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( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
XXXIX
Viví
más de un año, solo, en casa de la abuela. En ese tiempo
adquirí una buena dotación de ropa, cosméticos y zapatillas.
Muchas veces pasé la noche con las uñas pintadas, con medias y
camisón. Y al despertar el inevitable desahogo sexual en
solitario. Era agradable, pero no me llenaba.
Tuve una novia por unos meses, pero nada formal. Ella era una
mujer posesiva y aunque el ámbito sexual era satisfactorio yo
lo que quería era compartir mi libertad, pero no entregársela
por completo. Ni siquiera fue un aliciente que me ayudara a
olvidar mi travestismo. Más aún, en cierta ocasión en que
llegó a mi casa para pasar la noche, al ir al baño me encontré
con sus medias y su brasier... tuve unos enormes deseos de
ponérmelos.
Meses después, sin embargo, conocí a otra mujer, completamente
diferente. Era tierna, dulce y muy femenina, además de culta e
inteligente, atributos que, desde luego, no tienen porqué ser
excluyentes pero que por alguna extraña razón no suelen
encontrarse juntos.
Empezamos a salir. Yo estaba muy entusiasmado, pero no quería
precipitar las cosas. Desde los primeros momentos me di cuenta
que ella podía ser mi compañera en un futuro, quien acabara
con mi soledad y me permitiera compartir mis anhelos y
frustraciones.
Me estaba enamorando de Olivia. Como en los viejos tiempos,
cuando de joven me fijaba en una mujer, ahora también me
empecé a olvidar del travestismo. Llegué a ilusionarme tanto
con ella, que me prometí a mí mismo, y a ese Dios en quien
creía, que si llegaba el momento de poder juntar nuestros
cuerpos, de inmediato procedería a deshacerme de toda la ropa
de mujer que había comprado.
No fue rápido, ni fue fácil. Requirió paciencia, entrega, y
diría que hasta algo de astucia. Finalmente llegó el momento
en el que empezamos a salir de una manera más formal, y a
partir de ahí, adultos y enamorados al fin, vivimos en la
intimidad el ritual más antiguo y más intenso que pueden vivir
dos amantes.
Al día siguiente, fiel a mi promesa, junté todas mis cosas.
Vestidos... faldas... zapatos de tacón alto... cosméticos...
alhajas... no guardé nada. Pensé en obsequiarle algunas cosas,
pero habría sido muy difícil explicar su procedencia, pues se
notaba que no eran nuevas. Lo más probable es que ella
sospechara que habían pertenecido a mi ex esposa, lo que sin
duda habría resultado de muy mal gusto. Así es que en solemne
ceremonia guardé todas las cosas en unas bolsas de plástico y
fui a depositarlas debajo de un puente peatonal en la colonia
Tacubaya. Deseé que las encontrara una joven que pudiera
aprovechar esas prendas que durante mucho tiempo me provocaron
tanta ilusión pero que yo ya no iba a necesitar jamás, al fin
había encontrado a una mujer.
XL
La relación con Olivia es maravillosa. Nos entendemos en todo,
nos gustan las mismas cosas, nos queremos.
Como en otras ocasiones, eso hace que me olvide un poco del
travestismo, pero sólo un poco.
En cierta ocasión planeamos un viaje a Valle de Bravo. A mis
33 años y a sus 27 no tenemos que pedirle permiso a nadie,
pero como ella vive con sus padres, para evitar explicaciones
deja su maleta en mi casa desde el día anterior. Por la noche,
no puedo evitar la tentación de abrirla. No es un interés
morboso ni mucho menos, tampoco quiero saber qué lleva al
viaje, simplemente es poder conocer su ropa; o más que
conocer, porque más de una vez se la he visto puesta, es
poderla sentir, palpar. Es terrible, me doy cuenta que no
tengo remedio pues siento un enorme deseo de ponérmela. Claro
que no lo hago, está tan bien planchada y tan bien doblada que
no me siento capaz de volverla a dejar igual.
Pero lo que me hace sentir muy mal es saber que sigue mi
obsesión de ponerme unas pantaletas, un brasier, unos tacones
altos... ¿pero... es voy a llegar a la ancianidad con este
mismo deseo de ponerme unas medias? No puede ser.
No hago ningún comentario y al día siguiente viajamos a Valle
de Bravo. Es un viaje maravilloso, nosotros dos solos, sin
nadie que nos interrumpa, sin nada que nos perturbe, sin tener
que llevarla a su casa a las 11 de la noche.
Pero verla con esa ropa interior que descubrí en su maleta la
noche anterior me provoca sensaciones encontradas. Lo primero
que viene a mi mente es que luce hermosa, bellísima, pero
luego de eso pienso en cómo me vería yo con esas prendas, en
querer sentirlas yo mismo en mi piel.
Aún en la cama, y en una tregua que se dan nuestros cuerpos,
nos miramos a los ojos, emocionados. Ella me observa
detenidamente y me dice que le encantan mis ojos. -¿Te
imaginas cómo se te verían con rimel? –me pregunta.
-¿Con rimel? –me sorprende su comentario.
-Sí, con esas pestañas imagínate. Me gustaría ponerte rimel un
día, para ver cómo te ves.
-Pues cuando quieras –respondo, tratando de seguir la broma
pero con un deseo enorme de que no fuera solamente una broma.
Y me acuerdo de Yasmín y de mi ex esposa, cuando
respectivamente me colocaron una falda por encima de los
pantalones y un brasier. Ahora Olivia dice que le gustaría
aplicarme rimel en las pestañas. ¿Por qué será que a algunas
mujeres les parece tan divertido jugar con feminizar a su
hombre, pero al momento de verlo feminizado de verdad ponen el
grito en el cielo?
Semanas después no puedo resistir la tentación. Estamos en mi
casa –mi abuela se ha ido a vivir definitivamente con mis
papás- y nos besamos, nos tocamos, nos acariciamos. Ella está
casi completamente desnuda, sólo unas pantaletas me separan de
su intimidad. Entonces invento:
-¿Te puedo decir una cosa y no la tomas a mal, mi amor?
-Dime –responde ella, cariñosa.
-¿Sabes? Me gustaría ponerme tus pantaletas... no vayas a
pensar mal, es que, al sentir la humedad de tu ropa en mi piel
imagino que así estoy más dentro de ti. Pero si eso te hace
sentir mal no me hagas caso.
Ella pone cara de extrañeza, pero acepta. En cuanto me las
pongo mi excitación crece y me parece que ella se da cuenta.
Hacemos el amor de una manera sublime.
A partir de ese momento es frecuente que ella me preste sus
prendas íntimas. Sabe que al darme ese extraño gusto ella
también sale ganando pues mi deseo –y no solamente mi deseo-
se hace más grande.
Yo disfruto mucho todo esto, sin embargo me cuestiono acerca
de esas inclinaciones que parecen la peor de las plagas, el
más grande de los vicios; no hay manera de dejarlas.
Pienso si debiera hablar con ella abiertamente o dejar que
sigan las cosas como están.
Recuerdo que, en mi primer matrimonio, a mi entonces esposa la
noticia le cayó como un balde de agua. No quiero correr el
mismo riesgo; es preferible que Olivia lo sepa de una vez,
antes de que nos casemos, pues ya hemos hablado de unirnos en
matrimonio.
XLI
Es un sábado en la mañana. He invitado a Olivia a desayunar a
mi casa. Luce preciosa, un pantalón blanco ajustado, una blusa
azul rey sin mangas y el rostro tan hermoso como siempre.
Luego de un suculento desayuno en el que me he esmerado para
complacerla –jugo de naranja, huevos rancheros, frijoles
refritos, café y pan dulce- pasamos a la sala.
Yo estoy muy nervioso. He decidido contarle mi secreto y no sé
cómo vaya a reaccionar.
Trato de ir directo al grano, pero no puedo. Es algo tan
íntimo y que he debido callar por tanto tiempo que me cuesta
mucho trabajo sacarlo. Siento que a partir de este momento mi
imagen ante Olivia puede quedar destruida. Ella me considera
un hombre fuerte, protector, hasta rudo cuando me acompaña al
rugby y me ve salir con el labio ensangrentado luego de una
jugada violenta en donde el codo de un adversario se estrella
contra mi boca.
Luego de muchos rodeos finalmente empiezo a tocar el tema.
-Creo que es necesario que sepas esto de mi vida. Ya no es
importante, y ahorita te voy a decir por qué, pero de todos
modos prefiero que lo sepas.
-¿De que se trata? –pregunta ella, intrigada.
-Mira, desde muy chico me ha gustado... bueno... no sé por
qué... pero me ha gustado mucho la ropa de mujer.
-¿Qué tiene de raro? –dice ella- a muchos hombres les gusta la
ropa de las mujeres, eso es lo que se conoce como fetichismo,
¿no?
-Sí, pero en mi caso... no sé cómo decirte. No es solamente...
o sea... me encanta ver a las mujeres con ropa interior, no
sé, con un liguero, unas medias... pero... pero a veces a mí
me gusta ponerme esa ropa.
-¿Te gusta ponerte medias y ligueros? –pregunta asustada.
-Bueno –trato de matizar- hubo un tiempo en el que me gustaba,
y de repente todavía se me antoja.
-¿En tu anterior matrimonio hacías eso?
-Al final –concedo- pero eso no tuvo nada que ver con el
divorcio. Más bien al revés. En los últimos años nuestra vida
sexual fue un desastre, casi no teníamos relaciones. Entonces
sí, en ocasiones me ponía esa ropa. Pero lo que pasaba es que
al no tener una mujer a mi lado, pues yo quería ser esa mujer.
La cara de Olivia es de asombro y tristeza, no puede creerlo.
-¿Y salías así a la calle? –pregunta.
-Una vez, cuando vivíamos en Guadalajara –confieso, y noto que
a Olivia le brota una lágrima.
-Pero no te preocupes mi amor –trato de tranquilizarla- eso
fue antes, en otras circunstancias. Yo estoy seguro que
contigo las cosas serán diferentes. Mientras tengamos una
buena vida sexual pues no habrá necesidad de que me ponga esa
ropa. De veras.
-Yo no podría soportarlo.
-No te preocupes, mi amor. Sólo quería que estuvieras
enterada, pero vas a ver que no habrá problema.
-¿Me prometes que nunca más vas a salir así a la calle?
-Claro que sí. Te digo que mientras tenga una mujer a mi lado
no tendré porqué buscar ser yo mismo esa mujer. Y contigo las
cosas van muy bien.
Olivia se entristece. No hay enojo ni reclamos ni nada por el
estilo. Más bien tristeza. Me pide que la lleve a su casa, que
quiere pensar y asimilar las cosas. Que entienda que no es
algo que pueda manejar fácilmente, pero que me agradece que le
haya tenido confianza para contarle esto que es tan
complicado.
La llevo a su casa y me quedo pensando todo el fin de semana.
En verdad creo lo que le he dicho. Estoy convencido que con
ella a mi lado y con una vida sexual activa ya no tendría
necesidad de hacer esas cosas. Tengo un velo que me impide ver
las cosas con claridad. No me doy cuenta que a pesar de
tenerla a mi lado y de compartir con ella mi sexualidad, sigo
pensando en cómo me vería yo con su ropa y busco la manera de
que me preste sus prendas íntimas.
El lunes que volvimos a vernos ya estaba más tranquila. Me
reiteró que no aguantaría saber que salgo a la calle con ropa
de mujer y me pidió que no habláramos más del tema.
XLII
Los meses siguientes pasaron sin muchos contratiempos. Olivia
y yo nos veíamos con regularidad y una o dos veces a la semana
teníamos oportunidad de pasar unos momentos en mi casa. De
repente ella accedía a que yo me pusiera alguna de sus
prendas, unas medias, unas pantaletas, no más. Yo lo
disfrutaba mucho y se lo agradecía en silencio.
Fiel a mi promesa, no volví a comprarme ropa de mujer ni me
ponía nada de no ser en su presencia.
Nos casamos y poco antes de cumplir un año llegó un bebé. Yo
tuve la oportunidad de estar en el parto y lo primero que vi
cuando nació es que era un varón. Me puse feliz, tendría a
quien enseñarle los secretos del rugby y del futbol. Sería mi
compañero de aventuras.
Los primeros años fueron de una felicidad inimaginable.
Juntos, veíamos el crecimiento de nuestro hijo y veíamos cómo
también iba creciendo nuestro amor.
Tiempo después el trabajo me llevó a vivir a Chiapas. En un
principio me fui yo solo, la idea es que una vez que el
trabajo se consolidara me alcanzaran mi esposa y mi hijo que
para ese entonces estaba por cumplir los cuatro años.
No pasó mucho tiempo antes de que me volviera a comprar ropa
de mujer. En un principio fueron medias y ropa interior,
después un camisón y finalmente una falda, una blusa y algunos
cosméticos. Había roto la promesa hecha años atrás. Yo me
justificaba diciendo que mi esposa estaba lejos, lo que me
provocaba una abstinencia sexual. Era preferible, decía para
mis adentros, ponerme esa ropa y buscar la autocomplacencia,
que buscar desahogarme con una mujer.
Mis compañeros de trabajo, también emigrados de la Ciudad de
México, eran el prototipo del macho mexicano. Albureros, con
una imagen de la mujer muy devaluada y que a la menor
oportunidad iban a los entonces nacientes table dance.
Muchas ocasiones me invitaban a sus francachelas, cosa que yo
trataba de evadir con cualquier pretexto. Cierta ocasión, sin
embargo, fue inevitable negarme.
He de confesar que me la pasé muy mal. No niego que me
gustaban –y me siguen gustando- las mujeres, y que me excitaba
ver cómo las bailarinas se iban despojando de la ropa.
Confieso, también, que a la muchacha que llevaron a la mesa le
acaricié las piernas dos o tres veces. Pero después de ver a
10 bailarinas y de estar dos horas viendo cómo manoseaban de
manera grosera a las pobres meretrices, lo único que quería
era irme a mi casa. Me indignaba la forma en que trataban a la
mujer, como si fuera un ser inferior única y exclusivamente al
servicio de los hombres. Pero imposible decir algo, había que
mantener las apariencias y dar la imagen de un hombre muy
hombre, de un macho, pues. Pude zafarme de irme a la cama con
una sexoservidora; alegué que el lugar no me inspiraba
confianza y que no quería correr riesgos de pescar una
enfermedad.
A las tres o cuatro de la mañana por fin llegué a mi casa.
Entonces hice lo que hubiera querido hacer en lugar de irme a
meter horas y horas a ese tugurio. Me puse las prendas que ya
había adquirido, me pinté las uñas y me dormí. En mi interior
pensaba que finalmente mi gusto por travestirme me ayudaba a
serle fiel a mi esposa.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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