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La transexualidad es un hecho que ocurre en el plano de la
consciencia. Independientemente de que ocurra por razones
biológicas, o psicológicas, no hay transexualidad mientras no haya
consciencia de la transexualidad, es decir, consciencia de un deseo
de cambiar de sexo.
Esta condición de hecho de conciencia pone la transexualidad
muy cerca de los hechos de cultura, si no es un hecho de cultura
ella misma. En la medida en que la cultura es un proceso de
aprendizaje, siempre revisable, podemos preguntarnos si no debemos
revisar el hecho que llamamos transexualidad.
Porque el nombre y el concepto son recientes; se crearon
hacia 1955, por David O. Cauldwell, divulgador sexológico, y los
recogió y prestigió su gran colaborador, Harry Benjamin. Quiero
decir que si este nombre y este concepto tienen una historia dentro
de la cultura sexológica, corresponden a la historia de la cultura,
cuyas formulaciones son variables, y por eso es lógico que deban
ser revisados.
Transexualidad es la traducción de nuestro primer deseo, el
de transitar de un sexo a otro, el cambio de sexo, el paso de A a B
(o a veces, el de afirmar un sexo mental definido y distinto del
aparente) Sin embargo, un análisis más cuidadoso muestra que este
esquema mental depende de un concepto previo: el de que "hay dos
sexos, A y B". Pero la realidad muestra a la reflexión que la
sexualidad no está tan nítidamente definida: hay A, hay B, y hay AB
o intersexuales. Por otra parte, dentro de A y dentro de B hay una
gama real que va desde la mayor intensidad a cierta indefinición o
ambigüedad.
Por tanto, si en la realidad, más allá de nuestros conceptos,
además de A y B hay AB (simplificando), cabe la posibilidad de que
el deseo de cambio de sexo, sabiéndolo, se dirija a AB, como más
propio de quien siente ese deseo.
Este cambio de perspectiva tiene algunas ventajas. En primer
lugar, es más conforme a la realidad. Como sabemos, hay que admitir
que, hoy por hoy por lo menos, la transición de género no equivale a
un cambio de sexo pleno, sino a una aproximación. Las personas que
transitamos quedamos, objetivamente, en una situación AB. Por tanto,
es más realista considerarse AB que considerarse plenamente B o A.
Es realista subjetivamente, para entendernos nosotras mismas, y es
realista objetivamente, para que nos entiendan los demás.
Identificarse como AB tiene también ventajas prácticas. No
hay que obsederse por una mimetización perfecta de las cualidades de
B o A, puesto que no se pretenderá ser B o A. Se llegará hasta donde
se pueda o hasta donde se quiera. Cada cual se expresará a su
manera, dando a los demás un ejemplo de autenticidad. Serán
concebibles, en particular, todas las situaciones ambiguas, como
intergenéricas o intersexuales, por ejemplo aquéllas en las que se
engendra o se concibe un hijo, y a la vez se vive intergenéricamente.
Las experiencias drags o rompegéneros han intuido y señalado el
camino.
Es verdad que lo difícil será hacerle comprender al resto de
la sociedad este concepto de intergeneridad o intersexualidad. Pero
es necesario, dado que nuestra sociedad, como conjunto, está
culturalmente equivocada en este punto, y también aprendiendo mucho
en este punto. No hay "dos sexos, dos géneros", hay más de dos sexos
biológicos y más de dos géneros culturales, y ésta es una verdad
objetiva que debe aprenderse y quienes debemos enseñársela somos
precisamente las personas transexuales, porque estamos situadas en
el punto crítico de este error. Lo conseguiremos; éste debe ser
nuestro próximo esfuerzo y nuestra próxima reivindicación, por
nuestro bien y el de todos.
Por cierto, es posible, a efectos prácticos, seguir usando el
término transexual, pero no necesariamente en el sentido de tránsito
de A a B, sino en el sentido de transición o intermediaridad dentro
del sistema sexo-género. De aquí que tengan razón muchas personas de
entre nosotros que afirman su identidad, no como hombres ni como
mujeres, sino como transexuales, no como "transitadas", sino como
"transeúntes" o "en tránsito", lo que a todas luces está muy cerca
de afirmarse como intersexuales o intergenéricas.
La consciencia transexual surge inmediatamente, directamente,
de complejos procesos afectivos de identificación y
desidentificación, que se dan por una gran variedad de
circunstancias, tales como problemas con el padre del mismo sexo,
que estorban identificarse con él, problemas con otros hombres y
mujeres, o niños y niñas, problemas de fracaso, incluso de estrés.
Pero mediatamente, indirectamente, a veces puede surgir también de
cierta intersexualidad o ambigüedad biológica, AB, que produce un
desajuste con el sexo considerado como propio, A o B, y por tanto
una disforia que conduce a la transexualidad.
Hablo aquí de una transexualidad en sentido amplio, que
incluye a los homosexuales variantes de género y a las tres formas
que es frecuente reconocer en la transexualidad, transvestismo,
transgenerismo y transgenitalismo, que no me parecen realidades
diferentes, sino expresiones circunstanciales del mismo sentimiento,
en las que cada persona puede pasar de una a otra, hacia más o hacia
menos, con el paso del tiempo.
(Intersexualidad como adaptación e intersexualidad
biológica)
Hemos visto ya que el origen de la transexualidad está muchas
veces en un proceso afectivo, originado en traumas o carencias
realísimas de la niñez y la adolescencia, especialmente la
imposibilidad de identificarse con el progenitor del propio sexo,
por su ausencia, distancia o actitud hostil, o bien con los pares de
edad, por las mismas razones.
Otras veces, son los traumas de la edad adulta, especialmente
los fracasos afectivos o el estrés laboral o familiar los que
desencadenan el proceso, pudiendo estar preparado por otros traumas
o carencias infantiles y adolescentes que no resultaron
determinantes en su momento.
Pero en ambos casos, la salida transexual produce una
intersexualidad psicogénica que debe ser valorada como solución a
esos traumas o carencias, precisamente por su función de equilibrio
y adaptación. Otra cosa es que los problemas externos, sociales,
sean tan grandes, que estorben o impidan la funcionalidad de esta
salida, convirtiéndose en un nuevo problema y trauma por sí mismos;
pero esto no debe ser atribuido a la transexualidad en sí, sino a un
entorno intolerante.
Otra cosa es también que la salida transexual sea la única
concebible. Hablando por mí diré que mi experiencia es que en mi
adolescencia se me presentaron de hecho tres soluciones, pero la
transexual fue la única viable.
La transexualidad como proceso afectivo puede proceder
también de una intersexualidad biológica más o menos acentuada. En
este caso, discernible por test proyectivos, como el "test de los
Reyes Magos" del que he hablado ya, o por observaciones sobre la
sexualidad o conducta sexual, puede que la intersexualidad produzca
una inadaptación profunda al esquema binarista de los sexos A y B, y
por tanto una disforia. Puesto que la persona disfórica participa de
la cultura binarista, es natural que se diga "si no puedo ser A,
seré B", o viceversa. Sólo un estudio más profundo de sí misma y de
la realidad de los sexos puede permitirle decir "soy AB".
Por tanto, resulta importante estudiar aquí la
intersexualidad biológica, con la perspectiva que puede dar la
experiencia transexual. Él primer efecto de esta experiencia es
percibir que la intersexualdad puede referirse en sentido estricto a
quienes tienen órganos genitales no definidos, o bien a la vez
órganos masculinos y femeninos, pero que en sentido amplio puede
referirse a la amplísima gama de los seres humanos situados entre un
polo de masculinidad máxima y otro de máxima feminidad.
Si representamos esos polos por personas como Arnold
Schwarzenegger y Marilyn Monroe, es fácil ver que la mayoría de las
personas no llegamos a tal polaridad. Pero quien se vea como
definidamente masculino o femenina no debe preocuparse por este
hecho. Intuyo que la repartición de las personas sigue dos grandes
campanas de Gauss, cuyas cumbres están cerca de los extremos, aunque
no en ellos, pero que están unidas por un seno cuyos valores mínimos
no llegan nunca a cero.
Los grados de masculinidad y feminidad pueden o podrán
medirse por la intensidad de los flujos de andrógenos recibidos en
la edad prenatal. Como se sabe, los embriones son en un principio
indiferenciados anatómicamente, aunque no cromosómicamente. Los
embriones XY dan vía libre a un gran flujo de andrógenos, mientras
que los XX reciben pequeños chorros. Parece que los flujos no se dan
de una vez, sino espaciados. Los primeros diferencian el fenotipo,
el cuerpo visible, y posiblemente, los últimos diferencian el
cerebro.
Pero estamos hablando de flujos, y por tanto de intensidades
o cantidades variables. Si los flujos que reciben los cuerpos XX son
mayores de lo habitual (hiperandrogenia) o los de los cuerpos XY son
menores (hipoandrogenia), los primeros se masculinizarán o
diferenciarán más, y los segundos menos, lo que dará lugar a formas
intermedias, al hermafroditismo humano. Pero incluso si el cuerpo se
ha diferenciado plenamente, puede ser que el cerebro se diferencie
parcialmente, formándose niñas relativamente masculinas y niños
relativamente femeninos.
Así puedo formular una hipótesis: Una gran parte de las
historias de homosexualidad y transexualidad puede explicarse por
una intersexualidad cerebral relativa.
Ciertamente, otra parte de la homosexualidad y la
transexualidad se debe a factores afectivos muy complejos,
relacionados sobre todo con la identificación o desidentificación, e
incluso puede ser que toda homosexualidad y transexualidad derive
inmediatamente de la afectividad identificatoria y
desidentificatoria, pero una parte de ellas puede proceder
mediatamente de esa intersexualidad cerebral.
Más en concreto: una niña relativamente masculina y un niño
relativamente femenino tendrán dificultades para identificarse con
la feminidad y la masculinidad mayoritarias, lo que provocará
procesos de identificación y desidentificación que conducirán a sus
propias formas de identidad y afectividad-sexualidad.
(Evaluación bioética)
El punto de vista que sigo difiere completamente del que
postula la "perspectiva de género", que niega valor a la diferencia
de los dos sexos, lo que vengo llamando A y B y pretende unificar,
con métodos culturales, a todos los seres humanos en una condición
intergenérica o AB.
Yo mantengo aquí la realidad de A y B y la realidad de AB.
Pretendo también responder a la pregunta por el valor de
salud de AB. ¿Se trata de una patología que deba ser prevenida o
curada o de un hecho natural y sano, que debe ser respetado?
Cuando la transexualidad-intersexualidad procede de procesos
afectivos que siguen a graves traumas o carencias, hay que señalar
su función de equilibrio y adaptación. Pueden ser prevenidos,
mediante la observación cuidadosa de la persona en edad de
formación, intentando compensar esos traumas o carencias, pero si no
se consigue, hay que respetar la formación precisamente por su
función equilibradora y adaptativa. Cuando la persona
transexual-intersexual muestra voluntad de salir de este proceso, se
le puede ofrecer ayuda profesional en dos sentidos: primero,
explorando la existencia o no de traumas o carencias que puedan
explicarlo, y la posibilidad o no de compensaciones conscientes
diferentes de la transexualidad-intersexualidad; segundo, en el caso
de que esta exploración resulte negativa, mostrándole la función
positiva de la transexualidad-intersexualidad.
Cuando la transexualidad-intersexualidad tiene origen
biológico, fundado en una hipo- o hiperandrogenia comprobable o bien
en la sexualidad o bien en las inclinaciones conductuales, su
valoración debe ser la de la intersexualidad en general.
En principio, debe ser entendida como un hecho natural, que
aporta variedad adaptativa a la vida. A veces, ha sido aprovechada
para estructurar incluso a ciertas especies, como sucede con las
abejas y las hormigas, en las que hay hembras, machos y una mayoría
de hembras no definidas, que no se reproducen directamente, pero
crean las condiciones de reproducción de la especie. En el caso de
los seres humanos, las características intersexuales modulan y
diversifican las que serían muy rígidas de los extremos masculino y
femenino, y en los puntos más centrales se podrían definir,
parafraseando una célebre definición de la bisexualidad, como "ni
hombre ni mujer, ni medio hombre ni medio mujer, sino completamente
neutro", es decir, distinto. Se puede decir que el interés de las
funciones neutras para las potencialidades humanas es complementario
del que tienen las funciones femeninas y las masculinas.
Pensemos de nuevo en los arquetipos de extrema masculinidad y
extrema feminidad que he representado como Arnold Schwarzenegger y
Marilyn Monroe. Pueden ser muy atractivos, pero sería muy monótono
un mundo formado sólo por personas como ellos. Más aún, supongo que
sería un mundo en el que no habría posibilidad de comunicación
profunda entre los sexos, más allá de la edad del atractivo. Pues
bien, de hecho hemos contado siempre con las posibilidades de la
intersexualidad de la que vengo hablando. En personas XY, de la
actividad y la agresividad ligadas con los altos niveles de
andrógenos, se pasa a cierta tranquilidad, reflexión y sensibilidad
ligadas a los niveles medios de estas hormonas, lo que permite por
ejemplo la creatividad científica y artística. En personas XX, de la
pasividad y la coquetería ligadas con los bajos niveles de
andrógenos, se pasa a la sobriedad y energía ligadas también a los
niveles medios. En resumen, la humanidad no podría pasarse sin
hombres relativamente femeninos, sin mujeres relativamente
masculinas, y sin personas definidamente neutras. Por cierto, no
existen sólo personas XX y XY, aunque sean la mayoría, sino personas
que tienen XO y combinaciones de más de dos cromosomas, y esto forma
parte de la realidad. Ni siquiera el sexo cromosómico es dual.
Kim
Pérez 12-05-2008
Habla
de este comentario ( pon el titulo) (
`` Wlalk on the wild side ´´ Lou Reed midi)
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