P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 4º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

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X 

Esa noche volví a soñar.

Era la misma escena. Mi madre me interrogaba con toda su ropa metida en la lavadora.

-Es que me la iba a poner –confesaba yo, asustado y nervioso.

-¿Te querías poner mi ropa?

-Sí, me la quería poner.

-Pero es ropa de mujer.

-Sí, ya lo sé.

-¿Has hecho eso antes?

-Sí, mamá, muchas veces.

-¿Y te gusta?

-Sí, no sé por qué; yo sé que soy hombre, pero me gusta. Es malo, muy malo, ¿verdad? –preguntaba a mi vez, con vergüenza.

-No, mi amor. Eso pasa a veces. Pero si te gusta ponerte esa ropa no tiene nada de malo. Dime, ¿te gustaría ser una niña?

-Me encantaría.

-No hay ningún problema, yo siempre quise tener una niña. Tú puedes ser mi hija.

-¿De verdad?

-Claro. Vamos a decirle a tu papá y mañana te llevamos con el doctor, le decimos que nos dé una medicina para que te vuelvas niña.

-¿Eso se puede?

-Sí, la medicina ha avanzado mucho. Ya ves cuántas vacunas han descubierto.

-¿Y si soy una niña me podré poner vestidos y usar el pelo largo?

-Claro. Mañana, saliendo del doctor te iremos a comprar muchos vestidos.

-¿Y podré usar medias y pintarme los labios?

-Cuando seas más grande, claro que sí.

-Entonces, ¿ya no me llamaré Jorge?

-No, mi amor, ¿cómo te gustaría llamarte?

-Mmmm... me gustaría llamarme...

En ese momento mi madre me despertó y, una vez más, el “Jorge, ya levántate” me regresó a la realidad.  

XI 

Nunca más se volvió a hablar del asunto. No sé siquiera si mi madre guardó su promesa de no divulgar el incidente; el caso es que 15 días después mi padre llegó con un regalo para mí.

-Toma –me dijo mientras me entregaba un paquete muy bien envuelto.

No imaginaba qué podría ser, ni siquiera era Navidad o mi cumpleaños. Pero, como todo niño curioso, lo desenvolví ansiosamente. Eran unos guantes de box.

No me pareció del todo extraño el regalo de mi padre. Hacía unos días que Rubén Olivares había conquistado el título mundial de peso gallo y aun cuando no era un fanático del pugilismo, mi padre se entretenía viendo las peleas por televisión.

Además, no hacía mucho que se habían cambiado al edificio Ricardo y Olga, niños que tendrían unos 11 y nueve años, respectivamente, y con los que empezaba a llevarme muy bien.

Así es que pensé que era tiempo de darle gusto a mis padres y hacerme un hombre fuerte con el box.

Esa tarde bajé a buscar a Ricardo para mostrarle mis guantes. Eran marca “Palomares”, de los buenos.

-Pues vamos a estrenarlos –me dijo entusiasmado mientras se los probaba.

Minutos más tarde ya estábamos en la azotea del edificio, adentro de una de las jaulas para tender.

-Pierde el primero al que le salga sangre, ¿sale? –propuso mi vecino.

¿Al que le salga sangre?, pensé en mi interior, -¿qué no se supone que son rounds de tres minutos? –dije en voz alta.

-Sí, pero no hay quien tome tiempo, así que podemos jugar de esa manera, o qué ¿tienes miedo?

Estaba asustadísimo, ¿cuánto tiempo podría pasar antes de que alguno de los dos empezara a sangrar? ¿cómo terminaríamos de golpeados?

-No, claro que no tengo miedo –mentí- pelearemos como tú digas.

Y así, luego de cerrar la puerta de la jaula, quitarnos la playera y ponernos los guantes, empezamos a pelear.

A cada golpe que me daba sentía que la cabeza retumbaba y que en cualquier momento se desprendería del cuello. Yo también daba mis buenos derechazos con el deseo de pronto sangrar a mi adversario y terminar de una vez con todo esto.

Para mi fortuna, a los pocos minutos un golpe de derecha se estrelló contra mi nariz y comencé a sangrar.

-¡Te gané, te gané! –exclamó jubiloso mi rival.

Ambos teníamos la cara roja de tanto golpe y los cabellos empapados en sudor. Yo veía cómo las gotas escarlata escurrían de mi nariz y se estrellaban contra el piso, dejando estelas imborrables de mi valor. Estaba adolorido y sentía que la cabeza me daba vueltas pero, en el fondo, estaba orgulloso de mi coraje.

Este es mi mundo, me repetía una y otra vez, el de los hombres, el de la fuerza. Ver las estrellas que mi sangre había dejado en el piso me provocaba una extraña satisfacción. Lo de menos era haber salido con la derrota, lo verdaderamente relevante era haber aguantado hasta el final.

Las peleas continuaron con cierta frecuencia y los golpes estrecharon aún más mi amistad con Ricardo.

Cierta ocasión invitamos a mi hermano a que se nos uniera, pero él, un año mayor que nosotros, no accedió. Esgrimió que podría lastimarnos al ser más grande.

Ricardo lo tomó como un pretexto para no ponerse los guantes, pero yo, que había visto cómo dejaba en la escuela a quien le buscara pleito, comprendí que no era temor sino cordura, lo que por cierto agradecí.

Al hacerme más amigo de Ricardo tuve oportunidad de acercarme a su hermana Olga, de nueve años y con una carita muy tierna y carácter dulce. Algunas veces, al no encontrar a Ricardo en su casa, me quedaba a platicar con Olga y me sentía muy bien. Más de una ocasión bajé expresamente para estar con ella y ver, juntos, el Teatro Fantástico, un programa en donde escenificaban cuentos de hadas. Mi hermano me hacía burla, decía que eran programas para niñas, pero yo alegaba en mi defensa los pleitos sangrientos que tenía con Ricardo y que él, de una u otra manera, siempre rehuía.

Así pasé una buena temporada en convivencia con mis vecinos, ya fuera golpeándome con Ricardo o viendo historias de princesas con Olga. 

XII 

El día que mis padres se enteraron de las extrañas reglas que Ricardo y yo habíamos inventado para nuestros combates, me quitaron los guantes y me regalaron una bolsa de canicas, cosa que agradecí sobremanera.

Además de que las canicas eran inofensivas, he de mencionar sin falsas modestias que yo era bastante  bueno para este juego, así es que con los tréboles, las ágatas y las agüitas me desquité de todas las derrotas que Ricardo me había propinado en el pugilismo.

No pasó mucho tiempo antes de que él y su hermana dejaran el edificio, pues regresaban a León, Guanajuato, donde trabajaba su papá.

Los extrañé a los dos, pero quizá un poco más a Olga, pues con ella podía platicar de cosas que con nadie más hablaba. Para ese entonces yo ya había cumplido los 12 años de edad.

Qué triste y qué vacío se miraba el edificio sin mis amigos. Mi hermano y yo éramos los únicos niños, el resto de los inquilinos lo formaban parejas de recién casados o de viejitos, además de Sonia, una brasileña no mayor de 30 años que vivía sola y que usaba ropa muy elegante.

La miraba y deseaba ser como ella; que por un extraño sortilegio chocáramos y al levantarnos mi alma quedara en su cuerpo.

La presencia de Ricardo y Olga, así como el susto que me llevé al ser descubierto, había alejado un poco mi necesidad de travestirme. Pero al verme nuevamente en la soledad, volvió a brotar el deseo de sentir la suavidad de unas medias y la sensualidad de unos tacones altos, como los que usaba la brasileña.

Más de una vez vi la deliciosa ropa interior de Sonia colgada en las jaulas donde no hacía mucho tiempo intercambiaba golpes con Ricardo. Cómo me hubiera gustado ponérmela. Me entretenía ver cómo escurrían sus pantaletas recién tendidas, sobre todo cuando las gotas caían sobre las manchas de sangre, de mi propia sangre que habían quedado en el suelo como huellas imborrables de mi valentía y coraje. Pensé robarme alguna de esas prendas para sentirla sobre mi cuerpo, ¿me vería tan linda como la brasileña?. Nunca lo sabría, el miedo o el respeto –o quizá un poco de las dos- me lo impidieron.

Entonces tuve un sueño. Soñé que por fin me animaba a robarme su ropa interior. Era un coordinado guinda, de satín, precioso. Caía la tarde y, paciente, esperaba que no hubiera nadie en la azotea. Al verme solo me lancé hacia la jaula; tenía candado. Pero eso no era un obstáculo, las jaulas estaban en tan mal estado que bastaba levantar un poco la malla para arrastrarse por debajo. Así lo hice y con un rápido movimiento descolgué la ropa. Ya estaba seca.

Repetí los movimientos y antes de hacerlo guardé las prendas debajo de mi playera para no ensuciarlas al momento de arrastrarme por debajo de la reja. Una vez que traspasé los límites de la jaula, y todavía en el suelo, sentí el peso de una bota que oprimía mi espalda. Volteé y desde el suelo vi a Sonia, lucía impresionante, con sus piernas en primer plano. Desde la posición en que me encontraba alcancé a ver uno de los tirantes de su liguero.

-¡Deja de mirarme las piernas y levántate! –dijo molesta.

Apenado de que hubiera descubierto mi mirada me incorporé de inmediato con la vista perdida en otra parte.

-¿Qué hacías adentro de la jaula?

-Este... yo... me metí porque se me fueron las canicas, mire –y al momento le mostré un par de tréboles que oportunamente recordé que traía en el bolsillo.

-¿A quién quieres engañar? –tronó.

-De veras, perdóneme, no lo vuelvo a hacer. Lo que pasa es que estaba jugando con las canicas y...

-¿Qué traes ahí? –interrumpió agresiva mientras señalaba el bulto que se notaba bajo mi playera.

-Nada... ¿por qué?

-¡No te  hagas! ¡enséñame lo que traes ahí o aquí mismo te encuero!

No tuve alternativa. Humillado, debí entregarle sus cosas.

-¿Y para qué querías mis calzones?

-Mire... yo...

-¡De seguro para masturbarte! ¿verdad? ¡pervertido de mierda!

-No, le juro que no era para eso.

-¿Entonces?

-Es que... se las iba a llevar a mi novia.. quería ver cómo se veía con...

-¡Tu novia! ¡qué vas a tener novia si todavía juegas a las canicas!. Aunque... –de pronto, Sonia cambio su tono de voz y de agresiva pasó a sarcástica. Gozó cada una de sus siguientes palabras. –Aunque creo que ya sé para qué querías mi ropa.

-¿Para qué? –pregunté para saber si me convenía su versión.

-Pues para ponértela, por supuesto.

-No... yo... –el color se me subió a la cara.

-Sí, claro –siguió divertida- eres una nenita que quiere ponerse ropa sensual.

Por el tono de voz y por su mirada me di cuenta que ella misma no creía lo que estaba diciendo. Ignoraba a dónde quería llegar pero me percaté que traía algo entre manos.

-Y yo que pensé que eras un pervertido. Pero no, cómo pude ser tan malpensada. ¿Y sabes una cosa linda? Te voy a ayudar. Voy a dejar que te pongas mi ropa; ven, vamos a mi departamento para que escojas lo que más te guste.

Si lo hubiera dicho en serio yo habría sido muy feliz; pero era muy claro que ella seguía pensando la primera versión y que ahora pretendía humillarme.

No había nada que pudiera decir en mi defensa. Amenazó con decirle a mi madre si no cooperaba. –Así es que –dijo divertida ya en su departamento y con el clóset abierto de par en par- escoge pequeñita, dime qué ropa te quieres poner.

-Ya le dije que no me quería poner su ropa –seguí mintiendo.

- Bueno, entonces la escogeré yo por ti.

Sacó una minifalda de cuadros cafés con beige, una blusa beige de cuello alto sin mangas, liguero y unas medias. –Ponte esto o ya sabes lo que te espera; tus padres sabrán qué clase de hijo tienen –dijo enérgica.

En el fondo era lo que yo deseaba, pero no de esa manera tan humillante. Obedecí sin embargo.

Una vez que me puse su ropa, Sonia me pintó, me puso una peluca, me colocó aretes, pulseras y anillos y se quitó sus botas, las mismas con las que me había sometido hacía unos minutos. –Póntelas, te vas a ver preciosa.

La verdad es que lucía hermosa, el maquillaje había logrado un efecto maravilloso en mi rostro. De la humillación pasé al gozo.

-Te ves hermosa –me dijo Sonia- no dudo que atraerás la mirada de los hombres; acompáñame.

-¿A dónde? –pregunté asustado.

-¿A dónde va a ser? A dar un paseo.

-Pero... ¿así? me van a ver.

-De eso se trata. ¿O prefieres que llame a tu mamá para que venga a ver a su preciosa hija? –volvió a sonar sarcástica.

De nuevo me vi obligado a obedecer a la brasileña. Bajamos las escaleras y yo con un miedo enorme de toparme con mi madre o mi hermano, o peor, con mi papá que a esas horas solía regresar del trabajo.

Afortunadamente no nos encontramos a nadie conocido, pero a los pocos minutos ya estábamos “las dos” caminando en la Zona Rosa.

No faltó quien me chiflara o quien me lanzara un piropo. Yo, la verdad, estaba aterrado pero me sentía muy bien, sobre todo cuando entramos a tomar un café y la mesera se refería a mi vecina y a mí como “señoritas”. En un momento llegó un amigo de la brasileña y le dijo que su amiga, o sea yo, estaba preciosa. Nos presentó y él, sin ningún miramiento, me plantó un beso en la mejilla. Me incomodé pero no podía rechazarlo. Sonia me preguntó, delante de él, que si me gustaba su amigo. Por cortesía yo dije que me parecía un hombre elegante. En ese momento él me tomó entre sus brazos y me dijo que tenía muchas cosas que enseñarme. Volteé a ver a la brasileña en señal de auxilio y ella solamente dijo que si quería ser una mujer tenía que aceptar las consecuencias. El tipo me manoseó, forcejeamos y estuvo a punto de besarme cuando de pronto desperté y me di cuenta que estaba forcejeando con mi propia almohada.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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