Creo que existen muchas maneras, o varias por
lo menos, de ser transexual.
Esta noche, soñando, he visto una, que debe de ser la
mía. Quiero decir que muchas veces, en la tranquilidad de la alcoba, en la
negrura de la soledad, se ve más claro que de día.
En el sueño, yo andaba entre otras dos personas
transexuales. Sabía que lo que hacíamos, tan fuerte, era una infracción,
una ruptura, una protesta.
¿Protesta por qué? Por haber venido a un mundo en que
una persona tiene que tener un sexo desde que nace hasta que muere. Un sexo
quiero decir una manera de que te miren y te consideren, acaso de que te
teman, una manera de acercarte a otras personas y que te quieran o te
rechacen, una forma de vivir, de ser clasificada, de suponer cosas de ti que a
lo mejor no tienen nada que ver con la realidad.
Un sexo quiere decir tener que usar un disfraz a la
fuerza, que todos supongan que sientes lo que no sientes, que no puedan ni
figurarse los sentimientos que brillan, deslumbran en ti, los que te conmueven
hasta llorar.
Todo el mundo ha pensado siempre que se puede cambiar
de patria, de religión, de profesión, pero ha creído que no se podía
cambiar ese sexo que se convierte en una trampa en la que caemos de por
vida.
También éramos libres las personas que íbamos
juntas, tan contentas, en el sueño. Aquí mezclo ahora las sensaciones
difusas del sueño con las realidades que he vivido. Me he sentido libre
cuando he podido decir a todo el mundo: Yo soy así. Me he sentido feliz. Quizás
me he sentido más libre, más fuerte y más feliz cuando he podido decir y
hacer ver a todos que soy transexual, una persona trans, una persona que
transita de un lugar a otro. Más libre todavía al decir "soy
trans" que al decir "soy mujer", aunque la condición de mujer
sea mi Utopía, mi sueño desgarrador, mi anhelo de perfección.
Tan heterodoxa, tan criticada, tan incomprendida, pero
yo, yo tal como soy, tan valiente, tan decidida, tan orgullosa y conmovida de
verme entre las mías (y los míos), tan emocionada al ver que no soy la única
y que también hay otras muchas personas que nos miran con admiración y
simpatía, que nos dicen a veces ¡ánimo! y ¡adelante!, seguramente porque
ven en nosotras (y en nosotros) un ejemplo de la libertad, la dignidad y la
audacia que todo ser humano necesita.