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( En ésta edición
consta de tres capítulos )
XCVIII
No
ha sido fácil tomar la decisión de irme a vivir a Xalapa, pero
he debido tomarla. Habría sido una irresponsabilidad no
hacerlo.
La reunión en el Parque Hundido fue muy emotiva. Una de las
chicas de reciente ingreso se acercó a mí, me dijo que me
estaba muy agradecida por todo el apoyo que le brindé, que
gracias a eso ahora se siente mucho mejor, sin culpas, sin
remordimientos, sin conflictos internos. Es curioso, es casi
exactamente lo mismo que años atrás yo le había dicho a
Anxélica y a Alejandra. Me siento muy bien de haber podido
hacer por otras lo que ellas hicieron por mí.
Y me doy cuenta del valor de estos grupos. No he cumplido ni
tres años de haber ingresado y mi vida es otra. No exenta de
dificultades, ciertamente, pero mucho más plena, mucho más
libre.
Siento que se cierra un ciclo en mi vida. Comenzará otro. Debo
pensar muy bien cómo viviré mi transgénero de ahora en
adelante.
Mi activismo tendrá que limitarse, pero no desaparecerá. Se me
ocurre que puedo escribir, hay tantas cosas que decir, tantas
reflexiones que compartir. Imagino que ahora que viva sola
tendré más tiempo para poder hacerlo.
Se me ocurre, también, que al menos una vez al mes podré venir
a la Ciudad de México, meterme a un hotel, cambiarme y pasar
todo el fin de semana como una mujer. Puede ser atractivo.
Procuraré que coincida con las reuniones del grupo para poder
asistir de vez en cuando.
Es curioso, una de mis mejores amigas del grupo, Bertha
Alicia, me dice que se va a ir a trabajar a Morelia. La voy a
extrañar, a ella y a su pareja. Cómo las quiero, ambas me
ayudaron muchísimo. Bertha Alicia me acompañó cuando salí la
primera vez y desde entonces me tendió la mano en todo
momento. Hubo periodos en los que por diversas circunstancias
dejamos de vernos, pero siempre sabíamos que podíamos contar
la una con la otra. Ahora será lo mismo, a pesar de que ella
se encuentre en Morelia y yo en Xalapa, ambas sabremos que
nuestra amistad estará ahí, a pesar de las distancias.
A veces me da miedo el porvenir. No sé si llegará el día en
que pueda vivir de tiempo completo como mujer. Lo que me queda
claro es que cada día que pasa soy más vieja. No quiero
empezar a vivir como mujer a los 60 años.
Sería una posición muy frívola decir que me he perdido los
mejores años de una mujer, pero hay veces en las que no puedo
dejar de pensar en esos términos. No tuve una fiesta de 15
años, no tuve los 20 o 25 años para ponerme una minifalda y
salir a bailar, no tuve los 30 para viajar con un hombre
interesante y conocer lugares exóticos... Pero vuelvo a mi
antigua reflexión, cuántas mujeres, a pesar de tener 15, 20 o
30 años no cuentan con la oportunidad de disfrutar de una
fiesta, ponerse una minifalda o hacer un viaje.
Ser mujer, digo yo, es algo más que eso. Y a mis
cuarentaytantos o a mis cincuenta si es que sigo posponiendo
el momento de empezar a vivir mi rol, disfrutaré al máximo esa
experiencia. Además, las incursiones que ahora hago al mundo
de las mujeres me dejan bastante satisfecha. A veces he
pensado que hasta poseo una cierta ventaja sobre el resto de
las mujeres, o incluso sobre la posible vivencia de tiempo
completo. Ahora cuento con un hombre que resuelve la vida
cotidiana, los asuntos complicados, difíciles o aburridos. Eso
me permite vivir mi rol femenino sin preocupaciones.
A veces hago la comparación con un noviazgo y un matrimonio.
Un matrimonio puede ser muy bonito, vives todos los días con
tu pareja, duermes con ella, te levantas con ella... pero en
ocasiones llega el momento en el que deja de ser divertido y
hasta puede convertirse en una carga. En cambio el noviazgo...
cierto, no estás todo el tiempo con tu pareja, pero cuando la
ves lo haces con ilusión, pones lo mejor de ti, disfrutas cada
momento.
Pienso, entonces, que mi vivencia de lo femenino en este
momento es como el noviazgo. No vivo como mujer todos los
días, pero cuando lo hago lo disfruto al máximo. Espero que,
aunque me vaya a Xalapa, pueda seguir disfrutando.
XCIX
Llevo un mes en Xalapa. El trabajo es agradable, mis
compañeros me tratan bien, la relación con mis jefes es
inmejorable. No me puedo quejar.
A Olivia le dio mucho gusto que consiguiera este trabajo.
Tenía pánico que le ofrecieran algo a Mayela y perder a Jorge
para siempre.
Ahora es ella la que tiene que llevar a Jorge Alberto a la
escuela, la que debe manejar para regresar a casa, la que
tiene que arreglar todos los detalles de los que yo me hacía
cargo y que apenas ahora, que no estoy, empieza a darse cuenta
y a valorar.
Pero por lo menos sabe que su esposo no ha desaparecido y, por
otra parte, le llevo quincenalmente una suma que, aunque no
sea muy grande, le brinda un desahogo económico.
La relación ha dado un giro muy grande. Creo que ocurre lo que
explicaba líneas arriba con el asunto del noviazgo y el
matrimonio. Aunque seguimos casados, no nos vemos todos los
días, eso facilita que al vernos lo hagamos con más ganas, con
mayor ilusión. Hasta la actividad sexual se está recuperando.
Hay otro detalle, cuando llego a verla, a ella y a mi hijo, me
concentro totalmente en ellos, no tengo que salir a las
reuniones de mi grupo, ni a dar pláticas ni nada por el
estilo. Tampoco llego con restos de rimel o de barniz de uñas.
Eso reduce muchísimo los motivos de conflicto.
Mi vivencia de lo femenino, por otra parte, aunque más
esporádica, ahora es más plena. Ya no tengo la presión de
cambiarme para recoger a mi esposa, ya no tengo la
preocupación de quedar perfectamente desmaquillada, ya no
tengo que darle explicaciones. Creo que mi vida pinta bien.
Este fin de semana fui a la Ciudad de México, pero ya no para
ver a mi familia sino para darle salida a mi condición
femenina. Fue maravilloso.
A las 6 de la mañana abordé el autobús y a las 11 ya estaba en
mi destino. De ahí me dirigí al hotel. Qué diferencia, todo un
cuarto de hotel para cambiarme, ya no el espacio reducido de
un baño público.
Con toda la calma saco la ropa de mi maleta, la cuelgo en el
armario, guardo en los cajones la ropa interior, acomodo mis
cosméticos. Me baño y al salir me empiezo a arreglar.
Disfruto esa deliciosa libertad de poder elegir la ropa que me
voy a poner. Escojo un conjunto anaranjado, de falda y blusa,
unas pantimedias, tacones altos color beige. Ya me hacía falta
sentir la textura de unas medias en mis piernas, ver mis ojos
con sombras, rimel y delineador, ponerme aretes, collar,
pulseras...
Salgo a caminar y voy al Mercado de Artesanías de la
Ciudadela, hacía tiempo que había visto unos vestidos de manta
pero no había podido comprarlos por falta de recursos. La
gente de ese local me atiende de maravilla.
-¿Busca algo en especial, señorita? –me dice la empleada.
-¿Qué precio tiene este vestido? –pregunto, mientras señalo el
que había visto desde la vez pasada.
-Le sale en 250 pesos, pero se lo vamos a dejar en 220, si
gusta puede pasar a probárselo.
Claro que paso a probármelo. Es un sueño poder hacer todo
esto. No hace ni tres años que hubiera considerado imposible
cualquier posibilidad de vivir estas experiencias.
Cualquier mujer que lea estas líneas pensaría que estoy
exagerando. Pero creo que es algo parecido a lo que puede
pasarnos al ver una luna llena o a unas aves volar. Podemos
decir que es algo hermoso, pero hasta ahí. Pero qué tal si esa
luna llena o esa paloma en pleno vuelo son observadas por un
invidente que de pronto ha recuperado la visión. Así me siento
yo al probarme ese vestido en el vestidor de un
establecimiento comercial. Lo que alguna vez fue producto de
mi imaginación, ahora es real. Tan real como el vestido que
acabo de comprar, ilusionada, al descubrir que me queda muy
bien.
Al salir de la Ciudadela un sujeto me pregunta la hora, es un
hombre de unos 30 o 35 años. Amable, le doy la hora y sigo mi
camino.
Poco antes de llegar al Metro Juárez me topo con el mismo
individuo.
-Perdone –me dice- ¿es usted de Guadalajara?
-No –respondo- soy de aquí, ¿por qué?
-Es que tienes los ojos muy bonitos.
Me emociona el comentario y sólo digo un gracias, apenada.
-¿A dónde vas? ¿te puedo acompañar?
-Estaba caminando, simplemente.
-¿Podemos caminar juntos? Me gustaría platicar contigo.
Me sorprende su petición y, nerviosa, acepto. No es un adonis
el tipo, pero tampoco es desagradable. Yo me siento halagada.
Mientras caminamos, trata de acercarse pero yo, discretamente,
mantengo la distancia. Vamos hacia la avenida Juárez y poco
antes de llegar a Bellas Artes me dice.
-Me gustaría que fuéramos a otro lado.
-¿A dónde? –pregunto.
-No sé, donde pudiéramos estar solos.
Imagino a dónde quiere llegar. Me siento bien de poder
despertar algo en un hombre, pero prefiero decirle que tengo
cosas que hacer. Insiste un poco, pero yo mantengo mi postura.
-¿No te gustaría que fuéramos a bailar en la noche? Dime a
dónde paso por ti.
-Me encantaría –respondo cortés- pero tengo cosas que hacer.
-¿Tal vez otro día?
-Tal vez.
Finalmente, escribe su nombre y su teléfono en una tarjeta y
me la entrega, pidiéndole que le llame cuando guste.
Me voy a comer, sola, y durante la comida pienso mucho en esta
nueva experiencia. Creo que no me desagrada del todo, aunque
no pienso llamarle.
Por la tarde me reúno con mis amigas, platicamos de muchas
cosas, de mi vida en Xalapa, del grupo, de mis planes. Su
conversación y su presencia es necesaria para mí.
En la noche regreso al hotel y me agrada encontrar algunos
cosméticos sobre el tocador, restos del paquete de las medias,
un fondo... todo lo que en otras ocasiones debía guardar
escrupulosamente ahora me lo topo al regresar. No cabe duda,
es la habitación de una mujer.
Y al día siguiente, otra vez a vivir lo que por mucho tiempo
fue un sueño, una fantasía: despertar en camisón, con las uñas
pintadas y lista para volverme a poner un vestido después de
bañarme. Me estreno el vestido de manta que compré en La
Ciudadela y me voy a desayunar al Sanborn’s de Los Azulejos,
en el Centro Histórico.
Más de cien años de ese hermoso edificio me contemplan con mi
vestido nuevo. Hay gente que aguarda mesa, me apunto en la
lista de espera y me encanta pronunciar mi verdadero nombre...
Mayela Beltrán, cuando me preguntan para anotarme. Y me
encanta que digan “señorita Mayela” cuando está lista la mesa.
Y me encanta que me digan, “¿qué va a querer señorita?”, “¿más
café, señorita?”, “¿está bien atendida?”. Claro que estoy bien
atendida, mejor que nunca.
De ahí me voy a escuchar misa a la Iglesia de la Comunidad
Metropolitana, donde he ido en otras ocasiones.
Me doy cuenta que a pesar del tiempo, y a pesar de haber
participado en esta celebración muchas veces, me sigo
emocionando. Sigo dándole gracias a Dios el permitirme vivir
estas experiencias. Y no puedo dejar de sentir una emoción
frívola cuando el reverendo, al momento de acercarse a darme
el saludo de paz, me dice, “está padrísimo tu vestido”.
C
No me puedo quejar. No conseguí un trabajo que me permitiera
vivir de tiempo completo mi rol femenino, pero creo que el
empleo que me ofrecieron en Xalapa fue lo mejor que me pudo
pasar.
Cierto, extraño las responsabilidades que tenía en mi grupo,
ya no puedo vestirme tan seguido y salir de compras o a
caminar, pero a cambio he obtenido muchos beneficios.
Por principio de cuentas ya tengo un empleo bien remunerado,
puedo apoyar económicamente a mi esposa, a mis hijos y hasta
me queda algo para darme algunos gustos. Además, aún cuando
mis salidas son más esporádicas, ahora las disfruto más. Ya no
hay presiones, ya no hay prisas, ya no más llamadas
telefónicas de mi esposa que quiere saber si me voy a tardar.
Ya no tengo que cuidar hasta el último detalle al momento de
desmaquillarme. Ya no hay pleitos porque llego tarde a la casa
o porque debo salir un fin de semana. Ya no debo guardar mis
vestidos en cajas y maletas, como si fueran mercancía
prohibida; ya no olores a humedad en mis faldas, ya no tener
que esconder mis cosas.
Y todo esto sin necesidad de renunciar a mi esposa y a mis
hijos. Los veo cada quince días, con gusto, con ilusión, en un
clima mucho más sereno y tranquilo para todos. Desde luego que
la felicidad nunca podrá ser completa, pero creo que lo que
estoy viviendo actualmente se parece mucho.
Acabo de rentar un departamento amueblado. Es pequeño, pero lo
suficiente para mí. Quien entrara pensaría que aquí vive una
pareja sin hijos. En la recámara se toparía con una cama
matrimonial, cubierta por una colcha anaranjada y sobre ella
una muñeca que si no es de porcelana, se parece a aquellas
antiguas con las que jugaban nuestras abuelas.
Al abrir el clóset encontraría vestidos y faldas y algunas
blusas colgadas del lado izquierdo; del lado derecho, apenas
unos cuantos pantalones y dos trajes. Camisas y playeras en
uno de los cajones, calzones y calcetines en otro. Los demás,
cuatro en total, contienen pantaletas, brasieres, fondos,
medias y pantimedias, ligueros y camisones.
Sobre el tocador hay sombras, lápices labiales, barniz de
uñas, perfumes... me emociono sólo de pensar que puedo vivir
en un lugar así. Claro, muchas otras ocasiones he vivido en
departamentos semejantes, con toda esa ropa y esos cosméticos,
la diferencia, la gran diferencia, es que ahora todo eso es
para mí, para mi propio uso.
Los fines de semana que no voy a la Ciudad de México me gusta
arreglarme bien y quedarme en mi departamento; todavía no me
animo a salir, pero espero hacerlo pronto. Cayó a mis manos un
documento en donde se habla de los principios de la
institución en donde presto mis servicios profesionales. En
uno de los párrafos dice que pugnarán por el respeto a la
diversidad y promoverán la tolerancia. Es suficiente para
darme confianza; en el caso de que alguien se enterara de mi
transgénero, bastaría citar este punto para evitar que
pudieran aplicarme cualquier tipo de sanción. Por lo pronto no
pienso decirle a nadie en mi trabajo, pero si por ahí se
enteran, no me preocupa. Creo que esta nueva etapa de mi vida
será muy plena. Insisto, no me puedo quejar.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
Continuará la
próxima semana...
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