|
Cada publicación
consta de tres capítulos.
Ediciones
anteriores.
1º
2º
3º
4º
5º
6º
7º
8º
9º
( En ésta edición
consta de cuatro capítulos )
XXXI
Seguí
saliendo de la ciudad por razones de trabajo y, a donde iba,
procuraba comprar algo de ropa para ponérmela en el cuarto del
hotel. Descubrí que en las tiendas de autoservicio era más
fácil, sobre todo si las medias y las pantaletas –alguna vez
llegue a comprar hasta un brasier- iban junto con refrescos,
pan y otras mercancías que adquiría para camuflajear la ropa.
Otra novedad fue descubrir los shows travestís. Por alguna
extraña razón, ver a esos hombres vestidos como mujeres me
provocaba la misma excitación que si yo mismo fuera quien me
pusiera esas prendas. Me imaginaba ahí, en el lugar de ellos y
me parecía maravilloso. Pero, desde luego que jamás de
atrevería a participar en uno de esos espectáculos.
En alguna ocasión, al término del show, uno de ellos agradeció
al público y dijo algo así como “gracias, muchas gracias
porque ustedes nos permiten vivir nuestra fantasía de ser
mujeres, al menos por unas horas”.
.”..ser mujeres por unas horas...” sí, entendía perfectamente
a lo que se referían. Yo también quisiera ser mujer por
algunas horas, que me vieran, que me admiraran, que me dijeran
“señorita” como en aquella fugaz y efímera oportunidad.
Para ese entonces, mi esposa trabajaba los sábados, así es que
tenía unas horas en las que me quedaba solo en casa. Más de
una vez me puse su ropa que, además, me quedaba más o menos
bien. Recuerdo con especial nitidez una minifalda verde,
tejida, que hacía juego con un chaleco del mismo material y el
mismo color. Cómo me gustaba ponerme esas prendas. Recuerdo
también unos zapatos negros de tacón alto que, aunque me
apretaban un poco, me los podía poner.
Alguna ocasión me puse las medias –para entonces ya disfrutaba
de las otrora modernas pantimedias- la minifalda verde y los
tacones altos. Y me tomé una fotografía de la cintura para
abajo.
Con qué emoción llevé a revelar el rollo. Cuando me lo
entregaron me solazaba viendo mis piernas con los tacones
altos. Guardaba esas fotos como el mayor de mis tesoros.
Hubiera querido mostrárselas a todo mundo, que me dijeran que
eran las piernas de una mujer lo que ahí se veía. Pero, como
todo lo que pertenecía a ese mundo, debía permanecer en el más
absoluto de los secretos.
Me conformé con irme a una colonia alejada y parar a algunos
transeúntes.
-Disculpe –les decía con la mayor amabilidad- yo soy daltónico
así que no distingo bien los colores y necesito saber de qué
color es esta falda. ¿Usted me podría decir?
En ese momento sacaba la foto y se las mostraba. Ellos la
veían y con la mayor naturalidad me decían, verde, y seguían
su camino.
Hubiera querido que me dijeran, oiga, qué bonitas piernas,
presénteme a la modelo, o cosas por el estilo. Desde luego que
eso nunca sucedió, si acaso un tipo se quedó viendo las fotos
un rato más que los demás, imagino que contemplando las
piernas, pues no lleva mucho tiempo darse cuenta del color de
una falda. Me conformaba, entonces, con saber que alguien
había visto mis piernas envueltas en unas pantimedias y
rematadas con unos tacones altos, aunque jamás supieran que
esas eran mis propias piernas.
XXXII
Debo decir que por alguna razón mis pechos se desarrollaron un
poquito –sólo un poquito- más que en la mayoría de los
hombres. En mi adolescencia y juventud eso me incomodaba
muchísimo.
La única vez que tuve un pleito callejero –participaba en
‘broncas’ durante partidos de fútbol o en la escuela, pero lo
que se llama un pleito callejero, fue a raíz de esta peculiar
condición de mi cuerpo. Aderezada, desde luego, con un pobre
diablo alcoholizado.
El caso es que acompañé a mi esposa a la boda de su hermano. A
mí nunca me ha gustado vestir bien, detesto el traje y mucho
más la corbata. Así es que en aras de conciliar, en aquella
ocasión me puse un traje pero no llevé corbata; opté por un
suéter de cuello alto, de esos que puso de moda José López
Portillo cuando era presidente.
Aquello sucedió en esas épocas, así es que estaba
perfectamente a la moda y, lo que era mejor, sin corbata.
Hacía calor, por lo que me despojé del saco y me quedé
solamente con el suéter. Cabe decir que ese tipo de prendas
acentuaban aún más la prominencia de mis pechos. No faltaba
quien hiciera algún comentario pretendiendo ser gracioso, pero
hasta ahí.
El caso es que un tío lejano de mi esposa –de poco más de 50
años, calculo- bebió en exceso. Cuando nos despedimos, el tipo
me manoseó el pecho y me dijo algo así como “estás re’buena”.
De un violento manotazo retiré su mano y le dije “¡estate
quieto, cabrón!” Y bajé con mi esposa al estacionamiento.
Apenas al bajar las escaleras el tipo me empieza a gritar
desde arriba. –No le hagas caso, está borracho –me dice mi
esposa. Yo la obedezco. Pero una vez en el estacionamiento, el
hijo del tipo –que tendría más o menos mi edad- me empieza a
golpear. Yo me defiendo y cuando empiezo a tirar golpes el
sujeto que me había molestado llega a detenerme. Su hijo se da
gusto golpeándome. Como puedo, logro pescar la corbata del
muchacho y de esa manera lo jalo hacia mí. En ese momento lo
sujeto fuertemente del cabello e impido que me siga golpeando.
Al darse cuente de eso, su padre propone el clásico “a’i
muere”. Nos soltamos y ellos se van. Apenas en ese momento
llegó mi esposa que había ido a buscar ayuda.
Nunca me había peleado. Me dio mucho coraje que me agarraran
entre dos, pero más gusto el saber que había podido salir
airoso. De alguna manera había sido una prueba a mi
masculinidad y la había superado. Días después, cuando la
familia se enteró hicieron comentarios muy negativos acerca
del tío y de su hijo, y de alguna manera yo quedé –sobre todo
con mi esposa- como un héroe que había logrado defenderse.
Este tipo de detalles no tendrían mayor relevancia en la vida
de cualquier hombre, si acaso para presumir un rato con los
cuates, pero nada más. En mi caso, en cambio, era diferente.
Tenía tantas dudas de mi propia hombría y necesitaba tanto que
los demás me vieran como un hombre, que representaban oro
molido, no importaba que me hubiera quedado la cabeza
adolorida de tanto golpe, finalmente me había demostrado ante
mí mismo y ante los demás que a pesar de tener pechos
prominentes yo era todo un hombre.
Muchos meses después, y sin ninguna relación con aquel
incidente –incluso puede ser que haya sido antes, en términos
cronológicos- sucedió otra cosa en relación con mis pechos.
Era domingo, yo acababa de bañarme y me metí a la recámara
para vestirme. Mi esposa se estaba vistiendo, tenía un brasier
en la mano. Entonces me ve y me dice, -¿cómo te verías con un
brasier?
Yo me turbo, pero me agrada el juego. –Pónmelo –le digo.
Ella me lo pone, me queda perfectamente y se realzan aún más
mis pechos. Supongo que mi esposa esperaba que yo me opusiera
o que, en todo caso, me lo quitara al instante, pero no, no
hice ningún intento de quitármelo.
-Ya quítatelo –fue ella quien lo sugirió- no te vaya a dar un
aire.
El aire ya me había dado hacía mucho tiempo. Y al igual que
cuando Yasmín me colocó su falda por encima, yo tuve deseos de
decirle déjame el brasier, y ponme tus pantaletas y tus medias
y conviérteme en una mujer. Pero, igual que en aquel entonces,
no lo hice. Fingí que era sólo un juego, pero un juego que no
quería dejar de jugar.
XXXIII
Meses después sucedió algo que cambió mi vida matrimonial.
Ya casi no teníamos contacto con el grupo aquel de la Iglesia
en donde mi esposa y yo –ella se había integrado en cuanto nos
hicimos novios- hacíamos labor social.
Ocurrió sin embargo que vimos a unos buenos amigos del grupo y
nos dijeron que estaban organizando un rally enigmático para
conseguir fondos, que si les podíamos ayudar.
-Claro –dije de buena gana, pues a mí siempre me habían
gustado esos eventos, en donde uno se sube a su auto y tiene
que ir descubriendo pistas y cumpliendo requisitos.
-Nos gustaría que fueran jueces en algunas metas –se apresuró
a decir mi amigo, y para quitarnos cualquier posibilidad de
decir que preferíamos entrarle como participantes, nos dijo
cuáles iban a ser las metas y cuáles algunos de los
requisitos.
-En la última meta –precisó- los hombres tienen que llegar
vestidos como mujeres y las mujeres como hombres. Va a estar
divertido, ¿no creen?
-Sí –contesté- y lo odié por haberme echado a perder lo que
pudo haber sido una magnífica oportunidad para travestirme a
la vista de todos sin que nadie lo tomara a mal.
Era justo lo que siempre había querido. Que se diera una
situación en la que las circunstancias me obligaran a vestir
ropas de mujer; un poco como aquel sueño con la brasileña en
donde ella, para castigarme por robar su ropa, me obligaba a
usarla. Ya me veía como participante poniéndome la minifalda
verde de mi esposa, maquillándome perfectamente y yendo a casa
de mi madre en busca de sus viejas pelucas. Pero no era
posible, sabíamos las metas y ya no podíamos participar. Así
que lo único que acerté a decir fue que aceptábamos ser
jueces.
Llegó el día del rally. Hubo una buena participación, la gente
llegaba con lo que se le pedía y mi esposa y yo revisábamos
que estuviera correcto. Todo marchaba sobre ruedas.
En la última meta fue donde se empezó a desencadenar una serie
de situaciones de lo más extrañas. Los primeros en llegar
fueron Alfredo y su novia, buenos amigos. El llevaba un
vestido muy amplio –su madre era más gruesa que él- medias y
tacones altos; llevaba un maquillaje apenas y para cumplir. Su
novia iba de chamarra, pantalones y unos bigotes pintados.
Siguió llegando la gente. Algunos apenas y con la falda por
encima de los pantalones, se notaba que no les había caído
nada bien el jueguito. Pero otros iban perfectamente bien
maquilados, con pelucas, aretes y todo lo que una mujer
coqueta puede ponerse. No faltaban las risas y los comentarios
chuscos, pero todo en un tono de respeto. Nadie pensaría que
mis amigos disfrutaban con esa ropa.
Me imaginé en ese momento. Con la minifalda verde, pantimedias,
tacones altos, aretes, peluca... perfectamente bien
maquillado...convertido en toda una mujer. No me hubiera
importado perder algo de tiempo con tal de cuidar mi arreglo.
Y si mi esposa hubiera hecho algún comentario habría sido muy
fácil decirle, “es un juego, no lo tomes tan en serio”.
Pero no fue así, tuve que conformarme con ver cómo mis amigos
llegaban perfectamente travestidos.
Me llamó la atención Marcela, mi antigua novia, la que jamás
usaba vestidos y que se fue de traje gris conmigo a una boda.
Parecía un hombre, el cabello corto, las patillas y el bigote
perfectamente colocados y hasta sus modales y sus actitudes se
notaban hombrunos. Cualquier habría pensado, insisto, en que
representaba muy bien el papel. A mí me quedó la duda de hasta
qué punto lo estaba interpretando o lo estaba gozando, hasta
qué punto ella era como yo, pero a la inversa. Y volví a
pensarme con ella, con los roles cambiados.
Fue frustrante todo aquello. Además, me había excitado
sobremanera viendo a mis amigos vestidos como mujeres. Y no
sólo eso, los había envidiado.
Por la noche llegamos tan cansados que mi esposa cayó rendida,
ni la más remota posibilidad de haber buscado un desahogo
sexual con ella.
Yo estaba cansado pero no podía dormir. En mi mente recreaba
una y otra vez a mis amigos en la última meta del rally. Y me
imaginaba con ellos, con mi falda verde. En mis fantasías,
Marcela, vestida como todo un hombre, se me acercaba y
empezaba a coquetear conmigo. -¿Por qué tan sola, chula? –me
decía.
No puedo más. Estoy muy ansioso. Mi esposa duerme
profundamente. Entonces obedezco a mis impulsos; me levanto,
abro el cajón en donde guarda su ropa interior y saco unas
pantaletas y unas pantimedias. Me voy al baño a ponérmelas. Me
siento tan bien. Decido entonces regresar a la cama y
permanecer un ratito con esas prendas puestas, sólo un rato.
Pero al relajarme me quedo dormido.
A la mañana siguiente, para mi desgracia, mi esposa despierta
antes que yo. Seguramente sus piernas hacen contacto con las
mías y se da cuenta que hay una textura extraña. Cuando
despierto es porque ella ya ha levantado las cobijas, se ha
dado cuenta de la ropa que traigo y me dice, alarmada –Jorge,
Jorge...despierta...
-¿Qué pasa? –pregunto yo, todavía adormilado.
-¿Por qué te pusiste esa ropa? –pregunta asustada.
Me doy cuenta que me quedé dormido. No sé qué hacer y, como
siempre, trato de sacarme de la manga cualquier explicación.
-No sé –finjo sorpresa- con eso del rally soñé que me ponía tu
ropa para llegar a la meta... seguramente me levanté dormido y
sin darme cuenta me la puse.
Acto seguido, me quito su ropa y trato de no darle importancia
al asunto, me volteo con intención de seguir durmiendo.
Mi esposa, sin embargo, está muy intranquila.
-Ya duérmete –le digo- todavía es temprano.
Aparentemente la he librado. Yo me volteo para seguir
durmiendo y ella no insiste. No es mucho lo que puedo dormir,
estoy inquieto con la duda de qué tanto habrá creído lo del
sonambulismo. Cierto, en otras ocasiones he hablado dormido y
hasta me he levantado en busca de cebollas o cualquier otra
cosa, pero de eso a levantarme, buscar la ropa y ponérmela,
hay diferencia.
Minutos después despierto y volteó para ver si ella hace lo
mismo, pero ya no está en la cama. Me levanto y la escucho
llorar, está en la sala.
Me siento el ser más despreciable del mundo; me acerco a
tratar de consolarla pero ella me evade y sigue llorando.
-Ya, mi amor, no es para tanto. Fue que me levanté dormido, de
veras.
-No es cierto.
¿Por qué no me crees?
-Te veías horrible con esas cosas.
-Mi amor, todo se vistieron así. Tú misma hace tiempo, ¿no me
pusiste tu brasier?
-Sí, pero fue jugando.
-Esto también.
-No, esto no fue un juego –y se soltó a llorar con más fuerza.
La escena es dramática. Ella llorando a lágrima viva y yo no
sabiendo qué hacer para consolarla y para salir del
atolladero.
Luego de mucho insistir, y tras darme cuenta que ninguno de
mis argumentos sería creíble, decido contarle la verdad.
Yo también lloro al decirle que desde muy chico he sentido esa
extraña inclinación y que no me explico por qué ocurre ni cómo
controlarla.
Luego de más llantos, más explicaciones que ni yo mismo
entiendo y el propósito de que no vuelva a pasar, trato de
encontrar una solución definitiva.
-¿Sabes una cosa mi amor? –le digo, convencido en ese momento
de que lo que voy a decirle es la verdad.
-¿Qué?
-Te digo que no sé por qué me pasa esto, pero quiero
quitármelo. Y se me ocurre algo. Desde siempre he mantenido
esto en secreto, ahora que te lo he contado siento que se me
quita un peso de encima. Se me ocurre que esto se me puede
quitar para siempre, pero necesito que me ayudes.
-¿De qué se trata?
-Mira, siempre he querido que alguien me vea, no sé por qué,
pero es importante para mí. Yo creo que si tú me ves, no sé,
que podamos estar un ratito... pienso que eso me ayudaría
mucho.
-¿Pretendes que vea a mi propio esposo vestido de mujer?
–pregunta asustada.
-Yo sé que es difícil, pero va a ser la última vez. Ya quedaré
tranquilo y no lo volveré a hacer. Es más, te prometo que me
voy a volver a dejar crecer la barba –al empezar el verano me
la había quitado, por el calor.
-¿Pero me prometes que no lo vuelves a hacer?
-Claro que sí, mi amor, te lo prometo.
Dejamos pasar unos días y, tal como lo habíamos acordado, ella
aceptó verme y yo prometí que no lo volvería a hacer.
Realmente estaba convencido que era lo único que necesitaba
para quitarme esos impulsos.
Mi esposa permaneció en la sala y yo me quedé en la recámara
para cambiarme. Estaba sumamente nervioso, por fin alguien
conocido podría verme transformado en una mujer. Puse un gran
esmero en todos los detalles, la ropa interior, el maquillaje,
la falda verde que tanto me gustaba...
Ella, angustiada, me preguntaba a cada momento si ya estaba
listo. –Ya mero, mi amor, espérame tantito.
Por fin había terminado. Dudé al final. Me costaba trabajo
salir. Era lo que deseaba pero... después de tanto tiempo de
mantenerlo en secreto me parecía difícil atreverme.
Pero no podía dar marcha atrás. Lo difícil, pensé, es este
momento, ya después todo será más sencillo. Así es que me armé
de valor y anuncié mi salida.
En cuanto me vio soltó a llorar como nunca antes la había
visto llorar.
-No te pongas así –le dije.
-¡Te ves horrible! ¡quítate eso!
-Pero es que...
-¡No te quiero ver! ¡me das asco! –y se cubrió la cara con las
manos.
Yo no sabía qué hacer. Entendía que no iba a lanzarme piropos
ni a llenarme de besos, pero tampoco esperaba esa reacción. En
algún momento pensé que podríamos estar un ratito platicando
como buenas amigas, pero no, nada de eso sucedió. La vi tan
triste y desesperada que no tuve más remedio que volver a la
recámara y quitarme en 10 minutos lo que había tardado casi
una hora en ponerme. Aquello fue horrible.
XXXIV
No se volvió a hablar del tema. Yo, desde luego, me sentía muy
mal. Mal conmigo mismo, mal con ella, mal con mi propio
destino.
Por enésima vez me propuse olvidarme de la ropa femenina y
deseé con todas mis fuerzas poder cumplir, ahora sí, con mi
propósito. A pesar del calor me volví a dejar crecer la barba.
Me sentí tan mal y estaba tan decidido a alcanzar mi objetivo
que acudí a confesarme y a buscar ayuda con un sacerdote.
Nuestras actividades en grupos de la Iglesia me habían
permitido establecer amistad con algunos curas, muchos de
ellos inteligentes, preparados y abiertos a los problemas de
los jóvenes. Pero no quise ir con nadie que me conociera. Otra
vez esa sensación de sentirme descubierto.
Preferí el anonimato, alguien que no supiera quién soy y que
en un momento dado jamás volvería a ver. Así es que acudí a
una iglesia que estaba cerca de donde yo trabajaba.
Me recibió un cura bonachón, de esos que uno se imagina en las
películas comiendo biscochos y tomando chocolate.
Con mucha pena, y lleno de nervios, le conté que desde chico
me gustaba ponerme ropa de mujer, que pensé que al casarme se
me quitaría y que no fue así, al contrario. -He lastimado a mi
esposa -le dije.
Él se quedó pensando y me preguntó que si yo me compraba esa
ropa, al decirle que no, que eran prendas de mi esposa las que
me ponía, lo único que atinó a inquirir fue si me quedaba su
ropa.
No tenía ni idea de lo que le estaba hablando. De cualquier
forma me dijo que hiciera mucha oración y que regresara a la
semana siguiente para ver cómo me había ido.
Regresé y me recibió con una gran noticia. –Lo que tú tienes
–me dijo en tono paternal- se llama trasvestismo.
Valiente cosa, Todos los miedos que tuve que vencer para por
fin abrirme con alguien, para que me saliera con el nombre de
lo que tengo. Como si no lo supiera desde hace años. Me dieron
ganas de decirle al santo curita que ya no se decía
trasvestismo, sino travestismo, sin la ese.
Me dijo, también, que no pensara en eso, que dejara de pensar
en la ropa de mujer y ya no se me antojaría, y ofreció hacer
oración por mí. Agradecí sus oraciones –al menos tenía buenas
intenciones- pero salí de ahí decepcionado, convencido de que
nadie podría entenderme jamás.
A los pocos meses mi esposa tuvo una contrariedad en el
trabajo. Su jefa directa renunció y ella pensó que por su
experiencia y capacidad sería ascendida. No fue así, trajeron
a alguien de fuera. Ella se molestó y como en ese entonces yo
ganaba bien, tomó la decisión de renunciar y hacer lo que
habíamos estado postergando a causa del trabajo: encargar un
bebé.
No pasó mucho tiempo antes de que se embarazara. Cuando nos
dieron la noticia nos pusimos felices, aunque a partir de ese
momento nuestra vida sexual no volvió a ser la misma.
Yo lo atribuí al embarazo y asumí que mi mujer quería extremar
precauciones y por eso evitaba toda actividad sexual. Muchos
años después supe que esa no había sido la razón.
Pero yo estaba tan contento con la llegada del bebé que no
reparé en esos detalles. Cuando me preguntaban qué prefería,
si niño o niña, yo decía que me daba igual o que, en todo
caso, que fuera niño para enseñarle a jugar futbol. Pero en el
fondo deseaba la llegada de una niña, para volcar en ella mis
deseos de ser mujer. No propiamente para vivir a través de
ella, más bien para verla disfrutar su propia feminidad,
comprarle vestidos, casitas de muñecas, hacerle su fiesta de
quince años y todo lo que yo nunca tuve. Aún no le comprábamos
su cuna y yo ya estaba pensando en su vestido de novia.
Finalmente nació, fue una hermosa niña y yo me puse muy feliz.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
Siguiente edición
Comenta esta Bio ( indica en el titulo de que
Bio estas hablando) |