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( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
LIX
Está visto que la felicidad nunca es completa. Antes sufría
por las dudas, los temores y los remordimientos, por la
vergüenza de querer vestirme con ropa de mujer. Poco a poco he
ido superando todos esos sentimientos; cada vez conozco mejor
mi condición y me doy cuenta que el problema es de los
prejuicios y estereotipos que ha forjado la sociedad.
Es lógico, una sociedad –y hablamos de la antigüedad- en
constantes guerras necesitaba una población en permanente
crecimiento. Nada era más valorado que la fertilidad de las
mujeres. Se requería que hubiera hombres que preñaran a las
hembras y que salieran a combatir en las guerras. No había
lugar para mujeres como nosotras, con la fuerza suficiente
para pelear y que ni siquiera eran capaces de embarazarse.
En otros tiempos, en otras culturas, las personas como
nosotras eran muy reconocidas, tenían en sí mismas la
dualidad, la fuerza de los hombres y la sensibilidad de las
mujeres. Hubo civilizaciones en las que personas como nosotras
ejercían su poder para conciliar disputas y arreglar
conflictos. Al fin y al cabo en cierto sentido podríamos ser
seres privilegiados al contar con lo mejor de los hombres y lo
mejor de las mujeres.
Pero eso era en otros tiempos. Igual que las guerras y la
preocupación por poblar el mundo. El problema es que tal
parece que la sociedad no se ha dado cuenta que la fertilidad
ya no es un valor supremo, y que hace mucho que los hombres se
ganan la vida en una oficina y no en el campo de batalla. Así
es que es importante que vayamos cambiando esas concepciones
feudales. Yo lo entiendo perfectamente, no ha sido fácil,
claro, pues tantos años de una educación sexista y prejuiciosa
no se quitan de la noche a la mañana, pero creo estar en
camino de poder despojarme de muchas de esas telarañas.
El asunto es que Olivia no sólo no puede hacerlo, sino que tal
parece que no quiere. A veces pienso que necesita reafirmar su
condición de mujer y para ello necesita a un hombre que no
deje lugar a dudas de su virilidad. Otras veces se me ocurre
pensar que ella se da cuenta que hay razones muy válidas para
entender y aceptar el transgénero, pero teme que si se abre,
al rato lo va a ver con tanta naturalidad que cometerá, según
ella, errores muy costosos al aceptarlo abiertamente ante su
familia o ante sus amigos.
Bien a bien no me queda claro cuál es el problema por el que
mi esposa no quiere enterarse de todo esto. Lo grave es que yo
estoy en medio. Ya no me siento mal por vestirme de mujer,
ahora me siento mal porque lastimo a una mujer a la que amo.
Ya no me preocupa que la gente me vea en la calle, pero ahora
debo cuidarme de no dejar rastros de rimel para que mi esposa
no se entere que me vestí. Y como antes, debo seguir
inventando una serie de mentiras para ocultar lo que mi esposa
no quiere saber.
Claro, yo sé bien que la felicidad nunca es completa, y
prefiero esto a la represión y la vergüenza con la que debí
vivir durante muchos años.
A pesar de las súplicas de mi mujer, yo sigo saliendo, cada
vez más confiada, cada vez intentando llegar más lejos.
No se pudo hacer nada para recuperar el espacio de la
cafetería, pero se me ocurre que puedo cambiarme en unos baños
públicos. Elijo unos baños que están cerca del Parque Hundido,
en Mixcoac. La intención es poder asistir a las juntas
vestida. Llego al mostrador y abiertamente les digo que soy
travesti, que si no tienen inconveniente en que pase a sus
baños para cambiarme y ponerme ropa de mujer. La empleada se
me queda viendo con flojera y me dice que mientras pague puedo
vestirme como quiera.
Así lo hago. El empleado que distribuye las toallas me saluda
al salir.
-Buenas tardes señorita, ¿se va a bañar?
-No –respondo con la voz más femenina que puedo- ya me bañé,
ya voy de salida.
-¿Cómo? –pregunta asombrado.
-Sí, ya me voy.
-No la vi llegar, ¿a qué horas le di las toallas?
-Ya no te acuerdas, pero fue hace rato –le digo, y me voy a la
junta, divertidísima.
LX
Prácticamente todos los sábados que tenemos reunión acudo
vestida al Parque Hundido. Me parece maravilloso, los prados
que hace 30 años vieron a un adolescente rifarse el físico
detrás del gol, ahora son testigos de esa misma persona, pero
convertida –o transformada temporalmente, al menos- en una
mujer.
Después de las juntas solemos ir a comer o a tomar un café con
las amigas. Lo hago con confianza y naturalidad. Me encanta
que en los restaurantes me pregunten -¿qué va a querer,
señorita?
Yo no sé si creen que de verdad soy una mujer. Seguramente no,
quizá uno que otro despistado, quizá quienes me vean a la
distancia, pero de cerca creo que queda clara mi condición.
Acepto que mientras no tome hormonas mi apariencia no puede
ser muy femenina.
Pero no me importa, no pretendo engañar a nadie. Si alguien me
ve en la calle y piensa que soy una mujer, qué maravilla. Pero
si se da cuenta que biológicamente soy un hombre pues también
es importante, creo que ya es hora que la gente se vaya
acostumbrando a nuestra presencia.
Empiezo a entender la diferencia entre travestis, transgéneros
y transexuales. Apenas empiezo a ubicarme. Creo que no soy
transexual, pues no deseo una operación en donde mis genitales
masculinos se transformen en una vagina, tampoco me interesa
la ingestión de hormonas. Si acaso, acepto, me gustaría
depilarme el vello de la cara y hacerme una cirugía facial,
pero tampoco me quita el sueño el no poder hacerlo.
Creo, entonces, que estoy entre el travestismo y el
transgénero. Y es que por momentos me siento una mujer, más
allá del cuerpo con que la naturaleza me haya equipado. Es muy
complicado todo esto. Pero tampoco me preocupo demasiado en
definirme, poco a poco, en tanto vaya teniendo más información
y en tanto vaya reflexionando sobre mi propia vida, podré
ubicarme mejor.
Por lo pronto disfruto mucho confundirme en la calle con el
resto de las mujeres. En todas partes me tratan bien, como a
cualquier mujer.
Solamente tengo un incidente desagradable que frena un poco el
impulso y la confianza que he ido adquiriendo. Voy con
Maricruz y su novio a un Vips, yo tomo café y un pay helado de
limón. Luego de unos minutos las propiedades diuréticas del
café empiezan a hacer efecto. No me había ocurrido antes,
falta mucho para que regrese a los baños a cambiarme, debo
pensar, entonces, en como satisfacer mis necesidades
fisiológicas.
Lo platico con Maricruz y ella, que todo lo ve muy fácil, me
dice que vayamos al baño.
-Yo te acompaño, no te preocupes –comenta.
-¿Pretendes que entre al baño de mujeres? –pregunto
preocupada.
-Claro, no te vas a meter así al de los hombres.
-¿No me dirán algo?
-No, no pasa nada, vamos, nada más no vayas a hablar.
Muerta de miedo, pero con una exigencia física difícil de
posponer, sigo a Maricruz a los baños. Entramos y solamente
hay una empleada que hace la limpieza, ella saluda y Maricruz
responde, yo me quedo callada. Me meto al baño y me siento; es
agradable me siento más mujer al estar en esta posición.
Maricruz sale primero; luego lo hago yo. Al cruzar la puerta
me intercepta el capitán, gerente o qué se yo.
-Usted no puede entrar a ese baño, no vuelva a hacerlo –me
dice en un tono enérgico.
-¿Entonces tengo que entrar al otro? –respondo, señalando al
de los hombres.
-Tampoco, a ninguno. Y no se me ponga difícil porque en este
momento llamo a la policía.
-Está bien –acepto asustada y me retiro a mi mesa.
Me siento muy mal, de verdad logró amedrentarme el tipo.
Maricruz me dice que debí haber reclamado, que no tengo porqué
dejarme; yo, humilde, digo que ya es mucho con que me dejen
entrar al restaurante, que tampoco puedo pedir más. Apenas
estoy empezando a navegar.
LXI
Olivia se ha dado cuenta que salgo vestida. Un poco por ese
sexto sentido que en ella está tan desarrollado y otro poco
porque yo, a pesar de tener que hacerlo tantas veces, no soy
muy buena para mentir.
Ahora fueron restos de barniz de uñas los que me delataron.
Como ella sabe que las reuniones son en el Parque Hundido, en
un sitio público y abierto, concluyó que anduve vestida en la
calle.
En un primer momento le dije que la junta se había llevado a
cabo en casa de Olga y que ahí me había cambiado, pero a
fuerza de insistir me obligó a decir la verdad.
Histérica, bañada en llanto me empezó a gritar y se metió al
cuarto de servicio, donde sabe que guardo la ropa. Tomó
algunas prendas y las empezó a romper con una furia
descomunal. Yo traté de evitarlo y aquello se convirtió en un
forcejeo vergonzoso. Terminé por dejar que rompiera alguna de
las prendas, de otra manera aquello habría degenerado en
violencia física y era lo que menos quería. Sobre todo porque
mi hijo dormía en su recámara y no quería que los gritos y los
insultos lo despertaran.
Me duele que se hayan destruido algunos de mis vestidos, pero
lo que más me duele y lo que más me indigna es que hayamos
llegado a estos extremos. Me da mucha tristeza, también, darme
cuenta que no hay para dónde voltear, que la relación está
herida de muerte a menos que Olivia me acepte como soy o que
yo vuelva a meterme al clóset y renuncie a la libertad que
apenas estoy alcanzando.
En silencio nos vamos a dormir; me cuesta trabajo hacerlo,
pienso si haber entrado al grupo fue lo mejor que me pudo
haber sucedido o si hubiera sido preferible seguir en la más
completa oscuridad pero sin tener problemas tan serios con mi
pareja.
Al día siguiente tampoco nos hablamos. Por la noche, una vez
que Jorge Alberto –nuestro hijo- se ha dormido, Olivia me
dice.
-He estado pensando mucho todo esto que ha pasado entre los
dos. Y me doy cuenta que esto va más allá de mis fuerzas.
-Lo que pasa es que no lo entiendes –le digo- si de verdad
quisieras informarte, si al menos fueras a algunas de las
juntas, platicaras con la gente...
-No, no podría estar ahí viéndote vestido como una mujer. No
lo soportaría.
-El día que vayas no me vestiría.
-Eso no importa, de todos modos sé que ahí es donde te vistes
y te exhibes en un parque, ¿te has puesto a pensar qué pasa si
te ven mis amigos?
-Es lo único que te importa ¿verdad?
-Me importa todo. ¿Cómo quieres que me sienta sabiendo que vas
a ponerte esa ropa y andar por la calle? Ya no me siento
mujer, me siento un cero a la izquierda, me siento nada.
-¿Y tú te has puesto a pensar cómo me he sentido toda la vida
creyendo que soy un pervertido, un enfermo?
-Mira, no sigamos discutiendo porque vamos a volver a pelear.
Lo que quería decirte es que ya no aguanto. Yo te lo dije
antes de que nos casáramos, lo que aguantaría y lo que no. Y
esto ya no lo aguanto. O dejas tu grupo y te vistes como antes
en la casa, sin que nadie se entere, o te olvidas de mí.
-¿Es un ultimátum?
-Tómalo como quieras. Tú decides.
-¿Puedo pensarlo?
-Sí, pero no tardes mucho.
-Dame dos días,
-Está bien. Piénsalo. Nada más no vayas a perder lo más por lo
menos.
Otra vez me costó trabajo dormir. No es fácil la decisión que
debo tomar, pero recuerdo lo que habíamos platicado a
propósito de asumir las consecuencias. Hace mucho años mi
padre también me lo había dicho, tienes que afrontar las
consecuencias de tus actos. Ahora tendré que hacerlo.
LXII
Tengo un sueño. Soy un presidiario que purga una condena de
cadena perpetua. Estando en prisión conozco a Olivia y ambos
nos enamoramos. Ella me visita cada fin de semana, platicamos,
nos besamos, hacemos el amor, en una palabra, nos amamos.
Ambos sabemos de la cadena perpetua, así es que nos queda
claro que la relación será así toda la vida.
Alguien me presenta a unos abogados buenísimos. Ellos apelan
la sentencia y logran demostrar que los actos por los que me
metieron a la cárcel no constituyen delito alguno. El juez me
otorga la libertad.
Feliz, espero la llegada de mi amada para comunicarle la buena
nueva, pero ella, antes que alegrarse, se molesta y se
entristece. Y me dice que si salgo de la cárcel se acabará la
relación.
Yo no puedo entenderla, pero ella me explica que así nos
conocimos, que ambos sabíamos que pasaría toda la vida en la
cárcel, que no espere que ahora que voy a salir ella se ponga
tan contenta.
Yo me quedo muy triste, en verdad amo a Olivia, pienso en todo
lo que podríamos hacer una vez que estuviera en libertad, pero
no contaba con la reacción de mi amada que no acepta mi
libertad.
La amo tanto que en algún momento cruza por mi mente la
posibilidad de seguir en la cárcel con tal de no perderla;
toda la noche, en prisión, le doy vueltas al asunto, no sé qué
decisión tomar. Finalmente amanece y llega el carcelero con
las llaves de mi celda y el papel de mi libertad. Yo sigo sin
saber qué hacer, el carcelero abre la reja y en ese momento
despierto.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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