P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 13º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

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( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

XLIII 

Cierta ocasión en que fui a lavar el auto a un negocio especializado tuve que esperar pacientemente en una salita. Ahí me encontré con revistas del corazón y me puse a hojearlas, con la única intención de matar el tiempo mientras quedaba listo el coche.

Llegué a la sección de encuentros. Hombres y mujeres solitarios escribían en espera de encontrar un romance por correspondencia. Me puse a pensar.

Al día siguiente acudí a la oficina de correos y contraté un apartado postal. Por la noche, en mi casa, me puse a escribir. Inventé que yo era una joven de 22 años, chiapaneca, soltera y en busca de amigos. Conté toda una historia de cómo había sido mi vida, mis gustos, mis ilusiones, y una descripción de cómo era físicamente. No puse que fuera miss Universo, pero dejé entrever que tampoco era fea.

Compré una de las revistas como la que había visto en el autolavado, busqué alguna de las cartas que me parecieron más convincentes y les escribí, dando como dirección mi apartado postal.

No es que me gustaran los hombres ni que quisiera sostener un romance con uno de esos corazones solitarios. Lo que yo quería era que me trataran como a una mujer, así fuera por correspondencia.

Disfruté mucho al momento mismo de escribir las cartas. Al describirme, al hablar de mí en femenino, al contar mis anhelos de mujer. Es curioso, pero el solo hecho de escribir que estaba muy ilusionada –y no ilusionado- ya me hacía sentir bien.

Deposité las cartas en el buzón y luego de dos o tres semanas acudí al apartado postal en busca de las respuestas.

No sé si mi descripción fue muy mala, si de alguna manera descubrieron que yo no era una mujer o si las cartas se perdieron en el camino, lo cierto es que nunca obtuve respuesta. Llegué a pensar que esa sección era una tomada de pelo y que los supuestos corazones solitarios que escribían eran un invento de los editores.

El caso es que me di cuenta que había otras maneras de sentirme mujer. Y me acordé de aquellas llamadas telefónicas de mi adolescencia, cuando me hacía pasar por mujer. 

XLIV

 

Meses después llegaron a vivir conmigo Olivia y el niño. Me dio gusto, ciertamente, pues no quería perderme la oportunidad de ver crecer a mi hijo y, por otra parte, ya no aguantaba la soledad. Lo único que lamentaba es que ya no tendría las mismas oportunidades de vestirme que cuando estaba solo; aunque mi razonamiento era que al tener a mi esposa conmigo y recuperar la actividad sexual, ya no sería necesario que me travistiera.

Así es que, como en otras oportunidades, días antes de que llegara mi familia me vestí, pasé toda la tarde y noche como una mujer y al día siguiente, luego de bañarme y cambiarme, puse todas las prendas en una bolsa y las fui a arrojar al río Grijalva.

Las primeras semanas fueron una segunda luna de miel. Pero no habrían pasado ni dos meses cuando, otra vez, se hizo presente en mí el deseo de ponerme la ropa de mi esposa, o mis propias faldas que seguramente reposaban en el fondo del Grijalva.

Debía conformarme, entonces, con los premios de consolación que esporádicamente me ofrecía mi mujer, la posibilidad de ponerme su ropa interior al hacer el amor. Claro que ahora había menos oportunidades, pues al crecer el niño Olivia no dejaba de tener ciertos temores de que súbitamente se metiera a nuestra recámara y nos descubriera. -Si nos descubre haciendo el amor -decía ella- como quiera le podríamos explicar cualquier cosa, pero si te ve con mi ropa sería un trauma.

Otro detalle bastante incómodo es que cuando lo hacíamos de esa manera tenía que ser con la luz apagada, un poco para evitar que nuestro hijo me viera en caso de entrar y un mucho porque era mi esposa la no quería verme con esa indumentaria.

Entiendo que para ella la situación no era nada fácil. Y aprecio enormemente el esfuerzo que seguramente hacía para complacerme. Pero lo cierto es que si en algún momento lo disfruto, quizá porque aquello me provocaba una mayor excitación, ahora era una situación incómoda para ella.

Yo gozaba al tener vida sexual con mi mujer, ya fuera con su ropa o sin ella, pero extrañaba mucho aquellas noches de viernes en las que, al llegar del trabajo, me despojaba de camisa, pantalón y calcetines, y me ponía las medias, las pantaletas, el brasier y el camisón. Tenía muchas ganas de pintarme las uñas, de maquillarme, de ponerme aretes, collar y pulseras. Pero imposible, no había manera de quedarme solo en casa.

Por mi mente cruzaron muchas ideas. Pensaba que podría inventar un viaje a San Cristóbal de las Casas –hermoso lugar colonial a poco más de hora y media de Tuxtla Gutiérrez- meterme a un hotel y cambiarme. Entonces saldría a pasear por la plaza principal del pueblo convertido en una hermosa mujer. Sólo lo pensaba, pero no me atrevía.

Otra idea, menos audaz, era llegar al hotel, vestirme y bajar al restaurante a cenar. Tampoco me atrevía. Llegué a urdir un plan aún más conservador. Llegar al mismo hotel, cambiarme de la cintura para abajo, ponerme solamente medias, falda y tacones altos, y así bajar a cenar. Pero por más vueltas que le daba no acababa de convencerme.

Mis argumentos eran que no tendría caso gastar tanto, en hotel, gasolina y ropa, para después tener que deshacerme de las prendas que comprara. Pero en el fondo sabia muy bien que era el miedo lo que me impedía llevar a cabo mis planes.

XLV

 

Así pasé poco más de los dos años siguientes en Chiapas. Pensando cómo poder hacer lo que tanto me gustaba pero renunciando en cuanto se presentaba cualquier obstáculo. Y vaya que había obstáculos.

No tardaron en surgir dificultades con mi pareja; cualquier pretexto era bueno. Ya fuera los chismes de la gente acerca de que me habían visto con otra, hasta dificultades cuando mis hijas del primer matrimonio llegaron a pasar unas semanas conmigo en vacaciones.

El encanto de los primeros años de casados se había quedado muy atrás, en el lejano departamento del sur de la Ciudad de México, de donde salimos para emprender la aventura chiapaneca.

Mi hijo me daba muchas satisfacciones, lo veía crecer y empezaba a enseñarle los secretos del futbol. Me aterraba pensar que algún día se enterara de otros secretos, los que yo guardaba celosamente en el fondo de mi conciencia.

Los 40 años me sorprendieron en Tuxtla Gutiérrez. Acostumbrados como estamos a pensar la vida cíclicamente, me di cuenta que se cerraba un ciclo importante. Y constataba que el tiempo no daba tregua. En lo profesional y en lo económico no podía quejarme, en cuestiones de salud tampoco. Mi trabajo era gratificante, bien remunerado y me dejaba tiempo para hacer ejercicio, ya fuera nadar, correr o simplemente ir al parque a jugar futbol con mi hijo. Me sentía mucho más joven que lo que pudiera declarar mi acta de nacimiento.

Pero por otra parte me daba cuenta que de nada, o de muy poco, había servido el correr del tiempo en otros aspectos. Si Sonia, la vecina brasileña, quiso decir alguna vez que el travestismo se me quitaría con la edad, estuvo muy equivocada. A mis cuarenta años seguía teniendo las mismas dudas, los mismos temores, los mismos remordimientos. Lo peor de todo, que a mis 40 años seguía siendo el mismo maricón que se ponía vestidos, medias y tacón. El hijo de Asunción no había madurado.

Poco después se acabó el trabajo y tuvimos que regresar a la Ciudad de México. Afortunadamente había podido hacer algunos ahorros, así que no tuvimos muchos problemas. De todas formas, tanto mi esposa como yo nos abocamos a la ingrata tarea de buscar trabajo. Ella lo consiguió muy pronto.

Eso generó una nueva dinámica en nuestra vida. Por las mañanas yo llevaba a mi hijo a la escuela y a mi esposa a su trabajo. Por las tardes recogía al niño y por las noches a mi mujer. El tiempo que me sobraba lo empleaba en buscar trabajo y en mantener la casa en orden. También me ocupaba de preparar la comida para mi hijo y para mí.

Algunos días, cuando no tenía citas de trabajo, aprovechaba para vestirme en las mañanas, mientras mi hijo estaba en la escuela. Esas ocasiones era cuando la casa quedaba más arreglada, pues me daba gusto haciendo las tareas que en otras circunstancias odiaba, como barrer, preparar la comida, lavar trastes y arreglar la casa. Me sentía toda una ama de casa. Lo único malo es que a cierta hora había que cambiarse para ir a recoger a mi hijo a la escuela. Como me hubiera gustado ir de faldas y que todos creyeran que yo era su mamá. Pero ni pensarlo.

XLVI

 

Las posibilidades de vestirme hicieron que me olvidara por un momento de aquellos planes audaces en San Cristóbal de las Casas, los de vestirme en un hotel para salir a caminar por la ciudad.

Había un detalle, sin embargo, que hacía que las cosas fueran diferentes. Un cuarto de servicio en la casa me permitía tener mis cosas sin que Olivia se enterara, así es que el argumento de que era gastar mucho para luego tener que deshacerme de la ropa ya no funcionaba.

Pensé, entonces, en irme a Toluca –San Cristóbal ya quedaba muy lejos- y hacer exactamente lo mismo que había planeado en aquella ciudad colonial. Tenía miedo, cierto, pero por otro lado deseaba fervientemente que alguien me viera convertido en una mujer.

Se me ocurrió otro plan aún más conservador. Ir a un hotel, vestirme y desde ahí ordenar algo de comer al restaurante. No tendría que exponerme ante todo mundo, solamente el encargado de llevar las viandas me vería. Era suficiente.

Muchas otras ideas revoloteaban en mi mente. Se me antojaba mucho arreglarme como para ir a una fiesta, con vestido largo y un maquillaje perfecto. Sabía que existían lugares que alquilaban vestidos de noche, entonces se me ocurrió que podría ser muy agradable rentar uno de ellos y ponérmelo, aunque sólo fuera en la intimidad de un cuarto de hotel. Claro que no era fácil llegar y decir quiero alquilar un vestido, y que me dijera la empleada, claro que sí señor, pase a probárselo. Imaginaba, entonces, que podía decir que era para mi madre que vendría de provincia a la boda de mi hermano pero que no tendría tiempo de pasar al establecimiento a probárselo. Más aún, pensaba también en contratar a una señora que me maquillara; lo mismo, decirle que mi madre llegaría de provincia a un hotel y que fuera al cuarto de hotel a maquillarla, si en ese momento se daba cuenta que no había tal y que la supuesta madre era yo mismo, pues ya ni modo, quizá estando ahí no le importaría maquilar a quien fuera con tal de cobrar sus honorarios.

Es increíble cómo estas cosas despertaban mi imaginación. Lo terrible del caso es que los planes no pasaban de ahí. Eran sólo sueños, fantasías que yo pensaba que algún día las podría llevar a la realidad pero que en el momento preciso se quedaban en el aire, como pompas de jabón que reventaban a la menor provocación.

En ese entonces, y por razones de trabajo, tuve que meterme a Internet; había que mandar mi currículum por e-mail. Acudí a un cybercafé, me auxiliaron para que abriera una dirección de correo electrónico y me explicaron cómo mandar y recibir mensajes.

Aquello abrió nuevos horizontes. A los pocos días me explicaron cómo funcionaban los chats, salas virtuales donde se podía platicar por escrito con gente de todo el mundo. Para mí era algo maravilloso, no podían verme, no podían escuchar mi voz, así que podía hacerme pasar por mujer para que me trataran como tal.

Las posibilidades eran ilimitadas, podía ser una jovencita de 17 años, una mujer de 30 o una señora de 40, lo que quisiera. Podía ser rubia, morena, alta, delgada... yo mismo me inventaba una y otra vez.

Las conversaciones en el chat no pasaban de ser banales e intrascendentes. Descubrí –o confirmé- que a la mayoría de los hombres, al menos los que entraban a esos lugares, sólo les interesaba el sexo. Pero en una de esas conversé con un chico argentino que me cayó muy bien. Y creo que yo también le simpaticé. Al término de la charla me pidió mi dirección de correo electrónico, me dijo que quería seguir en contacto conmigo. Obviamente no le iba a dar mi verdadera dirección; tuve que decirle que aún no tenía. Pero él me dio la suya y me dijo que en cuanto abriera una dirección le escribiera.

Volví a pedir ayuda para abrir otra dirección electrónica. Inventé que mi hija se había ido a vivir a Guadalajara y que deseaba mantenerme con contacto con ella a través del Internet. Dije que ella era muy desidiosa y que jamás acudiría a sacar una dirección electrónica, así es que yo tenia que hacerlo desde aquí.  Al momento de dar los datos dije que mi hija tenía 21 años y que se llamaba Mayela Beltrán. En cuanto tuve la nueva dirección acudí a otro cybercafé –no sé porqué, pero sentía que se darían cuenta si lo hacía desde ahí mismo- y desde ahí le mandé un e-mail al argentino. Se llamaba Ángel.

Todos los días acudía a revisar mi correo y todos los días encontraba mensajes de Ángel. Poco a poco nos fuimos conociendo mejor. Yo me inventé toda mi vida, estaba por terminar la carrera de Comunicación, vivía con mis padres y era muy buena para el nado sincronizado.

Con el tiempo Ángel se empezó a enamorar de mí. Yo sentía muy bonito cuando él me decía palabras tiernas, o cuando me platicaba que se la pasaba pensando en mí. Yo me sentía muy bien, no por relacionarme con un hombre, sino porque él me trataba como a una mujer. Llegó a estar tan entusiasmado este joven que en alguno de los correos me dijo que ya estaba ahorrando para venir a México. Me asusté un poco, pues habría sido imposible llevar la fantasía hasta esos niveles, pero afortunadamente nunca más volvió a tocar el tema con seriedad, solamente decía que le encantaría conocerme, que si yo no podía ir a Argentina, que podríamos vernos en un punto intermedio y cosas por el estilo, pero no pasaba de buenas intenciones.

Más de una ocasión, por las noches, me descubrí pensando en Ángel. Y otra vez me asaltaban las dudas, y otra vez me sentía mal conmigo mismo. ¿Cómo es posible que me ponga a pensar en un hombre? ¿cómo es posible que me emocione al leer los mensajes de un hombre? ¿cómo es posible que llegue con ilusión a buscar en mi correo el mensaje de un hombre?. ¿Es que acaso soy un homosexual? Me aterraba la idea de descubrirme gay y más de una vez me hacía el propósito de no volver a escribirle a Ángel; pero en cuando llegaba al Internet lo primero que hacía era buscar sus mensajes.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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