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( En ésta edición
consta de tres capítulos )
LXXX
Las
cosas con Olivia son de lo más extrañas. Vamos de lo sublime a
lo espantoso. Y no hay manera de saber qué puede desencadenar
un pleito.
En otros
momentos, yo sabía muy bien que mientras no saliera ni me
vistiera, las cosas iban a marchar más o menos bien. Pero
ahora resulta impredecible. Hay ocasiones en las que un sábado
por la noche, por ejemplo, luego de volver de la reunión de mi
grupo, platicamos como recién casados y hasta nos acariciamos
con ternura. Muy rara vez tenemos sexo, aunque mentiría si
dijera que nunca.
Otras
ocasiones, sin embargo, aun y cuando tenga una o dos semanas
de no salir de pronto surge una discusión. El pretexto puede
ser cualquiera, que tengo las uñas muy largas, que el próximo
sábado voy a salir y la voy a dejar sola, que no le gustó cómo
saludé a sus papás, lo que sea, tenga que ver o no con el
transgénero, aunque una vez avanzada la discusión
inevitablemente sale el tema.
Yo he tratado
de no caer en su juego, aunque debo confesar que en muy pocas
ocasiones lo logro. Una y otra vez, al surgir el tema, procuro
darle algunas explicaciones, aunque sean tan inútiles como
pretender hacerle entender a un grupo de noruegos cómo se
preparan los chiles en nogada, y además en español.
Lo que me
queda muy claro es que las cosas jamás volverán a ser como
antes. Para ello tendría que deshacerme de todas mis cosas,
dejarme crecer la barba y jurarle que jamás volvería a ponerme
unas medias. Y a estas alturas, luego de todo lo que he
logrado y de lo bien que me siento en mi interior, no podría
hacerlo.
A mi regreso
de Chiapas y Tabasco busqué a Gabriela, necesitaba verla,
platicar con ella de todo lo que había reflexionado en
aquellos lugares. Pensé incluso invitarla a la boda de mis
amigas. Pero me llevé una desagradable sorpresa, Al hablarle
por teléfono me dijeron que había sido transferida a la matriz
en Detroit. Le mandé un mail y brevemente me comentó que le
había ido tan bien en su nuevo empleo que la habían mandado a
Estados Unidos, que estaba muy contenta y que no sabía cuándo
vendría a México. Me dijo también que estaba saliendo con un
gringo maravilloso. Me di cuenta que su lesbianismo no era tan
radical. Después de dos o tres mails dejamos de escribirnos.
En el grupo
me hablan del continuo transgenérico. A grandes rasgos
consiste en una escala progresiva en donde el individuo va
recorriendo diferentes etapas del transgénero. Comienza con un
fetichismo, el puro gusto y la excitación al tocar o al
ponerse prendas femeninas, generalmente ropa interior.
Seguiría un travestismo fetichista, en este caso el individuo
se pone la ropa pero con el único fin de provocarse una
excitación sexual. Después el travestismo propiamente dicho,
en donde la persona disfruta vistiendo y comportándose como
una mujer, por periodos breves y aislados. Más adelante llega
el transgénero, en este caso existe la conciencia de ser una
mujer y el deseo de vivir como tal, pero no se busca modificar
el cuerpo mediante cirugías, únicamente con hormonas y otras
ayudas como depilaciones, etc. Al final del continuo se
encuentra la transexualidad, que es cuando la persona está
convencida de ser una mujer y busca adecuar su cuerpo a las
características biológicas de las mujeres, para ello recurre
-o al menos procura hacerlo- a la reasignación quirúrgica, que
es la operación en donde a partir del pene y los testículos se
reconstruye una vagina.
Según me
explican, no todas las personas recorren el mismo camino,
muchas se quedan en etapas intermedias, otras llegan hasta el
final y algunas más tienen periodos de una aparente regresión
aunque suele ser temporal, para después volver con más
intensidad a la etapa donde se encontraban. Es bastante
complicado.
Yo me doy
cuenta que he ido avanzando y no sé hasta dónde llegaré. Me da
miedo descubrirme como una persona transexual. Pienso que a mi
edad no sería fácil lograr un cambio físico convincente y,
además, el asunto jurídico es de lo más complicado, a esta y a
cualquier otra edad. Ni qué decir del aspecto laboral.
Me doy
cuenta, sin embargo, que es recurrente el caso de muchas de
mis amigas que estaban en una situación semejante a la mía,
casadas y con hijos. Resulta que, debido al transgénero,
comienzan a tener problemas de pareja muy fuertes que terminan
en el divorcio. Una vez viviendo solas, comienzan a tomar
hormonas y a tratar de feminizar su cuerpo. Muchas de ellas
ahora son transexuales, viven como mujeres todo el tiempo y
están ahorrando para someterse ala reasignación quirúrgica. Me
doy cuenta, entonces, que si me divorcio será muy probable que
yo también llegue a la transexualidad.
Pero tampoco
quiero que mi esposa sea un ancla que me sostenga en esta
etapa de mi transgénero. Creo que las cosas deben ser al
revés. Es decir, estar muy atenta a lo que realmente quiero y
si llego a convencerme de que lo que busco es vivir como una
mujer todos los días entonces hablarlo con mi pareja y,
seguramente, terminar la relación. Pero no esperar a que ésta
termine para tomar la decisión.
En este
momento no me atrae la idea de someterme a la reasignación
quirúrgica, pero confieso que me gustaría tener un cuerpo más
femenino, quizá con depilación del vello facial y tal vez
hormonas que suavicen mi piel y me hagan crecer los pechos.
Tendré que estar muy atenta.
LXXXI
Después de
mucho tiempo de no vernos me encuentro con Lourdes. Ella es
esposa de uno de mis primos, pero desde hace más de 25 años
-cuando ni siquiera se habían casado- llevamos una amistad
profunda que no se ha roto ni con las distancias ni con la
vorágine que de pronto nos devora en una ciudad como ésta.
Nos
encontramos por casualidad en la plaza de la Ciudadela, yo
había ido a comprar unas artesanías y ella salía de trabajar,
muy cerca de ahí.
-¡Marilú! Qué
gusto verte, ¿cómo te va? -la saludo en cuanto la reconozco.
-¡Hola Jorge!
-responde ella con el mismo entusiasmo- qué milagro. Te veo
muy bien.
-Estoy muy
bien -digo, sin disimular lo contento que estoy.
-¿Y eso?
-Han pasado
cosas en mi vida.
-¿Cosas?
-Sí, cosas
agradables, ya te contaré.
-¿Y Olivia?
-Ella está
bien.
-Y esas...
'cosas' ¿también son agradables para Olivia?
-No... para
ella no. Ese es el problema. No se puede tener todo en la
vida.
-Me imagino
por dónde vas.
-No creo,
Marilú.
-Bueno, pero
me tienes que contar, ¿eh?
-Claro que
sí, ¿cuándo nos vemos?
-¿Qué te
parece si me mandas un mail para contarme y luego nos vemos
para comer? -propone ella.
-Me parece
perfecto.
Intercambiamos mails, actualizamos teléfonos y quedo muy
formal de contarle esas 'cosas' por vía electrónica.
Luego de
despedirnos me quedo pensando... ¿realmente quiero contarle a
Marilú lo que me pasa? La verdad es que no lo había pensado,
pero al verla y recordar tantas cosas que hemos vivido juntos,
me parece que lo más honesto para nuestra amistad será ponerla
al tanto de todo. Además, la quiero tanto que creo que es
importante compartir con ella este aspecto que se ha vuelto
fundamental en mi vida. No sé cómo lo tomará, espero que bien,
ella es muy abierta y hasta donde sé tiene buenos amigos
homosexuales, y aunque no sea lo mismo, pues de alguna manera
refleja su forma de pensar. Sin embargo, no dejo de abrigar
ciertos temores, no sé cómo vaya a tomarlo. Y ahora pues ni
modo de no decirle o de inventarle otra cosa. Le mandaré un
mail y veremos que pasa.
LXXXII
Para: luluram@hotmail.com
De: jorgruv@yahoo.com
Hola, Marilú:
Qué gusto me
dio volverte a ver después de tanto tiempo. No sé porqué,
seguramente porque te guardo un gran cariño y te tengo mucha
confianza, pero me sorprendí a mí mismo diciéndote que te iba
a contar algo importante.
Me conoces
desde los 15 años y ya desde ese momento sentía en mi interior
lo que ahora siento, sólo que en ese entonces debía permanecer
callado y aparentar ser lo que nunca he sido; al menos lo que
nunca he sentido ser.
Sé que esto
es muy complicado y quizá te lo estoy complicando aún más.
Trataré de ser más claro. Me gustaría ponerte un ejemplo.
Imagínate que en una determinada cultura sea muy mal visto
traer los zapatos al revés; es decir, el zapato derecho en el
pie izquierdo y viceversa. Todo mucho está muy contento con
esa forma de usar los zapatos y de vez en cuando nos enteramos
que alguien los usa al revés, pero nos burlamos de esa
persona. O, si trata de hacerlo en serio, entonces la
agredimos y quizá hasta la metamos a la cárcel.
Bueno, pues
resulta que a los 8 años, en un juego o con cualquier otro
pretexto, me pongo los zapatos al revés. Y me doy cuenta de
algo maravilloso: ya no me duelen los pies.
Sin darme
cuenta, porque no conocía otra manera de usar los zapatos,
tenía que aguantar el dolor al usarlos "correctamente", pero
cuando lo hago de una manera diferente, entonces veo que no
sólo no me molestan los zapatos sino que los disfruto. Claro
que yo sé que la gente va a criticar a quienes usen los
zapatos al revés. Entonces trato de no hacerlo. Pero de
repente tengo unos enormes deseos de hacerlo... y cuando nadie
me ve, cuando estoy solo, lo hago. Y me siento muy bien, pero
luego me siento muy mal de haberlo hecho y, sobre todo, me
preocupa mucho que eso me guste.
Una y otra
vez trato de no hacer eso, pero una y otra vez vuelvo a lo
mismo. Y así paso muchos años de mi vida. Me caso, tengo hijos
y cuando creo que ya superé ese "problema", vuelve a mí el
deseo de ponerme los zapatos al revés.
Un día, sin
embargo, conozco gente que al igual que yo gusta de ponerse
los zapatos al revés. Y me dicen que es algo que suele
ocurrir, que hay quienes tienen los pies diferentes y se
sienten mejor al usar así los zapatos. Y me doy cuenta que esa
gente es buenísima onda, gente feliz, y volteo a ver sus pies
y me doy cuenta que, en efecto, traen los zapatos al revés. A
partir de ese momento trato de ponerme los zapatos al revés y
lo disfruto mucho. Claro que evito que me vea la gente que me
conoce, pues ellos no saben de estas cosas y se preocuparían o
lo tomarían a mal. Pero yo ya no me siento mal de poder
disfrutar los zapatos de esa manera.
No sé si
imagines a dónde quiero llegar. Bueno, pues la cuestión de los
zapatos es, obviamente, una metáfora. Pero es algo muy
parecido, a mí me gusta usar la ropa al revés. No, no se trata
de ponerme una camisa con los botones por detrás ni cosas por
el estilo. Me gusta usar la ropa al revés de cómo suele usarla
la gente. Sí, en esta sociedad los hombres usan pantalones y
las mujeres usan faldas. Y desde chiquito me dijeron que yo
era hombre, así es que debería usar pantalones, pero ¿qué
crees? me encanta ponerme vestidos, medias, zapatillas de
tacón alto. Lo he hecho a escondidas desde que tengo ocho
años, pero siempre sintiéndome el más despreciable de los
mortales.
Hace unos
meses, sin embargo, conocí a un grupo de personas como yo que
me han ayudado muchísimo a entender todo esto y, sobre todo, a
aceptarme a mí mismo.
Yo sé que no
soy una mujer, al menos no como la mayoría de las mujeres,
pues no tengo una vagina ni unas trompas de Falopio, y mis
cromosomas son xy. Pero tampoco me identifico con los hombres.
En el grupo he entendido que soy una persona transgenérica.
Quizá deba
ponerte otro ejemplo. Alguien que pierde la pierna por alguna
razón. Ciertamente está en desventaja. No podrá correr, no
podrá ir al bosque y subir las montañas, no podrá andar en
bicicleta. Pero podrá leer un libro, se emocionará con una
sinfonía, podrá besar a su mujer, abrazar a sus hijos...
vivirá.
La vida es
tan amplia que jamás podremos vivir todos los rincones que nos
brinda. Cuántos hay que con un par de piernas sanas jamás
ascenderán una pendiente o montarán una bicicleta.
Así siento yo
mi feminidad. En cierta forma soy una mujer con alguna
discapacidad. Nunca podré embarazarme, nunca tendré una
menstruación (lo cual creo que es una ventaja) difícilmente
tendré senos, nunca bailaré un vals... pero ser mujer, aunque
sea eso, no es sólo eso. Puedo, por ejemplo, escribirte ahora
y sentirme una mujer real, porque así me siento. Y quién puede
atreverse a decir cómo debe pensar una mujer y cómo debe
pensar un hombre. Es una realidad que mi parte masculina y mi
parte femenina no sentimos igual. Como mujer yo me siento más
libre para llorar -de alegría o de felicidad- yo me siento más
libre para pensar en mi propia belleza -poca o mucha pero
intento de belleza, al fin- yo me siento más comprometida para
interesarme en asuntos que tienen que ver con la
discriminación por razones de género. Hay diferencias,
Lourdes. No se trata sólo de ponerse una falda y de pintarse
las uñas.
Sé que a esta
edad quizá ya no tenga tantas posibilidades de hacer muchas
cosas. Puedo pensar que la vida es injusta porque mi entrada
al mundo de las mujeres me recibe con la 'crisis de la edad'.
Yo nunca tuve 15 años, y si los tuve debí estar muy bien
encerradita. Pero no me preocupa, porque ahora tengo elementos
suficientes -o por lo menos más elementos- para entender lo
complejo que hay en mi existencia.
Todo esto es
parte de un proceso. Al fin y al cabo, mucho tiene que ver lo
que una espera de la vida. Yo no espero ser Miss Universo,
para nada; mucho menos pescarme a un millonario que me
mantenga y me regale joyas. Viéndolo bien, quizás en el fondo
me interesa más ser transgenérica que mujer. Y soy tan
transgenérica como tú eres mujer, o como tu marido es hombre.
Así es que no estoy tan perdida. Y en mi calidad de
transgenérica -muy cerca de los varones y muy cerca de las
mujeres- es mucho lo que puedo hacer. Y por ahí van mis
ideales. Eso espero, eso es lo que busco en lo femenino. Ser
yo misma y poder contribuir, insisto, a construir una sociedad
más abierta y en donde todos y todas tengamos un lugar.
Hombres, mujeres, transgenéricas y transgenéricos, lesbianas y
homosexuales, personas con discapacidad, niños, niñas, tercera
edad. Y no estoy escribiendo un discurso, Lulú. Es una
convicción.
Yo sé muchas
cosas que la mayoría de la gente ignora. Yo sé muchas cosas
que a un muchacho de 15 años que gusta de ponerse vestidos
quizá le convenga saber, lo mismo que a sus padres. Yo estudié
una carrera universitaria para divulgar de la mejor manera la
información. Entonces no puedo cerrarme a lo que la vida me
ofrece.
La vida ha
sido generosa conmigo, Lulú. Me permitió vivir muchos años el
mundo de los varones. Creo que no estuve del todo fuera de
lugar. Ahora me permite acercarme -acercarme por lo menos- al
mundo de las mujeres. Lo estoy disfrutando mucho. Y me permite
vivir plenamente el mundo del transgénero; me siento como
sirena en el agua. ¿Una sirena se sentirá mal porque no es pez
ni es mujer? ¿o se sentirá bien porque puede ser un poco mujer
y un poco pez?
Mira, Lulú.
Si yo tuviera que decidir mi género, quizá tendría que hacerme
una bola de preguntas para poder tomar la mejor decisión. Y
ver si es mejor ser hombre porque ganan más en los trabajos y
pueden cambiar una llanta, o mujer porque pueden expresar más
fácilmente sus sentimientos o preparar un pastel. Pero no es
el caso. Yo no tengo que decidir. En todo caso, lo importante
es saber quién soy, no qué quiero ser, ni mucho menos qué me
conviene ser. Y desde hace tiempo me queda claro que soy
transgenérica. Entonces no estoy -insisto- tan perdida.
Y si no trato
de forzar las cosas puedo ser feliz; es decir, si no trato de
ser hombre a fuerzas o mujer a fuerzas, puedo ser feliz. Qué
triste sería la vida de una sirena que llorara por no ser
mujer o que llorara por no ser pez; o que a toda costa
quisiera ser mujer o pez. Es sirena, simplemente. No le demos
más vueltas.
Un beso:
Mayela
P.D. Perdona
que no utilice el nombre con el que me conociste hace muchos
años, pero creo que mereces saber quién soy yo en realidad, y
este es un nombre que he usado en mi imaginación desde hace
mucho tiempo y que ahora, por fin, puedo empezar a utilizar.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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