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Cada publicación
consta de tres capítulos.
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anteriores.
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7º
8º
9º
10º
11º
12º
13º
( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
XLVII
No
cabía la menor duda, la tecnología cibernética le había dado
un giro importante a mi travestismo. Ahora, ya no sólo era el
ponerme una falda y unas medias para sentirme mujer. También
lo podía hacer a través de la pantalla; bastaba que me
presentara con un nombre femenino.
Cierta ocasión me sorprendió encontrar en un chat a una
persona que abiertamente se declaró como travesti. De
inmediato me puse a conversar con él y le expuse mi propia
condición.
La historia era parecida, muchos años de represión, de no
poderlo platicar con nadie, de tener que quedarse callado y el
pánico enorme de ser descubierto. Nos dimos nuestras
direcciones electrónicas y empezamos a mantener una buena
amistad por correspondencia
Ambos teníamos un nombre femenino y al comunicarnos, ya fuera
por el chat o por los correos electrónicos, nos llamábamos con
ese nombre, A pesar de saber que ambos éramos hombres, nuestra
relación era la de dos mujeres. Él –o ella- usaba el nombre de
Brenda y, al igual que yo, era de la Ciudad de México.
En uno de sus correos Brenda me propuso que nos conociéramos,
primero en nuestra condición de hombres para poder platicar de
nuestros sentimientos, de todo aquello que durante mucho
tiempo tuvo que permanecer en el más absoluto silencio. Más
adelante, me decía, podríamos ir a un hotel, cambiarnos y
platicar como dos buenas amigas.
Me emocionaba la idea de conocernos, pero me daba pánico. Lo
único que sabía de él era lo que me había contado en el chat y
en los correos, ¿cómo podía tener la seguridad de que fuera
cierto? ¿cómo saber si una vez que estuviéramos en el hotel
cambiándonos tratara de violarme o hacerme algo?
Pero por otro lado, era la única persona con la que podía
hablar abiertamente de mi travestismo. Y aunque el chat y los
correos habían sido un buen medio, nada se comparaba a la
comunicación cara a cara.
En algún momento pensé en otra posibilidad. No hacía mucho
tiempo, para ayudarle a un amigo de Chiapas que vendría por
unos días a trabajar a la Ciudad de México, debí buscarle
alojamiento. Encontré unas suites con cocineta y comedor que
rentaban por día.
Se me ocurrió entonces ponerme de acuerdo con mi amigo
travestí para alquilar una de esas suites. Lo haríamos en dos
ocasiones. La primera yo llegaría y me cambiaría, para
convertirme en una mujer. Previamente llevaría lo necesario
para preparar una buena comida. Ya cambiado esperaría la
llegada de mi amigo y mientras le prepararía de comer, lo
atendería como si fuera mi marido. Y platicaríamos sin llegar
a ninguna otra cosa, solamente jugar a que yo era la esposa
que esperaba la llegada de su hombre. En otra oportunidad
cambiaríamos los papeles.
Se lo propuse en un mail y le agradó la idea. Yo volvía a
tener emociones encontradas. Confieso que me ilusionaba mucho
la idea de que alguien me viera vestido de mujer, y no
solamente eso, sino poder interactuar como una mujer, preparar
la comida, lavar los trastes... cosas intrascendentes y que
ahora veo como muy apegadas a los estereotipos femeninos pero
que en ese momento me hacían mucha ilusión.
Para nada me agradaba la idea de la segunda parte, cuando
Brenda la haría de esposa y yo de varón. Pero con gusto lo
haría con tal de vivir la primera experiencia.
Eran emociones encontradas, insisto. Me daba mucha ilusión
todo esto, pero al mismo tiempo me provocaba terror. No
solamente de que pasara algo estando en la suite, sino de
descubrir facetas de mi vida que no quería aceptar.
Alguna vez en unas caricaturas vi como el angelito y el
diablito aconsejaban al pato Donald para hacer o dejar de
hacer algo malo. Así me sentía yo; por un lado el ángel bueno
que me decía que yo era hombre, que no tenía por qué andar
haciendo esas mariconerías. Y por el otro el diablito que me
decía que por fin podría ser una mujer, que me tratarían como
a una mujer, ya no en un frío y distante chat, sino en vivo y
a todo color.
Tenía tanto miedo de sucumbir a la tentación y hacerle caso a mis
demonios, que pensé en platicarle a Olivia y decirle que no me
permitiera hacer una tontería. Tampoco le dije nada, imaginé
que sería peor y que ella se preocuparía tanto o más que yo.
XLVIII
Leo en el periódico que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito
Federal publica una cartilla con los derechos de la comunidad
lésbico, gay, bisexual y transgenérica. Por el contexto de la
nota infiero que eso de transgenérico se refiere a travestís.
O sea que ya dejé de ser travestí, ahora soy transgenérico. Me
parece bien. Lo que me parece mejor es que ya tenemos
derechos. Según la cartilla, nadie puede detenernos en la
calle por la forma de vestir. Qué maravilla.
Días después, en otra sección del diario veo que una agrupación llamada
AMAC –nunca he sabido bien a bien qué significan esas siglas-
está promoviendo un curso para brindar orientación telefónica
a las personas lésbicas, gays, bisexuales y transgenéricas.
De pronto se empieza a hablar de estas cosas. No viene el
número telefónico pero sí una dirección electrónica.
De inmediato escribo a AMAC y brevemente les cuento mi historia, una
historia de dudas, confusiones, temores y remordimientos a
causa de mi gusto por vestir ropas de mujer. Es un mensaje de
auxilio, les pido que me oriente, que me ayuden a entender lo
que me sucede.
La gente de AMAC le envía copia de mi correo electrónico a un grupo que
se llama ‘Eón, Inteligencia Transgenérica’. Y a partir de ese
momento me empieza a mandar información que tiene que ver con
lo que hoy entiendo que es la diversidad sexual, pero que en
ese entonces para mí se reducía a los homosexuales.
La gente del grupo no me responde, pero en una de las informaciones que
me envía AMAC se menciona un evento denominado “Días de
Transgénero” que organizan precisamente el grupo ‘Eón’ y el
Instituto Mexicano de Sexología. Viene el programa, con
pláticas, conferencias y talleres acerca del transgénero. No
lo puedo creer. ¿Es posible que se hable de esto en forma
seria? ¿hay especialistas que han estudiado el tema? Me parece
un gran descubrimiento, como cuando los hombres del
Renacimiento se dieron cuenta que la Tierra era redonda. Pero
al igual que en aquellos tiempos, yo tenía miedo de lanzarme a
la aventura. Lejos estaba de ser el Cristóbal Colón que
quisiera corroborar por sí mismo la redondez de la Tierra.
Los temas eran más que interesantes: “Derechos humanos y transgénero”,
“Hormonas y cirugía estética”, “El continuo transgenérico”,
“Taller de travestismo”... qué ganas de estar ahí y poderme
enterar de todas esas cosas, qué ganas de platicar con gente
como yo, ya no en un hotel de mala muerte con alguien que ni
conozco, sino con especialistas serios.
Me emociona la idea de asistir al evento, pero me aterra pensar que
alguien que me conozca me vea entrar o salir del lugar y
descubra que soy travesti.
Todo esto, sin embargo, me permite desechar la idea de verme con Brenda
en un hotel. Ya no es necesario, si voy a superar mis temores
mejor hacerlo en un lugar serio y seguro como el Instituto
Mexicano de Sexología, del que nunca había escuchado hablar
pero que suena bien.
Poco después recibo un correo del grupo ‘Eón’. Me explican que debido al
evento que tuvieron no habían podido contestar mi mail, pero
se ponen a mis órdenes. A partir de ese momento entablo una
comunicación constante. Les explico mis dudas, mis temores,
todas las telarañas que había venido acumulando a lo largo de
más de 30 años.
En breves mensajes Anxélica, la coordinadora del grupo, me va sacando de
algunas dudas y me invita a una plática que darán en un bar
gay.
La sola idea me aterra, ¿yo entrar a un bar gay? Pero si no soy gay. Si
no fui capaz de ir a un lugar serio como el Instituto Mexicano
de Sexología, ¿cómo se me ocurre meterme a un bar gay?
Le expongo mis temores a Anxélica y ella pacientemente me explica –vía
mail por supuesto- que es mi decisión, pero que ya es hora de
atreverme a ser feliz y a conocer esto que me ha atormentado
por tanto tiempo. Me armo de valor y acudo a la plática.
Antes de entrar volteó a todos lados, como para asegurarme que
nadie que me conozca vea a dónde voy a entrar. Me siento en un
rincón y quiero aplastarme contra el asiento para que nadie me
vea. Finalmente comienza la plática y empieza a desbaratarse,
muy lentamente, la enorme y pesada loza que he debido cargar
durante tanto tiempo.
XLIX
No me atreví a hacer preguntas al término de la plática. Tenia
muchas, muchísimas dudas, pero no quería que nadie se diera
cuenta que yo estaba ahí. Tampoco me acerqué a platicar con
Anxélica, aunque me hubiera gustado hacerlo para agradecerle
todo el apoyo que me estaba brindando.
Desde que comenzamos a mandarnos mails, asumí que Anxélica era
una persona travesti, pero cuando la vi sentarse a la mesa
para dar la plática empecé a tener dudas. Se veía tan
femenina... en sus movimientos, en su arreglo personal, en su
forma de ser... nada que ver con los travestis que hacían
shows en los teatros ni con aquellos comediantes que se
vestían de mujer en la televisión.
Al poco tiempo, un poco por su voz y por lo que ella misma
dijo, me di cuenta que en efecto era travesti pero, insisto,
muy alejada de lo que yo había visto hasta ese momento.
Continuó el intercambio de mails y Anxélica me sugirió que
platicara con Alejandra, otra de las chicas del grupo que,
además, era psicóloga y con estudios en sexología. A ella la
vería en el Instituto Mexicano de Sexología, el Imesex.
Luego de vencer el miedo de entrar al bar gay no me costó
tanto trabajo tocar el timbre en el Imesex, aunque a cada
momento volteaba para asegurarme que ningún conocido me viera
entrar y deseaba que no se tardaran en abrirme la puerta.
Es la propia Alejandra quien me abre. Me llama la atención
verla arreglada como una mujer. A los pocos minutos de hablar
con ella llega otra chica, alta, de bonitas piernas y muy bien
arreglada. Por la voz descubro que no es mujer –al menos no
mujer biológica, como después aprendo a diferenciar- mas sin
embargo se comporta como si lo fuera y se pone a trabajar.
Trato de no descuidar lo que platico con Alejandra, pero no
puedo evitar pensar en qué clase de mundo es el que estoy
conociendo, donde hombres como yo pueden vivir como mujeres
sin ninguna vergüenza, sin ningún pudor. Me parece fascinante.
En poco más de una hora, Alejandra empieza a sacar el polvo
que se acumuló en mi mente y en mi alma por más de 30 años. Me
hace ver las trampas de aquello que llamamos ‘normal’, como si
lo que no fuera normal resultara malo por el solo hecho de no
ocurrir con mucha frecuencia. Me hizo ver que así como a los
zurdos antiguamente se les obligaba a reprimir su tendencia a
utilizar la mano izquierda, por no ser ‘normal’, así también
ahora a las personas transgenéricas se les obliga a reprimir
sus deseos de vestir y comportarse como mejor se sientan. Me
habla de los estereotipos, de los prejuicios y de cómo para
algunos sectores de la sociedad sólo hay blanco y negro,
hombres y mujeres, y no se dan cuenta de la enorme gama de
colores que existen.
Me platica de sexo, género y preferencia sexual; y me dice que
el sexo se conforma por las características biológicas que
distinguen a machos y hembras, principalmente en razón de los
genitales y los cromosomas. Que género es una construcción
social, aprendida, que tiene que ver con sentirnos y
comportarnos como hombres o como mujeres. Y que la preferencia
sexual se refiere a con quién nos gusta relacionarnos afectiva
y eróticamente. Mucha gente, me explica, piensa que tiene que
haber una relación directa entre sexo, género y preferencia
sexual; así, un macho tiene que ser, vestir y comportarse como
hombre y tiene que preferir a las mujeres; en cambio una
hembra tiene que ser, vestir y comportarse como mujer y tener
predilección por los hombres. Pero, insiste, esto no es así en
todos los casos, puedes ser macho biológicamente y sentirte
mujer, y optar por hombres o por mujeres o por ambos. Empiezo
a entender eso que llaman diversidad sexual.
Salgo muy contento de ahí, con la emoción de haber conocido
gente como yo pero que vive sin miedos ni vergüenzas. Por fin
puedo hablar de aquello que debí callar durante tanto tiempo,
y aunque me costó trabajo hacerlo, siento que hay gente
interesada en escucharme y que de ninguna manera toma a mal lo
que yo diga. Todavía sigo con muchas dudas, por supuesto, pero
al menos tengo la certeza de que hay un lugar en donde puedo
irlas develando.
L
Hay asuntos que todavía no me quedan muy claros pero que se
insinúan como pistas importantes para reflexionar y entender
muchas cosas. Esto del sexo, el género y la preferencia sexual
me parecen conceptos muy interesantes sobre los cuales nunca
nadie me había hablado.
En efecto, yo era de los que había crecido dando por hecho que
si tenías testículos debías ser hombre, necesariamente, y en
consecuencia debían gustarte las mujeres. Ahora empezaba a ver
que podía sentirme una mujer sin necesidad de contar con una
vagina. Y no por ello tenían que gustarme los hombres. Qué
confuso resulta todavía esto, pero creo que por ahí iré
encontrando muchas respuestas.
Le cuento en un mail a Anxélica que me fue muy bien con
Alejandra y me invita a las reuniones del grupo que se llevan
a cabo cada quince días en el Parque Hundido.
Qué curioso, el Parque Hundido tiene un lugar muy especial en
mi vida. Vecino de Mixcoac desde los ocho hasta los 16 años,
fue en esta zona donde pasé parte de mi infancia y casi toda
mi adolescencia. Recuerdo muy bien que esperábamos con ansia
la llegada de las vacaciones. Era cuando el tiempo era
nuestro, nada de tareas, nada de levantarse temprano sometidos
a la tortura de la XEQK, estación de radio que cada minuto
daba la hora exacta y en donde el resto del tiempo se
transmitían anuncios leídos a una velocidad descomunal por
locutores que tenían que pasar cierta cantidad de mensajes en
sólo 55 segundos. Todavía me acuerdo de algunos de los
anunciantes, Chocolates Turín, ricos de principio a fin...
Marcos Carrasco rectifica su motor en ocho horas, consulte a
su mecánico... Asociación Hipotecaria Mexicana, Reforma 96...
Corona, cerveza de barril embotellada... Haste, la hora de
México, ponga a tiempo su reloj…
Todavía años después cuando por alguna razón escuchaba esa
estación, mi pulso se aceleraba y me daba la impresión que se
me hacía tarde. Así me marcó la costumbre de mi madre de dejar
puesto el radio desde que despertábamos hasta que nos íbamos a
la escuela. Qué ganas de torturarse.
El caso es que a la llegada de las vacaciones se acababa la
XEQK y empezaban los paseos al Parque Hundido, donde mi
hermano, mi primo y yo formábamos improvisados encuentros de
futbol contra quienes se nos pusieran enfrente. Debo decir,
por cierto, que las más de las veces éramos nosotros quienes
nos alzábamos con la victoria.
He de mencionar, también, que la primera vez que mi hermano y
yo fuimos solos a un lugar que estuviera más allá de la
panadería o la papelería fue, precisamente, el Parque Hundido.
Así es que lleno de recuerdos me dirigí al evocador parque de
mi infancia. Qué curioso, este lugar que fue escenario de
batallas deportivas en donde valeroso me revolvía en busca del
gol, ahora sería un lugar en donde seguramente hablaría de
faldas, vestidos y maquillajes. Ajeno estaba a lo que este
mismo parque llegaría a ver algunos meses más adelante.
Fui, entonces, al Parque Hundido y busqué las señales que me
habían dado; entre el módulo de policía y la caseta de
helados. ¿El módulo de policía? Me pregunté, extrañado. Qué
valientes, reunirse no solamente en un lugar público y abierto
sino, justamente, enfrente de los policías. Venían a mí las
imágenes de travestis en el Ministerio Público que publicaban
los periódicos amarillistas de mi infancia.
Al llegar al sitio indicado lo primero que vi fue a dos
personas, una de ellas con el cabello muy largo y vestido con
pants deportivos. El otro era un señor de unos 40 años, de
lentes, vestido con camisa y pantalón de mezclilla.
Yo aguardaba a prudente distancia; no me animaba a llegar con
ellos, prefería que se juntara más gente. Al cabo de unos
minutos, el grupo había crecido, unas seis o siete personas
departían amistosamente. Fue entonces que me animé. De nuevo
el temor de ser descubierto, de que algún conocido me viera
integrarme a ese extraño grupo. El miedo, también, a ser
rechazado, no sé, Anxélica y Alejandra me habían caído muy
bien, pero no sabía cómo sería recibido por los demás.
Por fin me animé. Cauteloso y sin ocultar mi nerviosismo
llegué a donde estaba la gente y tímidamente pregunté:
-Buenas tardes, disculpen, ¿ustedes conocen a Anxélica Risco?
Un hombre de unos 30 años, de cabello rubio y ojos verdes me
respondió y me dio la mano:
-Servidora.
No la reconocí. Sin duda era la misma persona que había dado
en la plática en aquel bar gay, pero no parecía serlo. Aquella
ocasión la vi tan femenina, tan delicada en sus movimientos,
tan propia… en cambio, el sujeto que ahora me saludaba era un
hombre por donde se le viera, sus gestos, sus actitudes… me
sorprendió gratamente.
Me identifiqué y luego de que me presentara a los demás nos
fuimos aparte para platicar.
Para empezar me contó brevemente la historia del grupo. Me
habló del Caballero D’Eon, un personaje interesantísimo que
vivió en el siglo XVIII, en la corte del rey Luis XIV de
Francia. Según cuentan, este personaje era un gran espadachín,
valiente y arrojado. Pero gustaba de vestir ropas de mujer y
comportarse como toda una dama durante tertulias que
organizaba con sus amigos más íntimos.
Esta peculiaridad fue conocida por Luis XIV quien decidió que
podría serle de gran utilidad. Así es que, convertida en Lia
de Bueaumont, el caballero D’Eon sirvió a su rey como espía en
Inglaterra y Rusia.
Era tal la feminidad que proyectaba el otrora caballero, que a
la muerte de Luis XIV, nadie sabía a ciencia cierta si este
personaje era un hombre que a ratos vestía como mujer o una
mujer que a ratos vestía como hombre. El nuevo monarca, Luis
XV, ordenó a sus allegados develar el misterio y luego de
sesudas investigaciones concluyeron que el Caballero D’Eon era
una mujer que por momentos se hacía pasar por varón. Molesto
por aquella indefinición, el rey publicó un decreto en donde
ordenaba a la dama en cuestión dejarse de engaños y la obligó
a no volver a vestir jamás atuendo de caballero. Así, el
célebre personaje debió pasar sus últimos años como una mujer
de la refinada sociedad francesa. Hubo gente que no compartía
las conclusiones de los emisarios reales y se llegó al extremo
de cruzar apuestas acerca del sexo del controvertido
personaje. A su muerte, el médico que le practicó la autopsia
determinó que el Caballero D’Eon, conocido como Lia de
Beuaumont había sido un hombre. Me pareció fascinante esta
historia.
Otro aspecto que me gustó desde el momento mismo de conocer el
nombre del grupo fue aquello de ‘Inteligencia Transgenérica’.
Podría parecer un poco pretencioso, pero ciertamente daba
cuenta del interés de sus fundadoras para hacer planteamientos
inteligentes y reivindicar el transgénero, asunto que durante
mucho tiempo había sido motivo de burla y escarnio.
No recuerdo muy bien qué más platicamos aquel día, lo que
tengo más presente fue la buena disposición de la coordinadora
general de Eón para ayudarme, para apoyarme en lo que fuera
necesario. Dejé de sentirme un bicho raro; por el contrario,
me di cuenta que Ánxélica y yo teníamos mucho en común. Así
como yo había jugado rugby hacía no muchos años, ella –o él,
según se viera- había practicado el futbol americano. Además,
estaba casado y tenía un hijo.
Luego de platicar con Anxélica pude conversar con muchos otros
miembros del grupo y en casi todos los casos la historia era
muy parecida. Minutos después llegó Sofía, una persona de más
de 40 años vestida como toda una dama. Me enteré que era
maestra en una universidad y que todo el tiempo vestía con
ropa de mujer, aún en sus clases. Platiqué con ella y me dijo
que era transexual, y que hacía no muchos años había empezado
a vivir en su rol femenino. Me comentó que en la universidad
donde daba clases desde hacía diez años le dijeron que no
había ningún reglamento que le impidiera ir como mejor se
sintiera. -Claro que hubo gente que me rechazó al principio
–dijo- pero fueron los menos. Más bien esto me permitió darme
cuenta de toda la gente que me apoyaba.
Al término de la reunión, y de regreso a casa, tenía mil cosas
en qué pensar. Me llamaba mucho la atención, por ejemplo, que
la parte masculina de Anxélica pudiera ser tan viril como la
de cualquiera de mis compañeros del rugby. De alguna manera yo
pensaba que las personas travestis eran hombres afeminados, y
yo no me identificaba con esa imagen; así es que no cabía ni
entre los hombres, hombres –por decirlo así- ni entre los
travestis. Pero al ver a Anxélica de inmediato me identifique
y dejé de sentirme extraño.
Sofía también me puso a pensar. ¿Así que era posible vivir
como mujer las 24 horas del día e, incluso, ir a trabajar con
faldas y con los labios pintados? Qué maravilla. Una nueva
etapa de mi vida comenzaba en ese momento.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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