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No olvidemos nuca que
Stonewall era un pub frecuentado en su amplia mayoría por personas
transexuales. Sylvia Rivera, estaba allí, nuestra precursora por
nuestros derechos, el de las y los transexuales. Luchadora
infatigable, que nos dejó hace apenas unos años.
Va por ella y por todas y
todos los que han hecho posible que hoy podemos comenzar a
vislumbrar mas de cerca nuestras equidades.
Es nuestro deber, es nuestra
obligación, recordar a quienes nos precedieron, y nos llegaron en
casos hasta dar su vida.
Kim Pérez y Redacción Web-. ¡Cómo embellece
nuestra memoria Sylvia Rivera, combativa y solidaria hasta las
tripas!
¿No
vemos en ella la representación de lo que es el cambio de la
historia trans, desde los tiempos de la represión hasta la
afirmación desafiante, lo que ocurrió a partir de Stonewall, donde
Sylvia fue de las primeras?
Leo
estos días sobre la historia del movimiento gaylesbitrans. Antes de
Stonewall, hubo acciones, incluso una marcha en Los Ángeles, pero
estuvieron limitados por ser actos de clase media, que no iban más
allá de pretender la ayuda mutua o de pedir el respeto que se les
negaba.
Stonewall fue la respuesta furiosa de la gente de la calle al acoso
policial. La hartera de la prepotencia unida a la beatería,
revolviendo a los últimos de cualquier curso. Como Sylvia, entre los
demás, que había nacido en una familia inmigrante puertorriqueña
(que son coloniales, para los americanos), de la que salió ¡a los
once años!
A
los once años en la calle, entre los contenedores de basura. En un
tiempo (1962), en el que el sueño americano de chaqueta, corbata y
pantalones con raya estaba intacto. Lo que se veía todos los días
eran arrestos, redadas, humillaciones...y parecían normales.
A
seis mil kilómetros de allí, yo estaba en el peor de los armarios,
en el silencio total, arreglándome como mujer ante el espejo del
lavabo, con la puerta cerrada, existiendo sólo ante mis propios
ojos. Acababa de pasar tres meses en un psiquiátrico, afectada por
un trastorno relacionado con todo lo que me destrozaba.
No
sabía que Sylvia, diez años menor que yo, me iba a liberar.
Sylvia, delgada, una minifalda sobre sus patillas flacas, moviéndose
por la acera, conociendo a unos y otras, enterándose de la vida.
Siete años más tarde, era una de las travestís que acudían al bar
Stonewall; cuando se lió todo, fue una de quienes la liaron. El lío
duró tres días, el 27, 28 y 29 de junio ¡Los maricas plantando cara
a la Policía! ¡Se acabó!
Se
acabaron siglos.
Conforme pasó el tiempo, ya metida en faena, con unos veinte años,
sabiendo muy bien todo lo que pasaba, con su amiga Marsha se
metieron a fundar lo que llamaron el STAR: Street Transvestite
Action Revolutionaries.
Lo
que más les agobiaba era la gente trans que tenía que dormir en la
calle; pretendían crearles un refugio. Aquello no duró en sí mucho,
pero era lo primero que se les había ocurrido a aquella banda de
drags, travestís y transexuales.
¡El
STAR! ¡La Estrella!
La
mañana comienza con la estrella de la mañana y la estrella de la
tarde es la primera que se enciende por las tardes.
Estos días he leído algunos recuerdos de su militancia durante los
años siguientes. De cuando hablaba en público, testimoniando el
"visceral dolor" que había conocido en las calles (Jill Weiss) De
cómo en sus intervenciones se sentía que estaba hablando de
"cuestiones de vida o muerte" (Kit Rachlin)
De
cómo se dolió y se opuso al rechazo por parte de las primitivas
organizaciones, integracionistas, de clase media, de "las drags y
las travestís y otra variantes de género... aunque eran la fuerza de
choque del movimiento gay" (Bebe Scarpinato) "¡El infierno sabe la
furia de una drag despreciada!", dijo ella.
Stephen Whittle recuerda cómo, "sin pasta en absoluto, hizo las
acciones de calle necesarias para proteger a gente corriente que no
tenía dinero, raramente casa, que era rechazada por los médicos,
echada de los trabajos, golpeada, expulsada de las urgencias,
amenazada o arrestada..." Las trans.
Helena Velena cuenta cómo, Sylvia Rivera, nada menos que Sylvia
Rivera lloraba con su novia Julia, hablando de las dificultades de
las relaciones trans "en un mundo que todavía vive en el pasado".
Con
el tiempo, yo me liberé también, aprovechando aquel tremendo tirón,
de veinte años antes, dado por aquellas criaturas retadoras y
valientes, en aquel bar Stonewall y en todo lo que siguió...
Fui
a Bolonia, al Encuentro Transiti; llevaba una camisa casi
transparente, estampada en tonos rojizos y castaños y una falda
canela clara. Tenía ya bastante más de cincuenta años, pero estaba
allí. Me presentaron a Sylvia Rivera, con sus ojillos pequeños,
brillantes e incisivos, que sonreían naturalmente. Su sonrisa era
cariñosa y bondadosa y me traía a la memoria otras que había visto
en mi familia. Paseamos con nuestro grupo de trans por las calles
soportaladas y tranquilas, ella de la mano de Julia. Me di cuenta de
pronto de que era el 28...no, el 29 de Junio de 2000. Festejaba así,
con ella, aquel año tan simbólico, el Día del Orgullo Gay, treinta y
un años después de lo que ella hizo en Stonewall. Me parecía un
regalo del cielo, algo que no tenía explicación, una especie de
premio inesperado para confirmarme que estaba bien lo que estaba
haciendo. Yo estaba liberada. Por Kim Pérez -04-03-2002
Crónica de su defunción
Nueva York.
Sylvia
Rivera, una pionera del movimiento de liberación transexual ha
muerto en la madrugada del martes, 19 de febrero de 2002, a los 50
años, por complicaciones de un cáncer de hígado.
De origen puertorriqueño, y lengua materna castellana, comenzó
haciendo la calle en su adolescencia, después de dejar su casa a los
once años.
Estuvo en los sucesos de
Stonewall,
del 27, 28 y 29 de junio de 1969. Con Marsha P. Johnson, fundó el
STAR,
Street Transvestite Action Revolutionaries, que se proponía
crear un espacio seguro y acogedor para jóvenes trans. El acoso
sufrido por gays y trans, especialmente el de radiantes variantes de
género como ella misma, la llevó a ser una orgullosa, nunca
arrepentida y nunca consentidora defensora de drag queens, trans y
otras personas de género libre durante toda su vida. Llegó a ser la
conciencia de la comunidad GLBT, defendiendo la inclusión de todos y
todas en ella.
El personaje de "La Miranda", de la película "Stonewall", está
basado en ella, en su ternura y su combatividad. Su perfil
literario, trazado en el best seller del mismo título, hizo a mucha
gente consciente de su inconformista y totalmente comprometida
atención sobre los derechos humanos para todos.
En el año 2000, estuvo en Europa, participando en el Encuentro
Transiti, de Bolonia y como invitada de honor en el World Pride de
Roma.
Deja a su novia y compañera Julia Murray y a cientos de personas a
quienes ayudó práctica y moralmente por su determinación y ejemplo
durante toda su vida.
Puedes escuchar desde estos vínculos los
testimonios de todas aquellas personas que participaron en los
hechos de Stonewall, entre ellos los de Sylvia Rivera (
testimonios a 56 K ó
testimonios a ISDN )
Descansa en paz Silvya Rivera, te agradecemos a ti
y a todas las Silvyas Riveras de este planeta vuestro empeño por
hacer un mundo mejor, y para todos.
Trans en Libertad
Los
meses, los días se han amontonado a toda prisa, tal como suelen, y
ahora que haces la cuenta resulta que llevas ya quince años viviendo
como trans entre trans. ¿Tienes algo que contar y sobre todo hay
algo que recuerdes siempre, que valga la pena que vuelva a tu cabeza
una y otra vez, como el son de una canción, que recorre el cielo
entero con su escalofrío; hay algo que te haga llorar al
recordarlo?
Lo primero que se
me viene a la cabeza no lo viví yo y al contrario, fue algo que pasó
mientras yo estaba en el peor de los armarios, el de la cobardía y
el miedo a ser pobre, pero que acabó tocando un momento mi vida,
como si fuera una mano tendida que la rozó con la punta de sus
dedos. Sylvia Rivera, una hija de puertorriqueños, rompió con todo
lo que hubiera que romper para vivir como trans (entonces, en
América, se nos llamaba a todas drags, como aquí travestis), tirada
en las calles de Nueva York, como tantas otras. En aquellos años,
yo había dado cautelosamente mis primeros pasos, más dentro que
fuera del armario, pero Sylvia, con más suerte, también hay que
decirlo, iba a un bareto llamado Stonewall, y con toda la rabia y la
desesperación que para entonces había amontonado, arrastró a todas
las mariconas a plantar por primera vez cara a la policía.
Yo entonces ni me
enteré, pero luego lo he visto en una película maravillosa en la que
La Miranda es el personaje que representa a Sylvia, y he llorado
tantas veces como la he visto. Marginación, desgarramiento,
desesperación, orgullo, valentía, izquierdismo (el joven y guapo
homosexual, también desesperado, que levanta el brazo y el puño bajo
su ventana)
Luego, por algún
don del cielo, Sylvia Rivera pasó un momento junto a mí en Bolonia,
en el mismísimo año 2000, unos días antes del Orgullo Gay, como para
decirme algo. Cenamos todas las trans que nos juntamos, (Beatriz
Espejo también), una noche, y la otra también. Sylvia me regaló un
disco grabado por una amiga suya. Nos separamos. Se murió.
Una de las veces
que vi la película, fue con mi amiga Lola la del Puerto, que también
fue muy valiente y tuvo que aguantar todo lo que se quiera imaginar,
y lo aguantó, en los años setenta. Entonces, al terminar de verla,
con los ojos todavía llenos de lágrimas, me levanté y rompí delante
de ella todos los papeles que podían recordarme las derechas.
(Cuántas amigas
tengo que si hubieran tenido que compartir sus recuerdos con Sylvia
los hubieran encontrado idénticos. Cuánto envidio vuestra valentía.
No tengo que decir vuestros nombres. Vosotras lo sabéis)
Hoy la Argentina,
con las valientes travestis que desafían policía y más, y asumen
este nombre querido como bandera, o Chile, o Venezuela, o Guatemala,
o México, siguen teniendo las calles que conoció Sylvia y que
conocisteis vosotras, los miedos, los abandonos, las soledades, y
allí no se ha vencido todavía ninguna batalla como Stonewall.
También es verdad que los enemigos son más y más feroces y
despiadados y entrenados.
No hay allí lugar
para la nostalgia, sólo para el presente y para el futuro.
Pero también, qué
hermosas noches de libertad y de pecado conocí yo en "la oficina"
del Humilladero de Granada, negro y reluciente bajo la lluvia o el
agua de las mangueras, donde trabajaban Andrea, guapísima, de largos
cabellos negrísimos, y óvalos en su rostro y sus ojos, a quien le
gustaba que la llamasen "puta", porque es un nombre de mujer, y
junto a ella Paqui la Cuerpo, otra fugitiva del patriarcalismo
gitano y mi amiga querida Sonia, también gitana, también huída, y
Brenda, tan deslumbrante, una adolescente rubia a quien le iba de
maravilla el nombre americano, y luego, unos años más tarde, donde
conocí a María José, tan alta, tan delgada, tan segura, que me
provoca sólo admiración y la chica de Santa Fe y aquella mujer
agobiada pero elegante con la que hablamos una noche...
Y las noches y las
madrugadas clareantes de Sevilla, reuniéndonos después de la
desafiante marcha a tomar café sobre el serrín de un bar que
cerraba, con la compañía y el cariño de Merche, mi amiga del alma,
orgullosa y despierta, con la cabeza siempre alta, como le ha
enseñado su madre, y Miriam, que se había venido con nosotras desde
Granada, y Jenny, que llegó de Madrid para estar a nuestro lado.
Noche y libertad, como los anarquistas habían pedido tierra y
libertad y mucho sexo, vibraciones de orgasmos y chorros de semen
por las calles.
Jenny, mi amiga
más querida en el fondo de mi alma, mi otra yo, atravesando la noche
de Madrid y recalando en el Max de madrugada. O en Granada en el
Vértigo, de cortinones de cuero pesadísimos. O en Madrid, Mónica y
Nancy, y sólo en un refilón intrigante, entonces, Juana.
Lo que había de
grande en todo aquello era desafío, locura y marginalidad. Mucha
belleza, la del presente fugitivo, la única que siento y lo único
que pasa por las ansiosas manos humanas. La racionalidad y el
cálculo nos amenazaban a todas y de hecho nos arrancaron de allí.
Yo seguí
dedicándome al modelo de las trans integradas, respetables, y de
hecho lo conseguí; arramblaba con las televisiones y sabía
utilizarlas, para edificar en ellas la posibilidad de que entrásemos
en el mundo burgués; yo entré, pero todo lo que había en mi vida de
prodigioso, el Tony y el Paco, Mario y su novia, Iván, con quien
tantísimo tengo que recordar y también llorar, Jaime, las noches de
luz acuática del Ángel Azul, se me escapaba entre los dedos: sólo me
aferré a Jorge y sigo aferrada.
Racionalmente,
Merche prefirió abandonar los aplausos que eran su vida y se casó,
Jenny también se casó, y abandonaron la grandeza y la maravilla
que había en sus vidas. Es natural, no todos somos capaces de vivir
permanentemente la belleza de la incertidumbre, que es la libertad
(Sólo Lola la del Sacromonte sigue haciendo estragos y
desplantándose)
Bueno, bien visto,
también yo, ahora que estoy retirada y no tengo que darle cuentas a
nadie, ni siquiera ser ya respetable, he llegado al momento de ser,
por unos meses, por unos años, por unos decenios, quién sabe: libre.
Outers
De
la clandestinidad (antes, de las hogueras), a la "integración
homosexual" (años 60); después, Stonewall (hecho por trans que se
consideraban todavía una forma de gays); después, el Orgullo Gay;
las identidades (años 70); luego, lo queer, lo raro, lo marica, lo
provocador, lo rompegéneros (años 80 y 90) Ésta es nuestra historia.
Bueno, en los Estados Unidos.
En España, la antigua sede del Imperio Católico, todo ha ido más
deprisa y como atropellándose unas cosas a otras: de los mariquitas
de Cádiz, defendiéndose mediante una autodenigración burlona, el
subdesarrollo y la dictadura, al desarrollo, la Transición, Bibi
Andersen y el Front d’Alliberament Gai de Catalunya, junto con el
integracionismo de Barcelona y Valencia (años 70). Luego vinieron
Chueca y el Orgullo Gay (años 90) Lo queer ha sido aquí un fuerte
impulso teórico. ¡Todo esto en el transcurso de una vida humana,
Dios mío, por ejemplo la mía, desde la clandestinidad al
transactivismo!
¿Dónde estamos ahora?
Creo que en condiciones parecidas. En los Estados Unidos se ha ido
despacio y marcando el camino, y en España nos hemos acelerado y
hemos conseguido estar en un plano similar en pocos años. Más
profundamente quizás. En Estados Unidos la Seguridad Social no cubre
el cambio de sexo y aquí no hay fundamentalismo social.
En los años cero, estamos en lo postqueer o transqueer. ¿Por qué
digo eso? Porque hemos traspasado, atravesado lo queer y estamos en
un lugar superior.
Hemos aprendido de las ideas queer (Foucault), no las negamos, pero
estamos en la práctica más lejos.
Ya no somos los raros, porque la sociedad nos imita y nos sigue,
aprende de nosotros.
Los que éramos marginales, somos centrales, vanguardia que transmite
ideas, valores y consumo, teoría no ya sobre nosotros sino sobre
todo el ser humano.
Nuestra experiencia radical se convierte en una experiencia humana
radical, de dimensiones colectivas.
El mundo se abre y se transforma.
Hacemos que cada cual pueda verse a sí mismo sin las rigideces
conceptuales de la ortodoxia sexual. Que no tenga que imitar formas
ajenas. Que cree las propias.
Que no tenga que someterse a disciplinas ajenas. Que aprenda que su
realidad es interior y que la libere.
Que asuma actitudes, ropa, proyectos, fundamentalmente propios. Que
se una voluntariamente a los semejantes que encuentre, no
reglamentariamente.
Empezando por el sexo, el género y la orientación y siguiendo por
todo lo demás.
Por eso somos los outers, los exteriores.
Los que hemos salido del armario, en una sociedad que también está
saliendo del armario.
En la que se abandonan las antiguas ligaduras (religiosidades de
pertenencia social, convencionalismos rurales, conservadurismos
temerosos) y se contempla cómo nosotros, gays, lesbis, bisex, trans,
afirmamos y defendemos la soberanía de la realidad interior.
La hemos defendido en un nivel teórico, primero.
En los años 60, el feminismo trajo el concepto de sexismo, como
problema de resolución prioritaria, viendo claramente dos sexos, uno
dominante y otro subordinado. En los 70, la experiencia trans
produjo, entre las feministas, el concepto de género, como realidad
distinta del sexo.
En los años 80, el movimiento gaylésbico amplió el sexismo hasta el
heterosexismo: ya no se veían sólo los sexos o los géneros, sino una
sexualidad definida como natural, la heterosexualidad, y otra que se
le contraponía, la homosexualidad (Foucault pensaba que del concepto
de heterosexual nació el de homosexual; yo creo que fue al
contrario: la práctica homosexual provocó por reacción la creación
de los dos conceptos, transformados en identidades)
Los disfóricos de género somos en los años cero quienes podemos
profundizar en el binarismo sexual o sexobinarismo, (que rompen
justamente todos los bisexismos, intersexualismos o
transexualismos), llegando a comprender con toda claridad que el
problema es el número dos que afecta a todos los conceptos sexuales:
porque recordaremos como hecho básico que no hay sólo dos sexos
físicos, sino muchos más, todas las formas intermedias, incluidas la
nuestras sean naturales (intersexualidades cerebrales) o
culturalmente realizadas; a las feministas les recordamos que estas
formas intermedias no hemos existido siquiera en el discurso
político, hasta que hemos dicho: "Estamos aquí; tenéis que contar
con nosotras" (esto fue lo que les tuve que decir literalmente en
una reunión sobre género en Granada en 2002, para pedir que no se
hablara sólo de hombres y mujeres, sino de hombres, mujeres y
minorías sexuales; y fui muy bien comprendida); hablando de géneros,
podemos decir que no hay sólo dos, lo masculino y lo femenino, sino
muchos, muy sutiles, muy variados, muy hermosos, muy enigmáticos,
muy reales; hablando de sexualidad, tenemos que decir que no hay
sólo la atracción de un hombre por una mujer o la de una mujer por
un hombre (o la de un hombre por un hombre y la de una mujer por una
mujer), sino un sinfín de sentimientos y comportamientos, temporales
o permanentes, de amores de una persona por otra antes que por su
sexo o su género, de amores ambiguos por personas ambiguas, que no
somos ni hombres ni mujeres, pero somos cada cual y tenemos nuestra
belleza propia, irrebatible, irresistible.
Para defendernos a nosotros mismos, para defender nuestro derecho a
existir, tal como somos, hemos afirmado que la sexualidad es y debe
ser múltiple, confusa, sutil y que lo que en ella cuenta ya es la
expresión personal y la atracción entre personas individuales.
Expresión y atracción que suelen incluir el deseo de los hijos, pero
tambien pueden eludirlo.
Y
que esto es un valor que todos pueden reconocer y admitir.
Los disfóricos de género, por definición, somos quienes hemos
terminado de romper las barreras. Somos quienes nos hemos sentido
profundamente a disgusto con el sistema binario de géneros y quienes
a través de él hemos descubierto la irrealidad del sistema binario
de sexos y del sistema binario de las orientaciones. Hemos hecho
ciudadanos a quienes eran inexistentes en su singularidad.
Por medio, nos hemos encontrado con una sociedad que siguiendo ya su
propio impulso o el impulso que le hemos dado, sin apoyaturas
teóricas siquiera, va entrando en esta nueva realidad. Heterogays y
drags no provocadoras sino integradas, futbolistas que se besan en
la boca al meter un gol. Identidades diluidas, variables,
cambiantes. Experiencia humana. Exploración. Afirmación de lo que
soy yo.
¿Quién me puede negar ese derecho?
"Kránpack"
es una película outer española, del 2000, en la que dos amigos
adolescentes se hacen pajas mutuas pensando en otra cosa, follan
incluso, mientras uno evoluciona hacia el amor por los hombres y
otro hacia el amor por las mujeres, sin hacerse preguntas ni dramas.
"Gohatto"
es una película outer japonesa que se sitúa en su siglo XIX pero
descubre los sentimientos de nuestro tiempo: en un mundo de hombres
es posible que todos se enamoren y todos se sorprendan y todos
bromeen por la atracción que sienten hacia un compañero en quien
feminidad y masculinidad son sólo conceptos, distinciones mentales
que separan artificialmente lo que en su persona es una sola y
vertiginosa realidad.
Sección " En Memoria de... ":
http://www.carlaantonelli.com/en_memoria_de.htm
C.
A. 29-06-2006
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