|
Ediciones
anteriores.
1º
2º
3º
4º
5º
6º
7º
8º
9º
10º
11º
12º
13º
14º
15º
16º
17º
18º
19º
20º
21º
22º
23º
24º
25º
26º
( En ésta edición
consta de tres capítulos )
XCII
Termina el año. Como nunca antes, deseo fervientemente pasar
las fiestas de Navidad y de Año Nuevo con un vestido largo. Es
un sueño. Debo estar consciente que mi familia es tan
tradicionalista que jamás me aceptaría de esa manera. A lo
sumo, pienso yo, mi padre me diría que está de acuerdo en que
haga aquello que me permita sentirme mejor, pero que a la casa
llegue de pantalones y camisa. O, en el mejor de los casos,
quizá hasta pudieran aceptarme que llegara de falda y blusa,
pero se sentirían incómodos, lo harían sólo por el cariño que
me tienen. Y tampoco se trata de obligarlos a hacer algo que
no los haga sentirse bien.
Pero no se me quita de la cabeza la idea de vivir de tiempo
completo. El problema es, como siempre, el trabajo, el poder
ganarme la vida de una manera que me haga sentir bien. Y,
claro, que me permita apoyar económicamente a mis hijos. No es
nada fácil.
Por otro lado, debo tener una mayor certeza de que realmente
eso es lo que quiero. ¿Y qué tal si a los cuatro días de
estarme maquillando ya no aguanto el rimel, o me incomodan los
tacones altos? Es una metáfora, por supuesto, lo que quiero
decir es que no estaré segura de que me sentiré bien como una
mujer de tiempo completo mientras no tenga la vivencia, al
menos de poder vivir así más allá de las 24 o 36 horas que he
pasado en este rol.
Una extraña mezcla de circunstancias favorables me permiten
experimentar de alguna manera esta situación. Mi hijo se va a
un viaje con la escuela que lo mantendrá lejos durante tres
semanas. Dos días antes de su partida, mi esposa debe
someterse a una cirugía, nada complicado, pero que la
mantendrá una semana en el hospital y por lo menos dos en casa
de sus padres para recuperarse. Tendré tres semanas para mí
sola.
Todos los días me visto a lo largo de ese lapso. Apenas y debo
cambiarme en algunos momentos, ya sea por la mañana o por la
tarde, para ir a visitar a mi esposa al hospital o a casa de
sus papás, pero es rico despertar y ver mis uñas todavía
pintadas.
En uno de esos días como con Karla, por supuesto que acudo de
vestido a la cita. Durante la sobremesa, Karla la suelta de
golpe.
-¿Y nunca has pensado vivir en tu rol de tiempo completo?
-Pues, lo difícil es poder conseguir un empleo bien remunerado
–contesto.
-¿Y tiene que ser muy bien remunerado?
-Bueno, por lo menos para vivir decorosamente y poder apoyar
de alguna manera a mis hijos.
-¿No has buscado en ONG’s?
-No, nunca se me había ocurrido.
-Yo conozco a gente de una ONG de la diversidad, hasta donde
supe están por echar a andar un proyecto muy interesante, ¿por
qué no les llamas?
-Pues –titubeo un poco- no sé...
-Mira, te voy a dar el teléfono, háblale a Paty Moreno, dile
que hablas de mi parte. De todos modos yo voy a tratar de
llamarle antes para decirle, ¿cómo ves?
-Pues muy bien, Karla, te lo voy a agradecer mucho, de veras.
La propuesta de mi amiga me deja pensando. Muchas veces he
fantaseado con vivir en el rol femenino de tiempo completo,
pero nunca había considerado la posibilidad tan seriamente, al
menos no tanto como para empezar a buscar trabajo.
Por la noche, en la soledad de mi cuarto –no hay nadie en
casa- y con la almohada como única consejera, le doy vueltas y
vueltas al asunto.
Me emociona la idea de trabajar en algo que me apasiona, es
decir, en poder dedicarme de tiempo completo a hacer algo por
el transgénero o, al menos, por la diversidad. Poder enfocar
todas mis energías, mis conocimientos, mi pasión a un
compromiso de vida. Y si además de todo, puedo hacerlo en mi
condición de mujer, pues resulta más que atractiva la idea.
Claro que por el otro lado está todo lo demás. Mi hijo volverá
de su campamento, mi esposa regresará del hospital. ¿Qué va a
ser de mi vida entonces? ¿Me levantaré temprano para pintarme
y ponerme un vestido, llevar a mi hijo a la escuela y de ahí
irme a trabajar? Desde luego que no. De aceptar el trabajo
tendría que renunciar a mi esposa y a mi hijo.
Claro que la relación tampoco está tan sólida como para luchar
con todo por ella y seguir renunciando a mi libertad en aras
de mantener un matrimonio que ya ni siquiera en la cama puede
tener comunicación.
En cuanto a mi hijos, bien podría verlo los fines de semana.
Me despintaría la cara y las uñas, me pondría un pantalón y
vendría a verlos.
No sé cómo me sentiría viviendo como mujer todos los días.
Estas semanas que he estado sola en casa la he pasado muy
bien, pero qué pasaría después de un mes, de dos meses...
¿extrañaría mi condición masculina? Claro que siempre tendría
la posibilidad de volverme a poner unos pantalones, de hecho
tendría que hacerlo para ver a mis hijos, por lo menos
mientras el efecto de las hormonas no fuera tan notorio como
para que me impidiera mostrar una imagen masculina
convincente. Llegado el momento tendría que platicarlo con
ellos.
A la mañana siguiente un solo pensamiento ocupa mi mente.
Hacer o no hacer esa llamada, buscar o no buscar trabajo desde
mi condición femenina. ¿Ser o no ser una mujer de tiempo
completo? He ahí el dilema...
Llego a un punto en donde me convenzo de hablarle por teléfono
a la amiga de Karla. El asunto no está en ser o no una mujer.
El asunto está en ser o no ser libre. Y, desde luego, elijo la
libertad.
La única manera de saber si me sentiré bien viviendo como
mujer las 24 horas es haciéndolo. Antes, sólo podré tener
aproximaciones, ideas más o menos cercanas a lo que puede ser,
pero solamente la vivencia me podrá aclarar el panorama.
Me queda muy claro, además, que la felicidad no está en vivir
como mujer. Este será un elemento importante que me pueda
ayudar a alcanzar la felicidad, pero no es la felicidad. Me
queda muy claro que la vivencia de lo femenino es un medio,
pero nunca será un fin.
He conocido algunas chicas transexuales que han puesto todo su
empeño y todas sus esperanzas en someterse a la reasignación
quirúrgica y vivir de tiempo completo. Y una vez que lo
logran, antes de ser las mujeres más felices del mundo, caen
en terribles depresiones y angustias. Y es que pensaban que el
sólo hecho de tener una vagina las haría felices. Y se
olvidaban de otros asuntos importantes, como su propio
crecimiento, sus metas personales, sus relaciones con los
demás, en fin, todo lo que hace que un hombre o una mujer
puedan vivir en plenitud.
Me convenzo, entonces, que más allá de vivir el rol de tiempo
completo, lo que me atrae de encontrar trabajo como mujer es
el ejercicio pleno de la libertad. El poder despertar y decir,
hoy quiero ponerme una falda y podérmela poner; hoy quiero
andar de pantalones y andar de pantalones; hoy no me quiero
rasurar, hoy me quiero maquillar y poder hacerlo sin tener que
rendir cuentas a nadie.
Asumo, desde luego, que en caso de encontrar empleo en aquella
ONG tendría que ir a trabajar arreglada como una mujer, de lo
contrario no se justificaría el que apoyaran a una transexual;
pero me queda claro, también, que serían lo suficientemente
abiertos como para en un momento dado permitir que de repente
me presentara de pantalones. Y aunque así no fuera y tuviera
que ponerme faldas muy a mi pesar, pues bien valdría la pena
el esfuerzo. Tantos años que he tenido que ponerme pantalones
a fuerza, pues gustosa aceptaría ahora que la obligación fuera
vestir faldas y tacones altos.
Por la tarde llamo a la amiga de Karla y me dice que
justamente acababan de hablar acerca de mí y que con mucho
gusto me recibiría al día siguiente.
Yo estoy feliz, es la primera vez que no debo ponerme saco y
corbata para acudir a una entrevista de trabajo. En cambio, me
pongo un conjunto de falda y blusa azul rey, pantimedias y
tacones altos negros. Procuro ir discreta y elegante. Qué
emoción.
Llego puntual a la cita y Paty me recibe atenta y cordial. Le
cuento que quiero empezar a vivir mi rol de tiempo completo y
le platico de mi trayectoria profesional. Llevo un currículum
en donde a mi experiencia laboral le agrego el trabajo de
activismo que he realizado a favor de la diversidad sexual.
Ella queda gratamente impresionada y me dice que están por
recibir un financiamiento de un organismo internacional para
llevar a cabo labores de difusión, así es que con mi
experiencia como especialista en comunicación y como activista
del transgénero, ellos estarían encantados de contar con mis
servicios. Yo le digo que estaría encantada igualmente de
trabajar con ellos. Quedamos de hablarnos la próxima semana.
Estoy llena de ilusión. La sola posibilidad de trabajar en una
ONG como ésta, y de vivir como mujer de tiempo completo, me
genera muchas expectativas.
Creo que más allá de todas mis reflexiones, este momento es el
que me convence de que, efectivamente, por aquí puede estar mi
camino. Me veo escribiendo textos a favor de la diversidad,
diseñando estrategias de comunicación para divulgar los
derechos de los y las transgenéricas, desarrollando campañas
para promover el respeto... y todo en un ambiente de trabajo
más que agradable, con gente que no te juzga y que no te
valora por lo que traes puesto sino por lo que realmente eres.
Espero ansiosa que pase la semana para ver si hay una
respuesta. Mientras tanto mi hijo ha vuelto de su viaje y mi
esposa regresa de su operación.
El día anterior a que regrese mi familia siento una gran
desazón. Fueron tres semanas en las que nadie me dijo qué ropa
tenía que ponerme, en la que no debía despintarme hasta el
último rastro de barniz de uñas para no dejar huellas de mi
delito. Tres semanas en las que, como pocas veces, viví en
libertad.
Mi consuelo es que pronto se resuelva lo del empleo y de nuevo
vuelva a ser libre, esta vez para siempre.
No quiere decir que no disfrute el regreso de mi hijo y de mi
esposa. Desde luego que lo disfruto, no sólo el volver a estar
con ellos, el tener una compañía con quien platicar, sino el
compartir con mi hijo todas las aventuras que vivió en su
viaje, eso me agrada.
Lo único malo es el costo que debo pagar por esta vida
familiar. Resulta paradójico, por otra parte, que aquello que
más deseo compartir con mi esposa, que es la posibilidad de
obtener un empleo maravilloso, no puedo ni mencionarlo
siquiera. Ella sí me cuenta de su trabajo, de sus proyectos,
de sus anhelos... pero yo no puedo hacerlo.
XCIII
Ha pasado una semana de mi entrevista con Paty –la
coordinadora de la ONG- y no he recibido noticias suyas.
Decido hablarle, me dice que se ha complicado el asunto, pero
que esperan que de un momento a otro se desatore el
financiamiento y echen a andar el proyecto.
Me da mala espina, no es la primera vez que veo proyectos
interesantísimos que deben abortar por falta de apoyo
financiero. Sé que tendré que seguir esperando, pero me
desilusiono un poquito.
El solo hecho de pensar en trabajar como una mujer, sin
embargo, me ha movido muchas cosas. Entonces tomo la decisión
de buscar en otros ámbitos. Si se hace lo de la ONG,
excelente; si no es así, al menos tener otras opciones.
Recuerdo que una de mis antiguas compañeras de la universidad
dirige una revista femenina, de esas revistas frivolonas y
superficiales, pero quizá hubiera alguna posibilidad. Sé que
puede ser una locura, presentarme ante ella en mi nueva
condición para pedirle empleo, pero también sé que no pierdo
nada al intentarlo.
Así es que, una vez más me arreglo con esmero y me dirijo a
las oficinas de la revista. Prefiero presentarme en persona,
antes que hacer una cita por teléfono.
Llegó y el policía de la entrada me lanza una mirada que me
incomoda, pero trato de no hacer caso y le digo que busco a la
licenciada Ramírez Cano.
-¿Quién la busca?
-La licenciada Mayela Ruvalcaba.
-Un momento por favor.
Utlizo el apellido que aparece en mi acta de nacimiento y con
el que, obviamente, me conocieron en la universidad. Pero con
mi nombre femenino. Es extraña la combinación pero me gusta el
resultado. Debo hacerlo así para que mi ex compañera tenga
indicios de quién se trata.
Me pasan con la asistente de la licenciada Ramírez Cano –mi ex
compañera- quien me indica que va a tardar, pero que si gusto
la espere. Tomo asiento, me ofrecen un refresco y espero.
La gente pasa y no puede evitar lanzarme ciertas miradas,
todas ellas de curiosidad, ya no de rechazo como la del
vigilante. Entiendo, no ha de ser muy común que una persona
como yo se introduzca a ese mundo tan homogéneo, tan aséptico.
Una hora después sale la asistente y me dice que la licenciada
va a tardar mucho tiempo y me pide que le explique el motivo
de mi visita. Le cuento que fuimos compañeras en la
universidad, que soy transexual que desea vivir como una mujer
y que por eso estoy buscando trabajo en esta condición. La
asistente me pide mis datos, incluido mi nombre de varón “para
que la licenciada la identifique”, lo cual es horrible. Y
quedamos de llamarnos más adelante para que “la licenciada” me
dé una cita.
No me hago ilusiones. Creo que la sociedad aún no está
preparada para estas cosas. Si quiero trabajar como mujer
tendré que hacerlo en el ámbito de la diversidad sexual, dudo
mucho que empresas o instituciones que no tienen nada que ver
con este segmento, quieran arriesgarse a tener en su personal
a una persona como yo.
Acudo entonces a una buena amiga, una sexóloga que tiene nexos
con editoriales y que, además, es una bellísima persona. Se
llama Rita Reyes Ríos. Le hablo por teléfono, hacemos una cita
y luego de escuchar mi asunto se muestra más que generosa.
Se pone a pensar, busca en su agenda, me hace algunas
sugerencias y finalmente me da teléfonos de revistas
especializadas en sexualidad en las que quizá podría conseguir
trabajo.
Los teléfonos son útiles, desde luego, pero lo que más me
llama la atención es el interés que muestra en mi caso. Me
atiende con muchísimo interés y encuentro una enorme calidez.
Qué diferencia de mi ex compañera que ni siquiera quiso
recibirme o incluso de algunos parientes que están bien
colocados y a los que en otras ocasiones había ido a ver –en
mi condición de varón, desde luego- para que me ayudaran a
encontrar trabajo. Quedó gratamente impresionada con la
excelente disposición de Rita. Es una gran mujer.
XCIV
Horas más tarde, luego de tener que irme a cambiar –no puedo
dejar de odiar ese momento- paso a recoger a Olivia a su
trabajo. Ella está completamente recuperada de su operación y
se ha reincorporado a sus labores.
Por la noche, una vez que Jorge Alberto se ha dormido,
aprovecha para reprocharme.
-¿Por qué pasaste tarde por mí al trabajo?
-Discúlpame, me entretuve –digo sin ánimos de pelear,
-Seguro por andar en tus ondas.
-No andaba en mis ondas.
-Claro que sí, en lugar de ponerte a buscar trabajo.
-Precisamente estaba buscando trabajo.
-Sí, cómo no –responde irónica- ¿desde cuándo te pones rimel
para buscar trabajo? Ya nada te importa, ni siquiera te
preocupas por despintarte bien.
-No soy ningún criminal, no tengo porqué preocuparme por
borrar los rastros de un delito que no cometí –me empiezo a
impacientar.
-De eso ya hemos hablado, un día se va a dar cuenta tu hijo y
entonces sí vas a ver lo que es bueno. Pero lo que me da más
coraje es que me mientas, no andabas buscando trabajo.
-Sí fui a buscar trabajo.
-¿Con rimel?
-Sí, con rimel.
-Pero... –se sorprende- no me digas que...
-Sí, Olivia, estoy buscando trabajo como sea, como hombre,
como mujer, donde haya. Y mira que me han tratado mejor cuando
voy de vestido y tacones.
-¿Te das cuenta lo que eso significa? ¿qué vas a hacer si te
dan el trabajo?
-Aceptarlo.
-Me refiero a qué vas a hacer con nosotros.
-Si no me queda otro remedio, irme a vivir a otro lado.
-Pero claro, ya parece que vas a andar así conmigo.
-No, ya sé que nunca podría andar así contigo, no te
preocupes.
-Pero es que cuando nos casamos tú me dijiste...
-Sí, cuando nos casamos yo te dije, pero eso fue hace más de
diez años, han pasado muchas cosas.
-¡Vas a terminar por volverme loca! –exclama y se va llorando
a la recámara.
Yo me quedo en la cocina, pensando, pensando muchas cosas. Sé
que la he lastimado al decirle que estoy buscando trabajo en
estas condiciones, quizá lo mejor hubiera sido no decir nada y
sólo en caso de que lo encontrara entonces hablarlo. Pero me
molestó muchísimo su reproche, como si yo debiera estar a su
servicio, no puedo llegar ni diez minutos tarde a recogerla
porque se acaba el mundo.
Muchas veces me pregunto si tengo derecho a lastimarla de esa
manera. Aún la amo y no quiero que ella sufra. Pero el precio
que yo tendría que pagar para no lastimarla es renunciar a mi
libertad, al derecho que tanto ella como yo tenemos de
vestirnos como nos plazca para sentirnos bien.
Creo que están por llegar decisiones importantes, consiga o no
el trabajo, esto ya no puede seguir así. Es desgastante para
ella y para mí. Mi hijo se da cuenta que la relación no marcha
bien y, por supuesto, que eso le afecta. No sé qué esté
pasando por su cabeza, no pregunta nada, a veces sólo nos pide
que no discutamos, pero bien a bien no sabe lo que está
sucediendo. Y por más que tratamos de no discutir en su
presencia, hay ocasiones en que no podemos evitarlo.
¿Qué pasará con Olivia si entro a trabajar a la ONG o a alguna
se las revistas donde me recomendó Rita? ¿de veras se volverá
loca? Tal vez descansará de mi presencia y terminará por
encontrarse un hombre que disfrute al máximo su masculinidad,
que se emocione cuando le regalen una corbata o unos zapatos,
que se deje la barba, que tome cerveza mientras ve el futbol
por televisión y que, por supuesto, se burle de los
homosexuales.
No sé qué pasará, pero deseo fervientemente que algo suceda y
que se acabe esta situación que ya se está volviendo
insostenible.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
Siguiente edición...
Comenta esta Bio ( indica en el titulo de que
Bio estas hablando) |