P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 20º

 

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( En ésta edición consta de tres capítulos )

LXXI

 

Disfruto como nunca de mi transgénero. Poco a poco voy construyendo esa mujer que quiero ser, esa mujer que siento dentro de mí, que desde la infancia sentí en mi interior; aquella que gritaba por salir y que apenas ahora puedo dejar que se exprese.

Descubro dos facetas muy importantes. Una es la parte frívola, casi superficial, que busca la belleza, que cuida todos los detalles y que goza al ir a comprar unas medias, un vestido o un lápiz labial.

La otra es la parte profunda, pensante, que reflexiona en todo lo que me sucede y en lo que pasa a mi alrededor. Es la parte activa, que participa en mesas redondas, que brinda testimonios de su transgénero, que lucha por dignificar nuestra condición. Es la activista, la feminista, la transgenerista.

Ha pasado ya casi un año desde mi primer acercamiento con el grupo. Es increíble cómo pasa el tiempo, un año ya de aquellos primeros mails... Pero es increíble, también, cómo ha cambiado mi vida en tan sólo doces meses.  Han quedado atrás muchos de los miedos que me agobiaban, la vergüenza, la mayoría de las dudas que una y otra vez me taladraban la conciencia.

Me doy cuenta de los avances cuando Anxélica, la coordinadora general del grupo, me pide que coordine la segunda edición de “Días de Transgénero”, la serie de pláticas y conferencias a las que hace un año no quise asistir por miedo a que la gente se fuera a enterar de mi condición.

Acepto gustosa y llena de ilusión. Son cuatro días en los que presento a los ponentes, modero las sesiones de preguntas y respuestas, manejo los tiempos, atiendo los requerimientos de los conferencistas, en fin, me encargo de que todo marche bien. Incluso me doy el gusto de dar una ponencia acerca del manejo que se le da al transgénero en los medios de comunicación. Marketing transgenérico, se titula el tema.

Al término de la jornada cobro conciencia de todos los cambios que ha experimentado mi vida en sólo un año. En ese entonces era tanto mi miedo a que se descubriera mi condición que perdí la oportunidad de asistir a las pláticas; hoy, no solamente asisto, sino que las coordino e incluso soy yo misma una de las ponentes.  Más de 30 años de mi vida los pasé en la más completa oscuridad; ahora, doce meses han bastado para recuperar la confianza en mí misma, para sentirme orgullosa, no propiamente de mi transgénero, sino de mi propia vida.

Ya no me importa que la gente me vea entrar al evento, ya no me importa que me vean en la calle vestida como una mujer. El ser hombre no me hace mejor, el ser fuerte o brusco no me hace más importante. El vivir de acuerdo con mi propia condición, el ser auténtica, el ser yo misma, eso sí me hace mejor o, al menos, me ayuda a ser más feliz. 

LXXII

 

El chat se ha convertido en un buen aliado de mi travestismo. Sin necesidad de ponerme un vestido, aquí puedo transformarme en mujer, adoptar un nombre femenino y que me traten como a una reyna. Es divertido.

Ocasionalmente me hago pasar como mujer, pero no me gusta del todo, siento que es un engaño, y aunque el chat es el reino de la ilusión, prefiero ser más honesta. Descubro que hay salas de travestis, ahí me siento mejor. Y aunque dudo mucho que hiciera en la realidad lo que muchos hombres me proponen en ese lugar, me siento bien al saberme deseada.

En una de esas me meto a una sala de lesbianas, conozco a una chica bastante agradable y le confieso que soy travesti. Ya en otras ocasiones ha sucedido e, invariablemente, llegado a este punto se despiden amablemente. Gabriela –así se llama- no hace lo mismo, por el contrario, me dice que le parece que somos mujeres muy valientes que a pesar de todo luchamos por vivir nuestro rol.

Luego de ese día nos mandamos algunos mails y quedamos de vernos para podernos conocer.

Pasé a recogerla a su trabajo. Yo llevaba una blusa beige, una falda negra y zapatos de tacón alto. Estuve en el auto esperándola afuera de su oficina. Lo más maravilloso fue que cuando ella salió de su trabajo se subió al auto sin importarle que nadie la viera subirse con un travesti. Y nos fuimos a tomar un café. Ella, maravillosa y yo, encantada. Platicamos de todo y hasta me dio recomendaciones para mejorar mi arreglo personal.

Me sentí fascinada sabiendo que hay una mujer que no se avergüenza de salir conmigo, que no me exige que me ponga unos pantalones y que me quite los aretes o me despinte los labios para ir a tomar un café conmigo. Creo que una de las cosas más hermosas del mundo es ser aceptada por los demás, sobre todo por la gente que vale la pena.

Yo sé que debo ser muy cautelosa; lo peor que me podría suceder en este momento es enamorarme. Además, estoy consciente que puedo malinterpretar muchas cosas. Siempre que me he relacionado con una mujer ha sido en mi condición masculina, sé lo que puedo interpretar desde esa condición, pero como mujer nunca había vivido algo semejante.

No quiero ilusionarme, pero a veces pienso que sería sensacional mantener una relación lésbica; con otra mujer, pero desde mi condición femenina. No sé si con el tiempo...

Quince días después de nuestro primer encuentro planeamos otra cita, en la plaza central de Coyoacán, frente a la Iglesia. Estoy por salir de la ciudad algunos meses y quiero despedirme de ella. Llego a la hora indicada y no está, camino un momento por ahí. El lugar es precioso y evocador; niños dándole de comer a las palomas, parejas de enamorados que se hacen todo tipo de juramentos en las bancas, vendedores de globos que llenan de color el ambiente, ancianos que salen para ver pasar el tiempo de los demás...

Me siento en una de las bancas y a los pocos minutos llega una mujer de cabellos blancos, andar pausado y un corazón lleno de bondad. Me saluda y yo, respetuosa y amable, contesto con un buenas tardes.

Se pone a platicar; me cuenta de su nieto que está por entrar a la universidad, de sus hijos que tuvieron que irse a trabajar a la provincia, de su marido fallecido hace siete años y de toda su vida que ha transcurrido en Coyoacán, “cuando la vida era muy diferente, señorita”.

Me pregunta acerca de mí, de dónde soy, si estoy casada... le digo que sí, le invento que mi marido es publicista y que mi hijo el mayor está por entrar a la secundaria.

Estoy fascinada, platicamos de cosas de mujeres, de la casa, los hijos, ya ni me acuerdo que en cualquier momento puede llegar mi amiga.

Hace ya media hora que estoy con la buena anciana. Miro el reloj, volteo a mi alrededor y concluyo que no llegará Gabriela. Entonces me despido de la mujer y al levantarme, ella me dice:

-Pero mire nada más qué grandota está usted, y con esos tacones, no se vaya a caer.

Yo le digo que tendré cuidado y, feliz de la vida, me despido de esa mujer que siempre me trató como a una de las suyas y, sin proponérselo, me hizo vivir plenamente mi anhelo de ser mujer.

Ese encuentro casual borra mi frustración de no haber podido ver a mi amiga. Cuando estoy por subirme al auto suena mi celular, tuvo un contratiempo pero ya está en Coyoacán, en la plaza, donde habíamos quedado de vernos.

De inmediato me dirijo al punto de encuentro y ahí está, con una flor que me obsequia como despedida. Me emociono, jamás me habían regalado una flor.

Mientras tomamos un café le cuento que estaré unos tres o cuatro meses fuera de la ciudad, pero quedamos en que nos estaremos escribiendo correos electrónicos.

Es tarde, ella debe ir a Ciudad Universitaria para ver algunos asuntos relacionados con su tesis y yo tengo que ir a los baños para cambiarme antes de pasar a recoger a Olivia. El hechizo está por terminar.

Me ofrezco darle un aventón a Ciudad Universitaria, pero al echar a andar el auto escucho un ruido extraño en el motor. Qué contrariedad.

Aun a pesar de mi atuendo, debo levantar el cofre y revisar algún posible desperfecto, qué espanto. No veo nada extraño, si acaso unas mangueras que están un poco flojas. Las aprieto bien y me subo al auto. Lo echo a andar y parece que el ruido ha desaparecido. Qué alivio.

Al llegar a Miguel Ángel de Quevedo, sin embargo, de nuevo se escucha el ruidito y de nuevo el numerito de bajarme, abrir el cofre y apretar las mangueras.

-Es lo malo de ser mujer –me quejo ante Gabriela mientras me limpio las manos con una franela roja- es muy incómodo hacer mecánica con esta ropa. 

-No te preocupes –me dice comprensiva- muchas mujeres son buenas para la mecánica.

Pues yo ni como hombre, y mucho menos como mujer, soy buena para andar arreglando automóviles, pues el ruido no cede. Pienso entonces en dejar a mi amiga en Ciudad Universitaria y luego ir a cambiarme para entonces llevar el coche a un mecánico, pero ya no es sólo el ruido, ahora el auto comienza a jalonearse.

-Aquí adelante hay un taller mecánico –me dice Gabriela.

-¿Y pretendes que llegue así al taller?

-¿Por qué no? Muchas mujeres llevan su coche con el mecánico. Y sería peor que se nos quedara a medio camino.

Su razonamiento es demoledor. Mi pregunta es si los mecánicos estarán conscientes que yo soy una mujer. Cierto, he ido muchas veces a restaurantes, a boutiques y en todos lados me han tratado muy bien. Pero... ¿con un mecánico?

-¿Los conoces? –le pregunto, con la esperanza de que eso pudiera suavizar las cosas.

-No, pero paso seguido por aquí y los he visto.

Mientras tanto el auto sigue tosiendo y jalándose. Imposible seguir así. Llegamos al taller y, muerta de miedo, me bajo. No puedo evitar que las miradas de esos hombres me intimiden, no dicen nada, pero me ven de una manera muy especial.

-Buenas tardes –les digo con la voz más suave que puedo hacer- mi coche está fallando, ¿podría revisarlo, por favor?

Sin decir nada, los rudos mecánicos abren el cofre y empiezan a mover cables, conectar mangueras y quién sabe qué tanta cosa.

-Échelo a andar, señora –me dice uno de ellos, después de 15 minutos de estar atando y desatando ahí adentro.

Lo echo a andar y, como por arte de magia, el auto deja de toser, otra vez su rugido habitual. Me acuerdo de mi abuela cuando decía, en una frase que seguramente odiarían las feministas, “Dios y hombre”.

Tranquila por haber recuperado la salud del automóvil, y repuesta de los nervios, llevo a mi amiga a Ciudad Universitaria.

-Ya se te hizo tarde ¿verdad? –intuye.

-Un poquito –reconozco, pero lo bueno es que ya está bien el coche.

-¿Por qué no te cambias aquí en los baños? –sugiere.

-¿En los baños?

-Sí, para que no se te haga tarde. Podemos entrar al baño de mujeres de la facultad de Filosofía y Letras, ni quien te diga nada.

La idea me parece descabellada, pero ya es tarde y, por otro lado, después de todo lo que he pasado este día, ya nada me asusta.

Así es que, con el apoyo moral de mi amiga, entro al baño y procuro cambiarme lo más rápido posible. Desde adentro del pequeño espacio donde está el inodoro escucho a mujeres estudiantes que platican de sus novios, de sus broncas con los padres, de sus sueños... qué diferente al ambiente que priva en el baño de los hombres.

Como quiera, no resultó demasiado complicado entrar, finalmente llevaba falda, pero la salida... pienso que será incómodo.

Realmente lo es, pero no pasa a mayores. Abro la puerta del cubículo y como una exhalación salgo del baño; dos o tres chicas que se arreglan frente al espejo me ven extrañadas, pero no dicen nada. O si lo dicen, ya no las escucho.

Afuera me está esperando Gabriela. No me hubiera gustado que me viera en mi condición masculina, pero qué remedio.

-¿Eres tú, Mayela? –me dice al verme salir.

-Sí.

-No te hubiera reconocido, te ves muy diferente.

-Hubiera preferido que no conocieras esta parte de mí.

-No importa, para mí sigues siendo Mayela en falda o con pantalones.

-Menos mal.

-Pero ¿sabes una cosa? –comenta.

-¿Qué?

-Te ves mejor como mujer. 

LXXIII 

 

Hay un sentimiento agridulce. Un buen amigo me invita a colaborar con él en un proyecto de comunicación en los estados de Chiapas y Tabasco. Puedo ganarme buen dinero en unos tres o cuatro meses. La oferta es más que tentadora y, desde luego, acepto.

Estoy muy contenta porque finalmente podré tener algunos ingresos que desde hace tiempo me vienen haciendo falta. Pero por otro lado tendré que olvidarme por unos meses de mi parte femenina. Ni pensar vestirme en esos lugares.

Mis amigas del grupo me organizan una despedida; es emocionante. Me ausentaré unos cuántos meses pero pareciera que me voy a la guerra.

En Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, comparto una casa enorme con tres compañeros, aunque tengo un cuarto para mí sola no puedo ni siquiera pensar en la posibilidad de vestirme por las noches, en cualquier momento podrían entrar o llamarme con cualquier pretexto.

Mis compañeros son buenas personas, pero irremediablemente tienen un marcado machismo. Sus conversaciones giran en torno a los pechos o los glúteos de fulanita o zutanita, o de las múltiples ocasiones en que se han ‘picado’ –así dicen- a una u otra.

Al convivir tanto tiempo con sujetos tan machistas me avergüenzo de ser hombre al menos biológicamente- de pertenecer a esa parte de la población que ha puesto a la mujer como un ser inferior, sin ninguna posibilidad de contar con mayores virtudes que un cuerpo bien dotado y dispuesto a entregarse a cualquier patán.

Sé muy bien que no todos los hombres son así, pero al menos esa  parte no me permite identificarme con ese género. Me urge contar con un espacio para poder expresarme desde mi condición femenina.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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