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Desde agosto, quienes ejerzan el comercio sexual en la comuna de Las
Condes podrán ser multados. Para constatar la realidad de los
“trans” pasamos a buscar a Alejandra, presidenta de la Organización
Amanda Jofré. Pese a que no ejerce en ese sector, conoce a todas las
transexuales que trabajan allá y nos guió a través de la noche,
presentándonos a Javiera, a su tocaya y a una mulata muy viajada
La
Nación-.
El sector del barrio Bellavista en que estamos está lleno de
graffitis. Bajo la cabeza de un enorme alien diviso a una pareja
que, sentada, termina de hacer un puzzle. Observo la hora y
compruebo que Alejandra está retrasada. Salgo del auto en el que me
acompaña Álvaro Hoppe y, al hacerlo, veo salir de una especie de
cité a una mujer que camina hacia mí de manera sinuosa, agitando su
pelo mojado para que se seque rápidamente.
–Hola –saluda con coquetería.
Alejandra Soto es la presidenta de la Organización Amanda Jofré,
dedicada a “amparar a las chicas ‘trans’”, pero igual ejerce el
comercio sexual.
–A
nosotras no nos queda otra que prostituirnos, porque con tetas y con
poto quién nos va a contratar.
Le
comento que una amiga no se explicaba cómo era que los transexuales
conseguían semejantes culos.
–Nos
inyectamos silicona en el poto –contesta amable.
–¿Cómo son tus clientes?
–Gente de 25 años hacia arriba, en su mayoría separados o casados
con hijos, con buen nivel socioeconómico, como abogados, tenistas y
diputados, pero no voy a dar nombres.
Por
un segundo imagino a una persona que reúna estas tres categorías.
–Oye, ¿y en esta pega hay días libres? –consulto volviendo a la
tierra.
–No,
mijito. En esta pega se trabaja todas las noches.
–¿Y
las vacaciones?
–Bueno, en el verano partimos al Festival de la Canción de Viña del
Mar o a Antofa o a Pucón o a Consexión [sic]. Porque aquí no queda
nadie.
Quiero decirle que yo nunca salgo de vacaciones, pero me contengo y
observo detenidamente la vestimenta de Alejandra: minifalda, tacos
altos, una chaquetita y una cartera. Es la viva imagen de Rossy de
Palma, la actriz fetiche de Almodóvar.
Las
protestas “trans”
Alejandra ahora empieza a hablar de la persecución que han sufrido
de parte del alcalde de Las Condes, Francisco de la Maza.
–El
alcalde debería estar agradecido de nosotras –asegura–, porque
últimamente ha llegado mucha delincuencia al barrio, pero donde nos
ponemos nunca ha pasado nada. Así es que, si nos vamos, el sector se
va a llenar de “monreros”.
–¿Me
estás diciendo que el alcalde De la Maza debe elegir entre ladrones
y putas?
–Claro –responde, encogiéndose de hombros y subiendo el tonito de la
voz.
Le
recuerdo a Alejandra que, a partir de agosto, ellas o sus clientes
podrán ser multados con tres UTM.
–Esa
medida es ridícula, porque una cosa es que yo me suba a un auto y
otra muy distinta es que tenga sexo. No me pueden multar por subirme
a un auto. Así es que la única manera de que la medida sea efectiva
es que nos pillen en el acto, y nosotras vamos a hoteles. Además, la
prostitución en Chile no es ilegal.
–Entonces no hay ningún problema –le digo, y estoy a punto de
regresarme a mi departamento.
–No.
Mira, lo que sucede es que existen tres tipos de atenciones. Está la
“vuelta”, que tiene como piso los cinco mil pesos y en donde no hay
sexo ni contacto, sino que puro blablá; la “atención completa” en el
hotel, que son 40 lucas, y el “driving”, que se hace por 20 lucas en
algunos estacionamientos de por acá.
Vamos llegando a la esquina de Augusto Leguía con Callao, y
Alejandra señala algunas calles a través de los vidrios del auto,
pero yo pienso que dos “atenciones completas” equivaldrán a la
cuestionada multa.
–Miren, allá va la Alejandra Terrible.
Nuestro chofer estaciona el vehículo, y Alejandra sale disparada al
encuentro de su colega, que luce un largo abrigo blanco invierno y,
bajo él, una malla negra que deja entrever sus bellos implantes de
silicona.
Las
otras chicas
Alejandra me explica que su tocaya es parte de la directiva de la
Organización Amanda Jofré. Antes de escucharme, Alejandra V., la
Terrible, me advierte que no quiere fotos, porque vive en un
condominio del centro de Santiago, donde nadie sabe a lo que se
dedica y, es más, está casi segura que tampoco nadie se ha dado
cuenta de su condición. Observándola bien, esta Alejandra pasa
piola, entre otras cosas, por su voz y por sus rasgos, que a Hoppe
lo harán dudar si es una mujer de verdad
–¿Cómo lo haces en tu doble condición?
–Bueno, yo esto –dice abriéndose el abrigo y señalando su cuerpo– lo
hago para sobrevivir, pero como dirigenta lucho por el derecho de
todas nosotras para que no haya discriminación, y lo que está
intentando hacer el alcalde es precisamente eso.
Enseguida, Alejandra V. se pone a conversar con su tocaya. Le cuenta
que hace cuatro días que no trabaja, básicamente por el frío que ha
estado haciendo. Interrumpo para consultar cómo se mantiene sin
trabajar durante casi una semana, pensando en que si yo no lo
hiciera durante ese lapso me quedo sin celular, sin luz y sin gas.
–Lo
que pasa es que una también tiene sus clientes de día –explica
Alejandra Soto, y su tocaya asiente con la cabeza.
Las
amigas y colegas continúan hablando. A lo lejos aparece otra chica,
más alta y más joven. Se llama Javiera y luce pelo largo rubio y
unos jeans ajustados. Alejandra la saluda, la tocaya hace lo propio,
y luego pregunta quién cresta soy.
–¿Periodista? ¡Buh, qué lata! Yo pensé que era un cliente.
–Oye, Javi, ¿y no te ha llamado ese hombre? –pregunta Alejandra V.,
poniendo énfasis en la palabra hombre.
–Te
advierto, querida, que quedó harto contigo –contesta Javiera, y
enseguida, tocándose la pelvis, añade–: Además, ¿adivina lo que
tengo aquí?
Alejandra V. afirma agarrándose el mismo lugar:
–Yo
también tengo.
–¿Ah, sí?
Alejandra Soto le cuenta a lo que vine, y Javiera no quiere fotos,
porque tiene hermanos chicos y porque cierta gente no sabe a lo que
se dedica.
–¿Sabes cuál es el problema del alcalde De la Maza? –pregunta
Javiera retóricamente–. Es un homosexual que no se asume y una
persona que no sabe lo que quiere de la vida.
Después de la afirmación, Javiera dice, maravillada, que fue a un
circo “trans”. Imagino que se trata del Circo Timoteo, pero ella me
corrige:
–No,
poh. Ésas son puras viejas feas. Yo hablo de un circo que recorre
poblaciones y donde hay chicas con poto y con tetas y que hacen un
espectáculo no necesariamente chistoso.
¡Déjennos trabajar!
Alejandra nos pide, por favor, que la dejemos trabajar un rato y que
le compremos una Coca-Cola aunque sea.
Luego de 20 minutos, estamos de regreso en la esquina de Augusto
Leguía con Callao y ahora, como puede ver, hay más chicas. Desciendo
del vehículo para pasarle su Coca Zero a Alejandra, quien la mete de
inmediato en su cartera. En el transcurso de la noche, el líquido de
la lata se escurrirá al interior de la cartera, mojando maquillaje,
condones y celular.
Me
acerco a las chicas que han llegado: Naomi Yuliesy, una mulata bien
viajada, y Francisca, una “trans” que la vende de adolescente, ya
que aún no se ha puesto silicona en el culo. Alejandra me advierte
que Yuly, como le dicen a la mulata, no puede ser fotografiada, dada
su condición de extranjera.
–Me
he adaptado muy bien al invierno de aquí –dice Yuly, quien podría
ser perfectamente Luly, a no ser por una letra–. En Europa, el
invierno es más húmedo porque cae más lluvia y, bueno, nieve.
–¿Y
se puede saber cuánto ganas mensualmente?
Yuly
duda. Y mientras se decide, aprovecho para poner atención en
Javiera, quien cruza la calle para decirme que se hizo siete lucas
por una “vuelta”. Pienso que, en su caso, eso de que las vueltas son
las que dan es muy cierto.
–800
mil pesos, más o menos –responde Yuly por fin–, pero a eso hay que
descontarle peluquero, maquillaje, comida, alojamiento y ropa, y
aguantar que la gente de algunos edificios nos lance huevos, harina,
o que derechamente unos sujetos se bajen de sus autos a golpearnos.
–¡No
nos moverán! –vocifera Alejandra V., con el puño en alto desde la
otra esquina.
Hago
vista y me doy cuenta de que Alejandra V. le grita a una camioneta
de seguridad de Las Condes, que avanza lentamente hasta la esquina y
se detiene por unos segundos.
–El
alcalde los manda a pegarnos en los cachetes –cuenta Alejandra
Soto–, o en donde sabe que tenemos silicona.
La
camioneta de seguridad pasa, pero la intranquilidad no. Así es que
Alejandra me mira a los ojos y me pregunta si la podemos llevar.
–¿Adónde?
–Más
abajo.
–¿Qué pasa, Alejandra?
–Nada, sólo que no quiero seguir aquí. Ayer nomás gané un juicio
contra un funcionario de Paz Ciudadana que me pegó y no quiero más
atados.
Y yo
ante el temor de que me peguen en los cachetes, me meto al auto, doy
una orden al chofer y salimos raudos de aquí.
C.
A.
27-07-2007
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