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consta de tres capítulos.
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XVI
Naturalmente
que mis primos, mi hermano y yo fuimos invitados como
chambelanes a la fiesta de 15 años de mi prima Mónica.
Recuerdo muy bien aquel primer ensayo. Mónica y sus amigas
platicando animadamente acerca de la próxima celebración, de
cómo sería su vestido, del salón, del peinado que llevaría y
todo tipo de detalles. Las tres o cuatro chicas que ya
rebasaban los 15 años recordaban entusiasmadas los momentos
más emocionantes de su fiesta. Mientras tanto, los chambelanes
aguardábamos aburridos en un rincón, callados, con cara de
pocos amigos y con ganas de que todo concluyera lo más rápido
posible. A los pocos minutos llegó la maestra de baile y
empezamos a ensayar.
Me di cuenta que en los espacios que había cada vez que se
volvía a poner el disco, o cuando la maestra hacía
indicaciones a algunos de los bailarines, tanto mi hermano
como mi primo sostenían animadísimas charlas con sus
respectivas parejas, en tanto que yo no sabía qué hacer para
conversar con Leonor, mi compañera de baile. No se me ocurría
nada y sólo me quedaba esperando, con el deseo de que pronto
se reanudara el ensayo.
Al terminar la sesión, las chicas volvieron a integrarse y a
platicar acaloradamente de los mil y un detalles de la fiesta.
Los chambelanes, en cambio, nos retiramos silenciosos.
Esa noche me puse a pensar muchas cosas. Pensé, por ejemplo,
que me hubiera encantado ser una de esas chicas que le
preguntara a mi prima cómo iba a ser el vestido que llevaría a
la fiesta, y poder soñar con el día en que a mí también me
tocara cumplir 15 años.
Pensé, también, que era mucho más cómodo dejar que la
responsabilidad de sostener la plática recayera en el otro y
que no tuviera que ser yo quien debiera tomar la iniciativa.
No es que me gustaran los hombres, más bien que me parecía que
iba mucho más con mi forma de ser la condición femenina, pues
ella no tienen que tomar la iniciativa para provocar el
encuentro, sacar a bailar a alguien o muchas otras cosas.
Pensaba también en esas conversaciones con los amigos de la
escuela, llenas de albures, referencias a la mujer como mero
objeto o a presunciones de violencia y agresividad. En el
mejor de los casos, la charla aburrida y presuntuosa de las
características del nuevo automóvil de papá. Me atraía mucho
más la conversación que de lejos había escuchado entre mi
prima y sus amigas.
Para alguien que no tuvo hermanas y que estudió en escuelas de
varones, los ensayos para la fiesta de mi prima fueron una
buena oportunidad para asomarme al mundo de las mujeres, un
mundo que para mí era fascinante y atrayente.
Conforme se acercaba la fecha de la celebración e iba
conociendo más detalles de la fiesta, crecían en mí esos
sentimientos de frustración e impotencia. Sabía que yo no
tendría ninguna esperanza de poder lucir un vestido y unas
medias el día que cumpliera 15 años, y que jamás podría
sentarme a platicar con mis amigas acerca de peinados,
zapatillas y maquillaje.
El día de la fiesta resultó de lo más incómodo para mí. Desde
el momento en que me puse el triste y aburrido traje empecé a
sentirme mal. Cuando me anudaba torpemente la corbata pensaba
que en ese mismo momento mi prima, y todas las damas, se
estarían poniendo unos elegantes y encantadores vestidos, y
que se estarían maquillando el rostro y pintando las uñas.
Al llegar al salón me pude dar cuenta que, efectivamente, las
damas lucían hermosos vestidos y sofisticados peinados. Yo, en
cambio, mi anodino traje azul marino y una apretada corbata
guinda.
El vestido de Mónica era blanco y vaporoso, sin mangas,
escotado, con unos listones rosas que de igual manera lucía en
el peinado. Fue la primera vez que la vi maquillada y con
medias. Cómo cambiaba. Ya no era la niña de tobilleras con la
que jugábamos no hace mucho tiempo. Ahora era una mujer.
¿Y si se hubiera enfermado? Habría sido yo quien ocupara su
lugar como en aquel cuento de hadas? ¿sería yo quien luciera
el vestido blanco y vaporoso, las medias y el maquillaje?
Desde luego que no, bien que lo sabía, porque mi prima sí era
mujer. Yo no lo sería jamás, aunque cumpliera 15, 20, 30 o
cualquier cantidad de años.
Me preguntaba si mis primos o mi hermano sentían, como yo,
envidia al ver a mi prima tan hermosa y tan feliz. No lo sé.
En todo caso, jamás me hubiera atrevido a preguntarles. Por
ningún motivo podría divulgar mi secreto.
Pero lo cierto es que en mi interior seguía creciendo el deseo
enorme de ser mujer o, al menos, de parecerlo.
XVII
Fueron tantas las sensaciones que me provocó la celebración de
los 15 años de mi prima que olvidé mis buenos propósitos y
busqué, una vez más, la oportunidad para transformarme en una
chica, así fuera temporalmente.
No fue sencillo, pues raras veces salía mi madre por las
tardes, y aunque lo hiciera, era inevitable que se quedara mi
hermano.
Los domingos seguíamos yendo a comer con los abuelos paternos,
así es que uno de esos días pretexté estar enfermo para
quedarme en casa. Hacía tiempo que habíamos dejado de
representar los cuentos de hadas, lo que significaba que la
posibilidad de que mi prima se volviera a enfermar y yo
interpretara su papel ya no era factible.
La reacción de mis padres a mi malestar fue que todos nos
quedáramos en casa, pero yo insistí en que no era necesario,
con que me dejaran algo para comer era suficiente. Alegué en
mi defensa que no había terminado mi tarea y que aprovecharía
la tarde para acabarla. Como mi hermano no quiso pasar el
domingo metido en la casa, resultó ser mi mejor aliado pues
votó por que fueran con los abuelos, no sé qué asuntos
pendientes tenía que tratar con mi primo. El caso es que me
dejaron pollo y arroz en el refrigerador, así como una serie
de recomendaciones -no le abras a nadie, cualquier cosa nos
llamas, etc. etc. etc.- recomendaciones que a mis 14 años me
parecieron ociosas.
Me dejaron también, sin proponérselo, toda la ropa que mi mamá
guardaba en el clóset y en sus cajones.
Una vez que se marcharon me dirigí a esa mina de oro que era
la habitación de mi madre. Ligueros, medias, brasieres,
vestidos, zapatillas... todo lo que alguien como yo podía
ambicionar.
Hacía tiempo que no me ponía la ropa de mi madre, así es que
mi emoción era más fuerte. Comenzó en el momento mismo en que
empecé a buscar las cosas. Quería algo tierno, romántico, como
de quinceañera. Encontré unas pantaletas, liguero y brasier
blancos y con encaje, un vestido amarillo vaporoso, que aun
cuando no era precisamente de fiesta, a mí me parecía el
atuendo de una princesa.
Me puse todo con piadosa devoción. Al final las zapatillas
blancas de tacón alto que, debo confesar, empezaban a
apretarme un poquito. Pero nada me importaba, quería ser yo la
quinceañera, la que atrajera las miradas de los demás, los
halagos, las atenciones.
Con esmero me coloqué aretes, collar, pulsera y anillos, así
como un reloj descompuesto de mi madre que no daba la hora
pero adornaba la muñeca.
Eso es lo quería ser yo, la muñeca de una niña que me cambiara
de ropa a voluntad; ahora el vestido rojo, ahora el rosa;
ahora la minifalda, ahora las botas... siempre luciendo más
bella que la vez anterior.
Cuando, al final, me puse la peluca, corrí a pararme frente a
mi viejo y discreto amigo: el espejo. Me dijo que lucía
hermosa, pero que me vería aún más bella con algo de
maquillaje. Como otras ocasiones me pinté los labios y repetí
el mismo movimiento de juntarlos y despegarlos que tantas
veces le vi hacer a mi madre. Mejoró mi aspecto.
Tenía unas ganas enormes de pintarme el rostro, ponerme rimel,
sombras, qué sé yo, todo lo que se ponía mi madre y lo que se
había puesto mi prima y que las hacía verse tan bien.
Encontré una cajita con cosméticos... los veía y luego me
miraba en el espejo, como si el puro deseo de pintarme bastara
para que se reflejara en mi rostro. O, más bien, imaginando
cómo me vería con aquellos polvos mágicos.
Intuí que me vería hermosa, pero el timbre del teléfono
interrumpió mi ensoñación.
Era mi madre, preocupada por mí. Que cómo me sentía, que si ya
había comido, que no debieron haberse ido, que mejor se
regresaban... y yo contestaba que ya mejor, que todavía no
tenía hambre pero que al rato comería, y que no se
preocuparan, que comieran tranquilos con los abuelos, al fin y
al cabo yo ya me sentía bien.
La llamada vino a borrar de mi mente la idea de pintarme, pues
me llevaría mucho tiempo, no sólo el acto de maquillarme en
sí, sino el de desmaquillarme, pues además era algo que nunca
había hecho y no sabría cuánto tiempo podía llevarme. Pero me
daba rabia no poder hacerlo. Si ya voy a cumplir mis 15, pensé
para mis adentros, ya tengo derecho a maquillarme.
Para mi consuelo me topé con un barniz de uñas de un rojo
intenso. Nunca me había pintado las uñas, pero sospeché que me
llevaría menos tiempo que el maquillaje, así es que, con manos
torpes y temblorosas por la emoción, procedí a hacerlo.
Cómo disfruté el permanecer con las manos abiertas, tal como
veía que lo hacía mi madre para que se le secaran las uñas. Al
cabo de un rato ya estaban secas y mis manos listas para
seguir con mis planes.
Entonces fui a la sala, busqué entre los viejos discos de mi
padre y encontré uno de Richard Strauss, “El Danubio Azul”,
que poco tiempo antes habría conocido en la película “2001,
Odisea del Espacio”.
Hice a un lado la mesa de centro y en cuanto comenzó la música
empecé a bailar con un apuesto chambelán imaginario. Era, por
fin, mi fiesta de 15 años. Imaginé a mi padre diciendo que
estaba orgullos de su hija que ya era “toda una señorita”, a
mis amigas comentando lo bien que se me veía el vestido, y a
las amigas de mi madre reconociendo que lucía más hermosa que
nunca. En mi fantasía también entró un galán atractivo que con
timidez pero con determinación trataba de sacarme plática y me
pedía insistentemente que bailara con él.
Terminó el vals y miré el reloj de la sala. Debía darme prisa
si no quería que mis padres llegaran antes de que terminara el
hechizo. Así es que de ser una linda y romántica quinceañera
pasé a ser una responsable y hacendosa ama de casa.
Busqué un delantal y saqué la comida del refrigerador para
calentarla. Imaginaba que estaba esperando a mi esposo y a mis
hijos para servirles la comida. Cómo disfruté ese momento: Me
encantó ver que el vaso y las servilletas que utilicé
conservaban restos de mi lápiz labial.
Me fascinaba, también, ver mis uñas pintadas al manejar los
cubiertos como toda una dama. Procuraba juntar las rodillas al
estar sentada y llevar a la boca pequeños trozos de alimento,
como correspondía a mi nueva condición.
Al terminar, como buena madre de familia, recogí la mesa, tiré
hasta el fondo del bote de basura las servilletas con huellas
de labial y me puse a lavar los trastes, comenzando por el
vaso.
Recordé lo que decía mi abuela: “no te han de salir faldas por
lavar los trastes”, Esta vez sí me salieron, y con gusto los
lavaría todos los días si pudiera conservarlas.
Antes de que terminara de lavar los trastes sonó el timbre.
Era algo que no había contemplado. Mis padres no podían ser,
ellos siempre traían la llave. Y en el remoto caso que la
hubieran olvidado, mi padre nunca tocaba el timbre, prefería
golpear la puerta con los dedos, como si tamborileara. Me
extraño, también, que sonara el timbre de la puerta del
departamento y no el interfón que estaba abajo, pues siempre
cerraban el portón de acceso al edificio.
Mi primera reacción, entonces, fue ignorar el timbre y dejar
que la persona se desesperara y se fuera pensando que no había
nadie. Cerré las llaves del agua para no hacer ruido y me
alejé, pero el timbre volvió a sonar y escuché una voz con
marcado acento que decía –ya te oí, Julieta, ábreme, soy
Sonia.
-No, mi mamá no está –me animé a contestar desde adentro a la
vecina brasileña.
-Ah, hola Jorge –me reconoció la voz- ábreme por favor, le
traigo a tu mamá las cremas que me pidió. Se las dejo y luego
paso por el dinero.
-Este... no... no le puedo abrir... –tartamudeé.
-Tantito, nada más para dejarle las cremas.
-Es que... –no sabía qué inventar- es que... se fueron... se
fueron y sin darse cuenta cerraron con llave y yo no la tengo,
pero en cuanto regresen yo les digo que usted vino.
-Está bien –contestó un poco contrariada- pero no se te vaya a
olvidar ¿eh?
Por fin se fue y recuperé mi color. Caminé a la cocina para
terminar de lavar los trastes y fue entonces que me percaté
que los tacones altos hacían un ruido muy característico que
seguramente habría llegado hasta Sonia. Por eso fue que pensó
que ahí estaba mi madre. Qué terrible, al hablar yo mismo me
delaté. De seguro la vecina le diría a mi mamá que me oyó
caminar con tacones altos. Eso era espantoso.
Pensé que quizá hubiera sido preferible abrir la puerta y
mostrarme tal cual estaba. Tenía unos deseos enormes de que
alguien me viera, que me hiciera el más leve elogio hacia mis
piernas, mis ojos o lo que fuera. Cómo me hubiera gustado
abrir la puerta y decirle pásale. Vamos a tomar un café,
amiga, y mientras enséñame cómo maquillarme para lucir tan
hermosa como tú. Me hubiera encantado abrirle y decirle,
mírame, así me siento bien, pero sé que no soy una mujer, ¿por
qué me gusta vestirme así, por qué si todos me dicen que soy
hombre? Ayúdame, por favor.
Pero no me atreví a hacerlo. Sabía que tarde o temprano la
vecina le contaría a mi madre y las consecuencias serían
impredecibles. Si después de que mi mamá descubrió su ropa en
la lavadora me regalaron unos guantes de box, de seguro que
ahora me mandarían a un internado de puros varones o, de
perdida, a una escuela militarizada. Lo peor es que ahora, por
el sonido de los tacones, de todas maneras Sonia se habría
dado cuenta y le platicaría todo a mi madre. De haberlo podido
platicar frente a frente, por lo menos habría tenido la
posibilidad de pedirle discreción. Y en el peor de los casos,
al menos habría logrado que alguien me viera como mujer. Pero
así, pensaba, estaba a merced de la brasileña.
Un montón de pensamientos se agolpaba en mi mente. Decidí
ignorarlos y terminar de disfrutar este domingo que, salvo el
incidente con la vecina, estaba resultando maravilloso.
Terminé de lavar los trastes y calculé que me quedaba algo de
tiempo, pues la casa de los abuelos quedaba lejos. Así es que
tomé el directorio telefónico y llamé a un salón de belleza.
Costó trabajo, pues siendo domingo casi todos estaban cerrados
o, al menos, no contestaban. Por fin se escuchó la voz de una
señorita.
-Salón de belleza Diana, a sus órdenes.
-Buenas tardes –dije con la voz más suave y tersa que pude-
quisiera saber si ustedes me pueden maquillar.
-Claro que sí, señorita, ¿para cuándo quiere que la
programemos?
-Sería el próximo sábado, tengo una boda.
-Muy bien, ¿a las cinco de la tarde le parece bien?
-Sí, es buena hora.
-¿Con quién tengo el gusto?
-Con... con Mayela Beltrán –inventé.
-Correcto señorita Mayela. Una última pregunta, ¿sería
solamente maquillaje o también quiere peinarse?
-Mmmm –dudé un momento, no esperaba la pregunta- sí, , también
el peinado.
-¿Algo en especial, señorita?
-Pues –no sabía qué decir- ...pues me imagino que ustedes
tendrán algunas revistas, algunos modelos.
-Claro que sí. Entonces aquí lo decidimos juntas. ¿Algún
teléfono donde podamos localizarla?
Inventé cualquier número.
-Correcto,–dijo finalmente la peinadora- entonces por aquí la
esperamos el próximo sábado, señorita, ojalá nos pueda llamar
un día antes para confirmar, mi nombre en Patricia.
Me despedí de Patricia, colgué y me quedé en una ensoñación.
Una y otra vez en mi mente repetía sus palabras, “señorita”,
“aquí lo decidimos juntas”, “dónde podamos
localizarla”, “por aquí la esperamos”. Me habían
tratado como a una mujer, era maravilloso.
Hice un par de llamadas más. La primera a un consultorio donde
un doctor me dijo “señora” cuando le comenté que sospechaba un
embarazo, y otra a una vulcanizadora donde les dije que estaba
muy “preocupada” porque se me había ponchado una llanta y no
traía refacción. –Díganos en dónde está y vamos para allá,
señorita –me dijeron.
Qué sensaciones. Ya no era solamente el ponerme un vestido y
unas medias; ahora era, también, el escuchar que se referían a
mí en femenino y el hecho de que yo mismo hablara de mí en ese
género. Era lo más cerca que había estado de ser una mujer.
Vi el reloj y me empecé a preocupar. Debía hacer otra llamada.
Esta vez fue a casa de los abuelos. Tuve cuidado de volver a
mi voz habitual. Por fortuna todavía encontré a mis padres, ya
estaban de salida, así que les dije que para mi tarea
necesitaba dos folders verdes y dos azules. Muy pocas
papelerías abrían en domingo, por lo que tendría tiempo para
cambiarme y despintarme las uñas con toda calma.
Lo primero que hice fue buscar la acetona con la que mi madre
se despintaba. No estaba en ninguna parte. Abría un cajón y
otro, y otro más... y nada.
Opté por dejar las uñas para el final, así es que me despinté
los labios, me quité aretes, collar, reloj, pulsera y anillos.
Poco a poco la mujer que había sido empezaba a desaparecer. Me
quité el vestido y al verme en el espejo con medias y liguero
me excité. Sabía que el tiempo estaba en mi contra pero
confiaba en que tardarían en encontrar una papelería abierta,
así es que decidí entrar al baño y darle salida a mis
impulsos.
Como siempre, una vez que eyaculaba dejaba de sentir placer
con la ropa femenina, así es que rápidamente me quité lo que
faltaba y me puse mi atuendo de varón. Me sentía ridículo con
las uñas pintadas.
Pensé en ir a la farmacia, que si abría en domingo y estaba
casi enfrente de la casa, para comprar la acetona. Pero me
resultaba sumamente embarazoso llegar con las uñas pintadas.
Con los dientes raspé las uñas lo más que pude, pero aún así
se notaba claramente el barniz escarlata. Probé con restos de
aguarrás que mi padre guardaba en su caja de herramientas...
sirvió de muy poco.
De nuevo el teléfono. Eran mis papás, sólo habían conseguido
folders amarillos. Con ánimo de hacerles perder más tiempo les
dije que era necesario que fueran verdes y azules. Con cierta
molestia mi padre me dijo que ya habían dado 20 mil vueltas y
era lo único que habían podido conseguir, que si no les había
dicho de esto desde el viernes era mi responsabilidad y debía
afrontar las consecuencias. No tuve más remedio que aceptar
los folders amarillos, pero al menos pude saber que seguían en
los rumbos de la casa de los abuelos, lo que me daba algo de
tiempo.
Afrontar las consecuencias. Exactamente. Yo había decidido
libremente pintarme las uñas y ahora debía aceptar las
consecuencias cuando mis padres llegaran y me vieran las
manos. Claro que, en todo caso, era preferible que quien me
viera las uñas pintadas fuera el encargado de la farmacia y no
mis padres.
Tenía que actuar rápido y con decisión. Así es que me vendaría
la mano derecha, dejando de lado solamente el pulgar, el
índice y el medio para poder pagar y recoger la acetona. La
punta de esos tres dedos –uñas incluidas, por supuesto- la
cubriría con tela adhesiva o con curitas. La mano izquierda la
llevaría permanentemente adentro del bolsillo de la chamarra.
Por el dinero no había problema, tenía una alcancía que se
podía abrir y cerrar cuantas veces fuera necesario sin
necesidad de romperla.
Rápidamente fui al botiquín que estaba en el baño, donde sabía
que guardaban vendas y tela adhesiva. Al abrirlo, para mi
sorpresa, me encontré con un tesoro: un frasco de acetona y
algodones.
Cuando llegaron mis papás ya todo estaba en su lugar, aunque
debo confesar que procuraba no mostrar mucho mis manos, no
fuera a ser que hubieran quedado algunos vestigios de barniz.
Cualquier partícula, por minúscula que fuera, en cuanto la
detectaba era roída inmediatamente por mis dientes.
Mi madre se sorprendió de que hubiera lavado los trastes, no
solamente los que use para mi comida, sino también los del
desayuno. Lo único que pude decirle, con cara angelical, fue
que deseaba darle una sorpresa. Me dio un beso.
Esa noche tardé en dormirme. En mi mente recreaba cada uno de
los momentos que había vivido durante el día; la ropa, el
vals, los trastes, las llamadas telefónicas... qué ganas de
poder decirle a mis padres, ¿saben? estoy feliz, hablé por
teléfono y me dijeron señorita; ¿saben? estoy feliz, me veía
preciosa con el vestido amarillo de mamá y con sus medias;
¿saben? estoy en la mejor disposición de lavar los trastes
todos los días si puedo hacerlo con vestido y delantal;
¿saben? me encantó hablar por teléfono con ustedes mientras yo
estaba vestido de chica; ¿saben? fue emocionante pintarme las
uñas.
Pero nada de eso sería posible. Era, entonces, un placer
íntimo, muy íntimo, al grado que ni siquiera podía compartirlo
con ese Dios bondadoso que tanto me quería, pues se habían
encargado de decirme que lo que hacía era pecado.
Pensé una vez más en lo que me había dicho mi padre de
afrontar las consecuencias. Sí, podría condenarme si seguía
vistiéndome de mujer, podría sufrir castigos muy severos si
mis padres se enteraran, podría ser la burla de los demás.
¿Afrontaría las consecuencias? Y si Sonia, la brasileña, le
decía a mi madre que me oyó caminar con tacones altos,
¿afrontaría las consecuencias?
De nuevo el temor de que la vecina le contara todo, y yo sin
poder hacer nada. Casualmente, esa tarde de domingo México le
había ganado milagrosamente a la selección brasileña de fútbol
en el estadio de Maracaná. ¿Sería un buen presagio?
XVIII
Los siguientes días los pasé con la angustia de que Sonia le
fuera a decir algo a mis padres.
A la semana, noté que mi madre le comentaba a mi papá que le
habían llegado las cremas; le dijo que eran muy finas.
Traté de poner atención a cualquier detalle que mi mamá
tuviera conmigo, con la intención de descubrir si Sonia le
habría comentado algo. Pero nada raro apreciaba yo en su
conducta. Ni siquiera hizo alusión a que no le hubiera abierto
a la brasileña aquel día.
Creo que la incertidumbre era peor que haber tenido la certeza
de que Sonia les habría contado todo. Yo, por mi parte,
trataba de evitar a la vecina. Si al bajar las escaleras
escuchaba que ella subía –claro, por el ruido de los tacones-
me regresaba a mi casa. O si era a la inversa –ella quien
bajaba- entonces me regresaba a la calle.
Una ocasión, sin embargo, no la escuché –después me di cuenta
que llevaba puestos unos tenis- y nos topamos en las
escaleras.
-Hola –me dijo amable- hacía tiempo que no te veía.
-Sí –dije sin mirarla a la cara.
-Ya supe lo de tu novia ¿eh? –me dijo con una expresión que
reflejaba complicidad y picardía.
-¿Mi novia? –pregunté asombrado.
-Ay, corazón, cuando tú vas yo ya vengo, como dicen ustedes.
Pero no te preocupes, que no le voy a decir nada a tus papás,
es natural que a tu edad...
-Sí... –balbuceé- se lo agradezco.
-A ver cuándo me la presentas, ¿eh?
-Un día de estos, claro –respondí nervioso y me marché.
Me intrigó lo que me dijo la brasileña. Tenía sentido lo de la
novia. Ella escucha el ruido de los tacones y asume que es mi
madre, pero luego oye mi voz y entonces algo no le cuadra.
Busca una explicación y concluye que yo estoy con una mujer y
que por eso no quiero abrirle. Suena lógico.
Pero también está la otra opción. Que asuma que yo soy mi
novia; que sea una manera sutil de decirme que ella entiende
que a ratos yo pueda ser una mujer. Y cuando dice “a ver qué
día me la presentas” está queriendo decir que le gustaría
conocer mi caracterización femenina. También suena lógico.
Y el comentario de que “es natural que a tu edad...” Entonces
quizá yo no lo sepa, pero ella sí por su mayor experiencia en
la vida, que a muchos hombres a esta edad les da por vestirse
de mujer. Claro que no lo sé porque nadie lo confiesa
abiertamente. Si es así, entonces tengo esperanzas de que esto
se me quite, son cosas de la edad. Y recuerdo cómo fue que un
día me enteré que los papás eran quienes llevaban los regalos
de los Reyes Magos. A partir de entonces ya podía participar
en conversaciones con adultos en donde abiertamente se hablaba
de lo caros que estaban los regalos que había que comprar o
cosas por el estilo. Imaginaba, entonces, que un buen día
también me enteraría que todos los hombres, a la edad que yo
tenía en este momento, se vestían con ropa de mujer, y que ya
en la edad adulta platicaban entre sí divertidos de cuando los
descubrían sus papás. Qué curioso, los adultos tenían que
evitar que sus hijos descubrieran que ellos eran los Reyes
Magos; y los adolescentes como yo teníamos que evitar que los
adultos descubrieran que nos poníamos ropa de mujer. Qué
cantidad de dudas tenía yo en la cabeza.
Cómo me gustaría poder hablar con Sonia abiertamente.
Preguntarle qué tanto sabe ella acerca de este asunto. A lo
mejor en Brasil se habla más abiertamente de todo esto.
Recordaba haber visto en la tele imágenes del Carnaval de Río
de Janeiro en donde una buena cantidad de hombres bailaban
felices ataviados con ropa de mujer, sin que nadie les dijera
nada.
Lo que me tranquiliza, por otra parte y sea que piense que
tengo una novia o no, es que la vecina no le dijo nada a mi
madre, ni piensa decirle nada. Por como veo las cosas, ni
siquiera le comentó que ese domingo había bajado a buscarla.
Amo a Sonia.
Las llamadas telefónicas que hice el otro día me dejaron
muchos pensamientos. Me sentí tan bien que me trataran como a
una mujer... ¿qué tal si esto fuera en vivo y no por teléfono
ni en un sueño? Me emociona la idea, pero confieso que me
asusta.
La opción de hablar con Sonia puede ser interesante. Ha
demostrado que sabe guardar un secreto aun sin habérselo
pedido. Por otro lado, insisto, me da la impresión de que
puede verlo con cierta naturalidad; al menos con mayor
naturalidad que mis padres. No sólo por ser más joven o por
ser extranjera sino, principalmente, porque no soy su hijo.
Me emociona la idea de platicar con la brasileña y que me
enseñe a maquillarme... pero me da miedo, mucho miedo.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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