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 <El Comentario de la Semana > Por Kim Pérez
                                                    "BOCA DEL DSM-V."

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Los avances indican que el futuro DSM-V, que se habrá terminado hacia 2013, seguirá incluyendo la transexualidad con el nombre de “Incongruencia de Género”.  

La razón que se da es que esta expresión alude a la “incongruencia” entre la identidad que se siente o expresa y lo que los otros esperan de la persona que la vive.  

Examinemos esta expresión.  

Primero. Incongruencia.  

Se entiende en principio algo que es interesante y que ha sido ya reconocido por otros comentaristas, como una amiga, en mensajes personales, o GenderKid, un trans argentino que se considera queer: no se habla ya de incongruencia de mí conmigo, sino de una incongruencia entre yo y la sociedad. Lo que yo siento o expreso (también un interesante matiz en la diferencia) y lo que los demás esperan de mí. Esto traslada el debate de lo psicológico a lo social: se trata de un combate entre yo y la sociedad, muchas veces justificadísimo, y no sólo en el caso de la transexualidad, y que expresa la grandeza del individuo humano, no sometido a las reglas sociales sino a su conciencia (tema inmortal de la “Antígona”, de Sófocles)  

Pero hay un posible escollo que salvar. Si esto es así, ¿por qué se patologiza esa incongruencia, que es en realidad admirable, hasta heroica? Sí, es verdad, para la persona militante de la defensa de sus sentimientos, lo que en el fondo somos, la lucha contra la sociedad entera es a menudo desmesurada, cansada, agotadora. Puede que a veces necesitemos apoyo médico, como puede necesitarlo una boxeadora con la cara ensangrentada en medio de su combate o un escalador casi congelado en su ascenso al Himalaya, pero la condición del escalador o la de la boxeadora no son patologizadas.  

De la dinámica del borrador del DSM-V se deduce algo parecido, pero que no es lo mismo, cuando se dice que, una vez hormonada y operada la persona  candidata, deja de sufrir la alteración o medio trastorno del que hablamos. Esto es parecido, porque desde entonces se nos considera normales. Pero no es lo mismo, porque queda la pregunta de si es que no lo éramos antes; que debe ser respondida antes de seguir; y si lo somos después, porque ahora, aunque a regañadientes, la sociedad puede ver una congruencia entre nuestro físico y nuestro psíquico. ¿Y si no queremos operarnos seremos incongruentes toda nuestra vida? ¿No será que en el fondo se está pensando en que es la sociedad la que lleva la razón, que son sus criterios de la masculinidad y la feminidad (dos) los que deben prevalecer a fin de cuentas? Más directamente:¿cómo se acomoda esta construcción mental de lo que es patológico y lo que no es patológico con la realidad fresca y limpia que estamos descubriendo del no-binarismo de género?  

Vale por tanto la idea de incongruencia entre mí y la sociedad entera; vale que pueda necesitar y agradecer apoyo médico y psicológico en tal combate, desigual y desproporcionado; pero no vale que se considere que es patológica esa incongruencia. Por eso no es aceptable el término, porque de por sí, “incongruencia”, “incoherencia”, expresa algo que no está bien, que no es lógico, y es probable que muchas personas le echen la culpa de esa falta de lógica antes a la persona aislada que la sufre que a la sociedad que la impone, sin tener en cuenta que esa persona habla de lo que sabe de sí misma, mientras que la sociedad habla de principios abstractos. Mucho más adecuado sería hablar de “resistencia”, por ejemplo, o “insumisión”, y entender que la atención psicológica o médica puede estar justificada por las magulladuras o heridas, a veces bien físicas, muchas veces mortales, en muchas sociedades, que se pueden recibir en el curso de esta lucha.  

Esa palabra, por otra parte, no es correcta, es casi ofensiva (“incongruente”, “incoherente”), y cuando una palabra no es correcta, al dejarla suelta por el mundo, puede llevar a consecuencias indeseadas. Hablar simplemente de incongruencia entre nuestra voluntad y la de la sociedad, como si fuera neutralmente, y no de resistencia o insumisión, expresiones mucho más positivas para nosotros, puede llevar a que los no especialistas por lo menos sigan pensando en una cosa diferente, que el DSM-V no quiere decir, pero que podría surgir en la opinión general, con asomos de condescendencia: que se trata de la incongruencia que antes se suponía entre mi mente y mi cuerpo, una mente de mujer (y punto) en un cuerpo de hombre (y punto), lo que correspondía a la antigua, bien intencionada, pero inexacta frase de “anima mulieris in corpore virile inclusa”, o encerrada.  

Yo digo en particular que mi cuerpo no es de hombre. Si mi cerebro, como me figuro, es ambiguo, mi cuerpo no es de hombre, porque una parte fundamental de él, el cerebro, no lo es. Y la hipótesis de una intersexualidad cerebral arruinaría toda idea de incongruencia en mi persona. Si es un cuerpo en parte femenino, o ambiguo, en la parte del cerebro, por ejemplo, el que se expresa así, no habría incongruencia, sino máxima congruencia, máxima coherencia, ajuste fino.  

Segundo. De género.  

La segunda parte de la expresión “incongruencia de género”, el “género”, es todavía más problemática. ¿Hablamos de género o de sexo? La voluntad de cambio es algunas veces de género, refiriéndose a la dimensión cultural o social del sexo, pero otras veces es de sexo, refiriéndose propiamente a las funciones biológicas.  

Sabemos que los psiquiatras y psicólogos son requeridos sobre todo para informar a endocrinólogos y cirujanos ante las peticiones de cambio de sexo, por la relevancia médica de estos procesos; los cambios de género se hacen en general con mucha mayor libertad frente a los requerimientos profesionales. Entonces, ¿por qué se habla aquí de género?  

Por otra parte, es cierto que el DSM-V, a diferencia del IV, va a reconocer el no-binarismo de género, va a dejar por fin atrás los criterios de masculinidad-feminidad (dos) que nos han humillado especialmente en los “tests de la vida real”. Pero quiero recordar aquí que nuestros análisis recientes muestran que el género, obligatorio, es una expresión de un código de género previo, con dimensiones penales, que responde históricamente a una voluntad de dominación (tan presente en el dogmatismo puritano de los códigos anglosajones como en el código Napoleón, tan influyente en los latinos)  

Cuando el código de género sea abolido, lo que pasará necesariamente pronto, las prescripciones legales remanentes de él serán igualmente abolidas. Muchos juristas, incluso conservadores, ven que en España, en particular, desaparecerá la mención del sexo en el estado civil, puesto que el sexo es una condición que, entre nosotros, ha perdido toda relevancia jurídica desde que se aprobó el matrimonio homosexual (la conserva en las leyes referentes al maltrato, pero en ellas deberá en el futuro entenderse como alusivas a la feminidad de hecho, no a una feminidad de derecho definida por la anatomía a primera vista)  

También desaparecerán hechos legales subsidiarios de ése, como la obligación de que el nombre “no induzca a  confusión hacia el sexo”, o la adscripción binarista y de principio de las personas a instituciones hospitalarias o penitenciarias.  

En ese contexto social, en que el sexo legal (el género obligatorio) habrá desaparecido, las conductas de género serán naturalmente libres, y no habrá expectativas previas y generalizadas acerca de la conducta de una persona basadas en lo que podamos observar a simple vista de su anatomía aparente. No habrá la llamada “incongruencia de género”, porque no habrá género (obligatorio, definidísimo)  

Sin embargo, no habrá una dispersión ni una confusión. Las personas tendemos a agruparnos por afinidades. Seguirá habiendo una mayoría de hombres masculinos, otra mayoría de mujeres femeninas, pero unos y otras serán conjuntos difusos, incluirán a trans / transexuales e intersex que preferirán unas vidas masculinas o femeninas; también habrá grandes minorías (en la actualidad, en Tokio, casi un 10%) de personas que preferirán una forma de vida  ambigua, o intersexual, o extrasexual. Nada de ello estará prescrito, nada de ello dará lugar a “incongruencias”, y tal como van las cosas de deprisa, el DSM-V tiene la posibilidad de quedarse anticuado antes de salir.  

No somos "incongruentes de género", no lo hemos sido nunca, no lo seremos jamás. Somos resistentes frente al código de género, somos fieles a nuestra propia manera de ser frente a las presiones sociales.  

Afirmamos nuestra autonomía. Somos independientes del género. 

Kim Pérez 15-03-2010  Comenta esta noticia ( indica en el titulo)

 
   
 
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