( La foto que ilustra la carta no es cosa mía es cosa del obispado, mi mala uva no llega tan lejos )

EL ESCÁNDALO DE UN SACERDOTE HOMOSEXUAL

 

Queridos todos en el Señor:

Precisamente la víspera del día de la Vida Consagrada, aparece en los medios de comunicación la noticia de un sacerdote que, sin pudor, se declara homosexual no sólo en su inclinación sino en la práctica de la homosexualidad. No es cuestión del escándalo del milenio sino el de un sacerdote que o está enfermo o no ha sido fiel a su vocación.

No sé si es casual que vayan apareciendo, como gota a gota, noticias referentes a aspectos negativos de la vida de la Iglesia, con la particularidad de que este caso se ha aprovechado para lanzar acusaciones calumniosos a algunos obispos sin citar sus nombres. No es de recibo.

Las manifestaciones de este sacerdote son impresentables. Una cosa es tener tendencia homosexual y otra, justificar la práctica homosexual viéndola como cosa normal. Según la moral de la Iglesia, los heterosexuales tampoco pueden considerar normal la práctica del sexo fuera del matrimonio.

Al comentaros esta noticia, lo primero que se me ocurre deciros de entrada es que me ha dado pena este sacerdote, al mismo tiempo me siento orgulloso de pertenecer a la Iglesia, a ésta -que no hay otra- a la que pertenecen tantos hermanos que día a día van desgranando sus vidas ofrecidas incondicionalmente al Señor en pueblos sencillos, atendiendo a ancianos, pobres, enfermos, yendo a misiones e, incluso con títulos universitarios, viviendo en la selva y todo a cambio de nada, todo por el Señor. Ahí están con luchas, con debilidades, con necesidad de pedirle constantemente perdón al Señor y a los hermanos, pero firmes en su propósito de entrega gratuita y generosa.

Me siento orgulloso de pertenecer a la Iglesia de Jesús a la que pertenecieron Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Carlos de Foucauld, Maximiliano Kolbe, Teresa de Calcuta... y tanta gente sencilla que vivió con sencillez y exigencia su fe en Jesús, el Señor.

Por eso, en este día de la vida consagrada, le doy gracias a Dios por este don concedido a su Iglesia ya que con la ayuda de su gracia ha hecho posible esa realidad, reconocida o no en nuestro tiempo, de cantidad de sacerdotes y consagrados que le están ofreciendo lo mejor de sí mismos, desde su juventud hasta la edad adulta de manera gratuita en la oración y en la caridad.

Y además de estar orgulloso de pertenecer a la Iglesia, no me avergüenzo de mis hermanos, por muchos defectos que tengan, ni de este hermano homosexual, aunque es claro que ni justifico su proceder ni sus manifestaciones. Y pido por él al Señor y sufro con su obispo y con sus hermanos sacerdotes y con los fieles de la parroquia donde actuaba. De lo que me avergüenzo es de mis pecados ante mi Padre Dios que tanto me ha mimado. Y le pido que tenga misericordia de mí, de este hermano y de todos nosotros.

Incluso en situaciones como ésta, hemos de saber escuchar una llamada del Señor, y hemos de hacerlo con mucha humildad y con mucha confianza en el Señor.

Nadie debemos sentirnos libres de pecado, de este tipo o de otro -qué más da-. De lo contrario, podríamos ser como aquellos que acusaban a la adúltera a quienes dijo Jesús: "Aquél de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". Y cuando se retiraron todos empezando por los más viejos, Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más." (Jn. 8, 7-11).

De éste, como de otros hechos negativos, deberíamos todos sacar algo positivo. En primer lugar, que no nos debemos apoyar en nadie mas que en Dios, no en ninguna persona humana. Sólo en Dios. También nos debiera servir para pensar si la manera con que enjuiciamos los defectos de los hermanos es la correcta. No es que no hayamos de reconocer los defectos que tiene cualquiera, pero se pueden mirar como los mira un padre en su hijo, o como los mira quien parece que tiene un especial placer en poder criticar a cualquier miembro de la Iglesia y cuanto más elevado, mejor. Desgraciadamente hay de todo.

El hecho de reconocer el fallo y el pecado de este sacerdote no me impide seguir amándolo. Como dijo Jesús, "No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores". (Lc. 5, 31-32).

Que el Señor nos ayude a todos a comprender, lo cual no equivale a justificar, y que nos mantenga fieles en su servicio.

Mondoñedo, 2 de Febrero de 2002

+ José Gea, Obispo de Mondoñedo-Ferrol


 

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