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( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
LXVII
Cada vez me involucro más con el grupo. No sé si haya
encontrado muchas respuestas, tal vez no, pero lo que sí me
queda muy claro es que ahora sé cuáles son las preguntas.
Es un mundo nuevo el que se abre para mí. Yo sigo saliendo y
cada vez encuentro una mayor aceptación de la gente. Ya me he
animado a subirme a los microbuses, al Metro –es maravilloso
poder viajar en los vagones de adelante, reservados a niños y
mujeres- y ya hasta entro a los baños del Sanborn’s sin
ningún problema.
Decido empezar a abrirme con la gente más cercana. Mi mejor
amigo es un arquitecto que conozco desde los 17 años, con él
he vivido aventuras de todo tipo, penas y alegrías, ilusiones
y frustraciones. Nos conocimos en aquellas actividades de
labor social que hacíamos en poblados del Estado de México.
Bien a bien no sé qué es lo que me mueve a contarle mi
historia. Quizá el deseo de que me conozca mejor, o la
necesidad de no seguir callando mi propia realidad, al menos
de no callarla con la gente que más quiero.
El encuentro con Diego –así se llama- es casual, llega a mi
casa en una mañana calurosa; creo que va a recoger alguna
herramienta que me había prestado. Muchas veces, al vestirme
en la casa, deseé que él llegara, sin ninguna duda le habría
abierto la puerta y me hubiera presentado ante él como la
mujer que soy.
Creo que fue mejor así, hubiera sido muy impactante que sin
saber nada me encontrada de falda y tacones altos.
El caso es que sin mucha ceremonia, antes de que se retirara
le pregunté si tenía tiempo para platicar. Me dijo que sí,
entonces se la solté:
-¿Sabes una cosa?
-¿Qué?
-Soy una persona transgenérica.
-¿Y eso cómo se come?
-Las personas transgenéricas son aquellas que a pesar de nacer
con un sexo biológico determinado, se identifican con el otro
género. En mi caso, a pesar de nacer con órganos genitales
masculinos, me reconozco como mujer.
Mi amigo puso una cara que de inmediato me permitió darme
cuenta que no estaba entendiendo nada, pero que imaginaba que
la cosa era compleja.
De entrada no quise decirle que yo era travesti, el término
está tan asociado a perversiones, desviaciones y todo eso, que
hubiera sido una primera impresión un tanto incómoda.
Pero fue él quien en aras de comprender mejor sacó el asunto.
-¿Eso qué quiere decir? –preguntó- ¿qué te vistes de mujer?
-Sí, pero... –yo quise matizar.
-Entonces eres travesti –interrumpió.
-De alguna manera. Pero no es solamente el vestirme como
mujer, es sentirme una mujer, o al menos, es sentir que tengo
los dos géneros, tanto el masculino como el femenino.
No fue fácil ni para él entenderlo ni para mí explicarlo. Pero
al final me dijo que fuera como fuera, él me aceptaba, aunque
me vistiera de extraterrestre. Y que contaba con todo su
apoyo.
Fue importante hablar con mi amigo. Le conté cómo fue que
durante tantos años tuve que reprimirme y luchar en contra de
mi propia naturaleza. Él me escuchó atento y aun cuando no
entendió del todo los conceptos, se preocupó por que yo me
sintiera mejor.
Para mí fue empezar a quitarme la armadura. Sabía que de ahora
en adelante podría hablar abiertamente con él de este y muchos
otros asuntos. Podría contarle de mis salidas, de mis logros,
hasta de cosas tan triviales como comprarme un vestido o unas
zapatillas.
LXVIII
Parece que el intento de ultimátum ha tenido ciertas ventajas
A partir de entonces hay un acuerdo tácito de no hablar del
asunto. Pareciera que si no lo hablamos no existe.
A estas alturas me queda muy claro que ella no me va a
entender; ni puede, ni quiere hacerlo. Es importante saberlo
porque el tema se había convertido casi en una obsesión. A
toda costa quería hacerla entender algo que para mí resulta
muy claro pero que no es tan sencillo. Imaginaba –y quizá con
cierta razón- que en el momento en que ella me entendiera se
acabarían las discusiones y yo podría vivir mi transgénero con
toda libertad.
Pero lo único que conseguía eran pleitos, reclamos y
discusiones interminables. Ahora he tomado una actitud más
pragmática y creo que funciona. Lo único que me preocupa es
que, en la medida en que ella no tenga una idea clara de lo
que es el transgénero, seguirá sufriendo al saber que está
casada con una persona como yo. Pero eso ya es asunto suyo, yo
intenté por todos los medios de brindarle información y no la
aceptó.
Por otra parte, ahora la entiendo mejor en ciertos aspectos y
eso hace que tengamos un poco de mayor armonía en la relación.
Por ejemplo, cuando antes la acompañaba a comprarse ropa, era
desesperante aguardar a que viera los vestidos una y otra vez.
Nada que ver al momento en el que yo compraba un pantalón o
una camisa; era tan sencillo como llegar, ver algo de mi talla
a buen precio y listo. Pero ahora que de repente voy a las
tiendas departamentales a comprar ropa de mujer, me doy cuenta
qué difícil resulta elegir y cuánto tiempo hay que emplear.
Veo un vestido y me imagino cómo se me verá, y luego otro, y
si en uno me gusta el color en otro me gusta el corte... y así
se va pasando el tiempo. Por eso ahora que acompaño a mi
esposa a comprar ropa ya sé que no puede ser tan rápido como
adquirir calcetines.
Lo mismo cuando vamos a salir. En otros tiempos era
desesperante ver cuánto se tardaba en vestirse y maquillarse.
Ahora, si comparo lo que ella se tarda con lo que yo me demoro
en arreglarme cuando voy a salir en mi rol femenino, hasta me
sorprende su celeridad.
Claro que de repente sí hay fricciones. Sobre todo cuando ella
tiene algunos planes –una comida con sus amigos, por ejemplo-
y yo no puedo acompañarla por tener que ir a alguna de mis
juntas.
Pero ya no son esos pleitos tan desgastantes ni esas
explicaciones que jamás ha querido escuchar. Tampoco se ha
vuelto a meter con mis cosas.
La vida sexual es casi inexistente. Es curioso, antes de
casarnos yo pensaba que si en lo sexual íbamos bien, no
tendría necesidad de travestirme. Ahora que me travisto con
mayor libertad, resulta que hemos dejado de funcionar en lo
sexual. Pareciera que una y otra cosa no son compatibles.
LXIX
He dado un paso importante en lo que respecta a mi
participación en el grupo Eón. Según me explican, desde su
fundación, el grupo ha estado muy cercano con el Instituto
Mexicano de Sexología, el Imesex. Ellos nos brindan apoyo cada
vez que se requiere y nosotras tratamos de corresponder de
alguna manera.
Cada cierto tiempo el Imesex brinda cursos de sexología a
psicólogos, terapeutas o educadores. El curso incluye el tema
de la diversidad sexual y, en particular, el asunto del
transgénero.
Los directivos del Instituto han buscado que la gente que
acude a sus cursos tenga un contacto directo con la realidad,
así es que nos piden que acudamos a esos cursos para dar
testimonio de nuestro transgénero.
Algunas de mis compañeras consideran que eso nos convierte en
conejillos de Indias. Yo no estoy de acuerdo. Por el
contrario, creo que es importante que los futuros terapeutas
sexuales conozcan de primera mano estos conceptos, y qué mejor
que tener la experiencia directa de platicar con gente que
vive estas realidades.
Así es que en cuanto me invitan a dar mi testimonio yo acudo
gustosa. Claro que tengo un poco de nervios, pues nunca he
platicado de esto fuera del grupo.
Hoy debo hacerlo con gente extraña. No sé cómo lo irán a
tomar, no sé cómo me sentiré de estar vestida platicando de
mis experiencias personales ante un grupo de desconocidos.
Pero acepto.
La experiencia es maravillosa. La gente muestra mucho interés
y, sobre todo, mucho respeto.
Cuento brevemente cómo fue que me empecé a dar cuenta de mi
transgénero y luego ellos nos hacen preguntas. La mayoría gira
en torno a si nos gustan los hombres o no, a cómo nos llevamos
con nuestra pareja en caso de tenerla, a la reacción de
nuestros padres y cosas por el estilo. Les resulta muy extraño
darse cuenta que no necesariamente tenemos predilección por
los hombres, como si el objetivo último al ponernos un vestido
fuera conquistar a un galán. Pero entienden cuando les
hablamos que esto es algo más profundo y que tiene que ver con
la propia identidad y con identificarnos hacia uno u otro
género.
Al final, la gente se nos acerca y nos dice palabras muy
bonitas, sobre todo las mujeres. Algunas nos felicitan por el
valor –eso dicen- de aceptarnos como somos y de buscar ser
auténticas. Otras nos dicen que nos vemos muy bien, cosa que
agradezco, aunque sospecho que esas palabras tienen mucho de
cortesía y quizá poco de objetividad.
Pero a partir de ese momento no pierdo la oportunidad de
participar en cuanto evento se organice. Me gusta platicar de
mi vida, no en un sentido exhibicionista, para nada, sino para
poder dejar algo a los demás y que poco a poco se vaya
comprendiendo mejor este asunto que resulta tan complejo.
LXX
Nos invitan a la televisión. Son contados los programas que
abordan cuestiones que tienen que ver con la sexualidad, la
gran mayoría lo hacen desde un ángulo morboso y
sensacionalista. Pero hay contadas excepciones que manejan
estos conceptos desde una perspectiva seria y profesional.
Diálogos en Confianza, que transmite el Canal 11, es una de
esas valiosísimas excepciones.
Esta serie dedica uno de sus programas para hablar del
transgénero. Mis amigas del grupo me invitan para que
participe.
Me siento honrada de que me tomen en cuenta pero al mismo
tiempo me da miedo –como odio esa palabra-. Temo que mis
padres o amigos muy cercanos vean el programa y me reconozcan.
Ciertamente no tiene el rating de Cristina o de Paty Chapoy,
pero de cualquier manera exponerse ante las cámaras de
televisión tiene sus riesgos, no se sabe quién estará del otro
lado de las pantallas.
Lo pienso mucho pero al final me decido. En una suerte de
negociación conmigo misma, decido participar con la condición
de que no hable durante el programa. Son tantos los invitados
que no se vería nada mal. Tomo esta decisión confiada en que
ataviada como una mujer no será fácil que algún conocido me
reconozca. Y si a eso agrego que permaneceré callada, pues no
corro el riesgo de que me delate la voz. Pero considero
importante asistir, primero porque el hacer acto de presencia
ya es un testimonio importante, y en segundo lugar porque
considero que puede ser muy enriquecedor para mí el estar en
una emisión de esa naturaleza.
Las dos horas del programa se pasan rapidísimo. Se manejan
aspectos muy interesantes, pues acuden sexólogos, psicólogos,
terapeutas y, desde luego, personas transgenéricas, muchas de
ellas cuentan historias desgarradoras.
Se presenta el caso de Dulce, una chica que nació
biológicamente como varón pero que desde los 10 años mostró
una fuerte inclinación a vestir ropas de mujer y comportarse
como tal. En un momento dado lo descubren sus padres y
comienza el drama. Golpes, pleitos, presiones y todo tipo de
agresiones provocan que esta chica huya de su casa durante la
adolescencia. Es la historia de muchas otras; con un enorme
deseo de vivir como mujer y sin medios para ganarse la vida,
una salida, entonces, es el sexo servicio. Luego de algunos
años de ejercer la prostitución, Dulce empieza a inyectarse y
aplicarse todo tipo de remedios –muchos de ellos peligrosos
para la salud- con tal de mejorar, así fuera temporalmente, su
aspecto. Su madre desconoce lo que está sucediendo pero algo
intuye, madre al fin, y decide buscarla. Preguntando aquí y
allá logra saber de Dulce y al darse cuenta del estado en el
que se encuentra, su madre le pide que regrese a casa y está
dispuesta a aceptarla tal como es. El padre se entera y en un
primer momento se niega a aceptar que su hijo ya no sea varón.
Pero la insistencia de su madre logra ablandarle el corazón y
finalmente Dulce regresa a casa.
En el programa Dulce se mostró tal y como vive en la
actualidad, como la mujer que siempre ha sido, a pesar de lo
que haya dicho su cuerpo al momento del nacimiento. Ahora
estudia, y tiene un novio. Ella, su novio y sus padres
estuvieron presentes en el programa y contaron su historia.
Fue conmovedor darse cuenta cómo el amor de unos padres puede
más que los prejuicios que nos han ido metiendo durante toda
la vida.
A lo largo del programa se reciben muchas llamadas telefónicas
por parte del público. Hay dos que llaman poderosamente mi
atención y que, estoy segura, jamás voy a olvidar. La primera
es de una madre que está al borde del llanto. Dice que de
haber existido este tipo de programas hace cuatro años, su
hijo todavía estaría con vida. La mujer cuenta que en ese
entonces su hijo de apenas 13 años fue descubierto con ropas
de mujer. Ella y su esposo –el padre del muchacho- antes que
tratar de descubrir por qué lo hacía, optaron por golpearlo y
regañarlo con un enorme coraje; y lo amenazaron. Le dijeron
que la próxima vez que lo descubrieran haciendo esas cosas se
iba a arrepentir. Días después, el muchacho se quitó la vida.
La madre contó que fue la reacción tan violenta de ellos, como
padres, lo que orilló a su hijo a tomar esa decisión. –Y es
que –dijo al bode del llanto- nosotros no sabíamos qué era
todo esto, éramos gente ignorante y nos asustamos mucho,
pensamos que si nos mostrábamos firmes el niño dejaría de
ponerse mi ropa, pero no fue así. Ahora entiendo que él fue
quien más sufrió, tanto que prefirió quitarse la vida.
El programa siguió su curso y minutos después entró otra
llamada. De nuevo una madre de familia, dijo que tiene un hijo
de ocho años que de repente se pone su ropa o que se amarra el
suéter a la cintura, pero de frente, de manera que parece que
trae una falda. Preguntó con mucho interés si esos pueden ser
indicios de un posible transgénero, y dijo que quiere tener
información para apoyar a su hijo, o hija, en caso de que así
fuera.
Los expertos le sugirieron estar atenta a otro tipo de señales
y muy abierta al diálogo, para que en cualquier momento el
pequeño sepa que puede contar con su madre y le confíe sus
dudas. Pero más allá de la opinión de los especialistas, lo
que más me llamó la atención fue la actitud de la señora.
No sé qué haya pasado con esa familia, pero puedo estar segura
que si el niño desarrolló algún tipo de transgénero contó con
todo el apoyo de su madre. Ya me imagino el caso, el niño que
confía en su madre y le cuenta que le gusta ponerse ropa de
mujer; la madre no se asusta y le dice que eso ocurre con
algunos varones y que no tiene nada de malo; en todo caso, lo
lleva a platicar con especialistas para que le expliquen de
qué se trata. Nada que ver con lo que me pasó a mí o, peor
aún, con lo que sucedió en el caso de Dulce o con el niño que
llegó al extremo del suicidio.
Me convenzo de lo importante que es brindar información. No
hay un padre que quiera el mal para sus hijos, pero falta
mucha, muchísima información. A nosotras, que de alguna manera
hemos vivido en carne propia las consecuencias de la falta de
información, nos corresponde difundirla. Me siento
comprometida, considero que como profesionista de la
comunicación poseo ciertas herramientas que me pueden ayudar a
hacerlo. Es un compromiso que establezco conmigo misma y con
los miles y miles de niños que no tienen por qué sentirse mal
de ser como son, y que tampoco tienen que esperar a cumplir
cuarenta años para empezar a entender lo que les sucede.
Quizá no sea mucho lo que puedo hacer al respecto, pero quiero
hacerlo.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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