P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 23º

 

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( En ésta edición consta de tres capítulos )

LXXX

 

Las cosas con Olivia son de lo más extrañas. Vamos de lo sublime a lo espantoso. Y no hay manera de saber qué puede desencadenar un pleito.

En otros momentos, yo sabía muy bien que mientras no saliera ni me vistiera, las cosas iban a marchar más o menos bien. Pero ahora resulta impredecible. Hay ocasiones en las que un sábado por la noche, por ejemplo, luego de volver de la reunión de mi grupo, platicamos como recién casados y hasta nos acariciamos con ternura. Muy rara vez tenemos sexo, aunque mentiría si dijera que nunca.

Otras ocasiones, sin embargo, aun y cuando tenga una o dos semanas de no salir de pronto surge una discusión. El pretexto puede ser cualquiera, que tengo las uñas muy largas, que el próximo sábado voy a salir y la voy a dejar sola, que no le gustó cómo saludé a sus papás, lo que sea, tenga que ver o no con el transgénero, aunque una vez avanzada la discusión inevitablemente sale el tema.

Yo he tratado de no caer en su juego, aunque debo confesar que en muy pocas ocasiones lo logro. Una y otra vez, al surgir el tema, procuro darle algunas explicaciones, aunque sean tan inútiles como pretender hacerle entender a un grupo de noruegos cómo se preparan los chiles en nogada, y además en español.

Lo que me queda muy claro es que las cosas jamás volverán a ser como antes. Para ello tendría que deshacerme de todas mis cosas, dejarme crecer la barba y jurarle que jamás volvería a ponerme unas medias. Y a estas alturas, luego de todo lo que he logrado y de lo bien que me siento en mi interior, no podría hacerlo.

A mi regreso de Chiapas y Tabasco busqué a Gabriela, necesitaba verla, platicar con ella de todo lo que había reflexionado en aquellos lugares. Pensé incluso invitarla a la boda de mis amigas. Pero me llevé una desagradable sorpresa, Al hablarle por teléfono me dijeron que había sido transferida a la matriz en Detroit. Le mandé un mail y brevemente me comentó que le había ido tan bien en su nuevo empleo que la habían mandado a Estados Unidos, que estaba muy contenta y que no sabía cuándo vendría a México. Me dijo también que estaba saliendo con un gringo maravilloso. Me di cuenta que su lesbianismo no era tan radical. Después de dos o tres mails dejamos de escribirnos.

En el grupo me hablan del continuo transgenérico. A grandes rasgos consiste en una escala progresiva en donde el individuo va recorriendo diferentes etapas del transgénero. Comienza con un fetichismo, el puro gusto y la excitación al tocar o al ponerse prendas femeninas, generalmente ropa interior. Seguiría un travestismo fetichista, en este caso el individuo se pone la ropa pero con el único fin de provocarse una excitación sexual. Después el travestismo propiamente dicho, en donde la persona disfruta vistiendo y comportándose como una mujer, por periodos breves y aislados. Más adelante llega el transgénero, en este caso existe la conciencia de ser una mujer y el deseo de vivir como tal, pero no se busca modificar el cuerpo mediante cirugías, únicamente con hormonas y otras ayudas como depilaciones, etc. Al final del continuo se encuentra la transexualidad, que es cuando la persona está convencida de ser una mujer y busca adecuar su cuerpo a las características biológicas de las mujeres, para ello recurre -o al menos procura hacerlo- a la reasignación quirúrgica, que es la operación en donde a partir del pene y los testículos se reconstruye una vagina.

Según me explican, no todas las personas recorren el mismo camino, muchas se quedan en etapas intermedias, otras llegan hasta el final y algunas más tienen periodos de una aparente regresión aunque suele ser temporal, para después volver con más intensidad a la etapa donde se encontraban. Es bastante complicado.

Yo me doy cuenta que he ido avanzando y no sé hasta dónde llegaré. Me da miedo descubrirme como una persona transexual. Pienso que a mi edad no sería fácil lograr un cambio físico convincente y, además, el asunto jurídico es de lo más complicado, a esta y a cualquier otra edad. Ni qué decir del aspecto laboral.

Me doy cuenta, sin embargo, que es recurrente el caso de muchas de mis amigas que estaban en una situación semejante a la mía, casadas y con hijos. Resulta que, debido al transgénero, comienzan a tener problemas de pareja muy fuertes que terminan en el divorcio. Una vez viviendo solas, comienzan a tomar hormonas y a tratar de feminizar su cuerpo. Muchas de ellas ahora son transexuales, viven como mujeres todo el tiempo y están ahorrando para someterse ala reasignación quirúrgica. Me doy cuenta, entonces, que si me divorcio será muy probable que yo también llegue a la transexualidad.

Pero tampoco quiero que mi esposa sea un ancla que me sostenga en esta etapa de mi transgénero. Creo que las cosas deben ser al revés. Es decir, estar muy atenta a lo que realmente quiero y si llego a convencerme de que lo que busco es vivir como una mujer todos los días entonces hablarlo con mi pareja y, seguramente, terminar la relación. Pero no esperar a que ésta termine para tomar la decisión.

En este momento no me atrae la idea de someterme a la reasignación quirúrgica, pero confieso que me gustaría tener un cuerpo más femenino, quizá con depilación del vello facial y tal vez hormonas que suavicen mi piel y me hagan crecer los pechos. Tendré que estar muy atenta.  

LXXXI

 

Después de mucho tiempo de no vernos me encuentro con Lourdes. Ella es esposa de uno de mis primos, pero desde hace más de 25 años -cuando ni siquiera se habían casado- llevamos una amistad profunda que no se ha roto ni con las distancias ni con la vorágine que de pronto nos devora en una ciudad como ésta.

Nos encontramos por casualidad en la plaza de la Ciudadela, yo había ido a comprar unas artesanías y ella salía de trabajar, muy cerca de ahí.

-¡Marilú! Qué gusto verte, ¿cómo te va? -la saludo en cuanto la reconozco.

-¡Hola Jorge! -responde ella con el mismo entusiasmo- qué milagro. Te veo muy bien.

-Estoy muy bien -digo, sin disimular lo contento que estoy.

-¿Y eso?

-Han pasado cosas en mi vida.

-¿Cosas?

-Sí, cosas agradables, ya te contaré.

-¿Y Olivia?

-Ella está bien.

-Y esas... 'cosas' ¿también son agradables para Olivia?

-No... para ella no. Ese es el problema. No se puede tener todo en la vida.

-Me imagino por dónde vas.

-No creo, Marilú.

-Bueno, pero me tienes que contar, ¿eh?

-Claro que sí, ¿cuándo nos vemos?

-¿Qué te parece si me mandas un mail para contarme y luego nos vemos para comer? -propone ella.

-Me parece perfecto.

Intercambiamos mails, actualizamos teléfonos y quedo muy formal de contarle esas 'cosas' por vía electrónica.

Luego de despedirnos me quedo pensando... ¿realmente quiero contarle a Marilú lo que me pasa? La verdad es que no lo había pensado, pero al verla y recordar tantas cosas que hemos vivido juntos, me parece que lo más honesto para nuestra amistad será ponerla al tanto de todo. Además, la quiero tanto que creo que es importante compartir con ella este aspecto que se ha vuelto fundamental en mi vida. No sé cómo lo tomará, espero que bien, ella es muy abierta y hasta donde sé tiene buenos amigos homosexuales, y aunque no sea lo mismo, pues de alguna manera refleja su forma de pensar. Sin embargo, no dejo de abrigar ciertos temores, no sé cómo vaya a tomarlo. Y ahora pues ni modo de no decirle o de inventarle otra cosa. Le mandaré un mail y veremos que pasa. 

LXXXII 

 

Para: luluram@hotmail.com

De: jorgruv@yahoo.com  

Hola, Marilú: 

Qué gusto me dio volverte a ver después de tanto tiempo. No sé porqué, seguramente porque te guardo un gran cariño y te tengo mucha confianza, pero me sorprendí a mí mismo diciéndote que te iba a contar algo importante.

Me conoces desde los 15 años y ya desde ese momento sentía en mi interior lo que ahora siento, sólo que en ese entonces debía permanecer callado y aparentar ser lo que nunca he sido; al menos lo que nunca he sentido ser.

Sé que esto es muy complicado y quizá te lo estoy complicando aún más. Trataré de ser más claro. Me gustaría ponerte un ejemplo. Imagínate que en una determinada cultura sea muy mal visto traer los zapatos al revés; es decir, el zapato derecho en el pie izquierdo y viceversa. Todo mucho está muy contento con esa forma de usar los zapatos y de vez en cuando nos enteramos que alguien los usa al revés, pero nos burlamos de esa persona. O, si trata de hacerlo en serio, entonces la agredimos y quizá hasta la metamos a la cárcel.

Bueno, pues resulta que a los 8 años, en un juego o con cualquier otro pretexto, me pongo los zapatos al revés. Y me doy cuenta de algo maravilloso: ya no me duelen los pies.

Sin darme cuenta, porque no conocía otra manera de usar los zapatos, tenía que aguantar el dolor al usarlos "correctamente", pero cuando lo hago de una manera diferente, entonces veo que no sólo no me molestan los zapatos sino que los disfruto. Claro que yo sé que la gente va a criticar a quienes usen los zapatos al revés. Entonces trato de no hacerlo. Pero de repente tengo unos enormes deseos de hacerlo... y cuando nadie me ve, cuando estoy solo, lo hago. Y me siento muy bien, pero luego me siento muy mal de haberlo hecho y, sobre todo, me preocupa mucho que eso me guste.

Una y otra vez trato de no hacer eso, pero una y otra vez vuelvo a lo mismo. Y así paso muchos años de mi vida. Me caso, tengo hijos y cuando creo que ya superé ese "problema", vuelve a mí el deseo de ponerme los zapatos al revés.

Un día, sin embargo, conozco gente que al igual que yo gusta de ponerse los zapatos al revés. Y me dicen que es algo que suele ocurrir, que hay quienes tienen los pies diferentes y se sienten mejor al usar así los zapatos. Y me doy cuenta que esa gente es buenísima onda, gente feliz, y volteo a ver sus pies y me doy cuenta que, en efecto, traen los zapatos al revés. A partir de ese momento trato de ponerme los zapatos al revés y lo disfruto mucho. Claro que evito que me vea la gente que me conoce, pues ellos no saben de estas cosas y se preocuparían o lo tomarían a mal. Pero yo ya no me siento mal de poder disfrutar los zapatos de esa manera.

No sé si imagines a dónde quiero llegar. Bueno, pues la cuestión de los zapatos es, obviamente, una metáfora. Pero es algo muy parecido, a mí me gusta usar la ropa al revés. No, no se trata de ponerme una camisa con los botones por detrás ni cosas por el estilo. Me gusta usar la ropa al revés de cómo suele usarla la gente. Sí, en esta sociedad los hombres usan pantalones y las mujeres usan faldas. Y desde chiquito me dijeron que yo era hombre, así es que debería usar pantalones, pero ¿qué crees? me encanta ponerme vestidos, medias, zapatillas de tacón alto. Lo he hecho a escondidas desde que tengo ocho años, pero siempre sintiéndome el más despreciable de los mortales.

Hace unos meses, sin embargo, conocí a un grupo de personas como yo que me han ayudado muchísimo a entender todo esto y, sobre todo, a aceptarme a mí mismo.

Yo sé que no soy una mujer, al menos no como la mayoría de las mujeres, pues no tengo una vagina ni unas trompas de Falopio, y mis cromosomas son xy. Pero tampoco me identifico con los hombres. En el grupo he entendido que soy una persona transgenérica.

Quizá deba ponerte otro ejemplo. Alguien que pierde la pierna por alguna razón. Ciertamente está en desventaja. No podrá correr, no podrá ir al bosque y subir las montañas, no podrá andar en bicicleta. Pero podrá leer un libro, se emocionará con una sinfonía, podrá besar a su mujer, abrazar a sus hijos... vivirá.

La vida es tan amplia que jamás podremos vivir todos los rincones que nos brinda. Cuántos hay que con un par de piernas sanas jamás ascenderán una pendiente o montarán una bicicleta.

Así siento yo mi feminidad. En cierta forma soy una mujer con alguna discapacidad. Nunca podré embarazarme, nunca tendré una menstruación (lo cual creo que es una ventaja) difícilmente tendré senos, nunca bailaré un vals... pero ser mujer, aunque sea eso, no es sólo eso. Puedo, por ejemplo, escribirte ahora y sentirme una mujer real, porque así me siento. Y quién puede atreverse a decir cómo debe pensar una mujer y cómo debe pensar un hombre. Es una realidad que mi parte masculina y mi parte femenina no sentimos igual. Como mujer yo me siento más libre para llorar -de alegría o de felicidad- yo me siento más libre para pensar en mi propia belleza -poca o mucha pero intento de belleza, al fin- yo me siento más comprometida para interesarme en asuntos que tienen que ver con la discriminación por razones de género. Hay diferencias, Lourdes. No se trata sólo de ponerse una falda y de pintarse las uñas.

Sé que a esta edad quizá ya no tenga tantas posibilidades de hacer muchas cosas. Puedo pensar que la vida es injusta porque mi entrada al mundo de las mujeres me recibe con la 'crisis de la edad'. Yo nunca tuve 15 años, y si los tuve debí estar muy bien encerradita. Pero no me preocupa, porque ahora tengo elementos suficientes -o por lo menos más elementos- para entender lo complejo que hay en mi existencia.

Todo esto es parte de un proceso. Al fin y al cabo, mucho tiene que ver lo que una espera de la vida. Yo no espero ser Miss Universo, para nada; mucho menos pescarme a un millonario que me mantenga y me regale joyas. Viéndolo bien, quizás en el fondo me interesa más ser transgenérica que mujer. Y soy tan transgenérica como tú eres mujer, o como tu marido es hombre. Así es que no estoy tan perdida. Y en mi calidad de transgenérica -muy cerca de los varones y muy cerca de las mujeres- es mucho lo que puedo hacer. Y por ahí van mis ideales. Eso espero, eso es lo que busco en lo femenino. Ser yo misma y poder contribuir, insisto, a construir una sociedad más abierta y en donde todos y todas tengamos un lugar. Hombres, mujeres, transgenéricas y transgenéricos, lesbianas y homosexuales, personas con discapacidad, niños, niñas, tercera edad. Y no estoy escribiendo un discurso, Lulú. Es una convicción.

Yo sé muchas cosas que la mayoría de la gente ignora. Yo sé muchas cosas que a un muchacho de 15 años que gusta de ponerse vestidos quizá le convenga saber, lo mismo que a sus padres. Yo estudié una carrera universitaria para divulgar de la mejor manera la información. Entonces no puedo cerrarme a lo que la vida me ofrece.

La vida ha sido generosa conmigo, Lulú. Me permitió vivir muchos años el mundo de los varones. Creo que no estuve del todo fuera de lugar. Ahora me permite acercarme -acercarme por lo menos- al mundo de las mujeres. Lo estoy disfrutando mucho. Y me permite vivir plenamente el mundo del transgénero; me siento como sirena en el agua. ¿Una sirena se sentirá mal porque no es pez ni es mujer? ¿o se sentirá bien porque puede ser un poco mujer y un poco pez?

Mira, Lulú. Si yo tuviera que decidir mi género, quizá tendría que hacerme una bola de preguntas para poder tomar la mejor decisión. Y ver si es mejor ser hombre porque ganan más en los trabajos y pueden cambiar una llanta, o mujer porque pueden expresar más fácilmente sus sentimientos o preparar un pastel. Pero no es el caso. Yo no tengo que decidir. En todo caso, lo importante es saber quién soy, no qué quiero ser, ni mucho menos qué me conviene ser. Y desde hace tiempo me queda claro que soy transgenérica. Entonces no estoy -insisto- tan perdida.

Y si no trato de forzar las cosas puedo ser feliz; es decir, si no trato de ser hombre a fuerzas o mujer a fuerzas, puedo ser feliz. Qué triste sería la vida de una sirena que llorara por no ser mujer o que llorara por no ser pez; o que a toda costa quisiera ser mujer o pez. Es sirena, simplemente. No le demos más vueltas. 

Un beso: 

Mayela 

P.D. Perdona que no utilice el nombre con el que me conociste hace muchos años, pero creo que mereces saber quién soy yo en realidad, y este es un nombre que he usado en mi imaginación desde hace mucho tiempo y que ahora, por fin, puedo empezar a utilizar.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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