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( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
LXIII
Han pasado los dos días y tengo que responder al ultimátum de
mi esposa.
Le he dado muchas vueltas al asunto. Pienso en todo lo que
puedo perder; en primer lugar el amor de Olivia; la
convivencia diaria con mi hijo; la casa, la estabilidad... Ya
viví el rompimiento de un matrimonio, pero ahora las cosas son
diferentes. Aquella ocasión ya no había amor, casi hasta
podría decir que la separación fue un descanso para mí. Lo
único grave fue alejarme de mis hijas. Pero a Olivia si la
amo.
Tampoco puedo obligarla a entender algo que a mí me llevó
muchos años. No me incomoda demasiado que no lo entienda, eso
lo puedo aceptar, lo que no me cabe en la cabeza es que no
quiera entenderlo, que no sea solidaria conmigo y que, por lo
menos, haga el intento de platicar con la gente que me ha
apoyado y que conoce del asunto.
Mi decisión va de un lado a otro. ¿Qué futuro me espera
viviendo sola? Ya no soy joven, no será fácil empezar a vivir
como mujer, ¿quién me va a dar trabajo? Si como hombre resulta
complicado encontrar empleo, como mujer imposible.
Pero tampoco estoy dispuesta a volver a encerrarme. Recuerdo a
Erich Fromm cuando habla del “Miedo a la Libertad”. Es más
cómodo dejar que los demás decidan por una, que una no asuma
riesgos ni tome decisiones; pero eso no es lo que me llevará a
la felicidad.
Es en estos momentos cuando tengo que sostenerme de mis
principios. La libertad, la autenticidad, el ser uno mismo, o
una misma, en este caso... eso vale más que la comodidad. Yo
no pretendo que Olivia se vista de determinada manera; más de
una vez me ha dicho qué hubiera hecho yo si las cosas fueran
al revés, es decir, que ella quisiera vestirse como hombre,
ponerse un bigote y todo eso. Desde mi actual condición es muy
fácil entenderla, pero supongamos que yo no tuviera nada que
ver con al transgénero. Desde luego que sería muy difícil para
mí, pero una cosa me queda muy clara, antes de ponerle un
ultimátum me preocuparía por informarme, por conocer a sus
amigos, por ver qué clase de lugares frecuenta.
Eso es lo que me duele de mi, todavía, esposa; su falta de
solidaridad. Pero no puedo evitarlo, la amo. La amo aunque
desde el momento mismo en que le comenté del grupo se haya
alejado de mí en el ámbito sexual. Dice que ya no se le
antoja, que siente que no está con un hombre y eso le hace
perder la libido. Acepto que ya no quiera tener sexo conmigo,
temo incluso que tarde o temprano lo busque en otra parte. Eso
me duele, porque me parece que no es lo mismo una cosa que la
otra. Pero no me sorprendería demasiado. Quizá hasta ya esté
saliendo con alguien más, no lo sé, nunca lo sabré.
Qué difícil decisión, el amor o la libertad. El encierro o la
soledad. No lo sé.
Paso por ella al trabajo y su actitud es como la de otros
días, cordial sin llegar a ser cariñosa. Platicamos de
trivialidades.
Al llegar a la casa, luego de mandar a la cama a Jorge
Alberto, me pregunta:
-¿Ya lo pensaste?
-Sí, le contesto.
-¿Y?
-Te amo, Olivia, te amo mucho. No quisiera perderte ni
quisiera alejarme de mi hijo, me pones en una situación muy
difícil.
-¿Eso qué significa?
-Que estoy consciente de lo que voy a perder, pero no puedo
renunciar al derecho que todos los seres humanos tenemos de
buscar la felicidad y de ejercer la libertad.
-¿Eso quiere decir que vas a seguir saliendo?
-Sí –contesto, y siento que algo se me atora en la garganta.
Ella se pone a llorar y se va a dormir.
LXIV
Hay momentos de desesperación, cuando dan ganas de reclamarle
al destino, a Dios, a la vida... ¡vaya uno a saber a quién!
pero reclamarle y pedirle explicaciones del porqué de las
cosas, del porqué soy como soy. Tan fácil que hubiera sido
nacer como una mujer, la mitad de los seres humanos en este
planeta lo son. O, en todo caso, ser un hombre, pero estar
contento con mi género, gustar de los trajes, las corbatas,
los avioncitos de guerra a escala...
Es cuando uno mira hacia el cielo y dice ¿por qué a mí? ¿por
qué yo? Lloro con una rabia contenida. Entiendo a las
transexuales que en su desesperación optan por el suicidio. No
pasa por mi mente una salida extrema, pero las entiendo. No
hay lugar para personas como nosotras.
Entiendo, también, a todas aquellas transexuales que terminan
en las calles ejerciendo el sexoservicio. A mí ni siquiera me
queda ese recurso, por mi edad y porque nunca he tenido un
cuerpazo, ya no digamos como mujer, ni siquiera como hombre.
Pero las entiendo porque veo mi futuro incierto. Si he
renunciado a mi familia, al menos quisiera tener la
posibilidad de vivir como una mujer, tomar hormonas, hacerme
algunas operaciones... pero ¿con qué he de hacerlo? ¿quién me
va a dar trabajo en estas condiciones? Temo que a final de
cuentas he de quedarme con lo peor de todo. Viviendo como
hombre para poder ganarme la vida, y lejos de mi familia, en
soledad.
LXV
No entiendo. Por la noche, mi esposa y yo hemos vuelto a
hablar. Ella me dice que seguirá conmigo, que trate de no
salir mucho, de no dejarla mucho tiempo sola. Que no me
entiende ni le gusta mi forma de ser, pero que tampoco quiere
perderme.
-Jorge Alberto necesita un padre –me dice- y me da miedo que
si nos divorciamos ya no te importe nada y empieces a vivir
como mujer.
-¿Entonces a qué vino ese ultimátum?
-Sólo quería saber qué tanto te importo; ya me di cuenta que
no mucho.
-Y yo –reviro la pregunta- ¿te importo mucho? ¿te importa mi
felicidad? ¿te importa saber por qué soy como soy?
-Me importas, pero como hombre, como te conocí.
De nuevo, la plática se va a terrenos que de tan conocidos
resultan hartantes. Está visto que no nos podremos poner de
acuerdo, pero al menos seguiremos juntos. Todo fue una farsa
con el único propósito de ponerme a prueba. Una apuesta a la
segura, sin riesgos. Si hubiera optado por ella, Olivia habría
logrado lo que quería, volverme a meter a la caja fuerte. Al
optar por mi libertad, ella hace como que no pasó nada y todo
sigue igual.
Cruza por mi mente la posibilidad de irme, pero prefiero
esperar un poco. No pierdo las esperanzas de que con el tiempo
Olivia vaya viendo las cosas con mayor naturalidad.
Mientras tanto sigo saliendo. Quizá más fortalecido por lo que
acaba de pasar. Ante cualquier reclamo puedo decirle a mi
esposa que está en libertad de hacer lo que mejor le convenga.
Creo que a final de cuentas sirvió el famoso ultimátum, me
obligó a pensar qué es lo que realmente quiero.
Es curioso, durante la discusión le pregunté a mi esposa si le
ha importado saber porqué soy como soy. A decir verdad, ni yo
misma lo sé. Al llegar al grupo esa era una de mis
interrogantes, descubrir dónde estuvo el error. Pero ya me di
cuenta que el error está en la sociedad que espera que los
machos sean hombres y las hembras, mujeres. Hay algunas
personas como nosotras que no nos apegamos a esa norma, así
como hay una minoría que tiene mayor habilidad con la mano
izquierda y a estas alturas a nadie le sorprende. Incluso
existen escuelas donde cuentan con bancas para zurdos.
¿Llegará el día en que construyan baños para transgenéricas?
¿o cosméticos pensados específicamente para las condiciones de
nuestra piel? Estoy segura que seríamos un nicho de mercado
interesante para las empresas del ramo.
El episodio de los baños me incomodó muchísimo. Iba tan bien,
fue como una cubetada de agua fría que me hizo volver a la
realidad, Por más que quiera, no soy una mujer. Mis amigas,
sin embargo, me dicen que no haga caso de esas tonterías, y
atribuyen a mi propio nerviosismo el hecho que me hayan
llamado la atención. –Sucede como con los perros –me explican-
si les demuestras miedo te atacan, si tienes confianza y
seguridad ni quien te moleste.
De cualquier forma, durante las siguientes salidas tomo mis
precauciones. Procuro ir al baño antes de cambiarme y
prácticamente no beber líquidos, mucho menos café. He pensado,
incluso, la posibilidad de ponerme un pañal para adultos con
el fin de evitar cualquier riesgo; pero lo descarto, sería
sumamente incómodo.
Llega el momento, sin embargo, en que es imposible seguir
aguantando. Estamos en un restaurantito comiendo tortas. El
baño es individual, eso significa que puedo entrar sin que
haya nadie ahí adentro que pudiera incomodarse.
Me armo de valor y con la mayor naturalidad me dirijo al baño.
No pasa nada; salgo y nadie me dice nada. Fabuloso. He dado
otro paso importante.
LXVI
Las cosas en el grupo van muy bien. Cada día que pasa aprendo
más sobre el transgénero y sobre mi propia vida.
Hoy hablamos sobre las enormes posibilidades que me puede dar
mi condición transgenérica si aprendo a sacarle jugo. Es un
poco lo que hoy está tan de moda entre los motivadores,
convertir una debilidad en fortaleza.
Y es que, cuando nacemos, casi irremediablemente limitan
nuestro potencial, prácticamente a un 50 por ciento. Si somos
varones, nos inculcan valores como la fuerza física, la
valentía, la independencia, el razonamiento lógico y la
iniciativa. Si somos mujeres, entonces nos enseñan a ser
tiernas, sensibles, compasivas, intuitivas y hasta hermosas.
Nosotras, en nuestra condición de machos-mujeres, tenemos la
enorme posibilidad de aplicar en nuestra vida todos estos
atributos, no tenemos porqué renunciar a ninguno de ellos. Y
si bien en nuestra infancia no nos inculcaron los valores
reservados a las mujeres, nosotras podemos incorporarlos en
virtud de que los sentimos como propios.
Otra ventaja que en un momento dado podemos tener sobre las
mujeres de nacimiento –mujeres biológicas les decimos, en un
intento bastante inexacto de distinguirnos- es que podemos
construir nuestra propia feminidad.
Las mujeres xx (léase equis equis) –prefiero llamarles así, a
diferencia de nosotras que en virtud de los cromosomas
seríamos xy- tienen que construirse como tales sobre la
marcha, con la influencia de sus mamás, de sus amigas, de
algunas maestras y quizá hasta de las actrices o las cantantes
de moda. Todo ello a una edad en la que apenas están
entendiendo eso que llamamos vida.
Nosotras, en cambio, nos construimos como mujeres a una edad
en la que ya sabemos más de la vida, de nuestros anhelos, de
nuestras fortalezas y de nuestras debilidades. Todo esto que
reflexionamos es nuevo para mí, nada que ver con las imágenes
grotescas de las travestis que aparecen en los shows
televisivos o en las páginas amarillistas de algunos diarios.
Otro hallazgo maravilloso, al menos en mi caso, es que ya no
tengo la obligación de ser ni de parecer un hombre. Cuando
descubrí todo esto se me quitó una enorme loza de encima.
En nuestra sociedad sexista se le suele dar mayor valor al
hombre que a la mujer. Pero esa es una falacia. La vida misma
se ha encargado de demostrarnos que tanto valor pueden tener
unos como otras. A final de cuentas, antes de ser un hombre o
una mujer, soy un ser humano. Y es mucho más importante para
mí convertirme en un ser humano pleno, auténtico, feliz, que
en un hombre resignado, hecho a fuerzas, por obligación.
Esa obligación que durante mucho tiempo recayó en mis hombros.
La necesidad de demostrarme a mí mismo y a los demás que podía
ser tan hombre como el que más, y que me impedía demostrar mis
emociones y mis más profundos sentimientos, y que me orillaba
a ser brusco, agresivo y hasta violento si fuera el caso, no
fueran a decir que me faltaban pantalones.
Todo esto lo pensaba cierto día, mientras esperaba que mi hijo
saliera de la escuela.
Había estacionado mi auto muy cerca de ahí, adelante de un
taxi. Al regresar, ya con Jorge Alberto conmigo, me dispuse a
sacar el auto. La maniobra no era sencilla, pues enfrente se
había colocado una camioneta que me dejaba muy poco espacio.
Eso provocó que en uno de los movimientos le diera un pequeño
recargón al taxi. En ese momento llegó el taxista y me
increpó:
-¡Órale güey! ¿qué te pasa? ¡Le pegaste a mi coche!
-¿Le pasó algo? –dije, de la manera más amable.
-No, pero de todos modos, no tienes porqué pegarle, aprende a
manejar.
-Ah, bueno, si no le pasó nada no hay problema –respondí con
serenidad, sin caer en sus provocaciones.
En ese momento el taxista se enfureció aún más y luego de
darle una patada a mi auto –seguramente le dolió más a él que
a mi auto- siguió con sus imprecaciones.
-¡Bájate, cabrón, te voy a enseñar quién manda! –dijo.
-Mira, si eso te hace feliz, haremos de cuenta que tú eres el
que manda, ¿de acuerdo? –repuse en tono irónico al tiempo que
acababa de hacer mis maniobras.
-¡Te voy a partir la madre, pendejo!
Y ya no supe qué más dijo el pobre hombre que, ciertamente,
tenía una necesidad enorme de demostrar su hombría a como
diera lugar.
En otras circunstancias yo no “me hubiera dejado”. Y, por lo
menos, habría respondido con dos o tres insultos; pero, sobre
todo, me hubiera quedado igual de molesto y tenso que el
taxista. Ahora, en cambio, me retiré de ahí muerta de la risa.
Y digo muerta –y no muerto- porque fue mi parte femenina la
que intervino y me evitó el coraje. A veces, el transgénero
tiene sus cosas divertidas.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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