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LAS FORMAS DE EXPRESIÓN
GUIÓN. El ansis de
expresión. El binarismo como represión. El no-binarismo es
creativismo. Los conjuntos difusos de género como base de distintas
expresiones. La primera transexualidad fue binarista: distinción
entre TV, TG, TS. La transexualidad no binarista: los estilos de
expresión. Expresión profunda, más allá de los estilos. Formas de
expresión conductuales, cosméticas, indumentarias, ornamentales,
endocrinológicas y quirúrgicas.
Siempre hemos
ansiado expresarnos. Cuanto más fuerte ha sido la represión, más
fuerte ha sido el ansia de expresión,
aunque haya tenido que ser callada.
El binarismo mismo
ha sido una forma de represión, previa, situada en las mentes. No olvidemos que ha existido
y todavía existe configurando nuestro Código de Género. Pretendía
que la realidad era así y que era obligatorio respetarla, so pena de
castigo social que podía llegar hasta la muerte.
En la medida en que nos lo hemos creído, nos hemos reprimido
a nosotros mismos con sentimientos de culpa, porque nuestras ansias
no se ajustaban al esquema “dos sexos, dos géneros, dos
orientaciones”, según el cual nada existía fuera de él, y si
existía, no tenía derecho a existir.
Apuntaré aquí, para que se entienda lo que sigue, que lo
contrario del binarismo no es el no-binarismo. Al pensarlo, nos
damos cuenta de que ésta es sólo una expresión negativa, una forma
lógica pero vacía, que indica que hay algo, pero no lo especifica.
¿Qué hay en el no-binarismo?
Está la intersexualidad, por supuesto, pero la intersexualidad sola
no es suficiente, porque como veremos, muchas conductas binaristas no son intersexuales o
no quieren ser intersexuales.
Nos acercamos más a la respuesta cuando nos damos cuenta de
que el binarismo supone la sumisión de la conducta humana a un
esquema binario de la naturaleza sexual –y el ser humano debe
someterse sólo a la razón, no a ningún hecho natural.
Si fundamentáramos el no-binarismo en otro hecho natural,
por ejemplo la misma intersexualidad, estaríamos sometiendo nuestra
conducta a otro esquema de la naturaleza, fuera ternario,
cuaternario, secuencial u otro.
Entonces, lo
verdaderamente contrario del binarismo sexual es el creativismo,
la afirmación del derecho a crear formas de expresión de género que
sean creativas, libres, personales, variadas, la insumisión del
sujeto a formas de expresión sexual prefijadas.
Puede elegir las
formas más acostumbradas, éstas pueden ser las mayoritarias, pero ya
no como únicas,
sino como unas entre otras muchas, aunque éstas sean minoritarias, e
incluso personales.
Quien se sienta muy viril puede elegir formas de género muy
viriles; quien se sienta muy femenina, puede elegir otras muy
femeninas, y quien no se reconozca en las formas muy definidas, o ni
en unas ni otras, podrá elegir sus propias formas de género
personales.
Como ya observó Judith Butler (con quien no suelo estar de
acuerdo), no es cuestión de definir cuántos géneros hay, si tres, o
cinco (se han dado estas cifras), porque son innumerables, en el
fondo, tantos como personas.
Siguen una
estructura de conjuntos difusos,
cada uno con sus reglas de conjunto, pero reglas amplias, definidas
según un “más o menos” y no según un “sí o no” binario. Puede
aventurarse que estos conjuntos están estadísticamente polarizados
en ciertas reglas de adscripción, que hacen que en algunos entren
millones y en otros sólo miles y que algunos sean hasta
individuales, por lo que quizá no haya dos polos, sino más de dos,
pero con reglas más o menos fluctuantes.
Sabemos, en efecto, que las reglas del conjunto Mujer han
fluctuado y se han abierto inmensamente desde el principio de la
Revolución Industrial y que práctica de género de las personas
identificadas hoy como mujeres se parece poco a la del siglo XIX.
Sin embargo, la práctica de género de las personas identificadas
como Varones está mucho más bloqueada, por su unión histórica con la
voluntad de poder. Pero el ejemplo de fluctuación en el conjunto
Mujer hace previsible que esta práctica se desbloquee y que otras
aparezcan-
Comprendemos así
que la transexualidad, tal como se ha vivido hasta ahora, se ha
expresado de forma binarista
(“si no soy hombre, seré mujer”, o al contrario), es decir,
convencional, sumisa, impersonal, no creativa. Ahora es posible
expresarla de forma creativa.
Para llegar a ella, es preciso empezar por revisar conceptos
que tenemos tan asentados que ya los damos por verdaderos. En la
transexualidad feminizante, la Transexología clásica, iniciada por
Harry Benjamin en los años cincuentas, ha distinguido hasta ahora
tres clases a las que ha llamado transvestismo, transgenerismo y
transexualismo (TV, TG, TS)
El criterio para definirlas ha sido la menor o mayor
permanencia de los cambios y la menor o mayor profundidad de las
transformaciones.
Así, el transvestismo consistiría en vestir de mujer
ocasionalmente y usando medios cosméticos (maquillaje, pelucas)
El transgenerismo, en cambiar de género permanentemente,
usando medios cosméticos o bien hormonación o bien cirugías
plásticas (de configuración de mamas, de feminización facial, etc)
El transexualismo consistiría en cambiar de género y de sexo,
usando los medios anteriores y la cirugía de reasignación de sexo.
Por tanto, se clasificaría a las personas que transitan en el
sistema sexogénero en transvestistas, transgéneros y transexuales.
Este sistema supone además causas distintas y separadas de cada
clase, como la parafilia, o la disforia, o la intersexualidad
cerebral, por lo que tiene además una desagradable consecuencia al
jerarquizar a nuestra población de menos a más, en menos femeninas
o más femeninas, En la práctica, la jerarquización empezaria por los
designados como travestistas fetichistas, considerados varones
heterosexuales digamos en un 95% y llegaría a su cumbre en las
transexuales desde la niñez, amantes de los hombres y hermosas.
Sin embargo, la práctica muestra que esta clasificación no
es real; ha estado en la mente pero no en la realidad. Es un
sistema de tres armarios, en el que se quiere meter todas las
variaciones existentes, desconociendo que son inclasificables al
menos dentro de esas solas tres categorias.
¿Cómo clasificaríamos por ejemplo a una persona que ha
deseado cambiar de sexo, pero por razones familiares se contenta
con actuar cada día en un espectáculo, lavándose la cara al terminar
y yéndose a casa en camisa y pantalón?
¿Y a las personas que siguen una cirugía de reasignación de
sexo a la vez que son parafílicas o fetichistas?
¿Y a quienes practican una orquidectomía o amputaciónn de los
testículos?
¿Y a las personas que se reasignan de sexo pero no cambian de
género, porque no lo desean o porque su medio social se lo impide?
¿Y a quienes ansían una emasculación o eliminación total de
los genitales masculinos, pero no desean una vaginoplastia?
¿Y a quien se considera transvestista pero evoluciona hacia
transexual, o quien se considera transexual pero evoluciona hacia
transgénero?
¿Y a quien sigue una o varias de estas experiencias TV, TG o
TS, y al cabo de algún tiempo, por evolución personal renuncia a
ellas?
¿Y a las drags, que siguen una estética feminizante, pero muy
libre, en la que se puede decir que no visten como mujeres, sino
como drags?
El problema se
resuelve si no consideramos las tres categorías como formas de ser
de las personas trans, sino como formas de expresión,
añadiéndoles otras
nuevas, como la transgresión de género, y todas las que
descubriéramos en la inmensa variabilidad de la realidad.
Las más frecuentes formas de expresión del hecho trans serían
entonces la transvestista, la transgénero, la transexual, pero
también la transgresora de género, siguiendo los estilos drag o
fuckgender, la intergénero, que no sería tan rompedora y etcétera.
Hablamos de estilos, como en todas las formas de expresión.
Al hablar de
estilo, hablamos de arte.
En la historia ha habido estilos arcaicos, clásicos, barrocos,
románticos, impresionistas, expresionistas, funcionales,
vanguardistas y habrá otros. Las actuales tribus urbanas juveniles
han practicado los estilos rockero, pop, punky, pijo, gótico,
etcétera. Todas son formas de expresión en las que algunas personas
se reconocen y otras no. En la práctica trans, el estilo
transvestista, el transgénero y el transexual serían más clásicos,
respetando más las convenciones del Código de Género binarista:
transformar la apariencia, el cuerpo o los genitales lo más
parecidamente posible a los femeninos. Los otros estilos lo
romperían más o menos, desde la drag que se pone todas las
noches supermaquillada y con hiperpeluconas, llevando un vestido de
raso liso sobre su torso sin preocuparse de simular pechos hasta las
todavía muy escasas manifestaciones en que un muchacho radical que
se pone sobre sus músculos y su vello un vestido camisero expresando
su desdén por el binarismo. El estilo intergénero, discreto,
exploraría todas las posibilidades que pusieran en duda a quien lo
viese si estaba ante una mujer o un hombre: pelo largo, ligero
maquillaje, pendientes, ropa unisex, posturas ambiguas.
Pero como veremos
en la práctica trans masculinizante, la expresión sobrepasa los
estilos estéticos (o es estética en sí misma)
Recuerdo una fotografía de Leslie Ferinberg en la que
aparecía con su físico de culturista, en una pose standard, en la
que no se preocupaba de que el tanga mostrase un vientre liso, que
contribuía sin embargo a la fuerza del conjunto. Conviene
analizarla. Más allá de su belleza, en este caso situada en la
estética de las revistas culturistas, lo que está diciendo es más
simple y profundo: “Soy trans masculinizante y no me avergüenzo de
ello”.
Entre ellos, muchas
de sus expresiones pasan casi desapercibidas, entendidas como simple
estética, por lo que paradójicamente pierden fuerza expresiva,
dado el amplio margen que el Código de Género vigente concede a la
expresión de género del conjunto Mujer. Autoriza al uso de pantalón
y chaqueta definidamente masculinos, al cabello cortado a cepillo
con toda naturalidad. Sin embargo, la norma del Código de Género
incluye una cláusula, clave para esta tolerancia, que diría algo
así: “siempre que quede claro que se trata de una mujer” (es decir,
que por voz o presencia de mamas, la persona pueda ser clasificada
binaristamente)
Conforme se acentúa
la inclasificabilidad binaria, aumenta la intransigencia social.
Una persona no clasificable como hombre o mujer despierta inquietud
en nuestra cultura, que no tiene nombre para ella. Pongamos que sube
al autobús una persona en chandal, de pelo muy corto, lampiña, sin
pecho visible, de facciones suaves. Nos sentimos inquietos ante ella
no por lo que es, sino porque carecemos en la práctica del concepto
“intersexual” para comprenderla y quedarnos tranquilos.
Sólo a partir de
esa inclasificabilidad binarista podemos hablar de manifestaciones
trans masculinizantes.
Puede ser transvestista (un simple juego con el fondo de armario),
transgenérica, si es permanente, incluyendo por ejemplo un nombre
ambiguo o masculino.
Cuando se usan formas de expresión más radicales, llegamos a
la transexualidad. En la masculinizante, es posible a veces usar los
recursos conductuales e indumentarios para expresar esa radicalidad.
Otras veces se recurre a la hormonación para producir efectos más
inequívocos (barba, musculación, vello, cambio de la voz) y las
posibles cirugías tienen un estatuto distinto de las feminizantes.
La más valorada es la mastectomía o eliminación de las mamas, la
histerectomía o vaciado es médicamente aconsejable y la faloplastia
admite una discusión que espero explicar más adelante.
En general, todas estas formas de expresión masculinizantes
llevan a una clasificación binarista como varón. No se duda de lo
que sea la persona que sube al autobús con barba y quizá algo calva.
El deseo de pasar desapercibido es tan fuerte, como que el trans
masculinizante suele aspirar a ser “un hombre gris”, un hombre como
cualquier otro.
Las dificultades sociales que encontraría en otro caso
aconsejan respetar este deseo por lo que se refiere a lo público.
Sin embargo, por lo que se refiere a la vida privada, como ya he
explicado antes, es aconsejable e incluso necesaria la sinceridad
respecto a la propia historia.
Voy ahora a considerar cada una de estas formas de expresión,
o significantes, que se ajustan a las necesidades o posibilidades
del medio social de cada cual, a su carácter y a sus pulsiones, y
que pueden variar con el tiempo, según todos estos factores cambien.
Pero no voy a clasificarlas según las categorías identitarias del
transvestismo, el transgenerismo y el transexualismo, sino según las
formas de expresión puestas en juego, y abiertas al libre uso de
cada cual. Distinguiré por tanto entre formas de expresión
conductuales, cosméticas, indumentarias, ornamentales,
endocrinológicas y quirúrgicas, preguntándome lingüisticamente
cuál es el significado de tales significantes.
Kim
Pérez 29-06-2009
Habla
de este comentario ( pon el titulo) (
`` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)
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