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Con esta edición
finalizamos la biografía de `` Piel que no miente: Máyela, una
mujer transgenérica ´´; queremos agradecerle profundamente a
su autora la confianza para haber publicado en ésta Web su
historia, de este modo compartir con otras tantas personas su
vida, y que muchas chicas transgenéricas vean que no están
solas, que a lo largo del planeta hay otras muchas en su misma
situación. Esperamos sinceramente que ésta publicación haya
sido del beneficio extendido de tantas y tantas chicas.
Muchas
gracias Máyela, y a todas las Máyelas del Mundo.
Carla
Antonelli
CI
Estoy
por cumplir seis meses de haberme venido a vivir a Xalapa.
Superados los temores iniciales, he empezado a salir, ya sea
a cenar, a desayunar, de compras... Al principio los vecinos
me veían con curiosidad, pero nunca me dijeron nada. Ya se
acostumbraron, incluso llegan a saludarme si me topo con
ellos en las escaleras.
Mi vecina Leticia, que vive en el piso de arriba, fue la
primera en enterarse. Nos habíamos encontrado varias veces
en los pasillos o en las escaleras, pero siempre en mi
condición de varón. Y alguna que otra vez ha bajado a
pedirme prestado un poco de azúcar o de café, que desde
luego no le he negado.
No sé si está divorciada o es madre soltera, el caso es que
vive con una niña de unos cuatro o cinco años que se llama
Vanesa y tiene un novio que la visita de vez en cuando.
Un viernes en la noche, sin embargo, bajó cuando yo estaba
vestida y arreglada. Luego de pensarlo un momento, recordé a
mi antigua vecina de Guadalajara, a la que no le abrí por el
pánico de que conociera mi condición. Las cosas, sin
embargo, han cambiado, por lo que decidí abrir la puerta.
Su primera reacción fue decirme,” buenas noches señora,
disculpe...” pero en eso como que se dio cuenta de que yo
era la misma que le había prestado café y azúcar en otras
ocasiones. Entonces se quedó callada y no supo qué decir.
-Hola, pásele –la invité a entrar.
-No me diga que usted...
-Sí –le aclaré- soy la misma persona, sólo que vestida de
otra manera.
Estuvimos platicando como unos 20 o 30 minutos y nos hicimos
grandes amigas. Incluso antes de irse ya nos estábamos
tuteando. Le conté brevemente mi situación y cómo fue que
decidí abrirle la puerta, para no tener que estarme
escondiendo. Fue ella la que me animó a empezar a salir.
-No te detengas, Mayela –así me dijo- no tienes porqué estar
dándole gusto a la gente. Y no te preocupes, que aquí nadie
se mete con nadie. No faltará el que se te quede viendo
raro, pero de ahí no pasa la cosa.
-Es más, qué tal si un día nos vamos de compras –agregó
divertida.
-Yo encantada, Lety –le dije.
En efecto, alguna vez hemos ido de compras a Plaza Las
Ánimas o a desayunar. En ambas ocasiones ha ido con su hija
de quien ya también soy una buena amiga.
Es curioso, cuando me ve en mi condición femenina, Vanessa
me habla de tú y me platica mucho, pero cuando me encuentra
como varón ni siquiera me saluda. He llegado a pensar que
cree que somos dos personas distintas.
Lety me ha comentado que para ella el asunto del transgénero
no es del todo ajeno. Tiene un hermano en México a quien le
encantan las mujeres como nosotras.
-En cuanto mi familia supo que salía con una chica
transexual -me confió- puso el grito en el cielo. Yo me
desconcerté, pero él me empezó a platicar y más o menos lo
entendí. Me costaba un poco de trabajo, como que habría sido
más fácil para mí entender que le gustaran los hombres, pero
no las travestis y las transexuales, para eso mejor salir
con mujeres. Pero así es él y punto. Y si al final no lo
pude entender del todo, pues lo que yo le dije fue es tu
vida y haz lo que te haga sentirte mejor.
El caso es que Lety me dijo que su hermano iba a venir a
verla a Xalapa y que le gustaría que nos conociéramos.
-Te va a caer muy bien, vas a ver –me dijo- y no es nada
feo.
Yo no sabía ni qué decir, nunca había salido con un hombre.
-No se trata de que te hagas su novia, nada más que se
conozcan, que platiquen –me animó.
Finalmente acepté y quedamos de ir a cenar con su hermano y
su novio el próximo fin de semana.
Ya es sábado, en una hora más el novio y el hermano de Lety
pasarán por nosotras para llevarnos a cenar. Estoy nerviosa.
Me miro al espejo, frente al tocador, mientras termino de
arreglarme. Vanessa ha venido a pedirme un quitaesmalte para
su mamá y se entretiene platicando conmigo. Está sentada al
borde de la cama. Mira como hipnotizada cada uno de mis
movimientos, el rimel que alarga y da volumen a mis
pestañas... las sombras de colores que aplico con sumo
cuidado... la polvera que abro suavemente y de la que
extraigo una borla con la que acaricio mi rostro... el lápiz
labial de un rojo intenso que luego de aplicarlo me hace
apretar y soltar los labios en un ritual que con el tiempo
he llegado a conocer muy bien.
Emocionada, me pongo unos aretes de perla y me abrocho el
collar por detrás de la nuca.
-¿Y cuando yo sea grande me voy a poder pintar como tú,
Mayela? –me pregunta Vanessa mientras me ajusto las medias
al liguero.
-Claro que sí, mi amor –le respondo con dulzura- cuando tú
seas grande te vas a poder pintar, y lo van a poder hacer
todas las personas que quieran hacerlo... todas.
EPÍLOGO
Antes
de terminar estas líneas quisiera hacer algunas precisiones.
Nunca pretendí que fuera una novela; ni siquiera una
autobiografía. Son, más bien, apuntes de lo que ha sido mi
vida desde el transgénero. Apuntes que, en una primera
instancia, me resultan importantes para tratar de entender, yo
misma y a la distancia, cómo ha sido mi propio proceso, desde
aquella primera ocasión en que me puse el vestido de mi tía
para representar a una princesa, hasta el fin de semana que
acabo de pasar en la Ciudad de México.
Ofrezco disculpas a quienes esperaban algo más espectacular.
Ni siquiera termina en el quirófano de una clínica
especializada, mientras me someto a la reasignación
quirúrgica. Tampoco es el típico final de telenovela: la boda
con un millonario que me paga todas las operaciones y vivimos
felices para siempre. Ni siquiera –Dios me libre- es el final
de películas mexicanas de otras épocas, en donde un machito me
confunde y al darse cuenta que no tengo una vagina, luego de
haberme dado besos apasionados, saca su cuchillo y me lo
encaja hasta hacerme desangrar.
No, nada de eso. Esto no es literatura, no pretende serlo; es
más bien, la vida misma. Y acaso la vida no sea tan
espectacular, pero ciertamente es plena de matices que nos
enriquecen.
Confieso que en algún momento he aderezado un poco –y sólo un
poco- la realidad para hacer ligeramente más interesante el
relato. Pero no tanto como para perder de vista la esencia de
la historia.
Es esta una historia de vida, de muchas vidas como la mía;
algunas más intensas, otras menos, pero ciertamente todas
ellas marcadas por un denominador común: la convicción de que
no respondemos a los esquemas que nos impone la sociedad. Cada
quien tendrá una respuesta diferente. Esta es la mía. Una
historia inconclusa pero que acaso sirva como referente a
quienes, como yo durante mi juventud, se sientan solas,
completamente solas y desamparadas.
Hay historias de vida mucho más plenas e interesantes. Mujeres
transgenéricas que han dejado todo para volar en pos de la
felicidad. Que han arriesgado la vida, que han renunciado a
sus bienes y a sus seres queridos. Ojalá se atrevieran a
contar sus experiencias, serían mucho más enriquecedoras que
las mías que con toda humildad he querido compartir en aras de
que a alguien le puedan resultar de alguna utilidad.
Tampoco quiero ser muy pretenciosa. Afortunadamente hoy en día
existe una amplia gama de medios en donde se puede encontrar
información al respecto. Hay más grupos de apoyo como ‘Eón,
Inteligencia Transgenérica’; hay centros de reunión para
personas como nosotras; hay mayor apertura en los medios de
comunicación para, eventualmente, abordar este tema. Hay
muchos testimonios en las páginas de Internet. Espero que no
tarde en consolidarse una revista hecha por y para personas
transgénero que el propio grupo Eón impulsó hace tiempo.
En fin, lo único que pretendo al escribir estas líneas es
contribuir a que exista más información a este respecto. Me
daré por bien servida si alguien se ve reflejada –o reflejado-
en estas páginas y saca algún provecho. Me daré por bien
servida si algún familiar o amigo de personas transgénero
encuentra aquí una posible explicación de lo que le sucede a
su ser querido.
Ahora me queda claro que mi felicidad está en seguir mis
sueños, y qué mayor sueño que ser yo misma, sin pretender
darle gusto a los demás en mi forma de vestir o de
comportarme. Nadie puede quitarnos el derecho a nuestra propia
identidad, nadie puede pretender encajonarnos en esquemas
caducos e inconsistentes, nadie puede obligarnos a quedarnos
encerradas en el clóset.
Ahora me doy cuenta de lo importante que ha sido que antes que
yo mucha gente transgenérica haya emprendido una lucha seria
por reivindicar nuestros derechos. Hay quienes han perdido la
vida, baste pensar en las travestis y transexuales que
murieron en Stonewall, Nueva York, junto con lesbianas,
bisexuales y homosexuales en la década de los setenta y que
dio origen a que se empezara a hablar de los derechos de la
población LGBT (lésbica, gay, bisexual y transgenérica). Baste
pensar en las cientos o miles de personas transgenéricas que
en México han sufrido el acoso policíaco, o de todo tipo de
personas, por atreverse a salir a la calle en su condición de
mujeres. A todas ellas mi reconocimiento y gratitud.
Pareciera ocioso escribir de algo tan elemental como querer
vestir ropas distintas a las que la sociedad nos impone. Pero
desde luego que esto va más allá de algo que pudiera, y
debiera, ser tan sencillo. Muchas, muchísimas personas
–desgraciadamente- han llegado al extremo de atentar contra su
propia vida al no poder manejar esto, o al encontrar cerrados
todos los caminos.
Hay otras que se han mutilado los genitales, corriendo graves
riesgos; algunas más se inyectan aceite o lo que sea, con tal
de aparentar unos pechos y unas caderas femeninos. Conozco a
una chica transexual que estudió medicina y se inyecto formol
o algo parecido en los testículos para alterarlos y obligar a
las instituciones de salud a que le practicaran la
orquideoctomía (extirpación de testículos).
Qué bueno fuera que la propia familia venciera obstáculos y
prejuicios profundamente arraigados a través de siglos de
tradición, para que por sobre todas las cosas triunfara el
amor al ser querido y se le brindara el apoyo que necesita.
Conozco a niños, adolescentes y jóvenes que piden a gritos el
cariño y la comprensión de sus padres, antes que la burla o el
rechazo.
Quizá sea mucho pedir que hubiera comprensión para estos
jóvenes. Puede ser que a sus padres les resulte muy difícil
entenderlos; pero al menos sería deseable que se preocuparan
por obtener información y por platicar con personas que han
superado estas difíciles circunstancias, antes que condenarlos
o castigarlos.
Hay que reconocerlo. Existen personas transgenéricas que
desgraciadamente caen en vicios, depresiones, neurosis y quizá
hasta en desórdenes mentales. Al margen de hacer notar que hay
personas no transgenéricas que también pueden caer en lo
mismo, quisiera hacer una reflexión. No es el transgénero lo
que nos hace llegar a esos extremos, es el rechazo de la
sociedad, es la burla, es la incomprensión de lo que nos
sucede lo que nos hace víctimas de esos padecimientos.
Si de pronto a la sociedad se le ocurriera decir que las
personas pelirrojas son la reencarnación del demonio, estoy
segura que no faltarían personas pelirrojas que tomarían la
decisión de quitarse la vida, o por lo menos de raparse o
pintarse el pelo. Pero como afortunadamente nadie se mete con
el color del cabello, puede haber individuos pelirrojos tan
felices como cualquiera.
Ojalá que no esté lejano el día en el que ser transgenérica
sea algo tan inofensivo y tan cotidiano como tener el cabello
rojizo. Insisto en lo que he expuesto a lo largo de estas
páginas; ninguna de nosotras escogió ser así, lo que sí
podemos elegir es luchar por nuestra libertad y tratar de ser
felices; o, por el contrario, escondernos para darle gusto a
los demás. Así de sencillo.
Mientras escribo estas reflexiones pienso que quizá en unos
años pueda crear las condiciones que me permitan vivir mi rol
femenino las 24 horas. Hay muchos obstáculos, una legislación
que no nos brinda personalidad jurídica, que nos margina de
los servicios de salud, que nos impide gozar de todos nuestros
derechos y, desde luego, una sociedad que nos niega un
espacio. Existen, sin embargo, personas que a pesar de todo lo
han logrado. A ellas vaya mi admiración y reconocimiento.
Por lo pronto yo me siento como Sor Juana Inés de la Cruz.
Ella tuvo que vestirse como hombre para poder estudiar en la
universidad cuando el acceso a la educación superior estaba
limitado a los varones. Yo también tengo que vestirme de
hombre para poder tener un trabajo bien remunerado en virtud
de que estos empleos suelen estar vedados a personas como
nosotras. Algún día, sin embargo, espero quitarme el disfraz
definitivamente.
Mayela Beltrán es una mujer que durante muchos años debió
ocultar su condición. La razón, haber nacido con un cuerpo que
la sociedad ha decidido, arbitrariamente, que corresponde a
los varones. Así, creció y, en consecuencia, así fue educada,
como un varón, pero sabiendo en el fondo de su alma que
siempre ha sido una mujer.
En algún momento de su vida, Mayela se cansa de sufrir en
silencio las contradicciones y la represión que una sociedad
machista como la nuestra le ha impuesto. Y decide romper sus
cadenas.
“Piel que no miente” es la historia de Mayela Beltrán, una
mujer transgenérica. Pero es, también, la historia de la
propia autora que plasma sus reflexiones en una autobiografía
novelada, plena de dudas, confusiones y miedos; pero, también,
llena de esperanza y decisión, cargada de un irrenunciable
anhelo de libertad.
Una lectura indispensable para travestis y transexuales que
acaso se vean reflejadas en estas páginas y puedan comprender
mejor su propia condición. Indispensable, también, para
quienes viven de cerca con personas transgenéricas y necesitan
saber qué sucede al interior de esas almas, a menudo
confundidas.
No es común que una mujer transgenérica, nacida y radicada en
México, se atreva a contar su historia. Silvia Jiménez
-entusiasta activista por los derechos de la diversidad- lo
hace con un estilo ágil y ameno, que por momentos llega a
convertirse en irónico e irreverente pero que, ciertamente,
brota desde lo más profundo de su alma de mujer.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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