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I
Este es uno de los
recuerdos más remotos que guardo en mi memoria. Yo tendría
unos cuatro o cinco años, no más. Me encontraba con mi madre
en su recámara, sentado al borde de la cama. Ella, frente al
tocador, se arreglaba para salir con mi papá.
Miraba como hipnotizado cada uno de sus movimientos; el rimel
que alargaba y daba volumen a sus pestañas... las sombras de
colores que aplicaba con sumo cuidado... la polvera que abría
suavemente y de la que extraía una borla con la que acariciaba
su rostro... el lápiz labial de un rojo intenso que luego de
aplicarlo le hacía apretar y soltar los labios en un ritual
que con el tiempo llegué a conocer muy bien.
Mientras eso ocurría, en mi interior volaban ilusiones,
ensueños, dudas... muchas dudas.
Quería ser grande y ser yo quien estuviera frente al espejo,
iluminándome el rostro, poniéndome los aretes de perla que
ahora mi madre se colocaba sobre el lóbulo de la oreja. Me
gustaba pensarme así, frente al espejo. Pero sabía que eso
jamás podría suceder. Yo era hombre y, decía mi padre, los
hombres no se pintan.
-¿Y por qué no? –pregunté a mi mamá mientras ella se ajustaba
las medias al liguero.
-¿Por qué no qué, mi amor? –preguntó a su vez con dulzura.
-¿Por qué los hombres no se pintan?
-Porque los hombres como tú son feos, fuertes y formales –y
dándome un apretón en el antebrazo, agregó: -como tú, que si
sigues comiendo bien te vas a poner tan fuerte como tu papá.
Lo
que mi madre no sabía es que yo no quería ser como mi papá; un
hombre bueno, ciertamente, y en efecto fuerte y muy formal,
aunque no tan feo. En eso estábamos cuando escuché pasos que
subían las escaleras. Al poco rato mi padre entró a la
habitación, me saludó con una palmada en la espalda y vertió
algunos elogios a la belleza de mi madre que, viéndolo bien,
era muy hermosa.
-¿Así te vas a ir a la reunión? –preguntó ella. Él asintió de
la manera más natural. No recuerdo qué ropa habría llevado mi
padre en ese momento, pero de seguro era un traje oscuro,
corbata y zapatos negros, impecables. De no ser los fines de
semana, cuando usaba playeras y mocasines, no lo recuerdo de
otra manera.
Mi
madre, en tanto, terminó de darse unos toques en el cabello,
se puso los zapatos de tacón alto y se levantó. Qué linda se
veía... un vestido guinda escotado sin mangas, que le llegaba
justo a las rodillas, un collar de perlas, pulseras doradas,
anillos... era una princesa que a sus 28 o 29 años lucía en
todo su esplendor.
Mis padres se fueron y yo me quedé con mi hermano y la señora
que, cada vez que ellos salían, llegaba a cuidarnos. Y pensé
en esas palabras... “feo, fuerte y formal”.
II
Todavía recuerdo la habitación de mi madre, en especial ese
tocador lleno de tesoros que contribuían a transformar el
rostro de una mujer que no había dormido bien, en la faz
esplendorosa de una reyna. Sombras, delicados polvos, bilés...
cosméticos que en ese momento no sabía bien a bien para qué
servían ni cómo se usaban, pero que al contacto con la cara de
mi madre la embellecían.
Había también, sobre ese viejo tocador de madera laqueada
negra, con molduras doradas, una buena colección de
fragancias, botellas de formas caprichosas que al abrirlas
despedían aromas inigualables.
Una gran luna coronaba el mueble y, al lado derecho, una
cajita que me parecía mágica pues apenas abierta dejaba mirar
una delicada bailarina que giraba con el sonido de una bonita
melodía. Otros tesoros guardaba la caja: collares, aretes,
prendedores, anillos...
Más de una vez le pedí a mi madre que me mostrara sus joyas,
pero invariablemente algo impedía que lo hiciera. Si mi padre
estaba presente, era él quien me llamaba para mostrarme alguno
de sus avioncitos a escala de la Segunda Guerra Mundial que,
dicho sea de paso, me tenían sin cuidado.
No
me lo decían abiertamente, pero algo en mi interior me hacía
suponer que no estaba bien que me interesara en las alhajas de
mi mamá y que, en cambio, despreciara los avioncitos de mi
padre.
De
mis primeros años de escuela no es mucho lo que recuerdo. Lo
más agradable fue mi amistad con Lucy, una güerita que en
alguna ocasión me llegó a invitar a comer a su casa. Mi
hermano se burlaba de mí y decía que no estaba bien que me
juntara con las niñas; en todo momento quería que me pusiera a
jugar fútbol con él y con sus amigos.
Aprendí a jugar futbol y confieso que no fui del todo malo,
pero lo que más me gustaba era jugar con Lucy, platicar con
ella, de lo que fuera, y estar con sus amigas. Me sentía bien
con ellas.
Otro de mis recuerdos tiene que ver con Andrés, el vecino de
la casa de abajo, apenas un año menor que yo. Frágil y
delicado, era constantemente reprendido por su madre, una
mujer ancha, de carácter severo y voz de trueno.
Ocurría muy de vez en cuando, cierto, pero esos días eran
desconcertantes para mí. Andrés no salía al patio a jugar, a
lo sumo platicábamos a través de la ventana de su cuarto que
daba a un patio general. Recuerdo muy bien la imagen de ese
niño vulnerable, tímido y con una expresión de vergüenza,
quizá porque en esas ocasiones no traía pantalones como de
costumbre, sino un vestido de su hermana.
Alguna vez le pregunté a mi madre la razón de tan extraño
comportamiento y me dijo que ocurría cuando Andrés no tenía
ropa limpia que ponerse, entonces usaba la ropa vieja de su
hermana dos años mayor que él. Todo eso me confundía.
III
Y
un día sucedió. He de decir que crecí muy cerca de mi hermano
–un año mayor que yo- y tres primos, dos hombres y una mujer.
Todos –yo incluido- en ese entonces estaríamos entre los siete
y los nueve años de edad.
Con frecuencia coincidíamos los domingos en casa de los
abuelos, e invariablemente, entre nuestros juegos incluíamos
la representación teatral de algún cuento de hadas. Sobra
decir que mi prima –la única mujer en el grupo y, por cierto,
la mayor de todos- hacía siempre los papeles de princesa.
Aquella ocasión, sin embargo, cayó enferma y no llegó a casa
de los abuelos. Aun así no quisimos dejar de representar el
cuento de hadas. Pero había un problema, no teníamos princesa.
Mi hermano propuso que jugáramos a otra cosa; uno de mis
primos sugirió que representáramos el cuento sin princesas,
pero Gerardo, el más chico, se opuso e insistió que
representáramos el cuento tal cual.
-Miren –dijo, al tiempo que sacaba un pequeño libro de su
mochila- aquí traigo el cuento, se llama “La princesa y el
dragón”, y ya me aprendí la parte del dragón.
-Pero –continuó Víctor, mi hermano- nos falta la princesa,
mejor armemos un rompecabezas o algo así.
-¿Rompecabezas? qué aburrido –terció mi primo Armando- total,
que uno de nosotros la haga de princesa, es sólo un juego.
Nos quedamos mirando, como sopesando las posibilidades de que
fuera otro, y no uno mismo, el que representara el papel.
Todavía recuerdo la cara de susto que puso mi hermano.
Gerardo, en cambio, estaba tranquilo, seguro que por haber
llevado el cuento y haber leído su parte, la haría de dragón.
Armando me volteó a ver, como diciendo, yo fui el de la idea,
así es que a ti te toca el papel. Entonces me imaginé vestido
como una princesa y me acordé de mi vecino Andrés, cuando
tenía que ponerse los vestidos de la hermana.
Un
impulso me hizo ofrecerme para hacer el papel, sólo puse una
condición. –Pero no se vale que se burlen ni que se lo digan a
nadie ¿eh?
Todos asintieron de buena gana, aliviados de que ellos no
tuvieran que hacer el numerito de ponerse vestido y
zapatillas. Además, como la obra la hacíamos solamente para
nosotros, era de esperar que, efectivamente, nadie se
enterara.
Gerardo fue el primero que hurgó en los cajones de la tía
Leonor. Sacó un fondo blanco y una crinolina. Víctor, mi
hermano, encontró en el ropero unos zapatos blancos de tacón
alto y Armando vio sobre el buró unos aretes y un collar.
Mientras los demás se ponían de acuerdo en sus personajes y
leían el cuento, yo me quité la camisa, el pantalón, los
calcetines y los zapatos, y lentamente me fui poniendo la ropa
de mi tía. Primero el fondo... estaba tan nervioso que no
sabía por dónde meter los brazos... luego la crinolina...
finalmente, y con ayuda de Gerardo, me entró la ropa que, por
cierto, me quedaba a la perfección, pues la tía Leonor era
bajita y delgadita. Las zapatillas también me ajustaron y,
aunque me tambaleaba un poco, pude dominar los tacones de
aguja. Mi hermano me abrochó el collar y con los aretes no
tuve problemas pues eran de broche. Sólo recuerdo que me
apretaban un poco.
Mi
primera reacción fue dirigirme al espejo que mi tía Leonor
tenía en una de las puertas de su ropero. Era de cuerpo
entero. Al verme tuve una sensación muy extraña; ciertamente
no parecía una princesa, pero sí parecía una niña, una niña
disfrazada de princesa.
No
era la imagen que veía en mi vecino Andrés, de ninguna manera.
Por alguna razón, en él se notaba de inmediato que era un
niño, quizá por el corte de pelo, por su expresión sombría,
avergonzada, qué sé yo. Mi imagen, en cambio, era diferente,
radiante, mi rostro se iluminaba con una sonrisa de
satisfacción. No sé cuánto tiempo permanecí frente al espejo,
pero la voz de mi hermano rompió la ensoñación. –Ya, así estás
bien, ponte a leer lo que tienes que decir, nosotros ya
sabemos lo que nos toca.
De
lo que haya tratado el cuento es lo de menos, seguramente la
vieja historia del caballero que derrota al dragón y salva a
la princesa del castillo embrujado. Lo que sí recuerdo es que
me sentí muy bien al representar a la princesa y que, una vez
que terminamos y tuve que volverme a poner la camisa y el
pantalón, sentí un gran desasosiego.
Por Silvia Susana
Jiménez Galicia-.
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