P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 8º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

Ediciones anteriores.      

( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

XXIII 

Mi vida se debate entre dos extremos. Por un lado, la fascinación que viví al salir a la calle con vestido y maquillaje, las muchas veces que me dijeron “señorita”, el trato amable de los demás; hasta el silbido de los sujetos del Volkswagen me hizo sentir bien. Y por el otro, lo que había visto en el periódico amarillista, el escarnio que la sociedad hace de quienes osan romper las reglas, la burla y el desprecio que mis amigos manifestaron aquel día hacia los ‘jotitos’, como ellos mismos dicen. Y no sólo es la burla, es también el riesgo; riesgo de sufrir agresiones, de pasar una o más noches en la cárcel -¿de veras los violarán?- y de vivir el resto de mis días bajo la burla y la humillación.

Qué grave debe ser todo esto para que el castigo resulte tan severo y para que la gente sea tan cruel. Me doy cuenta, entonces, que valgo muy poco como ser humano. Ni siquiera soy capaz de refrenar mis impulsos y a la primera oportunidad ahí estoy vistiéndome de vieja, convertido en un “jotito”, en un “pinche puto” que merece la cárcel.

¡Oh, Dios! qué sentimientos tan encontrados, cuántas dudas, cuánta confusión. Ni pensar en hablar con mis padres, mucho menos con mis amigos, ni siquiera con mi primo. Sonia... sí, quizá la brasileña me pueda aclarar algunas cosas; al menos tendré con quién desahogar todo lo que siento y hablar de lo que por tanto tiempo he debido callar. No hace falta que le presente a “mi novia”; así, tal cual me presentaré y le contaré mi historia. Tendré que confiar en ella. 

XXIV

 

Hace días que no veo a Sonia, la vecina brasileña. No quiero irla a buscar, prefiero esperar a encontrarme con ella en las escaleras y en ese momento decirle que me gustaría platicar con ella.

Lo que son las cosas; cuando no quería verla, a cada rato me topaba con ella, más de una vez tuve que desandar mis pasos para no enfrentarla. Y ahora que lo que quiero es justamente encontrarme con ella, ya no la he visto.

Confieso que me da mucha pena hablar con ella. Tengo una leve sospecha de que se dio cuenta de mi gusto por la ropa de mujer cuando me escuchó caminar con tacones altos el domingo que fue a buscar a mi madre; pero no tengo la completa seguridad. ¿Y si en verdad piensa que era una mujer la que estaba ahí conmigo? Qué paradoja, de pensar que soy un conquistador que a mis 15 años puedo llevar a una mujer a mi casa, se dará cuenta de todo lo contrario, que no soy más que un maricón que a escondidas se pone la ropa de su mamá.

Una cosa, sin embargo, me queda muy clara. Sea cual fuere lo que ella pensó aquella vez, tuvo la delicadeza de no decirle nada a mis padres. En este momento eso es lo más importante para mí, que ellos no se enteren. Y, desde luego, que pueda decirme porqué soy así, porqué si soy hombre y me gustan las mujeres, es que me siento tan bien con la ropa de mujer.

Creo que tendré que vencer la vergüenza y tocar el timbre de su departamento; está visto que no me toparé con ella en las escaleras.

Es curioso, muchas veces mi madre me pidió que le llevara dinero a Sonia, o que pasara a recoger algunas de sus cremas; obviamente en esas ocasiones tuve que tocar el timbre, me vieron los vecinos y no pasó nada, ni temores ni pena ni nada. Pero ahora, que de nuevo toco el timbre de la brasileña, me asomo a todos lados para asegurarme que nadie me vea, como si supieran que vengo a decirle que me encanta ponerme vestidos, medias y zapatos de tacón alto.

De nada ha valido sobreponerme a mis temores. Parece que Sonia no está, ni siquiera la muchacha que hace la limpieza me ha abierto. Tendré que seguir esperando.

Días después, mientras hago la tarea en la mesa del comedor, mi madre platica en la sala con una de sus amigas. En algún momento la amiga comenta lo limpio que se le ve el cutis a mi madre. Ella habla de las maravillas de sus cremas que le traen quién sabe de dónde.

-Pero han de ser muy caras, ¿no? -preguntó la amiga.

-Ni te creas, no tanto. No más que las que venden en las tiendas, pero estas son más finas. Lo malo es que no sé que voy a hacer ahora que se me acaben las que acabo de comprar.

-¿Por qué?, ¿ya no las venden?

-No, lo que pasa es que me las traía una vecina, pero hace como 15 días se fue del edificio. Ella es brasileña y creo que se regresó a Brasil, y a mí nunca se me ocurrió preguntarle dónde le surtían esas cremas.

En ese momento me olvidé por completo de mi tarea y traté de escuchar con mayor atención la conversación de mi madre. No volvieron a hablar de la brasileña, pero quedó muy claro que ya no vive en el edificio. Con razón no la había visto. Ahora seguramente se encuentra en un departamento de Río de Janeiro, Sao Paulo o qué se yo. Lo cierto es que ya no le traerá cremas a mi madre, ni tenderá su ropa en la azotea ni, mucho menos, podrá explicarme qué demonios está pasando con mi vida. Qué lejos está Brasil. 

XXV

 

Me siento en el total desamparo. Primero se fueron Ricardo y Olga, ahora Sonia. Estoy tan solo en el edificio.

Escucho en la tele la final del Festival de San Remo, en Italia. “Ya mis amigos se fueron casi todos, los otros partirán después que yo... qué será, qué será, que será...”

No sé qué será de mi vida. Creo que mi destino es tener que seguir fingiendo. No confío en nadie.

Meses después de la partida de Sonia, nosotros también dejamos el edificio de Mixcoac. Mi padre consiguió un crédito y nos fuimos a Ciudad Satélite, fraccionamiento al norte de la ciudad donde las familias abrigan la esperanza de una vida mejor. Ya no el estrecho departamento con ruidos por arriba, por abajo por cada uno de los costados, ya no tirar el dinero en las rentas de cada mes. El sueño de la casa propia, de la vida mejor, del futuro promisorio.

No me desagrada la idea. De hecho no tengo nada que me arraigue a este viejo edificio, de no ser los recuerdos que para un muchacho que acaba de cumplir los 16 años caben en el bolsillo de los pantalones vaqueros.

Con cuánta ilusión empacaron mis padres, ilusión que muy pronto me contagiaron, aun sin proponérselo.

Mi hermano es el más entusiasmado. Conoció a una chica que vive por aquellos rumbos y ahora estará más cerca de ella.

La casa es hermosa, amplia, moderna, con un pequeño jardín donde no podremos tener un perro –mi madre los odia- pero al menos tendremos dónde tomar el sol si nos place.

No tenemos ni un mes en la nueva casa y mi hermano ya se hizo novio de su amiga, la ve todos los días. Ella es bonita y él está muy contento.

Una novia, no había pensado en eso. Creo que debo empezar a contemplar esas posibilidades. Bien dice mi padre que el cambio de casa ha de traducirse en un mejor porvenir para toda la familia. Me propongo, entonces, respetar el nuevo hogar como un santuario y nunca más cometer esas mariconerías que irremediablemente tendrán que quedarse en el viejo departamento de Mixcoac.

Con ánimo renovado me doy cuenta que ya no soy un niño y que debo disfrutar la juventud que comienza. Sí, tendré novias, me dejaré crecer la barba, haré ejercicio, seré un hombre. Se acabaron las dudas, los temores, las culpas; nunca más haré nada que vaya en contra de mi virilidad. Estoy feliz. 

XXVI

 

Todo marcha sobre ruedas. La novia de mi hermano me presentó a una vecina suya. Se llama Yasmín. Me agrada y creo que no le soy del todo indiferente. Dice que le gusta cómo se me ve la barba.

Mis padres se inscriben en un club deportivo, procuro ir una o dos veces por semana para nadar y hacer pesas. Estoy decidido a ser un hombre fuerte, viril, que nadie pueda poner en duda mi masculinidad.

Semanas después, lleno de nervios, le pido a Yasmín que sea mi novia. Ella acepta y nos damos un beso en la mejilla. Me siento tan bien.

Han quedado atrás los días difíciles. Creo que Sonia tenía razón, era cuestión de la edad. Pero he crecido y me he convertido en un joven de buen ver que en poco tiempo, si sigo nadando y haciendo pesas, tendré un cuerpo que impondrá respeto.

Mi hermano y su novia organizan un día de campo a donde acude la numerosa familia de ella. Nos invitan a Yasmín y a mí, Acudimos encantados.

El lugar es precioso, un bosque de coníferas del estado de México. Luego de comer, Yasmín y yo decidimos caminar un poco por entre los árboles. Hay un frío que lejos de molestar agrada, un frío húmedo, brumoso. Nos sentamos sobre una roca, lejos de los demás invitados, La tomo de la mano, nos miramos... veo en sus ojos una enorme ilusión, yo debo mirarla igual. No hablamos. Lentamente acerco mi rostro al de ella. Yasmín no se mueve, permanece en su lugar. Me doy cuenta que estamos listos. Acerco mis labios a los suyos, muy despacio, como dándole la oportunidad de que los retire si así lo desea. No los retira, tampoco los acerca. Entonces me aproximo aún más hacia ella, acaricio su cabello con mi mano y por fin sus labios y los míos se juntan. Un beso. Un ritual que por milenios han llevado a cabo hombres y mujeres, pero ahora somos ella y yo, eso es lo importante. Dura solamente unos instantes, apenas lo suficiente para darme cuenta lo que es un beso en los labios y todo lo que significa.

Apartamos despacio los rostros pero mantenemos la mirada; no decimos nada, sólo nos miramos. Y de nuevo, con más confianza, mis labios depositan en los suyos todo el cariño que un hombre de 16 años puede sentir por una mujer de 15. Este beso es más prolongado y delicioso.

De nuevo se encuentran nuestras miradas. -¿Nos vamos, mi cielo? –me dice ella, dulce y cariñosa.

Acepto y a los pocos minutos estamos otra vez en el bullicio, con los parientes de la novia de mi hermano, como si nada hubiera pasado.

Pero en mi interior hay una gran ilusión por ese cariño que comienza y, sobre todo, una convicción muy fuerte. Me encanta Yasmín.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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