Unos 200
niños polacos de un campo de refugiados austriaco llegaron en 1946
a Barcelona en una operación de la Cruz Roja. Eran niños rubios
"de aspecto germano" robados por los nazis o fruto de experimentos
para crear la superraza aria. Algunos volvieron a su país, otros
fueron a EE UU. Varios de ellos relatan su drama de desarraigo e
identidad perdida.
País-. De
la mano de la Cruz Roja internacional, 200 niños polacos robados
por los nazis durante la II Guerra llegaron a Barcelona en 1946
procedentes del campo de refugiados de Salzburgo (Austria).
Algunos habían sido seleccionados por culpa de sus rasgos físicos
pretendidamente arios y arrancados de sus padres, otros eran hijos
de los trabajadores esclavos utilizados hasta la extenuación en la
industria alemana de guerra. También había pequeños engendrados en
el diabólico proyecto eugenésico de los Lebensborn, (la fuente de
vida), las granjas de procreación y educación nazi destinadas a
crear la superraza, en las que se forzaba a las mujeres
seleccionadas a acostarse con los oficiales alemanes.
Desconocida
hasta ahora, la historia de estos niños polacos hurga cruelmente
en la herida moral de la humanidad porque fueron despojados de su
nombre, su memoria y su lengua, germanizados y, en ocasiones,
entregados a familias alemanas y nuevamente desgajados de estos
hogares al término de la contienda.
Muchos perdieron
irremisiblemente la posibilidad de recuperar su identidad y su
familia en la hoguera con la que los nazis en retirada destruyeron
los archivos que daban cuenta del delirio de recreación de la raza
aria. Tal y como ha constatado este periódico, seis décadas más
tarde, la herida del limbo identitario sigue supurando en el alma
de los supervivientes, "españoles de corazón", y palpita
dolorosamente con el recuerdo de las traumáticas experiencias
vividas. Tuvieron que resignarse a no saber de sus padres y
hermanos, a descontar para siempre esos besos y abrazos y a vivir
con ese vacío lacerante, algunos, en la sospecha de que su
progenitor pudo muy bien haber sido un soldado alemán.
Todos llegaron a
Barcelona con el enigma de su origen, pero sólo los que habían
guardado en su memoria un recuerdo nítido -"Mamá tenía una
chaqueta marrón, lloraba, pero nos separaba la alambrada"- o
habían salvado un objeto -la fotografía doblada que la madre le
dio a hurtadillas en la despedida, la medallita de la Virgen...-
disponían de la prueba de una identidad perdida.
Escuchar sus
padecimientos durante la guerra es asomarse a un abismo de
angustias y terrores, de hambre y violencia. Se comprende que los
desnutridos o enfermos huérfanos polacos encontraran en la pobre
España de la posguerra el paraíso inesperado que añoran todavía 62
años más tarde.
El tiempo había
acabado por sepultar aquellos hechos bajo una capa de olvido tan
compacta, que la mera confirmación periodística de la llegada de
esos niños a Barcelona pareció una empresa imposible. Los datos
transmitidos en su día por personas ya fallecidas se revelaron
pronto insuficientes o inexactos. Y rebuscar en los archivos de la
Cruz Roja en Madrid y Barcelona, consultar a la Embajada y los
consulados de Varsovia e indagar en la comunidad polaca resultó un
ejercicio infructuoso. Nadie tenía noticia de estos niños.
Cuando el
panorama invitaba al abandono y la historia parecía abocada a
engrosar la carpeta de iniciativas fallidas, un diligente
archivero de la Cruz Roja en Ginebra, tan dispuesto como para
buscar más allá de las fechas convenidas, exhumó el listado de uno
de los grupos que llegaron a la Ciudad Condal. ¡Era verdad! La
consulta a las hemerotecas, ahora sí, en el año y las fechas
correctas, mostró que esos niños de entre 2 y 12 años tenían
también rostro y saludaban disciplinados con vivas a España desde
la cubierta del mercante JJ Sister, que el 24 de abril de 1946
atracó en Barcelona.
Fueron alojados,
inicialmente, en el número 49 de la calle Angli, una antigua checa
(centro de detención) del Frente Popular que el Auxilio Social
franquista (organización de beneficencia) había habilitado como
residencia infantil, y luego en la residencia Vallcarca, también
en el barrio de la Bonanova. Los periódicos españoles de la época
presentaron la llegada de los "huérfanos de guerra polacos" como
prueba del carácter humanitario del régimen, cuando aquel gesto
respondió a la necesidad del Gobierno de Franco de congraciarse
con los aliados victoriosos y hacerles olvidar sus simpatías por
los derrotados alemanes. En las negociaciones diplomáticas,
auspiciadas por el Vaticano, la dictadura franquista asumió el
compromiso de facilitar el alojamiento y los cuidados necesarios,
mientras que el Gobierno polaco en el exilio establecido en
Londres, que no reconocía al poder comunista establecido en
Varsovia, se encargaría de la educación-polaquización de los
niños.
La experiencia
se prolongó durante diez años, periodo en el que la mayoría de los
niños, ya adolescentes o jóvenes, fueron devueltos a Polonia, a
menudo contra su voluntad, y entregados a parientes que habían
sobrevivido. ¿Qué pasó con aquéllos cuyos orígenes no pudieron ser
establecidos? ¿Y qué habrá sido de esa chica rubia, de ojos
azules, Teresa Lindner, que según el diario Pueblo se había
prometido a un español estudiante de Ingenieros?
Seguir el rastro
de los huérfanos polacos no devueltos a su país era como perseguir
la sombra de unas nubes caprichosas que lo mismo se dirigían a
Polonia, que a Francia, a Estados Unidos o al Reino Unido. Del
listado de nombres puestos a búsqueda sistemática en Internet,
únicamente el de Aleksandra Gruzinska obtuvo una respuesta
positiva en Google. Había una Aleksandra Gruzinska profesora de
francés en la Universidad del Estado de Arizona (Estados Unidos),
y en la página figuraba la dirección de su correo electrónico. Era
la última oportunidad y había que apurar la suerte, por improbable
que pareciera que una persona de 75 años continuara
profesionalmente activa. Que conservara su apellido de soltera en
Estados Unidos significaba, además, que no se había casado,
supuesto que reducía aún más las probabilidades.
"¿Es usted la
Aleksandra Gruzinska que llegó a Barcelona en 1946 por mediación
de la Cruz Roja?" Como ocurriría después con el resto de los
receptores, el mensaje produjo el devastador efecto de un
torbellino emocional. Rememorar el pasado en estos casos es
destapar la caja de Pandora de los dolores y traumas padecidos,
dar rienda suelta a recuerdos amargos y secretos que habían sido
convenientemente domeñados y guardados bajo siete llaves. Ella se
tomó su tiempo, sopesando si estaba dispuesta a dejarse envolver
por el oleaje desatado en su interior, pero cinco días más tarde
contestó: "Sí, soy una de las chicas de Vallcarca". Y hay que
decir que pocas veces en el ejercicio de este oficio se reacciona
a un mensaje con una exclamación de júbilo.
Aleksandra no
pudo o no quiso entonces ir más allá -"me despido con mucha
emoción", indicaba-, pero luego encaminó al periodista hacia un
manantial informativo, el tesoro documental de los "huérfanos
polacos de Barcelona", podríamos decir, que Cristina Tozer, hija
de la canciller del consulado polaco en Barcelona Wanda Tozer,
guarda en su casa de Madrid. Activista de la resistencia antinazi
perseguida por la Gestapo, Wanda Tozer alojó en su casa de
Barcelona a los pilotos polacos derribados en Francia y a los
soldados perdidos que trataban de llegar a Gibraltar o a Portugal
para desde allí regresar a sus bases en Inglaterra. "A veces me
encontraba el salón tapizado de cuerpos", recuerda su hija
Cristina. "Mi madre les daba documentación falsificada y dinero
para que pudieran atravesar España". La señora Wanda fue la madre
espiritual de los niños robados por los nazis que llegaron a
España, además de su profesora de literatura y polaco. Era el
enlace entre las autoridades españolas y el Gobierno polaco en el
exilio.
Durante aquellos
años, la canciller fue anotando las revelaciones que extraía de
sus contactos con los niños -"yo también era muy pequeña y tenía
celos de los cuidados que les prodigaba mi madre", indica
Cristina-, hasta descifrar el secreto que guardaban. Descubrió
que, en su gran mayoría, aquellos niños procedían de Silesia,
región que los alemanes consideraban germánica y, por tanto,
potencialmente susceptible de albergar los genes de la raza aria.
Descubrió que a muchos de los pequeños les habían cambiado sus
apellidos por otros, en ocasiones, despectivos e hirientes, como
Koziok (cabrito); que les habían borrado los recuerdos familiares
y prohibido el uso de su lengua; que habían sido robados y
humillados; que habían pasado por sucesivos orfanatos y que los
mayores habían sido abandonados cuando la contienda tocaba a su
fin y forzados a vivir como salvajes en los bosques.
Wanda Tozer
intuyó entonces lo que los historiadores tardarían mucho en
comprobar: que en la región noroccidental de Polonia incorporada
al Tercer Reich con el nombre de Wartehegau, a los niños de
aspecto nórdico se les supuso un origen alemán y fueron
germanizados. En su libro El trauma alemán, Gitta Sereny cita la
orden de las SS número 67/1, en la que se alude a la "gran
cantidad de niños en Polonia que por su aspecto son potenciales
portadores de sangre valiosa para Alemania". La periodista
austriaca sostiene que en las acciones punitivas contra la
resistencia, la norma era ejecutar a todos los hombres y enviar a
las mujeres a los campos de concentración, mientras que los niños
de entre seis meses y dos años eran enviados a los hogares
Lebensborn, y los mayores de doce, enviados a trabajar.
"La Gestapo se
llevaba a los niños por la fuerza, sobre todo si respondían
claramente a los criterios de raza", escribió ya entonces Wanda
Tozer. "Los seis hermanos Wieczorek fueron arrancados brutalmente
de los brazos de sus padres. Aleksandra Gruzinska, a la que sus
compañeros llamaban Olga, no tuvo apenas tiempo de abrazar a su
madre. Bronislaw Zimmy fue sacado de un orfanato para ser
germanizado. Jerzy Kaczynski y su madre fueron llevados a Alemania
para trabajar duramente. Jadwiga Bronowicka vio desde su escondite
en un pajar cómo los rusos asesinaban a su padre...".
Son escritos,
hasta ahora inéditos, que Cristina Tozer encontró en su casa a la
muerte de su madre, en 1990. En todos ellos late la sensibilidad
de una mujer, patriota polaca y católica, capaz de comprender el
dolor de la "segunda ruptura" que padecieron los niños dados en
adopción a familias alemanas y rescatados por los aliados al
término de la guerra. "No querían ir con esos polacos de quienes
habían oído decir tantas barbaridades y había que recuperarlos por
la fuerza; ellos, a su vez, mordían o daban puntapiés a sus
liberadores", anotaba Wanda. En ocasiones, sólo la música, las
canciones polacas de cuna o los cantos navideños lograban penetrar
en los espacios clausurados de la memoria y encender la chispa del
recuerdo.
Pese a la imagen
que aportan las fotografías de prensa de la época, las "cabecitas
rubias que se apretujan unas con otras, lucen ropa militar y
gorras americanas", que llegaron a Barcelona en sucesivas
expediciones, estaban muy lejos de alcanzar el estadio de la
felicidad. "Han desarrollado los instintos de supervivencia
propios de los entornos hostiles y son desconfiados, hoscos y
egoístas. Las chicas mayores, más germanizadas, son exigentes,
desobedientes y contestonas, mal ejemplo para las pequeñas a las
que incitan a la rebelión", escribió Wanda Tozer.
Su hija recuerda
que aquellos niños con los que compartía la clase de polaco tenían
siempre hambre aunque acabaran de comer, el apetito insaciable de
los que han conocido el hambre. "Habían pasado tanta necesidad,
que guardaban los chuscos de pan bajo los colchones para cuando
les llegara esa hora negra del estómago aguijoneado. Además,
rebuscaban en las basuras de la propia residencia de Vallcarca y
de los alrededores y arrasaban los limoneros de la casa y los
frutales vecinos", comenta. Sin embargo, como observó con asombro
Wanda Tozer, aunque los niños no compartían las cosas, tampoco se
robaban entre ellos. A falta de familia, muchos anudaron con
algunos de sus compañeros una relación fraternal, que, en
ocasiones, ha perdurado hasta hoy.
Las anotaciones
de Wanda describen un cuadro psicológico de pesadillas, angustia y
depresión, a la altura de los traumas y padecimientos vividos.
Niños desquiciados entregados a la tarea de destrozar,
claustrofóbicos que se fugan en pijama de la residencia creyendo
huir de un bombardeo, pequeños que sólo calman sus nervios
haciendo calceta...
Poco a poco, el
trato de las cuidadoras españolas y de los profesores y curas
polacos empieza a dar sus frutos. Barcelona les gusta y disfrutan
de la playa y el sol. La vida se abre paso. Nunca olvidarán la
noche del 24 de diciembre. Están todos juntos con la mirada fija
en el firmamento, a la espera de que aparezca esa primera estrella
que, en la tradición polaca, inaugura la Navidad. Muchos años
después, ya casados y con hijos, seguirán telefoneando desde
América, a la hora española, para felicitar la Nochebuena a la
señora Wanda.
Aunque la
residencia Vallcarca era y sigue siendo un edificio señorial, su
vida estuvo también marcada por el frío y la penuria. Es lo que se
desprende de los escuetos informes que Wanda Tozer elaboraba
periódicamente, dominando a duras penas su exasperación: "No hay
leche en los desayunos por falta de fondos. (...) La rotación del
personal, por impago, repercute en los niños. (...) La falta de
ropa y mantas es acuciante. Sólo tienen vestiditos de percal y
enferman a causa del frío. (...) El zapatero remendón rehúsa
arreglar los zapatos por falta de pago".
Sin embargo, el
verdadero drama era el interrogante que consumía vorazmente a los
niños cuando alcanzaban la adolescencia. "¿Quiénes son mis
padres?". "¿Sabe si mi madre está viva?" Acostumbrada a resolver
situaciones comprometidas -ablandaba los corazones de los
comerciantes barceloneses o de los integrantes de la comunidad
judía polaca y obtenía así dinero para las prendas de abrigo,
útiles de aseo, incluso regalos de Navidad-, Wanda abordaba la
depresión de los adolescentes invitándoles a merendar en su casa y
tocando el piano para ellos. Con el tiempo, la red polaca APWR de
localización de desaparecidos fue obteniendo resultados y
comenzaron a llegar las primeras cartas de los familiares
supervivientes: "Llevamos 10 años buscándote, vuelve a casa". El
grupo fue poco a poco menguando. Siempre conducidos por Werner, el
mayor, que nunca dejó de ejercer de padrecito responsable, los
hermanos Wieczorek regresaron a Polonia. "Ya sólo queda un
centenar. (...) Ela ha encontrado a su madre en Inglaterra, Mietek
se va a Francia. (...) Ya sólo quedan 80", escribe Wanda Tozer y
empieza a preguntarse qué puede hacer con los que quedan,
adolescentes y jóvenes en su mayoría, que nadie reclama. Sabe que
cada camastro desocupado es para ellos una nueva punzada, un
agujero que amplía su vacío interior, un nubarrón que les
ensombrece el futuro.
La solución la
encuentra en Estados Unidos, en la gran colonia polaca neoyorquina
de Buffalo. Piensa que aunque los chicos están aprendiendo un
oficio, siempre encontrarán más posibilidades en América que en la
aislada España franquista que no logra sacudirse la pobreza. La
despedida de Barcelona, camino de Madrid, camino de Lisboa, camino
de América, el 6 julio de 1956, es desgarradora. Lloran
desconsolados mientras cantan Rozproszone polskie dzieci, la
canción de "los niños polacos desperdigados".
Meses y años
después, algunos todavía reprocharán con amargura a Wanda Tozer el
haberles arrancado de España. "Barcelona es nuestro paraíso
perdido", resume hoy Aleksandra Gruzinska. Lo repiten todos
aquellos niños robados que, desde Buffalo, Arizona, Virginia,
California, o Queensland (Australia), aceptaron el envite de EL
PAÍS de rebuscar en la memoria a riesgo de alborotar sus
corazones. Sí, Barcelona es la palabra mágica, la puerta que cerró
el infierno de su traumatizada infancia y les devolvió la
sonrisa.
Todos y cada uno
de ellos tienen un relato extraordinario que no cabe en las
páginas de un periódico. Fijémonos tan sólo en aquella chica
rubia, de ojos azules, Teresa Lindner, que estaba prometida a un
estudiante español de Ingenieros. Vive en Manassas (Virginia,
Estados Unidos), se casó y ahora se llama Teresa Gilbert, tiene
tres hijos y dos nietos. No ha vuelto a Polonia. "¿Para qué volver
si no sé dónde buscar? Mi drama es que nunca he conocido mis
apellidos. Los alemanes me sacaron de casa cuando debía tener
cuatro o cinco años, y a esa edad los padres no tienen más nombres
que papá y mamá. Me pusieron el apellido Lindner y sé que en el
primer orfanato estuve con mi hermana, que luego nos separaron y
que ya no la he vuelto a ver. Creo que éramos gemelas, porque
teníamos dos vestidos iguales con un lazo azul que mi madre nos
ponía para ir a misa y nunca sabíamos muy bien cuál era de quién
hasta que yo manché el mío con una manzana. Sé también que tenía
un hermano, porque un día...".
Aunque se había
preparado anímicamente para este encuentro, Teresa Gilbert estalla
en sollozos, pero prosigue con voz entrecortada. "Porque un día,
poco antes de que llegaran los alemanes, estuve a punto de
cortarle un dedo a mi hermano pequeño, y mi madre se enfadó
muchísimo. Me pegó y me dijo que cómo podía estar haciendo
diabluras con mi padre muriéndose. 'Reza para que tu padre no se
muera', fueron sus palabras". Teresa recuerda que una vez fue a
verlas al orfanato y se despidió diciendo que volvería "muy
pronto".
Terminó en
Austria, en manos de una familia de habla alemana. "Aquella mujer
[Teresa Lindner no utiliza la expresión 'madre adoptiva'] vino una
mañana a buscarme al colegio. Me asusté y pensé que me iban a
castigar, pero por el camino me contó que habían llegado a casa
unos militares y que tenía que responderles a todo 'no sé, no sé',
en alemán. No podía hacer otra cosa porque ya no sabía hablar
polaco, pero como me parecieron simpáticos y me ofrecieron una
chocolatina, terminé yéndome con ellos. Acabé en el campo de
refugiados de Salzburgo, donde había muchos niños de todas partes.
Fue muy duro. Al final nos llevaron a Italia y de ahí embarcamos
rumbo a Barcelona. Vallcarca es la residencia más hermosa que he
visto en mi vida". Le pregunto qué pasó con aquel novio español y
me dice que rompieron cuando ella empezó a trabajar en Estados
Unidos, pero que volvió a verlo 20 años más tarde y que él todavía
debe guardar algún objeto suyo.
Tampoco
Maxsymiljan Jadoch sabe cuál es su verdadero apellido, sólo que
las razones por las que le borraron su nombre pueden ser
diferentes a las que intervinieron en el caso de Teresa. No tiene
recuerdos anteriores a los de su vida en el orfanato de Silesia,
pero nunca olvidó que una mujer que le visitaba de vez en cuando
le había dicho que iría a buscarle cuando acabara la guerra. "En
Barcelona, odié a esa mujer con todas mis fuerzas", dice. "Viví la
adolescencia angustiado ante el futuro, torturándome con las
preguntas: ¿Dónde están mis padres?, ¿quién soy yo? Él sí encontró
a su supuesta madre, una mujer suiza que todavía vive, aunque
mejor cabría decir que lo que Maxsymiljan (Max) encontró fue un
fantasma. Hace 22 años", prosigue, "recibí una carta de la Cruz
Roja alemana con el mensaje de que había una persona que me
buscaba. Dos semanas más tarde me llegó el telegrama de una mujer
que decía que me había cuidado en el orfanato y que quería verme.
Fui a visitarla a Alemania, pero esa bruja no quiso contarme la
verdad. Tenía miedo a que se airease el pasado y ni siquiera quiso
admitir que era mi madre. Sólo me dijo que me habían cambiado el
apellido y que jamás conocería a mi padre. Sé que ella tuvo un
hijo con un alemán, y que ese hijo, Hans, se me parece
extraordinariamente. No volveré a verla hasta que me diga quién
soy".
Max sigue
sintiéndose extranjero en Estados Unidos, y eso que vive allí
desde hace 52 años y que se ha casado y tiene dos hijos. Dice que
él pertenece a Europa, a Barcelona. "Sólo con oír la palabra
Barcelona se me desatan todas las emociones, porque allí pasé los
mejores años de mi vida después de mi calvario por Checoslovaquia
y Austria. "¿Sabe que tuve una novia catalana?" Y este hombre de
72 años cita de corrido el nombre, los dos apellidos y la
dirección exacta de aquel primer amor. También Josef Szpaczkek,
que vive en Queensland (Australia), recuerda a "aquella chica
preciosa", Antoñita, de Pamplona, que conoció en el sanatorio en
el que estuvo hospitalizado. "Decidí perfeccionar mi español para
poder seducirla, pero nos llevaron a América".
Al contrario que
otros niños robados que optaron por negarse a mirar el pasado,
para que la herida no siguiera sangrando, para que la memoria
quedara sepultada bajo una losa de olvido tan pesada que ya no
pudiera aflorar en la conciencia, Eric Plocica, que ahora reside
en Venice (California) ha buscado y continúa buscando respuesta a
sus interrogantes. Ha reconstruido el tortuoso y penoso camino que
siguió desde su orfanato en Bielsko (Alta Silesia) hasta
Barcelona, ha comprobado fechas, ciudades y países, ha anotado los
bombardeos que sufrieron cuando los niños y sus guardianes
escapaban de los rusos. Tampoco le ha negado a su cerebro las
barbaridades que sus ojos de niño contemplaron. "Los niños eran un
tesoro nacional y los alemanes hicieron lo imposible para que no
pasáramos a manos de los rusos, hasta que un día, al despertarnos,
vimos que nuestros cuidadores habían desaparecido". Enrolado en la
Marina norteamericana, Eric aprovechó siempre los atraques de la
VI flota en los puertos españoles para visitar a la "señora Wanda"
y rememorar su estancia en Vallcarca. "Al llegar a Barcelona supe
que había salvado la vida. No me siento americano al cien por
cien, soy más español que otra cosa, y aunque España se ha
americanizado bastante, me encanta el temperamento, el ambiente,
el idioma [habla un buen español], la comida, el sol. Eso fue mi
patria".
Eric prefiere no
hablar de sus primeros recuerdos. Sólo dice que su caso es más
triste que el de otros y que, además, tampoco sabe muy bien lo que
pasó. "Yo no tenía familia". ¿Y cómo afecta a la personalidad una
infancia tan dura?, le pregunto. Responde que los niños se adaptan
mejor que los adultos. "Nunca nos faltaron las lágrimas y siempre
nos acompañó el miedo a perder la vida, pero, no sé si por
inconsciencia o por qué, confiábamos más que los mayores en poder
sobrevivir". Sobrevivieron, y aprendieron pronto a valorar lo que
verdaderamente cuenta en la vida, tras haber conocido las entrañas
del infierno humano. Ellos saben de qué pasta sucia está hecha la
humanidad. Que los niños sin nombre de Barcelona, heridos de
guerra, encuentren sosiego en la fraternidad universal y en el
reconocimiento de quienes conocen su historia. -
C.
A.
12-05-2008
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