P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 
`` Piel que no miente ´´  Mayela, una mujer transgenérica 10º

 

Cada publicación consta de tres capítulos.

Ediciones anteriores.      

( En ésta edición consta de cuatro capítulos )

 

XXXI 

Seguí saliendo de la ciudad por razones de trabajo y, a donde iba, procuraba comprar algo de ropa para ponérmela en el cuarto del hotel. Descubrí que en las tiendas de autoservicio era más fácil, sobre todo si las medias y las pantaletas –alguna vez llegue a comprar hasta un brasier- iban junto con refrescos, pan y otras mercancías que adquiría para camuflajear la ropa.

Otra novedad fue descubrir los shows travestís. Por alguna extraña razón, ver a esos hombres vestidos como mujeres me provocaba la misma excitación que si yo mismo fuera quien me pusiera esas prendas. Me imaginaba ahí, en el lugar de ellos y me parecía maravilloso. Pero, desde luego que jamás de atrevería a participar en uno de esos espectáculos.

En alguna ocasión, al término del show, uno de ellos agradeció al público y dijo algo así como “gracias, muchas gracias porque ustedes nos permiten vivir nuestra fantasía de ser mujeres, al menos por unas horas”.

.”..ser mujeres por unas horas...” sí, entendía perfectamente a lo que se referían. Yo también quisiera ser mujer por algunas horas, que me vieran, que me admiraran, que me dijeran “señorita” como en aquella fugaz y efímera oportunidad.

Para ese entonces, mi esposa trabajaba los sábados, así es que tenía unas horas en las que me quedaba solo en casa. Más de una vez me puse su ropa que, además, me quedaba más o menos bien. Recuerdo con especial nitidez una minifalda verde, tejida, que hacía juego con un chaleco del mismo material y el mismo color. Cómo me gustaba ponerme esas prendas. Recuerdo también unos zapatos negros de tacón alto que, aunque me apretaban un poco, me los podía poner.

Alguna ocasión me puse las medias –para entonces ya disfrutaba de las otrora modernas pantimedias- la minifalda verde y los tacones altos. Y me tomé una fotografía de la cintura para abajo.

Con qué emoción llevé a revelar el rollo. Cuando me lo entregaron me solazaba viendo mis piernas con los tacones altos. Guardaba esas fotos como el mayor de mis tesoros. Hubiera querido mostrárselas a todo mundo, que me dijeran que eran las piernas de una mujer lo que ahí se veía. Pero, como todo lo que pertenecía a ese mundo, debía permanecer en el más absoluto de los secretos.

Me conformé con irme a una colonia alejada y parar a algunos transeúntes.

-Disculpe –les decía con la mayor amabilidad- yo soy daltónico así que no distingo bien los colores y necesito saber de qué color es esta falda. ¿Usted me podría decir?

En ese momento sacaba la foto y se las mostraba. Ellos la veían y con la mayor naturalidad me decían, verde, y seguían su camino.

Hubiera querido que me dijeran, oiga, qué bonitas piernas, presénteme a la modelo, o cosas por el estilo. Desde luego que eso nunca sucedió, si acaso un tipo se quedó viendo las fotos un rato más que los demás, imagino que contemplando las piernas, pues no lleva mucho tiempo darse cuenta del color de una falda. Me conformaba, entonces, con saber que alguien había visto mis piernas envueltas en unas pantimedias y rematadas con unos tacones altos, aunque jamás supieran que esas eran mis propias piernas. 

XXXII

 

Debo decir que por alguna razón mis pechos se desarrollaron un poquito –sólo un poquito- más que en la mayoría de los hombres. En mi adolescencia y juventud eso me incomodaba muchísimo.

La única vez que tuve un pleito callejero –participaba en ‘broncas’ durante partidos de fútbol o en la escuela, pero lo que se llama un pleito callejero, fue a raíz de esta peculiar condición de mi cuerpo. Aderezada, desde luego, con un pobre diablo alcoholizado.

El caso es que acompañé a mi esposa a la boda de su hermano. A mí nunca me ha gustado vestir bien, detesto el traje y mucho más la corbata. Así es que en aras de conciliar, en aquella ocasión me puse un traje pero no llevé corbata; opté por un suéter de cuello alto, de esos que puso de moda José López Portillo cuando era presidente.

Aquello sucedió en esas épocas, así es que estaba perfectamente a la moda y, lo que era mejor, sin corbata.

Hacía calor, por lo que me despojé del saco y me quedé solamente con el suéter. Cabe decir que ese tipo de prendas acentuaban aún más la prominencia de mis pechos. No faltaba quien hiciera algún comentario pretendiendo ser gracioso, pero hasta ahí.

El caso es que un tío lejano de mi esposa –de poco más de 50 años, calculo- bebió en exceso. Cuando nos despedimos, el tipo me manoseó el pecho y me dijo algo así como “estás re’buena”. De un violento manotazo retiré su mano y le dije “¡estate quieto, cabrón!” Y bajé con mi esposa al estacionamiento.

Apenas al bajar las escaleras el tipo me empieza a gritar desde arriba. –No le hagas caso, está borracho –me dice mi esposa. Yo la obedezco. Pero una vez en el estacionamiento, el hijo del tipo –que tendría más o menos mi edad- me empieza a golpear. Yo me defiendo y cuando empiezo a tirar golpes el sujeto que me había molestado llega a detenerme. Su hijo se da gusto golpeándome. Como puedo, logro pescar la corbata del muchacho y de esa manera lo jalo hacia mí. En ese momento lo sujeto fuertemente del cabello e impido que me siga golpeando. Al darse cuente de eso, su padre propone el clásico “a’i muere”. Nos soltamos y ellos se van. Apenas en ese momento llegó mi esposa que había ido a buscar ayuda.

Nunca me había peleado. Me dio mucho coraje que me agarraran entre dos, pero más gusto el saber que había podido salir airoso. De alguna manera había sido una prueba a mi masculinidad y la había superado. Días después, cuando la familia se enteró hicieron comentarios muy negativos acerca del tío y de su hijo, y de alguna manera yo quedé –sobre todo con mi esposa- como un héroe que había logrado defenderse.

Este tipo de detalles no tendrían mayor relevancia en la vida de cualquier hombre, si acaso para presumir un rato con los cuates, pero nada más. En mi caso, en cambio, era diferente. Tenía tantas dudas de mi propia hombría y necesitaba tanto que los demás me vieran como un hombre, que representaban oro molido, no importaba que me hubiera quedado la cabeza adolorida de tanto golpe, finalmente me había demostrado ante mí mismo y ante los demás que a pesar de tener pechos prominentes yo era todo un hombre.

Muchos meses después, y sin ninguna relación con aquel incidente –incluso puede ser que haya sido antes, en términos cronológicos- sucedió otra cosa en relación con mis pechos.

Era domingo, yo acababa de bañarme y me metí a la recámara para vestirme. Mi esposa se estaba vistiendo, tenía un brasier en la mano. Entonces me ve y me dice,  -¿cómo te verías con un brasier?

Yo me turbo, pero me agrada el juego. –Pónmelo –le digo.

Ella me lo pone, me queda perfectamente y se realzan aún más mis pechos. Supongo que mi esposa esperaba que yo me opusiera o que, en todo caso, me lo quitara al instante, pero no, no hice ningún intento de quitármelo.

-Ya quítatelo –fue ella quien lo sugirió- no te vaya a dar un aire.

El aire ya me había dado hacía mucho tiempo. Y al igual que cuando Yasmín me colocó su falda por encima, yo tuve deseos de decirle déjame el brasier, y ponme tus pantaletas y tus medias y conviérteme en una mujer. Pero, igual que en aquel entonces, no lo hice. Fingí que era sólo un juego, pero un juego que no quería dejar de jugar. 

XXXIII

 

Meses después sucedió algo que cambió mi vida matrimonial.

Ya casi no teníamos contacto con el grupo aquel de la Iglesia en donde mi esposa y yo –ella se había integrado en cuanto nos hicimos novios- hacíamos labor social.

Ocurrió sin embargo que vimos a unos buenos amigos del grupo y nos dijeron que estaban organizando un rally enigmático para conseguir fondos, que si les podíamos ayudar.

-Claro –dije de buena gana, pues a mí siempre me habían gustado esos eventos, en donde uno se sube a su auto y tiene que ir descubriendo pistas y cumpliendo requisitos.

-Nos gustaría que fueran jueces en algunas metas –se apresuró a decir mi amigo, y para quitarnos cualquier posibilidad de decir que preferíamos entrarle como participantes, nos dijo cuáles iban a ser las metas y cuáles algunos de los requisitos.

-En la última meta –precisó- los hombres tienen que llegar vestidos como mujeres y las mujeres como hombres. Va a estar divertido, ¿no creen?

-Sí –contesté- y lo odié por haberme echado a perder lo que pudo haber sido una magnífica oportunidad para travestirme a la vista de todos sin que nadie lo tomara a mal.

Era justo lo que siempre había querido. Que se diera una situación en la que las circunstancias me obligaran a vestir ropas de mujer; un poco como aquel sueño con la brasileña en donde ella, para castigarme por robar su ropa, me obligaba a usarla. Ya me veía como participante poniéndome la minifalda verde de mi esposa, maquillándome perfectamente y yendo a casa de mi madre en busca de sus viejas pelucas. Pero no era posible, sabíamos las metas y ya no podíamos participar. Así que lo único que acerté a decir fue que aceptábamos ser jueces.

Llegó el día del rally. Hubo una buena participación, la gente llegaba con lo que se le pedía y mi esposa y yo revisábamos que estuviera correcto. Todo marchaba sobre ruedas.

En la última meta fue donde se empezó a desencadenar una serie de situaciones de lo más extrañas. Los primeros en llegar fueron Alfredo y su novia, buenos amigos. El llevaba un vestido muy amplio –su madre era más gruesa que él- medias y tacones altos; llevaba un maquillaje apenas y para cumplir. Su novia iba de chamarra, pantalones y unos bigotes pintados.

Siguió llegando la gente. Algunos apenas y con la falda por encima de los pantalones, se notaba que no les había caído nada bien el jueguito. Pero otros iban perfectamente bien maquilados, con pelucas, aretes y todo lo que una mujer coqueta puede ponerse. No faltaban las risas y los comentarios chuscos, pero todo en un tono de respeto. Nadie pensaría que mis amigos disfrutaban con esa ropa.

Me imaginé en ese momento. Con la minifalda verde, pantimedias, tacones altos, aretes, peluca... perfectamente bien maquillado...convertido en toda una mujer. No me hubiera importado perder algo de tiempo con tal de cuidar mi arreglo. Y si mi esposa hubiera hecho algún comentario habría sido muy fácil decirle, “es un juego, no lo tomes tan en serio”.

Pero no fue así, tuve que conformarme con ver cómo mis amigos llegaban perfectamente travestidos.

Me llamó la atención Marcela, mi antigua novia, la que jamás usaba vestidos y que  se fue de traje gris conmigo a una boda. Parecía un hombre, el cabello corto, las patillas y el bigote perfectamente colocados y hasta sus modales y sus actitudes se notaban hombrunos. Cualquier habría pensado, insisto, en que representaba muy bien el papel. A mí me quedó la duda de hasta qué punto lo estaba interpretando o lo estaba gozando, hasta qué punto ella era como yo, pero a la inversa. Y volví a pensarme con ella, con los roles cambiados.

Fue frustrante todo aquello. Además, me había excitado sobremanera viendo a mis amigos vestidos como mujeres. Y no sólo eso, los había envidiado.

Por la noche llegamos tan cansados que mi esposa cayó rendida, ni la más remota posibilidad de haber buscado un desahogo sexual con ella.

Yo estaba cansado pero no podía dormir. En mi mente recreaba una y otra vez a mis amigos en la última meta del rally. Y me imaginaba con ellos, con mi falda verde. En mis fantasías, Marcela, vestida como todo un hombre, se me acercaba y empezaba a coquetear conmigo. -¿Por qué tan sola, chula? –me decía.

No puedo más. Estoy muy ansioso. Mi esposa duerme profundamente. Entonces obedezco a mis impulsos; me levanto, abro el cajón en donde guarda su ropa interior y saco unas pantaletas y unas pantimedias. Me voy al baño a ponérmelas. Me siento tan bien. Decido entonces regresar a la cama y permanecer un ratito con esas prendas puestas, sólo un rato. Pero al relajarme me quedo dormido.

A la mañana siguiente, para mi desgracia, mi esposa despierta antes que yo. Seguramente sus piernas hacen contacto con las mías y se da cuenta que hay una textura extraña. Cuando despierto es porque ella ya ha levantado las cobijas, se ha dado cuenta de la ropa que traigo y me dice, alarmada –Jorge, Jorge...despierta...

-¿Qué pasa? –pregunto yo, todavía adormilado.

-¿Por qué te pusiste esa ropa? –pregunta asustada.

Me doy cuenta que me quedé dormido. No sé qué hacer y, como siempre, trato de sacarme de la manga cualquier explicación.

-No sé –finjo sorpresa- con eso del rally soñé que me ponía tu ropa para llegar a la meta... seguramente me levanté dormido y sin darme cuenta me la puse.

Acto seguido, me quito su ropa y trato de no darle importancia al asunto, me volteo con intención de seguir durmiendo.

Mi esposa, sin embargo, está muy intranquila.

-Ya duérmete –le digo- todavía es temprano.

Aparentemente la he librado. Yo me volteo para seguir durmiendo y ella no insiste. No es mucho lo que puedo dormir, estoy inquieto con la duda de qué tanto habrá creído lo del sonambulismo. Cierto, en otras ocasiones he hablado dormido y hasta me he levantado en busca de cebollas o cualquier otra cosa, pero de eso a levantarme, buscar la ropa y ponérmela, hay diferencia.

Minutos después despierto y volteó para ver si ella hace lo mismo, pero ya no está en la cama. Me levanto y la escucho llorar, está en la sala.

Me siento el ser más despreciable del mundo; me acerco a tratar de consolarla pero ella me evade y sigue llorando.

-Ya, mi amor, no es para tanto. Fue que me levanté dormido, de veras.

-No es cierto.

¿Por qué no me crees?

-Te veías horrible con esas cosas.

-Mi amor, todo se vistieron así. Tú misma hace tiempo, ¿no me pusiste tu brasier?

-Sí, pero fue jugando.

-Esto también.

-No, esto no fue un juego –y se soltó a llorar con más fuerza.

La escena es dramática. Ella llorando a lágrima viva y yo no sabiendo qué hacer para consolarla y para salir del atolladero.

Luego de mucho insistir, y tras darme cuenta que ninguno de mis argumentos sería creíble, decido contarle la verdad.

Yo también lloro al decirle que desde muy chico he sentido esa extraña inclinación y que no me explico por qué ocurre ni cómo controlarla.

Luego de más llantos, más explicaciones que ni yo mismo entiendo y el propósito de que no vuelva a pasar, trato de encontrar una solución definitiva.

-¿Sabes una cosa mi amor? –le digo, convencido en ese momento de que lo que voy a decirle es la verdad.

-¿Qué?

-Te digo que no sé por qué me pasa esto, pero quiero quitármelo. Y se me ocurre algo. Desde siempre he mantenido esto en secreto, ahora que te lo he contado siento que se me quita un peso de encima. Se me ocurre que esto se me puede quitar para siempre, pero necesito que me ayudes.

-¿De qué se trata?

-Mira, siempre he querido que alguien me vea, no sé por qué, pero es importante para mí. Yo creo que si tú me ves, no sé, que podamos estar un ratito... pienso que eso me ayudaría mucho.

-¿Pretendes que vea a mi propio esposo vestido de mujer? –pregunta asustada.

-Yo sé que es difícil, pero va a ser la última vez. Ya quedaré tranquilo y no lo volveré a hacer. Es más, te prometo que me voy a volver a dejar crecer la barba –al empezar el verano me la había quitado, por el calor.

-¿Pero me prometes que no lo vuelves a hacer?

-Claro que sí, mi amor, te lo prometo.

Dejamos pasar unos días y, tal como lo habíamos acordado, ella aceptó verme y yo prometí que no lo volvería a hacer. Realmente estaba convencido que era lo único que necesitaba para quitarme esos impulsos.

Mi esposa permaneció en la sala y yo me quedé en la recámara para cambiarme. Estaba sumamente nervioso, por fin alguien conocido podría verme transformado en una mujer. Puse un gran esmero en todos los detalles, la ropa interior, el maquillaje, la falda verde que tanto me gustaba...

Ella, angustiada, me preguntaba a cada momento si ya estaba listo. –Ya mero, mi amor, espérame tantito.

Por fin había terminado. Dudé al final. Me costaba trabajo salir. Era lo que deseaba pero... después de tanto tiempo de mantenerlo en secreto me parecía difícil atreverme.

Pero no podía dar marcha atrás. Lo difícil, pensé, es este momento, ya después todo será más sencillo. Así es que me armé de valor y anuncié mi salida.

En cuanto me vio soltó a llorar como nunca antes la había visto llorar.

-No te pongas así –le dije.

-¡Te ves horrible! ¡quítate eso!

-Pero es que...

-¡No te quiero ver! ¡me das asco! –y se cubrió la cara con las manos.

Yo no sabía qué hacer. Entendía que no iba a lanzarme piropos ni a llenarme de besos, pero tampoco esperaba esa reacción. En algún momento pensé que podríamos estar un ratito platicando como buenas amigas, pero no, nada de eso sucedió. La vi tan triste y desesperada que no tuve más remedio que volver a la recámara y quitarme en 10 minutos lo que había tardado casi una hora en ponerme. Aquello fue horrible. 

XXXIV

 

No se volvió a hablar del tema. Yo, desde luego, me sentía muy mal. Mal conmigo mismo, mal con ella, mal con mi propio destino.

Por enésima  vez me propuse olvidarme de la ropa femenina y deseé con todas mis fuerzas poder cumplir, ahora sí, con mi propósito. A pesar del calor me volví a dejar crecer la barba.

Me sentí tan mal y estaba tan decidido a alcanzar mi objetivo que acudí a confesarme y a buscar ayuda con un sacerdote.

Nuestras actividades en grupos de la Iglesia me habían permitido establecer amistad con algunos curas, muchos de ellos inteligentes, preparados y abiertos a los problemas de los jóvenes. Pero no quise ir con nadie que me conociera. Otra vez esa sensación de sentirme descubierto.

Preferí el anonimato, alguien que no supiera quién soy y que en un momento dado jamás volvería a ver. Así es que acudí a una iglesia que estaba cerca de donde yo trabajaba.

Me recibió un cura bonachón, de esos que uno se imagina en las películas comiendo biscochos y tomando chocolate.

Con mucha pena, y lleno de nervios, le conté que desde chico me gustaba ponerme ropa de mujer, que pensé que al casarme se me quitaría y que no fue así, al contrario. -He lastimado a mi esposa -le dije.

Él se quedó pensando y me preguntó que si yo me compraba esa ropa, al decirle que no, que eran prendas de mi esposa las que me ponía, lo único que atinó a inquirir fue si me quedaba su ropa.

No tenía ni idea de lo que le estaba hablando. De cualquier forma me dijo que hiciera mucha oración y que regresara a la semana siguiente para ver cómo me había ido.

Regresé y me recibió con una gran noticia. –Lo que tú tienes –me dijo en tono paternal- se llama trasvestismo.

Valiente cosa, Todos los miedos que tuve que vencer para por fin abrirme con alguien, para que me saliera con el nombre de lo que tengo. Como si no lo supiera desde hace años. Me dieron ganas de decirle al santo curita que ya no se decía trasvestismo, sino travestismo, sin la ese.

Me dijo, también, que no pensara en eso, que dejara de pensar en la ropa de mujer y ya no se me antojaría, y ofreció hacer oración por mí. Agradecí sus oraciones –al menos tenía buenas intenciones- pero salí de ahí decepcionado, convencido de que nadie podría entenderme jamás.

A los pocos meses mi esposa tuvo una contrariedad en el trabajo. Su jefa directa renunció y ella pensó que por su experiencia y capacidad sería ascendida. No fue así, trajeron a alguien de fuera. Ella se molestó y como en ese entonces yo ganaba bien, tomó la decisión de renunciar y hacer lo que habíamos estado postergando a causa del trabajo: encargar un bebé.

No pasó mucho tiempo antes de que se embarazara. Cuando nos dieron la noticia nos pusimos felices, aunque a partir de ese momento nuestra vida sexual no volvió a ser la misma.

Yo lo atribuí al embarazo y asumí que mi mujer quería extremar precauciones y por eso evitaba toda actividad sexual. Muchos años después supe que esa no había sido la razón.

Pero yo estaba tan contento con la llegada del bebé que no reparé en esos detalles. Cuando me preguntaban qué prefería, si niño o niña, yo decía que me daba igual o que, en todo caso, que fuera niño para enseñarle a jugar futbol. Pero en el fondo deseaba la llegada de una niña, para volcar en ella mis deseos de ser mujer. No propiamente para vivir a través de ella, más bien para verla disfrutar su propia feminidad, comprarle vestidos, casitas de muñecas, hacerle su fiesta de quince años y todo lo que yo nunca tuve. Aún no le comprábamos su cuna y yo ya estaba pensando en su vestido de novia.

Finalmente nació, fue una hermosa niña y yo me puse muy feliz.

Por Silvia Susana Jiménez Galicia-.

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