P o r t a l  d e  i n f o r m a c i ó n  t r a n s e x u a l
 
       
 

Cuerpo, performance y género en la experiencia transexual  

 

Biografías trans e informes sobre transexualidad

                                                                 

Por Berenice Alves de Melo Bento

Doctoranda en sociología por la Universidad de Brasilia- Brasil. Parte de sus investigaciones han sido hechas en España, gracias a una beca del Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e tecnológico (CNPq.). Presento en este artículo una reflexión inicial sobre la transexualidad, tema que vengo investigando para la elaboración de mi tesis doctoral. Agradezco a Manolo Martínez y a Alec Casanova la revisión del castellano; al antropólogo Pedro Paulo Gomes Pereira,  las sugerencias y la lectura crítica; a la profesora Lola Luna  por permitirme presentar inicialmente las ideas expuestas en este artículo en el  Seminario realizado en la Universidad de Barcelona en 20 de enero de 2002.    

      ¡Soy la Manzana-Rosa Del Ave Del Paraíso, soy la vida, la mitad de mi cuerpo es mentira y la mitad es verdad, soy rosa y soy manzana, doy a todos un ojo de vidrio y un ojo de verdad: los que ven con mi ojo de vidrio ven porque sueñan, los que ven con mi ojo de verdad ven porque miran! ¡Soy la vida, la Manzana-Rosa del Ave del Paraíso, soy la mentira de todas las cosas reales, la realidad de todas las ficciones!

(Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente)  

          

      El objetivo principal de este artículo es intentar comprender los procesos para la formación de las identidades de género en la experiencia transexual, desde la problematización de dos posiciones teóricas. En la primera posición, tenemos los discursos que interpretan la identidad de los sujetos sociales, en general, y la de las personas transexuales, en particular, como una substancia, sin contradicciones internas. En este caso, el cuerpo es concebido como naturalmente heterosexual y el demiurgo de todos los deseos. Esta posición es difundida, principalmente, por profesionales de la salud mental. En la según posición, la experiencia transexual es interpretada como una forma más de actualizar, en las prácticas de género, versiones sobre lo masculino y lo femenino, desvinculándola de una referencia biologizante. La propia idea de identidad de género, como algo unitario y coherente, en tal perspectiva teórica, se vuelve confusa y ya no es un referente que permite transitar con seguridad en el mundo de las prácticas plurales de los géneros. Esta concepción se encuentra respaldada, en gran medida, en la teoría de la performance, en los términos propuestos por Judith Butler.2 La pregunta central que se hará  para estas posiciones es: ¿qué son un hombre y una mujer de verdad?

      La primer parte de este artículo esta dedicada a acercarse a la rutina de los/las transexuales en el hospital, apuntando como el contacto con los profesionales responsables de acompañarles durante el período preoperatorio esta basado en negociaciones implícitas sobre lo que sea una mujer y un hombre. En la segunda parte, se señalarán como la experiencia transexual problematiza la concepción de identidad que la sociedad estructura para los géneros y simultáneamente desestructura la propia noción de real y irreal, a medida que el cuerpo posicionado en el orden rígido de los géneros es desestabilizado. Al mismo tiempo que se abordarán algunos rasgos de la experiencia transexual, se destacará que las cuestiones planteadas por ella, principalmente las que se refieren a los desplazamientos identitários, atraviesan horizontalmente la sociedad, lo que diverge de la percepción que la clasifica como “identidades trastornadas, desviadas, disfóricas, disfuncionales”. Este texto discutirá tales visiones patologizantes de esta experiencia  en la tercera parte y luego después, para finalizar, se aproximará a la teoría de la performance.        

LA BÚSQUEDA DE UN SITIO  EN EL MUNDO     

      Juliana3 se encontraba acostada en una cama  de una habitación de un hospital público brasileño, compartiéndola con otras mujeres. Después de muchos años de espera, finalmente conseguía realizar la cirugía de reasignación de sexo4. Yo estaba muy ansiosa por hablar con ella. Tenía muchas preguntas para hacerle: ¿Cómo había ido la cirugía? ¿Había tenido alguna duda antes de entrar en la sala quirúrgica? ¿Qué estabas pensando antes de la operación? ¿Estás físicamente bien? Y tantas otras preguntas. Ya conocía su historia, sabía que ella pasó buena parte de sus 30 años deseando  librarse “de aquel trozo de carne que llevaba entre mis piernas”5. Mis preguntas tuvieron que esperar. Ella aún estaba visiblemente abatida, con el rostro pálido, aunque tenía una mirada tranquila. Ella hizo sólo algunos comentarios: echaba  de menos a su madre; la sensación de alegría cuando salió de la operación al poner la mano en su cuerpo y sentir  que “estaba libre”;  su deseo de volver a casa  y a su vida. Pero tuvo que esperar: una infección posquirúrgica  la obligó a quedarse 30 días en el hospital. Después de algunos meses, Juliana volvió al hospital para realizar la cirugía plástica para la construcción de los labios mayores y  menores.

      La construcción de una neovagina cuenta con  técnicas más refinadas que aquellas utilizadas para hacer el neopene. Esto  no significa que la cirugía sea sencilla. De media, la primera cirugía tarda 5 horas y tiene un postoperatorio que  necesita muchos cuidados y con posibles complicaciones.  Pero la cirugía es un  momento puntual de un proceso que puede llevar más de dos años. Para los transexuales masculinos, las cirugías que necesitan son varias: es necesario  quitar los pechos, hacer la histerectomía y, después, la construcción de un neopene cuya funcionalidad es mínima o inexistente. Generalmente las cicatrices son muchas y la intervención quirúrgica  dura mucho tiempo.6

      Durante dos años los/las transexuales deben frecuentar sesiones de psicoterapia individual y en  grupo, hacer análisis con regularidad, fonoterapia, someterse a varios tests psicológicos (entre ellos  MMPI, HTP, RORSCHARCH). Cuando los tests empiezan van de tres a cuadro mañanas por semana al hospital. Tuve oportunidad de acompañar la ansiedad de algunos de ellos/ellas cuando esperaban para empezar alguno de estos tests y el alivio que sentían cuando salían, generalmente con una sonrisa pues creían que habían sido aprobados. Llegar hasta la cirugía es interpretado como si se hubiesen aprobado todos los exámenes, que ha conseguido demostrar que se es una mujer o un hombre de verdad para los examinadores.

      La convivencia con las personas transexuales me llevó a concluir que la cirugía y  la vida en el hospital son momentos importantes para sus historias, pero no exclusivos y, además, no es posible ascender a esta experiencia7 considerando únicamente este momento. En la fase inicial de mis investigaciones, daba mucha importancia a tal período. Intentaba comprender cómo los médicos y los profesionales de la salud mental construyen sus diagnósticos para autorizar tal cirugía8. Los informes son hechos desde  las narraciones de las personas transexuales. Ningún análisis de laboratorio ayudará a los profesionales a tener la seguridad sobre la condición de  transexualidad de los “candidatos” que desean operarse – significativamente, es la duda más grande que  atormenta a estos profesionales. Entonces, me preguntaba cuáles serian los indicadores de los discursos de las personas transexuales seleccionados por ellos y cuáles las definiciones de  masculino y de femenino que estaban en disputa. Esto sugiere como los/las transexuales  construían sus  relaciones con los profesionales de la salud negociando posiciones y versiones sobre lo masculino y lo femenino, pues saben del poder que ellos tienen para  permitirles realizar la cirugía. 

      Robert Stoller afirmó, después de llevar años atendiendo a personas transexuales, que ellos “mentían” en las consultas9. Yo creo que no se trata de “mentiras”, pero la única posibilidad que muchas veces los/las transexuales tienen para negociar con el poder de los profesionales de la salud o tal vez podremos interpretarlas como una resistencia, en los términos propuestos por Michel Foucault.10

      La percepción de una posición negociada en los marcos del hospital, hizo  que yo notase  como las personas transexuales estructuraban sus acciones en otros espacios sociales (por ejemplo, saliendo de compras, en sus casas, en sus empleos). Pasé a relativizar la importancia de la vida de ellos/ellas en el hospital, analizándolo como un campo social11 más donde  tienen que interaccionar y posicionarse en las relaciones de poder inherentes a esta institución. Observé que una excesiva importancia a este momento puede generar una lectura patologizante de esta experiencia, como hacen Robert Stoller12 y Collete Chilland13, conforme intentaré mostrar.

      Luego nos damos cuenta de que el sufrimiento más grande no está en este momento, el quirúrgico, sino antes. Entramos, entonces, en contacto con historias de vida marcadas por  conflictos,  por no saber quién se es, por no reconocerse delante del espejo vivenciando un proceso de construcción de una auto imagen marcada por la abyección  a su propio cuerpo, donde los principales signos corporales que localizan los sujetos en el mundo, los genitales, son las causas de sacarles del mundo visible de los géneros. Las preguntas: ¿Quién soy? ¿Soy un hombre o una mujer? ¿Cómo es posible sentirme mujer y tener un cuerpo de hombre? ¿Soy una aberración? ¿Tengo derecho a existir?14 Son algunas preguntas que aparecen con frecuencia cuando empezamos a escuchar sus narrativas.

      Sus historias  nos remiten a un espacio social del desplazamiento, del no-lugar. Ser un sujeto social y no encontrar a su alrededor categorías que sirvan para decir, o para describir quién es. En este espacio no conceptual, estas personas intentan nombrar una experiencia: “soy transexual”. Pero, si se les pregunta  si se identifican con esta etiqueta, dicen que no. A ellos les gustaría ser solamente conocidos por hombres o mujeres. “¡Yo soy una mujer!” o “¡yo soy un hombre!”. Sin embargo, ¿qué es un hombre o una mujer?         

DESPLAZAMIENTOS DE LOS GÉNEROS     

      Hace algunas décadas el movimiento feminista empezó un debate teórico y práctico intentando apuntar que ser hombre o ser mujer es fruto de una construcción histórico-cultural y no de una determinación de la naturaleza. Según Bandeira & Siqueira: 

(...) la incorporación de la noción fundamental de género permite avanzar en la comprensión no sólo  del femenino, pero simultáneamente del masculino pues deberá ser entendida como una relación entre diferentes, eliminando la noción del ‘ghetto’, que hay predomina, tanto en la esfera académica como en los movimientos sociales, cuando se trabaja con el sujeto mujer.15      

      El mismo movimiento teórico que se hace para desnaturalizar la categoría mujer y que ha tenido ricos desdoblamientos como el surgimiento de los estudios sobre masculinidades,  se debe  hacer para otras esferas constitutivas de los sujetos, principalmente  para las sexualidades. Según tal perspectiva, tener un útero no agota las experiencias de las mujeres y que la virilidad  es un hecho social de doble sentido para los hombres: al mismo tiempo que les posibilitan tener una posición superior en las jerarquías de género, también bloquea la sensibilidad.

       La idea de una identidad femenina/masculina no supone las diferencias  que una ficticia  unidad universal intentó olvidar. La inestabilidad y complejidad de la categoría género aumentan cuando hacemos un abordaje considerando las múltiples intersecciones con las clases sociales, étnicas y las sexualidades. Con esto, vemos emerger  pluralidades de posiciones de género y los bloques monolíticos de “mujer/hombre” ceden lugar para una multiplicidad de posibilidades de construir nuevos significados para la experiencia de género. La forma de articular las identificaciones es internamente disonante, compleja y puede, potencialmente, construir  nuevos significados para las categorías hegemónicas que  dan existencia a la norma de género16. Conforme aportó Lola Luna: 

Entre los avances del feminismo coincidentes con el postestructuralismo está la aportación innegable de la pluralidad de sujetos históricos contextualizados, representados por múltiples grupos de mujeres y hombres, frente al sujeto universal abstracto del discurso de la modernidad, que remitía finalmente a un sujeto hegemónico masculino.17     

      En este sentido, es necesario radicalizar el proceso de desnaturalización de las identidades de los géneros, siendo un de los pasos fundamentales la desvinculación entre género, sexualidad y roles de géneros. En esta tarea teórica la experiencia transexual tiene mucho que decirnos, una vez que se constituye y se caracteriza por desplazar estos niveles identitários de un referente biológico. Una de las teóricas contemporáneas que hay dedicado su obra al objetivo de desnaturalización de las identidades, es Judith Butler. Según ella: 

El género no  es una esencia interna. Esa supuesta “esencia interna” es fabricada mediante un conjunto sostenido de actos, postulados por medio de la estilización del cuerpo basada en el género. De esta manera se muestra que lo que hemos tomado como un rasgo ´interno´ de nosotros mismos es algo que anticipamos y producimos mediante ciertos actos corporales, en un extremo, un efecto  alucinatorio de gestos naturalizados. 18     

        En este movimiento teórico, no es posible hablar de una forma universal de ser mujer o hombre, tampoco de una única forma de vivenciar la experiencia transexual. La idea de multiplicidad, conflicto que marca la existencia humana, también caracteriza esta vivencia. Así, se está gestando nuevas posibilidades explicativas para los complejos procesos mediante los cuales los sujetos estructuran sus identidades, al mismo tiempo que se contraponen a la norma de género.

      Los/las transexuales pueden en sus discursos “recordarnos el escenario heterosexual, por así decirlo, pero  también, al mismo tiempo, lo desplazan”19, pues cuestiona la propia noción  de identidad como determinada por una estructura natural, biológica. Esta experiencia está, simultáneamente, en una posición de negación y negociación explícita e implícita con estas normas. El hecho de que una persona no tenga ningún problema biológico, que ha nacido con un “cuerpo normal” y que, aún así, no se siente miembro del género destinado socialmente, hace que tengamos un primer nivel de desplazamiento: el cuerpo y el género están en disputa.

      Las normas de género hacen una  vinculación directa entre el cuerpo, la subjetividad, la orientación sexual y los roles. En esta visión, el mundo se divide en dos: o se es  mujer  o se es hombre. Antes mismo de nacer,  nuestro futuro cuerpo   ya está inscrito en un campo discursivo determinado.

      Muñecas para las chicas, pelotas para los chicos; faldas para las chicas, pantalones para los chicos. El mundo infantil se construye sobre prohibiciones. Esta pedagogía de los géneros tiene como objetivo preparar a los pequeños para la vida heterosexual construida desde la ideología de la complementariedad de los sexos. Es como si las confusiones en los roles provocasen, de una forma directa e inmediata, perturbaciones en la orientación sexual.

      El  sistema binario de géneros produce y reproduce  la idea de que  el género refleja el sexo. Cuando la condición del género se formula como algo radicalmente independiente del sexo, el género mismo se hace vago y tal vez, en este momento, tenemos que pensar que el sexo ha sido siempre género y que no existe una historia anterior a la propia práctica cotidiana de las reiteraciones, conforme trataré más adelante.

            Otro nivel de desplazamiento se refiere a la sexualidad. Según la norma de género, la sexualidad buena y sana es la heterosexual, practicada por un hombre y una mujer “biológicamente sanos”. Construir una identidad  que intente articular de forma diferenciada  estas esferas constitutivas del sujeto  es   ponerse en posición de conflicto con las normas hegemónicas de género, conflicto muchas veces silenciado con la violencia física y simbólica.

            Cuando una persona que ya vive el desplazamiento de cuerpo/subjetividad y escoge como objeto de deseo una persona que tiene el mismo género que el suyo, estamos delante de otro nivel de desplazamiento. La sexualidad y la identidad de género se encuentran en divergencia con las normas de género. Estoy refiriéndome a  las personas que pasan por la cirugía, no en función del deseo de mantener relaciones  heterosexuales. Son biológicamente  hombres que realizan  los cambios (hormonal y quirúrgico), no porque deseen tener un hombre a su lado, sino porque se consideran mujeres que desean a mujeres. Aunque sea muy común encontrar personas  que construyen su sexualidad y su identidad de género de esta forma, no  he encontrado en la literatura especializada referencia a casos como estos.

      La suposición implícita que sigue orientando la clasificación oficial de una persona como transexual es una mente aprisionada en un cuerpo, una mente heterosexual. O sea, es inconcebible, desde este punto de vista, un cuerpo masculino que cambie hacia un cuerpo femenino y que elija como objeto de deseo a una mujer, pues, una mujer “de verdad” ya nace hecha, es heterosexual, pues sólo así podrá desempeñar su principal rol: la maternidad.

      Tal concepción está fundamentada en el dimorfismo radical, según el cual, los roles de género, la sexualidad, la subjetividad y las performatividades de los géneros se presentan pegadas unas a las otras y cuando existe cualquier nivel de desplazamiento, el terapeuta tiene que actuar en el sentido de restablecer el orden. Es este mapa el que forjará las bases fundamentales para diagnosticar la transexualidad. Conforme aportó Butler20, el género solo significa una unidad de experiencia entre el  sexo cuando la heterosexualidad orienta tal lectura.

             Stoller es un de los teóricos que defenderá la idea de la normatización del orden género. Según él:     

Lo que dejará el hombre normal con una cantidad sólo microscópica de perversión  será una madre femenina que aprecie la heterosexualidad y la masculinidad (en hombres), y un padre masculino que aprecie la heterosexualidad y  la feminidad  (en las mujeres), o sea, padres que puedan resolver el conflicto edipiano del chico.21     

      La normalidad está, entonces, identificada con la heterosexualidad. Para muchos psicólogos que son responsables de elaborar el principal documento para las personas transexuales, el informe psicológico, es simplemente impensable que una persona haga la reasignación de sexo y que sus deseos eróticos estén orientados hacia personas que tengan el mismo sexo y género que el suyo.

      En una charla con una psicóloga responsable de los informes psicológicos  de las personas que están intentando obtener un diagnóstico de transexualidad,  pude observar su sorpresa  cuando le dije que hay muchas personas que después de la cirugía se consideran lesbianas. Para esta psicóloga tales casos deberían ser diagnosticados como esquizofrenia absoluta y si ella tuviera la responsabilidad del diagnóstico jamás indicaría la cirugía.

            Una cuestión que he estado planteándome es saber hasta qué punto estas prácticas producen una discontinuidad subversiva, una vez que genera una disonancia entre sexo, género y sexualidad, problematizando las  supuestas  correspondencias entre estas esferas. Tal vez una respuesta para tal indagación sea comprender que la experiencia transexual es  fundamentalmente contradictoria y es en este contexto contradictorio en el que puede haber espacio para las subversiones en las visiones  de la norma del género. Cuando hablo del carácter subversivo de esta experiencia, no estoy vinculando tal afirmación a un sujeto empírico, sino a  la propia experiencia en si.

      Es importante recordar que los desplazamientos  no son un  rasgo de los transexuales. Lo que más me llama la atención es pensar que esta experiencia  nos dice (aunque no sea de forma explícita) exactamente que las categorías hombre y mujer, aceptadas socialmente y que llevan en su interior la suposición  de la heterosexualidad, no consiguen agotar las múltiples y diferentes experiencias humanas.        

Desplazamientos de la mirada  

      En una reunión del Grupo de Identidad de Género y Transexualidad del Col.lectivo Lambda-Valéncia, la madre de un transexual masculino nos contaba, con los ojos  llenos de lágrimas  y dolor,  las sensaciones que los cambios de su “hija” le provocaba: “Yo parí una chica. Yo tuve tres hijas y no dos hijas y un hijo. A veces creía que Dios estaba probándome o castigándome. No lo podía aceptar. Ahora es un poco más fácil de aceptar. ”  Para esta madre lo que  pasaba con su hijo/a simplemente no era posible, era irreal. Sólo a través de una explicación religiosa (pecado, culpa y purgación) se podría  comprender cómo Dios le había dado un/a hijo/a sin ninguna “enfermedad aparente”, pero que no se comportaba como una chica. La cuestión más dolorosa es pensar que tenía un cuerpo “perfecto” pero que no contesta “adecuadamente” a las demandas formuladas por lo social para ella. Son cuestiones como estas con las que nos vemos confrontados delante de la experiencia transexual.

      Los cambios reivindicados por ellos/ellas no son cualquier  cambio: están localizados en regiones del cuerpo que fueron objeto  de  constantes inversiones discursivas, principalmente religiosas y científicas. Sea interpretado como pecado o como patología, la experiencia transexual pone en duda  algunas de las categorías fundadoras del pensamiento y estructuradoras de nuestras miradas sobre el mundo generificado. Es en este sentido en el que llamo a la experiencia transexual como subversiva, pues desplaza las nociones de “real”  y “ficticio”. El cuerpo ya no es una ruta segura para posicionar los sujetos en el mundo polarizado de los géneros y la ‘realidad de  género’, que construye nuestras miradas sobre el mundo, se fragiliza. El cuerpo transexual pone esta verdad en un laberinto, pues ya no será posible tener un juicio sobre  la anatomía estable partiendo de la ropa que cubre y articula el cuerpo.

      Pude vivenciar algunos momentos en que la mirada del observador ya no era  suficiente para conducirle con seguridad en el mundo del género. Una de esas veces  esperaba el autobús, junto con un grupo de personas del Col.lectivo Lambda de Valéncia para participar en un programa de TV sobre Transexualidad. Subimos en el autobús que ya tenía algunos invitados.  Conforme caminaba por el pasillo para ocupar mi sitio, sentí el peso de los ojos sobre mi cuerpo y cada nueva persona que entraba en el autobús tenía que soportar aquellas miradas fijas, agresivas, confusas, penetrantes, preguntándose y preguntándonos silenciosamente ¿Será un hombre? ¿Será una mujer? Aquellas miradas nos callaron. ¿Qué les permite sustentar con tanta firmeza sus miradas? Fue un dialogo silencioso y tenso.

      Las categorías construidas socialmente para informarnos y  conducirnos, empiezan a fallar. La pregunta, entonces, cambia de “¿qué es un hombre y una mujer?”, a “¿Será posible que ella sea un hombre?” Cuando tales categorías se ponen en duda, también se vuelve confusa o en crisis la idea de una identidad de género respaldada en el cuerpo. Lo real y lo irreal empiezan a confundirse. Lo “real”, aquello que invocamos como el conocimiento naturalizado del yo, es, de hecho, una realidad  que puede cambiar y que es posible replantear.

      Lo que se pone en cuestión es la propia noción de identidad como coherente y unitaria. Nadie tiene la seguridad de lo que sí se es, o de lo que debería ser todo el tiempo. Nos reconstruimos a través de las acciones cotidianas en movimientos de negociación con las normas sociales. Para Stuart Hall22,  a medida en que los sistemas de significación y representación cultural se multiplican, somos confrontados por una multiplicidad de identidades posibles, con cada una de las cuales podríamos  identificarnos. Pero debemos preguntar: ¿Cómo acercarnos la experiencia de las personas transexuales  cuando  se esta orientado por mapas de identidad que buscan la coherencia, la unidad basada en la naturaleza? ¿Cómo es posible  localizar las identidades de estos sujetos, cuando la propia noción de identidad adquiere un carácter normatizador?       

LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO     

      Hasta hoy fue tarea, principalmente, de las “ciencias psi23” teorizar sobre los márgenes  y definir las conductas humanas (los de dentro, los normales) diferenciándolas de las no-humanas (los de fuera, los anormales). Las suposiciones del género normativo pasarán a delimitar el campo mismo de la descripción de lo humano24.

      El Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM)25, de la American  Psychiatric Association (APA), sólo excluyó la homosexualidad de la categoría de desórdenes mentales (en su tercera versión), gracias a las luchas de movimientos gays. Pero la transexualidad (así como el fetichismo, el sadismo, el masoquismo, el voyeurismo, entre otros) sigue siendo clasificada como una disfunción psicológica. Conforme dice Gayle Rubin26, aún se siguen escribiendo libros sobre la génesis, etiología, tratamiento y cura de estas supuestas “patologías” que sustituyen la idea de pecado sexual por inferioridad mental y emocional.

      En el DSM aparecen los “Estándares de Tratamiento para Trastornos de Identidad de Género” (ET) que tienen como propósito principal “articular el consenso internacional de las organizaciones profesionales sobre el manejo  psiquiátrico, psicológico, médico y quirúrgico de los trastornos de identidad de género.” El presupuesto orientador de este documento es que hay un conjunto de indicadores universales para todas las personas transexuales.

      En este documento hay dos conceptos para calificar a la transexualidad: “trastorno” y “enfermedad”. ¿Cuál será la diferencia entre “trastorno” y “enfermedad”? ¿Será que el primero es más “tratable” que el segundo? En la “Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE)-10”, hay cinco diagnósticos para los “trastornos de identidad de género (F64) ”27 , siendo el  “Transexualismo”28, clasificado a través del code (F64.0.), uno de estos. 

      No se pode disminuir  el poder que este documento tiene para formar la concepción sobre este tipo de experiencia, principalmente entre los profesionales de las ciencias psi., pues es el principal texto orientador de estos profesionales en todo el mundo, siendo que, muchas veces,  la información inicial sobre la transexualidad es obtenida a través de su lectura.

      La necesidad  de conocer la producción teórica de los profesionales psi. que ejercen su práctica en este campo o que hacen reflexiones teóricas sobre la psique de las personas transexuales, surgió en mi propio trabajo de campo. Son muchos los relatos que apuntan la ida al consultorio de un psicólogo como una experiencia “terrible”.  Una de las entrevistadas contó que la psicóloga le dijo que aquellos sentimientos de no pertenecer al género que su cuerpo le destinaba no existían y que ella padecía de alguna enfermedad de orden espiritual. Otro fue calificado por una psicóloga como “una aberración de la naturaleza”. De todas las personas que he estado hablando, sin excepción,  la primera experiencia en los consultorios no les ayudó a comprender sus conflictos. La situación sólo empieza a cambiar cuando ya llegan con el autodiagnóstico, obtenido a través de informaciones en los periódicos, en revistas, en la tele, en libros, o con amigos.

      Generalmente las personas transexuales atribuyen tales conductas de  estos profesionales a la falta de formación e información. No desconsiderando este hecho, o sea, que los estudiantes de sicología generalmente no tienen conocimientos de la transexualidad, creo que es la propia construcción de la mirada del profesional la que le llevará a informarse sobre esta experiencia. La visión teórica que hegemoniza es de abordarla como “trastornos”,  como “una patología”, un desorden en el orden heterosexual.

      La transexualidad puede ser interpretada como un de los  grandes dispositivos29 de una serie histórica iniciada principalmente a mediados del siglo XIX. Es interesante pensar que al mismo tiempo que estas ciencias teorizaban sobre las desviaciones, los anormales, los perversos, la histérica, también las inventaban. Como apuntó Foucault, La maquinaria del poder que se ocupó de toda esta extraña deformación no pretendía suprimirla, sino más bien someterla a una realidad analítica, visible y permanente... un nuevo orden natural  del desorden30.

       La multiplicación de los discursos para la clasificación y elaboración de protocolos para diferenciar el “verdadero transexual” del “transexual secundario”, utilizando para esto una escala de feminidad y de masculinidad, es uno de los indicadores de la intención los profesionales psi. para controlar las movilidades de los géneros y las ambigüedades y para que el margen continúe al margen31.

             Por supuesto que  el hecho de personas que subvertirán las normas sociales a los géneros, llevando  ropas y desempeñando  roles   diferentes de aquellos atribuidos socialmente para su género, no es un hecho  nuevo32. Pero el  contexto social-histórico donde  esto ocurría es distinto de una época dónde las verdades sobre los cuerpos, los deseos, las subjetividades  provienen de las ciencias, que intentan esconder el carácter ideológico de su producción  y trata los hechos científicos como verdades absolutas.

            En el sentido de desconstruir la suposición de que la producción de conocimiento es un hecho objetivo, neutro, desposeídos de ideología, algunos estudios han sido   fundamentales, entre otros, recordamos la investigación de Thomas Laquer. Según este historiador,  la concepción que tenemos hoy en día de que existen dos cuerpos distintos que explican, por si sólo, las diferencias comportamentales y de subjetividades entre los hombres y las mujeres es una invención muy reciente y que obedece a objetivos políticos e ideológicos precisos de la modernidad.  Según él: 

La noción tan poderosa, después del siglo XVIII, de que tendría de haber una cosa fuera, dentro  y por todo el cuerpo que definiese  el hombre en oposición  a la mujer y que presentase  el fundamento de una atracción de los opuestos, está totalmente ausente  en la medicina clásica o renacentista. Este modelo de dos sexos sustituye el cuerpo único. Los genitales de una mujer eran vistos como los de un hombre, sólo que invertidos. 33 

            Ser hombre o mujer era mantener una posición social, un sitio  en la sociedad. El género determinaba el sexo.

            Intentar desvelar las ideologías que sustentan la producción de los saberes  fue una de las contribuciones del movimiento y de la teoría feminista. Los médicos que empezaron a “tratar” a los transexuales también eran y son portadores de una ideología de género. Para profesionales de la salud mental los transexuales podrían ser clasificados como “sicóticos extremos”, “sicótico esquizofrénico extremo”,  “sicótico esquizofrénico paranoico” o “de carácter esquizofrénico”.            

El orden y el desorden     

      Robert Stoller fue un de los pioneros en la investigación y la intervención con los/las transexuales. Sus tesis están basadas en la influencia de la familia en la formación de la identidad de género de los chicos y de las chicas. Aunque apunte hacia  posibles influencias de factores biológicos  para explicación de las conductas, no duda en resaltar la preponderancia de las causas sociales para la definición de los roles de género, pero cuando habla de “causas sociales” no se puede olvidar que se refiere fundamentalmente a la madre, la gran responsable de la formación de la identidad de género de los hijos, según Stoller. Con este presupuesto se aproxima a la experiencia transexual, definida como una “aberración” y su origen es debido a una “madre super-protectora”34. Sería, entonces, en la relación del hijo con la madre que se debería buscar la explicación para el origen de la transexualidad.

      Para Stoller, la madre del transexual es una mujer que tiene una gran envidia  de los hombres y  desea inconscientemente   ser un hombre. Cuando  tiene un hijo varón esta mujer intentará proyectar sus deseos sobre él y le cubrirá de mimos y de cariños  exagerados. Esto provocará una ligazón extrema entre hijo y madre, no permitiendo que el conflicto de Edipo, momento decisivo para la constitución de la identidad de género, según Stoller, se imponga.  Entonces, antes de empezar la terapia con  el hijo que presenta señales de transexualidad, trata a la madre intentando elevar su nivel de feminidad, pues  cuanto más distante estuviese la madre de los patrones de feminidad, más  grande la probabilidad de tener un hijo transexual.

      Todo el tratamiento que ocurre en el consultorio tiene como objetivo reestablecer el orden dicotómico de los géneros. Un orden que culpabiliza a las mujeres que no desempeñan bien su “tarea natural”, “instintiva” de educar a la prole. La pregunta que está presente en sus formulaciones  es “¿Qué tipo de madre tiene este pequeño?”. De ahí el carácter moralizante que el tratamiento asume. Estamos de acuerdo con Dwight Billings y Thomas Urban, cuando afirman que  los médicos no curan ni el cuerpo ni la mente, sino que en su lugar realizan una función moral.35

      Stoller no se limita a intentar apuntar las causas para la transexualidad. Desea reestablecer la masculinidad usurpada por la madre.36 Según el autor:  

   Hay dos fuerzas contrarias en acción sobre él (el chico), actualmente, que están luchando en los dos lados de su bisexualidad, una intentando   vencer la otra, y en ese estadio de su vida, remetiendo las fuerzas que anteriormente criaran su bisexualidad. Una es su terapeuta, que (como representante de la sociedad, de la salud, y de conformidad con la realidad externa) está del lado de su masculinidad; la otra, su familia (su madre, en especial), que a pesar del deseo  consciente de cooperar con el tratamiento, actúa de una manera que mantenga  la feminidad.37  

      La tarea que Stoller toma a su cargo es inducir los conflictos para que una feminidad o masculinidad “normales” puedan surgir. El autor relata varios  casos de madres que llevaron sus  hijos a su consultorio preocupadas con sus comportamientos afeminados. Para él, cuando más temprano la madre notase los “desvíos”  de su hijo, más simple seria el trabajo del terapeuta en poner las cosas en orden38.

      Toda la terapia está basada en hacer que el chico desarrolle una aversión al mundo femenino. Cuando “una amplia hostilidad con relación a la madre empieza a aparecer – y absolutamente no disimulada”39, Stoller  da como exitoso el trabajo  del terapeuta. Algunos de los indicadores de un tratamiento bien sucedido:    

Los chicos empiezan a valorizar sus penes (por ejemplo, pasan a quedarse en pie para orinar, mientras antes  se sentaba); desarrollan fobias; atacan físicamente las mujeres – muñecas y chicas, siendo el placer, más que la rabia, el efecto dominante..40      

      Stoller llama a esta  terapia como “complejo de Edipo terapéuticamente inducido”.41 Para que esa inducción se realice con éxito, se deben resaltar los elementos estructurantes de la identidad masculina hegemónica.42 Desde el reconocimiento del pene como un elemento diferenciador entre lo masculino y lo femenino,  se pasa a agregar  nuevos significados a los genitales. El reconocimiento del pene al mismo tiempo que le diferencia de las mujeres, también le identifica como superior. Así, la construcción de la masculinidad camina dada de la mano con la misoginia y la homofobia.43

      El hecho de que ciertos tipos de identidades de género no se adecuan a las  normas de inteligibilidad cultural, hace que sean evaluadas como identidades erróneas. La verdad es que el sistema no consigue imponerse todo el tiempo a todos los sujetos, hay fisuras. La persistencia y proliferación de “identidades desviadas” es lo que cría  oportunidades para revelar los propios límites y los objetivos reguladores del sistema de género y  para la construcción de otros tipos de configuraciones  prácticas, o actos performativos, tanto en su interior como fuera de él.

      Colette Chiland seguirá en gran parte las posiciones de Stoller en su clínica con chicos y chicas. Será como defensora del orden de género que estructurá sus posiciones, pues, su función terapéutica será hacer que los chicos “afeminados”, al igual que Stoller,   desarrollen el complejo de Edipo, principio fundamental, según ellos, para construcción de la “identidad sexuada”.

      Para Chiland, uno de los rasgos de los/las transexuales es la reproducción de los estereotipos de género, asumiendo una posición incluso de indignación con esta forma de construir sus identidades. Según ella: 

El discurso de los transexuales interrogados sobre lo que es la masculinidad o la feminidad, es notablemente pobre y conformista. El discurso típico de un transexual varón biológicamente es: “me casaría, me quedaría en la casa, me ocuparía de la cocina esperando que vuelva mi marido a la casa, pasearía a mi niño (adoptado en un landau.”). Para no encontrarse reducidas a eso, las mujeres de nuestra cultura lucharon  durante decenios, incluso siglos.44      

      En otro momento hace una reflexión que contradice esta primera. Apuntará  que  “los hombres y las mujeres se conforman con los estereotipos sociales  de su cultura bajo la amenaza de que se las mantenga  lejos de la vida social”.45 La pregunta inevitable es: ¿Porque exigir que las personas que viven la experiencia transexual  sean subversivas, cuándo también comparten sistemas simbólicos socialmente significativos para los géneros? ¿Será que la propia experiencia ya no lleva en si un componente subversivo, a medida que  desnaturaliza la identidad de género?

      Esta y otras contradicciones no significan que  no hay un núcleo fundamental de sus tesis: considera las personas transexuales desestabilizadoras de las normas sociales para los géneros.  

Se le quiere ayudar porque sufre. Y, de paliativo en paliativo, se introducen las disposiciones legales que quieren respetar la vida privada. ¿Pero estas medidas no atacan lo que hasta ahora han sido los fundamentos de nuestra cultura en cuanto al matrimonio y la filiación?46     

      De ahí su preocupación con la posición que el terapeuta debe asumir. Según ella, “Necesitamos estar bien instalados en nuestra identidad sexuada para no tener miedo ni de las huellas del otro en nosotros, ni de movimiento tierno  hacia el mismo”47. Igual que Stoller, Chiland afirma que los padres de chicos “afeminados” deben colaborar con el tratamiento para que sus hijos no se trasformen en adultos transexuales. Para esto es necesario:      

No permitir el travestimiento, no apoyar los juegos en el papel del otro sexo, restringir los juegos con los juguetes del otro sexo, decirle al niño que se le aprecia en cuanto chico o chica, animar las relaciones con los compañeros del mismo sexo y ayudar al niño a desarrollar actividades más propias de su sexo o neutras.48  

         La función de estas terapéuticas, entonces, es eliminar la parodia y mediante un conjunto de técnicas se busca una verdadera feminidad y masculinidad. O sea, a lo largo de los años de  visitas al hospital, la persona que intenta hacer la cirugía vivirá un proceso de “asepsia”, donde los supuestos excesos son cuidadosamente observados.  Si una mujer de verdad es “discreta” en la forma de maquillarse, en las ropas, la voz, la forma de posicionar la lengua para que no tenga una voz que recuerde un travestí, entonces, hay todo un conjunto de movimientos para  construir un sujeto transexual que no lleve en sus performances de género ninguna señal que sugiera ambigüedades.

      Generalmente los/las candidatos/as se ponían sus mejores trajes, perfumes, pendientes, tacones para ir a las consultas. Después he escuchado los comentarios de algunos profesionales: “Has visto como ella se viste como un travestí.” Los rechazos van desde miradas hasta la censura explícita: “Tuve que decirle que ella estaba  vistiendose como una puta, que estaba llamando mucho la atención”.  En una ocasión, miraba la foto de una de las candidatas a la cirugía y escuchaba otro comentario de un psicólogo: “mira, es un travesti: ¡Qué exageración!”. Tal afirmación  sugiere que aquella persona no era una mujer, sino un pastiche, una mentira. 

      Por supuesto, que hoy hay muchos profesionales que empiezan a repensar tales clasificaciones y normativizaciones. En Valéncia el psicólogo y sexólogo Vicent Bataller ha sido un aliado de los Colectivos de Transexuales en la lucha por sus derechos y que está en desacuerdo con la visión patologizante de la transexualidad hegemónica de las Asociaciones de Psicoanálisis. Para él:     

Las personas transexuales siguen rechazando la psicoterapia de entrada, pues los prejuicios, falacias, errores y desconocimiento que muchos profesionales de la Salud tienen sobre la Transexualidad masculina y femenina, al considerarlas de entrada  o sentirse que las tratan como enfermas mentales, crea ya  un rechazo por parte de éstas hacía todo lo “psíquico” y entienden  que su transexualidad  no  requiere de intervención psicoterapéutica.49      

      No obstante, persiste la visión que considera tal experiencia como esquizofrenia y/o psicopatía susceptible de “cura” a través de la terapia y cuando estas no son suficientes se intenta moldearles para que estén en los marcos del que se supone que es la verdadera mujer o verdadero hombre, eliminando indicadores que sugieren ambigüedades y posibles confusiones en los limites del orden dicotómico de los géneros50.

      Desde del momento en que se forma un chico diciéndole que son sus genitales  los que definen sus posiciones en el mundo y él no interioriza tales verdades para su  género, experimentando emociones o deseando hacer cosas que se atribuyen al otro sexo, ocurre una inversión: al revés de reconocerse que la estructura social para los géneros es injusta, generadora de violencia, siendo la queja individual  un síntoma de los trastornos de origen social, conforme sugirió Maria Jesús Izquierdo51, la cuestión es tratada y vivenciada como un problema o una disfunción individual.

      En esta perspectiva psicologizante todo aparece como un disturbio personal, individual. Tales abordajes no tienen en cuenta los condicionantes sociales que contribuyen para la estructuración de las identidades. El dimorfismo que define y posiciona a los sujetos en categorías  cerradas y jerarquizadas, hace  que aquellos que no  encajan en este modelo  vivencien los conflictos como si fueran de orden personal, donde la felicidad máxima es hacerse la cirugía, generalmente de la forma  más clandestina posible.       

Los estereotipos de los “estereotipos”     

      Una de las críticas más frecuentes a los/las transexuales es que refuerzan  los modelos estereotipados de los géneros.  Pero, ¿será que una lectura culpabilizante, como la que hace Chiland, es suficiente para explicar los complejos mecanismos de entrada en el mundo del género identificado? ¿Por qué las personas transexuales se identifican aparentemente con determinadas performances de género calificadas como retrógradas, sumisas?            

      Generalmente estas personas sienten dificultades para hablar de sus conflictos porque no saben como nómbralo.  ¿Cómo explicar a las personas que desean cosas, desean ser, estar y vivenciar la experiencia del otro género, si se lleva   un órgano que actúa como obstaculizador de esta  posibilidad  de tránsito? Uno de mis entrevistados definió el pene como “una cosa, un bicho horrible que me provoca asco”. Para tener más seguridad en el proceso de inserción en el mundo del otro género, es cierto que muchos intentan reproducir el modelo de la mujer sumisa y del hombre viril, reforzando lo que se llama “estereotipos de género”.

        Las identidades no son monolíticas y coherentes como nos hacen  creer algunos discursos psicoanalíticos que construyen, así, una representación estereotipada de los/las transexuales al apuntar que sus discursos son “pobres y conformistas”52. No podemos olvidar que  los discursos son estructuras heterogéneas, dominadas por interdiscursos, o por alteridades implícitas/explícitas y solo mediante una observación sistemática del conjunto de los discursos que interactúan en un determinado contexto, esas alteridades pueden ser aprendidas.

      Foucault, al estudiar cuales son los procedimientos de control y de delimitación de los discursos, estaba atento a lo dicho y a lo no-dicho, a los silencios como parte estructurante de los discursos. Según él,  es necesario intentar determinar las diferentes maneras  de no decir y como son distribuidos lo que se puede y lo que no se puede decir53.

      Muchas veces  he visto a personas transexuales con un discurso en defensa de la buena esposa, guardián de la moral y buenas costumbres, o de hombres reproductores del modelo viril, para obtener la aceptación de los médicos que evalúan sus niveles de  feminidad/masculinidad. Por contradictorio que pueda parecer,  he visto a estas mismas personas presentando, en  espacios sociales distintos, otros tipos de conducta que,  de cierta forma, se oponen a la representación hegemónica de los géneros. Tales cambios de conducta, yo creo, no es un rasgo de los/las transexuales, pues la interacción entre los sujetos está limitada por las reglas propias de los campos sociales que condicionan en buena medida nuestras acciones54. Cuando tenemos en mente que las relaciones sociales son estructuradas en los marcos de relaciones de poder,55 concluimos que nadie es libre para hacer todas las cosas todo el tiempo.

      Considerando tal aserción como válida, se puede cuestionar la representación de los/las transexuales como un todo homogéneo, monolítico, sin contradicciones y diferencias internas o, lo que es lo mismo, la idea que las personas deberán tener un discurso y una práctica sin contradicciones todo el tiempo. Aparece como si hubiera una única forma de vivenciar esta experiencia. Tal representación es construida teniendo en cuenta un único momento de la vida de estas personas: la consulta, dentro de un determinado campo social, el hospital. Existen conflictos entre los sistemas discursivos, conforme aportó Scott, contradicciones dentro de cada uno de ellos, lo que retira el carácter transparente, obvio de estos discursos y los torna más complejos y escogidos. 56

      Otra  posibilidad explicativa  para que esto ocurra, o sea, que se representen los/las transexuales como reproductores de los estereotipos de género, se refiere a la forma como entran en el campo del género identificado.

      Las personas transexuales fueron socializadas en instituciones para actuar de acuerdo con el género que le fue atribuido.  Generalmente, después de un largo período de impedimentos empiezan a vivenciar experiencias del género con el cual se identifican. Como no tuvieron acceso a la socialización de una chica (para las transexuales femeninas) o de un chico (para los transexuales masculinos), tampoco vivenciaron el proceso de interiorización de las verdades que su sociedad construyó para el otro género, tendrán que aprenderlas. La gesticulación, el comportamiento, hasta la forma de sentarse son procesos de inculcación.

            Los genitales  serán los determinantes para la conducción de una pedagogía de los cuerpos para que estos puedan desempeñar con éxito  la reproducción de las normas de género. De esta forma, por más que un chico haya tenido identificación con el mundo de las chicas y las chicas con el mundo de los chicos, no recibirán los entrenamientos sociales  “adecuados”.

      No estoy  afirmando que existan mujeres y hombres “de verdad” teniendo en cuenta la socialización primaria57, sólo estoy destacando que cuando una persona se reconoce como transexual y, por tanto, hasta determinada fecha de su vida obtuvo la educación de un género que  él/ella rechaza, deberá hacer un conjunto de movimientos para incorporarse a un  género y ser aceptada como miembro de éste. En este momento, la búsqueda de inserción en el campo del otro género, principalmente cuando aún están en el período preoperatorio,  necesitando de un informe médico para hacer la cirugía, puede conducirles a una aproximación a lo que se llama “estereotipos de género”, pero que creemos que la mejor forma de nombrarla sea “parodias de género”.

     Es en el movimiento de convencimiento e inserción en el mundo del otro género,  en el que la discusión de lo real y de lo ficticio aparece, siendo lo “real” identificado como la verdad que, otra vez, retomamos las preguntas:  ¿Qué es un hombre o una mujer de verdad? ¿Qué es tener sentimientos femeninos y masculinos? ¿Cómo concluir que este o aquel sentimiento es más o menos femenino o masculino? ¿ Cómo reconocer un hombre  y/o una mujer de verdad?         

 DE LOS ESTEREOTIPOS A LA PARODIA PERFORMATIVA.     

     Gayle Rubin sugiere que debemos analizar sexualidad y género como categorías independientes y no como ella misma había hecho en su clásico libro “The traffic in woman”. Según ella,  en este libro no existía una  distinción entre deseo sexual y género, pues trataba a ambos como “modalidades del mismo proceso social subyacente”58.  Diferente a las opiniones que fueron expresadas en The traffic in woman, “afirmo ahora  que es absolutamente esencial analizar separadamente  género  y sexualidad si se desean reflejar con mayor fidelidad sus existencias sociales distintas.”  59

      La  crítica que la autora hace a sectores del  movimiento feminista estadounidense, identificado con la política moralizante del Estado, la conduce a preguntarse si la  teoría de la opresión de los géneros,  desarrollada históricamente por el feminismo,  lo calificaría  automáticamente como  una teoría de la opresión sexual. Creo que esta misma preocupación será el eje que vertebrará el libro El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad60, de Butler, considerado como un de los textos fundadores de la teoría queer61. Entre otros aspectos,  Butler polemizará con  las teóricas feministas  que vinculan el género a una estructura binaria que conlleva en su interior la presuposición de la heterosexualidad.  Según ella: 

Tenía dos objetivos en aquel entonces (referencia a Género en Disputa): el primero era exponer lo que entendía como heterosexismo generalizado en la teoría feminista; el segundo era un intento por imaginar un mundo en el que aquellas personas que viven a cierta distancia de las normas de género, o que viven en la confusión de las normas de género, puedan todavía considerarse a sí mismas no sólo viviendo vidas visibles, sino como merecedoras de un cierto  reconocimiento.62     

      En este emprendimiento crítico, propone  nuevas miradas sobre las relaciones entre los géneros y los procesos constitutivos de las identidades. La Teoría de la Perfomatividad será una de ellas.63

      Según tal teoría, los sujetos construyen  sus acciones por suposiciones y expectativas. En el caso del género las suposiciones funcionan como si una esencia interior, la verdadera mujer y hombre,   pudiesen  ponerse al descubierto. Cada acto es un intento de desvelamiento de  esta certeza, como fuera “la naturaleza” hablando a través de estos actos. Esta suposición genera un conjunto de expectativas fundamentalmente basadas en las idealizaciones de una “naturaleza perfecta”, como es el ejemplo del “instinto materno” o del hombre naturalmente viril.  Las expectativas tienen como ruta para su estructuración los ideales de género. Las expectativas junto con las suposiciones acaban produciendo "el fenómeno mismo que anticipa”64, pues hacen que los sujetos intenten, en sus prácticas, reproducir modelos que se suponen como verdaderos para su género o para el género con el cual se identifica, como es el caso de los/las transexuales.

            La forma de vivenciar la masculinidad y la feminidad adquiere consistencia y visibilidad debido a las reiteraciones de los actos hechos mediante  interpretaciones de las normas, lo que resulta una performatividad continua. Es en el momento de las reiteraciones de los actos, en la práctica, que se van mediando expectativas y creándose nuevos espacios para cuestionar y subvertir la norma del género.

            Para una concepción esencializadora, estas prácticas performativas no pasan de copias  burlescas de mujeres y de hombres de verdad. Según tal perspectiva. 

No puede haber mayor tragedia ni mayor error que embarcarse en una serie de mutilaciones o interferencias en la forma del cuerpo de una persona o el balance de sus glándulas en el equivocado intento de convertirla en una parodia de algo que nunca podrá  ser por mucho que lo desee. No podemos convertir a un hombre en una mujer ni a una mujer en un hombre. 65 

             Contraponiéndome a este abordaje, comprendo que la experiencia transexual  destaca “los gestos significativos a través de los cuales se establece el género en sí”66, hecho a través de negociaciones y de interpretaciones, en la práctica, del que sea un hombre y una mujer.

      Cuando pregunto: “tú fuiste educado/a para ser un/a hombre/mujer, ¿cómo haces para actuar de acuerdo con las reglas definidas para los géneros?”. Generalmente la contestación es “copiando”, “observando”, “coges un poco de cada tipo y con el tiempo encuentras un punto de equilibrio que te sientes más a gusto”. Yo creo que esta forma de constitución de la identidad, a través de identificaciones múltiples y la articulación de esta composición  en la subjetividad, revela el proceso mediante el cual nos constituimos como sujetos sociales y que no es un rasgo de los sujetos transexuales. Pero, ¿cómo distinguir lo real de lo irreal?, ¿quién es  copia de quién?

      De cierto forma, todos somos copias, en el sentido que no existe un referente natural, original de vivenciar las performaces de género. La aparente copia no se explica en referencia a un origen,  sino que el origen se considera tan performativo como la copia. Como aportó Butler “A través de la performatividad, las normas de  géneros dominantes y no dominantes se equiparan.” 67 En la versión de lo masculino y de lo femenino que ellos/ellas actualizan en sus performances está el componente mimético, pero no es una imitación, sino una  interpretación. No existe una forma más verdadera de ser mujer u hombre, lo que hay son idealizaciones del femenino y del masculino.

      Tuve algunos momentos en mis investigaciones de dudas y inseguridad: cuando pensaba que ya había obtenido un contorno más  preciso de las representaciones  de lo masculino y de lo femenino en las narrativas de los/las transexuales, vivenciaba experiencias que desconstruían esa evaluación inicial. “Desconstruída” en el sentido que  tenían  prácticas que negaban la comprensión de mujer-madre o de hombre-viril. Observé, entonces, que estos modelos funcionan más como idealizaciones que están presentes en la sociedad y que es una de las fuentes de sufrimiento en la búsqueda  de implementar tal idealización en las prácticas cotidianas.

      Las formas idealizadas de los géneros  generan  jerarquía y exclusión. Los regímenes de verdades estipulaban que ciertos tipos de expresiones relacionadas con el género son falsos o carentes  de originalidad, mientras que otros, son verdaderos y originales, condenando una muerte en vida, exiliando  en sí mismos,  a los sujetos que no se adecuan a las idealizaciones.

      La intención de producir el modelo hegemónico de la  mujer (bondadosa, compresiva, pasiva, sensible, vanidosa, y, principalmente, que tenga el matrimonio como destino) y del hombre (que no llora, viril, sexualmente y profesionalmente activo) potencialmente provoca un sentimiento de frustración y dolor. Como sugirió Butler:      

 Sin  embargo, este fracaso para hacerse “real” y encarnar “lo natural”, a mi juicio, es un fracaso constitutivo de todas las prácticas de género, debido a que estos sitios ontológicos son fundamentalmente inhabitables. Por lo tanto, hay una risa subversiva en el efecto de pastiche de las prácticas paródicas, en que lo original, lo auténtico y lo real también están constituidos como efectos. La pérdida de la norma de género tendría el efecto de hacer proliferar diversas configuraciones de género, desestabilizar la identidad sustantiva, y privar a las narraciones naturalizadas de la heterosexualidad obligatoria de sus protagonistas centrales: “hombre” y “mujer”. Como resultado de una performatividad sutil y políticamente impuesta, el género es un “acto”, por así decirlo, que está abierto a divisiones, a la parodia y crítica de uno mismo o una misma y a las exhibiciones hiperbólicas de “lo natural” que, en su misma exageración, revela su situación fundamentalmente fantasmática.68      

      La identidad  no puede ser comprendida fuera de la práctica, pues, fuera de ella hay el riesgo de esencializarla. Ponerse un vestido, escoger un color, son actos que hacen que las personas tengan visibilidad y sean inteligibilidades en el orden de género.

      La subjetividad de las transexuales femeninas está apoyada en un campo emotivo definido como “soy muy sensible”, “lloro por cualquier cosa”, “soy romántica”. Pero,  no basta sentirse mujer, es necesario incorporar todos los signos construidos socialmente como pertenecientes a lo femenino. La estética es un punto fundamental: las ropas íntimas, los tacones altos, el color rojo, los pendientes, el maquillaje son puertas de acceso a la feminidad. Cuando los/las transexuales actualizan sus prácticas intentando  actuar, caminar, hablar reiteradamente como las mujeres o como los hombres “de verdad”, el resultado es una parodia de otra parodia, que desestabiliza  la identidad naturalizada, centrada en el hombre y en la mujer “biológicamente normales”. 

      Notas finales

     

            El sistema intenta materializar las verdades para los géneros a través de las reiteraciones  en las instituciones sociales (familia, iglesia, escuela, las ciencias). La necesidad permanente de que el sistema  afirme y reafirme, por ejemplo, que mujeres y  hombres son diferentes por su naturaleza, indica que el éxito y la concretización de los ideales no  ocurren como se desea, lo que posibilita notar que el sistema no es un todo coherente, pues “son las instabilidades, las posibilidades de rematerialización, abiertas por este  proceso, que marcan un dominio en el cual la fuerza de la ley regulatória puede volverse contra ella misma para generar rearticulaciones que pueden volverse contra ella misma para generar rearticulaciones que cuestionan  la fuerza hegemónica de aquella misma ley regulatória.” 69

      Las prácticas de  los/las transexuales deben ser interpretada en estos marcos. Son las fallas de las normas de género. Por más que se afirme que estamos determinados, nuestros deseos, habilidades, posibilidades y limites por el imperativo de la naturaleza, hay una cantidad considerable de sujetos que viven experiencias que niegan tales verdades y construyen una nueva forma de vivenciar la masculinidad y la feminidad.  El género, entonces,  es una herramienta  por el cual los términos  masculino y femenino se construyen, se reconstruyen, se fragmentan, se desnaturalizan.

2 Acompaño la historia de vida de personas transexuales que están en el Proyecto Transexualismo del Hospital Universitario de Goiania-Brasil. En España estoy en contacto con personas transexuales vinculadas a entidades que les representan. Participo, de forma sistemática, en las reuniones del Col.lectivo Lambba de Valéncia y he hecho entrevistas, en conjunto con los sexólogos Manolo Martínez y Laura Martínez, con sus miembros más asiduos. Empecé mi trabajo de campo en junio de 2000 y lo concluiré en julio de 2002.

4 La cirugía ocurrió en abril de  2001.

5 Cuando la cita viene en negrita y en itálicas se refiere a narrativas de las/los entrevistas/os.

6En España la cirugía no es costeada por la sanidad pública (a excepción de Andalucía). Se está tramitando en el Senado Español una proposición de ley que establece, entre otras cosas, la obligatoriedad de la Sanidad Pública a costearla. Para obtener más informaciones sobre las luchas y la organización de los/las transexuales en España, ver: Asociación Española de Transexuales – Transexualia, http://www.humano.ya.com/transexualia /; Colectivo de Transexuales de Catalunya, http://www.geocities.com/westhollywood/park/9392/ ; Grupo de Identidad de Género y Transexualidad del Col.lectiu Lambda de Valencia, http://www.arrakis.es/~lambda/inicio.html ; Noticias actualizadas del mundo transexual,  http://www.carlaantonelli.com

7 Experiencia es definida por Teresa de Lauretis como “el proceso por el cual, para todos los seres sociales, la subjetividad es construida. A través de este proceso la persona se pone o es puesta en la realidad social y, así, percibe y comprende como subjetivas (que se originan en el individuo y se refieren a él propio) aquellas relaciones – materiales, económicas e  interpersonales – que son, de hecho, sociales y en una perspectiva más grande, histórica”. Citado por Scott, Joan. Experiencia, en Silva, Alcione L., Lago, Mara C. de Souza, Ramos, Tania Regina O. (org.),  Falas de Gënero. Editora Mulheres. Florianópolis. 1999, p.31 (traducción libre)

8 En Brasil sólo los Hospitales vinculados a las Universidades Públicas pueden hacerla legalmente y  de una forma general siguen el Protocolo de la Asociación Internacional Harry  Benjamín de Disforia de Género.

9 Según Stoller, “aquellos de nosotros que nos ocupamos de diagnosticar el transexualismo nos exponemos en este momento a un lastre adicional, ya que la mayoría de los pacientes que piden la reasignación de sexo dominan perfectamente la literatura y conocen las respuestas antes de realizar las preguntas”, en “Male transsexaulism: Uneasiness”, American Journal of Psychiatry, 1973, p. 539 (traducción libre)

10 Foucault, Michel. A microfísica do poder, Rio de Janeiro, Graal, 1979.

11 Sobre la teoría del campo social ver Bourdieu, Pierre.   "A gênese dos conceitos  de Habitus e de campo",   "A identidade e a representação", "A representação política. Elementos para uma teoria do campo político",   O Poder Simbólico. Rio de Janeiro: DIFEL, 1989.

12 Stoller, Robert La Experiencia Transexual,  Rio de Janeiro, Escuta, 1982.

13 Chiland, Colette Cambio de sexo, Biblioteca Nueva, 1999

14 Sobre la construcción de la noción de humano y inhumana ver Butler, Judith Bodies that matter. Routledge, Nova York, 1993, Introducción y Foucault, Michel. Os anormais. Martins Fontes. Sao Paulo. 2001.

15 Bandeira, Lourdes & Siqueira, Deis Elucy. “Relações de gênero nas ciências sociais: um percurso em (des)construção”. In: Série Sociológica, No. 81, Departamento de Sociologia, UnB, Brasília, 1991, p. 16 (traducción libre)

16 Judith Butler designa por  normas de género el dimorfismo ideal, la complementariedad heterosexual de los cuerpos, los ideales  y dominio  de la masculinidad y la feminidad apropiadas e inapropiadas. Estas “normas establecen lo que será inteligiblemente humano y lo que no, lo que se considerará “real” y lo que no, establecen el campo ontológico en el que se puede conferir a los cuerpos expresión legítima. La norma de género se articula en torno de los  tipos de ideales de género.”  Para una lectura sobre  los conceptos de “norma” y “ normatividad”, ver Butler, Judith.    El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad. Paidós Mexicana, México, 2001, p. 16 y “La cuestión de la transformación social”, en Mujeres y transformaciones sociales. Elroure. Barcelona. 2001a. p. 20-9

17 Luna, Lola. La historia feminista del género y la cuestión del sujeto, 2002, p.9, (texto mimeo)

18 Butler, Judith. Op. cit. 2001 p. 16

19 Butler, Op. Cit. p. 140

20 Ibid, p. 50

21 Ibid. p.125. Stoller hace tal afirmación para referirse al tratamiento de chicos que presentan comportamientos “muy afeminados”. Según él, “la intervención” del terapeuta podrá evitar que se torne un adulto transexual. (traducción libre)

22 Hall, Stuart,  Identidades culturais na pós-modernidade. DP&A editora , Rio de Janeiro, 1997, p. 14

23 Por ciencias psi. se considera la sicología, la psiquiatría y el psicoanálisis.

24 Sobre el proceso histórico de construcción del sujeto “anormal” por las ciencias médicas que ha venido a  ocupar una posición anteriormente atribuido a el “monstruo”, ver “El monstruo, como el ancestral del “anormal” del siglo  XIX”. Foucault, Op. cit. 2001. p. 137-73. Sobre la construcción del   concepto de “aberración” vinculado a comportamientos sexuales y el papel que los hermafroditas desempeñan en esta construcción ver Foucault,   Op. cit. 2001 p. 69-101.

25 La sexta versión del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) está disponible, en castellano, en la home-page http://www.humano.ya.com/transexualia/ . Para más informaciones sobre estos documentos ver: http://www.symposion.com/ijt/benjamin  y http://www.gendercare.com

26 Rubin, Gayle  “Reflexionando sobre el sexo: para una teoría radical de la sexualidad”, en Vance, Carole (comp), Placer y Peligro: explorando la sexualidad femenina, Talasa, Madrid, 1989, p. 138.

27 Las otras “enfermedades” y sus respectivos códigos son: travestismo de rol dual (F64.1), trastornos de identidad de género en la infancia (64.2), “Otros trastornos de identidad de género” (F64.8) y “Trastorno de identidad de género sin especificar”.

28 He observado que todos los profesionales que suponen  la experiencia transexual como una  enfermedad, en mayor o menor grado, la nombran como “transexualismo”, siendo el “ismo” conocido para denotar conductas sexuales perversas (por ejemplo, “homosexualismo”). En contraposición a aquellos que tiene un abordaje que intentan, desde múltiples matrices teóricos, buscar en las estructuras de la sociedad la explicación para la constitución de este tipo de experiencia identitária, la nombran como “transexualidad”. Siguiendo esta misma lógica, los profesionales de la salud mental, de una forma general,  nombran a las personas que cambia de mujer para hombre como “transexualismo femenino”  y de hombre para mujer “transexualismo masculino”, lo que nos parece una gran contradicción pues, considerando que esta experiencia indica justamente que el sexo cromosomático  no les permiten encontrar un sitio en el mundo de los géneros, ¿cómo se puede nombrar teniendo en cuenta justamente lo que es rechazado por los sujetos que la vivencian? ¿No se está negando la legitimidad de estas personas  a tener visibilidad social, una vez que la nomenclatura retorna a la esencialización que la propia experiencia niega? Aunque los movimientos  sociales y algunas aportaciones teóricas afirmen que la cuestión de identidad es la que debe prevalecer a la hora de nombrarla, (H-M: transexuales femeninas y de M-H: transexuales masculinos)  la lógica de determinar la nomenclatura  tomando como referencia la naturaleza continua. Esto, yo creo, no podría tener otro desdoblamiento que no el de considerar la experiencia transexual como una enfermedad.

29 Los dispositivos “son  formados por un conjunto heterogéneo de prácticas discursivas y no discursivas que poseen  una función estratégica    de dominación. El poder disciplinar saca su eficacia de la asociación entre los discursos teóricos y las practicas reguladoras.” Foucault, Microfísica do Poder, Rio de Janeiro, Graal, 1979, p.244 (traducción libre)

30Foucault, Michel,  Historia da Sexualidade, Rio de Janeiro, Graal, 1985, p. 38

31 Sobre los cambios en los términos para nombrarlos y las motivaciones  ver Billings, Dwight, y Urban, Thomas,  La construcción socio-médica de la transexualidad: interpretación y crítica, y King, Dave, Confusiones de género: concepciones psicológicas y psiquiátricas sobre el travestismo y la transexualidad, en Nieto, José Antonio (comp.) Transexualidad, transgenerismo y cultura: antropología, identidad y género,  Talasa, Madrid, 1998.

32 Algunas investigaciones históricas apuntan tal fenómeno, entre ellas las de Bullough, Vern, The subordine sex: a history of attitudes toward women, Unisersity of Illinois Press, Urbana,  y  La transexualidad en la  historia, Nieto, José Antonio (comp.) Transexualidad, transgenerismo y cultura: antropología, identidad y género, Talasa, Madrid, 1998.  Es importante recordar que para algunos teóricos no es posible hablar de transexualidad antes del surgimiento de las nuevas tecnologías, pues son ellas las que posibilitaran el surgimiento de la subjetividad transexual. Para Hausman, “la relación entre la demanda y las prácticas de aquéllos que controlan las tecnologías de “cambio de sexo” sirve para concebir la demanda como un hecho constitutivo de la subjetivad transexual en el periodo  de auge, los años cincuenta y principios de los sesenta. Esta idea sugiere que cualquier intento de rastrear la transexualidad en periodos históricos en que no existían las tecnologías de cambio de sexo resulta problemáticamente anacrónica”.  Hausman, Bernice, En  busca de la subjetividad: transexualidad, medicina y tecnologías de género. En Nieto, José Antonio (comp.) Transexualidad, transgenerismo y cultura: antropología, identidad y género,  Talasa, Madrid, 1998, p. 198.

33 Laquear, Thomas. Inventando o sexo: corpo e gênero dos gregos a Freud. Relume Dumará, Rio de Janeiro, 2001, p. 19. Para una descripción de las genitálias de un modelo del sexo único ver el capítulo: “Nueva ciencia, una sóla carne”. (traducción libre)

34 Stoller, op. cit. p. 102

35 Ibid, p. 91

36 En caso de que el paciente sea un adulto, el  objetivo es hacerle abandonar la repulsa por el órgano genital, pudiendo, con eso, tornarse un homosexual, un travestí o un bisexual. En estos casos, el  tratamiento es considerado  exitoso, pues  saldría de una situación de  “aberración sexual” para el de “perversión”.

37 Ibid. p. 80 (traducción libre)

38 Ibid. p.93

39 Ibid. p.33

40 Ibid. p. 29

41 Ibid. p. 101

42 Para una discusión y conceptualización sobre masculinidad hegemônica, ver Bento, Berenice, O acusado: quem é?, en Oliveira, D. David et alli (orgs.) Primavera já partiu: retrato dos homicídios femininos no Brasil. MNDH/Editora Vozes. 1998; A (re)construção da identidade masculina, en Revista de Ciências Humanas. Centro de Filosofia e Ciências Humanas da UFSC. No. 26/outubro.  Editora  da UFSC, 1999; Connell, R. W.  Masculinities. Berkeley: University of califórnia Press, l995.

43  Relatando otro caso, que según el autor fue bien sucedido en la inducción del complejo de Edipo, Stoller afirma que un chico después de algunas semanas, “empezó a pegar su hermana y  a insultarla  por  primera vez en su vida. Estaba nervioso y agresivo con su madre. La agresividad con las mujeres aumentó en sus dibujos. Dibujó un hombre con una  mujer postrada a sus pies. Él se rió y dice que la mujer tenia aburrido al hombre y  que, entonces, la había sacado en la lama y pegado ella.” Op. cit. p.102. (traducción libre)

44 Op. cit. p. 71

45 Ibid. p. 70

46 Ibid. P. 19

47 Ibid. p. 88

48 Zucker y Bradley, citado por Chilland,  Op. cit. p. 107

49 Bataller, V.  La escucha y el proceso analítico en las identidades sexuales. Ponencia en el Seminário “Identidad sexual y transexualidad”. Valéncia. Septiembre. 2001, p. 03 (texto mimeo.)

50 Para una lectura lacaniana de la experiencia transexual, ver Millot, Catherine,  Ensaio sobre o transexualismo, Escuta, Sao Paulo, 1992. Para esta corriente teórica, la transexualidad es una psicosis, una vez que el proceso de diferenciación sexual no fue interiorizado por los sujetos transexuales. Para Slavoj Zizek, “… la psicosis implica, (en términos lacaniano) por una parte, la distancia exterior que el sujeto mantiene hacia el orden simbólico…; por otra, implica el colapso de lo simbólico en lo real (un psicótico trata “las palabras como cosas; en su universo las palabras se  convierten en cosas y/o cosas mismas empiezan a hablar)” , Zizek, Slavoj, La política de la diferencia sexual, Eutopías 2ª. Época, Ediciones EPISTEME, S.L. Vol. 126, 1996, p.04.  Para una crítica de lectura que los/as lacanianos/as hacen de las sexualidades no heterosexuales  ver Butler  Op. cit. 2001, p. 118-20

51 Izquierdo, María Jesús. Uso y abuso del concepto de género, en Vilanova, Mercedes, Pensar las diferencias, SIMS/Universitat de Barcelona, 1994.

52 Chiland, op. cit. P.  71

53 Foucault, 1996, p. 30

 

55 La concepción de poder que  orienta mi observación es la propuesta por Foucault, según la cual el poder es una relación, una multiplicidad de correlaciones de fuerza, un juego que a través de luchas y enfrontamientos incesantes las cambia, las refuerza y las  invierten. Op. Cit. 1985, p. 89.

56 Scott, Joan. Experiëncia, en Silva, Alcione L., Lago, Mara C. de Souza, Ramos, Tania Regina O. (org.),  Falas de Gënero. Editora Mulheres. Florianópolis. 1999, p. 42.

57 Para una conceptualización  de socialización primaria y secundária ver Berger, P. I.,  &  Luckmann, T. A construção social da realidade, Petrópolis: Vozes, 1985.

58 Rubin, Gayle  “Reflexionando sobre el sexo: para una teoría radical de la sexualidad”, en Vance, Carole (compiladora), Placer y Peligro: explorando la sexualidad femenina , Talasa, Madrid, 1989, p. 183

59 Ibid. p.184

60 Op. cit.

61 El término “queer” en la literatura estadounidense es utilizado para englobar los términos gays y lesbianas, revertiendo su sentido histórico (una vez que era utilizado despreciativamente para referirse a los gays). Para Bourcier, “el giro “queer”  vendrá a tomar como objeto de análisis no ya la homosexualidad, sino la construcción del binomio homosexualidad/heterosexualidad, donde la heterosexualidad se revelará al mismo tiempo como productora  de la homosexualidad y como estructura parásita de su otro perverso”. Bourcier, Marie-Heléne. Foucault, ¿y  después? Teoría y políticas queers: entre contra-prácticas discursivas y políticas de la perfomatividad  en Reverso: Revista de estudios lesbianos, gays, bisexuales, transexuales, transgéneros... No. 2, verano 2000. Higueras Arte S.L. Madrid, 2000, p.10. Para una aproximación con las teorías queer ver Weeks, Jeffrey El malestar de la sexualidad: significados, mitos y sexualidades modernas. Talasa. Madrid, 1993.; Sexualidad, Paidós, 1998; Katz, Jonathan. A invencao da heterosexualidad. Ediouro. Rio de Janeiro, 1996; Foucault, Michel,  Historia de la Sexualidad, Rio de Janeiro, Graal, 1985.

62 Op. cit. 2001a p.09

63 Según Judith Butler, la teoría de la performance aún está en gestación. Buena parte de su obra de los últimos años está dedicado a esclarecer y revisar esta teoría. Op. cit.  2001b, p. 15. 

64 Ibid. p. 17

65 Stafford-Clark citado por King ibid, p. 146

66 Butler, op. cit. 2001, p. 175

67 Butler, Judith  “La cuestión de la transformación social”, en Mujeres y transformaciones sociales. Elroure. Barcelona. 2001a. p. 11 

68 Op. cit. 2001, 177

69 Op. cit. 1993, p. 13

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