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Web- Este
reportaje en uno de los diarios de mayor tirada de Venezuela ha
causado conmoción, podríamos decir que es la primera vez que se toca
el tema de la transexualidad y su problemática especifica de una
forma seria y sin entrar en sensacionalismos. El caso de Tamara en
el Diario El Nacional ha provocado reacciones tales como que desde
el Gobierno de la Republica se hayan puesto en contacto con ella
para interesarse personalmente en su situación.
" Los transexuales
somos los últimos esclavos. Estamos sometidos a una esclavitud tan
miserable por nuestra identidad, que tenemos una estrella de David
cosida "
Tamara Adrián, exitosa abogada, profesora de la UCV y la UCAB, aún
tiene que cargar, por exigencia legal, con el que fuera su nombre
masculino: Tomás. “Estamos sometidos a una esclavitud tan miserable
por nuestra identidad que tenemos una estrella de David cosida. La
llevamos en la cédula”, asevera.
“Soy Tamara, pero
aún me llamo Tomás”
Tamara Adrián
(bautizada como Tomás al nacer) supo que era una niña desde los
primeros años de su vida. Luchó contra su propia condición; incluso
se casó y tuvo hijos, pero finalmente se asumió como mujer.
Actualmente es una abogada exitosa, profesora de la UCV y la UCAB.
Logró el cambio de sexo en Tailandia, pero aún carga a cuestas con
un nombre legal masculino: por eso, es la primera persona del país
en pedir ante la Sala Constitucional del máximo tribunal el
reconocimiento de su identidad
Diario El Nacional
Venezuela/ Mireya Tabuas / Vanessa Davies-.
Si
viera mi vida hacia atrás creo que me daría vértigo. Tengo 51 años
de edad. Desde los 2 o 3 años de edad tuve la certeza de que estaba
en un cuerpo errado, sabía que era niña. ¿Que cómo lo sabía? Es
fácil, así como sabes que te gusta el helado. Es así, una
percepción. Un problema de identidad.
Pertenezco a una
familia de clase media. Vivíamos en los Palos Grandes. Mi mamá murió
sin saber lo que me pasaba, porque cuando decidí hacer la transición
ella estaba gravemente enferma y no quise crearle un trauma. Mi papá
vive aún: sigue llamándome por mi nombre masculino, Tomás.
No hay duda de que
tener un comportamiento femenino siendo varón genera reacciones
familiares y sociales, hasta el punto que cuando tenía 9 años de
edad era la bibliotecaria del colegio privado donde estudiaba.
Reconduje mi conflicto de forma instintiva hacia la lectura. No
podía relacionarme con las niñas porque no me entendían como niña,
no me podía relacionar con los varones porque no me entendía con los
varones. En los test de inteligencia aparecía como subnormal. Era
considerada una niña especial. Claro, era especial, pero en otro
sentido.
La llegada de la
adolescencia fue terrible. Empezaron los cambios hormonales, la
masculinización del cuerpo. La presión social se agudizaba, los
grupos eran simbióticos, todos los niños se visten, caminan, hablan,
piensan igual. Nunca me aceptaron en ningún grupo.
Mi mamá era
farmaceuta. Cuando yo tenía 16 años de edad, agarré los libros de
farmacia, me puse a estudiar los aspectos hormonales y comencé a
tomar hormonas automedicadas. Cada vez que se notaba demasiado el
cambio en mi cuerpo, me daba aquel arrepentimiento horrible. No se
conocía el síndrome de disforia de género. No sabía qué me pasaba,
eso me generaba una culpa terrible. A medida que yo me feminizaba el
cuerpo, me llenaba de culpas, y paraba, y volvía entonces a tomar
hormonas. Era un yo-yo hormonal. Mientras tanto, estudiaba, y mucho:
me gradué Suma cum laude en Derecho en la
Universidad Católica Andrés Bello..
La universidad, no
la prostitución
En la universidad
me vestía ambiguamente, estaban de moda los zapatos con tacón para
hombres, los pantalones con talle bajo, y era una mezcla de hippie
andrógino con detalles femeninos, pero no muy ostensibles por el
tema social. En la universidad había rechazo. La discriminación a la
diferencia existe en todas partes. Veía a las chicas transgénero de
la avenida Libertador, y decía: si yo sigo lo que yo siento, ¿cuál
es mi destino? ¿Prostituirme? ¿Ir a un bar a presentarme como
stripper? 70% de las personas transexuales no tiene estudios, y, por
ende, no tiene trabajo, porque desde temprano las excluyen del
sistema educativo y el sistema social. Por eso, se quedan en las
peluquerías o en la prostitución. Vivimos en una sociedad mojigata,
que hace que la persona transexual sea un ícono morboso, y que te
obliga a encajonarte en una situación de miseria y de guetto.
El problema de la
transexualidad se da en todos los países, en todas las clases
sociales con igual incidencia: 1 sobre 30 mil o 40 mil personas. En
países como Estados Unidos, donde la reasignación se hace desde
1970, mucha gente la hizo temprano. Hasta ahora, esas personas eran
tránsfugas de la anormalidad; pasaban de la invisibilidad en su sexo
de origen, a una situación de visibilidad. Pero una vez que llegas
al otro lado de la montaña, después de haber nadado contra
corriente, vuelves a entrar en la “normalidad”, y te mimetizas en el
otro sexo, y ya no eres ese monstruo.
En este momento
soy una mujer, la mujer que siempre me sentí y que me fue muy
difícil aceptar que era. Yo nunca he querido ser mujer, es que
sintiéndome mujer desde siempre me había negado a aceptar el costo
que representaba la aceptación de mi condición. Es un costo enorme,
desde todo punto de vista. Yo no podía ser ese rey que mis amigas
feministas pensaban que era.
Estuve en Francia,
hice un doctorado en Derecho Mercantil en la Universidad París II, y
lo terminé en 1982. Francia, curiosamente, sigue siendo uno de los
países más homofóbicos y transfóbicos. En ese instante debía
dilucidar el rompecabezas que tenía frente a mí: no sabía cuál era
mi condición. Sabía que no podía aceptar mi cuerpo, y que no me
sentía integrada con él, había una disociación entre mente y cuerpo.
Busqué ayuda en la universidad, me refirieron a una psicóloga
lacaniana, que hacía su tesis sobre transexualidad. Ella me cobraba
la mitad de mi beca, y después publicó un libro profundamente
sexista contra la transexualidad.
La decisión de
mentirse
Cuando regresé de
Francia, a pesar de mis calificaciones académicas, me fue imposible
conseguir trabajo debido a los prejuicios por mi apariencia bastante
ambigua. En ese instante tomé una decisión que hoy considero
errónea, pero que comparto con innumerables personas transexuales en
todas partes del mundo, que buscan escapar del durísimo destino que
representa la transición. Pretendí mi integración en el molde que me
proponía la sociedad: por una parte, traté de vestirme
masculinamente y hasta me dejé crecer la barba; y por la otra, me
casé. De ese matrimonio nacieron dos hijos, a los cuales amo
profundamente y que, sin embargo, no tengo la dicha de poderlos
frecuentar por prejuicios diversos. Y es que muy a menudo uno de los
precios que se debe pagar por asumir la identidad es la pérdida de
la familia y los amigos, que huyen como si se tratara de leprosos.
Cabe decir que las
dificultades de la transición muestran que aún en países como
Suecia, 30% de los transexuales ha estado casado, y más de la mitad
ha tenido hijos. Debo señalar también que en todas partes del mundo
se indica expresamente que la reasignación legal de las personas
transexuales, como es obvio, no afecta los derechos de los hijos que
hubieren podido tener y, en general, las relaciones de familia. Pero
a pesar de no poder ver a mis hijos, me siento muy afortunada,
porque tengo una vida de familia estable. Tengo pareja desde hace
más de 10 años y, junto con su hija, formamos una familia unida,
solidaria y respetuosa de los derechos de los demás.
Aquel matrimonio
duró 3 años, y se rompió cuando dije lo que sentía. Ella no lo
sabía. Al cabo de cierto tiempo, las barreras que puse para tratar
de contener ese río de sentimientos se rompió otra vez, era como un
Guri que de pronto crece, y si no lo dejas fluir, se lleva por
delante las barreras.
El verdadero
cuerpo
Mi esposa me puso
las maletas en la puerta. Y en ese momento pasé por un período de
gran depresión, era enfrentarme a aquello que me había negado a
enfrentar. Fue cuando empecé una planificación, que pasó por una
electrólisis total de los vellos de la cara, por incorporar cierta
ambigüedad progresiva en mi vestimenta. Conseguí ayuda en Venezuela
con el Centro Bianco, y a través de ese proceso seguí el protocolo
completo de reasignación, que incluye vivir por lo menos dos años
trabajando y haciendo todo en el sexo de reasignación. Eso es para
“machos”, sobre todo en el nivel social donde me desenvuelvo como
profesora universitaria.
Mi reasignación
fue en 2002, en Tailandia, donde estaba el mejor médico del mundo,
Suporn Watanyusakul. Mientras en Estados Unidos y Canadá la
operación costaba 12 mil dólares, allí costaba 7 mil dólares. Si me
hubieran dado esa oportunidad a los 14 o 15 años de edad, la hubiera
tomado. En el mundo pasa eso: no puedes cambiar el cerebro, por eso
cambias el cuerpo.
Después de la
cirugía por primera vez me sentí en mi cuerpo. Si me preguntan si en
algún instante he sentido arrepentimiento, digo no. No ha habido un
mini-segundo de arrepentimiento; mi arrepentimiento es no haber
podido hacerlo antes.
Este es un camino
muy duro, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Pero me ha hecho
mejor persona, una persona que entiende que no existe diferencia
entre hombres y mujeres, sino que todos somos masculino y femenino
al mismo tiempo. Ahora soy activista de los derechos de la mujer, no
sólo porque soy mujer, sino porque he vivido en carne propia la
diferencia del trato.
Hoy en día, la
Organización Mundial de la Salud y la Asociación Americana de
Psiquiatría reconocen la transexualidad como una condición de salud.
En casi todos los países la reasignación se cubre a través de la
seguridad social, porque forma parte del derecho a la salud. El año
pasado, en Francia ordenaron devolver los gastos a una persona por
la reasignación. En el continente se hace veladamente en México, y
más abiertamente, en Argentina.
Con nombre ajeno
Soy profesora de
pregrado y doctorado en la UCAB y la UCV, y en las listas de
profesores aparezco como Tomás Adrián, pero los alumnos se
encuentran con una profesora que les da clases. Eso es
discriminatorio. Tengo la gran ventaja de que mis alumnos han sido
sumamente receptivos. Recibo cartas cuando termina el curso; dicen
que he sido la mejor profesora que han tenido.
Después de mi
reasignación empecé a estudiar –desde el punto de vista jurídico–
las vías que permitieran lograr la reasignación legal de manera
coherente y en condiciones de no-discriminación. Hasta ahora, las
reasignaciones que se han hecho, desde el punto de vista legal,
fueron por rectificación simple de partida. Eso significa que a una
persona que no tiene estudios y que no tiene una situación
documental compleja, se le soluciona su problema porque tendrá una
partida, cédula y pasaporte. Aunque eso se hace desde los años 70,
con el actual gobierno no se ha hecho ninguna, porque hay jueces que
dicen que es una aberración.
En mi caso es más
complejo, porque tengo estudios, diplomas universitarios, he sido
contribuyente siempre, tengo propiedades; por razones de mi
trayectoria. Por eso solicito, desde mayo de 2004, ante la Sala
Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, un recurso
constitucional innominado de reconocimiento de mi identidad, que no
es otra cosa que el ejercicio de mi derecho a la autodeterminación
como persona. Pido que, sobre esa base, se rectifiquen todos mis
documentos públicos o privados para hacer coherente mi identidad con
la identidad con la que se me conoce pública y notoriamente. Eso
para poder ejercer en condiciones de no-discriminación todos mis
derechos. La sala ni siquiera lo ha admitido o rechazado, no ha
dicho nada. El expediente tiene más de 800 páginas y contiene
sentencias y leyes de todas partes del mundo.
El derecho a mi
identidad me lo da la constitución y los tratados internacionales de
los cuales Venezuela forma parte. Mientras tanto, vivo en un limbo
jurídico, estoy condenada a ser indocumentada. Pienso promoverme
como candidata a diputada independiente, pero ¿con qué nombre? ¿Cómo
ejerzo mis derechos políticos? Ahora que soy feliz, estoy
indocumentada. Primera vez en mi vida que me puedo definir como una
persona feliz. Antes era profundamente infeliz, pero ahora me siento
una persona coherente, soy yo para mí y para el resto de las
personas, y no me despierto y veo en el espejo a una persona que no
soy yo.
Soy Tamara, pero
aún me llamo Tomás. Mi pasaporte dice Tomás, mi cédula dice Tomás;
en un restaurante entrego una tarjeta de crédito, y dice Tomás. A mi
no me sirve la rectificación de partida, no es la vía idónea bajo la
Constitución Bolivariana, que abrió una nueva puerta con el
reconocimiento de la igualdad, el derecho de las minorías a obtener
un tratamiento preferencial. Además, incorpora el derecho a la
dignidad, a la reserva sobre tu vida privada.
El derecho a la
privacidad
Por ejemplo, casi
me quito un dedo con una puerta; fui a una clínica, pero no me
querían recibir porque tengo un seguro, una cédula, y una tarjeta de
crédito, con un nombre que no se corresponde con mi físico. Tengo
derecho a la privacidad. ¿Por qué debo explicarle al señor de la
aduana todo mi pasado, y que él entienda, para que me deje pasar con
mi actual pasaporte? ¿Por qué debo explicarle a un fiscal de
tránsito? Si tuviera que ir presa, ¿a dónde iría presa?
Se crea una
discriminación por no cambiarme el nombre. En España y en Colombia
es un procedimiento ante notario, en Chile es por solicitud ante el
juez, en otros países es sólo la solicitud de cambio de nombre ante
un órgano administrativo. Si no te identificas con el nombre que
tienes, puedes ejercer un derecho humano al cambio, pero en
Venezuela no existe un procedimiento expedito.
Pareciera que
mucha gente pasara factura al ejercer casi un acto de inquisición;
si estás en esta condición expía tu culpa: “no seas nadie, no tengas
identidad, te vamos a quebrar”, como dirían los malandros. La
actitud es casi punitiva. Pero siento también que la situación
mejorará en la medida en que entiendan que se trata de un problema
de salud, reconocido como condición por la OMS, no como enfermedad;
que genera afección a la salud en el sentido integral de la palabra,
y que existe un tratamiento médico con la reasignación, el
protocolo. Esta condición no es un capricho, ni siquiera es una
opción, porque eres una persona anulada por esa carga afectiva que
representa el cúmulo de incoherencias que no puedes asumir sino en
el momento en el cual decides andar hacia la transición. Es un
problema de dignidad, de proyecto de vida.
La datilera del
desierto
Elegí el nombre
Tamara por tres razones: cuando tenía 4 años de edad, una de las
personas más bellas que he visto se llamaba así. Guardaba cierta
consonancia con el nombre masculino, y en la transición sólo firmaba
T, sin poner nombre. Luego de que conocí el origen de Tamara
(datilera en un oasis en el medio del desierto), me encantó, y con
ese concepto me identifico muy bien. Lo uso públicamente desde el
año 1993; en ese momento “ejercía” medio tiempo, trabajaba en un
escritorio jurídico. Durante el día me disfrazaba de hombre –muy mal
disfraz– y me llamaba Tomás; y en la tarde y los fines de semana, me
vestía como me quería vestir.
El cambio es un
proceso que dura varios años. Decidí hacerlo a tiempo completo
cuando un día estaba vestida con traje y corbata y me dijeron
señorita. Ese día dije: ya estoy lista. Otro día, un amigo me dijo
para encontrarnos en un bar, y me negaron la entrada porque era un
bar sólo para hombres.
Los transexuales
somos los últimos esclavos. Estamos sometidos a una esclavitud tan
miserable por nuestra identidad, que tenemos una estrella de David
cosida. Llevamos la estrella en la cédula. Lo que hicieron los nazis
con los judíos, se hace con la falta de reconocimiento de nuestra
identidad.
Puedes ser
profundamente infeliz y frustrada como persona, o asumir ser tú, con
todo lo que ello conlleva, y lograr la felicidad. Tengo una gran
voluntad, no siento ninguna culpa. En este proceso perdí a familia,
perdí amigos, y gané otros amigos. Sigo siendo profesora, sigo
teniendo una clientela como abogada, y ése, mi éxito, no me lo
perdonan. Muchos me quisieran ver muerta.
Los trastornos de
identidad del género se deben a la biología y al ambiente
El Nacional/
Vanessa Davies-.
Los transexuales están convencidos de pertenecer al sexo opuesto al
que nacieron. La Fundación Reflejos propone traer a los
especialistas a Venezuela para que formen al equipo médico que se
encargue de la reasignación de sexo en los hospitales
Pocos seres
humanos (o ninguno) elegirían vivir en el dolor; o vivir en la
perenne sensación de que su cuerpo está divorciado del cerebro. La
realidad de las y los transexuales es que, desde la infancia, son
dueñas o dueños de una identidad mental diferente de la genital. Tal
como lo define la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición,
"son mujeres que se sienten atrapadas en cuerpos de hombre, y
hombres que se sienten atrapados en cuerpos de mujer, sin trastornos
psiquiátricos graves que distorsionen la percepción de la realidad,
que necesitan ser aceptados social legalmente en el género
elegido".
El origen del
trastorno de identidad de género (quienes muestran identificación
con el género contrario e insatisfacción con el sexo anatómico) debe
ser rastreado en la biología y el ambiente.
Podría
desarrollarse, de acuerdo con la sociedad, como resultado de una
interacción alterada entre factores genéticos, desarrollo cerebral y
acción de las hormonas sexuales.
"Pero además
diversas influencias ambientales en períodos críticos del
desarrollo, como el embarazo, la infancia o la pubertad, pueden
influenciar la conducta y la orientación sexual", describe el
organismo científico.
"Bastantes datos
apoyan que la orientación e identidad sexual pueden tener un
sustrato biológico (genético, cerebral, hormonal) sobre el que
inciden determinadas influencias ambientales, sociales y familiares
durante los llamados ´períodos sensibles´ de la vida para conformar
la orientación e identidad sexual definitiva del adulto".
No es una
enfermedad
Las
investigaciones han permitido algunas aproximaciones conceptuales.
Estas son las que
propone la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y
Bisexuales de España:
-Hombre Transexual
o Transexual Masculino: es una persona que se siente, piensa y actúa
como hombre aunque naciera con genitales femeninos.
- Mujer Transexual
o Transexual femenina: es una persona que se siente, piensa y actúa
como mujer aunque naciera con genitales masculinos.
-Travesti, Drag
Queen o Drag King: son personas que utilizan indumentaria del sexo
opuesto, pero no rechazan su cuerpo ni sienten la necesidad de
modificarlo.
-Transgéneros:
grupos que hacen esfuerzos identitarios, sociales, corporales y
médicos para presentarse públicamente como miembros de un género
que, según la sociedad, no pertenece a su cuerpo, explica la
investigadora Marcia Ochoa, de la Universidad de Stanford.
Ostentar un sexo
biológico, pero sentir y pensar como del sexo contrario "no es una
enfermedad, sino un trastorno de la identidad sexual, pero es muy
doloroso; por eso, ellas y ellos buscan la reasignación de sexo",
acota la sexóloga venezolana Aminta Parra. Aparte, "es más común de
hombre a mujer".
No se trata
únicamente del deseo de ser del sexo opuesto por ventajas culturales
y sociales, especifica la médica Morella Bouchard, sino de vestirse
con ropas del sexo opuesto, tener los roles sociales del sexo
opuesto, sensación de desagrado con las características de tu sexo
biológico (hacia la erección o la menstruación, según sea el caso),
y todo eso, sin que exista una enfermedad física".
La cirugía de
cambio de sexo no implica, necesariamente, que el sujeto tendrá una
orientación sexual heterosexual, asegura Bouchard.
"Puede haber
heterosexualidad, pero también hay personas que se reasignan, y
poseen una orientación sexual homosexual".
Dar el paso
La cirugía de
reasignación de sexo no se realiza en los hospitales del país. Es
por eso que Elena Hernáiz, vocera de la Fundación Reflejos, elaboró
un proyecto para que el Estado invite a expertos en la materia, con
experiencia en otras naciones, para que enseñen al personal de salud
venezolano. "Obligatoriamente, este es un asunto de Estado", destaca
Hernáiz.
La activista
también sugiere que el convenio suscrito con Brasil para el
intercambio en el área de Medicina "permita operar gratuitamente a
las personas que lo necesitan".
Igualmente "se
podrían firmar acuerdos con embajadas para crear centros
específicos".
Los hombres
transexuales pasan por un proceso más complicado, "porque son tres
operaciones: mastectomía y la modificación del sexo". Además de las
complicaciones legales para el cambio de identidad, "tenemos mujeres
que no se atreven a dar el paso para hombres porque no saben cómo
hacer con sus hijos".
C.
A.
26-08-2005
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