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Cada publicación
consta de tres capítulos.
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2º
VII
No
pasó mucho tiempo antes de encontrarme con la esperada
oportunidad. Mi hermano se sometió a un tratamiento de
ortodoncia al que acudía todos los jueves acompañado de mi
madre. Mi papá trabajaba todo el día, así es que los jueves me
quedaba solo en la casa.
No esperé más y desde el preciso momento en que vi por la
ventana que se alejaba el auto, con mi mamá y mi hermano, me
dirigí a los cajones en busca de aquellas medias.
Ahí estaban, esperándome. Con gran emoción me quité zapatos,
calcetines y pantalones, y me las puse.
De nuevo ese caudal de sensaciones. Una y otra vez pasaba mi
mano por las piernas más suaves y sedosas que hubiera
acariciado jamás.
No contento con todo ello, seguí buscando en los cajones. Unas
pantaletas amarillas con liguero me salieron al paso, y luego
un brasier blanco. Me quité la truza y la playera y en su
lugar me puse las pantaletas y el brasier.
Sentado y con la pierna cruzada sujeté torpemente las medias
al liguero, queriendo imitar a mi madre cuando se arreglaba
para salir con papá. Qué trabajo me costó abrochar el brasier,
pero al fin lo hice y lo rellené con mis calcetines mugrosos.
No importaba, me sentía la mujer más sensual del mundo.
Luego tocó el turno a los zapatos de tacón alto y a un vestido
rosa de cuello redondo y manga corta, lo recuerdo bien. De
inmediato acudí al espejo, mi más fiel, mi único confidente. A
nadie más le revelaría ese secreto tan mío.
El mismo ritual siguió todos los jueves, pero cada vez le
agregaba más ingredientes a mi fantasía. Los aretes, el
collar... cuando descubrí la peluca fue sensacional... y un
día hasta llegué a pintarme los labios.
Todo era muy hermoso mientras ocurría, pero al día siguiente,
u horas más tarde, empezaban –otra vez- los remordimientos,
las dudas, los temores.
Todo parecía confabularse en mi contra por una simple y
sencilla razón: los hombres no se pintan, los hombres no se
ponen faldas, los hombres no se ponen medias, los hombres no
esto, los hombres no lo otro. Y yo –o al menos eso es lo que
me habían dicho- yo era hombre.
Entonces surgió una pregunta más en mi de por sí confundida y
atribulada cabeza: ¿cómo saben que soy hombre, quién les dijo
a mis papás que soy hombre?
Hoy, estas reflexiones en la mente de un niño de once años
pueden parecer ociosas. Pero en ese entonces el sexo era tabú,
nadie hablaba de eso a los menores, Y sin hermanas en casa y
con una familia católica y tradicionalista, no cuesta mucho
trabajo entender que ese niño de once años no supiera las
diferencias biológicas entre uno y otro sexo.
Una tarde, armándome de valor, me atreví a preguntar.
-Oye mamá, ¿y cómo saben los doctores si el bebé que nace es
niño o niña?
Mi madre se turbó, pero de inmediato recuperó el aplomo y
respondió, con toda la autoridad que un ama de casa de los
años sesenta –todavía no se enteraba de la revolución sexual-
podía tener.
-Pues por la carita, mi amor. Si tiene la cara tierna y
delicada, es niña. Si la tiene más tosquita, entonces es niño.
–Y se alejó de inmediato a lavar los trastes.
Pobrecita, no la culpo, sólo respondió a la educación que
había recibido. Yo me quedé espantado. No podía creer que algo
tan importante como el sexo de la gente se decidiera con sólo
verle la cara a los bebés.
En cuanto pude busqué fotos mías y de mi prima cuando éramos
bebés. Las encontré en un viejo álbum de pastas negras.
Comparé los rostros... la verdad es que no veía diferencias,
tan tierna y delicada era la cara de mi prima, como la mía. Me
decía, sin embargo, que por algo los médicos estudiaban tantos
años, y los imaginaba cursando una materia que pudiera
llamarse “reconocimiento de bebés” en donde los aspirantes a
ginecólogos adquirían una destreza muy particular para
distinguir mínimas diferencias en el rostro de un niño o una
niña. Pero a simple vista, insisto, yo no percibía
diferencias.
Esto abría nuevos horizontes para mí; por un lado
esperanzadores y maravillosos, pero por otro escalofriantes.
Si los médicos se habían equivocado y yo era una niña,
entonces eso explicaba todo. Eso explicaba que me gustara
jugar con otras niñas, que me sintiera bien poniéndome medias
y vestidos... se acababan mis problemas. Ya no tendría que ser
feo, fuerte y formal, podía aspirar a ser hermosa, tierna y
delicada.
Pero había un problema, cómo convencer a los demás de que yo
era una niña. Pensaba que nadie me creería y que me obligarían
a seguir actuando como un niño. ¿Y qué iba a pasar cuando en
lugar de que me creciera la barba y el bigote, me crecieran
los pechos y las caderas? Ya me imaginaba a mis padres
preocupados al notar que no me cambiaba la voz y demandando
ante los tribunales al médico que había dictaminado que yo era
un niño.
Pero a final de cuentas no me importaba que metieran a la
cárcel al doctorcito ni que hubiera un lío y tuvieran de
cambiarme de escuela. Me emocionaba pensar que a lo mejor yo
sí era una niña y que, tarde o temprano, viviría como las
demás mujeres. Lo único que deseaba es que se dieran cuenta
antes de que cumpliera los 15 años para que me hicieran mi
fiesta. Qué contento me puse.
Poco me duró la ilusión. En cuanto vi a mi primo le comenté lo
chistoso que se me hacía que con sólo verle la cara a los
bebés supieran si eran niños o niñas.
-No seas tonto –me dijo en un tono que sonó a burla- ¿quién te
dijo esas tonterías?
-Este... lo leí en alguna parte –no quise echar de cabeza a mi
propia madre.
-Pues eso no es cierto –repuso, y me enseñó unas revistas
pornográficas que tenía escondidas su papá. Ese fue mi libro
de texto de sexología.
No dije nada, pero tuve una gran desilusión. Y, otra vez, más
dudas, más remordimientos, más temores.
VIII
Pocos días después de cumplir catorce años me levanté como
todos los días, pero al quitarme el saco de la pijama en el
baño noté que mis pechos habían empezado a crecer.
Ciertamente, no eran como los de mi madre o los de mis tías,
pero insinuaban una redondez característica. Me di cuenta que
mis caderas también se estaban ensanchando.
Con emoción corrí al cuarto de mis padres; era domingo, apenas
se estaban despertando.
-¡Mamá, mamá! –le dije entusiasmado- ¡mira lo que le está
pasando a mis pechos!
Ella me miró con detenimiento y dijo.
-Esos no son los pechos de un niño.
Mi padre intervino e hizo notar que mi voz no había cambiado;
pidió que acercara mi rostro a su cara. Pasó sus dedos por
ambos lados de mi boca.
-Mmmmm.... no... nada –señaló con gravedad- ni rastros de que
fuera a salir el bigote.
-Víctor, ¿tú crees que...?
-Sí, -interrumpió mi padre con un aire entre molesto y
divertido- ese doctorcito se equivocó. Jorge no es hombre, es
mujer.
-¿De veras? –pregunté con ilusión.
-Claro, a tu hermano desde los 13 años le empezó a salir el
bigote y le cambió la voz; y esos pechos... definitivamente
eres una mujer.
Con la mayor naturalidad mi madre me dijo que tendría que
buscar otro nombre y que el lunes veríamos lo del cambio de
escuela.
-También tendremos que comprarte vestidos, faldas...
-¿Y tendré una fiesta de 15 años? –interrumpí a mi padre sin
ocultar mi alegría.
-Yo creo que sí –dijo sereno- tenemos tiempo.
Le dije que con calma pensaría en un nombre de mujer y que
para mi fiesta me gustaba el vestido blanco que había visto en
el aparador de un almacén de Tacubaya. Me preocupaban las
damas, por supuesto que invitaría a mi prima, a Lucy, mi
antigua compañera de kínder a quien tendríamos que buscar, a
Yoli, una amiguita con la que a veces jugaba cuando iba a casa
de mi abuela materna. Como yo estudiaba en una escuela de
puros varones no tenía más amigas, quizá tendría que pedirle a
mi prima que invitara a algunas de sus compañeras.
Todo pasó muy rápido, la compra del vestido, las invitaciones,
los ensayos... hasta que llegó el gran día.
Yo lucía radiante, con mi vestido blanco. Qué emoción sentí al
ponerme las medias, las zapatillas de tacón alto... una señora
me maquilló y quedé como una reyna.
En el salón de fiestas ya estaban todos los invitados. Yo en
la parte superior para descender lentamente por la escalinata
que me llevaría a la pista donde bailaría mi primer vals. La
orquesta empezó a tocar y yo, lentamente, a caminar.
En ese momento escuché la voz de mi madre que me decía,
-Jorge, Jorge...
Con molestia volteé para decirle que ya no me llamaba Jorge.
Pero la voz continuó.
-¡Jorge! Hijo, despierta, tienes que irte a la escuela.
-¿Qué? –contesté adormilado.
-Ya son las siete, se nos va a hacer tarde.
IX
Todo había sido un hermoso sueño. La realidad me devolvía a
mis once años... y a mi condición de varón. Jamás me crecerían
los pechos, mi voz se haría más gruesa y mi rostro se cubriría
de barba y bigote. Era inevitable.
Debía conformarme, sí, conformarme porque no era lo que había
soñado, conformarme entonces con esas breves incursiones de
los jueves al inigualable encanto de sentirme mujer.
El espejo, cómplice callado, era mi único aliado. Me devolvía
a la ensoñación de esa mujer que solamente ese objeto
inanimado era capaz de mirar.
¿Qué pasaría –me pregunté alguna vez- si mis padres me vieran
en mi metamorfosis femenina, si mi hermano descubriera mi
secreto? Por las noches imaginaba que alguna vez me armaría de
valor y, ataviado con falda, tacones y peluca, llegaría hasta
mi padre y le diría, mira quién soy, todos se equivocaron, los
médicos, ustedes, los demás; soy una niña, ¿no lo pueden ver?
Una niña, una mujer...
Pero sabía que era un disparate. Bastaba con llevarme la mano
a la entrepierna para convencerme que el equivocado era yo.
Así pensaba en ese entonces, y antes de contemplar la
posibilidad de recurrir a mis padres para que aclararan mis
dudas, me aterraba que llegaran a conocer el secreto que
guardaba con tanto celo.
Un jueves, sin embargo, como de costumbre esperé a ver por la
ventana que mi madre y mi hermano se alejaban en el auto para,
rápidamente, acudir a los cajones en busca de mi otro yo.
A fuerza de hacerlo periódicamente, conocía a la perfección
dónde estaba cada una de las prendas... la ropa interior, el
vestido, los tacones altos, la peluca, el lápiz labial...
Como de costumbre, una vez que me puse toda la indumentaria me
contemplé en el espejo. Era ya todo un ritual, sabía que tenía
más de hora y media para sentirme mujer.
Alguna vez pensé en pintarme las uñas y ponerme sombras y
rimel , pero temía que no me diera tiempo de despintarme, que
mis huellas delatoras permanecieran en mi cara. Me conformaba,
entonces, con la ropa y el lápiz labial.
Como siempre, me senté en la sala con la pierna cruzada,
imaginando que tomaba café con las amigas de mi madre.
De pronto, el ruido de un motor conocido rompió mis ensueños.
De inmediato me asomé por la ventana y, en efecto, se trataba
del renolito verde de mi madre. No había pasado ni media hora,
¿por qué habían regresado tan pronto?
Sin querer encontrar explicaciones en ese momento, corrí a la
recámara de mi madre con intención de cambiarme, pero hice un
rápido cálculo y deduje que el tiempo no me lo permitiría,
mucho menos si quería despintarme la boca y dejar todo en su
lugar.
Instintivamente recogí mi ropa masculina y me metí al baño,
algo se me ocurriría.
Justo en el momento en que echaba llave a la puerta del baño
escuché que se abría el departamento y, de inmediato, los
pasos de mi madre y de mi hermano.
-¿Dónde estás? –sonó la voz de mi madre.
-¡Aquí en el baño, ahorita salgo!
-¿Te sientes mal?
-Un poco, yo creo que me cayó mal la comida –inventé, sin
dejar de quitarme silenciosamente cada una de las prendas.
-¿Quieres que te preparé un té?
-Ahorita que salga vemos, gracias.
Entonces vi lo que podría ser mi salvación... la lavadora.
Afortunadamente estaba vacía. Así es que con el mayor cuidado,
para no hacer ruido, fui dejando cada una de las cosas que me
había quitado. Acto seguido, me puse mi ropa habitual, jalé la
cadena del excusado y procedí a lavarme las manos, simbólica y
literalmente. Había que hacer creíble el momento.
Al salir, mi madre, cariñosa, me preguntó que qué me habría
hecho daño. –El pollo y el arroz estaban buenos –apuntó.
-No sé, en la escuela me invitaron un sándwich de jamón –volví
a inventar- a lo mejor no estaba muy bueno.
-Te voy a preparar un té y si mañana sigues así te llevo con
el doctor Legorreta.
Con tal de que me creyera tuve que tomarme el té de
manzanilla. Mientras lo hacía, pensaba en la segunda parte del
plan que, sin duda, sería más difícil: cómo llevar de nuevo la
ropa de mi madre a sus cajones.
Pensé en salir con cualquier pretexto y al regresar decirle a
mi madre que una vecina la buscaba. Pero no funcionaría, mi
hermano se daría cuenta de la maniobra y, además, la vecina me
desmentiría.
Le daba vueltas y vueltas y no se me ocurría nada que de
verdad pudiera resultar. En último caso, pensé, iría por la
noche y arrojaría las cosas por la ventana del baño... no,
tampoco era una buena idea, por muchas razones. La primera es
que tarde o temprano mi mamá notaría la ausencia de sus cosas;
la segunda, que podría suceder que ella misma las encontrara
en la mañana al salir a la calle; y la tercera, que yo mismo
me haría un daño, pues ya no me las podría volver a poner. La
ropa, como quiera, buscaría otra, pero la peluca era la única
que tenía mi madre.
Terminé el té y seguí dándole vueltas al asunto. El resto de
la tarde ni siquiera pude concentrarme en la tarea por estar
piense y piense. Lo único que se me ocurrió fue esperar a que
en la noche todos estuvieran dormidos para ir por la ropa y
esconderla en un lugar seguro de mi recámara, con la idea de
devolverla a su lugar el próximo jueves que me quedara solo.
Tampoco era la mejor idea. Una semana era mucho tiempo. Mi
madre podría echar de menos alguna de sus cosas o mi hermano
encontrarlas accidentalmente.
Más tarde me enteré que habían regresado tan rápido porque el
dentista tuvo un contratiempo y no llegó al consultorio. Odié
con todas mis fuerzas al irresponsable sacamuelas.
Mientras terminaba de hacer una de las peores tareas de mi
vida vi que mi madre se metía a su recámara y hacía ruido en
el clóset. ¿Estaría buscando su vestido rosa?, me pregunté,
paranoico. ¿Se habrá dado cuenta que no está la peluca? Era
algo peor, a los pocos minutos la vi salir con el tambache de
ropa sucia en dirección al baño.
Sentí cómo la temperatura de mi cuerpo subió en un santiamén,
me ardían las mejillas y me temblaban las manos. En unos
segundos abriría la lavadora y...
-Jorge –me dijo ecuánime- ¿puedes venir tantito?
Acudí como el condenado a muerte que camina rumbo a la silla
eléctrica. Ni siquiera pensaba en lo que podía decir, sólo
deseaba que en ese momento comenzara a temblar y todos
tuviéramos que salir corriendo del departamento; o que se
abriera la tierra y me tragara, o que un rayo me partiera en
dos. Nada de eso sucedió y tuve que enfrentar el
interrogatorio.
-¿Tú pusiste esas cosas ahí?
-Este... yo... no, no mamá –mentí-
-¿Cómo que no? Antes de que nos fuéramos al dentista la
lavadora estaba vacía. Y nadie ha entrado a la casa, sólo tú
estuviste aquí.
Su lógica resultó más que demoledora.
-Bueno –confesé asustado- sí, yo la metí.
-¿Y para qué? –preguntó intrigada.
-Bueno... pues quería lavarla... yo quise ayudar, la iba a
lavar mientras ustedes estaban en el dentista.
-¿Y también ibas a lavar la peluca, y los zapatos?
-Pues sí, ¿no se lavan?
-Pero no en la lavadora. ¿Te das cuenta lo que pasaría con la
peluca si echas a andar la lavadora? Y además con los zapatos,
¿cómo se te ocurre?
-Pues quería saber qué pasaba.
-Dime la verdad, Jorge –me advirtió en tono serio.
-Es la verdad, perdóname, quería saber qué pasaba –le dije al
borde del llanto.
Mi madre no me creyó e hizo lo que muchas mamás solían hacer
en aquella época. Amenazarme con decirle a mi padre si no
confesaba la verdad.
-Pero si te digo –alcancé a balbucear aguantando el llanto- si
te digo ¿me prometes que no le dices nada a mi papá?
-Te lo prometo.
Qué momento tan horrible. Sentí que el mundo se me venía
encima. Estaba a punto de confesar el mayor de los delitos.
¿Así se habría sentido Lee Harvey Oswald al confesar que había
matado a Kennedy, hacía apenas unos cuantos años?
-¿Pero de veras no le dices a nadie? –quise ganar tiempo.
-A nadie –y cerró la puerta del baño para que no escuchara mi
hermano.
-Yo... yo iba a... a ponérmela –dije por fin, al tiempo que en
mi interior sentía cómo se derrumbaba todo mi ser.
-¿Y por qué lo hiciste? Tú eres hombre.
Luego de comprobar que seguía vivo, dije lo primero que se me
ocurrió.
-Pues nada más, para ver qué se siente, ya ves que luego en la
tele salen hombres que se ponen ropa de mujer.
-Sí, mi cielo –dijo en un tono que sonó hasta divertido- pero
eso lo hacen para hacer reír a la gente, para imitar a las
cantantes, no vuelvas a hacer eso. Además, me puedes maltratar
mis cosas.
-Sí, mamá, no lo vuelvo a hacer.
No, no se había acabado el mundo, pero una parte de mí estaba
muy lastimada.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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