P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 9º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

Ediciones anteriores.      

( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

XXVII

 

Nuevas y mejores experiencias van llegando a mi vida. ¿Cuántas veces vi películas de amor en donde dos jóvenes flotaban sobre la playa, enamorados, ilusionados con un nuevo amor? Ahora soy yo el joven que camina sobre las nubes pensando en su amada.

Para cualquier joven de mi edad la experiencia sería más que maravillosa, ese cosquilleo en el estómago y la ilusión de saber que alguien piensa en mí, que hay una mujer que antes de dormir hace una plegaria por nuestro amor. Pero en mi caso la felicidad es aún mayor. Me doy cuenta que me fascinan las mujeres, que me hacen vibrar, emocionarme, soñar. No soy, entonces, el maricón que alguna vez creí ser cuando me ponía las medias de mi mamá. Eso se acabó, estoy curado. Ya no me interesa ponerme un vestido ni unos tacones altos, nada de eso; lo único que me importa es ver a mi amada y darle un beso. Eso también me excita, eso también me provoca toques eléctricos entre las piernas, pero desde mi condición masculina.

Sigo yendo al gimnasio y parece que mis brazos y mi espalda han crecido. La barba, cuidadosa, sigue brotando y me da un aspecto rudo, viril. Nadie pensaría que hace apenas unos meses, en el viejo departamento de Mixcoac, hurgaba ansioso en los cajones de mi madre.

Me felicito de no haber encontrado a Sonia. No hubo necesidad de confiarle mi secreto. Me hubiera dicho lo que ahora ya sé, consíguete una novia. Yasmín es mi mejor medicina, mi remedio, mi ilusión. Me encanta.

Ya llevamos tres semanas de novios y la veo prácticamente todos los días. Hoy me ha pedido que la acompañe al súper, tiene que comprar unas cosas para su mamá y quiere que le ayude a escoger una falda para ella.

La acompaño con mucho gusto. Conforme vamos poniendo la mercancía en el carrito imagino que somos marido y mujer que hacemos las compras de la semana. Yo sé que no me voy a casar con ella –somos tan jóvenes- pero ciertamente me agrada la idea de pensarme casado, me veo en el súper con mi esposa, luego vendrán los hijos, les enseñaré a jugar fútbol, a treparse a los árboles, a cruzar los ríos sobre las piedras. La vida es hermosa.

Hemos agotado la lista de cosas que le encargó su mamá. Me pide, entonces, que la acompañe al departamento de Damas para buscar su falda- -Te prometo que no me tardo, mi cielo –me dice con ternura. Y qué me importa si se tarda o no, lo único que quiero es estar con ella, escucharla platicar de sus cosas, tomarla de la mano, besarla de repente...

Llegamos al lugar de las faldas. Con gran minuciosidad mira cada una de ellas, las despliega, las vuelve a poner en su lugar, y repite la operación con las demás.

Toma una falda roja de cuadritos, corta, se la pone por encima y me pregunta -¿Cómo se me ve? –Muy bien, mi amor, se te ve linda.

Entonces hace algo inesperado. Despliega la misma falda sobre mi cuerpo, como si me la pusiera y me dice, divertida: -¿Y a ti cómo se te vería?

Río nerviosamente. –Te ves bonita –dice ella y ríe de buena gana. Finalmente pone la falda en el carrito y nos vamos a su casa. Yo no digo nada.

Parece increíble que un detalle tan tonto y tan insignificante pueda moverme tanto el tapete. Cuando Yasmín me puso la falda encima de los pantalones volví a tener una excitación, me gustó. Y no sólo eso, por la noche estuve piense y piense, y mis pensamientos iban desde las fantasías que quería evitar a toda costa, hasta un terrible sentimiento de derrota. No estoy curado, de ninguna manera.

Imagino que luego de que Yasmín me pone la falda y me dice, “te ves bonita”, yo le digo que puede hacer conmigo lo que quiera. Entonces me lleva a su casa y me da su ropa para que me la ponga, todo ello por supuesto dentro de un divertido juego. Y entonces jugamos a que somos dos buenas amigas, jugamos incluso a que somos un par de lesbianas que nos besamos... por más esfuerzos que hago no puedo rechazar esos pensamientos. No quiero pensar en eso. Prefiero seguir pensando en lo que pensaba todavía hoy por la tarde, en que yo era el esposo fuerte y varonil de Yasmín y salíamos a pasear con nuestros hijos. Se confunden mis pensamientos, las imágenes van del hombre fuerte que se trepa a los árboles con sus hijos, a la persona que se somete dócil a los juegos de la novia, y se deja pintar los labios y poner faldas.

No puedo dormir, es horrible lo que me está pasando. Qué débil soy, bastó una inocente broma de mi novia para que de nuevo brotaran mis joterías. ¿Dónde está ese hombre fuerte? ¿de qué han servido el gimnasio y la barba? Es inútil, no tengo remedio. 

XXVIII 

 

La novia de mi hermano nos invita a un grupo juvenil. Tiene que ver algo con la Iglesia, se trata de recolectar ropa entre los vecinos y llevarla a algún pueblito del Estado de México. Parece interesante.

Hombres y mujeres jóvenes nos vamos una semana a un poblado cercano a Villa del Carbón. Haremos labor social, prepararemos a los niños para su primera comunión y entregaremos la ropa.

El asunto no tendría nada de particular de no ser por un detalle que sucede al tercer día.

Estamos en el dormitorio de los hombres arreglando la ropa que vamos a regalar, la separamos por edades, por sexo, por prendas.

De pronto, por detrás de una puerta aparece una pierna enfundada en una media haciendo movimientos sugerentes; detrás de la puerta se escucha a alguien que tararea una melodía marcadamente erótica. Todos se ríen y Alfredo –uno de los compañeros del grupo- sale riéndose con las medias puestas debajo de un short.

De nuevo me pongo a pensar muchas cosas. A mí me hubiera encantado hacer eso, ponerme esas medias delante de todos, pero no lo habría hecho por nada del mundo. Mi miedo, mi permanente y constante miedo, era que se burlarían de mí y que quedaría marcado de por vida. Alfredo, sin embargo, lo hizo, y nadie se burló, al contrario, le festejaron la ocurrencia, si acaso se habrá escuchado por ahí un “qué buena estás mamacita”, pero en tono completamente jocoso, sin ánimo de burla.

¿Por qué pasan estas cosas? ¿qué fue lo que llevó a Alfredo a ponerse esas medias delante de todos? ¿por qué él sí se atreve y yo no? ¿por qué a los demás les parece divertido? Y yo que pensé que ya había superado todas estas cosas.

A mis casi 17años sigo tan confundido, o más, que a los 10. No es cierto que esos gustos se me quitaran con la edad. ¿A los 60 años me seguirá gustando ponerme medias? ¿seguirán existiendo las medias?

¿Y qué hay con Alfredo? ¿le gusta ponerse las medias o sólo lo hace por diversión? ¿no tiene miedo que se burlen de él?

Es de noche. Todos duermen y a un lado del dormitorio está un cuartito en donde guardamos la ropa que vamos a regalar. Ya está separada; hay medias, faldas, brasieres... qué ganas de ir y ponérmela. ¿Y si me pongo toda esa ropa y, como Alfredo, salgo a mostrarme delante de todos para que suelten la carcajada? ¿les parecería divertido? ¿de verdad creerían que lo hago por diversión o sospecharían que me gusta?

Desde luego que no me atrevo, ni a escondidas ni delante de todos. Pero me gustaría.

Y de inmediato pienso en Yasmín, ¿qué haría si supiera que estoy deseando ponerme unas medias y un brasier? Seguramente se decepcionaría de mí. Soy un fracaso. Le estoy fallando a mi novia, no soy el hombre que ella cree. La barba y los hombros anchos son sólo una ilusión. 

XXIX

 

Los siguientes años de mi vida transcurrieron de manera muy parecida. Promesas de no volverme a travestir que no se cumplen, la ilusión de nuevas novias que me hacen olvidar por lo pronto el asunto pero que al cabo de un tiempo, con cualquier pretexto, renacen con mayor fuerza.

Mi noviazgo con Yasmín se terminó a los dos meses; nunca más volvió a hacer bromas como la de la falda en el súper y jamás se enteró de mis gustos por las prendas femeninas. Terminamos como cualquier pareja de novios de 16 años, por cualquier cosa.

Tuve otra novia con la que duré seis meses, hubo mayor confianza y aunque nunca llegamos a la cama –no por falta de deseo sino por mi educación religiosa- sí hubo mayores caricias.

En cierta ocasión, como muchas parejas de esas edad, aguardábamos en el auto en una calle solitaria. Nos besamos, nos acariciamos, la pasión estaba al máximo. Mi mano derecha acarició su rodilla izquierda, por debajo de la falda jugaban mis dedos, subiendo cada vez más. Ella seguía besándome y no parecía que le incomodaran mis caricias, al contrario. Mi mano siguió subiendo y se topó con una tira elástica... el liguero que sostenías sus medias. Mi excitación era mayúscula, pero lo que recuerdo con mayor nitidez es que en ese momento, además del deseo de querer estar con ella en la cama, era el de ponerme ese liguero.

Otra vez, a sentirme un gusano, un ser despreciable que no merecía el amor de ninguna mujer, y que en el momento de mayor pasión salía con una más de sus joterías.

Episodios de esa naturaleza acompañaron mi vida en los años siguientes. Entré a la universidad, tuve otras novias y siempre era lo mismo.

Una de mis parejas, a quien recuerdo con un enorme cariño, era muy bella, tenía el cutis suave y terso, y unos ojos preciosos. Sin embargo era más alta que yo y no era nada femenina para vestir. Muy rara vez se ponía una falda o un vestido y prácticamente no se maquillaba.

Recuerdo que en cierta ocasión fuimos a una fiesta muy elegante, seguramente una boda o algo así. Yo, por supuesto, me llevé un aburrido traje gris. Y cuando pasé por ella imaginé que saldría con un vestido largo, zapatillas de tacón alto y cosas por el estilo. Pero no, llevaba un traje gris, también, muy parecido al mío, de saco y pantalón. Sin corbata, desde luego, pero que no irradiaba nada de feminidad. Fue entonces que tuve otra de mis fantasías; que ella fuera con ese traje y con una corbata, y yo con el vestido largo que imaginé, las zapatillas de tacón alto y perfectamente bien puesto el maquillaje.

Claro que nunca platiqué con ella de mis fantasías, pero confieso que me hubiera gustado hacerlo y, no sé, por como veía que se arreglaba, quizá le hubiera divertido cambiar los papeles. 

XXX

 

Salí de la universidad, conseguí un buen empleo y antes de cumplir los 24 años ya estaba casado.

Me uní con una chica que conocí en la escuela. No era fea, más bien era agradable y me encantaba que le gustara la filosofía y la literatura, pasábamos horas platicando de cualquier cosa.

Fue una relación complicada, terminamos y volvimos más de una vez; en el inter, ella tenía otros novios y yo otras novias, pero al final regresábamos. Hasta que decidimos casarnos.

Yo nunca le había dicho nada de mis gustos por la ropa de mujer. Si acaso alguna vez, en el auto y en medio de un embotellamiento. Más para tranquilizar mi conciencia que por otra cosa, le dije: -¿Sabes una cosa?, no sé por qué, pero a veces me ha gustado ponerme ropa de mujer

-¿Ah, sí? –fue su único comentario.

No volvimos a hablar del asunto.

De cualquier forma, yo estaba convencido que el matrimonio sería mi cura definitiva. Mi razonamiento era el siguiente. Cuando me pongo ropa de mujer me excito y termino con una autocomplacencia erótica –masturbación, para decirlo en... ¿cristiano?- Bueno, el caso es que una vez casado, y con una vida sexual activa, ya no necesitaré masturbarme y, en consecuencia, tampoco necesitaré vestirme como una mujer. Elemental, mi querido Watson.

Nos casamos, nos fuimos a la Luna de Miel, la disfrutamos muchísimo y, en efecto, tuvimos una vida sexual muy activa y muy placentera. Fuimos muy felices... durante un tiempo.

A los pocos meses, mi trabajo en una revista me obligaba a salir de la ciudad con cierta frecuencia. Mi primera salida fue a Guadalajara donde estuve unos tres o cuatro días.

Al segundo día pasé por una tienda de lencería y me quedé viendo la ropa que tenían en el aparador. Era hermosa en verdad, pero muy cara. Y el establecimiento también era muy elegante. Descarté la idea de comprarme alguna prenda en ese lugar, pero se me ocurrió que no sería mala idea, dado que estaba solo en un cuarto de hotel, tratar de conseguir algunas cosas.

Por la tarde me fui al mercado de San Juan –creo que así se llama- y me puse a dar vueltas por donde estaba la ropa interior de mujer.

Quería comprarme unas pantaletas pero no me atrevía, sentía que todo el mundo se me quedaría mirando y que me descubrirían. En mi mente me inventé una historia, que iba con mi esposa en el auto y de pronto ella se sintió mal del estómago y tuvo un accidente, entonces necesitaba cambiarse de ropa interior pero no podía salir del coche; me pedía que yo le comprara sus cosas.

Así, con esa historia en la cabeza y casi queriendo gritarla a los cuatro vientos, me dirigí a uno de los puestos. –Buenas tardes señorita –dije nerviosamente- mi esposa tuvo un accidente –aclaré- y necesito unas pantaletas.

-Claro que sí, señor –respondió solícita- ¿de qué talla?

-Este –no había pensado en ese detalle- una talla grande, señorita.

-¿De qué color?

-Este –otro detalle no considerado- rojas están bien.

La mujer guardó la prenda en una bolsa de plástico transparente, la pagué, me la entregó y me fui. Nadie me preguntó nada. Yo, sin embargo, trataba de ocultar el paquetito, que nadie supiera que llevaba unas pantaletas.

Con un poco de mayor confianza, en otro puesto compré unas medias. –Deme una talla grande y de cualquier color –dije, para evitar problemas.

En el cuarto de hotel estaba nervioso; era la primera vez que me pondría unas prendas nuevas, compradas expresamente para mí. Claro que eran de lo más baratas, pues bien sabía que antes de volver al Distrito Federal tendría que deshacerme de ellas, pero al fin y al cabo eran mías. Además, me podría vestir sin el temor de que alguien llegara a descubrirme. Incluso podría dormir con ellas. Qué maravilla.

Al sacar las medias me di cuenta que no tenían elástico en la parte superior. No se me ocurrió pensar en eso y no compré liguero. Qué contratiempo, el mercado está lejos y seguramente ya habrán cerrado. No importa, salí a la calle en busca de algo que me pudiera servir.

A dos cuadras del hotel estaba un establecimiento de lencería. Nada que ver con la ropa sexi que habia visto en la tienda elegante por la mañana. Todo lo contrario, era un lugar viejo, con ropa horrible, como para señoras gordas. De cualquier manera entré y sin dar mayores explicaciones pedí unas ligas para medias –los ligueros estaban muy caros y eran espantosos-. Una señora, tan vieja como el propio establecimiento y más malencarada que un árbitro de futbol me dijo, indignada: -Discúlpeme, señor, pero aquí no vendemos cosas para gente como ustedes, este es un establecimiento de ropa para dama.

Salí corriendo de ahí. Ni por aquí me pasó explicarle a la santa señora que no eran para mí, que eran para mi esposa. Mucho menos pensé decirle que qué le importaba quién usara esas prendas, que bastaba con pagarlas y punto, y que su obligación, de acuerdo a la flamante Ley de Protección al Consumidor, era vender sin hacer distingos de ninguna especie.

Pero no, nada de eso se me ocurrió. Salí despavorido pensando que se habían dado cuenta que yo era un maricón. “No vendemos cosas para gente como ustedes”. ¿Y quiénes eran la gente como nosotros? claro, los maricones, ya se habían dado cuenta. Di gracias a Dios de estar en una ciudad extraña, donde nadie me conocía y a la que no volvería en mucho tiempo.

No recuerdo cómo resolví el asunto de las ligas, creo que finalmente compré unas ligas delgaditas en una papelería, o algo así. El caso es que, efectivamente, dormí con medias y pantaletas, tanto esa noche como la siguiente.

Y otra vez los sentimientos encontrados. Por una parte, el goce de poder sentir esas prendas sobre mi piel; pero, por otro, el sentirme humillado, el saberme descubierto por la empleada de una lencería y el saber que de nada había servido el casarme, de ninguna manera me había traído el remedio a mis males. Si mi esposa se enterara... qué horribles pensamientos cruzaban por mi mente.

Todavía hubo otro detalle más que vino a complicar las cosas. Al día siguiente, al dejar el hotel, el gerente me llamó y me dijo que me cobrarían un poco más, pues había metido a otra persona a mi cuarto.

-¿Cómo? –pregunté verdaderamente sorprendido.

-Sí, señor –me explicó- la camarera vio ropa de mujer en su cuarto. Usted metió a una mujer, por eso le cobraremos la tarifa correspondiente.

Claro, al hacer la limpieza la camarera vio las medias y las pantaletas, eso era evidente. ¿Qué hacer? ¿decir que yo me las puse y que no entró ninguna mujer a mi cuarto? No, creo que prefería pagar la tarifa más alta antes que aceptar mi travestismo. Se me ocurrió, sin embargo, una salida más oportuna.

-Sí señor –repuse a mi vez con toda calma- es posible que haya encontrado ropa de mujer en el cuarto. Lo que pasa es que mi esposa y yo hicimos un viaje hace poco y algo de su ropa se quedó en las maletas; cuando saqué mis cosas, salieron las de ella.

El tipo no quedó muy convencido y me pidió un momento para que fueran a revisar el cuarto. Seguramente buscaban encontrar condones en el cesto de la basura, o pañuelos faciales con restos de maquillaje o qué sé yo. A los pocos minutos bajó el empleado, le cuchicheó algo al gerente –seguramente le dijo que  no encontraron ninguna evidencia- y me cobraron la tarifa sencilla.

Después de todo fue divertido. Tanto, que a mi regreso me hubiera gustado comentar ese incidente con mi esposa, o por lo menos con los amigos, pero imposible; de eso no se podía hablar. Tenía que seguir tragándome yo solo todo lo que de bueno o malo tuviera esa parte de mi vida. Lo más oscuro, lo más vergonzoso, lo más humillante.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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