P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 21º

 

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( En ésta edición consta de tres capítulos )

LXXIV 

Hace más de quince días que no puedo ser yo misma.

Esta es mi primera crisis. Pero supongo que mañana me levantaré y volveré a resignarme, con la certeza de que esto no será para siempre.

Pero ahora esto me resulta tan difícil. La gente aquí es cruel, muy cruel. Hay un odio feroz contra los homosexuales, y aunque yo me considero heterosexual, no dejo de indignarme en silencio. Primero, porque los respeto y sé que son gente tan valiosa o más que cualquiera; y segundo –y principal- porque sé que ese odio es también contra las transgenéricas, sólo que ellos lo engloban en un mismo concepto. No hay día que no hablen de que tal o cual persona es puto, así le dicen, con ese odio feroz a quien no es como ellos. O, más bien, a quien sin proponérselo les hace poner en duda su propia heterosexualidad. La gente puede ser borracha, ladrona, irresponsable y casi hasta golpear a la mujer, eso lo perdonan, pero jamás perdonan lo otro.

Es tan absurdo, como si odiaran a alguien por ser zurdo o calvo, o porque le gusta el espagueti. No lo entiendo. Y he tenido ganas de levantarme y decirles quién soy en realidad y cómo soy, y mostrarles mis vestidos y mis aretes, y hacerles cuatro o cinco preguntas para callarles la boca. Pero por supuesto que no lo hago, ni lo haré.

Pero me indigna, y me da mucha rabia porque me doy cuenta de todo lo que falta para construir un mundo en donde quepamos todos y todas

Y mi mundo está tan lejos. Mi pequeño pero maravilloso, grandioso mundo.

Estoy muy triste, quisiera ser más optimista, pero ahora no puedo serlo.

Ayer, por ejemplo, hablé por teléfono con mi esposa. Y a pesar de la distancia, y a pesar de que no nos hemos visto en más de 15 días, volvimos a pelear por lo mismo; que si yo no soy capaz de ceder, que cuando nos casamos yo le dije que nunca iba a salir así a la calle, que si esto, que si lo otro... es desesperante. Es desesperante porque me doy cuenta que en este mi pequeño mundo no cabe Olivia. Ella pertenece a este enorme pero ridículo mundo en donde tienes que guardar las apariencias, vestir como los demás quieren, hablar como los demás quieren, pensar y soñar como los demás quieren.

No puedo dejar de pensar en Gabriela, la extraño tanto. Ella me ha enseñado que hay gente maravillosa que acepta a los demás por lo que son, no por lo que aparentan; que aceptan a los demás por lo que traen en su interior, no por la ropa que llevan puesta.

El solo hecho de pensar en Gabriela y en mis amigas del grupo me hace sentir bien; quizá porque sé que no estoy sola; quizá porque sé que este mi mundo, aunque pequeño, existe, no es una ilusión.

Es inevitable soñar y acariciar de pronto la posibilidad de que entre Gabriela y yo hubiera algo más que una amistad. Sé que es una tontería, apenas la acabo de conocer y, por si fuera poco, la diferencia de edades es muy grande.

Pero no puedo menos que pensar en ella Antes de que me viniera a este viaje mi esposa me dijo ‘te amo’. Me sorprendió porque hacía tiempo que no nos decíamos esas cosas, pero lo dijo, quizá porque sabía que en mucho tiempo no nos veríamos. Yo no sé si esas palabras sean ciertas. Cuesta trabajo creerlas cuando no ha habido una correspondencia, cuando no ha querido involucrarse y ser solidaria conmigo, Pero bueno, ella también podría pensar lo mismo de mí, que si la amara dejaría al grupo y buscaría deshacerme de toda la ropa. Y sin embargo no lo hago y eso no quita que le guarde cariño, quizá hasta un amor que tímido y callado todavía queda por ahí.

Sin embargo, a estas alturas creo que lo que más necesito no es amor, sino aceptación. Mi esposa me ama -concedamos que es así- pero no me acepta. Gabriela no me ama, eso es evidente, pero me acepta. Si me dieran a escoger, me quedaría con Gabriela, no es amor lo que necesito, es aceptación. Los Beatles dijeron alguna vez que “todo lo que necesitas es amor”. Yo diría que, en mi caso, todo lo que necesito es aceptación. 

LXXV

 

Durante mi estancia en Chiapas se han agudizado mis crisis. Si no es por el encierro, es por el hastío; hasta le edad, que en otras condiciones no me importaba, ahora se me restriega en la cara. Me pongo a pensar que si quisiera vivir como una mujer tendría serias dificultades con mi cuerpo. Aunque me atiborrara de hormonas y me hiciera cientos de implantes y cirugías mi cuerpo jamás podría ser como el de una mujer con cromosomas xx.

Cuando veo la televisión y veo anuncios de cremas, de rimel, de labiales, cómo añoro el no haber nacido mujer, con todo lo que implica. A veces me da mucha tristeza, mucha rabia, no haber tenido 20, 25 años... me refiero a no haberlos disfrutado desde mi condición femenina. Ya no digamos haber nacido mujer, por lo menos haber tenido la oportunidad de vivir ese rol como ahora lo hago, pero en mi juventud. Yo sé que no es culpa de nadie, si acaso de esta sociedad cerrada que tendrá que cambiar, Y eso, dentro de todo m malestar, me llena de ilusión, saber que yo puedo hacer algo para cambiarla, aunque sea un poquito.

Estoy segura que todo esto ha brotado de esta manera porque estoy encerrada. Una vez que regrese y vuelva a sentir unas medias, a caminar por las calles de mi ciudad, a dar un testimonio o una conferencia, sé que las cosas serán distintas, aceptaré mejor mi condición.

Tengo crisis y periodos de depresión. Y trato de enfrentarlos como muchas otras mujeres... yendo de compras.

La recompensa de este encierro es que cada quince días puedo contar con un cheque generoso. En cuanto lo cambio me voy a una tienda departamental para comprarme ropa. Adquiero una falda, una blusa y algo de ropa interior.

Esa noche, en mi cuarto, anhelo estrenar las prendas que acabo de comprar, pero sé que es arriesgado, apenas y me las pruebo un momento en el baño. Me quedan muy bien, qué ganas de poderlas lucir en la calle.

En Villahermosa las cosas no son mejores. Por el contrario, allá debo compartir la casa con sujetos aún más machistas y que, a deferencia de quienes estuvieron en Chiapas, ni siquiera son buenas personas. En algún momento tengo un altercado con uno de ellos que se mete a mi cuarto sin siquiera tocar la puerta; de no ser por la prudencia que me ha dado mi nueva condición, seguramente hubiéramos llegado a los golpes, por lo menos todo quedó en palabras. Pero ya quiero regresar a la Ciudad de México y poder estrenar toda la ropa y los cosméticos que me he comprado. 

LXXVI

 

A mi regreso a la Ciudad de México me encuentro con una muy buena noticia. Alejandra y Rosario celebrarán su Santa Unión. Alejandra es la psicóloga transexual con quien platiqué aquella primera ocasión en el Imesex.

Rosario, mujer xx, es su pareja con la que vive desde hace tres o cuatro años. Para la buena fortuna de ellas –y de muchas de nosotras que somos creyentes- existe en México una comunidad cristiana, inspirada en el catolicismo pero con un importante sentido crítico y ecuménico, conocida como la Iglesia de la Comunidad Metropolitana. Esta iglesia está abierta a la diversidad sexual y aprueba uniones entre personas del mismo género. Así es que bendecirán la unión de Alejandra y Rosario.

Me han pedido que sea su madrina de anillos y yo, gustosa, acepto.

La ocasión es excepcional. No sólo porque es importante que mis amigas se unan ante el Dios en el que creen y que, seguramente, está mucho más allá de los prejuicios genéricos y sexuales de sus criaturas. La ocasión es excepcional, también, porque me permitirá asistir a una boda como siempre lo quise hacer, sin traje ni corbata, sino con vestido largo y tacones altos.

Recuerdo que alguna vez quise alquilar un vestido de fiesta para ponérmelo en la intimidad de un cuarto de hotel y contratar a una señora que ahí mismo me maquillara. Es maravilloso pensar que ahora puedo hacerlo, pero no en la soledad del hotel, sino en la ciudad, como cualquier mujer. Celebro el haber trabajado unos meses en Chiapas y Tabasco, de otra manera no tendría dinero para los anillos, el maquillaje y el alquiler del vestido.

Me entra la duda. Hasta ahora he sido tratada muy bien en todos lados, en los restaurantes, en las boutiques, hasta he podido probarme vestidos más de una vez. Pero esto va más allá. ¿Cómo me irán a tratar en el salón de belleza? ¿querrán alquilarle un vestido a alguien como yo? Tengo mis dudas, pero la única manera de saberlo es intentándolo.

Me arreglo de la mejor manera posible, con el vestido más elegante que tengo. Acudo entonces a un salón de belleza. Entro y pregunto si me pueden maquillar. Con la mayor naturalidad me dicen que sí, pregunto el precio y acuerdo el día y la hora.

-¿Y se va a peinar también o solamente el maquillaje, señorita? –me preguntan.

-Nada más el maquillaje –contesto feliz. Recuerdo con mucho agrado el día que, en mi adolescencia, llamé por teléfono para concertar una supuesta sesión de maquillaje en un salón de belleza.

Busco ahora un lugar en donde alquilen vestidos de fiesta. En el directorio telefónico encuentro uno en el cuarto piso de un edificio de Insurgentes Sur. A la entrada me debo registrar. Es emocionante poner mi nombre femenino y una firma que en ese mismo momento debo crear.

Nerviosa, subo en el elevador y busco el despacho 402. Me recibe una señora que está detrás de una máquina de coser, con su ayudante. Le platico que quiero alquilar un vestido, me mira de arriba abajo, sin ninguna mala intención, y me dice que no será fácil encontrar uno de mi talla. –Es que está usted muy alta, señora –me dice.

Se mete a un cuartito y sale con un vestido gris y uno negro. –Son las tallas más grandes que tengo, si gusta probárselos por favor.

Sigo nerviosa y paso a otro cuartito en donde me pruebo los vestidos. Es emocionante. El negro me queda muy justo, sobre todo debajo de las mangas, El gris me queda un poco mejor. Sin quitármelo, salgo a donde está la costurera y le explico.

-No hay problema, señora –me dice-  sí le queda, nada más es cosa de hacerle unos arreglos.

Baja y sube el cierre de la espalda. Es curioso, pero siento cierta excitación al saber que ve mi brasier. Me toma algunas medidas y me dice que regrese en una semana para probármelo.

Antes de irme llega otra señora en busca de un vestido. Me mira pero no hace ningún comentario. ¿Qué pensará al verme?

Regreso a la semana y me dice la costurera que ya está. Es un vestido gris de manga corta, con pedrería en el cuello, ligeramente escotado. Me encanta.

No hay nadie, la mujer me dice que si gusto me lo puedo probar ahí mismo. Qué cara habré puesto que de inmediato me indica que si prefiero puedo pasar al cuartito. Seguramente muchas mujeres no tendrán empacho en cambiarse delante de la costurera, pero imaginé que al verme en ropa interior se daría cuenta de mi cuerpo y... bueno, no es que no sospeche que ella bien que sabe mi condición, pero como que no quisiera hacerlo evidente. Pienso si no, con toda intención y justamente para ver qué cara ponía, fue que la costurera me dijo que me cambiara ahí mismo.

El caso es que me queda muy bien y quedamos en que puedo pasar a recogerlo el día anterior a la boda.

-Lo único que necesita es dejar una identificación y un comprobante de domicilio.

Con eso no había contado. Desde luego que no tenía ninguna identificación a nombre de Mayela. Pensé que todo se iría por la borda, lástima, estaba hermoso ese vestido, se me veía muy bien.

De nuevo la costurera debió haber notado mi turbación porque me dijo comprensiva:

-Cualquier identificación nos puedo servir, aunque no sea suya, sólo que esté al mismo nombre que el comprobante de domicilio.

Qué alivio. Les dejaré una identificación del hombre que soy en el registro civil, se darán cuenta de quién soy en realidad, conocerán mi nombre verdadero y me verán en una foto tal cual soy el resto de los días. Imagino que ella y su ayudante verán mi foto divertidas y se sorprenderán de cómo cambio con el arreglo femenino. No me importa, lo único que me interesa es poder lucir ese vestido el día de la boda de mis amigas.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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