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Cada publicación
consta de tres capítulos.
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9º
10º
( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
XXXV
Efectivamente,
en mi hija pude volcar una parte de mi feminidad reprimida. Le
compraba vestidos, muñecas, le contaba cuentos de hadas...
pero más allá de todo eso, yo estaba feliz con ella.
Además del firme propósito que me había hecho de dejar atrás
el travestismo, la responsabilidad de ser papá me ayudaba a
cumplir con mis buenas intenciones.
Y una vez más, como cuando tuve mi primera novia o como cuando
me casé, ahora me dije: –Jorge, ya eres un padre de familia
respetable, ya no tienes por qué estar pensando en esas
tonterías.
Si todo lo anterior no bastara, el hecho de que mi esposa no
trabajara y se quedara en casa todo el día con la niña, hacía
imposible cualquier posibilidad de quedarme solo. Así es que
pasé un buen rato sin travestirme.
Me sentía tan bien, disfrutaba tanto el verme como un padre de
familia, que acepté con gusto la invitación que un antiguo
amigo mío, compañero de viejas correrías futbolísticas, me
hizo para integrarme a un equipo de rugby.
-¿Rugby? –pregunté sorprendido- ¿a poco se juega rugby en
México?
-Sí –me dijo- son unos cuántos equipos, pero se la pasa uno
bien, es buen ejercicio.
Yo había visto reportajes en televisión de este deporte, sin
duda uno de los más violentos, pues utiliza muchos de los
recursos del fútbol americano, como las tacleadas, pero sin
ninguna protección. Me enteré que el rugby era hermano del
fútbol soccer y padre del fútbol americano.
Me pareció que era el complemento perfecto a la vida que
llevaba en ese momento. A mis 27 años, y gracias al gimnasio,
la natación y el fútbol, estaba en condiciones de emprender
esta nueva aventura. Además, qué actividad puede ser más
masculina y viril que un deporte como el rugby. Mi hija
crecería y se pondría orgullosa de mí.
Tres meses después, y siendo yo un auténtico guerrero del
rugby, nació nuestra segunda hija, a pesar de que mi esposa y
yo llevábamos una vida sexual muy limitada. También fue una
hermosa y linda niña. Me llenó de ilusión.
No había cumplido un año la pequeña cuando la empresa para la
que yo trabajaba emigró a la ciudad de Guadalajara.
El éxodo nos vino bien y mi esposa y yo lo tomamos como una
buena oportunidad de enderezar una relación que hacía tiempo
había empezado a dar evidentes muestras de desgaste.
Al principio las cosas marcharon bien, podía comer con la
familia todos los días, convivir más con mis hijas y tener más
tiempo para mi pareja. Lo único que extrañaba era a los amigos
que había dejado en la Ciudad de México y, sobre todo, el
rugby.
Al cabo de unos meses, sin embargo, la convivencia con mi
esposa resultó contraproducente. Ahora teníamos más tiempo
para estar juntos, cierto, pero era tiempo que empleábamos en
peleas y discusiones tontas. Además, nuestra vida sexual no
había mejorado en absoluto.
Fue entonces que a mi mujer le dio por irse algunos fines de
semana con sus papás a la Ciudad de México, desde luego que se
llevaba a mis hijas. Yo me quedaba solo en casa, con un clóset
repleto de faldas, vestidos, blusas, tacones altos...sí,
efectivamente, mis buenas intenciones se fueron por la borda,
una vez más. Lo primero que hice fue rasurarme la barba.
Si en un principio me molestaba que mi esposa se llevara a mis
hijas algunos fines de semana, ahora esperaba ansioso ese
momento. Era maravilloso llevarlas a la estación del
ferrocarril los viernes en la noche, regresar a la casa,
bañarme y al salir del baño maquillarme y ponerme toda esa
ropa que tanto me gustaba.
Era agradable prepararme de cenar vestido como una mujer,
ponerme un camisón para dormir y al día siguiente, al
despertar, descubrirme con las uñas pintadas y la ropa
femenina. Entonces me volvía a maquillar, me ponía un vestido
y así me la pasaba toda la mañana, preparando mi comida,
haciendo quehacer o escuchando música.
Uno de esos viernes por la noche, mientras yo estaba viendo la
tele vestido como toda una dama, sonó el timbre. Mi corazón se
agitó aceleradamente, lo primero que pensé es que había
ocurrido algún contratiempo en los ferrocarriles y que no
había salido el tren a la Ciudad de México; en consecuencia mi
esposa y mis hijas estaban de regreso.
Me dirigí a una de las recámaras con la intención de asomarme.
Si eran ellas tendría que encerrarme en el baño, pero entonces
no podrían entrar. Ya sé, sin que me vieran les arrojaría las
llaves por la ventana y de inmediato me metería al baño, otra
vez a fingir un malestar. No, nada funcionaría, estaba en
serios problemas.
Discretamente corrí muy despacio la cortina de la ventana.
Respiré, no eran ellas. La que tocaba el timbre era Mariana,
una muy buena amiga mía, psicóloga por cierto, con la que
había hecho algunas investigaciones sobre niños de la calle y
con quien de repente me iba a jugar frontenis los domingos. En
verdad la apreciaba, era de las pocas personas que conocí en
Guadalajara con las que me llevaba bien.
En otras circunstancias me habría dado un enorme gusto hacerla
pasar, invitarle un café o un tequila y platicar tan sabroso
como sólo con ella podía hacerlo. Pero en mi condición, con
las uñas pintadas y el rostro maquillado... no, imposible.
Pensé en cambiarme para bajar a abrir, pero calculé que
tardaría tanto tiempo que antes de que terminara ella se
habría marchado. Además, no quería acabar tan pronto con mi
ensoñación femenina.
Mariana seguía tocando. Seguramente al ver el auto y algunas
luces encendidas asumió que había alguien en casa. Pensé en
abrirle la puerta y que me viera tal como estaba, explicarle
y, en todo caso, pedirle que me ayudara a encontrar
explicaciones a todo esto. Al fin y al cabo, ella era una
psicóloga y sabría algo más que el nombre de mi
“padecimiento”.
Durante un buen rato me debatí entre abrirle la puerta y
platicar con ella, o dejar que se aburriera de tocar el
timbre.
Me acordé de aquella vez que intenté platicar con Sonia, la
vecina brasileña, o de cuando al fin me decidí a hablar con el
curita. Fueron muchos días de estar piense y piense antes de
lanzarme a hacerlo. No podía esperarse que ahora, en sólo unos
minutos, me decidiera a abrirme de capa con mi amiga.
A la distancia pienso que lo mejor hubiera sido abrir la
puerta, confiarle mi secreto y escuchar sus puntos de vista.
No me cabe duda que habría sido lo suficientemente discreta, y
se me ocurre pensar que en su condición de psicóloga quizá
hasta me habría ayudado bastante.
Recuerdo ese momento, los nervios, la emoción, el miedo... lo
pensé demasiado. Y antes de que pudiera tomar una decisión,
Mariana se desesperó y se fue.
No obstante, la inquietud se había vuelto a hacer presente.
Era necesario hablar con esto de alguien que me entendiera.
Esto me rebasaba por completo, no podía controlarlo.
Debía encontrar explicaciones. Y es que, mientras duraba el
hechizo de las medias y el vestido, aquello era sensacional,
fantástico. Pero luego venía el vacío, la cruda moral, las
dudas, el miedo, los sentimientos de culpa, los
remordimientos... Soy el padre de dos niñas, me decía a mí
mismo, no puedo estar haciendo estas mariconerías. Pero
entonces, ¿por qué lo hacía? Yo siempre había sido una persona
equilibrada, mesurada; vamos, ni siquiera fumaba y si bebía
alcohol era muy de vez en cuando, en fiestas y reuniones
sociales, y con moderación. Nada de vicios, responsable y
trabajador; ¿por qué, entonces, unos trapos eran capaces de
dominarme? ¿por qué unos tacones altos podían más que mi
propia voluntad? Eran preguntas para las que no tenía
respuestas. ¿Acaso Mariana, la psicóloga, las tendría?
XXXVI
Después de más de diez años de aquella primera vez, volví a
salir.
Fue un fin de semana en el que, como muchos otros, mi esposa y
mis hijas se fueron a la Ciudad de México.
Por alguna razón, en esta ocasión no me vestí desde el
viernes, sino el sábado en la tarde. Me acuerdo muy bien que
me puse un vestido negro con motivos rojos, de cuello redondo
y manga larga, muy elegante.
Mi intención no era salir, simplemente vestirme, arreglarme y
quedarme en casa como siempre. Pero una vez que terminé de
arreglarme me vi en el espejo y sentí que había quedado
bastante bien, mejor que en otras ocasiones.
Quizá fue que el cabello me había crecido y parecía el de una
mujer, o que estaba aprendiendo a maquillarme mejor o
simplemente que tenía una enorme necesidad de que alguien me
viera, no lo sé a ciencia cierta.
Serían algo así como las ocho de la noche, ya estaba oscuro.
Me puse a ver la tele, pero una y otra vez acudía al espejo
como para preguntarle, espejito, espejito, ¿verdad que soy una
mujer? Y el espejo me contestaba, claro que sí, eres una
hermosa mujer.
Me desesperé. Me daba rabia que tuviera que ser el espejo mi
único admirador. Yo necesitaba que alguien me viera, que
alguien me confirmara que podía pasar entre los demás como una
mujer. Estaba tan ansioso que si en ese momento hubiera
llegado Mariana le habría abierto la puerta. Me hubiera
encantado que llegara.
Pero no llegó. Y yo seguía dándole vueltas y vueltas al
asunto. Me asomé por la ventana y me di cuenta que los vecinos
no estaban en su casa. Las luces se mantenían apagadas y no se
encontraba el auto. Entonces tomé las llaves de la casa y salí
a la banqueta, quería que por lo menos los automovilistas que
pasaban por ahí me vieran por unos segundos. De nuevo la
agradable sensación del aire pasar por entre las piernas.
Habrán pasado tres o cuatro autos, no más. Entonces,
respondiendo más a mis impulsos que a la razón, regresé a la
casa, busqué una bolsa de mi esposa, metí las llaves de la
casa y del auto, algo de dinero, la licencia de conducir y me
subí al coche.
Di algunas vueltas por la ciudad. No tenía un lugar preciso a
dónde ir, simplemente quería salir de esas cuatro paredes que
me aprisionaban.
En una glorieta solitaria vi una farmacia; luego de pensarlo
mucho por fin me estacioné y bajé del auto. Fue deliciosa la
sensación de caminar por las calles, escuchando el sonido de
los tacones sobre el pavimento.
Entré a la farmacia. Además del encargado había un cliente que
ya estaba por irse, nos cruzamos y se me quedo viendo sin
decir nada. Yo me dirigí a uno de los refrigeradores donde
tenían helados, tome uno de chocolate y fui al mostrador; sin
hablar mostré el helado y pagué con un billete que
sobradamente cubría el precio del producto. No quería que mi
voz me delatara. De la misma manera, sin decir una sola
palabra, el empleado me dio el cambio.
Al salir, mientras caminaba hacia el auto por una calle
solitaria, vi una patrulla que circulaba hacia mí. Mi pulso se
aceleró, me puse de todos colores, pensé en regresar a la
farmacia pero temí que fuera peor si intentaba alejarme... no
sabía qué hacer. La patrulla pasó a mi lado, uno de los
policías se me quedó viendo y el vehículo siguió su camino.
Qué susto.
Emocionado, pero todavía asustado por la patrulla, regresé a
la casa. Me reproché el haber salido. Recreaba en mi mente lo
que pudiera haber pasado, veía a la patrulla cómo me llevaba
con lujo de violencia e insultos ante el Ministerio Público,
donde periodistas de pacotilla me tomaban fotos y en donde me
obligaban a pasar la noche en la cárcel. Imaginaba entonces la
escena del lunes en el trabajo; mi jefe me llamaba a su
oficina, me hacía tomar asiento y de la manera más amable me
mostraba mi foto en el periódico y me decía que en esa empresa
no podían darse el lujo de tener maricones trabajando. Qué
imprudente fui al hacer todo esto, pensé. Pero, por otra
parte, me había encantado.
XXXVII
Antes de cumplir nuestro noveno aniversario la relación
matrimonial llegó a extremos insostenibles. Peleas,
discusiones, chantajes y una vida sexual totalmente
insatisfactoria nos llevó a tomar la decisión de separarnos.
En su momento yo pensé que la relación se había empezado a
deteriorar en el momento mismo en que ella dejó de trabajar.
Para mi esposa, la realización profesional era importante. Y
sospeché que no se sentía muy bien con el rol de madre de
familia y ama de casa.
Años después me enteré que el momento crucial fue cuando mi
esposa se enteró de mi travestismo, que a partir de ese
instante ya no pudo disfrutar una vida sexual en pareja. Cada
vez que estaba conmigo en la cama –llegó a decirme- se
imaginaba que estaba con una mujer y no con el hombre con
quien había creído casarse. Al preguntarle por qué razón jamás
habló de eso conmigo, ella mencionó que era porque también se
sentía culpable, pensaba que si yo me vestía como una mujer
era porque ella no era lo suficientemente mujer.
No sé qué tan cierto haya sido todo eso, o si hayan sido
argumentos que, a toro pasado, pudieran exculparla de muchas
otras cosas. Lo cierto es que en algo tenía razón: el asunto
de mi travestismo no sólo me afectaba a mí, también a ella le
había alterado su vida. Ni ella ni yo fuimos educados para
entender estos asuntos.
El caso es que regresó con mis hijas a la Ciudad de México. Y
a mí, la verdad, no se me antojaba seguir viviendo en
Guadalajara, así es que busqué trabajo en el DF y pronto lo
conseguí con unos buenos amigos. Regresé a vivir a casa de mi
abuela materna.
Mi abuela ya no trabajaba, pero pasaba la mayor parte del
tiempo en casa de mis papás, así es que prácticamente tenía su
departamento para mí solo.
Fueron épocas muy difíciles, marcadas por la soledad y por un
sentimiento de fracaso. Desde niño me habían dicho que el
matrimonio era para toda la vida, yo mismo me había dado
cuenta que pese a las dificultades mis padres siempre
siguieron unidos, y aunque me daba cuenta que había parejas
que se divorciaban, yo pensaba que eso jamás me sucedería a
mí.
La ventaja de volver a la Ciudad de México es que me pude
reincorporar al rugby y volver con mis viejos amigos. Todas
mis energías estaban concentradas en el deporte y en el
trabajo. Me puse a leer, a escribir, ya no sabía cómo llenar
mis horas.
Desde luego que, al verme solo y sin tener que estar
escondiéndome de nadie, volví a travestirme, ahora con mayor
frecuencia e intensidad.
Ya no tenía la ropa de mi esposa a mi disposición; las prendas
de mi abuela que alguna vez usé para salir a la calle por
primera vez ya no me quedaban. Entonces hice algo que siempre
había querido hacer: tener mi propio guardarropa.
Cada vez que cobraba me iba a las tiendas de autoservicio y me
compraba una falda, una blusa, un vestido... ropa interior...
ya no me daba pena adquirirla. Lo que me costó más trabajo
fueron los zapatos. Tuve que recorrer varias zapaterías para
encontrar mi número y, una vez que lo hube localizado, comprar
a ciegas pues no podía probármelos. Los primeros pares fueron
blancos, de tacón alto y con tiritas; estaban hermosos. Al
salir de la zapatería no pude esperar a llegar a casa, busqué
una calle solitaria y me los probé. Me quedaban bien.
Pasaba largas horas travestido en el viejo departamento de
Tacubaya, y recordé mi primera salida, pero no me atreví a
repetirla.
XXXVIII
Sábado por la tarde. En el Club Reforma jugamos un partido de
rugby contra Wallabies, equipo formado por franceses –o hijos
de franceses- que habían estudiado en el Liceo
Franco-Mexicano.
Wallabies es el líder del torneo seguido muy de cerca por
nosotros. Si ganamos los alcanzamos, si no, estaremos aún más
lejos.
Me toca jugar en el scrumm, es decir, en el grupo de ocho
jugadores que forman un bloque compacto que a cada momento
debe chocar contra el scrumm rival.
Desde el principio salimos con todo, una y otra vez debo
taclear con fuerza a mis rivales. Una y otra vez son ellos
quienes me taclean.
Las melés son cada vez más difíciles, cuesta trabajo resistir
el peso del equipo contrario. Antes de que termine la primera
mitad, ellos logran anotar. Nos vamos al descanso con el
marcador en contra.
En la segunda parte salimos a darlo todo. Sabemos que una
derrota nos alejaría de nuestras aspiraciones. Quince minutos
antes de que finalice el encuentro logramos una anotación. El
juego está empatado.
Son los últimos minutos; uno de los rivales toma el balón y se
dirige a la zona de anotación, yo lo persigo, debe pesar unos
95 o 100 kilos por lo menos; lo enfrento con decisión y logro
derribarlo antes de que pueda anotar. Me duele el hombro y me
retumba la cabeza, pero no importa.
Faltando cinco minutos se produce una melé cerca de la línea
de anotación del equipo contrario, empujamos con fuerza, uno
de los nuestros logra jalar con el pie el balón hacia nuestro
lado; estamos a dos yardas de la línea... seguimos
empujando... más fuerte... más fuerte... ya casi no siento las
piernas cuando Gonzalo Iriarte –mi compañero- se da cuenta que
hemos rebasado la línea y se tira para cubrir el balón.
Anotación. Ganamos el encuentro.
Festejamos jubilosos y no importan los golpes ni el cansancio.
Me despido de mis amigos y regreso a mi casa.
En cuanto llego abro la llave del agua para llenar la tina.
Mientras se llena busco en el clóset la ropa que habré de
ponerme al salir.
Cómo disfruto ese baño... el agua tibia recorre mi cuerpo...
me dejo llevar por el silencio... nada hay que me presione,
nada que me distraiga.
Salgo del baño y voy a la recámara. Ahí me está esperando mi
ropa. Me pongo unas pantaletas guindas, con encaje, y un
brasier del mismo color, también con encaje. Hay un liguero
negro con motivos rojos, lo abrocho alrededor de mi adolorida
cintura.
Lentamente, como en un ritual, me pongo las medias. Disfruto
desde el momento mismo en que abro el paquete, están nuevas.
Qué bien me quedan. Esas piernas maltratadas, esas piernas que
hacía apenas unas horas luchaban incansables contra unos
hombres rudos, ahora visten unas sedosas medias color ala de
mosca. Me aplico desodorante femenino y unas gotas de perfume,
que aroma tan delicado. El vestido es negro, a la rodilla,
ligeramente escotado y manga corta. Me cuesta trabajo subir el
cierre por atrás, me duelen los brazos, pero no importa, logro
cerrarlo.
Ahora las zapatillas, son negras, de tacón alto y pulsera en
el tobillo. Elegantes, sin duda, casi diría que hasta sexis.
Me siento en el tocador. Y del cajón extraigo los polvos
mágicos que han de transformar mi rostro. Primero el
corrector, ahora el maquillaje líquido, muy bien. El polvo...
las sombras... el rimel... el rubor. Es un ritual lento;
mientras lo ejecuto, el estéreo hace sonar música medieval,
laúdes, percusiones, instrumentos de una época llena de magia
y de misterio.
El lápiz labial completa el hechizo. Es momento de colocarme
aretes, collar, anillos y pulseras... cuido hasta el último
detalle. Peino bien mi cabello largo que seco con pistola
para darle forma.
Finalmente me pinto las uñas de un rojo intenso y espero a que
sequen.
Listo, me miro en el espejo y disfruto como pocas veces. El
indómito guerrero se ha transformado en una hermosa y tierna
doncella. Qué felicidad.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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