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Reportaje cedido a ésta Web en exclusiva por Revista Zero*-.
Dicen que las y
los homosexuales y transexuales somos ya parte de la vida cotidiana
de las ciudades, pero que quienes viven en los núcleos rurales aún
sufren mayor represión social. Pero ni lo primero es tan cierto como
desearíamos todos ni lo es tampoco lo segundo. Ya sea en círculos
urbanos o en los pueblos, maricas y bollos hay en todos lados, y
cada uno tiene su propia historia. Los protagonistas de este
reportaje nos demuestran que, aunque no sea fácil, gays, lesbianas,
bisexuales y transexuales viven en zonas rurales su sexualidad de
forma plena y satisfactoria.
Quizá nos equivoquemos al pensar que es imposible vivir como gay,
lesbiana, bisexual o transexual más allá de los barrios gays, o
mucho más aún, de las grandes ciudades; y es que, a veces, nos
cuesta detectar nuestros propios prejuicios. Otra cuestión sería
determinar qué es lo que entendemos por gran ciudad para saber de
qué hablamos cuando hablamos de homosexualidad rural, porque lo
rural no es tan sólo una cuestión de mayor o menor densidad de
población, al menos si hablamos de las condiciones de vida de
homosexuales y transexuales. Además, no podemos dejar de lado hechos
como que estos pueblos estén cerca o lejos de núcleos de población
mayores, y las particularidades del carácter de cada zona.
Está en realización un estudio sobre las particularidades de las
vivencias de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en los
pueblos de Extremadura, preparado por la administración autonómica
en colaboración con la Fundación Triángulo Extremadura; pero
mientras los sociólogos trabajan, hemos cogido la mochila y nos
hemos ido a conocer pueblos, y sobre todo a personas que, siendo
homosexuales o transexuales, viven en pueblos pequeños de
Extremadura, una de las comunidades autónomas con mayor porcentaje
de población rural, 80%, de todo el estado español.
Quiénes nos importan
La
cercanía personal de los pueblos hace que, frente al comportamiento
más anónimo en las grandes urbes, quienes se van descubriendo como
diferentes en pueblos y aldeas encuentran ante sí las miradas de sus
conciudadanos de manera más directa, más cercana, con mayor presión,
porque su singularidad es mayor en su entorno, y eso agudiza el
sentimiento de diferencia.
Un
buen trabajo personal con nuestro propio entorno afectivo es siempre
clave para un desarrollo fluido y tranquilo de gays, lesbianas y
transexuales, pero mucho más si cabe en entornos rurales, dado que
los iguales escasean, e imprescindible si se tiene la intención de
seguir viviendo, sin encerrarnos entre cuatro paredes, en nuestros
pueblos, cobrando una relevancia especial la necesidad de fuertes
dosis de paciencia para el proceso. Pero también es necesaria una
labor pedagógica persistente y tenaz para nuestras propias vidas,
donde probablemente debamos tomar conciencia de que el principal
actor didáctico somos nosotros mismos. Así lo han entendido para con
sus vidas la mayoría de las personas con quienes hemos hablado y que
han accedido a participar en este reportaje.
Soy
yo... la que vive aquí
María José, foto
derecha, es la
segunda de cuatro hermanos y, desde que tiene uso de razón, piensa
su vida en rosa, como lo hacía Ludovic en aquella espléndida
película de Alain Berliner, Ma vie en rose, pero ella no sueña con
ser Barbie, ni tan siquiera con encontrar su propio Ken en un mundo
de fantasías. Ella sueña con que la llamen Pepa, como a su abuela,
cuando, ya viejecita, pueda contar a sus sobrinos, y quién sabe si
también a sus nietos, que de pequeña la llamaban Pedro, hasta que
consiguió armarse de valor y, con tranquilidad, con sus momentos
malos, que los hubo, pero siempre controlando ansiedad y
sentimientos, fue explicando a todos a quienes quería que, aunque
ellos pensaran que su madre tenía cuatro hijos, en realidad tenía
tres, y que ella era la niña que tanto buscaron sus padres. Y que
esa niña tenía fuerza, ilusión y ganas para llegar a ser ella misma
ante sus ojos y los de los demás.
Y
así, con paciencia y amigos, se informó, aprendió qué hacer para
conseguir su sueño, y comenzó el proceso. Mientras, compraba todos
los muñecos que le gustaban, y hacía su vida a su manera,
vistiéndose de chica cuando le apetecía, y sin negarse ante nada ni
ante nadie. No todo fue sencillo, era duro ver a su hermano pequeño
llorar “porque llamaban a su hermano mariquita”, nos dice, pero pudo
con eso y con más. Fue carpintera cuatro años, y muy feliz, pero
ella lo que quería era ser peluquera, porque tiene arte, y ahora lo
es; ha estudiado en un pueblo vecino, y ya tiñe, corta, hace
permanentes y lo que le echen, a domicilio, mientras ahorra para
abrir su propia peluquería.
En
dos años, si no hay ningún problema ni retraso, se verá en el espejo
tal como siempre se soñó. Y todo esto, en el pueblo que la vio
nacer, Guareña, en Badajoz, donde vive con la cabeza bien alta. Y un
día encontrará un hombre que la deseé como mujer, “sin morbo
especial por que haya sido transexual”, dice, porque ella es mujer y
así quiere que la quieran.
Ápice de esperanza
Suena demasiado fácil la vida de María José, y no lo ha sido tanto,
pero así lo cuenta ella, a pesar de haber tenido sus malos momentos.
“Cuando descubrí que era homosexual, los casos que conocía en mi
pueblo no eran precisamente un modelo de vida a seguir, y no por
culpa de quienes los sufrían, sino porque quizá no habían podido
vivir de otra manera”, nos comenta por su parte David, voluntario
del FanCineGay.Com, hoy, tras haber dejado su pueblo a los 18 años y
estar aún recuperando las relaciones que allí dejó maltrechas, con
su familia y sus amigos. Hoy vive en Cáceres con su compañero, y
recuerda casos como el de “Agustina, lesbiana que tuvo valor para
ser ella misma y, si bien no hizo su vida con ninguna otra mujer, al
menos no pasó por el aro a la hora de casarse con un hombre; o Luis,
del que todos los niños se reían, y al que incluso agredían a veces
de manera brutal; Luis el marica; o Pedro, un homosexual que dedicó
su soledad a cuidar santos y a coleccionar arte, revistiendo
igualmente de dignidad su soltería”.
Los tiempos cambian y las circunstancias también, pero aunque todos
estos testimonios son sin duda un ápice de esperanza, no podemos
olvidar que siguen siendo excepcionales y, mientras así sea, quedará
mucho trabajo por hacer. Hoy siguen existiendo personas como Jonás,
con la voluntad y la autoestima absolutamente destrozadas por su
padre y sus propios hermanos, una vida rota en el norte de Cáceres
por ser gay; o como Lola, en libertad vigilada por sus propios
padres, en un pueblecito de Mérida, tras haber descubierto que había
cometido el tremendo delito de enamorarse de otra mujer. O Emilio,
al que su médico de familia recetó hormonas… porque su madre lo
llevó a la consulta porque descubrió que era gay. Sin dramatismos,
esto existe y no podemos permanecer inmóviles.
Según Ángel, concejal de IU en el Ayuntamiento de Nogales, en la
provincia de Badajoz, “en los pueblos, lo que falta es información,
sobre todo, y se actúa en la mayoría de los casos con
desconocimiento, además de que es mucho más difícil conocer a gente
como tú, por lo que las posibilidades de sexo o de pareja son casi
nulas”.
Ser
una misma, ser uno mismo
Muchos son los casos de hombres y mujeres homosexuales nacidos en
zonas rurales que emigran para vivir en sitios donde sea más fácil
conocer a sus iguales, hacer sus vidas, respirar… Pero cada vez van
siendo más los que viven sin armarios en zonas rurales.
Felipe, foto
izquierda, es
una de estas personas. Estudiante de enfermería, nació y vive en el
pequeño pueblo pacense de Sagrajas, que no alcanza los 1000
habitantes. Y vive, según dice, “cómodo y bien, no tengo problemas,
porque sólo me importan aquellos a quienes quiero”. Precoz, tuvo su
primer novio a los 14 años, en Sagrajas. Hoy tiene 23 y hace tres
que habló explícitamente en su casa de su homosexualidad, y hoy
cuenta con el apoyo de su familia, de su madre fundamentalmente
(para variar), y “si tengo que darle un beso a mi novio en la plaza
del pueblo, lo hago, me da igual quién esté delante. Es verdad que
hay gente que mira, murmura, e incluso se cortan si te ven así, pero
es problema suyo”.
A
cerca de 200 kilómetros, en Plasencia, en el noreste de Extremadura,
nació y creció David,
foto derecha.
Hoy tiene 26 años. Su historia de descubrimiento y de aceptación de
su homosexualidad dista con creces de la de Felipe. Al finalizar la
formación universitaria inicia una relación con una chica, pese a
sus intuiciones (posteriormente confirmadas) de ser gay. “Creo que
durante los primeros meses que estuve con ella me engañé de una
forma tan estúpida que imaginé que no era gay. Digo que me engañé
porque en lo más profundo de mi cuerpo yo sabía que no era con una
chica con la que yo quería estar”, reconoce sincero David. Cuando
cuenta con 23 años, una noche una relación con un amigo le ofreció
la posibilidad de encontrarse con aquello que siempre había sentido.
Sin remordimientos, con valentía, con coherencia asumió lo que ya
sabía y decidió no seguir engañándose. Aun así un ligero resquemor
aparece en su discurso por el tiempo perdido, pero como él reconoce,
“no es fácil romper con el lastre que la sociedad ha colgado siempre
a todo el mundo que es diferente”. Vivir en contextos rurales
supone, en ocasiones, un esfuerzo personal considerable para quienes
desean vivir su orientación sexual con libertad. David, al igual que
otras personas que viven en núcleos rurales, reconoce que, a veces,
no queda más remedio que “pasar de todos y hacer lo que uno quiere,
pero sinceramente no siempre lo consigo”. Vivir en un pueblo como
Plasencia supone enfrentarse a ciertas dificultades: carencia de
zonas de ambiente, dificultad para conocer a otras personas con tu
misma orientación sexual, los rumores, los chismes se hacen más
presente, las personas son menos anónimas que en otros espacios más
grandes… Aun así no pierde su dosis de optimismo y manifiesta un
cierto grado de esperanza en los cambios legales y sociales que se
pueden ir produciendo en los próximos años.
Antonio tiene 21 años. En su recorrido personal también hubo la
presencia de una novia que, según él, “no le completaba”. Nunca ha
llegado a hablar con sus padres de su situación actual, aduce a que
como no viven juntos ni en la misma casa ni en la misma localidad,
no ha tenido esa necesidad de contar determinadas cosas. Tuvo que
empezar a trabajar, a ser independiente económicamente antes de
poder salir de Don Benito (Badajoz), con más autonomía para moverse
por zonas de ambiente de Cáceres, Madrid, Sevilla… Se queja de una
falsa tolerancia y apertura que aparece entre la gente que le rodea.
¿Lesbianas?
Si
la invisibilidad de los gays en los núcleos rurales suele ser una
constante, aún lo es más en el caso de las mujeres. En nuestro
contexto cultural y social estamos más acostumbrados a la presencia
de mujeres solteras o de mujeres que viven juntas sin que esto
produzca los rumores que algunos de los protagonistas masculinos de
nuestras historias habían reflejado anteriormente. “No explicitamos
nuestra relación, pero tenemos que reconocer que la gente sabe que
somos algo más que amigas”, afirma María. Hoy tiene 39 años y
reconoce que ahora vive bien, pero que pasó mucho tiempo hasta que
consiguió asumir su orientación sexual: “Estaba totalmente perdida,
ni me asumía ni pensaba siquiera en esa posibilidad”. Aún así, no
quiso aparecer en ZERO.
Pero hoy las cosas han cambiado, y aunque se queja de una
integración a medias, puesto que no puede hablar del tema con sus
padres, que viven en un pueblo cercano, María se enamoró de Olga y
comenzaron una relación que ya dura siete años. “Creo que conseguir
la visibilidad en pueblos es el gran reto que nos queda para lograr
la igualdad, y aunque cuesta, tenemos que intentarlo. Creo que se la
voy a pedir a los Reyes este año”. Este problema que apunta María
es, por lo que hemos podido constatar por nuestra experiencia,
realmente relevante en el caso de las lesbianas, por su mayor
invisibilidad y, por tanto, inexistencia social.
Absoluta normalidad
Guillermo le echó el ojo a Juan Carlos,
foto izquierda,
hace diez años, y soltó lastre y fue a por él. Le quería como
compañero, y lo consiguió. Y hasta hoy, juntos. Nunca estuvo, nos
dice, en el armario. “Nunca le dije a nadie que era homosexual, pero
mi vida iba mostrando mi orientación sexual, así que para mí no ha
sido complicado, la verdad, vivir como homosexual en mi pueblo. Eso
sí, no tuve referentes positivos, o al menos quienes yo conocía como
gays no eran un referente a seguir por mí, así que me organicé mis
propios esquemas”.
Tras tres años de relación con su compañero, al que dice siempre ha
sentido como su alma gemela, sufrieron una prueba para su relación,
pues, tras un accidente de tráfico, Guillermo necesitaría utilizar
una silla de ruedas para tener una vida independiente. Siete años
después, tienen dos tiendas, una de ropa y otra de complementos, muy
conocidas en Plasencia, casi tanto como ellos como pareja. “No me
preocupa que me acepten o no. Me educaron para respetar a todo el
mundo y, si mi idea es que si respetas, te respetan, eso es lo que
me ha pasado a mí”, anota Guillermo, que dice que tanto él como su
pareja tienen claro haber sido referentes positivos, ahora sí, para
muchos y muchas jóvenes gays y lesbianas en su localidad. “Creo que
hemos contribuido a abrir las mentes de muchas personas aquí, además
de que muchos nos han dado las gracias por servirles de ejemplo
positivo para sus padres cuando salían del armario”, nos comenta.
Guillermo y Juan Carlos constituyen un claro exponente de absoluta y
radical normalidad; esta pareja es un modelo de plena integración en
su entorno, aunque sea rural. De hecho, según ellos, “un pueblo no
tiene por qué significar mayor dificultad a la hora de integrarte
como homosexual; es más, la cercanía de las personas en los ámbitos
rurales ayuda a que se produzca esa integración”.
Pasando de todo
1982. España organiza el Mundial de Fútbol. Naranjito inunda las
pantallas, los periódicos, las camisetas… Y el 12 de octubre de ese
año Pedro y José María se conocen en Cáceres. Desde entonces, 22
años juntos.
Pedro hoy tiene 44 años. Llega a Cáceres en 1982 para estudiar,
procedente de un pequeño pueblo de Toledo. Un bar conocido
popularmente como “El Mesón del Marica” sirvió como punto de
encuentro. Desde entonces siempre juntos, tal y como ellos insisten
en señalar. Incluso llevan muchos años trabajando juntos. Ninguno de
los dos nos quiere contar el secreto de una relación tan larga;
aunque José María apunta a que el respeto mutuo ha sido una de las
claves fundamentales en el desarrollo y mantenimiento de su
relación.
Madrid, Alcalá de Henares, Navalcarnero, Plasencia… han servido como
escenario de relación. Pero siempre muy vinculados con Malpartida de
Cáceres, un pueblo cercano a Cáceres de poco más de 4000 habitantes,
donde ahora viven y tienen su trabajo. ¿Cómo consiguen vivir en un
entorno así? “Pasando de todo”, reconoce Pedro. “Nos conoce todo el
mundo”, afirma, y eso supone tener que adaptarse a vivir con
comentarios habituales.
Los dos descubren su homosexualidad muy pronto. Un malentendido y
unos malintencionados rumores provocaron quince años de
incomunicación entre Pedro y su familia. “Me quedé sin padres, sin
pueblo y sin nada; prácticamente fue borrar veinte años de mi vida”,
reconoce. Las críticas, las broncas constantes con su familia y con
sus amigos provocaron su marcha a Malpartida y consolidar su vida al
lado de José María. Sin embargo, este último pudo vivir el hecho de
ser homosexual con una considerable apertura, pese a los años en los
que le tocó asumir y vivir su orientación sexual.
Frente a los cambios legislativos que se pueden producir en los
próximos meses, reconocen que les gustaría poder casarse; en cuanto
a adoptar, Pedro tiene muy claro que sí, mientras que José María no
comparte esa opción. Tal vez, pronto, tras horas de discusión con su
pareja, pueda ver cumplido su sueño de tener un niño.
Adaptación al medio
Fregenal de la Sierra es una localidad del sur de Badajoz de poco
más de 5000 habitantes que, no hace más de dos meses, vio correr
entre sus mentideros el rumor de que Eduardo, el hijo de Ana, se
casaba con Francisco,
foto izquierda,
el amigo lebrijano con
el que vivía desde tres años. Y los comentarios debieron ser buenos,
a la vista de lo que fue la ceremonia, convertida, sin quererlo los
protagonistas, en auténtico acontecimiento local.
Ellos se quieren desde la noche en que se conocieron, en Sevilla, en
una escapada que, casualidades del destino, hicieron ambos, “aún con
la sensación agridulce que siempre dejaban las noches de movida
gay”, según Francisco. Pero esa noche, tras una época complicada
para ambos, se encontraron y pasaron toda la noche bailando,
conociéndose, caminando por toda Sevilla… Y, desde entonces hasta
hoy, cinco años después, con dos de noviazgo entre Lebrija y
Fregenal y tres de convivencia en este último, tras los que se
decidieron a dar fe pública de su amor, en la más pura esencia del
matrimonio, pues era simbólico y sólo manifestaba el amor que se
tienen. Volverán a casarse, para formalizar papeles, cuando el
Gobierno haga posible el matrimonio civil homosexual, pero “la
verdad es que la boda que siempre recordaremos con emoción será
ésta, la del pasado 5 de junio”, nos dice Eduardo.
De
la naturalidad con que el pueblo les hace gala, reconociéndoles como
familia de dos hombres que se aman, uno no necesita prueba tras
pasear con ellos por la plaza del pueblo, pues no hay conciudadano
que no pare a saludarles o preguntarles por el padre de Francisco,
recientemente fallecido, o por sus planes de futuro. Según ellos,
“esto es así gracias a que nosotros siempre hemos hecho una vida
normal en el pueblo, sin escándalos de ningún tipo; no evitan sus
miradas, pero saben qué es lo público y qué es lo privado, en un
respeto mutuo para con los demás habitantes”.
Sea como fuere, viven juntos como pareja, públicamente reconocidos
como familia, y así se les conoce y reconoce, aunque queda claro que
“aunque hemos sentido el apoyo y la fuerza de nuestras familias, y
yo en concreto la de mis padres –dice Eduardo–, esto es el resultado
de habernos sabido adaptar a la vida de nuestros pueblos, porque en
Lebrija pasa exactamente igual; y es que quien siembra recoge”. “Yo
me siento realmente afortunado, la verdad –dice Francisco–, porque
jamás pude soñar llegar a conseguir lo que siempre he querido para
mi vida, una vida normal, y hoy la tengo”.
Asignatura pendiente
Pero… ¿qué hacen los colectivos y las asociaciones por la igualdad
de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales para contribuir a que
cada día sea más posible que vivamos en pueblos? En los últimos años
existen algunas iniciativas como el proyecto de Fundación Triángulo
Juventud, que trabaja por la igualdad de jóvenes gays y lesbianas en
el ámbito rural, y como el Circuito FanCineGay, dentro del programa
de Igualdad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en los
pueblos de Extremadura, entre otras actividades diversas; pero en la
mayoría de los casos, con poca coordinación y, sobre todo, sin la
continuidad temporal necesaria.
Y
es que en los pueblos “es necesario intervenir con campañas que
normalicen la idea que se tiene de lo que es la homosexualidad”,
según Ángel, de Nogales, que dice no haberse sentido nunca en ningún
armario, aunque desde que participa en política sí recibe algunos
ataques personales que lamenta, “como cuando interventores
electorales del PSOE me llamaron maricón el día de las últimas
elecciones, pensando que me insultaban. Yo jamás me he sentido
diferente”.
Lo
que queda por delante es toda una revolución ciudadana; la legal la
seguiremos peleando, pero la de cada uno de nuestros espacios
vitales tenemos que ganarla de cerca, de tú a tú, en nuestros
ámbitos cercanos. Y hacer como María José, como David, como Felipe,
como Guillermo y Juan Carlos, como Eduardo y Francisco, como Pedro y
José María… que viven lo que sienten y no están dispuestos a ceder
ni lo más mínimo en lo que no es sino su vida y su futuro, que es su
presente. A toda voz, o desde el silencio de su vida cotidiana…
Porque hay muchas formas de ganar espacios de libertad entre
nosotros, subiendo a un estrado o hablando en público, o simplemente
siendo uno mismo donde se vive, sin más, acercándonos cada día más,
como decía Agrado, a lo que hemos soñado de nosotros mismos, y
porque, sobre todo, no merece la pena vivir sin respirar.
Por Pablo Garlito y José María Núñez Fotos Eduardo P. V.
Rubaudonadeu Coordinación Víctor Medina
* Hemos subido la
sección de mujer transexual rural a
primeros apartados. Agradc a Revista Zero
C.
A. 15-11-2004
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