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< Hombre y mujer
por derecho >
Diario El País/Suplemento Domingo/Grandes Reportajes-.
Nacieron perfectamente sanos, pero piensan, sienten y actúan como
seres humanos del sexo opuesto al que evidencian sus genitales y sus
cromosomas. Son personas transexuales. Hombres y mujeres que exigen
el derecho a su identidad sexual por encima de su cuerpo. El
Gobierno acaba de comprometerse a hacerlo posible.
Luz Sánchez Mellado/Fotografías Leila Méndez
“Antonio Sánchez, pase con la doctora Esteva”.
Martes, mediodía. Hospital Civil de Málaga, consulta de
endocrinología. Al oír su nombre, un chico bajito –camisa holgada,
tez muy tersa y una ligera sombra de bozo en la cara– va tras la
enfermera seguido por la mirada cómplice de la parroquia habitual de
obesos y diabéticos de la especialidad. Es uno de ésos, dicen sin
decirlo. Dentro, Isabel Esteva saluda a su paciente.
–Hola, Antonio, ¿cómo estás?, ¿qué vas notando? Vamos a ver tus
análisis.
Ambos saben que Antonio no se llama Antonio. El nombre que figura en
su DNI puede ser María, o Ana, o Inmaculada Concepción. Tiene mamas,
vagina, útero, ovarios; la dotación completa de la pareja de
cromosomas XX. Una mujer biológica en toda regla. Pero es Antonio.
Piensa, siente y actúa como Antonio, y está en esta consulta del
Servicio Andaluz de Salud haciendo escala en una de las primeras
estaciones del tránsito de su vida. Su reasignación de sexo. El
complejo viaje existencial a la vez íntimo y social, público y
privado, médico y jurídico, que ha emprendido para llamarse Antonio
con todas las de la ley. Para ser un varón de los pies a la cabeza.
Para entender estas líneas conviene llamar a las cosas por su
nombre. Antonio Sánchez, como Jorge Martín –el chico de sonrisa
franca cuya imagen abre este reportaje–, nació con cuerpo de mujer,
pero se percibe a sí mismo como un hombre: es un hombre transexual.
Esperanza Álvarez, la belleza rotunda de la página anterior, nació
con cuerpo de hombre, pero se siente una mujer: es una mujer
transexual. No quieren cambiar de sexo. Tienen perfectamente claro
cuál es el suyo. Lo que desean es adaptar su cuerpo a su mente,
reconciliar su sexo corporal con su sexo psicológico, y que el mundo
les reconozca como lo que son, no como vinieron a él. Por eso, las
personas que aparecen en estas páginas se llaman con el nombre que
sienten suyo, sea o no el que les identifica en el Registro Civil.
La doctora Esteva explora el tórax de Antonio. El vello va brotando
a rodales entre los senos. La voz ha bajado de tesitura. Los
análisis no delatan daños en el hígado ni efectos indeseados en el
recuento de glóbulos rojos o el colesterol. El tratamiento hormonal
masculinizante que Antonio comenzó a tomar hace tres meses sigue la
evolución prevista. La endocrinóloga Isabel Esteva es, junto a la
psicóloga Trinidad Bergero y los cirujanos plásticos Francisco
Giraldo y José Lara, uno de los tres pilares de la unidad de
trastornos de identidad de género (UTIG) del hospital Carlos Haya de
Málaga. El único centro donde se ofrece tratamiento integral y
gratuito a las personas transexuales en España. Unos compatriotas de
los que se desconoce casi todo. Para empezar, cuántos son.
Asociaciones como la Federación de Gays, Lesbianas y Transexuales;
Transexualia, o la Fundación de Identidad de Género, estiman en unos
8.000 los ciudadanos transexuales del país. La cifra fue asumida por
el ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, cuando anunció
el pasado 20 de diciembre la presentación de la Ley de Identidad
Sexual en el Congreso en el primer trimestre de 2006. El
anteproyecto permite a las personas transexuales cambiar su nombre y
su sexo legal sin necesidad, como ahora, de acreditar judicialmente
una operación de reasignación de sexo que, como admitió López
Aguilar, “acarrea un importante sufrimiento a la persona”, y, como
se verá, no todos necesitan ni desean.
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Y es que no existe la transexualidad, sino las personas
transexuales. Y aparte de que hay más mujeres que hombres –los
médicos hablan de al menos dos casos de personas que desean
transitar de hombre a mujer por cada caso de mujer a hombre–,
existen pocas más certezas sobre ellas y ellos. Hay personas
transexuales de todas las edades, latitudes y clases sociales.
Universitarios y analfabetos. Ex reclusos y abogados. Prostitutas y
vírgenes. Adolescentes y ancianos. Para muestra basta una ojeada a
la lista de pacientes del Carlos Haya: desde un chaval de 14 años
que recibe –con permiso paterno– tratamiento hormonal para paralizar
su pubertad masculina antes de evaluar la pertinencia de una
reasignación de sexo hasta un sexagenario –oficial del Ejército– que
ha aguardado a jubilarse para emprender el mismo viaje de Antonio,
hacia Antonia en este caso.
Imagine que mañana, al mirarse al espejo, su cara, su aspecto, sus
genitales son los del sexo contrario. Usted es un hombre, o una
mujer, como siempre, pero su cuerpo tiene los atributos de una
mujer, o los de un hombre. En casa y en la calle todos le tratan
como lo que no es, y su palabra no sirve porque salta a la vista que
es usted quien se empeña en negar la evidencia. Ésa es la sensación
con la que viven 24 horas al día, cada día, las personas
transexuales.
Tienen la variedad más extrema de lo que los médicos llaman
trastornos de identidad de género o disforia de género. Un conflicto
permanente entre psique y cuerpo. La percepción de haber nacido con
el cuerpo equivocado. Una “estafa” de tal calibre que muchos desean
“deshacerse” como sea de ciertas partes de su cuerpo que les son
“ajenas”. Las comillas son suyas.
El sinvivir comenzó en el vientre de sus madres. Hay diversas
teorías sobre la condición transexual; pero, según la última y más
aceptada por la comunidad científica –publicada por especialistas de
Holanda y Singapur en Nature en 1995–, la disforia de género se
produce en el útero materno. El embrión es, desde el minuto uno de
la concepción, mujer o varón desde el punto de vista cromosómico: XX
o XY. Pero los caracteres sexuales físicos y cerebrales del feto se
definen durante el embarazo, mediante periódicas infusiones de
hormonas que determinan la formación de los genitales del bebé y su
sentimiento de pertenecer a uno u otro sexo. En la inmensa mayoría
de casos, ese aspecto y ese sentimiento coinciden. En unos pocos, un
desajuste, una mezcla inadecuada o un error en la impregnación
hormonal de determinados núcleos cerebrales del feto da como
resultado un recién nacido que se va a sentir diferente. Es cuestión
de tiempo.
Cuando a los cinco añitos alguien le preguntaba a Esperanza Álvarez
qué quería ser de mayor, ella soltaba: “Una mujer”. Las visitas se
reían mucho con la ocurrencia del chaval: “¿Y no te gustaría ser
médico, o bombero?”. “Yo quiero ser mujer, y luego ya veremos”,
zanjaba ella.
Jorge, Miguel, Álex y Javier saben lo que quería decir Esperanza. Ya
de niños querían ser hombres. Hoy han quedado a tomar unas cañas.
Son amigos y compañeros en la asociación El Hombre Transexual. Jorge
Martín, técnico superior de comercio, de 35 años, ha dejado su
empleo en la empresa familiar para asumir la presidencia del
colectivo. Hace sólo año y medio que inició su proceso de
reasignación de sexo –“después de vivir 32 años ahogado en el burka
de mi cuerpo”–, y ahora quiere, y puede, dedicar toda su energía a
su nueva vida. Miguel (cuatro meses de tratamiento hormonal, aún con
mamas y ovarios) tiene 26 años y es licenciado en filosofía. Álex,
de 24 años (ya sin mamas, pero aún con ovarios), es administrativo.
Y Javier, de 37, camarero. Una panda de chicos de ahora –corte de
pelo moderno, barbita recortada, estilo casual– que levanta incluso
alguna mirada apreciativa en las chicas del local.
“No somos enfermos ni minusválidos, hemos nacido bajo la condición
transexual, y la medicina, y la sociedad, puede y debe ayudarnos,
porque somos ciudadanos españoles, con deberes y derechos”, abre el
fuego Jorge. “No es fácil, es cierto”, concede Miguel. “Tú eres el
primero que, cuando le pones nombre a lo que te pasa, ves que lo que
se te viene encima es de tal calibre que te puedes hundir. Yo tardé
varios años en asumirlo, y eso contando con el apoyo de mi familia.
Así que comprendo que haya gente que tarde 50 años en decidirse y
tenga hijos como mujer por el camino”. Álex es más gráfico: “De
pequeño lo tienes claro: yo no hice la comunión por mis santas
pelotillas. Querían vestirme de princesita y preferí quedarme sin
videoconsola a ir de niña. Pero, cuando creces, tratas de ocultarlo
para no hacer daño, de tal forma que luego tienes que volver a
reconocerte. Hasta que te hundes y dices: hoy. Y entonces puedes
empezar a quitarte la losa”.
El periplo para aliviarla es largo y doloroso. Siguiendo el
protocolo internacional establecido por la Asociación Harry Benjamin
de Disforia de Género en 1979, la biblia de los profesionales,
Antonio Sánchez ha sido diagnosticado por la psicóloga Trinidad
Bergero como candidato idóneo al proceso de reasignación de sexo.
Hoy ha acudido a la endocrinóloga a revisar el tratamiento hormonal
personalizado –bloqueo de su producción natural de estrógenos
femeninos y administración vía intramuscular de testosterona
masculina– que está detrás de su incipiente aspecto viril. Sólo tras
varios meses de probar que va por el mundo como un hombre, aunque
sea con barba y senos –el llamado test de la vida real–, se podrá
poner en manos de Paco Giraldo o José Lara para someterse, si lo
desea, a una serie de operaciones que acaben de adaptar su cuerpo a
la identidad masculina que manda en su conciencia.
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El catálogo impone. Una mastectomía masculinizante para librarle de
las mamas que ahora lleva aplastadas bajo una faja ortopédica; una
histerectomía para deshacerse de los ovarios y el útero que,
previsiblemente, se atrofiarán hasta la inviabilidad con el
tratamiento hormonal, y, si lo estima necesario, una
metaidoioplastia para alargar su clítoris ya magnificado por la
testosterona, incorporarle la uretra y convertirlo en un micropene
de unos cinco centímetros con el que poder orinar de pie.
Mínimo, año y medio o dos años de tratamiento duro y doloroso. Y eso
que Antonio es un privilegiado. Como ciudadano andaluz, tiene
derecho a la cobertura sanitaria pública de su tratamiento. El
Parlamento autonómico aprobó la prestación en 1999 a instancias del
Defensor del Pueblo Andaluz. Desde la puesta en marcha de la UTIG,
520 personas han acudido y acuden, como Antonio, en busca de ayuda.
Semejante avalancha –se esperaba una demanda total de 300 personas–,
unida a la escasez de medios, ha originado una lista de espera de
casi tres años hasta que Antonio, o el oficial Antonia, puedan
culminar su tránsito en el quirófano.
En el resto del país, las cosas pueden ir más rápido, pero a golpe
de talonario. Ninguna otra comunidad autónoma –salvo Extremadura,
que deriva al saturado Carlos Haya, y Aragón, que ha anunciado la
asunción del servicio, pero no dispone de infraestructura– sufraga
las operaciones de reasignación de sexo. El diagnóstico psicológico
y el tratamiento endocrino a estos pacientes en la sanidad pública
es disperso y depende de la voluntad de los médicos.
Pero quien quiera operarse sólo puede ir a un cirujano privado. A
razón de unos 4.000 euros como mínimo por una mastectomía
masculinizante o una mamoplastia feminizante; 3.000 por un vaciado
de ovarios, trompas y útero; unos 10.000 por una vaginoplastia
(ellas) o metaidoioplastia (ellos), y unos 30.000 por una
faloplastia, la operación más polémica y menos demandada por los
hombres transexuales por sus insatisfactorios resultados. El
protocolo de la Asociación Harry Benjamin –diagnóstico psiquiátrico,
tratamiento hormonal, test de la vida real durante 18 meses y, sólo
finalmente, cirugía– es, para muchos pacientes y médicos, papel
mojado. Las prisas y la angustia de unos, y la perspectiva de
ingresos de otros, mandan.
Esperanza Álvarez empezó a autohormonarse al acabar el servicio
militar. Hace 20 años.“Siempre he sabido quién soy, una mujer; pero
hice la mili para demostrarle a mi padre que ni siquiera un cuartel
me iba a cambiar. Yendo de frente no tuve ningún problema: los
mandos y compañeros me despidieron con un ramo de rosas rojas”. Pero
ella estaba hundida. “Necesitaba verme como soy. Entonces nos
automedicábamos todas. Nos decíamos las hormonas que mejor nos iban:
‘Éstas van de escándalo, te sube hasta la leche”, se ríe ahora. “Las
pedíamos en la farmacia, costaban unas 18.000 pesetas al mes; pero
otras eran más difíciles de conseguir y se las tenías que comprar a
alguna chica que traficaba con ellas. ¿Miedo? Qué va. No lo pensaba,
sólo veía que me afinaba, que me crecían los pechos, que empezaba a
ser yo”. Mediaban los ochenta.
Por esos años, Javier, el camarero de El Hombre Transexual –hoy un
varón legal, casado en dos ocasiones y con su actual esposa en
proceso de inseminación con donante para poder ser padres–, también
se buscaba la vida solo. Un día vio en la tele al urólogo Aurelio
Usón “anunciando la primera operación de cambio de sexo de mujer a
hombre en España”. “En cuanto cumplí 18 años, fui y me operé”. Era
1986. Le quitaron las mamas, el útero y los ovarios en la misma
intervención. Pero no era suficiente para él. “Yo quería mi pene.
Recorrí todos los cirujanos de España, y como no me daban garantías,
en 1992 cogí el coche y me fui a Holanda”. En la Cátedra de
Transexualidad de la Universidad Libre de Amsterdam, Javier encontró
“el paraíso”. “Una clínica pública donde te tratan como un paciente
cualquiera, como si tuvieras gripe, y no como un bicho raro. Hagen,
el cirujano que me intervino, flipó cuando le conté la situación en
España, y se ofreció, si le encontraba una clínica dispuesta a
acogerle, a viajar a España a operar”.
La madrileña clínica Isadora, pionera en atención sexual, aceptó el
reto. Allí fue donde Hagen le realizó la vaginoplastia
–reconstrucción de una vagina a partir de los genitales masculinos–
a Esperanza Álvarez, el 5 de julio de 1996. Antes, y a pesar de
llevar más de diez años autohormonándose, Esperanza había pasado por
Becerra.
En cuanto se indaga sobre transexualidad en España, emerge este
apellido. Antonio Becerra, de 52 años, es endocrinólogo en el
hospital Ramón y Cajal de Madrid. Por su consulta –pública y
gratuita– han pasado, según su contabilidad, “unos 400 pacientes
transexuales” desde que, “en 1992-1993” vino el primero pidiendo
ayuda. “Yo atiendo a todo el que viene. Igual que antes nadie sabía
nada de la anorexia nerviosa, pues entonces, yo por lo menos, no
sabía nada de transexualidad. Pero me informé”. Él también fue a
Holanda.
La clínica de transexualidad de la Universidad de Amsterdam es el
santuario de profesionales y pacientes. En 25 años de existencia –en
el sistema sanitario público holandés– ha visto a 2.500 personas
transexuales y ha formado a médicos de todo el mundo en este
problema de salud generalmente desconocido o malinterpretado incluso
por la propia profesión médica.
El equipo del Carlos Haya es consciente de que ni su especialidad
profesional ni, por supuesto, sus pacientes son precisamente
populares entre muchos de sus colegas. “Hemos tenido que luchar por
dignificar nuestro espacio de trabajo”, admite el doctor Giraldo.
“Estamos tratando un trastorno de salud identificado en el DSM-IV, y
el ICD-10 –los catálogos internacionales de enfermedades– desde
1978; siguiendo un protocolo internacional –el de la Harry Benjamin–
con 25 años de historia, y, en el caso de los cirujanos, aplicando
un cuerpo doctrinal que tiene más de 50 años, desde que se documentó
la primera reasignación genital a una mujer danesa, Cristine
Jordensen, en 1953”, dice el cirujano. “Pero hay compañeros con
dudas morales acerca de por qué tratamos este problema y no otros,
además tratándose de intervenciones irreversibles. De hecho, en mi
equipo hay 10 cirujanos y sólo operamos dos”.
La endocrinóloga Esteva es explícita: “Es cierto que no hay, por
ahora, una prueba diagnóstica inapelable. Pero tienen un problema de
salud, y que no sepamos su causa no quiere decir que no les
tratemos. Sabemos cómo hacerlo y cómo agradecen ellos y ellas la
intervención médica. Casi todos, literalmente, renacen. Pero para
ayudarles no hay que tener condicionantes religiosos o morales que
te impidan, por ejemplo, hablar de sexo, y no todo el mundo está
acostumbrado”.“El tratamiento psiquiátrico de estos pacientes no ha
ofrecido ningún resultado en 50 años. Y sin embargo, el seguimiento
psicoterapéutico, endocrinológico y quirúrgico en equipo ha
conseguido mucho más. Eso es lo que hacemos”, concluye la psicóloga
Giraldo.
Andrés Rodríguez, de 29 años, supo que era distinto a los cuatro,
cuando nació su primer hermano. “Siempre me había sentido un niño.
Pero cuando llegó me di cuenta de que todos nos trataban de forma
diferente. Además, yo no tenía lo que tenía él”, cuenta ahora este
chicarrón que ha venido directamente del taller donde lija muebles
de cocina y baño al estudio donde se realizan las fotografías de
este reportaje. Rodríguez también es paciente de Becerra.
A partir de su estancia en Holanda, el endocrinólogo del Ramón y
Cajal ha creado una especie de red atípica de asistencia a las
personas transexuales en Madrid. “La atención que se les ofrece en
el sistema público es, digamos, alegal. Yo les veo en mi consulta
del hospital como un paciente más, pero aquí no hay unidad de
transexualidad. A mí me llegan pacientes en todas las etapas del
camino: como primera visita, autohormonados hasta las cejas,
operados sin hormonar…, de todo. Aunque sólo fuera por evitar esos
desastres, todo el proceso debería estar cubierto por la sanidad
pública”, dice el doctor. Lo que hace él, mientras tanto, es tratar
de poner orden en el tránsito de cada uno. “Lo primero que les pido
es un informe diagnóstico de un psicólogo. Sin él, no les trato”. En
la sanidad pública, Becerra cuenta con el apoyo de la trabajadora
social y sexóloga María Martín-Menasalvas y el psicólogo Emilio
Irazábal, del centro de orientación familiar del área 4 de Madrid.
Ellos fueron quienes diagnosticaron a Andrés como persona
transexual, apta para emprender el tránsito de mujer a hombre. Fue
hace tres años. Hacía otros tantos que Andrés vivía en pareja con su
novia desde los 15 años. “Nos enamoramos en el instituto. Mis padres
creían que éramos lesbianas, yo no les dije lo mío hasta que decidí
hacer el cambio. Entones era aceptarme o perderme, y me aceptaron”.
El tratamiento hormonal fue “espectacular”, y a los tres meses,
saltándose el test de la vida real –“¿para qué?, siempre he ido de
hombre”–, Andrés se quitó las mamas “en una clínica de monjas” por
4.800 euros. “Fue una liberación absoluta, aunque me dejé tres kilos
de carne en el quirófano”, bromea. Para deshacerse de útero y
ovarios tuvo que esperar dos años, y se buscó la vida, “con amigos”,
para hacerlo “por la Seguridad Social”. “Los tenía atrofiados, es
una operación rutinaria que se le hace a todo el que lo necesita.
¿Por qué a mí no?”.
Hoy, en la sesión de fotos, Andrés es el padre de la estrella.
Gladys, una preciosa niña rubia de ojos azules concebida por su
mujer mediante inseminación artificial con semen anónimo. “Es mi
hija. Estuve con mi mujer en la inseminación, el embarazo y el
parto. Yo la crío, pero no tengo ningún derecho sobre ella, y sólo
lo podré tener cuando cambie mi sexo registral”.
Porque de momento, y hasta que el anuncio del ministro Aguilar no se
concrete, Andrés continúa con la M (de mujer) en el DNI. Sigue sin
tener lo que tenía su hermanito. Él, como Jorge, como muchos otros
hombres transexuales, no se han sometido, ni se plantean hacerlo de
momento, a cirugía genital de reasignación de sexo. Hay mujeres
transexuales, como la costarricense Thannya Guido, que tampoco. “La
decisión de pasar o no por el quirófano depende de muchos factores,
desde el grado de rechazo que despierten en el paciente sus
genitales biológicos, que no siempre es el mismo, hasta la
dificultad económica, pasando, claro, por las expectativas de
‘quedar bien”, explica la psicóloga Cristina Garaizábal, vinculada a
la clínica Isadora. “Todas y todos te preguntan que si tras la
operación van a poder sentir”, confirma el cirujano plástico y
urólogo Esteban Sarmenteros, que ha intervenido en los últimos
cuatro años a “unas veintitantas” personas transexuales a través de
su consulta privada de Madrid.
–Yo tuve el primer orgasmo yo sola, a los 20 días de operarme –dice
Esperanza mientras la peinan para las fotos.
–Yo no me arriesgo. Mi pene es parte de mí, gozo mucho de mi
sexualidad y no quiero perderla –repone Thannya.
Los chicos, quizá más pudorosos, hablan sin reparos en privado. “Me
gustaría tener pene”, admite Andrés, “pero cuando conoces las
posibilidades reales de la faloplastia, te echa para atrás. Sólo lo
haría si lo necesitara psicológicamente. Mi pareja me apoya en lo
que decida. Además hay prótesis para todo: de paquete, para orinar
de pie y para mantener relaciones. Mi vida sexual es muy
satisfactoria”. Su mujer asiente. Es una chica rubia, atractiva,
“heterosexual”, que se enamoró a los 15 años “del hombre” que vio en
Andrés y sigue así a pesar de que ha tenido que soportar “siempre”
que la llamen “lesbiana”.
Jorge, que no tiene pareja “por ahora”, tampoco quiere arriesgarse.
“Si entro en esa cirugía, lo que pido es un falo para mantener
relaciones sexuales placenteras para mí y mi pareja. Eso, por ahora,
no me lo garantizan, y mi identidad sexual de varón está muy por
encima de un pene”.
Y es que, objetivamente y por ahora, los resultados del proceso de
reasignación de sexo son asimétricos. Los efectos del tratamiento
hormonal masculinizante están mucho más conseguidos –la tonalidad de
la voz, el vello, la fisonomía facial y corporal– que los de la
terapia feminizante. “La testosterona puede con todo”, bromea la
endocrinóloga Esteva, “y, de la misma forma que es muy espectacular
para contrarrestar las hormonas femeninas, también es muy difícil
eliminar su rastro cuando ya se ha pasado la pubertad masculina”.
Así, mientras los amigos de El Hombre Transexual utilizan los
lavabos de chicos sin levantar más sospechas que la de ser más bajos
que la media de sus congéneres –su altura es de mujer–, ellas cantan
más. Esperanza, de hecho, aún se plantea alguna operación: “Quiero
operarme las cuerdas vocales, porque la voz es lo que más me
delata”, confiesa. Las marcas de la electrólisis que sufrió –“mordía
toallas hasta arrancar el trozo”– para erradicar definitivamente su
vello facial también le recuerdan su calvario en el espejo.
Quizá para compensar, la cirugía de reasignación genital es mucho
más agradecida para ellas. La vaginoplastia a partir de los órganos
genitales masculinos procura orgasmos satisfactorios al 85% de las
pacientes transexuales, según la estadística particular de
Sarmenteros. Los hombres que se someten a metaidoioplastia conservan
incólume su capacidad orgásmica –su micropene no es más que su
clítoris agrandado por las hormonas y la cirugía–, pero el paso
siguiente, conseguir un falo de verdad, está lejos de ser fácil.
La técnica consiste en la extirpación de un fragmento de tejidos
–con sus arterias y nervios– procedente del antebrazo del paciente y
su implante en la zona genital, conectando esos nervios con la
estructura eréctil del clítoris. En este punto, Francisco Giraldo,
del Carlos Haya, sí objeta conciencia: “No nos creemos que esa nueva
estructura pueda tener la misma sensibilidad erógena que el clítoris
primario, y menos que se pueda reproducir el mecanismo de la
erección. En Amsterdam las hacían, pero hace dos años que ya no.
Nosotros, tampoco”. En España, sólo los doctores César Casado y
Pedro Cavadas las realizan. Cavadas, incluso, ilustra el proceso en
su página web.
Mucho antes de que existiera Internet, en los setenta, los años en
que el endocrinólogo Harry Benjamin sentaba las bases del abordaje
integral de la reasignación de sexo, Manolita Chen recorría España
con su Teatro Chino. Chen –nacida Manuel Saborido– fue el primer
rostro de la transexualidad en un país que aún sigue confundiendo
esta condición con el travestismo o la intersexualidad; incluso con
la prostitución a la que se dedican, es cierto, algunas mujeres
transexuales –“aunque cada vez menos, dado que, cada vez más, gozan
del colchón de la familia”, dicen en el Carlos Haya–. Una
esplendorosa Bibi Andersen (hoy orgullosa Bibiana Fernández) elevó
su condición a la categoría de mito mediático de la modernidad en
los ochenta.
Pero no fue hasta hace década y me-dia cuando los colectivos de gays
y lesbianas acogieron en su seno a, sobre todo, las mujeres
transexuales. Los hombres, de hecho, no existían, tal era su
invisibilidad. Desde entonces, el bello rostro de la canaria Carla
Antonelli es el más representativo del activismo transexual. Juana
Ramos, presidenta de Transexualia, o Olga Baselga, portavoz de la
Fundación de Identidad de Género, son también mujeres transexuales
que dan la cara desde sus entidades.
Antonelli ha felicitado las fiestas a sus amigos con un exultante
mensaje en su web: “Brindemos con cava por la ley que devolverá la
dignidad al colectivo transexual”. En su calidad de mujer transexual
y militante del PSOE –es portavoz del área transexual de la
Secretaría de Movimientos Sociales y ONG que ostenta Pedro Zerolo en
la Ejecutiva socialista–, Carla estaba, antes del anuncio de
Aguilar, bastante preocupada. “Antes que socialista soy mujer
transexual, y el Gobierno debe cumplir su promesa electoral de
presentar la Ley de Identidad de Género en esta legislatura”. Por
eso, ahora, ni siquiera las declaraciones de los obispos dos días
después del anuncio del ministro López Aguilar le han aguado la
fiesta. “Se está preparando una ley de género con la que se quiere
anular el significado antropológico de la diferencia sexual e
imponer ‘la teoría del género’, contraria a la verdadera naturaleza
del hombre”, reza el escrito de la Subcomisión de Familia y Vida de
la Conferencia Episcopal Española. El debate en el Congreso se
anticipa caliente.
Antonelli, mientras, recuerda a los suyos que quedan asuntos
pendientes, como la inclusión de la cobertura sanitaria del proceso
de reasignación de sexo en el sistema sanitario público. María
Teresa Fernández de la Vega anunció en mayo de 2005 que el Gobierno
cumplirá su promesa electoral. Carla toma la palabra.
Para Jorge, Esperanza, Thannya y Andrés llegará tarde, en cualquier
caso. Se han pagado el viaje ellos mismos. Se han buscado la vida,
se la siguen buscando. Viven al día. “Enseñando, en cada entrevista
de trabajo, en cada pago con tarjeta, en cada centro oficial, un
carné que nos margina. Aguantando miradas de arriba abajo”, en
palabras del presidente de El Hombre Transexual. Los papeles de
Jorge Martín siguen en manos de su abogado, Carlos Plá, un letrado
que ha conseguido –2.000 euros un año de trámites, examen forense y
vista judicial mediante– 16 sentencias de cambio de sexo legal para
personas transexuales de mujer a hombre sin acreditar cirugía
genital. Un reputado profesional que se puede quedar sin clientes.
La fotógrafa dispara el último rollo. Acaba de empezar el año, aún
hay ecos de fiesta, y los chicos y chicas se despiden con abrazos.
Muchas monerías para la pequeña Gladys. Intercambio de móviles y
direcciones de e-mail. Se diría que son felices, tanto o tan poco
como cualquiera. Su nombre de usuario en el correo electrónico es un
poema: “happyman” (Jorge), “papichulo” (Andrés), “muchaesperanza”
(Esperanza). ¿Se puede decir más con menos?
ANDRÉS RODRÍGUEZ OSORIO:
“Soy un padre como los demás. Mi hija es mía”
29 años. Lijador. Vive con su mujer desde hace seis años. Cuando
tenga DNI de varón podrá ser padre legal de su hija Gladys, de 20
meses.
“En el barrio me decían Rosendo, por el cantante de Leño. Siempre
fui muy chico, hasta intentaba hacer pis de pie; pero también muy
realista. Tenía una 105 de pecho y nunca lo escondí. Mi problema no
era la gente, sino el espejo. Por eso, aunque tengo mujer desde los
15 años y me trataban en masculino, me hundí. Hace tres años. Quería
ser yo, un hombre. Me daban miedo las asociaciones, hasta yo tenía
prejuicios; pero deseábamos tener hijos y fuimos a informarnos sobre
inseminación. El chico de recepción era transexual y me cazó. Ahí
cambió mi vida. Hice el tratamiento hormonal, me quité las mamas y
logré hacerme la histerectomía en la Seguridad Social. ¿Acaso no
pago impuestos? El día que salí del hospital supimos que Gladys
había cuajado en el vientre de mi mujer. Soy un padre como los
demás; mi mujer y yo somos pareja de hecho, y cuando cambie mi sexo
legal nos casaremos. Podría hacerlo ya, como mujer, pero no lo soy.
Me gustaría tener pene, pero la cirugía no es segura. Además, el
sexo está en la mente. Ahora amo al espejo, me gusta lo que veo”.
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ESPERANZA ÁLVAREZ GÓMEZ:
“Mi mayor frustración es no poder parir un hijo”
40 años. Teleoperadora. Se automedicó con hormonas femeninas durante
varios años antes de someterse a cirugía genital en 1996.
“Si hubiera querido bronca, la hubiera tenido todos los días de mi
vida, pero siempre he tenido muy claro quién soy y no me doy por
aludida con los insultos. Donde más sufrí fue en el colegio. La
infancia es lo más duro, porque aún no sabes qué te pasa, por qué te
tratan como a un niño cuando tú te sientes niña. Por qué me trataban
como a mis hermanos y no como a mis hermanas. Dejé de estudiar a los
14 años. Mi historia no fue plato de gusto para mi familia, claro,
pero siempre ha estado a mi lado. Peor fue lo de mi pareja: rompimos
justo cuando logré operarme. Necesitaba la operación: ver en el
espejo lo que había dentro de mí. He sufrido mucho. Para mí hubiera
sido mucho más cómodo haber nacido mujer biológica, poder tener un
hijo. Ésa es mi mayor frustración. Aún no he conseguido ser feliz
como mujer. En cuanto la cosa pasa a mayores y digo lo que fui, se
echan para atrás. He tenido relaciones, pero aún espero encontrar el
hombre que me ame. Hay quién te busca para satisfacer una
curiosidad, un morbo. No me interesan. No engaño a nadie: soy lo que
ves, una mujer”.
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JORGE MARTÍN SÁNCHEZ:
“O acababa con el conflicto, o él acababa conmigo”
35 años. Técnico superior de comercio. Comenzó en 2004 el proceso de
reasignación de sexo. Preside la asociación El Hombre Transexual.
“Fui educado en un colegio femenino. Desde los 13 años me he
esforzado por ser una mujer, imitando las actitudes y los ademanes
de mis amigas. Pero lo grande es que mi identidad de varón no se ha
movido un ápice. El primer transfóbico he sido yo. Todo aquel
esfuerzo no sólo fue vano, sino que no permitió el libre desarrollo
de mi personalidad. Era un niño infeliz y hoy soy un hombre feliz.
Dicen: no sois hombres porque no tenéis falo. Y yo digo: he sido
siempre hombre, de niño, con barba y mamas al inicio del tratamiento
hormonal, y ahora ya operado: sin mamas, sin ovarios y sí, sin pene.
No lo necesito para ser varón. Llevaba 32 años muerto y, o acababa
con el conflicto, o él acababa conmigo. Hablo en metáforas porque me
ha tocado explicar lo que para los demás es inexplicable: he nacido
dentro de un burka –un cuerpo– que me negaba la identidad. Pero ese
burka natural se puede quitar; lo que más me duele es el impuesto
por los otros, el DNI que no identifica, sino margina, y que lleva
una cruz: esa M en la casilla de sexo que te recuerda allí donde vas
este Martirio”.
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THANNYA MELISSA GUIDO QUIRÓS:
“Tuve que salir de mi país para tener respeto”
33 años. Maquilladora, peluquera y costurera por libre. Nació en
Costa Rica. Llegó a España hace cuatro años solicitando asilo
político.
“Siempre me he sentido niña, pero me dolía que me miraran con otros
ojos. Los niños me insultaban y yo me refugié en los estudios, era
la favorita de los profesores. Pero a los 15 años, ya no podía más.
Mi padre es cirujano y le pedí que me operara. Se negó. Me dijo que
entre cuatro paredes podía hacer lo que quisiera, pero que yo era un
hombre. Me echaron de casa, me fui a la capital y tuve que trabajar
en la calle. No me querían en ningún lado. Me hormoné por mi cuenta,
allí no hay endocrinos que te atiendan. Enseguida me puse
increíblemente bella, me operé los senos, tenía muchos clientes;
pero la policía me detenía, me humillaba, me torturaba. Demandé al
Estado por vulnerar mi libre albedrío y gané una indemnización de
3,5 millones de colones, con los que vine a España hace cuatro años.
Aquí estoy bien. Veo respeto. Me gustaría llevar una pancarta
diciendo: ‘Soy una mujer transexual no operada’, para evitar
equívocos. Mi pene es parte de mí. Si renunciando a él pudiera ser
madre, me lo quitaba yo misma. Pero es mi sexualidad y no quiero
perderla en el quirófano”.
Direcciones de
interés: elhombretransexual.net; figinternet.org;
www.carlantonelli.com; es.geocities.com/muyhombres
C.
A.
16-01-2006
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