P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 15º

 

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( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

Segunda Parte

 

La luz 

“...la libertad os hará verdaderas”

(Erika) 

LI 

La semana siguiente a mi primera reunión el grupo cumpliría tres años de haberse fundado. Para celebrarlo harían una fiesta en el bar donde había sido la plática. Anxélica me mandó la invitación por mail y me dijo que llevara mis cosas, que ahí había lugar donde nos podíamos cambiar y maquillar.

Cómo se me antojaba asistir. Me imaginaba por fin convertida en una mujer sin que nadie lo tomara a mal, sin que nadie se burlara, sin que nadie me agrediera.

Es un lugar seguro, solamente iría gente cercana al grupo, estarás en confianza, me decía Anxélica en el mail y me animaba a que fuera. Le dije que lo pensaría y  que le avisaría por ese mismo medio.

Toda la semana estuve piense y piense. La idea era más que tentadora, pero ¿cómo justificar con mi esposa que me ausentara el sábado por la noche? Tampoco era cosa de llevarla. Todavía no le contaba nada de esto, no sabía cómo pudiera tomarlo. Por otra parte, aunque había conocido a algunas personas del grupo, no conocía a todas, ni mucho menos a quienes irían a la celebración, ¿cómo me sentiría con esas otras personas? ¿cómo me tratarían?

Pensaba también en que mi aspecto femenino dejaba mucho que desear, ni siquiera sabía maquillarme, apenas y lo hacía para estar en la soledad de un cuarto de hotel o en mi propia casa, pero no estaba seguro de que me sintiera bien con gente desconocida.

Por la ropa no había problema, había ido acumulando buena cantidad de cosas, vestidos, ropa interior, tacones altos, ya hasta tenía una peluca que había comprado muy barata en Chiapas… también tenía algo de maquillaje… pero… no, no me atrevía.

Ese sábado me la pasé en mi casa, con mi esposa y mi hijo. Recuerdo que alquilamos una película, pero aunque estuve frente al televisor no la vi, yo sólo pensaba y pensaba en la fiesta. En este momento, me decía a mí mismo, podía haber estado vestido como una mujer platicando muy a gusto con mis nuevas amigas. Pero otra vez el miedo, las dudas, la sensación de que no estaba bien lo que hacía. Aún no estaba lista para esas cosas. 

LII

 

A la siguiente reunión del grupo llevaron las fotos de la fiesta. Muchos de los hombres que estaban en ese momento en la reunión, como todos unos caballeros, lucían como hermosas señoritas en la fiesta. Algunos no era posible identificarlos, otros se veían francamente mejor como mujeres que como varones. Pero todos, y todas, lucían muy contentos en la celebración. Qué ganas de haber estado ahí.

Ya habrá tiempo, me decían mis nuevas amigas. Y sucedió un detalle que me pareció de lo más agradable. Me preguntaron que si ya tenía un nombre de mujer.

-Mayela –respondí, pensando en el nombre con el que había abierto la dirección de correo electrónico.

-Pues mucho gusto, Mayela, bienvenida –me dijeron, y a partir de ese momento cada vez que se dirigían a mí lo hacían con ese nombre y, por supuesto, en femenino.

Cada vez empezaba a ver con mayor claridad lo que estaba pasando conmigo. Y si en un momento me preocupaba mucho saber por qué razón yo era así, poco a poco me iba interesando menos averiguarlo. Lo importante es que así era y así tenía que aceptarme a mí misma si quería que los demás me aceptaran.

Muchas veces yo atribuí mi travestismo al deseo de mi madre por tener una niña cuando yo nací. Suponía que estando yo de meses de nacido me ponía un vestidito y me trataba como a una niña, quizá me diría cosas como “...pero que bonita bebé”, “te quiero tanto, mi hijita” y otras parecidas. Entonces mi razonamiento era que al ponerme la ropa de mujer volvía a sentir en el inconsciente esa seguridad y esa aceptación de mi madre. Pero nunca tuve evidencias que me permitieran pensar de esa manera; la fotografía donde aparezco con algo parecido a un vestido era una sospecha, pero de ninguna manera representaba una certeza. Era, tal vez, el deseo de encontrar a quien echarle la culpa de lo que me pasaba y así dejar de sentirme culpable.

No había descubierto porqué era así, pero ya no me sentía culpable. Paulatinamente me iba dando cuenta que era la sociedad la que tenía que avanzar y dejar atrás prejuicios y convencionalismos. Al fin y al cabo, pensaba, durante mucho tiempo menospreciaron a los negros y a las mujeres y hoy, gracias a la lucha que ellos y ellas han dado, no podemos concebir a gente decente que en su sano juicio piense que negros o mujeres son inferiores a los hombres blancos.

Estaba tan contenta con mi nueva situación y tan convencida que lo que había hecho durante tantos años no era malo, que en cuanto regresé de la junta le conté a mi esposa. Yo pensaba que, siendo una mujer inteligente y preparada, podría entenderlo en cuanto le diera algunos argumentos y le precisara algunos conceptos.

La respuesta no pudo ser más desalentadora. Se asustó, se molestó y me reclamó que no le hubiera dicho que estaba yendo a esas juntas.

-Es que pensé que lo podrías tomar a mal, pero viéndolo bien no tiene nada de malo, el asunto está en…

-¿No tiene nada de malo? –me interrumpió al borde del llanto- ¿no tiene nada de malo que mi esposo se junte con una bola de maricones que…

-No son maricones –ahora fui yo quien la interrumpió.

-¿Cómo no van a ser maricones? Todo hombre que se viste de mujer es un maricón.

Era inútil, nunca entendería razones si no era capaz de escucharlas. Preferí dejar de discutir y buscar un mejor momento para platicar. Las cosas no habían sido tan fáciles como lo esperaba.  

LIII

 

El asunto se complicaba. No podía seguir inventando pretextos para ir a las juntas, menos ahora que mi esposa estaba enterada. De no haberle dicho nada, quizá hubiera podido inventar un diplomado o clases de inglés o cualquier otra cosa, pero confié demasiado en que lo entendería y yo misma me puse la soga al cuello.

Decidí que seguiría yendo a las reuniones, pasara lo que pasara. Había estado tanto tiempo sumida en las dudas y los remordimientos que no estaba dispuesta a seguir encerrada en ese calabozo.

No le dije nada a mi esposa, no tenía caso empezar a pelear antes de tiempo. Esperé a comentarle un día antes de la junta.

Como era de esperarse hubo discusiones y reclamos. Pero la decisión estaba tomada, nada me impediría seguir en este camino de liberación que por fin había encontrado.

Aproveché la reunión para comentar con mis amigas la situación en mi casa. Muchas me dijeron que habían pasado por el mismo calvario; algunas, incluso, comentaron que el asumir su transgénero les había costado el matrimonio, pues sus parejas jamás lo pudieron entender, mucho menos aceptar.

-Pero una no puede estar viviendo toda la vida para los demás –me dijo Alicia, transexual que ya vivía su rol femenino de 24 horas y que había estado casada con una feminista.

Anxélica me sugirió que le diera información a mi esposa.

-Es natural que reaccione así –me dijo- con la educación que hemos recibido no podemos esperar otra cosa. Pero en la medida en que vaya conociendo de qué se trata lo podrá entender mejor.

Maricruz, también transexual pero más radical que Alicia, dijo que ya se había cansado de pretender que la entendieran. –Creo que lo mejor es que nosotras entendamos a los demás, entender que no le cabe en su cabeza que alguien que tiene unos testículos entre las piernas sienta, se comporte y se vista como una mujer.

Me quedé con la sugerencia de Anxélica y quedé de pasar en la semana por una serie de documentos, entre ellos un libro llamado “El travestista y su esposa” en donde se brindan testimonios de mujeres que finalmente pudieron aceptar que sus parejas se pusieran ropa de mujer.

Hubo otra noticia que me puso a pensar. Una cafetería lésbica nos ofrecía un espacio los jueves en la tarde. Podíamos ir ahí, cambiarnos y pasar toda la tarde convertidas en señoritas. La invitación me emocionó, por fin poder estar vestida como una mujer en un lugar con más gente, ya no en la prisión de mi casa o de un cuarto de hotel. Pero había algunos inconvenientes, ¿estaba lista para mostrarme en público? ¿cómo lo tomaría mi esposa? El espacio estaba ahí, nos lo habían ofrecido con muy buena voluntad. De mí dependía, y sólo de mí, aprovecharlo o seguir escondida en las paredes de mi habitación. 

LIV

 

Decido ir el jueves a la cafetería pero no le digo nada a mi esposa. La noche del miércoles me cuesta trabajo dormir, pienso en la ropa que llevaré, en cómo hacer para verme mejor, en el color del labial, del barniz de uñas... en todos los detalles.

Llega el jueves. Es un día como cualquier otro. Amanece nublado, con un poco de frío y con el tráfico intenso de todos los días. Parece que la vida no se ha enterado que hoy es un día especial.

Dejo a mi hijo en la escuela y a mi esposa en su trabajo. De regreso paso al Metro Insurgentes. Mientras no encuentre un empleo bien remunerado no puedo gastar mucho en ropa y cosméticos. Compró un labial rojo cereza y un barniz de uñas de un color muy parecido.

Minutos después estoy en San Bartolo, Naucalpan, en un local donde la Cannon Mills vende sus productos al público en general a un precio bajísimo. Desde hace tiempo sospecho que es mercancía con algún defecto, medias que a las tres puestas se corren, pero no importa, servirán para el día de hoy, y están muy baratas.

Llego a la casa y me sumerjo en el cuarto de servicio en busca de la ropa que me voy a llevar. Tengo un vestido negro con florecitas muy pequeñas estampadas, es amplio, largo y ligeramente escotado. Me parece perfecto. Procuro plancharlo lo mejor que puedo. Escribo una lista con todo lo que tengo que llevar, no quiero llegar a la cafetería y darme cuenta que no llevo la peluca o los tacones.

Me siento como una novia que prepara su ajuar. Qué nervios.

Por fin llega la hora de recoger a mi hijo en la escuela. Pasó por él y lo llevo a casa de sus abuelos. Son las tres de la tarde, la cita en la cafetería es a las 4 de la tarde. Tengo tiempo, paso a comer algo, muy ligero, no quiero que se abulte mi vientre.

Es curioso, como hombre suelo vestir muy mal, no me importa si la camisa está bien planchada o si los zapatos están sin bolear. Pero ahora es distinto. Cuido que las zapatillas estén relucientes, las medias sin un rasguño, la peluca perfectamente bien peinada.

Por fin llego a la cafetería. Son las cuatro con seis minutos. No veo a ninguna de mis amigas. Pregunto en la entrada si no ha venido la gente de Eón, me dicen que no, pero que puedo pasar al baño a cambiarme.

Mientras subo las escaleras se acelera mi pulso y se agita mi respiración. Estoy nerviosa. Pienso si debiera regresarme, ¿qué tal si no llegan mis amigas? ¿qué tal si llega pura gente desconocida? Pero ya estoy aquí, imposible dar marcha atrás.

El lugar es pequeño, como puedo voy acomodando las cosas tratando de que no se arruguen. Rápidamente me despojo de mi ropa de varón, pero antes me afeito con mucho cuidado, que no queden rastros del vello facial. Luego, con parsimonia, inicio el ritual de la transformación. Primero la ropa interior, las pantimedias... qué bonito es abrir un paquete nuevo de medias e irlas desdoblando, para luego llevarlas a mi piel. Confieso que tengo una excitación. Qué pena, ¿y qué tal si estando con las demás me sucede lo mismo? Sería horrible que detrás del vestido apareciera un bultito. Escondo al culpable lo mejor que puedo, entre las piernas, entre la ropa, que no vaya a sobresalir.

Resulta curioso darse cuenta de cómo cambian las cosas. Cuando me visto en soledad este tipo de circunstancias no importan, pero ahora hay que cuidarlas, como la rasurada, por ejemplo.

Me pongo el vestido negro y empiezo a maquillarme. Quiero hacerlo todo a la perfección pero la mano me tiembla mientras me aplico las sombras y el rimel. En ese entonces no uso delineador, es de los detalles que al paso del tiempo, y con la ayuda de mis amigas, fui aprendiendo.

Cuando una de mis amigas me enseñó a usarlo, en este mismo lugar, fue un hallazgo maravilloso, a cada momento iba al espejo para constatar cómo se veían mis ojos, más grandes, más expresivos; incluso pude percibir cierto parecido con mi madre. Claro, ella fue muy hermosa en su juventud, sigue siéndolo a pesar de la edad y me gustaría mucho parecerme a ella.

Termino de maquillarme y me pongo los anillos, el collar, los aretes, una pulsera... trato de ser lo más femenina posible.

Me pongo la peluca y la cepillo lo mejor que puedo. Una y otra vez me veo en el espejo... ¿qué me falta, qué me sobra?

Nerviosa, me pinto las uñas. Escucho ruido afuera, imagino que ya habrán llegado algunas de mis amigas. Cómo me gustaría tener las uñas largas, pero imposible, el resto del tiempo hay que guardar las apariencias. Por más esfuerzos que hago no es posible que queden bien pintadas. Hay restos de barniz en los dedos. Ni modo, ya habrá tiempo de aprender a hacerlo mejor.

Espero a que se sequen las uñas, es una eternidad. Agito las manos, le soplo a las uñas como veía que lo hacía mi madre... cuánto tiempo más hay que esperar. Ya quiero salir, que me vean mis amigas, que me vean las meseras, sentirme libre por fin.

Paso uno de mis dedos por encima de las uñas. Sí, ya están secas. Es hora de salir, el pulso se vuelve a acelerar. Reviso que en el bolso esté el maquillaje en polvo, el lápiz labial y algo de dinero, no creo necesitar más cosas.

El momento ha llegado, abro la puerta del baño y en ese momento abro la puerta a una nueva vida. Una vida sin barreras, sin escondites, sin remordimientos.

Salgo y ya está Alejandra, Bertha Alicia y otras dos chicas que no conozco. Tardan en reconocerme, pero en cuanto lo hacen me saludan con gusto.

-Hola, Mayela, qué guapa –dice Alejandra, más por cortesía que porque realmente le parezca que me veo bien.

-Hola –respondo nerviosa y saludo también a Bertha Alicia.

Me presentan a las otras chicas, Norma y Andrea.

Me sienta en su mesa y a los pocos minutos llega la mesera y me pregunta:

-¿Qué vas a tomar, amiga?

-Una naranjada –contesto fascinada.

Más tarde llegan Anxélica, Alicia y Sofía.

No puedo creer lo que estoy viviendo, me encuentro en una cafetería, con más gente, convertida en una mujer. A cada momento veo mis manos con las uñas pintadas para constatar que efectivamente estoy ahí, en mi condición femenina. Miro emocionada cómo mis labios dejan la huella del bilé en el popote de la naranjada y en la servilleta. Detalles que para una mujer de nacimiento resultarían triviales pero que a mí me ayudan a reforzar mi propia identidad.

Platicamos de todo. Desde cómo fue que comenzamos a vestirnos con ropa de mujer, casi todas durante la infancia, hasta los esfuerzos que hicimos para proyectar una masculinidad que no sentíamos pero que estábamos obligadas a buscar. Muchas de nosotras habíamos pasado largas horas en el gimnasio o, incluso, jugado deportes violentos como futbol americano –rugby en mi caso- con tal de tener una imagen definitivamente masculina.

Platicamos, también, de cosméticos, de dónde se consiguen cosas de cierta calidad a buenos precios, de dónde hay zapatos de nuestro número, de algunos tips para maquillarnos, en fin, de cosas que podría platicar cualquier grupo de mujeres.

Qué rápido corre el tiempo cuando estamos a gusto. Ya son las siete; debo cambiarme para ir a recoger a mi esposa a su trabajo. Me despido de mis amigas, pago mi cuenta y voy al baño. Es extraño, estoy excitada pero es mayor mi emoción que el deseo de desahogarme. Además, me parecería de muy mal gusto hacerlo en ese lugar. Así es que por primera vez en muchos años mi aventura travesti no termina en masturbación. Eso hace que me cueste más trabajo cambiarme, pues no quiero quitarme el vestido ni despintarme, quisiera quedarme así toda la noche, dormir y despertar como una mujer y que el nuevo día me descubriera con las uñas pintadas y el cabello largo.

Pero es mucho pedir. Me basta con saber que pude pasar algunas horas como una mujer en compañía de gente buena, que me acepta, que me entiende, que igual que yo sueña y anhela construir una sociedad más abierta en donde todas tengamos cabida.

A la salida del lugar me topo con Anxélica. Me pregunta que cómo me sentí. De maravilla, le digo, esto es un sueño, estoy fascinada.

-¿Cómo te diste cuenta que te gustaba la ropa de mujer? –me pregunta.

-A los ocho años, me puse un vestido y al verme en el espejo me sentí muy bien. ¿Y tú?

-También fue desde muy chica. Pero no hizo falta mirarme en el espejo, fue la sensación de sentir la textura de unas medias en la piel, de un brasier, de un camisón de satín, porque, ¿sabes una cosa? –me dijo- la piel desnuda no miente.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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