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Andrea Glass para ésta Web-. Hace unos 20 años, creo
que el disco es del 83, apareció una bonita canción escrita e
interpretada por Paul McCartney y Stevie Wonder, titulada "Ebony and
Ivory" (Ebano y Marfil). Con una letra muy simple, era un canto a la
integración racial, simbolizada a través de las teclas de un piano,
donde conviven en armonía las blancas y las negras; de ahí la
referencia a los nobles materiales.
Mucho ha llovido
desde entonces y esa anhelada integración ha avanzado mucho gracias
a un hecho indudable, la visibilidad positiva en todos los ámbitos
de la vida.
La palabra
"normalización", al igual que su raíz, siempre me ha parecido
inadecuada para expresar cualquier cualidad. Hace casi 8 años que
inicié mi particular cruzada por desterrarla de mi vocabulario
diario, inspirada por una hermosa acción llevada a cabo ese mismo
año (1985) por el consejo de redacción del periódico "Los Angeles
Times", formado por trabajadores de todos los estamentos del diario,
que decidió muy acertadamente no volver a imprimir la palabra
"normal" en sus páginas, argumentando la decisión en la evidencia de
que nadie en este mundo tenía la capacidad de juzgar qué era normal
y qué no lo era. La palabra deberá ser otra, ya la desgranaré
mientras escribo ésto, pero la idea es la misma.
Tradicionalmente
han sido los medios de comunicación social los difusores de ideas en
nuestra sociedad, pero eso está cambiando. La extrema torpeza y la
diáfana falsedad que trasluce cualquier discurso proveniente de
políticos profesionales, así como la cada vez más clara parcialidad
de los comentaristas de la cosa pública, han bloqueado la capacidad
receptiva del ciudadano medio, de modo que desconfía de cualquier
alegato oficialista rechazando la tésis propuesta, sólo por que el
modo en el que se presenta ya hace sospechosa la intención. No es
hoy ese, desde luego, el mejor modo de transmitir ideas; y todos los
esfuerzos que se hagan en esa línea no son más que salvas de
pólvora, puede que hagan ruido, pero no harán mella en su objetivo.
Desde hace unos
años, y gracias sobre todo a los sucesivos y rápidos avances
tecnológicos que disfrutamos, hemos pasado a ser espectadores;
público de un gigantesco espectáculo mediático que llega por
diversos medios, de un modo continuo y calculado. El cine, la
televisión e incluso la red no dejan de bombardearnos con contenidos
de todo tipo, y las ideas más variadas acaban por prender; incluso
las más inverosímiles. Un ejemplo clarísimo lo tenemos en las
pasadas crisis que deberían haber afectado al Partido Popular; los
asuntos oscuros de Piqué, las implicaciones de Gescartera, la
ridiculeces de Perejil, la torpeza con el Prestige, la vergonzosa
participación en Irak, los escándalos en torno a la Asamblea de
Madrid. Cualquiera de ellos supera a todos los que provocaron la
caída del Partido Socialista, pero no parecen causar mella en el
Gobierno, que incluso mejora en las encuestas de intención de voto.
El análisis es
obvio; las críticas se han instrumentalizado por los medios
tradicionales, discursos políticos, editoriales, columnas de
opinión; es decir, más de lo mismo. Por contra, la respuesta ha
utilizado técnicas puramente populistas, presentando una falsa
situación idílica que ha acabado por asumirse sin ni siquiera pensar
en ella. No solo es significativo el resultado de los sondeos en
cuanto al voto decidido; sino que lo es mucho más en cuanto al
resultado esperado. La resignación aparece claramente entre los
simpatizantes socialistas, porque han absorbido el mensaje, y aunque
no vayan a modificar su voto, inconscientemente perciben que hay un
convencimiento generalizado de signo contrario al suyo. El mensaje
ha logrado su objetivo.
Esta técnica de
comunicación ha sido utilizada con gran habilidad por la comunidad
de color norteamericana, para obtener un increíble avance en el
camino de la integración, a través de la presencia continuada de
modo natural en diversos medios; cine, televisión, teatro, deporte,
a través de los cuales se hizo familiar la presencia de miembros de
esa minoría en todos los ámbitos de la vida. Desde presentar
médicos, abogados y policías en telecomedias y películas, hasta
construir ídolos sobre los que nadie se cuestiona el color, como
Michael Jordan o Tiger Woods. Tanto se ha trabajado sobre el tema,
que personajes de ficción blancos, han sido encarnados por negros
sin que nadie se extrañase, como fue el Jim West que representó Will
Smith.
Esa penetración
lenta pero constante, alejada de anteriores intentos que pecaron de
excesiva formalidad cargada de aburridos planteamientos, o de
demostraciones de activismo que en realidad asustaban más que otra
cosa, han modificado sensiblemente el panorama de los últimos veinte
años. La presencia negra en la administración ya no es sólo la de un
eterno candidato demócrata de color sin la menor posibilidad, como
sucedía en los 80 con Jesse Jackson; hoy hay Secretarios (los
Ministros de aquí) en el Gobierno, Alcaldes en grandes ciudades,
Gobernadores en estados del Sur, o jueces en el Tribunal Supremo. Y
en otros sectores sucede lo mismo; en las artes, las ciencias o el
mundo de los negocios, la presencia de color ha dejado de ser una
curiosidad. Y lo más sorprendente es que se ha llegado a esta
situación sin traumas ni signos de alarma por parte de la mayoría
blanca; precisamente lo que más temían los teóricos de los
movimientos pro-integración en los 60 y los 70.
Debemos extraer la
enseñanza que este hecho encierra y aprender a utilizar las técnicas
de comunicación para transmitir el mensaje de diversidad que es
preciso que cale en la sociedad. Los discursos farragosos plagados
de tecnicismos incomprensibles para la mayoría de los ciudadanos, no
han causado su efecto. Su fondo estaba bien planteado, desde un
estudio profundo de la realidad concreta que representa la
diversidad, pero la forma se perdía en aparentes divagaciones
difíciles de entender. Aburrían. La otra línea, la de las acciones
llamativas e incluso transgresoras tampoco cosechó muchos frutos,
pues por una parte suponía una provocación gratuita, y por otra
causaba cierta alarma en una sociedad aún demasiado conservadora.
Los dos grupos
tradicionalmente más maltratados y con mayores dificultades de
integración del universo GLBT han sido los de lesbianas y
transexuales. Las primeras añaden a su condición homosexual el hecho
de ser mujeres, y estamos en una sociedad que no sólo es
heterosexista, aspecto en el tanto inciden los gays, sino además
machista, o mejor falocentrista, por lo que las mujeres homosexuales
tienen todas las de perder. El problema del colectivo transexual ha
sido principalmente la falta de información, que ha derivado en la
consideración de "freaks" que generalmente se le ha asociado, y que
no parece haber cambiado mucho a pesar de tantos esfuerzos llevados
a cabo, que han demostrado su ineficacia.
Un ejercicio
clarificante de la realidad del conocimiento social es el de pedir a
un grupo de personas de cualquier origen y tendencia, que nombren a
cinco homosexuales conocidos, cosa que harán sin dificultad. Pero
cuando la pregunta se refiera a cinco lesbianas o cinco transexuales
la cosa cambia, y sólo podrán responder aquellos más interesados e
informados sobre el tema. Pero es que incluso los expertos se
quedarán sin nombres al elevar la cifra a diez o quince, mientras
que seguirá resultando fácil nombrar esa cantidad de gays célebres.
Está claro que la invisibilidad ha sido llevada al extremo y que el
desconocimiento de ambos grupos no queda sólo en los nombres, sino
que alcanza a sus particularidades y reivindicaciones, que no sólo
no son compartidas, sino incluso ignoradas.
La penetración de
los homosexuales en la vida cotidiana a través de los medios de
comunicación ha sido constante en los últimos años. Lejos de los
tiempos en que se limitaba a portavoces que repetían las mismas
aburridas consignas, mientras que "el armario" seguía mandando y una
gran mayoría tenían una presencia invisible sin admitir, e incluso
negando su homosexualidad. En el momento en que eso cambió y la
presencia natural se impuso, el fenómeno se ha popularizado y son ya
muchos los gays que aparecen de modo regular en pantalla, sin negar
su homosexualidad, pero sin pretender teorizar al respecto. La
respuesta ha sido muy positiva por parte de la audiencia, como se
puede comprobar fácilmente.
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Un tímido
acercamiento a esta técnica por parte de lesbianas ha demostrado que
es el camino correcto. El modo en que se hizo pública la relación
entre dos participantes del concurso "Gran Hermano", Raquel y Noemí,
desprovisto de morbo, de estridencias y de dogmatismo; y la
familiaridad con la que se siguió presentando la evolución de la
pareja, ha causado una reacción extraordinaria especialmente entre
adolescentes y jóvenes. Las muestras de apoyo han desbordado todas
las expectativas, pero el efecto más importante ha sido la cantidad
de asunciones públicas de lesbianismo que se han producido y el
respaldo que esas jóvenes encuentran en la visibilidad y valentía
que han mostrado las citadas Raquel y Noemí.
Y eso es
importante. al no ocultarlo ni presentarlo como algo vergonzante,
han legitimado una relación lésbica. Pero es que además el efecto
crece en progresión geométrica, pues las mismas chicas que admiten
ahora en público su orientación sexual por primera vez, sirven de
acicate a otras que se animan a hacerlo, sin que el mundo se
derrumbe. De momento han sido las más jóvenes las que se han
liberado de los prejuicios, pero la ola que se ha iniciado debe
seguir generalizando la visibilidad en otros ámbitos y más ejemplos
deberán mostrarse en los medios de comunicación. Sólo así se
conseguirá y sólo con eso bastaría, pero es un hecho que éste es el
modo correcto de hacerlo.
En cuanto al
colectivo transexual, las cosas no se han hecho bien. Bibiana,
entonces Bibi, no reconoció su transexualidad de modo claro y activo
en los medios, en la línea de lo que hizo Amanda Lear en varios
países. Ambas fueron ambiguas respecto a ello y, aunque todo el
mundo lo sabía, ellas nunca aprovecharon su posición mediática para
romper una lanza, como por ejemplo hizo Eva Robins en Italia.
Respeto sus motivos e incluso sus reparos a abanderar un colectivo
tan heterogéneo como disperso en sus planteamientos, que en aquella
época se circunscribía a las que fueron sus únicas salidas
laborales, la prostitución y el espectáculo (o la mezcla de ambas
para llegar a fin de mes). Realmente muchas que lamentan que ella no
alzase la voz en esos tiempos, tampoco lo hubiesen hecho de haber
estado en su posición. No son comparables aquel período y éste en
que ahora estamos.
Después de unos
años en que no había más presencia transexual en los medios, se pasó
al empacho. No sólo fue "La Veneno", que se hizo popular pero a
quien se instrumentalizó de un modo muy negativo para el colectivo;
sino muchas las que aparecieron en decenas de programas de debate en
los que sólo se perseguía el morbo fácil y si caía alguna
escandalosa salida de tono, mejor para subir la audiencia. Pronto,
el discurso que algunas querían transmitir quedaba ahogado por
ridículos enfrentamientos, vocabularios soeces, peleas en directo y
declaraciones desproporcionadas, desanimando a muchas a seguir
prestándose a espectáculos así. Debo reconocer que yo me incluyo
entre las que quisimos transmitir un mensaje didáctico y educativo y
perdimos las ganas de hacerlo después de varios intentos. Ahora me
doy cuenta de que no era ese el modo de hacerlo, pero entonces
parecía que sí.
Algunas veces no
había provocaciones ni aspavientos, pero entonces las intervenciones
resultaban excesivamente formalistas para un público que desconocía
casi todo, y eran difíciles de seguir a causa del empeño de muchas
en usar lenguajes especializados y términos cientifistas (más que
científicos), para transmitir una idea de seriedad que nunca llegaba
a las masas. Faltaba naturalidad y capacidad de comunicación. Hoy en
día las oportunidades menudean, y parece que ya no sube la audiencia
presentar programas con transexuales, porque al público no le
interesa que le enseñen conceptos nuevos. Sólo venden los escándalos
y los dramas lacrimógenos, y el planteamiento trans con los medios
ya no se incluye entre ninguno de estos dos estilos, perdiendo una
ocasión de oro para crear una tendencia de opinión en el público.
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Pero la
orientación sexual es independiente de la identidad sexual. Por eso
existen homosexuales en el colectivo transexual, al igual que en el
colectivo no-transexual (ý me permito llamar así al resto de la
población mundial). Naturalmente habrá transexuales gays entre
quienes hicieron su transición de mujer a hombre (FtM), transexuales
lesbianas entre quienes la hicieron de hombre a mujer (MtF), e
incluso bisexuales entre ambos grupos. Del mismo modo que las
lesbianas están discriminadas respecto a los gays en el colectivo
homosexual, las trans lesbianas lo están entre las trans en general,
y sobre todo entre las que se mueven en ambientes más marginales,
donde reconocerlo puede significar una fuente de problemas, e
incluso la imposibilidad real de ganarse la vida aún en un oficio
tan denostado, pero donde los tópicos caducos e inexactos son ley.
Y no solo allí se
sienten discriminadas; también lo están en las organizaciones de
lesbianas, aunque es más frecuente que esto suceda entre dirigentes
de esas organizaciones que entre las lesbianas de base. La simple
frase repetida con frecuencia "¿qué hace aquí este tío?", da una
muestra clara de la poca comprensión que hay sobre la identidad de
género, incluso entre quien se supone debía tener las ideas claras.
Es pura retórica dogmática, porque esas mismas lesbianas
intransigentes tampoco ven con buenos ojos la presencia de las antes
citadas Raquel y Noemí en los medios, y en una demostración de
conservadurismo intolerante, prefieren mantener una invisibilidad
vergonzante antes que dar su brazo a torcer y adaptarse a los
tiempos que corren.
Es innegable que
la influencia del feminismo de segunda ola, afortunadamente
superado, aún colea en muchas de estas dirigentes. El ideal de que
la mujer es, como las Amazonas, autosuficiente y superior al hombre
por el simple hecho de haber nacido mujer, como si eso fuese una
"Unidad de Destino en lo Universal", tiene rancios recuerdos y no se
sostiene. Las viejas tesis de Simone de Beauvoir, enunciadas hace
casi 60 años con el fin de lograr el entendimiento de la realidad
femenina por parte, primero de ellas mismas, y luego de los hombres,
adquieren ahora una nueva dimensión cuando se aplican desde la
óptica del feminismo de tercera ola, en incluso desde el
ciberfeminismo. Y la idea de que la mujer no nace, sino que se hace,
entronca claramente con la realidad transexual, lo que convierte a
las activistas trans en verdaderas feministas modernas.
Antes o después,
las lesbianas y las trans lesbianas alcanzarán el entendimiento y
comprenderán que vibran en la misma frecuencia. Si son capaces de
crear un mensaje coherente y bien articulado, y si además interesan
a los medios y lo comunican con naturalidad y sin artificios (y la
Red será fundamental para organizarse e iniciar su difusión), es más
que posible que lleguen al ciudadano y que la idea sea asumida con
naturalidad. Y a partir de ahí los colectivos feminista y transexual
habrán avanzado sin esperarlo pues cualquier lesbiana, transexual o
no, pertenece a alguno de ellos (o incluso a los dos).
Empezaba
refiriéndome al teclado de un piano, y a los dos tipos de teclas que
tiene. En este caso ese teclado se parecería más al de un ordenador,
donde la variedad es mucho mayor, pero las teclas conviven unas al
lado de las otras sin el menor problema. Además sirve como símbolo
de una revolución mediática que se debe afrontar cuanto antes, y que
ya ha empezado a asomar desde Internet. No es hora de pensárselo, es
hora de actuar.
C.
A. 17-09-2003
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