P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 16º

 

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( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

LV

 

El resto de la tarde y noche me la pasé pensando en esa experiencia maravillosa. Y con el temor de que Oliva fuera a detectar algún rastro que delatara lo que había hecho. Puntual, como acordamos, a las nueve de la noche llegué por ella.

Me saludó como siempre, parece que no sospechó nada, sin embargo me comentó:

-Me dijeron mis papás que llevaste al niño con ellos ¿a dónde fuiste?

-Fui a tomar un café con mi primo Arturo, parece que hay una posibilidad de chamba.

-¿En esas fachas?

-Él me conoce bien, no tengo porqué fingir. Si se hace la cita con sus cuates pues entonces ya me pondré el disfraz.

-Hablando de disfraces, ya vi la información que me diste para que leyera.

-¿Por qué dices que hablando de disfraces?

-Porque eso es lo que hacen tus amigos y tú, ¿no? disfrazarse de lo que no son.

-Eso no es un disfraz. Yo creo que no leíste bien lo que te di.

-Mira –apunta, enfática, Olivia- puedes darme a leer veinte mil cosas, yo no tengo problema con eso, acepto a los gays y a los travestis...

-Los travestis no necesariamente somos gays –interrumpo.

-Para mí es lo mismo, un hombre que quiere con otro hombre, o un hombre que quiere verse como una mujer, al final es la misma cosa.

-Pero no es lo mismo. Una cosa es con qué genero me identifico y otra es con quién me gusta relacionarme.

-Otra vez tus términos domingueros. Ya te enseñaron tres o cuatro palabrejas y crees que con eso lo sabes todo.

-No, no es eso. Es simplemente darnos cuenta que la sociedad nos ha llenado de telarañas. Lo mismo pasaba con las mujeres, hace cincuenta años ni siquiera podían votar en México, y hace cien ni pensar que estudiaran en la universidad. Y mira ahora...

-Pues dentro de 50 o cien años los travestís podrán salir a la calle vestidos como se les pegue la gana, pero no en este momento.

-Pues yo conozco a muchos que salen a la calle y que incluso así van a trabajar.

-Trabajarán en un circo –dice burlona.

-No leíste nada de lo que te di, ¿verdad?

-Sí, lo leí. Y está bien. Por mí que se vistan como quieran, pero no mi esposo. Imagínate, mi propio esposo vestido como una mujer, ¡lo que me faltaba!

-Yo no tengo la culpa de ser así.

-Yo tampoco, y cuando antes de casarnos me dijiste que te gustaba eso yo me asusté mucho. Estuve a punto de decirte que mejor no me casaba, ¿qué vida me esperaría con alguien así?, pensé en ese momento. Pero tú me dijiste que si estábamos bien en lo sexual no habría ningún problema, y hemos estado bien. Entonces ¿por qué ahora me sales con esas cosas?

-Yo no sabía en ese entonces casi nada de esto. Pensé que...

-Pues como sea yo no voy a permitir eso en mi casa, imagínate si un día se entera mi hijo, le vas a echar a perder la vida.

-¿Y mi vida no cuenta? A mí sí me echaron a perder la vida, todo el tiempo escondiéndome, todo el tiempo avergonzándome, y ahora que por fin empiezo a entender muchas cosas y a darme cuenta que no soy un pervertido ni un enfermo, tú me sales con que tengo que seguir reprimiéndome.

-Eso lo hubieras pensado antes de casarte conmigo. Hubieras podido vivir como mujer todo el tiempo o hasta hubieras podido operarte, pero estamos casados y tenemos un hijo. Si no estuviera el niño, como quiera te vas y haces tu vida, pero tienes responsabilidades con ese hijo.

-Oye, hablas como si lo que hiciera fuera el peor de los crímenes. Además, si se le explica bien al niño no le echamos a perder la vida, como tú dices, él no está lleno de telarañas como nosotros.

-¡Ni lo mande Dios!, primero muerta que decirle algo. Y ya te dije, los demás pueden hacer lo que les venga en gana, me opondré a que los metan a la cárcel o a que los agredan, pero no voy a permitir que mi propio esposo se junte con maricones.

En ese momento llegamos a casa de mis suegros y terminó la discusión. Había cosas que me quedaban muy claras, tenía que pensar muy seriamente en lo que pasaría con mi hijo. No quería echarle a perder la vida, desde luego, ni mucho menos que se avergonzara de su padre, pero tampoco era cosa de volver a encerrarme y reprimirme, una vez que estaba empezando a saborear las mieles de la libertad. Tendría que reflexionar mucho a ese respecto, platicar con gente que esté mejor informada y mientras tanto tener mucho cuidado para que no se diera cuenta de nada, al menos mientras fuera posible platicar con él y explicarle las cosas.

Lo otro que me quedaba más que claro es que mi esposa no quería entender mi posición. De nada serviría la información, de nada serviría explicarle las cosas, ella tenía muy arraigados sus prejuicios y se aferraría a lo que yo le dije antes de casarnos, cuando no tenía la menor idea de lo que era todo esto. 

LVI

 

Ya llevaba yo unas dos o tres reuniones con mis amigas en la cafetería; cada vez me sentía más segura, más confiada. El lugar me agradaba, y si en un primer momento me incomodaban las miradas que de repente nos lanzaba la clientela habitual del lugar –mujeres lesbianas, todas ella- ya ni cuenta me daba. O sería, quizá, que ellas mismas se iban acostumbrando a nosotras. De repente alguna chica que llegaba antes que sus amigas o a quien de plano la habían dejado plantada, se nos unía y la tertulia era aún más agradable.

No tendría ni diez minutos de haberme cambiado cuando sonó el celular. Era mi suegra, que le llamara a mi esposa porque tenía algo importante que decirme. En ese momento mi teléfono podía recibir llamadas pero ya no contaba con crédito para hacerlas. Además, desde su oficina mi esposa no podía hacer llamadas a celulares, por eso es que triangulaba con su mamá, mi esposa le hablaba a su madre y ella a su vez me llamaba a mí.

Imposibilitada de llamarle desde mi celular, pregunté a una de las meseras si me podían prestar el teléfono. Me dijo que se los habían cortado. Pregunté a mis amigas si alguna traía un celular que me prestara, que yo le pagaría la llamada, pero nadie llevaba teléfono.

-Yo tengo tarjeta telefónica, si quieres te la presto para que hables en un teléfono público –me ofreció Maricruz.

-Ese no es el problema –le dije- lo que no quiero es volverme a cambiar para salir a la calle. Casi acabo de llegar.

-No te cambies –me dijo Bertha Alicia.

-¿Pero cómo voy a salir así? ¿cómo crees?

-¿Cuál es el problema? –dijo a su vez Anxélica.

-¿Cómo cuál? –me parecía evidente- me pueden reconocer, me pueden hacer algo.

-No pasa nada –dijo Anxélica con una sonrisa benévola, mientras movía ligeramente la cabeza como negando la posibilidad de que ocurriera cualquier contratiempo- que te acompañe alguien.

Me quedé paralizada tan solo de pensar en la posibilidad de salir a la calle vestida de esta manera. Imaginaba que me encontraría a mis parientes, a mis amigos... que el lugar estaría rodeado de patrullas listas a llevarme a la cárcel y que me toparía con todo tipo de rufianes dispuestos a violarme.

Pero, por otro lado, tenía que hacer esa llamada. Yo no sabía qué tan importante pudiera ser. Lo más lógico es que mi esposa me avisara que saldría más tarde –o más temprano- y si fuera la primera opción pues dispondría de más tiempo para quedarme en la cafetería. Era necesario saberlo.

Por nada del mundo quería volverme a poner los pantalones tan pronto, así es que armada de valor, y luego que Bertha Alicia y Maricruz se ofrecieron a acompañarme, decidí salir a hablar por teléfono.

Con el pulso acelerado bajé las escaleras. Bertha Alicia abrió la puerta y dijo con solemnidad: -Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para una travesti.

Di el paso y mi zapatilla derecha pisó el pavimento. Volteé para todos lados y no vi ni a mis conocidos ni a las patrullas ni a los violadores. La ciudad seguía su vida normal.

Hombres, mujeres y niños caminaban por la banqueta; los autos circulaban por el arroyo; el sol de las cinco de la tarde brillaba tímido. Y yo, sintiéndome más mujer que nunca, caminaba con paso decidido hacia el teléfono de la esquina. Lo que no sabía, ni siquiera intuía, es que en realidad caminaba con paso firme hacia mi liberación.

Uno que otro transeúnte se me quedaba viendo, pero más con curiosidad que con molestia. Ningún comentario ofensivo, ninguna agresión. Todo era maravilloso; sentía el aire correr por entre mis piernas y el sol de frente en mi rostro maquillado. Me sentía como el prisionero que después de 30 años de encierro sale de prisión. 

LVII

 

Mis sospechas fueron, felizmente, acertadas. Mi esposa tendría que quedarse a trabajar hasta más tarde así es que disponía de una hora más para compartir con mis amigas.

Todo se fue en comentarios de esa primera salida. Los nervios iniciales, la confianza de saber que no hubo incidentes, la emoción... el gusto de poder mirar el cielo desde mi condición de mujer.

Durante las siguientes reuniones en aquella cafetería no faltó pretexto para salir a la calle vestida con ropa femenina. Casualmente dejaba el celular en el auto y tenía que ir por él, o de nuevo necesitaba hablar por teléfono... llegó un momento en el que salía con entera confianza. Pero no iba más allá. Era como aquellos antiguos marinos que se lanzaban a la mar, pero sin perder de vista las costas.

Semanas después, sin embargo, llegué como siempre a la cafetería, me vestí y al salir me encontré con Maricruz, nadie más había llegado. Estábamos muy quitadas de la pena tomando un capuchino cuando la encargada de la cafetería llegó a decirnos que ya no podríamos cambiarnos en ese lugar.

-Parece que algunas de las chicas que vienen se han quejado –explicó- dicen que acaparan el baño y que no se sienten a gusto con ustedes. Pero por hoy pueden quedarse y a la hora que se vayan a ir se pueden volver a cambiar.

La noticia me cayó como un balde de agua helada. Era el único lugar en donde podía cambiarme sin correr ningún riesgo. Maricruz, en cambio, reaccionó más airadamente.

-¿Y ese es el respeto a la diversidad? –dijo molesta- ¿pues qué se creen?

-No es cosa mía –se disculpó la encargada, la licenciada nos dijo que...

-Pues que la licenciada se quede con sus pinches baños de mierda –dijo- vámonos Mayela, ya no tenemos nada que hacer aquí.

Yo me desconcerté, ¿a dónde podíamos ir en esas circunstancias?

-Vamos al Imesex para hablar con Alejandra, a ver si sabe de esto –me dijo Maricruz mientras la encargada hacía mutis.

-Pero apenas me acabo de cambiar, vamos a tomarnos un café cuando menos.

-¿Y qué tiene que te acabes de cambiar? Vámonos así.

-¿Cómo se te ocurre? Ni siquiera traigo coche hoy.

-No importa, tomamos un taxi.

-¿Así como estoy? –pregunté asustada.

-Claro, ya has salido otras veces, ¿no?

-Sí, pero aquí cerquita, caminando..

-Pues ya es hora de que te subas a un taxi, amiga. Vámonos.

-¿Y dónde me voy a cambiar después?

-Ahí en el Imesex, le pedimos a Alejandra que te deje pasar al baño.

-¿Y si no está Alejandra?

-Ya veremos, tú vente y no preguntes.

Minutos después estoy en la calle esperando un taxi que, cosa rara, se tarda en pasar. Y yo con mi maletita y mi falda roja. Qué cosas. A veces pienso que si pasan taxis vacíos pero que al verme se van por otro lado.

Finalmente llega un taxi y Maricruz me dice:

-Nada más no hables, yo me encargo de todo.

Efectivamente, Maricruz, transexual que vive como mujer las 24 horas del día, se hace cargo de la situación. El taxista busca sacarnos plática y es ella la que responde. Yo me siento nerviosa, pensando si el taxista ya se habrá dado cuenta y con el temor de no encontrar a Alejandra.

Llegamos al Imesex y, para mi fortuna, sí está Alejandra. Le exponemos la situación, ella promete hablar con la famosa licenciada para no perder el espacio y de buena gana me permite pasar al baño a cambiarme.

Por la noche, de regreso a mi casa, pienso que hoy he dado otro paso importante. Me he lanzado a navegar en alta mar. 

LVIII

 

Hasta ahora he logrado que Olivia ignore que me visto los jueves en la cafetería; mucho menos se imagina que así salgo a la calle.

Le he manejado que nos reunimos en una cafetería a platicar, pero evito decirle que me visto. Lo que hago al regreso es dejar la maleta en la cajuela del auto por las noches y sacarla al día siguiente, cuando estoy sola en la casa.

Tampoco le agrada que me reúna con mis amigas a tomar un café, no las baja de maricones y dice que alguien se va a dar cuenta con quienes me junto y que entonces qué vergüenza. Así dijo, qué vergüenza.

Los días que no llevo auto la situación es más complicada. Después de la jornada debo ir a la Central del Norte y dejar mi maleta en uno de los casilleros que alquilan por 30 pesos diarios. Al día siguiente, ya con auto, paso a recogerla. Todo lo que tengo que hacer para que no se dé cuenta y evitar pleitos.

Hoy, sin embargo, ha notado algo.

Es de noche, nuestro hijo duerme y mi esposa y yo estamos en la cocina terminando de merendar.

-¿Qué tienes en los ojos? –pregunta.

-Nada, ¿por qué? –contesto nervioso.

-A ver, acércate.

-Espérate, déjame merendar.

Es ella la que se acerca y levanta mi cara para que me dé bien la luz.

-Tienes rimel, te pintaste ¿verdad?

-No, sólo nos juntamos para tomar café.

-No, Jorge –dice entre triste y molesta- esos maricones ya están haciendo que te pintes. Ya me imagino, qué monas se han de ver todos vestidos de mujer. Qué asco.

-¿Y tú no te pintas? –pregunto.

-Sí, pero es diferente.

-¿Qué tiene de diferente?

-Que yo soy mujer.

-¿Y no te has puesto a pensar si yo también soy mujer?

-No me hagas reír, ¿ya viste tu cuerpo? Tu cuerpo no es el de una mujer y tú lo sabes.

-Ya te dije que una cosa es el sexo y otra el género.

-Otra vez vas a salir con las tres palabrejas que te enseñaron.

-Y tú con los prejuicios que te metieron desde chica y no te quieres quitar.

-Todos tenemos prejuicios, tú también los tenías, por eso lo platicamos. Y me dijiste que si nos llevábamos bien no te ibas a vestir, y que no ibas a salir a la calle. ¿Te acuerdas? Pero no has salido, ¿verdad? –pregunta preocupada.

-No, sólo nos vestimos en la cafetería –miento- pero nada más.

-¿Qué no puedes vestirte aquí, como antes? ¿qué tienes que andar exhibiéndote en todos lados?

-No me ando exhibiendo.

-Por lo que más quieras, no vayas a salir a la calle. No podría soportarlo.

-No te preocupes –vuelvo a mentir.

-Por eso lo hablamos antes de casarnos. Si yo hubiera sabido esto no me hubiera casado.

-Si yo lo hubiera sabido tampoco me hubiera casado.

-Entonces, ¿por qué me haces esto?

-¿Tú crees que lo hago para molestarte?

-No, yo sé que no, pero me lastimas, ¿no te das cuenta? Además lo hablamos antes de...

-Lo hablamos, lo hablamos, es tu único argumento –exclamo molesto-. ¿Qué pensarías de un machito que se casa con una mujer abnegada? una mujer que tuvo una educación muy rígida y que pensó que las mujeres no tenían derecho de estudiar ni de trabajar. Entonces, antes de casarse el machito la hace prometer que no trabajará y que no estudiará; ella, como no tiene información le dice que está de acuerdo. Pero pasa el tiempo, una amiga le abre los ojos a la pobre mujer y ella se da cuenta que tiene todo el derecho del mundo de estudiar y le dice al marido que va a meterse a la escuela. El marido pone el grito en el cielo y le dice que está loca, que antes de casarse lo platicaron y que ni se le ocurra. ¿Tú crees que porque la mujer no tenía información debe resignarse a dejar de estudiar si ella así lo desea?

-Pues si quiere seguir casada con su esposo tendría que cumplir con lo que pactaron al casarse.

-¿Y si no lo hace?

-Si no, pues que asuma las consecuencias.

-Bueno, pues yo asumo las consecuencias, voy a seguir yendo con mis amigas.

-¿No te importa lo que pase?

-No, no me importa.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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