Desde siempre tal vez el hombre asumió correctamente que poner en prisión a una persona serviría de castigo. Poner a buen recaudo el cuerpo serviría el propósito de encarcelar la mente, de impedir acciones perniciosas para el bienestar publico o tal vez para conservar privilegios políticos en el caso de encarcelar opositores. La cárcel ha sido siempre el sitio donde los humanos ponen de manifiesto sus mas bajos instintos;  haber estado en la cárcel, además de haber sido desestabilizador castigo se juzga como un antecedente negativo pues se asume el grado de corrupción deshumanizante a que se ha estado expuesto y la sociedad esta persuadida de que quien lo ha estado no es recuperable.

Si la cárcel del cuerpo es devastadora experiencia, tal nombre podría dársele a la cárcel social de la mente dentro del cuerpo, la transexualidad es la prisión sufrida cada segundo en todas partes, al aire libre, en medio de la turba o de las multitudes, es la cárcel ignorada, es la prisión doble, la que es juzgada entonces  por los apólogos de la libertad en nombre de la pureza, la religión, las buenas costumbres y quien sabe que mas para tomarse entonces la dudosa libertad de ignorarnos y/o vilipendiarnos, estamos entre las minorías menos visibles y servimos -cuando la sociedad se digna otorgarnos el privilegio de servir- como espectáculo de feria, servimos para alimentar conversaciones a media luz, atizamos la polémica en las tertulias intelectuales de vanguardia, somos literalmente carne de presidio, vitualla de lujo envuelta en el misterio, estamos entre los seres mas vituperados, mas despreciados, mas tristes y , por que no? Muchos/as de nosotros/as estamos entre los/as mas valientes. Coraje se necesita para desafiar el orden impuesto por siglos, coraje para permitirnos sonar con la libertad final solo susceptible de ser obtenida al indiscriminadamente alto costo de la perdida del amor de quienes debían ser nuestros queridos seres, libertad comprable solo por quienes tienen el dinero para hacerlo, libertad a medias para quienes no logran adaptar su cuerpo, a pesar de sus esfuerzos, a las rígidas expectativas sociales. Somos un almacén de tristezas sin fin, somos  una interrogante interminable que nos martilla el corazón cada segundo 'por que a mi?' ,'existe Dios?', 'cual será el final?' 'hay un final?'. Nos morimos día a día, estas muertes cotidianas no permiten que emerja de nosotros el ser 'normal', el que una vez ajustado a la injusta norma-prisión deja de ser el cadáver social que nadie es capaz de ver aunque lo tenga al lado. El mundo se nos antoja con frecuencia país de sombras sin fin, como anuncia San Pablo vemos como por espejos y es el espejo nuestro mas cruel enemigo.

Estas son solo algunas reflexiones en alta voz porque esta el cielo gris y en mi corazón no caben ya mas alegrías desde que mis tristezas me ataron la esperanza. Pero será por poco tiempo, mis muertes cotidianas me dan el privilegio del renacer cotidiano a la esperanza.

Lucia Mirandes  mailto:lucia243@yahoo.com

 

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