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Biografías trans e
informes sobre transexualidad
Por Berenice Alves de Melo Bento
Doctoranda en sociología por la Universidad de Brasilia-
Brasil. Parte de sus investigaciones han sido hechas en
España, gracias a una beca del Conselho Nacional de
Desenvolvimento Científico e tecnológico (CNPq.). Presento en
este artículo una reflexión inicial sobre la transexualidad,
tema que vengo investigando para la elaboración de mi tesis
doctoral. Agradezco a Manolo Martínez y a Alec Casanova la
revisión del castellano; al antropólogo Pedro Paulo Gomes
Pereira, las sugerencias y la lectura crítica; a la profesora
Lola Luna por permitirme presentar inicialmente las ideas
expuestas en este artículo en el Seminario realizado en la
Universidad de Barcelona en 20 de enero de 2002.
¡Soy
la Manzana-Rosa Del Ave Del Paraíso, soy la vida, la mitad de
mi cuerpo es mentira y la mitad es verdad, soy rosa y soy
manzana, doy a todos un ojo de vidrio y un ojo de verdad: los
que ven con mi ojo de vidrio ven porque sueñan, los que ven
con mi ojo de verdad ven porque miran! ¡Soy la vida, la
Manzana-Rosa del Ave del Paraíso, soy la mentira de todas las
cosas reales, la realidad de todas las ficciones!
(Miguel
Ángel Asturias, El Señor Presidente)
El
objetivo principal de este artículo es intentar comprender los
procesos para la formación de las identidades de género en la
experiencia transexual, desde la problematización de dos
posiciones teóricas. En la primera posición, tenemos los
discursos que interpretan la identidad de los sujetos
sociales, en general, y la de las personas transexuales, en
particular, como una substancia, sin contradicciones internas.
En este caso, el cuerpo es concebido como naturalmente
heterosexual y el demiurgo de todos los deseos. Esta posición
es difundida, principalmente, por profesionales de la salud
mental. En la según posición, la experiencia transexual es
interpretada como una forma más de actualizar, en las
prácticas de género, versiones sobre lo masculino y lo
femenino, desvinculándola de una referencia biologizante. La
propia idea de identidad de género, como algo unitario y
coherente, en tal perspectiva teórica, se vuelve confusa y ya
no es un referente que permite transitar con seguridad en el
mundo de las prácticas plurales de los géneros. Esta
concepción se encuentra respaldada, en gran medida, en la
teoría de la performance, en los términos propuestos por
Judith Butler.2 La pregunta central que se hará para estas
posiciones es: ¿qué son un hombre y una mujer de verdad?
La
primer parte de este artículo esta dedicada a acercarse a la
rutina de los/las transexuales en el hospital, apuntando como
el contacto con los profesionales responsables de acompañarles
durante el período preoperatorio esta basado en negociaciones
implícitas sobre lo que sea una mujer y un hombre. En la
segunda parte, se señalarán como la experiencia transexual
problematiza la concepción de identidad que la sociedad
estructura para los géneros y simultáneamente desestructura la
propia noción de real y irreal, a medida que el cuerpo
posicionado en el orden rígido de los géneros es
desestabilizado. Al mismo tiempo que se abordarán algunos
rasgos de la experiencia transexual, se destacará que las
cuestiones planteadas por ella, principalmente las que se
refieren a los desplazamientos identitários, atraviesan
horizontalmente la sociedad, lo que diverge de la percepción
que la clasifica como “identidades trastornadas, desviadas,
disfóricas, disfuncionales”. Este texto discutirá tales
visiones patologizantes de esta experiencia en la tercera
parte y luego después, para finalizar, se aproximará a la
teoría de la performance.
LA BÚSQUEDA DE UN SITIO EN EL MUNDO
Juliana3 se encontraba acostada en una cama de una habitación
de un hospital público brasileño, compartiéndola con otras
mujeres. Después de muchos años de espera, finalmente
conseguía realizar la cirugía de reasignación de sexo4. Yo
estaba muy ansiosa por hablar con ella. Tenía muchas preguntas
para hacerle: ¿Cómo había ido la cirugía? ¿Había tenido alguna
duda antes de entrar en la sala quirúrgica? ¿Qué estabas
pensando antes de la operación? ¿Estás físicamente bien? Y
tantas otras preguntas. Ya conocía su historia, sabía que ella
pasó buena parte de sus 30 años deseando librarse “de aquel
trozo de carne que llevaba entre mis piernas”5. Mis preguntas
tuvieron que esperar. Ella aún estaba visiblemente abatida,
con el rostro pálido, aunque tenía una mirada tranquila. Ella
hizo sólo algunos comentarios: echaba de menos a su madre; la
sensación de alegría cuando salió de la operación al poner la
mano en su cuerpo y sentir que “estaba libre”; su deseo de
volver a casa y a su vida. Pero tuvo que esperar: una
infección posquirúrgica la obligó a quedarse 30 días en el
hospital. Después de algunos meses, Juliana volvió al hospital
para realizar la cirugía plástica para la construcción de los
labios mayores y menores.
La
construcción de una neovagina cuenta con técnicas más
refinadas que aquellas utilizadas para hacer el neopene. Esto
no significa que la cirugía sea sencilla. De media, la primera
cirugía tarda 5 horas y tiene un postoperatorio que necesita
muchos cuidados y con posibles complicaciones. Pero la
cirugía es un momento puntual de un proceso que puede llevar
más de dos años. Para los transexuales masculinos, las
cirugías que necesitan son varias: es necesario quitar los
pechos, hacer la histerectomía y, después, la construcción de
un neopene cuya funcionalidad es mínima o inexistente.
Generalmente las cicatrices son muchas y la intervención
quirúrgica dura mucho tiempo.6
Durante dos años los/las transexuales deben frecuentar
sesiones de psicoterapia individual y en grupo, hacer
análisis con regularidad, fonoterapia, someterse a varios
tests psicológicos (entre ellos MMPI, HTP, RORSCHARCH).
Cuando los tests empiezan van de tres a cuadro mañanas por
semana al hospital. Tuve oportunidad de acompañar la ansiedad
de algunos de ellos/ellas cuando esperaban para empezar alguno
de estos tests y el alivio que sentían cuando salían,
generalmente con una sonrisa pues creían que habían sido
aprobados. Llegar hasta la cirugía es interpretado como si se
hubiesen aprobado todos los exámenes, que ha conseguido
demostrar que se es una mujer o un hombre de verdad para los
examinadores.
La
convivencia con las personas transexuales me llevó a concluir
que la cirugía y la vida en el hospital son momentos
importantes para sus historias, pero no exclusivos y, además,
no es posible ascender a esta experiencia7 considerando
únicamente este momento. En la fase inicial de mis
investigaciones, daba mucha importancia a tal período.
Intentaba comprender cómo los médicos y los profesionales de
la salud mental construyen sus diagnósticos para autorizar tal
cirugía8. Los informes son hechos desde las narraciones de
las personas transexuales. Ningún análisis de laboratorio
ayudará a los profesionales a tener la seguridad sobre la
condición de transexualidad de los “candidatos” que desean
operarse – significativamente, es la duda más grande que
atormenta a estos profesionales. Entonces, me preguntaba
cuáles serian los indicadores de los discursos de las personas
transexuales seleccionados por ellos y cuáles las definiciones
de masculino y de femenino que estaban en disputa. Esto
sugiere como los/las transexuales construían sus relaciones
con los profesionales de la salud negociando posiciones y
versiones sobre lo masculino y lo femenino, pues saben del
poder que ellos tienen para permitirles realizar la cirugía.
Robert Stoller afirmó, después de llevar años atendiendo a
personas transexuales, que ellos “mentían” en las consultas9.
Yo creo que no se trata de “mentiras”, pero la única
posibilidad que muchas veces los/las transexuales tienen para
negociar con el poder de los profesionales de la salud o tal
vez podremos interpretarlas como una resistencia, en los
términos propuestos por Michel Foucault.10
La
percepción de una posición negociada en los marcos del
hospital, hizo que yo notase como las personas transexuales
estructuraban sus acciones en otros espacios sociales (por
ejemplo, saliendo de compras, en sus casas, en sus empleos).
Pasé a relativizar la importancia de la vida de ellos/ellas en
el hospital, analizándolo como un campo social11 más donde
tienen que interaccionar y posicionarse en las relaciones de
poder inherentes a esta institución. Observé que una excesiva
importancia a este momento puede generar una lectura
patologizante de esta experiencia, como hacen Robert Stoller12
y Collete Chilland13, conforme intentaré mostrar.
Luego nos damos cuenta de que el sufrimiento más grande no
está en este momento, el quirúrgico, sino antes. Entramos,
entonces, en contacto con historias de vida marcadas por
conflictos, por no saber quién se es, por no reconocerse
delante del espejo vivenciando un proceso de construcción de
una auto imagen marcada por la abyección a su propio cuerpo,
donde los principales signos corporales que localizan los
sujetos en el mundo, los genitales, son las causas de sacarles
del mundo visible de los géneros. Las preguntas: ¿Quién soy?
¿Soy un hombre o una mujer? ¿Cómo es posible sentirme mujer y
tener un cuerpo de hombre? ¿Soy una aberración? ¿Tengo derecho
a existir?14 Son algunas preguntas que aparecen con frecuencia
cuando empezamos a escuchar sus narrativas.
Sus
historias nos remiten a un espacio social del desplazamiento,
del no-lugar. Ser un sujeto social y no encontrar a su
alrededor categorías que sirvan para decir, o para describir
quién es. En este espacio no conceptual, estas personas
intentan nombrar una experiencia: “soy transexual”. Pero, si
se les pregunta si se identifican con esta etiqueta, dicen
que no. A ellos les gustaría ser solamente conocidos por
hombres o mujeres. “¡Yo soy una mujer!” o “¡yo soy un
hombre!”. Sin embargo, ¿qué es un hombre o una mujer?
DESPLAZAMIENTOS DE LOS GÉNEROS
Hace
algunas décadas el movimiento feminista empezó un debate
teórico y práctico intentando apuntar que ser hombre o ser
mujer es fruto de una construcción histórico-cultural y no de
una determinación de la naturaleza. Según Bandeira & Siqueira:
(...) la incorporación de la noción fundamental de género
permite avanzar en la comprensión no sólo del femenino, pero
simultáneamente del masculino pues deberá ser entendida como
una relación entre diferentes, eliminando la noción del
‘ghetto’, que hay predomina, tanto en la esfera académica como
en los movimientos sociales, cuando se trabaja con el sujeto
mujer.15
El
mismo movimiento teórico que se hace para desnaturalizar la
categoría mujer y que ha tenido ricos desdoblamientos como el
surgimiento de los estudios sobre masculinidades, se debe
hacer para otras esferas constitutivas de los sujetos,
principalmente para las sexualidades. Según tal perspectiva,
tener un útero no agota las experiencias de las mujeres y que
la virilidad es un hecho social de doble sentido para los
hombres: al mismo tiempo que les posibilitan tener una
posición superior en las jerarquías de género, también bloquea
la sensibilidad.
La
idea de una identidad femenina/masculina no supone las
diferencias que una ficticia unidad universal intentó
olvidar. La inestabilidad y complejidad de la categoría género
aumentan cuando hacemos un abordaje considerando las múltiples
intersecciones con las clases sociales, étnicas y las
sexualidades. Con esto, vemos emerger pluralidades de
posiciones de género y los bloques monolíticos de
“mujer/hombre” ceden lugar para una multiplicidad de
posibilidades de construir nuevos significados para la
experiencia de género. La forma de articular las
identificaciones es internamente disonante, compleja y puede,
potencialmente, construir nuevos significados para las
categorías hegemónicas que dan existencia a la norma de
género16. Conforme aportó Lola Luna:
Entre los avances del feminismo coincidentes con el
postestructuralismo está la aportación innegable de la
pluralidad de sujetos históricos contextualizados,
representados por múltiples grupos de mujeres y hombres,
frente al sujeto universal abstracto del discurso de la
modernidad, que remitía finalmente a un sujeto hegemónico
masculino.17
En
este sentido, es necesario radicalizar el proceso de
desnaturalización de las identidades de los géneros, siendo un
de los pasos fundamentales la desvinculación entre género,
sexualidad y roles de géneros. En esta tarea teórica la
experiencia transexual tiene mucho que decirnos, una vez que
se constituye y se caracteriza por desplazar estos niveles
identitários de un referente biológico. Una de las teóricas
contemporáneas que hay dedicado su obra al objetivo de
desnaturalización de las identidades, es Judith Butler. Según
ella:
El género no es una esencia interna. Esa supuesta “esencia
interna” es fabricada mediante un conjunto sostenido de actos,
postulados por medio de la estilización del cuerpo basada en
el género. De esta manera se muestra que lo que hemos tomado
como un rasgo ´interno´ de nosotros mismos es algo que
anticipamos y producimos mediante ciertos actos corporales, en
un extremo, un efecto alucinatorio de gestos naturalizados.
18
En
este movimiento teórico, no es posible hablar de una forma
universal de ser mujer o hombre, tampoco de una única forma de
vivenciar la experiencia transexual. La idea de multiplicidad,
conflicto que marca la existencia humana, también caracteriza
esta vivencia. Así, se está gestando nuevas posibilidades
explicativas para los complejos procesos mediante los cuales
los sujetos estructuran sus identidades, al mismo tiempo que
se contraponen a la norma de género.
Los/las transexuales pueden en sus discursos “recordarnos el
escenario heterosexual, por así decirlo, pero también, al
mismo tiempo, lo desplazan”19, pues cuestiona la propia
noción de identidad como determinada por una estructura
natural, biológica. Esta experiencia está, simultáneamente, en
una posición de negación y negociación explícita e implícita
con estas normas. El hecho de que una persona no tenga ningún
problema biológico, que ha nacido con un “cuerpo normal” y
que, aún así, no se siente miembro del género destinado
socialmente, hace que tengamos un primer nivel de
desplazamiento: el cuerpo y el género están en disputa.
Las
normas de género hacen una vinculación directa entre el
cuerpo, la subjetividad, la orientación sexual y los roles. En
esta visión, el mundo se divide en dos: o se es mujer o se
es hombre. Antes mismo de nacer, nuestro futuro cuerpo ya
está inscrito en un campo discursivo determinado.
Muñecas para las chicas, pelotas para los chicos; faldas para
las chicas, pantalones para los chicos. El mundo infantil se
construye sobre prohibiciones. Esta pedagogía de los géneros
tiene como objetivo preparar a los pequeños para la vida
heterosexual construida desde la ideología de la
complementariedad de los sexos. Es como si las confusiones en
los roles provocasen, de una forma directa e inmediata,
perturbaciones en la orientación sexual.
El
sistema binario de géneros produce y reproduce la idea de
que el género refleja el sexo. Cuando la condición del género
se formula como algo radicalmente independiente del sexo, el
género mismo se hace vago y tal vez, en este momento, tenemos
que pensar que el sexo ha sido siempre género y que no existe
una historia anterior a la propia práctica cotidiana de las
reiteraciones, conforme trataré más adelante.
Otro nivel de desplazamiento se refiere a la
sexualidad. Según la norma de género, la sexualidad buena y
sana es la heterosexual, practicada por un hombre y una mujer
“biológicamente sanos”. Construir una identidad que intente
articular de forma diferenciada estas esferas constitutivas
del sujeto es ponerse en posición de conflicto con las
normas hegemónicas de género, conflicto muchas veces
silenciado con la violencia física y simbólica.
Cuando una persona que ya vive el desplazamiento
de cuerpo/subjetividad y escoge como objeto de deseo una
persona que tiene el mismo género que el suyo, estamos delante
de otro nivel de desplazamiento. La sexualidad y la identidad
de género se encuentran en divergencia con las normas de
género. Estoy refiriéndome a las personas que pasan por la
cirugía, no en función del deseo de mantener relaciones
heterosexuales. Son biológicamente hombres que realizan los
cambios (hormonal y quirúrgico), no porque deseen tener un
hombre a su lado, sino porque se consideran mujeres que desean
a mujeres. Aunque sea muy común encontrar personas que
construyen su sexualidad y su identidad de género de esta
forma, no he encontrado en la literatura especializada
referencia a casos como estos.
La
suposición implícita que sigue orientando la clasificación
oficial de una persona como transexual es una mente
aprisionada en un cuerpo, una mente heterosexual. O sea, es
inconcebible, desde este punto de vista, un cuerpo masculino
que cambie hacia un cuerpo femenino y que elija como objeto de
deseo a una mujer, pues, una mujer “de verdad” ya nace hecha,
es heterosexual, pues sólo así podrá desempeñar su principal
rol: la maternidad.
Tal
concepción está fundamentada en el dimorfismo radical, según
el cual, los roles de género, la sexualidad, la subjetividad y
las performatividades de los géneros se presentan pegadas unas
a las otras y cuando existe cualquier nivel de desplazamiento,
el terapeuta tiene que actuar en el sentido de restablecer el
orden. Es este mapa el que forjará las bases fundamentales
para diagnosticar la transexualidad. Conforme aportó Butler20,
el género solo significa una unidad de experiencia entre el
sexo cuando la heterosexualidad orienta tal lectura.
Stoller es un de los teóricos que defenderá la
idea de la normatización del orden género. Según él:
Lo que dejará el hombre normal con una cantidad sólo
microscópica de perversión será una madre femenina que
aprecie la heterosexualidad y la masculinidad (en hombres), y
un padre masculino que aprecie la heterosexualidad y la
feminidad (en las mujeres), o sea, padres que puedan resolver
el conflicto edipiano del chico.21
La
normalidad está, entonces, identificada con la
heterosexualidad. Para muchos psicólogos que son responsables
de elaborar el principal documento para las personas
transexuales, el informe psicológico, es simplemente
impensable que una persona haga la reasignación de sexo y que
sus deseos eróticos estén orientados hacia personas que tengan
el mismo sexo y género que el suyo.
En
una charla con una psicóloga responsable de los informes
psicológicos de las personas que están intentando obtener un
diagnóstico de transexualidad, pude observar su sorpresa
cuando le dije que hay muchas personas que después de la
cirugía se consideran lesbianas. Para esta psicóloga tales
casos deberían ser diagnosticados como esquizofrenia absoluta
y si ella tuviera la responsabilidad del diagnóstico jamás
indicaría la cirugía.
Una cuestión que he estado planteándome es saber
hasta qué punto estas prácticas producen una discontinuidad
subversiva, una vez que genera una disonancia entre sexo,
género y sexualidad, problematizando las supuestas
correspondencias entre estas esferas. Tal vez una respuesta
para tal indagación sea comprender que la experiencia
transexual es fundamentalmente contradictoria y es en este
contexto contradictorio en el que puede haber espacio para las
subversiones en las visiones de la norma del género. Cuando
hablo del carácter subversivo de esta experiencia, no estoy
vinculando tal afirmación a un sujeto empírico, sino a la
propia experiencia en si.
Es
importante recordar que los desplazamientos no son un rasgo
de los transexuales. Lo que más me llama la atención es pensar
que esta experiencia nos dice (aunque no sea de forma
explícita) exactamente que las categorías hombre y mujer,
aceptadas socialmente y que llevan en su interior la
suposición de la heterosexualidad, no consiguen agotar las
múltiples y diferentes experiencias humanas.
Desplazamientos de la mirada
En
una reunión del Grupo de Identidad de Género y Transexualidad
del Col.lectivo Lambda-Valéncia, la madre de un transexual
masculino nos contaba, con los ojos llenos de lágrimas y
dolor, las sensaciones que los cambios de su “hija” le
provocaba: “Yo parí una chica. Yo tuve tres hijas y no dos
hijas y un hijo. A veces creía que Dios estaba probándome o
castigándome. No lo podía aceptar. Ahora es un poco más fácil
de aceptar. ” Para esta madre lo que pasaba con su hijo/a
simplemente no era posible, era irreal. Sólo a través de una
explicación religiosa (pecado, culpa y purgación) se podría
comprender cómo Dios le había dado un/a hijo/a sin ninguna
“enfermedad aparente”, pero que no se comportaba como una
chica. La cuestión más dolorosa es pensar que tenía un cuerpo
“perfecto” pero que no contesta “adecuadamente” a las demandas
formuladas por lo social para ella. Son cuestiones como estas
con las que nos vemos confrontados delante de la experiencia
transexual.
Los
cambios reivindicados por ellos/ellas no son cualquier
cambio: están localizados en regiones del cuerpo que fueron
objeto de constantes inversiones discursivas, principalmente
religiosas y científicas. Sea interpretado como pecado o como
patología, la experiencia transexual pone en duda algunas de
las categorías fundadoras del pensamiento y estructuradoras de
nuestras miradas sobre el mundo generificado. Es en este
sentido en el que llamo a la experiencia transexual como
subversiva, pues desplaza las nociones de “real” y
“ficticio”. El cuerpo ya no es una ruta segura para posicionar
los sujetos en el mundo polarizado de los géneros y la
‘realidad de género’, que construye nuestras miradas sobre el
mundo, se fragiliza. El cuerpo transexual pone esta verdad en
un laberinto, pues ya no será posible tener un juicio sobre
la anatomía estable partiendo de la ropa que cubre y articula
el cuerpo.
Pude
vivenciar algunos momentos en que la mirada del observador ya
no era suficiente para conducirle con seguridad en el mundo
del género. Una de esas veces esperaba el autobús, junto con
un grupo de personas del Col.lectivo Lambda de Valéncia para
participar en un programa de TV sobre Transexualidad. Subimos
en el autobús que ya tenía algunos invitados. Conforme
caminaba por el pasillo para ocupar mi sitio, sentí el peso de
los ojos sobre mi cuerpo y cada nueva persona que entraba en
el autobús tenía que soportar aquellas miradas fijas,
agresivas, confusas, penetrantes, preguntándose y
preguntándonos silenciosamente ¿Será un hombre? ¿Será una
mujer? Aquellas miradas nos callaron. ¿Qué les permite
sustentar con tanta firmeza sus miradas? Fue un dialogo
silencioso y tenso.
Las
categorías construidas socialmente para informarnos y
conducirnos, empiezan a fallar. La pregunta, entonces, cambia
de “¿qué es un hombre y una mujer?”, a “¿Será posible que ella
sea un hombre?” Cuando tales categorías se ponen en duda,
también se vuelve confusa o en crisis la idea de una identidad
de género respaldada en el cuerpo. Lo real y lo irreal
empiezan a confundirse. Lo “real”, aquello que invocamos como
el conocimiento naturalizado del yo, es, de hecho, una
realidad que puede cambiar y que es posible replantear.
Lo
que se pone en cuestión es la propia noción de identidad como
coherente y unitaria. Nadie tiene la seguridad de lo que sí se
es, o de lo que debería ser todo el tiempo. Nos reconstruimos
a través de las acciones cotidianas en movimientos de
negociación con las normas sociales. Para Stuart Hall22, a
medida en que los sistemas de significación y representación
cultural se multiplican, somos confrontados por una
multiplicidad de identidades posibles, con cada una de las
cuales podríamos identificarnos. Pero debemos preguntar:
¿Cómo acercarnos la experiencia de las personas transexuales
cuando se esta orientado por mapas de identidad que buscan la
coherencia, la unidad basada en la naturaleza? ¿Cómo es
posible localizar las identidades de estos sujetos, cuando la
propia noción de identidad adquiere un carácter normatizador?
LO
NORMAL Y LO PATOLÓGICO
Hasta hoy fue tarea, principalmente, de las “ciencias psi23”
teorizar sobre los márgenes y definir las conductas humanas
(los de dentro, los normales) diferenciándolas de las
no-humanas (los de fuera, los anormales). Las suposiciones del
género normativo pasarán a delimitar el campo mismo de la
descripción de lo humano24.
El
Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM)25,
de la American Psychiatric Association (APA), sólo excluyó la
homosexualidad de la categoría de desórdenes mentales (en su
tercera versión), gracias a las luchas de movimientos gays.
Pero la transexualidad (así como el fetichismo, el sadismo, el
masoquismo, el voyeurismo, entre otros) sigue siendo
clasificada como una disfunción psicológica. Conforme dice
Gayle Rubin26, aún se siguen escribiendo libros sobre la
génesis, etiología, tratamiento y cura de estas supuestas
“patologías” que sustituyen la idea de pecado sexual por
inferioridad mental y emocional.
En
el DSM aparecen los “Estándares de Tratamiento para Trastornos
de Identidad de Género” (ET) que tienen como propósito
principal “articular el consenso internacional de las
organizaciones profesionales sobre el manejo psiquiátrico,
psicológico, médico y quirúrgico de los trastornos de
identidad de género.” El presupuesto orientador de este
documento es que hay un conjunto de indicadores universales
para todas las personas transexuales.
En
este documento hay dos conceptos para calificar a la
transexualidad: “trastorno” y “enfermedad”. ¿Cuál será la
diferencia entre “trastorno” y “enfermedad”? ¿Será que el
primero es más “tratable” que el segundo? En la “Clasificación
Internacional de Enfermedades (CIE)-10”, hay cinco
diagnósticos para los “trastornos de identidad de género (F64)
”27 , siendo el “Transexualismo”28, clasificado a través del
code (F64.0.), uno de estos.
No
se pode disminuir el poder que este documento tiene para
formar la concepción sobre este tipo de experiencia,
principalmente entre los profesionales de las ciencias psi.,
pues es el principal texto orientador de estos profesionales
en todo el mundo, siendo que, muchas veces, la información
inicial sobre la transexualidad es obtenida a través de su
lectura.
La
necesidad de conocer la producción teórica de los
profesionales psi. que ejercen su práctica en este campo o que
hacen reflexiones teóricas sobre la psique de las personas
transexuales, surgió en mi propio trabajo de campo. Son muchos
los relatos que apuntan la ida al consultorio de un psicólogo
como una experiencia “terrible”. Una de las entrevistadas
contó que la psicóloga le dijo que aquellos sentimientos de no
pertenecer al género que su cuerpo le destinaba no existían y
que ella padecía de alguna enfermedad de orden espiritual.
Otro fue calificado por una psicóloga como “una aberración de
la naturaleza”. De todas las personas que he estado hablando,
sin excepción, la primera experiencia en los consultorios no
les ayudó a comprender sus conflictos. La situación sólo
empieza a cambiar cuando ya llegan con el autodiagnóstico,
obtenido a través de informaciones en los periódicos, en
revistas, en la tele, en libros, o con amigos.
Generalmente las personas transexuales atribuyen tales
conductas de estos profesionales a la falta de formación e
información. No desconsiderando este hecho, o sea, que los
estudiantes de sicología generalmente no tienen conocimientos
de la transexualidad, creo que es la propia construcción de la
mirada del profesional la que le llevará a informarse sobre
esta experiencia. La visión teórica que hegemoniza es de
abordarla como “trastornos”, como “una patología”, un
desorden en el orden heterosexual.
La
transexualidad puede ser interpretada como un de los grandes
dispositivos29 de una serie histórica iniciada principalmente
a mediados del siglo XIX. Es interesante pensar que al mismo
tiempo que estas ciencias teorizaban sobre las desviaciones,
los anormales, los perversos, la histérica, también las
inventaban. Como apuntó Foucault, La maquinaria del poder que
se ocupó de toda esta extraña deformación no pretendía
suprimirla, sino más bien someterla a una realidad analítica,
visible y permanente... un nuevo orden natural del
desorden30.
La
multiplicación de los discursos para la clasificación y
elaboración de protocolos para diferenciar el “verdadero
transexual” del “transexual secundario”, utilizando para esto
una escala de feminidad y de masculinidad, es uno de los
indicadores de la intención los profesionales psi. para
controlar las movilidades de los géneros y las ambigüedades y
para que el margen continúe al margen31.
Por supuesto que el hecho de personas que
subvertirán las normas sociales a los géneros, llevando ropas
y desempeñando roles diferentes de aquellos atribuidos
socialmente para su género, no es un hecho nuevo32. Pero el
contexto social-histórico donde esto ocurría es distinto de
una época dónde las verdades sobre los cuerpos, los deseos,
las subjetividades provienen de las ciencias, que intentan
esconder el carácter ideológico de su producción y trata los
hechos científicos como verdades absolutas.
En el sentido de desconstruir la suposición de que
la producción de conocimiento es un hecho objetivo, neutro,
desposeídos de ideología, algunos estudios han sido
fundamentales, entre otros, recordamos la investigación de
Thomas Laquer. Según este historiador, la concepción que
tenemos hoy en día de que existen dos cuerpos distintos que
explican, por si sólo, las diferencias comportamentales y de
subjetividades entre los hombres y las mujeres es una
invención muy reciente y que obedece a objetivos políticos e
ideológicos precisos de la modernidad. Según él:
La noción tan poderosa, después del siglo XVIII, de que
tendría de haber una cosa fuera, dentro y por todo el cuerpo
que definiese el hombre en oposición a la mujer y que
presentase el fundamento de una atracción de los opuestos,
está totalmente ausente en la medicina clásica o
renacentista. Este modelo de dos sexos sustituye el cuerpo
único. Los genitales de una mujer eran vistos como los de un
hombre, sólo que invertidos. 33
Ser hombre o mujer era mantener una posición
social, un sitio en la sociedad. El género determinaba el
sexo.
Intentar desvelar las ideologías que sustentan la
producción de los saberes fue una de las contribuciones del
movimiento y de la teoría feminista. Los médicos que empezaron
a “tratar” a los transexuales también eran y son portadores de
una ideología de género. Para profesionales de la salud mental
los transexuales podrían ser clasificados como “sicóticos
extremos”, “sicótico esquizofrénico extremo”, “sicótico
esquizofrénico paranoico” o “de carácter
esquizofrénico”.
El
orden y el desorden
Robert Stoller fue un de los pioneros en la investigación y la
intervención con los/las transexuales. Sus tesis están basadas
en la influencia de la familia en la formación de la identidad
de género de los chicos y de las chicas. Aunque apunte hacia
posibles influencias de factores biológicos para explicación
de las conductas, no duda en resaltar la preponderancia de las
causas sociales para la definición de los roles de género,
pero cuando habla de “causas sociales” no se puede olvidar que
se refiere fundamentalmente a la madre, la gran responsable de
la formación de la identidad de género de los hijos, según
Stoller. Con este presupuesto se aproxima a la experiencia
transexual, definida como una “aberración” y su origen es
debido a una “madre super-protectora”34. Sería, entonces, en
la relación del hijo con la madre que se debería buscar la
explicación para el origen de la transexualidad.
Para
Stoller, la madre del transexual es una mujer que tiene una
gran envidia de los hombres y desea inconscientemente ser
un hombre. Cuando tiene un hijo varón esta mujer intentará
proyectar sus deseos sobre él y le cubrirá de mimos y de
cariños exagerados. Esto provocará una ligazón extrema entre
hijo y madre, no permitiendo que el conflicto de Edipo,
momento decisivo para la constitución de la identidad de
género, según Stoller, se imponga. Entonces, antes de empezar
la terapia con el hijo que presenta señales de
transexualidad, trata a la madre intentando elevar su nivel de
feminidad, pues cuanto más distante estuviese la madre de los
patrones de feminidad, más grande la probabilidad de tener un
hijo transexual.
Todo
el tratamiento que ocurre en el consultorio tiene como
objetivo reestablecer el orden dicotómico de los géneros. Un
orden que culpabiliza a las mujeres que no desempeñan bien su
“tarea natural”, “instintiva” de educar a la prole. La
pregunta que está presente en sus formulaciones es “¿Qué tipo
de madre tiene este pequeño?”. De ahí el carácter moralizante
que el tratamiento asume. Estamos de acuerdo con Dwight
Billings y Thomas Urban, cuando afirman que los médicos no
curan ni el cuerpo ni la mente, sino que en su lugar realizan
una función moral.35
Stoller no se limita a intentar apuntar las causas para la
transexualidad. Desea reestablecer la masculinidad usurpada
por la madre.36 Según el autor:
Hay
dos fuerzas contrarias en acción sobre él (el chico),
actualmente, que están luchando en los dos lados de su
bisexualidad, una intentando vencer la otra, y en ese
estadio de su vida, remetiendo las fuerzas que anteriormente
criaran su bisexualidad. Una es su terapeuta, que (como
representante de la sociedad, de la salud, y de conformidad
con la realidad externa) está del lado de su masculinidad; la
otra, su familia (su madre, en especial), que a pesar del
deseo consciente de cooperar con el tratamiento, actúa de una
manera que mantenga la feminidad.37
La
tarea que Stoller toma a su cargo es inducir los conflictos
para que una feminidad o masculinidad “normales” puedan
surgir. El autor relata varios casos de madres que llevaron
sus hijos a su consultorio preocupadas con sus
comportamientos afeminados. Para él, cuando más temprano la
madre notase los “desvíos” de su hijo, más simple seria el
trabajo del terapeuta en poner las cosas en orden38.
Toda
la terapia está basada en hacer que el chico desarrolle una
aversión al mundo femenino. Cuando “una amplia hostilidad con
relación a la madre empieza a aparecer – y absolutamente no
disimulada”39, Stoller da como exitoso el trabajo del
terapeuta. Algunos de los indicadores de un tratamiento bien
sucedido:
Los chicos
empiezan a valorizar sus penes (por ejemplo, pasan a quedarse
en pie para orinar, mientras antes se sentaba); desarrollan
fobias; atacan físicamente las mujeres – muñecas y chicas,
siendo el placer, más que la rabia, el efecto dominante..40
Stoller llama a esta terapia como “complejo de Edipo
terapéuticamente inducido”.41 Para que esa inducción se
realice con éxito, se deben resaltar los elementos
estructurantes de la identidad masculina hegemónica.42 Desde
el reconocimiento del pene como un elemento diferenciador
entre lo masculino y lo femenino, se pasa a agregar nuevos
significados a los genitales. El reconocimiento del pene al
mismo tiempo que le diferencia de las mujeres, también le
identifica como superior. Así, la construcción de la
masculinidad camina dada de la mano con la misoginia y la
homofobia.43
El
hecho de que ciertos tipos de identidades de género no se
adecuan a las normas de inteligibilidad cultural, hace que
sean evaluadas como identidades erróneas. La verdad es que el
sistema no consigue imponerse todo el tiempo a todos los
sujetos, hay fisuras. La persistencia y proliferación de
“identidades desviadas” es lo que cría oportunidades para
revelar los propios límites y los objetivos reguladores del
sistema de género y para la construcción de otros tipos de
configuraciones prácticas, o actos performativos, tanto en su
interior como fuera de él.
Colette Chiland seguirá en gran parte las posiciones de
Stoller en su clínica con chicos y chicas. Será como defensora
del orden de género que estructurá sus posiciones, pues, su
función terapéutica será hacer que los chicos “afeminados”, al
igual que Stoller, desarrollen el complejo de Edipo,
principio fundamental, según ellos, para construcción de la
“identidad sexuada”.
Para
Chiland, uno de los rasgos de los/las transexuales es la
reproducción de los estereotipos de género, asumiendo una
posición incluso de indignación con esta forma de construir
sus identidades. Según ella:
El
discurso de los transexuales interrogados sobre lo que es la
masculinidad o la feminidad, es notablemente pobre y
conformista. El discurso típico de un transexual varón
biológicamente es: “me casaría, me quedaría en la casa, me
ocuparía de la cocina esperando que vuelva mi marido a la
casa, pasearía a mi niño (adoptado en un landau.”). Para no
encontrarse reducidas a eso, las mujeres de nuestra cultura
lucharon durante decenios, incluso siglos.44
En
otro momento hace una reflexión que contradice esta primera.
Apuntará que “los hombres y las mujeres se conforman con los
estereotipos sociales de su cultura bajo la amenaza de que se
las mantenga lejos de la vida social”.45 La pregunta
inevitable es: ¿Porque exigir que las personas que viven la
experiencia transexual sean subversivas, cuándo también
comparten sistemas simbólicos socialmente significativos para
los géneros? ¿Será que la propia experiencia ya no lleva en si
un componente subversivo, a medida que desnaturaliza la
identidad de género?
Esta
y otras contradicciones no significan que no hay un núcleo
fundamental de sus tesis: considera las personas transexuales
desestabilizadoras de las normas sociales para los géneros.
Se le
quiere ayudar porque sufre. Y, de paliativo en paliativo, se
introducen las disposiciones legales que quieren respetar la
vida privada. ¿Pero estas medidas no atacan lo que hasta ahora
han sido los fundamentos de nuestra cultura en cuanto al
matrimonio y la filiación?46
De
ahí su preocupación con la posición que el terapeuta debe
asumir. Según ella, “Necesitamos estar bien instalados en
nuestra identidad sexuada para no tener miedo ni de las
huellas del otro en nosotros, ni de movimiento tierno hacia
el mismo”47. Igual que Stoller, Chiland afirma que los padres
de chicos “afeminados” deben colaborar con el tratamiento para
que sus hijos no se trasformen en adultos transexuales. Para
esto es necesario:
No
permitir el travestimiento, no apoyar los juegos en el papel
del otro sexo, restringir los juegos con los juguetes del otro
sexo, decirle al niño que se le aprecia en cuanto chico o
chica, animar las relaciones con los compañeros del mismo sexo
y ayudar al niño a desarrollar actividades más propias de su
sexo o neutras.48
La función de estas terapéuticas, entonces, es eliminar la
parodia y mediante un conjunto de técnicas se busca una
verdadera feminidad y masculinidad. O sea, a lo largo de los
años de visitas al hospital, la persona que intenta hacer la
cirugía vivirá un proceso de “asepsia”, donde los supuestos
excesos son cuidadosamente observados. Si una mujer de verdad
es “discreta” en la forma de maquillarse, en las ropas, la
voz, la forma de posicionar la lengua para que no tenga una
voz que recuerde un travestí, entonces, hay todo un conjunto
de movimientos para construir un sujeto transexual que no
lleve en sus performances de género ninguna señal que sugiera
ambigüedades.
Generalmente los/las candidatos/as se ponían sus mejores
trajes, perfumes, pendientes, tacones para ir a las consultas.
Después he escuchado los comentarios de algunos profesionales:
“Has visto como ella se viste como un travestí.” Los rechazos
van desde miradas hasta la censura explícita: “Tuve que
decirle que ella estaba vistiendose como una puta, que estaba
llamando mucho la atención”. En una ocasión, miraba la foto
de una de las candidatas a la cirugía y escuchaba otro
comentario de un psicólogo: “mira, es un travesti: ¡Qué
exageración!”. Tal afirmación sugiere que aquella persona no
era una mujer, sino un pastiche, una mentira.
Por
supuesto, que hoy hay muchos profesionales que empiezan a
repensar tales clasificaciones y normativizaciones. En
Valéncia el psicólogo y sexólogo Vicent Bataller ha sido un
aliado de los Colectivos de Transexuales en la lucha por sus
derechos y que está en desacuerdo con la visión patologizante
de la transexualidad hegemónica de las Asociaciones de
Psicoanálisis. Para él:
Las
personas transexuales siguen rechazando la psicoterapia de
entrada, pues los prejuicios, falacias, errores y
desconocimiento que muchos profesionales de la Salud tienen
sobre la Transexualidad masculina y femenina, al considerarlas
de entrada o sentirse que las tratan como enfermas mentales,
crea ya un rechazo por parte de éstas hacía todo lo
“psíquico” y entienden que su transexualidad no requiere de
intervención psicoterapéutica.49
No
obstante, persiste la visión que considera tal experiencia
como esquizofrenia y/o psicopatía susceptible de “cura” a
través de la terapia y cuando estas no son suficientes se
intenta moldearles para que estén en los marcos del que se
supone que es la verdadera mujer o verdadero hombre,
eliminando indicadores que sugieren ambigüedades y posibles
confusiones en los limites del orden dicotómico de los
géneros50.
Desde del momento en que se forma un chico diciéndole que son
sus genitales los que definen sus posiciones en el mundo y él
no interioriza tales verdades para su género, experimentando
emociones o deseando hacer cosas que se atribuyen al otro
sexo, ocurre una inversión: al revés de reconocerse que la
estructura social para los géneros es injusta, generadora de
violencia, siendo la queja individual un síntoma de los
trastornos de origen social, conforme sugirió Maria Jesús
Izquierdo51, la cuestión es tratada y vivenciada como un
problema o una disfunción individual.
En
esta perspectiva psicologizante todo aparece como un disturbio
personal, individual. Tales abordajes no tienen en cuenta los
condicionantes sociales que contribuyen para la estructuración
de las identidades. El dimorfismo que define y posiciona a los
sujetos en categorías cerradas y jerarquizadas, hace que
aquellos que no encajan en este modelo vivencien los
conflictos como si fueran de orden personal, donde la
felicidad máxima es hacerse la cirugía, generalmente de la
forma más clandestina posible.
Los
estereotipos de los “estereotipos”
Una
de las críticas más frecuentes a los/las transexuales es que
refuerzan los modelos estereotipados de los géneros. Pero,
¿será que una lectura culpabilizante, como la que hace Chiland,
es suficiente para explicar los complejos mecanismos de
entrada en el mundo del género identificado? ¿Por qué las
personas transexuales se identifican aparentemente con
determinadas performances de género calificadas como
retrógradas, sumisas?
Generalmente estas personas sienten dificultades para hablar
de sus conflictos porque no saben como nómbralo. ¿Cómo
explicar a las personas que desean cosas, desean ser, estar y
vivenciar la experiencia del otro género, si se lleva un
órgano que actúa como obstaculizador de esta posibilidad de
tránsito? Uno de mis entrevistados definió el pene como “una
cosa, un bicho horrible que me provoca asco”. Para tener más
seguridad en el proceso de inserción en el mundo del otro
género, es cierto que muchos intentan reproducir el modelo de
la mujer sumisa y del hombre viril, reforzando lo que se llama
“estereotipos de género”.
Las identidades no son monolíticas y coherentes como nos
hacen creer algunos discursos psicoanalíticos que construyen,
así, una representación estereotipada de los/las transexuales
al apuntar que sus discursos son “pobres y conformistas”52. No
podemos olvidar que los discursos son estructuras
heterogéneas, dominadas por interdiscursos, o por alteridades
implícitas/explícitas y solo mediante una observación
sistemática del conjunto de los discursos que interactúan en
un determinado contexto, esas alteridades pueden ser
aprendidas.
Foucault, al estudiar cuales son los procedimientos de control
y de delimitación de los discursos, estaba atento a lo dicho y
a lo no-dicho, a los silencios como parte estructurante de los
discursos. Según él, es necesario intentar determinar las
diferentes maneras de no decir y como son distribuidos lo que
se puede y lo que no se puede decir53.
Muchas veces he visto a personas transexuales con un discurso
en defensa de la buena esposa, guardián de la moral y buenas
costumbres, o de hombres reproductores del modelo viril, para
obtener la aceptación de los médicos que evalúan sus niveles
de feminidad/masculinidad. Por contradictorio que pueda
parecer, he visto a estas mismas personas presentando, en
espacios sociales distintos, otros tipos de conducta que, de
cierta forma, se oponen a la representación hegemónica de los
géneros. Tales cambios de conducta, yo creo, no es un rasgo de
los/las transexuales, pues la interacción entre los sujetos
está limitada por las reglas propias de los campos sociales
que condicionan en buena medida nuestras acciones54. Cuando
tenemos en mente que las relaciones sociales son estructuradas
en los marcos de relaciones de poder,55 concluimos que nadie
es libre para hacer todas las cosas todo el tiempo.
Considerando tal aserción como válida, se puede cuestionar la
representación de los/las transexuales como un todo homogéneo,
monolítico, sin contradicciones y diferencias internas o, lo
que es lo mismo, la idea que las personas deberán tener un
discurso y una práctica sin contradicciones todo el tiempo.
Aparece como si hubiera una única forma de vivenciar esta
experiencia. Tal representación es construida teniendo en
cuenta un único momento de la vida de estas personas: la
consulta, dentro de un determinado campo social, el hospital.
Existen conflictos entre los sistemas discursivos, conforme
aportó Scott, contradicciones dentro de cada uno de ellos, lo
que retira el carácter transparente, obvio de estos discursos
y los torna más complejos y escogidos. 56
Otra posibilidad explicativa para que esto ocurra, o sea,
que se representen los/las transexuales como reproductores de
los estereotipos de género, se refiere a la forma como entran
en el campo del género identificado.
Las
personas transexuales fueron socializadas en instituciones
para actuar de acuerdo con el género que le fue atribuido.
Generalmente, después de un largo período de impedimentos
empiezan a vivenciar experiencias del género con el cual se
identifican. Como no tuvieron acceso a la socialización de una
chica (para las transexuales femeninas) o de un chico (para
los transexuales masculinos), tampoco vivenciaron el proceso
de interiorización de las verdades que su sociedad construyó
para el otro género, tendrán que aprenderlas. La
gesticulación, el comportamiento, hasta la forma de sentarse
son procesos de inculcación.
Los genitales serán los determinantes para la
conducción de una pedagogía de los cuerpos para que estos
puedan desempeñar con éxito la reproducción de las normas de
género. De esta forma, por más que un chico haya tenido
identificación con el mundo de las chicas y las chicas con el
mundo de los chicos, no recibirán los entrenamientos sociales
“adecuados”.
No
estoy afirmando que existan mujeres y hombres “de verdad”
teniendo en cuenta la socialización primaria57, sólo estoy
destacando que cuando una persona se reconoce como transexual
y, por tanto, hasta determinada fecha de su vida obtuvo la
educación de un género que él/ella rechaza, deberá hacer un
conjunto de movimientos para incorporarse a un género y ser
aceptada como miembro de éste. En este momento, la búsqueda de
inserción en el campo del otro género, principalmente cuando
aún están en el período preoperatorio, necesitando de un
informe médico para hacer la cirugía, puede conducirles a una
aproximación a lo que se llama “estereotipos de género”, pero
que creemos que la mejor forma de nombrarla sea “parodias de
género”.
Es en
el movimiento de convencimiento e inserción en el mundo del
otro género, en el que la discusión de lo real y de lo
ficticio aparece, siendo lo “real” identificado como la verdad
que, otra vez, retomamos las preguntas: ¿Qué es un hombre o
una mujer de verdad? ¿Qué es tener sentimientos femeninos y
masculinos? ¿Cómo concluir que este o aquel sentimiento es más
o menos femenino o masculino? ¿ Cómo reconocer un hombre y/o
una mujer de verdad?
DE LOS
ESTEREOTIPOS A LA PARODIA PERFORMATIVA.
Gayle
Rubin sugiere que debemos analizar sexualidad y género como
categorías independientes y no como ella misma había hecho en
su clásico libro “The traffic in woman”. Según ella, en este
libro no existía una distinción entre deseo sexual y género,
pues trataba a ambos como “modalidades del mismo proceso
social subyacente”58. Diferente a las opiniones que fueron
expresadas en The traffic in woman, “afirmo ahora que es
absolutamente esencial analizar separadamente género y
sexualidad si se desean reflejar con mayor fidelidad sus
existencias sociales distintas.” 59
La
crítica que la autora hace a sectores del movimiento
feminista estadounidense, identificado con la política
moralizante del Estado, la conduce a preguntarse si la teoría
de la opresión de los géneros, desarrollada históricamente
por el feminismo, lo calificaría automáticamente como una
teoría de la opresión sexual. Creo que esta misma preocupación
será el eje que vertebrará el libro El género en disputa: el
feminismo y la subversión de la identidad60, de Butler,
considerado como un de los textos fundadores de la teoría
queer61. Entre otros aspectos, Butler polemizará con las
teóricas feministas que vinculan el género a una estructura
binaria que conlleva en su interior la presuposición de la
heterosexualidad. Según ella:
Tenía
dos objetivos en aquel entonces (referencia a Género en
Disputa): el primero era exponer lo que entendía como
heterosexismo generalizado en la teoría feminista; el segundo
era un intento por imaginar un mundo en el que aquellas
personas que viven a cierta distancia de las normas de género,
o que viven en la confusión de las normas de género, puedan
todavía considerarse a sí mismas no sólo viviendo vidas
visibles, sino como merecedoras de un cierto
reconocimiento.62
En
este emprendimiento crítico, propone nuevas miradas sobre las
relaciones entre los géneros y los procesos constitutivos de
las identidades. La Teoría de la Perfomatividad será una de
ellas.63
Según tal teoría, los sujetos construyen sus acciones por
suposiciones y expectativas. En el caso del género las
suposiciones funcionan como si una esencia interior, la
verdadera mujer y hombre, pudiesen ponerse al descubierto.
Cada acto es un intento de desvelamiento de esta certeza,
como fuera “la naturaleza” hablando a través de estos actos.
Esta suposición genera un conjunto de expectativas
fundamentalmente basadas en las idealizaciones de una
“naturaleza perfecta”, como es el ejemplo del “instinto
materno” o del hombre naturalmente viril. Las expectativas
tienen como ruta para su estructuración los ideales de género.
Las expectativas junto con las suposiciones acaban produciendo
"el fenómeno mismo que anticipa”64, pues hacen que los sujetos
intenten, en sus prácticas, reproducir modelos que se suponen
como verdaderos para su género o para el género con el cual se
identifica, como es el caso de los/las transexuales.
La forma de vivenciar la masculinidad y la
feminidad adquiere consistencia y visibilidad debido a las
reiteraciones de los actos hechos mediante interpretaciones
de las normas, lo que resulta una performatividad continua. Es
en el momento de las reiteraciones de los actos, en la
práctica, que se van mediando expectativas y creándose nuevos
espacios para cuestionar y subvertir la norma del género.
Para una concepción esencializadora, estas
prácticas performativas no pasan de copias burlescas de
mujeres y de hombres de verdad. Según tal perspectiva.
No puede
haber mayor tragedia ni mayor error que embarcarse en una
serie de mutilaciones o interferencias en la forma del cuerpo
de una persona o el balance de sus glándulas en el equivocado
intento de convertirla en una parodia de algo que nunca podrá
ser por mucho que lo desee. No podemos convertir a un hombre
en una mujer ni a una mujer en un hombre. 65
Contraponiéndome a este abordaje, comprendo que
la experiencia transexual destaca “los gestos significativos
a través de los cuales se establece el género en sí”66, hecho
a través de negociaciones y de interpretaciones, en la
práctica, del que sea un hombre y una mujer.
Cuando pregunto: “tú fuiste educado/a para ser un/a
hombre/mujer, ¿cómo haces para actuar de acuerdo con las
reglas definidas para los géneros?”. Generalmente la
contestación es “copiando”, “observando”, “coges un poco de
cada tipo y con el tiempo encuentras un punto de equilibrio
que te sientes más a gusto”. Yo creo que esta forma de
constitución de la identidad, a través de identificaciones
múltiples y la articulación de esta composición en la
subjetividad, revela el proceso mediante el cual nos
constituimos como sujetos sociales y que no es un rasgo de los
sujetos transexuales. Pero, ¿cómo distinguir lo real de lo
irreal?, ¿quién es copia de quién?
De
cierto forma, todos somos copias, en el sentido que no existe
un referente natural, original de vivenciar las performaces de
género. La aparente copia no se explica en referencia a un
origen, sino que el origen se considera tan performativo como
la copia. Como aportó Butler “A través de la performatividad,
las normas de géneros dominantes y no dominantes se
equiparan.” 67 En la versión de lo masculino y de lo femenino
que ellos/ellas actualizan en sus performances está el
componente mimético, pero no es una imitación, sino una
interpretación. No existe una forma más verdadera de ser mujer
u hombre, lo que hay son idealizaciones del femenino y del
masculino.
Tuve
algunos momentos en mis investigaciones de dudas y
inseguridad: cuando pensaba que ya había obtenido un contorno
más preciso de las representaciones de lo masculino y de lo
femenino en las narrativas de los/las transexuales, vivenciaba
experiencias que desconstruían esa evaluación inicial.
“Desconstruída” en el sentido que tenían prácticas que
negaban la comprensión de mujer-madre o de hombre-viril.
Observé, entonces, que estos modelos funcionan más como
idealizaciones que están presentes en la sociedad y que es una
de las fuentes de sufrimiento en la búsqueda de implementar
tal idealización en las prácticas cotidianas.
Las
formas idealizadas de los géneros generan jerarquía y
exclusión. Los regímenes de verdades estipulaban que ciertos
tipos de expresiones relacionadas con el género son falsos o
carentes de originalidad, mientras que otros, son verdaderos
y originales, condenando una muerte en vida, exiliando en sí
mismos, a los sujetos que no se adecuan a las idealizaciones.
La
intención de producir el modelo hegemónico de la mujer
(bondadosa, compresiva, pasiva, sensible, vanidosa, y,
principalmente, que tenga el matrimonio como destino) y del
hombre (que no llora, viril, sexualmente y profesionalmente
activo) potencialmente provoca un sentimiento de frustración y
dolor. Como sugirió Butler:
Sin embargo, este fracaso para hacerse “real” y encarnar “lo
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