P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 27º

 

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( En ésta edición consta de tres capítulos )

XCII

 

Termina el año. Como nunca antes, deseo fervientemente pasar las fiestas de Navidad y de Año Nuevo con un vestido largo. Es un sueño. Debo estar consciente que mi familia es tan tradicionalista que jamás me aceptaría de esa manera. A lo sumo, pienso yo, mi padre me diría que está de acuerdo en que haga aquello que me permita sentirme mejor, pero que a la casa llegue de pantalones y camisa. O, en el mejor de los casos, quizá hasta pudieran aceptarme que llegara de falda y blusa, pero se sentirían incómodos, lo harían sólo por el cariño que me tienen. Y tampoco se trata de obligarlos a hacer algo que no los haga sentirse bien.

Pero no se me quita de la cabeza la idea de vivir de tiempo completo. El problema es, como siempre, el trabajo, el poder ganarme la vida de una manera que me haga sentir bien. Y, claro, que me permita apoyar económicamente a mis hijos. No es nada fácil.

Por otro lado, debo tener una mayor certeza de que realmente eso es lo que quiero. ¿Y qué tal si a los cuatro días de estarme maquillando ya no aguanto el rimel, o me incomodan los tacones altos? Es una metáfora, por supuesto, lo que quiero decir es que no estaré segura de que me sentiré bien como una mujer de tiempo completo mientras no tenga la vivencia, al menos de poder vivir así más allá de las 24 o 36 horas que he pasado en este rol.

Una extraña mezcla de circunstancias favorables me permiten experimentar de alguna manera esta situación. Mi hijo se va a un viaje con la escuela que lo mantendrá lejos durante tres semanas. Dos días antes de su partida, mi esposa debe someterse a una cirugía, nada complicado, pero que la mantendrá una semana en el hospital y por lo menos dos en casa de sus padres para recuperarse. Tendré tres semanas para mí sola.

Todos los días me visto a lo largo de ese lapso. Apenas y debo cambiarme en algunos momentos, ya sea por la mañana o por la tarde, para ir a visitar a mi esposa al hospital o a casa de sus papás, pero es rico despertar y ver mis uñas todavía pintadas.

En uno de esos días como con Karla, por supuesto que acudo de vestido a la cita. Durante la sobremesa, Karla la suelta de golpe.

-¿Y nunca has pensado vivir en tu rol de tiempo completo?

-Pues, lo difícil es poder conseguir un empleo bien remunerado –contesto.

-¿Y tiene que ser muy bien remunerado?

-Bueno, por lo menos para vivir decorosamente y poder apoyar de alguna manera a mis hijos.

-¿No has buscado en ONG’s?

-No, nunca se me había ocurrido.

-Yo conozco a gente de una ONG de la diversidad, hasta donde supe están por echar a andar un proyecto muy interesante, ¿por qué no les llamas?

-Pues –titubeo un poco- no sé...

-Mira, te voy a dar el teléfono, háblale a Paty Moreno, dile que hablas de mi parte. De todos modos yo voy a tratar de llamarle antes para decirle, ¿cómo ves?

-Pues muy bien, Karla, te lo voy a agradecer mucho, de veras.

La propuesta de mi amiga me deja pensando. Muchas veces he fantaseado con vivir en el rol femenino de tiempo completo, pero nunca había considerado la posibilidad tan seriamente, al menos no tanto como para empezar a buscar trabajo.

Por la noche, en la soledad de mi cuarto –no hay nadie en casa- y con la almohada como única consejera, le doy vueltas y vueltas al asunto.

Me emociona la idea de trabajar en algo que me apasiona, es decir, en poder dedicarme de tiempo completo a hacer algo por el transgénero o, al menos, por la diversidad. Poder enfocar todas mis energías, mis conocimientos, mi pasión a un compromiso de vida. Y si además de todo, puedo hacerlo en mi condición de mujer, pues resulta más que atractiva la idea.

Claro que por el otro lado está todo lo demás. Mi hijo volverá de su campamento, mi esposa regresará del hospital. ¿Qué va a ser de mi vida entonces? ¿Me levantaré temprano para pintarme y ponerme un vestido, llevar a mi hijo a la escuela y de ahí irme a trabajar? Desde luego que no. De aceptar el trabajo tendría que renunciar a mi esposa y a mi hijo.

Claro que la relación tampoco está tan sólida como para luchar con todo por ella y seguir renunciando a mi libertad en aras de mantener un matrimonio que ya ni siquiera en la cama puede tener comunicación.

En cuanto a mi hijos, bien podría verlo los fines de semana. Me despintaría la cara y las uñas, me pondría un pantalón y vendría a verlos.

No sé cómo me sentiría viviendo como mujer todos los días. Estas semanas que he estado sola en casa la he pasado muy bien, pero qué pasaría después de un mes, de dos meses... ¿extrañaría mi condición masculina? Claro que siempre tendría la posibilidad de volverme a poner unos pantalones, de hecho tendría que hacerlo para ver a mis hijos, por lo menos mientras el efecto de las hormonas no fuera tan notorio como para que me impidiera mostrar una imagen masculina convincente. Llegado el momento tendría que platicarlo con ellos.

A la mañana siguiente un solo pensamiento ocupa mi mente. Hacer o no hacer esa llamada, buscar o no buscar trabajo desde mi condición femenina. ¿Ser o no ser una mujer de tiempo completo? He ahí el dilema...

Llego a un punto en donde me convenzo de hablarle por teléfono a la amiga de Karla. El asunto no está en ser o no una mujer. El asunto está en ser o no ser libre. Y, desde luego, elijo la libertad.

La única manera de saber si me sentiré bien viviendo como mujer las 24 horas es haciéndolo. Antes, sólo podré tener aproximaciones, ideas más o menos cercanas a lo que puede ser, pero solamente la vivencia me podrá aclarar el panorama.

Me queda muy claro, además, que la felicidad no está en vivir como mujer. Este será un elemento importante que me pueda ayudar a alcanzar la felicidad, pero no es la felicidad. Me queda muy claro que la vivencia de lo femenino es un medio, pero nunca será un fin.

He conocido algunas chicas transexuales que han puesto todo su empeño y todas sus esperanzas en someterse a la reasignación quirúrgica y vivir de tiempo completo. Y una vez que lo logran, antes de ser las mujeres más felices del mundo, caen en terribles depresiones y angustias. Y es que pensaban que el sólo hecho de tener una vagina las haría felices. Y se olvidaban de otros asuntos importantes, como su propio crecimiento, sus metas personales, sus relaciones con los demás, en fin, todo lo que hace que un hombre o una mujer puedan vivir en plenitud.

Me convenzo, entonces, que más allá de vivir el rol de tiempo completo, lo que me atrae de encontrar trabajo como mujer es el ejercicio pleno de la libertad. El poder despertar y decir, hoy quiero ponerme una falda y podérmela poner; hoy quiero andar de pantalones y andar de pantalones; hoy no me quiero rasurar, hoy me quiero maquillar y poder hacerlo sin tener que rendir cuentas a nadie.

Asumo, desde luego, que en caso de encontrar empleo en aquella ONG tendría que ir a trabajar arreglada como una mujer, de lo contrario no se justificaría el que apoyaran a una transexual; pero me queda claro, también, que serían lo suficientemente abiertos como para en un momento dado permitir que de repente me presentara de pantalones. Y aunque así no fuera y tuviera que ponerme faldas muy a mi pesar, pues bien valdría la pena el esfuerzo. Tantos años que he tenido que ponerme pantalones a fuerza, pues gustosa aceptaría ahora que la obligación fuera vestir faldas y tacones altos.

Por la tarde llamo a la amiga de Karla y me dice que justamente acababan de hablar acerca de mí y que con mucho gusto me recibiría al día siguiente.

Yo estoy feliz, es la primera vez que no debo ponerme saco y corbata para acudir a una entrevista de trabajo. En cambio, me pongo un conjunto de falda y blusa azul rey, pantimedias y tacones altos negros. Procuro ir discreta y elegante. Qué emoción.

Llego puntual a la cita y Paty me recibe atenta y cordial. Le cuento que quiero empezar a vivir mi rol de tiempo completo y le platico de mi trayectoria profesional. Llevo un currículum en donde a mi experiencia laboral le agrego el trabajo de activismo que he realizado a favor de la diversidad sexual. Ella queda gratamente impresionada y me dice que están por recibir un financiamiento de un organismo internacional para llevar a cabo labores de difusión, así es que con mi experiencia como especialista en comunicación y como activista del transgénero, ellos estarían encantados de contar con mis servicios. Yo le digo que estaría encantada igualmente de trabajar con ellos. Quedamos de hablarnos la próxima semana. Estoy llena de ilusión. La sola posibilidad de trabajar en una ONG como ésta, y de vivir como mujer de tiempo completo, me genera muchas expectativas.

Creo que más allá de todas mis reflexiones, este momento es el que me convence de que, efectivamente, por aquí puede estar mi camino. Me veo escribiendo textos a favor de la diversidad, diseñando estrategias de comunicación para divulgar los derechos de los y las transgenéricas, desarrollando campañas para promover el respeto... y todo en un ambiente de trabajo más que agradable, con gente que no te juzga y que no te valora por lo que traes puesto sino por lo que realmente eres.

Espero ansiosa que pase la semana para ver si hay una respuesta. Mientras tanto mi hijo ha vuelto de su viaje y mi esposa regresa de su operación.

El día anterior a que regrese mi familia siento una gran desazón. Fueron tres semanas en las que nadie me dijo qué ropa tenía que ponerme, en la que no debía despintarme hasta el último rastro de barniz de uñas para no dejar huellas de mi delito. Tres semanas en las que, como pocas veces, viví en libertad.

Mi consuelo es que pronto se resuelva lo del empleo y de nuevo vuelva a ser libre, esta vez para siempre.

No quiere decir que no disfrute el regreso de mi hijo y de mi esposa. Desde luego que lo disfruto, no sólo el volver a estar con ellos, el tener una compañía con quien platicar, sino el compartir con mi hijo todas las aventuras que vivió en su viaje, eso me agrada.

Lo único malo es el costo que debo pagar por esta vida familiar. Resulta paradójico, por otra parte, que aquello que más deseo compartir con mi esposa, que es la posibilidad de obtener un empleo maravilloso, no puedo ni mencionarlo siquiera. Ella sí me cuenta de su trabajo, de sus proyectos, de sus anhelos... pero yo no puedo hacerlo. 

XCIII

 

Ha pasado una semana de mi entrevista con Paty –la coordinadora de la ONG- y no he recibido noticias suyas. Decido hablarle, me dice que se ha complicado el asunto, pero que esperan que de un momento a otro se desatore el financiamiento y echen a andar el proyecto.

Me da mala espina, no es la primera vez que veo proyectos interesantísimos que deben abortar por falta de apoyo financiero. Sé que tendré que seguir esperando, pero me desilusiono un poquito.

El solo hecho de pensar en trabajar como una mujer, sin embargo, me ha movido muchas cosas. Entonces tomo la decisión de buscar en otros ámbitos. Si se hace lo de la ONG, excelente; si no es así, al menos tener otras opciones.

Recuerdo que una de mis antiguas compañeras de la universidad dirige una revista femenina, de esas revistas frivolonas y superficiales, pero quizá hubiera alguna posibilidad. Sé que puede ser una locura, presentarme ante ella en mi nueva condición para pedirle empleo, pero también sé que no pierdo nada al intentarlo.

Así es que, una vez más me arreglo con esmero y me dirijo a las oficinas de la revista. Prefiero presentarme en persona, antes que hacer una cita por teléfono.

Llegó y el policía de la entrada me lanza una mirada que me incomoda, pero trato de no hacer caso y le digo que busco a la licenciada Ramírez Cano.

-¿Quién la busca?

-La licenciada Mayela Ruvalcaba.

-Un momento por favor.

Utlizo el apellido que aparece en mi acta de nacimiento y con el que, obviamente, me conocieron en la universidad. Pero con mi nombre femenino. Es extraña la combinación pero me gusta el resultado. Debo hacerlo así para que mi ex compañera tenga indicios de quién se trata.

Me pasan con la asistente de la licenciada Ramírez Cano –mi ex compañera- quien me indica que va a tardar, pero que si gusto la espere. Tomo asiento, me ofrecen un refresco y espero.

La gente pasa y no puede evitar lanzarme ciertas miradas, todas ellas de curiosidad, ya no de rechazo como la del vigilante. Entiendo, no ha de ser muy común que una persona como yo se introduzca a ese mundo tan homogéneo, tan aséptico.

Una hora después sale la asistente y me dice que la licenciada va a tardar mucho tiempo y me pide que le explique el motivo de mi visita. Le cuento que fuimos compañeras en la universidad, que soy transexual que desea vivir como una mujer y que por eso estoy buscando trabajo en esta condición. La asistente me pide mis datos, incluido mi nombre de varón “para que la licenciada la identifique”, lo cual es horrible. Y quedamos de llamarnos más adelante para que “la licenciada” me dé una cita.

No me hago ilusiones. Creo que la sociedad aún no está preparada para estas cosas. Si quiero trabajar como mujer tendré que hacerlo en el ámbito de la diversidad sexual, dudo mucho que empresas o instituciones que no tienen nada que ver con este segmento, quieran arriesgarse a tener en su personal a una persona como yo.

Acudo entonces a una buena amiga, una sexóloga que tiene nexos con editoriales y que, además, es una bellísima persona. Se llama Rita Reyes Ríos. Le hablo por teléfono, hacemos una cita y luego de escuchar mi asunto se muestra más que generosa.

Se pone a pensar, busca en su agenda, me hace algunas sugerencias y finalmente me da teléfonos de revistas especializadas en sexualidad en las que quizá podría conseguir trabajo.

Los teléfonos son útiles, desde luego, pero lo que más me llama la atención es el interés que muestra en mi caso. Me atiende con muchísimo interés y encuentro una enorme calidez. Qué diferencia de mi ex compañera que ni siquiera quiso recibirme o incluso de algunos parientes que están bien colocados y a los que en otras ocasiones había ido a ver –en mi condición de varón, desde luego- para que me ayudaran a encontrar trabajo. Quedó gratamente impresionada con la excelente disposición de Rita. Es una gran mujer. 

XCIV

 

Horas más tarde, luego de tener que irme a cambiar –no puedo dejar de odiar ese momento- paso a recoger a Olivia a su trabajo. Ella está completamente recuperada de su operación y se ha reincorporado a sus labores.

Por la noche, una vez que Jorge Alberto se ha dormido, aprovecha para reprocharme.

-¿Por qué pasaste tarde por mí al trabajo?

-Discúlpame, me entretuve –digo sin ánimos de pelear,

-Seguro por andar en tus ondas.

-No andaba en mis ondas.

-Claro que sí, en lugar de ponerte a buscar trabajo.

-Precisamente estaba buscando trabajo.

-Sí, cómo no –responde irónica- ¿desde cuándo te pones rimel para buscar trabajo? Ya nada te importa, ni siquiera te preocupas por despintarte bien.

-No soy ningún criminal, no tengo porqué preocuparme por borrar los rastros de un delito que no cometí –me empiezo a impacientar.

-De eso ya hemos hablado, un día se va a dar cuenta tu hijo y entonces sí vas a ver lo que es bueno. Pero lo que me da más coraje es que me mientas, no andabas buscando trabajo.

-Sí fui a buscar trabajo.

-¿Con rimel?

-Sí, con rimel.

-Pero... –se sorprende- no me digas que...

-Sí, Olivia, estoy buscando trabajo como sea, como hombre, como mujer, donde haya. Y mira que me han tratado mejor cuando voy de vestido y tacones.

-¿Te das cuenta lo que eso significa? ¿qué vas a hacer si te dan el trabajo?

-Aceptarlo.

-Me refiero a qué vas a hacer con nosotros.

-Si no me queda otro remedio, irme a vivir a otro lado.

-Pero claro, ya parece que vas a andar así conmigo.

-No, ya sé que nunca podría andar así contigo, no te preocupes.

-Pero es que cuando nos casamos tú me dijiste...

-Sí, cuando nos casamos yo te dije, pero eso fue hace más de diez años, han pasado muchas cosas.

-¡Vas a terminar por volverme loca! –exclama y se va llorando a la recámara.

Yo me quedo en la cocina, pensando, pensando muchas cosas. Sé que la he lastimado al decirle que estoy buscando trabajo en estas condiciones, quizá lo mejor hubiera sido no decir nada y sólo en caso de que lo encontrara entonces hablarlo. Pero me molestó muchísimo su reproche, como si yo debiera estar a su servicio, no puedo llegar ni diez minutos tarde a recogerla porque se acaba el mundo.

Muchas veces me pregunto si tengo derecho a lastimarla de esa manera. Aún la amo y no quiero que ella sufra. Pero el precio que yo tendría que pagar para no lastimarla es renunciar a mi libertad, al derecho que tanto ella como yo tenemos de vestirnos como nos plazca para sentirnos bien.

Creo que están por llegar decisiones importantes, consiga o no el trabajo, esto ya no puede seguir así. Es desgastante para ella y para mí. Mi hijo se da cuenta que la relación no marcha bien y, por supuesto, que eso le afecta. No sé qué esté pasando por su cabeza, no pregunta nada, a veces sólo nos pide que no discutamos, pero bien a bien no sabe lo que está sucediendo. Y por más que tratamos de no discutir en su presencia, hay ocasiones en que no podemos evitarlo.

¿Qué pasará con Olivia si entro a trabajar a la ONG o a alguna se las revistas donde me recomendó Rita? ¿de veras se volverá loca? Tal vez descansará de mi presencia y terminará por encontrarse un hombre que disfrute al máximo su masculinidad, que se emocione cuando le regalen una corbata o unos zapatos, que se deje la barba, que tome cerveza mientras ve el futbol por televisión y que, por supuesto, se burle de los homosexuales.

No sé qué pasará, pero deseo fervientemente que algo suceda y que se acabe esta situación que ya se está volviendo insostenible.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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