P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 26º

 

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( En ésta edición consta de tres capítulos )

LXXXIX

 

“...no podemos obligar a las estrellas a

dejar de brillar al mediodía” 

Amigas y amigos: 

Agradezco al grupo Ecodiversa su invitación para participar en la Segunda Semana de la Diversidad Sexual en esta hermosa ciudad de Querétaro, y agradezco a todos y a todas ustedes su presencia en este antiguo y evocador recinto.

Para comenzar quisiera contarles que conozco a una pareja de buenos amigos que están por tener un bebé. Por alguna razón no han querido someterse a las pruebas de ultrasonido y conocer el sexo de la criatura, prefieren que sea sorpresa. Sin embargo, cuando alguien les pregunta qué quieren, responden que les da igual, “niño o niña –afirman- pero definido”.

Así hay mucha gente; son aquellos que llegan a ver una película ya comenzada y preguntan, “¿quiénes son los buenos y quiénes son los malos?”, me recuerdan a mi abuelita, que en paz descanse, que de repente llegaba y me preguntaba, ¿hace frío o hace calor?.

Seguramente muchos de nosotros y de nosotras conocemos gente que es así, para quienes no existen matices; o es negro o es blanco, o es de día o es de noche, o es bueno o es malo, o es hombre o es mujer...

Estas personas necesitan crear esquemas y estereotipos que les permitan entender el mundo. Les cuesta trabajo conocer e interpretar cada caso en particular y difícilmente reconocen matices. Entonces prefieren sujetarse a esquemas preestablecidos que les ayuden a, según ellos, ‘conocer’ la realidad.

Estos esquemas –elaborados, por supuesto, desde las esferas del poder- son los que nos han hecho creer que los blancos son más inteligentes que los negros, que los hombres son más capaces que las mujeres, que los comunistas son malos, que los indígenas son flojos y muchos otros estereotipos por el estilo.

Uno de los esquemas más socorridos y que mucha gente defiende como un axioma irrebatible, tiene que ver con el sexo y con el género. Dicen, si el bebé que nace tiene pene, entonces es un hombre, si tiene vagina, entonces es una mujer. Y no conformes con ello le atribuyen una serie de características a esos supuestos hombres y esas supuestas mujeres. Afirman, por ejemplo, que los hombres son valientes, fuertes, independientes, activos, racionales, etcétera, etcétera. La mujer, en cambio, es tierna, frágil, débil, pasiva, dependiente, intuitiva y, también, una serie de etcéteras. Sin contar, desde luego, que los hombres visten con pantalones y camisa, y las mujeres con falda y blusa.

Este esquema, repito, puede parecer evidente para muchísima gente de sociedades como la nuestra. Y sería, junto con muchos otros esquemas y estereotipos que se crean, una herramienta muy eficaz para entender la realidad y organizar la vida social. Lo único malo es que tiene un pequeño defecto: no siempre corresponde con la realidad.

En este punto quisiera poner un ejemplo: si suelto una piedra, sin aplicarle ningún tipo de fuerza, siempre caerá hacia abajo, así lo haga una, diez, veinte, cien o mil veces. ¿Pero qué ocurriría si de cada mil veces que dejo caer la piedra, digamos que en diez o veinte ocasiones se fuera para arriba? ¿Qué haría un científico serio? ¿obligar a la piedra a caer siempre para abajo? ¿Hacerle creer a la gente que la piedra siempre cayó hacia arriba para no tener que cambiar sus esquemas? O, más bien, aceptar que su esquema estaba equivocado y seguir investigando para descubrir cómo es que, en ocasiones, las piedras caen hacia arriba y a veces lo hacen hacia abajo. Alguien me dirá que el ejemplo no es afortunado, que las piedras siempre caerán hacia abajo; de acuerdo. Tomemos entonces otro caso. ¿Qué pasaría si les digo que he visto brillar las estrellas a las 12 del día? Un científico aferrado no lo aceptaría, diría que las estrellas sólo brillan de noche, pero en ciertas condiciones esto es posible. Ocurre cuando hay un eclipse total de sol. Entonces los científicos tienen que rendirse ante las evidencias. Porque, insisto, es la realidad la que modifica los esquemas y no son los esquemas los que obligan a la realidad a ser de determinada manera.

Pero en el caso del transgénero pareciera que la gente está empeñada en negar que las estrellas puedan brillar a las 12 del día. Existen miles, millones de casos de gente que nace con pene y testículos pero que se siente bien al ponerse la ropa que tradicionalmente se considera para las mujeres. Y gente que nace con una vagina pero que se siente bien al interpretar un rol considerado como masculino. Y en vez de tratar de investigar las razones de este comportamiento –y aceptarlo, como un científico acepta los eclipses- mucha gente trata de negarlo, de ocultarlo y, en ocasiones, hasta lo estigmatiza y lo condena. Se olvida que no podemos obligar a las estrellas a dejar de brillar al mediodía.

La realidad, entonces, ha demostrado que el viejo esquema que dice que pene es igual a hombre, y vagina es igual a mujer, no funciona, al menos no en todos los casos.

Par entenderlo mejor habría que remitirnos a dos conceptos que suelen confundirse pero que ni son lo mismo ni tienen una correlación fatal y necesaria: el sexo y el género.

Sin ánimo de entrar a demasiadas profundidades, el sexo lo podríamos definir como el conjunto de características biológicas marcadas por los órganos reproductivos y los cromosomas, principalmente. Así, los individuos con cromosomas xy y con pene y testículos se consideran machos, y los individuos con cromosomas xx y con vulva y ovarios se consideran hembras. Como decíamos al principio, la realidad va más allá de la bipolaridad, por lo que incluso en este caso tampoco podemos hablar de dos sexos perfectamente diferenciados, pues existen individuos con estados intersexuales, lo que en algún tiempo se les conoció como hermafroditas, y que presentan una combinación de algunas de estas características. Pero no es el caso detenernos en estos aspectos por ahora.

Con respecto al género, podemos decir que es una construcción social marcada por convencionalismos, costumbres, tradiciones, rituales y modos de ser, que se manifiestan en la manera de ver, sentir y vivir la vida. Los dos extremos del género serían el hombre y la mujer pero, insisto, con una amplia gama de matices entre uno y otro extremo. Y así como no podemos decir exactamente dónde empieza el día y dónde termina la noche, hay ocasiones en las que tampoco podemos decir dónde termina el hombre y dónde comienza la mujer.

Pero retomemos el asunto central y recordemos el viejo esquema del que hablábamos al principio y que dice que macho (sexo) es igual a hombre (género) y que hembra es igual a mujer.

Cuando este esquema no se cumple –y sucede muchas más veces de lo que algunos se imaginan- es lo que se conoce como transgénero. Es decir, machos que se identifican, en mayor o menor medida, con el género femenino. Y hembras que se identifican en mayor o menor medida con el género masculino.

A grandes rasgos podemos hablar de cuatro momentos del transgénero, que desde luego no son estáticos ni claramente distinguibles uno de otro, pero que como herramienta nos permiten una aproximación al asunto.

Hablaríamos en primer término del fetichismo. Es el caso de individuos xy (machos, sexualmente) que gustan de usar ocasionalmente prendas femeninas con objeto de sentir placer. Lo más común es que se pongan unas medias, unos tacones altos y obtengan un disfrute erótico al hacerlo. En ningún momento pierden de vista que son hombres pero gozan con algunas prendas que suelen usar las mujeres.

Luego vendría el travestismo propiamente dicho. En este caso, el gusto por las prendas del género distinto al que nos marca el esquema es mayor. Las personas travestis suelen adoptar la indumentaria completa del otro género, y en ocasiones también los manierismos y las conductas mientras permanecen vestidas de esa manera. Pueden salir a la calle o hacerlo en su casa; muchas veces adoptan un nombre del otro género y por lo regular les gusta que se refieran a su persona como ‘ellas’ si su indumentaria es femenina; o ‘ellos’ si son hembras con ropa de varón. Pero nunca pierden de vista su condición de hombres y mujeres, ni buscan modificar su cuerpo.

Antes de hablar del transgénero –que de alguna manera sería un estado intermedio entre el travestismo y la transexualidad- quisiera referirme a éste concepto, la transexualidad.

Durante mucho tiempo se hablo de las transexuales como “mujeres atrapadas en el cuerpo de un hombre”. No estamos de acuerdo con esta definición, porque entonces estaríamos aceptando que hay cuerpos de hombres y cuerpos de mujeres, y como dijimos hace rato, no existe una correspondencia necesaria entre el sexo –de alguna manera marcado por las características del cuerpo- y el género, que tiene más que ver con la psique del individuo.

Diríamos, entonces, que una persona transexual es aquella que tiene una clara identificación y una conciencia definida de pertenecer al género que, de acuerdo con el viejo esquema del que hemos hablado, no va de acuerdo con el sexo biológico determinado. Hablaríamos entonces de mujeres con cromosomas xy y con órganos sexuales externos (en el caso de transexuales de masculino a femenino) así como de hombres con cromosomas xx y con órganos sexuales internos (de femenino a masculino).

En este caso, el individuo tiene una clara conciencia de su género y buscará por todos los medios modificar su cuerpo para que se parezca al del sexo biológico deseado. Es decir, que las mujeres transexuales buscarán modificar su pene y sus testículos para crear una vagina (es lo que se conoce como reasignación quirúrgica) y los hombres transexuales buscarán la creación de un pene, operación más complicada y costosa pero que se puede realizar.

Obviamente, antes de llegar a la reasignación quirúrgica la persona transexual buscará un tratamiento hormonal que le ayude a feminizar su cuerpo, y otro tipo de acciones como depilación, cirugía facial y en ocasiones implantes de pechos y caderas (en el caso de las mujeres transexuales) o eliminación de los pechos en el caso de los hombres transexuales.

Brevemente podemos hablar de transexualidad primaria y secundaria. Primaria cuando la conciencia de pertenecer al género distinto al asignado socialmente se da en los primeros años de vida. Es el caso de la niña que se sabe niña, que gusta de ponerse la ropa de mamá, de practicar juegos socialmente asignados a las niñas, pero que por nacer con un pene es obligada a vestir como hombre y a practicar actividades masculinas.

La transexualidad secundaria se da cuando la conciencia de pertenecer al otro género se da en una edad más avanzada; suele suceder que el transexual secundario se vivió como travesti durante buena parte de su vida y en algún momento cobra conciencia de su género y hace todo lo posible por modificar su cuerpo.

Una vez que conocemos las características de la transexualidad podemos hablar del transgénero en sentido estricto. Este es un término que se presta a la confusión: sucede algo parecido al término “México” que podemos utilizarlo para referirnos al país o a la ciudad. Es lo mismo, en sentido amplio, transgénero abarca todas estas manifestaciones de las que hemos hablado, y en sentido específico se refiere a esta condición intermedia entre el travestismo y la transexualidad.

Las personas transgenéricas, entonces, son aquellas que tienen conciencia de vivir un género distinto al asignado socialmente, que buscan vivir las 24 horas en su rol genérico y que buscarán modificar su cuerpo a través de ingesta de hormonas, depilaciones y algunas operaciones estéticas pero sin llegar ala reasignación quirúrgica.

En los albores del siglo XXI, ante el estreno de una presunta democracia y con una sociedad que busca ser cada vez más participativa e incluyente, es importante que las personas transgenéricas –en su sentido más amplio- conquistemos cada vez más espacios y tengamos una participación más decidida en la construcción de nuestro país.

Mi percepción es que estamos en el camino, aunque ciertamente falta mucho por recorrer. Cada vez hay más personas travestis que rompen las puertas del clóset y salen a la calle a expresarse como lo que son. Acuden a restaurantes, a establecimientos comerciales, a eventos culturales y, en fin, hacen lo que cualquier hombre o cualquier mujer sin sufrir discriminaciones o marginación. Incluso se han dictado leyes, al menos en el Distrito Federal, que prohíben expresamente el maltrato o la discriminación por razones de vestimenta o actitudes. Pero no podemos olvidar que todavía hay sectores de la población que no entienden lo que es el transgénero y que se burlan o maltratan a quienes no se apegan al viejo esquema.

Lo más grave es cuando esto ocurre en el seno de la familia o, más aún, cuando el propio individuo transgenérico ignora sus derechos y lucha desesperadamente por ser como la sociedad le exige. Renuncia, así, a vivir su propia vida y termina tratando de darle gusto a los demás olvidando por completo su propia realización.

Aunque por fortuna cada vez hay más acceso a información a través de grupos de apoyo o de publicaciones escritas o en Internet, desgraciadamente todavía hay jóvenes que se sienten culpables de sentirse bien al vestir prendas del otro género y, peor aún, cuando tienen conciencia de ser mujeres pero por miedo, ignorancia o vergüenza renuncian a expresarse como tales.

Sigue habiendo casos de familias que al descubrir el travestismo de alguno de sus hijos responden con violencia y maltrato. En el mejor de los casos obligan a esos adolescentes a la práctica de actividades bruscas y violentas “para que se hagan hombres”, y en el colmo de la intolerancia llegan al extremo de correrlos de la casa, condenándolos así a una vida de prostitución o delincuencia, cuando no a la falsa puerta del suicidio.

Entramos a un nuevo siglo pleno de contrastes, donde por fortuna podemos encontrar a personas transexuales que gracias a su tesón y al apoyo de gente abierta y reflexiva, han logrado conseguir o mantener un trabajo gratificante que les permite vivir las 24 horas del día como las mujeres que son. Pero también existen casos de mujeres transexuales que no pueden expresarse como tales por carecer de un empleo digno, o deben aceptar desempeñar una actividad mal remunerada y en ocasiones hasta degradante, con tal de poder vivir su rol.

La construcción de la nueva sociedad, en donde queremos ser actores y actrices participantes, exige retos importantes.

El reto es lograr que las leyes que actualmente defienden a travestis y transexuales se cumplan a cabalidad; y generar nuevas y mejores legislaciones que otorguen seguridad jurídica a quien ha optado por vivir su rol y ha dejado atrás un género que quizá nunca le llenó por completo.

Es el caso de quienes en su rol masculino estudiaron una carrera, obtuvieron un título universitario, acumularon experiencia laboral y quizá hasta se hicieron de algunos bienes; pero que al vivir su nuevo rol deben renunciar a su pasado y hasta a sus bienes al adquirir una nueva personalidad jurídica clandestina, porque hasta ahora la ley no contempla cauces adecuados y satisfactorios para quien ha dejado de ser ciudadano para convertirse en ciudadana, con todos los derechos y obligaciones que debieran corresponderle.

El reto es seguir generando información y difundirla para romper los viejos esquemas que, por desgracia, todavía se manejan en algunos medios de comunicación donde el travestismo es motivo de burla y escarnio, caricatura absurda con la que pretenden denigrar a quienes no se someten a los caprichos de la vieja moral, conservadora y tradicionalista.

El reto es lograr que ninguna persona transgenérica se considere enferma, pervertida o inmoral, y que nadie viva discriminación o maltrato a causa de su orientación genérica. Por el contrario, que viva en paz consigo misma y que logre expresarse con libertad y plenitud en el género con el que se identifique.

El reto es lograr que los amigos y familiares de las personas transgenéricas entiendan que el transgénero no es una enfermedad ni una perversión, ni siquiera un capricho o una ocurrencia, sino una identidad y, en todo caso, una diferencia en relación con la mayoría de la gente, así como la que presentan los zurdos o los albinos. Nadie elige ser transgenérico, lo que podemos elegir es expresarnos libremente o reprimir nuestra verdadera identidad. Lo deseable es que las familias apoyen a quienes han optado por vivir en plenitud.

El reto es lograr que las leyes permitan a las personas transexuales vivir en el rol con el que se identifiquen, sin tener que recurrir a documentación falsa ni renunciar a los bienes –materiales o culturales- que han acumulado a lo largo de los años.

El reto es, en suma, ganar espacios en la nueva sociedad que estamos construyendo, y con todos aquellos sectores que durante mucho tiempo debieron vivir en la marginación o en el clandestinaje debido a esquemas inoperantes –como las mujeres, los indígenas, las personas con alguna discapacidad, los homosexuales, las lesbianas y los bisexuales, entre otros- proponer nuevos modelos de participación social.

El esfuerzo es de largo plazo, pero habremos de alcanzar nuestras metas al derribar los viejos esquemas que lo único que han logrado es que cerremos los ojos a la realidad sin darnos cuenta que, como dijera Antoine de Saint Exupéry, “lo esencial es invisible para los ojos”. Muchas gracias. 

XC

 

Conozco a Karla. Una joven egresada de la carrera de Antropología que eligió el transgénero como tema de tesis. No es la primera persona que se acerca a nosotras con la intención de hacer una tesis al respecto. Curiosamente, casi todas ellas han sido mujeres, ya fuera psicólogas, comunicólogas y, ahora, una antropóloga.

Ella es muy hermosa, rubia, delgada y con ojos verdes. Viste como puede esperarse que vista una antropóloga, muchos motivos autóctonos, vestidos de manta y colguijes, aretes y brazaletes que recuerdan a los hippies de los años sesenta.

Se presenta a una de las reuniones y nos quedamos de ver en un Vip’s para platicar largo y tendido acerca de su proyecto.

Sus ideas me parecen interesantes, sobre todo un discurso muy bien elaborado en el que reivindica la condición transgenérica. Ella me habla acerca de que en otras culturas y en otros tiempos, el transgénero no solamente no ha sido condenado, sino que se le ha visto con muy buenos ojos. Existen culturas en donde la divinidad tiene la doble condición masculino-femenino. Otras, en donde los sacerdotes son quienes desarrollan esa dualidad de género, son personas a las que se les respeta y a las que se les escucha porque ven la vida de una manera más amplia, desde la perspectiva femenina y masculina. Me habla de las mushes, un grupo de personas del istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, que a pesar de tener genitales masculinos viven como mujeres y son muy respetadas.

Ya antes había escuchado de estas mujeres. Según me cuenta, son varones biológicos que de alguna manera durante la infancia dan muestras de poseer ciertos rasgos femeninos en su manera de comportarse. La familia las detecta y entonces las educan como a cualquier otra mujer; las visten como mujeres, les enseñan las labores que en ese medio son propias de la mujer y crecen como mujeres. Son personas que a la larga le brindan un gran servicio a la comunidad, y a sus familias, pues realizan las labores femeninas pero con la fuerza física de los varones. Existe toda una concepción antropológica muy interesante a ese respecto.

El caso es que Karla y yo nos llevamos de maravilla. En todo momento me presento ante ella desde mi condición femenina y nos hacemos grandes amigas. Confieso que me gusta y que de haberla conocido a mis 25 años como varón, me habría encantado andar con ella. Posee todo lo que en ese entonces –y de alguna manera todavía- me interesaba en una mujer. Una gran inteligencia, amplísima cultura, gusto por nuestras tradiciones y costumbres, y un cierto hippismo que aun y cuando pudiera considerarse tardío, sigue teniendo vigencia en una sociedad marcada por el capitalismo voraz y por la implacable economía de mercado. Y si todo eso fuera poco, habría que destacar la hermosura de esta mujer, no sólo en el aspecto físico –su figura me recuerda a las vírgenes del Renacimiento- sino sobre todo por su belleza interior.

Pero soy realista y debo conformarme con ser su amiga. Claro que no hay nada de conformismo, al contrario, bien mirado, su amistad es un gran tesoro para mí. Parece que a ella también le agrada mi amistad.

Su amistad es un hallazgo más que afortunado que no quiero echar a perder por nada del mundo. De alguna manera es la primera amiga que tengo desde mi condición femenina. Claro, Lulú me ha aceptado perfectamente bien y me considera su amiga, pero no deja de estar presente la larga historia de Jorge. En cambio Karla ni siquiera sabe quién es, o quién fue, Jorge; de repente le platico episodios aislados, pero más como datos anecdóticos. A quien ella aprecia es a Mayela, a mi parte femenina.

El caso es que nos conectamos desde el primer momento y empiezo a ver nuevos horizontes que se abren a mi activismo transgenérico. Hablamos de escribir libros, hacer revistas, videos, en fin, todo tipo de materiales para difundir lo que es el transgénero y los derechos que poseemos.

Si hacía tiempo que yo había dejado de sentirme mal por ser transgenérica, después de conocer a Karla no sólo no me sentía mal, sino que hasta le daba gracias a la vida por contar con esta condición. Así de favorable era la influencia de mi amiga, tan positiva, tan optimista.

Una de las actividades que organizó para investigar en torno al tema de su tesis, fue un foro, al que invitó no solamente a travestis y transexuales, sino a personas que de alguna manera se vinculaban con nosotras, como amistades, parejas o familiares.

Durante cinco semanas, yo esperaba la tarde de los viernes con ansia, para ver a mi amiga y para debatir acerca de este tema que me interesaba tanto. Conocí a otras personas que como yo gustaban de reflexionar en torno a su propia condición. Ahí fue donde una de las participantes protestó al escuchar el término de mujer biológica.

-Un momento, todas las mujeres somos biológicas, yo tengo células, tejidos, órganos, soy tan biológica como cualquiera –decía, y se jalaba el pellejo del brazo, como diciendo, mírenme, soy de carne y hueso.

Tenía razón. Lo interesante es que ahora habría que buscar un nombre para distinguir a las mujeres que no eran como nosotras. Generalmente es la condición excepcional a la que se le busca un nombre distinto para diferenciarlo de lo común. Aquí era al revés, parecería que nosotras éramos las mujeres, así, mujeres. Y las otras, las que tienen vagina y cromosomas xx, eran las raras, a las que habría que buscarle un nombre.

Otro de los comentarios que se me quedó muy grabado durante el evento fue el que hizo Erika, una chica transexual que iba con su novia, una mujer “biológica” –o xx, o de nacimiento o congénita o como se le quiera llamar-. Erika y su novia contaron cómo fue que ella –la novia- se enteró de la condición transexual de Erika.

-Un día –contó Erika- me di cuenta que era necesario decirle toda la verdad. Entonces se me ocurrió citarla en mi casa y arreglarme como una mujer para que me viera, y ya después empezar a platicarle. Resulta que llega mi novia, toca el timbre y, nerviosa, le abro la puerta. Ella, al verme, puso una cara de espanto y me dijo qué horror. Creí que me moría, pensé que nunca más querría volverme a ver y que la perdería para siempre. Qué horror, dijo mi novia, no tienes ni idea de cómo se maquilla una mujer. Y entonces me despintó y me maquillo, me dejó preciosa.

Fue la misma Erika la que, en otro momento, al hablar de la libertad hizo una referencia al evangelio.

-La Biblia señala –comentó- que Jesucristo alguna vez dijo que la verdad os hará libres, pues yo digo que en el caso de las transgenéricas la situación es al revés: la libertad nos hará verdaderas.

XCI

 

A lo largo de estas páginas he dado cuenta de situaciones que sólo en mis más febriles sueños pude haber imaginado y que ahora, como un premio de la vida, he podido experimentar en plenitud.

Pero ha habido otras que ni en la más remota de mis fantasías pude haber imaginado. Una de ellas se refiere a lo que me sucedió con uno de los más influyentes sectores del clero en nuestro país.

Cierto día recibo la llamada de una de las oficinas del Arzobispado de México.

-¿Bueno? –contesto.

-Buenos días, ¿podría comunicarme con la señorita Mayela Beltrán? -me dice una voz de mujer.

-Un momentito, por favor ¿de parte de quién? –suelo hacer esto cuando contesto en mi condición masculina; hacerle creer a mi interlocutor que soy otra persona para luego tomar la llamada con voz más suave.

-Le hablamos del Arzobispado de México, de parte del padre José Antonio Rivas.

-Permítame un momento, por favor.

Dejo pasar unos segundos y retomo la llamada, ahora con la voz de Mayela.

-¿Diga?

-¿Señorita Beltrán?

-Servidora.

-Gracias. Mire, soy Alma Montaño, secretaria del padre Rivas, me pidió el padre que me pusiera en contacto con su grupo pues le gustaría tener una charla con ustedes.

-¿Con nosotras? –pregunto asombrada.

-Sí, son del grupo ‘Inteligencia Transgenérica’, ¿no es así?

-Sí,, así es.

Bueno, pues entonces ¿cuándo podrían venir?

Nos ponemos de acuerdo y quedamos de ir al día siguiente. Intrigadísima le hablo a mi amiga Alejandra y le pido que me acompañe. Ella tampoco tiene la menor idea de qué se pueda tratar. –No vaya a ser una trampa –me dice.

Al día siguiente estamos con el famoso padre Rivas. Decido ir en mi condición masculina en tanto no sepa bien a bien de lo que se trata.

Según nos explica el cura, el asunto es que hay una pastoral penitenciaria que trabaja con reclusos recién liberados para apoyarlos en su reintegración a la sociedad. Tres de las chicas con las que ahora hacen labor se han declarado lesbianas y no saben cómo abordar el asunto, quieren nuestro apoyo.

-¿Y por qué pensaron en nuestro grupo? –pregunto.

-Las escuchamos en un programa de radio en donde dieron sus teléfonos y nos pareció que podrían ayudarnos, no tenemos idea de estas cosas –señala el padre Rivas.

El caso es que quedamos de platicar con el resto del grupo para ver qué tanto podemos apoyar y hacemos cita para volver a la semana siguiente; nos darán mayor información sobre las chicas.

Resulta divertido que a la hora de despedirnos de la secretaria, ella le manda saludos a Mayela Beltrán y nos pregunta por qué no vino. –Salió de la ciudad –le digo- pero la próxima semana seguramente ya estará por aquí.

En efecto, la semana siguiente hace su aparición Mayela. Visto con la mayor discreción posible, como corresponde a una señora que acude a las oficinas del Arzobispado de México. Falda rosa que me llega bastante abajo de la rodilla, blusa blanca, saco rosa, collar de perlas -imitación, desde luego- y una fragancia floreal.

La entrada es rigurosamente vigilada, todo mundo debe dejar una identificación. Como yo no tengo, digo que la olvidé en otra bolsa, entonces llaman a la señorita Montaño –la secretaria del cura- para que baje por mí. La espera en la salita es divertida. Pasan señoras, sacerdotes, monjas, y no falta quien se me quede viendo.

La señorita Montaño, envía a uno de los mensajeros para que me permitan pasar. En el elevador un hombre de unos 60 años, ignoro si laico o sacerdote, me saluda con mucha cortesía y me cede el paso. Es divertido.

Al llegar a la oficina del padre Rivas me recibe la secretaria, nos presentamos, me saluda con amabilidad y me entrega la documentación que había quedado pendiente.

Desde su cubículo me mira de soslayo el padre Rivas, imagino que sospecha algo pues noto cierta molestia en su expresión.

Un par de veces volví a ir en faldas y tacones altos a las oficinas del Arzobispado. Y pensé todo lo que esta misma iglesia intolerante y retrógrada me perjudicó durante mi infancia y juventud, llenándome de culpas, sentimientos de pecado, remordimientos. El dominio sobre almas y cuerpos de una iglesia que, por el contrario, debiera ser liberadora. Cristo aceptó a todos por igual, no estableció condiciones ni marginó a nadie por sus diferencias; todo su mensaje es de amor y de comprensión para los más débiles. Pero la iglesia machista se ha encargado de alterar el mensaje y condenar a quienes no nos ajustamos a sus reglas. Por eso es que me dio tanto gusto poder estar aquí, donde obispos, arzobispos y todo tipo de “buenas conciencias” se dan cita. Frente a ellos pude mostrarme como lo que soy, con las faldas y los tacones altos que siempre hubiera querido llevar cuando estudiaba en escuelas confesionales pero que, en ese entonces, me hubiera costado la expulsión y la burla. Hoy, hasta la secretaria del sacerdote me saluda de beso cuando llego a ir de vestido. Qué bien me siento.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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