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Cada publicación
consta de tres capítulos.
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1º
IV
Toda la tarde del domingo y buena parte de a noche me la pasé
pensando. Una y otra vez recreaba en mi mente la imagen del
espejo, la sensación de las zapatillas, el fondo, los
aretes... una y otra vez me imaginaba como una niña que juega
a ser princesa.
Todo habría sido maravilloso, de no ser porque en mis
pensamientos acudía, también, aquella sentencia de mis padres:
tú eres un hombre, y los hombres son feos, fuertes y formales.
Quizá podría pensarse en una princesa formal, pero ¿una
princesa fea? ¿y fuerte? No, eso no podía ser.
No podía ser, entonces, que yo jugara de esa manera y que yo
me vistiera de esa manera.
-¡Dios mío! –pensé- ¿y si mi hermano le dice algo a mis papás?
De seguro me regañarían. Pero no, mi hermano y mis primos
habían prometido solemnemente no decirle nada a nadie y
seguramente cumplirían su palabra.
El domingo siguiente volvimos a vernos en casa de los abuelos
y, para entonces, mi prima ya había salido de su enfermedad y
volvió a interpretar el papel de la princesa. Yo tuve que
conformarme con ser un pirata que la raptaba o algo así.
Mi hermano y mis primos no hicieron ningún comentario en
relación con el domingo anterior. Yo tampoco toqué el tema.
Debo confesar, sin embargo, que en mi fuero interno deseaba
que mi prima se enfermara nuevamente para volverme a poner la
ropa de mi tía Leonor. Pero no fue así. Nunca más volví a
hacer el papel de princesa.
V
Cuántos pensamientos empezaron a revolotear en mi mente a
partir de ese momento. Cuántas sensaciones, cuántas dudas.
Me quedaba claro que como hombre que era no tenía porqué
ponerme vestidos de niña, ni mucho menos sentirme bien al
hacerlo.
Con gran dedicación me esforcé en practicar todos los deportes
que se me ofrecían en la escuela, principalmente el fútbol.
No faltaban las amigas de mi madre que al verme exclamaban
-¡pero qué bonito niño! –yo, enojado, decía que no era bonito,
afirmaba, una y otra vez, que yo era feo, fuerte y formal. Y
doblaba el antebrazo hacia arriba para mostrar, orgulloso, un
bíceps inexistente.
Las señoras se reían y empezaban a decir –de veras, qué
fuerte, y qué feo eres –y yo salía de ahí sintiéndome todo un
hombre.
Fue en aquella época cuando descubrí una fotografía que me
habían tomado antes de cumplir los dos años de edad. No tengo
ningún recuerdo del momento en que me retrataron, pero
conservo en mi mente la imagen de la fotografía.
Luzco con unos caireles rubios y una sonrisa escarlata,
coloreada al igual que las mejillas. En ese entonces era
habitual que se tomaran las fotos en blanco y negro para
después iluminarlas en el laboratorio. Visto un trajecito con
peto y tirantes, así como una camisa con mangas cortas y
bombachas, parecidas a las de Blanca Nieves.
Quien viera esa fotografía pensaría que se trata de una niña,
eso me molestaba, por eso es que al encontrar la foto escribí
con lápiz: “Esta niña no soy yo, es mi prima Mónica”.
Fue en ese entonces que nos mudamos de San Pedro de los Pinos
a un departamento en la colonia Mixcoac, así que dejé de ver a
mi vecino Andrés.
Hacía tiempo, también, que no veía más a mi amiga Lucy,
compañerita en el kínder, pues ingresé a una escuela primaria
para varones dirigida por hermanos lasallistas. Qué espanto.
La disciplina rígida y la práctica del deporte consiguió
apartarme por un tiempo de mis inclinaciones hacia lo
femenino, pero a eso de los diez u once años sucedió algo que
hizo renacer mis impulsos.
VI
Había sido una tarde calurosa, de finales de abril. Mi madre
acostumbraba ver las telenovelas en su cuarto, recostada en su
cama. Ese día, sin embargo, su televisor se descompuso y
miraba, muy atenta, la tele que había en mi recámara.
Yo no me di cuenta en ese momento, pero se quitó las medias y
las dejó sobre mi cama. Al poco rato terminó la programación,
merendamos cualquier cosa y nos fuimos a dormir.
La noche era tibia y escondía un misterio que muy pronto
empezaría a descubrir.
Al desembarazarme de algunas de las cobijas, mi mano se topó
con las medias que mi madre había dejado sobre la cama. Mi
primer impulso fue arrojarlas al piso con los cobertores
sobrantes, pero algo me detuvo. Fue, sin duda, su textura. Qué
suavidad... estaba oscuro, así es que no podía verlas, pero
las sentía y sabía muy bien que eran las medias de mamá.
No quería dejar de tocarlas... de sentirlas... me acariciaba
con ellas... las pasé sobre mis brazos... sobre mis piernas.
Me quité el pantalón de la pijama para sentirlas mejor, y en
unos segundos mis piernas se introdujeron a las medias y yo me
introduje a un mundo misterioso y fascinante.
Mi piel se volvió más sensible que nunca y mi imaginación
emprendió el vuelo y alcanzó alturas insospechadas. No
recuerdo qué pudo más, si la textura de las medias sobre mi
piel, o soñarme como una quinceañera que por primera vez en su
vida podía lucir unas medias.
De buena gana me habría quedado así toda la noche, pero mi
hermano dormía en la litera de arriba y podía despertar. No
quería imaginar lo que sucedería si me descubriera con las
medias de mamá.
Sufrí cuando me las quité, pero me consolé sabiendo que a la
primera oportunidad me las pondría de nuevo. Me dormí y a mis
once años me soñé como una quinceañera ilusionada.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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