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                                                Revolución sexual en Chile (2º)

 

Kim Pérez realiza un comentario sobre el libro de Víctor Hugo Robles, "Bandera Hueca". Este libro se comenzó a publicar desde la semana pasada en la sección paralela al "Comentario de la Semana". Imagen izquierda de Víctor Hugo Robles en la actualidad

Puse una segunda parte del libro de Víctor Hugo Robles hacia su mitad física, y creo que atiné, porque me parece que se cuentan dos historias distintas: la primera es la de la epopeya gaylesbitrans, que incluyó la salida de la antigua humillación, del apocamiento, de los perros lanzados contra las travestis, de la sumisión a una discriminación gigante y universal, las primeras actitudes rabiosas, los bastayás, las lágrimas del sida avasallador pero que no avasallaba, las primeras asociaciones que fueron verdaderas hermandades de perseguidos, el apoyo por hermanos verdaderamente religiosos, las performances medio desafiantes medio divertidas, cosas realmente hermosas, tiernas y valientes, que han iluminado nuestras vidas. La afirmación de la dignidad gaylesbitrans, si hay que decirlo con una palabra.

La segunda es la historia de la progresiva normalización. La presencia gradual en la sociedad como verdaderos ciudadanos. La reclamación de derechos, articulados a partir del derecho fundamental a la dignidad personal. Las controversias, muy en especial contra la insostenible postura dogmática de la jerarquía eclesiástica y contra su reflejo, la posición del sociólogo Villegas. El desvanecimiento, en la conciencia gaylesbitrans, de las asociaciones, en un contexto donde sólo son ya administrativamente necesarias. La angustia de quienes se ven todavía marginadas en un contexto de normalización. Los avances legales, hacia un reconocimiento pleno de la dignidad gaylesbitrans, en el marco de todo un mundo occidental, del que Chile está en uno de sus extremos. Y la perspectiva tendencial de los cambios a los que la experiencia de la dignidad y la libertad nos conducirá a todos.

Voy a detallar el comentario de estos puntos que el texto de Víctor Hugo Robles documenta. Pero lo primero en lo que voy a insistir es en la necesidad de estos textos de Historia, no muy abundantes en la cultura de lengua española, porque nos explicitan la visión de un vector, un movimiento, pudiendo ver así con más exactitud de dónde partimos (cuáles fueron las miserias que tuvimos que aguantar, para que se entiendan, cuando se pierda la memoria viva de ellas), y también dónde estamos, en un lugar que, para que lo sepan nuestros enemigos, se justifica precisamente por esas antiguas miserias, y a dónde vamos, que no puede ser más que a la plena humanización de la experiencia gaylesbitrans. Le sugiero a Víctor Hugo Robles que siga ampliando en ediciones sucesivas este texto, por su necesidad.

Aparece, ya en las primeras páginas de esta segunda mitad, una alusión a esa vena de vida auténtica que son las travestis de la prostitución, y más en concreto de la prostitución callejera. Los riesgos de la profesión son los ya conocidos y de vez en cuando dan lugar a una noticia en los periódicos. Supongo que en Chile los problemas seguirán casi intactos y que aún falta para enfrentarse a una salida racional. Mientras ser travesti signifique ser marginada, la prostitución tendrá el aspecto de salida de emergencia que todavía tiene. Ni regulacionismo ni prohibicionismo ni milongas. Cuando hay que comer, la vida se busca como se puede. Este capítulo merece la lente de aumento que le propongo a Víctor Hugo Robles que aplique, ampliando y ampliando lo que tiene la belleza de la vida atrevida y difícil. Traves Chile es su organización de combate. De pasada, diré que me gusta mucho que en Chile como en Argentina se siga usando la voz travesti, porque fue la primera que supe aplicarme y porque, cuanto más humillad está un nombre, más fuerza da usarlo, como desafío.

Aparte de la alusión a Traves Chile, a la que le quedan muchos desplantes que plantear, hay un hecho, sorprendente a primera vista, que quiero explicar, respecto a las demás organizaciones. En todo movimiento social o cultural se pasa de la emoción de los tiempos épicos a la administratividad de los tiempos normales, lo que se puede percibir en la transición de los vagabundos mendicantes que seguían a Jesús hasta la Iglesia o en la de los héroes y guerrilleros comunistas al aparato. Seguramente es necesario, para administrar, pero sólo para administrar, determinadas verdades. Así se explica, posiblemente, la invisibilidad, volatilización o desvanecimiento, en esta segunda parte, de las organizaciones gaylesbitrans, excepto unas menciones, al principio, del MOVILH y del MUMS. No sé si pasa ya allí ese fenómeno general. Por lo menos en España he observado que, a medida en que se convierten en interlocutores respetados de las autoridades, a medida en que pueden sufrir los embriagadores vapores de la subvención y del clientelismo, sus oficinas se convierten en oficinas y dejan de ser espacios cálidos de acogida y hermandad. Entonces pueden prestar servicios comunitarios de mayor o menor calidad, pueden administrar la interlocución política, o a lo peor ser plenamente mediatizados y manipulados o pueden conseguir objetivos constantemente valiosos o pueden ser meras máquinas de poder. Como digo, esta evolución es peligrosa y fea, pero posiblemente sea la única posible mientras no surja otro movimiento centelleante.

El outing póstumo de Gabriela Mistral, la Premio Nobel chilena, es conmovedor. Es tan divertido que despierte escándalo entre los biempensantes, como emotivo que conmueva a lesbianas, gays y trans, y sea acogido con simpatía entre las mentes abiertas. Este outing es necesario para compensar los tiempos. Creo que en el tiempo en que vivió la escritora todo lo posible era a condición de no decir "yo", y de no hablar siquiera de lo que no se podía hablar. No pudo decirlo ni Óscar Wilde. Tampoco se atrevió Lorca (aunque sí Cernuda) Ahora hay que decirlo, porque ellos sin duda habrían querido vivir esta expansión y esta expresión. Pero con estos grandes nombres, cada pueblo puede trazar una historia de sus glorias contradictorias, sus bellezas y sus formas de lo prohibido, tan cerca del manantial de su literatura, y con Gabriela Mistral le ha tocado el turno a Chile y a todos nosotros.

Ahora, en cambio, vive y dice todo lo que quiere decir Pedro Lemebel, de quien también se recogen a menudo sus actos y sus palabras en esta historia. Diré sólo que el resplandor solar de lo que dice hace no querer caer nunca más en prosaísmos, porque a la vez contiene la plena emoción de una militancia tan genérica, que me parece la de la libertad, la dignidad y la belleza de la vida humana.

Me llama en particular la atención el arrebato homófobo de Fernando Villegas, sociólogo y comentarista de televisión. Voy a comentarlo con extensión por dos razones: porque durante mucho tiempo, nos encontraremos de vez en cuando con esos ataques homófobos, aunque cada vez nos darán menos miedo; pero sobre todo, porque son también las palabras de nuestro homófobo interior, de nuestros sentimientos de culpa, y por eso deben ser desarticuladas. Mientras no sepamos rebatirlas, nuestra victoria no estará conseguida.

Para situarnos donde debemos, recordaré al "niño que se viste de niña en la oscuridad del ropero" (Lorca) o al adolescente que, sentado en su banca, admira y se conmueve ante un compañero. Eso es el principio de todo, pero Villegas, en un alegato que por cierto no era sociológico, habló de un deseo de emporcarlo todo, de un masoquismo rebajador y retrotraedor. Pero no hay como ver los hechos desde fuera, para no entenderlos. En los casos en que la homosexualidad vaya unida con el masoquismo, hay que ver la acción de ese homófobo, inquisidor interno que todos llevamos dentro, asustándonos, culpabilizándonos, avergonzándonos, echándonos al surco, echándonos en brazos de la parafilia para compensar nuestras angustias. He tenido momentos de masoquismo desbocado, ya no los tengo, y creo que sé de lo que hablo.

En cambio, lo que el propio Villegas no parece haber advertido es la progresiva degradación de su propio pensamiento. Pasar del no entendimiento a la aversión y de ésta al insulto, vehemente, agobiante, es la paradójica impureza de los puros, el pecado de los fariseos, tanto más grave e inadvertido cuanto que se hace en nombre de una pureza que, realmente, se parecería mucho más a las calladas experiencias de aquel niño y aquel adolescente que a la incomprensión y a la voluntad de incomprensión que el propio Villegas representa, sin advertirlo.

Tan parecida, por otra parte, como Víctor Hugo Robles advierte, a la de la jerarquía eclesial (católica o evangélica), con sus distinciones entre práctica homosexual y persona homosexual (¿es práctica homosexual soñar con un beso?) y tan distinta, para un cristiano, de la de Jesús de Nazaret, un hombre puro que jamás le dio la espalda a nadie, y fue especialmente afectuoso con los más despreciados.

La historia del estallido de Villegas resulta por tanto oportuna porque nos lleva, indirectamente, a pensar en lo que tenemos que conseguir, aunque sea sin su ayuda, a apartar amablemente al homófobo exterior y al interior, a avanzar serenamente en la dignidad y la libertad, y a ver lo que nace de ellas.

A partir de estos gritos e imprecaciones, también angustiados sin duda, de estas manifestaciones del viejo orden que Víctor Hugo Robles recuerda también que nos ha quemado, encarcelado, y sigue azotándonos, lapidándonos en los pueblos integristas, donde los Villegas son millones, podemos atisbar ya y ver plenamente en el futuro una cultura que integre la experiencia homosexual y transexual de una manera abierta y ordenada.

Sobre la base de lo que ya estamos consiguiendo, nuestra libertad y nuestra dignidad, se puede construir una nueva cultura homosexual y transexual, liberada de increpaciones internas y externas, serenada. A partir de ella, surgirán nuevas formulaciones, nuevas distensiones personales, nuevas expresiones. La homosexualidad como forma de una afectividad y una estética que no siga los modelos de la heterosexualidad. La valoración afectiva y erótica de los sentimientos de afinidad y compañerismo, el abrazo entre los iguales o los admirados, la convivencia que no tiene que seguir necesariamente la forma parental de la pareja y puede multiplicarse en el círculo de los amigos queridos. Yo veo también, para muchos homosexuales, la superación de la rigida distinción entre lo homosexual y lo heterosexual, ya anunciada por el movimiento queer o, para muchos transexuales, la afirmación de los intersexual, por encima de la no menos rígida transición binarista de lo masculino a lo femenino.

Dentro de mis límites, quiero aludir sólo a una página más del libro de Víctor Hugo Robles: la de la carta de Karen Atala Riffo. Su resumen es dignidad y amor a sus hijas. Es medida de las enemistades que sufrimos, y puesto que nadie comprende lo que no vive, es una señal de que el combate de nuestra minoría debe seguir.

Kim Pérez 05-05-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                               Revolución sexual en Chile (1º)

 

Kim Pérez realiza un comentario sobre el libro de Víctor Hugo Robles, "Bandera Hueca". Este libro se comenzará a publicar desde esta semana en la sección paralela al "Comentario de la Semana". Imagen izquierda de Víctor Hugo Robles, detenido por la policía de Chile en una manifestación.

No siempre nos damos cuenta de que, quienes vivimos estos tiempos, estamos protagonizando el final de la marginación histórica de homosexuales y transexuales, y el principio de una situación de respeto y normalidad.  

Tras los largos siglos negros, en los que se  ha sufrido de todo, hogueras, cárceles, burlas, hay una estrecha banda de luz, cuyo principio se puede poner en Stonewall, en 1969, y que ha  llegado a su madurez hacia 1990, pero todavía no ha culminado. 

Cuarenta años no es nada, frente a cientos y cientos de años en los que, quienes tuvieron que vivir en ellos, perteneciendo a las minorías sexuales, tuvieron que sufrir la horrible represión interiorizada y si no, la humillación pública, la expulsión de sus familias, la persecución en los momentos peores, el apedreamiento en serio o en burla, todo lo que todavía hoy vemos con horror en algunos países. 

En Europa y América se generó un movimiento de emancipación popular que, sin embargo, no nos tocó durante un siglo; los emancipados, los burgueses primero, los proletarios después, siguieron tratándonos con la misma displicencia de siempre: pongamos el martirio de Óscar Wilde como paradigma de la hipocresía represora. 

En Stonewall empezó la Revolución Sexual por lo que se refiere a transexuales y homosexuales -nos pongo a las trans las primeras, porque nosotras, con Sylvia Rivera, fuimos las primeras que saltamos- y eso es lo que nos ha tocado vivir; en eso estamos, gloriosamente; si las generaciones siguientes pueden vivir mejor, será por el esfuerzo continuo de la  generación actual, de unos más a la vista, otros secundando y creando, en la vida diaria, las nuevas formas de vida homosexual o transexual que están haciéndose posibles en cuanto vemos reconocida nuestra libertad y nuestra dignidad. 

Pero la Revolución Sexual no está terminada, ni siquiera en Europa y América; la medida de lo que falta está en las historias de angustia que todos conocemos, en nuestras propias vidas o en vidas que están a nuestro lado; avanzada, sobre todo en España, la liberación legal, queda muchísima represión social en muchos de nuestros países, que hace que muchas personas tengan que vivir como si nada se hubiera conseguido, en la práctica como si no hubiera existido nada de lo que, sin embargo, existe. 

La Revolución Sexual es tan de hoy, tan de ahora, que todavía no se han escrito casi los libros de historia que la cuenten y analicen, y por eso apenas tenemos conciencia de ella; tampoco en el fragor de la Revolución Francesa hubo tiempo para contar lo que estaba pasando; en la nuestra, que está resultando menos fragorosa, más del día a día, de un trabajo de hormiguitas, es más natural que escaseen esos libros de historia y sin embargo se van escribiendo poco y resultan emocionantes, porque es la historia de nuestro tiempo y de lo que hacemos y de lo que vemos que pasa ante nuestros ojos. 

Tan es así, que muchas veces quienes escriben estos libros de historia son personas que han participado en las movidas que se cuentan en ellos. Éste es el caso de Victor Hugo Robles, que ha escrito "La Bandera Hueca" (agujereada), porque "hueco" es uno de los nombres-insultos de los homosexuales en Chile. 

El libro es un libro de historia, es decir, un libro serio, fundado en documentos en los que se objetiva un movimiento tan largo y heroico. Me gustaría que los que se burlan de los homosexuales y los transexuales supieran que el grupo Integración se fundó en 1977, cuatro años después del Golpe de Estado de 1973 de Augusto Pinochet. ¿Cuántos heteros se mantendrían desde entonces inmóviles y atemorizados? ¿Cuántas veces ha habido homosexuales y transexuales que bien podrían decirles a las bandas juveniles que los acosan, o los atacan, o los golpean, "si supiérais que soy mil veces más valiente que vosotros"? Pues entonces se trataba de desafiar, no a bandas, sino a la Policía y al Ejército del dictador y los de Integración no se quedaron en sus casas ni quietos. Se reunían en casas particulares, ¡se reunían! Suficiente para que algún vecino colaborador de la dictadura los denunciara; no fueron denunciados y se salvaron. Pero no se limitaron a sus reuniones, sino que se atrevieron a organizar ¡un Congreso! Víctor Hugo cita a Iván, de 67 años ahora, uno de los organizadores: "El mini congreso fue en 1982 y se realizó en un local llamado El Delfín. Los gays le llamábamos el ampliado, pues éramos como 100 los presentes. Los líderes eran varios, entre ellos un sacerdote". 

Aunque aquello transcurriera bien, Víctor Hugo no deja de recordar a quienes fueron víctimas físicas, hasta la muerte, de la dictadura. "En un habitual operativo militar y al percatarse los milicos que mis amigas eran maricas, las sacaron a unas canchas abandonadas, les ordenaron correr en la oscuridad y les echaron unos perros hambrientos para matarlas. A la Lety la mataron los perros a puros mordiscones y a la Chela la remataron con una bala en la cabeza". 

También las lesbianas se organizaron en 1984, en Ayuquelén, también motivadas por un asesinato, el de Mónica Briones, a manos de un ex amigo.  

Luego, viene una historia de organizaciones, pero muy poco burocrática, desde los nombres, "Las Yeguas del Apocalipsis", que en 1989 desplegaron una pancarta con el lema "Homosexuales por el cambio" en un acto del candidato cristianodemócrata Aylwin; una fecha en que ni siquiera los demócratas podían sentirse a gusto con aquella irrupción; y desgraciadamente, menos aún los cristianos "respetables" (no aquel sacerdote del Delfín....) 

Las Yeguas, inspiradas por Pedro Lemebel, cuya palabra rota y fresca tuve ocasión de que me impresionara con su belleza antes de saber todo esto, convirtieron la lucha transhomosexual en performances desgarradoras, al pie de la letra (pies sangrantes sobre cristales, entre ellas) que simbolizaban los sufrimientos bajo la dictadora y, según lo previsto, consiguieron lo más difícil, "poner la homosexualidad en la agenda de la izquierda". 

Lucha es lucha, y es dificultad. Sobre todo, cuando apareció el sida vampiro (me niego a escribirlo con mayúsculas, por cierto) El movimiento homosexual no supo posicionarse, en un primer momento, y el MOVILH (aquí sí, no me importan las mayúsculas) se negó a participar en una manifestación, a la que acudían organizaciones de seropositivos, supongo que para combatir la asociación de ideas entre homosexualidad y sida. A mí, por mi parte, aquellos años me aterraron, y retrasaron mi liberación, lo digo con vergüenza: aterrarse era egoísmo; luchar junto con otros era solidaridad. 

Pero, por entonces, también hubo autocrítica. ¿Se podía hablar de movimiento gay cuando "en Santiago, el grupo MOVILH son diez personas; las Yeguas del Apocalipsis dos; el Taller SER cinco y en Calama son seis personas. Menos de cien personas para doce millones de habitantes"? Pues sí, y a la vista está: principio quieren las cosas y cuando en Madrid el Orgullo Gay llena la Gran Vía de lado a lado y de punta a punta con un millón de personas, cabecitas negras y banderas del arcoiris, hay que recordar que también así empezó lo nuestro. Esas cien personas de Chile fueron las mariposas que al mover las alas pudieron también generar su huracán. 

Tengo que señalar también la primera donación que dio fuerza física al movimiento, que fue de las "religiosas católicas de Zusters Van Liefde (que también apoyan a mujeres trabajadoras sexuales del Uruguay", contraviniendo "expresas indicaciones del Vaticano". También aquí las trans tuvimos el apoyo, los primeros años, de determinadas religiosas, que por su trabajo en la marginación sabían de lo que hablábamos. Una ráfaga de luz se desliza en este momento: la Revolución Sexual va acompañada también por una Revolución Religiosa, protagonizada también por los últimos de la fila y quienes comparten sus vidas con nosotros. 

En medio de la crónica colectiva aparecen también algunos destellos personales que permiten averiguar algo de la presencia de Víctor Hugo Robles en aquellos primeros combates y hacen el relato familiar y sentido, algo de lo que hemos vivido. Fue el presentador de "Triángulo Abierto", el primer programa homosexual de la radio chilena, que se mantuvo catorce años, con un espacio incluído de saludos que me enternece nada más que imaginar.  

Luego, la desgracia del incendio de la discoteca Divine, de Valparaíso, un dolor de familia, y los avances lentos y firmes, una besada desafiante en un Seminario de la Universidad (dos pasos juntos), un cuadro de Bolívar travestí, los chilenos saliendo primero en el Pride de Nueva York del 94, "Ángeles Negros", un libro subvencionado por primera vez, un beso que Lemebel le robó a Serrat, las primeras reformas legales por iniciativa del MOVILH, y la presencia de homosexuales en el Parlamento para negociarlas.  

Al escribir estas últimas frases me doy cuenta de que pasamos de pronto de la nostalgia del día a día de la militancia, lleno de primeras veces, a un cambio cualitativo de lo que se está contando: de la lucha a las primeras victorias; de las transformaciones sociales cuando llegan al poder político y desde él siguen transformando la vida social con una eficacia multiplicada. Ese punto de inflexión, para Chile, se dio en 1998. 

En ese mismo año, recuerda Víctor Hugo Robles que se estaba produciendo una transformación del movimiento homosexual chileno, al abrazar a "locas, travestis, y homosexuales vih positivos". "Nuestra" entrada produjo tensiones, como suele suceder, y la salida de un dirigente que no comprendió que las trans (y las locas y los seropositivos) somos la verdadera fuerza de choque del movimiento gay, que no sin razón asume una estética drag en los Orgullos, contestando así a los razonamientos de quienes temen por la respetabilidad homosexual (Recuérdese la histórica contraposición, en "Stonewall", película, de los homosexuales integracionistas y las travestis que acabaron desatando el huracán).

Silvio Rodríguez, otros artistas, la "bandera hueca" (bandera del Chile marica), la cuestión de las fichas policiales, martilleaban en los mismos clavos. Víctor Hugo Robles adoptó la técnica de las perfomances para seguir avanzando, para lo que creó el personaje del Che Guevara gay. En un acto de la central sindical, apareció con una corona de espinas y una pancarta que decía "La hierba está conmigo, yo estoy contigo"; a la discoteca Planet fue con una boina negra estrellada, una camiseta de la selección chilena con el 11, un bidón supuestamente de fármacos antisida y los labios muy pintados de rojo. ¡Me hubiera encantado que fuéramos amigos entonces! 

Con un atuendo similar, boina estrellada y labios pintados, se presentó en la Marcha de Derechos Humanos al Cementerio General, en 1997, donde la Policía cargó con gases lacrimógenos. Y finalmente, en otra manifestación en el Parque Almagro, "fue delirante, ya que terminé con los pantalones abajo, encaramado en el monumento a Diego de Almagro y gritando desaforado con el poto al aire: "¡Que viva el Che Guevara, que viva el Che Guevara!” Finalmente, en la Feria del Libro, "temerario, salté al escenario con pañuelo rojo en la mano y comencé a bailar una desenfrenada cueca al ritmo de la canción nacional, mientras gritaba: “¡Juicio a Pinochet, juicio a Pinochet, por los desaparecidos, juicio a Pinochet!”. 

Éstas son las artes marciales gays. Y son efectivas, y desarman. 

He llegado así a la mitad del libro. La continuación, la semana que viene. 

Kim Pérez 25-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                                 Yo era ambiguo

 

Me asomo al mirador. El mar, sereno y claro, me rodea por todas partes, la tierra queda a mis espaldas, arbolada, florida y frutal, cantada por los pájaros. 

Todo es hermoso y alegre, sé que mi figura corresponde con tanta hermosura. Mi cuerpo es esbelto y tengo veintitrés años; soy moreno, tengo los ojos negros y hondos, mis facciones, mis movimientos, son delicados y tranquilos, sé que mi piel es aromática como el mar o las flores, me he sumido en mi perfume muchas veces entre sueños y sé que tú también te has hundido en él. Llevo ahora un camisón largo, por debajo de las corvas, que se mueve con ligereza con la brisa de la mañana, que deja ver mi garganta y libres mis movimientos. 

Delante del mar y de su olor salado, que me llega a bocanadas en la brisa, siento que es el infinito y sé que es el mejor lugar para pensar en ti, que estás descansando todavía, envuelto en las sábanas blancas y arrugadas, tu piel tostada contrastando con su color, los ojos cerrados ocultando lo que ves tras ellos. Eres tan parecido a mí, que te siento como si fueras mi imagen en el espejo, pero eres material, tienes peso y puedo palparte y percibir tu calor joven. De esta noche no se me puede olvidar el contacto de nuestros labios y el de nuestros vientres, como si fuera otro beso, porque en ellos no hay genitales que perturben sus líneas lisas y su tierna belleza. 

Estoy delante de la barandilla del mirador y siento la fuerza del aire del mar en la cara. Tengo que entornar los ojos, mientras la belleza y las gotas microscópicas me acarician, tranquilizándome. Yo sé muy bien quién soy y quién eres tú, tan parecido a mí y sin embargo, distinto, y tan amado y deseado. Sabemos lo que somos, lo justo para sonreírnos cuando nos vemos, alegrándonos por estar juntos, milagro que nos asombra cada mañana. 

Quienes no saben cómo somos son quienes no son como nosotros, porque no tienen imágenes ni palabras para darnos nombre. Es verdad que nosotros lo tenemos muy fácil, porque el nombre que nos damos es Tú y Yo, intercambiándolo; yo soy como tú y tú eres como yo. Mi amigo, mi igual, el compañero que mira el mar como yo lo miro y siente lo mismo que yo siento.  

Lo difícil es cuando tenemos que dejar esta casa, la orilla del mar, y meternos en el pueblo a comprar cosas. Es difícil elegir la ropa justa. En teoría, nos correspondería chaqueta y pantalón, según los criterios exteriores, e incluso una vez nos pusimos chaquetas de rayas verticales rojas y blancas y pantalones inmaculados y bien rayados, estilo Cambridge, y resultaba alegre y brillante como la luz de la mañana, pero nos dimos cuenta de que los otros pensaban que éramos distintos de cómo somos, y después de habernos gastado un dineral en esas prendas, tuvimos que dejarlas, habiéndonoslas puestas un solo día. Otra vez, nos decidimos por salir a la calle con unos vestidos camiseros casi como el que llevo ahora, sobrios y ligeros, despreocupados, y bajamos riéndonos, porque eran como vestidos de mujeres, pero tampoco los otros nos veían como somos. 

Es un problema, vestir de manera que los otros entiendan cómo eres, y que eres distinto a ellos. La manera más fácil, desde luego, lo que usamos casi siempre es ponernos pantalón y camisa suelta, un estilo unisex que alcanza su propósito cuando la gente nos mira, con nuestros cabellos mojados y más bien largos, y no sabe si somos hombres o mujeres, y se dirige a nosotros con unas dudas graciosísimas. 

Kim Pérez 21-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                          Por las familias Trans

 

Me he animado hablando con unas compañeras y he abierto el Foro TransFamilia. Le pregunté a Carla si le importaba que lo anunciase en este Diario Digital y me dijo que adelante, porque además llenaba un hueco, y le agradecí de corazón su generosa actitud, porque es preciso que este Diario Digital sea el espacio en que muchas personas se enteren de que existe ese hermano menor y acudan a sus páginas. 

Estoy impresionada; siento que estoy en lo mío. Se lo dije también a mi amigo Equis, y me dijo con una sorprendente clarividencia que ese foro puede ser la ocupación de mi vida. Es verdad. 

Voy a explicar por qué. Lo primero, porque estoy convencida de que la mayoría de las trans están en este caso. No lo parece, porque no se las ve, por definición. Entran en los foros, y para ellas es casi la única expansión, pero están ahí. 

Por eso, la primera utilidad de esta iniciativa consiste en que vean con claridad que no están solas, ni mucho menos. Es que muchas veces están tan aisladas, tan clandestinas, que les parece que son las únicas del mundo a las que les pasa esto. Aunque la lógica les diga que no, la práctica parece que se lo confirma; no ven a nadie, no oyen a nadie, creen que no se puede hablar de estas cosas.  

La segunda utilidad es hablar. En realidad, es lo único que necesitan. Hablar entre compañeras y, si es posible, que las cónyuges descubran que también pueden hablar con otras cónyuges y que también son compañeras entre sí. 

La tercera utilidad  es reflexionar y encontrar formas prácticas de vivir la difícil experiencia de ser trans, de tener una cónyuge, de criar a unos hijos. De que lo trans sea el rayo que vive en tu interior y de que la vida práctica y el cariño vivan también y te hagan temblar ante la perspectiva de perderlos y la voluntad de seguir a su lado te cueste lo que te cueste. 

¿Cómo se puede llegar a esta situación?, se preguntarán quienes no estén en este caso. Mi respuesta es clara: Tú lo sabes. ¿Quién no se ha encariñado o ha admirado o amado a una mujer cuando has sido joven y no te conocías del todo? ¿Quién no ha pensado, ante la conciencia de su disforia, “esto son tonterías; me caso y se me pasan”? 

Experiencia suficientemente común a personas atraídas por las mujeres o también atraídas por los varones o no atraídas ni por unas ni por otros, como para que si las circunstancias son las adecuadas, ves que te has casado, y que tu cuerpo de trans es capaz de engendrar hijos que luego te maravilla que estén en el mundo. 

Pero es natural que la cónyuge se sienta desconcertada y perdida cuando ya no puedes más y te diga: “Pero yo me he casado con un hombre, que me ha gustado; y yo te quiero como hombre”. 

“Pero no soy un hombre”, le dices con la misma angustia. 

(Yo creo que tienes razón, y ella también; es que no eres hombre, eres trans, aunque eso necesita mucha explicación. Definir lo que es ser trans es descubrir uno de los misterios de la naturaleza, para el que  nuestras lenguas no tienen casi nombres, ni nuestra cabeza modelos: es el misterio de la intersexualidad. Pero ése es mi punto de vista y puede ser que tenga que discutirlo mucho) 

Encontrarse, hablar, pensar, es todo lo que se requiere en este foro. No es poco y será difícil conseguir lentamente un número de participantes que estimulen la conversación general. Entre ellos, habrá sobre todo trans, y a continuación, cónyuges de trans. De éstas, unas hablarán y otras permanecerán calladas, leyendo. No importa. Con que vean que hay otras parejas que viven lo mismo, será suficiente. Con el tiempo se decidirán a hablar. 

También pueden entrar, ojalá, padres y madres de trans jóvenes, ahora que ya es posible que comprendan y ayuden a sus hijas o sus hijos, quizá a exponer sus perplejidades, quizá a contar sus soluciones. Será bueno, en la medida en que nos hagan ver la capacidad humana de normalizar lo que antes pudiera parecer más insólito. 

Y en la misma línea, me encantaría que participaran personas que viven las mil situaciones abiertas que la sociedad abierta permite: parejas que aman a una persona sabiendo que es trans o quizá porque es trans, parejas en las que las dos personas son trans, del mismo sexo o de distinto sexo. Todo es posible, desde luego con las o los trans es imposible aburrirse, y a fin de cuentas, lo que se advierte en todos los casos es muy sencillo: una persona a la que se quiere, por ella, más que por su sexo, masculino, femenino o neutro. 

Hay esperanzas. Hay parejas que se mantienen y atraviesan todo lo que tienen que atravesar. Hay hijos que son respetados y que luego agradecen ese respeto o, simplemente, quieren a quien les ha traído al mundo, con todos sus problemas. Hay infinitas formas de esperanza, porque la inteligencia humana es capaz de encontrar toda clase de soluciones a estos problemas que encuentra. No hay una solución única, pero la comunicación y el diálogo ayudan a que cada cual encuentre su solución. 

* Fotografía superior del hombre transexual Stephen Whittle y su familia

Kim Pérez 14-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                         Queda por hacer esto

 

La valiente y generosa acción de Marta Salvans ha tenido el efecto de poner delante de los ojos de todos lo que queda por hacer en el ámbito transexual y las angustias que ello supone, que justifican la huelga de hambre que emprendió y que pudo terminar ante la actitud abierta de la Generalitat. 

Antes de seguir, quiero recordar lo que hemos conseguido en España, para poder situarnos. 

Lo más importante es el reconocimiento moral que hace el Estado en la Ley de Identidad de Género. Si el Estado nos respeta, tenemos un argumento muy sólido para conseguir que toda nuestra sociedad nos respete y para que otros Estados sigan el mismo camino que el nuestro (que también siguió al holandés o al belga o al canadiense y siguió y adelantó al británico) 

Sin embargo, del dicho al hecho hay gran trecho, y nuestra sociedad nos respeta algo más, sectorialmente, pero queda muchísimo por conseguir, que se traduce en marginación, desprecios y sobre todo paro.  

El trabajo es la clave de la inserción en una sociedad, por lo que si vemos que el trabajo por cuenta ajena para las transexuales sigue siendo próximo a cero, podríamos cifrar en ese número redondo el grado de inserción social, si no fuera por el trabajo por cuenta propia o como funcionaria del Estado, que afortunadamente funciona. Decenas de tiendas de barrio gestionadas por trans, algunas cooperativas y decenas de funcionarias trans del Estado, en todas las ramas, lo testimonian. Pero si sacáramos la proporción en relación con la población total trans, las cifras siguen siendo exiguas. 

Queda la prostitución como salida laboral pero obligada para muchas. Desde luego, que el conjunto social no se escandalice ni saque conclusiones. Es el conjunto de la sociedad, con sus autoridades al frente, culpables por omisión, el que no nos da el pan –el trabajo- , por lo que no puede asombrarse de que muchas lo busquen donde lo haya. 

Muy lentamente, van apareciendo señales esperanzadoras en este aspecto. Conozco trans muy jóvenes que están siguiendo el mismo y sorprendente camino: apoyo familiar (antes casi impensable), continuación de sus estudios, transición, cambio legal conforme a la nueva Ley. 

Es previsible que cuando terminen sus estudios, dado que su presencia física suele corresponder muy bien a su nueva identidad legal, simplemente se incorporen a la corriente laboral general, por cuenta ajena o por cuenta propia. Esto empieza ya a ser una realidad y se generalizará a partir de dentro de unos cinco años. 

¿Pero qué se hará con quienes tengan ahora más de treinta años y un aspecto físico (estatura, voz…) distante de los estándares femeninos? ¿Trabajan por cuenta propia o en los cielos del funcionariado o se ven sometidas a la precariedad, el paro, la dependencia familiar o la consiguiente marginalidad, depresión, etcétera? 

Me perdonarán los trans masculinos si hablo sólo de las trans femeninas, porque saben que éste, como otros, es un problema sobre todo nuestro. Ellos podían encontrar sólo los derivados de la falta de papeles, pero hoy están resueltos. 

Marta Salvans ha hecho llegar a la Generalitat un buen escrito en el que se reúnen muchos de los problemas que nos aquejan, en este caso, a todos los transexuales. 

Uno de ellos se deduce de lo que he dicho hace un momento sobre las trans jóvenes. Si hay apoyo familiar, todo está resuelto, ¿pero si no lo hay? 

En este punto queda por hacer casi todo en la formación de asociaciones de padres de transexuales (a ejemplo de tantas anglosajonas y de la de gays y  lesbianas que ha constituido aquí el Casal Lambda-perdón por las que desconozca) 

Por cierto, estas asociaciones pueden unirse o ir en paralelo a las de cónyuges y allegados de personas trans que empiezan su transición en la madurez; el grado de angustia –no hay otra palabra- que puede producir el ver que se arriesga una vida familiar es tan fuerte, que resulta apremiante que se pongan manos a la obra, o mejor, que nos pongamos. 

El cambio cultural espontáneo está en marcha, pero es lento. ¿Dejamos sufrir a otra generación? ¿O ponemos en marcha a los gobiernos para adelantarlo: campañas de información pública -¿qué tal spots en televisión?-, instrucciones a los colegios para que atiendan a los escolares variantes de género, cuotas de empleo público, reforma de los planes universitarios para integrar la transexualidad? 

Esto es lo que se puede hacer. ¿Se está haciendo algo de eso? ¡No! 

Pues esto es lo que nos queda por conseguir y, si no fuera porque los primeros responsables somos nosotros, los colectivos afectados, que no hemos alzado bastante fuertemente la mano y hemos dejado que Marta haya tenido que levantar su voz en solitario, sería también  en lo que el Estado está faltando por omisión. Desde  luego, si no le decimos nosotros lo que nos falta todavía, no se moverá. 

Queda pendiente también, en gran parte de España, la debida atención médica por la Seguridad Social, que ha sido el detonante de la acción de Marta. Se irá resolviendo, parece que en Cataluña se empezarán a realizar reasignaciones quirúrgicas en el último trimestre de año, lo que demorará sólo, digamos, otros seis meses lo que muchas personas trans están cansadas de esperar durante años. Desde luego, cuando se consiga, será un buen ejemplo para Euskadi y para Mariquilla y toda la villa. 

También falta todavía un gran cambio cultural en la interpretación de la transexualidad por parte de las propias personas transexuales, lo que será un factor decisivo para transformar las perspectivas. A mi entender, debemos insistir en lo que una parte de la transexualidad tiene de intersexualidad, y en el entendimiento de la sexualidad como un continuo donde las intensidades de la masculinidad y la feminidad forman una gama; también en lo que otra parte de la transexualidad tiene de disforia, y en las causas de esa disforia; y finalmente, en la unión de la intersexualidad y la disforia. 

Una consideración personal. Soy una persona más bien intelectual, poco  activa físicamente, y menos con sesenta y siete años. No me veo ya promoviendo asociaciones, encuentros, etcétera. Pero estoy retirada y eso me da muchísimo tiempo libre. Puedo escribir y hasta orientar a quien me pregunte. No llego a querer coordinar. Pero ésta es mi contribución a lo que queda por hacer: mi email, transiya@yahoo.es

Kim Pérez 07-07-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                       La huelga de hambre de Marta Salvans

 

De nuevo ha habido una trans que ha demostrado su inteligencia y su valentía en una lucha personal que ha supuesto un sacrificio. 

Supongo que hace falta realizar una huelga de hambre para darse cuenta de lo que significa tener el estómago vacío durante veinticuatro horas, y luego otras veinticuatro, y otras veinticuatro, y otras, y …  

Sobre todo con la incertidumbre de lo que pasará –empezando por la propia salud- y de si servirá para algo. 

Marta Salváns tomó esta decisión personalmente, sin contar con nadie más, pero tomando en cuenta los intereses de otras personas, por delante de los propios. Tuvo los ojos abiertos para el sufrimiento de otras personas transexuales hasta el punto de no querer soportarlo, por lo que ha puesto su protesta  delante de los ojos de todos. 

Es que es verdad que las personas transexuales seguimos sufriendo de muchas maneras y lo que hemos conseguido, siendo importante, no puede cerrarnos los ojos sobre lo que nos queda por conseguir hasta que estos sufrimientos se canalicen debidamente y se resuelvan. 

El sufrimiento personal y casi solitario de Marta Salváns durante estos días –ha tenido a Gina Serra a su lado- es  una más de las dificultades y angustias que llenan la vida de las trans y los trans. Es verdad que no podemos hacérselo ver directamente a quienes no los tienen que pasar –ojos que no ven…-, pero también es verdad que nos dan una fuerza particular que podemos hacerles medio comprenderlos bajo la forma de nuestras protestas.  

Una huelga de hambre verdadera y seria es una señal de la seriedad de lo que se reclama. Por otros motivos hay a veces huelgas poco serias, más efectistas que reales, pero en nuestro caso, es fácil ver en nuestros ojos que la huelga responde a la realidad. 

Sólo cabe arriesgar la salud  y la propia vida si se trata de defender la salud, la vida u otros valores igualmente primordiales, como la dignidad de las personas. 

En estos casos, el derecho moral a emprender la huelga de hambre, es equivalente al derecho de legítima defensa personal o colectiva. También un soldado o un guerrillero que defienden a su nación arriesgan su vida legítimamente, aunque en el caso de la huelga de hambre ha una ventaja moral añadida: no se pone en riesgo más que la propia vida, no se toman otras para defender los propios derechos. 

La huelga de hambre sólo es efectiva cuando enfrente hay un interlocutor dispuesto a escuchar  y capaz de respetar a quien la emprende. Por eso, su iniciador, el maestro de la no violencia, Mahatma Gandhi, supo que podía emplear este recurso. Tenía enfrente a Inglaterra, una nación con prensa libre, tradición de respeto a la valentía humana, y Gobierno democrático. Muchos otros gobiernos de la época hubieran volatilizado físicamente a quien protestase así. 

En este caso, parece que la Generalitat de Cataluña ha estado a la altura de lo que se podía esperar de ella. También es un gobierno que tiene una tradición de respeto a los derechos humanos y también gobierna sobre un pueblo que tiene medios de comunicación libres. 

Creo que la televisión catalana dio una buena cobertura de los hechos, que resultó impresionante,  y eso sin duda sirvió para conseguir un buen resultado. Por otra parte, me consta lo que Carla Antonelli hizo para difundir la información que le llegaba y lo que habría hecho en caso necesario. 

Gracias a ello, la huelga de una sola persona fue escuchada. No importó que fuera incluso en momentos –la Semana Santa- en los que se podía temer que no quedara un alma en los despachos. Precisamente por eso, esa voz solitaria, en un espacio solitario, resonó mucho más. Y hay que decir en honor de los políticos catalanes competentes, que supieron escuchar, pasando por alto sus vacaciones, y comprender lo que esa voz decía. Hasta el momento en que escribo, domingo 30, y en espera de comunicado del lunes 30, declaro que no tengo motivo para pensar otra cosa. 

El peso y el prestigio de Cataluña en nuestro Estado es suficientemente grande, como para que lo que se consiga allí (que es lo que se consiguió en Andalucía y está aquí en marcha desde hace ya diez años) sirva para estimular en el resto de las Comunidades españolas las mismas decisiones. 

Me parece que la huelga de hambre de Marta Salváns habrá servido por tanto para que no sea necesario, por lo menos de momento, emprender otras. El sacrificio de Marta, su estómago vacío y exigente durante estos días, habrá hecho posible que otros estómagos puedan seguir con su alimentación regular. Pero las múltiples formas de sufrimiento de las personas transexuales siguen estando vigentes y el trabajo no se ha acabado. El movimiento transexual tiene que seguir en pie.

Kim Pérez 31-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                              Somos personas

 

Una de las expresiones más frecuentes y también más fuertes que se oyen en labios trans es “yo, ante todo, soy persona”. 

Yo también la he dicho, me la he dicho muchas veces, antes de caer en la cuenta de que a mi alrededor la decían otros muchos compañeros y compañeras. 

¿Cómo entenderla o cómo explicarla mejor? Porque parece una obviedad. Para no interpretar lo que dicen otras personas, empezaré por decir lo que significa esta frase cuando yo la digo. 

No soy hombre ni mujer; soy persona. Soy trans, si quieres que diga eso. Soy una especie de espíritu caído en un cuerpo humano y sorprendido de las condiciones que eso significa. Soy parecida a un ángel, de quienes se dice que no tienen sexo. Espero con toda mi alma que me libraré de ser un demonio, porque deseo ser amada, no temida. Soy quizá una extraterrestre, venida por medio de reencarnaciones de lejanos planetas, donde no existe el sexo dual como aquí y la gente se ama de otras maneras. Por eso digo que yo, ante todo, soy persona. 

Creo que muchas otras personas trans dicen esta frase en el mismo sentido que yo la digo, pero para otras muchas tiene otro significado. 

Para éstas, es una respuesta a tanta agresión y descalificación como a veces sufrimos, que nos cansa. 

Es como decirles a los agresores que piensen que no somos bichos raros, sino seres humanos expuestos a una condición rara, a una manera de ser poco usual, pero legítima. 

Como dice mi amiga Merche Camacho, a veces hay que recordar a las otras personas que “si me dan un pellizco, me duele, y si me pinchan, sangro”; porque algunas parecen incapaces de empatía o de ponerse en nuestra piel y nos condenarían con gusto a arrastrarnos toda la vida por donde ellas y no nosotras quisieran que fuéramos. Pero como dice también siempre Merche, su madre le ha enseñado una cosa que es lo principal: “Tú, con la cabeza siempre alta”. 

Las dos interpretaciones de la frase pueden acercarse. Quienes pensamos que ser persona significa que estamos por encima de la división entre hombres y mujeres, podemos hacer nuestra la postura de quienes piensan que ser persona es afirmar una condición común a todos los seres humanos, un respeto por nuestra común humanidad, por encima de cualquier diferencia. 

Hay una especie de teoría moral y política en esa frase, aunque la digan personas que no han estudiado la teoría y sólo conocen la práctica de nuestras vidas. Es como si dijéramos: “Te exijo respeto porque yo te doy respeto, basado en que tú y yo somos personas”. 

Este poner la persona o la común condición humana por encima de cualquier otra consideración tiene consecuencias muy importantes. Nos hace concluir que las personas somos iguales por encima de cualquier diferencia de sexo, raza, riqueza, educación, circunstancias, edad, etcétera. 

Lo hermoso es que a partir del reconocimiento de esta igualdad puede ir formándose cierto compañerismo, cierta ternura o compasión, cierta solidaridad universal. 

Por eso definirse como persona, lo que es una definición abstracta, porque está por encima de cualquier otra consideración (una persona es un ser humano, sin que importe si es hombre o mujer o ni hombre ni mujer, guapa ni fea, rica ni pobre, morena ni rubia, buena ni mala, simpática ni sosa, lista ni torpe, niña ni vieja, y todas merecemos el mismo respeto) es el hecho central y más noble de la cultura trans y también ayuda a que se forme nuestra particular valentía trans, que se basa en el hecho de poner las consideraciones personales por encima de cualesquiera otras. 

En las últimas semanas he visto la valentía trans en Mari López, capaz de poner el cariño y el respeto a su familia por encima de su propia angustia por vivir su vida; eso es de trans, aunque consista enn no poder vivir como trans  o en tener que retrasar el momento. Las trans no somos las únicas personas que sabemos que si en nuestra alma hay un sentimiento de respeto  y de cariño debemos ponerlo por delante de todo, porque es lo que sentimos, pero el ser trans nos ayuda a sentir así. 

También he visto la valentía trans en Marta Salváns, capaz de arriesgar su salud y hasta su vida por los derechos de otras personas. También es su experiencia de trans lo que le ha enseñado a pensar así. 

Las mismas trans o los mismos trans no nos valoramos mucho o no sabemos valorar lo que la vida nos ha dado. Esta experiencia de que somos personas por encima de todo vale la pena de lo que nos haya costado. 

Kim Pérez 24-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                             Mari López. Tercera parte

 

Te llegó poco a poco la edad de hacer la mili y allí fuiste. Nada más llegar al cuartel, descubriste la existencia de hombres más prepotentes todavía que pasaban la vista sobre ti como si no existieses. Cuando lo cuentas, siento la ira temblando en tus palabras. La cultura del avasallamiento y la intransigencia había parasitado una vida militar o cuartelera tan lejana de lo que es el compañerismo de las armas, cuando hay algo que defender de verdad. La única manera de disipar la ira es que comprendas el mecanismo que hacía de aquellos hombres, muñecos jactanciosos y temibles. 

Viste también, naturalmente, el trato que les reservaban a los mariquitas de uniforme, caídos como tú en la trampa del reemplazo obligatorio. 

Había  uno en tu unidad, y decidiste ser amable con él. Recuérdese tu silencio, grabado a fuego en tu memoria. Pero podías compartir los paquetes de comida o el poco dinero que te llegaban desde tu casa, desde donde te mandaban lo que podían. Al compartirlo, desde luego, te duraba lo que duraba la tarde. Al llegar la noche, no quedaba nada, pero tuviste la ocasión de conocer lo más hermoso de la vida humana, compartir los alimentos, lo que nos hace compañeros, que significa los que comen el mismo pan. 

Una tarde, tu compañero entró en la cantina, como pudo, y tú le invitaste. De pronto, surgió la sorpresa de la reacción de uno de los dos cantineros, que empezó a darte voces y terminó por salir detrás de ti a la calle increpándote y empujándote: “¿Cómo puedes convidar a un ser depravado?”, te decía. Se te quedó en la memoria lo de “ser depravado”, que es la prueba, añado yo, de que aquellas opiniones no se habían cocido en la mente del cantinero, sino que venían de  lejos. 

Tú te callabas y obedecías. Para no complicarte las cosas, te distanciaste del compañero; echabas por otro lado cuando lo veías de lejos. Él lo comprendería, pero estaba mal. Lo que pasaba es que no sabías hacer otra cosa. Muchos de los que te dan de lado a ti estarán en el mismo caso, desde luego. 

Sólo la lucha contra la injusticia que nos ataca a todos puede salvar a quienes la sufren, pero tú tenías demasiado miedo y demasiado poco conocimiento como para saberlo y comprenderlo. Enfermedad generalizada. 

Volviste de la mili y te diste cuenta de que amigos y parientes –sólo tus padres no te decían nada- daban por supuesto que te casarías. “Así se hacen los hombres”, te decían, lo que era verdad, pero no para ti. 

Se fue formando, detalle por detalle, para que cayeseis Lola y tú en él, el tremendo nudo que tan bien conocen muchas personas transexuales y homosexuales. 

“Esto son tonterías mías”, pensaste, “me caso y se me pasan”. 

No se lo dijiste a Lola, por vergüenza y por el convencimiento de que era verdad. ¿Para qué asustarla o que te rechazase? ¿Para qué perder la oportunidad de ser un hombre como otro cualquiera? 

Pero si se lo hubieras dicho, el nudo tiene recursos para seguir formándose, porque te hubiera respondido, casi seguro: “Yo te quiero, porque eres bueno, ya verás como estando a mi lado, todo cambia”. 

Unas y otras palabras, las que te dijiste tú y las que te hubiera dicho ella, no las habías oido nunca, y sin embargo habrían sido dichas, exactamente tal cual, las mismas que miles de transexuales y homosexuales y sus parejas se dicen, creyendo que son suyas, cuando son parte del mecanismo de la represión interiorizada. 

En fin, los dos pajarillos cayeron en la trampa y empezaron su vida matrimonial. 

Se fueron a Barcelona. Tú te pusiste a trabajar en la construcción o en lo que saliese. Viviendo en los arrabales de una gran ciudad, tuviste la ocasión de descubrir por fin lo que eras: “¡Travesti!” o “¡Transexual!” 

Ya tenías respuesta al “¿Qué soy yo?”, que te había hecho sufrir durante tantos años, al ver que no te identificabas con los homosexuales, pero a la vez estabas expuesto a sus mismos peligros, a la denigración y el rechazo, incluso a las palizas. 

Pero era bueno tener por lo menos un nombre para entenderse, la alegría que hemos conocido miles de travestis o transexuales, al saber lo que somos. 

Por supuesto, aunque ya lo sabías, sabías también a lo que te exponías. 

Volvías del tajo a tu casa en un cochecillo que te habías comprado. Como eran kilómetros de grúas y descampados hasta la civilización, solías llevarte a un compañero de la obra que vivía cerca. 

Una tarde, por la carretera solitaria, viste a una personilla haciendo autostop. 

Paraste y se acercó. Era una travesti. 

Mientras iba llegando, tu compañero, muy alterado, te dijo: “¡Es una travesti! ¡Si esa persona se sube, yo me bajo!” 

Ahí si estuviste bien. “Pues bájate” le dijiste. 

Y se bajó, la travesti subió, la llevaste al barrio, ella se quedaría extrañada, o no tanto, de que su subida al auto fuera acompañada de la salida de un pasajero, pero él siguió los kilómetros de a carretera a pie y no volvió a dirigirte la palabra. 

Pero todo eso te recomendaba seguir en el silencio más absoluto. 

Te comprabas de vez en cuando ropa, donde no te conocieran –tenías el valor de comprarte ropa, yo no lo tuve-, y la escondías donde Lola no la encontrara. Sólo una vez la encontró. Creyó que era cosa de una broma y la quemó, como si supiera en el fondo lo que podía significar. 

Recuerdo los hermosos versos de una amiga de Galicia a un par de medias, que habían hecho que sus piernas fueran  bellas, viendo cómo ardían. 

Pero tanto silencio empezó a volvérsete insoportable. Empezaste a peregrinar yendo a psicólogos, esperando que alguno supiera decirte la palabra reveladora, pero no lo encontraste, ni siquiera en Barcelona. 

El primero te dijo: “Esto es fetichismo”, como si fuera un simple juego erótico, y tú sabías que no lo era, porque estaba envuelto tu rechazo a lo masculino, y el sentido de quién eras. 

Otros te confesaron que no sabían cómo ayudarte. Uno me dijo a mí: “Sentimos pánico cuando llega un transexual y sabemos que lo ignoramos todo”. 

El tercero o el cuarto, al segundo día, te dijo muy contento: “Ya sé lo que le pasa. Y conozco el remedio”. 

Le preguntaste y, en su opinión, sufrías una enfermedad mental que se resolvería con un tratamiento psiquiátrico. De alguna manera, tuviste también la clarividencia de saber que se equivocaba. 

Nada en claro. Seguisteis en Barcelona quince años y no pasó nada. Pero Lola fue poco a poco enterándose, como era natural. Tuvisteis que volveros ya, mientras ella no acababa de comprenderlo del todo, a la vez que su mundo se derrumbaba. Pero tuvo paciencia. 

Al volver, la acompañaste un día a una psicóloga con la que habías hablado en un pueblo cercano y se lo dijo claramente, incluso  tajantemente, sin matices: 

“Es una mujer. Es como tú”. 

Lola se calló y lo pensó, es su manera de reaccionar. Intentaba comprender pero no acababa de conseguirlo. Ella es del pueblo, es hija del pueblo, y piensa como el pueblo: En que hay hombres y mujeres y punto. No ha sabido nunca o por lo menos no ha sabido nunca del todo lo que significa que haya intersexuales o transexuales, y le da miedo saberlo y sacar todas las consecuencias. 

Por lo que eso puede afectar a su vida social, por ejemplo. La pesada atmósfera moral del pueblo, la ha destruido ya, como destruyó en su tiempo la de José María y sus padres, pero podría destruirla más todavía. 

Eso no sabes ni cómo ha llegado. Tú has sido extremadamente cuidadosa para que no se sepa allí, pero se ha sabido, la gente observa, y piensa, y deduce, y por un hilo casi invisible es capaz de sacar el ovillo, sobre todo entre las cuatro casas de un pueblo. 

La dictadura del qué dirán agobia como pocas, dictadura exterior e interior. Tú empezaste a darte cuenta cuando tus amigos, los de tu edad , con quienes habías compartido tantos ratos de terraza en el bar, sobre todo en verano, de sombras cálidas y añoranzas de futuro libre, quienes te habían hecho favores y tú les habías correspondido, de pronto resultó que no te conocían. 

O mejor dicho, te conocían si estaban solos cuando pasabas. Entonces, “adiós” y “adiós”. Para demostrar cuál era el fundamento de todos los conflictos, si estaban con alguien al pasar tú, entonces te volvías invisible. 

Y desde luego, adiós sólo y sólo adiós. En total, medio segundo, y mirando a diestra y siniestra. ¿Pararse? Imposible, alguien os puede ver. ¿Acompañarte? Más imposible todavía. Las lenguas se pondrían a trabajar. 

Por lo mismo, para ti, como les pasó a los padres de José María se ha acabado el trabajo ocasional, cuando un vecino necesita que se le eche una mano. ¿Qué dirían los demás si al pasar por el camino te vieran en su garaje o faenando entre sus árboles? 

Para Lola sucede lo mismo. El qué dirán es expansivo y contagia lo que toque. No eres ya tú, sino las personas que tengan que ver contigo, las que alguna vez te hayan defendido… Todo es contagioso. 

Ella se ve también apartada. Menos mal que en el campo es fácil apartarse físicamente. Para ella existe la casa que compartís, sin hijos, la casa de su madre anciana a la que va todos los días porque la necesita, la casa de tu madre, también muy anciana, por lo mismo; y, por lo menos, el silencio de los demás cuando está delante es soportable, porque a veces hay las impertinencias, las preguntas aparentemente inocentes de los curiosos que quieren divertirse, y eso es peor. 

Ha consentido en un acuerdo, que es llegar lo más lejos que puede. Cuando vuelves a la casa, te cambias. Unas horas al día, las horas de la noche, puedes ser tú. Pero ella no puede hablar de lo que más te importa. Habláis de todo, menos de eso. No sabes si te has arreglado mejor o peor a su juicio, qué deberías hacer para mejorar tu imagen, no puedes compartir lo que eres, en una palabra. Es duro, pero hay otras cosas en la vida, y tú lo reconoces: hay dos ancianas solitarias, si no fuera porque estáis ahí, y hay que ocuparse de ellas. Y hace falta transigir, para que en el pueblo no os hagan la vida imposible. Ya es difícil, y no saben casi nada, y suponen, y disimulan. Hay un respetabilidad superfcial, pero respetabilidad. Qué sería si lo supieran todo y no tuvieran que disimular. A lo mejor iría todo mejor, pero no lo sabéis y no queréis arriesgaros. 

Ha sido mucha tensión, durante años, y te ha costado un infarto. En el pueblo se ha sabido, por supuesto, pero no ha habido más compasión para ti. No sabes lo que te reserva la vida, el misterio de tu existencia. 

La criatura pequeñita, de cuatro años, repite: “¿Qué hago yo aquí, otra vez, en este vida?” 

Es como una adivinanza. Tiene que haber una respuesta

Kim Pérez 17-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                      Mari López. Segunda parte

 

Con catorce años te sacaron de la escuela, porque era necesario que te pusieras a trabajar para que la familia se ganase la vida. 

Te pusiste unas veces de aprendiz de albañil, y otras ayudabas en el pegujalillo de campo que teníais. Tus manos, por fuerza, se pusieron duras, resquebrajadas y callosas, pero eso no te importaba; también las de tu madre y tus tías lo estaban y, en el fondo, eso se veía como un orgullo; trabajabais y vivíais por vuestras manos, no de manos ajenas. 

Lo que sí te importaba, en la cuadrilla de albañiles, es que era el mundo de los hombres, y que se suponía que tú estabas allí como hombre. No por el trabajo, aunque como aprendiz te tocaba llevar el cantarillo del agua, lo que era para ti un momento en que reinaba el encanto de imaginarte como las mujeres que los subían a sus casas, apoyados en sus caderas, desde la fuente. Tampoco por el polvo blanquecino que cubría tu cara, tu chaqueta, tu camisa y tu pantalón al terminar la jornada, porque era el precio de los billetes que te llevabas a la casa, sino por esa chaqueta, esa camisa y ese pantalón obligados, de albañil, ese silencio tuyo y esas conversaciones ásperas, en las que salían a relucir el fútbol, las mujeres que pasasen cerca y las palabrotas. 

Los hombres de la cuadrilla eran hombres buenos, lo ves ahora con toda claridad, que trabajaban para mantener a sus familias o para formar una, y que se desahogaban con esas conversaciones, pero no eran como tú, y eso es todo. 

Ya entonces, catorce, quince, dieciséis años, el aprendiz de albañil rezaba muchas veces en la cama, y siempre pedía lo mismo: “Señor, si levantaste del sepulcro a Lázaro, por qué no haces el milagro de que mi cuerpo sea de mujer” 

Las mañanas eran la amarga comprobación de que todo seguía igual. 

Pero, naturalmente, esa ansiedad producía sueños, en la misma dirección. Solía repetirse uno, con total evidencia, en que de pronto veía que se había cumplido lo que deseaba y, más aún, veía su cuerpo redondeado por un embarazo de cinco o seis meses. “Ya está, ya soy así”, pensaba, maravillada, con una felicidad indescriptible, viendo por fin a la mujer que acaso estaba detrás de su pensamiento, a los cuatro años, cuando vio correr aquella agua caudalosa. 

Al despertar de aquel sueño, el golpe era más fuerte todavía, al pasar una vez más a la realidad. Habiéndolo visto como si fuera la realidad, o acaso como si fuera otra vez la realidad, al despertar era también indescriptible el dolor y el aborrecimiento del propio cuerpo invasor e inoportuno. 

Fuera más apropiado acaso darte cuenta de que era el espíritu de la aldea, la mentalidad que dominaba a tus vecinos y que les obligaba a ser como eran lo que  no te dejaba respirar. Ojala hubieses nacido en un tranquilo pueblo, moderno e ilustrado, donde no te hubieses visto obligada al silencio desde los cinco años, y hubieses encontrado almas con las que dialogar y seguir la dialéctica de tus sentimientos, te llevase a donde te llevase, enseñando a todos algo más de la realidad humana. 

Pero tu pueblo era el resultado de una mentalidad de siglos, que hacía a la gente decente, desde luego, pero a cambio de negar cualquier diferencia. 

Lo viste con horror en lo que le pasó a José María, un muchacho de tu edad que era hermafrodita y por eso recibía el rechazo general. 

La intersexualidad es la prueba visible de que es la naturaleza  la que forma no sólo varones y mujeres, sino personas en diversas situaciones intermedias y por tanto de que estar en ellas no es un pecado ni un vicio, sino un hecho natural cuya lógica debe comprenderse y respetarse. 

Sin embargo, los sólidos varones de la aldea podían ser viriles, pero no estaban dispuestos a comprender ni respetar nada que estuviese fuera de la idea que habían aprendido de lo que es ser humano. 

Una tarde, se fueron a gastarle una broma a José María en el patio de la escuela, fuera de las horas de clase, cuando se quedaba sola y deshabitada; tenía quince años. 

No es que le pegaran fuerte, pero sí jugaron a tocarle, a darle una manotada, a no respetarle. Los niños chicos le daban patadas en las espinillas.  

Luego le obligaron a desnudarse, y lo dejaron en cueros y tiritando en medio del patio y se fueron; ése era el corazón de la broma y así triunfó la evidencia de su naturaleza, pero no supieron sacar las consecuencias. 

Los que jugaban con una persona eran niños y jóvenes: catorce, quince, diecinueve, veinticinco años. Por tanto, había hombres hechos y derechos, que no tenían la excusa de los pocos años. 

La broma fue la pasión de un inocente, el sufrimiento de un Cristo. Si hubieran comprendido los paralelos, quizás lo hubieran pensado mejor. 

Es curioso que ésta es a la vez la historia más moderna que pasó en la aldea, aunque con algunas diferencias Al oírla, se puede trasladar, detalle por detalle, a cualquier patio de escuela en cualquier gran ciudad, después de las clases, a una banda de gamberros agresivos y a su víctima desnuda. 

Pero la diferencia, en contra de la aldea es que los atacantes lo hicieron en nombre de lo que para ellos es lo que tenía que ser, de lo que consideraban respetable, porque en un barrio hubiera sido una gamberrada, sabiendo que estaría mal hecho. Por supuesto, otra diferencia, a favor de la aldea, es que en el barrio urbano no se habrían ido con bromas, lo hubieran machacado. 

Pero la intransigencia instalada en los corazones del pueblo era tan grande, que la volcaron incluso con los padres de José María, a quienes los vecinos les negaron el saludo por la calle y hasta el trabajo. Es difícil de entender, a no ser que se tenga en  cuenta el temor desmesurado al qué dirán de los pueblos. Naturalmente, los padres y el propio José María tuvieron que irse del pueblo. 

Estos destierros son frecuentes, todavía. A ti, aquella historia te llenó de pavor. Eso es lo que podía pasarte a ti. Tu silencio se hizo macizo. 

Kim Pérez 10-03-2008 Habla de este comentario ( pon el titulo)   ( `` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)

 

                                                    Mari López. Primer parte

 

Mari López varea rítmica las ramas de sus olivas, unas cuantas que le dan la vida y a la vez la cárcel. 

Ha puesto en derredor los lienzos por tierra, y en ellos van cayendo hojas y aceitunas, y hasta tallos. 

Al terminar cada vareo, ella y Lola, su mujer, se doblan por la cintura para escoger con práctica las aceitunas y echarlas en una esportilla. Al final del día, el cansancio y los riñones hacen que se sienten en los lienzos, y echando el cuerpo a un lado, vayan recogiendo. 

Ahora, a las cinco de la tarde, Mari López, por los riñones, se ha incorporado, echando el torso para atrás, con gusto, y dándose cuenta por un momento de que en este día de invierno, el cielo está radiantemente claro, la temperatura suave, y las laderas de la sierra bajan desde donde están sus tierras, cubiertas de olivas fielmente alineadas, hasta lo hondo de la la ancha vaguada, para levantarse de allí de nuevo, en nuevas laderas y nuevas filas de olivas, hasta que dejan ver, por el sur, las sierras azules y un cielo tan claro y tan brillante que duele. 

Por allí está Sevilla, donde todo es posible, como aquí no es nada posible, y más lejos todavía, al suroeste, está Cádiz, donde son posibles más cosas todavía, porque es el mar, la luz y la libertad. 

Mari López va como un hombre cualquiera, a primera vista. Va como puede ir un albañil, porque ha trabajado en eso, o más concretamente como un albañil del campo. Como un buen hombre, responsable y trabajador. 

Como si viviera en la clandestinidad. Pero es curioso que en la aldea, a la que volverán dentro de dos horas, todos saben que es transexual, y por eso todos le han retirado la palabra y hasta el saludo. Para eso, podría pensarse, de perdidos al río. Pero las circunstancias son las que son y cuando se es responsable, se es responsable. No es el pueblo el que cuenta, sino las necesidades de la familia, en la que hay personas que requieren una atención continua y que no pueden ser desatendidas. Cuando te toca, te ha tocado. 

Para tocar otra vez las teclas del piano, no se trata sólo de tu carne, sino también de la de Lola. Lola te ha dejado hablar, te ha oído, y ha estado dispuesta a seguir a tu lado. Ha respetado tus llantos y tus angustias. Por eso mismo, ahora que también su carne la necesita, tú no puedes dejarla sola, en la casa casi solitaria, porque también a ella la han dado de lado, y habéis asumido responsabilidades que pueden durar decenios. 

Se trata de tu vida o la de estas personas. Tú sabes que no podrías vivir tranquila, ni gozar de tu libertad, si la hubieras puesto por delante de la de ellas, como si no existieran. Existen; entonces lo tuyo tiene que esperar. 

Llevas más de cuarenta años esperando. Acaso el