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 <El Comentario de la Semana > Por Kim Pérez
                                                 "INTERSEX y PARAFILIA"

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Puede haber varias formas de llegar a la transexualidad. Voy a hablar de una aquí, que sería doble, intentando comprender la  fuerza de cada una de las dos causas.  

Se trataría de las personas que somos transexuales como expresión  de una intersexualidad cerebral más una parafilia.  

La intersexualidad cerebral, la importancia del “brain sex”, es algo que nos suele explicar muchas cosas y hasta diría que nos suele consolar en nuestras dificultades para aceptarnos. Hay que decirlo, en cambio es algo que les suele molestar a muchos de los teóricos de la homosexualidad y muchas de las teóricas del feminismo (aunque no a todos ni todas), que siguen los puntos de vista de Foucault y de la perspectiva de género, más políticos y culturales  que biologicistas.  

Ésta puede ser una de las diferencias mayores de la cultura trans con la cultura homosexual y feminista. Es decir, las personas trans solemos ser de buena gana biologicistas. Aunque aquí voy más lejos de lo que nos gusta o no. Voy a tratar de lo que es o lo que no es. De la verdad o no. No vamos a renunciar a las explicaciones que vayamos encontrando a nuestras vidas por las que prefieran darse otras personas, sobre todo si cabe pensar que éstas pueden deberse a modas o a vendavales políticos.  

Yo tengo la impresión de que en muchas personas trans hay una base biológica, un cerebro intersexual, aunque no está demostrado del todo. La historia de las pocas investigaciones que todavía se han hecho sobre este punto, está todavía llena de afirmaciones y negaciones, es decir, de dudas,  en cuanto a entender biológicamente la transexualidad. Pero el estudio va adelantando poco a poco.  

Hace ya trece años, en 1997, Zhou, Hofman, Gooren y Swaab hicieron una investigación sobre la BSTc, una importante estría del cerebro. Los resultados  apoyaron la idea de que seis personas transexuales  (muertas) tenían una BSTc más parecida a la de las mujeres que a la de los hombres. Pero eran sólo seis personas, una muestra insuficiente.  

La noticia nos resultó tan impactante, tan clave para nuestros sentimientos, que en Cataluña dio lugar al nacimiento de “BSTc”, la primera y muy seria revista de transexualidad en España.  

Kruijver,  Zhou, Pool, Hofman, Gooren y Swaab realizaron en 1999 (se publicó en 2000) una investigación más detallada acerca del número de neuronas del BSTc, sobre los mismos seis cerebros de transexuales, y resultó también que era el mismo que correspondía a las mujeres, en MaF, y a los hombres en FaM.  

En 2006, un estudio de Hulshoff, Cohen-Kettenis y otros echó un jarro de agua frís sobre estos primeros al afirmar que las masas de los cerebros transexuales se ven transformadas en sentido feminizante o masculinizante por el tratamento hormonal. Pero también ese año, se publicó el curioso estudio de Schneider, Pickel, y Stalla sobre las longitudes comparadas de los dedos anular e índice, como posible eco de diferencias hormonales (si esto se comprobara, los míos entrarían en los parámetros masculinos, creo, de modo que otro jarro de agua fría, por lo menos para mí)  

Pero otos estudios abonan la similaridad entre los cerebros transexuales y los de las personas del sexo de destino, como el de Berglund, Lindström, Dhejne-Helmy y Savic, referidos a la activación del hipotálamo ante olores de esteroides, el de Krause, sobre modelos de actividad cerebral de mujeres trans y mujeres biológicas (también de 2006)  

Hasta ahora, el más significativo es el de Harley y otros, en 2008, que estudiaron en 112 voluntarias trans feminizantes un gen relacionado con la acción de la testosterona, y encontraron diferencias con el mismo gen en varones, que podrían explicar una naturaleza hipoandrogénica e incluso la transexualidad. Los investigadores dejan abierta la posibilidad de que esa acción menor de la testosterona tenga un efecto sobre la formación de la persona en la edad prenatal.  

(Para quien quiera profundizar en estos estudios, no es difícil encontrar la relación de los que acabo de dar: está en Wikipedia, en “Etiology of transsexualism”)  

Mientras van llegando otras investigaciones, cada cual que rememore las experiencias que le hagan pensar que su cerebro es más o menos intersexual. La lista de las mías, que me sé de memoria, y que se puede naturalmente discutir, es:  1)  mi madre tomó estrógenos antes de mi embarazo ¿pudieron tener un efecto depot?; 2) durante mi embarazo sufrió un estrés de guerra, que se ha visto que puede ser desmasculinizador; 3) tuve en mi niñez y adolescencia grandes dificultades para adaptarme a mis compañeros y de hecho no me adapté; 4) carezco y he carecido de todo impulso de penetración; 5) los genitales masculinos no entraban en mi “imagen corporal”, un concepto psicológico que parece importante.  

El resultado de todo esto, como he dicho repetidamente aquí, es que las personas XY que podemos tener una intersexualidad cerebral, no somos muy masculinas, o incluso somos poco masculinas (estoy midiendo cuidadosamente las palabras)  

Es verdad que sólo esto no nos hace transexuales. Hay muchas personas XY poco masculinas que son simplemente hombres poco masculinos, pero que se arreglan bien, siendo hombres.  

En nuestro caso, el paso a través de la puerta se da cuando hay envuelta una cuestión de identidad, un entendimiento de lo que soy y lo que no soy, de lo que quiero ser y lo que no quiero ser.  

El binarismo de nuestra cultura aumenta la dureza de esta autocomprensión cuando no nos da más que dos opciones, la de hombre y la de mujer, obligándonos a veces a saltar de una a otra, tan drásticamente separadas, sin que nos hallemos bien en una ni otra, pero sin darnos el concepto de que se puede ser algo intermedio.  

Todo esto no pasa sin dolor. Pero aprovecho para decir a toda prisa que esto no es nada patológico. Puedo sentir mucho dolor por la pérdida o la ausencia de una persona querida, y esto no es patológico. La vida es dolorosa. Vivir duele, se sabe de siempre. Y alegra, pero duele. A nosotros nos duele nuestra condición, mientras no vemos una solución.  

Y aquí  puede llegar el papel de las parafilias. Una parafilia es una excitación sexual por algo que no es directamente sexual o erótico, como el fetichismo. Hay muchas personas transexuales que hemos tenido parafilias, que nos hemos excitado al imaginarnos que cambiamos de sexo. A mí me excitaba y me avergonzaba, porque veía claramente que no era una reacción femenina. Pero ahí estaba un motor auxiliar de mi transexualidad, como luego explicaré, no el de arranque, sino el que mantenía la velocidad e incluso la aceleraba.  

Ahí ha estado el Doctor Ray Blanchard, hablando de esto, acertando en parte y equivocándose en parte, y llamándolo “autoginefilia” (autós: sí mismo; giné: mujer; filía: amor; amor de sí mismo como mujer) y Anne Lawrence, transexual, teniendo el valor de asumir por sí misma esta definición, lo que permite hablar  y no callar de este tema que realmente nos avergüenza,  aunque sin motivo, pero equivocándose en lo mismo que Blanchard.  

El mismo clavo es el que martilleó hace muchos años Charlotte von Mahlsdorf, foto superior, al titular su libro “Yo soy mi propia mujer”. También se equivocaba, y también lanzaba barro sobre sus propios sentimientos, no comprendiéndolos.  

Pero los dos errores de todas estas personas están, primero, en no entender lo que es una parafilia, una excitación por cualquier causa que puede parecer rara, y segundo, en no darse cuenta de que más importante que la parafilia es la cuestión de identidad.  

Una parafilia (esto es una idea mía; y que venga un psicólogo y me diga que no; yo lo discutiré) es una solución simbólica a un problema real. Es efectiva, causa un gran placer,  porque es una solución; y es reiterativa, hay que repetir este pensamiento una y otra vez, porque es sólo simbólica, no es una solución real.  

Aparecen símbolos como manera de solucionar la angustia que va surgiendo; en mi caso, con ocho años, me inventé a solas toda una fantasía masoquista, en circunstancias en que me dominaba el miedo a un compañero. Eso es una parafilia, una solución simbólica (el placer de ser dominado), compensando un problema real (un miedo pavoroso), todavía sin excitación, pero la excitación podía haber llegado con la pubertad. Afortunadamente, cuando intenté poner en práctica la solución, todo resultó muy frustrante y me olvidé de ella.  

Cinco años después, con trece, ya en la pubertad, la idea de cambiar de sexo (de hombre a mujer, binaristamente) fue acompañada inmediatamente de esa excitación que a la vez me avergonzaba hasta el fondo de mi corazón. Era una parafilia, una solución simbólica a un problema real.  

La equivocación de Blanchard y Lawrence es que ponen la parafilia, la autoginefilia, como la causa de la transexualidad. No es la causa, no es el motor, aunque tiene mucha fuerza como motor auxiliar, es un efecto de un problema anterior, real, que está ahí, con parafilia o sin parafilia.  

Es un problema de identidad. Es, para personas cerebralmente intersexuales, no poder entenderse dentro de un sistema binario. Es la terrible angustia de decir: “¿Pero quién soy yo?”, y no poder responder, entenderse como una especie de ángel en las negruras del vacío.  

La prueba de esto, que yo he vivido, es  que, cuando consigues llegar a la solución real del problema real, la parafilia se volatiliza  y ya vives bien y sin excitación, lo que es un regalo secreto de la vida.  

La solución real puede ser vivir como trans, o quizá operarse, si tienes un problema de “imagen corporal”. Puede ser no seguir el  binarismo de género, dejar de dar bandazos de un lado del frontón al otro. Para una persona cerebralmente intersexual, puede ser aceptar que es intersexual. 

Kim Pérez 22-03-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 
   
 
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