y me consideré afortunada al conseguirlas.  

La verdad es que he sido feliz con ellas, viviendo en plan bohemio, con poca pasta pero mucha libertad, lo que nunca me podía imaginar que fuera tan bello. Bares baratos pero donde tienes amigos verdaderos, noches despreocupadas -¡qué diferencia con las de antes!- y un polvo de vez en cuando. ¡El paraíso!  

Pero ahora ha llegado el paro y después lo que pueda y se me ocurra y encuentre, pero ya por cuenta propia, porque es utópico pensar en algo distinto y temo mucho que todo sea otra cosa.  

Porque viendo el panorama, los tropeles que se van quedando en paro, me da miedo que llegue el momento en que me vea hasta en la calle, con cartones y tres plumones uno encima de otro. ¡Si por lo menos el Gobierno nos diera cuartos gratis, como éste, a los parados cuando agotásemos el subsidio! ¡O nos metiera en polideportivos, como los refugiados de los huracanes! (Esto podría ser hasta divertido)  

Por el momento, me arrebujo debajo de mis cuatro mantas, sintiendo el aire frío como un cuchillo entre las paredes del loft, fuera de la cama, porque hoy por hoy tengo esto, mientras dure. ¿Quién tiene algo seguro?  

Tengo más. En la pared de enfrente, encima de la larga repisa anticuada que corre todo a su largo, al lado de la estufa rota de hierro que tiene polvo fósil en sus ranuras heladas, tengo una fotografía de Philippe, guapísimo, alegre, mi amante y mi amigo que me despierta tanta ternura contradictoria. 

Me gusta mirarlo entre la luz y la sombra de la cristalera, es la alegría de este cuarto.  

Yo sé ahora que nunca he deseado verdaderamente a los hombres pero siempre una parte de mi rebeldía ha sido que tenían que gustarme y he esperado que pasara el milagro y así hice la transición con toda la ilusión que me pude imaginar en mi alma.  

Luego, vino la frustración, lo que había es lo que hay, Philippe es mi amigo, desde luego, gracias a Dios, desde que teníamos veintiún años los dos. Lo conocí en un pub de ambiente y hemos tenido verdaderamente momentos maravillosamente felices, como aquel viaje que pudimos hacer juntos a Argelia, en el que yo me repetía continuamente "está pasando de verdad", en el que miramos juntos el mar desde aquella plaza de grandes plátanos, de un color azul pastel muy suave, entre un olor salado que nos llegaba del puerto, y yo pensaba que se abría ante nosotros una felicidad infinita, digna de unos muchachos tan jóvenes.  

Se me saltan las lágrimas. No sé si entonces teníamos veintidós años. Yo creo que Philippe era para mí el hermano mayor que nunca he tenido, mi modelo, mi guía, una especie del padre que siempre he echado de menos, pero a nuestra escala juvenil, tierno y gracioso, fuerte y afectuoso, refinado y experimentado, más que yo.  

Nuestra convivencia, todos los días, como en aquel viaje, era divertida y estimulante, cuántas cosas nuevas conocimos, en cuántos garitos nos metimos, cómo bailamos hasta el amanecer, con cuántos medio desconocidos nos reímos y hasta nos besamos.  

No había sexo para mí en nuestra amistad, nada más que cariño y caricias. Por eso le podía dejar que tuviera sus aventuras, y hasta sus amores, y para mí era suficiente que me los contase. Pero a veces, de las caricias en el brazo pasábamos a las caricias en la espalda, profundas, de éstas a los abrazos y de éstas a la cama.  

Cuánto supo mi cama de entonces -ojalá fuera la de este loft-  de mi pasividad, porque aunque yo podía cumplir pasivamente, me daba cuenta de que no deseaba su cuerpo como él merecía, minuciosamente, interminablemente.  Había aprendido algunos paripés y los hacía, pero sin convencimiento. Él, naturalmente, se dio cuenta poco a poco, comprendió que era irremediable, lo mismo que yo lo iba comprendiendo y empezó a sufrir.  

Yo aguantaba las noches porque quería ganarme su compañía durante el día, pero la verdad es que habría deseado que no hubiera sexo entre nosotros, o mejor, que el sexo consistiera sólo en caricias en los brazos y besos en la boca -esos sí, me vuelven loca- y sentir el picor de su barba en sus preciosas y queridas mejillas e incluso un calentón final y un apretujón, pero no sé, sin tanto sexo concreto como él necesita.  

Acabo de ver esta noche en la televisión a Tom Jones, que seguiría igual de guapo y atractivo si se quitara una dichosa barbita que lo disfraza, ya con sesenta y ocho años (lo han dicho) y sigue con su voz potente y llena con esos brillos metálicos en los bordes que me fascinan y me estremecen. Siempre se me derriten las corvas con esos hombres poderosos y paternales como Sean Connery (de viejo) o Gary Cooper, en aquellas maravillosas películas de los cincuentas, de antes de que yo naciera, como "High Noon", título que me gusta mucho más que lo de "Solo ante el Peligro", andando, en esa y en otras, tan rápido y tan despacio, cadencioso, con esos pasos tan largos y ágiles, mirando con ojos bondadosos y achicándolos de pronto y apretando sus labios encantadores para disparar.  

En fin, como Philippe y yo no pudimos seguir el sexo, y en él mis ansias de felicidad infinita, seguimos siendo amigos de siempre, amigos especiales, y colegas y compañeros de mil aventuras, aunque hace años que él ha tenido que irse, y por eso tengo su foto colgada en la pared de mi loft, bueno, de mi habitación , y es lo mejor que hay en mi vida, y sigue estando, aunque me haya quedado frustrada.

Esto no lo voy a perder porque es mi propia historia, me digo mirando por los cristales las luces. Es lo único sólido como el acero que hay en mi vida, para lo que estoy preparada desde mi niñez.  

Mañana me iré a darme de alta en la Asociación de Parados que han abierto en el barrio. Es de gente de izquierdas, y en ella hablan de formar cooperativas y cosas así.  

El otro día, cuando estuve por primera vez, había unos okupas hablando de lo del muchacho muerto en Grecia y dispuestos a tirarse a la calle. De momento me parece una exageración, pero con el tiempo no sé si me alegraré de que estén ahí y de contar con ellos. Las mentalidades cambian.  

A  lo mejor, consigo meterme en alguna cooperativa, o en una comuna de okupas, o qué sé yo, y a lo mejor nos metemos todos en una revolución y entonces el loft será mío (esto lo digo medio en broma medio en serio), aunque tenga que compartirlo con un homosexual viejo que también se hubiera quedado en la calle (la imaginación es libre)  

Hace unos días creí volverme loca de indignación cuando me enteré de que la Iglesia en la que me he educado apoyaba que siguiera la penalización de la homosexualidad en las naciones en que está penalizada hasta con pena de muerte. Yo pensaba que la Inquisición era cosa de otros siglos, pero veo que esa mentalidad sigue viva, y aunque ya no meta en la cárcel ni mate, como antes, dispuesta a apoyar a otros para que sigan metiendo en la cárcel y matando.  

¡Como si ahora quisieran meter en la cárcel o matar a Philippe, mi amigo querido! ¡O a mí, porque no sé si siempre distinguen entre homosexuales y transexuales y si, en estos momentos, yo quiero que distingan, ni si vale la pena distinguir!  

Y eso que es en esa Iglesia donde yo he aprendido que más vale ser pobre que rico. Por lo menos, la inteligencia se despierta y el corazón también. He sido más feliz en las escaleras que en el parquet y a lo mejor seré más feliz en el paro que en las escaleras. De modo que, a lo mejor, adiós loft, tan bello como eres.  

También me llevaría a la Asociación a Philippe, si se quedase en paro (es periodista digital), para que cree la página de la Asociación, o la de la Cooperativa, o la de la Comuna Okupa.  

Estos son mis pensamientos en esta Navidad de 2008.  

                                              

Kim Pérez 15-12-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                  Prueba en la vida real o No

 

 

En el comentario sobre operarse o no, decía que ésa es la segunda decisión más importante que tiene que tomar una persona disfórica. ¿Entonces, cuál es la primera? Evidentemente, la más difícil, la más comprometida, la más decisoria: la prueba de la vida real, convertida después en transición definitiva o no.  

Insisto siempre: parece que lo más duro es la cirugía. Me río de ese miedo. Lo más duro es dar la cara ante tu familia, perder quizás a padres o hermanos, ante tu trabajo, perderlo o ver que te someten a mobbing, dar la cara ante tu barrio y soportar miradas, burlas más o menos disimuladas, comentarios (Luego vuelve todo a su sitio, que nadie se alarme, pero los primeros pasos son así)  

¡Salir del armario! Hoy parece que es una simple declaración. Para nosotras especialmente es el día a día o el minuto a minuto. En resumen, con razón, asusta, es lo más duro. La operación, al lado de esto, unas pocas horas y luego unos cuantos días, rodeándote personas que están todas para cuidarte, es nada, y hasta alegre y tierno.  

Frente a este difícil paso, la prueba de la vida real, caben muchas actitudes por nuestra parte, que voy a analizar.  

La primera es cuando resulta materialmente imposible. Pueden darse muchas circunstancias que te lo hagan imposible (tú eres el único juez) Por ejemplo, trabajas por cuenta ajena, tienes una hipoteca y unos ancianos padres a tu cargo. O tienes unos hijos adolescentes que temes fundadamente que se desequilibren. O lo que sea.  

Para clasificar tus circunstancias como imposibles, tienes que tener la seguridad de que lo sean. Cualquier detalle puede cambiar: por ejemplo, trabajas para el Estado y eso da la seguridad de que tus decisiones serán respetadas.  

Imposible no es cuando sólo hay miedos o aprensiones o pretextos. Por ejemplo: "A mis padres les va a dar un ataque al corazón". Luego, lo preparas todo bien, tienes prudencia y paciencia, y al final ves que se acostumbran.  

Pero cuando has decidido no hacer la prueba de la vida real, porque objetivamente es de verdad imposible, cuando con un terrible dolor en el alma tienes que decir que no, puede ser que te venga bien alguno de los recursos que voy a explicar a continuación.  

La segunda situación que se puede encontrar es cuando existe disforia, pero no es agobiante, ni insoportable.  Es difícil distinguir esta situación, porque todos nos hemos adaptado como hemos podido alguna vez. A lo mejor, podemos identificarla cuando, a lo largo de muchos años, pudiendo, no nos hemos decidido, e incluso hemos mantenido conductas no disfóricas hasta en lo sexual con alegría y olvidándonos por completo de la disforia (hasta que ha vuelto)  

Sin embargo, creo que es fundamental que sepamos que somos personas disfóricas. La disforia existe siempre, aunque sea intermitente, pero es una equivocación decirse por ejemplo "me caso y se me pasa". Te puedes casar, está bien, pero no se te pasa.  

Entonces, lo que debes es hacer frente a la realidad de la disforia y de los sufrimientos que te puede traer. Si la disforia es moderada, es posible que puedas evitar cualquier prueba de la vida real, mantenerla en el campo de la fantasía, pero eso sólo no será suficiente para darte estabilidad. 

Tienes que analizar tu disforia, con frecuencia debida a problemas afectivos infantiles. Tienes que ver si existe una identidad intacta debajo de ella, que te dé alegrías más profundas, más arraigadas en ti y más sólidas. Tienes que reforzar esa identidad continuamente. Todo eso es posible. Tienes que encontrar con quién hablar libremente de todo eso, porque el silencio ahoga y enquista la posible evolución.  

Me parece que, en resumen, tienes que encontrar un medio donde puedas recordar cada día e incluso decir algo parecido a lo que hacen los alcohólicos rehabilitados en la asociación de Alcohólicos Anónimos: "Hola, me llamo Fulano de Tal y soy disfórico".  

Si en el fondo, esto es lo que ansías, si la disforia es una carga para ti, si sueñas con verte libre de ella, esto es lo que te conviene hacer.  

Pero supongamos que la disforia corresponde a un desajuste tan profundo entre tu personalidad y tu corporalidad que necesitas y puedes hacer la prueba de la vida real.  

Aún entonces, sólo después de hacer la prueba lo sabrás seguro. Mientras, podrás considerar que cualquier decisión es reversible.  

Ahora bien: cuando puedas, y tengas suficiente seguridad, haz la prueba.  

No te quedes en el campo de la fantasía, en el que todo es posible, todo parece bello y sobre todo, tus pensamientos dan vueltas en el vacío, enquistándose en sí mismos, sin cotejarse con la vida real.  

Decídete, aunque sea duro y te dé miedo. Al fin y al cabo, el enfrentamiento con la realidad va a hacerse alguna vez, pues mejor cuanto antes podamos conseguir experiencias necesarias para la evolución de nuestros sentimientos.  

Algunas veces se duda qué tiene que ser antes, la prueba de la vida real o la hormonación.  

Desde luego, la prueba de la vida real, con sus alegrías y sus frustraciones. Debe seguir por lo menos dos años considerándose prueba, para pasar de la euforia del principio a la costumbre y la rutina de más adelante, momento en el que ya podemos empezar a pensar con objetividad. Y sabiendo que todo es reversible, aunque volver atrás dé miedo y exija también mucha valentía.  

La hormonación debe considerarse también parte de la prueba, como un ensayo general con todo, como dicen en el teatro. Para las trans feminizantes supone además afrontar el descenso de la líbido, que puede disminuir la fuerza de la Identificación con la Imagen de la Mujer en el Espejo, de la que he hablado mucho en mis comentarios. O también, en otros casos, puede disminuir el deseo hacia el varón, que también es uno de los motores de algunas de las personas disfóricas.  

En conjunto, a veces la hormonación puede dejarnos con la sensación de que nos hemos quedado colgadas de la brocha. En ese momento, la prueba ha mostrado su utilidad, y podemos dejarla (aunque se puede seguir con la prueba del cambio de género)  

Si de todos modos nos compensa, también ha mostrado su utilidad, y adelante, sabiendo ya más de nosotras mismas.  

Para los trans masculinizantes suele haber muchos menos problemas, porque la hormonación aumenta su libido, con la euforia consiguiente. Para ellos, toda la cuestión de las pruebas se suele reducir a los problemas familiares, que pueden ser tan dolorosos como los nuestros. Una vez iniciada la prueba de la vida real, suele ser fácil, puede ser gradual, puesto que socialmente está muy admitida, y es estimulante lo mismo desde el punto de vista del aumento de la líbido, que trae consigo toda la gracia de la vida sexual, que desde la mayor consideración social hacia la masculinidad, que sigue existiendo.  

Por eso digo lo de la cabeza fría. El trans masculinizante tendrá que conocerse bien y preguntarse: "¿Es esto realmente lo que quiero? ¿Es mi verdad?" Algunos que conozco, muy lúcidos, se mantienen en una posición no binarista: "No soy hombre ni mujer, y esto es lo que quiero ser".  

Kim Pérez 08-12-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                       Operarse o no operarse

 

Al grano. La segunda cuestión más transcendental que se presenta para una persona trans. Operarse o no operarse.  

En este comentario voy a limitarme a las trans feminizantes. Los trans masculinizantes lo tienen más claro hace tiempo, por realismo. En la actualidad, suelen hacer una mastectomía, seguida de una histerectomía más bien por prudencia para evitar quistes, y punto. No vale  la pena seguir con más complicaciones. El caso de Thomas Beaty es modélico. Hace lo que quiere, independientemente de lo que diga la gente. Y es bello lo que hace.  

Normas.  

Lo primero, tomar la decisión con tranquilidad. No precipitarse, en la euforia de los primeros meses o años de la transición. Esa euforia pasa y llega el realismo, momento en el que podemos tomar la decisión.  

Especialmente, en el caso de las trans jóvenes, más impulsivas que nadie. Les digo que por lo menos no tomen esta decisión antes de haber seguido el recorrido que propongo aquí.  

El precio de equivocarse es sentirse mutilada y no realizada. Y decirse, sin vuelta atrás, "me he equivocado". Es un precio muy caro que justifica tomar estas precauciones.  

Lo segundo es prescindir de las opiniones ajenas, dejar la era limpia para poder trabajar sobre los propios sentimientos y nada más que sobre ellos. Es verdad que las voces que nos vienen de la sociedad pesan sobre nosotras, pero es preciso desafiarlas con un "bueno, ¿y qué?".  

En particular, pesan las que vienen de las mismas trans, y en especial, cierta opinión jerárquica que dice que se es más mujer si se está operada. Contestaré un poco brutalmente que yo estoy operada, felizmente, y no me siento mujer. Me siento otra cosa, intersexo.  Si de lo que se trata es del gusto de sentirse superior a alguien, o del miedo a sentirse inferior, diré que lo que se tiene que conseguir es sentirse profundamente una misma o uno mismo, saber en todo caso que "soy más yo que nadie".  

Lo tercero, después de estas consideraciones previas, comprobar que tienes ya un sentido tranquilo de la realidad y sus pros y sus contras, y no hacer caso de los demás, sino de ti misma, ya es meterse en faena.  

La cuestión básica es la siguiente: ¿He interiorizado yo los genitales, y sus funciones, hasta el punto de que no convenga prescindir de ellos?  

La respuesta llega mediante una larga observación. Uno de los mejores terrenos de exploración es el mismo proceso de hormonación, sobre todo si dura alrededor de dos años, que es lo aconsejable.  

En él desaparece o disminuye la libido. Eso hace que algunas personas sientan con desagrado la nueva situación, con lo que pueden decidir dejarlo. Seguirán viviendo su disforia de otra manera, sin hormonarse, y estarán a gusto, porque será lo que les conviene a ellas. Otras pueden sentir que la nueva situación, aun con la líbido muy disminuida, es mejor y más agradable que la anterior. Éstas tendrán que decidir si se quedan en la hormonación, si es suficiente para ellas, o si siguen adelante.  

Este paso tiene que ser mucho más reflexivo, mucho más dependiente del conocimiento de sí misma. Si ha habido una experiencia positiva de la genitalidad masculina, extendida en el tiempo, memorizada, es posible que la reasignación genital se sienta como una pérdida y una mutilación.  

Una de las señales de que puede no convenir operarse es la preocupación por la conservación o no del placer.  Muchas trans me preguntan por eso, y yo les contesto lo que estoy diciendo, que si les preocupa, es señal de que es positivo para ellas. En cambio, cuando no preocupa y puede pasarse por encima de él, haya o no placer, es cuando parece que la operación no parecerá una mutilación, sino una adecuación.    

 Sólo si se sabe que la función genital, la penetración, para decirlo más claro, no ha sido nunca realidad, o no ha sido grata, ni interiorizada, se puede afrontar la reasignación con cierta seguridad. 

Aún así, la reasignación puede dejar algunos flecos. Se da el caso de personas que sólo usaron los genitales como medio de distensión ante el estrés, mediante la masturbación. De pronto se dan cuenta de que este medio ya no es posible, o es difícil, y se ven, aunque sólo sea en esas ocasiones, menoscabadas.  

"¿Pero qué clase de mujer voy a ser si conservo los genitales masculinos y menos aún, si los genitales son funcionales?"  

"¡Ah, es que no eres una mujer, eres una trans!", le diría, poniendo en estas palabras todo lo que trato de comunicar hace años.  

Y dentro del concepto trans figuran todas nuestras realidades, nuestras particularidades, empezando porque somos y seremos personas XY (como las mujeres con insensibilidad androgénica), porque nuestras historias personales suelen ser complejas en cuestión de género, y no tenemos que callarnos nada de ellas, por una nueva ortodoxia conformista con la feminidad.  

Llevo tiempo queriendo hacer ver que nuestros problemas de disforia vienen del concepto binario de la sexualidad, que consiste en creer que sólo hay hombres y mujeres, cuando existimos en realidad los intersexos. Por eso, si una persona disfórica quiere eliminar lo más posible los rastros de masculinidad, está dejándose influir por el mismo concepto binario que le ha hecho daño.  

Hace falta ser valiente, e ir contra corriente hasta el final. ¿No hemos ido ya por el sólo hecho de transitar? ¡Pues adelante!  

De hecho, parece que cada vez hay más personas trans que deciden no operarse, y que son femeninas y bellas. En el fondo, eso corresponde a lo que se pretende cuando te has convencido de que el binarismo es un error.  

Lo que lamento es que también haya muchas personas trans muy jóvenes que se deciden a operarse con dieciocho, incluso con dieciséis o diecisiete años, cuando su conocimiento de sí mismas es insuficiente.  

En un impulso lo hacen, pero deberían ser prudentes, y si pasa algo de duda por sus mentes, tener paciencia y esperar a que esas dudas se aclaren. Al fin y al cabo, ahora es muy posible transitar, conseguir el cambio de nombre y de sexo legal aun sin operarse. ¡Que no sea el deseo de ser querida por un hombre lo que decida! Tus resoluciones tienen que ser tomadas por lo que tú quieras de verdad, por lo que se ajuste a tu manera de ser, aunque el mundo estuviera vacío.  

Poco a poco iremos aprendiendo todas lo que significa ser no binarista. Y si ya te has operado y piensas que te has equivocado, de todos modos eres una persona no binaria.  

Kim Pérez 01-12-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                      Transexualidad por estrés o por desastre

 

Una cariñosa lectora me propone que escriba sobre la transexualidad por estrés o por desastres, y me doy cuenta de que nunca lo he hecho, porque no la conozco bien.  

Sin embargo, voy a contar lo que sé y lo que deduzco. Mi fuente para la transexualidad por un desastre afectivo es el relato autobiográfico detallado de Kathy Dee, "Travelling. Un itinerario transexual". A veces he visto la obra, de portada blanca, con las líneas silueteadas de dos rostros, en alguna Feria del Libro Antiguo. Es de los setentas.  

La historia es la siguiente. El protagonista (empezaré en masculino) tuvo de niño una hermana mayor, muy querida por su madre, que murió. Él comprendió que, de alguna manera, tenía que sustituirla ante los ojos de su madre.  

De momento, no pasó mucho más. Creció, se hizo joven, se casó felizmente, trabajó como ejecutivo, una buena vida de clase media.

Una tarde, al volver a casa, se encontró a su mujer con un amante, que le pareció más viril que él. Creo recordar que incluso hubo luego ironías de su esposa hacia su persona.  

Esa noche se desencadenó su proceso transexual. No recuerdo si pasaron un par de días, y en otra noche, tomó su auto y se plantó de Bélgica, donde vivían, a Hamburgo, relativamente cercana.  

En esa ciudad de la prostitución, se travistió y empezó a trabajar como prostituta trans. Aquí se puede dejar la historia.  

Ahora traduzco lo que he leído y contado.  

Puede haber alguna preparación en la niñez. Una devaluación de la virilidad, como en este caso, o alguna disforia, en otros. Una valoración de la feminidad, todo ello, lo suficientemente pasajero como para no dejar aparentemente rastro.  

Si no fuera tan fugaz, el niño se habría considerado desde aquel tiempo disfórico o transexual. Pero no fue éste el caso.  

El niño siguió creciendo como otro cualquiera, casándose, heterosexualmente atraído y enamorado de su mujer. Si no hubiera pasado nada, habría seguido así hasta el fin de sus días.  

Pero pasó. Se sintió profundamente desengañado y humillado, los pilares de su masculinidad se resquebrajaron, se sintió inseguro en su virilidad, su orgullo, su alegría, tanto, que necesitado de un asidero, tuvo que volver atrás, a un recuerdo medio olvidado en el que tenía que compensar la pérdida de su hermana, un recuerdo también desequilibrante porque habría representado para él igualmente su desvaloración como niño.  

Así, hundiéndose en tristezas sucesivas, pero encontrando en cada una un punto de apoyo, como los puede encontrar en la pared de una cueva un espeleólogo que desciende por ella atado a una cuerda, el muchacho sale de noche (tiene que ser de noche, porque es lo que mejor representa su estado de ánimo: negrura y luces brillando en la autopista) y se va a otra gran ciudad desconocida, a recomenzar su vida casi desde cero.  

Tiene que ser como mujer, el deber que vislumbró en su niñez, su única esperanza ahora. Y tiene que ser destruyendo su vida masculina, su trabajo y su experiencia como ejecutivo, ahora desde la prostitución, desde el sexo, el principio de todo.  

Ésta sería la transexualidad por desastre, la  esperanza de empezar de otra manera.  

La transexualidad por estrés no la conozco por ningún relato detallado, pero sí por algunas referencias sueltas, y me parece similar a la anterior.  

Se dice que J. Edgar  Hoover, temible Director del FBI desde los veintes hasta los setentas, un toro, se travestía para relajarse, e incluso, en reuniones de trabajo con íntimos, daba vueltas por el cuarto, travestido con un vestido de noche rojo, fumando un puro y dictando o discutiendo.  

Esto es un caso menos extremo, pero nos puede dar un indicio de por dónde pueden ir las cosas.  

Como en la historia anterior, alguna preparación en la niñez. Y luego, una  vida masculina competitiva, el estrés duradero de ciertos trabajos, aceptado como necesario, y finalmente una tensión que se rompe, y obliga a buscar formas de vida menos estresantes.  

Y entonces, el recuerdo de aquellos sueños infantiles, y la suposición de que la vida femenina es menos competitiva, más distendida, más tierna.  

El paraíso para una persona harta de luchar.  

Entonces, puede plantearse la renuncia a una identidad masculina y la adopción de una identidad femenina.  

El futuro, deduzco que dependerá de algunas variantes: la profundidad mayor o menor del estrés que ha provocado la respuesta transexual; el éxito o el fracaso en la relajación pretendida. Pero habrá que tener en cuenta que si se supera el estrés, la identidad masculina inicial volverá poco a poco.  

Entonces, habrá que saber administrar la situación, sabiendo que el refugio femenino está ahí y que sin embargo se desea volver a asumir una identidad masculina. Es cuestión de prudencia. 

Kim Pérez 24-11-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                   Universidad, transexualidad, intersexualidad

 

De nuevo hace un par de semanas tuve ocasión de dar una conferencia en la Facultad de Ciencias de la Educación de Granada, invitada por una profesora que está haciendo una tradición anual de estas conferencias, dentro de mis intentos sólo parcialmente fructíferos de acercar la transexualidad a la Universidad.  

Digo que parcialmente, porque hasta ahora sólo he conseguido ser oída de vez en cuando en esta forma de las conferencias y ayudar a un joven investigador para que hiciera una espléndida tesis de licenciatura sobre nuestro tema. Todo muy discontinuo todavía y dependiente sólo de la lucidez de las personas que se implican como pioneras. 

Sería preciso conseguir que se hicieran tesis de doctorado y que algún departamento lo asumiera dentro de sus líneas de investigación e incluso que se presentara un máster sobre él. En España, todavía no es éste el caso, y la consecuencia es, como sabemos, que los profesionales no salen bien formados en transexualidad y no pueden prestar una ayuda informada a las personas transexuales, a menos que hayan tenido la ocasión de formarse por cuenta propia.  

Sin embargo, la transexualidad  no es una cuestión marginal en los Estudios de Género, sino central, por cuanto permite radiografiar lo que sabemos sobre sexo y género. De hecho, en los años sesentas, fue "Sex and Gender", de Robert Stoller, sobre las personas transexuales, la obra en la que primero se entendió la distinción entre sexo y género, asimilada enseguida por el movimiento feminista y que desde entonces constituye el centro de sus posiciones.  

Por tanto, por razones teóricas y prácticas, la transexualidad debería ser estudiada en las Universidades españolas, las conferencias, preferentemente de personas transexuales, las únicas que sabemos desde dentro de lo que estamos hablando, deberían proliferar, y sobre este caldo de cultivo generarse seminarios, tesis, líneas de investigación y másteres. Algo se está consiguiendo en Valencia, gracias a Vicent Bataller, Málaga, por las publicaciones de la Unidad de Identidad de Género, Barcelona y Madrid;  perdón si me olvido o desconozco otros esfuerzos, pero ese mismo desconocimiento sería señal de que lo que se va consiguiendo está injustamente en precario todavía; cuánto trabajo hay pendiente hasta que se consiga en España algo tan conocido por todos como aquella Cátedra de Transexualidad de la Universidad Libre de Amsterdam del Profesor Goorens; estamos a fines del primer decenio de los dos mil, tenemos la ley más avanzada hoy por hoy del mundo, y esto parece todavía impensable.  

En esta conferencia en Granada tuve ocasión de exponer mis puntos de vista actuales, bastante radicales y que inserto dentro del lema "De la transexualidad a la intersexualidad". 

Empecé recordando que nuestra cultura nos envuelve a todos con el concepto binario del sexo que está simplemente tan equivocado como el sistema astronómico geocéntrico frente al heliocéntrico. La naturaleza no genera sólo hombres y mujeres, sino también intersexos (y no como accidente, añado ahora, sino a veces como un recurso fundamental para la vida de las especies)  

Pero el binarismo impregna nuestra manera de entendernos, desde la forma de la religión hasta algunas de las formas del feminismo. Dije, medio de broma, que me opongo a la corrección política de la o y la a, mientras se olvide la e, que existe y debe ser respetada.  

Expuse que el binarismo afecta también a las personas disfóricas, porque si creemos que sexualmente sólo se puede ser A o B, si no podemos ser A, pensamos que sólo podemos ser B. Éste es el origen de la palabra transexual, entendida como persona que transita de un sexo o un género al otro.  

Pero si tenemos en cuenta que el binarismo no es real, entonces se abren otras posibilidades. Entre A y B existe C (o, según la broma que decía antes, entre la a y la o está la e)  

Éste puede ser el origen del término trans, entendido no como persona que transita del todo, sino como persona que es transición, que está en medio y le gusta estar en medio.  

Este concepto no binarista puede ayudarnos a muchas personas a comprender y aceptar que nuestra naturaleza es intermedia, sobre todo por hipoandrogenia en personas XY e hiperandrogenia en personas XX. Puede ser que nos sintamos por primera vez a gusto y en paz cuando comprendamos que sencillamente somos así.  

Esto replantea incluso la función de la hormonación y la operación. Si alguien comprende que, físicamente, tal como es, es ya intermedio, intersexo, posiblemente no necesitará hormonarse ni operarse. No excluyo que sea necesario, yo lo he sentido así y estoy básicamente a gusto habiéndome operado. Pero me pregunto que, si yo hubiera sabido desde mi adolescencia la realidad de que hay personas intersexos y yo soy una de ellas, hubiera sentido la necesidad de operarme.  

Es verdad que una de las fuerzas que actúan en la disforia es la actitud social. Mientras la sociedad, en su conjunto, siga siendo binarista, y crea que sólo hay A o B, si no eres A, tendrás que decirles que eres B, para que te entiendan. Si no, resumirán tu honda experiencia de ti, de tu singularidad, diciéndote: "¡En fin, que eres un tío (o una tía)!", o algo semejantemente doloroso.  

No somos sólo nosotros, los y las trans, quienes debemos dar el giro copernicano de aprender lo que es el no-binarismo. También es necesario que la sociedad entera lo aprenda, yendo más allá del a/o feminista, para que entienda nuestras formas de expresión, nuestra condición de intersexos y la respete plenamente, como algo que existe y es naturalmente útil y beneficioso. Aunque no nos lo creamos todavía nosotros mismos, de esto quiero hablar otro día.  

Kim Pérez 17-11-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                   La otra forma de ser Trans

 

La semana pasada hablé de la identidad cruzada precoz, desde los tres años. Ahora voy a hablar de la otra forma de ser trans, cuando la identidad cruzada se forma después de esa edad.  

Imaginemos que es con trece o catorce años. Antes se ha formado una identidad lineal masculina o femenina.  

Pero una identidad puede estar también más o menos equivocada. La identidad no es la verdad, sino un pensamiento o sentimiento, y por tanto puede ser más o menos errónea. Si yo formo una identidad como varón, sin más precisiones ni distinciones, puedo ver a lo largo de los años que no ajusto por lo menos con la mayoría de los otros varones. Empieza la disforia.  

Pero a la vez, sigue viva en mi memoria la primera identidad que formé, equivocada o no. Según Köhlberg, esa identidad primera es irreversible. El pensamiento humano funciona así.  

Entonces, la nueva identidad que pretendo formar, cruzada, entra en combate con la primera identidad lineal que tengo formada.  

Ese combate se manifiesta en la turbulencia de este proceso que, en nuestras historias, aparece muy erotizado, lleno de masturbaciones y de sentimientos de culpa, obsesivo y muy doloroso. Es natural: es la lucha interna entre dos identidades.  

En la identidad cruzada precoz se da una lucha, pero al revés. Al salir de la niñez, el adolescente cree comprender la realidad, e intenta demostrarse a sí mismo y a todos que es un varón o una mujer, linealmente, tal como correspondería a su cuerpo, hipermasculinizándose o hiperfeminizándose. Este intento no es tampoco verdadero, por lo que fracasa en la juventud o en la madurez, cuando la persona comprende que tiene que volver a su identidad primera, desprendiéndose de esa capa de la otra identidad con que ha intentado revestirse durante años.  

En nuestro caso es al contrario. En la adolescencia, cuando en el supuesto anterior se intenta negar la identidad cruzada, nosotros es cuando la afirmamos, porque suele ser entonces cuando hace crisis la identidad lineal; es a la pubertad sobre todo a lo que no nos adaptamos. Mientras los anteriores se hipermasculinizan, nosotros nos hiperfeminizamos, por ejemplo. Y mientras en el supuesto anterior se recupera la paz al volver a la identidad primera, en el nuestro sigue el combate años y años.  

A no ser que comprendamos lo que ahora es mi punto de vista fundamental: que el binarismo sexual está equivocado.  

Llamo binarismo a la suposición de que existen sólo dos sexos.  

Esto es simplemente erróneo: continuamente nacen niños intersexos, pero nuestra cultura no los ve. Los ve como hombres o mujeres fallidos, no como lo que son, intersexos. Sin embargo, la intersexualidad es uno de los recursos fundamentales de la naturaleza. Especies enteras, como las de las abejas o las hormigas, están basadas sobre la existencia de machos, hembras e intersexos.   

Como nuestra cultura es binarista, también las personas trans hemos aprendido el binarismo. Podemos ser intersexos cerebrales -hay una grandísima variedad de intersexualidades- pero no lo sabemos.  

Por tanto, es lógico que no ajustemos con quienes no son intersexos y es lógica la disforia ante el descubrimiento gradual de que se espera que seamos como quienes no son intersexos. Es decir, yo soy intersexo, pero se espera que sea como los varones o, en el otro caso, como las mujeres. De ahí viene, gradualmente, el no, que decimos a fondo.  

Pero aprendida la perspectiva binarista, donde sólo hay A o B, si no somos A, seremos B, suponemos. Entonces puede venir otro desajuste, en este caso con B. Éste es nuestro combate, en el que, después de muchas batallas, podemos decirnos con angustia: "¿Qué soy yo, Dios mío?", y la culpabilidad se dispara (Distingo entre culpa y culpabilidad. Culpa, objetiva; culpabilidad, subjetiva)  

La respuesta no binarista es sencilla. Soy intersexo y debo formar una identidad de intersexo. Paradójicamente, esto es sencillo personalmente, porque se basa en muchas realidades, muchas experiencias, una vida de realidades y experiencias, pero es muy difícil socialmente, porque nuestra cultura no lo reconoce y no nos ofrece modelos de vida. Cada cual tenemos que crearnos nuestro propio modelo. De hecho, esto me gusta y me enorgullece. En el caso humano, hay mil formas de ser intersexo y eso individualiza muchísimo a las personas intersexuales.  

Kim Pérez 10-11-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                        Transcurso de la identidad cruzada precoz

 

Una identidad es una forma del pensamiento o mejor, del sentimiento. No es algo que nazca directamente del cuerpo. Nace de nuestra comprensión de la realidad, que puede ser más perfecta o menos. Los animales no tienen identidad, simplemente son, y actúan en correspondencia con lo que son.  

Los seres humanos somos una realidad u otra u otra, pero tenemos que comprenderla primero, y en función de lo que comprendemos actuamos. Tenemos incluso la posibilidad de juzgar lo que somos y de decidir si nos gusta o no nos gusta (por eso digo que la identidad es una forma del sentimiento) Si nos gusta lo que somos, lo aceptamos; si no nos gusta, lo rechazamos (en este caso, cuando se trata de la identidad de género o de sexo, llamamos a este disgusto disforia)  

Otra cosa es por qué podemos sentir disforia. El ser humano tiende a aceptar lo que simplemente le dicen sus mayores, o es la costumbre de cada día, e incluso a encariñarse con esa realidad. Si lo rechaza, será por algo objetivo, no simplemente por un capricho. Ahora bien, las causas de ese sentimiento pueden ser varias o estar medio ocultas o totalmente a la conciencia, que entonces no lo comprende, pero lo siente.  

En el caso de la disforia de género, es posible que las causas sean varias, porque de hecho no lo sabemos con seguridad: puede que estén en las relaciones con los mayores en la niñez, en el encariñamiento y admiración por alguno o alguna, y en el distanciamiento paralelo de alguna o alguno; o pueden ser más profundas y estar en la hipótesis que yo he mencionado muchas veces de la hipoandrogenia cerebral prenatal en personas XY o en la hiperandrogenia correspondiente en personas XX.  

Naturalmente, todo esto es demasiado complicado, y no se sabe o no se comprende, cuando se es pequeño sobre todo. Pero produce un desajuste, que a su vez influye en las relaciones con los mayores que antes veíamos, y que finalmente puede ser que lleve a un sentimiento de disforia.  

Llevo meses o años preocupándome por una forma de identidad que lleva a la disforia, pero esta semana se me ha refrescado mi atención por otra.  

Me refiero a la identidad cruzada que se forma muy pronto, hacia los tres años. No es el caso de la mía, cuyos primeros indicios se formaron hacia los ocho o nueve y ya definitivamente hacia los trece, pero puede ser el mismo caso de la que se recupera a edades superiores (veinte, treinta, cuarenta), que, a su vez, puede deberse a otras causas (estrés profundo, frustraciones, etcétera)  

Lo que me interesa es señalar el camino singular que suele seguir la identidad cruzada que se forma hacia los tres años, a la que llamaré identidad cruzada precoz.  

No voy a tratar de sus causas, porque en general las ignoramos. Pero sí de sus efectos.  

Köhlberg señaló que la identidad humana básica se forma hacia esa edad, y que es irreversible. Por tanto, si por la causa que sea, una personilla XX o XY (o, minoritariamente, con otra fórmula) forma a esa edad una identidad cruzada, ésta será irreversible. (Nos pasa lo mismo, pero al contrario, a quienes hemos formado una identidad cruzada femenina o masculina a una edad superior: siempre tendremos que enfrentarnos con la identidad básica que formamos hacia los tres años, y que es lineal y no cruzada)  

Pues bien, la personilla que forma una identidad cruzada hacia los tres años, vive todavía sobre todo en el ambiente protegido de la familia, donde esa identidad se consolida por medio de fantasías o sueños, como la frecuente convicción de que al hacerse mayor cambiará de sexo; sin embargo, puede ser que aun en ella experimente los primeros choques, por ejemplo, que se le niegue lo que dice ser (con gran sorpresa por su parte), o que se le regañe por lo que haga (por ejemplo, negarse a llevar la ropa correspondiente a su género asignado)  

Sin embargo, los choques verdaderamente grandes sucederán cuando la personilla empiece su socialización externa, fuera de la familia. Entonces aprenderá (todavía) las palabras insultantes y comenzará a afrontarlas.  

La reacción más corriente es someterse a la presión social. Entonces, la personilla empieza a pensar que se ha equivocado y a desear ser uno más, para ser aceptado.  

Empieza entonces en estos casos un período de negación, que puede ser fortísima y durar muchos años. En particular, es característico que, en la adolescencia, estas personas suelen estar en plena negación de su disforia e intentando asimilarse lo más posible a la mayoría, mientras que las personas que hemos formado una identidad lineal pero no podemos mantenerla, estamos esos años en plena rebeldía contra el género asignado.  

Durante los años de la adolescencia y los siguientes, de la juventud e incluso de la madurez, es  posible que las personas que han formado una identidad cruzada precoz intenten contrarrestarla siguiendo modelos hipermasculinos o hiperfemeninos. En el primer caso, me consta que hay quien se ha dedicado al culturismo, para formar muchos músculos, o se ha dejado barba, o se ha hecho camionero, etcétera. En el segundo, recuerdo fotos de exagerada feminidad en el arreglo, vestidos, etcétera.  

Pero bajo esa identidad lineal pretendida y cultivada, no se olvide que subsiste una identidad cruzada irreversible por ser muy precoz. La persona que está en este caso, supongo que puede incluso haberlo casi olvidado, o puede que no le agrade recordarlo. Puede incluso que se resista con todas sus fuerzas a admitirlo, dependiendo de la fuerza del miedo social. Pero esa identidad cruzada está ahí, estructurando toda su personalidad.  

Generalmente, el período de negación empieza a terminar cuando la persona es ya suficientemente mayor como para afirmarse frente a las convenciones sociales. No suele ser de golpe, sino mediante un lento despertar, a veces muy doloroso.  

El despertar puede ocurrir a los veinte, treinta, cuarenta, incluso más años. Por eso carece de sentido considerarse superior, por parte de las personas que han hecho su transición antes, a las personas que han tardado todos estos años en despertar.  

Lo que sí suele ocurrir es que, cuando por fin cambian, esta transición suele ser apacible y segura. Es como encontrarse consigo misma o consigo mismo, con la criatura que una vez fue, y reemprender el camino.  

También me parece que en este grupo debe de ser más frecuente, después de haber superado la negación de la identidad cruzada, tender a afirmarla de una manera muy intensa y polémica. Debe de ser más frecuente la afirmación "soy una mujer como otra cualquiera o un hombre como otro cualquiera", la pretensión de ser vista entera y simplemente como una mujer o un hombre, el afán por eliminar los rastros de la vida anterior, porque nadie lo sepa, por alejarse incluso físicamente de ella yendo a vivir lejos, etcétera.  

Quiero decir que en ese caso se equivocan. Identidad es sentimiento, no realidad, como decía al principio, y nuestra realidad, en todos los casos, es una naturaleza ambigua, más o menos intersexual, en la que, para alcanzar el pleno equilibrio, hay que respetar tanto sus elementos masculinos como femeninos.  

Si puedo, la próxima semana explicaré cómo transcurre la transición de las personas que hemos formado primero una identidad lineal y después experimentado la disforia. La primera, recordemos que según Köhlberg es irreversible, lo que explica la particular tensión que hay en nuestras vidas entre dos identidades.  

Kim Pérez 03-11-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                           Disforia genital o Skopzic syndrome

 

Entre las pocas personas disfóricas que existimos, hay un grupo todavía más pequeño que no somos propiamente disfóricas de género, sino disfóricas genitales, como yo nos llamo.  

La esencia de la cuestión se puede entender bien: una persona disfórica de género no se ajusta al género que se le atribuye, es decir, a una construcción cultural relacionada con el sexo (roles, actitudes, socialización) ni a sus símbolos, especialmente la ropa. Por tanto, lo que quiere cambiar es sobre todo su género. Y eso es compatible con cierta indiferencia por los hechos propiamente sexuales, como los genitales.  

Una persona disfórica genital, en cambio, siente sobre todo que no se ajusta con sus genitales, por la razón que sea, y por tanto lo que quiere cambiar más que nada, son sus genitales. Y eso es compatible con cierta indiferencia por los hechos de género, como los roles, las actitudes, la socialización, o sus símbolos como la ropa.  

Los anglosajones, americanos e ingleses, que nos llevan algún decenio de ventaja en el conocimiento de los hechos disfóricos o trans, se han dado cuenta de que este segundo subgrupo existe, que es real, y lo han llamado "Skoptic syndrome" (se puede buscar en Wikipedia) Yo prefiero llamarlo, como he dicho, disforia genital, por las razones que voy a explicar.  

Skoptic syndrome, o síndrome escóptico, que resulta un nombre bastante apabullante, son palabras que han sido elegidas muy discutiblemente. Síndrome lleva directamente a un problema médico. Skoptic, por su parte, viene de los Skopzy, una secta rusa cuyos integrantes se castraban voluntariamente, más que por deseo de castración, por ansias de salvación, para sobreponerse a los pecados de la carne.  

Aceptando de momento el nombre de síndrome escóptico, se aplicaría con la mayor exactitud a varones que conservan su identidad masculina pero que ansían la castración.  

Seguro que los hay y que por eso, para entenderlos, para poder hablar de ellos, lo primero es darles un nombre. Al fin y al cabo, la ciencia avanza formando nuevos conceptos y cada  uno de ellos requiere un nombre.  

Sólo que yo creo que es más conveniente formar el concepto y el nombre de disforia genital.  

Analicemos por qué digo no al nombre anglosajón y por qué propongo este otro. Síndrome se define como "cortejo sintomático de patologías poco definidas", es decir, como una serie de síntomas con valor patológico y que requieren intervención médica. En este caso, el síntoma sería el deseo de castración, por parte de alguien que no la necesita y la intervención médica sería la del cirujano o la del psiquiatra, alternativamente. Escóptico, relacionado con los Skopzy, no correspondería a la realidad, según lo que he dicho antes.  

Disforia, por su parte, es un sentimiento de disgusto. Sería patológico, si no estuviera justificado, y lógico, si lo estuviera, y no patológico. Por mi parte supongo que la disforia procede muchas veces de situaciones de hipo- o hiperandrogenia, que no pueden ser consideradas como patológicas, sino como variantes individuales dentro de la gama de la impregnación endocrina prenatal.  

En los casos que estamos considerando, si la hipoandrogenia (cerebral) llevara a un desajuste, disgusto o inadaptación con las conductas de género androgénicas, tendríamos una disforia de género. Algo natural y normal.  

Si la hipoandrogenia (cerebral) llevara a un desajuste, disgusto o inadaptación con la conducta genital, tendríamos una disforia genital. Algo también normal y natural.  

La cuestión se plantea en las salidas médicas (hormonación, reasignación genital) de las disforias de género y genital. Hasta ahora se aplican porque son las únicas conocidas para superar el sentimiemto de desajuste, disgusto o inadaptación.  

Pero cabe esperar que la evolución de nuestra cultura permita en un futuro ya inmediato otras salidas.  

En particular, la concepción no binarista de la sexualidad, al admitir que existen varones, mujeres e intersexos, lo que es una realidad biológica, ayudará a que una persona que se siente desajustada, disgustada o inadaptada con uno de los dos géneros o sexos que hasta ahora concebimos, no se sienta obligada a considerarse dentro del otro género o sexo conceptuales, sino para que busque soluciones intermedias.  

Es decir. Pienso que no hay sólo hombres y mujeres. Tampoco hay sólo intersexos (en eso me diferencio del movimiento "Ni hombres ni mujeres", como norma general) A mi entender, hay hombres, mujeres e intersexos. Más exactamente, hay hombres a los que les gusta ser hombres, mujeres a las que les gusta ser mujeres, e intersexos a quienes nos gustaría ser intersexos, si aprendiéramos a serlo.  

Me parece que hay algunas trans, no muchas, que somos disfóricas genitales. Cuando hacemos una transición de género, nos encontramos con sorpresa que tampoco nos ajustamos del todo (aunque nos ajustemos mejor)  

Incluso podemos recuperar una parte de la identidad masculina. Que no cunda el pánico. La disforia subsiste, porque recuperamos la identidad de género, pero no la genital.  

¿Será posible, en ese futuro que ya se ve ahí mismo, que la disforia genital, expresada en términos de intersexualidad reconocida, no requiera tampoco la salida quirúrgica? ¿Que se acepte, por ejemplo, un hecho tan simple como la pasividad sexual, una de las modalidades básicas de la experiencia homosexual, extendida también a las relaciones heterosexuales, un intersexo pasivo que se relaciona simplemente con quien le ame y le desee?  

Kim Pérez 27-10-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                             Muchachas Trans

 

 Somos la generación trans que ha conseguido las conquistas legales que más necesitábamos. Ha pasado un lapso increíblemente corto de tiempo entre la falta total de derechos y la casi plenitud actual, pero ya vemos crecer alrededor nuestro a la siguiente generación, que va a vivir sobre lo que hemos conseguido.  

Las iba a llamar nuestras hijas trans, pero es mejor dejarlas en sobrinas, porque tienen padres, desde luego, y una de las mejores cosas que hemos conseguido es cambiar la actitud de muchos padres de trans.  

Yo estoy muy orgullosa, en particular, de un momento en el que estuvimos comiendo en un restaurante, hace relativamente poco, los padres de una trans y los de otra, las dos muchachas y yo.  

Me daba cuenta de que sólo unos años antes, tal comida hubiera sido imposible. ¿Padres y madres, presentes con naturalidad para hablar de sus hijas? ¿Comiendo públicamente conmigo, transexual notoria?  

También, hace unos años que he compartido amistad, meriendas en su casa y hasta comidas en un chino con los padres de una trans, ella y nuestras amigas.  

Y hace un poco más que mantuve amistad por teléfono con la madre de otra joven trans, a quien conocí en Madrid, en un encuentro, y fui testigo, a través del hilo, de la transformación y emancipación de su hija.  

En general, la constante de estas historias es la misma: presencia de los padres junto a las hijas en sus transiciones, comprensión y ayuda. Cuando pensamos en las dramáticas historias que ha vivido y vive nuestra generación, nos damos cuenta de los resultados que hemos conseguido, porque este cambio radical de actitud es obra nuestra.  

(No es que seamos las únicas autoras de estos cambios; son parte del tránsito de una cultura autoritaria a una democrática, hablando en general, pero en particular, en el terreno de las y los trans, ha sido necesaria nuestra presencia; si no hubiéramos estado aquí de la manera en que hemos estado, seríamos una sociedad democrática, pero transhomófoba, como ha habido muchas; porque también estoy convencida de que mucho de lo que han conseguido los homosexuales, lo han conseguido con nosotras como vanguardia. ¡Desde Stonewall!)   

Pero, con los ojos abiertos, veo que hay mucho todavía que hacer, y ahora se lo tengo que decir a esas sobrinas nuestras, de la nueva generación. ¡Esto lo tenéis que hacer vosotras!  

Porque muchas de vosotras seguís estando incómodas y hasta siendo desgraciadas, de una manera que para nosotras es inconcebible.  

Habéis hecho vuestra transición muy jóvenes, vuestros rasgos no habían madurado, de modo que por fuera sois casi mujeres como otra cualquiera (ya sabéis que esta frase la digo con intención) Por otra parte, habéis contado con la ayuda constante de vuestros padres, conscientes incluso de que necesitabais más atención que vuestros hermanos. Y habéis podido seguir vuestros estudios, ya en el otro lado, y tener amigas y amigos, que a veces saben lo vuestro y para ellas y ellos es algo normal, superando por ejemplo la horrible soledad que viví en este aspecto.  

¿Entonces? Se puede decir que entre todos os hemos puesto en la puerta de la vida sin casi sufrimientos. ¿Por qué, al atravesarla, seguís sufriendo por vuestra condición de trans?  

Me doy cuenta de que es por un hecho cultural, que por tanto se puede transformar: por la dichosa frase de que "soy una mujer como otra cualquiera". ¡Es que no lo sois! ¡Sois trans, una realidad distinta, con inconvenientes y ventajas que no tiene una mujer como otra cualquiera! Podéis ser atractivas, pero de otra forma, más ambigua, con un punto de camaradería, más descansada, más vuestra.  

No queréis ni decir que sois trans. Muchachas, como si eso fuese algo vergonzoso, cuando es el símbolo de vuestra vida, de vuestra lucha y de vuestra valentía. Pero al decir que no sois trans, os salís de la realidad.  

Sois trans, no hombres, no mujeres, ésta es la realidad, y la realidad merece respeto para no darse calamonazos contra ella, como me los daría si niego la realidad de esta pared que tengo delante y que la puerta está más allá.  

De esa dichosa frase viene la convicción de que, por ejemplo, no tenéis que decirles a vuestros amigos que sois trans, para que os traten como a  otra muchacha cualquiera, y vuestro nerviosismo mientras se lo creen y vuestra indignación porque, cuando lo sepan, se sientan engañados y os traten como a mentirosas. ¿Porque, qué es lo que habéis hecho, sino mentir o por lo menos no decir la verdad?  

También viene de ahí una especie de indignación metafísica contra vuestra condición, sin ver las ventajas que de hecho tenéis. "¡Es que soy una desgraciada por ser trans!" No; lo eres por no saber vivir como trans. ¡Apréndelo, ahora que puedes serlo con naturalidad!  

Puede ser que sueñes con ser artista o modelo, proyectando en el infinito tu imagen como la Mujer con Mayúsculas, admirada y cumplimentada. No, tampoco. La mayoría de las adolescentes genéticas que tienen ese sueño, que es desde luego uno de los más femeninos de los nuestros, porque expresa la necesidad de ser querida, aprenden a sustituir su ansia de ser una Mujer con Mayúsculas (irreal) por la realidad de ser una mujer con minúsculas, ella misma, y entonces es cuando aprenden a  vivir su propia vida, personal, y esperar ser queridas por lo que son, no por una Imagen con Mayúscula, un Sueño que no corresponde, en nadie, a la Realidad.  

Puede ser que alguien llegue a quereros. Es más difícil todavía que para una mujer genética, pero quien os quiera os querrá por lo que sois y como sois, no por vuestras fantasías. Quien me quiere (aunque sea como amigo) me quiere por lo que soy, y de eso me siento orgullosa.  

Por otra parte, es cierto. No sois las únicas que hoy tenéis que aprender algo. El mundo en que vivís, especialmente el de los amores y el sexo, es horrible. A mí me daría miedo ser ahora joven y tener que salir a la calle. Especialmente, muchos de los muchachos son una mezcla espantosa entre ser inmaduros y depredadores. Los más educados y respetuosos muestran de pronto un egoísmo que abruma.  

La causa de esto está clara, pero es preciso saber mucho de la vida para comprenderla. Nuestro sistema de educación es permisivo y eso significa que no distingue que en todo ser humano hay tendencias buenas y tendencias malas, y que es preciso que aprenda a vivir las buenas y a contener las malas.  

Como he sido profesora, soy testigo de que nuestro sistema de educación no enseña jamás que en cada ser humano está el mal también, ni a  mirarlo cara a cara. No se enseña que en nosotros está la mentira, y que hace falta decir la verdad. Que está el egoísmo, y que hace falta respetar. Etcétera.  

Había muchachos serios, responsables, respetuosos. Buenos. (De derechas o de izquierdas) Quedan menos. Así, no de otros tiempos, sino de éstos, salen a las calles muchachitos jactanciosos, prepotentes, mentirosos, egoístas, cobardes. Si una trans se los encuentra en su camino, que tenga cuidado. Si ella ha aprendido también a ser mentirosa y egoísta (no somos cobardes), el choque entre dos mentiras y dos egoísmos puede ser tremendo.  

¿Qué es lo que se puede hacer? Pues aprender de la vida. Ahora, para eso es preciso ir poniendo las ideas en orden y ser capaz de darle un nombre a cada cosa. Eso es lo que trato de hacer en este comentario.  

Kim Pérez 20-10-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                   España mira a la Argentina

 

 

Me encuentro con Lohana Berkins en Granada. Es llena, confortante, grandes pechos matronales, viste un vestido negro escotado (en mi honor, dice) Un minuto de presencia física hace más para sentir que una persona está en tu vida, que años de relación virtual, aunque las videoconferencias invadan la memoria. 

No, es cuestión de sentir el calor de la persona, su voz, la expresión de sus ojos minuciosamente percibida.  

Coincidimos en todo. Me impresiona que no se considere ni hombre ni tampoco mujer, como yo, pero especialmente que la mayor parte de las trans en Argentina digan que son así, que se despreocupen de los detalles, que desafíen las convenciones. 

O sea que yo, que me siento bastante sola aquí, diciendo lo que digo, allí estaría acompañada a tope, entre compañeras a las que entiendo y que me entenderían. 

Le digo también que comulgo fervorosamente con el nombre de travesti, que aquí hemos querido olvidar. Han sido dos procesos distintos: aquí hemos usado, primero, para todas y todos el nombre trans, lo que está bastante bien, pero ahora usamos el de mujer u hombre, a secas, o el de mujer u hombre transexual, que a mí ya no me pega. 

Allí han decidido usar para todas el nombre de travesti, y para todos, todas son travestis. Esto me gusta más. Fue el primer nombre que supe darme, cuando Coccinelle, en los sesentas, aun habiéndose operado, lo usaba. Y en masculino: "los bellos travestis del Carrousel". 

Bueno, está claro que para los trans no sirve lo de travesti. Supongo que les llamarán trans -que también me parece bien- o transexuales masculinos. Está bien. 

La Argentina está lejos todavía de nuestras leyes, y en la actitud social, apenas empiezan por lo más elemental, pero nosotras estamos a años luz detrás de ellas en comprensión, en discurso sobre el hecho transexual.  

Lo que cada vez me opongo más rotundamente es a la frase que cada vez se oye más aquí del "soy una mujer como otra cualquiera".  El sentido común dice que no, que no somos mujeres como otras cualesquiera, aunque sólo sea porque nuestra vida no es como la de otra mujer cualquiera, ni mucho menos. 

Es más sano reconocer -¡es de sentido común!- que nunca lo hemos sido y que nunca lo seremos y yo, más bien, me alegro de eso. Mi orgullo está en que no soy una mujer como otra cualquiera, más bien soy una trans como otra cualquiera, o un travesti, si se tercia, como otro cualquiera. 

Lo más crudo es comprender la razón por la que aquí pensamos así y allá piensan de otra forma. Es preciso irse a la teoría social en general, aplicarnos, para entendernos, los mismos métodos que se aplican para entender el conjunto de la sociedad. 

Nuestra posición es conservadora, usa lo ya establecido, no innova nada. Hay hombres, hay mujeres, y yo si no soy hombre, seré mujer. ¿Habrá algo más conservador? 

¿Por qué somos una sociedad conservadora? Porque tenemos -o teníamos, hasta la crisis- un bienestar que tiende a hacernos pequeño-burgueses, señoritos, como decimos en Andalucía, que es otra manera de decir hijos de papá. 

Somos de derechas en realidad, o cerrados, aunque creamos que somos de izquierdas, o abiertos. Pretendemos sobre todo la respetabilidad, el acomodo, la integración. Le tememos en realidad al desafío, la creatividad, nos horroriza tener que crear nuestra imagen personal, esa mezcla de cualidades hermosísimas que son específicamente nuestras. Por eso decimos que somos mujeres como otras cualesquiera, nos falta decir que somos señoras como otras cualesquiera. El cualquiera es la clave: como todas, del montón, renunciando a nuestra originariedad, a nuestra singularidad, a nuestra diferencia. 

Todo esto tengo la impresión de que lo decimos a la vez Lohana y yo, no discutimos, completamos lo que la otra empieza a decir. 

Ella menciona la palabra comunidad, que me emociona cuando yo la he vivido aquí, porque era muy hermosa. Ahora aquí ya no existe, y por eso en cuanto arreglamos nuestros cuatro asuntos personales nos vamos cada cual por nuestro lado, a vivir nuestras vidas personales y separadas. 

Es verdad, es fácil sentir la comunidad cuando la vida fuera es dura, y es difícil cuando no hay problema. Es incluso demasiado fácil cuando la prostitución es el único modo de  vida y salir a las veredas -las aceras- de noche es tan valiente, que sabes que tienes muchas posibilidades de morir antes de los 30. 

Así están las cosas en la Argentina, aunque van mejorando desde hace un año, y así no son aquí. Desde luego, tenemos motivos para alegrarnos de que las cosas sean aquí como son y para desearles que pronto sean allí como aquí. 

Pero una travesti, una trans, un trans, somos rompedores por naturaleza, como los izquierdistas, como los radicales. No ajustamos con las mayorías y eso es  una suerte. Lo único que necesitamos para eso es decirnos la verdad a nosotros mismos. En cuanto nos la digamos, nos sentiremos con dificultades, aunque sean más suaves, y eso es buenísimo.  

Nuestra comunidad se formará con naturalidad. No seremos como otra persona cualquiera, es decir, como la mayoría, heteros sin disforia, sin cuestiones de identidad, pero sin esa dulce compañía que da el tener disforia, problemas de identidad, y compartir la voluntad de salir adelante. 

Kim Pérez 13-10-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                 Menores y Domenico di Ceglie

 

 

El extraño proyecto que ha generado ya una rarísima unanimidad parlamentaria para reformar nuestra Ley de Identidad de Género, tiene otra dimensión muy sensible de la que tampoco me fío.  

Se refiere a los menores de edad. Nada más decir estas palabras, cualquiera que conozca su deber, debe prestar atención.  

Se está hablando, todavía vagamente como es natural, de adelantar hasta los 16 años la aplicación de las previsiones de la ley, relativa al cambio de sexo legal, recuerdo, lo que puede suponer la autorización de un tratamiento hormonal cruzado y  la cirugía de reasignación de sexo antes de la mayoría de edad.  

Tengo que decir, aunque sorprenda a primera vista, que me opondré con todas mis fuerzas a lo uno y lo otro. Y recordaré que yo he sido menor y he tenido graves conflictos de identidad , de modo que sé de lo que hablo.  

El argumento que puede que se use para autorizar el cambio legal de sexo y, en su caso, el tratamiento hormonal cruzado y la reasignación de sexo, puede estar en favorecer su integración en el  medio escolar, evitando acosos y sufrimientos, y en favorecer el cambio antes de que se consolien los rasgos secundarios del sexo de origen de modo que su integración futura en el medio social en general sea prácticamente perfecta.  

Es natural estar de acuerdo con estos propósitos; pero los medios tienen que ser muy diferentes.  

Explicaré la situación. Para hacerlo, me valdré de una conferencia del Doctor Domenico di Ceglie, italiano especializado en la atención a menores  con variantes de identidad de género, que trabaja en Londres. Tuve la suerte de oírle en el Coloquio Transiti, de Bolonia, en 2000, y allí estaba también mi amiga Beatriz Espejo.  

El Doctor Di Ceglie refiró su experiencia con un adolescente que evidenciaba una fuerte variante de identidad. Se decidió aplicarle un tratamiento hormonal de detención de la pubertad (los hay) y favorecer su integración escolar mediante el cambio de ropas y de nombre, supongo que con el consentimiento de las autoridades escolares.  

Las decisiones dieron un resultado perfecto. El (ahora se verá por qué no digo la) adolescente culminó sin problemas sus estudios secundarios, se dispuso a pasar a la Universidad al mismo tiempo que llegaba a los dieciocho años, y en aquel momento, dio las gracias y dijo que ya no le interesaba cambiar de sexo.  

Esta historia es posible por la extrema fluidez de las experiencias durante la niñez y la adolescencia. Estas edades son de formación, y por tanto no hay en ellas posiciones definitivas. Se trata de aprender, a cada momento, sobre el mundo y sobre sí, y de revisar las posiciones anteriores, y los niños y adolescentes lo hacen con toda naturalidad.  

También lo hacemos y lo debemos hacer los adultos, pero con mucha mayor rigidez, debido a que nos afianzamos en  determinadas posiciones que se convierten en nuestra personalidad, y nos cuesta más cambiarlas aunque  veamos con toda claridad que es lo realista y necesario  

Por eso, es completamente lógico que al  hablar de niños y adolescentes se evite definirlos como transexuales u homosexuales y se prefiera hablar de variantes de género o de orientación. Adjudicarles una etiqueta más definida representa no conocer por una parte la realidad de la situación y por otra, fijar en su conciencia algo que no está fijado. Se debe, por el contrario, explicarles por qué se les aplica este nombre provisional y por qué son libres para cambiar de posición cuando lo vean conveniente.  

Se trata de poner en práctica, por parte de los adultos, el siguiente procedimiento: seguir respetuosamente el proceso personal de los niños y adolescentes variantes de género u orientación;  no prejuzgar nada; no forzarles a que sigan ningún camino, sino abrir ante ellos puertas alternativas que pasarán o no; y apartar los obstáculos que puedan hacerles daño.  

En este último punto es donde se insertan las verdaderas medidas para favorecer su integración escolar y social en general a las que antes me refería.  

En España, por ejemplo, se puede conseguir fácilmente que la dirección de un colegio o instituto a la que se le pida, acepte que en las listas de clase el alumno figure con un nombre alternativo, aunque en las listas oficiales, de uso interno, figure con su nombre oficial. Sé que es fácil, porque personalmente lo he conseguido, para una adolescente, incluso con el visto bueno de la Inspección de Educación competente. Pero es cierto que, hasta ahora, tal decisión depende de la buena voluntad de la dirección o de la administración educativa.  

Para los casos en que esa buena voluntad falte, es conveniente que exista una disposición que generalice la aplicación de esa práctica, convertida en norma. Es posible, no lo sé, que convenga que esta norma esté recogida por la Ley y que, en este punto, convenga reformar la Ley de Identidad de Género.  

Pero se habrá deducido que soy partidaria de que cualquier cambio legal del nombre de los niños y adolescentes sea fácilmente reversible si cambian las circunstancias, y dentro de los límites de sentido común que corresponden a la seguridad jurídica.  

En cuanto a los tratamientos hormonales, recuerdo que para esas edades existen unos tratamientos de detención de la pubertad, que son una alternativa a los tratamientos androgénicos o estrogénicos que se aplican en la edad adulta. Los rasgos secundarios del sexo no se desarrollan, y permiten así llegar a los dieciocho años, sin agobios, para tomar una decisión.  

No creo que estos tratamientos de detención de la pubertad estén contemplados ahora por ninguna previsión legal en España, y convendría que lo estuvieran desde luego.  

En cambio, me opongo rotundamente a cualquier tratamiento irreversible y sobre todo a cualquier forma de cirugía de reasignación de sexo, sobre los caracteres primarios o secundarios, antes de los dieciocho años, lo digo para que se sepa.  

Lo digo en nombre de la extrema fluidez de las actitudes de género durante la niñez y la adolescencia. Con facilidad, un niño o un adolescente que ahora mismo cree saber con total seguridad lo que pretende, dentro de unos años podría sentirse mutilado o mutilada por la cirugía.  

Espero, y si no lo recordaré, que cuando se discutan estos asuntos se recuerden las experiencias del Doctor Domenico di Ceglie y el adolescente a quien trató, tan acertadamente.

Kim Pérez 06-10-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

 

                                          Que no nos toquen nuestra Ley

 

El PNV, un partido de derechas, ha dicho que apoya una reforma de la Ley de Identidad de Género. El PP también lo ha dicho.  

La intención de estudio de la reforma se ha aprobado por unanimidad.  

Se trata de que no sea preciso hormonarse para tener el derecho al cambio legal de nombre y de sexo.  

El PNV incluso justifica esa posición: "Es lo más coherente con la filosofía de la ley". Habla del sexo psicosocial, y nada más.  

¡Qué raro! El PP reconoce que no hay una demanda de los colectivos interesados. O sea, no lo hemos pedido y los partidos de derechas están corriendo para darnos más de lo que hemos pedido. 

El PP dice también, como señalando un problema: "¿Qué cambio se ha producido en la sociedad para cambiar una ley que fue aprobada hace sólo un año?" Pero, contradiciéndose, van de buena gana a reformarla, y no para recortarla , sino  para ampliarla a tope. ¡Qué raro!  

También está ERC, izquierda nacionalista, en el mismo rollo. ¿E IU, dónde está, por qué se ha sumado? Tengo que hablar con ellos. ¿Y Rosa Díez? Sólo el PSOE, autor de la Ley, acepta que se discuta, aunque con un tono poco convencido ¿Pero por qué lo acepta, entonces?  

No me fío. Me parece que alguien ha tenido una inmensa capacidad de convicción, pero el tiro le ha salido por la culata; que los que hayan  propuesto esta ley van por un lado y los partidos de derecha van por otro, aprovechando la oportunidad que se les presenta.  

Seguramente piensan que si se hiciera así, nos encontraríamos en el futuro con un montón de problemas de sentido común. Personas nacidas varones afirman que se sienten mujeres, y sólo por eso se les reconoce legalmente la condición plena de mujeres, pero no probarían la seriedad de su reclamación ni por una hormonación ni por una cirugía parcial o total, ni querrían emprender nada de eso.  

Esta posibilidad de no hormonación existe en la Ley ya para casos en que razones de salud impidan realizarla, y está bien. Tengo en la mente además a  un amigo que nos demostró suficientemente que no podía y cuya seriedad y sinceridad eran palpables.  

Pero el proyecto de reforma de la Ley generalizaría, y sin presentar razones, esta excepción. Ningún cambio objetivo, subjetividad plena; eso es lo que yo siento, o lo que deseo, punto. Déme usted los papeles. Y el Estado va y los da.  

Voy a hacer una salvedad; he pensado que esos partidos de derechas puede que piensen, en términos cristianos: "Es que la Ley no debe favorecer actos contra natura como la hormonación o la extirpación de los genitales, y si aprobamos esto, conseguiremos que nadie se sienta obligado por la ley a hormonarse".  

Puede ser, ojalá fuera verdad tanta buena fe, pero  parte de una concepción errónea de lo que es contra natura y lo que es secundum natura; (yo no he ido contra la naturaleza; en mi naturaleza había un conflicto y yo lo he arreglado)  

Pero me temo que ni siquiera esto. El PNV, un partido cristiano, ha mencionado, no esta filosofía, sino la de un movimiento radical de izquierdas, la teoría queer en estado puro (yo soy queer, pero de otra manera)  

Ha dicho que el cambio de nombre, en realidad de sexo legal "debe pivotar sobre el sexo psicosocial y no en torno al físico". Yo alucino; ¿un partido cristiano, usando el lenguaje y los conceptos  radicales? (Y no por ser más radical se tiene más razón, que muchas veces está "en el justo medio")  

De nuevo, mi comentario es: ¡qué raro!  

Me pongo a cavilar y pienso que a lo mejor me eqivoco,  pero mi deber es avisar de un peligro que puede haber contra los y las transexuales. Supongo que todo esto puede ser maquiavélico, por parte de quienes lo han propuesto, fuera de las Cortes, y por parte de quienes lo han secundado, en las Cortes. Maquiavelo pretendía que el fin justifica los medios. Pues bien, los fines de unos y otros pueden ser los que ahora veremos, pero los medios somos los y las transexuales, es decir, parece que se trata de manejarnos  o de usarnos para llegar a ciertos fines que no son los nuestros. Ya ha reconocido el PP que saben que esto no es una demanda de nuestros colectivos. ¿Entonces de quién es, a qué fines sirve fingir una atención por los y las transexuales que no corresponde con lo que necesitamos?  

Por parte de los partidos de derechas, tan inesperada amabilidad, no solicitada, sería la que oculta una manzana envenenada. Puede ser que  piensen que, bajo tal cobertura, pueden conseguir unas intenciones más verosímiles, que serían dejar que surjan problemas, que se multipliquen los escándalos, porque los habría ante hombres enteros y pateros reconocidos plenamente como mujeres, para que se produzca un clamor popular que ponga en cuestión la entera Ley de Identidad de Género y los derechos que hemos conseguido las personas transexuales.  

Pero si no lo pensaran ahora así, y yo me estoy pasando de desconfiada, llegado el momento, producidos esos escándalos, agrandados por los medios sensacionalistas, y ellos con una mayoría absoluta, se les ocurriría entonces y lo harían. Echarían a la opinión pública contra nosotros.  

Tiene razón el PNV cuando dice que esto es respetar el sexo que se siente; el sexo que llama psicosocial, usando la llamada ideología de género. Pero lo que pretende es separar por completo el sexo psicosocial del sexo físico y las personas transexuales decimos precisamente que eso no es así; que el sexo psicosocial manda y que eso se refleja precisamente en el sexo físico, de una manera u otra, pero no deja que el sexo físico siga enteramente por libre, como si fuéramos dos personas.  

No tiene razón tampoco cuando dice que así se sigue más coherentemente el espíritu de la ley; no es ésta la filosofía de la ley, que ha buscado precisamente un equilibrio entre subjetividad y objetividad. Se trata de una ley equilibrada; esa intención la desequilibra.  

La intención de la reforma es probablemente  aplicar la teoría de género o la teoría queer, aprovechando la ley que existe para los y las trans. Pero estas teorías son teorías, que se pueden discutir y revisar, y las y los trans somos un hecho, y unas personas que podemos analizar lo que nos conviene.  

Soy muy partidaria, por mi parte, de la teoría queer, pero por ejemplo mis interpretaciones son distintas de las que aquí van implícitas. Y puedo discutirlas a fondo. Estoy en contra del binarismo sexual, creo que se deben reconocer las situaciones intermedias entre A y B, pero también reconozco que existe A y B. Si a alguien que es plenamente B, se le llama plenamente A, esto no funcionará.  

La Ley de Identidad de Género está hecha para personas que hemos necesitado acercarnos físicamente a A y alejarnos de B. Si se piensa en un hecho más radical, en el que no haya huella corporal del paso de A a B, que todo A pueda ser reconocido como B, entonces se quiere una interpretación particular y discutible de la teoría de género o la teoría queer.  

Una ley que siga esa interpretación, distinta de la mía, o distinta de la de otra personas, puede pretender la abolición del género, mediante la fluencia de los géneros. Que nadie pueda decir "soy hombre" o "soy mujer", porque esos conceptos hayan dejado de contar en la práctica. Para que se me entienda, yo soy partidaria de la realidad: que hay hombres, hay mujeres (incluso hombres y mujeres transexuales) y hay personas intermedias como yo. Pero para resolver cuál es mi situación social, no necesito convertir a todos los demás en un puré homogéneo.  

Menos soy partidaria de que la experiencia trans, que es muy concreta, pero muy variablemente interpretable, sea puesta al servicio de una opción teórica o política. Que la teoría y la política se ponen a nuestro servicio, es lo natural. Pero que alguien intente manejarnos no lo es.  

En este proyecto, es curioso que se pierden de vista las necesidades específicas de las personas trans. No se valora la necesidad de un cambio corporal, mayor o menor, ni se apremia a la Seguridad Social, en cuanto a asistencia psicológica, endocrina o quirúrgica, en sus varios planos, que es lo que las personas transexuales estamos requiriendo de verdad. Todo lo que se plantea es sentimiento-cambio de papeles.  

También se puede temer que, por parte de algunos haya otro equívoco. Si todo puede culminar de una manera tan sencilla, si podéis tener el cambio legal de sexo, ¿qué hacéis planteándoos la hormonación, con sus grandes consecuencias, o diversas formas de cirugía, el apoyo psicológico para emprender tan grandes cambios, por qué decís que os es necesario todo ello, por qué reclamáis la Seguridad Social? Si fuera así, curiosa demostración de lo que es pensar en la transexualidad desde fuera y no desde dentro.  

Espero que la actitud del PSOE sea la que está siendo: abierto a discutir, eso siempre es sano, pero también a recordar, entender y defender su propia Ley. Me temo que en él haya en este punto dos almas, la realista y la radical, por lo que tendrá que resolver primero su propia división teórica. Espero también que hablemos con IU, y que les expongamos lo que está en juego, haciéndoles conscientes de su apoyo histórico a las personas transexuales; también hablaremos con ERC, con CiU, con CC y con Rosa Díez , en el mismo sentido; y con el PNV, con el PP, para decirles que hemos visto su extraño juego y, si tengo razón, que no hagan maquiavelismo a nuestra costa y obedezcan de una vez a sus principios cristianos.  

Espero que, al cabo del año que se han dado, haya una unanimidad de los partidos, pero completamente distinta de la actual.  

Kim Pérez 29-09-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                   Materia y Transexualidad

 

No, no se preocupe nadie, no voy a usar pantalones.  

He tenido que guardar un  par de antesalas, y en ellas he vuelto a ver con calma a algunos hombres, que me parecen casi todos feos, y no quiero ser como ellos.  

Me daba cuenta de que la falda formaba mi última  barrera de seguridad, y  sentía protegida mi identidad tras ella.  

Aunque por mí misma, a solas, en una isla desierta, me hubiera puesto cargadores de faena, que me hubieran hecho sentirme ágil, insolente, y con esa pizca de dureza que sí me gusta.  

Pero no en sociedad. Entre otras personas, si me pongo pantalones, paso a ser directamente un hombre, inequívoco, y yo necesito que se sepa que hay un  equívoco, porque es en el equívoco de la ambigüedad donde vivo.  

Lo de las antesalas es porque he tenido que hacerme una intervencioncilla, no me atrevo a llamarla operación, pero con anestesia general, eso sí; me han quitado dos pólipos que se me habían formado en el colon.  

Ha salido todo muy bien, he salido sobre todo instantáneamente de la anestesia, con plena lucidez, pero he tenido mucho miedo, durante meses o semanas, desde que supe que tenía que pasar por esto.  

Naturalmente, no soy una novata del quirófano. Lo que más me angustiaba, era el miedo a despertarme sintiendo que no tenía control sobre mi cuerpo ni plena conciencia de esa situación pasajera. Hablando con una querida amiga, me confirmó que eso le pasó una vez y que fue angustioso.  

Ya me ha pasado un par de veces, incluso durmiendo en mi cama tranquilamente; es angustioso de verdad.  

Tuve tiempo, durante los meses precedentes, de pensar en ello. Llegué a la conclusión de que es el miedo a que la conciencia tenga menos fuerza que la materia. Mi pensamiento, impotente frente a otras fuerzas que lo rodean.  

Esto es lo más humano: Mi conciencia quiere dominar sus circunstancias, no ser dominada por ellas.  

Y de pronto, al llegar aquí, pensé que ésta es justamente una definición de transexual: persona que quiere dominar sus circunstancias sexuales, no ser dominada por ellas.  

No obedecer lo que aparentemente es nuestro destino material, si ese destino, por la razón que fuere, nos parece inaceptable.  

Romper claustrofóbicamente con la aparente ley que nos manda: "¡Tu cuerpo es así! ¡Tú tienes que ser así!"  

Responder: "¡No! ¡Mi mente es como es! ¡Yo quiero ser como es mi mente, no mi cuerpo!"

Todo ello es, por lo que he explicado, majestuosamente humano. Las criticadas personas transexuales somos un modelo de humanidad y a veces he sentido, cuando alguna persona hetero me ha felicitado por haber tomado mis resoluciones, que intuía confusamente todo esto.  

Que el ser humano debe mantenerse en rebelión permanente contra la materia.  

Leo continuamente la novela de Robert Graves "Rey Jesús". En ella, este historiador que convirtió sus hipótesis en novelas (y murió en Mallorca, la isla donde empezó mi vida) interpreta a Jesús Nazareno mucho más radicalmente que cualquier iglesia. Y no sin razones.  

Interpreta, para empezar, que Jesús Nazareno pretendía ser el Rey dinástico de los Judíos, el sucesor legítimo de Herodes. Y lo argumenta.  

Pero sobre todo, interpreta el mensaje básico de ese Rey de los Judíos como una llamada a la liberación de la conciencia frente al dominio de la materia. Es la materia que nos domina la que nos lleva a la muerte. Es la materia la que nos mantiene en este círculo de dependencia.  

Robert Graves piensa que Jesús  entendió que venía para luchar contra esta fuerza de la materia, a la que llama la Hembra; yo prefiero decir, la Diosa. Mientras el eros nos domine, dependeremos de la Diosa, que nos lleva a la muerte.  

Por eso, para Jesús no había más opción personal que la castidad, la esterilidad.  

¿Y hasta cuándo durará el dominio de la materia sobre la conciencia?  

Robert Graves pone en los labios de Jesús unas tremendas frases de un Evangelio apócrifo, que tienen que ver con nosotras de manera indirecta: El dominio de la Hembra (o la Diosa), es decir, el deseo, la muerte, continuará mientras haya hombres y mujeres, o mientras el hombre no sea como la mujer ni la mujer como el hombre...  

Kim Pérez 22-09-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                    Belleza de lo ambiguo

 

 

Hace diecisiete años que empecé mi transición, quince desde que ya fue decidida y continua, y en este tiempo se han producido cambios en mis sentimientos que voy a explicar por si le son útiles a alguien.  

Mi punto de partida fue una situación obsesiva de deseo de ser mujer, obsesiva literalmente. 

La frustración de mi disforia era radical, porque había renunciado a mis sentimientos dieciocho años antes, y la consecuencia era que los vivía nada más que en sueños. Escribía relatos sobre transexualidad y lo hacía durante horas y horas, días enteros, con una excitación y una intensidad tremendas, con las sienes palpitándome, sintiendo las venas de mi frente, tanto que me asusté viendo que iba a acabar por darme un ataque cerebral, al mismo tiempo que mis fantasías se iban dirigiendo hacia temas masoquistas, pero luego sádicos que me horrorizaban, y me hacían temer volverme loca.  

Las fantasías de mis relatos eran muy autoginefílicas; recuerdo en especial que en ellas aparecía mucho el tema de los pechos y los sujetadores, y que éste en particular tenía un matiz masoquista. 

Por todo aquello, asustada, dándome cuenta de que todo era consecuencia de mi autorrepresión y frustración, comprendí, como me lo dije entonces, que "sólo la Realidad podía salvarme", para huir de aquellas obsesivas fantasías, y decidí hacer mi transición, al coste que fuera, porque la alternativa era perder mi salud física y mental.  

Acerté. Todo fue bastante difícil, como suele serlo, pero inmediatamente me serené, me equilibré y hasta ahora.  

Una de mis primeras experiencias fuertes fue conocer a los primeros gays a quienes vi, presentándome yo como transexual (aunque todavía fuera de hombre)  

Muchos años antes, cuando todavía estaba luchando por definir mi identidad, en un medio, en Granada, extraordinariamente solitario, había entrado fugazmente en el COC de Ámsterdam, una organización homosexual muy fuerte desde los sesenta, que mantenía un gran bar en su planta baja. Fue entrar en él y comprender que no era lo mío; me salí inmediatamente. La cuestión era, como comprendí después, que si yo quería entenderme como homosexual, varón a quien atraen los varones, aquello no correspondía a mi manera de ser, ni por lo primero, ni por lo segundo.  

Esto lo comprendí en Madrid, empezada ya mi transición, hace casi justo los diecisiete años que decía al principio. Acudí a Cogam, porque tenía un teléfono de atención sexual que encontré casi milagrosamente en El País, pero yo sabía ya que yo era transexual y ellos homosexuales. Había una especie de cristal o barrera entre ellos y yo, que me permitía verlos objetivamente, sin preocuparme de si yo era como ellos o no.  

En el equipo de guardia -fue en el verano- había un  cincuentón canoso, pelo aureolado y barba gris, y dos jovencillos. Me saludaron amablemente, les expliqué que yo era transexual, etc. Lo que me impresionó de ellos fue ver que, durante la conversación, entre risas, se acariciaban sin reparo los brazos, o que al despedirse, se besaban ligeramente en los labios. Lo que vi fue un modelo para mí desconocido de hombre, tierno y afectuoso, que contrastaba con lo que yo entendía por varón, un ser áspero, rudo, peligroso, que siempre tiende una distancia de seguridad con los otros hombres, y si quiere tener un gesto de afecto, imita un puñetacillo de te toco y no te toco.  

Ese tipo de hombre duro, a veces grosero y brutal,  es el que me hacía sentir toda mi disforia. ¡Que pudieran confundirme con uno de ellos! ¡Que pudieran creer que yo pensaba y sentía como ellos! (El recuerdo de Gary Cooper, duro y tierno, limpio de corazón, no me compensaba; después he sabido que de joven era algo afeminado)  

Pero por estos gays de Cogam no sentía disforia alguna, sino más bien una homofilia, una identificación sentimental; pensé incluso, me acuerdo perfectamente, que si los hubiera conocido en mi adolescencia, yo no sería transexual; es decir, hubiera crecido aprendiendo que ser hombre no es tan malo, o que hay hombres que me gustan por su manera de ser.  

Ahora preciso un poco más: me gustan los hipoandrogénicos como yo, sobre todo si son homosexuales, por lo rompedores que tienen que ser; me gusta que sean sensibles, lectores, cariñosos, lloricas; me emocionan los golpes que tienen que sufrir en la vida; me hace llorar la bandera del Arco Iris que nos representa; me identifico con ellos; podría amar a uno de ellos.  

El siguiente impacto que  me trajo la realidad sucedió dos años después, bajando yo o subiendo por la escalera de un gran bar, en Madrid, junto a la Puerta del Sol, donde había ido con mis amigas Mónica y Jenny. Me di cuenta en aquel momento, cuando yo me estaba hormonando y mi pecho empezaba a formarse, que ya no me importaban las historias de sujetadores ni quizá de pechos; es decir, por lo que fuera, mi autoginefilia empezaba a evaporarse. Y me alegré.  

La autoginefilia, o excitación por la imagen de la Mujer en el Espejo, siempre me ha fastidiado. Desde que en mi adolescencia me travestía, me miraba fascinadamente en el espejo, y entonces venía inoportunamente la excitación sexual, que yo no deseaba. Me daba cuenta de que era un añadido, algo que yo no debía sentir, la irrupción de una sensación masculina en algo que era precisamente una protesta contra la masculinidad. Cuando la excitación llegaba a su colmo, me avergonzaba, lloraba, e incluso me arrastraba de rodillas por mi cuarto, rezando con angustia. Después es verdad que buscaba esa excitación como desahogo, pero siempre avergonzándome y encontrándola fea u horrible.  

De modo que, cuando con la hormonación, o por el simple hecho de estar expresando en la realidad, por fin, todos los días, que yo no era un hombre como la mayoría de los hombres, la excitación desapareció, yo en la gloria.  

Lo curioso es que, con los años, poco a poco, como si se evaporase algo superpuesto y que yo hubiera confundido con mi piel, también se ha evaporado toda la autoginefilia. No es que ya no me excite, es que no me interesa tener una imagen de mujer. Poco a poco, hace años, dejé de maquillarme, de pintarme las uñas, de usar sujetador, de llevar bolso. Ayer vi unas imágenes de unas bellísimas jóvenes colombianas por las calles de Cali (de verdad, tienen fama de ser y son las mujeres más bellas del mundo, altas y estilizadas) y tuve un momento de envidia por ser como ellas, el habitual sentimiento autoginefílico, pero nada que no se olvidase en dos minutos.    

Ahora tiendo a ver a las mujeres como distintas de mí, por lo que mi estilo ambiguo de vestir se acentúa. Mis sentimientos de afinidad, mi homofilia, son por los gays, por los maricones y  mariquitas, por la gente que se me parece en muchas cosas y que ha vivido algo que se parece mucho a lo que yo he vivido.  

Menos su fascinación por el sexo físico masculino. Los genitales masculinos y su funcionamiento me repelen tanto, me parecen tan feos y ridículos, que estoy a gusto habiéndome operado. Tampoco quería unos genitales femeninos; un agujerito me hubiera sido suficiente, para hacer pis. O que mis genitales hubieran permanecido en el estado en que estaban en su inmadurez, cuando sólo servían para eso, para hacer pis. Sé que nunca he podido aceptar sus cambios, ni entenderlos, ni usarlos convencidamente de que fueran lo mejor que se podía vivir.  

O sea, homofilia por los gays, no autoginefilia, asexualidad. Alguien, en mi caso, podría preguntarse, "¿Me habré equivocado? ¿Será que no soy trans?" Me doy cuenta de que, para algunas personas, una experiencia parecida a la mía, y esta pregunta, puede provocar una gran angustia.  

Escribo para ellas. Yo creo que no me he equivocado, que simplemente la definición de la disforia o de la transexualidad, tiene que ser más amplia de lo que hemos comprendido hasta ahora.  

Yo ahora me defino en términos positivos. Ni siquiera soy disfórica, he superado todo lo negativo, lo que "no quiero ser". Ahora, para mí mismo o para mí misma, puedo expresar todo lo que soy en términos positivos, lo que me gusta ser.  

Me gusta ser una persona hipoandrogénica, sensible, lectora, escritora. Me gusta sentir homofilia, es decir, afinidad, por mis semejantes, los gays, sabiendo que semejantes no quiere decir que seamos iguales. Me conmueven y me emocionan mis amigos gays. Mi emoción fundamental es la amistad, me encanta que mi amigo sea un hombre fuerte y sensible, algo así como el hermano mayor que nunca he tenido. No soy ya autoginéfila, aunque mi imagen en el espejo, de señora mayor, me sigue dejando tocada; pero sé que es sólo una imagen. Soy bastante asexual, o mejor dicho, agenital, porque me encantaría tener alguien, hombre o mujer, con quien darme achuchones y con quien tomarme del brazo para ver la televisión y que un beso en la boca se escapara de vez en cuando.  

Esto es lo que soy y lo que me gusta ser. El nombre que le demos es lo de menos. Lo importante es la realidad. De todos modos, necesita expresarse, y quisiera, en los próximos meses, expresarla mediante la ropa. A lo mejor vuelvo a los pantalones, pero me gustaría que fueran pantalones como de faena o de aventura, de esos que tienen bolsillos grandes a  lo largo de los perniles. La conciencia de mi manera de ser me permitirá buscar con placer y curiosidad tanto en las tiendas de hombre como en las de mujer. Lo que me guste, me lo pondré. Ya la gente empieza a estar educada en respetar la personalidad diferente. Habrá quien me llame maricón, pero cuántos no me lo habrán llamado durante estos años. Es verdad que la falda es tan radical, que produce un respeto, y por eso a lo mejor sigo llevando falda, pero a mi manera, compatible con chaquetonazos militares. Yo no sé cómo se llama lo que soy, pero sé lo que soy.  

Kim Pérez 15-09-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                           Teoría postmarxiana de la disforia

 

Es irrefutable el aserto marxiano de que la sociedad está estructurada en una infraestructura tecnoeconómica y una superestructura ideológica, moral, política, que depende de ella. Decenios de reflexión a la contra y de enseñanza de la Historia me lo han confirmado.  

Digo, postmarxianamente, que en la vida humana hay elementos extraestructurales, relacionados con la forma extrahumana del Universo -relaciones matemáticas, intuiciones estéticas, eróticas y místicas-, que organizan la estructura social y personal.  

Las estructuras sociales se dividen en modos de producción bien definidos. Disiento de Marx en su enumeración, porque comparto con autores como Gordon Childe el criterio de que son el modo recolector, el cazador, el labrador y pastor, el mercantil, el industrial y el informático.  

Cada modo de producción crea sus herramientas conceptuales o sus representaciones (ejemplo: dioses) que forman una ideología que intenta racionalizarlos.  

El modo mercantil avanzado creó (Grecia y Europa) los conceptos de crítica y razón, y las representaciones de opresión y liberación, luego desarrolladas durante el modo de producción industrial, a expensas de los conceptos de crítica y razón, quizá recuperables en el modo de producción informático, tan individualista.  

Este esquema general de la sociedad y la cultura permite alojar la cuestión de la disforia, permitiendo comprenderla con mayor profundidad y orden conceptual.  

Puesto que los sexos son un hecho biológico, prehumano, la disforia de sexo (anatómica) o de sexualidad (fisiológica) es un hecho extraestructural, probablemente relacionado con algún grado de intersexualidad cerebral. Es concebible esta disforia en la desnudez del modo de producción recolector y también es posible su expresión simbólica en algún rito o juego.  

Conforme la sexualidad se va complicando y se transforma en género (cultural, variable) en el modo cazador, se puede superponer a la anterior una disforia de género, o incomodidad con las formas universalizadas como código de género. Es notable que en la sociedad cazadora se produjo la primera división del trabajo, fundada en la división dual de sexos (cazadores guerreros frente a curtidoras cocineras) y que en ella se produjeron también las primeras formas de travestismo feminizante y masculinizante (chamanismo, berdachismo), fundado sin duda en la inadaptación personal a los estereotipos sexuales-profesionales, relacionada probablemente, a su vez, con el hecho extraestructural de la hipoandrogenia-hiperandrogenia.  

A lo largo de los sucesivos modos de producción, el hecho de la disforia siguió caminos distintos, según el contexto superestructural, relativamente variable en cada uno. En algunos fue consentido con mayor o menor convicción (jairas de la sociedad mercantil india, religiosamente pluriforme y abierta), en otros reprimido.  

Entre nosotros, después de ser permitido en el modo mercantil avanzado de Roma (Cibeles) fue reprimido en la terrible crisis que acabó con aquella sociedad y durante muchos siglos después. Nuestros modos mercantil, de nuevo avanzado, e industrial, crearon las representaciones de la opresión y la liberación, pero ha sido preciso esperar a los recientes decenios para que estas representaciones sean aplicadas a la homosexualidad y a la disforia.  

En estos principios del modo de producción informático, por tanto, homosexualidad y disforia se entienden dentro de un proceso general de liberación que abarca a todos los desfavorecidos, marginados u oprimidos. Incluye a los pueblos explotados por otros pueblos, a las mujeres sometidas, a los niños trabajadores, todas las formas de semiesclavitud práctica, incluyendo a los trabajadores en precario, a los pagadores de hipotecas abusivas, etcétera.  

En este proceso, volviendo a la disforia, es previsible que la distensión del código de género, como efecto del proceso general de liberación, traerá una multiplicidad de formas de género, ya no disfóricas, en las que se expresará la variedad sexual humana, probablemente sin que se sienta como necesaria una operación de reasignación de sexo, lo mismo que la variedad del deseo sexual se expresará en una gama (como ya existió en Grecia o en Turquía) en la que las categorías excluyentes de heterosexualidad y homosexualidad se volverán difusas y libres, una bisexualidad generalizada y más o menos polarizada personalmente hacia cada uno de los extremos.  

Kim Pérez 08-09-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                  Casa de muñecas

 

 

He visto anunciada una casita de muñecas entre los coleccionables de principios de curso en los kioskos y me he dicho: "¡Voy a comprármela!"  

Siempre me han gustado las casitas de muñecas, el único juguete de niñas que me ha interesado. Ni las muñecas, ni las cocinitas, ni las peluquerías, ni los caballitos con crines sedosas y peinables, incluso algunos de ellos me han repelido. También es verdad que pocos de los juguetes de niños me han gustado: ni los balones, ni los meccanos tan industriales, y porque entonces no los había, pero tampoco los héroes tan musculosos y agresivos, ni los circuitos de competición al parecer tan admirados por los chiquillos, ni los camiones, ni los cochecitos. Soñé eso sí, literalmente, durmiendo, siendo muy pequeño, con un gran tranvía amarillo, de madera, como de un metro de largo. Me gustaron los avioncitos, que representaban la libertad en las nubes. Y los barquitos, que llegué a hacérmelos en la playa, usando corchos de flotadores como casco, cañas para el mástil y cordones de croché para las cuerdas, la primera y casi la única vez en mi vida que he demostrado habilidad manual, por lo mucho que los necesitaba y me gustaban (después los echaba en la desembocadura del Río Verde, charcas llenas de renacuajos y bordeadas de cañas)  

También me gustaron los trenecitos, tanto por la mecánica de las locomotoras, como porque daban lugar a estacioncitas y a otros posibles paisajes. En el aburrimiento del Cortijo, aprendí a hacerme cortijitos de barro, con corrales y vigas de palitos cubiertas por más barro, puestos sobre una rasilla, un ladrillo delgado (otra habilidad manual mía, y también por necesidad)  

Es decir, tuve vehículos terrestres, marítimos y aéreos (una clase de juguetes que expresa la sensibilidad masculina), pero con un matiz tranquilo, acogedor, incluso casero (me gustaba imaginarme los camarotes) que se expresaba en el gusto por construcciones como los cortijillos o las estaciones o las casitas.  

Tuve también un osito, un teddy bear con su chaleco y todo, que pondría entre los juguetes de segundo rango. Me gustaba, pero no es el primero que recuerdo.  

Esta reflexión sobre los juguetes que hemos tenido, que nos han gustado o que hemos deseado, y sobre los que deseamos todavía, siendo mayores, es lo que llamo test de los Reyes Magos, porque los juguetes son símbolos profundos de lo que necesitamos y de nuestra manera de ser.  

Tanto, que puede ser que nos fastidie reconocer que, por ejemplo, no hemos querido muñecas, pero son tan fuertes, que en el fondo, nos gusta ser como somos, sabiendo lo que queremos. Aplicándome el test de los Reyes Magos, me sale una sensibilidad masculina pero atenuada, algo intersexual, que es lo que vengo descubriendo como causa de mi inadaptación sexual, de mi disforia de género.  

Volviendo a las casitas, recuerdo haber visto, la primera, la de mi tía Amalia, que no me impresionó demasiado. La segunda, en cambio, sí. Pero tengo que contarlo con detalle.  

Había en Almuñécar, una casa de imitación árabe, la Najarra, con paredes coloradas y un jardín grande y alegre detrás de una tapia también colorada. Una vez que paseamos por allí, di un salto, supongo, y miré por encima de la tapia, y vi algo maravilloso. Una casita de verdad, de obra, de tres metros de altura, con dos plantas, y ventanitas y puertas por donde entraban y subían las escaleritas un grupillo de niños, felices y divertidos.  

Bueno, aquello quedó en este simple recuerdo. Años después, llegó a mis manos, no sé cómo ni por dónde, una casita de muñecas de verdad, es increíble, muy grande, casi de un metro de alto y algo más de ancho, de estilo francés, con grandes ventanales por donde meter los muebles  y ver los cuartos. Pero estaba completamente vacía y desamueblada, y yo no podía encontrar los muebles precisos. Perdí interés por ella, lo que me demuestra que no son sólo las paredes lo que me interesa, sino sobre todo lo que puede expresar, tanto la fachada como el mobiliario, el estilo de vida que se materializa en ella.  

Desinteresada por mi cascarón vacío, le encontré una utilidad secundaria cuando me regalaron dos patitos, como su hogar. Naturalmente, la dejaron sucísima, pieza de gallinero, los patitos me temo que murieron, y la casita, arrinconada en la carbonera, acabó deshaciéndose.  

Una casa es la personalidad visible de su dueño o de su dueña. Dice cómo siente, lo que espera de la vida, lo que le gusta ver, sus frustraciones y sus consecuciones.  

Las dos que he visto anunciadas, una es de estilo andaluz, y me gusta en general, porque son muebles que recuerdo, aunque yo nunca tendría una casa con ellos, y la otra es de estilo mediterráneo, que me gusta menos, pero los muebles, más.  

Me parece que voy a acabar comprándome una casa vacía, de un estilo que me guste, y amueblándola con los que vayan poniendo a la venta de una y de otra, o con los que pueda ir encontrando en cualquier otro lugar, que no sean muy caros, para que sea verdaderamente una de mis casas, como la de verdad, y cualquiera que la vea lo comprenda. 

Kim Pérez 01-09-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                        Conversación en el piso de encima

 

Subíamos seis personas el otro día hacia el piso donde nos habíamos citado; quien nos viese, percibiría sobre todo el gris de nuestros cabellos, transmitiendo plata a nuestro paso; íbamos a entrar y percibimos por nuestra parte la grisedad del apartamento que nos habían cedido. Rellano descolorido, puerta despintada, la sala de paredes grises y altas ventanas de postigos cerrados donde nos íbamos a reunir y que procedimos a abrir.  

Quien nos hubiera visto llegar, reunirnos, subir por las escaleras, habría visto seis señoras sesentonas, casi setentonas, aunque bastante altas en general, aunque con voces graves, demasiado masculinotas.  

"¿Qué somos, qué ponemos?", nos preguntamos nosotras mismas ya en la sala, porque teníamos que hacer actas.  

"Comité de  Transexuales", dijo muy dispuesta Destra, enseguida. "¡Qué dices!", replicó Filis, "con el trabajo que nos ha costado. Asamblea de Mujeres Transexuales de la Tercera Edad".  

"Yo pondría Reunión de Personas Disfóricas", dije sobriamente.  

"Hija mía, parece que es como si dijeras Reunión de Pacientes Trasplantados de Riñón", me contradijo Aim, como dolida.

No sé lo que se aprobó, porque ni siquiera leí el acta, que escribió Bertha, por su buena letra. Sí me acuerdo de lo que hablamos.  

Estábamos Aim, Bertha, Destra, Granma, Eccehom (yo) y Filis (nicks en la red), transexuales, sesen-tentonas, y habíamos decidido reunirnos para hablar de nuestras experiencias de personas bastante afines, por lo que sabíamos unas de otras. Para que se me entienda, simbolizo nuestra afinidad con el color gris de nuestros cabellos y que era la resultante de los colores y cortes de nuestras ropas, en general, sobrias o sosas. Sin duda, hay gente trans coloreada, que da la impresión de rojo, blanco, azul, naranja, verde, púrpura... No era nuestro caso.  

Aim comenzó la conversación por el accidente de aviación que ha abrasado a ciento cincuenta personas. "¡Es horrible!", dijo Filis. "Pero corto", dije yo. "Tres o cuatro segundos y fuera". "¿En qué mundo estamos?", dijo sombríamente Granma, la Roja. "Es como una jaula con barrotes, porque nos pueden pasar cosas todavía peores". "¿Como qué?", dijo Aim, siempre pura. "Como que haya un terremoto, y te caiga una losa de hormigón encima, y que te deje casi sin sitio para respirar durante cinco días", repuso Granma. "Uf", hice yo, tocada en mi claustrofobia.  

"Y todo esto lo ha organizado Dios así", dijo Bertha, reflexivamente, "y lo tengo que decir, o preguntar, porque soy creyente".  

"Pues lo mismo que dices de la losa", dije yo, "es ser disfórica. Es encontrarte entre los barrotes de una jaula y no poder salir".  

Mis compañeras se quedaron calladas. Les sentó como una pedrada en el cuerpo.  

"Yo esperaba que esto desapareciera, que se fuera solo", dijo Granma, despacio.  

"Yo no. Yo oscilaba entre el delirio, cuando tocaba la disforia, y pensar en otras cosas, cuando se iba. Lo que me preocupaba sólo era saber que no podía tomar decisiones, porque todo iba a volver, y luego a irse" (Quien contó esto fui yo)  

"¿Es bueno o es malo ser trans?", preguntó Aim.  

"¡Es bueno!", dijo Filis, impulsiva e irreflexivamente, como de costumbre.  

"Es malo y es bueno", dije yo, superreflexivamente. "Es malo porque te quita mucho. A mí me ha quitado pareja, hijos y ahora, cuando llevo ya muchos años sin andrógenos, me ha quitado hasta la alegría de querer ser mujer; sólo queda la disforia pura, un disgusto, un desajuste, que me dice que he hecho bien cambiando y que he hecho lo que tenía que hacer".  

"Yo no sé cómo puedes creer en Dios", dijo sombríamente Bertha, la comunista. "Eso es lo que hay: barrotes por todas partes. Eso no puede haberlo hecho nadie que sea bueno".  

"Yo creo", respondí, "que Dios es bueno y es malo, o que está más allá del bien y del mal, porque él lo ha inventado todo. Es como un Novelista, y nosotros somos su Novela. Sólo él sabe el Argumento y nosotros lo escribimos, pero sólo él sabe unir lo uno con lo otro. Esta es la Novela de los barrotes y la libertad".  

Granma saltó:  

"A fin de cuentas, da lo mismo. Para mí no hay Novelista, hay Novela, y eso sí, los personajes la vamos escribiendo. Como para nosotros hay lo bueno y lo malo, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, la cuestión sigue siendo la misma: la disforia es buena o mala?"  

Entonces hubo un pequeño milagro natural. Por las altas ventanas, que habíamos abierto al llegar, y por las que había entrado sólo un bochorno sombrío y plomizo, entró una bocanada de aire fresco. Y al mismo tiempo, las nubes grises dejaron que entrara el sol de la tarde, amarillo y dorado, que doró las paredes grises de la sala. Nos doró también a nosotras, las disfóricas, brillando en nuestros cabellos grises y descubriendo los colores de nuestras ropas. El rojo y el verde brillaron, el amarillo mucho más, el azul y el añil, incluso el gris como plata, casi como oro, todo brillaba tiernamente. Nos echamos a reír con el espectáculo repentino.  

"Este  brillo del sol poniente es lo bueno de nuestras vidas de trans", dijo Filis. "Le damos importancia, por lo que somos. Y si no fuéramos trans, no estaríamos aquí y si no estuviéramos, no lo habríamos visto. Vivimos lo que nadie vive y vemos cosas que no ven los hombres ni las mujeres."  

Kim Pérez 25-08-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                SexoAmiguisimo; Leopoldo Alas

 

Imagen izquierda de Leopoldo Alas con Agustín Almagro; grabado de Roberto González Fernández, año 1985.

Ha muerto, demasiado joven, Leopoldo Alas, que era sobrino bisnieto del otro Leopoldo Alas "Clarín" que hemos estudiado en Literatura Española.  

Por personas que lo conocieron, he sabido que fue muy agradable, también poeta, y activista homosexual, que creó y mantuvo el primer programa de radio gay de España.  

Incluso ABC -para quienes me leen de fuera: un diario muy conservador- le dedicó una larga nota de recuerdo, a tres columnas y con foto. Y por ella me enteré, con alegría, de que Leopoldo había mantenido la idea que él llamaba del sexoamiguismo.  

Digo con alegría porque, a juzgar por la palabra, es lo mismo en lo que yo creo desde hace tiempo. No sé en realidad si él entendía por esta palabra lo que yo entiendo; me inclino a pensar que sí; y por eso la voy a explicar, señalando que será a mi manera.  

Yo creo que el punto de partida suyo y mío sería la constatación de que muchos homosexuales -y transexuales- estamos, no solos, sino sin pareja.  

Digo que no estamos solos porque generalmente tenemos amigos y amigas que cuentan mucho en nuestras vidas, incluso más que en las de los heteros. También es verdad que muchos de estos amigos y amigas los hemos encontrado precisamente porque somos homosexuales o transexuales, en distintos medios del ambiente, en bares o asociaciones, en la noche o el activismo; forman lo mejor del estilo de vida gaylesbitrans, desde luego.  

Entre gays y lesbianas, muchas de estas amistades son antiguos amantes; para las trans, mucho menos sexuales, son sencillamente amigos, que por cierto pueden ser lo mismo gays, que lesbis, bisex o trans; para los trans, más sexuales, son simplemente gente del ambiente que siempre los comprenderá mejor y con quienes podrán desahogarse con mayor libertad.  

Bueno, creo que la idea de Leopoldo Alas y desde luego la mía, consiste nada más que en tomar conciencia de esta realidad y valorarla, en vez de ir lamentándose por no tener pareja. La amistad es una forma de amor y, como dice la canción, "el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide..." 

Retrato de Leopoldo Alas de LUCA GUARINI, a partir de una foto de Paola Pontelli, con su gata “Trufa”

También creo que nuestra amistad es más que amistad. Suele ser intimidad, puesto que hablamos con nuestros amigos de cuestiones de las que los amigos heteros no suelen hablar. Las amigas sí, pero me atrevo a pensar que en nuestras amistades hay más solidaridad, más comunidad, más apoyo mutuo incluso que entre amigas.  

Voy a ir más lejos en mi explicación. Creo que la pareja no es funcional en las relaciones gaylesbitrans, salvo cuando hay niños por medio.  

La pareja es funcional para la reproducción de la especie humana. Cuando la madre está embarazada, que recordaré que significa estorbada, por la preñez y la larguísima crianza de nuestros niños, que nacen especialmente indefensos y lo son durante muchísimo más tiempo que otros animales, es bueno que haya junto a ella otra persona libre que la ayude. Por cierto, lo más conveniente es que esa otra persona sea el padre, pero puede serlo una mujer u otro hombre.  

Por tanto, para las personas gaylesbitrans, me parece que el deseo de tener pareja tiene un significado sentimental -el deseo de encontrar alguien que lo sea todo para mí y yo todo para él o para ella; una unión perfecta de las almas- pero no tiene un apoyo funcional, mientras no haya niños por medio, como no sea una ayuda para pagar la hipoteca.  

Bendito sea cuando alguien tiene la inmensa suerte de encontrar a la persona de su vida. Pero las que somos del montón de los corrientes, los que no la encontramos, o si la encontramos es de otra o de otro, o es mucho más joven, o nos hipnotiza pero no le hipnotizamos, o no comparte nuestra sexualidad, o cualquier otra de las innumerables dificultades que suelen encontrarse, tenemos que pensar en arreglárnoslas de otra manera.  

Porque el objetivo es no quedarnos solos ni solas, sobre todo en la vejez, la edad más delicada (y en la que ya estoy, por lo que sé de lo que hablo)  

Las lesbianas, las trans que desean y aman a las mujeres, los trans que también, lo tienen más fácil. Sabemos que suelen formar parejas bastante estables, con o sin hijos. Esto no es teoría, es una constatación. Es la realidad, y lo que es real debe ser reconocido antes de ser explicado. Puede haber muchas explicaciones, pero me voy a fijar sólo en una: la humanidad y sentimentalidad de sus parejas femeninas, capaces de poner la subsistencia de la pareja por encima de todo.  

En las demás historias, en las que implican a varones, es donde están los problemas. Pero lo primero que quiero decir es que la compañía del varón puede ser deseada sexual o sentimentalmente. En mi caso, declaro que  mi deseo de la compañía de varones es sentimental, no sexual. Necesito su amistad, su cariño, y si se escapa de vez en cuando un beso o una caricia, mejor (me encantan las barbas), pero ni necesito ni deseo todas las fatigas de la sexualidad.  

Para todas estas historias, es donde está indicado el concepto de sexoamiguismo. Una relación en la que no está claro dónde termina el sexo y empieza la amistad (la típica amistad gay entre antiguos amantes, inconcebible en términos heteros) o que, simplemente, está basada en la amistad, con esa sentimentalidad añadida.  

Gente que se sienta en una terraza al sol a ver pasar la gente guapa y que hace comentarios que reafirman su confianza mutua e intimidad. O que se reúne para comer compartiendo secretos, risas y experiencias afines.  

Supongo que a veces, entre los amigos gays, puede caer un polvo, sin más consecuencias. Otras veces, entre unos  y otros, o unos y otras, contando a las trans, puede haber el placer instantáneo de un beso o de una caricia, llenos de significado. En general, es suficiente para sentirse en compañía.  

Los conjuntos de amigos gays, lesbis, bisex  y trans perduran a través de los años, grandes o pequeños, de muchas o pocas personas. Los heteros no tienen ni idea de lo que significa un beso cuando nos encontramos. De eso es de lo que hay que tomar conciencia.  

Todavía no sé lo que significa la amistad gay o trans ante la enfermedad o la muerte. Pero en general, estoy tranquila. Por alguna historia que me han contado, sé que significa incluso más que la hermandad, es decir, que los gays, lesbianas, bisex y trans, están a veces donde no están los mismos hermanos. Ésta, desde luego, será la prueba definitiva de lo que vengo diciendo.  

Y después de la muerte. Yo me vengo acordando, todos los meses, desde hace quince años, de una amiga trans. Sé que esto es nuestra amistad.  

(Una de las Web de Alas en Internet: http://www.myspace.com/leopoldoalas )

Kim Pérez 18-08-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                         Un descubrimiento del 8 del 8 del 8

 

 

Para mí también es memorable el 8 del 8 del 8 a las 8 (pero de la mañana, que es más significativo), cuando estaba acostada todavía en mi cama abierta del verano.  

Entraba la luz clara y yo, medio despierta, pensaba sin embargo en algo que nunca he considerado, mi sexualidad, en mis reiterados análisis sobre mi disforia.  

Y me daba cuenta de que es una sexualidad que parece femenina, lo que tiene mérito comprender cuando el cuerpo que yace sobre la sábana tiene ya sesenta y siete años.  

Empezaré recordando una vez más que hay casi tantos caminos hacia la disforia o la transexualidad como personas. Lo que digo, puede sonar a chino -aunque ya sabéis, Ix Ban Ya es España-, a otras personas trans, incluso mucho más femeninas que yo, pero es parte de mi camino a la disforia, más genital -o de repelencia por lo genital- que otra cosa.  

En resumen, hace un par de años -un par de años- me enteré, leyendo -leyendo- del deseo varonil de entrar en el cuerpo de su pareja y verse dentro de ella. Yo, desde luego, no lo tengo. Eso no significa nada para mí. Tengo que preguntarme -es decir, tengo que esforzarme para entenderlo- lo que puede significar para los varones. Tengo que preguntarlo.  

¿Es algo parecido a clavar un alfiler a una mariposa, es apoderarse de ella, de su belleza? ¿Es algo menos duro, más bello y más tierno? No lo sé ni me lo imagino, ni me interesa. ¡Tanto deporte, jadeo y sudor para eso!  

Me puedo imaginar sin embargo acogiendo en mi cuerpo al de un varón. Ahora que estoy operada, podría ser frente a frente, cara a cara, beso a beso. Sí entiendo que puede ser un acto de ajuste mutuo, como el de dos piezas de madera de un mueble que encajan perfectamente. Tampoco es que lo desee mucho, pero lo entiendo. Entiendo que después de una tormenta de sentimientos, de experiencias comunes, de deseos mutuo y de estar junto al mar, se llegue de una manera natural a esa traca final (por su parte, no por la mía) Será hermoso, gracioso, terminar de esa manera, es tierno saber que se ha llegado a eso, mirarse desde entonces con ojos cómplices. Es decir, lo entiendo.  

Si me doy cuenta de eso, en mi asexualidad práctica, entiendo por qué mi disforia estaba tan centrada en la repelencia por lo genital. Simplemente, cuando llegué a la adolescencia y vi cómo funcionaban los genitales, me di cuenta de que no eran míos, y de que no podía soportar que el resto de las personas, el conjunto del público, supusiera que yo era como no quería ser y como no podía ser.  

Eso probablemente tiene que ver con otra cosa que casi desde siempre había comprendido, mi ambigüedad, mi ligero afeminamiento.  

Desde los nueve o los diez años, al verme, había visto con claridad mi manera de ser y me había gustado un poco calladamente porque era mi manera de ser.    

Me daba cuenta de que sería mejor corregirla, como intentaba corregir mis "pies de Teresa", nombre que me enteré de que se les daba a los que se ponían juntando las puntas y separando los talones; por lo demás, yo no era verdaderamente femenino, lo que más me gustaba eran los barcos y las novelas sobre barcos, no las muñecas ni las cocinitas.  

Es decir, era un poco ambiguo, o suficientemente ambiguo, como se quiera decir, pero ahora sé que eso no era suficiente para provocarme la disforia. Sólo con eso, me habría dedicado toda mi vida a la filatelia y a la lectura, pero no habría sido una persona disfórica.  

Lo soy por lo que decía al principio: porque mi ambigüedad social y sentimental era en el fondo la parte visible de una realidad no visible: una sexualidad que no era masculina y que no podía soportar parecer masculina.  

Es decir, lo soy incluso por razones más profundas de las que llevo meses o años hablando. En este comentario, pongo mis ideas por fin en orden -espero- y me aclaro.  

Sé que mi disforia, más que de género, es genital. He hecho bien, por tanto, operándome y cambiando muy poco, lo indispensable, de género. No hago nada por disimular mi voz, ni por seguir aficiones más femeninas, ni por arreglarme más femeninamente. En cuanto a la ropa, se puede decir en general y con descaro que soy un hombre con falda.  

También hay trans que son mucho más femeninas de género que genitalmente. Dejadles que transparenten feminidad, que se arreglen a fondo y que no se operen, porque no lo necesitan.  

También sé que hay trans que lo son a la vez de género y genitalmente. Representan la experiencia más profunda de la transexualidad, pero la mía es la mía, estoy orgullosa de ser precisamente como soy y supongo que todas y todos sentiremos tres cuartos de lo mismo.  

Kim Pérez 11-08-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                  GayLesbiTrans en la crisis actual

 

 

Ahora que los gaylesbitrans hemos conseguido levantar la cabeza, tenemos que afrontar, como todos, una crisis global. 

Crisis significa cambio radical; unas cosas mueren y otras nacen; veamos cuáles pueden morir y nacer para nosotros. 

La crisis de ahora tiene dos dimensiones, una de coyuntura y otra de fondo. 

La de coyuntura, a la vez, es doble: financiera (hipotecas) y económica (encarecimiento del petróleo, de los alimentos, parón de la construcción en España, paro masivo) 

Todo esto, visiblemente, nos afecta como a todos. Se va a sufrir mucho, desahucios, paro, etcétera. Se puede resolver rápidamente (un par de años) o instalarse por más tiempo. En ese caso, podría tomar fuerza un problema que nos afectaría más que a otros: violencia callejera, desarrollo de la extrema derecha transhomófoba, entre otras fobias. Pero esperemos que todo sea breve, y que si no lo es, no surja esa amenaza. 

La crisis de fondo, el cambio en que unas cosas mueren y otras nacen en todo el planeta, tiene que ver con el cambio de los pueblos y de los sistemas económicos e ideológicos. Ahí cambia todo, y muy deprisa. 

Todos sabemos que hay una gran potencia emergente, China, que sigue una fórmula económica autoritaria-liberal. Dentro de siete días todo el mundo va a tomar conciencia de su grandeza, aunque también de su poco respeto a los derechos humanos. Pero en general, China me tranquiliza, porque es el pueblo del sentido común, del punto medio entre los extremos, conciliador (incluso del marxismo y el capitalismo), grandísimo como la quinta parte de todos los humanos, poco agresivo, pacífico por el fondo de su cultura. Es un seguro de estabilidad y cuanto más fuerte sea, mejor. Su trato a las trans está siendo bueno. 

A su lado, está emergiendo otra grandísima potencia, la India, perfectamente democrática, más pacífica todavía, empírica y libremente religiosa (creadora del yoga), otra quinta parte de los humanos, casi la mitad junto con la China. También me tranquiliza. Las trans están en su cultura desde hace siglos (las jairas) 

Entre ellas, el Japón, Corea, Thailandia, Singapur... El siglo XXI y quizá el tercer milenio entero serán de Asia. 

Al Oeste, lo que nace y lo que muere es más incierto. Nace quizá el Brasil, como potencia mundial en Sudamérica, la única en que toda una sociedad de casi doscientos millones de personas se está transformando y va en una misma dirección, aprendiendo español para ejercer su hegemonía sobre los pequeños países limítrofes. Brasil es también tranquilizante, liberal y simpático. El papel de Venezuela en cambio, depende sólo de un hombre; no creo que se mantenga. 

Los Estados Unidos envejecen y se oxidan. Sus rascacielos se quedan anticuados, comparados con los de Asia. Sus puentes son ya históricos. Su poder militar le arruina. Sólo la NASA sigue abriendo futuro a la Humanidad. Su sociedad está a la defensiva ante la inmigración hispánica. Esta vieja sociedad guerrera pero liberal (que llegó a su máximo liberalismo social al generar Stonewall y el barrio del Castro de San Francisco) puede anquilosarse bajo la extrema derecha que nace en ella. 

En la medida en que los Estados Unidos decaigan, México crecerá, y será el equivalente del Brasil en Norte y Centramérica. También es toda una sociedad joven, de más de cien millones de personas, que empuja aunque es contradictoria y todavía confusa. Por cierto, soy nieta quince de Moctezuma y de todos sus antepasados mexicas, toltecas y olmecas. Y estoy convencida de que la aparición de la Virgen de Guadalupe fue verdadera y convirtió de corazón a los naturales. Hay sitio allí para los gaylesbitrans, si se recuerda por todos la herencia india de libertad y respeto para los berdaches. Que viva México, que vaya adelante. 

El centro del planeta es lo más problemático. Es Europa, el Norte de África, el Cercano Oriente, todo lo que rodea al Mediterráneo hermoso. Soy rigurosamente monoteísta y veo con claridad que, de nuevo, inesperadamente, cuando parecía muerta, la cuestión central está en el Nombre de Dios. 

En su Nombre el siglo y el milenio empezaron con una obra maestra de la muerte y la destrucción, realizada por hombres armados con cúteres y con la voluntad de sacrificar sus vidas, que destruyeron con precisión los dos únicos rascacielos modernos de Nueva York y abrieron una bocana en el Pentágono, una historia de futuro-ficción que acabó con el prestigio casi sobrenatural de los Estados Unidos. Y eso se hizo en Nombre de Dios. 

El islamismo radical, el Islam tras él, se está levantando como un solo hombre -nunca mejor dicho- para volver a entrar en la Historia, y demuestra una resolución, un valor, una claridad de propósitos, una unanimidad de doctrina, un adoctrinamiento masivo que hay que mirar frente a frente. 

Lo que pueda pasar en el futuro, depende de que prevalezca el modelo turco, democrático, siempre tolerante, fundado espiritualmente en el sufismo aunque ahora políticamente laico, o el árabe-iraní (wahabismo y chiísmo) 

Porque, a efectos de esta reflexión, lo que está en juego es la homofobia radical del modelo wahabí-chií o la libertad del modelo turco. 

Tengo que decir que soy pesimista racionalmente sobre esta cuestión, y temo que los wahabíes-chiíes arrasen, pero no todo lo racional es real. 

Para detener esa deriva, y las que serían sus terribles consecuencias, muerte y destrucción por doquier y de los gaylesbitrans mejor no hablar, sólo queda el entendimiento profundo entre Europa y Turquía y algunos árabes como Argelia. 

España ya ha dado ejemplo de lo primero, con la tentativa de la Alianza de Civilizaciones, que abarca de momento sólo a Erdogan y Zapatero. 

En Europa, por cierto, sólo España está mostrando vitalidad. Todos hemos sentido que la Eurocopa es más que la Eurocopa, y que Nadal, Contador, Sastre, Gasol representan lo mismo; un pueblo que crece y que está contento de su manera de vivir. No por casualidad tenemos las leyes gaylesbitrans más avanzadas del mundo. Esperemos que nuestra actual voluntad de paz y entendimiento desarme la violencia, en lo que, miro alrededor, y constato que no estaremos solos. Toda Europa, por un lado, China, India, Turquía, Brasil, México... Vayamos en paz.  

Kim Pérez 04-08-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                       Thomas Beatie; siglo XXI

 

La primera impresión que me da la foto de Thomas Beatie es la de naturalidad. 

Un cuerpo de hombre combado, un rostro de hombre joven con sus pelitos de barba impertinentes y a la moda, una expresión distendida, una figura entera que transmite una decisión importante, una hermosa espera. 

La espera de una niña, que ha podido venir a este mundo gracias a que nadie pensó "Eso no puede ser". 

Esto lo justifica todo. Por cierto, la estética de la foto se acentúa por el contraste de la piel lechosa de Thomas con el color oscuro del fondo. Y Thomas me recuerda físicamente al joven Leonardo di Caprio. Es un Leonardo en plena aventura. 

La imagen se transforma en un icono de la transexualidad en el sentido de que expresa como ninguna otra la distinción entre sexo y género y la no binariedad del sistema sexogénero, que son las mayores aportaciones de la experiencia transexual a la conciencia de la humanidad. 

La distinción entre sexo y género resulta evidente. Thomas es un hombre genérico, que hace vida de hombre, y que contiene dentro de su cuerpo unos órganos genitales femeninos que le permiten concebir y parir. Terminada esa función, volverá a ejercer su rol masculino. Thomas Beatie se puede definir como persona de género masculino y sexo femenino. Para él, sin duda, definición suficiente, que explica que haya podido tener una niña bien real. 

Esta distinción es liberadora, porque permite otras soluciones prácticas cuya utilidad podemos comprender mejor que nadie las personas disfóricas. Thomas ha podido cambiar de género, pero para otras personas eso es imposible, por razones sociales. Ante esa imposibilidad, algunas nos planteamos -como yo en su momento- lo contrario de lo que ha hecho Beatie: adelantar en la transformación del sexo, mediante la hormonación o la cirugía, sin cambiar de género. Vivir un secreto íntimo, una satisfacción privada, limitada al propio conocimiento, el más importante. Género masculino pero sexo femenino o feminizado. Para mí, entonces, ésa hubiera sido también una definición suficiente. 

Para expresar todo esto con palabras, nuestro lenguaje es inadecuado, porque refleja una cultura binarista, en la que sólo hay dos sexos, y a cada sexo corresponde un género. Por eso, la Prensa se ha hecho literalmente la picha un lío, al hablar del "primer hombre embarazado" o del "padre-madre", lo que nos devuelve al tema de la película de Arnold Schwarzegger. No se trata de eso. Desde luego, nuestro lenguaje transexual resulta más adecuado, porque diríamos simplemente "el primer hombre transexual embarazado" o "el primer transexual masculino embarazado" y sabemos que eso es perfectamente posible. 

Pero lo que aparece  con mayor profundidad es la no binariedad del sistema sexo género. Esta experiencia muestra que hay por lo menos cuatro posibilidades: género masculino, sexo masculino; género masculino, sexo femenino; género femenino, sexo femenino; y género masculino, sexo femenino. Hay más, en realidad; hay muchísimas más, porque la realidad es que tanto el sexo como el género son lo que se llama conjuntos difusos. 

No hay dos sexos en la naturaleza, hay muchos más, lo que se llama intersexuales, naturalísimos, que nacen cada día en los paritorios, dos de cada cien personas, según creo. Y mucho menos hay dos géneros. La mujer masculina y el hombre femenino, cada uno con distintos grados de intensidad, con distintas formas de expresión, están en nuestra experiencia diaria. Sólo que la parte arcaica de nuestra cultura nos sigue ordenando: "La mujer debe ser femenina y el hombre masculino", lo que nosotros sabemos de sobra que puede ser asfixiante, incluso sin ser transexual. Porque podríamos añadir: "¿Y los intersexuales, deben ser intersexuales?" La parte arcaica de nuestra cultura, titubeante, respondería con total inconsecuencia lógica: "No, tienen que ser masculinos o femeninos", porque para ella, en el fondo, no existe o no debe existir la categoría "intersexual" o "intergenérico". 

Yo les diré a los y las transexuales que no debemos tener miedo de las consecuencias de la experiencia de Thomas Beatie, al contrario. 

No debemos temer que dé una imagen poco clara de la transexualidad, que confunda al público, que haga pensar que los transexuales no llegamos a ser verdaderos hombres y mujeres, usando inconscientemente definiciones arcaicas de lo que es hombre o mujer. 

Nosotros no hemos roto el sistema sexogénero (porque lo hemos roto, al demostrar que sexo de origen y género de decisión no tienen que ir juntos) para vover a cerrarlo a nuestro paso. No podemos decir: "Sólo hay hombres  y mujeres", una vez que hemos roto ese concepto asfixiante, para volver a decirlo, perjudicándonos a nosotros mismos, que nunca seremos afortunadamente hombres o mujeres en el sentido estrecho de las palabras. Seremos siempre lo que somos, una realidad que abre la realidad: transexuales. 

¿Qué es ser transexual? Parafraseando una luminosa definición que leí una vez de la bisexualidad: Ni hombre a medias, ni mujer a medias: enteramente transexual. 

Es verdad que entramos así en un mundo que da miedo, porque es nuevo, y está lejos de todo lo que estamos acostumbrados a pensar, con arreglo a la parte arcaica de nuestra cultura. Nuestra cultura, nueva, nos lleva a circunstancias inesperadas, que nunca hubiéramos podido pensar: a los trasplantes de órganos, a la inseminación in vitro, a la clonación, a la transexualidad. 

Para no perderse en este mundo nuevo, tenemos que recurrir a un solo principio de la cultura arcaica: preguntarnos por el bien y el mal. ¿Dónde está el bien, en tanto cambio? 

La respuesta es sencilla: lo bueno para el hombre es lo que sirve al hombre. Lo que le quita dolores, lo que aumenta su dominio sobre la naturaleza ciega. El hombre no está al servicio de nada, excepto del bien; todo está al servicio del hombre, pero para su bien. 

En general, para contradecir una idea hoy muy en boga, el hombre no está al servicio de la naturaleza. La idea de que no se puede ir "contra natura" es errónea. Una vez leí que Felipe IV, rey de España y Portugal, pensó en hacer navegable el Tajo, mediante esclusas, de Lisboa a Toledo, idea grandiosa. Pero la sometió a una junta de los teólogos decadentes del siglo XVII que dictaminaron que si Dios hubiera querido que el Tajo fuera navegable hasta tan alto, lo hubiera hecho así, sin darse cuenta de que, por la misma regla de tres, cualquier cambio efectuado sobre la naturaleza sería malo, por ejemplo, la agricultura, porque si Dios hubiera querido que una tierra diera trigo y no otra cosa, hubiera hecho que lo diera por sí misma... 

No; son buenos los cambios con que transformamos la naturaleza al servicio del hombre, como son malos los que nos perjudican.  

Al servicio del ser humano está reconocer la naturaleza no bipolar, sino de conjunto difuso del sistema sexogénero, este reconocimiento supera muchos desajustes, muchos sufrimientos que produce el concepto de un sistema sexogénero bipolar, pues entonces este reconcimiento es bueno. 

Hay otros dos iconos que yo pongo junto al de Thomas Beatie. Una fotografía, famosa en su día, de Leslie Feinberg, y un fotograma de una película de Eva Robin's. 

La imagen de Leslie Feinberg lo muestra, desnudo, muy musculado, en postura de culturista. Brazos, torso, piernas, brillan con el contraste de luz y sombra de los músculos. Apenas se repara en el tanga negro que cubre su vientre ni en particular en que por la zona genital es liso. Pero esto es lo que Leslie Feinberg quiso hacer ver en esta foto. Que su masculinidad no tenía que ver con su genitalidad. 

Lo mismo, pero a la inversa, es lo que Eva Robin's transmite en esa imagen, en la que está completamente desnuda. Sus larguísimos cabellos, su cara completamente femenina, sus delgados brazos alzados, los graciosos pechos en su ligero torso, se complementan con unos genitales masculinos inertes que no contradicen el resto de su cuerpo sino que son como su consecuencia natural, lo que justifica su encanto y su excepcionalidad. 

Éstas y otras formas infinitamente variadas anuncian lo que será la sexogeneridad del siglo XXI.  

Kim Pérez 28-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                            Belleza de Falete

 

Hace un par de semanas, Falete estuvo en la playa, en Ibiza, y la revista "¡Qué Me Dices!" le hizo un "robado" o un "posado", como dicen los paparazzi.  

Lo vi después en una televisión, le añadió algunas imágenes suplementarias, me interesó mucho, al día siguiente me compré el QMD, para verlo todo con más tranquilidad y esta es mi opinión. 

Falete es justo como yo estoy diciendo que muchas deberíamos ser. Es un muchacho que asume una identidad prácticamente femenina sin dejar de ser un muchacho. 

En nuestra falta y necesidad de referentes estéticos, ofrece la estética de la ambigüedad más perfecta, con toda naturalidad, sin que se pueda decir que en su imagen se sepa dónde empieza lo femenino y acaba lo masculino y viceversa. 

Nos da una imagen, es un icono no sé si de lo trans, de lo queer, de lo drag, de lo ambiguo,  y es serio, sincero y tierno. 

Es verdad que en él -porque se debe decir él- toda su estética está facilitada por su obesidad, que suaviza todas sus líneas, las de su cara y las de su cuerpo y su profesión en el espectáculo. A un famoso se le permiten cosas que en un simple mortal serían abucheadas, es verdad, pero también hay que preguntarse si han madurado los tiempos hasta el punto de que el simple mortal pudiera vestir como viste Falete e ir por la calle sin ser excesivamente molestado. No me hago ilusiones. Sé que habría miradas, comentarios y hasta insultos, pero por lo menos, ya, podría sentarse en un bar a tomar algo, entrar en una tienda, ir a una conferencia y encontrar otras miradas afectuosas y consideradas. No digo que sea fácil. Quizá es una tremenda batalla cultural que haya que dar. A lo mejor, la clave de todo está en la naturalidad y la valentía. 

Repaso las imágenes de Falete, y me doy cuenta de que él está dando esa batalla. Quizá convenga juntarse con él, para darla. 

Empezando por el nombre. Decidió seguir con su nombre de varón, en diminutivo, desde luego, como nombre artístico. También podía haber elegido un nombre ambiguo. La cuestión del nombre es muy importante, es nuestro primer signo de identidad personal. Hace falta que guste y poder reconocerse en él cada vez que nos llaman. No hay que someterse a ningún convencionalismo del tipo "Si ahora soy mujer, tendré que elegir un nombre en las estanterías de mujer". No, mi nombre es mi nombre. A quien primero tiene que representar es a mí mismo o misma, y sólo yo sé lo que representa, y sólo yo sé por qué lo elijo o lo conservo. 

En la primera imagen, saliendo del mar, en el pequeño rompeolas del Mediterráneo, lo que más me llama la atención es su cabello largo, liso, mojado, hermoso. Castaño oscuro, cae con fuerza tirando de su cabeza en una caricia natural, la del peso del agua. Y tiene una perla blanca en el lóbulo de la oreja. Sus facciones son reflexivas y serias, los ojos mirando a la arena, los labios carnosos apretados. Su papada baja suavemente, en curva, desde el mentón a la base del cuello. 

Su torso es hermoso, rollizo, y sus pectorales caen como pechos aplastados. Sus brazos son plenos y en sus antebrazos, más delgados, lleva sendos brazaletes de fibras en las muñecas. En la mano derecha lleva algo transparente, que desborda por encima de su pulgar. Sus uñas están pintadas de blanco. 

Lleva un pantalón negro como bañador. Sobrio y justo. 

Las piernas tienen curvas suavísimas, son proporcionadas, muy hermosas. 

Nada en su arreglo es excesivo, nada excede demasiado de lo admitido para los varones de hoy, aunque hay un punto delicado de exceso, y también la suma, la acumulación de datos: el cabello largo (la "mata de pelo" que corresponde a la antigua estética de las tonadilleras), los pendientes, generalmente admitidos si son simples aretes de oro, pero en este caso, perlas, los brazaletes, que en su caso no son de oro, ni ostentosos, las uñas pintadas, pero de blanco... 

En el tondo o círculo de enmedio, una foto menos bella, Falete emerge de las aguas, que le llegan casi a la cintura, al ombligo más exactamente, con la cara deslumbrada y fruncida por el sol. Pero la quiero usar para ilustrar el "Falete, inmenso" del titular, que sin duda juega con los significados de la palabra "inmenso", referida a su obesidad y a su arte. Sí, Falete sugiere una Venus o, mejor, un Buda saliendo de las aguas, con sus connotaciones de plenitud y misterio. También quiero usar esta imagen para sugerir su belleza gitana, hecha de sensualidad y sensibilidad, o alerta, o agudeza, o atención. 

La tercera foto es cuando ya sale del agua y ésta le llega a media pierna, agitada y congelada en la fotografía por sus movimientos. En ella se entrevé mejor el objeto transparente que lleva en su mano derecha: ¿una esfera de cristal? Al pronto, con sus medias sombras sobre su vientre, parece casi una medusa, pero no puede ser. 

La cuarta foto, la del extremo de la derecha de la doble página, es más trivial, pero la más aleccionadora a efectos prácticos de arreglo. Falete se ha encasquetado una cinta blanca para sujetarse el pelo, sobre la coronilla. Se ha puesto una túnica amplia, amarilla, estampada con motivos florales morados, que le llega a las corvas, y forma amplios pliegues. En la mano derecha lleva una bolsa de baño roja. Su arreglo es el de una señora que sale del baño, pero también es el suyo, y bajo él se transparenta su pantalón de baño negro. Es un hombre que viste como una mujer. 

En la foto de arriba, apaisada, se le ve tomando el sol en la arena con un amigo. La sombra rasurada barba del amigo se ve con toda nitidez y te preguntas si Falete tiene también una sombra de barba. Acaricia con las dos manos el objeto marino transparente. 

En el breve texto que acompaña a las fotos, viene también una información deslumbrante: en octubre, Falete se va a casar con su novio Isaac. Esto es también uno de los objetivos que hemos conseguido en los años recientes. 

Kim Pérez 21-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                      Compañeras de Orgullo

 

Este año casi me quedo sin celebrar el Orgullo. Suelo pasarlo en Granada, donde muchos años se ha celebrado el de Andalucía, aunque el año pasado fue en Sevilla, creo, y éste en Torremolinos. 

Menos mal que, cuando fui a dar la conferencia sobre  la cuestión de lo que tanto vengo hablando, "De la transexualidad a la intersexualidad", la representante de la Asamblea de Mujeres, que la organizó dijo de pronto, cuando estábamos en el estrado, que era un acto conmemorativo del 28 de junio, lo que yo no sabía y me alegró mucho por poder hacer algo en esta fiesta. 

Hace dos años, en 2006, también estuve en Madrid y gocé de la enorme multitud y del compañerismo elevado a un millón que eso hace sentir. Me cité allí con mi amigo Jorge y gozamos de compartir primero pensión y luego aquel apartotel de estética tan americana; gocé de compartir esos días con Carla y con Juana, arriba y abajo, por las calles de Madrid; de conocer a Andrea y Ángel; de comer en casa de Christian con sus amigos, de donde luego salimos todos para la manifestación; de encontrarme a Andrés, nada más llegar a la manifestación, con las manos llenas de folletos; de conocer a Jean-Claude y ver a un montón de amigas y amigos tras la pancarta, o delante de ella; de ver de nuevo a Claudia la periodista, que estaba guapísima; de verme, en especial, junto a Juana, a la que tanto quiero, cuando la manifestación llegó a su término, paramos, y procuramos colocarnos cerca del escenario, entre tanta gente, jóvenes, con ojos felices. 

Estaba entre amigas y amigos, como se ve, entre compañeros. 

Pero para explicar lo que sentíamos, mejor me voy a las manifestaciones de Granada. 

Son mucho menores, de mil o dos mil personas, pero ese número de personas juntas forma una masa suficiente para impresionar en la Gran Vía, y si se le ponen unas cuantas banderas del arco iris, alguna inmensa, llevada por diez o doce personas, alguna gente disfrazada, como Rubén, que todos los años representaba algo, o María José, que también busca recursos sorprendentes y estéticamente rompedores, algunas drags, etcétera, queda bastante llamativo y animado por las consignas y las canciones divertidas. 

Se sonríe mucho en las manifestaciones. Primero, porque estás entre amigos, y manda la guasa y la risa. Segundo, porque eres consciente del punto de provocación que todavía hay en ello. 

Lo notas al ver las caras de sorpresa, los ojos abiertos de par en par, de mucha de la gente que vas viendo en las aceras, a la que ves más próxima, quizás porque la manifestación es más pequeña y resulta más inesperada. Son gente que no ha ido a verla, sino que pasaban por la Gran Vía y se la han encontrado. Gente de todas las clases, por tanto, cada cual de su padre y su madre. 

Nada más que con tu presencia, les vas diciendo: "¿No ves? ¡Estoy aquí! ¡Doy la cara! ¡No me oculto!", y sientes que lo estás diciendo. Yo, porque soy siempre visible, pero me imagino lo que siente un joven gay que se manifiesta así por su ciudad, a la vez feliz, inquieto y desafiante. 

Las caras, las analizas mientras pasas. La mayoría, la gran mayoría, son positivas y tranquilas. Te miran con curiosidad, pero amablemente. Algunas mujeres te aplauden (los hombres tienen más crudo aplaudir a  una manifestación gay, aunque la aprueben) Algún hombre ya viejo (bueno, de mi edad), ya gordo, en camiseta, sale a un balcón y él sí aplaude, y te das cuenta de qué piensa: "¡Ojalá yo hubiese sido joven en estos tiempos!" Ves también caras hoscas, cómo no, hombres cuya mirada se atraviesa y sabes que te matarían si pudieran. Eso es el Orgullo: estar ahí, dar la cara. 

Hay extravagancias, pero son las del sentido del humor. El Orgullo es la única manifestación en la que se sonríe todo el tiempo, en la que se va para pasarlo bien y para demostrar que sonreímos. La sonrisa se convierte en nuestra principal demostración. Por eso el Orgullo tiene y tiene que tener algo, a la vez, de Carnaval. Sonreímos y nos divertimos frente a la adversidad, y sobre todo frente a quienes quieren machacarnos, borrarnos de sus vidas y si es menester, de las nuestras. Ésa es nuestra principal arma: la seguridad en nosotras mismas (estoy hablando de todas, maricones) Sonreímos. Y a veces somos indescriptiblemente felices.  

El año pasado, por estas fechas, estuve viendo una televisión por satélite, más bien carca, y aunque a veces me gusta que dé caña, de pronto se me quedó en cueros. En la tertulia sacaron el tema "¿De qué se enorgullecen los gays?" y los contertulios pusieron caras consternadas, que significaban algo así como que de nada. Yo tenía el móvil apagado, no podía mandar un mensaje para que llegase a tiempo, pero si hubiese podido, hubiera mandado éste: "`¡De sobrevivir!" 

Es que el Orgullo es sobre todo compañerismo. Te encuentras con los tuyos, en líneas generales. Gente que sabe lo que es el armario y la salida del armario. Gente que sabe lo que es tener problemas con la familia, demoledores, porque son lo más querido. Gente que ha perdido amigos. Gente de la que se han burlado los niños cuando eran niños y estaban en el colegio. Gente que ha aprendido a sentirse avergonzada y culpable (porque es fácil sentirse culpable cuando no encajas con lo que se espera de ti) 

¡Y frente a eso es el Orgullo! ¡Estar con los tuyos, verlos en multitud, una vez al año, todos juntos, y que se te abran los ojos y comprendas que no tienes que sentirte avergonzada ni culpable, sino orgullosa por salir adelante! 

¿De qué tendría que avergonzarse, por ejemplo, un mariquita del que me hablaba el otro día mi amigo Ángel, que es hetero, al que hace cuarenta años metían de cuando en cuando en un calabozo un par de días, evidentemente por ser mariquita? 

¿O la Paca, del Puerto de Santa María, de quien me contó mi amiga Lola, muy mal repintada, vestida medio de hombre medio de mujer, con el pelo teñido de platino, que se puso en medio de la procesión de la Virgen de los Milagros, delante de la presidencia de los bodegueros y gritó: "¡Abajo Franco! ¡Abajo Franco!", la única que se atrevió a hacer eso, por cierto? 

Cada cual hemos intentado sacar la cabeza por donde hemos podido y sabido y como hemos podido y sabido. 

No tengáis miedo de que el Orgullo sea una manifestación divertida y extravagante. Es lo suyo, es lo nuestro. Imaginaos que hiciéramos una manifestación seria, responsable, en la que los todos los participantes fuéramos como vamos a nuestro trabajo al día siguiente y gritáramos sólo reivindicaciones formales. Sería una manifestación de color gris y predominarían los pensamientos tristes. Si habláramos sólo de nuestros problemas, predominaría la conciencia de problema, no la de solución, que en cambio es la que resplandece cuando sonreímos, cuando reímos, cuando le damos vía libre a nuestra extravagancia, cuando provocamos y sobre todo cuando estamos juntos en el Orgullo.  

Kim Pérez 14-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                Interior de la Disforia, III parte

 

 

Me volvía loco, los últimos años de negación de mi transexualidad. Como le había dejado sólo el resquicio de la fantasía, me pasaba a veces días enteros escribiendo, fantaseando, con frenesí, yo qué sé, diez horas, doce horas.  

Tengo guardadas esas fantasías, pero no tengo ganas de buscarlas, ya sé que hoy me aburrirían.  

Escribía con tal concentración, con tal tensión, que las venas de la frente me palpitaban e incluso me dolía la nuca. Tenía miedo de que me diera un ataque cerebral, y por eso pensaba que incluso estaba en peligro de muerte.   

En cuanto a  las fantasías en sí, seguían las leyes del estímulo decreciente propias del alcoholismo y la drogadicción en general (aunque yo no bebía ni una gota ni menos me drogaba); necesitaba que los temas se renovaran, aunque eran reiterativos y obsesivos; que fueran cada vez más fuertes; me encontré pasando de la obsesión por tener pecho a insistir en los matices masocas, de sumisión, de esta perspectiva; y luego, descubrí con horror que la creación de temas masoquistas es lo mismo, pero al revés, que la de temas sádicos; si quieres fantasear masoquistamente tienes que inventar temas sádicos; y de pronto, en ese momento, me vi a punto de llegar a temas demoníacos.  

Fue demasiado; me horroricé. Pensé: "Sólo la realidad puede salvarme". Me daba cuenta de que era la fantasía libre, sin ningún contacto con la realidad, lo que me llevaba a tal estado, y en aquel momento decidí entrar en la realidad de mi transexualidad. 

Hablé con un amigo médico, me tomó en serio pero me pidió que fuese a un psicólogo que acreditase la transexualidad, me asusté porque tenía conexiones con mi familia, contacté con el teléfono de Cogam, me fui a Madrid, entré por primera vez en el ambiente, vi a trans que fueron una bocanada de brisa fresca sobre mi pobre mente recalentada, etcétera.  

Entré en la realidad. Luego me asusté y eché atrás durante un año más, pero ya era todo  irreversible y por fin empecé mi transición.  

Puedo asegurar que fue entrar en la realidad, hallar la Sociedad Sexológica de Granada, donde me acogieron y respetaron amistosamente, llegar por medio de ellas (eran sobre todo mujeres) a un médico amable y estudioso que me inició el tratamiento, empezar a hormonarme al cabo de unos meses, y toda la locura en la que yo estaba cayendo se disipó, mi pensamiento se tranquilizó y se saneó y empecé a vivir como una persona normal (aunque parezca asombroso a quien no entienda que la transexualidad pueda llevar a la normalidad)  

Sé que una parte importante de esta normalización se debió a la  hormonación con antiandrógenos, etc, porque es incluso recomendada para todo tipo de parafilias (o sexualidades paralelas) que puedan llegar a ser agobiantes, angustiosas o peligrosas. Pero también creo que otra parte fue gracias al paso de la soledad, de la sola vida interior, a la socialización; de tener por fin personas con quienes hablar de mis sentimientos; de no tener que limitarme a vivirlos en total silencio, callado, sólo dentro de mí.  

Unos meses después de empezar mi hormonación, cuando estaba en Madrid, en un bar cerca de la Puerta del Sol, con mi amiga Mónica, pues para entonces ya había contactado con Transexualia, me sorprendió de pronto y me hizo mucha gracia constatar que, en el momento en que comenzaba a tener pecho, mi antigua obsesión por esa idea, y por todos los masoquismos y sumisiones que podía unir con ella, había desaparecido por completo.  

La realidad me mostraba que yo podía ser trans y al mismo tiempo no definirme completamente como mujer, ni siquiera vivir completamente como mujer, aunque todavía no lo veía con total claridad.   

Sí lo veía Cristina Garaizábal, que veía mis experimentos con el género con mucho interés, o lo veía, refiriéndose a sí misma, otra amiga, Nancy, muy femenina de aspecto y que se definía como "ni hombre ni mujer", lo que anoté mentalmente con gran atención, pero de momento no pude llegar a las últimas consecuencias de esta manera de pensar.  

Es que, de hecho, me quedaba un margen de frustración, puesto que yo creía que nunca podría hacer una transición completa, dadas, primero mi situación laboral, segundo mi estatura, que veía como un obstáculo insalvable, tercero el tamaño de mis pies, mis rodillas, mi voz, etcétera, por lo que me contentaba con ser trans fuera del armario, pero de manera teórica, sin que tuviera consecuencias sociales totales (es decir, una trans que públicamente decía que lo era, pero que continuaba vistiendo como hombre) 

Esto me doy cuenta ahora de que era algo extraordinario, aunque entonces no me di cuenta de hasta qué punto. Iba a la televisión, y hablaba de que era transexual, aunque llevaba, todo lo más, ropa que yo llamaba unisex, pero que al verla ahora en mis fotos, reconozco que era llanamente de hombre, sólo un poco más afeminada de lo corriente. Me teñía el pelo, me maquillaba, mis pechos se percibían a través de los jerseys como Antxón Urrusolo, presentador de la televisión vasca, remarcó una vez. Iba al trabajo así, con horror de mis compañeros (y normalidad por parte de los alumnos) En fin, algo revolucionario, aunque yo no sacaba todas las consecuencias. Era, justamente, un modelo de vida intersexual.  

Pero estaba, como digo, todavía frustrada, porque percibía todo aquello como un paso intermedio. La feminidad de mi amiga Merche era una incitación constante hacia nuevas posibilidades de vida. Nos divertíamos, salíamos, ella coqueteaba, se arreglaba, tenía éxito entre los hombres. Me vi en un autobús, de viaje a Valencia, donde ella culminó uno de mis sueños, porque se operó. Fueron meses o años maravillosos para mí, porque lo que habían sido mis fantasías se convertían en realidad que no podía vivir plenamente, pero sí compartir, ver de cerca, en tantas mañanas, tardes y noches, desayunando juntas en un bar bajo los árboles, o tomando unas copas en una terraza nocturna o yendo juntas a todos los programas de televisión donde éramos requeridas, que fueron muchos, de todas las televisiones, de toda España. 

No me quedaba más que seguir por el mismo camino. El 5 de enero de 1995 me operé. Pero seguí llevando mi look unisex. Sólo en octubre de 1996, para volver a clase, casi dos años después, me decidí a ponerme falda, lo que era el paso definitivo a la clase de las mujeres. Luego vino el usar peluca, sacarme el nuevo carnet de identidad (tardé mucho tiempo en decidirme), cambiar todos mis papeles y asegurar mi posición legal con ese cambio, etcétera 

Por supuesto, por entonces, usaba ya todos los convencionalismos de la feminidad: me maquillaba, me pintaba las uñas, llevaba bolso, etcétera. Me divertía al pensar que todo eso a Cristina Garaizábal le decepcionaba en el fondo, viendo que asumía una imagen de género claramente femenina, y que dejaba a un lado toda la creatividad de mi etapa intermedia.  

Pues Cristina, no te preocupes, porque superé también esa otra etapa. Poco a poco me cansé de maquillarme y de pintarme las uñas y un buen día lo dejé. La peluca voló por la ventanilla en un accidente de auto y, cuando me convencieron de que mi imagen era mejor sin ella, aun con mis entradas, dejé de ponérmela.  

Poco a poco, colmada cualquier frustración, emergía mi parte masculina, como la llamaba entonces, o mejor mi realidad intersexual, como la veo ahora.. Me encantó ponerme chaquetones militares encima de la falda, en invierno. Chocar a la gente, ahora por la otra banda. Antes era la feminización de una imagen de hombre, ahora es la masculinización de una imagen de mujer.  

Estoy descubriendo la conciencia de la intersexualidad. Y es muy interesante. Y en ella estoy.  

Kim Pérez 06-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                Interior de la Disforia, II parte

 

¡Qué fuerte es ponerse a escribir sobre estas memorias vivas en medio del calor de la tarde del verano! 

Pero me da la sensación de que este calor es vida. Es la emoción del pasado, del presente y oh, del futuro. Las cosas que pasan y se te quedan pegadas a tu piel, para que luego, la inteligencia, les dé vueltas y las entienda.  

Lo que se ha vivido es feo y gris o, a veces, maravilloso. Recojamos esas briznas de delicia, en las que hemos visto por una rendija de la vieja puerta el jardín del Paraíso, para sentir el gusto de la esperanza... que es como una limonada fresca y perfumada. 

Porque la disforia, en el fondo, es estar jodida. Pero es verdad que ese jodimiento abre también perspectivas insólitas que otras personas no conocen. 

Como iba diciendo, con trece o catorce años, la disforia, el jodimiento, se me presentó con todo su esplendor de grisura y agobio. Pero también con destellos que se pueden resumir en ser otra cosa, y en dejarme llevar por la fantasía de que yo podía ser otra cosa, escaparme de lo que era, dejar de ser un varón gris, soso, tímido, torpe, con poca gracia, y convertirme en una mujer deslumbrante y bella, por eso querida y por eso protegida de tanta hosquedad.

Yo entendía la vida entre varones como esencialmente hosca. Como tenía la obligación de estar en un colegio de varones, creía que todos estaban también obligados, y que eran amigos entre sí porque no podían serlo de las niñas. Yo desconocía del todo las leyes del sexo, y en particular, las de la homofilia, ese sentimiento potente de compañerismo que hace que los varones estén a gusto entre varones y las mujeres entre mujeres. 

Ahora también sé algo que entonces no sabía. Yo me conceptuaba como varón, sin más, porque nuestra cultura marca que hay varones y mujeres, sólo esas dos posibilidades. Y mi disforia venía de que veía lo que estaba previsto para los varones, y no me gustaba, no era lo mío. Prefería lo que estaba previsto para las mujeres, desde luego, como prefería el colegio de las niñas al colegio de los niños. Pero preferir no es identificarse. Pero como tuve que pasarme años y años viviendo mi disforia teóricamente, en silencio, a solas, un secreto enorme y vergonzoso, no pude vivirla en la práctica y ver cómo evolucionaba con la realidad. 

Por es soy partidaria, cómo no voy a serlo, de que la disforia se exprese de alguna manera, que no se quede en el secreto, para que la realidad vaya dando nuevos puntos de vista y vaya fluyendo y cambiando, y no se quede enquistada en lo mismo durante años y años, como a mí se me enquistó. 

Durante esos años yo sólo sabía que no quería ser hombre y que quería ser la única alternativa que conocía, es decir, mujer. 

Como no podía dar ningún paso práctico, la fórmula siguió intacta, durante años: "no quiero... quiero..." 

Bueno, sí di algunos pasos, pero tan cortos, tan difíciles, que es como si no los hubiera dado. Un año de relativa libertad, en Argelia, en medio de años de paredes blancas y sin ventanas, antes y después. O algún mes en Londres, puerta que yo misma me cerré cuidadosamente, a continuación, equivocándome con todo convencimiento, en el fondo porque no tenía con quién hablarlo (¡algo que en la era de internet tenéis todas! ¡No lo desperdiciéis!) 

Lo único que cambió por entonces fue como un pesimismo que me quitó incluso las ganas de travestirme en solitario. Demasiado esfuerzo para tan poco resultado. Me refugié, fue peor, en la sola fantasía. 

Llegó por fin el momento del ¡ya! que fue más bien un ¡ya está bien! y ¡basta ya! 

Entré en la realidad. Quiero decir que empecé mi transición. Ya no era pura fantasía, sino la realidad de cada día, nueva relación con la gente, nuevas amistades, nuevos problemas prácticos

Y eso que yo me planteaba, por mi trabajo, que nunca iba a poder hacer una transición completa. Pero me conformaba con vivir entre trans, con ser amiga de trans, con definirme como trans (una trans que empezaba nada menos que a decirlo, aunque vistiese como hombre), con hormonarme. 

En cuanto entré en la realidad, empezaron a cambiar las cosas. Aquel verano (fue en verano, con las calores, cómo no) del 91, me fui a Madrid, a hablar con los de Cogam, cuyo número de contacto había encontrado, con mi ropa de cincuentón cansado, pero furioso, ropa sosa, anodina, una  camisa blanca, un  pantalón de raya. 

Mi único contacto previo con homosexuales había sido mi entrada en el COC de Amsterdam, y mi constatación de que aquel bar grande y oscuro no era lo mío. Pero mi llegada a Madrid, a hablar con homosexuales, ya era como transexual; ya era sabiendo que yo no era como ellos, poniendo una barrera invisible entre ellos y yo. 

Y en cuanto puse aquel cristal por medio, me pasó lo inesperado: me gustaron. Gracias a diferenciarme de ellos, me  gustaban. 

Tengo que precisar aquí lo que sentí, para que se me entienda bien. Había, de guardia en Cogam, otro cincuentón con barba, y dos muchachillos. Lo que vi es que no había entre ellos la hosquedad que tanto aborrecía entre los hombres, y que lleva a un no querer tocarse, o a amagar puñetazos, como forma de expresar el afecto. Aquéllos se tocaban, pasaba uno la mano por el antebrazo del otro con suavidad, con lentitud, con gusto, con cariño. Cuando se despidieron, lo hicieron dándose besos en la cara. ¡Sólo eso, nada menos que eso! 

Me di cuenta de que los homosexuales eran un modelo de hombre que yo nunca había visto (de cerca, con tranquilidad, entre ellos) También pensé aquella tarde que si en mi niñez hubiera tenido un amigo como ellos, yo no sería transexual. Pero sabía ya que podía quererlos y admirarlos justamente porque estaba tras el cristal de la transexualidad. 

Mi disforia empezaba a transformarse, pero seguía siendo disforia. Y lo sigue siendo. Me gustaban los homosexuales en la medida en que son distintos del concepto de hombre convencional. Porque eran sensibles, sobre todo, sentimentales, comunicativos, cariñosos, expresivos, lectores, artistas, enamorados, lloricas, sensuales, como yo en una palabra, excepto en la sexualidad. 

Ah, lo primero que hice fui irme a Galerías Preciados, que creo que todavía existían, y comprarme un pantalón caki y una camisa alegre, de no sé qué color. Mi primer cambio fue simplemente de colores. Pero me sentí nueva, joven y transformada. Así empecé a vivir en la realidad. 

Creía que hoy iba a terminar con mis explicaciones, pero veo que queda mucho por decir, y nada menos de cómo se ha ido transformando mi disforia con la práctica total, cuando me he operado, cuando -después- me puse por primera vez falda, cuando dejé de pintarme... 

En fin, queda, si Dios quiere

Kim Pérez 29-06-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                            Interior de la Disforia, Primera parte

 

Me doy cuenta de que será útil hablar de lo que es la disforia por dentro. 

Bueno, sólo puedo hablar de la mía, porque desconozco los matices de la que puedan sentir otras personas. 

Sé que hay trans no disfóricas para quienes la transición es una forma de expresión placentera; como me decía una querida amiga, "es como elegir los canapés en una fiesta". Bendita sea esa manera de ser positiva. 

Pero quienes somos disfóricas tenemos en ella una fuente de dolor; pero el dolor no es malo, por cierto: te avisa de que algo no funciona y te incita a que revises tu posición. Es exactamente la banda sonora de las carreteras modernas. 

Pues la disforia es un disgusto o desajuste con el sistema de sexogénero por el que circulamos. 

Es un sentimiento muy estable, que dura toda la vida. En cambio, como he dicho ya en otra parte, las formas de ajuste a que incita la disforia resultan bastante variables. 

Soy una persona disfórica, por tanto, ya vieja, que ha tenido tiempo de ver esas variaciones y sorprenderse con ellas. Puede ser que alguien más joven sienta que no va a cambiar nunca, con total seguridad. La felicitaré por su juventud y le diré que dentro de diez años hablaremos (si Dios quiere) 

La consecuencia que se abre a la inteligencia, por encima de los sentimientos, es que los sentimientos hay que expresarlos para que no se enquisten y te machaquen, pero que es mejor ser lo más flexible que se pueda a la hora de expresarlos, porque todo fluye (panta rei) 

Puede ser que mi disforia, todavía no de género, comenzara cuando tenía cuatro años y mis primos mayores (muy mayores: tendrían diez años) me trajeron un gorrión, muerto con una escopetilla, con la cabeza arrancada y atada a una pata, y uno de ellos me dijo: "Dile a tu abuela -la del otro lado- que los gorriones aquí son así". 

Aseguro que, a mis cuatro años, los miré con disgusto (a los dos, lo que ahora me doy cuenta de que no es justo), sintiéndolos  irracionales, pero sobre todo innecesariamente agresivos -contra el pajarillo, contra mí, contra mi abuela, a la que no conocían- y distintos de mí en su rudeza, porque yo buscaba siempre el cariño, la confianza, la unión luminosa con otras personas; en dos palabras, descubrí el gamberrismo varonil. Los nombres los pongo ahora, pero lo que sentí, lo recuerdo todavía. Incluso estoy viendo el lugar donde pasó eso: una esquina del cortijo con las paredes encaladas, brillando con el sol. Recuerdo mis sentimientos siguientes: un asombrado menosprecio por lo que hacían -tenía cuatro años y yo también era malo- y la constatación de que no eran como yo.   

Me imagino que el primo de los dos que ha sobrevivido -el otro ha muerto- lee esto por curiosidad y me da pena que lo lea, porque sería injusta con él: no lo he tratado casi pero sé que es una buena persona, que ha hecho una vida ordenada y lógica. El otro fue un cabeza loca toda su vida, que se dio un golpazo tras otro equivocándose casi en todo acá y allá, víctima de sí mismo, o más bien de unas atropelladas hormonas que nunca pudo controlar. 

El siguiente paso fue en el colegio de niños al que tuve que ir (eran los cuarentas y los cincuentas) Era un lugar rudo, de paredes con desconchones. Me sentí perdido, ya no sé por qué; iba al colegio literalmente a rastras y llorando. Encontré sólo la comprensión y el apoyo de algunos de los religiosos hacia aquel niño solitario: el Padre Fidalgo, austero y elegante; el Padre Espiga, vasco, robusto y amable; el Padre Pío, sobre todo, jovencillo, profesor de otra clase, pero que se dio cuenta de mi aislamiento y me dedicó un cuarto de hora de atención que no he olvidado. Pero recuerdo con desagrado los urinarios, su olor pesado, lo deshonroso del sistema.  

Entonces surgió la primera manifestación de la disforia de género. De género, seguro, esquemática, arquetípica. Junto al colegio de los niños estaba el colegio de las niñas, y yo sabía que era ordenadísimo, limpísimo, casi poético en sus formas de vida -aquella sala con un gran cuadro de una Virgen de estilo casi prerrafaelita, de colores suaves y alegres, delante de la cual ponían cada día una lamparilla de aceite y un ramito de flores-, iluminado con grandes ventanales, con un suelo de tarima perfectamente encerado y perfumado. 

Yo tenía que pasar por delante del colegio de las niñas para llegar al de los niños -tan nítidamente separados los sexos- y, naturalmente, un día tuve que formularme la pregunta clave: "¿Por qué he tenido que nacer niño y no niña? ¿Por qué tengo que ir al otro colegio y no a éste? 

De momento, no pasó nada más. Tendría yo ya ocho o nueve años. Luego, fueron acumulándose los hechos, que ya no voy a detallar, pero cuyo resultado fue el desagrado profundo por mis compañeros -llegué a comprender que era lo contrario de un homosexual-, muchos de los cuales, los más visibles,  habían entrado también en una fase de gamberrismo y voces desacordadas, de grosería verbal multiforme, de adolescencia descontrolada, con la que yo no quería ser confundido. 

Los internos llevaban un uniforme, los domingos, de chaqueta, pantalón y corbata azul marino, tan pulcro, que me parecía que engañaba sobre quienes lo vestían. Un día se hicieron una foto todos juntos y yo me imaginaba que tuviera que ponerme, de uniforme, junto a ellos. Yo no quería ser contado entre ellos, que quien nos viera supusiera que yo era uno de ellos, que yo era como ellos. (No ser contada entre ellos, expresión que he leído hace poco en otra trans) 

(Ahora los he vuelto a ver cincuenta años después. Todos son muy educados y algunos, muy cariñosos. Ojalá los hubiera visto así antes) 

Ya por entonces -trece y catorce años- mi disforia de sexo estaba muy definida. El rótulo que se le podía poner era "antimasculinidad". Pero esa antimasculinidad había que vivirla en la práctica. Y entonces se cruzó en mi vida la imagen de la mujer en el espejo, la fascinación de una feminidad que podía ser mi manera de ser, una imagen que yo trasladaba de las revistas de modas de mi tía, que hojeaba febrilmente, de sus brillantes páginas de cuché, de sus anuncios de ropa interior, sobre mi propia imagen, de adolescente fracasado, tímido y solitario, y me hacía soñar que aquella belleza pudiese ser la mía, y que yo fuera deseada y querida, y mereciera ser admirada y protegida.

Así la disforia se convirtió en transexualidad. Hemos llegado a lo más intenso de mis recuerdos. Turbulento, pasional. Hace falta descansar. Espero seguir el próximo día. 

Sólo diré que empecé a transvestirme con ansia delante del espejo. Que aquello me excitaba y al mismo tiempo me avergonzaba de mi excitación, porque me daba cuenta de que, como mujer, no podía sentir eso. Me ponía ropa que extraía del armario de mi tía. Necesitaba que alguien me viese así, e imaginaba siempre que era un varón quien me veía, y que me admiraba y me quería, pero no se hizo nunca realidad ese sueño. Luego, me dejaba la ropa interior para ir al colegio, y recontaba las prendas que llevaba, y a veces llevaba más de mujer que de varón, con lo que intentaba consolarme. 

Pobre trans de quince años, pobre disfórica, mejor dicho. Luego contaré cómo llegué a la plenitud de mi vida. 

Kim Pérez 23-06-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

  

                                              Transexualidad y Feminismo

 

Voy a hablar en este comentario mucho de mi participación en el movimiento feminista, y me vais a permitir que lo haga, porque voy a hablar de mis opiniones personales. Puede ser que alguien no esté de acuerdo con lo que voy a decir, pero me reconocerá de todos modos el derecho a tener opiniones personales. Por eso, no está mal que todo este comentario tenga un color personal. 

El 17 de junio mis amigas de la Asamblea de Mujeres de Granada me han invitado a dar una charla, el 26 de junio a una conferencia -dos días antes del Orgullo Gay- y el año que viene posiblemente participaré en unas Jornadas, todo sobre el tema "De la transexualidad a la intersexualidad", que les ha interesado mucho. 

Las relaciones del feminismo español con las transexuales han sido históricamente buenas, a diferencia de lo que pasó en los Estados Unidos. En 1993, por iniciativa de Cristina Garaizábal y Empar Pineda, estuvimos Mónica Blanco, Jenny, Mercedes Camacho y yo en las Jornadas de Madrid, que resultaron una experiencia catártica para el feminismo y para nosotras. Un aula de la Complutense llena hasta desbordar, gente sentada en las escaleras y el suelo, sonrisas, cordialidad y luego amistades para toda la vida. 

Luego, en las de Córdoba, en 2001, me parece, estuvimos Juana Ramos y yo, también con Cristina y Empar, en un ambiente igualmente amistoso, aunque ya más tranquilo. Allí tuve ocasión de exponer que el feminismo es antisexismo, y por tanto no puede defender en exclusiva los intereses de las mujeres, porque eso sería corporativismo: debe tener una visión más amplia, de igualdad humana por encima de la diferencia de los sexos; se llama feminismo por su origen histórico en las mujeres, pero debería llamarse Nosexismo. También pude hablar de mi opinión de que las transexuales somos "más o menos" mujeres, y me di cuenta de que este "más o menos" podía dar mucho juego, y era comprendido y reflexionado. 

En general, las feministas nos ven a las transexuales como una especie de aventureras del género, o exploradoras del género, o generonautas, de las que las experiencias, por ser más radicales que las suyas, les han abierto los ojos sobre las dimensiones culturales del género. En los Estados Unidos, eso es así desde que Stoller publicó "Sex and Gender", un libro sobre la transexualidad que llamó la atención de las feministas, cambiando su primera opinión, en gran parte negativa hacia las transexuales. En España, fueron Cristina Garaizábal y Empar Pineda las que introdujeron la nueva valoración, gracias a su amistad con Mónica Blanco y Jenny, y por eso desde el principio las relaciones entre el movimiento trans y el feminismo fueron positivas. 

Ahora, como generonauta, quisiera dar un paso más y sé que me van a escuchar atentamente. 

Quiero hacer pensar a las feministas sobre el concepto de intersexualidad. Empezaré haciéndoles ver que el concepto de la dualidad de los sexos es erróneo, porque físicamente, biológicamente, hay por lo menos tres situaciones en humanos y animales: hembras, intersexuales, cuya máxima expresión es el hermafroditismo, y machos. 

Luego quiero seguir hablando de los matices intersexuales en cada sexo. No hay machos o hembras absolutos, puros, sino una graduación que se puede representar estadísticamente en forma de dos campanas de Gauss, no separadas, sino unidas por un seno; siempre hay población en cualquiera de las situaciones. 

Sin embargo, quiero hacer ver que la realidad biológica es la que es, pero que nuestra cultura no la comprende: funciona sobre la base de sólo dos conceptos, el de varón y el de mujer, más o menos entendidos como puros. Sabe que hay realidades intermedias, pero no las conceptúa como autónomas, valiosas, sino como hombres o mujeres imperfectos, nos olvida de hecho, o nos censura por ser como somos. 

De aquí quiero pasar a que muchas veces, las personas transexuales nos situamos en la línea descendente de la masculinidad o de la feminidad, y de aquí nuestra disforia, porque al no ajustar con los modelos culturales nos encontramos fuera de lugar, y en busca de una identidad que nuestra cultura no nos da (no hay más que ver las películas, todavía hoy, y preguntarse cuántos personajes definidamente intersexuales aparecen en ellas) 

Por tanto, planteo la cuestión de la transexualidad como un diálogo -a gritos- entre naturaleza y cultura. También tiene otra dimensión, cuando la disforia no procede de una intersexualidad definida de partida, sino de otros factores (falta de modelo paterno, fracasos amorosos, estrés por el rol masculino...) . Si se parte de ellos, aunque no se sea intersexual de partida, se lo es de llegada. Una persona trans, hormonada u operada, es objetivamente intersexual, se mire como se mire. Pero también nos falta el concepto de intersexual para decírnoslo a nosotras mismas. Si no somos hombres, seremos mujeres, nos dice nuestra cultura. Y punto. Si luego vienen nuevos desajustes, no nos entendemos, y acabamos echándonos las culpas a nosotros mismos, en vez de echárselas a las limitaciones de nuestra cultura. 

Pero de aquí quisiera pasar a la cuestión de la intersexualidad como más o menos general en toda la humanidad -más o menos, lo digo con guasa-, y a la postura que las feministas deben tomar ante este hecho natural. 

Mientras dividan a la humanidad entre mujeres, varones y punto, no estarán superando el sexismo cultural. No hay sólo hombres y mujeres, estamos otras personas, y los hombres y mujeres son más o menos hombres y mujeres. 

Cualquier teoría que se funde en la realidad, será fuerte, y la que no se funde, será débil. Por eso, las personas transexuales -o intersexuales- debemos invitar a las feministas a que reformulen sus teorías. 

Por ejemplo -y esto lo digo medio en serio, medio en broma-, la política lingüística de la o y la a es insuficiente. Nosotras debemos reivindicar que se use también la e, y se diga, por ejemplo, ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes, puesto que lo somos con igualdad de derechos, aunque seamos menos. 

Ya en serio, creo que la opción lingüística por la o y por la a es una norma de cortesía (como el "tú y yo"), a veces más que natural, y a veces, artificial. Pero la broma nos ayuda también a visibilizarnos y a visibilizar una situación de intersexualidad "más  o menos" general, que, si se admite, permitirá que muchos hombres no tengan que hacerse lo más varoniles posible, y muchas mujeres, tampoco tan femeninas como las que más, sino que reconocerá el valor propio de Yves Saint-Laurent o Isabelle Eberhardt, que han tenido una forma de vivir y sentir propia, pluralizadora e innovadora de la humanidad.  

Kim Pérez 16-06-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                 Dolor de Disforia

 

 

Cuánto dolor, cuánto destrozo en la vida trans. Lo digo con naturalidad: la transexualidad es dolor, es disforia, disgusto, desajuste. Si no hubiera dolor no habría transexualidad. El dolor es lo que nos da fuerzas para afrontar los demás dolores (soledad, quedarse sin pareja, sin hijos, perder la familia, perder el trabajo, soportar insultos), con tal de superar ése fundamental, la disforia. 

Me he equivocado en parte cuando me he empeñado en poner la intersexualidad como base de la transexualidad (para no poner el dolor) Es verdad que algunas de las personas transexuales son un poco intersexuales, pero las personas intersexuales no son muchas veces transexuales, se quedan a gusto en el género que les toca. Me ha llamado un amigo que es gay y tiene una voz pastosa y suave de mujer; es muy femenino físicamente y psicológicamente y ha pensado, en teoría, cambiar de sexo, pero no le apremia eso, puede pasar porque no tiene disforia. 

En cambio, ser transexual es sentir un dolor básico, profundo, que cuando pensaba la otra noche en él, me parece un dolor a gritos, aunque sea callado, por la costumbre, que nos permite sonreír. A veces, ya no lo sentimos, pero de pronto nos da la sensación de que no sabemos ni de dónde viene, ni dónde nos duele, ni qué remedio puede tener. Yo voy a intentar decirlo. 

La mayoría de las veces, ese dolor viene de muy antiguo, desde casi siempre, porque se debe a que nuestro padre no nos ha querido lo que necesitábamos, y ese dolor no tiene remedio. Ni entendiéndolo tiene remedio. Freud se equivocó cuando pensó que los dolores del alma se curan entendiéndolos. 

De esa falta de cariño, total o parcial, pero que se convirtió en desengaño, viene el no poder apreciarnos como varones. Incluso, la natural aversión por los varones se intensifica al máximo, porque no está ese cariño para compensarla, como le pasa a los demás varones. Si no los queremos, tampoco ellos nos quieren. Si somos ariscos, hoscos con nuestos compañeros, si no les sonreímos con naturalidad y cordialidad, ellos tambíén serán ariscos y hoscos con nosotros y probablemente agresivos. Acabaremos detestando al conjunto de los varones. No querremos ser varones.  

Si no podemos ser varones, y sin embargo nuestro cuerpo nos dice "eres varón", ¿qué podemos hacer, qué podemos ser? 

Nuestra cultura sexual, que es muy dualista -hombre, mujer, en eso sí he acertado por lo que veo-, nos dice: "si no quieres ser varón, tienes que ser mujer". Entonces viene la autoginefilia, la fascinación de la imagen de mujer en el espejo, para tirar de nosotros con todas las fuerzas en esa dirección. Cuando somos jóvenes, es difícil resistirnos a esa fuerza, porque están todas las hormonas están implicadas en ella, y precisamente las masculinas. Si entonces podemos hacer casi real esa imagen, si podemos salir a la calle y atraer las miradas, entonces nos reafirmamos por fin en nuestra persona, vemos que alguien, preferiblemente un hombre, nos valora, cubriendo el hueco que dejó nuestro padre, o incluso si nos quiere y nos desea, entonces es el no va más. 

Por eso estamos muchas transexuales que somos hijas de militares. Porque nuestros padres, aunque nos quisieran, no estaban educados para demostrar sus sentimientos, sino para ser duros y aparentemente insensibles, y lo fueron con nosotros en los años en que más los queríamos y más los necesitábamos y eso es un dolor. 

Si de hecho no tenemos el consuelo de poder salir a la calle a que nos admiren y a soñar que nos quieren, entonces tenemos que buscar la afirmación propia por otras vías, pero tenemos que encontrarla, porque si no, los deseos de autodestrucción se vuelven terribles. Destruir esto que sufre tanto, que no es querido, que quizá no lo es porque no lo merece, porque es soso, o tristón, o feo. Terminar pronto con este sufrimiento que parece no terminar nunca. Hay que evitar llegar a este punto, porque la vida es siempre sorprendente, por fuera o por dentro, por lo que pasa o lo que se comprende, mientras que la muerte es un punto final que impide esas sorpresas (a lo mejor nos trae otras, desde luego, pero es mejor dejarlas que lleguen cuando tengan que llegar) Entonces, en ese sentido, hay decisiones aparentemente exageradas, pero que son positivas, porque son una salida. 

Por ejemplo, hay personas disfóricas que no pueden hacer una transición pública, por lo que sea (no porque no quieren, sino porque no pueden, de verdad, se mire como se mire) y que deciden operarse sin que nadie lo sepa. Es un secreto entonces que queda entre yo y mí. Pero es un secreto afirmador, estimulante. En secreto, sin que nadie lo sepa, puedo decirle al mundo, a los varones: "ya no soy como vosotros". Me he afirmado por fin, puedo decirme lo que soy, lo veo, por lo menos yo estoy de acuerdo conmigo. 

Estoy segura de que hay personas transexuales que hacen eso y que, en general, nadie lo sabe. Yo misma lo estuve pensando para mí. Cuando empecé mi transición, estaba segura de que nunca podría hacerla públicamente, por mi clase de trabajo en la enseñanza y porque necesitaba ese trabajo para mantener a mi madre y que estuviera en su casa. Si eso hubiera seguido siendo así, hubiera tenido que hacer algo parecido. Buscar un cirujano, operarme, volver a mi casa, vestir con ropa masculina y aquí no ha pasado nada. Qué digo, si eso es lo que hice. Tenía tantos miedos sociales, que de hecho seguí vistiendo con ropa de varón casi dos años, aunque yo decía que era con ropa unisex, que me sentaba fatal. Fue cuando fueron apareciendo poco a poco fisuras en mis miedos, posibilidades en medio de lo que yo creía imposibilidad, cuando me decidí, pero me operé el 5 de enero de 1995 y me puse falda por primera vez en público en octubre de 1996. O sea, que si hubiera tenido que seguir siempre sin ponerme ropa de mujer,  no habría pasado nada. 

Puede haber decisiones menos extremas, desde luego. La persona transexual que no puede decirlo públicamente, puede por ejemplo hormonarse en secreto, que es casi lo mismo que operarse para empezar a afirmarse. Poder decirle por fin a los propios genitales: "estáis dormidos, no me hacéis falta, ya no tengo que estar sometida a vosotros". 

O encontrar formas de vida intermedia, vivir una vida íntima como mujeres o entenderse a sí mismo como un ser ambiguo, quizá homosexual, u homoafectivo, querido por los hombres precisamente como ambiguo. 

Todo eso es necesario para calmar el dolor de fondo, la disforia, aunque nos traiga otros dolores añadidos, pero secundarios. Ese dolor tiene que ser calmado, para que no nos destruya. Es cuestión de adaptación, de supervivencia, de sacar la cabeza por encima de todo. 

Kim Pérez 09-06-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                     Geisho

 

Hace unos días vi fugazmente por el satélite Comosellame (pero este detalle es importante) un documental sobre los acompañantes masculinos en el Japón, que me pareció muy interesante. 

Se trata de una reciente moda, que ha creado bares de alterne, en los que las clientas pueden conversar, sobre todo, y tomar unas copas con jóvenes profesionales. El sexo está excluido. 

Por eso decía lo del satélite. Para que se vea mejor de qué mundo nuevo estoy hablando y desde qué mundo nuevo. 

Lo que me llamó la atención es el aspecto muy andrógino, muy femenino, de los jóvenes conversadores. Como en los antiguos shows, sus fotos están puestas en un panel, a la entrada, para que las clientas decidan con quién quieren pasar la velada. Los rostros de líneas suaves, los ojos  muy redondeados -los japoneses se operan ahora los párpados-, el pelo muy tieso y coloreado, parecen de muchachillas estilo manga. 

Lo sorprendente es que las clientas prefieren que sean así. He observado que las mujeres bios aman un estilo andrógino, según qué circunstancias. Puede ser que en la pasión amen a un hombre muy viril tipo Gary Cooper o John Wayne (vertientes afectiva y dura, respectivamente), pero las adolescentes chillan por un Leonardo di Caprio, de rasgos femeninos, y las mujeres adultas japoneses prefieren que sus acompañantes parezcan casi mujeres. 

Es cierto que la esencia del encuentro, para ellas, es la conversación. Sabemos que la sociedad japonesa -¿van por el siglo XXII?- es muy impersonal, virtual, racional, y en ella se echan de menos, seguro, los contactos humanos. 

Los muchachos deben ser buenos conversadores, para dar vida a esas almas solitarias que llegan a ellos. Supongo que graciosos, caballerosos, comprensivos, tiernos y con un punto de energía masculina que las clientas no pueden encontrar en sus amigas. Pero sus figuras hacen ver que ellas desean tener en ellos amigos-amigas. Me figuro que volverán al bar una y otra vez y que pedirán hablar con el mismo compañero una tarde y otra, haciéndose así, por debajo de las formalidades del negocio, algo así como amistades clandestinas y complicidades muy sutiles.   

Porque no olvidemos que se trata de un negocio, lo único que puede asegurar un acompañante joven y guapo a una mujer que ya no lo sea, y que bajo la forma agradable hay escondida una víbora: como en los otros bares de alterne, el fin económico es que la clienta beba cuanto más mejor (pero a lo mejor un día por semana) y, para conseguirlo, el acompañante debe beber con ella (pero todos los días, alcoholizando su juventud); dudo que, ante la capacidad de observación femenina, sea posible beber té en vez de whisky, como se hacía o se hace en los otros bares de alterne, aprovechando la habitual ceguera masculina. 

La hipocresía también se esconde bajo tanta obligada sonrisa. Pero no se puede olvidar cuántos verdaderos amores y aún matrimonios han surgido en nuestros tradicionales bares de alterne o en la prostitución, en general. 

El documental llamaba a estos muchachos geishos, y lo son en el sentido de artistas de la comunicación entre los sexos y sin sexo. Pero esta experiencia, en un país tan abierto a la innovación como es el Japón me sugiere otras reflexiones, útiles para las y los trans y que ya os estaréis figurando, porque corresponden a los temas que vengo tratando hace tiempo.  

La primera es la constatación de la creatividad humana, que siempre puede sorprendernos con lo nuevo, abandonando códigos y convenciones antiguos y creando nuevas formas. 

La segunda, la valoración estética de la androginia, incluso en el espacio de la heterosexualidad. La utilidad de las formas andróginas en ciertas relaciones. La necesidad de que tomemos conciencia de este hecho, porque en él está nuestro porvenir como trans. 

Hablo de cosas nuevas e inéditas, pero que hay que tomar en consideración. Mientras en nuestras ciudades se alzan los rascacielos y nuestras mentalidades y maneras de ser se transforman, debemos saber que lo nuevo es real y, si resuelve muchos de nuestros problemas e incógnitas, será bueno. 

Kim Pérez 02-06-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                            Ojo con la imagen de la mujer en el espejo

 

La transexualidad tiene dos motores principales: la disforia y la imagen de la mujer en el espejo. 

La disforia suele ser bastante estable; la imagen de la mujer en el espejo es más inestable, pero puede ser temporalmente muy fuerte, y por eso voy a hablar de ella;  

Los americanos la están llamando autoginefilia, palabra formada por tres raíces griegas, autós, uno mismo; giné, mujer, y filía, deseo, y las tres juntas, "deseo de sí como mujer". La creó hace pocos años Ray Blanchard, sexólogo, y le secundó, con pasión y valentía, pero a mi juicio parcialmente equivocada, la transexual Anne Lawrence, creando un torrente de indignaciones y un riachuelo de adhesiones. 

La cuestión era que, como Anne Lawrence dijo, la autoginefilia ponía en la base de la transexualidad un deseo sexual -heterosexual- vuelto sobre la misma persona, lo que desvelaba algunas ilusiones frecuentes. Pero lo que Blanchard y Lawrence olvidaban era por qué el deseo sexual puede volverse sobre sí mismo, en vez de proyectarse sobre otra persona. Una de las respuestas, como luego diré, es la disforia, y con esto es con lo que no han contado ni Ray ni Anne, y con lo que seguramente a ella le gustaría contar, para explicarse su propia transexualidad de una manera menos brutal. 

Con finura europea, voy a explicar en primer lugar por qué prefiero decir lo de la imagen de la mujer en el espejo mejor que lo de la autoginefilia, sobre todo cuanto tengo tiempo para no decir esa palabra sola. 

Todo arranca de una novelilla que leí en mi adolescencia, de un autor italiano, y que he perdido. Confío en que algún día la encontraré. Había un chiquillo que estaba en un cuarto de armarios, pensando en qué se ponía para una fiesta de disfraces que organizaban sus padres o sus abuelos. Hasta aquí, todo es muy obvio, pero desde aquí empieza la delicadeza de la historia. Él quería mucho, en secreto, a su prima y, de pronto, vio un vestido de ella. Se lo puso pensando que sería divertido bajar con él a la fiesta y se miró en el espejo del vestidor. Entonces, entre las veladuras del cristal, creyó ver a su prima, tan parecida a él. Y se quedó fascinado por la imagen que veía en el espejo, sin poder apartar los ojos de ella, sin oir ya los ruidos de la casa, sin sentir pasar los minutos. 

Está claro que su sentimiento era ver la imagen querida de su prima sobre su propia imagen. Es casi la forma más perfecta de unión entre dos personas que se aman, "la amante en el amado transformada", como decía San Juan de la Cruz, o al revés, el amante en la amada transformado. Lo triste es que, en este caso, es una ilusión o una alucinación, no una realidad. 

Pero también, cuando este sentimiento deja de ser e impulso casual y pasajero de una tarde de verano y se convierte en algo estable, hay que preguntarse por qué, que es lo que no han llegado a ver Blanchard ni Lawrence. 

A mi juicio está muy claro: la imagen de la mujer se convierte en un deseo permanente cuando no se tiene una imagen propia como varón que parezca aceptable, es decir, cuando hay disforia. Es decir, la fascinación de la imagen de la mujer en el espejo suele ser la primera consecuencia de la disforia. Es  como una sustitución que tiene a su vez toda la fuerza y el atrctivo del deseo sexual.

En este sentido es donde la imagen de la mujer en el espejo se convierte en un motor potentísimo de la transexualidad. Y aquí es donde hy que tener cuidado, pues como parte del instinto sexual es muy apremiante y hace perder la cabeza. 

Lo hemos sentido cuando hemos pasado febrilmente las páginas de una revista de moda, de modelos estilizadas e irreales, y hemos querido ser esas modelos, o vestir como ellas, sin ninguna consideración a nuestra realidad física; o cuando paseando por unacalle hemos visto a jovencillas que han despertado inmediatamente una envidia o una angustia radical por no poder ser como ellas. Indudablemente, querer ser mujer es querer ser también una mujerona, quizá con cara de brutota, o francamente fea, como ha muchas, pero este sentimiento destapa su naturaleza cuando nos hace fijarnos sólo en mujeres jóvenes y guapas y además nos urge para parecernos a ellas, haciéndonos a veces pasar por encima de toda lógica, poniéndonos minifaldas imposibles, o entregándonos a un festival de cirugías estéticas, o saltando por encima de las personas a las que más queremos sin medir los tiempos, ni calcular las formas, ni inventar soluciones reales. ¡Ya, ya, ya, y todo, todo, todo!, es nuestro grito de guerra. 

Todo ello es muy pasional, divertido o estimulante, pero hay que tomar en cuenta, obligatoriamente, cierto hechos, para no equivocarse. Lo primero es que todas las pasiones decaen, pero en especial, que ésta puede quedar a cero justo cuando nos lleva a sus últimas consecuencias: la homonación o la operación. En éstas, los antiandrógenos o la falta de andrógenos casi total producen una notable caída de la líbido (no total, lo digo para la tranquilidad de quienes estén pensando en ello) En cuanto la líbido disminuye, puede acabarse la fuerza de la imagen de la mujer en el espejo, dejando a quien la siente en gran desconcierto y, si fue lo que tuvo mayor importancia para su decisión, en el aire o agarrado de la brocha, como decimos en España. Además, suele ser un hecho bastante rápido. Yo tenía antes de mi transición cierta fijación por tener pecho y llevar sujetador, que me molestaba un poco, porque comprendía lo que era, pero que estaba en todas mis fantasías. Fue empezar a hormonarme y a los pocos meses me di cuenta de que había desaparecido. No me importó nada, lo que me demostró que  la disforia era el principal motor que funcionaba por debajo de la autoginefilia, pero para quien crea que la imagen de la mujer es el principal motor, puede parecer que todo ha sido una equivocación y dejarle sin saber qué hacer ni cómo entenderse. "¿Qué soy, dónde estoy, por qué soy tan rara, cómo puedo entenderme?", se pregunta. 

Como persona disfórica, es la respuesta, "eres disfórica sobre todo", le diría yo, más o menos disfórica, con una disforia debida a una desadaptación sexual, que a su vez puede deberse a cierta intersexualidad, a un trauma con el padre o con otros varones, a un trauma en la relación con las mujeres, hasta el estrés por tener que sentirse varón responsable de mil obligaciones. Pero, a fin de cuentas, persona disfórica. Este convencimiento, no sexualizado, es lo que puede permitirnos pensar tranquilamente lo que podemos o lo que debemos hacer. 

Curiosamente, puede reaparecer una imagen de la mujer en el espejo con otras cualidades. Yo ahora me imagino con frecuencia una mujer sesentona, alta, sólida, el pelo canoso y sin mucho arreglo, quizá medio corto, quizá con moño, que lleva un vestido gris, con poca forma, y una carpeta grande con sus pinturas o sus escritos, que vive en una casa con porche disfrutando de los limoneros de su jardincillo... Ah, solterona vocacional, bastante asexual en una palabra. Es casi una versión de lo que soy y me resulta fácil identificarme con ella. 

Kim Pérez 26-05-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                               Phaedra Kelly sobre la Intersexualidad

 

Oportunamente, Phaedra Kelly me envía un artículo suyo publicado en la revista británica Forum, una hermana menor de PlayBoy (volumen 1, número 3), en la que también habla de intersexualidad, como si ella y yo hubiéramos estado pensando en ello (pronombre neutro, por cierto) al mismo tiempo. 

Phaedra Kelly es conocida en el mundo anglosajón por su intenso activismo, que la lleva especialmente a viajar a otros países para conocer la vida trans en ellos y a redactar luego artículos que publica en revistas especializadas. No creo que haya nadie que conozca de cerca la realidad trans en todo el planeta como ella, quizá no intensivamente, pero sí extensivamente. Y de ciertos países, probablemente las suyas son las primeras noticias. Es también la Presidenta de una red que se llama International Gender Transient Affinity,  cuyo principio básico es que las personas trans somos una nación viva entre otras naciones; y algo de eso hay en la realidad. 

La conocí por carta, hace años, como una persona transgenérica que vive dualmente, como tantas otras personas, voluntariamente o por necesidad, es decir, una parte del tiempo bajo una identidad masculina y otra bajo una identidad femenina. En su caso, esta circunstancia ha estimulado la reflexión sobre el tema del Andrógino, y ésta es la que ha traducido ahora en un amplio artículo teórico, que es el que voy a comentar. 

El artículo se titula, paradójicamente, "Future Origin" (es decir, "Origen futuro", lo que en filosofía se llama "causa final") y tiene algo de ciencia ficción. 

Una de sus primeras constataciones es que las personas trans, vengamos de donde vengamos, somos pensadores. Yo me había dado cuenta de eso hace tiempo, observando que, en general, somos inteligentes. Es natural, y ella define la razón de que pensemos más que otros en la necesidad de salir adelante. En el marco de esta tendencia a pensar más de lo habitual sitúa sus propias reflexiones (como yo sitúo las mías) 

Comienza por la fuerte tendencia trans a la heterosexualidad (también se puede decir ginefilia, en el caso de MaF, para evitar discusiones) En particular menciona la experiencia de los transvestistas, que al transformarse se sienten tranquilizados, relajados, "probándose a sí mismos hasta el límite" y emergiendo "más viriles, más centrados mentalmente y bien equilibrados". Por cierto, estas observaciones sobre los transvestistas son particularmente útiles en la cultura trans en lengua española, que está muy centrada en la experiencia transgenérica o transexual y apenas habla de la transvestista, que resulta incluso políticamente incorrecta. El hecho de que las personas TG o TS no experimenten la sensación de ser más viriles, sino todo lo contrario, no invalida la experiencia TV que lo afirma, y muestra diversidades de las que hay que hablar y entender. En cambio, añadiré por mi cuenta, que es común a muchas personas TG, TS y TV -no a todas- experimentar una excitación, que suele ser desagradable moralmente, no deseada, para las TG y TS y agradable y deseada para las TV. Como se verá, Phaedra Kelly piensa que la causa de todo está en cierta androginia o intersexualidad, mientras que yo, que soy intersexualista, pienso que estos hechos llamados recientemente autoginefílicos ("deseo de sí como mujer") tienen otro origen más complejo, generalmente no sexual, del que quiero hablar con mayor extensión. 

De todos modos, hablando de heterosexualidad o ginefilia, Phaedra Kelly recuerda cuántas personas transgenéricas o transexuales se deciden en una edad ya adulta o madura, cuando se han casado heterosexualmente y han tenido hijos,  sobre quienes observa, sorprendentemente, que son más frecuentemente hijas (sería conveniente hacer una estadística para confirmar esta observación) 

Analiza a continuación la teoría del sexo cerebral, sostenida en particular por el Dr. Gooren, de la Universidad Libre de Amsterdam, a quien entrevistó en 1992, reconoce que está fundada en el estudio de muy pocos cerebros de personas trans (¡de todos modos, deberíamos animarnos a donar los nuestros!), pero llega a la siguiente y lógica pregunta de por qué puede haber cerebros físicamente trans. 

La respuesta hoy está clara (cambio aquí el orden de la exposición de Phaedra Kelly) Como ella dice más adelante, todo ser humano comienza su vida femeninamente; para ser varón, se requieren de tres a cuatro flujos consecutivos de testosterona, y ciertamente, los intersexuales no han recibido uno o quizá dos de esos chorros; "posiblemente, algunas TS y TG -añade- han perdido uno (...) lo que pone a intersexuales y trans en medio -mujer, trans, varón- y haría un tercer género, lo que no es un concepto que Occidente haya aceptado desde el Neolítico". 

Estos son los conceptos que yo sigo básicamente -uniéndoles la posibilidad de que la feminización pueda seguir otras veces a fuertes traumas afectivos- Pero Phaedra Kelly (ahora vuelvo a su orden), cree que existe en general un Desarrollo Intersexual, como posibilidad de todos los seres vivos, con caracteres positivos, para mejorar la supervivencia de la especie. Recuerda que los anfibios, en ciertas circunstancias extremas, pueden volverse intersexuales, y que el hermafroditismo existe en los vegetales, peces, reptiles, aves y en la mayoría de los invertebrados más primitivos. Observa que, lo mismo que parece que las nuevas condiciones ambientales, por la acción humana, estén haciendo aumentar el cambio de sexo espontáneo entre los peces, también puede deberse a lo mismo un supuesto aumento de la cantidad de personas trans. En este punto, ya no sigo a Phaedra Kelly, porque pone en unas cuantas líneas demasiadas suposiciones, que habría que comprobar una por una. 

Pero expone una hipótesis interesante -que también habría que comprobar- pensando en las personas trans que tienen hijos, cuando afirma que son quienes preservan la vida, al llevar toda la herencia de la humanidad (o una herencia mayor) 

Afirma que "la naturaleza ha bendecido a las trans con habilidades para cruzar todas las fronteras impunemente, alcanzar todas las mentes, ser todo para todos y negociar la paz". 

Esto coincide con algunas observaciones, de mi propia experiencia, que me muestran mi capacidad para estar en medio, para hacerme comprender por todos y todas, para procurar llegar a acuerdos por encima de todo -un amigo, antes de mi transición, me llamaba Cunctator, "el que junta"-, para ser enérgica, tener autoridad, y a la vez ser comprensiva. No tengo que disculparme por estas flores, porque, primero, bastante barro he tirado antes sobre mí misma, y segundo, estoy hablando de caracteres que quizá sean naturales o puedan llegar a tener con naturalidad muchas y muchos trans. Esa mezcla bella de masculinidad y feminidad de la que somos capaces como nadie más. 

Científicamente, todo esto son todavía sólo hipótesis, es decir, intuiciones, suposiciones, que deben ser comprobadas para convertirse en tesis; pero merecen ser estudiadas. ¿Será verdad que las personas trans somos más completas que las que se definen como mujeres o como varones? ¿Será verdad, como sugiere Phaedra Kelly, que por eso mismo representamos más ampliamente la herencia genética de la humanidad o, quizá, una forma distinta más integrada, de ser humano, "ni medio hombre ni medio mujer, sino perfectamente intersexual", y que por tanto, nuestros hijos, cuando los tenemos, pueden enorgullecerse de nosotros? 

Será verdad o no será verdad, pero desde luego, merece ser estudiado. 

El artículo termina con algunas reflexiones sobre la historia de la religión, que alude a la posible sustitución del culto de un antiguo Dios/Diosa Elohim, a quien Jesús habría seguido, por el Dios Yahweh. Este complejo estudio debe ser seguido y comentado aparte, pero muestra la trascendencia histórica, cultural y cultual de nuestra condición.  

Kim Pérez 19-05-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                     De la Transexualidad a la Intersexualidad

 

La transexualidad es un hecho que ocurre en el plano de la consciencia. Independientemente de que ocurra por razones biológicas, o psicológicas, no hay transexualidad mientras no haya consciencia de la transexualidad, es decir, consciencia de un deseo de cambiar de sexo. 

Esta condición de hecho de conciencia pone la transexualidad muy cerca de los hechos de cultura, si no es un hecho de cultura ella misma. En la medida en que la cultura es un proceso de aprendizaje, siempre revisable, podemos preguntarnos si no debemos revisar el hecho que llamamos transexualidad. 

Porque el nombre y el concepto son recientes; se crearon hacia 1955, por David O. Cauldwell, divulgador sexológico, y los recogió y prestigió su gran colaborador, Harry Benjamin. Quiero decir que si este nombre y este concepto tienen una historia dentro de la cultura sexológica, corresponden a la historia de la cultura, cuyas formulaciones son variables,  y por eso es lógico que deban ser revisados. 

Transexualidad es la traducción de nuestro primer deseo, el de transitar de un sexo a otro, el cambio de sexo, el paso de A a B (o a veces, el de afirmar  un sexo mental definido y distinto del aparente) Sin embargo, un análisis más cuidadoso muestra que este esquema mental depende de un concepto previo: el de que "hay dos sexos, A y B". Pero la realidad muestra a la reflexión que la sexualidad no está tan nítidamente definida: hay A, hay B, y hay AB o intersexuales. Por otra parte, dentro de A y dentro de B hay una gama real que va desde la mayor intensidad a cierta indefinición o ambigüedad. 

Por tanto, si en la realidad, más allá de nuestros conceptos, además de A y B hay AB (simplificando), cabe la posibilidad de que el deseo de cambio de sexo, sabiéndolo, se dirija a AB, como más propio de quien siente ese deseo. 

Este cambio de perspectiva tiene algunas ventajas. En primer lugar, es más conforme a la realidad. Como sabemos, hay que admitir que, hoy por hoy por lo menos, la transición de género no equivale a un cambio de sexo pleno, sino a una aproximación. Las personas que transitamos quedamos, objetivamente, en una situación AB. Por tanto, es más realista considerarse AB que considerarse plenamente B o A. Es realista  subjetivamente, para entendernos nosotras mismas, y es realista objetivamente, para que nos entiendan los demás. 

Identificarse como AB tiene también ventajas prácticas. No hay que obsederse por una mimetización perfecta de las cualidades de B o A, puesto que no se pretenderá ser B o A. Se llegará hasta donde se pueda o hasta donde se quiera. Cada cual se expresará a su manera, dando a los demás un ejemplo de autenticidad. Serán concebibles, en particular, todas las situaciones ambiguas, como intergenéricas o intersexuales, por ejemplo aquéllas en las que se engendra o se concibe un hijo, y a la vez se vive intergenéricamente. Las experiencias drags o rompegéneros han intuido y señalado el camino. 

Es verdad que lo difícil será hacerle comprender al resto de la sociedad este concepto de intergeneridad o intersexualidad. Pero es necesario, dado que nuestra sociedad, como conjunto, está culturalmente equivocada en este punto, y también aprendiendo mucho en este punto. No hay "dos sexos, dos géneros", hay más de dos sexos biológicos y más de dos géneros culturales, y ésta es una verdad objetiva que debe aprenderse y quienes debemos enseñársela somos precisamente las personas transexuales, porque estamos situadas en el punto crítico de este error. Lo conseguiremos; éste debe ser nuestro próximo esfuerzo y nuestra próxima reivindicación, por nuestro bien y el de todos. 

Por cierto, es posible, a efectos prácticos, seguir usando el término transexual, pero no necesariamente en el sentido de tránsito de A a B, sino  en el sentido de transición o intermediaridad dentro del sistema sexo-género. De aquí que tengan razón muchas personas de entre nosotros que afirman su identidad, no como hombres ni como mujeres, sino como transexuales, no como "transitadas", sino como "transeúntes" o "en tránsito", lo que a todas luces está muy cerca de afirmarse como intersexuales o intergenéricas. 

La consciencia transexual surge inmediatamente, directamente, de complejos procesos afectivos de identificación y desidentificación, que se dan por una gran variedad de circunstancias, tales como problemas con el padre del mismo sexo, que estorban identificarse con él, problemas con otros hombres y mujeres, o niños y niñas, problemas de fracaso, incluso de estrés. Pero mediatamente, indirectamente, a veces puede surgir también de cierta intersexualidad o ambigüedad biológica, AB, que produce un desajuste con el sexo considerado como propio, A o B, y por tanto una disforia que conduce a la transexualidad. 

Hablo aquí de una transexualidad en sentido amplio, que incluye a los homosexuales variantes de género y a las tres formas que es frecuente reconocer en la transexualidad, transvestismo, transgenerismo y transgenitalismo, que no me parecen realidades diferentes, sino expresiones circunstanciales del mismo sentimiento, en las que cada persona puede pasar de una a otra, hacia más o hacia menos, con el paso del tiempo. 

(Intersexualidad como adaptación e intersexualidad biológica) 

Hemos visto ya que el origen de la transexualidad está muchas veces en un proceso afectivo, originado en traumas o carencias realísimas de la niñez y la adolescencia, especialmente la imposibilidad de identificarse con el progenitor del propio sexo, por su ausencia, distancia o actitud hostil, o bien con los pares de edad, por las mismas razones. 

Otras veces, son los traumas de la edad adulta, especialmente los fracasos afectivos o el estrés laboral o familiar los que desencadenan el proceso, pudiendo estar preparado por otros traumas o carencias infantiles y adolescentes que no resultaron determinantes en su momento. 

Pero en ambos casos, la salida transexual produce una intersexualidad psicogénica que debe ser valorada como solución a esos traumas o carencias, precisamente por su función de equilibrio y adaptación. Otra cosa es que los problemas externos, sociales, sean tan grandes, que estorben o impidan la funcionalidad de esta salida, convirtiéndose en un nuevo problema y trauma por sí mismos; pero esto no debe ser atribuido a la transexualidad en sí, sino a un entorno intolerante. 

Otra cosa es también que la salida transexual sea la única concebible. Hablando por mí diré que mi experiencia es que en mi adolescencia se me presentaron de hecho tres soluciones, pero la transexual fue la única viable. 

La transexualidad como proceso afectivo puede proceder también de una intersexualidad biológica más o menos acentuada. En este caso, discernible por test proyectivos, como el "test de los Reyes Magos" del que he hablado ya, o por observaciones sobre la sexualidad o conducta sexual, puede que la intersexualidad produzca una inadaptación profunda al esquema binarista de los sexos A y B, y por tanto una disforia. Puesto que la persona disfórica participa de la cultura binarista, es natural que se diga "si no puedo ser A, seré B", o viceversa. Sólo un estudio más profundo de sí misma y de la realidad de los sexos puede permitirle decir "soy AB". 

Por tanto, resulta importante estudiar aquí la intersexualidad biológica, con la perspectiva que puede dar la experiencia transexual. Él primer efecto de esta experiencia es percibir que la intersexualdad puede referirse en sentido estricto a quienes tienen órganos genitales no definidos, o bien a la vez órganos masculinos y femeninos, pero que en sentido amplio puede referirse a la amplísima gama de los seres humanos situados entre un polo de masculinidad máxima y otro de máxima feminidad.

Si representamos esos polos por personas como Arnold Schwarzenegger y Marilyn Monroe, es fácil ver que la mayoría de las personas no llegamos a tal polaridad. Pero quien se vea como definidamente masculino o femenina no debe preocuparse por este hecho. Intuyo que la repartición de las personas sigue dos grandes campanas de Gauss, cuyas cumbres están cerca de los extremos, aunque no en ellos, pero que están unidas por un seno cuyos valores mínimos no llegan nunca a cero. 

Los grados de masculinidad y feminidad pueden o podrán medirse por la intensidad de los flujos de andrógenos recibidos en la edad prenatal. Como se sabe, los embriones son en un principio indiferenciados anatómicamente, aunque no cromosómicamente. Los embriones XY dan vía libre a un gran flujo de andrógenos, mientras que los XX reciben pequeños chorros. Parece que los flujos no se dan de una vez, sino espaciados. Los primeros diferencian el fenotipo, el cuerpo visible, y posiblemente, los últimos diferencian el cerebro. 

Pero estamos hablando de flujos, y por tanto de intensidades o cantidades variables. Si los flujos que reciben los cuerpos XX son mayores de lo habitual (hiperandrogenia) o los de los cuerpos XY son menores (hipoandrogenia), los primeros se masculinizarán o diferenciarán más, y los segundos menos, lo que dará lugar a formas intermedias, al hermafroditismo humano. Pero incluso si el cuerpo se ha diferenciado plenamente, puede ser que el cerebro se diferencie parcialmente, formándose niñas relativamente masculinas y niños relativamente femeninos. 

Así puedo formular una hipótesis: Una gran parte de las historias de homosexualidad y transexualidad puede explicarse por una intersexualidad cerebral relativa. 

Ciertamente, otra parte de la homosexualidad y la transexualidad se debe a factores afectivos muy complejos, relacionados sobre todo con la identificación o desidentificación, e incluso puede ser que toda homosexualidad y transexualidad derive inmediatamente de la afectividad identificatoria y desidentificatoria, pero una parte de ellas puede proceder mediatamente de esa intersexualidad cerebral. 

Más en concreto: una niña relativamente masculina y un niño relativamente femenino tendrán dificultades para identificarse con la feminidad y la masculinidad mayoritarias, lo que provocará procesos de identificación y desidentificación que conducirán a sus propias formas de identidad y afectividad-sexualidad. 

(Evaluación bioética) 

El  punto de vista que sigo difiere completamente del que postula la "perspectiva de género", que niega valor a la diferencia de los dos sexos, lo que vengo llamando A y B y pretende unificar, con métodos culturales, a todos los seres humanos en una condición intergenérica o AB. 

Yo mantengo aquí la realidad  de A y B y la realidad de AB. 

Pretendo también responder a la pregunta por el valor de salud de AB. ¿Se trata de una patología que deba ser prevenida o curada o de un hecho natural y sano, que debe ser respetado? 

Cuando la transexualidad-intersexualidad procede de procesos afectivos que siguen a graves traumas o carencias, hay que señalar su función de equilibrio y adaptación. Pueden ser prevenidos, mediante la observación cuidadosa de la persona en edad de formación, intentando compensar esos traumas o carencias, pero si no se consigue, hay que respetar la formación precisamente por su función equilibradora y adaptativa. Cuando la persona transexual-intersexual muestra voluntad de salir de este proceso, se le puede ofrecer ayuda profesional en dos sentidos: primero, explorando la existencia o no de traumas o carencias que puedan explicarlo, y la posibilidad o no de compensaciones conscientes diferentes de la transexualidad-intersexualidad; segundo, en el caso de que esta exploración resulte negativa,  mostrándole la función positiva de la transexualidad-intersexualidad. 

Cuando la transexualidad-intersexualidad tiene origen biológico, fundado en una hipo- o hiperandrogenia comprobable o bien en la sexualidad o bien en las inclinaciones conductuales, su valoración debe ser la de la intersexualidad en general. 

En principio, debe ser entendida como un hecho natural, que aporta variedad adaptativa a la vida. A veces, ha sido aprovechada para estructurar incluso a ciertas especies, como sucede con las abejas y las hormigas, en las que hay hembras, machos y una mayoría de hembras no definidas, que no se reproducen directamente, pero crean las condiciones de reproducción de la especie. En el caso de los seres humanos, las características intersexuales modulan y diversifican las que serían muy rígidas de los extremos masculino y femenino, y en los puntos más centrales se podrían definir, parafraseando una célebre definición de la bisexualidad, como "ni hombre ni mujer, ni medio hombre ni medio mujer, sino completamente neutro", es decir, distinto. Se puede decir que el interés de las funciones neutras para las potencialidades humanas es complementario del que tienen las funciones femeninas y las masculinas.  

Pensemos de nuevo en los arquetipos de extrema masculinidad y extrema feminidad que he representado como Arnold Schwarzenegger y Marilyn Monroe. Pueden ser muy atractivos, pero sería muy monótono un mundo formado sólo por personas como ellos. Más aún, supongo que sería un mundo en el que no habría posibilidad de comunicación profunda entre los sexos, más allá de la edad del atractivo. Pues bien, de hecho hemos contado siempre con las posibilidades de la intersexualidad de la que vengo hablando. En personas XY, de la actividad y la agresividad ligadas con los altos niveles de andrógenos, se pasa a cierta tranquilidad, reflexión y sensibilidad ligadas a los niveles medios de estas hormonas, lo que permite por ejemplo la creatividad científica y artística. En personas XX, de la pasividad y la coquetería ligadas con los bajos niveles de andrógenos, se pasa a la sobriedad y energía ligadas también a los niveles medios. En resumen, la humanidad no podría pasarse sin hombres relativamente femeninos, sin mujeres relativamente masculinas, y sin personas definidamente neutras. Por cierto, no existen sólo personas XX y XY, aunque sean la mayoría, sino personas que tienen XO y combinaciones de más de dos cromosomas, y esto forma parte de la realidad. Ni siquiera el sexo cromosómico es dual.  

Kim Pérez 12-05-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                Revolución sexual en Chile (2º)

 

Kim Pérez realiza un comentario sobre el libro de Víctor Hugo Robles, "Bandera Hueca". Este libro se comenzó a publicar desde la semana pasada en la sección paralela al "Comentario de la Semana". Imagen izquierda de Víctor Hugo Robles en la actualidad

Puse una segunda parte del libro de Víctor Hugo Robles hacia su mitad física, y creo que atiné, porque me parece que se cuentan dos historias distintas: la primera es la de la epopeya gaylesbitrans, que incluyó la salida de la antigua humillación, del apocamiento, de los perros lanzados contra las travestis, de la sumisión a una discriminación gigante y universal, las primeras actitudes rabiosas, los bastayás, las lágrimas del sida avasallador pero que no avasallaba, las primeras asociaciones que fueron verdaderas hermandades de perseguidos, el apoyo por hermanos verdaderamente religiosos, las performances medio desafiantes medio divertidas, cosas realmente hermosas, tiernas y valientes, que han iluminado nuestras vidas. La afirmación de la dignidad gaylesbitrans, si hay que decirlo con una palabra.

La segunda es la historia de la progresiva normalización. La presencia gradual en la sociedad como verdaderos ciudadanos. La reclamación de derechos, articulados a partir del derecho fundamental a la dignidad personal. Las controversias, muy en especial contra la insostenible postura dogmática de la jerarquía eclesiástica y contra su reflejo, la posición del sociólogo Villegas. El desvanecimiento, en la conciencia gaylesbitrans, de las asociaciones, en un contexto donde sólo son ya administrativamente necesarias. La angustia de quienes se ven todavía marginadas en un contexto de normalización. Los avances legales, hacia un reconocimiento pleno de la dignidad gaylesbitrans, en el marco de todo un mundo occidental, del que Chile está en uno de sus extremos. Y la perspectiva tendencial de los cambios a los que la experiencia de la dignidad y la libertad nos conducirá a todos.

Voy a detallar el comentario de estos puntos que el texto de Víctor Hugo Robles documenta. Pero lo primero en lo que voy a insistir es en la necesidad de estos textos de Historia, no muy abundantes en la cultura de lengua española, porque nos explicitan la visión de un vector, un movimiento, pudiendo ver así con más exactitud de dónde partimos (cuáles fueron las miserias que tuvimos que aguantar, para que se entiendan, cuando se pierda la memoria viva de ellas), y también dónde estamos, en un lugar que, para que lo sepan nuestros enemigos, se justifica precisamente por esas antiguas miserias, y a dónde vamos, que no puede ser más que a la plena humanización de la experiencia gaylesbitrans. Le sugiero a Víctor Hugo Robles que siga ampliando en ediciones sucesivas este texto, por su necesidad.

Aparece, ya en las primeras páginas de esta segunda mitad, una alusión a esa vena de vida auténtica que son las travestis de la prostitución, y más en concreto de la prostitución callejera. Los riesgos de la profesión son los ya conocidos y de vez en cuando dan lugar a una noticia en los periódicos. Supongo que en Chile los problemas seguirán casi intactos y que aún falta para enfrentarse a una salida racional. Mientras ser travesti signifique ser marginada, la prostitución tendrá el aspecto de salida de emergencia que todavía tiene. Ni regulacionismo ni prohibicionismo ni milongas. Cuando hay que comer, la vida se busca como se puede. Este capítulo merece la lente de aumento que le propongo a Víctor Hugo Robles que aplique, ampliando y ampliando lo que tiene la belleza de la vida atrevida y difícil. Traves Chile es su organización de combate. De pasada, diré que me gusta mucho que en Chile como en Argentina se siga usando la voz travesti, porque fue la primera que supe aplicarme y porque, cuanto más humillad está un nombre, más fuerza da usarlo, como desafío.

Aparte de la alusión a Traves Chile, a la que le quedan muchos desplantes que plantear, hay un hecho, sorprendente a primera vista, que quiero explicar, respecto a las demás organizaciones. En todo movimiento social o cultural se pasa de la emoción de los tiempos épicos a la administratividad de los tiempos normales, lo que se puede percibir en la transición de los vagabundos mendicantes que seguían a Jesús hasta la Iglesia o en la de los héroes y guerrilleros comunistas al aparato. Seguramente es necesario, para administrar, pero sólo para administrar, determinadas verdades. Así se explica, posiblemente, la invisibilidad, volatilización o desvanecimiento, en esta segunda parte, de las organizaciones gaylesbitrans, excepto unas menciones, al principio, del MOVILH y del MUMS. No sé si pasa ya allí ese fenómeno general. Por lo menos en España he observado que, a medida en que se convierten en interlocutores respetados de las autoridades, a medida en que pueden sufrir los embriagadores vapores de la subvención y del clientelismo, sus oficinas se convierten en oficinas y dejan de ser espacios cálidos de acogida y hermandad. Entonces pueden prestar servicios comunitarios de mayor o menor calidad, pueden administrar la interlocución política, o a lo peor ser plenamente mediatizados y manipulados o pueden conseguir objetivos constantemente valiosos o pueden ser meras máquinas de poder. Como digo, esta evolución es peligrosa y fea, pero posiblemente sea la única posible mientras no surja otro movimiento centelleante.

El outing póstumo de Gabriela Mistral, la Premio Nobel chilena, es conmovedor. Es tan divertido que despierte escándalo entre los biempensantes, como emotivo que conmueva a lesbianas, gays y trans, y sea acogido con simpatía entre las mentes abiertas. Este outing es necesario para compensar los tiempos. Creo que en el tiempo en que vivió la escritora todo lo posible era a condición de no decir "yo", y de no hablar siquiera de lo que no se podía hablar. No pudo decirlo ni Óscar Wilde. Tampoco se atrevió Lorca (aunque sí Cernuda) Ahora hay que decirlo, porque ellos sin duda habrían querido vivir esta expansión y esta expresión. Pero con estos grandes nombres, cada pueblo puede trazar una historia de sus glorias contradictorias, sus bellezas y sus formas de lo prohibido, tan cerca del manantial de su literatura, y con Gabriela Mistral le ha tocado el turno a Chile y a todos nosotros.

Ahora, en cambio, vive y dice todo lo que quiere decir Pedro Lemebel, de quien también se recogen a menudo sus actos y sus palabras en esta historia. Diré sólo que el resplandor solar de lo que dice hace no querer caer nunca más en prosaísmos, porque a la vez contiene la plena emoción de una militancia tan genérica, que me parece la de la libertad, la dignidad y la belleza de la vida humana.

Me llama en particular la atención el arrebato homófobo de Fernando Villegas, sociólogo y comentarista de televisión. Voy a comentarlo con extensión por dos razones: porque durante mucho tiempo, nos encontraremos de vez en cuando con esos ataques homófobos, aunque cada vez nos darán menos miedo; pero sobre todo, porque son también las palabras de nuestro homófobo interior, de nuestros sentimientos de culpa, y por eso deben ser desarticuladas. Mientras no sepamos rebatirlas, nuestra victoria no estará conseguida.

Para situarnos donde debemos, recordaré al "niño que se viste de niña en la oscuridad del ropero" (Lorca) o al adolescente que, sentado en su banca, admira y se conmueve ante un compañero. Eso es el principio de todo, pero Villegas, en un alegato que por cierto no era sociológico, habló de un deseo de emporcarlo todo, de un masoquismo rebajador y retrotraedor. Pero no hay como ver los hechos desde fuera, para no entenderlos. En los casos en que la homosexualidad vaya unida con el masoquismo, hay que ver la acción de ese homófobo, inquisidor interno que todos llevamos dentro, asustándonos, culpabilizándonos, avergonzándonos, echándonos al surco, echándonos en brazos de la parafilia para compensar nuestras angustias. He tenido momentos de masoquismo desbocado, ya no los tengo, y creo que sé de lo que hablo.

En cambio, lo que el propio Villegas no parece haber advertido es la progresiva degradación de su propio pensamiento. Pasar del no entendimiento a la aversión y de ésta al insulto, vehemente, agobiante, es la paradójica impureza de los puros, el pecado de los fariseos, tanto más grave e inadvertido cuanto que se hace en nombre de una pureza que, realmente, se parecería mucho más a las calladas experiencias de aquel niño y aquel adolescente que a la incomprensión y a la voluntad de incomprensión que el propio Villegas representa, sin advertirlo.

Tan parecida, por otra parte, como Víctor Hugo Robles advierte, a la de la jerarquía eclesial (católica o evangélica), con sus distinciones entre práctica homosexual y persona homosexual (¿es práctica homosexual soñar con un beso?) y tan distinta, para un cristiano, de la de Jesús de Nazaret, un hombre puro que jamás le dio la espalda a nadie, y fue especialmente afectuoso con los más despreciados.

La historia del estallido de Villegas resulta por tanto oportuna porque nos lleva, indirectamente, a pensar en lo que tenemos que conseguir, aunque sea sin su ayuda, a apartar amablemente al homófobo exterior y al interior, a avanzar serenamente en la dignidad y la libertad, y a ver lo que nace de ellas.

A partir de estos gritos e imprecaciones, también angustiados sin duda, de estas manifestaciones del viejo orden que Víctor Hugo Robles recuerda también que nos ha quemado, encarcelado, y sigue azotándonos, lapidándonos en los pueblos integristas, donde los Villegas son millones, podemos atisbar ya y ver plenamente en el futuro una cultura que integre la experiencia homosexual y transexual de una manera abierta y ordenada.

Sobre la base de lo que ya estamos consiguiendo, nuestra libertad y nuestra dignidad, se puede construir una nueva cultura homosexual y transexual, liberada de increpaciones internas y externas, serenada. A partir de ella, surgirán nuevas formulaciones, nuevas distensiones personales, nuevas expresiones. La homosexualidad como forma de una afectividad y una estética que no siga los modelos de la heterosexualidad. La valoración afectiva y erótica de los sentimientos de afinidad y compañerismo, el abrazo entre los iguales o los admirados, la convivencia que no tiene que seguir necesariamente la forma parental de la pareja y puede multiplicarse en el círculo de los amigos queridos. Yo veo también, para muchos homosexuales, la superación de la rigida distinción entre lo homosexual y lo heterosexual, ya anunciada por el movimiento queer o, para muchos transexuales, la afirmación de los intersexual, por encima de la no menos rígida transición binarista de lo masculino a lo femenino.

Dentro de mis límites, quiero aludir sólo a una página más del libro de Víctor Hugo Robles: la de la carta de Karen Atala Riffo. Su resumen es dignidad y amor a sus hijas. Es medida de las enemistades que sufrimos, y puesto que nadie comprende lo que no vive, es una señal de que el combate de nuestra minoría debe seguir.

Kim Pérez 05-05-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                               Revolución sexual en Chile (1º)

 

Kim Pérez realiza un comentario sobre el libro de Víctor Hugo Robles, "Bandera Hueca". Este libro se comenzará a publicar desde esta semana en la sección paralela al "Comentario de la Semana". Imagen izquierda de Víctor Hugo Robles, detenido por la policía de Chile en una manifestación.

No siempre nos damos cuenta de que, quienes vivimos estos tiempos, estamos protagonizando el final de la marginación histórica de homosexuales y transexuales, y el principio de una situación de respeto y normalidad.  

Tras los largos siglos negros, en los que se  ha sufrido de todo, hogueras, cárceles, burlas, hay una estrecha banda de luz, cuyo principio se puede poner en Stonewall, en 1969, y que ha  llegado a su madurez hacia 1990, pero todavía no ha culminado. 

Cuarenta años no es nada, frente a cientos y cientos de años en los que, quienes tuvieron que vivir en ellos, perteneciendo a las minorías sexuales, tuvieron que sufrir la horrible represión interiorizada y si no, la humillación pública, la expulsión de sus familias, la persecución en los momentos peores, el apedreamiento en serio o en burla, todo lo que todavía hoy vemos con horror en algunos países. 

En Europa y América se generó un movimiento de emancipación popular que, sin embargo, no nos tocó durante un siglo; los emancipados, los burgueses primero, los proletarios después, siguieron tratándonos con la misma displicencia de siempre: pongamos el martirio de Óscar Wilde como paradigma de la hipocresía represora. 

En Stonewall empezó la Revolución Sexual por lo que se refiere a transexuales y homosexuales -nos pongo a las trans las primeras, porque nosotras, con Sylvia Rivera, fuimos las primeras que saltamos- y eso es lo que nos ha tocado vivir; en eso estamos, gloriosamente; si las generaciones siguientes pueden vivir mejor, será por el esfuerzo continuo de la  generación actual, de unos más a la vista, otros secundando y creando, en la vida diaria, las nuevas formas de vida homosexual o transexual que están haciéndose posibles en cuanto vemos reconocida nuestra libertad y nuestra dignidad. 

Pero la Revolución Sexual no está terminada, ni siquiera en Europa y América; la medida de lo que falta está en las historias de angustia que todos conocemos, en nuestras propias vidas o en vidas que están a nuestro lado; avanzada, sobre todo en España, la liberación legal, queda muchísima represión social en muchos de nuestros países, que hace que muchas personas tengan que vivir como si nada se hubiera conseguido, en la práctica como si no hubiera existido nada de lo que, sin embargo, existe. 

La Revolución Sexual es tan de hoy, tan de ahora, que todavía no se han escrito casi los libros de historia que la cuenten y analicen, y por eso apenas tenemos conciencia de ella; tampoco en el fragor de la Revolución Francesa hubo tiempo para contar lo que estaba pasando; en la nuestra, que está resultando menos fragorosa, más del día a día, de un trabajo de hormiguitas, es más natural que escaseen esos libros de historia y sin embargo se van escribiendo poco y resultan emocionantes, porque es la historia de nuestro tiempo y de lo que hacemos y de lo que vemos que pasa ante nuestros ojos. 

Tan es así, que muchas veces quienes escriben estos libros de historia son personas que han participado en las movidas que se cuentan en ellos. Éste es el caso de Victor Hugo Robles, que ha escrito "La Bandera Hueca" (agujereada), porque "hueco" es uno de los nombres-insultos de los homosexuales en Chile. 

El libro es un libro de historia, es decir, un libro serio, fundado en documentos en los que se objetiva un movimiento tan largo y heroico. Me gustaría que los que se burlan de los homosexuales y los transexuales supieran que el grupo Integración se fundó en 1977, cuatro años después del Golpe de Estado de 1973 de Augusto Pinochet. ¿Cuántos heteros se mantendrían desde entonces inmóviles y atemorizados? ¿Cuántas veces ha habido homosexuales y transexuales que bien podrían decirles a las bandas juveniles que los acosan, o los atacan, o los golpean, "si supiérais que soy mil veces más valiente que vosotros"? Pues entonces se trataba de desafiar, no a bandas, sino a la Policía y al Ejército del dictador y los de Integración no se quedaron en sus casas ni quietos. Se reunían en casas particulares, ¡se reunían! Suficiente para que algún vecino colaborador de la dictadura los denunciara; no fueron denunciados y se salvaron. Pero no se limitaron a sus reuniones, sino que se atrevieron a organizar ¡un Congreso! Víctor Hugo cita a Iván, de 67 años ahora, uno de los organizadores: "El mini congreso fue en 1982 y se realizó en un local llamado El Delfín. Los gays le llamábamos el ampliado, pues éramos como 100 los presentes. Los líderes eran varios, entre ellos un sacerdote". 

Aunque aquello transcurriera bien, Víctor Hugo no deja de recordar a quienes fueron víctimas físicas, hasta la muerte, de la dictadura. "En un habitual operativo militar y al percatarse los milicos que mis amigas eran maricas, las sacaron a unas canchas abandonadas, les ordenaron correr en la oscuridad y les echaron unos perros hambrientos para matarlas. A la Lety la mataron los perros a puros mordiscones y a la Chela la remataron con una bala en la cabeza". 

También las lesbianas se organizaron en 1984, en Ayuquelén, también motivadas por un asesinato, el de Mónica Briones, a manos de un ex amigo.  

Luego, viene una historia de organizaciones, pero muy poco burocrática, desde los nombres, "Las Yeguas del Apocalipsis", que en 1989 desplegaron una pancarta con el lema "Homosexuales por el cambio" en un acto del candidato cristianodemócrata Aylwin; una fecha en que ni siquiera los demócratas podían sentirse a gusto con aquella irrupción; y desgraciadamente, menos aún los cristianos "respetables" (no aquel sacerdote del Delfín....) 

Las Yeguas, inspiradas por Pedro Lemebel, cuya palabra rota y fresca tuve ocasión de que me impresionara con su belleza antes de saber todo esto, convirtieron la lucha transhomosexual en performances desgarradoras, al pie de la letra (pies sangrantes sobre cristales, entre ellas) que simbolizaban los sufrimientos bajo la dictadora y, según lo previsto, consiguieron lo más difícil, "poner la homosexualidad en la agenda de la izquierda". 

Lucha es lucha, y es dificultad. Sobre todo, cuando apareció el sida vampiro (me niego a escribirlo con mayúsculas, por cierto) El movimiento homosexual no supo posicionarse, en un primer momento, y el MOVILH (aquí sí, no me importan las mayúsculas) se negó a participar en una manifestación, a la que acudían organizaciones de seropositivos, supongo que para combatir la asociación de ideas entre homosexualidad y sida. A mí, por mi parte, aquellos años me aterraron, y retrasaron mi liberación, lo digo con vergüenza: aterrarse era egoísmo; luchar junto con otros era solidaridad. 

Pero, por entonces, también hubo autocrítica. ¿Se podía hablar de movimiento gay cuando "en Santiago, el grupo MOVILH son diez personas; las Yeguas del Apocalipsis dos; el Taller SER cinco y en Calama son seis personas. Menos de cien personas para doce millones de habitantes"? Pues sí, y a la vista está: principio quieren las cosas y cuando en Madrid el Orgullo Gay llena la Gran Vía de lado a lado y de punta a punta con un millón de personas, cabecitas negras y banderas del arcoiris, hay que recordar que también así empezó lo nuestro. Esas cien personas de Chile fueron las mariposas que al mover las alas pudieron también generar su huracán. 

Tengo que señalar también la primera donación que dio fuerza física al movimiento, que fue de las "religiosas católicas de Zusters Van Liefde (que también apoyan a mujeres trabajadoras sexuales del Uruguay", contraviniendo "expresas indicaciones del Vaticano". También aquí las trans tuvimos el apoyo, los primeros años, de determinadas religiosas, que por su trabajo en la marginación sabían de lo que hablábamos. Una ráfaga de luz se desliza en este momento: la Revolución Sexual va acompañada también por una Revolución Religiosa, protagonizada también por los últimos de la fila y quienes comparten sus vidas con nosotros. 

En medio de la crónica colectiva aparecen también algunos destellos personales que permiten averiguar algo de la presencia de Víctor Hugo Robles en aquellos primeros combates y hacen el relato familiar y sentido, algo de lo que hemos vivido. Fue el presentador de "Triángulo Abierto", el primer programa homosexual de la radio chilena, que se mantuvo catorce años, con un espacio incluído de saludos que me enternece nada más que imaginar.  

Luego, la desgracia del incendio de la discoteca Divine, de Valparaíso, un dolor de familia, y los avances lentos y firmes, una besada desafiante en un Seminario de la Universidad (dos pasos juntos), un cuadro de Bolívar travestí, los chilenos saliendo primero en el Pride de Nueva York del 94, "Ángeles Negros", un libro subvencionado por primera vez, un beso que Lemebel le robó a Serrat, las primeras reformas legales por iniciativa del MOVILH, y la presencia de homosexuales en el Parlamento para negociarlas.  

Al escribir estas últimas frases me doy cuenta de que pasamos de pronto de la nostalgia del día a día de la militancia, lleno de primeras veces, a un cambio cualitativo de lo que se está contando: de la lucha a las primeras victorias; de las transformaciones sociales cuando llegan al poder político y desde él siguen transformando la vida social con una eficacia multiplicada. Ese punto de inflexión, para Chile, se dio en 1998. 

En ese mismo año, recuerda Víctor Hugo Robles que se estaba produciendo una transformación del movimiento homosexual chileno, al abrazar a "locas, travestis, y homosexuales vih positivos". "Nuestra" entrada produjo tensiones, como suele suceder, y la salida de un dirigente que no comprendió que las trans (y las locas y los seropositivos) somos la verdadera fuerza de choque del movimiento gay, que no sin razón asume una estética drag en los Orgullos, contestando así a los razonamientos de quienes temen por la respetabilidad homosexual (Recuérdese la histórica contraposición, en "Stonewall", película, de los homosexuales integracionistas y las travestis que acabaron desatando el huracán).

Silvio Rodríguez, otros artistas, la "bandera hueca" (bandera del Chile marica), la cuestión de las fichas policiales, martilleaban en los mismos clavos. Víctor Hugo Robles adoptó la técnica de las perfomances para seguir avanzando, para lo que creó el personaje del Che Guevara gay. En un acto de la central sindical, apareció con una corona de espinas y una pancarta que decía "La hierba está conmigo, yo estoy contigo"; a la discoteca Planet fue con una boina negra estrellada, una camiseta de la selección chilena con el 11, un bidón supuestamente de fármacos antisida y los labios muy pintados de rojo. ¡Me hubiera encantado que fuéramos amigos entonces! 

Con un atuendo similar, boina estrellada y labios pintados, se presentó en la Marcha de Derechos Humanos al Cementerio General, en 1997, donde la Policía cargó con gases lacrimógenos. Y finalmente, en otra manifestación en el Parque Almagro, "fue delirante, ya que terminé con los pantalones abajo, encaramado en el monumento a Diego de Almagro y gritando desaforado con el poto al aire: "¡Que viva el Che Guevara, que viva el Che Guevara!” Finalmente, en la Feria del Libro, "temerario, salté al escenario con pañuelo rojo en la mano y comencé a bailar una desenfrenada cueca al ritmo de la canción nacional, mientras gritaba: “¡Juicio a Pinochet, juicio a Pinochet, por los desaparecidos, juicio a Pinochet!”. 

Éstas son las artes marciales gays. Y son efectivas, y desarman. 

He llegado así a la mitad del libro. La continuación, la semana que viene. 

Kim Pérez 25-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                 Yo era ambiguo

 

Me asomo al mirador. El mar, sereno y claro, me rodea por todas partes, la tierra queda a mis espaldas, arbolada, florida y frutal, cantada por los pájaros. 

Todo es hermoso y alegre, sé que mi figura corresponde con tanta hermosura. Mi cuerpo es esbelto y tengo veintitrés años; soy moreno, tengo los ojos negros y hondos, mis facciones, mis movimientos, son delicados y tranquilos, sé que mi piel es aromática como el mar o las flores, me he sumido en mi perfume muchas veces entre sueños y sé que tú también te has hundido en él. Llevo ahora un camisón largo, por debajo de las corvas, que se mueve con ligereza con la brisa de la mañana, que deja ver mi garganta y libres mis movimientos. 

Delante del mar y de su olor salado, que me llega a bocanadas en la brisa, siento que es el infinito y sé que es el mejor lugar para pensar en ti, que estás descansando todavía, envuelto en las sábanas blancas y arrugadas, tu piel tostada contrastando con su color, los ojos cerrados ocultando lo que ves tras ellos. Eres tan parecido a mí, que te siento como si fueras mi imagen en el espejo, pero eres material, tienes peso y puedo palparte y percibir tu calor joven. De esta noche no se me puede olvidar el contacto de nuestros labios y el de nuestros vientres, como si fuera otro beso, porque en ellos no hay genitales que perturben sus líneas lisas y su tierna belleza. 

Estoy delante de la barandilla del mirador y siento la fuerza del aire del mar en la cara. Tengo que entornar los ojos, mientras la belleza y las gotas microscópicas me acarician, tranquilizándome. Yo sé muy bien quién soy y quién eres tú, tan parecido a mí y sin embargo, distinto, y tan amado y deseado. Sabemos lo que somos, lo justo para sonreírnos cuando nos vemos, alegrándonos por estar juntos, milagro que nos asombra cada mañana. 

Quienes no saben cómo somos son quienes no son como nosotros, porque no tienen imágenes ni palabras para darnos nombre. Es verdad que nosotros lo tenemos muy fácil, porque el nombre que nos damos es Tú y Yo, intercambiándolo; yo soy como tú y tú eres como yo. Mi amigo, mi igual, el compañero que mira el mar como yo lo miro y siente lo mismo que yo siento.  

Lo difícil es cuando tenemos que dejar esta casa, la orilla del mar, y meternos en el pueblo a comprar cosas. Es difícil elegir la ropa justa. En teoría, nos correspondería chaqueta y pantalón, según los criterios exteriores, e incluso una vez nos pusimos chaquetas de rayas verticales rojas y blancas y pantalones inmaculados y bien rayados, estilo Cambridge, y resultaba alegre y brillante como la luz de la mañana, pero nos dimos cuenta de que los otros pensaban que éramos distintos de cómo somos, y después de habernos gastado un dineral en esas prendas, tuvimos que dejarlas, habiéndonoslas puestas un solo día. Otra vez, nos decidimos por salir a la calle con unos vestidos camiseros casi como el que llevo ahora, sobrios y ligeros, despreocupados, y bajamos riéndonos, porque eran como vestidos de mujeres, pero tampoco los otros nos veían como somos. 

Es un problema, vestir de manera que los otros entiendan cómo eres, y que eres distinto a ellos. La manera más fácil, desde luego, lo que usamos casi siempre es ponernos pantalón y camisa suelta, un estilo unisex que alcanza su propósito cuando la gente nos mira, con nuestros cabellos mojados y más bien largos, y no sabe si somos hombres o mujeres, y se dirige a nosotros con unas dudas graciosísimas. 

Kim Pérez 21-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                          Por las familias Trans

 

Me he animado hablando con unas compañeras y he abierto el Foro TransFamilia. Le pregunté a Carla si le importaba que lo anunciase en este Diario Digital y me dijo que adelante, porque además llenaba un hueco, y le agradecí de corazón su generosa actitud, porque es preciso que este Diario Digital sea el espacio en que muchas personas se enteren de que existe ese hermano menor y acudan a sus páginas. 

Estoy impresionada; siento que estoy en lo mío. Se lo dije también a mi amigo Equis, y me dijo con una sorprendente clarividencia que ese foro puede ser la ocupación de mi vida. Es verdad. 

Voy a explicar por qué. Lo primero, porque estoy convencida de que la mayoría de las trans están en este caso. No lo parece, porque no se las ve, por definición. Entran en los foros, y para ellas es casi la única expansión, pero están ahí. 

Por eso, la primera utilidad de esta iniciativa consiste en que vean con claridad que no están solas, ni mucho menos. Es que muchas veces están tan aisladas, tan clandestinas, que les parece que son las únicas del mundo a las que les pasa esto. Aunque la lógica les diga que no, la práctica parece que se lo confirma; no ven a nadie, no oyen a nadie, creen que no se puede hablar de estas cosas.  

La segunda utilidad es hablar. En realidad, es lo único que necesitan. Hablar entre compañeras y, si es posible, que las cónyuges descubran que también pueden hablar con otras cónyuges y que también son compañeras entre sí. 

La tercera utilidad  es reflexionar y encontrar formas prácticas de vivir la difícil experiencia de ser trans, de tener una cónyuge, de criar a unos hijos. De que lo trans sea el rayo que vive en tu interior y de que la vida práctica y el cariño vivan también y te hagan temblar ante la perspectiva de perderlos y la voluntad de seguir a su lado te cueste lo que te cueste. 

¿Cómo se puede llegar a esta situación?, se preguntarán quienes no estén en este caso. Mi respuesta es clara: Tú lo sabes. ¿Quién no se ha encariñado o ha admirado o amado a una mujer cuando has sido joven y no te conocías del todo? ¿Quién no ha pensado, ante la conciencia de su disforia, “esto son tonterías; me caso y se me pasan”? 

Experiencia suficientemente común a personas atraídas por las mujeres o también atraídas por los varones o no atraídas ni por unas ni por otros, como para que si las circunstancias son las adecuadas, ves que te has casado, y que tu cuerpo de trans es capaz de engendrar hijos que luego te maravilla que estén en el mundo. 

Pero es natural que la cónyuge se sienta desconcertada y perdida cuando ya no puedes más y te diga: “Pero yo me he casado con un hombre, que me ha gustado; y yo te quiero como hombre”. 

“Pero no soy un hombre”, le dices con la misma angustia. 

(Yo creo que tienes razón, y ella también; es que no eres hombre, eres trans, aunque eso necesita mucha explicación. Definir lo que es ser trans es descubrir uno de los misterios de la naturaleza, para el que  nuestras lenguas no tienen casi nombres, ni nuestra cabeza modelos: es el misterio de la intersexualidad. Pero ése es mi punto de vista y puede ser que tenga que discutirlo mucho) 

Encontrarse, hablar, pensar, es todo lo que se requiere en este foro. No es poco y será difícil conseguir lentamente un número de participantes que estimulen la conversación general. Entre ellos, habrá sobre todo trans, y a continuación, cónyuges de trans. De éstas, unas hablarán y otras permanecerán calladas, leyendo. No importa. Con que vean que hay otras parejas que viven lo mismo, será suficiente. Con el tiempo se decidirán a hablar. 

También pueden entrar, ojalá, padres y madres de trans jóvenes, ahora que ya es posible que comprendan y ayuden a sus hijas o sus hijos, quizá a exponer sus perplejidades, quizá a contar sus soluciones. Será bueno, en la medida en que nos hagan ver la capacidad humana de normalizar lo que antes pudiera parecer más insólito. 

Y en la misma línea, me encantaría que participaran personas que viven las mil situaciones abiertas que la sociedad abierta permite: parejas que aman a una persona sabiendo que es trans o quizá porque es trans, parejas en las que las dos personas son trans, del mismo sexo o de distinto sexo. Todo es posible, desde luego con las o los trans es imposible aburrirse, y a fin de cuentas, lo que se advierte en todos los casos es muy sencillo: una persona a la que se quiere, por ella, más que por su sexo, masculino, femenino o neutro. 

Hay esperanzas. Hay parejas que se mantienen y atraviesan todo lo que tienen que atravesar. Hay hijos que son respetados y que luego agradecen ese respeto o, simplemente, quieren a quien les ha traído al mundo, con todos sus problemas. Hay infinitas formas de esperanza, porque la inteligencia humana es capaz de encontrar toda clase de soluciones a estos problemas que encuentra. No hay una solución única, pero la comunicación y el diálogo ayudan a que cada cual encuentre su solución. 

* Fotografía superior del hombre transexual Stephen Whittle y su familia

Kim Pérez 14-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                         Queda por hacer esto

 

La valiente y generosa acción de Marta Salvans ha tenido el efecto de poner delante de los ojos de todos lo que queda por hacer en el ámbito transexual y las angustias que ello supone, que justifican la huelga de hambre que emprendió y que pudo terminar ante la actitud abierta de la Generalitat. 

Antes de seguir, quiero recordar lo que hemos conseguido en España, para poder situarnos. 

Lo más importante es el reconocimiento moral que hace el Estado en la Ley de Identidad de Género. Si el Estado nos respeta, tenemos un argumento muy sólido para conseguir que toda nuestra sociedad nos respete y para que otros Estados sigan el mismo camino que el nuestro (que también siguió al holandés o al belga o al canadiense y siguió y adelantó al británico) 

Sin embargo, del dicho al hecho hay gran trecho, y nuestra sociedad nos respeta algo más, sectorialmente, pero queda muchísimo por conseguir, que se traduce en marginación, desprecios y sobre todo paro.  

El trabajo es la clave de la inserción en una sociedad, por lo que si vemos que el trabajo por cuenta ajena para las transexuales sigue siendo próximo a cero, podríamos cifrar en ese número redondo el grado de inserción social, si no fuera por el trabajo por cuenta propia o como funcionaria del Estado, que afortunadamente funciona. Decenas de tiendas de barrio gestionadas por trans, algunas cooperativas y decenas de funcionarias trans del Estado, en todas las ramas, lo testimonian. Pero si sacáramos la proporción en relación con la población total trans, las cifras siguen siendo exiguas. 

Queda la prostitución como salida laboral pero obligada para muchas. Desde luego, que el conjunto social no se escandalice ni saque conclusiones. Es el conjunto de la sociedad, con sus autoridades al frente, culpables por omisión, el que no nos da el pan –el trabajo- , por lo que no puede asombrarse de que muchas lo busquen donde lo haya. 

Muy lentamente, van apareciendo señales esperanzadoras en este aspecto. Conozco trans muy jóvenes que están siguiendo el mismo y sorprendente camino: apoyo familiar (antes casi impensable), continuación de sus estudios, transición, cambio legal conforme a la nueva Ley. 

Es previsible que cuando terminen sus estudios, dado que su presencia física suele corresponder muy bien a su nueva identidad legal, simplemente se incorporen a la corriente laboral general, por cuenta ajena o por cuenta propia. Esto empieza ya a ser una realidad y se generalizará a partir de dentro de unos cinco años. 

¿Pero qué se hará con quienes tengan ahora más de treinta años y un aspecto físico (estatura, voz…) distante de los estándares femeninos? ¿Trabajan por cuenta propia o en los cielos del funcionariado o se ven sometidas a la precariedad, el paro, la dependencia familiar o la consiguiente marginalidad, depresión, etcétera? 

Me perdonarán los trans masculinos si hablo sólo de las trans femeninas, porque saben que éste, como otros, es un problema sobre todo nuestro. Ellos podían encontrar sólo los derivados de la falta de papeles, pero hoy están resueltos. 

Marta Salvans ha hecho llegar a la Generalitat un buen escrito en el que se reúnen muchos de los problemas que nos aquejan, en este caso, a todos los transexuales. 

Uno de ellos se deduce de lo que he dicho hace un momento sobre las trans jóvenes. Si hay apoyo familiar, todo está resuelto, ¿pero si no lo hay? 

En este punto queda por hacer casi todo en la formación de asociaciones de padres de transexuales (a ejemplo de tantas anglosajonas y de la de gays y  lesbianas que ha constituido aquí el Casal Lambda-perdón por las que desconozca) 

Por cierto, estas asociaciones pueden unirse o ir en paralelo a las de cónyuges y allegados de personas trans que empiezan su transición en la madurez; el grado de angustia –no hay otra palabra- que puede producir el ver que se arriesga una vida familiar es tan fuerte, que resulta apremiante que se pongan manos a la obra, o mejor, que nos pongamos. 

El cambio cultural espontáneo está en marcha, pero es lento. ¿Dejamos sufrir a otra generación? ¿O ponemos en marcha a los gobiernos para adelantarlo: campañas de información pública -¿qué tal spots en televisión?-, instrucciones a los colegios para que atiendan a los escolares variantes de género, cuotas de empleo público, reforma de los planes universitarios para integrar la transexualidad? 

Esto es lo que se puede hacer. ¿Se está haciendo algo de eso? ¡No! 

Pues esto es lo que nos queda por conseguir y, si no fuera porque los primeros responsables somos nosotros, los colectivos afectados, que no hemos alzado bastante fuertemente la mano y hemos dejado que Marta haya tenido que levantar su voz en solitario, sería también  en lo que el Estado está faltando por omisión. Desde  luego, si no le decimos nosotros lo que nos falta todavía, no se moverá. 

Queda pendiente también, en gran parte de España, la debida atención médica por la Seguridad Social, que ha sido el detonante de la acción de Marta. Se irá resolviendo, parece que en Cataluña se empezarán a realizar reasignaciones quirúrgicas en el último trimestre de año, lo que demorará sólo, digamos, otros seis meses lo que muchas personas trans están cansadas de esperar durante años. Desde luego, cuando se consiga, será un buen ejemplo para Euskadi y para Mariquilla y toda la villa. 

También falta todavía un gran cambio cultural en la interpretación de la transexualidad por parte de las propias personas transexuales, lo que será un factor decisivo para transformar las perspectivas. A mi entender, debemos insistir en lo que una parte de la transexualidad tiene de intersexualidad, y en el entendimiento de la sexualidad como un continuo donde las intensidades de la masculinidad y la feminidad forman una gama; también en lo que otra parte de la transexualidad tiene de disforia, y en las causas de esa disforia; y finalmente, en la unión de la intersexualidad y la disforia. 

Una consideración personal. Soy una persona más bien intelectual, poco  activa físicamente, y menos con sesenta y siete años. No me veo ya promoviendo asociaciones, encuentros, etcétera. Pero estoy retirada y eso me da muchísimo tiempo libre. Puedo escribir y hasta orientar a quien me pregunte. No llego a querer coordinar. Pero ésta es mi contribución a lo que queda por hacer: mi email, transiya@yahoo.es

Kim Pérez 07-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                       La huelga de hambre de Marta Salvans

 

De nuevo ha habido una trans que ha demostrado su inteligencia y su valentía en una lucha personal que ha supuesto un sacrificio. 

Supongo que hace falta realizar una huelga de hambre para darse cuenta de lo que significa tener el estómago vacío durante veinticuatro horas, y luego otras veinticuatro, y otras veinticuatro, y otras, y …  

Sobre todo con la incertidumbre de lo que pasará –empezando por la propia salud- y de si servirá para algo. 

Marta Salváns tomó esta decisión personalmente, sin contar con nadie más, pero tomando en cuenta los intereses de otras personas, por delante de los propios. Tuvo los ojos abiertos para el sufrimiento de otras personas transexuales hasta el punto de no querer soportarlo, por lo que ha puesto su protesta  delante de los ojos de todos. 

Es que es verdad que las personas transexuales seguimos sufriendo de muchas maneras y lo que hemos conseguido, siendo importante, no puede cerrarnos los ojos sobre lo que nos queda por conseguir hasta que estos sufrimientos se canalicen debidamente y se resuelvan. 

El sufrimiento personal y casi solitario de Marta Salváns durante estos días –ha tenido a Gina Serra a su lado- es  una más de las dificultades y angustias que llenan la vida de las trans y los trans. Es verdad que no podemos hacérselo ver directamente a quienes no los tienen que pasar –ojos que no ven…-, pero también es verdad que nos dan una fuerza particular que podemos hacerles medio comprenderlos bajo la forma de nuestras protestas.  

Una huelga de hambre verdadera y seria es una señal de la seriedad de lo que se reclama. Por otros motivos hay a veces huelgas poco serias, más efectistas que reales, pero en nuestro caso, es fácil ver en nuestros ojos que la huelga responde a la realidad. 

Sólo cabe arriesgar la salud  y la propia vida si se trata de defender la salud, la vida u otros valores igualmente primordiales, como la dignidad de las personas. 

En estos casos, el derecho moral a emprender la huelga de hambre, es equivalente al derecho de legítima defensa personal o colectiva. También un soldado o un guerrillero que defienden a su nación arriesgan su vida legítimamente, aunque en el caso de la huelga de hambre ha una ventaja moral añadida: no se pone en riesgo más que la propia vida, no se toman otras para defender los propios derechos. 

La huelga de hambre sólo es efectiva cuando enfrente hay un interlocutor dispuesto a escuchar  y capaz de respetar a quien la emprende. Por eso, su iniciador, el maestro de la no violencia, Mahatma Gandhi, supo que podía emplear este recurso. Tenía enfrente a Inglaterra, una nación con prensa libre, tradición de respeto a la valentía humana, y Gobierno democrático. Muchos otros gobiernos de la época hubieran volatilizado físicamente a quien protestase así. 

En este caso, parece que la Generalitat de Cataluña ha estado a la altura de lo que se podía esperar de ella. También es un gobierno que tiene una tradición de respeto a los derechos humanos y también gobierna sobre un pueblo que tiene medios de comunicación libres. 

Creo que la televisión catalana dio una buena cobertura de los hechos, que resultó impresionante,  y eso sin duda sirvió para conseguir un buen resultado. Por otra parte, me consta lo que Carla Antonelli hizo para difundir la información que le llegaba y lo que habría hecho en caso necesario. 

Gracias a ello, la huelga de una sola persona fue escuchada. No importó que fuera incluso en momentos –la Semana Santa- en los que se podía temer que no quedara un alma en los despachos. Precisamente por eso, esa voz solitaria, en un espacio solitario, resonó mucho más. Y hay que decir en honor de los políticos catalanes competentes, que supieron escuchar, pasando por alto sus vacaciones, y comprender lo que esa voz decía. Hasta el momento en que escribo, domingo 30, y en espera de comunicado del lunes 30, declaro que no tengo motivo para pensar otra cosa. 

El peso y el prestigio de Cataluña en nuestro Estado es suficientemente grande, como para que lo que se consiga allí (que es lo que se consiguió en Andalucía y está aquí en marcha desde hace ya diez años) sirva para estimular en el resto de las Comunidades españolas las mismas decisiones. 

Me parece que la huelga de hambre de Marta Salváns habrá servido por tanto para que no sea necesario, por lo menos de momento, emprender otras. El sacrificio de Marta, su estómago vacío y exigente durante estos días, habrá hecho posible que otros estómagos puedan seguir con su alimentación regular. Pero las múltiples formas de sufrimiento de las personas transexuales siguen estando vigentes y el trabajo no se ha acabado. El movimiento transexual tiene que seguir en pie.

Kim Pérez 31-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                              Somos personas

 

Una de las expresiones más frecuentes y también más fuertes que se oyen en labios trans es “yo, ante todo, soy persona”. 

Yo también la he dicho, me la he dicho muchas veces, antes de caer en la cuenta de que a mi alrededor la decían otros muchos compañeros y compañeras. 

¿Cómo entenderla o cómo explicarla mejor? Porque parece una obviedad. Para no interpretar lo que dicen otras personas, empezaré por decir lo que significa esta frase cuando yo la digo. 

No soy hombre ni mujer; soy persona. Soy trans, si quieres que diga eso. Soy una especie de espíritu caído en un cuerpo humano y sorprendido de las condiciones que eso significa. Soy parecida a un ángel, de quienes se dice que no tienen sexo. Espero con toda mi alma que me libraré de ser un demonio, porque deseo ser amada, no temida. Soy quizá una extraterrestre, venida por medio de reencarnaciones de lejanos planetas, donde no existe el sexo dual como aquí y la gente se ama de otras maneras. Por eso digo que yo, ante todo, soy persona. 

Creo que muchas otras personas trans dicen esta frase en el mismo sentido que yo la digo, pero para otras muchas tiene otro significado. 

Para éstas, es una respuesta a tanta agresión y descalificación como a veces sufrimos, que nos cansa. 

Es como decirles a los agresores que piensen que no somos bichos raros, sino seres humanos expuestos a una condición rara, a una manera de ser poco usual, pero legítima. 

Como dice mi amiga Merche Camacho, a veces hay que recordar a las otras personas que “si me dan un pellizco, me duele, y si me pinchan, sangro”; porque algunas parecen incapaces de empatía o de ponerse en nuestra piel y nos condenarían con gusto a arrastrarnos toda la vida por donde ellas y no nosotras quisieran que fuéramos. Pero como dice también siempre Merche, su madre le ha enseñado una cosa que es lo principal: “Tú, con la cabeza siempre alta”. 

Las dos interpretaciones de la frase pueden acercarse. Quienes pensamos que ser persona significa que estamos por encima de la división entre hombres y mujeres, podemos hacer nuestra la postura de quienes piensan que ser persona es afirmar una condición común a todos los seres humanos, un respeto por nuestra común humanidad, por encima de cualquier diferencia. 

Hay una especie de teoría moral y política en esa frase, aunque la digan personas que no han estudiado la teoría y sólo conocen la práctica de nuestras vidas. Es como si dijéramos: “Te exijo respeto porque yo te doy respeto, basado en que tú y yo somos personas”. 

Este poner la persona o la común condición humana por encima de cualquier otra consideración tiene consecuencias muy importantes. Nos hace concluir que las personas somos iguales por encima de cualquier diferencia de sexo, raza, riqueza, educación, circunstancias, edad, etcétera. 

Lo hermoso es que a partir del reconocimiento de esta igualdad puede ir formándose cierto compañerismo, cierta ternura o compasión, cierta solidaridad universal. 

Por eso definirse como persona, lo que es una definición abstracta, porque está por encima de cualquier otra consideración (una persona es un ser humano, sin que importe si es hombre o mujer o ni hombre ni mujer, guapa ni fea, rica ni pobre, morena ni rubia, buena ni mala, simpática ni sosa, lista ni torpe, niña ni vieja, y todas merecemos el mismo respeto) es el hecho central y más noble de la cultura trans y también ayuda a que se forme nuestra particular valentía trans, que se basa en el hecho de poner las consideraciones personales por encima de cualesquiera otras. 

En las últimas semanas he visto la valentía trans en Mari López, capaz de poner el cariño y el respeto a su familia por encima de su propia angustia por vivir su vida; eso es de trans, aunque consista enn no poder vivir como trans  o en tener que retrasar el momento. Las trans no somos las únicas personas que sabemos que si en nuestra alma hay un sentimiento de respeto  y de cariño debemos ponerlo por delante de todo, porque es lo que sentimos, pero el ser trans nos ayuda a sentir así. 

También he visto la valentía trans en Marta Salváns, capaz de arriesgar su salud y hasta su vida por los derechos de otras personas. También es su experiencia de trans lo que le ha enseñado a pensar así. 

Las mismas trans o los mismos trans no nos valoramos mucho o no sabemos valorar lo que la vida nos ha dado. Esta experiencia de que somos personas por encima de todo vale la pena de lo que nos haya costado. 

Kim Pérez 24-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                             Mari López. Tercera parte

 

Te llegó poco a poco la edad de hacer la mili y allí fuiste. Nada más llegar al cuartel, descubriste la existencia de hombres más prepotentes todavía que pasaban la vista sobre ti como si no existieses. Cuando lo cuentas, siento la ira temblando en tus palabras. La cultura del avasallamiento y la intransigencia había parasitado una vida militar o cuartelera tan lejana de lo que es el compañerismo de las armas, cuando hay algo que defender de verdad. La única manera de disipar la ira es que comprendas el mecanismo que hacía de aquellos hombres, muñecos jactanciosos y temibles. 

Viste también, naturalmente, el trato que les reservaban a los mariquitas de uniforme, caídos como tú en la trampa del reemplazo obligatorio. 

Había  uno en tu unidad, y decidiste ser amable con él. Recuérdese tu silencio, grabado a fuego en tu memoria. Pero podías compartir los paquetes de comida o el poco dinero que te llegaban desde tu casa, desde donde te mandaban lo que podían. Al compartirlo, desde luego, te duraba lo que duraba la tarde. Al llegar la noche, no quedaba nada, pero tuviste la ocasión de conocer lo más hermoso de la vida humana, compartir los alimentos, lo que nos hace compañeros, que significa los que comen el mismo pan. 

Una tarde, tu compañero entró en la cantina, como pudo, y tú le invitaste. De pronto, surgió la sorpresa de la reacción de uno de los dos cantineros, que empezó a darte voces y terminó por salir detrás de ti a la calle increpándote y empujándote: “¿Cómo puedes convidar a un ser depravado?”, te decía. Se te quedó en la memoria lo de “ser depravado”, que es la prueba, añado yo, de que aquellas opiniones no se habían cocido en la mente del cantinero, sino que venían de  lejos. 

Tú te callabas y obedecías. Para no complicarte las cosas, te distanciaste del compañero; echabas por otro lado cuando lo veías de lejos. Él lo comprendería, pero estaba mal. Lo que pasaba es que no sabías hacer otra cosa. Muchos de los que te dan de lado a ti estarán en el mismo caso, desde luego. 

Sólo la lucha contra la injusticia que nos ataca a todos puede salvar a quienes la sufren, pero tú tenías demasiado miedo y demasiado poco conocimiento como para saberlo y comprenderlo. Enfermedad generalizada. 

Volviste de la mili y te diste cuenta de que amigos y parientes –sólo tus padres no te decían nada- daban por supuesto que te casarías. “Así se hacen los hombres”, te decían, lo que era verdad, pero no para ti. 

Se fue formando, detalle por detalle, para que cayeseis Lola y tú en él, el tremendo nudo que tan bien conocen muchas personas transexuales y homosexuales. 

“Esto son tonterías mías”, pensaste, “me caso y se me pasan”. 

No se lo dijiste a Lola, por vergüenza y por el convencimiento de que era verdad. ¿Para qué asustarla o que te rechazase? ¿Para qué perder la oportunidad de ser un hombre como otro cualquiera? 

Pero si se lo hubieras dicho, el nudo tiene recursos para seguir formándose, porque te hubiera respondido, casi seguro: “Yo te quiero, porque eres bueno, ya verás como estando a mi lado, todo cambia”. 

Unas y otras palabras, las que te dijiste tú y las que te hubiera dicho ella, no las habías oido nunca, y sin embargo habrían sido dichas, exactamente tal cual, las mismas que miles de transexuales y homosexuales y sus parejas se dicen, creyendo que son suyas, cuando son parte del mecanismo de la represión interiorizada. 

En fin, los dos pajarillos cayeron en la trampa y empezaron su vida matrimonial. 

Se fueron a Barcelona. Tú te pusiste a trabajar en la construcción o en lo que saliese. Viviendo en los arrabales de una gran ciudad, tuviste la ocasión de descubrir por fin lo que eras: “¡Travesti!” o “¡Transexual!” 

Ya tenías respuesta al “¿Qué soy yo?”, que te había hecho sufrir durante tantos años, al ver que no te identificabas con los homosexuales, pero a la vez estabas expuesto a sus mismos peligros, a la denigración y el rechazo, incluso a las palizas. 

Pero era bueno tener por lo menos un nombre para entenderse, la alegría que hemos conocido miles de travestis o transexuales, al saber lo que somos. 

Por supuesto, aunque ya lo sabías, sabías también a lo que te exponías. 

Volvías del tajo a tu casa en un cochecillo que te habías comprado. Como eran kilómetros de grúas y descampados hasta la civilización, solías llevarte a un compañero de la obra que vivía cerca. 

Una tarde, por la carretera solitaria, viste a una personilla haciendo autostop. 

Paraste y se acercó. Era una travesti. 

Mientras iba llegando, tu compañero, muy alterado, te dijo: “¡Es una travesti! ¡Si esa persona se sube, yo me bajo!” 

Ahí si estuviste bien. “Pues bájate” le dijiste. 

Y se bajó, la travesti subió, la llevaste al barrio, ella se quedaría extrañada, o no tanto, de que su subida al auto fuera acompañada de la salida de un pasajero, pero él siguió los kilómetros de a carretera a pie y no volvió a dirigirte la palabra. 

Pero todo eso te recomendaba seguir en el silencio más absoluto. 

Te comprabas de vez en cuando ropa, donde no te conocieran –tenías el valor de comprarte ropa, yo no lo tuve-, y la escondías donde Lola no la encontrara. Sólo una vez la encontró. Creyó que era cosa de una broma y la quemó, como si supiera en el fondo lo que podía significar. 

Recuerdo los hermosos versos de una amiga de Galicia a un par de medias, que habían hecho que sus piernas fueran  bellas, viendo cómo ardían. 

Pero tanto silencio empezó a volvérsete insoportable. Empezaste a peregrinar yendo a psicólogos, esperando que alguno supiera decirte la palabra reveladora, pero no lo encontraste, ni siquiera en Barcelona. 

El primero te dijo: “Esto es fetichismo”, como si fuera un simple juego erótico, y tú sabías que no lo era, porque estaba envuelto tu rechazo a lo masculino, y el sentido de quién eras. 

Otros te confesaron que no sabían cómo ayudarte. Uno me dijo a mí: “Sentimos pánico cuando llega un transexual y sabemos que lo ignoramos todo”. 

El tercero o el cuarto, al segundo día, te dijo muy contento: “Ya sé lo que le pasa. Y conozco el remedio”. 

Le preguntaste y, en su opinión, sufrías una enfermedad mental que se resolvería con un tratamiento psiquiátrico. De alguna manera, tuviste también la clarividencia de saber que se equivocaba. 

Nada en claro. Seguisteis en Barcelona quince años y no pasó nada. Pero Lola fue poco a poco enterándose, como era natural. Tuvisteis que volveros ya, mientras ella no acababa de comprenderlo del todo, a la vez que su mundo se derrumbaba. Pero tuvo paciencia. 

Al volver, la acompañaste un día a una psicóloga con la que habías hablado en un pueblo cercano y se lo dijo claramente, incluso  tajantemente, sin matices: 

“Es una mujer. Es como tú”. 

Lola se calló y lo pensó, es su manera de reaccionar. Intentaba comprender pero no acababa de conseguirlo. Ella es del pueblo, es hija del pueblo, y piensa como el pueblo: En que hay hombres y mujeres y punto. No ha sabido nunca o por lo menos no ha sabido nunca del todo lo que significa que haya intersexuales o transexuales, y le da miedo saberlo y sacar todas las consecuencias. 

Por lo que eso puede afectar a su vida social, por ejemplo. La pesada atmósfera moral del pueblo, la ha destruido ya, como destruyó en su tiempo la de José María y sus padres, pero podría destruirla más todavía. 

Eso no sabes ni cómo ha llegado. Tú has sido extremadamente cuidadosa para que no se sepa allí, pero se ha sabido, la gente observa, y piensa, y deduce, y por un hilo casi invisible es capaz de sacar el ovillo, sobre todo entre las cuatro casas de un pueblo. 

La dictadura del qué dirán agobia como pocas, dictadura exterior e interior. Tú empezaste a darte cuenta cuando tus amigos, los de tu edad , con quienes habías compartido tantos ratos de terraza en el bar, sobre todo en verano, de sombras cálidas y añoranzas de futuro libre, quienes te habían hecho favores y tú les habías correspondido, de pronto resultó que no te conocían. 

O mejor dicho, te conocían si estaban solos cuando pasabas. Entonces, “adiós” y “adiós”. Para demostrar cuál era el fundamento de todos los conflictos, si estaban con alguien al pasar tú, entonces te volvías invisible. 

Y desde luego, adiós sólo y sólo adiós. En total, medio segundo, y mirando a diestra y siniestra. ¿Pararse? Imposible, alguien os puede ver. ¿Acompañarte? Más imposible todavía. Las lenguas se pondrían a trabajar. 

Por lo mismo, para ti, como les pasó a los padres de José María se ha acabado el trabajo ocasional, cuando un vecino necesita que se le eche una mano. ¿Qué dirían los demás si al pasar por el camino te vieran en su garaje o faenando entre sus árboles? 

Para Lola sucede lo mismo. El qué dirán es expansivo y contagia lo que toque. No eres ya tú, sino las personas que tengan que ver contigo, las que alguna vez te hayan defendido… Todo es contagioso. 

Ella se ve también apartada. Menos mal que en el campo es fácil apartarse físicamente. Para ella existe la casa que compartís, sin hijos, la casa de su madre anciana a la que va todos los días porque la necesita, la casa de tu madre, también muy anciana, por lo mismo; y, por lo menos, el silencio de los demás cuando está delante es soportable, porque a veces hay las impertinencias, las preguntas aparentemente inocentes de los curiosos que quieren divertirse, y eso es peor. 

Ha consentido en un acuerdo, que es llegar lo más lejos que puede. Cuando vuelves a la casa, te cambias. Unas horas al día, las horas de la noche, puedes ser tú. Pero ella no puede hablar de lo que más te importa. Habláis de todo, menos de eso. No sabes si te has arreglado mejor o peor a su juicio, qué deberías hacer para mejorar tu imagen, no puedes compartir lo que eres, en una palabra. Es duro, pero hay otras cosas en la vida, y tú lo reconoces: hay dos ancianas solitarias, si no fuera porque estáis ahí, y hay que ocuparse de ellas. Y hace falta transigir, para que en el pueblo no os hagan la vida imposible. Ya es difícil, y no saben casi nada, y suponen, y disimulan. Hay un respetabilidad superfcial, pero respetabilidad. Qué sería si lo supieran todo y no tuvieran que disimular. A lo mejor iría todo mejor, pero no lo sabéis y no queréis arriesgaros. 

Ha sido mucha tensión, durante años, y te ha costado un infarto. En el pueblo se ha sabido, por supuesto, pero no ha habido más compasión para ti. No sabes lo que te reserva la vida, el misterio de tu existencia. 

La criatura pequeñita, de cuatro años, repite: “¿Qué hago yo aquí, otra vez, en este vida?” 

Es como una adivinanza. Tiene que haber una respuesta

Kim Pérez 17-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                      Mari López. Segunda parte

 

Con catorce años te sacaron de la escuela, porque era necesario que te pusieras a trabajar para que la familia se ganase la vida. 

Te pusiste unas veces de aprendiz de albañil, y otras ayudabas en el pegujalillo de campo que teníais. Tus manos, por fuerza, se pusieron duras, resquebrajadas y callosas, pero eso no te importaba; también las de tu madre y tus tías lo estaban y, en el fondo, eso se veía como un orgullo; trabajabais y vivíais por vuestras manos, no de manos ajenas. 

Lo que sí te importaba, en la cuadrilla de albañiles, es que era el mundo de los hombres, y que se suponía que tú estabas allí como hombre. No por el trabajo, aunque como aprendiz te tocaba llevar el cantarillo del agua, lo que era para ti un momento en que reinaba el encanto de imaginarte como las mujeres que los subían a sus casas, apoyados en sus caderas, desde la fuente. Tampoco por el polvo blanquecino que cubría tu cara, tu chaqueta, tu camisa y tu pantalón al terminar la jornada, porque era el precio de los billetes que te llevabas a la casa, sino por esa chaqueta, esa camisa y ese pantalón obligados, de albañil, ese silencio tuyo y esas conversaciones ásperas, en las que salían a relucir el fútbol, las mujeres que pasasen cerca y las palabrotas. 

Los hombres de la cuadrilla eran hombres buenos, lo ves ahora con toda claridad, que trabajaban para mantener a sus familias o para formar una, y que se desahogaban con esas conversaciones, pero no eran como tú, y eso es todo. 

Ya entonces, catorce, quince, dieciséis años, el aprendiz de albañil rezaba muchas veces en la cama, y siempre pedía lo mismo: “Señor, si levantaste del sepulcro a Lázaro, por qué no haces el milagro de que mi cuerpo sea de mujer” 

Las mañanas eran la amarga comprobación de que todo seguía igual. 

Pero, naturalmente, esa ansiedad producía sueños, en la misma dirección. Solía repetirse uno, con total evidencia, en que de pronto veía que se había cumplido lo que deseaba y, más aún, veía su cuerpo redondeado por un embarazo de cinco o seis meses. “Ya está, ya soy así”, pensaba, maravillada, con una felicidad indescriptible, viendo por fin a la mujer que acaso estaba detrás de su pensamiento, a los cuatro años, cuando vio correr aquella agua caudalosa. 

Al despertar de aquel sueño, el golpe era más fuerte todavía, al pasar una vez más a la realidad. Habiéndolo visto como si fuera la realidad, o acaso como si fuera otra vez la realidad, al despertar era también indescriptible el dolor y el aborrecimiento del propio cuerpo invasor e inoportuno. 

Fuera más apropiado acaso darte cuenta de que era el espíritu de la aldea, la mentalidad que dominaba a tus vecinos y que les obligaba a ser como eran lo que  no te dejaba respirar. Ojala hubieses nacido en un tranquilo pueblo, moderno e ilustrado, donde no te hubieses visto obligada al silencio desde los cinco años, y hubieses encontrado almas con las que dialogar y seguir la dialéctica de tus sentimientos, te llevase a donde te llevase, enseñando a todos algo más de la realidad humana. 

Pero tu pueblo era el resultado de una mentalidad de siglos, que hacía a la gente decente, desde luego, pero a cambio de negar cualquier diferencia. 

Lo viste con horror en lo que le pasó a José María, un muchacho de tu edad que era hermafrodita y por eso recibía el rechazo general. 

La intersexualidad es la prueba visible de que es la naturaleza  la que forma no sólo varones y mujeres, sino personas en diversas situaciones intermedias y por tanto de que estar en ellas no es un pecado ni un vicio, sino un hecho natural cuya lógica debe comprenderse y respetarse. 

Sin embargo, los sólidos varones de la aldea podían ser viriles, pero no estaban dispuestos a comprender ni respetar nada que estuviese fuera de la idea que habían aprendido de lo que es ser humano. 

Una tarde, se fueron a gastarle una broma a José María en el patio de la escuela, fuera de las horas de clase, cuando se quedaba sola y deshabitada; tenía quince años. 

No es que le pegaran fuerte, pero sí jugaron a tocarle, a darle una manotada, a no respetarle. Los niños chicos le daban patadas en las espinillas.  

Luego le obligaron a desnudarse, y lo dejaron en cueros y tiritando en medio del patio y se fueron; ése era el corazón de la broma y así triunfó la evidencia de su naturaleza, pero no supieron sacar las consecuencias. 

Los que jugaban con una persona eran niños y jóvenes: catorce, quince, diecinueve, veinticinco años. Por tanto, había hombres hechos y derechos, que no tenían la excusa de los pocos años. 

La broma fue la pasión de un inocente, el sufrimiento de un Cristo. Si hubieran comprendido los paralelos, quizás lo hubieran pensado mejor. 

Es curioso que ésta es a la vez la historia más moderna que pasó en la aldea, aunque con algunas diferencias Al oírla, se puede trasladar, detalle por detalle, a cualquier patio de escuela en cualquier gran ciudad, después de las clases, a una banda de gamberros agresivos y a su víctima desnuda. 

Pero la diferencia, en contra de la aldea es que los atacantes lo hicieron en nombre de lo que para ellos es lo que tenía que ser, de lo que consideraban respetable, porque en un barrio hubiera sido una gamberrada, sabiendo que estaría mal hecho. Por supuesto, otra diferencia, a favor de la aldea, es que en el barrio urbano no se habrían ido con bromas, lo hubieran machacado. 

Pero la intransigencia instalada en los corazones del pueblo era tan grande, que la volcaron incluso con los padres de José María, a quienes los vecinos les negaron el saludo por la calle y hasta el trabajo. Es difícil de entender, a no ser que se tenga en  cuenta el temor desmesurado al qué dirán de los pueblos. Naturalmente, los padres y el propio José María tuvieron que irse del pueblo. 

Estos destierros son frecuentes, todavía. A ti, aquella historia te llenó de pavor. Eso es lo que podía pasarte a ti. Tu silencio se hizo macizo. 

Kim Pérez 10-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                    Mari López. Primer parte

 

Mari López varea rítmica las ramas de sus olivas, unas cuantas que le dan la vida y a la vez la cárcel. 

Ha puesto en derredor los lienzos por tierra, y en ellos van cayendo hojas y aceitunas, y hasta tallos. 

Al terminar cada vareo, ella y Lola, su mujer, se doblan por la cintura para escoger con práctica las aceitunas y echarlas en una esportilla. Al final del día, el cansancio y los riñones hacen que se sienten en los lienzos, y echando el cuerpo a un lado, vayan recogiendo. 

Ahora, a las cinco de la tarde, Mari López, por los riñones, se ha incorporado, echando el torso para atrás, con gusto, y dándose cuenta por un momento de que en este día de invierno, el cielo está radiantemente claro, la temperatura suave, y las laderas de la sierra bajan desde donde están sus tierras, cubiertas de olivas fielmente alineadas, hasta lo hondo de la la ancha vaguada, para levantarse de allí de nuevo, en nuevas laderas y nuevas filas de olivas, hasta que dejan ver, por el sur, las sierras azules y un cielo tan claro y tan brillante que duele. 

Por allí está Sevilla, donde todo es posible, como aquí no es nada posible, y más lejos todavía, al suroeste, está Cádiz, donde son posibles más cosas todavía, porque es el mar, la luz y la libertad. 

Mari López va como un hombre cualquiera, a primera vista. Va como puede ir un albañil, porque ha trabajado en eso, o más concretamente como un albañil del campo. Como un buen hombre, responsable y trabajador. 

Como si viviera en la clandestinidad. Pero es curioso que en la aldea, a la que volverán dentro de dos horas, todos saben que es transexual, y por eso todos le han retirado la palabra y hasta el saludo. Para eso, podría pensarse, de perdidos al río. Pero las circunstancias son las que son y cuando se es responsable, se es responsable. No es el pueblo el que cuenta, sino las necesidades de la familia, en la que hay personas que requieren una atención continua y que no pueden ser desatendidas. Cuando te toca, te ha tocado. 

Para tocar otra vez las teclas del piano, no se trata sólo de tu carne, sino también de la de Lola. Lola te ha dejado hablar, te ha oído, y ha estado dispuesta a seguir a tu lado. Ha respetado tus llantos y tus angustias. Por eso mismo, ahora que también su carne la necesita, tú no puedes dejarla sola, en la casa casi solitaria, porque también a ella la han dado de lado, y habéis asumido responsabilidades que pueden durar decenios. 

Se trata de tu vida o la de estas personas. Tú sabes que no podrías vivir tranquila, ni gozar de tu libertad, si la hubieras puesto por delante de la de ellas, como si no existieran. Existen; entonces lo tuyo tiene que esperar. 

Llevas más de cuarenta años esperando. Acaso el principio de todo está en lo que te pasó cuando tenias cuatro años, que se te ha quedado clavado desde entonces, la tarde que llovió y llovió,  tanto que por la calle bajaba un caudal de agua salvaje y ancha, con fango y ramas y tablas, y tú, con tu cuerpecillo tan chico la mirabas desde la puerta,  y  de pronto pensaste; “¿Qué hago yo aquí otra vez, en esta vida?” 

 De lo siguiente también te acuerdas muy bien: tenías cinco años. Esperabas a que los mayores se fueran y dejaran la casa vacía, llena de sombras y de cuartos huecos, para coger la prendas de una mujer que había en la casa, y ponértelas, que te arrastraban. Te acuerdas todavía del olor a jabón y de la suavidad de aquellas prendas. 

Luego, las ponías en su sitio, como podías. No te acuerdas de lo que pasaba después, que tenía que ser malo, porque en la alacena, tan ordenada, aparecían las huellas del ratón. 

Era lógico que se preguntasen por qué. 

Recuerdas que hacia los siete años, hacías las travesuras propias de la edad, pero marcadas por la soledad y el silencio. 

Había en la aldea una casa cuya familia había emigrado a Navarra. Tenía una cerca de alambre y vagabundeando por allí descubriste que en la cerca había un agujero. 

Te metiste por él, pasaste el descampado lleno de hierbajos y descubriste que se podía entrar en la casa vacía.

 Entraste y viste las habitaciones destartaladas, pero co algunos muebles. Había un arca, y se podía levantar la tapa. Dentro había ropa vieja de mujer. 

Te la pusiste y te paseaste por la casa, en silencio, gozando de un sentimiento muy hondo. El niño tenía siete años. Pasaste en tu silencio una hora o dos.  Te sentabas en las sillas desportilladas, hacías como que guisabas en la cocina, jugabas tu solo, con tu imaginación, como juegan los niños sentimentales y fantasiosos. 

Al caer la tarde, cuando te iba a dar miedo la oscuridad, guardaste la ropa en el arca y echaste a correr, pasaste la puerta trasera, el corralillo, el agujero, y te presentaste en tu casa, feliz y callado, como quien viene del Reino del Secreto. 

A la tarde siguiente, en cuanto pudiste, ya estabas allí. Y otros días. Era un regalo increíble que te había hecho la vida, una casa para ti, un arca como la de una princesa, una soledad que te permitía la libertad. 

Duró un mes. Al cabo de ese tiempo, la familia de Navarra volvió y quitó la casa. 

Pero aquel año era una bendición para la personilla de siete años, como si la vida te mimase. 

Entraste en la escuela y te pusieron a jugar al fútbol, como todos los niños. Al cabo de unos días, sin saber por qué, el maestro, un hombre severo, os dijo a ti y a un niño tullido que no jugarais más. 

Todo lo que voy a contar es como arquetípico. Todas las personas transexuales feminizantes hemos fantaseado con algo parecido, una feminización impuesta, unos maestros o superiores que reconocen nuestra condición y que, en vez de regañarnos, nos dan el empujón, ponen su autoridad en el empeño, disuelven con ello cualquier resistencia, nos dicen adelante y nos dan legitimidad. 

En las fantasías, la feminización es total. Para ti fue menos, pero fue suficiente para que te resultara hermoso. 

El maestro te llevó a la señorita –el niñito tullido se quedó haciendo otras cosas- y ella te puso a jugar al baloncesto con las niñas. 

Estabas con las niñas. Pudiste quedarte con ellas. Jugabas con naturalidad. Ellas pensarían lo que pensasen, pero también tenían siete años, y tú eras simplemente el niño que jugaba con ellas. 

Aparte de este hecho, lo único que podía parecer una transición era que el equipo tenía una camiseta especial, con un corazón rosa en medio, y te dijeron que, naturalmente, jugases con la camiseta puesta, uniformado con las niñas. 

Tú jugabas como si estuvieses todavía en la casa de Navarra. Tu silencio te permitía seguir dentro de ti como si siguieses vagando por aquellos cuartos y pasando por aquellas puertas interiores. Saltabas hacia la canasta como si estuvieras viéndote en una película, en cámara lenta, la camiseta blanca y el corazoncito rosa. 

No sabes ni lo que pensarían y dirían los niños, ni los padres de los niños, era una aldea. Tú estabas dentro de ti y fuera, el poco contacto que te interesaba era agradable. Estudiar en silencio, embebiéndote en los libros, un niño aplicado y que al volver a la casa se pasaba las tardes estudiando, sin más expansión ni juego con otros que los entrenamientos y los partidos de baloncesto, los entrenamientos con las niñas, que te dejaban en paz, los partidos con la camiseta blanca y rosa, igual que ellas, maravillosos. 

Bueno; no lo sabes, pero te puedes figurar los pensamientos de unos y otros. Los de las niñas, porque los vistes materializados el día que salisteis de excursión al campo, todos de uniforme, las niñas con sus jerseys claros y alegres, con unas bandas de florecillas multicolores, y los niños con los suyos azulones, más serios y aburridos. 

Llegastéis al paraje del riachuelo y los arbustos donde ibais a merendar, tú te quedaste como de costumbre un poco parado y despistado, hasta que de pronto llegó la Paqui, que te cogió de la mano y muy decidida salió corriendo y tú detrás naturalmente. 

Os echasteis luego  carreras, hasta que jadeantes y acalorados os tuvisteis que sentar en la tierra, como a quinientos metros de donde se oian los gritos de los demás. 

De pronto la Paqui se sacó el jersey y, risueña, te lo pasó. Tú, ni corto ni perezoso, te quitaste el tuyo y se lo diste, y os los pusisteis, cambiados. 

Entonces, la Paqui echó a correr y tú detrás, feliz como si flotaras. Corríais por un camino, y de pronto, en una revuelta, apareció un maestro.  

Te paró agarrándote de un brazo y dijo: “¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?” 

Y a continuación: “No te vas a olvidar de mí en tu vida” 

Y te arreó un manotazo. Efectivamente, no lo has olvidado, pero no sabes exactamente lo que te quiso decir. 

En los años setenta, ya no eran los años del hambre en Andalucía, pero sí los de la escasez y la emigración. La escasez era la suficiente como para que en tu casa no hubiera juguetes, por lo que al preguntarte yo por ellos, no puedes hablarme de ninguno. Jugabas a las bolas con los niños, pero ni siquiera podías comprarte las de catarro, que eran las más baratas, y tenías que hacértelas de un pellizco de barro y  cociéndolas en el brasero de picón. Jugabas o jugabais también a la comba, en la que las niñas aceptaban a veces a los niños más chicos, pero no siempre,  o a médicos y enfermeras, poniendo vendajes, tomando la fiebre. Se suponía que tú tenías que ser el médico, aunque a veces te dejaban ser enfermera y alguna de las niñas hacía de médica. 

Eso sí: cuando a veces te daban unos cuartos para comprar helado, por ejemplo, tú los ahorrabas, y cuando tenías lo suficiente, te ibas al kiosco de la plazuela, donde se vendía de todo, y te comprabas uno de los pocos libros para niños que había entre la mercancía. 

¿Cuáles te compraste?, te pregunto. “Mujercitas”, que todavía lo tienes; el Quijote, que también lo guardas; novelas de piratas; y de Julio Verne. Libros pequeños y baratos, me aclaras, pero que  alimentaban tu hambre de algo más que la vida diaria y te transmitían la fantasía, tan fundamental en el campo.  

Seguro que al terminar de leerlos, vagabas por las callejuelas o los descampados rememorando una y otra vez lo que habías visto en sus páginas, mientras los otros niños desfogaban sus impulsos jugando al fútbol.  

¿Qué pasó entre medias de esa vida tranquila, para que tu siguiente recuerdo, con tus once años, fuera terrible? 

¿Qué ansiedad empezó a formarse, cuál fue la angustia? 

Una tarde negra, cogiste un ovillo de cordón y empezaste a liarlo lentamente, apretadamente, sobre los genitales. 

Seguiste mucho tiempo, dándole vueltas y vueltas. Te daba la sensación de que los hilos te cortaban. Sufrías pero te agradaba, porque pensabas que ibas a liberarte. Más vueltas. Pero el dolor crecía y en tu cabeza, por la nuca, te parecía que te entraba como un mareo que no sabías lo que te traería. 

Vueltas y vueltas y dolor. De pronto, insoportable, que te iba a tirar de espaldas. Comprendías ahora que no podías desliar el cordón, ni llegar a tiempo para aflojarlo antes de desmayarte, porque eran muchas vueltas. De pronto, sin pensarlo, te encontraste llamando a gritos a tu madre. 

Estaba en la casa y te oyó. Medio la viste entrando por la puerta de tu casa. 

Supo lo que tenía que hacer. No dijo nada. Con paciencia, despacio, empezó a desliar el hilo. Tuvo que hacerlo durante mucho rato, porque era mucho y muy fuerte, casi clavado en la piel, lo que habías enrollado. 

Terminó y se retiró en silencio, sin preguntarte nada. Era como si supiera lo que te había pasado. Ella había deseado tener una niña, durante el embarazo, y pensaba que lo que te pasaba, te pasaba por ella. ¿Qué le puede decir entonces una madre a su niño? 

No era preciso hablar. El silencio te envolvía, mullidamente, en lo agradable y también en lo espantoso. Tenías once años y tenías que aprender a vivir. 

Tú solo, sin ningún maestro. En aquel momento, ya en los años ochenta, nadie en el pueblo, sabía nada que te pudiera decir, ni a nadie le podías preguntar. Sabían lo que es un homosexual,  y tampoco lo hubieran respetado, pero de la transexualidad, encima, nadie sabía ni podía explicar ni mucho menos comprender nada.  

Kim Pérez 25-02-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                    Disforia de genero, corazón del feminismo

 

Afirmo que la disforia de género es la base común de la forma de conciencia transexual y de la feminista. 

Se puede establecer unos itinerarios paralelos entre la formación de una y la de la otra. 

La disforia de género está fundada por su parte en un trauma que puede ser no de género o de género.  

En personas XY, los traumas no de género pueden venir de miedos, subordinaciones, frustraciones, rechazos, incluso de un estrés sostenido que se traducen simbólicamente en términos de género. 

En personas XX, los traumas son generalmente de género, y se deben a la insuficiencia del código de género que ha estado vigente para integrar sus vidas.  

Tanto en personas XY como en personas XX, los traumas de género pueden venir especialmente de la insuficiencia del código de género para integrar la hipoandrogenia XY y la hiperandrogenia XX. 

Un trauma requiere un reajuste o reequilibrio, para conseguir una readaptación, y en este sentido, los traumas son creativos. 

La respuesta a los traumas formulados en términos de género puede estar en la homoafectividad, o afecto compartido, admiración e identificación con un semejante, lo que refuerza decisivamente la propia posición, salvándola de la soledad y formando una conciencia de grupo, o puede consistir en la disforia de género , concepto del que se puede ir un paso más de su entendimiento como simple disgusto o desajuste para llegar a la insumisión frente al código de género vigente. 

En la medida en que el código de género es la parte cultural o aprendida de la sexualidad, está sometido al error y al abuso, lo que legitima la insumisión de género.  

La insumisión puede consistir en un cambio de la posición personal dentro del género, pero aceptando el código de género vigente; hablaré en este caso de insumisión pasiva, observando que es la más común en la conciencia de las personas transexuales, tanto XX como XY.  

En cambio, esta insumisión puede consistir en propugnar el cambio del código de género vigente; la llamaré activa y observaré que es la propia de la conciencia feminista. Por ser más profunda, constituye una forma de conciencia que pueden asumir las personas transexuales. 

En las personas XX feministas, la insumisión de género activa suele ir acompañada de una fuerte homoafectividad, o conciencia de grupo, que puede llegar o no la homosexualidad. 

Pero en la medida en que el cambio del género, que defino como parte cultural de la sexualidad, es también cultural, está también sometido al error y al abuso. Éste es el caso en particular de la fracción feminista de la perspectiva de género. 

Es erróneo entender, como esta fracción hace, que la sexualidad sea toda ella cultural, o toda ella genérica. Esta posición se ha fundado en afirmaciones de Money y de Freud; pero las afirmaciones de Money no han sido confirmadas por la realidad, más bien han sido desverificadas y las de Freud limitan su validez a las fases primarias, preandrogénicas, del desarrollo. 

No es lógico por tanto deducir de los errores y abusos de género (parte cultural de la sexualidad) que deba cambiarse toda la sexualidad e incluso que se deban negar y diluir las diferencias sexuales. 

La disforia de género, como hecho, los traumas que la producen, evidencia la necesidad de cambiar el código de género para ensancharlo. La ambigüedad requiere formas de expresión y de reconocimiento, como la virilidad requiere formas de expresión y de reconocimiento y la feminidad requiere formas de expresión y de reconocimiento, todas ellas armónicas, no opresivas. 

Este es el segmento del código de género que debe ser ensanchado. No es lógico proponer la ambigüedad como única forma de expresión legítima, por tanto la única que  merece reconocimiento. Eso sería pretender que las personas variantes de género funcionáramos como nuevo único paradigma, como opresoras a la vez de la virilidad y de la feminidad, y nada más lejos de la realidad de personas que hemos pretendido ser respetadas y por tanto sabemos lo que es el respeto mutuo. 

Empiezan a levantarse voces sorprendidas y dolidas, que hablan de un lobby GLBT que pretendiera transformar a su imagen al conjunto de la sociedad. Esto hace necesario que levante mi voz: si es lobby, no es GLBT, pues los GLBT nos hemos constituido como tales sobre nuestra diferencia, y lo último que podemos pretender es la uniformación; no queremos cambiar el código de género vigente para que nos haga sitio. Ni queremos, ni nos conviene pretender una universalización de nuestras respuestas a los problemas que hemos encontrado. 

La conciencia disfórica de género, transexual o feminista, no tiene garantizado más acierto que el de la insumisión frente a los errores o abusos de género; pero a partir de ese momento, sigue sometida a revisión crítica continua. Lo cultural está expuesto siempre al error y al abuso.  

Lo natural se sostiene con la fuerza de su lógica objetiva, profunda, sus coherencias y consecuencias entrelazadas muchas de las cuales desconocemos. Pero aun así, el ser humano no está sometido a la naturaleza, que puede cambiar. Pero estamos sometidos a la razón, debemos obedecerla queramos o no queramos, porque el ir contra la razón nos machaca, y por eso cualquier cambio que impongamos a la naturaleza, debe ser para nuestro bien, no para nuestro mal.  

Las personas disfóricas debemos ser prudentes antes de decidir cambios hormonales y quirúrgicos y buscar alternativas. Las feministas deben ser prudentes al contemplar la pluralidad sexual humana, que tiende a ser binaria, pero que no es binaria desde la misma naturaleza; la solución del excesivo binarismo no puede ser la ambiguación general de todos los humanos, ni el combate binario entre dos antagonistas, sino el reconocimiento de la pluralidad. 

Kim Pérez 25-02-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                            Entre el drama y la cotidianidad

 

Recuerdo ahora mismo cuatro dramas disfóricos. O mejor dicho, no los recuerdo, sino que los tengo muy presentes, clavados en mi corazón. 

Una persona, muy femenina desde su niñez, que ha sufrido también desde su niñez el acoso de sus compañeros de clase. Es la que mejor está ahora, porque ha podido poner tierra por medio. 

Otra persona cuyas circunstancias y responsabilidades le impiden o le estorban con fuerza un cambio de género. Lo vive obsesiva y depresivamente. Me ha dicho que ya no espera nada de la vida. Ojalá lea estas líneas para que lo siga y lo consiga.  

Una tercera persona que se ha casado y tiene hijos, por lo que no sabe cómo conciliar su vida familiar y su disforia. Las sacudidas que sufre son terribles, hasta el punto de que dudo si llamarla. Ojalá me lea, para que esto sea algo de compañía. 

La cuarta persona es muy joven, ha hecho la transición, y no comprende las dificultades que encuentra con los muchachos, a los que desea y necesita, porque quiere considerarse una mujer como otra cualquiera.  

¡Cuánto dolor! 

Por otra parte, está la experiencia de la cotidianidad, cuando ya se ha hecho la transición, que yo diría que se ve en que la atención se pone en otras cuestiones y no en la transexualidad. 

La transexualidad se vuelve entonces un dato más de la vida, con el que se cuenta, pero que no ocupa todo el campo del interés vital, que puede estar centrado en cuestiones económicas o profesionales, en las relaciones personales (cuando ya se ha resuelto la cuestión de quiénes me admiten y quiénes no me admiten, y se vive naturalmente entre quienes me admiten), en los intereses vocacionales… 

Es curioso que la transexualidad deja de ocupar entonces el cien por cien de la vida mental, para quedarse en un veinte o un diez por ciento… Otra prueba está en la convivencia con otras  personas transexuales. Muy intensa en los tiempos de la transición, cuando se necesita compartir experiencias tan fuertes, se diluye según se entra en la cotidianidad e incluso se pierde. Las personas transexuales tendemos a abandonar cualquier relación con otras personas transexuales, sencillamente porque a cada cual le apetece dedicarse, llegado el momento, a solas sus cosas. 

Pero mientras existan dramas como los que he expuesto, las personas que los sufren requerirán del apoyo de la comunidad de quienes los comparten. 

Aunque sea entre oleadas de lágrimas. Por lo menos, no verse a solas, compartiendo fibra por fibra, rasgo por rasgo, experiencia por experiencia, lo que comprendemos porque lo conocemos. 

Es posible dar consejos, porque sabemos por experiencia los que podemos dar y los que no valen de nada. 

Por experiencia sé que lo mejor  que pudo hacer la persona muy joven que digo al principio fue cambiar de ciudad, aunque le costara un grandísimo esfuerzo a sus padres. 

Por experiencia sé también que en los otros casos, la transexualidad no quiere decir que se vaya a vivir enteramente como una mujer, sino enteramente como una transexual; esta relativización de las aspiraciones, que es completamente realista, es lo que puede permitir soluciones de transacción, en las  que se encuentren modos de expresar y vivir la disforia que se ajusten a la realidad. 

¡Sobria fuerza de la realidad, en todos los sentidos, en el de que es real la disforia y son también reales los límites para llevarla a la práctica, así como el ingenio humano para eludirlos en la medida de lo posible! 

Kim Pérez 18-02-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                         Hablando de identidades intermedias

 

Estoy en una página transexual y sé que muchas personas transexuales tienen una identidad definida. Se saben hombres o mujeres definidamente, pero de manera cruzada. No hablo ahora de estas personas, sino de las que tienen una identidad intermedia y acaso insegura, sin saber muy bien dónde están en la gama de los sexos. 

La intención de estas líneas es ayudarnos a formar una identidad definidamente intermedia, aunque esto parezca una contradicción en los términos. 

No lo es. En la naturaleza hay quienes son definidamente varones, definidamente mujeres y definidamente intersexuales. Las dos primeras categorías abarcan a la mayoría de las personas, la tercera es una pequeña minoría, pero real. 

¿Cuál será la identidad o conciencia de sí que forme una persona físicamente intersexual de nacimiento? 

La cuestión se parece mucho a la que nos planteamos muchas personas transexuales, que nos sentimos en el aire, entre un sexo y el otro. 

Voy a responder a esta pregunta tratando primero de ella por dentro, como duda sobre la identidad íntima, y después por fuera, como forma de la identidad social. 

Por dentro, se pueden plantear varias formas de vacilación de género. 

La más simple es la disforia. Puede darse en varones masculinos y sin embargo disfóricos. La disforia puede definirse como inadaptación e incluso fobia al género de origen o a los genitales de origen o a ambas cosas.  

Se es como se es, y sin embargo, desagrada esa realidad, que se intenta transformar cambiando de género o de sexo. 

Pero estoy descubriendo, en mi propia experiencia de persona disfórica, que la disforia es una inadaptación al sistema de los sexos en general, no a uno de los sexos en particular. Una vez que se ha cambiado, se descubre con sorpresa que aunque se esté más a gusto, sigue la inadaptación al nuevo género o sexo, la persona sigue sintiéndose diferente, aunque no sea con la angustia y el apremio de la situación anterior. 

Algunas personas transexuales resuelven esta adivinanza –porque lo es, es un conjunto de datos enigmáticos que deben ser comprendidos- afirmando su identidad como personas transexuales, no como hombres ni mujeres, sino como personas que son transición, intermediación, ambigüedad. 

Éstas personas usarían como lema “No soy una mujer, soy una transexual”, o “No soy un hombre, soy un transexual”, mientras que las primeras a las que me refería al principio de este comentario elegirían como lema el del hermoso cartel –una muchacha arrolladora- realizado por Transexualia, Soy como Soy, Xega Joven y la Asamblea Ciudadana por las Libertades hace algunos años: “No soy un transexual, soy una mujer” (o “no soy un transexual, soy un hombre”)  

Pero aun la ambigüedad puede resultar excesiva para algunas personas que se sienten poco ambiguas, bastante masculinas o bastante femeninas en correspondencia con su sexo, y sin embargo son disfóricas. 

Esto puede parecer extraño a quien no esté en este caso, y sin embargo es real. 

En estos casos, creo que el sobrio concepto que la persona se forme íntimamente de sí debe ser: “Soy un varón disfórico” o “soy una mujer disfórica”.  

También puede analizar de dónde viene la disforia. La gestión es como la de una fobia. Al comprender su origen, aunque subsista como sentimiento, por proceder de experiencias muy primarias y arraigadas, puede moderarse o controlarse. 

Socialmente, la persona que se ha definido íntimamente como disfórica, puede realizar una transición de género o no; en cualquiera de los casos, debería expresar de alguna manera su condición de disfórica para alcanzar su equilibrio, puesto que la naturaleza humana requiere siempre la expresión. Es decir, cuando no haya hecho la transición, debe atestiguar de alguna forma su disforia y cuando la haya hecho, también. 

Pero es difícil expresar la disforia y ser comprendido en una cultura que sigue comprendiendo sólo la polaridad entre hombre y mujer.  Para compensar esta dificultad, propondría una práctica que se podría llamar “disfóricos anónimos”, cuyo primer rito sería decir “me llamo Equis y soy disfórico” y que encontraría en la ayuda mutua la que no puede dar la sociedad más general. 

La práctica puede ser algo distinta para quien sepa que es una persona ambigua y que de ahí viene precisamente su disforia. 

Ambiguo quiere decir entre uno y otro, o ni uno ni otro. Por eso digo que la transición puede no resolver la inadaptación, si se entiende como intento de pasar del todo al otro sexo. 

Propongo, para esto, que la persona sea consciente de que no da el salto del todo, sino sólo medio salto. 

Le puede parecer que entonces se quedará en el aire, pero no es así. La realidad la recogerá, puesto que existen realmente personas ambiguas o intermedias. Muchas veces, por instinto, muchas personas nos definirán correctamente diciendo “es una transexual” o incluso “es un transexual”, no “es un hombre” ni “es una mujer”. 

Quiero decir que en estos casos, de hecho se puede aceptar una identidad como transexual, no como hombre ni como mujer, tanto íntima como socialmente. 

Aun así, habrá dificultades para mantenerla por razones culturales, puesto que nuestra cultura sigue siendo bastante binarista y los requerimientos para definirnos como hombres (sin matices) o mujeres (sin matices) son continuos. 

Éste es el sentido de la afirmación de grupo, del “orgullo trans”. Soy como soy, existo y tengo derecho a existir. 

Esto necesita ser expresado socialmente y se puede expresar de mil maneras que quedan a la creatividad de la persona transexual, unas más discretas, otras más provocadoras. La serie de formas de expresión que existen o pueden existir es afortunadamente interminable. Recordaré algunas, de menos a más: usar, deliberadamente, un nombre ambiguo, vestir de forma ambigua, con prendas unisex, muchas o pocas, creativamente, estéticamente, no maquillarse, o maquillarse teatralmente, no usar prótesis para el pecho –las drags han dejado de ponérselas-, no preocuparse por depilarse la barba o no… Todo esto, para alguna personas transexuales puede parecer demasiado, otras pueden cortar aquí o allí, a su gusto o conveniencia… 

En general, se trata de afirmar la ambigüedad definida como forma personal de ser, y el derecho a serlo sin que nadie pueda imponernos otra forma. 

El movimiento trans será nuestro principal apoyo en este ir contracorriente, pero para eso, el mismo movimiento debe desprenderse plenamente y conscientemente del binarismo ambiente: es el conjunto social que mejor puede comprender que hay hombres, mujeres (no trans o trans) y también personas trans y hasta personas disfóricas, quienes no nos reconocemos en el actual sistema de los sexos.

Kim Pérez 04-02-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                         Falta ahora: Identidades intermedias

 

¿Qué hemos conseguido en España? Mucho, muchísimo, pero no todo. 

Echemos la vista sólo quince años atrás, hacia 1992, quienes tenemos edad para ello. Entonces faltaba casi por completo el conocimiento social acerca de la transexualidad. Ahora lo hay. Hay  padres que ayudan a sus hijos transexuales. Faltaba entonces radicalmente el respeto social. Hay más, nacido del mayor conocimiento y de la pedagogía de la televisión. Faltaba la atención debida a los escolares transexuales. Ahora empieza a haberla y los responsables educativos demuestran buena voluntad. Faltaba la incorporación a la vida política. Ahora la hay, puesto que contamos con el apoyo del PSOE, de IU, de ERC… Faltaba la plena incorporación a la vida laboral. Ahora sigue faltando, aunque hay más incorporaciones. Faltaba el reconocimiento legal de nuestra identidad. Ahora lo hay, con la ley más abierta del mundo. Faltaba por completo el derecho a la reasignación quirúrgica mediante la Seguridad Social. Desde Andalucía, se va extendiendo, aunque demasiado lentamente. 

Todo ello no ha llegado solo, sino por obra de un movimiento transexual del que me gusta recordar que la asociación pionera en España fue Transexualia, de Madrid, desde 1989. 

¿Llegados aquí, qué queda por hacer aparte de lo que falta o está incompleto en el recuento anterior? 

Voy a ponerme radical. Falta el reconocimiento social de la intersexualidad como tal, incluso en las personas transexuales.  

No voy a hablar de las personas que nacen intersexuales fenotípicamente, es decir, de aquellas cuya intersexualidad es visible desde su nacimiento. Sólo voy a recordar que la naturaleza no genera sólo varones y mujeres, sino también intersexuales. 

Voy a hablar de aquellas personas que, entre las transexuales, podríamos definirnos mejor como intersexuales. 

La palabra “transexual” indica migración de varón a mujer o de mujer a varón. Pero habemos personas que preferimos quedarnos en medio, más cerca de uno u otro de los extremos según los casos. 

Podríamos llamarnos “trans”, prefijo que indica justamente el paso, pero significando que estamos en medio, que vivimos en el puente, como el de Florencia, y no deseamos vivir en ninguna de las orillas. 

O podemos llamarnos intersexuales, o disfóricas –porque no nos sentimos a gusto en ninguna de las orillas- o ambiguas, o neutras… 

Lo primero para nosotras es entender este nombre; culturalmente, sabemos muy bien la existencia de varones y mujeres, de quienes lo ideal es que sean “muy hombres” o “muy mujeres”. 

Pero es preciso aprender que también existen los intersexuales definidos, y menos definidos, los hombres poco masculinos y las mujeres poco femeninas a quienes sin embargo nos agrada profundamente ser como somos, porque es como somos.  

Esto sigue estando poco conocido socialmemte. Incluso las personas transexuales nos planteamos nuestra identidad como varones o mujeres, incorporándonos a la simplificación en la que cae en este punto nuestra cultura. 

No nos  planteamos, como ya se hace en Estados Unidos, que sigue llevándonos algún decenio de ventaja, que nuestra identidad pueda ser intermedia y que prefiramos quedarnos en lo intermedio. 

Puesto que nosotros mismos no nos lo planteamos, es natural que la sociedad en general no se lo plantee. 

Es verdad que no es fácil. Es más fácil asumir los papeles ya existentes, seguir los modelos de la mujer femenina o el varón masculino. Perfecto para quien se identifique con ellos. Pero generador de disforia para quien no se identifique. 

Hablo por tanto para quienes estén en este segundo caso. Entonces falta mucho, para entender y saber lo que necesitamos. 

Por ejemplo, socialmente, el reconocimiento de los nombres ambiguos. No como truco legal para conseguir uno de aspecto más femenino o más masculino, como lo era aquí antes de la ley, sino como expresión pública de la propia identidad, de la manera en que la persona se sabe y se siente. 

Falta también, para cada cual, saber hasta dónde llega su condición intermedia y cómo expresarla en la práctica. 

Por definición, lo intermedio es un continuo con mil matices. Incluye la hipoandrogenia en varones que se sienten sin  embargo varones sin problemas y la hiperandrogenia en  mujeres que aceptan su condición. 

Se puede decir que, mientras lo intermedio no afecte a la identidad, no se plantea nada. Pero en nuestro caso somos muy conscientes de ello, afecta a nuestra identidad y nos planteamos cómo expresarlo, puesto que el ser humano necesita expresar lo que es y lo que siente. 

¿Cómo expresarlo? No es fácil en un mundo en el que las tiendas distinguen nítidamente entre ropa de hombres y de mujeres y los aseos están divididos entre señoras y caballeros. 

En la práctica, cada cual tiene que crear e inventar su look y sus reglas de vida. La sociedad general tendrá que entendernos. Esto tiene tantos matices que, por primera vez en los años que llevo cooperando en esta página, tengo que decir que, si Dios quiere, continuará.   

Kim Pérez 04-02-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                             Cuatro pasos

 

Bueno, me parece que por ahora he terminado de darle vueltas a la cabeza en cuanto al origen o la causa de la transexualidad. 

La otra noche, de repente, comprendí o sentí que comprendía, con sólo tres pasos, la genésis de lsa más compleja, que es la transexualidad ginéfila de varón a mujer, es decir, la que solemos llamar, en el lenguaje que hemos aceptado, y que no es exacto, transexualidad femenina lésbica. 

Es natural darle vueltas a esta cuestión. De ella depende entender lo que vivimos, y entenderlo es necesario para vivirlo bien, sin errores. Es preciso saber si se debe a una enfermedad, o no, en el primer caso, que tenga cura, o no, o a un conflicto o un trauma, o no, o por decirlo todo, porque muchas veces lo hemos pensado, a un vicio, o no. 

Le he dado vueltas toda mi vida, porque si yo fuera “una mujer en un cuerpo de hombre”, todo sería mucho más sencillo, vería que todas mis reacciones y actitudes eran parecidas a las de las mujeres de mi alrededor, y me diría que sería por lo que fuere, pero que yo tenía claro quién era, y punto. 

Pero en mi caso, y en el de muchas otras, no veo eso tan claro. Tampoco veo que todas mis reacciones y actitudes sean parecidas a las de la mayoría de los varones y sobre todo pienso que no quiero ser como la mayoría de los varones; quisiera ser como algunos gays afeminados, si pudiera, pero no soy como ellos. En fin, un lío. Y por eso tengo que pensar. 

Voy a poner aquí, bien claro, lo que me parece que es la conclusión a la que he llegado sobre esta  clase de transexualidad. Se trata sólo de cuatro párrafos. Como están tan relacionados entre sí, los pongo numerados. Todos y cada uno requieren una explicación más detallada, que luego daré. Son los siguientes: 

1. En la niñez, nos definimos a nosotros mismos como masculinos o femeninos según nuestras afinidades y preferencias. Algunos hemos estado de hecho en un terreno neutro. 

2. La libido se forma integrada por dos impulsos: atracción y repulsión (hacia uno de los sexos y el otro) 

3. Estos impulsos se equilibran por la homofilia y heterofobia (hacia el mismo y el distinto sexo), que  forman la identidad de género. 

4. Si no se ha formado el sistema homofilia/heterofobia, queda desnudo ante la conciencia el sistema de atracción/repulsión, y entonces puede formarse una identificación con la imagen de la mujer en el espejo. 

El primer punto  se refiere a la consciencia de sí, y tiene que ver con el género, no con el sexo. El chiquillo se da cuenta de que es masculino, femenino o neutro, independientemente de saber que es niño o niña.  

El segundo tiene que ver con la biología. Ojo, esa atracción y repulsión pueden estar desde el principio cruzadas. Hay por ejemplo varones biológicos que nunca se han sentido atraídos por una mujer. 

El tercero, se refiere a la sociabilidad humana. En la niñez, se aprende a valorar y admirar a los congéneres de sexo (“los niños con los niños y las niñas con las niñas”),  lo que fortalece con orgullo y placer la identidad de género.  

Pero el cuarto advierte que esto no sucede siempre, por lo que sea. Entonces, si no se ha formado una verdadera, sólida y tranquila identidad de género  sólo queda, para personas XY en este caso, el deseo  de las mujeres y el rechazo de los hombres forma una identificación con la imagen de la mujer en el espejo. 

Veo aquí una explicación breve y clara de la transexualidad ginéfila de varón a mujer. De hecho, mientras pensaba de noche en los tres últimos puntos, tenía la impresión de que tomaba partes de mis recuerdos y las explicaba de una manera muy sencilla y memorizable, con la fuerza de la evidencia, como si me tomara a mí y me llevara a la verdad sobre mí. 

He suprimido del esquema la idea de conflicto, que estaría entre los dos primeros puntos. Es que es posible que la homofilia falte por cualquier conflicto que afecte a la propia estima, pero también puede faltar sin que haya conflicto, por simple ausencia de modelos de identificación, a no ser que llamemos conflicto a esta carencia. Por ejemplo, puede faltar por esa neutralidad de la que hablaba en el primer punto, de la que se suelen encontrar muy pocos puntos de referencia. 

Otros hechos pueden ser explicados también con este esquema. 

La transexualidad ginéfila de varón a mujer puede partir de la identidad masculina o neutra del primer paso, pero le falta el tercero. Así se explica que el deseo de la mujer, si falta la homofilia, se convierta en identificación con la imagen de la mujer en el espejo, un sentimiento muy fuerte.  

Ahora bien, es un proceso inestable, porque la hormonación produce un descenso de la libido, que a su vez lleva con el tiempo a una intensidad mucho menor de la identificación con la mujer.  

Lo que la sostiene es la no-homofilia, que puede consistir en una verdadera androfobia (aversión a los varones y a la imagen de sí mismo como varón) que puede incluir aversión a los genitales masculinos. Si se llega a la cirugía de reasignación genital, sus resultados serán paradójicamente estables, por fundarse en una androfobia biológica y por tanto estable.  

Con el tiempo, la homofilia puede desarrollarse superficialmente produciendo una androfilia inestable. 

En cambio, la transexualidad  de varón a mujer andrófila, que no conozco por dentro, me parece que sigue el mismo esquema pero de manera diferente. 

No me atrevo a hablar mucho de ella. Sólo diré que en ella, la identificación con lo femenino suele ser muy temprana, desde los tres años por ejemplo 

La libido suele formarse cruzada, dirigida hacia los varones, a quienes se ama y desea.  

Si este amor produce una homofilia fuerte, la persona evoluciona homosexualmente, aceptando su condición masculina de sexo pero a la vez su feminidad de género.  

Si, por lo que sea, no se ha producido la fase homofílica, entonces queda la identificación temprana y la persona evoluciona transexualmente. 

En los dos casos, en este caso es donde más sirve la definición de “alma de mujer en un cuerpo de hombre” En mi caso, me definiría como “alma neutra en un cuerpo de hombre”. Pero paradójicamente, por ser la identificación tan temprana, la persona se suele aceptar completamente como es, sin traumas. Puede ser que se identifique con los varones, aunque valorando su fuerte lado femenino, o puede ser que se identifique más con las mujeres, aunque en este caso no suele sentir la necesidad de una cirugía de reasignación genital; si llega a ella, es reflexivamente, para ser  más deseable por los varones a quienes ama. Si no, es porque piensa que siempre ha sabido que es una mujer y siempre su cuerpo ha sido así, por lo que no tiene que transformarlo. 

Todo esto es muy estable y tranquilo. 

Me parece que la transexualidad de mujer a varón  ginéfila sigue el mismo esquema que la anterior y también es muy estable. 

El sentimiento básico en ella es la identificación con lo masculino y a la vez el amor por las mujeres. 

No hay apenas más diferencia entre los transexuales masculinos y las lesbianas camioneras que los primeros no aceptan su cuerpo y las segundas sí, lo que tiene que ver posiblemente con que los primeros no han pasado por la fase homofílica –o la han pasado con los varones- y las segundas sí. 

En todo caso, la actitud hacia el propio cuerpo suele ser realista, y depender de las circunstancias, igual que en la transexualidad andrófila de hombre a mujer. 

¿La transexualidad andrófila de mujer a hombre se parece en cambio más a la que he descrito al principio?  

No lo sé; parece también más inestable; tendré que pensarlo. Tendría que hablar tranquilamente con muchos transexuales masculinos; ya lo he hecho con algunos amigos, a fondo, pero tendría que hacerlo con más. A ver si lo consigo.

Kim Pérez 28-01-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                          La Almendra de la Transexualidad

 

Las siguientes reflexiones puede que ayuden a ver dónde está la almendra de la transexualidad. De hecho, me las hago en un momento en que ya pienso en otras cosas y vivo mi vida, interesada por mil cosas distintas, la filosofía, la historia, la genealogía… 

Estoy en ellas, me dedico a ellas, me distraigo de la transexualidad, y cuando veo a otras personas y me veo a mí, veo que mi naturaleza no es muy masculina, pero es suficientemente masculina, ambigua, delicada, pero masculina. Me hago el test de los Reyes Magos y me sale eso. Sé dónde estoy, de los dos lados que hay. También pienso en lo que siento que soy, y tal como lo veo, me digo que tengo una identidad básica masculina. 

Sobre todo, no me veo en el otro lado, me veo más parecida a los hombres que a las mujeres, en mi trato, en mis conversaciones, en mi estilo de vida. 

“Bueno, pues has llegado a un punto claro. Deja tu falda, ponte pantalones, deja de hablar en femenino,  vuelve al masculino, vuelve a vivir como un hombre en público, que todos te vean como un hombre”. 

No. Estoy a gusto como estoy. Me gusta llevar falda, me gusta que los taxistas  me llamen señora, me tranquiliza y me da seguridad. 

“Eso es que ya me he acostumbrado, pero no corresponde a la realidad, estaré mintiendo por vivir como mujer, si no soy mujer ni me siento mujer”. 

Pero me imagino volviendo a ponerme pantalones de hombre, volviendo a usar los aseos de hombre, dejando que me llamen “caballero” y volviendo a plantarme en la vida como hombre. ¡Qué tristeza! 

Seré lo que sea, me sentirá como me sienta, pero en la práctica, no quiero hacer lo que parece lógico, pero probablemente no lo sea. Estoy más a gusto detrás de este cristal invisible, con esta distancia de seguridad que me separa de los hombres, diciendo “sí, seré masculino, pero estoy a este lado, que no es nada, que no tiene nombre, pero que está separado, que no me obliga a vivir como hombre”. 

Supongo que este cristal, que no se ve, pero que tengo que reconocer que existe, que es sólido, aunque sea transparente y parezca que no está, es la disforia. 

En resumen, cuando me dejo llevar por las convenciones, pretendo vivir como si todo fuera correlativo, como en las otras personas, una naturaleza, una identidad, una manera de vivir, un placer en todo ello. Pretendo no ser una persona problemática, adaptarme con naturalidad, decir “soy un hombre” o “soy una mujer” y punto, como lo hacen todos, y vivir a gusto, y no puedo. En mi manera de ser,  hay dudas y desajustes, es decir “soy esto, me siento esto”, pero “no es suficiente”. 

No soy Portugal, en paz consigo mismo, soy España, dividida y conflictiva, ésta es mi naturaleza y mi identidad. Pero es mejor ser España.

Kim Pérez 21-01-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                          La Begum Nawazish Ali, que grande es

 

Pakistán era una feria, lo es, lo era, lo volverá a ser, cuando se le cure y se disuelva esa horrible costra gris que le ha salido en un costado. El Pakistán era alegre; cuando llegaban las fiestas de Dios y de los santos, las mezquitas se alumbraban con bombillas de colores en figuras barrocas y sonaba la música por todas partes, el ritmo tan deseado, que llena los corazones, mientras los paseos abarrotados de gente se llenaban con el humo de las fritangas y el aroma de los pinchitos.  

La gente iba entrando en las mezquitas, los hombres y las mujeres juntos, a la misma sala, éstas con sus hermosas matas de pelo rizadas que se agitaban largamente a un lado, a otro, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, mientras sonaba el ritmo de las coplas, la música de los tamboriles y las tablas, las canciones desgarradas, felices, cantos de amor en la noche, “Alla-hu, Alla-hu”, los cantos de los corazones humanos que persiguen la felicidad. Es que la población del Pakistán es casi toda sufí, la mejor de las versiones del Islam, libre y amante, porque con decir que el emblema de los sufíes es un corazón con alas, está todo dicho. Un poco hortera en sus versiones populares, para decirlo todo, oliendo a pachulí, ahora pacá, ahora pallá, pero éste es su mayor encanto, lo que demuestra que es verdaderamente popular, aunque no se sepa si esto es un éxtasis o es que la gente se pone y se coloca, porque aquí no se bebe vino, es la única diferencia con las ferias nuestras, se consumen otras cosas y sobre todo la gente se deja arrastrar por el deseo infinito, perfecto, absoluto, la sed humana. 

He hablado mucho en pasado y no, esto es presente, fue y es así, felizmente, hasta que se metieron los talibanes, barbudos, serios, severos, fuera la música, fuera las mujeres, venga, con el burka, fuera de las mezquitas encendidas donde entran a mover acompasadamente los cuerpos y las matas de pelo, oyendo la música que bajaba por los alegres desiertos. Las bombas empezaron a estallar, eso sí que es música, y el suave Pakistán, el alegre Pakistán de la noche, el alma y el corazón, se retuerce ahora de dolor y la sangre se le sale.  

Ahora, en el mismo momento en que no se sabe cuál de los dos espíritus se va a salir con la suya, el diablo disfrazado de santo o el santo disfrazado de pecador, está en medio de la televisión pakistaní, esto no se puede creer, parece una alucinación pero es verdad, un travesti que es la estrella principal de la nación. Digo un travesti porque después de cada programa su belleza se deshace, se quita el maquillaje de los ojos, tan bellos, las mejillas y los labios, se saca los postizos de los pechos, se quita la hermosa peluca y vuelve a ser un muchacho de menos de treinta años en camisa blanca y vaqueros. Pero, mientras ha actuado, ha sido una mujer perfecta, tan guapa que su principal encanto son sus gestos mesurados y sus labios perfectamente pintados tan irónicos y su mirada feliz. Entrevista a todo quisque, políticos e industriales, intelectuales y generales, feroces bigotudos y caballeros britanizados y los deshace con su encanto femenino que hace olvidar que se sostiene sobre un cuerpo de varón, como un fantasma sobre una médium.  

Se llama Alí Salim, o Ali Saleem, según la grafía inglesa, para quien quiera buscar cosas sobre ella, un nombre de hombre. Es bisexual, ama todo lo que es amable, e hija de un coronel retirado, como yo. Es graciosa, inteligente, divertida, cáustica, hace reir a un país que detrás del cristal del televisor se desgarra. El gobierno del señor dictador Musharraf ha querido quitarla, pero no ha podido. Otros habrán pensado cosas peores. Es la gracia de Pakistán la que sale todas las noches que ella habla y está ahí. 

Él se ha inventado un personaje, es decir, no es ella misma, sino alguien a quien representa. Es  la viuda inteligente y rica, una Begum, que incita a quien la visita y le musita encantadoramente “libertad”, con sola su presencia. Es la trans más importante del mundo, más grande de la Historia en donde está y en medio de dónde está, transformando la angustia en risa gentil y amable. Nos hace soñar. Es la representación de lo que significa ser trans, que no lo sé explicar ni me atrevo a decirlo, pero que es lo que ella es: el encanto, la belleza. 

Cuando se pone de pie en el plató, su figura se descompone, porque es más bien masculina. La cabeza demasiado grande sobre un cuello ancho, la túnica y sus pliegues cayendo sobre un un cuerpo estrecho, de líneas rectas. Es como es. Vuelve a sentarse y son sus ojos, sus labios, su voz, los que arrullan el alma. 

Kim Pérez 14-01-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                       Camino de Chueca

 

Algún día puede ser que eches de menos esta vida tranquila y casera”, me dice uno, y tiene razón. 

La vida puede ser no dura, sino durísima, y de qué me quejo. 

Anteayer fui con mi amigo Zeta que no es gay, pero es músico, la cosa más parecida a los gays que se vende en los heteros, a tomarnos un café en “La Dolce Vita”, un bar, cerca de casa. 

Me encantó el rato y absorbí todos los detalles por todos mis poros. Lo han redecorado y han conseguido un ambiente que voy a contar; la luz es fuerte, en general, pero los tonos son calientes, amarillo, rojizo, marrón, sombrío, todo brillante. Había en la pared un televisor de plasma, grande, donde ponían un partido de fútbol, con el color verde del césped y el blanco de unos jugadores, y había cinco o diez curritos en tres o cuatro mesas, mirándolo. Solos, cada uno. ¿Por qué se habían bajado de sus casas al bar para verlo si estaban aislados, separados cada uno como un metro? Pero se lo pasaban bien, moralmente juntos, y ayudaban muy atentos si alguien buscaba algo. 

Zeta y yo nos pusimos tras un pilar pintado de oscuro para que no nos distrajera el espectáculo, porque a ninguno de los dos nos interesaba. A mi derecha estaba la barra, con la chica argentina rubia, guapa, pero un poco desmejorada, que nos saluda amigablemente cada vez que vamos, y tras de él, estaban los colorines de una máquina de juego y la de tabaco no apta para menores. En la máquina estaba jugando un hombre vestido de pana amarillenta,   coleta de pelo rubio; se volvió un momento y vi que tenía también bigote rubiasco, un tipo duro. Me hubiera gustado más que fuera delicado y nostálgico, un muchacho con quien hablar mucho. 

Zeta y yo estuvimos hablando un rato, pero por desgracia no podíamos hablar de lo que me hubiera interesado: de los hombres que te hacen soñar, de los amigos del alma. Nos tomamos primero dos cafés, uno cafeinado y otro descafeinado de máquina, bien hechos, como allí los suelen poner. Luego, como era Navidad, se me ocurrió que debíamos tomarnos unas copas, y yo pedí para mí un pacharán seco, que me lo puso la otra muchacha, la morenita y pálida, no la argentina, larguísimo, que temí que se me subiera, y Zeta pidió un licor de whisky y, como no lo tenían, se despachó con un coñac, que preguntó y eligió, y luego me acercó para que lo oliera, un aroma caliente que daba miedo. 

“¡Bares! ¡Qué lugares!”, eran las palabras que se me venían a la cabeza. Para que hubiera sido un rato perfecto, sólo faltaba que hubiera sido de ambiente el bar o de medio ambiente. 

Eso fue anteayer. Ayer, salí por la mañana por el lateral de mi casa, y bajé por la parte de atrás, una cuesta que da al valle del río, frío en invierno, pero despejado y alegre. 

No había nadie o casi nadie en la cuesta, junto a los cañaverales, y me dio un poco de miedo. Pasé junto a un grupillo que estaba tomando el sol en la barandilla y comiéndose unos bocadillos liados en un papel por lo que vi de refilón y el colmo fue que noté que alguien se separaba y se venía tras de mí. 

Anduvimos como unos tres pasos y de pronto me habló y al volverme vi la amistosa cara de Uwe Doble, con rizos rubios bastante crecidos y desaliñados, delgado pero bronceado, y un bigote rubio parecido al del Capitán Jack Sparrow. Me felicitó las Pascuas y me contó que estaba viviendo en la calle con sus amigos sabe Dios dónde y cómo, con este frío y que pronto se iría en busca del sol. 

Por cierto, hablando del Capitán Jack Sparrow, nunca he visto a ningún hombre que parezca más una mujer, guapa, joven, angulosa y sensual, de labios anchos, con un bigotillo una barbita postizos y un gorro de pirata. Combate a sablazos y resulta femenino y encantador. 

Bueno, volviendo al paseo que estaba dado, de pronto vi, en lo alto de la colina que queda al lado derrecho del río, mirando hacia arriba, esa especie de castillo semicircular que es un bloque de pisos encima de una muralla lisa y sin ventanas y me acordé de pronto, pinchándome la nostalgia, que en él vive Ka, que es un antiguo compañero de colegio, de cincuenta años antes, al que recordaba como el más gallardo de todos, siempre discreto y bien educado. Lo reencontré hace meses, y resulta que vivíamos al lado. Una mañana nos vimos en la calle en que vivo, bajo los árboles, estaba tan guapo como siempre, me acompañó amablemente al asador donde iba a buscar la comida –me acabo de acordar de que tengo que encargar la de hoy- y luego volvimos tranquilamente, hablando y comentando asuntos de política hasta que me dejó en la puerta de mi casa, sin la menor preocupación por ser visto y comentado junto a una transexual. No sé si le gustará que cuente esto, pero lo pongo porque estos sentimientos me gustan. 

Seguí dando el paseo, pasé por delante de “Casa Paco”, el merendero al que he ido varias veces con mi amigo Equis y donde está clavado mi corazón con todos los recuerdos y nostalgias, llegué al nuevo puente colgante y di la vuelta, viendo enfrente los antiguos bajos industriales y proletarios, de gente leída y libre, en los que da alegremente el sol y que se reflejan en las aguas del río, y luego seguí, acechando a ver alguna pajarita de las nieves en alguna piedra del cauce, echando de menos el soto medio salvaje de álamos y yedras que quedaba al lado y admirando la casa posmoderna que han hecho en su lugar, una caja de cristal sobre pilotes metálicos, con un tubo de cristal que es el ascensor, que sube desde la altura del río hasta el único piso; algo digno de salir en un sueño, lleno de significados. 

Echo de menos la libertad de coger un tren Altaria e irme a Madrid, a Chueca. Sé que por el camino iría con la cabeza apoyada en el cristal, fantaseando con lo que pudiera encontrar en esos días, como una quinceañera. 

Me sentiría libre, e integrada en un mundo maravilloso. Por cierto, tengo que comprar el Zero en cuanto salga para saber que estoy cerca de él. 

En Madrid, sé lo que haría; saldría con mi querida amiga Jota, tan libre, y nos iríamos a cenar y luego a un bar. Me bebería desde luego todo lo que viera: manos junto a manos, brazos entrelazados, cuerpos que gravitan despreocupados unos junto a otros, besos que se escapan de pico o de tornillo, sonrisas o mejor muchas sonrisas, también las caras pálidas y las ojeras de la depresión y la frustración, mejillas con barba de dos días, de las que encanta sentir junto a la tuya, sentimientos a tope, en fin, todo lo que valoro. 

No es que yo me vaya a comer ninguna rosca, ya no está el horno para bollos, pero sería suficiente para mí ver y sentir. 

De trans, voy a decir las que ahora me gustaría encontrar. Además de Jota, que me gusta como he dicho por lo libre que es, porque con ella se puede hablar de cualquier cosa y con cualquier punto de vista, ahora me gustaría encontrar a alguna travesti, literalmente, alguien pintadísima y que al volver a casa se lavara la cara y se quedara en camisa blanca y vaqueros y que sin embargo, aun así, dejara claro que es una travesti, y se percibiera eso en todos sus poros, o hacerme amiga de alguna drag, que es lo mismo, pero más exagerado y más soñador. 

No me hago ilusiones de que las cuatro palabras que cambiásemos esa noche llegaran a más; una amistad es algo mucho más casual y complicado. 

Pero bien visto, tampoco tengo que irme a Chueca para conseguir eso y frustrarme con eso. Lo mismo lo puedo conseguir y lo mismo me puedo frustrar en el ambiente de Granada, donde también hay como una Chueca que empapa toda la ciudad llena de estudiantes. Sólo tengo que ponerme de acuerdo con mi amiga Y Griega, que es muy cariñosa, de izquierdas y hetero, y a quien he conocido por medio de Ka, y organizar una salida nocturna, un cruising asexual, vamos. 

Una mujer hetero es capaz de meterse y disfrutar en el ambiente, lo que nunca le pediría a Ka, por músico que sea, porque un hombre hetero es mucho más mirado y timorato para esas cosas. Bueno, pues salimos Y Griega y yo y disfrutamos. Muchos me saludarán y yo les presentaré a ella. Deseo algo más o mucho más, pero eso, a lo peor no llega nunca y a lo mejor, me giro de pronto, en mi misma calle, y allí está.  

Kim Pérez 07-01-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                   Trans en la Juguetería

 

Más que un cuento de Navidad, este año voy a esperar otra vez a Papá Noel o a los Reyes Magos, con el fin de hacer un recorrido por los juguetes que una vez nos gustaron y que eso nos permita conocernos mejor y saber dónde estamos y a dónde vamos. 

Explicaré que voy a dar un rodeo para aclarar lo que son los juguetes y lo que  es el juego; pero este rodeo es necesario para entender lo que han sido los juguetes para las personas transexuales que hoy son adultas y lo que nos enseñan y lo que no nos enseñan sobre nosotras mismas; fundamental, en los dos casos. 

Que un niño pueda elegir sus juguetes es lo más importante; el juego es el único momento en que es soberano y dueño de su vida. Son sus sueños y sus fantasías los que pone en el juego; se va conociendo a sí mismo mediante ellos. 

El juego no es un juego; es una actividad muy seria y verdadera en la que se expresan las perspectivas de futuro, ya que el presente está para los niños sumamente limitado. Es la naturaleza del niño, su inconsciente y su consciente, lo que aparece en sus juegos. Los juguetes los elige como medios para expresar lo que quiere decirse a sí mismo y decir a los demás. 

Por eso es tan importante que los adultos no interfieran en los juegos de los niños. Con buena intención, sé que se pretende lo mejor para ellos. Pero lo mejor para ellos es dejar que cada cual despliegue en el juego lo que hay dentro de sí, tan profundo y delicado, y de lo que el adulto no tiene la menor idea, como nadie sabe lo que hay en la mente de otra persona. 

Cuidar de que el niño no se haga daño y que no haga daño a otras personas; ahí terminan las competencias del adulto. 

Hay una opinión generalizada hoy que supone que los adultos educan a los niños mediante los juguetes que les dan o les niegan; por ejemplo, que si se les regalan juguetes bélicos los niños serán belicosos. Esto es falso.  

Todo ser humano tiene de su herencia biológica cierta dosis de agresividad, necesaria para la supervivencia. El niño que pide un arma de juguete, simplemente necesita expresar esa agresividad básica, que es simplemente un hecho interior. Si se le niega, pondrá por delante la inmensa creatividad infantil y usará un bolígrafo para hacer disparos imaginarios; para que en el futuro controle su agresividad no bastará con que se la niegue, sino que deberá ser educado en los medios y los fines de una vida verdaderamente humana.

Lo mismo pasa cuando se pretende enseñar el no sexismo mediante juguetes no sexistas. Esto viene del antiguo supuesto de que la mente humana, al nacer, es “tam quam tabula rasa”, es decir, como una tabla lisa en la que otro puede escribir lo que quiera. 

Desde Kant se sabe que esto no es  cierto, que el ser humano nace ya con ciertos condicionamientos mentales, predispuesto a ver ciertas cosas y a no ver otras; gracias al lenguaje informático, podemos decir que viene programado para ciertas funciones y no para otras. 

Esto es verdad también sexualmente; la feminidad o neutralidad o ambigüedad primera de los embriones se rompe cuando el cromosoma Y induce en la gestación un chorro de andrógenos, variable de intensidad, eso sí, que predispone más o menos  a la personilla XY a unas actitudes distintas de las de la personilla XX. 

Esto tiene que ver con la elección de juguetes, pues ya hemos visto que el juguete expresa lo inconsciente y lo consciente, las pulsiones que hay dentro de cada cual, más o menos confusas o evidentes. 

Lo puede saber esto el feminismo llamado de la diferencia; no lo sabe el feminismo de la igualdad, que insiste en que la sexualidad es también una “tabula rasa” o lo que es lo mismo, que el ser humano es todo cultura, todo dependiente de lo que haya aprendido y se le haya enseñado, olvidando que es verdad que somos en gran parte cultura, pero también somos naturaleza. 

Ya vamos llegando a la sexuación de los juguetes y a sus variantes en las personas transexuales. La ideología feminista de la igualdad piensa que los niños y las niñas eligen determinados juguetes porque se les enseña a elegirlos y se les niegan otros. Pero el niño no recibe ciertos juguetes y después aprende a jugar con ellos. El niño desea ciertos juguetes, los pide afanosamente antes de haberlos recibido. La prueba de esta afirmación se encuentra en nuestro interior y en nuestros recuerdos: el amor con el que miramos ciertos juguetes y el desinterés por otros. 

Generalmente, los juguetes que se piden son conformes con el propio género, pero otras veces son neutros o cruzados. Es verdad que en este tercer caso, los padres suelen negarlos; pero creo que es porque no entienden lo que está en el alero. 

Ahora vamos a hacer ya el recorrido por la juguetería para ver cómo se clasifican los juguetes en masculinos, femeninos y neutros, y cómo las personas transexuales elegimos unos y otros; quizá elegimos algunos masculinos, algunos femeninos y algunos neutros. 

Está el anaquel de los juguetes que se clasifican como masculinos porque los pide la mayoría de los niños y literalmente sueñan con ellos: en él se encuentran primero los vehículos de todas clases –autos, camiones, trenes, aviones, barcos-; luego las armas y los disfraces de guerrero; también los edificios para juegos de guerra, como los castillos o los barcos piratas armados hasta los dientes; las construcciones por piezas, como las arquitecturas y mecanos; los balones; y, lo último pero no lo menor en nuestro tiempo, los videojuegos, especialmente los que representan combates de mil maneras y estilos o carreras en que los autos virtuales se lanzan a toda velocidad. 

Todo ello expresa pulsiones muy arraigadas en la mente masculina: acción; agresividad y combate, directos o simbolizados en los deportes; y por lo que respecta a las construcciones, la intensidad de la pulsión de análisis, que es la misma que lleva a un niño chico a romper el cochecito que se le acaba de regalar: para ver cómo está hecho. 

No sé lo que otras personas pueden saber de lo que vivieron; lo que sí puedo decir es cómo pasó delante de aquel estante el niño que fui yo: maravillado por un avioncito que me compró mi padre, que volaba de verdad, con un resorte, y en la caja se le veía entre unas nubes grises; habiendo soñado, una noche, con un tranvía amarillo y todo, de un metro de largo y casi medio metro de alto, que me ilusionó mucho; habiéndome hecho yo mismo barquitos de pesca con grandes corchos y mástiles de caña. Interesado, en otras palabras, por la sección de vehículos de todas clases que hubiera en aquel estante. 

En cambio, me habría repelido literalmente toda la parte de guerra. ¡Qué feos son los muñecos guerreros, supermusculados y agresivos que les gustan a tantos niños! ¡Qué latazo y qué aburrido que en un videojuego que tiene a lo mejor verdes prados y hermosos palacios no haya más remedio que combatir y hasta destruirlos! 

Lo más curioso es que sé que soy una persona agresiva; pero o lo soy menos de lo que creo,  comparativamente, o no necesito fantasear con ello o no estoy programada como los videojuegos. 

Las pelotas, para qué decir: nada. Me hubiera deprimido que alguna vez los Reyes Magos me hubieran traído una e inmediatamente la habría arrinconado en un armario, para no verla. No hay en mí nada de esa necesidad de formar bandos y de combatir y sudar durante dos años que apasiona a tantos varones hasta hacerles tocar el cielo.

En cuanto a las construcciones por piezas, tampoco nada de particular. Me interesa el resultado final, el palacio hecho con aquellos tacos de madera de colores, pero quisiera dejarlo hecho. En cuanto a los mecanos con los que se hacían las que me parecían horribles máquinas desnudas, nada de nada; más bien, bajo cero, bastantes grados, repulsión, vamos. 

Paso por delante del estante de las niñas, porque sus juguetes les interesan a la mayor parte de las niñas. 

Veo en ellos bebés. Nada, cero. Los bebés me aburren. Un bebé concreto, un sobrino, me enternece, pero de ahí a soñar con los bebés en general, a querer tener un bebé, hay una distancia por la que yo no paso. 

Hay cerca unos caballitos, rosados o celestes, con grandes crines rizadas y doradas. Son una mezcla de caballo, bebé y adolescente. A muchas niñas les deben fascinar, porque los fabricantes los hacen; si no, no seguirían fabricándolos. El juego con ellos, en general, debe de consistir en peinarlos, una acción que les gusta a muchas niñas. 

A mí esos colores desvaídos, esa blandura excesiva, esas melenas en vez de crines, me producen desolación; no ya ternura, sino también repulsión; en fin, no están hechos para mí, no estoy hecha para ellos.

Las muñecas, propiamente dichas. Con vestidos para ponerles, con pelo para peinarlo. Son amigas, para compartir la vida, o proyectos de futuro. Su dueñecita querría ser un día como ellas. 

Yo recuerdo que las de mi hermana no me interesaban. Nunca jugué con ellas. Menos me hubieran interesado los aditamentos, generalmente rosados, que hay ahora, piezas de otro mundo para mí. 

Quizá con algún muñeco me hubiera sentido compañero y amigo querido. Tuve un Teddy Bear, un osito con chaleco y pantalón, al que tuve cariño, pero tampoco mucho. 

De lo de los peinados salen las peluquerías. En general les gusta a muchas niñas todo lo que sea peinar porque es una forma de acariciar a otra persona y a la vez de ponerse guapas. 

Si a muchos niños les gusta la acción, a muchas niñas les gustan las relaciones personales, la protección a los bebés, soñar con que son atractivas y queridas. También es verdad que a otras les traen sin cuidado esas cosas, como a una hermana mía, a la que le gustaban los autos y jamás jugó con muñecas. De mayor es una magnífica madre. 

Pero yo andaría caviloso por aquellos estantes, hasta que llegando al final vi ¡una casita de muñecas! 

Me gustan; no sí si más o menos que los avioncitos y los barcos, pero me gustan. De pequeño, además, vi en el jardín de una casa de Almuñécar una casita de verdad, con habitaciones de metro y medio de alto y puertas de un metro, por las que pasaban los niños, se asomaban a las ventanas de verdad y subían por una escalerita hasta un cuarto que había en el piso alto, también con su ventana. Era una preciosidad. 

Me gustaría tener una casita de juguete, a condición de poder elegir su mobiliario, de amueblarla poco a poco para que expresase lo que yo quiero, de que tuviera una fachada como a mí me gusta. 

Vamos, me gustaría tanto, que se me acaba de ocurrir que debería comprármela –a la vejez, viruelas- y ponerla como a mí me gustaría. 

¿Ponemos este juguete entre los neutros? No; yo creo que es más bien de niñas, por su delicadeza, por la paciencia que es precisa para cuidarlo, por la expresión de sentimientos que se ve en él. Cualquier niño bruto lo machacaría en un pispás. 

Este gusto por las casitas es hasta el punto de que en las redes de trenes de juguete, me gustan mucho más las estaciones y las maquetas, las casas tirolesas, los abetos, los caminos, las vacas, que las vías o los propios trenes. Vamos, levantaría las vías por mi gusto. 

Los juguetes neutros, de verdad, son los de sobremesa: los puzzles, los tableros de juegos… Les gustan por igual a muchos niños y a muchas niñas. A mí me aburren, porque no dejan lugar a la imaginación y a mí me gusta que los juguetes dan pie para fantasear. 

Al recapacitar, me doy cuenta de que me pasa algo parecido a lo que sentí con los juguetes de niños: que no me interesa la mayoría de los muy sexuados –de guerra o muñecos- pero me interesa una clase de juguetes de cada estante: los avioncitos y los barcos; las casas de juguete. 

Esto me dice, claramente, que tengo una naturaleza ambigua. Me lo confirma, no queda lugar a dudas, porque me expreso a mi manera, un poco como los niños, un poco como las niñas, pero distinto de unos y otras. 

He pretendido que otras personas trans reflexionen sobre sus recuerdos, para conocerse mejor. He leído que una trans, ya avanzada su transición, pudo reconocer que le encantaban los trenes de juguete, con lo que pudo ser más fiel a sí misma. 

Otras trans dirán: “Me han gustado siempre las muñecas. Ahora tengo mi cuarto lleno de muñecas por eso”. Eso significa que serán menos ambiguas, más femeninas que yo. Pero ellas tienen derecho a ser como son y yo a ser como soy. 

También puede haber las que digan: “¡Pues a mí me han gustado siempre todas las cosas de niño, cochecitos, armas, balones, videojuegos muy guerreros! ¿Qué soy yo?” 

Yo creo que el detonante de la transexualidad no está en la ambigüedad, ni en la masculinidad, ni en la feminidad, sino en el conflicto. Si la naturaleza de cada cual se vive sin conflicto, no habrá transexualidad. Si lo hay, relacionado de alguna manera con el género, habrá transexualidad, sea la persona masculina, femenina o ambigua. 

O sea, que yo a estas últimas que dicen que sus juguetes eran todos masculinos, les diría: “Tú eres trans”. 

Y luego añadiría: “Y partes de un conflicto, como todas. Analízalo para ver a dónde te lleva y a dónde no te lleva”. 

Y a mis queridos amigos, los transexuales masculinos, con su gusto por el anonimato, les diría: “Muchas veces, vosotros ni os lo preguntáis. Os gustaron siempre los juguetes de niño y rechazásteis con energía los de niñas. Luego os gustaron las compañeras de clase y luego deseásteis a las mujeres. En vosotros suelen estar las cosas más claras, porque la hiperandrogenia no engaña. El conflicto básico que vivisteis fue la contradicción entre lo que deseábais y lo que se suponía que debíais desear” 

Pero puede haber personas, trans femeninas o trans masculinos, cuyos recuerdos con los juguetes sean distintos de los que pongo aquí. Si quieren hablar de ellos conmigo, aquí estoy. Felices Pascuas y que Papá Noel o los Reyes Magos os traigan lo que siempre habéis querido.

Kim Pérez 17-12-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                              Polaridad sexual y transexualidad

 

La sexualidad es una polaridad. Físicoquímicamente, cumple el efecto electromagnético de que “polos del mismo signo se repelen; polos de distinto signo se atraen”. 

Sin embargo, socialmente se le acumula un efecto secundario, pero contrario. La sociabilidad está guiada por el principio de afinidad y, a efectos sociales, “polos del mismo signo se atraen y de distinto signo se repelen”. 

Esto sucede a efectos sociales, no sexuales, y es el fundamento de la homoafectividad, presente en la vida social humana, que forma grupos de sexo que, a su vez, psicológicamente, dan lugar a la identificación y a la identidad. 

Una homoafectividad muy intensa puede erotizarse y entonces se convierte en homosexualidad. Para que eso sea posible, es preciso suponer que el erotismo es una fuerza en principio indiferenciada, anterior a la polarización sexual, algo así como la fuerza de la vida, las ganas de vivir y de gozar. 

En la vida social humana, la homoafectividad puede no haberse desarrollado en algunas personas por razones como la falta de experiencias de afinidad. Entonces no se produce identificación con el propio género y la identidad resultante puede ser débil o inexistente.

Pero la necesidad humana de entenderse a sí mismo o de tener una identidad cognoscitiva, de poder darse un nombre, a falta de una identidad alineada con el propio género, puede producir una identificación  cruzada, dando lugar a la transexualidad. 

Para entender bien lo que quiero decir, hace falta mirar atentamente algunas sutilezas. Primero, todo ello sucede a nivel social o de socialización. Segundo, la falta de experiencias de afinidad puede deberse a diferencias objetivas en el grado de afinidad (hipoandrogenia XY o hiperandrogenia XX) que sean socialmente amplificadas; pero puede deberse también a otros conflictos cualesquiera que impidan una comunión de afinidades. Tercero, la identidad de género pensada, sentida, subjetiva, puede formarse por una identificación cruzada fuerte o puede no formarse definidamente, por lo que se queda indecisa, ambigua, oscilante. 

Como todo eso ocurre en el nivel social, es compatible con que la sexualidad siga polarizada. Una persona con identidad cruzada puede sentir la atracción-repulsión fisicoquímica coherente con su genitalidad. O puede no sentir esa atracción-repulsión definidamente  si  su sexualidad está poco definida (hipo-, hiper-) O puede ser que primero haya sentido la homoafectividad-homosexualidad y que eso haya producido una identificación cruzada (si siento así, es que soy una mujer, o un hombre, porque me gustan mucho los hombres, o las mujeres) y en estos casos  la pulsión sexual es más fuerte que la identificación cruzada, hasta el punto de poder renunciar a ésta con tal de seguir aquélla.

Kim Pérez 17-12-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                               A quienes no pueden cambiar

 

Algunas estimaciones, poco comprobadas y poco comprobables, aprecian en un dos por ciento el número de personas que sienten alguna forma de pulsión trans, incluidas naturalmente las que no la manifiestan públicamente de ninguna manera. 

Dos por ciento es una cifra muy alta, mucho más alta, cien veces más alta que el uno por diez mil o por veinte mil en el que se estiman las personas transexuales. 

Esto significa que son muchas las personas que no manifiestan sus sentimientos, que no los hacen públicos de ninguna manera o sólo en una intimidad estrecha y casera. De hecho, no vemos a tantas personas, no nos encontramos con ellas, ni siquiera en las asociaciones trans. 

Escribo para estas personas, de las que yo he formado parte hasta los cincuenta años, por lo que conozco demasiado bien el inmenso dolor que viven.  

El sufrimiento puede ser tan grande, que incluso te pregunten angustiadamente: “¿Esto tiene cura?” 

Desde mi punto de vista, la respuesta tendría que ser: “La pulsión trans no es mala en sí, porque es una respuesta, una adaptación ante un conflicto. Por tanto, la palabra “curación” no es adecuada. Pero como todas las pulsiones debe ser racionalizada o controlada. No podemos dejarnos llevar simplemente por ella. Si hay circunstancias que realmente nos lo impiden, estas circunstancias merecen mucho respeto. Y el uso de la razón es nuestra sola fuerza para salir adelante, empezando por no hablar de curación sino de adaptación” 

Yo me escapé in extremis porque las circunstancias pasaron de impedírmelo a permitírmelo. La puerta se abrió, pero ahora, dieciséis años después, no estoy segura de que abrirla como yo la he abierto fuera la única manera de abrirla.  Otras personas, amigas mías, a quienes conozco bien, incluso de mi misma edad, no han podido escaparse y siguen atrapadas por sus circunstancias e hipnotizadas por la única puerta que ven. 

Y son, como digo antes, probablemente la mayoría de las personas trans. 

Supongamos que, andando el tiempo, para algunas de ellas cambia el viento, como cambió en mi caso, y pueden expresar sus sentimientos, aunque sea en una edad tardía en la vida. 

Pero supongamos que para otras no cambia y no lo consiguen. Están ahí, viendo la alegre conversación de quienes han podido y sin poder participar de esa alegría. ¿Qué puedo decirles? 

Paradójicamente, la situación de no expresión nos pone también frente a frente de la naturaleza de lo trans, a lo que hay que mirar como es, para intentar soportar su falta de expresión. 

Primero, hay que racionalizarlo en lo posible. Muchas trans no “somos” trans=mujeres, sino que “tenemos” una pulsión trans, cuya historia hay que reconstruir y entender para poder controlarla racionalmente, como los humanos debemos hacer con toda nuestra vida. 

Segundo, en los casos en que la pulsión trans va unida a una excitación, lo que la potencia inmensamente, se produce también una angustia extra e irracional. Si sólo pienso en el cambio de género, podrá dolerme porque hay motivaciones profundas para este pensamiento, pero si además lo deseo, si es causa de un erotismo y este erotismo no tiene perspectivas, el dolor puede ser terrible. Para estos casos, como fue el mío, puedo dar la solución que entendí para mí: con asesoramiento médico, bajar la libido de manera que la mente se clarifique, y para eso sirven tanto los tratamientos que se aplican para las parafilias como una hormonación, en la medida en que los antiandrógenos o los estrógenos producen una disminución de la libido. 

Estos dos pasos son simplemente preparatorios. Faltaría el tercero, referido a lo que se puede hacer con la pulsión trans, cuando no se puede expresar en público. A mi entender, los dos pasos anteriores pueden servir para relativizarla y, en la medida en que queda relativizada, se la ve con cierto distanciamiento, y se la puede empezar a controlar racionalmente. 

Únicamente nos desborda cuando se la absolutiza, es decir, cuando se entiende que trans=mujer (sin matices) y que por tanto mi vida tiene que ser igual a una vida de mujer (sin matices) 

La teoría queer es muy inclusiva y permite la creatividad en la expresión, sin limitarse a fórmulas preestablecidas. Las personas con capacidad creativa lo pueden tener más fácil. Sé que hay una gama de formas de expresión parciales que pueden ser suficientes en condiciones de extrema dificultad. Puedo hablar de ellas con fundamento, porque las he vivido y en mi extrema angustia sé que eran suficientes. Para mí, que era tan pobre de felicidad, por lo que reconozco que unas pueden ser suficientes también para otras personas, y otras, no. 

Pero era suficiente para mí tener amistades transexuales, y usar algunas prendas unisex, y seguir una hormonación (con atención médica) para saber yo, en mi soledad, aunque fuera sólo yo, que se estaba reafirmando mi ambigüedad… 

Me parece, en resumen, que estos tres pasos, voluntad de racionalización, descenso de la libido (cuando sea necesario) y expresión parcial y creativa de la pulsión trans pueden ser suficientes para relativizarla y para conseguir una adaptación mejor a las propias circunstancias.  

Kim Pérez 10-12-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                  Ida y vuelta de una transición

 

Hago este balance de mi transición a los dieciséis años de haberla empezado, por mí, porque necesito saber dónde estoy, pero también por quienes puedan reconocerse más o menos en mí. Desde luego, el titulo indica que ya no estoy de ida, sino de vuelta, aunque quiero explicarme y explicar hasta qué punto estoy de vuelta. En todo caso, la idea de la relativización de la transexualidad, por lo menos en mí, se me reafirma. No se trata de verme igual que una mujer, sino de verme como soy, aceptando mis elementos masculinos y mis elementos ambiguos. 

Perdonadme que haga el comentario hablando de mi experiencia, pero es que me parece que es necesario que se cuenten más experiencias y  las teorías no se queden en el aire. Por otra parte, estoy segura de que habrá mucha gente que se reconocerá más o menos en lo que digo, de manera que ésta no es sólo mi historia, sino que puede ser parecida a la historia de otras personas. 

Sobre todo, para quienes están empezando el camino de ida,  puede ser interesante leer lo que dice alguien que está de vuelta, a dónde he llegado y a dónde no, y lo que he aprendido por el camino. Pues adelante. 

Yo he tenido toda mi vida oscilaciones identitarias. Pero en 1991, ya no podía más y por eso empecé a dar los pasos que poco a poco me llevaron a hacer la transición. 

Sabía todo lo que no había en mí de femenino, pero esperaba que la condición de mujer estuviera en mí reprimida, y que según avanzara el cambio, se decantase también la feminidad en mi manera de ser. 

Sin embargo, el nombre lo elegí porque era ambiguo; me recordaba a la vez a Kim Novak, que me había fascinado en “Me enamoré de una bruja” y a Kim Philby, un espía doble de la Guerra Fría; me hubiera encantado ser espía; moverse sin que te vean. 

Empecé la transición en condiciones muy difíciles; creía que mi trabajo, que era la enseñanza, me impediría hacerlo públicamente. También veía obstáculos insuperables en mi estatura, en el tamaño de mis pies, en mi voz, en mis entradas. 

Estaba dispuesta, de todos modos; había pasado tantos años de represión que cualquier paso era suficiente para mí. Empecé sin pedir mucho: siendo trans entre trans. Fue muy grande entrar en contacto con Transexualia. Aunque fuera con ropa masculina, poder hablar con Mónica, Jenny, Nancy, Miriam, Juana, Raquel, era muy suficiente para mí. Y que ellas me considerasen trans. 

Presentarme en público como trans, aunque fuera en petit comité, tuvo una consecuencia inesperada: había tenido en mi juventud un amigo homosexual –por carta- que fue la vida para mí; y ahora me gustaron los homosexuales en general. Hasta entonces había tenido con ellos un sentimiento desengañado: “No soy como vosotros”. Pero ese verano de 1991 estuve en Cogam, en Madrid, y me presenté como transexual, es decir, diciendo en voz alta para ellos y para mí: “No soy homosexual”. Y establecer esa barrera de seguridad, fue suficiente como para que me diera cuenta de que eran un tipo de hombre distinto: tiernos entre sí, cariñosos, se saludaban con besos, se acariciaban  los brazos, nada prepotentes, nada jactanciosos. Un modelo de hombre que no tenía los defectos que en mi niñez me habían echado atrás de los hombres. Pensé que me gustaban, sentimentalmente, y de que si hubiera tenido un amigo gay en mi niñez, quizá, por sentimentalismo –no por sexo- hubiera sido gay y no transexual. 

Desde entonces eso es tan fuerte que mi mejor amigo es gay, que me encanta estar con gays, que me echo a llorar leyendo novelas de amor gays y  me ha encantado cuando he tenido la ocasión de besar a un gay o de sentir su mejilla pinchuda o suavemente barbuda o de que me acaricie el brazo. Y no hay sexo en nada de ello, nada más que sentimiento: 

Porque los veo como si me viera a mí mismo, en mi adolescencia gentil, esbelta, triste y extraviada. Ellos también han estado estupefactos de descubrirse gays y con frecuencia se sintieron solos y luego marginados y ridiculizados. Sois como yo. 

Cuento esto con detalle, porque ha sido fundamental para que a lo largo de estos años empezara a aceptar la especial masculinidad que hay en mí. Soy como vosotros. 

Pero de momento, preferí obviar este descubrimiento. Mi voluntad fundamental seguía siendo cambiar de género. 

Encontré en 1993 a mi amiga Merche, que me fue importantísima, porque estuvo junto a mí. Gracias a ella, mi transición no fue a solas. 

Pero me seguía pareciendo que tenía que ser limitada. Empecé a hormonarme –bajo supervisión médica, desde luego- pero opté por la ropa unisex. Le llamaba así por ejemplo a los chándales. Poco a poco me decidí a completarla con collares, pendientes, maquillaje y cabellos cuidados –por Merche, que es peluquera- y teñidos. La imagen que me importaba era la que tenía ante mis ojos, pero no me cuidaba de la imagen a los ojos ajenos, lo que hubiera debido hacer, porque la idea, en sí, era buena pero mi imagen era torpe y rara –lo vi al hacerme unas fotos. 

Ya trabajaba así, vivía así, y mi trabajo se mantenía sin demasiados problemas gracias al respeto y el cariño de mis estudiantes. Por entonces, simplemente yo me estaba feminizando, con gran alegría y grandes esperanzas. Seguía tratando a muchas trans y era feliz entre ellas. 

Para mí, todo culminó el 5 de enero de 1995, cuando me operé. Había estado dispuesta incluso a operarme aunque nadie lo supiera, simplemente por mí, para que lo supiera yo. Hubiera sido también suficiente para mí; una isla de salvación en el negro océano de desesperación en el que había vivido durante decenios. 

De acuerdo con mi manera de ver las cosas seguí vistiendo ropa unisex, aun operada, casi dos años más, hasta que la evolución de las cosas sociales me convenció de que sería mejor dar un paso más, y lo di: en octubre de 1996 me puse falda para empezar el curso. 

Ya por entonces me maquillaba y pintaba todos los días, llevaba medias y ropa interior apropiada, usaba bolso, me puse una peluca para mejorar mi aspecto, formaba nuevos hábitos que se volvían naturales. Entraba decididamente en los aseos de señoras (hasta entonces, mis entradas habían sido furtivas, y deseando que nadie me viera), porque ahora eso era lo lógico. 

Sin embargo, la plena identidad como mujer no llegaba. Además, cada vez me interesaba menos. 

Uno –uno- de los resortes que habían empujado mi transición era la autoginefilia, la fascinación por la imagen de la mujer superpuesta sobre la propia, el erotismo del espejo. Había sido suficiente que la libido bajara por la hormonación para que la autoginefilia empezara a ceder.  

Me habían fascinado los pechos y los sujetadores, hasta el punto de que mis fantasías se centraban en ellos; ya no; dejé de usar sujetadores, un latazo y ahora me fastidia tener pechos. Después, lentamente, a lo largo de años, dejó de interesarme el maquillaje, y dejé de maquillarme: desde entonces, la cara “lavá”. Hace poco, me he aburrido de los bolsos; salgo a la calle con la cartera en la mano; es más cómodo. 

Por otra parte, miro mi historia, y veo a un joven varón, alto, delgado, melancólico, sensible. Lo veo haciendo juego con tantos homosexuales que son como él aunque se diferencia de ellos en el deseo; no desea lo que ellos desean. 

La experiencia de Cogam me ha hecho aceptar lo que soy. También veo que la transexualidad fue un recurso para no ahogarme, cuando pensaba que nadie me quería y que yo no era digno de amor: era demasiado torpe y tímido. Pero el amor es una verdadera necesidad para cualquier persona, un hambre. 

Pero también soñé entonces ser un joven príncipe del que nadie sabía su condición y de pronto se revelaba y surgía la admiración de todos por él; o ser un niño, tan guapo como yo lo fui, a quien un viejo pescador hubiera querido como un padre y enseñado a ser grumete; proyectos que tenían en común que no requerían un cambio de género, pero que resultaban inviables. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que en estos dos deseos- deseos de ser amado, a fin de cuentas- me figuraba siendo varón. Y eran dos a uno, en relción con el deseo de cambiar de sexo. 

Sé que, si de alguna manera hubiera podido hacerlos realidad, si hubiera resultado que, por lo menos, fuera el nieto de un marqués o hubiera podido ser marino, gran parte de mi afectividad se hubiera lanzado por estos medios de ser admirado y querido de la manera que yo quería y quizá no hubiera sido tan importante cambiar de sexo. 

Por fin veo que está formándoseme una identidad estable que es a la vez masculina y ambigua. 

Me gusta ser masculino y ambiguo, porque es ser como soy. Para entenderme, tengo que decir que es muy importante la parte de ambiguo, casi tanto como la de masculino. 

Ser ambiguo para mí significa tener algunas cualidades como la sensibilidad, hasta la melancolía, la vulnerabilidad, la comprensión por encima de todo, la delicadeza, el temperamento de artista, cosas que también pueden ser propias de muchos hombres pero que en general se dan entre los menos androgénicos. Y yo soy sin duda hipoandrogénico. Haber sido lector, soñador, llorica, tímido, cobarde, en mi niñez, y no deportista, realista, descarado, audaz, valiente, es uno de los resultados normales de la hipoandrogenia. Ésta es una de las claves de mi realidad y bien visto, me gusta y me enorgullezco de ser así. 

Algunos de los matices de mi hipoandrogenia tocan como es natural lo biológico. Soy básicamente heterosexual, en el sentido de que me agradan espontáneamente las mujeres, que las miro con agrado, es la palabra, pero mi heterosexualidad es difusa. Cada vez que he intentado centrarme en ese agrado, que me guste una mujer concreta, he sentido poderosas resistencias. Inmediatamente le encuentro defectos insuperables. Tampoco tengo ni siquiera sentimientos por la mujer tan fuertes como el compañerismo, la emoción y la ternura que siento por los homosexuales.  

Tampoco siento la pulsión de la sexualidad activa. Tuve que leer una vez, por casualidad, los impulsos que sienten los hombres, para enterarme, no sin extrañeza y poco interés por ellos. 

Eso explica que la salida de mi sexualidad haya sido la autoginefilia, en la que el interés por la mujer, en general, se vuelve sobre la imagen de la mujer en sí mismo, la imagen de la mujer en el espejo. Pero ahora, como digo, hasta la autoginefilia ha volado. 

Quizá –pero sólo quizás- mi hipoandrogenia explique que lo único que permanece bastante estable después de estos años, en mi caso, sea el desagrado por los genitales masculinos.  

Me imagino como si estuvieran de nuevo en mi cuerpo y me desagradan; me agrada más estar como estoy, francamente, tocar con mi mano esa región y ver que no hay nada; me tranquiliza. 

El desagrado es físico y simbólico; no me agrada imaginar su forma; y tampoco me gusta lo que representan, que imagino únicamente como poder y temor. 

También es verdad que, para alguien que no esté traumatizado, pueden representar algo tan dulce como el caño por el que pasa la vida; o la seguridad de los suyos; o la firme bondad. Hay hombres que son buenos y amables; la mayoría; son paternales, llegado el momento; imaginarlos como padres, como buenos padres, es lo más justo que se puede decir de ellos; quizá yo podría reeducarme para pensar eso, incluso para haberlo pensado de mí cuando estaba a tiempo; quizá ese sentimiento y esa esperanza –ser un día como mi padre o como mi abuelo- me hubiera compensado suavemente, gradualmente, de mis sentimientos de rechazo, me hubiera hecho sentir cierta ternura por mi cuerpo tal como era, en su integridad. 

Podría haber aprendido a ser hombre plenamente, a lo mejor, a perdonar a mi cuerpo por ser como era. No lo sé; eso queda ya dentro de lo futurible. Pero, incluso estando como estoy, estoy aprendiendo esa manera de ser masculina, delicada y amable. 

Pero también es verdad que esto es sólo quizás y que quizás yo no hubiera sido capaz nunca de esa virilidad, por tierna y amable que fuere, que si no he tenido una esposa y unos hijos es porque no podía tenerlos y también puede ser verdad que mi mente hipandrogénica prefiriese el vacío como expresión de su realidad, mejor que unos genitales que en el fondo no entiende y sólo con esfuerzo podría entender y aceptar como popios. No lo sé, es dudoso, pero, por lo poco que hoy sabemos, puede ser. 

Por eso, dentro de mi manera de pensar y de sentir, el estar emasculado –que es la palabra técnica que representa lo esencial de mi estado- es de hecho una manera de expresar la parte sensitiva, vulnerable y frágil en la que tanto me reconozco y  tanto me define a mis ojos y quiero que se vea en mí.  

“Un hombre emasculado por su voluntad”, podría ser en todo caso una de las descripciones actualizadas de mí, que no deja de contener un elemento dramático que responde a largas y penosas realidades. 

Lo que pasa es que en todo caso necesitaba que eso se percibiera, que lo supieran todo, no sólo los que estuvieran al corriente, como en general los hombres que están contentos de serlo o no tienen problema con serlo lo manifiestan con sólo su manera de vestir.  

Por eso no puedo ponerme de nuevo pantalones, ni siquiera pantalones de mujer, porque con mi complexión corporal, con sólo ponerme un pantalón paso a parecer simplemente un hombre, un hombre como otro cualquiera, y yo quisiera que todos viesen, nada más verme, mi especificidad y mi singularidad; quiero que me vean como soy y como me siento, un hombre ambiguo, que necesita que todos entiendan esta segunda palabra con todo su significado. 

Por eso mismo no puedo entrar en un aseo de hombres, primero, porque sólo imaginarlo despierta todas mis fobias (aunque supongo que con tenacidad podría reeducarlas, comprendiendo a los hombres como deben y pueden ser y no como son muchos de ellos), pero segundo, porque entrar o salir por esa puerta no afirma mis matices, tan importantes, que aun en un mundo de hombres perfectos yo quisiera afirmar, porque son los míos. En este apartado, la solución, para mí, estaría en los “aseos neutrales” que ahora se están ensayando en los Estados Unidos para quien quiera usarlos, a condición desde luego de que fueran voluntarios y no obligatorios. ¡Entrar por una puerta por la que también entrasen gays, camioneras y drag queens! Para mí, perfecto. 

Pero que desde fuera, por lo menos, se me cuente entre las mujeres, es para mí es un refugio, un asilo, una tranquilidad. No me identifico ahora con las mujeres deslumbrantes y jóvenes, pero me siento cerca de las de mi edad, sobre todo de las solteronas, un poco asexuales. Un cabello gris y recogido, una ropa gris y sin forma, una vida casera y solitaria, una proyección emocional en las plantas que riegan, una evasión intelectual en la pintura, o la literatura, una manera de ser cariñosa y acogedora con todos.   

En resumen de los resúmenes, ahora posiblemente me gustaría usar pantalones –me imagino con gusto esos actuales de faena o de campaña, llenos de bolsillos a lo largo de todo el pernil-, que además son ropa unisex, sobre todo si en mí parecieran unisex; pero no lo parecen. 

Por eso me pongo falda y me dejo el pelo lo más largo y rizado que puedo,  porque es la única manera de que todos vean lo que hay en mí, mi ambigüedad, mi hipoandrogenia, lo que miro con ternura porque es lo mío, de que les guste y hasta de que se sientan un poco protectores conmigo, lo que necesito, lo que me encanta. 

Por lo menos, con mi aspecto actual, el cabello natural, rizado y blanco con grandes entradas, un jersey o una chaqueta vaquera, un gran chaquetón medio militar en invierno  y la falda, que suele ser recta, también medio militar, los que me ven pueden decirse: “Un hombre vestido de mujer”. 

Hay que recordar que quienes hablan así lo dicen por las apariencias (en este caso, mi estatura, voz, entradas, etcétera) y que muchas veces las apariencias engañan, pero en este caso, en mi caso, corresponden a la realidad, aunque no a toda la realidad. 

Aunque sea duro, tengo que decirlo. Soy un varón ambiguo que necesita expresar lo que es, en los dos sentidos. Soy un travesti,  palabra ambigua que también amo, y que despierta todos mis recuerdos y mi ternura, género indefinido o poco definido. En el  matiz de las dos cosas que quiero expresar, que  es mi vida, está mi orgullo, porque es lo que corresponde a mi manera de ser. 

Necesito unos símbolos que expresen mi ambigüedad, eso es todo. Amo mi ambigüedad, tiene mucho sentido para mí, y necesito que se vea y se sepa. He necesitado operarme, pero eso no afecta al fondo de mi ser. He aceptado ciertas formas de la feminidad, pero no todas, como lo hacen las drags y a veces los homosexuales o algunos homosexuales, desplegando su pluma. 

Hasta ahí llego yo, hasta aquí puedo hablar por lo que sé dentro de mí. 

Desde fuera, sé que hay transexuales que se sienten del todo mujeres y nada más que mujeres, que se han identificado en su niñez con las mujeres, encontrado iguales a ellas, reconocido como ellas, que necesitan hacer vida de mujeres; no hablo por ellas, como es natural, hablo por mí. Y me gusta ser como soy. 

Kim Pérez 03-12-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                   La Transexual y la gitana

 

Estos meses me entretengo mucho con la Genealogía, no sólo como hobby, sino por necesidad muy fuerte de autoafirmación; necesito –es una necesidad de trans- sentirme valorada, querida, y como tengo antepasados de alto copete, la Genealogía es una manera de sentirme simbólicamente ese príncipe que quise ser para que la gente me admirase y me viera como algo mágico y maravilloso. 

Pero esto es poco más que un juego de la mente, en la vida contemporánea, afortunadamente igualitaria, republicana de hecho, lo que es tan serio y tan verdadero que pasa por encima de cualquier otra consideración. 

Esta mañana de domingo me he ido a comulgar –palabra que significa “sentirse unido con otras personas”- y me he sentado en el primer banco de la derecha, donde estaba también una muchacha gitana rumana que luego pide limosna en la puerta. Iba con su falda larga plisada. 

De pronto, me he vuelto consciente de que las dos éramos dos marginales, la transexual con su falda azul marino y su jersey negro de cuello alto –me estilizaba dentro de lo posible- y la gitana con su faldón. 

Eso que yo he aprendido a ver a los gitanos con ningún victimismo. Son un pueblo cuya constitución no escrita les ha enseñado a ser libres, ayudándose a tope unos a otros en sus familias, aunque eso les cueste ser pobres y no mezclarse con los gachós.  Es decir, no son víctimas como no lo son los okupas, sino que viven al modo que les gusta, como una opción. 

En el fondo, tratan a los gachós de igual a igual, y con el orgullo de ser gitanos. Todo esto no está muy lejos de lo que estamos aprendiendo a hacer los homosexuales y transexuales y de lo que celebramos el Día del Orgullo. 

Lo que no impide que, uno por uno, sobre todo estos gitanos extranjeros, se sientan solos y rechazados. De hecho, los rechazamos mucho, no sólo por miedo al desconocido y extraño –xenofobia- sino porque parecen más imprevisibles e independientes que nuestros gitanos españoles, menos acomodados a las reglas de nuestra civilización. 

De modo que una muchacha gitana rumana que va con su faldón pidiendo limosna por las calles, debe sentirse con frecuencia sola y mirada con hostilidad y recelo por los gachós y las gachís de España, más todavía que por los de Rumania. 

Ésta se mete en la iglesia, sigue la misa, y ve a un sacerdote que sigue los ritos de una manera distinta que los ortodoxos a los que está acostumbrada. Hoy las canciones que han sonado han sido rítmicas, alegres y sensibles, y le habrán gustado, comparándolas con las solemnes salmodias de la liturgia ortodoxa. 

Me he dado cuenta de que al sentarme junto a ella –al principio obligadamente-, que estaba sola en su banco, he hecho un gesto de hermandad humana.

Yo la he analizado y ella me habrá analizado también. A lo mejor ha pensado: “¡Qué gachí más larga y más rara! ¡Qué raras son estas extranjeras!”, o a lo mejor ha pensado: “¡Un hombre vestido de mujer!” 

Pero ha llegado la hora de darse la paz y yo tenía ganas de que llegase. 

Me he vuelto hacia ella y le he tendido la mano. Ella también me ha mirado, con unos ojos muy grandes, un poco amarillos, y unos labios grandes también, muy serios y apretados. Nos hemos dado las manos. “La paz sea contigo”, me ha dicho también, en español. 

Me he quedado contenta de lo que ha pasado. Ha sido la primera vez, en todos estos años, que he sentido en mi mano la de una gitana rumana. Para ella, no es la primera vez, desde luego, que un español o española le ha dado las mano. Se ha vuelto hacia el banco de atrás, y dos señores y una señora han cambiado el saludo con ella. 

Pero a lo mejor, para ella, es también la primera vez que le ha dado la mano a una transexual.  

Kim Pérez 26-11-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                      La Transexual y la gitana

 

Estos meses me entretengo mucho con la Genealogía, no sólo como hobby, sino por necesidad muy fuerte de autoafirmación; necesito –es una necesidad de trans- sentirme valorada, querida, y como tengo antepasados de alto copete, la Genealogía es una manera de sentirme simbólicamente ese príncipe que quise ser para que la gente me admirase y me viera como algo mágico y maravilloso. 

Pero esto es poco más que un juego de la mente, en la vida contemporánea, afortunadamente igualitaria, republicana de hecho, lo que es tan serio y tan verdadero que pasa por encima de cualquier otra consideración. 

Esta mañana de domingo me he ido a comulgar –palabra que significa “sentirse unido con otras personas”- y me he sentado en el primer banco de la derecha, donde estaba también una muchacha gitana rumana que luego pide limosna en la puerta. Iba con su falda larga plisada. 

De pronto, me he vuelto consciente de que las dos éramos dos marginales, la transexual con su falda azul marino y su jersey negro de cuello alto –me estilizaba dentro de lo posible- y la gitana con su faldón. 

Eso que yo he aprendido a ver a los gitanos con ningún victimismo. Son un pueblo cuya constitución no escrita les ha enseñado a ser libres, ayudándose a tope unos a otros en sus familias, aunque eso les cueste ser pobres y no mezclarse con los gachós.  Es decir, no son víctimas como no lo son los okupas, sino que viven al modo que les gusta, como una opción. 

En el fondo, tratan a los gachós de igual a igual, y con el orgullo de ser gitanos. Todo esto no está muy lejos de lo que estamos aprendiendo a hacer los homosexuales y transexuales y de lo que celebramos el Día del Orgullo. 

Lo que no impide que, uno por uno, sobre todo estos gitanos extranjeros, se sientan solos y rechazados. De hecho, los rechazamos mucho, no sólo por miedo al desconocido y extraño –xenofobia- sino porque parecen más imprevisibles e independientes que nuestros gitanos españoles, menos acomodados a las reglas de nuestra civilización. 

De modo que una muchacha gitana rumana que va con su faldón pidiendo limosna por las calles, debe sentirse con frecuencia sola y mirada con hostilidad y recelo por los gachós y las gachís de España, más todavía que por los de Rumania. 

Ésta se mete en la iglesia, sigue la misa, y ve a un sacerdote que sigue los ritos de una manera distinta que los ortodoxos a los que está acostumbrada. Hoy las canciones que han sonado han sido rítmicas, alegres y sensibles, y le habrán gustado, comparándolas con las solemnes salmodias de la liturgia ortodoxa. 

Me he dado cuenta de que al sentarme junto a ella –al principio obligadamente-, que estaba sola en su banco, he hecho un gesto de hermandad humana.

Yo la he analizado y ella me habrá analizado también. A lo mejor ha pensado: “¡Qué gachí más larga y más rara! ¡Qué raras son estas extranjeras!”, o a lo mejor ha pensado: “¡Un hombre vestido de mujer!” 

Pero ha llegado la hora de darse la paz y yo tenía ganas de que llegase. 

Me he vuelto hacia ella y le he tendido la mano. Ella también me ha mirado, con unos ojos muy grandes, un poco amarillos, y unos labios grandes también, muy serios y apretados. Nos hemos dado las manos. “La paz sea contigo”, me ha dicho también, en español. 

Me he quedado contenta de lo que ha pasado. Ha sido la primera vez, en todos estos años, que he sentido en mi mano la de una gitana rumana. Para ella, no es la primera vez, desde luego, que un español o española le ha dado las mano. Se ha vuelto hacia el banco de atrás, y dos señores y una señora han cambiado el saludo con ella. 

Pero a lo mejor, para ella, es también la primera vez que le ha dado la mano a una transexual.  

Kim Pérez 26-11-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

  

                                                    Matrimonio y Transexualidad

 

En estos años, la relación con algunas amistades queridas me pone delante de los ojos con frecuencia y me hace darle vueltas a la cuestión del matrimonio de las personas transexuales o disfóricas.  Para entendernos, me referiré a lo largo de este escrito al matrimonio de XY con XX, porque si decimos matrimonio a secas, podrá quedar la duda de si trato también del matrimonio homosexual y la de qué es homosexual y heterosexual en nuestro caso. 

Voy a tratar, primero, de las personas disfóricas que están casadas y no han empezado la transición, y después, de las personas disfóricas que están casadas con la transición ya hecha. 

Es muy frecuente la primera situación. Responde a un “me caso y ya se me pasará”, tomado en la juventud, con poca experiencia, en uno de los períodos de purga o negación que son tan frecuentes en muchas personas disfóricas. Hay que decir que la disforia no se pasa, aunque pueden variar sus formas de expresión. 

La disforia, el desagrado de género, es una condición estructural de la persona que permanece independientemente de que se le haga caso o no, como herencia de un conflicto que ha sucedido en la realidad, históricamente, y que por tanto está ahí en la memoria. 

Puede ser que, en la euforia de la purga o período de negación de la disforia, ni siquiera se le haya dicho a la persona que se elige como cónyuge. “¿Para qué? Si se me va a pasar. Además, podría perderla y la amo”. 

O puede ser que se le haya dicho, y que la otra persona haya pensado: “Le voy a ayudar a que se le pase. Sí, ya se le pasará. Además, podría perderlo y lo amo”. 

Una y otra se están equivocando con falsas expectativas. Pasa el ciclo de negación, la emoción de la novedad, se asienta el día a día en el matrimonio y vuelve la disforia. 

En ese momento, la esposa puede sentir amenazada su identidad, su deseo, su necesidad vital. Es normal, dadas sus esperanzas, aunque estuvieran equivocadas. 

Pero también es verdad que puede no interpretar bien la realidad que tiene delante. En muchos aspectos, su marido es un ser masculino, al que ha podido amar y  ha podido amarla por esa parte de masculinidad, aunque a la vez tendrá que expresar de alguna manera  su disforia. Este “es y a la vez no es” es más dificil de entender, puesto que es más fácil entender las realidades sencillas, pero es parte de la realidad que siempre se ha tenido delante. Incluso con sus ventajas, cuando el amor viene por la delicadeza o la sensibilidad, que son propias muchas veces de las personas disfóricas. Si no hubiera disforia, no habría tal delicadeza o comprensión e intercomunicación. 

También a veces la esposa puede aceptar la realidad, por puro afecto, sacrificándose mucho o poco, según los casos. Puede, pero no se le puede exigir. Depende del equilibrio afectivo que también ella necesita que pueda comprender y aceptar la situación. 

Y están los hijos. A mi entender, la regla en este caso es la siguiente: Un niño necesita estabilidad para desarrollarse. Hay casos en los que les perturba mucho la decisión de su padre. Eso es independiente de lo que puedan decir o verbalizar. Sobre todo en los hijos varones, que necesitan en la niñez y la adolescencia, tener un modelo de varón, que buscan en primer lugar en su padre, sus hechos, su conducta, sus estudios se pueden ver muy afectados y entonces se comprende que, pese a su buen voluntad no han podido entenderlo. Las niñas pueden entenderlo mejor e incluso solidarizarse, pero cuando son pequeñas, no se debería correr el riesgo de que no lo entendieran. Entonces no quedan más que dos soluciones: o la persona disfórica se aleja de sus hijos para hacer su transición –ya se sabe, “como la uña de la carne”-, o espera a que superen por lo menos la adolescencia. Hay dolor en ambas opciones, pero el dolor no es malo de por sí, cuando está justificado. Es un sacrificio y los sacrificios engrandecen a la persona que los hace, especialmente, en su momento, a los ojos de sus hijos. 

Hay muchos casos en los que, llegado el momento, o no habiendo hijos, el matrimonio se salva y permite la transición. 

La solución más típica es pasar a vivir como amigas. Se renuncia al sexo, lo que puede no ser muy importante para ambas, pero se salva la convivencia y la familia. 

La esposa puede sentirse insegura, de todos modos, y lo más práctico es que se ponga en contacto con otras compañeras que estén en su caso para que constate, primero, que es un hecho compartido, no una situación única, y segundo, que entre varias pueden encontrar mejor las soluciones a los problemas del día a día. 

En los países anglosajones florecen las Asociaciones de cónyuges, parientes y allegados de las personas disfóricas; en los países de lengua española, nuestro reconocido individualismo nos lo estorba; pero es posible acudir a Encuentros –eso sí nos gusta-, trabar amistades y quedarse con teléfonos. 

También se puede pedir a la persona disfórica que realice por su parte un esfuerzo por amor a su acompañante, si es posible. Cuando hay un matrimonio, es posible que la disforia no haya llegado demasiado lejos y que la identidad masculina no haya desaparecido del todo. Para esas personas, identificarse quizás como intersexual, quizás como varón disfórico, puede ser posible y les permite ir menos lejos que las que se identifiquen como mujeres en el pleno sentido de la palabra. 

La identidad intermedia permite una gradación en la expresión. No es obligatorio para expresar la disforia meterse en el trayecto psicólogo-endocrino-cirujano. En el grado mínimo, se puede expresar mediante el transformismo, o el dragqueenismo, asociándolo con una expresión estética, cuando el carácter lo favorece, expresiones de fin de semana, de bares, de amigos hoy relativamente frecuentes, o mediante un  transvestismo casero o interamistoso, también de fin de semana, de encuentros, de aventuras compartidas; en otros grados, puede llegarse a la hormonación o incluso a la operación como hecho personal, que no trasluce a la vida pública, y compatible con esa identidad personal como persona intersexual o como varón disfórico, que se puede compartir con la persona querida. 

Es verdad que la disforia requiere alguna forma de expresión y comunicación, como todos los sentimientos, y a la vez un control racional. Si falta lo primero, se produce la situación de represión que explicaba Freud como muy perjudicial, en la medida en que las fuerzas afectivas comprometidas, existiendo e impedidas de expresión, hacen daño a la misma persona que las tiene y a su entorno. 

Hace falta darles alguna salida y en esto el mismo Freud deja abiertas las puertas al reconocer que estas salidas pueden ser simbólicas. Deben ser controladas racionalmente, eso sí. Dar salida a las pulsiones no quiere decir dejarlas incontroladas, como una tromba. Precisamente, la falta de expresión favorece los estallidos y las trombas y la expresión, en algún grado, favorece el control racional. 

Por control racional entiendo tomar en cuenta las realidades que nos envuelven, su valor para nosotros y sus resquicios. La comunicación con otras personas transexuales, hoy favorecida por internet, resulta muy valiosa, por lo de que cuatro ojos ven más que dos, aunque también hay que someter a crítica lo que se nos dice.  

Cuando se trata de la convivencia de dos personas, esta racionalidad es indispensable. Puede hacer ver que la separación es inevitable, o puede encontrar los terrenos de transacción que permitan seguir conviviendo.  

Kim Pérez 19-11-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                   Lo que dije en la conferencia

 

No soy partidaria de la falsa modestia (se es lo que se es, ni más ni menos), de manera que voy a contar cómo fue la conferencia del otro día en la Facultad de Pedagogía de Granada. 

La clase estaba llena de alumnos. La profesora me presento diciendo que “mis alumnos me adoraban”, lo que me alegró y pensé que era casi verdad: me querían y eso es más que suficiente. 

Me senté en el borde de la mesa, costumbre de profesora, y empecé a hablar, rápidamente, de que ya se sabe cuál es la diferencia entre homosexualidad y transexualidad, la expliqué en pocas palabras para quienes no se hubieran enterado, y me metí en lo que he descubierto hace pocos días: que hay una identidad fáctica y una identidad desiderativa, pero que ambas son identidades (lo podéis ver explicado con más detalle en el “Comentario de la Semana” anterior) 

También en pocas palabras, la fáctica es el concepto de lo que soy, que a veces es muy frustrante, y la desiderativa es el de lo que quiero ser, a veces como respuesta a esa frustración, por lo que no es un deseo cualquiera, es un ansia muy fuerte. 

Lo que quería hacer, al empezar de esta manera, es que vieran que el fundamento de la transexualidad es común a todos los seres humanos; que no se creyeran que somos personas raras, sino que comprendieran que nuestras motivaciones son las de todos, aunque sean más intensas y radicales en nuestro caso: el descontento por lo que se es (algo normal), el deseo y hasta la necesidad de ser algo mejor. 

Les expliqué que las identidades desiderativas pueden ser realistas o no realistas, pero siempre expresan lo que la persona es, aunque sea simbólicamente, y lo que le falta y por tanto desea. 

Les puse como ejemplo de identidad desiderativa poco realista la de las muchachas que sueñan con ser modelos; les dije que, a lo mejor, novecientas noventa y nueve de cada mil no lo consiguen, pero que eso expresa una realidad afectiva: necesitan ser reconocidas como bellas por todos, necesitan ser deseadas y queridas para sentirse vivas. 

También les expliqué que la misma persona puede tener varias identidades desiderativas, y les dije que en mi adolescencia formé tres, muy diferentes, unas más realistas que otras, pero no les concreté cuáles, porque no era el momento y para dar más suspense a la conferencia. 

Ya entonces pasé a la segunda parte, más centrada en la transexualidad, y les dije que una decisión tan difícil se explica sólo si hay un verdadero conflicto (en la identidad fáctica) 

Les insistí en que la palabra “conflicto” suena mal (nadie queremos tener conflictos), pero es algo profundamente natural, la vida es conflicto, e incluso para vivir necesitamos entrar en conflicto: para alimentarme, necesito por ejemplo comer gambas, lo que me hace entrar en conflicto con las gambas, pero tendría que decirles: “perdonadme que os mate, pero os necesito para vivir” (dicho sea de paso, lo mismo nos pasa cuando comemos vegetales, son células vivas las que tenemos que comernos para vivir, lo que es un conflicto también para las coles) 

Por eso, que algo nazca de un conflicto es plenamente natural, y a los conflictos puede aplicarse en general el principio de que “lo que no mata, engorda”. Es verdad que pueden acabar con nosotros, es algo profundamente serio, pero si los superamos, crecemos en humanidad. 

A mi entender, el conflicto más general para las personas transexuales es el de no sentirnos suficientemente valoradas, queridas o admiradas en lo que somos (lo que nos dice nuestra identidad fáctica) y buscar con ansia los medios para conseguirlo (nuestra identidad desiderativa) 

Si por medio llega el pensamiento, para un muchacho, por ejemplo, de que las mujeres son más deseadas, queridas, valoradas, protegidas, admiradas que los hombres y que si él fuera así, los hombres lo mirarían con mejores ojos, ya está construido el esquema de la transexualidad (y más si en su situación fáctica se siente rechazado, no querido, desvalorado, amenazado, despreciado por los hombres) 

Si la situación es duradera, su respuesta será también duradera y formará una transexualidad estable, que se queda formando parte de la personalidad, que es un recurso de supervivencia ante un conflicto grave. 

Por ahí más o menos (por lo que recuerdo más lo que ahora añado) terminé mi exposición y pasamos a las preguntas. Los estudiantes me sorprendieron por su madurez y por los conocimientos previos que permitían que el diálogo fuera entre personas que sabían de lo que hablaban. Todas las preguntas, empezando por la que hizo para romper el fuego, una chica de negro de la primera fila, fueron interesantes. 

En dos de ellas, planteadas por chicas que estaban más al fondo, mis respuestas fueron –ahora me doy cuenta- verdaderas, pero algo inexactas. 

Planteé que el conflicto que genera la transexualidad puede deberse a que la persona, tal como es no se halla dentro de los estereotipos de género. Dije que el género es un continuo que va desde Schwarzenegger a Marilyn Monroe y que está claro que la mayoría de las personas no estamos en esos extremos, pero que en nuestra actual cultura funcionamos como si lo estuviéramos; hacemos de uno el modelo “varón” y del otro “mujer” y nos empeñamos en meternos en la casilla. Las personas que luego seremos transexuales nos sentimos más lejos del extremo y con menos ganas de meternos en él, “yo estoy aquí” (señalé más o menos cerca del medio, pero a la vez en la mitad masculina) y entonces, simplificamos también, y decimos “si no soy A, o si no puedo ser A, entonces sere B”, con lo que nos vamos de un extremo a otro. 

Entonces, una de las alumnas vio que, si en la cultura del futuro estuviera más clara la idea de continuo, y cada uno pudiera decir con naturalidad dónde está, la transexualidad dejaría de tener razón de ser, porque por ejemplo los varones más femeninos se sentirían reconocidos y valorados como tales varones más femeninos y yo le dije que sí, creo que equivocándome en el momento. Es cierto que, si las variaciones de género son reconocidas por una cultura, los conflictos motivados por ellas se acabarán, y habrá menos razones para ser transexual, porque se podrá ser ambiguo con toda naturalidad, sin tener que dar el salto de identidad; pero he pensado ahora que tampoco quiero poner el énfasis en lo del continuo, porque sé que existen a) personas muy ambiguas que no son transexuales y b) personas transexuales pero que no son nada ambiguas, que son varoniles, vaya, y sin embargo necesitan cambiar de sexo, por ejemplo. Esto hace ver que lo decisivo no es lo del continuo, sino lo del conflicto; esas personas transexuales que digo, varoniles y como sea, han tenido en su niñez gravísimos conflictos que les han hecho rehusar cualquier forma de masculinidad. 

Luego, un alumno de las primeras filas, casi treintón, me preguntó por lo de mis identidades alternativas. Le conté que, en mi niñez, formé tres ideales de futuro: uno, el cambio de sexo; otro, la admiración por los príncipes (tal como vi la vida de príncipe en “El Príncipe Estudiante”, una película que me hipnotizó), y que me hizo desear haber sido un príncipe, porque era admirados, deslumbrantes y queridos, lo que yo no era; y el tercero, el ser marino mercante, lo que yo me imaginaba en el puente de mando de un barco surcando las olas de noche. 

Analicé los otros dos sueños; el segundo, evidentemente es irrealista, pero si se hubiera realizado en algún grado, siendo yo por ejemplo el hijo de un marqués ¿hubiera satisfecho suficientemente mis ansiedades afectivas? No lo sé, pero creo que sí. 

El segundo, me parece arquetípico, según el concepto de Jung, un símbolo básico de la vida: el barco es un símbolo fálico, sin duda, y el mar es un símbolo femenino. Es un arquetipo masculino, se mire como se mire, y expresa la parte masculina de mi personalidad (aunque también había la necesidad de ser querido: quise ser también grumete, como el niño de “Capitanes intrépidos”, que encontró el amor de un padre en el marinero portugués que hacía Spencer Tracy) 

Entonces lo dejé ahí, pero ahora añado: me voy a lo que dije antes sobre personas viriles que son transexuales debido a hondos conflictos. En mí puede haber esa forma de virilidad, pero también ha habido fuertes conflictos que son lo que me ha hecho transexual. 

La profesora me pidió que hablase de mi militancia y de cuáles son las tareas que nos quedan, y respondí que ahora, en España, hemos conseguido todos los cambios legales que necesitábamos, o estamos cerca de conseguir los que nos faltan (cirugía por la Seguridad Social en todas las Comunidades), pero  que la sociedad ha cambiado mucho menos, y todavía hay muchas discriminaciones en el ambiente; pero haber conseguido ya lo legal nos permite tranquilidad para centrarnos también en la tarea de estudiar lo que somos (que es la que nos puede dar fuerza moral) 

Terminamos y los estudiantes empezaron a aplaudir. Yo estaba un poco triste, pensando en que otras veces, después de estas conferencias, esos aplausos han servido para poco. Les saludé con cortedad, pero los aplausos seguían y mis amigos, que estaban allí, me dijeron luego que fue un aplauso largo. La profesora me ha dicho después que la conferencia les había impactado y espero que eso sirva para conseguir lo que todavía no hemos conseguido, lo que le insistí a la profesora antes, a todos durante y a la profesora de nuevo después: la necesidad de que la Universidad española, como las anglosajonas, incorpore plenamente la transexualidad dentro de los estudios de género. Me ofrecí para cooperar con cualquier estudiante que lo quisiera. “Eso es poco usual”, reconoció la profesora, valorándolo. Hasta ahora, he podido cooperar a fondo sólo en una tesina. Ojalá dentro de poco lo pueda hacer en decenas de memorias, tesinas y tesis.  

Kim Pérez 12-11-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                          Volviendo a la identidad

 

Me había puesto a pensar sobre la formación de nuestra identidad, definiéndola como un concepto sobre sí, cuando de pronto apareció en mi mente una idea que me sorprendió, y que puedo llamar la más sorprendente que me ha llegado en estos años. 

Es la de que la identidad, para todas las personas, no sólo se refiere a lo que son, sino a lo que quieren ser. La primera la llamaré fáctica y la segunda desiderativa. Quiero decir que no sólo sabemos que somos lo que somos, sino que, además, somos hasta cierto punto lo que queremos ser. Las ambiciones, los deseos, los proyectos que nos dan vida, corresponden a nuestra manera de ser, aunque sea simbólicamente. 

Es el hecho de ser transexual lo que me ha permitido comprender este mecanismo general humano, por la distancia que hay entre una identidad y otra, pero es aplicable a todos, a la muchacha que quiere ser modelo para ser amada o admirada y al muchacho que quiere ser futbolista para sentirse fuerte y vencedor. 

No se eligen los sueños en el vacío. Son una proyección de lo que se es, de lo que se tiene y de lo que falta. Cada cual tiene su fórmula propia de identidad en el presente,  decepcionada o contenta,  y la proyecta hacia el futuro como la esperanza siempre de algo mejor. 

Para todos, la identidad de lo que se quiere ser, puede ser realista o menos realista. En el segundo caso, se fracasará más o menos, pero esa nostalgia permanecerá firme en el corazón y buscará formas sustitutorias en las que expresarse, como la de quien quiso ser aviador y no pudo serlo, y se contenta  con su colección de aeromodelos. 

Pero también hay a menudo distintos proyectos, en todos los cuales se habría realizado esta identidad desiderativa. El fracaso en uno puede ser compensado con lo conseguido en otro, si absorbe la inteligencia y el corazón porque responde verdaderamente a las necesidades íntimas. 

¿Por qué se eligen estas identidades desiderativas? La forma más simple es por amor; se eligen porque parecen bellas y fascinan y eso es porque llenan los vacíos que son naturales en todo ser humano. Deslumbrado, el sujeto ve una forma hermosa de ser y piensa “Quiero ser así” (Quiere vivir lo que se vive de esa manera, quiere sentir lo que se siente, quiere pasar por la vida como por una experiencia luminosa. No me cabe duda de que algunas personas transexuales piensan así, no son disfóricas, simplemente llegan a la piscina con la intención de disfrutar del agua y del sol) Otras veces, la identidad desiderativa se forma como solución y salida de un conflicto arraigado (por ejemplo: “no me quiere nadie, quiero ser digno de amor, quiero ser como esa persona que es digna de amor o de admiración”) Éste es el caso de las personas transexuales disfóricas, que llegamos aquí empujadas por un conflicto tan íntimo como ése. 

En todas las personas funciona esta proyección, pero en las personas transexuales se ve mejor porque hay una distancia radical desde nuestra identidad fáctica (sabemos por ejemplo demasiado bien que hemos nacido varones) y nuestra identidad desiderativa (queremos ser mujeres o trans, algo intermedio pero bello) Esto puede surgir por tanto por simple fascinación ante la forma y vida de una mujer, sin disforia, o por nuestros conflictos (desamor, acosos, fracasos, estrés) , con disforia. 

Luego, el deseo tiene que confrontarse con las realidades de todas las clases (económica, familiar, etcétera) y a veces es realista o posible y a veces no es realista y es más o menos imposible. Digo más o menos, porque en este caso, siempre quedará latente, realizado simbólicamente en ese más o menos (relacionándose con el mundo trans, hormonándose sin cambiar socialmente, travistiéndose ocasionalmente, etc) y lo mejor es que haya identidades desiderativas alternativas que sí se puedan realizar y colmen en parte nuestros deseos, en los que se encarna nuestra personalidad y que por eso no son caprichosos, sino profundamente identitarios; tienen que ver con nuestra manera de ser, con nuestra comprensión propia, con nuestra felicidad en la medida en que podamos conseguirlos.

Kim Pérez 05-11-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                  La formación de la identidad

 

Me han pedido de la Facultad de Pedagogía de Granada que dé una conferencia y esto es lo que quiero decir: 

Una identidad es un concepto que cada cual se hace sobre sí mismo. 

Hecha esta definición, vamos a ver sus partes. Un concepto quiere decir un hecho de pensamiento, una imagen abstracta; y abstracto se refiere a lo que cada ser tiene en común con otros seres. 

Al descubrir lo que tenemos en común con otros, descubrimos también lo que no tenemos en común con algunos otros; o mejor, el orden temporal de estos descubrimientos es muchas veces al revés: lo que compartimos con unos, lo descubrimos a partir de nuestras diferencias con otros; antes de decir un sí, tenemos que decir un no; así funciona el pensamento humano. 

Este concepto de lo que somos nos lo hacemos nosotros mismos, usando nuestra capacidad de reflexión, que quiere decir la capacidad de pensar en nosotros mismos, de vernos por dentro. 

Para que el concepto de nuestra identidad sea sólido, debe basarse en la realidad. Podemos fantasear y engañarnos a nosotros mismos, pero la realidad protestará y el concepto erróneo o falso que hayamos construido sobre ella acabará desmoronándose. 

Ahora bien: los conceptos que nos formamos no sólo dependen de nosotros, sino de lo que nuestra cultura nos ofrece. No solemos ser capaces de crear nuestros propios conceptos, sino que tenemos que tomarlos del repertorio que nos ofrece nuestra cultura y ver el que mejor se nos adapta; los trajes están hechos y generalmente no somos capaces de coser un traje nuevo; nos probamos los que nos encontramos y elegimos el que mejor nos va. 

Utilizando como ejemplos los que más nos interesan, diré que nuestra cultura concreta tiene sólo dos conceptos para definir la realidad sexual: hombre y mujer. En su armario, faltan los conceptos de andróginos presentes en otras culturas y que corresponden estrictamente a la realidad. Por eso, no tenemos modelos; si soy varón, es que soy como papá y si soy mujer, es que soy como mamá; y si no soy varón, soy mujer, y viceversa; ¿pero si creo que no soy ni varón ni mujer, como quién soy? 

Entonces, voy directamente a explicar cómo se forma la identidad de las personas transexuales. 

En principio, sabemos que físicamente somos como los hombres o las mujeres; no tendríamos sentido de la realidad si no lo supiéramos; sabemos también que los demás nos consideran como hombres o mujeres y que tienen por tanto las correspondientes expectativas respecto a nosotros; a nuestros gustos y a lo que haremos en la vida. 

Lo que no saben es que en nosotros hay un gran no a todo eso; no nos gusta cómo se nos considera ni lo que se espera de nosotros. Ya he dicho que la mayoría de las experiencias conceptuales empiezan por la conciencia de un no que luego da lugar a la de un sí. 

(Advierto que parece ser que algunas personas transexuales tienen una experiencia que parece empezar por un sí: se adaptan tanto a las personas del otro sexo que empiezan su vida identificándose con ellas; luego viene el no, el rechazo al propio sexo; lo sé por los relatos de algunas de ellas, pero me falta su confirmación; si alguna, al leer esto, pensara “pues esto es lo que he vivido yo”, le agradecería que me lo dijese) 

La razón por la que muchas personas que luego serán transexuales  empiezan por decir que no a su sexo físico creo que hay que ponerla en un conflicto fuerte y duradero sufrido en su niñez o preadolescencia. 

Ese conflicto debe referirse al sexo, palabra que originariamente no significa genital, sino grupo de personas definidas según sus genitales. Es decir, lo conflictivo debe ser la pertenencia a un grupo de personas determinado. Ese grupo de personas puede estar definido a su vez por el padre, o por los compañeros, o por uno y otros. El niño o preadolescente encuentra dificultades fuertes y duraderas para sumarse a ese grupo; empieza ahí la disforia. 

Generalmente, las dificultades vienen de cierta androginia que impide que los demás lo acepten plenamente como uno de los suyos y que el niño pueda aceptarse como parte de quienes siente como diferentes; pero también pueden venir de otras causas, como los malos tratos por parte de un padre agresivo o por los compañeros hasta producir una indefensión. 

Entonces, después de haber llegado a decir ese no, a sentirlo como un gran horror y repugnancia, tiene que decir un sí, para sentirse presente en la vida, aceptado por alguien a quien pueda aceptar. 

Nuestra cultura concreta le ofrece sólo dos alternativas; si no eres hombre, eres mujer;  o viceversa. 

Entonces, el niño disfórico intenta comenzar a identificarse con el otro sexo; ya es transexual. 

Generalmente, le va mejor desde luego identificarse con el otro sexo, porque si las dificultades que ha tenido con el de partida vienen de cierta androginia, puede verse de hecho más a gusto entre ese otro grupo de personas. 

Si se ha llegado hasta aquí con plena convicción y adaptación, perfecto, me puedo ya callar; el proceso transexual ha cumplido sus metas. 

Pero a veces, el sentimiento de disforia (un “no”) subsiste después del proceso transexual (otro “no”)  Esto se debe a las estrecheces del armario de conceptos sexuales de nuestra cultura. La misma palabra “transexual” lo refleja y cae en ello: paso de “un” sexo al “otro”. 

Puede ser que la persona que no se siente hombre, vea que tampoco se siente mujer y que esta doble realidad le haga sentirse perdida. “¿Entonces, qué soy?” 

Sienten esta confusión como una vergüenza o una culpa, pero lo cierto es que se debe a un error de nuestra cultura. No hay sólo hombres y mujeres, hay también intersexos, los hay, sin salir de lo físico, la Naturaleza los produce dentro de una gama infinita que va del hombre más o menos femenino al hermafrodita y a la mujer más o menos masculina; pero nos olvidamos sistemáticamente de ellos. 

Entonces, muchas personas transexuales, al encontrarse con este dilema, lo resuelven adoptando simplemente una identidad como transexuales; es decir, como personas que se instalan en la transición, sin necesidad de ir de un extremo al otro. 

Otras pueden definirse como disfóricas, lo cual corresponde rotundamente a la realidad, y a la vez significa un grado de transición menor que el de las que se definan como transexuales. 

En todo caso, están expresando una identidad, es decir, un concepto bien fundado sobre sí mismas. Y están creando un concepto más avanzado y matizado que la simplificación            que sólo ve hombres y mujeres.

Kim Pérez 29-10-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

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