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Los
hombres se mueren por ser o parecer mujeres, en el teatro, el cine,
la televisión, o en la misma calle (Godoy Cruz), mientras que las
mujeres raramente intentan hacer de varones. Un actor, un director
de teatro, un psicoanalista dan diversas respuestas a la pregunta
que entraña una paradoja: ¿Por qué en un país bastante machista y
misógino, donde las mujeres sufren diversas discriminaciones, ellos
quieren transformarse en ellas?
Pagina12. Moira Soto-. Miró su cuerpo
masculino desnudarse en el espejo,/ soltó su pelo largo que como un
rayo le partió la cara en dos, descaradamente se ponía rímel en las
pestañas/ y la boca se pintó con La Moria (...) La seda de las
medias brilló en sus piernas afeitadas,/ sensualmente deslizó el
vestido rojo minifalda,/ con tacos altos se sintió como una pantera
desatada...”, canta María José Demare, muy sobria de impermeable y
botitas, su tango “La Diabla”, mientras que en montaje paralelo se
ve al actor Carlos Echeverría que se va transformando en una
superchica. Sucede en el videoclip que se está viendo en estos días
por la señal de cable TodoTango, imágenes estas que también
acompañan el relanzamiento del CD Alquimia, de la cantante y
letrista, como un bonus track que se puede ver y oír en la
computadora. Quién lo hubiera dicho hace unos añitos nomás: el
travestismo pisando un territorio, el del tango, tradicionalmente
heterosexual y machista... La Diabla de esa historia, no hace falta
aclararlo, representa a las travestis de la calle Godoy Cruz,
quienes, según el notable actor Humberto Tortonese –actualmente los
jueves en el programa de Susana Giménez crea el sketch de la
desopilante diputada Gascón(cha)–, forman parte de la amplia gama de
personajes femeninos interpretados por varones de diversas
tendencias: “Son como esculturas vivientes, con un vestuario muy
teatral. Me hacen pensar en un universo felliniano, con esas tetas
como globos al aire. Y obtienen un éxito total: hay que ver la
cantidad de tipos que se les acercan”.
En el
mundo del espectáculo propiamente dicho, también brillan (realizando
otro tipo de actividades, claro) algunas travestis (¿transexuales?)
como Florencia de la V (por Canal 9, en el rol de una chismosa
deslenguada, en “Reporteresa”, junto a un actor travestido) o
Mariana Aria, que tuvo un llamativo debut televisivo en la miniserie
“Tumberos”. Mientras que hace un par de años, el notable Willy Lemos
(hasta fines de noviembre en el Camarín de las Musas, los sábados a
las 21, en Rodolfo Alfredo, el aviador) fue la novia sensible de
Roberto Carnaghi en la novela “Primicias”. Florencia de la V,
también en el teatro Astros como vedette de Coronados de risa
vivamos, apareció recientemente, con su glamour desenfadado y su
turgente escote en un osado aviso destinado a las mujeres
recomendando una crema posdepilación que retrasaría el crecimiento
del vello. “Si a mí me resultó muy efectivo –dice con voz grave e
insinuante–, imagínense a ustedes, chicas.” Por otra parte, De la V
estaba estos días a punto de firmar con Ideas del Sur para encarnar
a la hermana (¿travesti?) de Miguel Angel Rodríguez en “Los Roldán”,
la telecomedia que reemplazará el año próximo a “Costumbres
argentinas”.
La cosa
es que desde hace poco menos de una década se vienen multiplicando
los actores en distintos registros y exigencias artísticas que se
desviven por hacer de mujeres (o de hombres que con algún pretexto
se disfrazan de), por interpretar seriamente personajes femeninos o
parodiar burdamente el estereotipo más prejuicioso. Hemos tenido en
la tele, tenemos y al parecer tendremos, presuntas mujeres con y sin
barba (o bigotes), piernas peludas a la vista o embutidas en medias,
gordas y flacas, feísimas y divinas. De Marcos Mundstock (“Sorpresa
y 1/2” ¿se acuerdan?) a Miguel –La Tota– del Sel, del mismísimo
Jorge Guinzburg al propio Marcelo Tinelli (ambos abandonaron por
momentos esos trajines), de Antonio Gasalla –creador de una amplia
galería de personajes femeninos, algunos de antología, otros
contaminados de misoginia– a Mauricio Dayub “Como pan caliente”), de
Jorge Porcel y Jorge Luz a las cambiantes huestes de “Videomatch”
(programa que, como el teatro japonés Noh o el isabelino inglés,
excluye a las actrices para apropiarse de los roles femeninos). Y
aun en esta lista incompleta, porque los travestidos son muchos más,
no podría faltar la perfecta Boluda Total de Fabio Alberti en “Todo
por 2 pesos”, que este año asomó –ay, fugazmente– en lo de Susana
Giménez.
En el
cine local, ni el icónico Alfredo Alcón se sustrajo a la tentación
del vestuario y el maquillaje femeninos en Coen vs. Rossi. Lo suyo
se sumó a una larga serie de actores prestigiosos que se
caracterizaron de mujeres, entre los cuales están: Alec Guinness
(Los ocho sentenciados, 1949), Cary Grant (Was a Male War Bride,
1948), John Lone (M. Butterfly, 1993), Michel Serrault (la primera
edición de La jaula de las locas), el director e intérprete Roman
Polanski (El inquilino, 1976). Los cómicos –llámense Jerry Lewis,
Stan Laurel o Luis Sandrini– siempre se arrogaron mayor permiso para
pasar por mujeres en las comedias. Sin serlo ni (acaso) quererlo
porque “nadie es perfecto”, como le decía el millonario enamorado a
Jack Lemmon al final de Una eva y dos adanes, cuando el travestido
–al igual que Tony Curtis, para escapar de los mafiosos– le
confesaba que no era una chica. Algo que sabía desde el vamos el
público, aunque no así en la efectista El juego de las lágrimas,
film en que el ultrafemenino Jaye Davidson le debe haber movido el
piso (o el colchón) a más de uno al evidenciar sus atributos físicos
masculinos.
Por
supuesto que no han faltado oportunidades en las que actores
camaleónicos, al interpretar a personajes masculinos empujados por
la necesidad a ponerse ropas femeninas, nos han demostrado que
pueden ser las mejores damas, las reinas de la dulzura: tales los
casos de Dustin Hoffman en Tootsie (1982) o de Robin Williams en
Papá por siempre (1993). Pero lo cierto es que acá tuvimos una
Tootsie menos manierista, más sutil que la de Hoffman: la que hizo
en “No toca botón” el grandísimo Alberto Olmedo, que por esas fechas
(1983) nos decía en “Tiempo Argentino”, con su genuina modestia: “Me
llama la atención que les llame la atención que haga un personaje
como éste. Y que consideren, como usted en este caso, que soy un
buen actor. Será porque no me resulta difícil, yo no hago ningún
esfuerzo al actuar. Hice este personaje como a todos los demás en el
programa: llego a grabar, me pongo la ropa, me maquillo y salgo. Ese
es mi método. Para Tootsie, tomé actitudes que en general me parecen
propias de las mujeres, pero sin hacer nada por parecerme a ellas
con los tonos o marcando mucho los movimientos al caminar (...). Con
el autor estamos muy atentos a las cosas que dicen las mujeres
cuando hablan entre ellas, algo a lo que antes no le prestaba mucha
atención. También me sorprendo observando detalles, pequeñas
cosas...”
Más
cerca en el tiempo, otro comediante de raza (además de escritor),
Enrique Pinti, confiaba a este suplemento luego del estreno de
Pericón.com.ar (y de haber hecho unos cuantos papeles femeninos en
sus shows): “Me encanta hacer a La Cupletista, hija de la reina
Isabel de Salsa Criolla. A mí estos personajes me salen con una cosa
de la Reina Roja de Alicia en el país de las maravillas. Me daba una
gran tentación interpretarla. La Cupletista está más cerca de una
West española, o sea que tiene algo de Sara Montiel...”
Teatro
como en el teatro
En estos
días, sobre el escenario se puede ver a Julio Bocca portando faldas
(un recurso levemente provocador al que apelaba Joaquín Cortés a
mediados de los ‘90), haciendo alternadamente de varón y mujer en
Macbeth y también probándose prendas que saca de un baúl hasta que
aparece un tutú... Mientras que en el Payró, los sábados a las 23,
el dramaturgo y director Marcelo Nachi presenta la intranquilizadora
Rosa Mutabilis, pieza acerca de dos hermanas, una de las cuales es
en realidad un varón que ha sido criado por la otra como mujer (y
cree serlo al carecer por completo de otras referencias). Hasta que
aparece en la casa un hombre, en verdad una mujer prófuga
travestida, y el acercamiento revela la naturaleza de cada uno. Por
otro lado –y sin que estas menciones pretendan ser una estadística
sobre el tema de tapa–, en La Casona del Teatro acaba de estrenarse
el show de homenaje a Niní Marshall, Cayate boca, llevado a escena
por el grupo Caviar, de larga trayectoria local, integrado en su
mayoría por actores que se travisten para transformarse en mujeres.
La
semana pasada comenzaron en el Teatro del Abasto (Humahuaca 3549,
viernes a las 23) las funciones de Las mucamas, de Jean Genet, sobre
traducción y dramaturgia de Patricia Espinosa y Román Podolsky, con
puesta de este último. Se trata de una transposición al año 1952,
poco después de la muerte de Eva Perón, “imaginando cómo una señora
paqueta de la oligarquía de Barrio Norte podía sentir la presencia
de las mucamas en su casa”, detalla el director. “Imaginate: el
aluvión zoológico en su propio living, todo lo amenazadoras que
podían resultarle las dos mucamas. Es desde ahí que nos cierra que
actores varones interpreten a estas mujeres. Genet en la
introducción de la pieza menciona la posibilidad de que las criadas
sean actuadas por hombres, pero creo que su propuesta parte de otro
tipo de búsqueda.”
Según
Podolsky, Las mucamas plantea un sistema de espejos: estas empleadas
domésticas juegan a hacer de la patrona, “intentan tener acceso a un
espacio que no es el de ellas, que es anhelado y les es negado. De
ahí los sentimientos de amor-odio, la identificación y el rechazo. A
los actores les pedí que se raparan la cabeza para dar una cosa de
indistinción, de uniformidad, donde ya finalmente no sabés cuál es
cuál, ni cuál es qué... Porque los gestos de una terminan siendo los
gestos de la otra. Está muy subrayado en la puesta este juego de
simulaciones. Otro tema que trabajé es el de la situación del
peronismo en los meses posteriores a la muerte de Evita: así,
aparece la orfandad de estas dos mucamas, chicas desarraigadas que
vienen del interior con una mano atrás y otra adelante cuando
aquella persona que les había dado identidad en términos simbólicos
y materiales, que las amadrinaba, ya no está. Este marco intensifica
en ellas la sensación de que todo está perdido: entonces, vamos a
matar a la patrona en un último acto desesperado”.
El
director trabajó muchos meses con los actores Marcelo Xicarts y Pepe
Simón. En primera instancia decidió que había que sacarse los
prejuicios de encima, atacándolos de frente: “Les dije: ‘chicos,
vamos a hacer una pasada con el mayor de los amaneramientos, vamos a
poner a full el estereotipo’. Y ahí, claro, uno era Horacio Fontova
y el otro Fabián Gianola. Liberamos esa zona, la pusimos en
evidencia, nos reímos mucho, y por si hacía falta, les aclaré: ‘muy
bien, esto no es’. Les planteé que trabajarían con vestuario de
mujer, que se hablarían en términos femeninos, pero que sus
comportamientos tenían que ser masculinos. Esto agrega un plus de
ambigüedad en una pieza que es pura representación, teatro dentro
del teatro. Me pareció en la función de estreno que la gente entraba
enseguida en la convención. Según los comentarios, la presencia
masculina en roles femeninos ayuda a comprender el odio, la
brutalidad que se desencadena. En aquellos años el contraste era muy
fuerte, se era peronista o antiperonista, claroscuros que con el
tiempo perdieron nitidez. En nuestra época, se puede decir que en
general la ambigüedad es moneda corriente, y fue desde esta
sensibilidad actual que surgieron los matices. Señalemos, además,
que a la señora la hace una actriz, María de la Paz Pérez. Y
precisamente las mucamas nunca van a poder alcanzar ese ideal,
porque son varones. Es una especie de misión imposible. Ellas la
adoran, y al comprobar lo lejos que están de esa imagen, van
acumulando furia”.
A los
actores, reconoce Román Podolsky, esta propuesta los obligó a
confrontar con su femenino, con sus fantasías alrededor del tema:
“Debieron abrirse a zonas menos conocidas, a las que la mujer llega
de modo más directo que el hombre. Fijate que los actores por ahí
pedían explicaciones, necesitaban apelar a la racionalidad, mientras
que con la actriz la comprensión se daba desde otro lugar. Y sí,
Pepe y Marcelo tuvieron que meterse con sus aspectos emocionales
para dar cuenta del sufrimiento de estos personajes tan complejos,
que no son de varieté justamente. La intención fue ser profundamente
respetuosos con el sentir de estas dos mujeres, las mucamas”.
El sexo más divertido
Humberto
Tortonese es un talentosísimo actor que puede ir de los excesos
delirantes (en sus creaciones teatrales más personales, algunas de
las cuales –junto a Alejandro Urdapilleta llegaron afortunadamente a
la tele gracias a Antonio Gasalla–) a la decantada mesura (el criado
Sganarelle de el Don Juan de Molière) o a la comicidad negra (el
dentista de la comedia musical La tiendita del horror, donde además
se mandaba una serie de viñetitas bien diferentes). Mientras prepara
proyectos –alguno particularmente ambicioso–, se pone los trajes y
los aderezos de la diputada menemista que departe semanalmente con
Susana Giménez. Para Tortonese, un personaje más: “Todo depende del
espíritu con que encares cada rol, del género en juego. Con
Alejandro (Urdapilleta), con Batato (Barea) la idea era divertirse.
Y debo confesar que no hay nada más divertido que ser mujer, te
ofrece incontables posibilidades. El hombre es más aburrido para
vestirse, más reprimido para dar rienda suelta a sus emociones...
Cuando entrás a un personaje femenino en el estilo que te decía al
principio, es tan pero tan placentero hacer una locura de mujer, que
hasta te resulta difícil salir de ahí. A mí me pasó que después de
algunos de estos papeles femeninos exuberantes, al agarrar roles de
hombres, como en la pieza En familia, me resultaban desteñidos al
lado de los otros, tan coloridos, tan expansivos. ¿Querés que te
diga? Entiendo que a las mujeres no les interese hacer personajes
masculinos, vestirse de varón. Y también al actor acostumbrado a
roles rutinarios, previsibles de varón que de golpe encuentra la
posibilidad de salirse del esquema y se entusiasma. Esta es una
época en que puede hacerlo sin problemas. Por supuesto, no estoy
hablando de los que dan una imagen degradada de lo femenino, que
responde a la vieja idea de que el hombre, al vestirse de mujer,
quiere que quede bien claro que es todo un hombre. En cierta forma,
esas parodias toscas también se están burlando de la imagen del gay
afeminado, afectado. Esto alimenta aún más el prejuicio y da lugar a
un humor fácil, vulgar”.
A
Humberto Tortonese le encanta hacer a esta mujer “normal, corriente
en los gestos”, pero que se desmadra en el arreglo, esta diputada
Gascón(cha) que tanto sufrió el día que metieron en cana a María
Julia: “Voy a maquillaje y veo en el espejo cómo se produce el
cambio exterior. Y cuando queda todo muy perfecto, empiezo a
buscarle ridículo: poné un poco más de lápiz de labio, desviá el
delineador. Disfruto agregándole cosas: un día me visto de Miss
Primavera, como de torta de casamiento, aunque de ninguna manera
hago una loca al estilo Gianola. En la actuación trato de no poner
ningún énfasis: creo que aparece la mujer y también el hombre, pero
complementándose, sin menosprecio ni por la una ni por el otro. Y
veo que, salvando alguna rara excepción, el público entra gustoso.
Incluso los chicos, que no suelen tener preconceptos, aceptan el
juego, mandan mails. La nenita del productor Luis Cella espera que
yo salga del camarín porque la maravilla la transformación, le
parece mágico”.
El actor
entrevistado reconoce que a los varones les resulta más fácil hacer
personajes femeninos verosímiles que a las mujeres convencer
haciendo de varones: “Claro, recuerdo a Marilina Ross en La Raulito,
o a Vanessa Redgrave con el tenista transexual Renée Richard,
alucinante. Pero ninguna equivalente a Dustin Hoffman en Tootsie,
por ejemplo. Creo que también hay que considerar que los hombres
tenemos una larga tradición desde que existe el teatro, en distintas
culturas, de estar a cargo de roles masculinos y femeninos. Las
transformaciones que se logran aun hoy en teatros orientales son
increíbles. Porque se aprendió a atrapar algo interno, la delicadeza
de la mujer, rasgos muy esenciales. Si ves una representación de la
Opera de Pekín, no sabés si quien actúa es varón o mujer, ni te
interesa averiguarlo porque el resultado es deslumbrante. A fin de
cuentas, de eso se trata nuestra profesión: de interpretar a un
personaje lo mejor posible. Y me parece que esto el público actual
lo está comprendiendo y valorando cada vez con menos prejuicios. Sin
dejar de advertir que éste es un país todavía muy machista, pero por
eso mismo es interesante que cada vez más actores se animen a hacer
personajes femeninos, disfruten con ellos, descubran su diversidad,
su variedad de estilos, de expresividad. A mí me gusta mucho
observar a las mujeres en sus mínimos detalles, descubrir su riqueza
como personajes, meterme en otra cabeza, en otros mundos”.
¿Dónde
hay un portaligas,
viejo Gómez?
“Sobre
este asunto se ha dicho algo muy interesante: que esto de vestirse
del otro sexo incluye una especie de pasión por el
autoengendramiento. O sea, hacerse uno más allá de todas las
determinaciones”, apunta Norberto Inda, psicoanalista. “Por cierto,
disfrazarse entra en el fenómeno general de la simulación. ¿Viste
que en los carnavales, en los barrios, los hombres se travisten
mucho? Me parece que en esto de disfrazarse de mujer, de hacerse
mujer, pone como muy al desnudo el carácter ficcional de los
géneros. Dicho coloquialmente: todas las mañanas nos disfrazamos:
vos de mujer, yo de hombre, con todo lo que eso significa en cuanto
a detalles de vestuario y arreglo, cumplimiento de convenciones y
reglas en cuanto a lo que se espera de nosotros, en tanto mujer, en
tanto varón. Especificidades culturales que terminan haciéndose
carne.”
El
profesional consultado recuerda que hace ya varios años que en el
DSM4 desapareció la homosexualidad como patología, que ahora es tema
de elección sexual. “Sin embargo, en ese mismo momento colocan algo
que se denomina fetichismo travestista, que lleva esta definición:
intensas necesidades sexuales recurrentes y fantasías sexualmente
excitantes en un varón heterosexual que implican el acto de
travestirse, sin que aparezcan trastornos de identidad sexual de
otro tipo. Se trata de un disfraz en un varón heterosexual.” (Vale
anotar que existen films acerca de este tipo de preferencias, como
Glenn o Glenda, 1953 –citado en el film Ed Wood, de Tim Burton– o
Igual que una mujer, 1992, de Christopher Monger, con Adrian Pasdar
y Julie Walters.)
Norberto
Inda remarca la dureza de la defensa de su identidad sexual por
parte de los varones, “más peleados con la posibilidad de
ambigüedad. Las mujeres, está muy estudiado, tienen una licitud
mayor: entre ellas se tocan, se abrazan, se besan, intercambian la
ropa con naturalidad... Lo planteo como pregunta: ¿En qué medida
esta estratificación tan cuadriculada, tan tajante de no ser otra
cosa que un varón, para muchos varones no oculta precisamente otra
cosa? Jacques Dérrida decía: lo que se necesita excluir es porque
está demasiado adentro. Quizá ciertos eventos como el carnaval, el
teatro, la ficción ofrecen una coartada: ¿ahí se puede ser mujer?,
¿ser y hacer lo que tanto se desea? Entonces, esto que está tan
relegado, tan puesto afuera, tan prohibido durante tanto tiempo, es
aquello que reaparecerá en el travestismo. Fijate que
las travestis de la realidad son varones, y
varones son sus clientes que debajo del atuendo femenino se
encuentran con un pito. Los clientes que acuden en tropel son
nuestros varones argentinos que hacen una especie de transacción: se
levantan a una mina espectacular que, como te decía, tiene pito. No
es como ser gay y buscarse a un muchacho musculoso. Es una zona muy
oculta, muy secreta la de los clientes”.
En
opinión del psicoanalista Inda, de lo que se trata por parte de los
travestis –incluidos los que tienen cierto éxito en el espectáculo–
no es de ser una mujer sino “la” mujer: “Todo agregado: más alta,
más curvas, más brillo, más cocoliche. Como una hipertrofia de
mujer. La teórica norteamericana Judith Butler, cuando habla del
drag queen resalta el fenómeno de la simulación, pero no de un
original sino de un ideal de género, un hipergénero. Así como se ha
hablado en otros casos de experimentos de la naturaleza, a mí me
parece oportuno en el tema de los travestis encarar la posibilidad
de experimentos de la cultura. Los estudios de género que en cierto
modo se diferencian de toda la narrativa de Freud y del
psicoanálisis hablan de que nuestra identidad primaria, tanto de
varones como de mujeres, es una protofeminidad. El primer otro,
tanto para vos como para mí, fue una mujer. El primer cuerpo que nos
sirvió de espejo fue un cuerpo de mujer, percibimos olores,
secreciones de mujer. Esto importa una especie de identificación que
en el caso de una mujer se continúa en una línea ininterrumpida,
aunque te pelees con tu madre”.
¿Qué
pasa cuando las imitaciones, sobre todo en la tele, se convierten en
escarnio? “Me parece que ciertas exageraciones, aparte de ser una
injuria, están diciendo que hay algo de la mujer de lo que se
quieren apropiar. Creo que en este movimiento tipo Miguel del Sel
hay como un canal de permiso, pero en ese mismo trámite de hacerlo
tan exacerbado, se retorna al prejuicio: estoy haciendo de mujer,
pero de loca. Yo terminaba una charla diciendo que tratar de
adquirir una entidad de género coherente siempre implica una
amputación, la anulación de una parte de sí. Pertenecer a un género
sólidamente establecido tiene sus costos. Y me preguntaba si serán
las travestís y sus clientes formatos
posibles de recuperar una sexualidad menos atada al sexo biológico y
al género planteados en forma dicotómica.”
C.
A. 29-10-2003
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