P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 14º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

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( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

XLVII

 

No cabía la menor duda, la tecnología cibernética le había dado un giro importante a mi travestismo. Ahora, ya no sólo era el ponerme una falda y unas medias para sentirme mujer. También lo podía hacer a través de la pantalla; bastaba que me presentara con un nombre femenino.

Cierta ocasión me sorprendió encontrar en un chat a una persona que abiertamente se declaró como travesti. De inmediato me puse a conversar con él y le expuse mi propia condición.

La historia era parecida, muchos años de represión, de no poderlo platicar con nadie, de tener que quedarse callado y el pánico enorme de ser descubierto. Nos dimos nuestras direcciones electrónicas y empezamos a mantener una buena amistad por correspondencia

Ambos teníamos un nombre femenino y al comunicarnos, ya fuera por el chat o por los correos electrónicos, nos llamábamos con ese nombre, A pesar de saber que ambos éramos hombres, nuestra relación era la de dos mujeres. Él –o ella- usaba el nombre de Brenda y, al igual que yo, era de la Ciudad de México.

En uno de sus correos Brenda me propuso que nos conociéramos, primero en nuestra condición de hombres para poder platicar de nuestros sentimientos, de todo aquello que durante mucho tiempo tuvo que permanecer en el más absoluto silencio. Más adelante, me decía, podríamos ir a un hotel, cambiarnos y platicar como dos buenas amigas.

Me emocionaba la idea de conocernos, pero me daba pánico. Lo único que sabía de él era lo que me había contado en el chat y en los correos, ¿cómo podía tener la seguridad de que fuera cierto? ¿cómo saber si una vez que estuviéramos en el hotel cambiándonos tratara de violarme o hacerme algo?

Pero por otro lado, era la única persona con la que podía hablar abiertamente de mi travestismo. Y aunque el chat y los correos habían sido un buen medio, nada se comparaba a la comunicación cara a cara.

En algún momento pensé en otra posibilidad. No hacía mucho tiempo, para ayudarle a un amigo de Chiapas que vendría por unos días a trabajar a la Ciudad de México, debí buscarle alojamiento. Encontré unas suites con cocineta y comedor que rentaban por día.

Se me ocurrió entonces ponerme de acuerdo con mi amigo travestí para alquilar una de esas suites. Lo haríamos en dos ocasiones. La primera yo llegaría y me cambiaría, para convertirme en una mujer. Previamente llevaría lo necesario para preparar una buena comida. Ya cambiado esperaría la llegada de mi amigo y mientras le prepararía de comer, lo atendería como si fuera mi marido. Y platicaríamos sin llegar a ninguna otra cosa, solamente jugar a que yo era la esposa que esperaba la llegada de su hombre. En otra oportunidad cambiaríamos los papeles.

Se lo propuse en un mail y le agradó la idea. Yo volvía a tener emociones encontradas. Confieso que me ilusionaba mucho la idea de que alguien me viera vestido de mujer, y no solamente eso, sino poder interactuar como una mujer, preparar la comida, lavar los trastes... cosas intrascendentes y que ahora veo como muy apegadas a los estereotipos femeninos pero que en ese momento me hacían mucha ilusión.

Para nada me agradaba la idea de la segunda parte, cuando Brenda la haría de esposa y yo de varón. Pero con gusto lo haría con tal de vivir la primera experiencia.

Eran emociones encontradas, insisto. Me daba mucha ilusión todo esto, pero al mismo tiempo me provocaba terror. No solamente de que pasara algo estando en la suite, sino de descubrir facetas de mi vida que no quería aceptar.

Alguna vez en unas caricaturas vi como el angelito y el diablito aconsejaban al pato Donald para hacer o dejar de hacer algo malo. Así me sentía yo; por un lado el ángel bueno que me decía que yo era hombre, que no tenía por qué andar haciendo esas mariconerías. Y por el otro el diablito que me decía que por fin podría ser una mujer, que me tratarían como a una mujer, ya no en un frío y distante chat, sino en vivo y a todo color.

Tenía tanto miedo de sucumbir a la tentación y hacerle caso a mis demonios, que pensé en platicarle a Olivia y decirle que no me permitiera hacer una tontería. Tampoco le dije nada, imaginé que sería peor y que ella se preocuparía tanto o más que yo.

XLVIII

 

Leo en el periódico que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal publica una cartilla con los derechos de la comunidad lésbico, gay, bisexual y transgenérica. Por el contexto de la nota infiero que eso de transgenérico se refiere a travestís. O sea que ya dejé de ser travestí, ahora soy transgenérico. Me parece bien. Lo que me parece mejor es que ya tenemos derechos. Según la cartilla, nadie puede detenernos en la calle por la forma de vestir. Qué maravilla.

Días después, en otra sección del diario veo que una agrupación llamada AMAC –nunca he sabido bien a bien qué significan esas siglas- está promoviendo un curso para brindar orientación telefónica a las personas lésbicas, gays, bisexuales y transgenéricas.  De pronto se empieza a hablar de estas cosas. No viene el número telefónico pero sí una dirección electrónica.

De inmediato escribo a AMAC y brevemente les cuento mi historia, una historia de dudas, confusiones, temores y remordimientos a causa de mi gusto por vestir ropas de mujer. Es un mensaje de auxilio, les pido que me oriente, que me ayuden a entender lo que me sucede.

La gente de AMAC le envía copia de mi correo electrónico a un grupo que se llama ‘Eón, Inteligencia Transgenérica’. Y a partir de ese momento me empieza a mandar información que tiene que ver con lo que hoy entiendo que es la diversidad sexual, pero que en ese entonces para mí se reducía a los homosexuales.

La gente del grupo no me responde, pero en una de las informaciones que me envía AMAC se menciona un evento denominado “Días de Transgénero” que organizan precisamente el grupo ‘Eón’ y el Instituto Mexicano de Sexología. Viene el programa, con pláticas, conferencias y talleres acerca del transgénero. No lo puedo creer. ¿Es posible que se hable de esto en forma seria? ¿hay especialistas que han estudiado el tema? Me parece un gran descubrimiento, como cuando los hombres del Renacimiento se dieron cuenta que la Tierra era redonda. Pero al igual que en aquellos tiempos, yo tenía miedo de lanzarme a la aventura. Lejos estaba de ser el Cristóbal Colón que quisiera corroborar por sí mismo la redondez de la Tierra.

Los temas eran más que interesantes: “Derechos humanos y transgénero”, “Hormonas y cirugía estética”, “El continuo transgenérico”, “Taller de travestismo”... qué ganas de estar ahí y poderme enterar de todas esas cosas, qué ganas de platicar con gente como yo, ya no en un hotel de mala muerte con alguien que ni conozco, sino con especialistas serios.

Me emociona la idea de asistir al evento, pero me aterra pensar que alguien que me conozca me vea entrar o salir del lugar y descubra que soy travesti.

Todo esto, sin embargo, me permite desechar la idea de verme con Brenda en un hotel. Ya no es necesario, si voy a superar mis temores mejor hacerlo en un lugar serio y seguro como el Instituto Mexicano de Sexología, del que nunca había escuchado hablar pero que suena bien.

Poco después recibo un correo del grupo ‘Eón’. Me explican que debido al evento que tuvieron no habían podido contestar mi mail, pero se ponen a mis órdenes. A partir de ese momento entablo una comunicación constante. Les explico mis dudas, mis temores, todas las telarañas que había venido acumulando a lo largo de más de 30 años.

En breves mensajes Anxélica, la coordinadora del grupo, me va sacando de algunas dudas y me invita a una plática que darán en un bar gay.

La sola idea me aterra, ¿yo entrar a un bar gay? Pero si no soy gay. Si no fui capaz de ir a un lugar serio como el Instituto Mexicano de Sexología, ¿cómo se me ocurre meterme a un bar gay?

Le expongo mis temores a Anxélica y ella pacientemente me explica –vía mail por supuesto- que es mi decisión, pero que ya es hora de atreverme a ser feliz y a conocer esto que me ha atormentado por tanto tiempo. Me armo de valor y acudo a la plática.  Antes de entrar volteó a todos lados, como para asegurarme que nadie que me conozca vea a dónde voy a entrar. Me siento en un rincón y quiero aplastarme contra el asiento para que nadie me vea. Finalmente comienza la plática y empieza a desbaratarse, muy lentamente, la enorme y pesada loza que he debido cargar durante tanto tiempo.

 

 

 

 

XLIX

 

No me atreví a hacer preguntas al término de la plática. Tenia muchas, muchísimas dudas, pero no quería que nadie se diera cuenta que yo estaba ahí. Tampoco me acerqué a platicar con Anxélica, aunque me hubiera gustado hacerlo para agradecerle todo el apoyo que me estaba brindando.

Desde que comenzamos a mandarnos mails, asumí que Anxélica era una persona travesti, pero cuando la vi sentarse a la mesa para dar la plática empecé a tener dudas. Se veía tan femenina... en sus movimientos, en su arreglo personal, en su forma de ser... nada que ver con los travestis que hacían shows en los teatros ni con aquellos comediantes que se vestían de mujer en la televisión.

Al poco tiempo, un poco por su voz y por lo que ella misma dijo, me di cuenta que en efecto era travesti pero, insisto, muy alejada de lo que yo había visto hasta ese momento.

Continuó el intercambio de mails y Anxélica me sugirió que platicara con Alejandra, otra de las chicas del grupo que, además, era psicóloga y con estudios en sexología. A ella la vería en el Instituto Mexicano de Sexología, el Imesex.

Luego de vencer el miedo de entrar al bar gay no me costó tanto trabajo tocar el timbre en el Imesex, aunque a cada momento volteaba para asegurarme que ningún conocido me viera entrar y deseaba que no se tardaran en abrirme la puerta.

Es la propia Alejandra quien me abre. Me llama la atención verla arreglada como una mujer. A los pocos minutos de hablar con ella llega otra chica, alta, de bonitas piernas y muy bien arreglada. Por la voz descubro que no es mujer –al menos no mujer biológica, como después aprendo a diferenciar- mas sin embargo se comporta como si lo fuera y se pone a trabajar. Trato de no descuidar lo que platico con Alejandra, pero no puedo evitar pensar en qué clase de mundo es el que estoy conociendo, donde hombres como yo pueden vivir como mujeres sin ninguna vergüenza, sin ningún pudor. Me parece fascinante.

En poco más de una hora, Alejandra empieza a sacar el polvo que se acumuló en mi mente y en mi alma por más de 30 años. Me hace ver las trampas de aquello que llamamos ‘normal’, como si lo que no fuera normal resultara malo por el solo hecho de no ocurrir con mucha frecuencia. Me hizo ver que así como a los zurdos antiguamente se les obligaba a reprimir su tendencia a utilizar la mano izquierda, por no ser ‘normal’, así también ahora a las personas transgenéricas se les obliga a reprimir sus deseos de vestir y comportarse como mejor se sientan. Me habla de los estereotipos, de los prejuicios y de cómo para algunos sectores de la sociedad sólo hay blanco y negro, hombres y mujeres, y no se dan cuenta de la enorme gama de colores que existen.

Me platica de sexo, género y preferencia sexual; y me dice que el sexo se conforma por las características biológicas que distinguen a machos y hembras, principalmente en razón de los genitales y los cromosomas. Que género es una construcción social, aprendida, que tiene que ver con sentirnos y comportarnos como hombres o como mujeres. Y que la preferencia sexual se refiere a con quién nos gusta relacionarnos afectiva y eróticamente. Mucha gente, me explica, piensa que tiene que haber una relación directa entre sexo, género y preferencia sexual; así, un macho tiene que ser, vestir y comportarse como hombre y tiene que preferir a las mujeres; en cambio una hembra tiene que ser, vestir y comportarse como mujer y tener predilección por los hombres. Pero, insiste, esto no es así en todos los casos, puedes ser macho biológicamente y sentirte mujer, y optar por hombres o por mujeres o por ambos. Empiezo a entender eso que llaman diversidad sexual.

Salgo muy contento de ahí, con la emoción de haber conocido gente como yo pero que vive sin miedos ni vergüenzas. Por fin puedo hablar de aquello que debí callar durante tanto tiempo, y aunque me costó trabajo hacerlo, siento que hay gente interesada en escucharme y que de ninguna manera toma a mal lo que yo diga. Todavía sigo con muchas dudas, por supuesto, pero al menos tengo la certeza de que hay un lugar en donde puedo irlas develando.

L

 

Hay asuntos que todavía no me quedan muy claros pero que se insinúan como pistas importantes para reflexionar y entender muchas cosas. Esto del sexo, el género y la preferencia sexual me parecen conceptos muy interesantes sobre los cuales nunca nadie me había hablado.

En efecto, yo era de los que había crecido dando por hecho que si tenías testículos debías ser hombre, necesariamente, y en consecuencia debían gustarte las mujeres. Ahora empezaba a ver que podía sentirme una mujer sin necesidad de contar con una vagina. Y no por ello tenían que gustarme los hombres. Qué confuso resulta todavía esto, pero creo que por ahí iré encontrando muchas respuestas.

Le cuento en un mail a Anxélica que me fue muy bien con Alejandra y me invita a las reuniones del grupo que se llevan a cabo cada quince días en el Parque Hundido.

Qué curioso, el Parque Hundido tiene un lugar muy especial en mi vida. Vecino de Mixcoac desde los ocho hasta los 16 años, fue en esta zona donde pasé parte de mi infancia y casi toda mi adolescencia. Recuerdo muy bien que esperábamos con ansia la llegada de las vacaciones. Era cuando el tiempo era nuestro, nada de tareas, nada de levantarse temprano sometidos a la tortura de la XEQK, estación de radio que cada minuto daba la hora exacta y en donde el resto del tiempo se transmitían anuncios leídos a una velocidad descomunal por locutores que tenían que pasar cierta cantidad de mensajes en sólo 55 segundos. Todavía me acuerdo de algunos de los anunciantes, Chocolates Turín, ricos de principio a fin... Marcos Carrasco rectifica su motor en ocho horas, consulte a su mecánico... Asociación Hipotecaria Mexicana, Reforma 96... Corona, cerveza de barril embotellada... Haste, la hora de México, ponga a tiempo su reloj…

Todavía años después cuando por alguna razón escuchaba esa estación, mi pulso se aceleraba y me daba la impresión que se me hacía tarde. Así me marcó la costumbre de mi madre de dejar puesto el radio desde que despertábamos hasta que nos íbamos a la escuela. Qué ganas de torturarse.

El caso es que a la llegada de las vacaciones se acababa la XEQK y empezaban los paseos al Parque Hundido, donde mi hermano, mi primo y yo formábamos improvisados encuentros de futbol contra quienes se nos pusieran enfrente. Debo decir, por cierto, que las más de las veces éramos nosotros quienes nos alzábamos con la victoria.

He de mencionar, también, que la primera vez que mi hermano y yo fuimos solos a un lugar que estuviera más allá de la panadería o la papelería fue, precisamente, el Parque Hundido.

Así es que lleno de recuerdos me dirigí al evocador parque de mi infancia. Qué curioso, este lugar que fue escenario de batallas deportivas en donde valeroso me revolvía en busca del gol, ahora sería un lugar en donde seguramente hablaría de faldas, vestidos y maquillajes. Ajeno estaba a lo que este mismo parque llegaría a ver algunos meses más adelante.

Fui, entonces, al Parque Hundido y busqué las señales que me habían dado; entre el módulo de policía y la caseta de helados. ¿El módulo de policía? Me pregunté, extrañado. Qué valientes, reunirse no solamente en un lugar público y abierto sino, justamente, enfrente de los policías. Venían a mí las imágenes de travestis en el Ministerio Público que publicaban los periódicos amarillistas de mi infancia.

Al llegar al sitio indicado lo primero que vi fue a dos personas, una de ellas con el cabello muy largo y vestido con pants deportivos. El otro era un señor de unos 40 años, de lentes, vestido con camisa y pantalón de mezclilla.

Yo aguardaba a prudente distancia; no me animaba a llegar con ellos, prefería que se juntara más gente. Al cabo de unos minutos, el grupo había crecido, unas seis o siete personas departían amistosamente. Fue entonces que me animé. De nuevo el temor de ser descubierto, de que algún conocido me viera integrarme a ese extraño grupo. El miedo, también, a ser rechazado, no sé, Anxélica y Alejandra me habían caído muy bien, pero no sabía cómo sería recibido por los demás.

Por fin me animé. Cauteloso y sin ocultar mi nerviosismo llegué a donde estaba la gente y tímidamente pregunté:

-Buenas tardes, disculpen, ¿ustedes conocen a Anxélica Risco?

Un hombre de unos 30 años, de cabello rubio y ojos verdes me respondió y me dio la mano:

-Servidora.

No la reconocí. Sin duda era la misma persona que había dado en la plática en aquel bar gay, pero no parecía serlo. Aquella ocasión la vi tan femenina, tan delicada en sus movimientos, tan propia… en cambio, el sujeto que ahora me saludaba era un hombre por donde se le viera, sus gestos, sus actitudes… me sorprendió gratamente.

Me identifiqué y luego de que me presentara a los demás nos fuimos aparte para platicar.

Para empezar me contó brevemente la historia del grupo. Me habló del Caballero D’Eon, un personaje interesantísimo que vivió en el siglo XVIII, en la corte del rey Luis XIV de Francia. Según cuentan, este personaje era un gran espadachín, valiente y arrojado. Pero gustaba de vestir ropas de mujer y comportarse como toda  una dama durante tertulias que organizaba con sus amigos más íntimos.

Esta peculiaridad fue conocida por Luis XIV quien decidió que podría serle de gran utilidad. Así es que, convertida en Lia de Bueaumont, el caballero D’Eon sirvió a su rey como espía en Inglaterra y Rusia.

Era tal la feminidad que proyectaba el otrora caballero, que a la muerte de Luis XIV, nadie sabía a ciencia cierta si este personaje era un hombre que a ratos vestía como mujer o una mujer que a ratos vestía como hombre. El nuevo monarca, Luis XV, ordenó a sus allegados develar el misterio y luego de sesudas investigaciones concluyeron que el Caballero D’Eon era una mujer que por momentos se hacía pasar por varón. Molesto por aquella indefinición, el rey publicó un decreto en donde ordenaba a la dama en cuestión dejarse de engaños y la obligó a no volver a vestir jamás atuendo de caballero. Así, el célebre personaje debió pasar sus últimos años como una mujer de la refinada sociedad francesa. Hubo gente que no compartía las conclusiones de los emisarios reales y se llegó al extremo de cruzar apuestas acerca del sexo del controvertido personaje. A su muerte, el médico que le practicó la autopsia determinó que el Caballero D’Eon, conocido como Lia de Beuaumont había sido un hombre. Me pareció fascinante esta historia.

Otro aspecto que me gustó desde el momento mismo de conocer el nombre del grupo fue aquello de ‘Inteligencia Transgenérica’. Podría parecer un poco pretencioso, pero ciertamente daba cuenta del interés de sus fundadoras para hacer planteamientos inteligentes y reivindicar el transgénero, asunto que durante mucho tiempo había sido motivo de burla y escarnio.

No recuerdo muy bien qué más platicamos aquel día, lo que tengo más presente fue la buena disposición de la coordinadora general de Eón para ayudarme, para apoyarme en lo que fuera necesario. Dejé de sentirme un bicho raro; por el contrario, me di cuenta que Ánxélica y yo teníamos mucho en común. Así como yo había jugado rugby hacía no muchos años, ella –o él, según se viera- había practicado el futbol americano.  Además, estaba casado y tenía un hijo.

Luego de platicar con Anxélica pude conversar con muchos otros miembros del grupo y en casi todos los casos la historia era muy parecida. Minutos después llegó Sofía, una persona de más de 40 años vestida como toda una dama. Me enteré que era maestra en una universidad y que todo el tiempo vestía con ropa de mujer, aún en sus clases. Platiqué con ella y me dijo que era transexual, y que hacía no muchos años había empezado a vivir en su rol femenino. Me comentó que en la universidad donde daba clases desde hacía diez años le dijeron que no había ningún reglamento que le impidiera ir como mejor se sintiera. -Claro que hubo gente que me rechazó al principio –dijo- pero fueron los menos. Más bien esto me permitió darme cuenta de toda la gente que me apoyaba.

Al término de la reunión, y de regreso a casa, tenía mil cosas en qué pensar. Me llamaba mucho la atención, por ejemplo, que la parte masculina de Anxélica pudiera ser tan viril como la de cualquiera de mis compañeros del rugby. De alguna manera yo pensaba que las personas travestis eran hombres afeminados, y yo no me identificaba con esa imagen; así es que no cabía ni entre los hombres, hombres –por decirlo así- ni entre los travestis. Pero al ver a Anxélica de inmediato me identifique y dejé de sentirme extraño.

Sofía también me puso a pensar. ¿Así que era posible vivir como mujer las 24 horas del día e, incluso, ir a trabajar con faldas y con los labios pintados? Qué maravilla. Una nueva etapa de mi vida comenzaba en ese momento.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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