P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 28º

 

Ediciones anteriores.       10º 11º 12º 13º 14º 15º 16º 17º 18º 19º 20º 21º 22º 23º 24º 25º 26º 27º

( En ésta edición consta de tres capítulos )

XCV

 

En caso de que consiga el trabajo y me decida a vivir de tiempo completo como mujer, habría que resolver muchos detalles.

Desde luego tendría que ver lo de las hormonas para feminizar mi cuerpo, y para ayudar entre otras cosas a que me crezca el cabello, no me gustaría tener que estar usando peluca todos los días. Mucho menos ser una mujer con entradas.

Habría que contemplar la posibilidad de una depilación facial definitiva y más adelante algunas cirugías hasta, llegado el momento, la reasignación quirúrgica. Claro que para eso falta mucho tiempo, ya habrá ocasión de pensar al respecto.

Lo que sí me preocupa es qué va a suceder no solamente en mi relación con mi esposa y mi hijo, sino con mis hijas del primer matrimonio, con mis hermanos y con mis padres, personas a las que quiero y que no me gustaría dejar de ver. Debo ir sondeando el ambiente para, llegado el momento, contarles todo.

A petición mía, Lulú lo ha platicado con su esposo, mi primo, justamente el que durante mi niñez propuso que interpretáramos el cuento de “La princesa y el dragón”, donde yo hice de princesa y él de dragón. Pensé que haría alguna alusión a ese momento, pero no fue así. Lo único que comentó, según me dijo después Lulú, fue que ni loco se me ocurra decirle a la familia, se infartarían. Mejor, sugirió, que me vaya a España o a alguna otra parte del mundo y que no me vuelvan a ver.

No me convence su razonamiento. Cierto que puede ser muy difícil para mis papás, incluso doloroso, pero no puedo decidir por ellos, no puedo asegurar que ellos preferirían no volverme a ver en el resto de sus vidas antes de saber que vivo como mujer. En todo caso creo que sería mejor sondear con ayuda de mis hermanos o de alguno de mis tíos. Se me ocurre que en una reunión totalmente casual, informal, uno de sus hermanos podría sacar a colación el asunto de la transexualidad. Pretextos sobran, una supuesta película que hayan pasado por televisión, algún artículo en una revista, una transexual con la que se topo en el Metro, lo que fuera. Entonces, ya entrados en el tema, plantear la pregunta, también como por no dejar, ¿y que harías si uno de tus hijos hubiera sido transexual? ¿no habrías querido volver a saber de él? ¿lo habrías aceptado? ¿hubieras estado dispuesto a verlo como una mujer? ¿te habrías podido acostumbrar? Claro que en una situación hipotética no decimos lo que realmente pensamos por la simple y sencilla razón que tenemos que imaginarlo, no es una situación real, pero creo que podría dar una pista para saber cómo reaccionaría. Si la respuesta es el escándalo y un “de ninguna manera lo soportaría”, pues entonces sí tendría elementos para pensar que es preferible desaparecer. Pero quizá su respuesta fuera más favorable, algo así como “hablaría con él” o “lo aceptaría pero le pediría que cuando viniera a verme se vistiera como hombre”. Por lo que conozco a mi padre, sospecho que su reacción estaría más cerca de ésta última opción.

Decido platicarlo con mi hermano mayor, un año más grande que yo, y quien también estuvo presente en la ya célebre representación de “La princesa y el dragón”.

Él vive desde hace tiempo en Querétaro, pero viene con cierta frecuencia. Aprovecho una reunión familiar para saber cuándo volverá y entonces vernos para poder platicar largo y tendido.

-Necesito platicar contigo, ¿cuándo vuelves a venir? –le pregunto en un momento en el que estamos lejos de los demás.

-Sobre qué.

-Cosas mías, importantes.

-Pues no sé... tal vez en una o dos semanas.

-Me avisas cuando vayas a venir, ojalá pudiéramos irnos a comer o a desayunar.

-Claro que sí, pero dime por lo menos de qué se trata ¿no? ya me dejaste intrigado.

-No es nada grave, pero sí es importante para mí.

-¿Andas con otra, te vas a divorciar?

-No exactamente.

-Bueno –insiste- por lo menos dime por dónde va para que me vaya haciendo a la idea.

Ante su perseverancia, y porque me parece que puede ser interesante que lo vaya digiriendo, se la suelto de repente, luego de cerciorarme que ninguno de mis parientes se encuentra cerca.

-Soy transexual, o por lo menos tengo bastantes sospechas de serlo.

-¿Transexual? –pregunta sorprendido y en voz baja. Me toma del brazo para que nos vayamos aún más lejos.

-Sí –preciso- desde niño me gustaba ponerme ropa de mujer y pienso que me gustaría vivir como una mujer.

-O sea que te consideras una mujer pero estás atrapado en el cuerpo de un hombre.

-Digamos que en cierta forma es así, aunque un poco más complicado.

-¿Y cómo te sientes?

-Ahora muy bien, entré a un grupo donde me han apoyado muchísimo, pero durante mucho tiempo me sentí muy mal, con miedos, con muchas dudas...

-¿Un grupo así como alcohólicos anónimos? ¿para quitarte eso?

-No, al contrario, para que me acepte a mí mismo tal como soy.

-¿Olivia y Jorge Alberto ya lo saben?

-Olivia sí, mi hijo no.

-¿Y ella cómo lo ha tomado?

-Muy mal, yo creo que nos vamos a tener que separar.

En eso estábamos cuando se acercó su esposa para decirle que se les iba a hacer tarde, y que todavía tenían que tomar la carretera.

Quedamos de vernos en dos semanas, cuando mi hermano regresaría a la ciudad a arreglar asuntos de trabajo.

-Pero aunque se posponga lo del trabajo –me dijo- yo vengo, aunque sea nada más para que platiquemos, me interesa mucho que me cuentes con más calma.

Y luego de cerciorarse que no había gente cerca, antes de irse me apretó del brazo y me dijo:

-Yo te apoyo, Jorge, cuentas con todo mi apoyo. Y no te sientas mal por nada, ni dejes que los demás digan lo que tienes que hacer, vive tu propia vida y busca tu felicidad.

No esperaba esa reacción, un apoyo incondicional según me dio a entender. Apoyo que me será de gran ayuda una vez que me decida a dar el paso definitivo. Ya quiero volver a verlo 

XCVI

 

Esa noche, desde Querétaro, me llamó mi hermano por teléfono. Sólo para decirme que se había quedado pensando muchas cosas, que  tenía muchas dudas, que era necesario que nos viéramos pronto y que por nada del mundo permitiera que mi hijo se enterara de todo esto.

-No te preocupes –le dije- no pienso contarle nada por lo pronto.

-Yo te llamo cuando vaya a México para que nos veamos, me interesa muchísimo, y acuérdate que yo te apoyo, voy a hacer mucha oración por ti, te quiero mucho.

Te quiero mucho, jamás me había dicho algo así mi hermano. Parece que en verdad está preocupado por mí.

A la semana siguiente volvió a llamar para preguntarme como me sentía, le dije que bien. Insistió en que no le dijera nada a mi hijo y reiteró que la próxima semana vendría a la ciudad para que nos viéramos.

El martes siguiente estamos en un Vip’s. Casi no hay gente, son las 12:30 y las señoras que suelen ir a desayunar ya se han ido. La gente que llega a comer aún no aparece. Yo pido una naranjada y mi hermano un café negro.

-¿Cuándo empezó todo esto? –me pregunta.

-Como a los ocho años –y le cuento la historia de “La princesa y el dragón”. Tampoco hace ningún comentario, como si ni él ni Gerardo hubieran estado ahí ese día.

-Y si ese grupo que dices no te ayuda a quitarte esto, ¿entonces para qué estás ahí?

-No entré al grupo para que me quitara nada. Me metí para conocer más acerca de todo esto y me di cuenta que no tiene nada de malo ser así, aprendí a aceptarme a mí mismo, creo que es lo importante.

-Sí, es importante que te aceptes –concede- pero creo que también debes saber que esto no es natural.

-¿Cómo? –respondo sorprendido- ¿y acaso la música es natural? ¿y la escritura es natural? ¿y quién le pone objeciones a la música o a la escritura sólo porque no son algo natural? Además...

-Bueno, no importa –interrumpe- es algo que se sale de lo normal. Los hombres tienen que ser como hombres y las mujeres como mujeres, es la ley de la vida.

-¿Y quién dictó esa ley? –pregunto.

-Así ha sido siempre.

-Yo no estaría muy seguro. Siempre ha habido gente diferente que no se ajusta a los esquemas de los demás.

-Mira –me dice en tono paternal- yo he estado haciendo mucha oración, Dios es muy grande y estoy seguro que te va a ayudar.

-Pero si Dios ya me ha ayudado, yo me siento muy bien. Yo lo único que quiero es compartir contigo esto que es importante en mi vida.

-Pero el otro día me dijiste que te habías sentido muy mal.

-Precisamente –aclaro- cuando yo no sabía de qué se trataba todo esto. Pensaba que yo era un pecador, un enfermo, y por más que trataba no podía dejar de ponerme la ropa de mujer. Eso me hacía sentir muy mal.

-Qué tristeza me da que hayas sufrido tanto.

-Además no podía contárselo a nadie.

-Me imagino, hubiera sido un schock si le dices algo a mis papás.

-Por eso ahora que ya tengo claro lo que me pasa es que quiero ver cómo decírselo en caso de que empiece a vivir en el rol femenino las 24 horas.

-¿Piensas cambiarte de sexo?

-No es exactamente cambiar de sexo. Simplemente vivir como una mujer, si acaso tomar hormonas para feminizar mi cuerpo y tal vez algún día operarme, pero eso no lo tengo contemplado ahorita.

-No, eso sí está complicado, no vayas a tomar decisiones a la ligera.

-No es a la ligera, lo he pensado mucho.

-Mira –insistió- vamos a encomendarnos a Dios, Él es muy bueno y vas a ver que te va a perdonar.

-¿A perdonar? ¿pero qué tiene que perdonarme? –pregunto indignado.

-Pues lo que haces, no está bien, la Biblia lo dice.

-¿Qué dice la Biblia?

-No sé exactamente, pero dice algo así como que no es bueno que los hombres quieran hacerse pasar como mujeres.

-¿Eso dice la Biblia?

-Más o menos, no me acuerdo bien, pero es la idea.

-¿Y todo lo que dice la Biblia es cierto?

-Claro, es palabra de Dios.

-Entonces según eso las mujeres deben estar sometidas al varón.

-¿Por qué?

-Eso dice San Pablo en una de las epístolas.

-Bueno, pues necesitan al varón, eso es cierto.

-Una cosa es necesitarlo y otra muy distinta estar sometidas Además, eso de que lo necesitan también es muy relativo.

-Bueno, pero es que esa era la mentalidad de aquellos tiempos.

-Exactamente, ¿y no era también esa la mentalidad de aquellos tiempos con respecto a hombres que querían vivir como mujeres?

-Bueno, pues Dios es muy grande y seguro te va a perdonar si le pides perdón –vuelve a lo mismo.

-¿Y se puede saber de qué le tengo que pedir perdón?

-De ser así.

-Oye –le pregunto- ¿y acaso crees que yo soy así por voluntad propia?

-Si pudieras cambiar, ¿cambiarías?

-La verdad preferiría ser mujer completamente y no estar metido en tantos líos.

-Pero naciste hombre.

-Eso es muy relativo, porque una cosa es el sexo biológico y otra el género.

-Yo no sé de eso –y según sospecho tampoco quiere saber- pero dime una cosa. ¿No hay tratamiento para esto que tú tienes?

-No es ninguna enfermedad.

-Sí, pero me refiero, ¿no se puede hacer algo para ser como un hombre normal? –otra vez la palabrita.

-¿Para ti qué es un hombre ‘normal’ –subrayo la palabrita.

-Pues alguien como cualquiera, que no se anda poniendo ropa de mujer.

-Mira –concedo- he sabido de algunos tratamientos, pero son así como, digamos bastante agresivos, tipo Naranja Mecánica, ¿viste la película?

-Sí, claro.

Bueno, pues eso es lo que hay. Ponen al tipo en un sillón que provoca descargas, le piden que se ponga un brasier y en el momento que se lo pone, zas, la descarga, hasta que relaciona el ponerse esa ropa con el dolor.

-¿En serio hay esas cosas? –pregunta asombrado.

-Sí, en Insurgentes hay unos consultorios. Pero ha quedado demostrado que la gente más sana no es la que se “cura” de eso, sino la que se acepta y vive en busca de la felicidad.

-Pues ya sé que eso es muy agresivo, pero deberías buscar otras cosas para quitarte eso. Debe haber, psicólogos, terapia de grupos...

-Ya te dije que no me interesa quitármelo. Vivo muy feliz al aceptarme como soy.

-Sí, pero los demás...

-Mira –me empiezo a impacientar- la gente que me quiere me acepta tal y como soy, sin pretender cambiarme. Y la que quiere que cambie creo que no me quiere tanto.

Mi hermano no entiende la indirecta y sigue diciendo que qué va a pasar cuando se entere mi hijo, que pobrecita de mi esposa, que tenga mucho cuidado y que va a hacer mucha oración.

-No sabes qué tristeza me da que hayas sufrido tanto –agrega.

-Sí –respondo con una sonrisa irónica- te da tristeza que haya sufrido pero quieres que me siga reprimiendo sin importarte que siga sufriendo.

-Pero es que estamos en México, quizá si te fueras a España o a Holanda, allá las cosas son diferentes.

-Sí, porque hay más gente pensante que está convencida que las cosas se resuelven con algo más que oraciones.

-Lo que pasa es que es primer mundo.

-No, lo que pasa es que busca explicaciones a lo que sucede. Mira, yo entiendo que tú pienses de esta manera porque la información que tienes del transgénero es lo que has visto en la tele, con los talk shows, con los Polivoces...

-No –interrumpe- yo no sé nada de esto, pero siento que no está bien.

-Bueno, pues el caso es que sepas un poco más. Mira, hay sexólogos que dicen que...

-No, no me interesa saber, me preocupas tú y tus hijos.

Es inútil, me doy cuenta que no habrá nada que lo saque de sus esquemas. ¿Esas eran sus dudas? ¿así las quiere aclarar, no dejándome explicarle nada, cerrando los oídos a una realidad que no le agrada?

Salgo de ahí con una profunda decepción. Ahora entiendo que lo que quiso decirme cuando hablo de apoyarme fue que me apoyaba para que me “cure”, pero no para vivir feliz, no para ser libre. Qué diferencia de la actitud de Lulú, ella se interesó por saber más, por investigar en los libros, en Internet, por platicar conmigo, por conocer a mis amigas. En cambio mi hermano, me condena amparado en una religiosidad fundada en el temor.

Todavía, al salir, me dice que tenemos que platicar mucho. Yo francamente no sé para qué, si lo único que hizo fue tratar de convencerme de que me vuelva a encerrar en el clóset. ¿A qué le tiene miedo? ¿a que le digan que tiene un hermano maricón? ¿a que las muchachas no quieran salir con su hijo cuando se enteren que tiene un tío que se “cambió de sexo”?

La verdad es que no me había hecho muchas esperanzas de poder contar con su apoyo, justamente lo que quería era ir sondeando la reacción de la gente cercana a mí. Pero el malinterpretar sus primeras palabras es lo que ahora me tiene sumida en la más profunda tristeza. Y pienso que será muy difícil que puedan entenderme y escucharme mis padres, si mi hermano que es de mi edad y que, se supone, tuvo una educación universitaria, ¿qué puedo esperar de alguien que nació antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial? Pienso que acaso Gerardo, mi primo, tenga razón y deba alejarme completamente de mi familia. Qué tristeza.  

XCVII

 

Yo sigo buscando trabajo. Voy a algunas de las revistas a donde me recomendó Rita, la sexóloga. En una me dicen que no tienen contemplado contratar gente, en otra aceptan colaboraciones. Escribo un artículo y les encanta. Me dicen que no cuentan con presupuesto para contratarme de tiempo completo pero que siga escribiendo artículos y reportajes.

Me siento muy bien, me encanta ver mi nombre femenino impreso en la revista, creo que además es un buen espacio para difundir aspectos interesantes de la diversidad sexual. Lo único malo es que no se puede vivir con lo que pagan por las colaboraciones. Es una buena ayuda, un complemento a otros ingresos que pudiera tener, pero no suficiente como para independizarme.

Qué ganas de poder tener un departamentito para mí sola. Colgar mis vestidos en el clóset, tener la ropa interior en los cajones y mis cosméticos en el tocador. Y no todo escondido en unas maletas, llenándose de olvido y de humedad.

Qué ganas de levantarme en las mañanas y ponerme la ropa que mejor me haga sentir, como hace la mayoría de los hombres y de las mujeres. Qué ganas de verme al espejo y mirar reflejada a imagen que quiero proyectar, no la que tengo que dar en aras de mantener una ficción, un engaño.

Qué ganas de no tener que andar cambiándome en el clandestinaje de un baño público, sino poder hacerlo en mi propia casa, y no tener que preocuparme por quitar hasta el último rastro de maquillaje o de barniz de uñas. Qué ganas de ser libre, de vivir mis propios sueños.

Por la mañana hablo a la ONG que me recomendó Karla. Todavía no se resuelve nada y, según me dicen, ha habido complicaciones con el financiamiento. Lástima.

En la tarde, sin embargo, recibo una llamada que me sorprende. Es mi antiguo jefe con el que he trabajado en Chiapas y en muchos otros proyectos. Un hombre capaz, bien preparado y con magníficas relaciones. Me ofrece un trabajo muy bien remunerado en la ciudad de Xalapa, Veracruz.

Confieso que me emociono. Primero porque veo la posibilidad, al fin, de poder contar con ingresos suficientes como para pensar en diseñar un proyecto de vida interesante. Segundo, porque Xalapa es una ciudad que siempre me ha encantado, su clima, su gente, su cultura... creo que es un buen lugar para vivir.

Claro que este trabajo es para Jorge, mi antiguo jefe no tiene la más remota idea de mi transgénero. Y no sé cómo reaccionaría en el momento en que lo supiera.

Debo ser realista y poner los pies en la tierra. El supuesto financiamiento de la ONG no llega y quizá nunca llegue, las revistas no dan para vivir, los currículos que he dejado con gente que me conoce en mi rol femenino les han causado buena impresión, pero de ahí a que se traduzcan en chamba hay un trecho largo. Lo que debo hacer, entonces, es aceptar el trabajo de Xalapa y postergar mi entrada de tiempo completo al mundo de las mujeres.

Tendré que dejar al grupo, imposible coordinarlo desde allá, incluso ya no podré venir a las reuniones más que muy de vez en cuando. Tendré que alejarme de mis buenas amigas, del activismo, de las pláticas, de los testimonios... Pero a cambio podré contar con mejores ingresos. Ya no más labiales de cinco pesos comprados a la salida del Metro, por fin podré comprarme unas zapatillas decentes, vestidos elegantes, medias caras.

Qué ironía, ahora que tengo tiempo y que salgo muy seguido, no cuento con buena ropa ni con buenos cosméticos; y una vez que empiece a trabajar y que tenga buena ropa y buenos cosméticos, casi no tendré oportunidad de lucirla. Qué contrariedad.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

Siguiente edición...

Comenta esta Bio ( indica en el titulo de que Bio estas hablando)

 
  © Carla Antonelli. 2003