P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 7º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

Ediciones anteriores.      

( En ésta edición van cuatro capítulos )

XIX 

Hoy cumplo 15 años. Casualmente es sábado, así que no voy a la escuela.

Despierto a las siete de la mañana y ya no puedo dormir. Pienso que será un día como cualquier otro; en cambio, si fuera mujer a esta hora ya estaría viendo lo del salón de belleza, el vestido y todo lo demás. Lloro en silencio.

A las ocho o a las nueve de la mañana –ni cuenta me doy de la hora- se dejan escuchar Las Mañanitas en el viejo Motorola y entran mis padres a mi cuarto. Llevan una caja envuelta en papel de China. La abro y saco unos tenis. Mis papás me abrazan y yo les agradezco el regalo.

El resto del día es como cualquier otro. 

XX

 

Ya estoy en prepa. De nuevo, una escuela enorme manejada por hermanos lasallistas en la colonia Escandón, muy cerca de la Condesa.

De nuevo puros varones, sólo una que otra maestra da el toque delicado y femenino aunque, hay que decirlo, de no ser por las profesoras de inglés y de literatura mexicana, todas las demás tienen cara de sargentos.

La disciplina es rígida. No se han enterado que los Beatles han venido a cambiar muchas cosas. Tampoco quieren saber nada de los hippies y les asustan los colores vivos y brillantes. Para ellos sólo existen el negro y el blanco. Mi maestro de cálculo tiene la desfachatez de mandar a su casa a quien se atreva a presentarse con el cabello más largo que el que pudiera traer un teniente alemán de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora que recuerdo todo esto, me doy cuenta que éramos tan brutos –estábamos tan domesticados- que no nos atrevíamos a protestar o, al menos, a cuestionar semejantes barbaridades. Como en una escuela de párvulos, acatábamos todo.

En aquel entonces se jugó el Mundial de Futbol en nuestro país. Los fabricantes de medias aprovecharon para lanzar al mercado un producto que, según ellos, revolucionaría la moda: las pantimedias. “Ya no más incómodos -¿incómodos o sexis? diría yo- ligueros, ya no más ligas que corten la circulación, el nuevo producto permite a la mujer moderna lucir piernas más bellas con mayor comodidad”. Así las anunciaban.

El caso es que mi padre y mis hermanos acudimos a algunos partidos del Mundial. Y a cada uno de nosotros –como a los miles de asistentes- nos entregaron un paquetito con las nuevas pantimedias.

Yo me hice el disimulado y como que quería guardar el sobre, pero mi hermano –que, estoy seguro, no tenía ni idea de lo que estaban regalando- volteó hacia mi padre para preguntarle:

-¿Y esto, qué onda?

-Dénmelos –dijo mi papá y tuve que entregar el producto.

-¿Se las vas a dar a mi mamá? –pregunté derrotado.

-No, estas cosas son para jovencitas, se las vamos a dar a tu prima.

Mi prima... mi prima... mi prima... otra vez mi prima. ¿Por qué ella tiene fiesta de 15 años? ¿por qué para ella son las pantimedias? ¿por qué todo para ella? Y yo, ¿no cuento? ¿no existo? ¿nadie me va a pedir mi opinión? Pero aunque lo hicieran, no creo que me atreviera a decirles que quisiera conservar el regalo para mí. En todo caso, podría inventar que tengo una novia y se las voy a regalar... como la novia que le inventé en sueños a Sonia y que luego ella me inventó en la realidad, todavía no sé si pensando que en verdad existe  o que yo soy mi propia novia. No es mala idea. El caso es que tampoco serviría ese invento para conservar las pantimedias, ¿dónde podría ocultarlas de manera que estuvieran lejos del alcance de mi hermano, mi madre o la señora que hace la limpieza? Tendré que conformarme con seguir tomando prestadas las “incómodas” y “anticuadas” medias de mamá y dejar la “máxima comodidad de la mujer moderna” para mi prima, pues ni siquiera me queda el consuelo de que las pantimedias sean para mi madre y se mantengan a mi alcance en uno de los cajones de su clóset. 

XXI

 

Por fin me atreví. No lo puedo creer. Todavía no sé si fue una locura, una tontería o un acto de mucho valor.

El caso es que mi abuela materna vive muy cerca de la prepa donde estudio. De repente tenemos horas libres, así que resulta de mucha utilidad irme a echar un ‘sueñito’ o adelantar alguna tarea, por eso es que me dieron la llave del departamento.

Ella vive sola y desde temprano sale a trabajar. El maestro de Geografía avisó que no va a llegar, su clase es justo antes del recreo, así es que tengo bastante tiempo.

Decido ir a casa de la abuela, un descanso no me caerá mal.

Al llegar, sin embargo, veo sobre la cama un fondo negro; me pregunto si me quedará. No hay nadie, tengo tiempo, por lo que me desvisto y procedo a probármelo. Si me queda. Me gusta el encaje que tiene en el pecho.

Minutos después ya estoy buscando ropa interior, medias y todo lo demás. Un vestido verde botella de cuello redondo se encarga de completar el atuendo. Y me acuerdo de la peluca que mi madre le regaló a la abuela, nunca le gustó, dijo que a su edad ya no le quedaban esas cosas, pero el caso es que se la regaló y en algún lugar debe de estar. Sí, está en uno de los cajones grandes del ropero; es de color castaño claro y me llega a los hombros. No se me ve mal.

Al buscar aretes, collares y pulseras me topo con un cajón repleto de cosméticos. Calculo el tiempo. Sí, en el peor de los casos faltaré a la clase de Etimologías. Ya cumplí 15 años y aún no me he maquillado, no es justo, pienso para mis adentros.

Nerviosamente trato de recordar lo que tantas veces le he visto hacer a mi madre. Primero el maquillaje líquido, con los dedos, muy bien. Ahora el polvo, con el cojincito... las sombras, el rimel... el rubor... el bilé.

Me veo en el espejo. Nadie me daría trabajo en un salón de belleza, pero ciertamente mi rostro se ha transformado. Se parece al de una mujer. Todo esto me emociona muchísimo.

Decido completar el arreglo y pintarme las uñas. Antes me cercioro de tener la acetona para despintarlas llegado el momento. Muy bien, aquí está. No lo puedo creer, esto es maravilloso.

Nunca me había maquillado... me encanta haberlo hecho. Necesito que alguien me vea, que me diga “señorita”, como en el teléfono, pero ahora en directo, cara a cara.

Tengo que salir a la calle, confundirme entre la gente, ser una más de las mujeres que caminan por la ciudad, ver aparadores, recorrer tiendas.

Pero –otra vez mis miedos- ¿y si alguien me reconoce? ¿y si me hacen algo? ¿y si me llevan a la cárcel? Es una lucha interna. ¿Y si mejor vuelvo a hacer llamadas telefónicas? No, de nada habría servido tanto esmero en maquillarme. El tiempo pasa; si sigo deliberando tendré que regresar a la escuela y no habré hecho nada.

Ya basta de dudas, basta de miedos, que pase lo que tenga que pasar. Está decidido. Necesito que me vean como una mujer.

¿Qué necesito para salir? Un poco de dinero, las llaves –sería terrible quedarme afuera sin las llaves- y creo que nada más. Busco alguna bolsa de la abuela. Encuentro una que me sirve a la perfección y que hace juego con las zapatillas. Meto las llaves, el dinero y, coqueta, también el espejito, el lápiz labial y la polvera.

Al abrir la puerta, el corazón me late a toda prisa. Salgo, reviso una vez más que traigo las llaves y cierro. Allá voy.

Bajo las escaleras y para mi sorpresa no me topo con ningún vecino.

Salgo a la calle y siento lo que seguramente siente quien sale de prisión luego de muchos años de encierro. El cielo es más azul, el sol es más brillante... siento el aire correr por entre mis piernas. Es bonito.

Camino por la avenida Revolución, la gente me ignora, uno que otro voltean a verme con curiosidad. Mi corazón sigue acelerado.

Le hago la parada al autobús. Lo abordo y el conductor me dice “¿uno, señorita?”. Asiento con la cabeza –prefiero no hablar- y pago mi pasaje.

Hay un lugar vacío junto a un señor. Me siento y el tipo, como no queriendo, abre más las piernas para hacer un leve contacto con las mías. Son sensaciones muy extrañas, no se si me gusta o no. Tres cuadras más adelante me bajo del autobús para regresar caminando.

Regreso despacio, miro los zapatos de mujer en los aparadores. -¿Quiere que le muestre un modelo, señorita? –me pregunta una empleada. Yo niego pero me siento feliz. Qué ganas de probarme unas zapatillas, pero no me atrevo a tanto.

Al atravesar una calle dos sujetos me chiflan desde un Volkswagen. Es el clásico fiu-fiiiuu. No sé si se dieron cuenta de mi condición y lo hacen en tono de burla o si es un chiflido como el que le lanzan a cualquier mujer. Prefiero pensar esto último.

Me animo a entrar a una tiendita para comprar unos dulces, lo que sea. Utilizo la misma voz que en aquellas llamadas telefónicas. Funciona, al darme el cambio me dicen “gracias, señorita”. Estoy que no quepo en mí de gozo.

Llego de regreso al edificio. Al subir las escaleras me cruzo con una vecina que no conozco, me ignora y yo hago lo mismo. Me aseguro que no se dé cuenta del departamento al que entro. Abro la puerta y al entrar se acaba la magia.

Miro el reloj que está en la pared, ya no entré a Etimologías. No me importa. 

XXII

 

El resto de las clases de ese día pasé lista de presente pero, al igual que en Etimologías, estuve ausente. Mi mente estaba mucho más concentrada en recordar todos y cada uno de los momentos que acababa de vivir, que en entender las características de los gases o las teorías de Max Weber.

Me preocupaba, también, el hecho de que no me hubiera desmaquillado bien y que permanecieran restos de rimel o de lápiz labial en mi rostro. El pensar que mis compañeros pudieran darse cuenta que horas antes había estado vestido de mujer era aterrador. No quería ni imaginarme cómo sería mi preparatoria en medio de burlas, agresiones y humillaciones.

Así es que, entre clase y clase, me iba al baño para revisar, frente al espejo, cada una de mis pestañas, cada uno de los surcos de mis labios en busca de huellas delatoras.

-¿Qué tanto te miras, qué se te corrió el delineador? –me dijo Noriega en tono burlón al entrar y ver que escudriñaba mis ojos frene al espejo del baño.

-No... este -¿sería broma o de verdad se habría dado cuenta de algo?- lo que pasa es que se me metió una pestaña en el ojo.

-¿Quieres que te revise? –preguntó, solícito.

-No, gracias, creo que ya la encontré –respondí de inmediato, pues lo que menos quería en ese momento es que revisaran mis pestañas.

Ciertamente fue maravilloso haber vivido lo que acababa de pasar, pero era un tormento estar bajo el temor de que alguien se diera cuenta. Y mientras más lejos llegara mi travestismo, más detalles habría que cuidar.

Cuando solamente me ponía medias y pantaletas bastaba con dejar la ropa en su lugar y a otra cosa. Ahora, en cambio, no sólo era necesario dejar todo tal y como lo había encontrado, sino borrar cualquier huella en ojos, labios y uñas.

No habían pasado muchas semanas después de aquella aventura, cuando al regresar de la escuela con Noriega y Castañón, de camino a la parada del autobús, nos topamos con un puesto de periódicos. En la parte superior destacaban varios ejemplares del Alarma! que en su portada mostraba la foto de cuatro o cinco hombres vestidos de mujer y un encabezado a ocho columnas que decía: “¡Mujercitos degenerados!”. Según explicaba el pie de foto, los sujetos habían sido remitidos a la delegación por vestir ropas de mujer.

–Se lo merecen –fue el comentario burlón de Noriega- pinches putos, quién les manda andarse exhibiendo.

-Esos tipos están enfermos y corrompen a la sociedad –opinó Castañón, con aire de autosuficiencia- ojalá que los refundan en el tambo para que no anden dando lástima.

-¿Te imaginas la violada que les van a poner en el bote? –dijo Noriega, divertido.

-Pues ellos felices –remató Castañón y ambos soltaron la carcajada.

Yo también tuve que reírme y me sentí obligado a hacer algún comentario ofensivo, algo así como “se ven grotescos”. No quería que mis amigos pensaran que yo tenía algún tipo de simpatía hacia aquellos individuos.

Pero en el fondo me hubiera gustado decir que tenían todo el derecho del mundo a vestirse como se les diera la gana, y que ni la policía ni nadie tendrían por qué meterse con ellos. Pero de inmediato imaginé lo que me habría costado ese comentario. Así es que me uní a la inmisericorde lapidación.

Todavía en el autobús siguieron los comentarios. Castañón dijo que por su casa vive un jotito que de repente sale vestido de vieja –así dijo- y que lo que más le gustaba a él –a mi cuate- era aventarle bolas de lodo, sobre todo cuando traía vestido blanco. –Se pone unas encabronadas el pinche putito.

Noriega contó que una vez estaba ligando con quien él creía era una chava, pero de repente se dio cuenta que era un maricón –fue la palabra que empleó- y entonces tuvo que darle una madriza. –Ya hasta le había agarrado las nalgas, fue lo que más coraje me dio –manifestó sumamente indignado.

Yo confesé que nunca había visto a un hombre vestido de mujer en la calle, o al menos no que me hubiera dado cuenta.

-¿Y qué tal si ya que estás fajando con una vieja te das cuenta que es puñal? –me preguntó Noriega.

-No, pues le parto la madre, no mames –dije en el tono más machista que pude.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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