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( En ésta edición
consta de tres capítulos )
LXXVII
El
día de la boda estoy tan nerviosa que hasta parece que yo soy
la novia. He cuidado todos los detalles, el maquillaje, el
vestido, el peinado. Me hubiera encantado que en el salón de
belleza me peinaran, pero mi cabello no da para esas cosas. Le
pido entonces a una amiga del grupo que sabe de eso, que me
peine la peluca. Mientras, utilizo otra.
Desde el día anterior recogí el vestido y lo llevé a casa de
mi amiga Olga, en donde me lo pondré y a donde también me
llevarán la peluca peinada. De ahí nos iremos a la boda. Así
es que acudo al salón de belleza para que me maquillen. Debo
esperar pues a pesar de que hice cita, no han terminado con
otras clientes. Espero y mientras hojeo algunas revistas
femeninas que tienen por ahí. Todo lo disfruto, hasta la
espera.
Entran y salen señoras, algunas llegan con niños, una
quinceañera llega también a que la maquillen, pero ahora es
ella quien tendrá que esperar a que terminen conmigo.
La maquillista es una señora de unos 40 años que seguramente
fue muy hermosa en su juventud. Platica conmigo, me pregunta
que a dónde voy, me hace algunas observaciones sobre mi cutis
y me pregunta del color del vestido que llevaré para elegir
los tonos más adecuados.
-Tiene un poco poblada la ceja, ¿se la depilo?
-Este... –no había contado con eso- no, así déjela.
-Se vería mejor si se la depilo –insiste.
-Sí, pero preferiría que no, gracias.
-¿Y eso por qué? –pregunta.
-Pues, es que me complicaría las cosas después –es lo único
que se me ocurre responder, pues no quiero decir que mi esposa
pondría el grito en el cielo al verme así. Al igual que en el
caso de la costurera, estoy segura que se dan cuenta de mi
condición, pero me tratan como a cualquier otra mujer. Es
maravilloso.
Me veo en el espejo y no lo puedo creer. De verdad que el
maquillaje hace milagros. Me gusta cómo quedé.
Me subo al auto para dirigirme a la casa de Olga, pero con tan
mala fortuna que el coche se empieza a jalonear. No puede ser,
¿porqué en el momento en el que más lo necesito me juega estas
malas pasadas?
Recorro otras dos o tres cuadras y el auto sigue igual, no se
detiene por completo pero sospecho que en cualquier momento
podría hacerlo. Debo tomar el Periférico para ir a casa de
Olga, si el auto se queda ahí estaría perdida. Decido entonces
buscar un lugar donde estacionarme y medianamente seguro para
dejarlo. Ya mañana vendré por él, ahora hay cosas más
importantes.
Me bajo y busco un taxi pero para mi mala fortuna todos pasan
llenos. Un joven que conduce un Jetta se da cuenta, se detiene
y me pregunta que a dónde voy, le digo que hacia el sur.
Lástima, me dice, yo voy al norte.
Sí, es una lástima, me hubiera encantado que me diera un
aventón, pero de todas formas me siento halagada que me haya
preguntado. Aunque, por otro lado, me entra la duda. ¿Se habrá
dado cuenta de mi condición o habrá pensado que yo era una
mujer xx? Si así fuera, ¿qué habría pasado cuando, una vez en
su auto, se diera cuenta por mi voz o por cualquier otra cosa,
que yo no soy una mujer al cien por ciento? Creo que sería
arriesgado haber aceptado el aventón.
Finalmente pasa un taxi que me lleva a casa de Olga. Me pongo
el vestido largo, la peluca que quedó preciosa y me veo en el
espejo. Una emoción recorre todo mi cuerpo. Desde luego que
disto mucho de ser una modelo, pero de alguna manera me
acuerdo de mi madre cuando se arreglaba para ir con mi papá a
alguna fiesta. Me doy cuenta, entonces, que el atuendo es un
reforzamiento de las emociones. Siempre soñé con vestirme así
para ir a alguna fiesta, alguna vez pensé en hacerlo para
quedarme en el hotel. Ahora estoy a punto de salir a la calle,
de abordar un taxi, de entrar a una iglesia... ¿qué más puedo
pedir?
Justo cuando pensaba que no podía pedirle más a la vida, llego
a la iglesia y me encuentro con un cura que habla con palabras
nuevas, frescas. Lejos, muy lejos, están aquellos curas
oscuros, tenebrosos, que llenan de miedo y remordimiento a sus
fieles. Por el contrario, habla de amor, de reconciliación, de
armonía, de vivir de acuerdo con nuestra propia realidad, de
aceptarnos a nosotros mismos tal y como Dios mismo nos ama y
nos acepta.
La ceremonia es emotiva, y más lo es para mí al momento de
subir al altar y entregar los anillos. Luego vendría el
momento de la comunión. Jamás pensé en recibir el Cuerpo de
Cristo ataviada de esta manera. Doy gracias a Dios por
permitirme vivir todo esto que hace apenas poco más de un año
sólo era un sueño, una fantasía, una ilusión. Si en ese
momento una gitana me hubiera dicho que dentro de un año
estaría viviendo todo esto, la hubiera tildado de mentirosa y
charlatana, jamás lo hubiera creído.
Pero es verdad, aquí estoy yo, dando gracias a Dios luego de
recibir la Eucaristía.
La fiesta no puede ser menos. Disfruto cada momento. Por
primera vez bailo con un hombre, y me encanta. No porque el
individuo en sí me guste, sino por todo lo que implica, el que
me saquen a bailar, el que me digan que me veo hermosa... y
descubro que como mujer bailo mucho mejor que como varón.
Quizá porque puedo fluir sin ninguna inhibición. Pienso que de
alguna manera, al bailar en mi condición masculina, me reprimo
para que no se transparente esa mujer que soy y que gusta del
baile. En cambio, como mujer, liberada de ese temor, pues dejo
que fluya toda la energía que brota desde mi interior.
Paso la noche en casa de Olga. Ella misma me ofrece su casa al
saber que se ha descompuesto mi auto. Es maravilloso dormir
con fondo y pantimedias, y al día siguiente amanecer y
descubrirme con las uñas pintadas. Y volverme a poner un
vestido y unos tacones altos para preparar el desayuno.
Al medio día se acaba el hechizo, debo volverme a poner los
pantalones para ir a buscar un mecánico. Pero la experiencia
de haber vivido tantas emociones ya nadie me la quita. Y fue
entonces que empecé a acariciar la posibilidad de vivir como
mujer de tiempo completo.
LXXVIII
Al cabo de una semana seguía maravillándome de todo lo que
había vivido en tan sólo un día. Sueños acariciados a lo largo
de 30 años habían visto su realización en un lapso no mayor a
24 horas.
Y esto es sólo el principio, pensaba, apenas una probadita de
lo que es ser y vivir como mujer. Claro, una mujer de
nacimiento, acostumbrada a todo esto, no puede entender que
para alguien sea tan importante ponerse un vestido largo,
tener un maquillaje profesional y despertar con las uñas
pintadas. Imagino que es como el ver o el caminar para alguien
como yo. Todos los días me despierto con el milagro de la
vida, con las enormes posibilidades de poder ver, escuchar,
caminar y correr, maravillas que por cotidianas dejan de tener
el valor que realmente poseen. Pero un invidente, un sordo o
un parapléjico darían lo que fuera por al menos durante un día
poder ver, escuchar o caminar.
Así me siento, como el prisionero al que dejaron salir por un
día, el mudo que pudo gritar, el loco que pudo recordar. Pude
ser reyna por un día. Ya no añoro mi fiesta de 15 años
perdida, ni el vestido blanco que no pude llevar el día que me
casé, ni las pantimedias que debí entregar a mi padre para que
se las diera a mi prima en aquel día. Ya no necesito soñar con
vestirme en un cuarto de hotel y salir a la calle o bajar a
cenar, con pedir una pizza y recibirla en vestido y tacones
altos, con contratar a una maquillista para que me arregle en
lo oscurito de una habitación. Nada de eso, una y otra vez
recreo mi imagen frente al espejo, vestido largo de fiesta,
maquillaje profesional, peinado de salón... y pensar que fue
real, no un sueño, no una ilusión.
Fue la probada de un manjar que se me antoja delicioso.
Despertarme todos los días con las uñas pintadas, en camisón.
Ponerme un hermoso vestido y no tener que quitármelo más que
para dormir. Tener mis vestidos colgados en el clóset y no
arrugados y apretados en el fondo de una maleta que se esconde
en un cuarto húmedo y frío.
Qué maravilla no tener que despintarme hasta retirar el último
rastro de rimel o de lápiz labial, como si fuera un
delincuente que borra las huelas de su crimen; no vayan a
descubrirme en la escuela de mi hijo, no vaya a darse cuenta
mi esposa, no vayan a sospechar mis amigos que me pinto los
labios.
Me ilusiona la idea de vivir como una mujer. No es fácil,
desde luego, habrá que tomar hormonas para feminizar mi
aspecto, depilarme con láser el vello facial y, quién sabe,
quizá con el tiempo someterme a una cirugía de reasignación
para transformar mi pene y mis testículos en la vagina que
siempre debí haber tenido.
Algunas de mis amigas han logrado vivir como mujeres de tiempo
completo. Una de ellas incluso sigue ejerciendo su profesión;
otras han tenido que aceptar empleos no muy bien remunerados
pero que les permiten vivir en el rol que desean. Dos de mis
amigas se hicieron la reasignación quirúrgica y se han
enfrascado en el complicadísimo trámite de corregir sus actas
de nacimiento para darle personalidad jurídica a su nueva
condición.
Todo esto pienso mientras viajo en el Metro. Un anuncio
impreso me saca de mis reflexiones: Mujer Total, curso de
maquillaje y personalidad.
No es mala idea, aprender a maquillarme, a comportarme como
una mujer. Mi madre jamás me enseñó lo que las madres suelen
enseñar a sus hijas, así es que si quiero vivir como mujer
tengo que empezar por aprender muchas cosas, cómo maquillarme,
cómo sentarme, cómo caminar, cómo comportarme en sociedad. Es
curioso, todo este tipo de cosas que desde mi condición de
varón me parecían tan frívolas y hasta ridículas, ahora
despiertan mi interés.
Me digo a mí misma, quizá para no sentirme tan mal con mis
anteriores convicciones, que todo esto no son más que apoyos
para poder construir la mujer que deseo ser, de ninguna manera
la meta final o lo más importante. ¿Acaso no puede haber
feministas bien pintadas y de tacones altos? ¿es una
contradicción? Lo malo, digo yo, es someterse a los dictados
de la moda ciegamente, sin el menor sentido crítico; pero como
una opción voluntariamente aceptada yo no lo veo tan mal. Es
más, hasta me emociona la idea de estar ahí, tomar el curso y
aprender a ser una “mujer total”.
LXXIX
El curso comienza un domingo a las 8.30 de la mañana. Así es
que tengo que levantarme muy temprano, pues debo acudir a
cambiarme a los baños y emplear, por lo menos, una hora para
quedar lista. No me importa, sería capaz de no dormir con tal
de vivir esta experiencia.
A las 8:25 ya estoy a las puertas del World Trade Center,
donde se lleva a cabo el curso, pomposamente llamado, “Mujer
total”. Hay muchas otras chicas, la mayoría jóvenes, pero
algunas de mi edad. No falta quien me voltee a ver con cierta
curiosidad, pero he aprendido que lo mejor es ignorar esas
miradas. Cuando se vuelven insistentes, entonces la estrategia
es regresar la mirada, luego de dos o tres intentos desisten
e, imagino, se quedan con la curiosidad de saber si “eso” que
tienen enfrente es o no una mujer.
A lo largo de mis incursiones al mundo femenino he descubierto
que alrededor de un 80 por ciento de la gente me ignora. Un 10
por ciento me mira con curiosidad, un 5 por ciento con
molestia -¿será que les recuerdo frustraciones o traumas que
no han podido superar?- y un 5 por ciento me mira hasta con
cierto gusto, como se mira a una mujer atractiva. Ese
porcentaje es el que más disfruto. No han faltado quienes me
han abordado en la calle, algunos solamente para preguntarme
mi nombre, otros para invitarme un café o un refresco y
algunos para decirme que estoy muy guapa. Cómo agradezco a
esos individuos que me hacen sentir tan mujer. No faltan,
claro, los piropos, las más de las veces respetuosos, otros
ingeniosos y los menos, afortunadamente, groseros o agresivos.
Subo con otras nueve mujeres al elevador que nos lleva al piso
42, donde un equipo de especialistas nos da la bienvenida y
muchas otras participantes aguardan. Es un curso masivo, pero
han prometido una segunda parte dedicada exclusivamente al
maquillaje donde no estaremos más de 12 personas por sesión.
De esta primera reunión me llama la atención la manera en la
que nos tratan, sobre todo los varones. Es curioso, pero como
nunca había estado en una situación semejante no había
reparado en ello. Nos tratan como si fuéramos retrasadas
mentales, hablándonos despacito, dando explicaciones de más.
¿De veras los hombres creen que son más inteligentes que las
mujeres?
El curso no es la gran cosa, si acaso algunos tips
interesantes acerca de cómo caminar o cómo sentarnos, pero
nada del otro mundo. Lo mejor es la convivencia con el resto
de las mujeres. No falta quien me haga una pregunta, alusiva
al curso, o me pida un bolígrafo. Durante un receso aprovecho
para entrar al baño, cosa que hacen muchas más de las
asistentes al curso, así es que se forma una fila afuera del
baño de las mujeres mientras que el de los hombres luce,
naturalmente, desierto. Temo que alguien me haga algún
comentario o me reclame, pero no, nadie me dice nada. Alguna
sugiere al grupo que en virtud de que hay tantas mujeres y
ningún hombre, entremos también al baño de los caballeros,
sugerencia que muchas aprueban pero yo no, desde luego, no
quiero entrar a esos baños que ya conozco tan bien. Al final,
me entregan un diploma a nombre de Mayela Beltrán. Me encanta,
poco a poco empiezo a tener mi propia vida como Mayela, ya hay
documentos que así lo avalan. Este diploma se agregan a otros
reconocimientos que me han entregado, ya sea por testimonios,
pláticas, participación en programas de radio o televisión...
cómo me gustaría enmarcarlos y colgarlos en el estudio de mi
casa, pero ni pensarlo.
Lo mejor del curso fue la segunda sesión, a la semana
siguiente. En efecto, no somos más de doce las que nos damos
cita en un departamento de Polanco. La interacción es más
cercana, lo que provoca un poco de nerviosismo de mi parte
pero, a final de cuentas, disfruto el momento. Además, aprendo
muchos trucos que me serán de gran utilidad a la hora de
arreglarme. Debo prepararme para ser una mujer, en todos los
aspectos.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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